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agosto 23rd, 2010

Reinventando a un clásico

Hoy comenzamos la semana con series, y no con el Doctor Who, para variar un poco, aunque supongo que tampoco me he salido mucho de la órbita de la serie británica. Primero, porque voy a hablar de otra serie británica y segundo, porque tiene muchos puntos en común con aquella. Pero bueno, es un paso.

Cuando era joven (más joven) y el internete todavía no me había corrompido del todo, leía. Leía mucho (aún lo hago, no temáis, pero no a semejante ratio). Devoraba los libros a un ritmo insano y casi perjudicial. El mismo al que hoy en día devoro series, prácticamente y sobre el que Manuls me ha advertido alguna vez. Y entre mis libros favoritos estaban los de aventuras, como a cualquier adolescente, supongo, y los libros de Sherlock Holmes.

Era un chaval cuando leí mi primer libro del archiconocidísimo detective inglés y me cautivó desde el primer momento. Ajeno era yo a todas las connotaciones y a la leyenda del personaje, aunque creo que muchos de los clichés que se le han cargado encima son pura visión anacrónica de la novela. Por eso, porque es un personaje al que le tengo tanto “cariño”, soy bastante prudente cuando se tratan de las adaptaciones.

Las he visto de todos los colores. Siempre que echaban alguna de las películas o de los capítulos de la serie clásica, me solía quedar delante del televisor, aún cuando ya me conociera el final. Las había buenas y malas. Y por supuesto está el estropicio que hicieron con Sherlock Holmes en la película del año pasado. Que le robaron todo… el aura victoriana para convertirlo en un héroe hollywoodiense de medio-pelo.

Lo reconozco, la Inglaterra victoriana, tenebrosa, puritana, sofisticada… me encanta como escenario para casi cualquier tipo de historia y me parece que la película lo traicionó casi completamente. Y me parece que es esencial al personaje de Holmes, por eso cuando leí que la BBC planteaba realizar una serie actualizada de las “aventuras” del famoso detective yo lo tomé con bastante prudencia.

Luego leí que el encargado de traer a Sherlock, Watson, Moriarti, la señorita Irene Adler y demás familia al siglo XXI sería nada más que Steven Moffat, el hombre que está detrás del Doctor Who, mi nueva obsesión. Eso, por lo menos, se merecía una oportunidad. Una oportunidad que no me arrepiento de darle.

Moffat nos ha traído una revisión fresca y moderna, pero fiel a los paradigmas de las novelas de Conan Doyle. Ha sabido transportar, de una forma magistral, los conceptos propios de las novelas victorianas al Londres contemporáneo. Nuestro detective ya no se droga, ahora simplemente se chuta nicotina a través de parches para “clarificar su pensamiento”. Y, sí, sigue manteniendo sus malos hábitos y sus pocas capacidades sociales.

Watson (Martin Freeman) por su parte, sigue siendo un médico del ejército retirado por culpa de una herida en Afganistán, pero ya no en la guerra de finales del XIX, sino en la que aún hoy arrastramos. Y ya no escribe las aventuras de su compañero en forma de sus memorias… ahora lo hace en un blog.

Y, además, Moffat ha sabido añadirle los ingredientes propios de su imaginería, hasta el punto de traernos a un Sherlock Holmes que tiene ciertos dejes que nos recuerdan al Doctor. No muchos, en cualquier caso, pero suficientes. Incluso Benedict Cumberbartch, que encarna al antisocial detective, tiene cierto parecido físico a Matt Smith, el actual Doctor (el primero desde que Moffat se ha hecho con el control total de la veterana serie).

Con todos estos ingredientes, Sherlock se ha convertido en mi serie del verano, junto con la genial adaptación de Los Pilares de la Tierra, de la que hablaré en otro momento. Afortunadamente nos la han renovado para otro año más y así sabremos que podremos ir disfrutando más y más de esta deliciosa revisión.

Eso sí, una “pega” que le encuentro. Los tres capítulos de los que consta esta primera temporada duran no 40, ni 50 minutos sino 90… lo que me descoloca completamente los horarios de ver series, que los tengo yo configurados de 45 en 45 minutos. Bendito problema.

PD: El mes que viene si Dios quiere me iré a Londres. Prometo una foto frente al 221B de Baker Street