Posts tagged ‘reflexión’

marzo 10th, 2010

Torpe

Basta con que uno le eche una mirada a alguna entrada antigua del blog, o no tan antigua, o a algo por el estilo, para darse cuenta de lo tremendamente torpe que soy en lo que se refiere a las cuestiones sociales. O a cuestiones relacionales, si lo preferís así. Este fin de semana pasado se dieron cita un par de factores, totalmente independientes entre sí, que me han hecho pensar de nuevo en esto un poco… Yo me pregunto: ¿Habré vuelto a meter la pata otra vez?

Bueno, en uno de ellos estoy convencido de que no. En el otro… no lo sé. Pero esa no es la cuestión.

No nos engañemos. Para este tipo de cosas yo soy, sobre todo, un metepatas. Y así termino como termino muchas veces. Tampoco es difícil darse cuenta de ello. Y, claro, como soy un torpón, a veces me doy de morros con situaciones que no comprendo del todo pero que podía haberme ahorrado si fuese un poco más listo. Porque muchas veces lo que yo entiendo como algo normal o, incluso, obligado por las circunstancias, el de enfrente puede no entenderlo así y formarse un problema gordo.

Y cuando ocurre este tipo de cosas, cosas como lo que pasó este fin de semana, por ejemplo, yo me pregunto: “¿Pero esto no había quedado lo suficientemente atrás para, por lo menos, poder llevar todo el asunto con normalidad?” Y ahí es cuando la cago. Yo, que siempre hablo de los procesos de las personas y bla bla bla… No me doy cuenta de que el hecho de que yo haya dejado algo atrás, no quiere decir que el otro lo haya hecho. Y la cago con gilipolleces que, realmente, no tienen importancia objetiva o que yo no considero tan graves (como, por ejemplo, añadir un dibujo a mis favoritos del dA, ya veis que cosa).

Y luego no entiendo por qué pasa tal o cual cosa… Y me empeño en encerrarme “por no molestar” y termino montándome mis propias películas conspiranoicas y… se convierte en un círculo vicioso del que es jodido salir, aunque vaya uno a empujones. ¿Y todo por qué?

Mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa

Quiero arreglarlo y no soy capaz de hacerlo, porque cuando parece que saco la cabeza vuelvo a caer de nuevo. Y me rallo. Y la torpeza aumenta otra vez más… Y ya cuando pido consejo a la persona equivocada (o no equivocada, pero… no a la más adecuada) y termino haciendo/diciendo/escribiendo cosa que no debería por muy normales que a mí (y a mi consejero/a) le parezcan, pues…

En fin, mejor me callo, no sea que esto vuelva a ser otra metedura de pata.

febrero 16th, 2010

El feedback necesario

¿Lo estaré haciendo bien? ¿Mi trabajo le interesará a alguien? ¿Hablo para las paredes? Estas preguntas y/u otras muy parecidas seguro que nos las hemos hecho todos los que escribimos un blog o todos los escribidores. ¿A que sí? Sobre todo cuando empezamos, cuando llegamos con ganas de comernos el mundo y creemos que vamos a revolucionar el mundillo… o, bueno, con aspiraciones mucho más bajas también.

Y es una actitud o una pregunta muy habitual y muy necesaria. Aunque poco a poco vayámonos purificando nuestra intención y dándonos cuenta de que no es la “popularidad” lo importante, sino la calidad de lo que cuentas de cómo lo cuentas, que no es cuestión de cuántos te leen sino de qué eres capaz de darles… aunque paulatinamente vayamos “madurando” en este aspecto, siempre nos quedará esta espinita clavada: “No me leen”.

Y lo digo por experiencia propia. Numerosas veces me he quejado de lo mismo: aquí, en mi galería… Y si uno se fija demasiado en el número de visitas o, peor aún, en el número de comentarios recibidos, puede cogerse depresiones de caballo. Yo mismo, en mi faceta de escribidor… tengo una obra bastante “ingente” si la observamos desde el punto de vista de alguien que no gana nada de ello (aunque, bueno, esta perspectiva habría que hablar algún día de ella) y apenas suelo recibir comentarios “físicos”. Un par de lectores fieles… y alguno que a veces le obligo a hacerlo. Y durante mucho tiempo a mí me pasaba.

Ya que estamos, no creáis que esto es “una queja más”. Simplemente, hay algunos temas que resonaban así un poco de fondo cuando iba subiendo las entradas antiguas y este estaba entre ellos. Me apetecía escribir de algo y la musa me dijo que de esto…

Recuperando el tema… ¿Lo estaré haciendo bien? ¿Mi trabajo le interesará a alguien? ¿Hablo para las paredes? Todas estas preguntas, son preguntas legítimas desde el punto de vista de un blogger, escribidor, músico… o ser humano que respira, habla, actúa o se mueve. Sobre todo en un primer momento, pero a lo largo de toda la vida, necesitamos que nos corrijan, que nos animen, que nos paren los pies (también)…

Porque, al fin y al cabo, nuestra obra (en el sentido más amplio del término), nuestro “legado”, está destinado a vivir entre los demás. Sí, puedo guardarme las cosas para mí y “escribir para mí” tiene ese punto romántico y heroico que es tan encandilador… pero, siéntate, piensa… ¿seguro que no es una pose? “Soy Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como. Yo solo me basto porque yo sé lo que busco, sé lo que quiero y sé qué criterios pueden aplicarse a mi obra. Tú no lo entenderías…”

Que sí, que al final todos lo hacemos “para mí”. Pero no lo hacemos “para mí” en el sentido que exageraba en el párrafo anterior. Lo hacemos “para mí” porque nos lo pide el cuerpo. Porque, de algún modo, lo llevamos dentro y necesitamos que salga. Porque, a veces, algunos necesitamos escribir o bloguear o cantar o pintar o zurcir  o lo que sea casi tanto como respirar. Y que eso lo reconozca el otro, el de fuera, es casi como si reconocieran nuestra existencia. Todos necesitamos feedback y es legítimo que nos preocupemos cuando no lo recibimos. Todos necesitamos saber que nuestro trabajo, nuestro esfuerzo y nuestros muchos desvelos, que los hay, no caen en saco roto.

Porque si mi trabajo gusta a alguien, tengo un estímulo para seguir. Si en mi trabajo descubren fallos, tengo un estímulo para seguir y para mejorar. Si mi opinión es aceptada, tengo un estímulo para, otro día, volver a darla. Si es contestada, para discutirla, para argumentar… Y siempre, siempre, siempre, para aprender.

Ojo, yo respeto a los lectores silenciosos. Yo mismo, en muchas ocasiones, soy uno de ellos. Aunque procuro comentar (especialmente cuando se trata de leer fics, no tanto ya en los blogs), sé que no siempre lo hago. Y sé que hay gente ahí fuera que puede estar siguiéndome y que no “da la cara” por pereza, vergüenza, porque no sabe qué decir… A esos yo les animaría a hacerlo, pero es su decisión, no la mía y la respeto casi más que a los hoygan que te vienen con cosas del tipo “u fic s l rewea spro q l sigs” y que no sabes si realmente han leído algo o están simplemente “popularizándose” por la vía rápida.

febrero 12th, 2010

Escribidores

Hoy en día todo el mundo que quiere escribir y “entregar su obra al mundo”, lo hace. Es el gran regalo que nos ha hecho Internet a los que, de una forma u otra, tenemos esta inquietud metida entre pecho y espalda. Hoy me gustaría evaluar un poco este fenómeno que hace tiempo, cuando andábamos metidos en la farragosa fundación de la Fan Fic Factory, un amigo bautizó como “escribidores“. Escribidores, sí, porque, según él, no podíamos decirnos propiamente escritores.

Más allá de lo apropiado o no del término escritor para aquellos que desarrollamos nuestra obra literaria en Internet… ¿Cuál es o ha sido la verdadera aportación de este fenómeno a la escritura propiamente dicha? Es cierto, de las webs ha salido escritores que, con mayor o menor suerte editorial, han conseguido salir. Es el caso de Julie Powell, cuya historia se reflejó ahora en la peli Julie y Julia, basada en la historia de su primer blog.

Pero esta cosa llamada Internet, también ha hecho que cualquiera pueda llamarse “escritor”. ¿Es eso bueno? ¿Es eso malo? A pesar de que yo le debo mucho a esto y que no pienso dejarlo… a mí me parece que malo. Malo porque, al ser internet el lugar del todo vale, el lugar donde el criterio, en la mayor parte de las ocasiones desaparece, con él desaparece el esfuerzo por mejorar, por intentar progresar.

Todos entendemos que una niña de 14 años, que ve que aquí puede dejar correr la tinta y dar rienda suelta a sus fantasías, normalmente en torno a sus personajes de TV o de manga favoritos, se lance a escribir relatillos normalmente mediocres y bien cargados de hormonas. Y todo el mundo entiende que sus amigas, o personas en su misma condición “la sigan” y que tenga un cierto éxito… De hecho, suelen tener mucho éxito, aunque no lo parezca. Se entiende menos que autores de mayor calidad tengan menos… “éxito”.

Pero hasta ahí. El problema viene cuando ese cierto éxito no comporta una correspondiente exigencia. Nadie pide la perfección inicialmente. Ni siquiera se obliga a nadie a alcanzarla. Pero sí necesitamos exigirnos más y más y más cada día. No sólo en esto. En todo. ¿Qué es mejor muchos y malos o pocos y buenos? Yo diría que más y mejores. Pero eso es una utopía. Que cada vez más gente escribiese y que lo hiciese bien. Qué bonito, ¿verdad? Utopía.

Alguno dirá, en cualquier caso, que esa gente que lee esos relatos mediocres de la quinceañera de mi ejemplo tampoco iba a leer otra cosa por buena que fuera… Bueno, eso tampoco se lo discuto.

No me las quiero dar de experto en la materia, pero ya son cuatro años viviendo esto bastante desde cerca y creo saber un poco de lo que hablo. Al menos del ámbito de “publicar en la red”, evidentemente nada de publicar en papel. Antes, al menos, si uno tenía ansias por escribir y que la gente lo leyese sabía que tenía que ganarse el que una editorial, por pequeña que fuera, le publicase. Sabía que tenía que vender un producto de una cierta calidad para que la gente se lo comprase. El problema de la gran liberalización de la cultura que ha supuesto Internet es la gran bajada de listón que ha supuesto.

Por eso, creo que aquel amigo nuestro tenía la mayor de las razones en llamarnos escribidores. Si nos decimos a nosotros mismos escritores, ¿dónde queda lo heroico, lo romántico, lo épico de escribir algo y lograr que alguien considere que es lo suficientemente bueno como para ponerlo en la estantería de su casa? Eso. Eso es ser escritor. Lo nuestro, por ahora, por mucha calidad que podamos o que creamos tener, por mucho que hayamos trabajado (a mí que me quiten lo bailado), por mucho que nos lo tengamos o podamos tener creído, es ser escribidores.

Y por último, quería compartir con todos vosotros este artículo que me pareció interesantísimo y que, creo, viene un poco al hilo. Los que me siguen en el Google Reader habrán visto hace unas semanas que lo había destacado. Yo se lo había leido antes a Morri. Seguro que lo encontráis muy ilustrador.

febrero 7th, 2010

Invocando a las musas

Aprovechando que ya “se han acabado” los exámenes, esta tarde me he decidido a organizar la carpeta de Recibidos del MSN y me encontré con esta “entrevista” que me habían hecho como ganador de un concurso de la para la frustrada BSPMagazine. Concretamente, con esta pregunta:

¿De dónde sacas la inspiración para poder escribir tanto?

La respuesta que le dí es bastante larga y no merece la pena reproducirla, porque si no… ¿de qué iba a escribir hoy? Así que, como hace tiempo que no actualizaba mi sección del blog de la FFF me he decidido a escribir un poco sobre esto. Y ya lo pongo aquí y allí.

¿Qué es la inspiración?

That’s the big question, que diría un anglo parlante. La inspiración, la inspiración… Una cosa mágica, cargada de superstición que la RAE define como

Efecto de sentir el escritor, el orador o el artista el singular y eficaz estímulo que le hace producir espontáneamente y como sin esfuerzo.

Yo aquí tendría algo que decir. ¿Sin esfuerzo? Los c******. O quizás es que no tengo yo verdadera inspiración. Pero siempre, siempre, siempre, ya sea escribiendo o componiendo, con esfuerzo. Y bastante. Así que lo primero que tengo que decir es que no estoy muy de acuerdo con lo que dice la RAE. Pero tampoco puedo estar en desacuerdo… Uff, qué lío.

¿Qué es la inspiración? ¿Cómo llego a tener una idea? En mi caso es bastante caótico. Muchas veces, las más, salen simplemente de pensar “¿Y qué hago con Rido ahora?”… o del simple desarrollo de la trama que ya tenía preparada desde bien puede hacer dos años. Otras veces, los comentarios de los lectores (alguno hay) me hacen darme cuenta de este aspecto o esta otra posibilidad, o este cabo que abriste sin darte cuenta, y la maquinaria se pone a funcionar aunque uno no quiera. En el caso de Akano, y no en pocas ocasiones, leer lo que van escribiendo otros (sobre todo si tiene que ver con el Universo FFF) despierta infinitas posibilidades – ya os contaré cómo nació toda la historia de mi fic a los que aún no conocéis. Y, por último, las series que veo, los libros que leo, la música que escucho… son una fuente inagotable de ideas, soluciones narrativas… Y evidentemente, la vida cotidiana.

Así que, en resumen, si pudiésemos definir la inspiración como esa cosa “mágica” o “misteriosa” que te ayuda o te impulsa a concebir una idea y/o a darle una forma determinada, con un cierto esfuerzo, claro… Podríamos identificarla con todo eso. Y si las musas son el punto de partida de la inspiración, “las madres” de la inspiración, entonces yo diría que la musa, la verdadera musa, es la vida.

noviembre 14th, 2009

Partir de la base

Hoy he estado de aquí para allá y, mientras iba en el coche, venía pensando en qué sería lo siguiente que pondría aquí. No me preguntéis por qué, pero eso es en lo que pensaba. Casi me paso la salida de la autopista por eso y todo… En fin, que bien podría escribir “Dialogando II, el retonno” o desarrollar alguno de los temas que han ido saliendo marginalmente en los dos artículos anteriores y de los que he dicho “en otro momento ya desarrollaré más esto”; pero al final la actualidad me ha conducido por otros derroteros y aquí estoy, hablando de cimientos y bases.

¿Mande?

Pues eso, que voy a hablar de la importancia de un buen trasfondo.

Como algunos (los que seguís mi galería) sabréis, llevo tiempo dándole vueltas a la idea de trasladar el conjunto que componen Recuerdos de una vida pasada,MemoriasAkano a un universo totalmente nuevo. La razón y las motivaciones para esta decisión dan para otro artículo entero (otro más, ¿veis?), así que no me lñio más con ello ahora mismo. La cuestión es que estos últimos días me he puesto un poco con toda esta historia en mis ratos libres y he ido diseñando un trasfondo.

Cuando compartí un primer boceto con Shwayne y Eratia, el primero me dijo, muy acertadamente por otra parte, “los trasfondos no venden”. Y es cierto, muy cierto. Los trasfonden no venden y creo que todos estamos de acuerdo en eso. Por si acaso voy a poner un ejemplo, y ya que la cosa tal y como la planteé iba en la línea de la fantasía (que sabéis que, junto con el histórico, es mi género preferido para leer y en el que me siento más cómodo al escribir), voy a ponerlo acerca del más grande. Y no, no le he cambiado el sexo a la Jurado. Hablo de John Ronald Reuel Tolkien, mi autor preferido, para más I.N.R.I.

Yo descubrí a Toliken bastante tarde, con el estreno de la primera película. Bueno, miento, evidentemente sabía quién era y había oído hablar mucho de él. Mi madre tenía (y sigue teniendo) una edición del Bestiario de Tolkien que había lanzado el Círculo de Lectores y alguna vez le había echado un vistazo fugaz. Pero no fue hasta que Peter Jackson se decidió a llevarse a unos tíos a Nueva Zelanda y rodar su visión de El Señor de los Anillos cuando no me lancé a leer los libros. Como no, comencé por la Trilogía. Como dato curioso, leí La Comunidad en gallego, lo que motivó un cierto caos nominativo cuando me pasé al castellano con Las dos torres. La cosa es que me prometí ver la peli sin antes leer el libro así que al principio tenía cierta prisa por leerlo… y al final creo que sólo vi en el cine El retorno del Rey. Algo parecido me pasa con Millenium de Stieg Larrson (realmente, debería mirar cuantas erres y eses lleva, pero estoy vago).

Por aquella época ya me había iniciado en el mundo de la fantasía épica a través de un MUD en el que jugaba. De todas formas era una época en la que apenas leía, he de confesarlo. Vamos, que sólo lo que mandaban en el colegio y nada más, qu eme pilló en Bachillerato.

Al grano, Ricardito, que te lías…

La cuestión es que empecé por la Trilogía, como supongo que hizo todo bicho viviente. Muy pocos habrán comenzado por El hobbit (aunque yo, personalmente, recomiendo empezar por aquí cuando alguien me pregunta, es mucho más fácil de leer y más simpático). Seguro que algún loco empezó por elSilmarillion, pero alguno habrá. Ya no menciono otros libros porque son más “esotéricos”, en el sentido original de la palabra.

Si empiezas por la Trilogía, lo que te conquista, si eres una persona normal, claro, es la historia. Sí, la ambientación puede motivarte, perfecto, pero lo esencial es la historia. Enlazando ya con el tema de hoy, puedes leer perfectamente LoTR sin tener ni idea de las historias que subyacen… Es decir, no te hace falta saber acerca de Númenor, los orcos o las distintas clases de elfos… Basta lo que JRR te va soltando. A ver, te quedará colgada toda la sección de Tom Bombadil, que es imposible entender quién es o qué pinta ahí sin saber más acerca del universo tolkeniano… pero bueno, me refiero a lo global de la historia. Pero, en general, no hay problema ninguno en seguir todo el hilo de la historia.

Pero diciendo esto estamos hablando desde el nivel del lector y aquí queremos tratar todo (o intentamos hacerlo) desde el punto de vista del autor, del tejedor de historias (qué bonita expresión).

Decimos “el trasfondo no vende”, no te estreses tanto… E insisto en que esto es verdad. Lo que realmente debe importar, aquello en lo que debemos centrar de veras el mayor de nuestros esfuerzos creativos, es crear una buena historia, una buena trama, un buen argumento. Debemos ocuparnos de que sea un argumento atractivo, coherente, con sentido… Y esa debe ser nuestra prioridad: “ontológica” (es decir, en cuanto a su importancia de por sí) y temporalmente (debemos tener decidida la trama general antes del trasfondo).

Al fin y al cabo, “Tolkien no empezó por el Valaquenta”, como bien dijo el mismo Shwayne (macho, tus frases me han resultado inspiradoras), ni por el Ainundalë, ni por el Silmarillion en general. Pero si bien esta colección de historias que dibuja el verdadero trasfondo de toda la Tierra Media se editó el último de los tres grandes libros (considerando El Señor de los anillos como un solo libro, como debe ser), no podemos engañarnos: se venían forjando desde mucho antes (desde antes de El Hobbit incluso). Aunque no fuera en su forma definitiva, aunque mucho de eso sólo fuera una idea confusa en la cabeza, estaban ahí. Si no, la historia ad extra no tendría ni tanta coherencia interna ni tanta brillantez.

Poniendo un ejemplo menos literario, porque veo que me estoy perdiendo. El cimiento de un edificio no se ve a simple vista. No es lo vistoso, no es lo que llama la atención. El inspector debe ir expresamente a buscarlo, el arquitecto debe construir a propósito una estructura que permita verlos. Es su opción abrir un acceso a los cimientos o no abrirlo. Sin embargo, aunque no se bean, sin un buen cimiento la casa se desmorona.

Del mismo modo ocurre con el trasfondo. Son esos cimientos del edificio que es la historia. Va desde la historia pasada del mundo que escribimos (especialmente en la ciencia ficción o en la fantasía, pero también en el resto de los personajes) hasta la construcción de los personajes. Sin un buen trasfondo, la historia se desmorona.

Mientras pensaba en esto (e iba anotando algunas ideas), alguien estaba citando a otro de mis ídolos C.S. Lewis, otro autor que, simplemente, me apasiona. A todos los niveles. Eso me lleva a hacer una anotación más, porque me parece que es más claro en su caso que en el de Tolkien. Aunque el arquitecto muestre el cimiento, aunque el inspector se esfuerce en buscarlo… hay siempre una parte que queda oculta. Lo mismo ocurre aquí.

No todo el trasfondo es inteligible, mostrable. Mucha parte del trasfondo quedará siempre oculta porque no se expresa dentro del relato o en relatos “adyacentes”. Me refiero a esa parte que no queda reflejada en el papel: la propia vida, los sentimientos, los pensamientos del autor… No podemos comprender Narnia al 100% si no conocemos al Lewis ensayista, “teólogo”, apologeta… Al hombre. No podemos comprender toda la historia que se desarrolla en la Tierra Media sin conocer a Tolkien.

Recuerda esto:

La primera piedra, la más fundamental del trasfondo, eres Tú

Pufff… Vaya rollo os he echado hoy.

noviembre 11th, 2009

Dialogando (I)

Ando muy liado estos días y he dejado esto y muchas otras cosas relacionadas con la escritura de lado, no voy a negarlo. Pero hoy he conseguido medio terminar un capítulo de mi memoria de Bachiller (algo así como la tesina, para entendernos) y me he decidido a escribir algo. Para no pensar mucho, he decidido tirar de una de esas “ideas reserva” que siempre guardo para casos de vagancia-emergencia: los diálogos. Si este blog nació un poco por la inspiración generada por esta entrada de Mechanical Hamster que nos presentó kurokotetsu, ¿qué mejor que escribir algo sobre cómo veo yo el diálogo?

Es una de las cuestiones que a mí más me “preocupan” dentro de mi faceta como escritor aficionado y, de hecho, tengo varios trabajitos (buena parte de Las Crónicas de Rido, por ejemplo) en los que sólo uso texto dialogado.

En nuestro entorno, en el mundillo en el que nos movemos, estamos demasiado influenciados por la cultura audiovisual, por el cine, las series de televisión… y en el círculo más cercano a la FFF, por el cómic-manga y el anime. Y esto influye mucho en la forma de escribir nuestros diálogos. Son medios casi exclusivamente dialogados, apenas existe una figura clara que ejerza de narrador y, por eso, el diálogo adquiere una dimensión distinta: al diálogo se le encarga también una función “narrativa” de la que carece en buena medida el diálogo de un escrito en prosa. Es decir, que en ese tipo de medios es necesario poner en boca de los hablantes mucho contenido cuyo lugar en la prosa narrativa es, más bien, el cuerpo del texto.

Entonces, si no estamos en un medio como esos… ¿Por qué nos comportamos como si sí y escribimos los diálogos como si fuéramos los guionistas de una serie de TV? No hablo ya de esos que se creen dramaturgos e introducen las intervenciones con el nombre del hablante, cual guión cinematográfico. Sino que me refiero a esa costumbre de hacer diálogos increíbles. “Increíbles” no en el sentido de buenos, sino en el sentido de que uno no se creería que alguien hablara así.

Cada uno con su estilo, cada uno con sus manías, cada uno con su visión, sus opciones y sus ideas, que yo aquí no pretendo imponer nada. Pero creo que no podemos traicionar la realidad, que debemos ser lo más “fiables”, lo más creíbles posible. Y uno de los puntos en los que más se nota esto es, al menos tal y como yo lo veo, en los diálogos. Por eso me fijo tanto en ellos.

Partamos de un punto básico desde el que desarrollar todo: ¿qué es un diálogo? En una primera definición así a vuelapluma se me ocurre definirlo como un intercambio oral de ideas. Es una definición incompleta, lo sé, pero me es útil para lo que quiero transmitir hoy.

Lo primero, es un intercambio. Esto no lo podemos perder de vista. Aunque un personaje intervenga más que otro o lleve el peso del contenido o sea más importante… nunca debemos convertir un diálogo en un monólogo sin un motivo justificado. Otra cosa es que queramos poner en boca de un personaje un largo discurso que, de vez en cuando, se vea interrumpido por alguna intervención de sus oyentes, sea esta buscada o no por el hablante. Pero si lo que queremos es hacer un diálogo, no perdamos esto de vista. Los diálogos están constantemente interrumpidos, verbal o no verbalmente… y es este clima de intercambio de información en el que desarrollan y en el que adquieren su lógica.

Más importante aún, es oral. En la categoría oral, aunque no sea la palabra adecuada, introducid, para entendernos, tanto el lenguaje verbal como el no verbal. Esto implica un registro distinto al del escrito. Es decir, que hay palabras, giros, frases que le son propias y otras que no le pegan para nada. Yo no narro como hablo, pero tampoco hablo como narro. Aunque quiera introducir contenido, revelar datos… No lo hago de la misma forma.

Ten esto presente.

Y es importantísimo que introduzcamos de forma adecuada el lenguaje no verbal. Fíjate cuando hablas: modulas la voz, gesticulas con las manos, con la cara, tu mirada cambia, te mueves, adquieres una postura determinada u otra… Y cada uno de esos gestos, los hagas consciente o inconscientemente, tienen su carga significativa. Es lo que le realmente le da cuerpo a lo que se está diciendo.

Por eso, tan importante como saber manejar un registro adecuado al lenguaje oral (y a la situación, no lo olvidemos, que yo no hablo igual con mis amigos que con mis profesores ni hablo igual cuando hablo de política que cuando hablo de fútbol) es saber manejar las acotaciones del diálogo: los verbos de expresión, las anotaciones gestuales…

Cierto que, como dice Mechanical Hamster en su artículo, retratar la realidad tal cual convierte al diálogo escrito en algo ininteligible, porque usamos interjecciones, muletillas, introducimos pausas, etc. Pero el truco está en tomar la distancia justa: todo lo cerca que se pueda estar de la realidad sin quemarse.

¿Y cómo se consigue esto?

Pues, sobre todo, escuchando a la gente, leyendo y… escribiendo. Como todo, vamos.

Estoy tentado a seguir con esto, pero sé que si sigo no termino. Así que ya otro día seguiré con más cosas relacionadas con los diálogos y que también me inquietan bastante. Sirva esto como aperitivo, simplemente.

octubre 3rd, 2009

El principio de los tiempos

Si he tardado tanto en escribir esta primera entrada “en serio” de esta nueva sección del blog no es sólo por el desajuste propio del inicio de las clases. ME ha costado decidirme por qué comenzaría a este compendio de reflexiones, pero creo que al fin he tomado una decisión. Bueno, realmente, si estás leyendo esto es porque ya me he decantado por una de las múltiples opciones que me rondaban por la cabeza. Sí, creo que lo mejor va a ser empezar por el principio, como por otra parte parece lógico. No hablo del título (de hecho, lo suyo es que el título, al menos el definitivo, debería ser lo último), ni la portada, ni nada por el estilo.

No. A lo que me refiero por “el principio” es a la idea. Creo que es conveniente pararnos un poco en el proceso de génesis de la historia, en sus orígenes más primitivos, antes de lanzarnos al ataque escribiendo un supertexto. Es algo que creo válido tanto para cuando queremos escribir historias largas como para cuando queremos escribir relatos cortos.

Es cierto, muchas veces la idea es, sobre todo, cosa de inspiración. El voluntarismo funciona, pero no a estos niveles. La idea no se fabrica. No se crea. Simplemente surge. Nos encontramos con ella cuando menos nos lo esperamos. Pero no toda idea es váilda ni apropiada para nosotros. Antes que nada, hay que ser consciente de cuáles son las limitaciones y las virtudes o capacidades de uno mismo. COmo en todas las cuestiones de la vida, es necesario un verdadero proceso de discernimiento. Enfrentarse al papel en blanco con lo primero que se nos ocurre, sin tener las cosas claras, es una aventura, sí, pero la mayor parte de las veces reporta más frustración que satisfacción. Por eso, cuando se enciende la bombilla creo que es conveniente hacerse unas cuantas preguntas.

La primera de todas es, seguramente, la siguiente: “¿Por qué quiero escribir?” “¿Por qué quiero escribir esto?” La primera de estas dos preguntas nos vendría bien hacérnosla de vez en cuando y respondernos con sinceridad. Pero es en la segunda de ellas en la que me quiero fijar, porque está más relacionada con el tema que quería tratar hoy. Lo primero que debemos hacer cuando recibimos la llamada de la musa es explorar los motivos de la idea. Es decir, debemos preguntarnos por la inspiración en sí misma. Si sé por qué quiero escribir sobre algo, me ayudará, primero, a clarificar mis motivaciones, la postura que voy a adoptar frente al relato. De ello depende mucho del resultado final y de la gratitud del trabajo, en el fondo. Creo que no me he encontrado nada más vacío que escribir “porque toca”, aunque luego el resultado fuera más o menos interesante. Además, esta clarificación de nuestras intenciones nos ayudará a responder a las siguientes cuestiones.

Bien, ahora ya sabemos qué nos lleva a escribir y a escribir algo en concreto. Es un gran paso, creedme. Pero no termina aquí la cosa. De cara al futuro inmediato, a la escritura propiamente dicha, es tan importante como lo anterior el preguntarse por otra cosa: “¿Qué es lo que voy a escribir?” Me refiero, sobre todo, a profundizar en la idea, a conocerla a fondo, a jugar con ella, darle vueltas y contemplarla de todos los ánculos posibles. Parece lógico. Somos sus dueños y nuestra misión es transmitirla. Y para transmitir, por muy pequeña que sea la parte, debemos dominar el todo. Ese es nuestro objetivo: no sólo tener la idea, poseerla de verdad.

Pero más allá de eso, aunque parte del mismo proceso de profundización en la idea, se situaría otro interrogante que yo considero más importante aún. “¿Qué es lo que quiero contar?” Esta cuestión se enraíza en aquel “¿por qué quiero escribir esto?” del que hablaba antes. Me explico. No podemos perder de vista la dimensión simbólica que tiene la escritura. Como dije, nuestra implicación con lo que queremos escribir es decisiva. Somos conscientes de que, sobre todo, es un vehículo para expresarnos y para abrir al mundo (o a nosotros mismos) lo que hay dentro de nosotros. Es decir, tengo mi idea, la conozco, sé por qué la voy a desarrollar. Pero, ¿qué es lo que realmente quiero decirle a mis posibles lectores (y a mí el primero) a través con ella? Sabemos que la forma (la idea tal y como la vamos a plasmar) sólo es la puerta de acceso al verdadero significado de lo que realmente queremos transmitir. Conocer realmente este fondo de significado es realmente importante para poder adecuarnos y ser fieles a nosotros mismos y a la idea en sí.

Luego vendrían las cuestiones del cómo y demás, pero creo que en ese tipo de temas ya me meteré en otro momento.

septiembre 23rd, 2009

Declaración de principios

Durante los últimos días, semanas, me ha venido rondando la cabeza una idea que puede rayar en lo soberbio, lo pretencioso o lo creido. Me explico. Se trataría de crear un blog en el que compartir, desde mi experiencia, pequeños consejos y reflexiones sobre cuestiones relacionadas con la que es mi pasión: la escritura.

Releía yo el artículo que enlazó Kurokotetsu sobre lo de los diálogos y la idea se iba formando en mi mente con cada vez más claridad, pero al mismo tiempo surgían las dudas y el debate interno. ¿Hacerlo o no hacerlo? ¿Merece la pena el aparente esfuerzo? ¿Soy yo quién para hacer esto o realmente no tengo nada que aportar a nadie? ¿Seré lo suficientemente constante? La escritura es mi hobby. No soy más que un escritor aficionado. ¿Quién soy yo para dar consejos a nadie? Aquí es cuando en mi cabeza comenzaba a sonar ¿De qué vas? de Siniestro Total. ¿No será demasiado pretencioso?

Pero al final me dije. Sí, es pretencioso. ¿Y qué? Al fin y al cabo es parte del espíritu de la FFF compartir las experiencias de cada uno con los demás, ¿no? Por eso decidí hacerlo aquí en lugar de un blog aparte (además de porque así no tengo la presión de mantener un blog en solitario). Por eso, aquí y ahora, doy comienzo a esta sección, con mis mejores deseos y con la mayor ilusión. Espero que a vosotros os guste y, sobre todo, que os aproveche.

abril 26th, 2008

Decir lo que uno piensa

Últimamente he notado que, en cierta manera, me he ganado una serie de “enemigos” (dejémoslo entre comillas porque para quitárselas tendría que ser algo bastante más grave que lo que está pasando últimamente y porque creo que para considerarse enemigo de alguien el sentimiento debe ser mutuo).

A nadie que se haya molestado en conocerme al menos un poquito le sorprenderá que diga que soy un tío bastante reservado (sobre todo en persona) y que me cuesta hablar de mis cosas en profundidad, que normalmente me lo guardo para mí cuando se trata de abrir mi corazoncito. Otra cosa es que cuando escribo aquí, que en el fondo es mi sitio, mi santuario, mi rincón… me sea más fácil. Dios me ha dado la capacidad de expresarme bien escribiendo, pero no tan bien hablando… es lo que hay.

Bueno, a lo que iba. Reflexionando, me he dado cuenta de que mi mayor “pecado social”, si es que se puede llamar así, es que no soporto por mucho rato llevar una máscara, que sí, que si tengo que fingir lo hago, pero que por mucho protocolo y educación social que haya que respetar, no puedo evitar terminar diciendo todo lo que pienso, tal y como lo pienso y… a veces de una forma desagradable (mea culpa).

Pero, la verdad, si hay algo que me revienta es la hipocresía. Puedo jugar a interpretar un papel durante un razonable periodo de tiempo, pero termino explotando… y cuando exploto, exploto de verdad, que para eso soy un tío tan contundente (vamos, que estoy gordo).

Las normas de protocolo no están hechas para mí, lo cual me deja en una mala situación si tenemos en cuenta que un sacerdote tiene unas ciertas responsabilidades sociales como guía o como lo queráis llamar de un grupo de personas, los fieles de su parroquia.

No me gustan nada los hipócritas, a los que figuran, a los que se arriman al sol que más calienta y cuando llega el atardecer van a buscar las estufas encendidas… Y lo peor es que cada día estoy más convencido de que estoy rodeado por esos…

Digo lo que pienso, como lo piensio y cuando lo pienso. Prefiero hacerlo así, aunque a veces haga de tripas corazón y tenga que callarme… pero se me nota fácilmente, porque soy incapaz de decir lo contrario con naturalidad…

A eso sumadle que heredé de mi madre la poca paciencia que tengo (aunque tengo una poca (no mucha) más que ella y mi carácter calmado y mayormente pasota parece dar la sensación de que tengo más de la que realmente tengo) y cuando estoy un poco estresado o tengo muchas cosas en la cabeza mi cerebro decide cortocircuitarse y se me cruza el cable muy fácilmente y he de reconocerlo, tengo muy mal genio. En esos momentos suelo tender a aislarme para no decir ninguna cosa de más, pero a veces no funciona y cuando estoy así digo cosas demasiado bordes y con una crueldad de la que no estoy nada orgulloso.

Las personas somos como alacenas (razonamiento nuevo para los lectores del journal en el DA, no tanto para los veteranos del blog y que ya explicaré en otra ocasión… o mejor… na, ya la buscaré que ahora no tengo tiempo) y en estos momentos la mía está escasa de provisiones.

Estoy a régimen, tengo examen el miércoles y cada vez cojo más complejo de ser una especie de individuo no deseado que lo único que consigue es quedarse marginado de todos (y no, no sólo lo digo por lo que muchos estaréis pensando). Pero claro, hay que poner buena cara y sonreír…

¡Pues no! Coño ya… No voy a escuchar tus gilipolleces sin decir nada. No voy a trabajar para ti mientras tú te rascas los huevos. No voy a sonreir y a callarme lo que pienso para ganar una especie de privilegio que ni quiero ni lleva a ninguna parte. Hala, ya lo he dicho. Que tenga lo que tenga que venir.

abril 14th, 2008

Errores, soluciones, agradecimientos

Óscar, uno de mis compañeros de Seminario, director de la Schola y poseedor de un magnífico blog que actualiza todavía menos que yo y cuya dirección dejé en el post anterior, suele decir que “el mundo está lleno de problemas”. Sin quitarle la razón, porque es verdad, suelo apostillar que “el mundo también está lleno de soluciones”.

Porque estoy convencido de que es así y estoy convencido que, aun siendo conscientes de los problemas, no hay que fijarse en ellos, sino en la gran cantidad de soluciones que tenemos siempre delante. Igualmente estoy convencido de que muchas veces los problemas no son tales y de que, yendo ya al grano de lo que hoy quería poner aquí, de todo se aprende: de lo bueno y de lo malo, de los problemas y de las alegrías… absolutamente de todo.

Hasta aquí alguien podría responderme con aquella vieja frase que da comienzo a las reflexiones de Qohélet en el Eclesiastés: “Nada nuevo hay bajo el sol”. Y es que no acabo de descubrir la pólvora con lo que he dicho.

Así como estoy convencido de que todo se aprende, estoy convencido, muy convencido, de que hay que saber dar gracias por todo. Incluso, aunque suene masoquista, hay que dar las gracias por todo lo malo que nos ha pasado, de los errores, de las inmensas meteduras de pata que soy tan propenso a cometer, de las desgracias inesperadas, de los sinsentidos…

Y hay que dar las gracias porque son sobre todo ellas las que van modelando cual artesano lo que hoy somos. Las alegrías (las de verdad, no las falsas alegrías, las que no duran, las que son simplemente… como decirlo… puramente eróticas sin referirme aquí al erotismo en sentido sexual sino en un sentido más amplio… los placeres de la vida si queréis llamarlo así) no nos ayudan a cambiar, pero son la confirmación de que estamos yendo pro el buen camino.

¿Alegrías de verdad, falsas alegrías? Os explicaré un poco mejor a qué me refiero por si acaso el párrafo anterior no ha sido lo suficientemente claro.

El Rabbî Gamaliel, maestro de San Pablo cuando este aún era fariseo (sí, Saulo de Tarso era un fariseo fariseísimo) aparece en el libro de los Hechos de los Apóstoles con una frase magistral. En medio del Sanedrín, cuando los sumos sacerdotes y los escribas interrogaban a los apóstoles que habían sido liberados milagrosamente de la cárcel, mientras se comenzaba a forjar una condena de muerte hacia los cristianos por predicar a Jesús, este prestigioso doctor de la Ley, se puso en pie, mandó salir a los acusados y se dirigigó a los allí presentes y les dijo, entre otras cosas, esto:

Porque si este plan o esta obra es de los hombres, fracasará, pero si es de Dios no conseguiréis destruirlos

Muchas veces estamos contentos, felices… pero son cosas que pasan y son de ese tipo de cosas que cuando pasan lo único que dejan es una amargura irremediable. Sin embargo, otro tipo de cosas, que se nos pueden presentar, incluso, como problemáticas en su momento… terminan siendo fuentes de la más profunda alegría. Creo que es más o menos lo que quería decir.

Por otra parte, los errores nos ayudan a encauzar el buen camino. Descubrir que esas falsas alegrías son precisamente eso, falsas, darse de bruces contra lo que más temíamos… Eso nos hace ver que no todo es tan perfecto como creíamos y pretendíamos y nos obliga a reconducirnos, a purificarnos, a cambiar la piel si es necesario (y no se entienda esta última imagen como hipocresía, sino todo lo contrario, despojarse de las máscaras que podamos tener, acercarse más hacia la verdad de nuestro interior).

Pues… bien. Estoy convencidísimo de que hay que agradecer a Dios, siempre a Él primero, y a todos los demás de que nos hayan abierto los ojos e, incluso, que nos hayan ayudado a errar (fuerte, ¿no?…) para darnos cuenta de que errábamos y que ese, por muy atractivo que pudiera parecer, no era el camino…

De todas formas, no es dar gracias por los errores sin más. Es dar gracias por los errores y POR HABERLOS SUPERADO. Pero es dar gracias por los errores, también, porque nos han dado la oportunidad de superarnos a nosotros mismos, de ser mejores.

PD: Es un post un poco lioso… pero espero que la idea quede clara ^^

noviembre 20th, 2007

Reflexiones post-apáticas

- ¿Qué tal o día, Manuel?

- Non tan ben coma ti.

- Iso xa o sei.

- !Ricardito, es feliz!

- Si, Manoliño, son feliz…

Conversación mantenida hace escasos minutos con un compañero y que me sirve de
preludio a lo que quería contar hoy. Es una nueva reflexión sobre mi estado de ánimo (para variar) después de la no tan optimista entrada anterior, que ya queda en el pasado.

La verdad es que las situaciones de las que hablaba en el post anterior que no me permitían estar completamente contento por las cosas buenas que me estaban pasando últimamente pues siguen ahí. No se han esfumado así de repente. Incluso algunas situaciones, especialmente la que más me preocupaba, se ha agravado en cierta medida por algo que yo no logro alcanzar a comprender (y sin yo comerlo ni beberlo me he encontrado en una situación un tanto incómoda). Pero quizás he aprendido a darles la importancia justa.

También cuenta que Barcelona y Roma me han servido de desahogo existencial. Un poco de desconectar de todo lo rutinario, aunque sea a los pocos días de empezado el curso, no me ha venido mal. Y hacer el friki por Barna adelante, conocer gente y esas cosas, no ha caído en saco roto (al fin he decorado la habitación, dos años después) y he aprendido a valorar mejor ciertas cosas y a ciertas personas y a darme cuenta de otras cosas respecto a otras.

Algún día narraré la experiencia Romano-Catalana de forma más detallada pero para lo que quería contar hoy eso llegaba.

Por otra parte, creo que podría decir que en el Seminario estoy mejor que nunca. Superada la gran crisis vocacional del año pasado y parte de este verano y con la cabeza un poco (no mucho) más amueblada, creo que por fin he conseguido asentarme definitivamente entre las paredes de esta santa casa. Me ha costado, dos añitos y vamos ya comenzando el tercero…

Quizás los dos primeros años iba yo demasiado a mi aire. Sin un grupo estable de compañeros, sin llevarme mal con nadie tampoco, pero sin ese grupito de 2 ó 3 de referencia que es tan necesario al fin y al cabo. Ahora más o menos lo he encontrado y, quieras que no, eso ayuda un montón… y por eso ya no estoy tanto por aquí, aunque me veáis conectado ^^

Por otra parte estoy más que contento en mi destino de pastoral. No es que el año pasado, en Padrón, no lo estuviera, pero es que el hecho de poder estar allí todo el fin de semana y no sólo las mañanas del domingo y lo bien que me llevo con el cura, pues…

Y casi para culminar esta situación de bonanza seminarística, el próximo 21 de Diciembre, viernes, a las 19:00 h recibiré el Rito de Admisión. ¿De qué se trata? Es una ceremonia mediante la cual la Iglesia te reconoce oficialmente como Candidato al Diaconado o al Presbiterado. Es decir, te reconoce oficialmente como apto para poder recibir las Órdenes algún día… que aún tardará al menos otro tanto. Antiguamente esto te convertía ya en clérigo (y es cuando se te practicaba la tonsura), ahora no, pero eso no le resta significación al hecho.

Como comprenderéis estoy bastante contento. Cielo azul en mi horizonte emocional. Con algunos nubarrones pequeñitos, unos más grises que otros… pero espero que ninguno de ellos suponga una tormenta a corto-medio plazo… A largo plazo Dios dirá.

octubre 17th, 2007

Apatía existencial

Ha comenzado el curso. Ayer hizo ya dos semanas que estamos aquí en el Seminario y me he decidido a hacer un poco de balance. El otro día se lo comentaba a varios: mi estado de ánimo actual analizando todo esto es bastante “monótono”.

Por una parte, en lo personal estoy así así. No es que me encuentre mal, ni nada… Hacía tiempo que no tenía tanta paz como tengo ahora y en líneas generales debería estar bastante contento… pero no lo estoy. ¿Por qué?

Porque realmente, a pesar de lo mucho bueno que me ha pasado últimamente, lo malo que me ha pasado me ha afectado tanto que me ha sumido en este estado de apatía… de aburrimiento existencial en el que estoy ahora…

Se me rompió la guitarra, mis planes para ir al Salò del Manga aprovechando el puente se entorpecieron porque “como ahorro no hace falta que mi padre me ingrese pasta” (por favor, ved la contradicción ahí…), aunque gracias a Dios parece que puedo arreglar eso…, noto como si algunas personas me hubieran dejado de lado (en lo que reconozco que tengo bastante culpa en algunas ocasiones…)…

De todas formas, estoy “contento” porque, conociéndome, podría haber sido peor…

julio 26th, 2006

Cada vez me sorprendo más

Hoy toca clase de antropopsicología por el Dr. Centoloman (vale, me he pasado con el nombre pero hoy estoy inspirado, y cuando estoy inspirado ya sabéis lo que os puede esperar)

El ser humano se comporta de muchos modos y todos se podrían considerar algo así como una combinación de cuánto dejamos actuar a la lógica y cuánto a la emotividad. Vale, es un modelo muy, demasiado simplista del comportamiento humano pero para lo que pretendo es suficiente. La cuestión que planteo es cuándo dejamos que impere una cosa y cuándo dejamos que impere la otra.

Cada vez me sorprende más el ser humano. Sobre todo cuando ante situaciones en las que la lógica habla claramente la gente se cierra en banda a una especie de “porque yo lo digo”, aunque eso contradiga sus propios principios. Y me sorprendo aún más cuando una especie de séquito se une a ese “porque tú lo dices” o simplemente se niegan a decir nada por no decir que ese “porque tú lo dices” no vale para no herir los sentimientos.

Es una reflexión así rápida sobre algunas cosas que he estado observando últimamente. Tampoco os quiero cansar. Habrá quien las lea, las entienda, se de cuenta de que estoy hablando y reaccione en consecuencia. Pero supongo que no serán ninguno de los que leéis el blog.

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junio 6th, 2006

Cosas de vocación

Quiere ser éste un post dedicado, pero no un post con dedicatoria. Es decir, está inspirado por una conversación y pretende ser a modo de respuesta a algo que se me dijo. Pero mi boca no soltará más prenda que ésto sobre el destinatario.

De todos (los habituales) es sabido que el 9 de Mayo del año pasado hice público en este mismo blog algo que rompió los esquemas de muchos: me venía al seminario. Bien pues este post pretende ser una explicación, lo más clara que sé, de qué es o cómo entiendo yo este asunto de la vocación.

La vocación es una llamada. Y claro, quien llama no es una persona cualquiera. Es Dios mismo. Eso supone muchas cosas que nos permiten describir lo que es una vocación:

  • No es una decisión… o mejor dicho, una elección personal. No es una opción de vida cualquiera, una carrera más. No es algo que se planea. No es nada de eso. No es “hacer lo que te pide el cuerpo”. No es una buena salida de trabajo. Ni siquiera es optar por la opción fácil del asunto como se podría pensar, ni mucho menos. Y así podríamos seguir diciendo un montón de cosas que no son.
  • El descubrir una vocación no es cosa de un instante. No te levantas y dices “estoy llamado al matrimonio”, “estoy llamado al sacerdocio”, “estoy llamado a irme a las misiones”… Es algo que se va descubriendo poco a poco. Muy poco a poco. Porque, Dios no (se) impone, propone.* Por eso te va indicando muy sutilmente qué quiere de ti. A ti te queda estar atento, abrir los ojos del alma y tratar de descubrir qué es.
  • Si es Dios quien llama, no puede ser que llame a algo que no lleve a tu felicidad. Es decir, tu felicidad, la verdadera, la plena, se encuentra en el camino que te muestra. Porque al fin y al cabo Dios es amor.
  • La última cuestión que planteo puede parecer cosa de perogrullo, o no… Si es Dios quien llama y estás seguro de todo lo que he dicho anteriormente ¿eres capaz de decir que no? Aunque te lo pida el cuerpo, aunque no te guste, aunque estés muy bien como estás… yo no fui capaz

Evidentemente, ésto que te digo, esto que os digo, no se puede entender visto desde fuera, es necesario que estés abierto a lo que te quiero decir. No son cuestiones sencillas, ni pueden ser entendidas desde el superficialismo, los prejuicios o el una radicalismo; pero he tratado de explicártelo lo mejor posible. Espero que, ahora sí, lo hayas entendido.

*Dios no se impone porque creó al hombre a su imagen y semejanza. Y si el hombre es imagen y semejanza de Dios, ha de ser libre. Luego, que Dios impusiera su voluntad sería contradictorio. (Eso es la versión light del rollo antropo-teológico que os podría soltar sobre la libertad del hombre y el libre albedrío.)

abril 17th, 2005

Nunca voy a fingir

Con esta frase, título de una canción de Migueli, quiero titular este post que, a la par que reflexión sobre la vida y la muerte, es una dura crítica contra mí. ¿Por qué fingimos?

Para ubicarnos, partamos de mi propia experiencia… De unos meses a esta parte, como bien sabéis los lectores habituales de este blog, me vengo quejando de la falsedad de mi sonrisa, algo que hasta ahora no he conseguido remediar. ¿A qué me refiero? A ese absurdo método de “defensa personal” que, lejos de hacer uso de algún complicado arte marcial de nombre complicado (o no), se basa en el simple(¿?) hecho de sonreír y actuar como si no pasara nada cuando en el fondo no eres más que un mar de dudas, preocupaciones y problemas (de uno u otro calibre), todo ello aderezado por ralladuras con mayor o menor importancia sobre la vida (propia o ajena) y sobre la muerte.

El otro día le decía a una persona que hay dos cosas que me joden sobremanera en el mundo: los comentarios (las borderías) fuera de lugar, sobre todo esos dirigidos a personas que (estando presentes o no en el lugar donde se produce en la conversación) no pintan nada en el tema ni en la conversación; y la hipocresía, la falsedad…

Y precisamente en estos dos aspectos es donde más debo entonar el mea culpa. Muchas veces soy el primero enpronunciar algún comentario hiriente, fuera de tono y de lugar. Pero sobre todo debo entonar el mea culpa por lo segundo.

Tanto fingir, tanto fingir… ¡Estoy harto! Yo, un tío que siempre anduvo con la verdad por delante (y no es por tirarme flores), llevo un tiempo haciendo ver a la gente que no me pasa nada, mintiendo en pocas palabras. Mintiendo no sólo a los demás, mintiéndome también a mí mismo. Y todo para que la gente no se preocupe por mi…

Pero he tomado (por enésima vez) una decisiñón respecto a eso… Como dice Migueli, nunca voy a fingir. Con mis problemas, con mis preocupaciones… con todo, vale la pena seguir, vale la pena luchar, pero sobre todo si tengo al lado a esa gente (ella incluida) que me quiere y me apoya. Y nunca estarán realmente a mi lado si no conocen la verdad o, al menos, toda la verdad que ellos deben saber. Es justo (¡Cuántas veces habré pronunciado esta frase en los últimos días!), con ellos y conmigo. Porque lo peor del problema es que no sólo mientes a los demás, te mientes a ti mismo y eso nunca.

Expuesto el tema, basándome en mi experiencia personal como sempre, me gustaría escuchar vuestra voz, vuestra opinión, vuestras dudas, vuestros consejos…