Posts tagged ‘reflexión’

mayo 23rd, 2011

Volveremos

Tenía un post escrito para la mañana o la tarde del Sábado. Iba a ser algo motivacional y un poco rollo apelar al espíritu de las grandes remontadas de Champions. Es decir con todas las características de lo que puede decir un hincha que se juega en pocas horas la vida (casi ni metafóricamente, que fui de taquicardia en taquicardia). Pero los nervios me hicieron olvidarme de él, así que sin preámbulo optimista alguno toca enfrentarse directamente a la cruda realidad.

Estamos de luto. Ayer, y aún hoy, aunque comencemos a despertar, fue un día triste, aciago, maldito. De esos que te quedan grabados a fuego y hiel en el corazón. De llantos, agujetas emocionales – y físicas – y de desahogos a veces reprimidos, a veces a tumba vierta. Yo estaba como si me hubiera atropellado un tren, corrido tres maratones y luego ido toda la noche de juerga. Ya me había costado conciliar el sueño, de los nervios, toda la semana. El sábado más.

¿Por qué? Bueno, asumo que a estas alturas todo el mundo lo sabe, pero, por si acaso, no se me caen los anillos por decirlo una vez más. La noche del sábado, rozando la medianoche, el Real Club Deportivo de la Coruña, el Dépor, MI Dépor, decía adiós a la categoría de oro de nuestro fútbol tras dos décadas en las que ilusionante y mágica es una palabra que se queda demasiado corta para describir la experiencia.

1 Liga, 2 Copas, 3 Supercopas de España. Semifinales de la Recopa y de la Champions. El equipo que más puntos acumuló en Champions en sólo cinco participaciones. El único equipo del mundo que haya ganado en el Camp Nou, el Bernabeu, San Siro, Delle Alpi, Old Trafford, Highbury, el Parc des Princes y el Olympiastadion de Múnich.

Podríamos seguir enumerando los méritos de un equipo que en cinco años escasos pasó de salvarse del descenso a 2ªB (y la desaparición) con un gol agónico de Vicente en la última jornada de la 87/88 contra el Racing a hacerle sombra al Dream Team de Cruyff. Y a casi ganar una Liga una temporada después en ese día que todos recordamos.

Pero el gran mérito del Dépor fue llenar de ilusión y de orgullo a una ciudad no muy grande encerrada en la remota periferia del noroeste español. Paseamos con orgullo el blanco y el azul ante media Europa y media Europa se rindió a nuestros pies. Desde el principio. Ayer me contaban que los periódicos italianos, tan italianos ellos, abrieron con el penalti de Djukic en su momento. Ayer, la prensa deportiva española abandonó al Madrid y al Barça durante unas horas y le dijo adiós a un equipo que, hasta hace muy poco, podría resultar hasta irrisorio Esa es la dimensión que alcanzó el Dépor.

La gran virtud del SuperDépor fue marcar el camino a muchos otros clubes. Un equipo que creció en buena parte a base de retales – aderezados, eso sí, con dos estrellas de la talla de Bebeto y de Mauro – y un fuerte sentimiento de club que redundó en atrevimiento, ambición, un estilo propio, distinto… y muchísima unión entre la mayor parte de la plantilla (y eso lo viví yo en directo). Así fue cómo se ganó el corazón de tantos que, como los deportivistas, lloraron o se dolieron el sábado igual que habían sufrido aquel fatídico e injusto 14 de mayo.

¿Fue todo aquello un espejismo? Ahora mismo podría parecer que sí. Es cierto, el Depor vivió estos 20 años muy por encima de su historia y en los últimos 5 (dese el infame Caparrós) muy por encima de sus posibilidades deportivas y económicas. Pero todo aquello fue real. Muy real. No en vano, hasta anteayer éramos el quinto equipo que actualmente encadenaba más temporadas en primera, tras los tres clásicos y, curiosamente, nuestro doble verdugo, el Valencia.

Pero el pasado no da de comer. La realidad es que el fantasma del descenso, que sobrevoló toda la temporada y esta última época en Coruña, se materializó. Y recordar los buenos tiempos no nos va a salvar de ello. Sí, quizás el Zaragoza y el Racing puedan descender en los despachos, pero así no merece la pena quedarse en Primera. Curioso que lo diga alguien del equipo de Lendoiro.

La vida sigue, en cualquier caso, y es momento de comenzar a trabajar desde hoy mismo (ayer dejémoslo de día de luto) para elaborar un proyecto – deportivo e institucional – que aglutine, ilusione y que nos permita volver a Primera. Y mejor el año que viene que el siguiente. Porque esta afición no merece estar en segunda, porque es afición de Champions. Qué cojones… es la mejor afición del mundo. Y nos lo deben

Fin. Paradójico. Cuando comencé a redactar esto quería hacer un análisis de lo ocurrido y unas propuestas de futuro. Será que todavía soy incapaz de ser frío y prefiero ser así, cursi y emotivo. Ya llegará. De todas formas, la morriña es cosa nuestra. No os acostumbréis a echarnos de menos.

 

VOLVEREMOS

marzo 22nd, 2011

El crimen sin resolver de House

Supongo que ya lo sabéis, y si no lo sabéis es tontería negarlo: soy un fan irredento de las series de televisión americanas. Y de entre mis favoritas está House MD, de la que incluso llegué a hacer un trabajo para un seminario sobre Ateísmo moderno en el ITC. A pesar de sus altos y bajos, que los ha tenido, y muchos, para mí House significa mucho más que una serie de médicos ya no sólo porque fuera la primera serie americana a la que me enganché sino porque es mucho más que una serie de médicos.

Al final la serie de médicos se convierte en una excusa para tratar problemas de una profundidad excepcional – aunque cada vez menos – en la televisión de hoy, normalmente a través de las historias de los pacientes, pero también de la vida de los médicos del Princeton Plainsboro. El caso más claro que se me viene a la mente es el del genial The Tyrant de la sexta temporada (y sus consecuencias) en el que se aborda una de las cuestiones clásicas de moral: la muerte del tirano.

Evidentemente no siempre es así y también hay capítulos más “de relax” o más centrados en la biografía de los personajes (especialmente Greg), pero aún así todos tienen una o dos cargas de profundidad escondidas.

Esta semana lo han vuelto a hacer, pero han dado una vuelta de tuerca. Y a partir de aquí llegan los spoilers. read more »

febrero 1st, 2011

In-movilización social

Hay un dicho muy gallego que reza tal que así: “Mexan por nós e temos que dicir que chove”, que en la lengua de Cervantes vendría a ser “nos mean encima y tenemos que decir que llueve”. Así, hablando mal y pronto, y de una forma muy gráfica, no lo podéis negar, podríamos describir ahora mismo la situación de la sociedad española.

La situación del país es gravísima, eso no hay quien lo dude, tanto económica como social y políticamente, y como decía el sábado Jean Bedel, la gente se está hartando. O ya está harta. Pero parece que nadie hace nada. No digo que nos echemos a la calle y nos pongamos a quemar edificios como está ocurriendo en Egipto. Pero de eso, a esto hay un buen trecho, ¿no creéis?

En los últimos meses, la única movilización social con cierta importancia es la que se ha desarrollado en torno a la Ley Sinde. Y para eso se gestó en las pantallas y en algunos despachos y prácticamente no pasó de ahí. A la gente de a pie, la que no está metida en los círculos de la red, que todavía es mucha, fue un tema que sólo le llegó de oídas y a través de los medios, que ya sabemos cómo son. Y la verdad es que, por importante que sea, existen temas más importantes que la difusión de contenidos y los derechos de autor.

¿Qué nos pasa que no andamos dormidos cuando, por menos, otros países como Francia se han echado a la calle? Aquí a lo más que hemos llegado fue a mirar a nuestros vecinos y pensar “eso es lo que tendríamos que hacer”, pero nada más. ¿Qué nos pasa que hemos claudicado de hecho – no tanto de palabra – de nuestro papel en la vida pública? ¿Dónde queda la España de finales del gobierno del PP, cuando nos echamos a la calle muchísimas veces para reclamar justicia? Y entonces lo hacíamos con respecto a un problema que estaba lejos (Irak) o a causa de un acontecimiento puntual. Ahora la crisis es más global, más profunda, estructural… pero no nos movilizamos.

Podemos echarle la culpa a los partidos, encerrados en su dinámica particular y cada vez más lejanos a los ciudadanos; o a los sindicatos, otros que se han apoltronado en su estatus. Podemos quejarnos de los medios de información, que cada vez informan menos y cuando lo hacen, más que informar, opinan y le hacen el juego al partido o lobby de turno…  Si los agentes sociales se han acomodado en su parcela del sistema, con sus palmeros y ajenos al cada vez mayor descontento de la sociedad (y cuando parecen hacerle caso es para utilizarlo en su propio provecho), poco queda que se pueda hacer.

Es que el sistema tiende a perpetuarse a sí mismo, aún cuando no funcione. Por eso en una situación enquistada como la nuestra la solución tiene que venir de fuera del sistema. Y el único recoveco que nos queda es el pueblo. Por eso no podemos quedarnos callados, sino que tenemos que buscar entre todos una solución nacida del consenso común. Quieran o no quieran los políticos.

Yo mismo no me atrevería a decir qué hacer concretamente, pero algo hay que hacer. Lo que está claro es que no podemos quedarnos dormidos mientras otros tratan de manejarnos como si fuésemos mercancía con la que negociar. Y tenemos el mayor arma que podemos tener en democracia: unas elecciones (con la particularidad que tienen las elecciones municipales) en pocos meses. Perfectas para darle entre los dientes a esa gente que cree que sólo somos un número de votos.

Las imágenes que ilustran este post están sacadas de El País y de JR Mora.
enero 29th, 2011

Esperanza y cautela

Soy consciente de que con este post es muy posible que me meta en un berenjenal de muy padre y señor mío, pero es un tema que me viene rondando en la cabeza durante los últimos días y que quiero compartir con vosotros. Así, de paso, no todo es Akano y series y demás, que últimamente este blog se está volviendo un poco temático.

Mi reflexión quiere partir de lo que ha venido sucediendo en el Magreb y en Oriente Medio en las últimas semanas y especialmente en los últimos días. Es decir, de los conflictos sociales  que comenzaron en Túnez y que ya se han extendido a Egipto y Yemen. Y al parecer también Siria se está poniendo, aunque de esto último no he leído más que un tweet perdido y que no se refería a la situación social en sí, sino al acceso a las redes sociales.

El Islam – entendido como el conjunto de países que comparten la tradición árabe-mulsulmana y no como la religión – está que arde; de hecho, una de las grandes potencias estratégicas de la zona, Egipto, está literalmente ardiendo. Y se nos dice repetidamente que toda esta movilización tiene como objetivo que es en búsqueda de una situación más democrática frente a las “falsas democracias” y a los dictadores que se han apoltronado en sus puestos hasta 20 y 30 años. Eso se nos dijo en Túnez y en el caso de Egipto, aunque no se ha hablado tanto de los motivos y siempre se ha visto como contagio de lo de Túnez, estamos más o menos en la misma situación. De Yemen aquí no se habla mucho, pero entendemos que sí.

Que unos países como los árabes, que tienen una idiosincrasia tan particular y tan distinta a la nuestra, occidental, decidan salir a la calle y luchar por la democracia es algo histórico. Histórico, alentador y esperanzador. Y no podría ser de otra forma. Pero, personalmente me da miedo, por dos razones, de ahí el título del post.

La primera de ella es la inestabilidad política que se está extendiendo en la zona y que no beneficia a nadie. Sobre todo teniendo en cuenta que estos países están rodeados (o en la órbita, como quería) por regímenes de la calaña de Marruecos, Irán y Arabia Saudí y por situaciones tan excepcionales como la de Irak, Afganistán o el conflicto israelí-palestino. Eso sin contar con la sombra de Al-Qaeda en el Magreb islámico.

Esa es la segunda de las razones: el aprovechamiento que de esto pueden hacer los sectores más fundamentalistas del islamismo. Porque ya se han ido posicionando al parecer, distintas facciones, tanto en Túnez como en Egipto. Y es en el contexto de esta crisis cuando hemos vuelto a escuchar al ínclito Osama Bin Laden.

Y es quizás la que más me preocupa. Sobre todo teniendo en cuenta que esto se produce también en un contexto de persecución a las comunidades cristianas, católicas y de otras confesiones, del que hemos tenido noticias no hace mucho. Tanto en Irak como en Egipto. Son colectivos bastante olvidados, que quedan en medio de toda la conflictividad y están bastante desprotegidos.

Ojo. Con esto no quiero culpabilizar ni instigar a nadie contra el Islam ni mucho menos, sino hacer una advertencia contra el fundamentalismo. No sólo contra el islámico. El fundamentalismo es esa corriente que convierte la fe y la religión en ideología. O mejor dicho, disfraza de fe lo que no es más que una ideología política radical y muchas veces violenta, aunque sólo sea verbalmente. Y precisamente por aparentar ser lo que no es resulta extremadamente peligroso.

Ahora lo vemos, desde el 11-S, con el prisma árabe y, sobre todo, a través de la amenaza de Al-Qaeda. Pero el fundamentalismo es un peligro que amenaza a todas las religiones. Lo tenemos presente en muchas comunidades cristianas protestantes como la del pastor del Florida que quemaba Coranes contra la mezquita de la Zona Cero, y lo seguimos teniendo también metido “dentro” de nuestra Iglesia, en ciertos sectores.

El fundamentalismo envilece y distorsiona el mensaje de las religiones. No sólo hacia fuera, sino también hacia dentro. Porque lleva a confundir lo que es con lo que no es, la esencia con o accesorio. Y radicaliza posturas que son incorrectas y muy pocas veces las que son esenciales. Y así acabamos como acabamos, porque la radicalidad, el estar bien afianzado en unos principios y tratar de vivirlos en profundidad, es buena; el radicalismo, el llevar todo al extremo, cegarse y no admitir lo demás, es muy perjudicial.

De ahí toda esta reflexión. Lo que está sucediendo en Túnez, Egipto, Yemen… es esperanzador, pero no podemos dejar de lado que existe esa amenaza latente de que el proceso de esta revolución se lo apropien determinados colectivos. No sólo por el bienestar de esos pueblos, también por la seguridad internacional. Que no es moco de pavo, que lo que pasa en Oriente Medio no se queda, nunca lo ha hecho, sólo en Oriente Medio.

Las imágenes que ilustran este post están sacadas de El País y de Público.
enero 5th, 2011

Cuando las musas se escapan

Cuando las musas se me escapan, a mí me suele ocurrir más o menos lo mismo. Los primeros días me siento algo frustrado, me recuerdo que debería escribir, sentarme con paciencia, sacar la hoja y el boli y darle. Pero la sensación pasa pronto. Llega un momento en que uno se “desintoxica”, se desentiende de la cuestión y no se da cuenta de que ya no escribe, ya no piensa en la historia, ya no… No sé si es o que os ocurre también a vosotros. No sé si quiera si es que os ocurre u os ha ocurrido alguna vez. A mí es lo que me pasa. Lo que me está pasando por esta época.

No sé cómo explicarlo, la verdad. Estoy tan “ocupado” entre las clases, la carrera y viendo series que apenas saco tiempo para escribir como me gustaría. El silencio tampoco ayuda. No puedo pretender obligar a la gente a leer ni a comentar, pero esos comentarios, esos pequeños “eh, aquí también hay gente que te lee” siempre espolean un poco. Pero no, esto no es una queja por eso (¿o sí?)

Al final te desentiendes. Esa fiebre que durante un tiempo te coge y que no te deja dejar de pensar en otra cosa que no sea la historia, el blog… escribir… baja y baja y baja y llega otro algo que ocupa su lugar. Y ya deja de importar, al menos por un tiempo. Porque las cosas que a uno le importan están llamadas a perpetuarse en la memoria durante un buen rato. Si no es que no son verdaderamente importantes.

Y de repente llega un: “Oye, hace tiempo que no escribes en tu blog”; un “Ya has vuelto a dejar el blog?”; un “Un capítulo en ciento veinticinco días… ¿qué nos está pasando, colega?”. Llega y te levantan la postilla de una llaga que ya había empezado a cicatrizar y la herida vuelve a escocer.

Pero no es fácil volver. El síndrome de la página en blanco existe. Y se agrava cuando uno lleva tiempo sin ponerse a la faena. Las palabras no parecen conectar bien, los temas no terminan de convencer, la idea se enrolla, se difumina… Sabes que tienes que hacerlo, aunque no sea una obligación estricta, pero no puedes. No eres capaz de sacar algo que realmente diga: “Esto merece la pena de que otros lo lean”. Te blo4queas.

Es frustrante, pero se sale del pozo. Yo lo he hecho ya en varias ocasiones. No en vano he vuelto a este blog y Akano se ha convertido en la historia eternamente retomada… A veces es simplemente cuestión de estar desvelado, atarse los machos, poner a Los Suaves y retar a la página en blanco. A veces es sólo cuestión de darse un empujón, por pequeño que sea. Escribir algo en cinco minutos, sin pensarlo mucho y tirar p’alante. Sobrevivir. Como esto.

noviembre 1st, 2010

Halloween vs Samaín – Samaín vs Halloween

Un poco ya a toro pasado, hoy quería aprovechar la oportunidad para compartir una pequeña reflexión que me venía el otro día a la cabeza con respecto a la fecha de ayer, sobre Halloween y Samaín y la confusión de las tradiciones. Ojo, antes de comenzar, y para que no se lleve nadie a confusiones, mi intención no es cuestionar la “validez” de las tradiciones. No vaya a ser que alguien se deje llevar por alguna malinterpretación de lo que voy a decir.

Si queremos ser objetivos y fieles a la verdad no podemos dejar de ver, como apuntaba la introducción común del Halloween Bloggers Day, que existe un enorme empuje cultural por parte del gigante americano, llegado a través del cine y la televisión principalmente. Nuestra cultura, al globalizarse, en muchos aspectos se está americanizando. Halloween es una de esas fiestas que hemos importado de los Estados Unidos. Una excusa más para disfrazarse y salir de juerga aprovechando, además, el festivo que celebramos hoy.

El problema es que esta americanización de la cultura choca de frente con un sentimiento antiamericano que está presente en muchos sectores de nuestra sociedad (aunque desde que escribí aquello creo que la cosa ha cambiado bastante) y con la legítima reivindicación de la individualidad cultural de los pueblos, especialmente (intuyo) en aquellos lugares donde el sentimiento nacionalista es más fuerte.

Aquí en Galicia, como en todos los países de raigambre celta (pese a lo que tiene aún de discutido el “celtismo” galaico por unos cuantos), existe o, mejor dicho, existía hasta hace unas décadas, la tradición del Samaín, que es la misma tradición (en su variante irlandesa) que está en el origen de la celebración americana del Halloween. Una tradición propia con unas connotaciones y características propias que pervivía en el rural gallego hasta hace no tanto como podríamos pensar.

Desde hace unos años hacia ahora, frente a la invasión (y también al calor de ella) cada vez más masiva de fiestas de Halloween, desde instancias oficiales y no-oficiales se ha pretendido dar un empujón y recuperar la tradición propia gallega, el Samaín. Cosa que me parece muy bien: los pueblos deberían luchar por mantener y recuperar sus tradiciones. Sin oponerse a una evolución cultural, necesaria y saludable, pero sin dejar escaparse sus rasgos propios e identificativos. Indagar en nuestras raíces, no como base para una reivindicación política sino como medio de enriquecimiento es algo que todos deberíamos esforzarnos en hacer. Por eso, recuperar el Samaín me parecería algo estupendo.

El problema es que muchas veces, por no decir casi siempre (y por no decir siempre), recuperar, reivindicar, promocionar el Samaín es precisamente lo que no se está haciendo cuando se intenta promocionar y reivindicar la existencia de nuestra tradición. Casi siempre lo que parece (y en lo que resulta) es que, como no nos gusta aceptar la americanización de la cultura y que, en consecuencia, celebramos Halloween, le llamamos Samaín, hacemos carteles más enxebres y en galego y ya parece que estamos reivindicando nuestra cultura frente al yankee invasor.

¡Ojo! Que muchos colectivos se esfuerzan en recuperar los rasgos propios de la tradición, pero la cuestión es que la mayor parte de la gente se encuentra al margen de esta reclamación. Y así, al final, lo que se consigue es que se termine llamando Samaín a lo que realmente es Halloween y termine confundiéndose lo foráneo con lo propio. Indudablemente, las similitudes entre ambas están ahí (ya hemos dicho que forman parte del mismo tronco común), pero existen también sus diferencias, porque el devenir cultural de los pueblos, ya antes de que la tradición hubiera partido de Irlanda a Estados Unidos es muy diferente. Llamándole Samaín al Halloween, sin más, sin poner de relieve las diferencias, es renunciar al Samaín excepto en el nombre. Y eso, por mucho que queramos verlo como tal, no es recuperar una tradición, es aniquilarla. Y al final, es acabar con nuestra cultura.

¿Y tú qué opinas?

octubre 28th, 2010

¿Y esto quién lo arregla ahora?

Llevo bastante tiempo sin hablar de fútbol. Entre el curso, el Papa y la pastoral, poco puedo dedicarle a a seguir como me gustaría la Liga y, sobre todo, al Dépor. Y coincidiréis conmigo en que si a eso le sumamos la situación desastrosa en la que se encuentra mi equipo del alma, es bastante normal que sea un tema que tampoco me inspire especialmente para hablar de él.

Y eso que a principios de Liga me las daba yo muy esperanzado acerca de las posibilidades del equipo. Sí, todos sabíamos que nos faltaba gol, que el Deportivo es un equipo sin absolutamente nada de gol. Tan poco gol como que sólo ha marcado un gol de jugada (el 1 del 6-1 en el Bernabeu) en todo lo que llevamos de Liga. Y dos más, de penalty contra el Geta. Aún así, mantenía la esperanza de que esa tendencia fuera mejorándose hasta comenzar a marcar con una cierta regularidad. Con la defensa y la seriedad táctica que venía mostrando el equipo en los últimos años, siempre cabía lugar a la paciencia. Aunque no marcáramos gol, mientras tampoco nos marcaran podríamos ir salvando la papeleta, más o menos…

Pero la defensa no ha tardado en desmoronearse, capitaneada por un Manu con muy mala suerte en la portería y un Lopo que se retrató innecesariamente en alguna ocasión y espoleada por la dolorosísima goleada del Bernabeu, donde algunos creíamos que podría comenzar la reacción  - más que nada por lo inspirador del rival y del escenario. Ahora el Deportivo hace agua en todas y cada una de las líneas. Peor que eso: el equipo se arrastra truculentamente por el campo dando aún mayor sensación de agonía.

El Dépor se muere. Camina lentamente hacia el abismo. Y lo más triste, amedrentador, desalentador… como queráis llamarlo, es esa certeza moral que tenemos buena parte de los deportivistas de que en el fondo de ese abismo no está sólo (ni únicamente) la Segunda División, sino la desaparición del club de nuestra alma. Sí, triste pero cierto: la despaoarición, esa realidad cruel y trágica que amenaza cada vez más a los equipos.

Pero no vamos a hablar aquí de eso. No quiero hacerlo no vaya a ser que por mucho repetirlo se haga más verdad. Y no voy a meterme con todas las circunstancias que nos han traído hasta aquí, del fútbol en general y del deportivo en particular. Eso ya, si tal, otro día. Y a lo mejor no soy yo el que lo hace. Tengo una idea en la cabeza que a ver si la pongo en práctica un día de estos.

Centrándonos en las circunstancias deportivas de esta temporada, podríamos resumirlas en tres palabras muy simples: “falta de planificación”. El año pasado, con la lesión de Filipe, se pusieron de manifiesto nuestras dos grandes urgencias: un lateral izquierdo – ante la inevitable venta de nuestro jugador estrella este año sí o sí - y un delantero con gol. Adrián, Lassad y Riki no habían marcado entre los tres lo que sería aceptable para un sólo delantero. Unas urgencias y una planificación de plantilla que se veían más que condicionadas por la situación económica del club, algo en lo que no voy a entrar, como digo.

Al final, hemos terminado renovando de una forma extraña el centro del campo, trayendo hasta 5 jugadores para esas posiciones: Rubén Pérez, Míchel, Desmarets, Saúl y Urreta. Pero de lo que necesitaba el club, nada. Fichamos 3 laterales distintos, ninguno de los cuales llegó a cuajar en el equipo (Stopira fue bajado al Fabril en plena pretemporada, incluso) para terminar jugando Seoane, el chico de la casa. Y de lo del delantero mejor ni hablamos.

Y como a perro flaco todo son pulgas, llegó la peste de las lesiones, que nos viene acosando estos últimos años una y otra y otra vez. Lo cual nos ha dejado en una posición aún más precaria. Así las cosas, Lotina ha complicado la situación moviendo piezas casi siempre sin rumbo ni sentido ni algún tipo de lógica. Ahora te pongo en la banda, ahora en el centro; ahora tú, ahora este otro… Sin estabilidad y sin ideas, por lo que deja ver.

Todo esto se traduce en un equipo desquiciado, tal como se puede desprender de las declaraciones de los jugadores y del propio entrenador, más lastimeras que lo que nos tiene acostumbrados. Pero nadie hace nada. O, mejor dicho, el que lo tiene que hacer, no hace nada. Bueno, sí… convoca un café con los medios para mañana por la tarde en el Playa Club. Esperemos que ahí encontremos verdadera información y no otra sarta de excusas y divertimentos marca de la casa.

La imagen que ilustra este post está tomada de eldepor.com
octubre 19th, 2010

Una fe que mueve montañas

Estas últimas semanas, y a medida que se acerca el 6N lo será más, han sido de un ajetreo constante que apenas me ha permitido dedicarle al blog el tiempo que se merece, más allá de “sacarme de encima” un par de artículos del Doctor Who que ya iban siendo horas. Hoy he conseguido sacar un pequeño ratito, así que aquí estoy de nuevo dando la lata.

Entre las cosas que tenía pendientes de leer en este intermedio estaban un montón de lecturas acerca del rescate de los mineros chilenos, la gran sensación de las última semana a nivel informativo, y a eso quería dedicar hoy a este post. No a hablar de la excepcional rapidez con la que se ha trabajado, ni del reality chou que montaron los medios o del oportunismo de los políticos presentes – dos realidades, estas últimas, que podríamos dar por descontadas ya de ante mano. Así va el mundo y así nos va.

De lo que yo quería hablar es algo un tanto distinto. Ya decía el otro día en Twitter (1-2) que me hacían gracia algunas reacciones de algunos periodistas, blogueros… que hablaban de las continuas muestras de fe de los mineros, sus familias y gente cercana a la catástrofe. Unas reacciones que, caricaturizándolas un poco pero tampoco demasiado, podríamos calificar de media sonrisa irónica con cierto desdén paternalista y escéptico hacia “esos pobres mineros”. Como si le molestara… o, mejor, como si les asustara.

Antes de seguir, y como nota aclaratoria, con “fe” no me refiero a supersticiones del tipo “A los 33 mineros chilenos los rescataron el 13/10/10 (cuyas cifras suman 33) en un operativo que duró 33 horas. La nota que mandaron tenía 33 caracteres (¿con o sin contar espacios?). 33 años tenía Cristo cuando murió en la Cruz.” Me refiero a ese convencimiento, más o menos claro, de que la mano de Dios estaba detrás de su milagrosa supervivencia y del posterior rescate.

Entrando ya en materia, es de todos conocido, porque hemos seguido la operación casi en vivo y en directo durante más de dos meses, que el rescate de los treinta y tres ha supuesto un esfuerzo técnico increíble y sorprendente. O, lo que es lo mismo, que la mano humana ha jugado un papel fundamental en que todos y cada uno de ellos estén ahora, de nuevo, en la superficie. Por tanto, afirmar una intervención divina, si esta la entendemos como que “anula” o “niega” la intervención humana, es irresponsable, ingenuo, necio.

Así las cosas, tenemos dos estas dos certezas: la que nos dan los sentidos de que todo este milagro no es otra cosa que un hito más del prodigio de la técnica humana; y la que nos da la fe de que es la mano de Dios la que está detrás de todo. Una aparenta contradecir a la otra y casi de forma automática, la primera se nos presenta como “más cierta” que la segunda. Al fin y al cabo es lo que salta a la vista de nuestros sentidos de forma inmediata, mientras que la segunda es algo velado, mediado por la propia fe.

¿Pero esto es completamente así? ¿Existe esta contradicción? ¿Son estos dos hechos, el que nos presentan los sentidos y del que nos habla la fe, contrarios y excluyentes? La respuesta que yo, como hombre de fe, claro está, os propongo hoy es un no rotundo. No sólo no se excluyen mutuamente, sino que se coimplican. Es decir, en general no hay acción sin acción humana ni acción humana sin intervención divina.

¡Ojo con esto! Me explico mejor para no llevar a confusiones. Como siempre, apura esta doble afirmación hasta su extremo nos haría incurrir en un tremendo error. Por un lado, no sólo negaríamos otro tipo de intervenciones como los milagros propiamente dichos, sino que caeríamos encorsetar a Dios en cánones humanos e, incluso, en convertir a Dios en mera abstracción del espíritu humano. Por otra parte, reduciríamos al hombre en un simple instrumento, un autómata en manos de la divinidad. Por uno u otro extremo estaríamos negando la libertad absoluta de Dios o bien la libertad creada, finita, pero sagrada al mismo tiempo del hombre.

Pero basta decir que esto es de ordinario así. Así lo ha visto toda la tradición judeocristiana (en la que -nos guste o no- estamos inscritos) a lo largo de los tiempos. Dios se revela en la historia y a través de la historia, en lenguaje humano, sacramentalmente, que diría el teólogo. Es decir, echa mano de las realidades tangibles, de los hechos y de los acontecimientos históricos para darnos a conocer las cosas intangibles, para dar a conocerse él mismo, que es Señor de la Historia.

Evidentemente, esto supone un cambio de mirada que es propio del hombre de fe, que está llamado a buscar a Dios también en el mundo que le rodea, en lo que le sucede… a dar un paso más allá. Esa, entre otras, era la función de los profetas, que no eran una especie de adivinos así sin más, como muchas veces se nos presentan (también desde la propia predicación, todo hay que decirlo), pero que se extiende – así lo entiende la teología cristiana – a todos los bautizados, sacerdotes, profetas y reyes.

Esto llega, creo, para explicar eso de que de ordinario, no hay acción divina sin acción humana. Pero, ¿y la relación contraria? El hombre es criatura de Dios, imagen de Dios, del Dios Creador y, por tanto, un ser racional, inteligente y creativo. De aquí podríamos deducir esta intervención primera y latente de la divinidad que pone en marcha todo el “mecanismo del progreso”.

Podríamos hablar así de dos planos de actividad: uno que nos es cercano, perceptible, inmediato, y otro que va más allá de lo sensorial. Dos planos superpuestos, que son a la vez independientes e interdependientes. Aunque tenemos que entender que “hablar de dos planos” es sólo eso, una forma de hablar. La realidad es una, con muchas caras, con muchas dimensiones, pero una. No es que haya un plano espiritual en el que actúa Dios – y que muchas veces se interpreta como algo simplemente psicológico (la fe de los mineros les ayudó a aguantar y mantener la esperanza, por ejemplo) – y un plano material copado por el hombre, puramente material.

Hasta aquí, que creo que ya me he pasado con la charla teológica. Quizás quedan muchas cosas por explicar. Quizás otras quedan muy mal explicadas o muy por encima. Pero para eso están también los comentarios, para seguir dándole caña a esto, ¿no?

septiembre 8th, 2010

Fútbol a horas intempestivas

Anteayer saltaba a los medios de comunicación la noticia de que para la segunda vuelta de Primera División (me niego a decir Liga BBVA), la LFP pretende ponernos partidos a las tres de la tarde los domingos para poder difundirlos en esa entelequia que llamamos “el mercado asiático”. Un golpe de mano más de los que realmente cortan el bacalao en esto del fútbol y una bajada más de pantalones de los equipos y los dirigentes ante las televisiones. Es decir, ante el dinero.

Y, como siempre ocurre, los damnificados somos los aficionados. Los aficionados españoles, porque no niego que esto pueda beneficiar a los futboleros japoneses, chinos, indios… Al final de cuentas somos (en teoría) los que realmente seguimos esta liga. Pero no. Si seguimos pensando de este modo nos equivocaremos una vez más. El fútbol hace tiempo que ha dejado de pertenecer a los aficionados para pertenecer a las audiencias televisivas.

Esto tiene consecuencias nefastas. Pero ya no basta con el hecho de que no sepamos con una antelación razonable a qué hora va a jugar nuestro equipo. O peor, ya no sabe el propio equipo a qué hora va a jugar con esa previsión de la que se puede gozar, por ejemplo, en la prensa inglesa. Una chorrada, vamos. Y así, poco a poco, los campos se van vaciando. Silenciosamente. Lamentablemente. Y, para escarnio de todos, hasta se hace promoción de ello. ¿No te lo crees? Recordemos el anuncio de Imagenio-Gol T:

Vale. Que sí. Que el anuncio parece tener otro enfoque en lo de la ancianidad del padre del protagonista, pero aún así, y no soy el único, es algo que sienta mal a los aficionados que, semana a semana, asistimos impotentes a un espectáculo demoledor: el vaciamiento progresivo de nuestros estadios de fútbol. Y lo dice uno que apenas puede ir a un par de partidos al año por cuestiones de agenda y que, por tanto, es más espectador televisivo que hincha en la grada.

En este panorama, en el que el alma de los equipos de fútbol parece rehuir de ellos, la Liga ha decidido darle la puntilla. Partidos a las tres de la tarde. En España. A la hora de comer. Ya no llegaba con ponerlos a las 5 que es una hora límite que ya obliga a elegir entre fútbol y siesta cuando se quiere ir al estadio. No, a la hora de comer, que mola más. Para terminar de despoblar los estadios.

A lo mejor este argumento costumbrista te resulta demasiado débil. A ver qué tal este otro: las tres de la tarde caen dentro de la franja más calurosa del día. En Coruña, en Riazor, a lo mejor no tenemos problema de calor, aunque si nos viene otro mesecito como los de este verano, pues sí. Pero… ¿en Sevilla? Recordemos que ya se nocturnizó la primera etapa de la Vuelta y que la Junta pidió el aplazamiento del Betis-Granada.

Más. Cuando se dé el hecho de que haya un equipo canario en Primera, estos podrían tener que jugar sus partidos en casa a las dos de la tarde. No nos quedan aún muy lejos las protestas del Tenerife, de los chicharreros y de los rivales por tener que jugar a las 16:00h de las islas para poder amoldarse al horario televisivo peninsular. Pero no, eso no importa, porque aquí, como bien dejó claro el todopoderoso Roures en su tan comentada entrevista en Buenafuente, lo que importa es la pela.

Mientras tanto, los aficionados al fútbol tenemos que dejar que nos meen encima y aún encima decir que llueve. Hasta que nos cansemos. Entonces protestaremos. Pero nos harán menos caso que el que ya nos hacen. Porque el fútbol necesita dinero, o eso dicen. Aparentemente lo que no necesita son aficionados. O eso creen.

agosto 19th, 2010

Momentos complicados

Este mediodía, en cuanto salga de la oficina, me cogeré el tren y pondré rumbo a Coruña. Mañana ya no vengo a trabajar, aunque espero reincorporarme el lunes desde la ciudad herculina, porque eso sería una buena señal. ¿Por qué? Porque mañana operan a mi padre. Y es una operación bastante grave.

No es una operación de urgencia, pero eso no le resta importancia. Os cuento, mi padre tiene las arterias femorales bastante obstruidas. Apenas puede andar más de cien metros y no porque se ahogue – no es un problema cardio-respiratorio – sino porque la sangre no le circula con la suficiente fluidez por las piernas y eso le produce un dolor inaguantable. ¿A causa de qué? Pues principalmente de la nicotina, aunque no dudo de que el colesterol también habrá hecho de las suyas.

Es un problema que lleva teniendo desde hace bastante tiempo y se le ha agravado en los últimos 4 o 5 años de una forma espectacular. Pero mi padre es un cabezón, no sólo en sentido físico,  y aparte, aunque él nunca lo reconocerá, le tiene pavor a los médicos. A todo eso se le juntaron todos los problemas de mi abuela (no la del otro día), que está parapléjica y encamada, además de con Alzheimer y a la que tiene que cuidar como hijo único que es. Así hasta que por insistencia de mi hermano, mía y de mi madre (a la sazón su ex-mujer, por ubicarnos) al fin ha visto a un médico y se opera este viernes.

No es una operación sencilla. No le van a cortar un resto sobrante de la evolución, como a . Tampoco le van a arrancar el corazón, pero sí le van a hacer unos bypass en las piernas, sustituyéndole las partes obstruidas por unos tubitos de plástico. Y supongo que, para ello, tendrán que pararle el corazón aunque sea brevemente. No lo sé.

Él está acojonado, aunque su orgullo le lleve a tratar de disimularlo. Por él, por nosotros y por mi abuela, que quedaría prácticamente sola conmigo y con mi hermano fuera. Y yo estoy acojonadito. Y mi hermano también. Tranquilos, pero con el miedo a que pueda pasar algo que nadie quiere.

Por eso os pido a todos que recéis por él y por nosotros, para que todo salga bien en un momento tan crucial. Os lo agradeceré eternamente, de verdad, porque lo necesitamos de veras. Muchas gracias ya por adelantado a todos los que, lo sé, lo habéis venido haciendo desde que os conté la noticia estos días. Y si no rezáis… pues eso, tratar de emitir buenas vibraciones o como queráis llamarlo, que seguro que el Señor también las recibirá.

Yo, por mi parte, os informaré de lo que haya. Si no el viernes, el sábado o el domingo, en cuanto tenga un momento libre. Mientras tanto, no os extrañéis si no publico nada. Sólo la entrada programada para hoy del Doctor Who. A menos, claro, que termine el capítulo de Akano a tiempo y lo deje programado y/o publicado esta noche, que todo es posible.

Lo dicho, que muchas gracias por vuestras oraciones, seguro que son bien recibidas.

agosto 18th, 2010

Mi diente p’atrás



No muchos de los que me conocen, fuera de mi familia, se acuerdan. Ni siquiera muchos de mis compañeros de clase desde la infancia. Pero hace mucho mucho tiempo, en una galaxia no precisamente lejana, yo tuve aparato de dientes. Lo llevé… no sé, un año y medio probablemente. O quizás más. O quizás menos, todo puede ser. Ya sabemos que de niños no tenemos la misma conciencia del tiempo que tienen los mayores.

¿El motivo? Tengo un diente hacia atrás. El incisivo superior derecho (no el del centro-derecha, el de la derecha-derecha, como el PP), para ser más exactos. Y digo bien, “tengo”, porque por mucho que llevara aparato aún sigue ahí, convirtiéndose casi en un símbolo de mi identidad. Hasta le tengo un cierto cariño (todo el que se le pueda tener a un diente) y todo.

Supongo que de eso sí se habrá dado cuenta la gente con la que me cruzo cada día aún a pesar de que, por muy sonriente que pueda ir, creo que no muestro demasiado abierto el dentamen por una especie de complejo heredado de cuando mis queridos y cariñosos compañeros de clase me apodaron con el nombre de un héroe de ficción de sobra conocido por mis coetáneos: Patoaparato. Original, ¿verdad?



La cuestión es que, de unos días a esta parte, a mi madre le ha dado por decir que tengo el diente más echado para atrás que nunca. Y, para terminar de redondearla, a Morfeo también se le ha dado por utilizar mi diente de forma recurrente en mis sueños. El otro día, sin ir más lejos, se iba limando poco a poco hasta desaparecer (y era cortante y todo).

Y a eso le juntamos que, después de mucho sumarse él también a los puteos generalizados durante mi etapa metálica (que no metalera), mi hermano lleva ahora también aparato. Así que la pregunta que me lleva haciendo mi madre los últimos días así de vez en cuando (o sea, teniendo en cuenta que es una madre… cada hora, hora y media) es si me quiero volver a cablear la boca.

Por una parte, quiero. No es que lo considere una tara o un defecto, pero a veces resulta molesto (uno se puede morder la lengua si no se da mucha cuenta). Pero por otro lado, echaría de menos mi diente y, además, me da mucha pereza volver a ponerme los brackets (o como se escriban). Y a lo mejor para nada. La otra vez falló porque el “aparato de mantenimiento” (uno de esos de paladar que tenía que ponerme por la noche) y yo no nos llevamos bien y me lo quitaba inconscientemente mientras dormía. ¿Y si pasa lo mismo? ¿Y si vuelve a fallar? Es una pasta y no estamos como para tirar el dinero, la verdad.

Así que nada, aquí estoy yo, con mi nueva duda existencial, enfrentándome a los avatares de la vida mientras veo pasar las últimas semanas de mis ya-no-vacaciones aquí en la oficina, gestionando las bases de datos para la Visita del Papa, y con la mirada puesta en el viernes y en algo que ya os contaré en otro momento. Que no es plan de mezclar, que es malo y luego siempre sienta mal.

julio 14th, 2010

Reflexiones Post-Mundialistas (II): Los medios

Segunda reflexión post-mundialista. En este caso es sobre el trabajo de los medios de comunicación alrededor del Campeonato del Mundo, en general, pero que no es otra cosa que síntoma de una tendencia que se está generalizando en la televisión (creo que es un fenómeno especialmente televisivo) no sólo deportiva sino a todos los niveles.

Antes que nada, quiero decir, para que no se quede en el tintero que los dos equipos que se mandaron a Sudáfrica, tanto el de Cuatro/Canal +, que ya nos tenía acostumbrados a una información deportiva distinta, con una altísima calidad, como el de Telecinco, a pesar del ínclito JJ – un periodista que, como me ocurre con Lobato, tengo la impresión de que está más hecho para el informativo que para estar al pie de la noticia –, hicieron ambos un trabajo magnífico, espectacular, impagable… sobre todo teniendo en cuenta el resultado final de todo lo que ha pasado.

El problema no estaba, por tanto, en Sudáfrica, en la Carbonero o en lo que fuera, sino en Madrid y en el tratamiento de la información que llegaba de Sudáfrica. No hay mucho que reprocharle a Cuatro o a Canal +, creo yo. En la misma tónica “manolística” de siempre, que tiene sus detractores – a mí no me termina de convencer, por ejemplo – hicieron una información seria y trabajada, con profesionales contrastados aquí y allí.  Bueno, quizás sí: haber rellenado una mañana de televisión con el dichoso pulpo, aunque he de decir que el pulpo sólo fue la excusa para poner sobre la mesa una buena tertulia futbolística a media mañana.

Mucho que reprocharle, sin embargo, a la cadena amiga, que convirtió el Mundial de Sudáfrica (insisto, la mayor cita deportiva de nuestra historia) en una pieza más de su programación. En el sentido más peyorativo de esta realidad. Y, así, nos encontramos previas y post-partidos protagonizados por la Esteban, Lidia Lozano, Karmele Marchante, Kiko Hernández, Jorge Javier Vázquez y demás representantes de la más baja calaña televisiva.

Y así, lo que podría haber sido un lavado de cara perfecto para la televisión más denostada de nuestra nación, se convirtió en un emborronamiento masivo ante un país que sólo pudo menear la cabeza diciendo: “Lo sabía”.

Así, el romance Carbonero-Casillas y otros aspectos tan importantes del Mundial (las uñas de Cristiano Ronaldo y sus cabreos, el traje de Beckham…) llevaban lo que era la verdadera información futbolística a un segundo plano. Puede que el hecho de relegar el programa de Paco González a la Siete tuviera la buena intención de llevar más audiencia a la segunda cadena de la casa, pero viendo la programación de la cadena “titular”, la impresión que dieron era la de “aquí no tienes cabida”.

Por eso, lo que no deja de ser una mera anécdota entrañable, como el beso entre Iker y Sara se convierte en información de primer nivel que supone un paso atrás en el periodismo deportivo en general y femenino en particular. Este ha sido el punto culmen, pero ha sido una tónica que ha subyacido a todo el Mundial y que incluso contagió la celebración de Madrid, para escándalo de todos los presentes y los asistentes catódicos.

Lamentablemente, así es nuestra cultura de masas, que se mueve entre lo amarillo y lo rosa. El fútbol, que hace tiempo dejó de ser un mero deporte para convertirse en un fenómeno de masas, no se escapa de eso. Por desgracia para todos los aficionados a los que la vida privada de los futbolistas nos importa literalmente una mierda mientras no afecte a su rendimiento en el campo.

Un ejemplo: fue el amarillismo y el rosismo el que hizo que el año pasado se congregara el equivalente a la ciudad en la que vivo para ver la presentación de Cristiano Ronaldo, para mayor gloria de un personaje que, con buena intención, eso no se duda, ha querido comprar el fútbol a golpe de talonario. Lo mismo que con la de Ibrahimovic en Barcelona, aunque aquí entraba, también, el componente revancha.

El fútbol, repito, ha dejado de ser un mero deporte de masas para ser un fenómeno de masas. Y desde ese momento “la cagamos tía Paca”. El del Mundial sólo ha sido el último episodio de una larga serie que comenzó allá en la segunda mitad de los noventa con una guerra del fútbol que se ha radicalizado en los últimos años y que tanto condiciona nuestro fútbol. En dos aspectos fundamentales: influye enormemente en la economía de los clubs y ha llegado incluso a condicionar el horario en que se deben jugar los partidos.

Esta cultura de masas enturbia el deporte y nos hace perder a todos los aficionados. Sólo hace falta ver la deriva de la prensa deportiva en los últimos años en algunos casos. Al final, cuando el alto nivel se relaje – que puede suceder, nada es para siempre – o se convierta en rutina – no sé que es peor–, generará cansancio y el cansancio desapego. Porque nos han machacado con algo que no es propiamente fútbol, nos lo han vendido como un espectáculo, que lo es, más que como un deporte y lo han convertido en lo que se convierten los espectáculos en este país, en esta cultura: en mera exaltación de una clase que no tiene nada de clase.

Necesitamos una reflexión seria, calmada y pausada, exenta de forofismos, acerca de esto. A todos los niveles: Federación, clubes, liga y prensa. También, por qué no, a nivel político y a nivel de calle. Tenemos que ver qué se hace con los llamados “derechos del fútbol”, a quién se le venden y qué hace ese alguien con ellos.  Porque si no, lo que sí resultará una mera anécdota más, es la bazofia que algunos han hecho con el Mundial.

Pero tenemos que hacer esa misma reflexión no sólo en el nivel del fútbol, sino en el nivel de todos y cada uno de los componentes de la llamada cultura de masas: música, cine… todos. Lo del fútbol ha sido, sólo, la última parada. Tengo miedo de saber qué será lo próximo.

¿Y tú? ¿Qué opinas?

julio 13th, 2010

Reflexiones post-mundialistas (I): La final

Se acabó el Mundial. Con la macrofiesta de ayer, damos por terminadas las celebraciones oficiales de ese sueño que conseguíamos el pasado domingo rozando ya un lunes que no queríamos que llegase nunca. Y debemos volver de nuevo a la rutina: al trabajo, a la crisis, a los madrugones… – bueno, los que estamos de vacaciones nos podemos dar una tregua en eso – pero con una diferencia respecto al viernes pasado o, incluso, respecto al miércoles: con una enorme sonrisa en la cara que dice “Sí, yo también me siento campeón del mundo”.

Sé que os he dado mucho la vara con el mundial últimamente. Era lo que tocaba emocional y noticiosamente. Ahora que se acabó y vivimos con la resaca – el hecho de estar de vacaciones y no tener que centrarme en casi nada más ayuda a prolongarla – ya estamos en otro momento de la historia. Pero me quedan dos o tres reflexiones que hacer.

La de hoy es sobre el partido en sí. Creo que hay cosas que, aun ganando, tienen que decirse. Y yo no quiero callarme:

  • La Copa del Mundo de Fútbol es el evento deportivo de mayor importancia/relevancia mundial junto con los Juegos Olímpicos. No sólo porque es la máxima expresión del deporte rey sino porque es la perfecta plataforma para extender el fútbol en países en los que todavía es un deporte muy minoritario. En él tiene que darse cita la élite del fútbol, a todos los niveles… y demostrar que lo es y por qué lo es.
  • El partido que vivimos el viernes era un partido que veníamos soñando desde que eramos macaquitos. Yo mismo, tengo lo que en su momento eran unas medias de una equipación de la selección, no sé si del 86 o del 88, que ahora no me quedan más que como unos calcetines, y me los puse para la final. Significaba mucho para nosotros, para todos nosotros. Teníamos una cita con la historia y teníamos que disfrutarla al máximo.
  • Hace años, no muchos, uno escuchaba Holanda – en contexto futbolístico, se entiende – y pensaba directamente en un estilo, el fútbol total. Un equipo diferente, que destacaba sobre toda Europa por un juego alegre, rápido, directo sin caer en el patadón y carrera. Pensaba en varias generaciones de artistas del balón que comienzan con Cruyff y Neskeens y terminan con gente como Van Persie (a pesar de que este Mundial no ha hecho absolutamente nada) o Snejder, pasando por Van Basten, Gullit, Rijkaard, Bergkamp, Koeman

Estas son las tres premisas desde las que más o menos cualquier aficionado español (y, perdonadme la osadía, pero me atrevo a decir que cualquier holandés) se enfrentaba al partido del domingo. Veníamos espoleados, además, por el partidazo del miércoles, en el que, a pesar de ver la peor Alemania del mundial, vimos a dos equipos que querían jugar al fútbol respetando al adversario por encima de todo.

El error de Alemania – todo el mundo lo vio – fue dejar jugar a España. Fue el primer y único equipo que lo hizo en todo el Mundial y eso les costó perder de la forma que perdieron (a pesar de que el marcador fuera sólo 1-0 – ¿por qué todo el mundo critica que España sólo ganó 1-0, 2-1, 2-0?).

Sabíamos que el partido de Holanda, una final, La Final, no iba a ser así. No sólo porque habrían aprendido del error teutón o porque una final siempre es diferente, sino porque Holanda venía siendo el equipo más duro de toda la competición. Pero lo que nos encontramos fue una actuación que superó cualquier previsión… para mal.

Sabían que el único método de llevarse por fin el trofeo a casa era impedir que España se sintiera cómoda con el balón, como le gusta a los nuestros (sus herederos). Como habían hecho antes Chile y Paraguay, Portugal e incluso Suiza y Honduras. Cada uno con sus recursos. Plantarse bien en el campo, cerrar los espacios y, con la contundencia justa, frenar la creación del juego español. Nos pusieron en problemas, ¿recordáis?

Sabíamos que Holanda ya no jugaba a ser Holanda, pero nos quedamos cortos. Habíamos visto el juego duro de los Oranje contra Brasil, contra Uruguay… pero nos quedamos cortos.  En ningún momento salieron a ganar el partido, sino a que España no lo ganara (el matiz, como comprenderéis, cuenta mucho en esta especie de tautología) y para ello quisieron evitar que nuestro centro del campo creara. La misma premisa de siempre, pero aplicada de un modo distinto. Ya no era quitar el balón y cerrar espacios… directamente iban a amedrentar y romper piernas.

Todo con la connivencia de un señor calvo vestido del celta que, en general, acertó en todas las acciones del juego (al señalar las faltas) pero que, empeñado en tener una final tranquila, se equivocó una y otra y otra vez en el aspecto disciplinar. No dio la talla, por valor o por capacidad, y los holandeses – y también nosotros en algún momento – se aprovecharon de ello.

Sin ganas de hacer mucha más sangre, que simplemente quería desahogarme, me pregunto qué sentirá un holandés. Ahora mismo, culpan al árbitro (sic) de la derrota, tanto jugadores y seleccionador, como prensa y aficionados. Todos lo hemos hecho alguna vez: culpar a otro – al árbitro, casi siempre – de nuestros fallos y de nuestras derrotas. Quiero creer que en cuanto se pase el calentón finalístico alguien reflexionará y dirá: “Tampoco nosotros merecimos nada”.

Porque Holanda traicionó a casi 40 años de tradición que le otorgaban la vitola de “el mejor juego de Europa”, posiblemente el mejor equipo (a nivel teórico) después de la Canarinha – que también renunció a su estilo, no con Dunga, sino casi desde el 94 podríamos decir) –, que enamoraba al mundo del fútbol y nos hacía a todos simpatizantes de los Oranje. Se convirtió en un equipo bronco y malencarado. Y convirtió la mayor fiesta del fútbol en un campo de batalla, en un ring de boxeo… o de vale tudo.

Si ese partido lo hubiera hecho… no sé, Argentina o Italia, dos equipos que (con todos mis respetos) nunca renunciaron al juego bronco como parte de su estilo, nadie se llevaría las manos a la cabeza. Nos cabrearíamos pero no nos escandalizaríamos. Pero lo ha hecho la gran Holanda, la Naranja Mecánica que más bien habría que llamar Naranja Amargada ahora mismo.

El fútbol necesita más Holandas, Españas, incluso Alemanias (sobre todo la nueva Alemania, pero también la de siempre) y menos Italias. En este Mundial, como muy bien resaltan los chicos de Diarios de Fútbol, se ha puesto más de manifiesto que nunca que “el estratega mató a la estrella del fútbol”. Por eso creo que  todo aficionado al fútbol, español, holandés, europeo, mundial espera también que, igual que la derrota de Brasil ha servido de reflexión para tratar de volver a su juego (especialmente de cara a su Mundial), la derrota contribuya a que la Oranje deje de ser esa Naranja Amarga y vuelva a ser la Naranja Mecánica con un juego que enamoró al mundo fútbol en el 74 y que rompió y quemó la flecha de Cupido en el 2010.

¿Y tú? ¿Qué opinas?

junio 14th, 2010

Mitos y cultura popular

La modernidad – ya desde el positivismo, pero como fruto de un proceso que venía gestándose ya desde antes – ha consagrado la ciencia y “condenado” la verdad a equipararse, únicamente, a aquello que puede ser constatado empíricamente o, al menos, a aquello que no puede o no ha podido ser falsado. Con este concepto, que eleva la certeza científica al grado de verdad, el resto se ve reducido a simples opiniones, cuando no a “historietas”, de valor e importancia relativos.

Así, en este último grupo (el de las “historietas”) se ha encasillado todo tipo de relatos de los más diversos orígenes, englobados dentro de la categoría general de mitologías: griega, egipcia, nórdica, judeo-cristiana (sic.). Hoy, con el auge de la ciencia y la visión antes expuesta de la verdad (dos aspectos que suelen ir de la mano), el hombre (post-)moderno desprecia estos relatos como “cuentos chinos”, vestigios de la infancia de la humanidad, de lo que Comte dio en llamar “etapa teológica”, cuando la única salida del hombre era creer en (los) dios(es).

Sin embargo, perdemos de vista algo muy importante. No sólo no consideramos que la ciencia sólo nos explica el cómo son/funcionan las cosas, no su porqué (y, muchas veces, atribuimos al conocimiento científico un objeto que no le corresponde); sino que, además, no valoramos la posibilidad de que esos “cuentos chinos” sean tan verdaderos como la ciencia, aunque en un plano distinto.

Y es que los mitos (dejémonos ya de otros apelativos) tienen un importantísimo valor performativo y explicativo del mundo, no al nivel del mecanismo, sino del conjunto. Por eso, los mitos no son menos verdaderos que la ciencia, sino que incluso podríamos atrevernos a decir que lo son más, porque apelan a una verdad de rango “superior” a la certeza científica, una que es dadora de sentido. Una dimensión, la holística y teleológica, que, de perderla de vista, convierte la información en cultura y la cultura en mera información.

Muchas veces estas historias tenían una función etiológica: explicaban el origen de un determinado lugar (santuario, ciudad…) o costumbre (como, por ejemplo la circuncisión judía ) o circunstancia (la Torre de Babel, por ejemplo). El libro del Génesis o del Éxodo son riquísimos en este tipo de relatos, pero también tenemos, por ejemplo, la leyenda de la Torre de Hércules en Coruña. Por no irnos muy lejos.

Otras buscan reflejar enseñanzas morales o religiosas. Así, por ejemplo, la Odisea homérica no es sólo un fantástico relato de aventuras, sino que es una historia de cómo la audacia vence a la fuerza bruta, de cómo el destino en manos de unos dioses caprichosos y arbitrarios es una concepción cruel y de cómo puede vencerse ese destino con voluntad, paciencia y esperanza. Así, por ejemplo, el libro bíblico de Job no es un cuento de lo caprichoso que es Dios que castiga y juega con nosotros, sino que era un relato que pretendía (y lograba) poner en entredicho una concepción teológica clásica en el judaísmo como era la de la retribución material y terrena por parte de Dios.

Otros combinan ambas dimensiones.

Rescatado (creo) el valor del mito, quizás sea conveniente aclarar qué es lo que estoy entendiendo yo como tal a la hora de hacer estas afirmaciones. Los mitos serían relatos, con base histórica o no, más lejana o más cercana, en los que se plantean situaciones excepcionales, sobrehumanas, mediante las que se pretende proponer una enseñanza vital. Por eso, en este grupo habría que incluir no sólo los clásicos mitos griegos, nórdicos, celtas… con sus dioses, semidioses, héroes y caudillos de todo tipo, sino también otros a priori más “terrenos”: algunos relatos bíblicos, leyendas, relatos ejemplares… Incluso las vidas de santos entrarían, en determinadas épocas, en este tipo de relatos: San Jorge y el dragón, las actas martiriales…

Quizás el hecho de que usen las aparentemente accesibles formas literarias, muchas veces fantásticas, además, en lugar de enrevesadas fórmulas matemáticas los haga menos creíbles. Digo “aparentemente” porque en numerosas ocasiones se apela a simbolismos sólo aptos para iniciados (mitos órficos, mitraicos y de las religiones mistéricas en general, pero también la literatura judeocristiana de la época de la apocalíptica o el gnosticismo). Pero en una cultura eminentemente ágrafa, la narrativa, la épica, con sus formas muchas veces preestablecidas, se convertían en un vehículo de comunicación fácil de transmitir y de recordar, sobre todo en culturas (como las orientales/semitas) que hablaban más por imágenes que por ideas.

Antes me quedé, en mi enumeración, en las vidas de santos, sobre todo las redactadas en la Edad Media, en las que muchas veces se exaltaban y se exageraban los hechos de la vida del personaje en cuestión para cargarlos de significado y de simbolismo, para que resultaran en verdaderas enseñanzas. Pero la producción “mítica” ha seguido adelante, en los cuentos, en las novelas… manteniendo unas estructuras muy similares a lo largo de los tiempos.

Hoy por hoy, la cultura audiovisual, cultura que, además, es de masas, se ha convertido en el perfecto vehículo para la transmisión de estos mitos. Así, tenemos grandes epopeyas en las que reencontrarnos con esta dimensión tan importante a la hora del crecimiento. En los últimos años de una forma especial, los guionistas de cine y TV, de comics, escritores… la han ido rescatando de la cárcel en la que la habían encerrado años de cientificismo.

Así, de una forma más o menos explícita, encontramos cada vez más contenidos de carácter ético o religioso que subyacen en las historias de la cultura popular, reconocibles por todos, que pasan a ser del imaginario popular. Así, por ejemplo, la historia de Neo (que al final muere “crucificado”) en Matrix o de Superman (que muere y resucita, sepulcro vacío incluido) beben de la tradición mesiánica (judeo)cristiana. Así por ejemplo, Spiderman nos recuerda una y otra vez que nosotros, seres normales y corrientes, tenemos responsabilidades para con los demás, y cuantas más oportunidades, más responsabilidades (que eso es lo que nos quiere decir cuando nos repite la frase del tío Ben). Así, los guionistas de Batman (la época posterior a Frank Miller es especialmente prolífica en este sentido), nos enseñan los peligros de la justicia ciega o el famoso código del superhéroe (ese que dice que un superhéroe nunca debe matar) nos recuerda que el fin no justifica los medios. Y ya me he referido al Lost y a Battlestar Galactica cuando me quejaba de que no me salía un post muy parecido a este.

Podríamos seguir, pero es más divertido buscarlos.

¿Y tú, qué opinas?

marzo 18th, 2010

Miedo escénico

Hoy he vuelto a Pontevedra unos días antes de lo habitual aprovechando un puente de San José que yo hubiera preferido pasar, al menos hoy y mañana a mediodía, en Coruña, para estar con mi padre el Día del Idem. Pero mañana por la mañana tengo que estar con mis chavales en la parroquia (sic) así que no hay opción de ese plan. No pasa nada, tampoco me importa estar en Pontevedra, por supuesto.

Y como premio por venir para casa, me traigo una buena ración de cosas en las que pensar. Entre ellas están, por su puesto, las dos últimas ralladas que os he regalado en el blog (1 y 2) y alguna cosa más que por precaución no pongo aquí. Y, por supuesto también, tengo la mente puesta ya en lo del jueves (para lo que os reitero a todos mi invitación. Lo cierto es que todas estas cosas que tengo en la mente suponen, a su vez una serie de conversaciones de bastante calado que tengo pendientes. Algunas de ellas desde hace demasiado tiempo, años incluso. Y estoy decidido a tenerlas, lo juro.

Me digo: “Venga, Ricardito” (sic, cuando me hablo a mi mismo me hablo en diminutivo), “no puede pasar de hoy”. Y teléfono en mano…

No sé cómo definir la sensación. Es como un nudo en la garganta, un tapón en el estómago, una losa que aplasta el pecho, un rubor en las mejillas… o algo más escatológico, a veces. El caso es que ya no es la primera vez que comento lo mucho que mi timidez me condiciona para mantener según qué conversaciones. Y alguna de estas conversaciones son de esas.

Y, la verdad, no sé que hacer. Por una parte quiero coger el toro por los cuernos, tratar de solucionar un problema que lleva demasiado tiempo enquistado. Quiero poner de una vez por todas toda la carne en el asador y acabar, en la medida de mis posibilidades, con una situación incómoda que viene produciéndose por un periodo demasiado largo. Y sé que es lo que debería hacer. Por otra parte… soy torpe. Y tengo miedo a joderla aún más (si es que eso es posible).

En fin. Todos sabemos que hay un arma infalible en estos casos… Pero como que no es muy apropiado ni recomendable usarla, ¿verdad?

A ver qué hago…