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septiembre 6th, 2008

Parte de Trabajo 08: Nakamas

Parte de Trabajo 08: Nakamas

– He vuelto… – anunció Franky desde la entrada de la bodega.

– ¿Traes las herramientas? – le pregunté.

– Sí.

Habían pasado ya varios días, una semana aproximadamente, desde el día en que llegamos a Serafia tras varias semanas de navegación. Después del incidente a bordo del Starsy, había pasado un par de días en el limbo de los justos, durmiendo casi todo el tiempo y permaneciendo en un inerte estado de duermevela en el que apenas tenía la lucidez suficiente para reconocer algunas sombras a mi alrededor.

Y sólo eran sombras lo que recordaba de lo que había ocurrido en el barco de la Marina, como si una densa niebla se empeñara en evitar que fueran reveladas. Sin embargo, las escasas imágenes que se aparecían fugazmente en mi memoria eran suficientes. No me reconocía en aquellas visiones casi macabras. Era imposible que aquel fuera yo, pero el recelo que residía, a pesar de lo mucho que trataban de disimularlo, en la mirada de mis compañeros de aventura no hacía más que confirmar mis sospechas.

Por eso llevaba casi desde que había abandonado aquel extraño estado de somnolencia recluido en las bodegas de mi nueva casa con la excusa de ir reparando pequeños desperfectos realmente inexistentes. Dormía allí, lo poco que conseguía hacerlo, y sólo salía a cubierta por las noches, cuando sabía que nadie me vería a parte de Ur, el pintoresco pájaro que acompañaba a Seastone a todas partes. Rentarou solía estar haciendo la guardia nocturna, pero parecía respetar mis deseos de soledad y no se acercaba.

Me gustaba pasar las noches allí. Tumbado sobre la sirena que daba forma al mascarón de proa contemplaba el firmamento y me dejaba llevar lejos de allí entre la suave brisa marina. Al menos tenía la agradable sensación de que las estrellas no me juzgaban por mis actos y podía relajarme durante un buen rato antes de caer rendido y regresar de nuevo a mi refugio.

Dos días antes de llegar a nuestro destino, Franky había bajado a la bodega para explicarme sus proyectos para la Joya una vez alcanzáramos Serafia, el lugar de nacimiento del que todos consideraban el Capitán del Barco, que parecía el destino ideal para pasar desapercibidos al menos una temporada. La isla estaba fuera del Grand Line, en el East Blue, el mar que había visto nacer a las grandes leyendas de la piratería, de donde habían surgido Luffy Sombrero de Paja y Gol D. Roger. Además, las fantásticas vistas que, según Eratia, había de Reverse Mountain, eran un indicio de lo fácil que sería retornar al mar en el que me había criado cuando llegase el momento oportuno.

Su proyecto, que había comenzado a poner en marcha cuando aún estábamos en Relthar, consistía en un complejo sistema mecánico que nos haría disponer de distintos utensilios rápidamente en alta mar. Su idea parecía demasiado excéntrica pero, al parecer, era una perfección de algo que ya había puesto en práctica en otra ocasión y los planos parecían coherentes. Trabajar en algo como aquello me vendría bien para mantener la mente ocupada.

– ¡¿Pero qué?! – exclamé cuando me di la vuelta para ver las nuevas herramientas.

Franky había ido al pueblo a por ellas, pero no se había conformado con ello. Había vuelto con un extraño cambio de look. Había abandonado su barba y su viejo mono de trabajo por un tupé, unas gafas de sol y una camisa amarilla con un estampado de bastante mal gusto. Pero eso no era lo más sorprendente de todo.

– ¡¿Qué mierda ha pasado con tus pantalones?!

Lo más sorprendente de todo era que de cintura para abajo sólo vestía un pequeñísimo tanga.

– ¿Qué quieres decir? – se hizo el loco.

– ¡¿Cómo que qué quiero decir?! – respondí. – ¡Quiero decir que estás medio desnudo!

– Ah, eso…

– Déjalo… – meneé la cabeza. – Mejor… No, no quiero saberlo.

– Porque puedo explicártelo muy sencillamente.

– Definitivamente, no quiero saberlo no… – seguía diciendo yo por lo bajo.

Mientras tanto, Franky había ido colocando las herramientas en el suelo de forma ordenada y las contemplaba con una sonrisa en la cara, como si estuviera visualizando perfectamente lo que iba a hacer con ellas no mucho después.

– ¡Súper! – exclamó de pronto.

– ¿Súper? – lo miré extrañado.

– ¡Vamos a terminar el Soldier Dock System! – continuó cogiendo una llave entre sus manos. – ¡Cuando lo completemos, sólo dos barcos en la historia lo habrán llevado!

Los trabajos que mi maestro había llevado en secreto en Relthar facilitaron la tarea, pues todos los preparativos estaban ya dispuestos para cuando nos pusiéramos a trabajar en ello seriamente. Sin embargo, una reforma como aquella comprometería la posibilidad de navegar, y, por tanto, de huir, durante lo que durara la transformación de nuestra embarcación.

– ¿Has visto esto? – comentó, sacando un periódico de debajo de su camisa, cuando habíamos decidido dejar el trabajo al tercer día de nuestra empresa.

– ¡Es el Belladona!

El primer barco en el que había trabajado como un carpintero de verdad y no como un mero aprendiz era propiedad de la mujer cuya foto aparecía junto a la de la fantástica nave, una de las piratas más temidas de todos los mares, Bianca, una de las Cuatro Emperatrices que gobernaban el mundo de los piratas más allá del Red Line. Realmente era casi perfecto, comparable a la Joya. Rápido, resistente, capaz de cumplir el propósito para el que el gran carpintero de Relthar lo había construido. Y ahora se dirigía hacia aquella zona del East Blue, al archipiélago donde estaba Serafia.

– ¿Qué vendrá a hacer aquí?

– No tengo ni idea, – bufó – pero eso significa que esto se va a comenzar a infestar de Marines. Seguramente enviarán a todo el pelotón de Red Village…

– Eso significa que debemos darnos prisa – pensé en alto.

– Sí… Calculo que en… tres o cuatro días lo tendremos listo.

– ¿Tú crees?

– Estoy convencido – aseveró mientras comenzaba a caminar hacia la salida de la bodega. – Ven. Vamos a explicárselo a los demás.

– No sé si…

– Mira, chaval – se giró. – Si no sales, te volverás loco; si no te enfrentas a tu problema, te volverás loco; y si pretendes hacerlo solo…

– Me volveré loco – concluí. – Lo capto. Pero…

– Pero ahora vas a salir ahí fuera conmigo y vamos a explicarle esto a los demás – sentenció, sin dejarme oportunidad de réplica. – Ten en cuenta que tu vida está en sus manos… y viceversa.

La luz del sol cayendo tras el horizonte me dio de lleno en los ojos y me cegó ligeramente cuando, por primera vez en mucho tiempo, pisé la cubierta a la luz del día. A muchos de mis compañeros no los había visto desde que me había recluido en las profundidades del barco y con los demás no había cruzado palabra. Pero Franky tenía razón. Había que ponerle remedio a aquello.

El viejo carpintero llamó a todo el mundo, que poco a poco se fue congregando a nuestro alrededor.

– Esto… yo… Yo no…

La lengua se me trabó y una pelota de remordimientos se apoderó de mi garganta. El estómago se me llenó de nudos y los músculos se me atenazaron terriblemente. La vida fuera de la seguridad de Relthar, donde reinaba la tranquilidad por encima de todo aún a pesar de las curiosas ocupaciones de nuestros clientes, amenazaba con no merecer la pena por aquel simple trance.

– No pasa nada – terció Rentarou, con una media sonrisa que trataba de ocultar una cierta desconfianza. – Todos cometemos errores.

– Ya, pero…

– Será mejor que no pensemos ahora en eso, Carpintero – me interrumpió Robin.

– Sí… pronto la isla estará infestada de vuestros amigos los de blanco – dijo Franky, señalando a los dos ex-marines y dejando el periódico sobre uno de los barriles de provisiones. – Parece que el Belladona viene hacia aquí.

– No puede ser… – murmuró el antiguo Capitán. – ¿Una Emperatriz en East Blue?

– Debemos salir de aquí cuanto antes – opinó Estella.

– La cuestión es que el barco aún no está del todo listo para navegar – comenté. – Como mucho… podríamos parchearlo para que pueda aguantar hasta la siguiente isla… pero no irá ni todo lo rápido que puede ni aguantará un…

– Vamos, que la cosa está jodida…

– Pero supongo que alguien que ha pasado Xarmentes… – sugerí, mirando a Eratia.

Pero el navegante no parecía estar en nuestro mundo. Su mirada se había perdido, absorta, en la foto de Bianca, la reina albina del otro lado del Grand Line al que llamaban Nuevo Mundo. En sus ojos había una expresión de sorpresa y de cierto temor que para nada parecía casar con un hombre que había vivido lo que me había relatado en la celda del Starsy.

– No puede ser – balbuceó titubeante. – No…

– ¿Qué pasa? – le preguntó Seastone.

– Shenka…

Sin decir nada más, se dirigió rápidamente a su camarote mientras Mei-Lian se hacía con el recorte de periódico entre sus manos y examinaba detenidamente el retrato. Luego lo agitó y no pudo reprimir un agudo chillido de emoción.

– Esto quiere decir que él también estará aquí – rió ilusionada antes de comenzar a bailotear por toda la cubierta. – ¡Estará aquí!

– ¿Pero qué…?

– Shenka era la Capitana de la tripulación en la que estaba Eratia – expliqué. – Supongo que…

– ¿Qué esa Shenka y Bianca son la misma persona? – completó la doctora.

– Sí… Si no… No lo entiendo…

Ante tal revelación, un tenso silencio sólo roto por el entusiasmo de nuestra cocinera, que seguía correteando por el barco, se apoderó de nuestra conversación. Nos miramos unos a otros sin saber qué decir. Nuestro navegante y el hombre al que tácitamente todos seguíamos como a nuestro líder había sido parte fundamental de la tripulación de una Yonkou.

– Interesante – murmuró Robin rompiendo el mutismo con su perenne media sonrisa dibujada en la cara. – Muy interesante…

– ¿Qué vendrá a hacer aquí?

– Eratia vivió aquí – dijo Seastone. – Probablemente vengan a buscarlo.

– Menuda coincidencia – protestó Franky. – Justo lo que nos faltaba. Más problemas… ¡Chaval!

– Sí, lo sé – resoplé. – Habrá que currar como unos condenados.

– ¿No estamos adelantando acontecimientos? – preguntó Rentarou. – Es decir… aquí Bianca lleva una máscara. ¿No es posible que simplemente se parezcan?

– Eso habrá que preguntárselo a Eratia – contestó mi maestro. – Pero cualquier precaución es poca…

La noche se cernió sobre nuestras cabezas mientas discutíamos cuál iba a ser nuestro siguiente paso. Eratia seguía encerrado en su camarote y nadie se había atrevido aún a ir a hablar con él y preguntarle por la situación en la que nos encontrábamos. Al final, la decisión fue que pospondríamos cualquier decisión hasta la mañana siguiente, en la que trataríamos de consultarlo con él. Al fin y al cabo, sólo él podía sacarnos de allí.

Como todas las noches, me quedé mirando las estrellas acostado sobre el lomo de la sirena. La noche seguía siendo bastante clara, como las anteriores, pero unas nubes comenzaban a asomar por el horizonte amenazando con enturbiar mi contemplación del firmamento, como si aquello significara la que nos venía encima.

Haber salido de mi encierro y haberme enfrentado a mis compañeros había sido un tremendo paso adelante, pero si una de las Emperatrices buscaba a Eratia eso sólo podría suponer problemas. Habíamos conseguido pasar inadvertidos hasta llegar a Serafia y habíamos permanecido bajo el radar de la Marina durante varios días en aquella isla. Ahora toda aquella tranquilidad que tanto habíamos anhelado parecía venirse abajo.

– Eso que hiciste el otro día…

La voz de Estella me distrajo de mis reflexiones. Se había plantado allí, observándome por encima de sus gafas. La brisa mecía suavemente su melena del color del fuego y la cinta que llevaba atada a su cuello. Su expresión se debatía entre la vergüenza, el temor y la indecisión.

– ¿Tú tampoco puedes dormir? – la miré, cambiando de tema.

– No es eso… Es que ahora que has vuelto me preguntaba si…

– No sé qué pasó – confesé mientras me incorporaba y me sentaba, dándole la espalda, girado hacia la proa del barco. – No podría decirte… Era como si… como si yo no estuviera allí, ¿sabes? No puedo prometer que no volverá a suceder porque no sé qué era – me encogí de hombros. – Pero si por mí fuera no pasaría de nuevo.

– Quiero convencerme de que el Capitán se lo merecía, pero es que… – suspiró, mientras se sentaba en el espacio libre que quedaba a mi lado. – Fue algo inesperado.

– Ese hombre me había arrebatado mi vida – murmuré.

Dejé de hablar y me quedé mirando fijamente el horizonte, a la isla de Serafia que se alzaba humildemente delante de nosotros. Era la primera vez que hablaba de lo ocurrido y, de alguna manera, notaba como si me estuviera sacando un gran peso de encima. Me sentía más cómodo ahora, no sé si por el menor peso que cargaba sobre mis hombros o porque estaba en compañía de Estella, cuya sola presencia irradiaba bondad.

– Y aún no sé por qué lo hizo. Recuerdo que lo tenía ahí delante y sólo podía ver su cara cuando ordenó prenderle fuego al astillero…

– Cobijabais a criminales…

– Sobrevivíamos – le contradije. – Era lo único que hacíamos. Puede que nuestros clientes no fueran honrados… pero no todos son unos carniceros desalmados – me encogí de hombros. – A muchos no les ha quedado otra opción…

– Pero…

– Mírate – le señalé. – Ahora eres una pirata, como yo… ¿Hicimos algo malo?

– Bueno, la verdad es que…

– Sí, ya sé que yo hice algo espantoso – asentí. – Aunque no recuerde qué pasó…

– Mejor así – sonrió tímidamente, por primera vez.  – Es de esas cosas que es mejor no recordar.

– De acuerdo – le devolví el gesto. – Pero a lo que iba, ya me había convertido en un criminal antes de eso. Sólo por defender mi hogar y tratar de evitar que mataran a Mei-Lian…

– ¿A Mei-Lian?

– Ese Teniente, Arakeist…

Le expliqué todo lo que había pasado en el astillero antes de que ella me hubiera apresado y por su expresión intuí que cada vez estaba más convencida de la decisión que había tomado al ayudarnos a huir delStarsy y subirse a la Joya con nosotros.

– Soy una pirata…

– Increíble, ¿verdad? – sonreí.

– Sí – rió.

– Los piratas usan una palabra, “nakama” – comenté. – Un nakama es aquel que está dispuesto a dar la vida por ti, o eso dicen.

– Creo que ahora somos nakamas, ¿no?

agosto 27th, 2008

Parte de Trabajo 07: Berserker


Parte de Trabajo 07: Berserker

Al segundo día de nuestro cautiverio, el calor se hacía asfixiante entre aquellas cuatro paredes. Pronto, al amanecer, dos soldados vinieron a llevarse a Eratia para una entrevista con aquel maldito Capitán y me dejaron solo en aquella celda incómoda, asándome con los rayos de sol y el aire caliente que entraban por el ventanuco y calentaban el espacio como si fuera un auténtico horno.

Busqué un lugar bajo el ventanuco y me senté, tratando de escapar lo más posible a la luz y a la flama. Terminé sacándome la camiseta y usándola cada poco para enjuagar el sudor que, cada vez más, a medida que avanzaba el día, afloraba sobre mi piel. Pero aquel era el menor de mis problemas.

Eratia había insistido todo el día anterior en pedirme disculpas. Unas disculpas que no eran necesarias en absoluto. Él no tenía la culpa en absoluto. Toda mi desgracia tenía un único causante, ese cabrón prepotente con cara de cuervo y casaca de Capitán de la Marina que gobernaba el barco que nos llevaba hacia un seguro cautiverio.

Mientras me regodeaba en mi propia miseria recordé la fantástica historia que mi nuevo compañero de desdichas me había contado el día anterior, después de que el Teniente Arakeist fuera a preguntarle por un tal Linkaín, que parecía que era su hermano, el que había compartido tripulación con Eratia como habían dejado escapar durante nuestra conversación en el astillero. ¿Sería así mi vida de ahora en adelante? Siempre huyendo, siempre escondiéndome… Sabía que trabajar casi al margen de la ley, como hacíamos en el astillero, siempre tratando de mantener el equilibrio sobre aquella fina línea que separaba lo dudoso de lo ilegal, podría traerme problemas. Pero siempre había soñado que llegarían lo suficientemente tarde como para que me diera tiempo a escapar de ellos… o al menos para que no importaran tanto. Y ahora, con toda la vida por delante, me había convertido en un criminal.

De un salto, impulsado por la rabia que me invadía, me levanté y me acerqué a la reja que limitaba el espacio de nuestro calabozo. Me puse a mirarla, a examinar cada uno de los detalles. Al menos así mantenía mi cabeza ocupada en algo que no fuera alimentar mi propio rencor y mi propia autocompasión. Entonces me di cuenta de que uno de los barrotes estaba medio suelto. Si aplicaba la suficiente fuerza sería capaz de sacarlo de su sitio… aunque no serviría de mucho. Difícil de esconder, sería imposible utilizarlo como arma para sorprender al celador cuando se acercara y mi corpulencia, sumada al poco espacio que había entre cada uno de aquellos listones de acero no permitía que, aún deshaciéndome de uno, pudiera pasar entre ellos.

Llevaba horas dando vueltas por la habitación, escuchando de cuando en cuando gritos ahogados en la lejanía que hacían presentir lo peor, cuando hicieron volver a Eratia. Estaba despierto. Pero eso era lo único bueno que se podía decir de su situación en aquel preciso momento. Magullado, con el cuerpo lleno de cortes, apenas podía andar y los dos mismos soldados que lo habían llevado a aquella “entrevista” con el cerdo del Capitán Louaks, ahora lo tenía claro, en la sala de torturas lo traían a horcajadas y lo tiraron con desdén al interior de la celda.

– ¡¿Qué le habéis hecho?! – les pregunté a voz en grito.

Pero su respuesta fue nula mientras se alejaban del lugar de nuestro confinamiento. Le repetí la pregunta, con la voz más calmada, a mi compañero a la vez que trataba de ponerlo en una posición más cómoda que aquella en la que le habían dejado los guardias. Sin embargo, apenas podía articular sonidos inteligibles. Se habían esmerado con él. Se habían llevado a un hombre y habían devuelto un despojo, casi un cadáver.

Me pasé observándolo y tratando de ayudarle las siguientes horas. Poco a poco fue mejorando, aunque estaba visiblemente debilitado y se movía con mucha dificultad. Aún así pudo explicarme que, como yo ya había supuesto, lo habían torturado. No quería forzarlo a hablar, necesitaba mucho descanso y ya habría tiempo de contármelo. Presentía que íbamos a pasar muchísimo tiempo juntos.

– Toma, dale esto – sonó la voz de la doctora a mi espalda que me tendía unas pastillas. – Son unos analgésicos. No servirán para mucho pero al menos le calmarán el dolor.

– ¿Y así podrán repetirlo? – pregunté con tono amenazante mientras me levantaba y me acercaba peligrosamente a ella.

– No sé qué quiere conseguir el Capitán con esto y si pudiera detenerlo lo haría – me respondió, mirándome fijamente a los ojos. – De hecho…

– Puede hacerlo, Teniente – le dije, presintiendo que podría sacar algún fruto de sus discrepancias. – Denúncielo, rebélese contra él. Seguro que los altos mandos le harán pagar por sus excesos…

– No estoy yo tan segura – musitó.

– Pues entonces abra esta puerta y se lo haré pagar yo mismo…

– ¿Y enfrentarnos a toda una tripulación de la Marina sin posibilidades de escapar? No complique más la situación – me advirtió. – Ahora mismo… aún puede albergar alguna esperanza de que su caso se resuelva favorablemente. No así el de… – miró con compasión y disgusto a Eratia. – Volveré dentro de un rato a ver cómo sigue.

Al amanecer del tercer día, el estado del navegante del Zafiro de las Olas seguía siendo bastante deprimente. La doctora había cumplido su promesa y había vuelto con más analgésicos a eso de la medianoche que ayudaron a mi nuevo amigo a pasar la noche de una forma, al menos, humana. Pudo descansar, pero los primeros rayos de un sol ardiente hacían que sus heridas escocieran aún más de lo que ya lo debían hacer de por sí.

Entonces regresó Estella, pero en su rostro había una expresión de urgencia y, quizás, de alivio y esperanza. Algo estaba ocurriendo que había hecho aflorar ese nuevo gesto en su cara. Abrió la puerta con febril celeridad y se dirigió al hueco de la pared. Asomó la cabeza y luego se giró hacia mí.

– Mira por el ventanuco – me indicó.

– ¡Es la Joya! – exclamé. – ¿Qué hacen aquí?

– ¿La Joya? ¿Conoces a sus tripulantes?

– Creo que ahora tenemos una oportunidad, doctora – asentí. – Comparados con Eratia o conmigo, los que van en ese bote son gigantes – exageré un poco. – Saldremos de aquí de todas todas.

No sólo lo decía a modo intimidatorio. Por un lado trataba de convencerla a ella. Había visto en sus ojos que se estaba debatiendo en una gran crisis en su lealtad hacia sus superiores y que había un algo más madurando en ella. Pero también trataba de convencerme a mí mismo. Franky, Nico Robin, Seastone y Rentarou eran huesos duros de roer y seguro que serían capaces de liberarnos. O eso esperaba al menos.

– De usted depende en qué bando quiere venir…

Ella me miró, mordiéndose el labio inferior para aliviar un poco la tensión. Luego giró su cabeza primero a Eratia y luego hacia el ventanuco, por donde se iba perfilando cada vez más la corona dorada del Rey de los Piratas y la perfecta silueta del barco. Al final, volvió a fijar su vista en mí y resopló, negando con la cabeza primero y luego, con los ojos cerrados, asintiendo.

– Está bien – dijo al fin. – Iré a por tu arma. Espera aquí.

– Tranquila – sonreí. – Nos vemos en cubierta.

– ¡Piratas! – se oyó un grito desde el exterior. – ¡Son piratas!

Le pegué una patada con todas mis fuerzas al barrote que había visto suelto y lo arranqué de cuajo. Lo tanteé para comprobar su solidez mientras lo recogía del suelo. Haría una buena arma. Podría abrirme paso fácilmente hacia la cubierta. Luego allí arriba ya sería otro cantar… Estarían preparándose para recibir el envite de aquel enorme barco que les perseguía y se habría agrupado la mayor parte de la tripulación. Al menos eso dictaban mis esquemas mentales.

– ¿Por dónde es?

– Por allí – señaló de frente.

Estella se alejó por un pasillo hacia mi izquierda mientras yo me echaba a los hombros a Eratia. No podía caminar aún con mucha soltura así que sería más rápido así. Aunque también sería más peligroso. Para una persona poco acostumbrada al combate como yo, cargar un peso en la espalda mientras trataba de moverme a toda velocidad blandiendo un arma más grande que yo y que nunca había usado era una temeridad. Pero estaba en mi territorio, un barco, y estaba dispuesto a asumir el riesgo.

Pocos soldados me encontré, como había supuesto, en mi camino hacia cielo descubierto. La gran envergadura de mi arma y su contundencia me permitían deshacerme de mis rivales a una distancia bastante segura que no ponía en riesgo la condición de mi compañero a mi espalda. Por ahora todo salía bien y la puerta estaba a nuestro alcance.

Pero al salir a la cubierta ya era otro cantar. La Joya ya estaba encima del Starsy por babor y todo el mundo estaba en guardia. Los mejores hombres de aquella tripulación estaban allí y era un espacio abierto, demasiado abierto para poder proteger eficientemente a Eratia. No había llegado tan lejos para nada, y el rostro del viejo Bettum abordando el barco de un salto me hizo confiar más en mí mismo.

– Tírame al agua – susurró Eratia a mi oído.

– ¡¿Pero cómo te voy a tirar al agua?! ¡¿Estás loco?! – contesté, mientras, aprovechándome de la cobertura que me brindaba el umbral, me deshacía de dos marineros más. – ¡No tienes fuerzas para nadar! ¡Y además es agua salada! ¡No quiero pensar en lo que te dolerá!

– Tú hazlo…

– ¡Pero…!

– Hazme caso – insistió. – Ábrete paso hacia estribor y tírame al agua.

Podría no tener fuerzas, pero al menos había pensado con rapidez. La mayor parte de los combatientes se habían acercado al costado de babor así que sería más fácil hacerse camino en la dirección que me había indicado. Aún no entendía qué pretendía, pero estaba seguro en sí mismo y, al fin y al cabo, debía saber lo que hacía. Él era el experto en este tipo de situaciones.

Como pude, fui apartando de mi camino a más y más soldados que se acercaban a nosotros para impedir que saltáramos por la borda. No fue una misión nada fácil y apunto estuve de perder el equilibrio y a Eratia, pero al fin llegué a la barandilla que separaba el firme terreno de la cubierta del vacío y, mucho más abajo, el mar.

– ¿Estás realmente seguro? – dije, dándome la vuelta hacia el centro del barco para defenderme de otros dos.

No respondió. Simplemente se descolgó y se dejó caer a las frías aguas que se crispaban bajo la quilla del barco. Me obligué a no mirar hacia atrás para comprobar el resultado de la hazaña de Eratia y a concentrarme en lo que tenía por delante. Los que sí se habían dado cuenta de nuestra aventura eran los marines y cada vez más venían a por nosotros, dividiendo la atención de toda la tripulación entre los que venían al abordaje y… yo.

Mordiscos, patadas, manotazos, puñetazos, cabezazos, barrotazos… cualquier estratagema era buena para sacarme de encima a los marineros que venían con cara de pocos amigos. Cuando era necesario y posible trataba de escabullirme y, de paso, provocar unas no habituales colisiones entre miembros del mismo bando. Esperaba que acercarme a mis compañeros me garantizaría una mayor seguridad.

Minutos después, Eratia aún no había aparecido, pero poco a poco habían ido desapareciendo muchos de los combatientes más débiles. El Capitán daba órdenes desde una posición más resguardada, donde estaba escoltado por su inseparable Teniente Arakeist, que lucía un aparatoso vendaje que asomaba por encima de su cuello.

– ¡Rido! – me llamó una voz femenina que, en un principio no logré distinguir entre el alboroto.

Me giré y descubrí a la doctora, que cargaba con mi martillo mientras se deshacía eficientemente de algunos de sus antiguos compañeros. Me lanzó el arma y la cogí al vuelo, salvándome por un pelo de cortarme con su filo. Inmediatamente, dejé caer el barrote que me había acompañado y comencé a martillear a todo cuanto marinero se interponía en mi camino.

– ¡¿Qué se cree que hace doctora?! – bramó el comandante de la nave.

– ¡Impartir justicia! – gritó ella. – ¡Laser lens!

Una lente se fraguó cerca del Capitán y un rayo de color rojo salió directo hacia el brazo del hasta entonces su superior. Pretendía continuar, pero le puse mi mano en su espalda y la desperté del medio éxtasis en el que estaba sumida. Se giró asustada y sorprendida, dispuesta a atacar al enemigo que la acababa de asaltar por la espalda, pero, al reconocerme, bajó la guardia.

– Está haciendo lo correcto – asentí. –Pero su jefe es mío, doctora.

O’Neill se abalanzó entonces hacia nosotros. Aquella mole de músculos sin cerebro embistió entonces contra Estella y contra mí, pero inmediatamente un puño enfundado en un guante se estrelló en su cara. Era el ex-Capitán Rentarou que, alerta, se había lanzado en nuestro auxilio con sus mejores armas, sus propias manos, por delante.

– Con permiso – se excusó irónico antes de continuar con la lluvia de golpes.

Aparté a la doctora para evitar molestar en aquella contienda y le recomendé que se quitara de en medio. Se ofreció a ayudarnos, ya no le quedaba más opción, y comenzó a aprisionar a sus antiguos subordinados de la misma forma que lo había hecho conmigo. Así me ayudó a avanzar hacia el puente, donde Louaks y Arakeist seguían manteniendo su posición más asegurada.

– ¿Quién le ha hecho eso a mi casa? – preguntó Bettum en voz alta, poniéndose a mi altura.

– No insistas – contesté. – Es mío.

– ¡Y una mierda tú…!

– El verdaderamente peligroso es ese – señalé al Teniente. – Y fue el que se cargó tu taller privado y el Dique 1 – apostillé, consciente de que así le convencería mejor.

Caminábamos los dos, hombro con hombro, mirando decididos a los dos hombres que quedaban en pie junto con el Sargento simiesco, al que seguramente no le quedaría mucho tiempo. Ya sólo quedaba un paso para consumar nuestra venganza. El más alto de los dos desenvainó sus dos espadas gemelas dispuesto a plantar cara a todo un Sombrero de Paja. Su superior, trataba de huir

– Ten cuidado – me dijo, antes de separarse de mí para enfrentarse a Arakeist.

No pensaba dejar huir al bastardo que le había prendido fuego a mi casa. No pensaba tener piedad. No pensaba ser misericordioso ni compasivo ni bondadoso. No pensaba perdonarle lo que había hecho por mucho que suplicara. No tenía intención de ser ninguna de esas cosas cuando me lancé contra él y traté de rebanarle el brazo con el que blandía su espada. Pero consiguió esquivarlo.

Esta vez no quise dejar ningún resquicio a que pudiera tomar la iniciativa él así que continué lanzando golpes a diestro y siniestro mientras, poco a poco, hacía retroceder al Capitán hacia el fondo del castillo de popa. Lo estaba arrinconando contra la barandilla, pero consiguió rodearme con un hábil movimiento.

Me di vuelta para continuar. Y seguí. Y seguí. Y seguí. De una patada, Louaks cayó de bruces sobre la sección principal de la cubierta seguido de mí, que salté para continuar con mi batalla. Lo levanté y lo lancé contra la pared, desarmado e impotente. Cayó de rodillas y se rindió. Como si yo estuviera dispuesto a aceptarlo…

– Dispel – conjuró Estella.

Me di la vuelta y contemplé el panorama. Las prisiones cristalinas que retenían a los marineros de más bajo nivel se deshicieron. Al fondo, el gran cuerpo de O’Neill yacía inconsciente en el suelo de la cubierta a pies de Rentarou. A mi espalda, en el puente, seguían los sonidos de la batalla. Respiré hondo, cerré los ojos y me di la vuelta de nuevo hacia mi víctima.

– ¡No! – gritó el Capitán desesperado mientras caminaba lentamente hacia él. – ¡No puede acabar así! ¡Me auguraron un futuro brillante!

Me paré y miré a mi hacha-martillo. Estaba ensangrentada. Saqué mi camiseta del bolsillo, donde la había guardado la noche anterior, y limpié el líquido carmesí, que estaba empezando a coagularse. Ahora refulgía bajo la luz del sol, que daba de pleno sobre la cubierta. Miré fijamente a los ojos de mi presa y sonreí, mientras el sudor se escurría por mi frente aún a pesar del pañuelo que llevaba atado.

– ¿Le parece lo suficientemente brillante ahora? – pregunté, saboreando las palabras. – Porque esto es su futuro, bastardo.

– ¡Rido, no! – gritaba Bettum.

– ¡No! – gritó Eratia, que aparecía justo en ese momento por la borda. – ¡No lo hagas! ¡Serás como él!

Pero sus advertencias llegaban tarde. Ya no había nadie ni nada que pudiera detenerme. Estaba plenamente decidido y no me iba a echar atrás. Un eterno instante después, la hoja del hacha volvió a ensangrentarse y el sonido sordo de la cabeza del Capitán Louaks hizo enmudecerse a todo el mundo.

En aquel tétrico silencio, me dirigí hacia donde unos momentos antes había recuperado mi fiel compañero de fatigas que ahora estaba bañado en la sangre de aquel buitre en forma de hombre. Me agaché y recogí el barrote, también cubierto por los fluidos vitales de algunos de los marineros que habían caído en mi huida. Me di la vuelta y me volví a acercar al punto donde yacía el cadáver de Louaks.

No pensaba, no sentía, no había nada más a mi alrededor. Simplemente actuaba. Agarré la cabeza por los pelos y la ensarté en el barrote. Caminé hacia proa y, con un fuerte empellón, clavé el pedazo de metal en el suelo, confeccionando un nuevo mascarón para el Starsy.

– Vámonos de aquí – dije al fin.

Ante la mirada atenta de todo el mundo, comencé a caminar hacia la Joya por la pasarela que habían tendido para facilitar el abordaje y la huida. Cuando llegué a la cubierta del barco, toda la nube de odio, rencor, sangre y dolor que me había obnubilado durante la última hora se disipó y caí rendido, de espaldas sobre el suelo, contemplando el cielo azul. No recuerdo mucho más que el hecho de que lloré como un niño, aún poco consciente de lo que acababa de hacer.

Pero entonces algo llamó mi atención. Sobre el mástil ondeaba una Jolly Roger, la bandera de los piratas. Era muy rudimentaria, casi como improvisada, y, a diferencia de otras que había visto, sólo llevaba las tibias y la calavera, sin más distintivos. Comprendí entonces mi destino. Ahora era un proscrito, un pirata, y pasaría mi vida huyendo y surcando los mares. Pero ya no tenía fuerzas ni para pensar en eso. Entre lágrimas, el cansancio físico y mental le fueron dejando paso a Morfeo, que poco a poco me fue acunando entre sus brazos hasta que quedé completamente dormido sobre la cubierta de mi nuevo hogar.

agosto 22nd, 2008

Parte de Trabajo 06: The house’s on fire


Parte de Trabajo 06: The house’s on fire

– ¡Busca a ese tal Eratia!

– No creo que haga falta – resonó entonces la voz del navegante. – Estoy aquí.

Casi como salido de la nada, olvidando la orden que le había dado hacía escasos minutos, había aparecido Eratia, portando un espadón que llevaba apoyado ahora sobre un hombro. Miraba decidido al Capitán, pero enseguida su atención se volvió hacia el Teniente Arakeist. Gracias al momento de distracción que había generado su llegada, logré escapar de la presa del grandullón dándole un codazo en la boca del estómago y dejándolo sin respiración unos instantes.

– ¿No te había dicho que…?

– Déjame – me interrumpió. – Creo que la diplomacia ha fallado, ¿verdad?

– Eso parece – murmuré, frotando el mango de mi martillo. – En fin… ¿Qué hacemos?

– Mei-Lian se va. Este es mío… – indicó el navegante, señalando con la mano a Arakeist. – Y… tú haz lo que quieras.

“Lo que quiera”, como si quedaran muchas opciones. La única elección que me quedaba era luchar y no es que precisamente fuera un combatiente experimentado más que en viejas peleas de bar. No sólo había estado involucrado directamente, sino que algunas veces me había visto obligado a intervenir para interrumpirlas bien por proteger al pequeño Pimfry, bien por evitar daños en el astillero.

– Está bien… – resoplé. – ¡Pimfry! – llamé al aprendiz. – Llévate a esta chica de aquí… y poned a salvo La Joya.

– ¡Yo me…! – intentó protestar Mei-Lian, mientras un puñetazo de Eratia en el pecho del Teniente lo lanzaba varios metros más allá, inaugurando así el intercambio de golpes.

– Tú te vas – la corté. – Este es mi astillero y aquí mando yo.

– Eso será si te lo permitimos – fanfarroneó el Capitán, apuntándome con su espada.

– Que yo sepa, Jefe, usted no tiene ningún poder sobre mí en este astillero… – repuse. – Cierre la boca y váyase a la mierda… O si quiere le presento a mi amigo… Se llama “martillo” y a veces es un poco agresivo.

Cargué directamente hacia el líder de la embarcación de la Marina, pero el gorila volvió a interponerse en mi camino. De un manotazo me derribó contra una mesa de trabajo que había cerca y comenzó a andar decididamente hacia mí, con la intención de repetir tan elaborada estrategia. Aferré fuerte mi arma y, cuando estuvo lo suficientemente cerca, la levanté a toda velocidad propinándole un fuerte golpe en la mandíbula.

Era un experto destrozando barcos, con una persona no sería mucho más difícil. Pero me equivoqué en mi previsión. Las personas son capaces de devolver los golpes, no así los barcos. Bueno… no así todos los barcos. El primer mamporro de aquella bestia que era el Sargento O’Neill me alcanzó de lleno en el pecho y fue más duro de lo que nunca me había atizado un borracho. Definitivamente, aquello no iba a ser fácil.

Mei-Lian seguía en el suelo, tendida, sin moverse y Pimfry, asustado, no se atrevía a acercarse mucho al lugar donde se estaba produciendo la batalla. Ella seguía mirando desafiante al espadachín. Parecía deseosa de combatir ella también, pero no tenía fuerzas para hacerlo.

– ¿Pero queréis correr? – le dije, mientras esquivaba un nuevo manotazo.

Mi martillo volvió a contactar con el pecho del Sargento a la vez que su puño volvía a hundirse en mi abdomen. Lo separé de mí con una patada en la rodilla que lo desequilibró el tiempo suficiente para que yo pudiera ganar distancia y preparar mi próximo ataque. Agarré una llave que había cerca y se la tiré, dándole en el hombro y generando la oportunidad perfecta para lanzarme nuevamente a por él.

Afortunadamente el gorila aquel no tenía muchas luces y su velocidad era inferior a la mía. Me dio tiempo a colarme en su guardia antes de que se repusiera del golpe y le aticé nuevamente en el mismo hombro con mi martillo. Un sonido sordo me indicó de una sorpresa inesperada: el impacto le había roto un brazo.

Aproveché el momento para respirar y para mirar de reojo lo que estaba pasando a mi alrededor. Al fin Pimfry se había decidido a escapar junto a Mei-Lian, pues ya no estaban allí. Eratia estaba unos metros más allá con el Teniente Arakeist enzarzados en una batalla más que brutal. Ambos estaban cubiertos de sangre y rasguños y parecían haberse permitido un momento de respiro ante la mirada divertida del Capitán Louaks que contemplaba la escena apoyado en su espada como si fuera un bastón.

El haber bajado la guardia me costó recibir un descomunal golpe en la espalda. Como si no sintiera el dolor, O’Neill me había atizado con sus dos brazos juntos como si fuera una maza. Lo siguiente que recuerdo es mi cuerpo magullado sobre una mesa hecha añicos. Me costó levantarme y ver que la mitad de nuestro taller, la mitad de mi hogar, estaba en un estado lamentable.

– Rendíos y seremos compasivos – reía el Capitán con prepotencia. – Si no…

– ¿“Si no” qué?

– Fácil – se encogió de hombros. – Os reduciré a cenizas como pienso hacerlo con este sitio.

– ¡¿Qué?!

Me olvidé entonces del grandullón y me abalancé directamente sobre él, pero una vez más su subordinado se interpuso en mi camino ante las estruendosas carcajadas de su superior. Con una sola mano me frenó para darme un cabezazo que por poco me deja sin sentido.

– No tienes una sola oportunidad – continuó el líder de los Marines.

– Ya…

Aferré con todas mis fuerzas el martillo y descargué un fortísimo golpe que impactó de lleno sobre la cabeza de O’Neill. Al fin había acabado con él y ahora yacía inconsciente en el suelo del taller. El siguiente oponente sería Louaks y no me iba a contener ni un solo segundo. Si pretendía acabar con los astilleros de Bettum, primero tendría pasar por encima de mi cadáver. Y no tenía ninguna intención de ponérselo fácil.

Planté mi bota en su pecho después de esquivar una estocada furtiva que iba dirigida directamente a mi rostro. Ciertamente airado, el Capitán observó mi huella dibujada sobre el blanco impecable de su casaca blanca mientras se levantaba del suelo.

– Así que quieres jugar, ¿eh? – dijo, torciendo la boca en una mueca realmente mezquino. – En garde, muchacho.

– ¿Jugar? – respondí con indignación. – ¡Yo no juego!

Volví a la carga, pero esta vez no tuve tanta suerte esquivando sus envites. Mi camiseta se desgarró a la altura de mis costillas y la sangre indicó la existencia de un corte no demasiado profundo, aunque sí lo suficiente como para que me incomodara moverme a partir de entonces. Sin embargo en el mismo lance había llevado mi martillo hacia sus costillas y el tampoco había salido tan bien parado.

– Así que el gusanito sabe defenderse…

Ahora fue él quien quiso tomar la iniciativa en el intercambio de golpes, pero con poca fortuna. Sin embargo, su espada se movía tan rápido que no era capaz de penetrar bajo su guardia para poder corresponder a sus ataques. Y lo peor de todo es que estaba consiguiendo arrinconarme contra la pared.

– ¡A la mierda! – grité, dando un empujón con todas mis fuerzas con el martillo, que en ese instante bloqueaba el arma del Capitán.

Louaks dio dos pasos hacia atrás trastabillado y traté de barrerle con una patada baja que evitó casi milagrosamente. Aún así, eso me permitió aliviar la presión lo suficiente como para abandonar la posición de clara desventaja en la que me encontraba. Ninguna de las estrategias que utilizaba contra él parecía funcionar así que decidí que era el momento de usar soluciones desesperadas.

No me apetecía nada tener que usar aquello contra un oficial de la Marina. Que le pusieran precio a mi cabeza, pasar a ser uno de aquellos personajes con su cara en los periódicos sobre una cantidad de dinero, no era una idea que me atrajera precisamente. Pero ya no tenía mucha opción. Al fin y al cabo ya me había metido en un buen lío.

Esta vez embestí con el filo del hacha por delante y me llevé conmigo un buen trozo de su casaca, aumentando así el enfado del oficial. Pero trató de controlar sus ánimos, consciente de que podría jugarle una mala pasada. Se sacudió el uniforme y me miró con esa media sonrisa de superioridad que parecía tener dibujada perennemente en su rostro.

– Así que un simple instrumento de trabajo…

– Bueno, digamos que estoy diversif… – me detuve. – ¡¿Pero se quiere callar?! Si quisiera hablar con usted, Capitán, lo haría encantado… Aunque no sería una conversación muy interesante.

Al fin parecía llevar algo de ventaja en nuestro enfrentamiento. Parecía que el hecho de que el atacara con el hacha en lugar con el martillo era suficiente para ponerlo en guardia y el temor le había hecho ser más conservador, algo de lo que logré aprovecharme para imponerme en un duelo que parecía que iba a tener un final claro y favorable para mí.

Después de varios lances en los que habíamos conseguido alcanzarnos mutuamente, aposté por lanzar una patada a la media vuelta directa a su rostro para derribarle. Hice blanco en su quijada y lo hice besar el polvo. Me situé sobre él y levanté mi hacha dispuesto a acabar de una vez por todas con aquello, pero de repente mis brazos estaban apresados en una especie de cristal que me impedía moverlos.

– ¡Llega tarde doctora!

– Yo nunca llego tarde – replicó una mujer, que debía ser la médico del barco.

En la puerta del taller había aparecido una atractiva mujer de media melena pelirroja. Sobre su nariz unas oscuras gafas cuadradas de diseño se superponían a sus profundos ojos verdes y se sumaban a un cuadro que se completaba con el blanco radiante del uniforme de los Tenientes de la Marina y una cinta del mismo color de sus cabellos y que llevaba atada al cuello.

– ¿Qué es todo este desastre? – comentó.

Pero el estallido de una pared de madera y Eratia volando a través de ella fue suficiente para distraer su atención hacia los dos combatientes que, sin que yo me diera cuenta por lo enfrascado que estaba en mi propia contienda, parecían haberse desplazado al dique más cercano, donde llevábamos a cabo la construcción del nuevo barco del navegante.

– Genial… – protesté. – El trabajo de un mes a la puta mierda…

Arakeist y Eratia se miraban fijamente. Por su apariencia física, parecía que aquel sería el golpe final y semejaba que ambos lo sabían por lo concentrados que parecían. El pirata lanzó a lo lejos los restos del espadón, que se había roto durante el combate. Entonces sus tatuajes comenzaron a refulgir con una luz azulada que poco a poco fue envolviendo su cuerpo.

– ¡Doctora! – gritó el Capitán. – ¡Atrape a ese hombre de una vez!

– No puedo, Señor – alegó ella. – Ese brillo…

Luego se detuvo, como si la respuesta no tuviera importancia, o quizás decidió que su superior, que no parecía ser una persona excesivamente inteligente, no haría caso de su razonamiento. Su mirada estaba fija en su compañero, el Teniente, que sostenía la espada en una mano y la vaina en la otra.

– ¡Estilo de la Luna Triste! – bramó. – ¡Tsuki no Hono!

– ¡Deep Blue Demon! – correspondió su rival.

Con un extraño movimiento con la vaina, consiguió prender la hoja de su espada para luego mandar un haz de llamaradas hacia Eratia. Justo en el mismo instante, el resplandor celeste que le rodeaba se fue convirtiendo también en unas llamaradas del color del mar que salieron disparadas contra su el marine. Ninguno de los dos ataques falló su blanco y ambos luchadores acabaron tendidos en el suelo. La lucha había terminado.

El navegante trataba inútilmente de ponerse en pie, pero parecía que el Teniente estaba inconsciente. Bajé la cabeza y no pude evitar que las lágrimas afloraran en mis ojos. Habíamos sido derrotados y ahora, las pretensiones maníacas de aquel fantoche ponían en peligro todo por lo que había vivido. Estaba seguro de que era muy capaz de prenderle fuego al astillero sin sentir ningún atisbo de remordimiento. Sólo esperaba que, al menos, la Joya y los demás pudieran haberse puesto a salvo.

– Aquí el Capitán – llamó por un Den Den Mushi. – Envíen a un pelotón.

A los pocos minutos, una treintena de hombres perfectamente ataviados con el uniforme de la Marina hicieron su entrada en el astillero y formaron de forma impecable delante de su Capitán, al que saludaron protocolariamente mientras con toda la calma del mundo les pasaba revista. Luego se atusó sus ropas y se puso en dirección al barco.

– Lleven al Sargento O’Neill y al Teniente Arakeist a la enfermería – ordenó mientras se alejaba – y encierren a esta escoria. Luego registren el local y préndanle fuego…

– ¡No!

– ¿Es necesario? – preguntó la médico extrañada.

– ¿Cuestionas mis órdenes, Estella? – se giró Louaks.

– No creo que realmente haga falta…

– ¿No cree? – contestó, lacónico. – No se le paga para creer, ¿estoy en lo cierto?

– Sí, Señor, – admitió – pero…

– No hay peros que valgan – sentenció. – Mujeres… – bufó al alejarse, provocando que la cara de la doctora se encendiera de rabia.

– Ya lo habéis oído – insistió ella, tragándose su orgullo. – Llevad a estos hombres al barco y… – se detuvo, como si no quisiera completar la orden. – Bueno, ya lo habéis oído.

– ¡No! – volví a chillar desesperado. – ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?!

– ¡Hacedlo! – repitió, antes de marcharse ella también.

Entre varios hombres cargaron a los tres heridos camino de la embarcación, mientras que a mí me condujeron, después de arrebatarme el arma, a punta de espada. Encabezaba la comitiva aquella doctora tan atractiva de nombre Estella. Atrás quedaban una veintena de hombres, cumpliendo las funestas órdenes de su Capitán.

Cuando el Starsy comenzaba a alejarse del puerto, las llamas comenzaban a engullir ya los astilleros de Bettum. Ya no tenía hogar. Ahora era un criminal y mi vida, en el mejor de los casos, tenía ya un precio pactado por hombres que probablemente nunca me verían a lo largo de su vida. Definitivamente, aquel era el peor de mis días.

agosto 4th, 2008

Parte de Trabajo 05: La Marina

Parte de Trabajo 05: La Marina

– ¿Qué diablos hará la Marina aquí? – mascullé.

– Yo me encargo… – se anticipó Franky.

– Y una mierda – lo aparté de un empujón. – ¿Te recuerdo quién eres? Iré yo…

– ¿Cómo te…?

– Tú vete – insistí. – Y lo mismo vosotros dos – miré a Eratia y Rentarou. – No creo que os convenga que os vean por aquí.

Salí del dique seco donde habíamos iniciado la construcción del barco seguido de Pimfry y nos topamos de frente con Nora, que aún seguía gritando y corriendo como si la llevara el diablo. Se paró y resopló violentamente frente a nosotros mientras se inclinaba sobre sus rodillas para recuperar el aliento.

– Tranquila – le dije. – Tú… avisa a las chicas.

Esperamos diez minutos frente al muelle principal del astillero hasta que, al fin, el gran buque de la Marina atracó. Era grande y estaba ostentosamente decorado, símbolo de que su gobernante no era precisamente alguien de escasa graduación. Al fin, desembarcaron tres hombres que avanzaron lentamente por el muelle.

El del medio, que debía ser el líder de la tripulación, lucía un uniforme muy similar al de Rentarou, aunque en mucho mejor estado. Deduje por ello, según las historias que contaba el compañero de Eratia, que se trataba de todo un Capitán de la Marina, uno de los escalafones más altos de la jerarquía de la milicia que, al menos eso se suponía, debía defendernos de los sangrientos criminales que poblaban las aguas de los siete mares.

Bajo aquel uniforme se alzaba un hombre de apariencia endeble, con ojos saltones y nariz puntiaguda, que parecía más un pájaro que un ser humano. Su barba, exquisitamente recortada, perfilaba unos labios finos y más pálidos de lo normal. Completaban el cuadro dos gafas redondas que pendían de la punta de su afilada nariz.

Uno de sus dos acompañantes era un hombre muy alto y un pelo de esos tan oscuros que sus reflejos parecen azulados. Aferraba firmemente una espada, dando a entender que no dudaría en usarla si llegara el caso. Esperaba que no fuera así y, por la expresión de Pimfry, él tampoco quería meterse en líos.

El otro de los matones que flanqueaban al Capitán era tan ancho como dos hombres juntos. Su camisa, sin mangas, dejaba al descubierto dos enormes brazos, tan gruesos como los anormales brazos que lucía mi jefe. Por otra parte, tenía pinta de ser el típico forzudo sin pocas luces, la perfecta herramienta para usar como protección: fácil de manipular a la vez que contundente.

– ¿Por qué están aquí? – preguntó amedrentado el joven aprendiz.

– Este día tenía que llegar tarde o temprano – suspiré con resignación. – Pero no han escogido el momento más oportuno…

– ¿A qué te refieres?

– A que llevamos reparando barcos de piratas y mafiosos muchos años… Algún día tenían que aparecer los hombres de blanco.

– Ah… ya…

– Déjame a mí – sonreí, tratando de tranquilizarle. – ¡Buenos días, Capitán! – saludé respetuosamente cuando estuvieron lo suficientemente cerca. – ¿En qué puedo servirle?

– Soy el Capitán Louaks de la base militar de… – me miró indiferente. – Bah… No perdamos el tiempo con chusma… ¿Dónde está el jefe… Bettum?

– ¿Bettum? No está – contesté. – Hace una semana partió hacia Water 7 en busca de… Dejémoslo – me interrumpí. – No quiere perder el tiempo con detalles, ¿verdad? Me llamo Rido – tendí la mano. – Soy el segundo al mando en el astillero así que… ahora mismo… debo ser la persona con la que debe tratar, Capitán.

Sostuve su mirada dispuesto a no darme por vencido. El astillero era mi hogar, mi vida y Franky aún me debía muchas explicaciones así que debía protegerlos a ambos, a nuestro taller y a su identidad. Una palabra inoportuna, una mirada fuera de sitio… cualquier cosa podía agravar una delicada situación.

– ¿A qué os dedicáis aquí?

– A construir, reparar y desguazar barcos – contesté.

– ¿Barcos piratas?

– Que yo sepa… barcos de pesca, mercantes y algún que otro crucero turístico – enumeré, tratando de parecer despreocupado. – ¿Por qué?

– Entonces no le importará que mis hombres echen un vistazo por aquí, ¿verdad?

Antes siquiera de que pudiera procesar sus palabras sus matones ya se habían comenzado a mover por todo el local curioseando y tratando de encontrar indicios de nuestras supuestas actividades criminales mientras yo sólo podía rogar a Dios que Nora hubiera sabido ocultar todas esas pruebas que nos relacionaban con piratas y otras gentes de mala reputación.

– Bonita arma – indicó con un tono mezquino el Capitán Louaks, refiriéndose a mi martillo-hacha, que llevaba sujeto a la espalda mediante unas correas.

– No es un arma… – alegué. – Es un instrumento de trabajo.

– Sí… ya… como mi espada – rezongó. – La cuestión es… ¿de dónde lo ha sacado?

– Es un regalo de un viejo amigo.

– ¿Un cliente, quizás? Digamos… ¿un pirata?

– Encuentren lo que encuentren el veredicto será el mismo, ¿verdad? – pregunté, mirándole a los ojos.

Él no respondió. No debía merecerle la pena discutir con un supuesto criminal como yo. Uno de los dos esbirros, el más gordo, estaba discutiendo con nuestra gerente en su despacho. Por lo que podía entender de los gritos ahogados por la pared de madera, trataba de ver todos los expedientes de los barcos que habíamos reparado en el último año. No encontrarían nada incriminatorio, sólo muchos barcos mercantes a cargo de hombres totalmente inocentes… o eso esperaba.

El otro, el más alto, se había acercado al pequeño taller de diseño en el que Bettum solía pasar el tiempo y estaba rebuscando en sus diseños. Se paró especialmente en unos que había guardados dentro de un gran portafolios negro. Tras observarlos se acercó al grupo en el que nos encontrábamos Pimfry, el Capitán Louaks y yo y se los entregó a su superior. Éste los miró y luego me los enseñó desafiante.

– ¿Qué es esto?

– Diseños para un barco – contesté.

– Pero esto no parece un buque mercante ni uno de pesca… – alegó.

– A mí me parece un barco pirata, jefe – intervino su secuaz.

– A mí también, Teniente Arakeist – sentenció Louaks. – Pero seguro que aquí… este, tiene una buena explicación.

– No los había visto en la vida – expliqué. – Bettum trabajó en la Galley-La siendo joven. Puede que…

– ¡Contacta con el Capitán Nezumi de Water 7! – ordenó al gordo, que seguía discutiendo con Nora en el despacho. – ¡Que compruebe si un tal Bettum trabajó para la Galley-La!

Un par de minutos después, bajó el otro de los esbirros con una expresión bastante abochornada. Le susurró unas palabras al oído a su superior y este se puso rojo como un tomate. Sus ojos parecían aún más saltones. De un salto comenzó a andar hacia el despacho mientras juraba en todos los idiomas posibles contra

– ¡Darme órdenes a mí! ¡Esa rata de alcantarilla! ¡Debería volver al mar de mierda de donde salió y dejar el Grand Line!

Como quien ve una obra de teatro, los cuatro que allí estábamos observamos al Capitán gesticular ostensiblemente a través de la ventana del despacho. Los gritos llegaban hasta nosotros como si estuviéramos hablando cara a cara. Era una discusión acalorada en la que los dos pretendían imponerse sobre su rival alegando un superior status moral. Al final, la discusión se zanjó cuando el Capitán Louaks golpeó violentamente el Den Den Mushi y salió de la habitación dando un fuerte portazo.

– ¡Maldita rata asquerosa! – mascullaba entre dientes. – ¡Teniente! ¡Lleve todos esos documentos al…!

– ¡Yarius! – gritó una voz de mujer. – ¿Qué haces aquí?

Por la puerta lateral del astillero acababa de aparecer una mujer joven, morena y más alta de lo normal. Su piel morena contrastaba con sus ojos azulados, igual que los reflejos de su pelo, que iba recogido en dos grandes moños sujetos con lo que parecían cuchillas. “Un instrumento muy extraño para peinarse”, pensé.

La cuestión es que la cara de la chica me sonaba bastante. No lograba ubicarla exactamente, pero juraría que trabajaba en el crucero, pero ¿qué hacía aquí? Su barco había zarpado hacía casi dos semanas. ¿Por qué estaba aún en Relthar entonces?

– ¿Cómo sabes mi nombre? – preguntó con sorpresa el Teniente. – ¿Quién eres y qué haces aquí?

– Yo pregunté primero.

– Yo tengo una espada – alegó su hermano.

– Como si eso me importara… – dijo la joven sin arredrarse mientras deshacía su peinado.

Súbitamente un movimiento de la espada del Teniente le causó un corte en la mejilla derecha a su contrincante. Inmediatamente, con una patada, ella lo separó de sí y le miro, retándolo. Él le sostenía la mirada imperturbable, hasta que al fin una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.

– No sé quién eres… pero perteneces al Clan… – susurró, mientras le apuntaba con el filo de su arma. – Así que tu destino está sellado desde el momento en que te vi.

– No quería tener que utilizar esto contra ti pero…  – ¡Estilo de la Luna Triste! ¡Byakko no Hane!

Sus dos cuchillos giraban en sus manos hasta que su silueta parecía un todo continuo, como un disco. Se lanzó decidida hacia su rival, dispuesta a descargar el golpe con todas sus fuerzas, pero la espada del Teniente se interpuso enseguida, deteniendo al instante el movimiento de las armas de Mei-Lian. De un empujón la derribó, con la mala suerte de que la chica se golpeó la cabeza contra al suelo al caer, quedando un tanto desorientada.

– ¿Con que esas tenemos? – seguía sonriendo Yarius Arakeist. – ¡Estilo de la Luna Triste!

Al igual que había sucedido con las armas de la joven, su espada giraba ahora a toda velocidad. Estaba decidido a ir a por todas sin importarle las consecuencias o, al menos, esa era la impresión que daba. Aún mareada por el golpe, parecía que la recién llegada no podría defenderse y lo que, quizás en un principio podría ser un golpe que pudiera eludir, podría convertirse en una herida fatal.

– Pimfry, corre – le dije a mi amigo antes de actuar.

Rápidamente descolgué de la correa el hacha-martillo y me abalancé sobre el Teniente, propinándole un fuerte golpe en el pecho con la parte plana. Conseguí mi objetivo: desequilibré al espadachín y evité que atacara a la joven.

– Lo siento – murmuré. – Ese golpe no tenía un nombre espectacular… pero podría hundirte igualmente alguna costilla.

Inmediatamente la espada del Capitán se posó sobre mi cuello, mientras su subordinado se levantaba, llevándose la mano al pecho.

– Has agredido a un Teniente de la Marina – anunció, desafiante. – ¿Sabes lo que significa eso? ¡Sargento O’Neill! ¡Llévese a este hombre al barco! ¡Lo juzgaremos en la base! Si es que llega a ella… – se rió, acercándose a mi cara. – ¿Sabe? Los accidentes en la mar ocurren muy a menudo…

Traté de zafarme de la presa del gorila, pero aunque lo lograra, el espadachín parecía listo para darme mi merecido en respuesta al martillazo que había recibido en el pecho. Si por alguna razón se me ocurría montarla gorda, ellos no se iban a cortar ni un solo pelo.

– ¡Eratia! – gritó entonces la chica.

– ¡¿Eratia?! – se giró hacia ella el Capitán. – ¿De qué me suena ese nombre?

– ¿Está aquí? ¿Ese cabrón está aquí?

– ¿Lo conoce, Teniente?

– Eratia, el Navegante – respondió. – De la tripulación de mi hermano… Su cabeza vale doscientos treinta y siete millones de Berries.

– Vaya, vaya… ya lo estoy viendo… Comodoro Louaks… – murmuró entusiasmado. – Vinimos aquí para una misión de vigilancia de rutina y mira…

– ¡Eratia! – volvió a chillar desesperada Mei-Lian.

– ¡Busca a ese tal Eratia!

– No creo que haga falta – resonó entonces la voz del navegante. – Estoy aquí.

julio 18th, 2008

Parte de Trabajo 04: En busca de aclaraciones


Parte de Trabajo 04: En busca de aclaraciones

– No te supondría ningún problema, – sonrió misteriosa Nico Robin, sin dejar de mirar al maestro carpintero – ¿verdad, Franky?

Inmediatamente todos nos volvimos hacia el viejo carpintero. ¿Había dicho “Franky”? ¿“Franky el Cyborg”? ¿El carpintero de los Sombrero de Paja? ¿El discípulo de Tom y “hermano” de Iceberg? ¿Bettum era “ese” Franky? Nuestras miradas paseaban constantemente de uno

–¿Fran… ky? Es… Esto es demasiado confuso… – acerté a balbucear. – ¿Entonces… eso de que…?

– ¿Y dónde quedó ese “Súper” que tanto te caracterizaba? – me interrumpió Robin.

– Desapareció cuando Sombrero de Paja se entregó ante la justicia.

La expresión de Franky se debatía entre  la melancolía, la nostalgia y el alivio. Por un momento podía dejar de fingir ser otra persona pero por otra parte parecía como si le doliese renunciar a la tan trabajada doble identidad que había mantenido como una pantalla que aún a sus más allegados nos impedía vislumbrar a su verdadero yo.

– S… supongo que tendrán demasiado de que hablar, ¿verdad, Robin?

Eratia, como todo los demás, no semejaba saber cómo reaccionar. Pimfry, los otros dos acompañantes e incluso Nora, que acababa de aparecer en aquel preciso instante, se debatían en los mismos términos. Nadie parecía saber qué hacer o qué decir y, por lo tanto, nadie hacía nada. Como era de esperar, sólo la que había iniciado aquello demostraba calma, con su media sonrisa perenne dibujada en los labios.

– ¿Pero qué es esto? ¿Esta es una reunión de antiguos piratas? – insinuó Rentarou, así se llamaba el pirata uniformado como un antiguo Capitán de la Marina.

Precisamente fue la indumentaria de aquel hombre la que hizo que Bet… Franky interpretara aquello como una amenaza. En una reacción que no habría previsto nunca en él, aunque en lo excepcional de la situación todo parecía tener cierta lógica, lo agarró de su ropa y lo sacudió violentamente mientras Pimfry y yo nos abalanzamos sobre él para tratar de separarlos.

– Un infiltrado del Gobierno, ¿no? – preguntó.

– ¿Pero de qué carajos está hablando? – respondió su adversario.

El supuesto marine se llevó un buen golpe en la espalda cuando Franky, en un ataque de ira y nerviosismo, lo lanzó como si se tratara de un juguete hacia una de las paredes del dique donde nos encontrábamos. Luego, el maestro carpintero se giró hacia los demás.

– Por cierto, ¿quién es el otro tripulante que os acompañaba? – le dijo a Robin. – Según el informe que me dieron, eran cuatro.

– Es al que acabas de golpear – sonreía cínicamente la antigua Sombrero de Paja.

– ¿¡Qué!? ¿¡Y por qué no me lo dijisteis!?

– Esto… intentamos decirle, Señor – dijo la otra tripulante.

Se trataba de una joven un poco más alta que la media, con una melena entre castaña y rubia que caía sobre sus hombros. Vestía ropas amplias y no lograba borrar de su rostro el gesto de confusión que, como nos había ocurrido a todos, se había apoderado de ella instantes antes. Su nombre era Seastone, un nombre que se ajustaba exquisitamente bien a sus extrañas capacidades, que no tardaría demasiado en conocer.

– Vaya que esto es un grave…

Franky no pudo concluir su disculpa, porque el agredido le embistió en aquel preciso instante por la espalda y lo derribó. El pirata “camuflado” parecía fuera de sí y el maestro carpintero destilaba rabia en aquel momento. Algo malo estaba a punto de ocurrir y ninguno de los dos parecía dispuesto a ceder y entrar en razón.

– Por favor, Jefe, déjalo – traté de detenerlo.

– Rentarou, deja de pelear – correspondió Eratia hacia su compañero. – Nos vas a meter en problemas.

Pero no parecían querer escuchar. Si queríamos evitar la pelea había que tomar medidas drásticas, o eso al menos debió pensar Nico Robin, que no dudó un solo instante en dejar inconscientes a los dos implicados y obligarlos a dirimir sus diferencias más adelante. Vendados e inmovilizados, se aclaró la confusión y pudimos pasar al tema importante del día.

– No podrá navegar nunca más.

Aquella frase de Eratia fue la única explicación que el navegante dio a sus compañeros acerca del estado deEl Zafiro de las Olas, aunque fueron suficientes. Excepto por Robin, los rostros de los demás miembros de la tripulación eran un poema, aunque por su reacción juraría que su apego al barco no era tan grande como el que había visto en otras tripulaciones.

– ¿Qué? ¿Estás seguro? – preguntó Seastone.

–Así es – intervine, asintiendo. – Si intentáis salir al mar nuevamente con este barco… los resultados podrían ser catastróficos – meneé la cabeza. – En realidad es un milagro que hayáis llegado hasta aquí…

– ¿Entonces…? – preguntó Rentarou.

– No será lo mismo conseguir un nuevo barco pero es la única opción que tenemos – resolvió Eratia.

– ¿Quieres decir que vais a pedir la fabricación de un nuevo barco? – terció Franky, frotándose internamente las manos ante la perspectiva.

– Adelante – sonrió Eratia. – Senka me va a matar… pero tendrá un barco.

– Perfecto, podemos hacerle unas ligeras modificaciones al viejo barco como un recuerdo y tener otro con el que podréis salir al mar. Pero antes… los nombres. Veamos… – dijo mientras cogía la carpeta de las recompensas que le tendía Nora. – Tu nombre era Eratia… El tuyo, señorita, es…

– Seastone.
– ¿Y el de usted, señor Capitán?

– Re.. Rentarou Satsuma – Se identificó el ex-marine, no muy confiado.

– Veamos… – repitió, pasando hojas. – Eratia… 237 millones de Berries… El siguiente… Rentarou Satsuma… 42 millones… Seastone… no la encuentro por ningún lado… No, parece que no hay recompensa – cerró la carpeta. – En total son 279 millones de berries, nada mal, nada mal. Pura rutina. No penséis que os vamos a entregar a la Marina, a menos que causéis destrozos o intentéis iros sin pagar, claro.

– Eso ya se lo había explicado yo… – intervine por lo bajo. – Si me hubieras preguntado… Está todo aquí…

– ¿Cuánto va a ser? – consultó Eratia.

– A ver… Construcción de barco nuevo, incluye la madera, algunas herramientas más y mano de obra, unas modificaciones al Zafiro y adaptación del mascarón… La madera ha estado bastante cara estos días…

Como siempre, Bettum hacía las cuentas con su lápiz sobre el aire, como si viera los números dibujados en el espacio delante de él. Era una manía muy curiosa y simpática que parecía inútil pero a él le servía para entenderse. De hecho, cuando lo hacía directamente, de memoria, tardaba infinitamente más tiempo.

– Todo eso saldría en total 150 millones de Berries, – concluyó – pero al ser amigos de Robin os haré un enorme descuento. Dejémoslo en 95 millones.

– Mierda – protestó el navegante. – No tenemos esa cantidad. Aún prescindiendo del dinero para reservas, no juntaríamos esa cantidad.

– Pueden pagar lo que tengan ahora y cuando los carpinteros terminen nos pagan el restante – sugirió Nora.

– Está bien, supongo que podremos juntar el restante para entonces – asintió Eratia. – ¿Cuánto podría tardarse?

– Dos semanas… como mucho – afirmó Franky. – Tres días para diseñar el nuevo barco y el resto en construirlo y probarlo.

– ¿¡Dos semanas!? – se sorprendió Rentarou. – ¿¡No cree que eso es poco tiempo!?

– ¿Para conseguir el dinero?

– No, decía para terminar todos los trabajos.

– No os preocupéis – rió el Jefe. – Tenemos excelentes carpinteros y en ese tiempo el barco estará listo.

– Sí, ya, claro… – resoplé, mientras veía como se alejaban nuestros nuevos clientes. – Dos semanas para construir un barco nuevo y con el crucero aquí y todo el papeleo que eso conlleva no sé yo si eso…

– Será posible – asintió Franky, convencido. – ¿No vas a decir nada?

– ¿Me contarías algo?

– Supongo que tendrás que esperar al momento adecuado…

– Pues entonces en el momento adecuado ya me lo contarás – repliqué cortante. – Mientras tanto… paso de peleas contigo, viejo.

– Franky… ¿podría hablar un momento contigo? – nos interrumpió Robin, mirando hacia mí en lugar de al destinatario de sus palabras. – ¿Crees que…?

– Yo os dejo – me disculpé, captando la indirecta y ahogando el final de su frase. – Tendréis bastante de lo que hablar…

– Quédate – indicó mi maestro.

– ¿Seguro?

– No vamos a tratar temas personales – explicó Franky. – Ella nunca lo haría… Así que será algo relacionado con el barco así que…

– Así que me quedo – concluí yo.

– ¿Crees que podríamos llegar a un arreglo?

– Los materiales tienen su precio y mis chicos no comen aire, Nico – argumentó el jefe, anticipándose a lo que iba a solicitar su amiga.

– Pero las tormentas seguro que os están beneficiando económicamente.

– Y cada día navegan menos barcos por su culpa – tercié. – Muchos marineros están esperando en puerto a ver si se calma todo esto… Si es que eso llega a ocurrir…

– No puedo hacerte una rebaja, Nico – sentenció el carpintero. – Si os la hiciera a vosotros…

– Hagamos una cosa – dije.

Los ojos de los dos veteranos piratas se posaron en mí. De repente, sentí como todo el peso de la historia bajaba sobre mis hombros. ¡Estaba conversando con dos Sombrero de Paja! Y no sólo eso… Una era la grandísima Nico Robin, la historiadora más grande de la última generación, y el otro era Franky el Cyborg, el mejor carpintero de todo el Grand Line, el discípulo de Tom.

– ¿Se te ha comido la lengua el gato? – rió Robin.

– Por… por lo que he… podido ver…

– ¡Espabila! – me arengó Bettum, golpeándome en la espalda.

– Eratia tiene conocimientos de carpintería – continué, doliéndome del dorso. – Podríamos contratarle… y al ex-marine también. Eso reduciría el coste de la mano de obra, le daríamos descanso a los aprendices y os abarataría el precio del barco.

– ¡Perfecto!

– No sé yo… – me contradijo Franky, vuelto hacia los otros tres tripulantes, que estaban reunidos al otro lado del dique. – ¿Cuánto dinero les falta?

– Juraría que algunos millones…

– “Algunos millones” es una cifra muy mala – protestó el maestro, mirando a los ojos a Robin. – ¿Tú qué dices, muchacho?

– Merecen tener un barco – sentencié. – Y, sinceramente, ahora mismo podemos permitirnos rebajar un poco el precio… aunque Nora preferiría ahorrar para cuando empiecen las vacas flacas.

– Está bien – resopló él. – Iré a decírselo… Tú… – me susurró inaudiblemente al oído – no se te ocurra decirle nada de La Joya.

Un tensísimo e intensísimo silencio inundó el espacio a mi alrededor cuando mi maestro se dirigió hacia el grupo donde se encontraba Eratia con el resto de sus compañeros y me dejó solo con Robin. Había leído mucho sobre ella y, por descontado, tenía millones de preguntas que hacerle. Pero no sabía qué decir. Ni siquiera sabía si debía decir algo.

– ¿Qué te parece si me enseñas todo esto?

– S… Sí.

Le enseñé todas las instalaciones, evitando en todo momento dirigirnos al dique seco donde custodiábamos el barco que realmente pertenecía a su tripulación, aunque nunca hubieran navegado sobre él. Ella caminaba en silencio junto a mí, sin alterar ni siquiera un ápice su expresión hasta que al final hizo una única pregunta, la pregunta que más temía.

– ¿Qué te dijo Franky al oído? – dijo, con una sonrisa entre lo caprichoso y lo provocativo.

– Que si algo salía mal en esto yo lo pagaría – respondí, ciñéndome al guión que había preparado en mi mente por si aquella situación se producía.

– Ya veo…

Una semana y media después, el trabajo en el nuevo barco estaba ya casi terminado. Habíamos avanzado a una velocidad increíble y los dos nuevos reclutas se habían comportado como unos excelentes carpinteros. Bajo mi supervisión y siguiendo el diseño de Franky, habíamos ido construyendo un barco bastante revolucionario en su aspecto, pero que, al parecer, incorporaba algunos sistemas que ya habían instalado en el Thousand Sunny, el barco de los Sombrero de Paja.

Entre esos sistemas estaba un pequeño bote auxiliar que se camuflaba en una de las bodegas del barco, de apertura mecánica, y cuyo mascarón de proa no era otro que el del Zafiro de las Olas. Era a eso a lo que se había referido Robin al hablar del Going Merry, según pude averiguar más tarde. De su diseño y construcción se había encargado el mismísimo maestro carpintero, que ahora se afanaba en la confección de un llamativo mascarón para el nuevo bajel que llevaría un temible dragón, una Gran Sierpe, coronando su figura.

Hacía ya varios días que los miembros del crucero se habían marchado y todo había vuelto a la normalidad en Relthar. Nora había hecho buenas migas con las dos mujeres que habían venido acompañando a Eratia y pasaban bastante tiempo juntas mientras los demás trabajábamos para poder cumplir nuestro compromiso. Íbamos, a pesar de mis expectativas iniciales, a ser capaces de completar el plazo.

Aquel día por la tarde la sirena que alertaba de un nuevo barco acercándose a nuestra querida isla volvió a sonar. Nuevos clientes, más trabajo… Afortunadamente seguramente podríamos demorarlo hasta terminar por completo el trabajo con el que estamos. Aunque no se podía desatender a unos clientes. En los tiempos que vivíamos eran como oro y nosotros no éramos Water 7.

Pero en aquel momento no preveíamos lo que nos venía encima. Dos minutos después, vimos a Nora correr hacia nosotros pálida como la nieve y respirando apresuradamente como si hubiera visto un fantasma.

– ¡La Marina! –gritó asustada. – ¡Es un barco de la Marina!

junio 27th, 2008

Parte de Trabajo 03: El Zafiro de las Olas

Parte de Trabajo 03: El Zafiro de las Olas

– Menos mal que es un barco robusto…

Sumergirnos en el trabajo nos había dado a Bettum y a mí la excusa perfecta para poder escapar de los problemas personales que habían surgido a raíz de aquella misteriosa llamada telefónica al mismísimo Iceburg, dueño de la inmensa naviera Galley-La, alcalde de Water 7 y el más famoso de los carpinteros de barcos que había en Grand Line.

Llevábamos ya dos días trabajando y la verdad era que el trabajo estaba casi terminado. Sin embargo había algo preocupante. Normalmente, en un barco de aquellas características, con aquel propósito concreto no deberían producirse aquel tipo de desperfectos. No en condiciones normales.

El Lost Island Luxury Cruiser era un barco resistente y seguro que navegaba normalmente por aguas tranquilas. No se metía en líos y evitaba en la medida de lo posible los encuentros con los piratas, aunque su cuerpo de seguridad era envidiable: antiguos miembros de la mismísima guardia real de Arabasta, hombres discretos y eficaces, mucho más aptos para el negocio que una patrulla de la Marina o mercenarios despiadados, recursos habituales, por lo que había oído, en las compañías del estilo.

– ¿Por qué no puedes pisar Water 7?

Aquella era la enésima vez que le preguntaba a mi maestro acerca del contenido de la conversación. Como había hecho desde entonces, evitó responder y simplemente le indicó a Pimfry su siguiente cometido. Yo resoplé, signo inequívoco de mi malestar, y me concentré en lo que me ocupaba en aquel momento, una pequeña grieta en la parte interior de la proa.

Al tercer día de haber comenzado las reparaciones en el crucero, sonó de nuevo el detector de barcos. Estábamos aún atareados en el trabajo en el barco, pero sabíamos que, de tratarse de los clientes más comunes en nuestro negocio, sería mejor despachar a los recién llegados cuanto antes para no ponerlos nerviosos y, sin embargo, no podíamos dejar lo que estábamos haciendo. No ahora que estábamos rematando los últimos detalles.

Nora saldría a recibirlos y realizar los trámites necesarios. No había problema por aquello. Bettum había decidido que la mejor manera de evitar cualquier disgusto innecesario era registrar a cualquiera que llegara a nuestro astillero, especialmente a los nuevos. Luego, aquellos datos se quemaban delante del cliente en el momento de la partida, pero mientras duraran los trabajos en su barco, podríamos amenazar con entregarlos a la Marina.

La cuestión es que con gente importante en la isla, no podíamos permitir que comerciantes de dudosa reputación, piratas u otro tipo de personas de dudosa reputación se pusieran demasiado nerviosos y montasen un escándalo. Ni la guardia real de Arabasta ni los soldados que seguro llegarían ante una petición de auxilio de los miembros del crucero eran enemigos deseables.

– Pimfry – dijimos a la vez Bettum y yo, girándonos hacia el aprendiz.

– Échale un vistazo rápido al barco – completó el viejo.

– Iremos dentro de un momentito – añadí.

Me concentré en las últimas cosas que debía hacer y unas dos horas más tarde las tuve terminadas. Recogí mis cosas y me acerqué junto a Bettum para ver cómo iba todo lo demás. Juntos hicimos la inspección rutinaria y dimos por terminado nuestro compromiso con los miembros del crucero. Justo a tiempo: Pimfry debería estar terminando también la inspección preliminar del barco.

– Esto… Jefe…

– ¿Qué quieres ahora? – contestó bruscamente

– Yo… Nada.

Me eché el martillo al hombro y regresé en silencio, como él, hacia el edificio principal del astillero, donde estaban los barcos antes de ser llevados a los diques secos donde serían reparados. El nuevo cliente se trataba, si mi intuición no me engañaba, de un pirata. No había izado su Jolly Roger, lo que resultaba bastante producente, menor posibilidad de conflicto con nuestros insignes invitados, pero el aspecto del barco era inconfundible.

– Yo me encargo del barco – me ofrecí. – Tú encárgate del informe. Te toca.

El jefe se alejó refunfuñando hacia su mesa de trabajo. Odiaba hacer ese tipo de tareas, igual que yo, así que habíamos decidido turnarnos en ellas cuando trabajásemos los dos juntos. Como la última vez, en la que habíamos tenido que reparar unos daños menores en el casco de uno de los barcos de un peligroso clan de comerciantes, había pasado yo por el suplicio de rellenar todos los papeles que nos pedía Nora, hoy le tocaría a él. Así yo podría dedicarme a lo que más me gustaba de todo: sanar barcos.

Pimfry dialogaba seriamente con uno de los hombres, probablemente el capitán. Aunque no era tan alto como yo o como Bettum, sí le llevaba más de una cabeza al pequeño aprendiz. Llevaba un pañuelo sobre su cabeza que ocultaba un poco de su proyecto de melena castaña y sobre la nariz unas pequeñas gafas. Lo que más destacaba de su cuerpo eran, sin embargo, los tatuajes azulados que cubrían, al menos, sus brazos y asomaban por debajo de su ropa.

Por el aspecto exterior del barco y la cara que ponía nuestro aprendiz, el diagnóstico no parecía muy esperanzador. A primera vista y desde lejos, era fácil adivinar que tenía bastantes parches, signo inequívoco de que no habían tenido una navegación tranquila y de que sus tripulantes habían tenido que enfrentarse a algún otro barco.

En el camino hacia la nave cogí la carpetilla con todos los datos que Nora había dejado sobre una de las mesas y la hojeé. Se trataba de un tal Eratia y tres tripulantes más, cuyos datos aún no había recopilado nuestra gerente, quizás porque estaba ocupada atendiendo a los clientes preferenciales: los miembros del crucero, con quienes estaba reunida en el despacho.

– Ya estamos aquí – saludé al joven antes de girarme hacia el cliente. – ¿Deduzco que usted es… Eratia?

– Sí…

– Mi nombre es Rido – me presenté. – Yo llevaré a cabo la inspección general para determinar el estado del… ¿Cómo se llama el barco?

– Es el Zafiro de las Olas.

– Interesante nombre – sonreí. – Veamos qué le pasa a esta joya.

El mascarón de proa del bajel tenía forma de serpiente con una brillante piedra azulada que hacía honor al nombre de su portador. Como había sospechado desde la distancia, podían apreciarse numerosos desperfectos, no sólo en el casco, sino en el interior de la cubierta. Algunos parecían haber sido antiguos, otros realmente recientes. A juzgar por lo que veía, aquella embarcación había tenido que lidiar con numerosas adversidades: tormentas, combates… o cosas peores, incluso.

– ¿La Marina? – grité desde la cubierta, aunque no recibí ninguna respuesta.

Los mismos desperfectos eran apreciables también en las bodegas. Definitivamente había pasado por mucho y su pronóstico no era muy favorable. Sería una reparación costosa, que reportaría bastantes beneficios para el astillero, pero no podía soportar ver un barco en aquellas condiciones, aún a pesar de que quien quiera que hiciera las reparaciones pareciera mostrar un verdadero esfuerzo y bastante cariño hacia él.

– Me parece que va a ser bastante caro – comenté mientras me bajaba.

– ¿Pero se puede salvar?

– En principio… sí – me encogí de hombros. – Falta ver cómo está la quilla… Es la única parte insustituible de un barco… Pimfry, llévalo al dique seco.

– S… Sí

Ayudado por los nuevos trabajadores que habían llegado al astillero en los últimos meses, muchos de ellos huidos de sus hogares en busca de una vida mejor que seguramente no encontrarían en Relthar, el joven aprendiz obedeció mi orden y luego se reunió conmigo. Le indiqué que me acompañara y los dos nos sumergimos bajo el casco del barco.

– Ha sufrido mucho… ¿ves estas grietas de aquí?

– ¿Pueden repararse?

– Bettum y yo podríamos hacerlo – musité. – Pero si hay algo más que esto…

– Mira esto…

Pimfry se me había adelantado y había llegado a lo más bajo de la barriga del barco. Allí, la quilla mostraba una enorme grieta que había sido parcheada hacía bastante tiempo pero que era imposible de reparar. Seguramente originalmente había sido más pequeña pero el paso de los años no perdonaba a nadie, y menos a la madera.

– Mierda…

– ¿Sabes? – me dijo. – El… capitán… me dijo que había navegado dos veces por el infierno. Viendo esto…

– Parece que tenía razón, ¿verdad? – respondí sombrío a su comentario. – Con esto… no hay nada que hacer.

Lentamente, salí de bajo el barco y me dirigí a la puerta. Antes de regresar al edificio principal, eché una nueva mirada al Zafiro de las Olas. No quería aceptarlo pero había muy pocas posibilidades de que aquella nave volviera a surcar los mares del Grand Line.

– Capitán Eratia… – comencé cuando me encontré con él.

– No soy el capitán del barco – aclaró. – Sólo el navegante.

– Entiendo… ¿Entonces el Capitán no ha venido con ustedes?

– Es una historia demasiado larga – contestó. – A efectos prácticos, yo me hago cargo del Zafiro.

– Pues tengo malas noticias…

– ¿Malas noticias?

– La quilla está demasiado dañada – expliqué. – Hay una grieta demasiado grande en la parte baja… Probablemente se ha ido abriendo con el tiempo.

– ¿No hay nada que hacer?

– Con la quilla así… – suspiré. – Es como construir un barco nuevo. Así que…

– Senka me mata… – murmuró por lo bajo.

– ¿Perdón?

– Nada… sólo… Sólo pensaba en alto – reaccionó. – ¿Está seguro?

– Sí – asentí. – Pero si quiere puedo llamar a Bettum… mi jefe.

– Si hace el favor…

– Sígame – le indiqué, acompañando mis palabras de un movimiento con la mano y comenzando a caminar hacia la oficina. – Seguramente le diga lo mismo que yo, pero ya sabe…

– ¿Cuatro ojos ven más que dos?

– Iba a decir que la experiencia es un grado – sonreí. – Pero… eso mismo. Espere aquí.

Llamé a la puerta del despacho y Nora me invitó a pasar. Allí seguían los responsables del crucero, negociando los últimos flecos con la gerente del astillero. No solían tardar tanto, pero lo inusual de las circunstancias les habría obligado a ser más minuciosos que de costumbre.

– ¡Ah, Rido! – me saludó Nora, como si estuviera aliviada por verme. – ¿Tenéis el informe de la reparación del crucero?

– ¿Informe? Se encarga Bettum… ¿sabes dónde está?

– Estará en su despacho…

– Miraré allí. Toma – dije, pasándole la carpetilla que llevaba en mi mano. – Este es el mío, pero aún no es definitivo.

– ¿Mal?

– Peor… Voy a pedirle al viejo que eche un vistazo por si él ve algo que se me haya pasado por alto – me encogí de hombros. – Si me disculpan, caballeros…

Cerré la puerta detrás de mí cuando salí de allí. Seguido por Eratia, me dirigí hacia la mesa de trabajo de Bettum y allí estaba él, dormitando, con el informe del crucero terminado a su lado y un montón de planos esparcidos por encima de la mesa. Me fijé en ellos y pude descubrir que todos hacían referencia a La Joya, aunque diferían un poco de su aspecto actual. Meneando la cabeza, cogí el informe.

– ¡Pimfry!

Aquel grito sirvió tanto para atraer la atención del aprendiz como para despertar a Bettum, que gruñó mientras se desperezaba. Encomendé al chaval la misión de hacerle llegar los papeles a su hermana y esperé a que el viejo dejara de protestar por haberlo despertado para ponerlo al día de la situación.

– Puede que cause mala impresión, – dije en tono burlón – pero este viejo dormilón es el mejor carpintero de barcos del Grand Line, Maese Eratia. Bettum sabrá qué se puede hacer con su barco.

– ¿No dijiste que te encargabas tú?

– No hay mucho de lo que encargarse – murmuré.

– Necesito repararlo… Si no…

– Esa… Senka… le matará – terminé.

– Algo parecido.

– Quiere ver si tú encuentras la forma de repararlo, porque a mí no se me ocurre.

– Está… bien – bostezó.

Los tres recorrimos el camino de vuelta hasta el dique seco. Una vez allí, Bettum pasó a inspeccionar el navío bajo la atenta mirada del navegante. Tardó poco en regresar y, por su expresión, supe que había llegado a la misma conclusión. Si el Zafiro de las Olas se lanzaba otra vez al mar, las probabilidades de una catástrofe eran enormes.

– Rido tenía razón – murmuró. – Lo siento pero… no hay nada que hacer.

– ¿Ni siquiera para el mejor carpintero del Grand Line?

– Ni siquiera yo puedo hacerlo… – meneó la cabeza. – Si quiere podemos ponernos a trabajar en el diseño del nuevo barco.

– Vaya, vaya… Así que ni siquiera tú puedes hacer nada.

Acompañados por Pimfry, cuyo rostro parecía pedir perdón a todos los allí presentes, acababan de ingresar al dique seco los tres acompañantes del barco. La cara de Bettum parecía un poema al verlos, quizás porque uno de ellos iba vestido como un capitán de la Marina. Sin embargo, cuando se acercaron más, me di cuenta de que aquel no era el único motivo de sorpresa. Uno de los tripulantes era un Sombrero de Paja.

Había visto su rostro mil y una veces en libros, en viejos carteles de recompensa y labrado en la madera del castillo de popa de La Joya. Era Nico Robin, el Demonio de Ohara, la famosísima historiadora que había sido perseguida como una criminal por su habilidad para leer Phoneglyphos, aquellas extrañas y antiquísimas piedras grabadas que, según decían, contenían un magnífico a la par que aterrador secreto.

– Me estaba acordando del Merry… – murmuró con una mirada nostálgica. – Incluso la forma que tenía Eratia de arreglarlo… Era como Ussopp… ¿Sabes?

– ¿Cómo Ussopp? ¿El Capitán Ussopp de los libros? – preguntó extasiado Pimfry.

– El mismo – sonrió Robin.

Parecía como si la historia nos persiguiera. De repente, en nuestra conversación, como si fuera lo más normal del mundo habían surgido los últimos grandes héroes de la era dorada de la piratería, aquellos cuya efigie había sido labrada en La Joya. Se trataba sin duda de una ocasión muy especial.

Pero lo que más me intrigaba y me sorprendía de todo era la familiaridad con la que la recién llegada trataba al viejo Bettum, como si se conocieran de toda la vida. Ya cuando nos hicimos con el barco que Iceburg había construido para los Sombrero de Paja, había insinuado que él había conocido a la mítica tripulación. Pero aún así…

– Si hay que deshacerse del barco y hacer uno nuevo – murmuró Eratia, que parecía ajeno a todo – me gustaría conservar el mascarón. Es… algo personal.

– Eso es mucho trabajo – objeté. – Desmontarlo, acoplarlo a una nueva quilla…

– Pero es posible, ¿no?

– Y muy caro.

– ¿Y si hicieras con el Zafiro lo mismo que con el Merry? – propuso Nico.

Todos miramos extrañados a la mujer, morena, alta, con una mirada penetrante y una desconcertante sonrisa en los labios, grabada casi de forma perenne. Miraba fijamente a Bettum mientras yo no podía dejar de preguntarme qué clase de lazos unían a los dos.

– ¿El Merry? – preguntó Pimfry.

– ¿Going Merry? – completé.

– El primer barco de los Sombrero de Paja – aclaró Bettum.

– No te supondría ningún problema, – sonrió misteriosa Nico Robin, sin dejar de mirar al maestro carpintero – ¿verdad, Franky?

junio 14th, 2008

Parte de Trabajo 02: Bettum el de las manos hábiles

Parte de Trabajo 02: Bettum el de las manos hábiles

– Si este era un barco pirata… ¿por qué unas bodegas tan grandes?

Desde aquella vez, hacía casi un año, en la que habíamos puesto nuestras manos sobre La Joya de la Corona, la relación entre Bettum y yo cambió bastante. Pasábamos muchísimo tiempo los dos juntos sobre la cubierta del navío, muchas veces sin hacer nada. Era nuestro pequeño tesoro personal. El barco desconocido del Rey de los Piratas, uno cuya identidad sólo conocíamos nosotros, los Sombrero de Paja y los otros dos carpinteros que lo habían construido.

– No es eso… – meneó la cabeza mi jefe. – Sólo tenía la bodega inferior para meter los tesoros mientras los trasladaban…

– ¿Y la otra?

– No era una bodega – sentenció. – Estaba dividida en varias estancias: enfermería, almacén, dormitorios para cada uno de los tripulantes…

– Joder, qué lujo…

Entre encargo y encargo, dedicábamos nuestras horas muertas a mimar La Joya. Reparamos los estropicios que le habían causado aquellos canallas, tratando el más mínimo detalle como si de ello dependiera el futuro del universo. De hecho, para nosotros era casi cierto. Aquel navío se había convertido en el centro de nuestro mundo de una forma hasta enfermiza. Procurábamos tenerla siempre a punto, como si el mismísimo Luffy Sombrero de Paja fuera a entrar en cualquier momento para tomar posesión de lo que le pertenecía.

Conocía casi a la perfección cada pulgada de la cubierta, cada astilla del mástil, cada veta de la madera que cubría el suelo de las bodegas… y aún así, cada día descubría algo nuevo. Tal era la magia de aquel prodigioso bajel que el mundo parecía distinto visto desde su cubierta: un mundo sin límites, sin fronteras… Sólo el ancho mar y yo.

Sobre él, las viejas historias que con fruición leía en los libros que había ido acumulando, comprando a comerciantes o que se habían “traspapelado” en las rutinarias descargas de mercancía cuando acometíamos reparaciones importantes en los barcos cobraban una nueva perspectiva, como si todas aquellas leyendas del pasado tuvieran más sentido allí encima, mientras la luz del atardecer atravesaba el portón del dique e iluminaba aquel tan peculiar mascarón de proa.

El viejo parecía también obsesionado con el barco y su carácter cambió muy rápidamente. Sin duda se trataba  de que aquello le recordaría a los viejos tiempos en Water 7, cuando había trabajado con los más grandes carpinteros del mundo. O quizás más bien era porque pisar la nave del Rey de los Piratas le traía recuerdos de su antigua vida como lobo de los mares, si es que alguna vez había existido aquel pasado.

De vez en cuando, aunque cada vez más habitualmente, se arrancaba con historias de tiempos pasados, de las aventuras de Sombrero de Paja. Las narraba con todo lujo de detalles, como si él mismo hubiera estado presente, como un miembro más de la tripulación. A veces, aunque trataba de ocultarse con sus enormes brazos, incluso se le escapaban unas cuantas lágrimas mientras hablaba.

– Eh, viejo…

Aquel día llovía y las nubes impedían que la luz llenara el recinto donde custodiábamos celosamente La Joya. La penumbra confería al ambiente un no-sé-qué de misterio y de nostalgia que hacía poner los recuerdos a flor de piel y las preguntas en la punta de la lengua.

Yo estaba leyendo un libro con la espalda apoyada sobre el lugar donde iba ensamblado la rueda del timón, que habíamos retirado como parte de las tareas rutinarias de mantenimiento, mientras que él estaba apoyado sobre el balcón que coronaba el castillo de popa, con la mirada perdida en el horizonte, más allá de la puerta abierta del dique seco.

– ¿Qué? – respondió al cabo de un rato, con un tono que parecía reprocharme el haberlo sacado de sus ensoñaciones.

– ¿Cómo es que sabes tantas cosas de este barco y de los Sombrero de Paja? – pregunté sin pensar.

Nunca llegué a entender qué había de malo en aquella pregunta, pero lo cierto es que no pareció sentarle bien al viejo carpintero. Con una mirada de indignación bufó unas palabras que no llegué a comprender y se fue a toda prisa hacia su oficina. Nunca había reaccionado de aquel modo ante nada. Nunca. ¿Qué relación tan especial mantenía con aquel barco que era capaz de cambiar así de repente al hombre que me había criado desde joven?

Sin querer, quizás empujada por el extraño ambiente de aquella tarde, mi memoria voló hasta el día en que conocí a Bettum. ¿Cuánto hacía? No me acuerdo ya… quizás diez años… o quizás más. Recuerdo que en aquel momento las noticias sobre el apresamiento de Monkey D. Luffy, Sombrero de Paja, el Rey de los Piratas, estaban a la orden del día. Pero aquellas noticias habían inundado las páginas de los periódicos durante muchísimo tiempo.

Por aquel entonces yo tenía trece años y acababa de escaparme de casa, tratando de imponer mis caprichos de pubertad a la autoridad de mis padres. A los pocos días, cuando había conseguido llegar, como polizón en un buque mercante, a Water 7, me lo encontré. Él era un hombre inmensamente alto, inmensamente fuerte, con el pelo y la barba azulados y una extraña nariz que llamaba bastante la atención.

Vestía una larga gabardina de tonos pardos por encima de un pantalón vaquero y no llevaba camisa de ningún tipo. Me preguntó qué hacía allí solo, pero ni siquiera me había dado tiempo a responderle. Me dijo que le siguiera y yo lo hice. No sé aún por qué, pero su imagen, entre lo cómico y lo heroico, me convenció para seguirlo. Pasamos aún varios días en Water 7, comprando materiales, y luego me llevó con él a la isla de Relthar, una isla pequeñita, pobre, poco poblada… la típica isla que, si se pudiera elegir, nunca llegaría a aparecer en los mapas.

Por el camino me había contado que, allí tenía montado un pequeño astillero, con pocos clientes todavía, pero al que dedicaba todo su empeño. Un día llegaría a ser grande, tan grande como los de Water 7 y construiría barcos invencibles. Me había pintado un panorama espléndido, digno de un cuento de hadas. Todo lo contrario a lo que me encontré cuando llegué allí, una isla desierta y una cabaña que pretendía ser el germen de un gran astillero.

– ¿Dónde estamos? – le pregunté al desembarcar.

– Relthar es una isla sin pasado ni futuro – sonreía. – Perfecta para el que se quiere construir uno, ¿no crees?

Me había mentido. Una de las muchas veces que lo haría desde entonces. Pero en todas aquellas mentiras había un fondo de bondad que parecía resistir a la falta de sinceridad. Sólo lo hacía para que nuestro mundo brillara más, para que nuestros sueños brillaran más, para tener una esperanza que diera sentido incluso a los nubarrones más oscuros.

Bettum no sólo me había dado un nuevo hogar, también me había dado un futuro y una herramienta para labrarlo: mis manos. Me tomó como su aprendiz y pronto descubrí que aquello era realmente lo que quería hacer. Me enseñó a ver a los barcos como mis amigos y no como meros objetos. De su mano comencé a entenderlos, a escucharlos… a conocerlos de verdad.

Allí, en la soledad de una isla vacía como Relthar, descubrí también el amor por la historia y por las historias. Leía libros enteros de forma incansable, todo lo que caía en mis manos. Casi podía decirse que los devoraba sin piedad. Así, podía combatir las largas horas de silencio y soledad que me rodeaban.

Ni Bettum ni yo habíamos abandonado la isla desde que llegamos en aquella tarde de otoño. Todo lo que necesitábamos se lo comprábamos a los pocos comerciantes que paraban por allí. Había bastantes épocas de necesidad, sobre todo durante la temporada en que las tormentas eran más frecuentes, pero nos las arreglábamos.

Y así, poco a poco, habíamos ido viendo crecer el pequeño astillero cuya fama se había ido extendiendo de boca en boca ente gente de mala reputación que preferían un buen trabajo hecho de forma discreta a un magnífico trabajo en el que arriesgar el pellejo a ser descubiertos por la Marina o los acreedores. Aunque lo cierto es que pronto se daban cuenta de que el trabajo de Bettum el de las Manos Hábiles y de su discípulo no era simplemente bueno.

Años después, cuando yo ya había completado mi formación, hubo una devastadora tormenta en los alrededores. Aunque el jefe se frotaba las manos pensando en las ganancias, sólo un barco llegó a Relthar. Un pequeño bote en el que sólo viajaban dos jóvenes: una chica de mi misma edad, bajita y algo regordeta, con el pelo del color del azabache y los ojos verdes y su hermano pequeño, que por aquel entonces tenía sólo catorce años, muy parecido físicamente a él.

El barco en el que habían viajado Nora y Pimfry había resultado muy castigado por la tormenta y no había forma de arreglarlo, pero el gran corazón de Bettum le hizo prometerles que le construiría gratis uno nuevo. No hizo falta. Los dos hermanos habían navegado a la deriva durante meses, huyendo de las continuas extorsiones de un grupo de marines corruptos en su isla natal, que había acabado con la salud y la vida de sus padres. Ellos vieron en Relthar lo mismo que había visto el carpintero de barcos, una tabla en blanco sobre la que poder escribir un nuevo futuro.

Pronto se aprovechó el jefe de los conocimientos que Nora había heredado de sus padres sobre contabilidad y se desembarazó de lo que peor llevaba: la gestión económica del astillero. Él quería construir barcos, nada más, y los números distraían, según decía, su creatividad. En cuanto al pequeño, se enamoró de lo que allí hacíamos, y no tardó en convertirse en el segundo aprendiz de Bettum, que nunca había pensado llegar a convertirse en un maestro tan solicitado.

Los cuatro formamos una pequeña gran familia en la que el viejo hacía las veces de padre y maestro para nosotros tres. Sin embargo, a pesar de la cercanía y de la confianza, Bettum casi nunca hablaba de su pasado. Lo poco que supe de él era que se había formado como carpintero en Water 7 y que, tras algunos problemas con la justicia, había decidido abandonar la isla. Pero por más que le había insistido en aquello, nunca había revelado mayores detalles acerca de lo que había hecho antes de llegar a Relthar. No hasta que encontramos La Joya, aunque, sobre todo, contaba aquellas historias acerca de los Sombrero de Paja, a quienes parecía idolatrar.

Cuando Bettum reaccionó de aquella manera, me quedé mirando el lugar por donde se había marchado con cierto nerviosismo. Nunca lo había visto así y no sabía qué hacer. Tardé varios minutos en levantarme y decidirme a seguirlo para preguntarle de veras qué estaba pasando. Dejé el libro cerrado sobre el pedestal en el que iba encajado el timón, y bajé, con calma pero sin perder tiempo, por la escalerilla dispuesta para poder acceder al barco.

Cuando abandoné mi dique seco, el que yo había acondicionado para mis proyectos personales, no encontré a mi maestro por ninguna parte. Interrogué a Pimfry con la mirada y él me señaló hacia la oficina principal, donde raras veces entraba el jefe, que se sentía más cómodo entre barcos que entre papeles.

– ¿Qué ocurre? – me preguntó Nora. – Me ha sacado del despacho…

– Eso quisiera saberlo yo – resoplé, mientras me acercaba a la puerta. – Se ha puesto así de…

– Está hablando por el Den Den Mushi…

– ¿Él? ¿Por un Den Den Mushi? – me giré extrañado. – Si desde que llegaste no toca uno… Odia a esos bichos.

– A mí también me ha pillado de sorpresa, pero es la pura verdad.

– Ahora sí que estoy preocupado.

Giré el pomo de la puerta y la entreabrí.

– ¡Estoy ocupado! – gritó antes siquiera de que pudiera asomar la cabeza para ver lo que pasaba.

El Den Den Mushi estaba canturreando una melodía bastante conocida, de esas que ponen en los grandes negocios mientras te mantienen en espera.

– ¿Sí? – preguntó el animalillo después de dejar de tararear.

– ¡Iceburg! ¡Soy yo!

– ¿Bettum?

– El mismo que viste y calza – gruñó él. – ¿Se puede saber en qué narices está pensando Pauley?

– No te entiendo…

– ¡La Joya! – gritó Bettum. – ¡La Joya de la Corona! ¡Está en Relthar! ¡En mi astillero!

– ¡¿Qué?!

– Lo que oyes – asintió, como si su interlocutor pudiera verlo. – Mi chico se lo burló a Slovod y a sus hombres hace cosa de un año… ¿Se puede saber cómo llegó a sus manos?

– ¿Los Cosacos? – murmuró la voz del que debía ser el más famoso carpintero de barcos de todo el Grand Line. – Eso lo explica todo…

– ¿Explica el qué?

– Es una larga historia… – comentó, críptico, Iceburg. – Y no te la puedo contar por aquí.

– ¡Iceburg!

– Vas a tener que venir hasta aquí…

– ¡Mierda, Iceburg! – protestó el viejo. – ¡Sabes que no puedo pisar Water 7!

– Haré un par de llamadas y arreglaré eso – respondió. – Tú espera noticias mías…

– ¡No quiero esperar noticias de nadie! ¡Sólo te informaba de que ahora mi chico y yo nos encargamos del barco a partir de ahora!

– Nunca cambiarás – dijo entre risas Iceburg. – De todas formas trataré de arreglar eso por si acaso…

La comunicación se cortó y Bettum le dio un golpe al Den Den Mushi como si él tuviera la culpa de todos el mal del mundo. Luego me miró y volvió la vista hacia unos papeles, como si fueran algo importante y que de verdad le interesase.

– ¿Me piensas explicar qué narices pasa?

– ¿No te he dicho que estaba ocupado?

– Y yo te he dicho cientos de veces que odio que me molesten mientras estoy leyendo…

– No estamos hablando de eso.

– Pero una cosa no quita la otra.

– Además, yo soy tu jefe… – argumentó, mientras se levantaba con intención de salir.

– ¿Qué es lo que pasa, viejo? – volví a preguntar, cortándole el paso.

Una sirena resonó en las proximidades. Se trataba de un dispositivo ideado por el maestro que indicaba la llegada a Relthar de algún nuevo barco. Nuestra discusión debía quedar aplazada, aunque sólo fuera por mantener la buena imagen delante de los clientes.

– Salvado por la campana – musité entre dientes mientras le dejaba pasar.

– ¡Chicos! – nos llamó Nora. – El crucero ha llegado.

– ¿El crucero? – preguntó Bettum, que había adoptado su amable expresión habitual, como si no hubiera pasado nada. – Pero si aún deberían quedar semanas para que llegara…

– Algo les debe haber pasado – comenté, tratando de recuperar yo también la normalidad. – Con tantas tormentas como está habiendo últimamente no es difícil que hayan variado el rumbo…

Se trataba de un extraño crucero organizado desde Arabasta para la gente rica del Grand Line. Se dedicaban a viajar por pequeñas islas, casi desérticas, de escaso nombre. Algunos de sus pasajeros nos miraban como auténticos salvajes, indignos de vivir en el mismo mundo que ellos, pero, por suerte, con ellos apenas teníamos contacto y la tripulación, que apenas había variado desde la primera vez, estaba formada por gente realmente admirable y simpática.

Habían comenzado a venir a Relthar hacía ya cinco años y aquello había atraído a algunos habitantes de las islas vecinas hacia nuestra pequeña parcela de tierra, dándole una mayor vitalidad. Un matrimonio joven, que había estado trabajando en un barco mercante que había recalado allí por la misma época que el crucero, había abierto una cantina no muy lejos del astillero. Desde hacía dos años había también una pequeña tienda de souvenirs para los turistas, que regentaba una señora gorda y con aires de grandeza que sólo pasaba en Relthar las semanas estrictamente necesarias para hacer fructificar su negocio. Aquel año aún no había llegado.

– Pobre Señora Manif… – dije irónico.

– Este año no va a ver ni un miserable Berry – completó entre carcajadas Pimfry.

junio 12th, 2008

Parte de Trabajo 01: La Joya de la Corona


Parte de Trabajo 01: La Joya de la Corona

– ¡Chaval! – gritó el viejo Bettum. – ¡Ven a reparar esto!

Levanté la mirada de los libros y miré fijamente al capataz del pequeño astillero donde trabajaba. Sabía perfectamente que no me gustaba que me molestasen mientras leía y aún así siempre buscaba la más mínima excusa para traerme de vuelta al mundo, a la cruda realidad de aquel humilde taller cuya calidad no tenía nada que envidiar a los grandes astilleros de Water 7 pero que a mí me resultaba claustrofóbica.

– ¿Qué pasa ahora? – pregunté, acercándome al pequeño grupo que se había congregado junto a Bettum.

Había dos hombres bien trajeados junto a él que alzaron sus cabezas para mirarme en cuanto me acerqué a ellos. Daban la impresión de ser aquel tipo de comerciantes poco honrados que se movían por aquellas aguas, estafando a los pobres pobladores de las islas del entorno. Les dediqué una mirada de desprecio y me giré hacia el barco para examinar qué tipo de daños debía reparar.

– Este es Rido, mi aprendiz – dijo mi maestro, henchido de orgullo. – Aunque lo de aprendiz es ya sólo un título. Creo que ya no puedo enseñarle nada más.

Mientras escuchaba sus adulaciones sin prestarle mucha atención, me puse las gafas y comencé a examinar el bote. Realmente, aunque la fama se la llevaran los piratas, había conocido algunos mucho, muchísimo más honrados que aquellos ladrones de guante blanco que se saltaban cualquier tipo de norma ética. Y aquellos tipejos no se merecían una embarcación como aquella, hecha con las mejor de todas las maderas y muy resistente. Si pudiera…

– Jefe… con esto no se puede hacer nada – mentí, con la esperanza de que me siguiera el juego y de que los comerciantes no tuvieran verdadero conocimiento.

Afortunadamente unas pequeñas grietas sin realmente importancia en la quilla del barco me ayudaron en mi treta. Eran la excusa perfecta para convencerles de que su barco, su gran barco con sólo unos cuantos arañazos para nada importantes, no estaba para volver a surcar las turbulentas del Grand Line. Si querían seguir con sus fraudulentos negocios, al menos que pagaran un pequeño impuesto.

– ¡Pero…!

– ¿Han encallado recientemente? ¿Una tormenta más allá de lo normal? ¿Un bombardeo? – les pregunté, sin dejarles protestar. – Fíjense… Estas grietas de aquí… y estas de aquí abajo… – hablaba muy rápido y sin parar para no dejarles pensar, tal y como me había enseñado mi maestro cuando se trataba de convencer a alguien. – Son signo de daños estructurales. Arreglarlo sería casi como construir un barco nuevo y si siguen con esto así… no sobrevivirían la próxima vez que les cace una tormenta en alta mar.

– ¿Estás seguro? – preguntó Bettum.

– Completamente, jefe – contesté. – Ni siquiera trabajando los dos juntos podríamos hacerlo…

Algo en los ojos del viejo me indicó que había entendido mis intenciones e inmediatamente comenzó a seguirme el juego. Con sus grandes dotes para el comercio y el engaño, nada tenía que envidiarle a aquellos hombres de negocios y enseguida vio la oportunidad para venderles una nueva embarcación, adornada con todos los lujos del mejor carpintero de barcos de aquella parte del Grand Line, que nada tenía que envidiarle al mítico Tom, el carpintero que había construido el barco del primer Rey de los Piratas. Él mismo había sido un pirata, o eso decían alguno de los habitantes más ancianos de la isla, pero hacía muchos años que había llegado a Relthar y había montado aquel astillero.

Quizás por eso, por los rumores que hablaban de su pasado como pirata y por la fama de sus habilísimas manos, no eran pocos los criminales de una u otra clase que llegaban hasta allí para hacer reparaciones, en lugar de arriesgarse en las aguas de Water 7, donde la prosperidad solía atraer a Marines y piratas por igual y lo convertía en un lugar no tan seguro como muchos de nuestros clientes habituales hubieran querido.

– ¡Pimfry! – grité, llamando al nuevo aprendiz que trabajaba en el taller. – ¡Coge a los chicos y descargad lo que lleve dentro! ¡Luego llévate a este pequeño a mi dique seco!

Regresé a la pequeña oficina en la que tenía todos mis libros y recogí mi martillo. Había sido un regalo personal de Bettum cuando consideró que estaba preparado para dejar de ser un aprendiz, aunque yo siguiera manteniendo aquel título por mero formalismo. Lo extraño era que no era uno corriente, sino que parecía más bien un martillo de batalla. Para colmo, una de las caras del martillo era realmente la hoja de un hacha. Por su construcción era un poco incómodo usarlo como herramienta de trabajo, pero solía llevarlo encima cada vez que me disponía a trabajar en un barco, aunque sólo fuera por su valor sentimental.

– Me gustaría vigilar el traslado de la carga – musitó uno de los dos hombres que habían estado con Bettum al pasar por su lado.

– Como si quiere ponerse medias rojas… Haga lo que quiera…

– ¿Piensas repararlo, chaval?

– ¿Usted cree que con esto puedo reparar algo? – respondí, mostrándole mi arma. – Más bien todo lo contrario, ¿verdad?

– ¿Entonces?

– Los barcos merecen un respeto – sentencié. – Sólo espero que lo tenga en cuenta cuando se vaya de aquí en lo que quiera que le compren a Bettum… o que no vuelvan a pisar uno en su vida.

– ¡Espera…!

Pasé de largo y me dirigí por una de las puertas laterales hacia el dique seco en el que solía trabajar sin que nadie me molestara y esperé a que Pimfry me trajera el bajel de aquellos comerciantes. Repararía los pequeños estropicios que tenía y luego ya pensaría qué haría con él. El chaval tardó varias horas en vaciar el contenido de las bodegas, pero, una vez completada esa tarea, el navío estuvo preparado para que pudiera comenzar a trabajar en él, pero antes de empezar a hacer cualquier reparación debía entender el bote. Cada embarcación es un mundo y a cada una había que tratarla como merecía, “mejor que a tu amante”, como solía decir Bettum.

Me subí a la cubierta y la recorrí. La tripulación de la flota comercial debía ser muy grande y probablemente hubieran elegido llevar un galeón imponente como aquel para recortar costes y aparentar más. Ciertamente, lo menos que podía pretender el dueño de una maravilla como la que tenía ante mis ojos era pasar desapercibido. Una belleza como aquella impresionaba a cualquiera, y yo no era menos.

Los dos mástiles con los que contaba parecían dañados, probablemente por alguna de las tormentas que se venían produciendo con mayor frecuencia en los últimos meses, pero eran daños sin importancia que no me llevaría nada de tiempo reparar, igual que los daños que habían sufrido algunas de las bodegas, seguramente por los desplazamientos de la carga en momentos de fuerte marejada.

Abandoné el barco e inspeccioné la quilla con mayor detenimiento que en la pequeña inspección que había hecho delante de los clientes. Me llevé una agradabilísima sorpresa al darme cuenta de que estaba equivocado: las grietas no eran tales, sino arañazos que apenas habían afectado a la madera, aunque parecieran más importantes de lo que en realidad eran…

De todas formas… ¿Dónde habían metido aquel barco? ¿Qué habían hecho con él para dañar de aquel modo aquella madera cuasi-incorruptible? Si se tratara de un barco de la marina, o de unos piratas lo habría entendido, las situaciones en las que se veían envueltos no eran las mejores para un navío, pero eran comerciantes, burgueses adinerados cuyos problemas solían darse en tierra, no mar adentro. Desde luego, habría fallado en identificar los daños en aquel análisis superficial, pero no había errado en mi diagnóstico: aquellos estafadores de poca monta no merecían ni por asomo navegar en un barco como aquel.

Si eran capaces de dañar de aquella manera un barco hecho con la madera del árbol Adam… ¿qué podrían hacer con uno normal? Estaba decidido, bajo ningún concepto permitiría que volviera a las manos de los nuevos clientes de Bettum. Seguro que ya les había vendido algún plano magnífico de aquellos que tenía guardados en su archivo personal. Aunque la mayor parte estaban pensados para embarcaciones piratas y eran mucho más pequeños que su barco, había alguno de aquellos planos dedicado a aquel otro tipo de clientes. Y tenía la impresión de que el precio no les importaría mucho.

Salí de la parte inferior del barco y lo rodeé lentamente fijándome en todos los detalles. El castillo de popa era impresionante. Desde fuera parecía una mansión digna de un multimillonario, con la madera labrada formando escenas con todo lujo de detalles. En el centro destacaba una, la ejecución de Gol D. Roger en Logue Town. ¿O quizás era la de Luffy Sombrero de Paja? No. Definitivamente se trataba de Roger, Monkey D. Luffy había llevado su característico sombrero hasta el mismo patíbulo.

En otros cuadros, más pequeños estos, había otras escenas de la historia de la piratería, algunas más recientes, otras más antiguas. Pero, sobre todo, llamaban la atención los rostros esculpidos con todo detalle en los “marcos” de cada una de aquellas escenas. Todo correspondían a piratas que habían dejado su huella en la historia: Barbarroja, Gol D. Roger, Rayleigh, Shanks el Pelirrojo, Barbablanca, Barbanegra, Sombrero de Paja y toda su tripulación, Kaidou, Puño de Fuego, Don Flamingo, Eustass Kidd…

¿Quién habría construido aquel barco que parecía más bien una enciclopedia? Entre aquellas caras había Emperadores, Shichibukais, sus subordinados y los tres hombres que habían sido merecedores del título de Rey de los Piratas, aunque las leyendas que giraban en torno al cruel y sanguinario Barbarroja nunca se refirieran a él como tal. Y todos tallados con una precisión asombrosa, como si el autor los hubiera conocido a todos, como si hubiera revestido de madera sus rostros…

Madera del árbol Adam, aquel perfectísimamente labrado castillo de popa… pero lo que más destacaba era el mascarón de proa. Dos preciosas sirenas plateadas sostenían en sus manos una corona dorada engarzada con joyas. Tuve que subirme a la cubierta para observarlo más de cerca. Estaba construido de verdad con plata y oro y las piedras preciosas eran reales. Era un tesoro en forma de barco. Increíble. En los años que llevaba viendo barcos ir y venir nunca había visto nada igual.

Examinando más de cerca la corona, que parecía atraerme como las moscas son atraídas por la miel, pude ver que en el interior llevaba una inscripción todo alrededor. Casi me caigo al intentar leerla, pero al fin pude ver que decía: “Esta es la verdadera corona: la del Rey de los Piratas. Sólo él podrá tomar posesión de mí. Sólo a él le serviré en cuerpo y alma”.

– Sabía que no cometerías la estupidez de dejarle este barco a esos farsantes – habló Bettum desde la puerta. – Hacía tiempo que no lo veía. Me pregunto cómo lo consiguieron…

– ¿Lo habías visto antes?

– La Joya de la Corona, el último barco que construyó Iceburg – dijo mientras asentía. – Él y Pauley lo diseñaron para Sombrero de Paja cuando regresó a Water 7 después de convertirse en Rey de los Piratas. Yo les ayudé a construirlo.

– Pero el Thousand Sunny

– Sombrero de Paja nunca llegó a usar La Joya. De hecho, el barco no llegó a salir de Water 7 – se encogió de hombros. – Pauley asumió el compromiso de custodiarlo hasta que Luffy lo reclamara para sí… No sé cómo ha llegado a manos de esos… – suspiró. – ¡Pimfry! ¡Trae mis herramientas!

– ¿Qué haces?

– ¿No es obvio? – se encogió de nuevo de hombros. – Vamos a trabajar juntos en esto.