Parte de Trabajo 08: Nakamas
– He vuelto… – anunció Franky desde la entrada de la bodega.
– ¿Traes las herramientas? – le pregunté.
– Sí.
Habían pasado ya varios días, una semana aproximadamente, desde el día en que llegamos a Serafia tras varias semanas de navegación. Después del incidente a bordo del Starsy, había pasado un par de días en el limbo de los justos, durmiendo casi todo el tiempo y permaneciendo en un inerte estado de duermevela en el que apenas tenía la lucidez suficiente para reconocer algunas sombras a mi alrededor.
Y sólo eran sombras lo que recordaba de lo que había ocurrido en el barco de la Marina, como si una densa niebla se empeñara en evitar que fueran reveladas. Sin embargo, las escasas imágenes que se aparecían fugazmente en mi memoria eran suficientes. No me reconocía en aquellas visiones casi macabras. Era imposible que aquel fuera yo, pero el recelo que residía, a pesar de lo mucho que trataban de disimularlo, en la mirada de mis compañeros de aventura no hacía más que confirmar mis sospechas.
Por eso llevaba casi desde que había abandonado aquel extraño estado de somnolencia recluido en las bodegas de mi nueva casa con la excusa de ir reparando pequeños desperfectos realmente inexistentes. Dormía allí, lo poco que conseguía hacerlo, y sólo salía a cubierta por las noches, cuando sabía que nadie me vería a parte de Ur, el pintoresco pájaro que acompañaba a Seastone a todas partes. Rentarou solía estar haciendo la guardia nocturna, pero parecía respetar mis deseos de soledad y no se acercaba.
Me gustaba pasar las noches allí. Tumbado sobre la sirena que daba forma al mascarón de proa contemplaba el firmamento y me dejaba llevar lejos de allí entre la suave brisa marina. Al menos tenía la agradable sensación de que las estrellas no me juzgaban por mis actos y podía relajarme durante un buen rato antes de caer rendido y regresar de nuevo a mi refugio.
Dos días antes de llegar a nuestro destino, Franky había bajado a la bodega para explicarme sus proyectos para la Joya una vez alcanzáramos Serafia, el lugar de nacimiento del que todos consideraban el Capitán del Barco, que parecía el destino ideal para pasar desapercibidos al menos una temporada. La isla estaba fuera del Grand Line, en el East Blue, el mar que había visto nacer a las grandes leyendas de la piratería, de donde habían surgido Luffy Sombrero de Paja y Gol D. Roger. Además, las fantásticas vistas que, según Eratia, había de Reverse Mountain, eran un indicio de lo fácil que sería retornar al mar en el que me había criado cuando llegase el momento oportuno.
Su proyecto, que había comenzado a poner en marcha cuando aún estábamos en Relthar, consistía en un complejo sistema mecánico que nos haría disponer de distintos utensilios rápidamente en alta mar. Su idea parecía demasiado excéntrica pero, al parecer, era una perfección de algo que ya había puesto en práctica en otra ocasión y los planos parecían coherentes. Trabajar en algo como aquello me vendría bien para mantener la mente ocupada.
– ¡¿Pero qué?! – exclamé cuando me di la vuelta para ver las nuevas herramientas.
Franky había ido al pueblo a por ellas, pero no se había conformado con ello. Había vuelto con un extraño cambio de look. Había abandonado su barba y su viejo mono de trabajo por un tupé, unas gafas de sol y una camisa amarilla con un estampado de bastante mal gusto. Pero eso no era lo más sorprendente de todo.
– ¡¿Qué mierda ha pasado con tus pantalones?!
Lo más sorprendente de todo era que de cintura para abajo sólo vestía un pequeñísimo tanga.
– ¿Qué quieres decir? – se hizo el loco.
– ¡¿Cómo que qué quiero decir?! – respondí. – ¡Quiero decir que estás medio desnudo!
– Ah, eso…
– Déjalo… – meneé la cabeza. – Mejor… No, no quiero saberlo.
– Porque puedo explicártelo muy sencillamente.
– Definitivamente, no quiero saberlo no… – seguía diciendo yo por lo bajo.
Mientras tanto, Franky había ido colocando las herramientas en el suelo de forma ordenada y las contemplaba con una sonrisa en la cara, como si estuviera visualizando perfectamente lo que iba a hacer con ellas no mucho después.
– ¡Súper! – exclamó de pronto.
– ¿Súper? – lo miré extrañado.
– ¡Vamos a terminar el Soldier Dock System! – continuó cogiendo una llave entre sus manos. – ¡Cuando lo completemos, sólo dos barcos en la historia lo habrán llevado!
Los trabajos que mi maestro había llevado en secreto en Relthar facilitaron la tarea, pues todos los preparativos estaban ya dispuestos para cuando nos pusiéramos a trabajar en ello seriamente. Sin embargo, una reforma como aquella comprometería la posibilidad de navegar, y, por tanto, de huir, durante lo que durara la transformación de nuestra embarcación.
– ¿Has visto esto? – comentó, sacando un periódico de debajo de su camisa, cuando habíamos decidido dejar el trabajo al tercer día de nuestra empresa.
– ¡Es el Belladona!
El primer barco en el que había trabajado como un carpintero de verdad y no como un mero aprendiz era propiedad de la mujer cuya foto aparecía junto a la de la fantástica nave, una de las piratas más temidas de todos los mares, Bianca, una de las Cuatro Emperatrices que gobernaban el mundo de los piratas más allá del Red Line. Realmente era casi perfecto, comparable a la Joya. Rápido, resistente, capaz de cumplir el propósito para el que el gran carpintero de Relthar lo había construido. Y ahora se dirigía hacia aquella zona del East Blue, al archipiélago donde estaba Serafia.
– ¿Qué vendrá a hacer aquí?
– No tengo ni idea, – bufó – pero eso significa que esto se va a comenzar a infestar de Marines. Seguramente enviarán a todo el pelotón de Red Village…
– Eso significa que debemos darnos prisa – pensé en alto.
– Sí… Calculo que en… tres o cuatro días lo tendremos listo.
– ¿Tú crees?
– Estoy convencido – aseveró mientras comenzaba a caminar hacia la salida de la bodega. – Ven. Vamos a explicárselo a los demás.
– No sé si…
– Mira, chaval – se giró. – Si no sales, te volverás loco; si no te enfrentas a tu problema, te volverás loco; y si pretendes hacerlo solo…
– Me volveré loco – concluí. – Lo capto. Pero…
– Pero ahora vas a salir ahí fuera conmigo y vamos a explicarle esto a los demás – sentenció, sin dejarme oportunidad de réplica. – Ten en cuenta que tu vida está en sus manos… y viceversa.
La luz del sol cayendo tras el horizonte me dio de lleno en los ojos y me cegó ligeramente cuando, por primera vez en mucho tiempo, pisé la cubierta a la luz del día. A muchos de mis compañeros no los había visto desde que me había recluido en las profundidades del barco y con los demás no había cruzado palabra. Pero Franky tenía razón. Había que ponerle remedio a aquello.
El viejo carpintero llamó a todo el mundo, que poco a poco se fue congregando a nuestro alrededor.
– Esto… yo… Yo no…
La lengua se me trabó y una pelota de remordimientos se apoderó de mi garganta. El estómago se me llenó de nudos y los músculos se me atenazaron terriblemente. La vida fuera de la seguridad de Relthar, donde reinaba la tranquilidad por encima de todo aún a pesar de las curiosas ocupaciones de nuestros clientes, amenazaba con no merecer la pena por aquel simple trance.
– No pasa nada – terció Rentarou, con una media sonrisa que trataba de ocultar una cierta desconfianza. – Todos cometemos errores.
– Ya, pero…
– Será mejor que no pensemos ahora en eso, Carpintero – me interrumpió Robin.
– Sí… pronto la isla estará infestada de vuestros amigos los de blanco – dijo Franky, señalando a los dos ex-marines y dejando el periódico sobre uno de los barriles de provisiones. – Parece que el Belladona viene hacia aquí.
– No puede ser… – murmuró el antiguo Capitán. – ¿Una Emperatriz en East Blue?
– Debemos salir de aquí cuanto antes – opinó Estella.
– La cuestión es que el barco aún no está del todo listo para navegar – comenté. – Como mucho… podríamos parchearlo para que pueda aguantar hasta la siguiente isla… pero no irá ni todo lo rápido que puede ni aguantará un…
– Vamos, que la cosa está jodida…
– Pero supongo que alguien que ha pasado Xarmentes… – sugerí, mirando a Eratia.
Pero el navegante no parecía estar en nuestro mundo. Su mirada se había perdido, absorta, en la foto de Bianca, la reina albina del otro lado del Grand Line al que llamaban Nuevo Mundo. En sus ojos había una expresión de sorpresa y de cierto temor que para nada parecía casar con un hombre que había vivido lo que me había relatado en la celda del Starsy.
– No puede ser – balbuceó titubeante. – No…
– ¿Qué pasa? – le preguntó Seastone.
– Shenka…
Sin decir nada más, se dirigió rápidamente a su camarote mientras Mei-Lian se hacía con el recorte de periódico entre sus manos y examinaba detenidamente el retrato. Luego lo agitó y no pudo reprimir un agudo chillido de emoción.
– Esto quiere decir que él también estará aquí – rió ilusionada antes de comenzar a bailotear por toda la cubierta. – ¡Estará aquí!
– ¿Pero qué…?
– Shenka era la Capitana de la tripulación en la que estaba Eratia – expliqué. – Supongo que…
– ¿Qué esa Shenka y Bianca son la misma persona? – completó la doctora.
– Sí… Si no… No lo entiendo…
Ante tal revelación, un tenso silencio sólo roto por el entusiasmo de nuestra cocinera, que seguía correteando por el barco, se apoderó de nuestra conversación. Nos miramos unos a otros sin saber qué decir. Nuestro navegante y el hombre al que tácitamente todos seguíamos como a nuestro líder había sido parte fundamental de la tripulación de una Yonkou.
– Interesante – murmuró Robin rompiendo el mutismo con su perenne media sonrisa dibujada en la cara. – Muy interesante…
– ¿Qué vendrá a hacer aquí?
– Eratia vivió aquí – dijo Seastone. – Probablemente vengan a buscarlo.
– Menuda coincidencia – protestó Franky. – Justo lo que nos faltaba. Más problemas… ¡Chaval!
– Sí, lo sé – resoplé. – Habrá que currar como unos condenados.
– ¿No estamos adelantando acontecimientos? – preguntó Rentarou. – Es decir… aquí Bianca lleva una máscara. ¿No es posible que simplemente se parezcan?
– Eso habrá que preguntárselo a Eratia – contestó mi maestro. – Pero cualquier precaución es poca…
La noche se cernió sobre nuestras cabezas mientas discutíamos cuál iba a ser nuestro siguiente paso. Eratia seguía encerrado en su camarote y nadie se había atrevido aún a ir a hablar con él y preguntarle por la situación en la que nos encontrábamos. Al final, la decisión fue que pospondríamos cualquier decisión hasta la mañana siguiente, en la que trataríamos de consultarlo con él. Al fin y al cabo, sólo él podía sacarnos de allí.
Como todas las noches, me quedé mirando las estrellas acostado sobre el lomo de la sirena. La noche seguía siendo bastante clara, como las anteriores, pero unas nubes comenzaban a asomar por el horizonte amenazando con enturbiar mi contemplación del firmamento, como si aquello significara la que nos venía encima.
Haber salido de mi encierro y haberme enfrentado a mis compañeros había sido un tremendo paso adelante, pero si una de las Emperatrices buscaba a Eratia eso sólo podría suponer problemas. Habíamos conseguido pasar inadvertidos hasta llegar a Serafia y habíamos permanecido bajo el radar de la Marina durante varios días en aquella isla. Ahora toda aquella tranquilidad que tanto habíamos anhelado parecía venirse abajo.
– Eso que hiciste el otro día…
La voz de Estella me distrajo de mis reflexiones. Se había plantado allí, observándome por encima de sus gafas. La brisa mecía suavemente su melena del color del fuego y la cinta que llevaba atada a su cuello. Su expresión se debatía entre la vergüenza, el temor y la indecisión.
– ¿Tú tampoco puedes dormir? – la miré, cambiando de tema.
– No es eso… Es que ahora que has vuelto me preguntaba si…
– No sé qué pasó – confesé mientras me incorporaba y me sentaba, dándole la espalda, girado hacia la proa del barco. – No podría decirte… Era como si… como si yo no estuviera allí, ¿sabes? No puedo prometer que no volverá a suceder porque no sé qué era – me encogí de hombros. – Pero si por mí fuera no pasaría de nuevo.
– Quiero convencerme de que el Capitán se lo merecía, pero es que… – suspiró, mientras se sentaba en el espacio libre que quedaba a mi lado. – Fue algo inesperado.
– Ese hombre me había arrebatado mi vida – murmuré.
Dejé de hablar y me quedé mirando fijamente el horizonte, a la isla de Serafia que se alzaba humildemente delante de nosotros. Era la primera vez que hablaba de lo ocurrido y, de alguna manera, notaba como si me estuviera sacando un gran peso de encima. Me sentía más cómodo ahora, no sé si por el menor peso que cargaba sobre mis hombros o porque estaba en compañía de Estella, cuya sola presencia irradiaba bondad.
– Y aún no sé por qué lo hizo. Recuerdo que lo tenía ahí delante y sólo podía ver su cara cuando ordenó prenderle fuego al astillero…
– Cobijabais a criminales…
– Sobrevivíamos – le contradije. – Era lo único que hacíamos. Puede que nuestros clientes no fueran honrados… pero no todos son unos carniceros desalmados – me encogí de hombros. – A muchos no les ha quedado otra opción…
– Pero…
– Mírate – le señalé. – Ahora eres una pirata, como yo… ¿Hicimos algo malo?
– Bueno, la verdad es que…
– Sí, ya sé que yo hice algo espantoso – asentí. – Aunque no recuerde qué pasó…
– Mejor así – sonrió tímidamente, por primera vez. – Es de esas cosas que es mejor no recordar.
– De acuerdo – le devolví el gesto. – Pero a lo que iba, ya me había convertido en un criminal antes de eso. Sólo por defender mi hogar y tratar de evitar que mataran a Mei-Lian…
– ¿A Mei-Lian?
– Ese Teniente, Arakeist…
Le expliqué todo lo que había pasado en el astillero antes de que ella me hubiera apresado y por su expresión intuí que cada vez estaba más convencida de la decisión que había tomado al ayudarnos a huir delStarsy y subirse a la Joya con nosotros.
– Soy una pirata…
– Increíble, ¿verdad? – sonreí.
– Sí – rió.
– Los piratas usan una palabra, “nakama” – comenté. – Un nakama es aquel que está dispuesto a dar la vida por ti, o eso dicen.
– Creo que ahora somos nakamas, ¿no?




