Soy consciente de que con este post es muy posible que me meta en un berenjenal de muy padre y señor mío, pero es un tema que me viene rondando en la cabeza durante los últimos días y que quiero compartir con vosotros. Así, de paso, no todo es Akano y series y demás, que últimamente este blog se está volviendo un poco temático.

Mi reflexión quiere partir de lo que ha venido sucediendo en el Magreb y en Oriente Medio en las últimas semanas y especialmente en los últimos días. Es decir, de los conflictos sociales que comenzaron en Túnez y que ya se han extendido a Egipto y Yemen. Y al parecer también Siria se está poniendo, aunque de esto último no he leído más que un tweet perdido y que no se refería a la situación social en sí, sino al acceso a las redes sociales.
El Islam – entendido como el conjunto de países que comparten la tradición árabe-mulsulmana y no como la religión – está que arde; de hecho, una de las grandes potencias estratégicas de la zona, Egipto, está literalmente ardiendo. Y se nos dice repetidamente que toda esta movilización tiene como objetivo que es en búsqueda de una situación más democrática frente a las “falsas democracias” y a los dictadores que se han apoltronado en sus puestos hasta 20 y 30 años. Eso se nos dijo en Túnez y en el caso de Egipto, aunque no se ha hablado tanto de los motivos y siempre se ha visto como contagio de lo de Túnez, estamos más o menos en la misma situación. De Yemen aquí no se habla mucho, pero entendemos que sí.
Que unos países como los árabes, que tienen una idiosincrasia tan particular y tan distinta a la nuestra, occidental, decidan salir a la calle y luchar por la democracia es algo histórico. Histórico, alentador y esperanzador. Y no podría ser de otra forma. Pero, personalmente me da miedo, por dos razones, de ahí el título del post.
La primera de ella es la inestabilidad política que se está extendiendo en la zona y que no beneficia a nadie. Sobre todo teniendo en cuenta que estos países están rodeados (o en la órbita, como quería) por regímenes de la calaña de Marruecos, Irán y Arabia Saudí y por situaciones tan excepcionales como la de Irak, Afganistán o el conflicto israelí-palestino. Eso sin contar con la sombra de Al-Qaeda en el Magreb islámico.
Esa es la segunda de las razones: el aprovechamiento que de esto pueden hacer los sectores más fundamentalistas del islamismo. Porque ya se han ido posicionando al parecer, distintas facciones, tanto en Túnez como en Egipto. Y es en el contexto de esta crisis cuando hemos vuelto a escuchar al ínclito Osama Bin Laden.
Y es quizás la que más me preocupa. Sobre todo teniendo en cuenta que esto se produce también en un contexto de persecución a las comunidades cristianas, católicas y de otras confesiones, del que hemos tenido noticias no hace mucho. Tanto en Irak como en Egipto. Son colectivos bastante olvidados, que quedan en medio de toda la conflictividad y están bastante desprotegidos.

Ojo. Con esto no quiero culpabilizar ni instigar a nadie contra el Islam ni mucho menos, sino hacer una advertencia contra el fundamentalismo. No sólo contra el islámico. El fundamentalismo es esa corriente que convierte la fe y la religión en ideología. O mejor dicho, disfraza de fe lo que no es más que una ideología política radical y muchas veces violenta, aunque sólo sea verbalmente. Y precisamente por aparentar ser lo que no es resulta extremadamente peligroso.
Ahora lo vemos, desde el 11-S, con el prisma árabe y, sobre todo, a través de la amenaza de Al-Qaeda. Pero el fundamentalismo es un peligro que amenaza a todas las religiones. Lo tenemos presente en muchas comunidades cristianas protestantes como la del pastor del Florida que quemaba Coranes contra la mezquita de la Zona Cero, y lo seguimos teniendo también metido “dentro” de nuestra Iglesia, en ciertos sectores.
El fundamentalismo envilece y distorsiona el mensaje de las religiones. No sólo hacia fuera, sino también hacia dentro. Porque lleva a confundir lo que es con lo que no es, la esencia con o accesorio. Y radicaliza posturas que son incorrectas y muy pocas veces las que son esenciales. Y así acabamos como acabamos, porque la radicalidad, el estar bien afianzado en unos principios y tratar de vivirlos en profundidad, es buena; el radicalismo, el llevar todo al extremo, cegarse y no admitir lo demás, es muy perjudicial.
De ahí toda esta reflexión. Lo que está sucediendo en Túnez, Egipto, Yemen… es esperanzador, pero no podemos dejar de lado que existe esa amenaza latente de que el proceso de esta revolución se lo apropien determinados colectivos. No sólo por el bienestar de esos pueblos, también por la seguridad internacional. Que no es moco de pavo, que lo que pasa en Oriente Medio no se queda, nunca lo ha hecho, sólo en Oriente Medio.
Las imágenes que ilustran este post están sacadas de El País y de Público.