Memorias 52 – Una de espías II (Banisher)
– Genial – protesté por lo bajo.
La situación difícilmente podría ya volverse peor. Rodeados por al menos medio centenar de expertos guerreros, depredadores increíblemente familiarizados con su misión y, lo que era aún más grave, conocedores de cada milímetro del suelo que pisábamos como si fuera parte de su propio cuerpo, acompañados, además, de una cantidad similar de lobos, las posibilidades de salir de allí ilesos eran nulas y las de sólo recibir heridas de escasa gravedad no parecían mucho mayores. No, empezar un combate en aquel momento era un suicidio.
En cuanto quise darme cuenta, tres hombres más nos rodearon a Gaby y a mí, mientras que, amenazados por una docena de aquellos hombres, nuestros compañeros habían adoptado una postura defensiva básica, espalda contra espada, con las espadas ya desenvainadas para repeler cualquier posible ataque.
– Parece que nos hemos metido en la boca del lobo – rezongó burlón Eliaz.
– ¿No puedes no hacer una broma? – le abronqué.
– Tenéis un amigo muy gracioso – protestó displicente el tal Uwe, que parecía molesto por el desafortunado chiste de mi amigo.
– No se podía estar callado, no – se quejaba por lo bajo Db. – Tenía que decir algo. ¡Eres increíble!
– ¡Silencio! – gritó nuestro captor. – Bien, creo que empezaremos por el graciosito para que los demás contemplen lo que les pasa a los que osan molestar a los Lobos.
– ¡Espera! – supliqué desesperado viendo como el cuchillo de combate de aquel hombre se dirigía ceremoniosamente hacia el rostro de mi amigo y se hundía en él provocando que comenzase a manar un hilillo de sangre.
– ¿Quieres que empiece por ti? – se giró amenazante.
– No, yo… – repliqué. – Tengo un presente para vosotros.
Me giré hacia Gaby, topándome con sus peculiares ojos, que escrutaban silenciosamente todo lo que estaba pasando. Su mirada estaba cargada de un cúmulo de emociones que iban de un absoluto temor a la más ilusionada expectación, pasando por la incomprensión y la indeterminación. Me preguntó con un silencioso gesto si estaba seguro de lo que hacía, a lo que yo respondí con la sonrisa más tranquilizadora que conseguí esbozar en aquel momento.
Jugar aquella baza era nuestra última opción, según habíamos acordado en el momento de salir de la casa de mis padres. Insegura, aunque aparentemente más tranquila por mi gesto, Gaby se llevó la mano a la espalda y sacó, pasando por alto las recriminaciones de sus custodios, la espada del lugar donde la tenía escondida. Desenrolló el paño que contenía el arma y se la presentó al líder de los depredadores, que la miraba atónito.
– Esa… Esa es… – murmuraba, al igual que todos los presentes.
– Es Roter Wolf, la espada de mi padre.
Con un imperceptible gesto, Uwe indicó a sus hombres que nos rodeaban que bajaran la guardia y nos dejaran relativamente libres. Inmediatamente, correspondimos a su gesto relajando también nosotros nuestra posición y esperamos un nuevo movimiento por parte de aquella gente.
– Entonces, ¿podemos irnos? – preguntó Krunzik.
– ¿Iros? – se rió abiertamente nuestro interlocutor.
– Creía que…
– Dudo que nos hayáis entendido – repuso. – Simplemente, no os vamos a matar… por ahora.
– ¿Pero vuestras leyes no…? – comencé a replicarle, provocando un gesto de asco en él.
– ¿Leyes? ¡Qué sabrás tú de nuestras leyes!
– Pero mi padre…
– Tu padre, señorita, tu padre era un traid…
De repente, la frase de Uwe fue ahogada por la sorpresa de tener en su cuello la espada de la heredera de su antiguo líder, amenazante, cuando una ínfima fracción de segundo antes la joven se encontraba a varios metros de él.
– ¡Gaby! ¡No! – le gritó su mejor amiga.
– Krunzik tiene razón – le instó Db. – Moriremos si lo haces.
Nuestros adversarios tomaron nuevamente posiciones. El inmenso ejército que nos rodeaba estaba ahora bastante más cerca que cuando lo vimos por primera vez y los hombres que nos habían apresado volvían a amenazarnos con sus armas, aparentemente rudimentarias pero templadas al fuego de la supervivencia.
– Vaya, vaya. Parece que queremos jugar – murmuró al fin en un tono extremadamente confiado. – Bastaría con que brotara una sola gota de sangre de mi cuerpo para que no tengan piedad de vosotros. Tardarían menos de lo que vosotros podáis imaginar en reduciros a sangre y huesos.
– No vuelvas a despreciar a mi padre…
– Qué bonito el amor filial – se burló mientras apartaba soberbiamente la espada de su cuerpo. – ¡Apresadlos!
– Luna de Devastación – sugirió Eliaz.
– ¿Estás loco? ¡Somos cinco! Ni siquiera tu súper-escudo podría protegernos a todos.
– ¿Prefieres que nos cojan?
– Por lo de pronto es mejor así – contesté, dejando que me ataran.
– Ya que tanto os interesan nuestras leyes, os llevaremos ante el Caudillo – anunció. – Él decidirá qué hacer con vosotros.
– Genial…
Escoltados por tan amable comitiva, fuimos despojados, no sin interponer cierta resistencia, de nuestras armas y conducidos a través de las montañas hacia una especie de poblado situado en el centro de aquel macizo rocoso, un verde vergel que contrastaba con lo desértico de los alrededores. En él, un pequeño riachuelo surcaba el pueblo, abasteciéndolo de agua. Aquel era el lugar de los lobos, el hogar de la manada.
– Bonito lugar – murmuró Eliaz. – Os lo dije.
– No deberíamos haber dejado que nos cogieran las armas – se quejaba Db.
– No sólo necesitamos espadas para luchar – le tranquilizó por lo bajo su compañera.
– Tu casa, Gaby – le susurré al oído.
– Mi casa… – repitió ella, absorta en la contemplación de semejante paisaje.
Si tuviera que compararlo, diría que aquel conjunto, el valle, el poblado, recordaba a los poblados de la Alta Edad Media europea que describen las crónicas medievales. En todo el cuadro, la imagen estaba moteada de pequeñitos puntos pardos, cabañas que se situaban apiñadas a lo largo del río y en torno a un lugar común, una especie de plaza sobre la que dominaba una gran construcción, de madera como las demás.
Probablemente sería la residencia de aquel Caudillo ante el cual nos conducían o quizás, algún lugar donde se reunía la asamblea del pueblo para tomar las decisiones o realizar rituales de carácter religioso.
Así, mientras descendíamos de las escarpadas laderas hasta el frondoso valle, iba recuperando diversos complejos, lejanos ya, de antropología y analizando aquel poblado por si algún día pudiera servirme para mis clases. A pesar de las circunstancias en que nos encontrábamos, sabía que podíamos considerarnos privilegiados por poder acceder al sancta sanctorum de uno de los clanes más peculiares, numerosos y herméticos de toda la Sociedad de Almas.
Fue efectivamente hacia aquel gran edificio hacia donde nos arrastraron, paseándonos antes por todo el poblado, a la vista de la gente que profería insultos contra nosotros a cada paso. Una vez en la gran cabaña, nos hicieron pasar a una gran sala, de alto techo, en la que destacaba un grande aunque rudimentario trono de pieles que gobernaba el salón desde el fondo contrario a aquel en que se encontraba la entrada.
Por allí deambulaban libremente los lobos, que parecían constituirse, en consonancia con el propio nombre del clan, en algo teofánico, animales sagrados, quizás vestigios de una antigua tradición religiosa de carácter natural o druídico, con ese regusto a la Europa medieval que se respiraba en todo el ambiente y que ya he mencionado anteriormente.
Al cabo de una tensa espera, flanqueado por al menos una docena de aquellos animales, hizo su entrada en aquel palacio-templo el Caudillo, el líder de la manada, que venía seguido además, del mayor de los lobos que habíamos visto hasta entonces. Envuelto en una capa que cubría por completo su figura y oculto por una amplia capucha, aquel personaje resultaba atrayentemente misterioso.
Con solemne parsimonia tomó asiento en el lugar preferencial y, sin descubrirse, manteniendo ese halo de secretismo, llamó con un silencioso gesto de la mano a Uwe, indicándole que se acercase hacia su sede.
Así hizo el líder de nuestros captores, que parecía ponerle al día de lo que había ocurrido. Mientras tanto, paseé la mirada por la habitación, contemplando a mis compañeros, tan nerviosos como yo, incluso el siempre sereno y seguro de sí mismo Eliaz, y en todos los allí presentes, que parecían esperar con ansia un sangriento desenlace.
– ¡Tú! – exclamó al fin, señalando con su índice derecho a Gaby.
Con un violento empujón, el guardián que custodiaba férreamente a la hija del antiguo líder de la manada se encargó de que no hubiera duda de cuál era el mandato del encapuchado y consiguió que, trastabillándose, la Tercera Oficial de la Décima División alcanzara el centro de la sala, donde le esperaban unos nuevos lacayos del Caudillo.
– Así que esta es la hija del Kaiser… – comentó escéptico.
Lo poco que se podía contemplar de su rostro mostraba un cierto gesto de curiosidad morbosa mientras se levantaba y se dirigía al lugar que ocupaba mi amiga. Se quedó observándola fijamente, desde todos los ángulos, como si fuera su nuevo trofeo de caza.
– Este viejo nunca hace una a derechas – se burló. – Es una enclenque. ¿Estáis seguros de que es su hija? – preguntó a sus subalternos, sin siquiera dirigirnos la mirada a los demás presos.
– Eso afirma.
– Pues nadie diría que es la hija de un Caudillo…
– Mira quien fue a hablar – replicó al fin Gaby. – ¿Tan feo eres que no te atreves a mostrar tu rostro?
Una sonora carcajada fue la respuesta de aquel hombre a las provocaciones de mi amiga, que parecía haberse cansado del papel de víctima y había pasado al ataque verbal, reduciendo así nuestras opciones de salir airosos de aquella situación.
– Es igual de temeraria que su padre – comentó a la sala. – ¿Será igual también una traidora, una hipócrita…?
– ¡Cállate! – le interrumpió ella.
– Vaya, vaya – se reía el Caudillo a carcajadas. – Parece que la nueva cachorrilla tiene ganas de jugar. ¿Acaso crees que puedes hacerme callar?
– Pruébame – respondió provocativa.
– Impetuosa… Me gusta… ¿Sabes? No puedes mandarme callar porque tengo poder absoluto en este clan. Fue tu padre fue el que me lo dio.
– ¡Entonces no tienes derecho ninguno a insultarle!
– Claro que lo tengo – repuso mientras se quitaba la capucha, revelando el rostro de un hombre joven, ligeramente parecido a Gaby y casi una copia rejuvenecida de su padre. – Tengo todo el derecho del mundo, – le susurró al oído, en un tono maquiavélico – hermanita.
– ¡¿Hermana?! – exclamé, ganándome un aviso poco amistoso por parte del hombre que tenía a mi lado, que me golpeó con su arma.
– ¿Ni siquiera habías pensado en que podías tener un hermano?
– Hasta hace unos meses era una simple huérfana – murmuró Gaby visiblemente afectada por todo lo que estaba pasando. – Ahora resulta que soy la hermana del líder de este clan…
– ¿Creías que eras especial? – le increpó él, tratando de hundir aún más el dedo en la llaga. – La hija del Gran Capitán Wolf, el Gran Caudillo… Patrañas.
– Métete la lengua por el culo – replicó la oficial de más alto rango de entre nosotros, que comenzaba a perder la paciencia.
– ¡La heredera de la gran leyenda! – continuaba su hermano, haciendo oídos sordos a las réplicas de Gaby. – ¡Observadla! ¡Es la heredera del gran Kaiser! ¡Postraos y adoradla!
Acto seguido, se echó al suelo fanfarrón, imitando como si estuviera reconociendo la dignidad superior de la shinigami. Pero todo el mundo sabía que pretendía todo lo contrario. Aquel gesto era una burla a todo lo que Gaby significaba, una burla a todo lo que había cambiado en su vida y también en la mía en aquellos meses. Sin embargo, al mismo tiempo, no era más que una llamada de atención, una advertencia por si se nos ocurría convertirnos en individuos pretenciosos apelando, tanto ella como yo, a nuestra ascendencia. No en vano, éramos los descendientes de Kaiser Wolf y Akano Kumaru, pero hacía menos de un año éramos huérfanos, apátridas, sin un hogar y sin una familia más que nuestros compañeros de División.
– ¿Sabes? – prosiguió con su discurso tras levantarse. – Toda esta charla tiene un propósito muy claro. En otro caso, os habría matado sin dudarlo, pero lo quiera o no eres mi hermana y eso me pone en un brete. Eres de mi sangre y yo no soy mi padre, no traiciono a mi sangre. Por otra parte, que existas es un gran alivio, así podemos compartir juntos la carga de ser los hijos de tal bastardo.
Cada una de las palabras que pronunciaba acerca de su padre parecían dardos lanzados hacia un objetivo invisible y eran aplaudidas por los que asistían a semejante espectáculo, aunque no faltaban los gestos más reticentes a lo que afirmaba aquel hombre acerca del que hubiera sido su líder durante siglos.
– Así que, señorita heroína, no creas que por ser la hija del Kaiser vas a reinar sobre nosotros…
– Nunca fue mi intención gobernar este clan – contestó, aparentemente calmada, Gaby. – Ni siquiera quería venir aquí… aún.
– Hablas como si nos interesasen tus explicaciones – le interrumpió el Caudillo. – Atadla y llevadla al Trono – ordenó. – ¿Quieres reinar? Lo harás. Tendrás el honor de ejecutar a tus amigos.
– No tendrá ningún honor – irrumpió una voz. – Suéltala, Banisher.
El gentío se giró y abrió paso al hombre que había pronunciado aquella orden. El nuevo invitado llevaba unas ropas muy parecidas a las de Banisher, si es que ese era el nombre del Caudillo y se movía como si su dignidad era la misma… o como si lo hubiera sido hace mucho tiempo.
– Hacía tiempo que nadie me llamaba así, – murmuró sorprendido el hermano de Gaby – Padre.
– ¡¿Kaiser?! ¡¿Qué haces aquí?!
– ¡Apresadle!
Con un simple gesto, casi imperceptible, Kaiser Wolf se sacó de encima una decena de hombres que le atacaban. Ese era el poder de uno de los legendarios capitanes de su época, del hombre que había enseñado a combatir a generaciones y generaciones de shinigamis.
– ¿Es eso todo lo que os enseñé? – se burló el recién llegado.
– ¿Qué haces aquí?
– Tenía nostalgia… Y no podía dejar venir solos a unos cachorrillos como estos – explicó con su habitual gesto despreocupado. – Y ya que estamos… Esto es entre tú y yo, así que ellos ahora se van.
– ¿Crees que tienes algún poder sobre el clan? ¿Crees que tienes algún poder sobre mí? – preguntaba atemorizado Banisher. – ¡No lo tienes! ¡Te fuiste! ¡Me dejaste cuando sólo era un niño! ¿Qué haces aquí?
– Uwe – le llamó Kaiser.
– S… Sí…
– Esa espada que llevas en tus manos… ¿De quién es?
– S… Suya.
– ¿Entonces por qué está en tus manos y no en las mías?
Al instante, el líder de nuestros captores, como un perro obedece la orden de su amo, acató el mandato del antiguo Caudillo y se apresuró a entregarle a Roter Wolf, que brilló con un aura encarnada en cuanto su portador la empuñó.
– Parece que sobre el clan aún tengo poder. Hasta tu guerrero más poderoso me obedece con total devoción – provocó el viejo a su hijo. – Liberadlos, devolvedle las armas y dejadlos ir.
– ¡No lo hagáis! – trataba de impedirlo inútilmente Banisher.
– Hacedlo – insistió Kaiser, con una mirada que dejaba claro que no estaba jugando.
El poder de intimidación, la admiración y el miedo que despertaba aquel hombre sobre los que le rodeaban era tal que sobrepasaba los límites de lo imaginable. Era la primera vez que había visto ese gesto serio en el antiguo Capitán de la Décima División y estaba seguro que no quería volver a verlo, al menos no en mi contra.
– Vosotros cinco, marchaos – nos ordenó en cuanto los miembros del clan nos hubieron devuelto las armas. – Tenéis una misión que cumplir. Para cuando volváis, tendréis paso franco. Ahora esto es entre tú y yo – se volvió hacia su hijo.
Sin pensarlo dos veces, salimos de aquella estancia con la intención de continuar hacia el norte, pero todo había cambiado en nuestro viaje. Un grupo de lobos nos escoltó durante todo el viaje a través de las montañas hasta el final de la pequeña cordillera. Su compañía, ahora, resultaba menos coactiva, pero después de lo que acabábamos de observar prefería estar lejos de aquella gente durante un tiempo.
En cualquier caso, no podemos negar la utilidad de su ayuda. En pocas horas, a través de la noche ya avanzada, nos guiaron con precisión matemática a través de senderos imposibles. Así, antes del amanecer, ya habíamos abandonado las Montañas Aulladoras y una inmensa llanura helada se extendía ante nosotros.
– Espero que os hayáis traído la ropa de invierno – bromeé. – Vamos a necesitarla.
Mientras nos preparábamos para acampar y descansar unas horas, me sorprendí mirando como el vaho de mi respiración se condensaba nada más abandonar mi boca al ritmo que hablaba. Era algo que hacía muchísimo tiempo que no experimentaba y no pude evitar esbozar una sonrisa, un rayo de luz en aquel agotador y tenebroso día.




