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junio 1st, 2007

Memorias 52 – Una de espías II


Memorias 52 – Una de espías II (Banisher)

– Genial – protesté por lo bajo.

La situación difícilmente podría ya volverse peor. Rodeados por al menos medio centenar de expertos guerreros, depredadores increíblemente familiarizados con su misión y, lo que era aún más grave, conocedores de cada milímetro del suelo que pisábamos como si fuera parte de su propio cuerpo, acompañados, además, de una cantidad similar de lobos, las posibilidades de salir de allí ilesos eran nulas y las de sólo recibir heridas de escasa gravedad no parecían mucho mayores. No, empezar un combate en aquel momento era un suicidio.

En cuanto quise darme cuenta, tres hombres más nos rodearon a Gaby y a mí, mientras que, amenazados por una docena de aquellos hombres, nuestros compañeros habían adoptado una postura defensiva básica, espalda contra espada, con las espadas ya desenvainadas para repeler cualquier posible ataque.

– Parece que nos hemos metido en la boca del lobo – rezongó burlón Eliaz.

– ¿No puedes no hacer una broma? – le abronqué.

– Tenéis un amigo muy gracioso – protestó displicente el tal Uwe, que parecía molesto por el desafortunado chiste de mi amigo.

– No se podía estar callado, no – se quejaba por lo bajo Db. – Tenía que decir algo. ¡Eres increíble!

– ¡Silencio! – gritó nuestro captor. – Bien, creo que empezaremos por el graciosito para que los demás contemplen lo que les pasa a los que osan molestar a los Lobos.

– ¡Espera! – supliqué desesperado viendo como el cuchillo de combate de aquel hombre se dirigía ceremoniosamente hacia el rostro de mi amigo y se hundía en él provocando que comenzase a manar un hilillo de sangre.

– ¿Quieres que empiece por ti? – se giró amenazante.

– No, yo… – repliqué. – Tengo un presente para vosotros.

Me giré hacia Gaby, topándome con sus peculiares ojos, que escrutaban silenciosamente todo lo que estaba pasando. Su mirada estaba cargada de un cúmulo de emociones que iban de un absoluto temor a la más ilusionada expectación, pasando por la incomprensión y la indeterminación. Me preguntó con un silencioso gesto si estaba seguro de lo que hacía, a lo que yo respondí con la sonrisa más tranquilizadora que conseguí esbozar en aquel momento.

Jugar aquella baza era nuestra última opción, según habíamos acordado en el momento de salir de la casa de mis padres. Insegura, aunque aparentemente más tranquila por mi gesto, Gaby se llevó la mano a la espalda y sacó, pasando por alto las recriminaciones de sus custodios, la espada del lugar donde la tenía escondida. Desenrolló el paño que contenía el arma y se la presentó al líder de los depredadores, que la miraba atónito.

– Esa… Esa es… – murmuraba, al igual que todos los presentes.

– Es Roter Wolf, la espada de mi padre.

Con un imperceptible gesto, Uwe indicó a sus hombres que nos rodeaban que bajaran la guardia y nos dejaran relativamente libres. Inmediatamente, correspondimos a su gesto relajando también nosotros nuestra posición y esperamos un nuevo movimiento por parte de aquella gente.

– Entonces, ¿podemos irnos? – preguntó Krunzik.

– ¿Iros? – se rió abiertamente nuestro interlocutor.

– Creía que…

– Dudo que nos hayáis entendido – repuso. – Simplemente, no os vamos a matar… por ahora.

– ¿Pero vuestras leyes no…? – comencé a replicarle, provocando un gesto de asco en él.

– ¿Leyes? ¡Qué sabrás tú de nuestras leyes!

– Pero mi padre…

– Tu padre, señorita, tu padre era un traid…

De repente, la frase de Uwe fue ahogada por la sorpresa de tener en su cuello la espada de la heredera de su antiguo líder, amenazante, cuando una ínfima fracción de segundo antes la joven se encontraba a varios metros de él.

– ¡Gaby! ¡No! – le gritó su mejor amiga.

– Krunzik tiene razón – le instó Db. – Moriremos si lo haces.

Nuestros adversarios tomaron nuevamente posiciones. El inmenso ejército que nos rodeaba estaba ahora bastante más cerca que cuando lo vimos por primera vez y los hombres que nos habían apresado volvían a amenazarnos con sus armas, aparentemente rudimentarias pero templadas al fuego de la supervivencia.

– Vaya, vaya. Parece que queremos jugar – murmuró al fin en un tono extremadamente confiado. – Bastaría con que brotara una sola gota de sangre de mi cuerpo para que no tengan piedad de vosotros. Tardarían menos de lo que vosotros podáis imaginar en reduciros a sangre y huesos.

– No vuelvas a despreciar a mi padre…

– Qué bonito el amor filial – se burló mientras apartaba soberbiamente la espada de su cuerpo. – ¡Apresadlos!

– Luna de Devastación – sugirió Eliaz.

– ¿Estás loco? ¡Somos cinco! Ni siquiera tu súper-escudo podría protegernos a todos.

– ¿Prefieres que nos cojan?

– Por lo de pronto es mejor así – contesté, dejando que me ataran.

– Ya que tanto os interesan nuestras leyes, os llevaremos ante el Caudillo – anunció. – Él decidirá qué hacer con vosotros.

– Genial…

Escoltados por tan amable comitiva, fuimos despojados, no sin interponer cierta resistencia, de nuestras armas y conducidos a través de las montañas hacia una especie de poblado situado en el centro de aquel macizo rocoso, un verde vergel que contrastaba con lo desértico de los alrededores. En él, un pequeño riachuelo surcaba el pueblo, abasteciéndolo de agua. Aquel era el lugar de los lobos, el hogar de la manada.

– Bonito lugar – murmuró Eliaz. – Os lo dije.

– No deberíamos haber dejado que nos cogieran las armas – se quejaba Db.

– No sólo necesitamos espadas para luchar – le tranquilizó por lo bajo su compañera.

– Tu casa, Gaby – le susurré al oído.

– Mi casa… – repitió ella, absorta en la contemplación de semejante paisaje.

Si tuviera que compararlo, diría que aquel conjunto, el valle, el poblado, recordaba a los poblados de la Alta Edad Media europea que describen las crónicas medievales. En todo el cuadro, la imagen estaba moteada de pequeñitos puntos pardos, cabañas que se situaban apiñadas a lo largo del río y en torno a un lugar común, una especie de plaza sobre la que dominaba una gran construcción, de madera como las demás.

Probablemente sería la residencia de aquel Caudillo ante el cual nos conducían o quizás, algún lugar donde se reunía la asamblea del pueblo para tomar las decisiones o realizar rituales de carácter religioso.

Así, mientras descendíamos de las escarpadas laderas hasta el frondoso valle, iba recuperando diversos complejos, lejanos ya, de antropología y analizando aquel poblado por si algún día pudiera servirme para mis clases. A pesar de las circunstancias en que nos encontrábamos, sabía que podíamos considerarnos privilegiados por poder acceder al sancta sanctorum de uno de los clanes más peculiares, numerosos y herméticos de toda la Sociedad de Almas.

Fue efectivamente hacia aquel gran edificio hacia donde nos arrastraron, paseándonos antes por todo el poblado, a la vista de la gente que profería insultos contra nosotros a cada paso. Una vez en la gran cabaña, nos hicieron pasar a una gran sala, de alto techo, en la que destacaba un grande aunque rudimentario trono de pieles que gobernaba el salón desde el fondo contrario a aquel en que se encontraba la entrada.

Por allí deambulaban libremente los lobos, que parecían constituirse, en consonancia con el propio nombre del clan, en algo teofánico, animales sagrados, quizás vestigios de una antigua tradición religiosa de carácter natural o druídico, con ese regusto a la Europa medieval que se respiraba en todo el ambiente y que ya he mencionado anteriormente.

Al cabo de una tensa espera, flanqueado por al menos una docena de aquellos animales, hizo su entrada en aquel palacio-templo el Caudillo, el líder de la manada, que venía seguido además, del mayor de los lobos que habíamos visto hasta entonces. Envuelto en una capa que cubría por completo su figura y oculto por una amplia capucha, aquel personaje resultaba atrayentemente misterioso.

Con solemne parsimonia tomó asiento en el lugar preferencial y, sin descubrirse, manteniendo ese halo de secretismo, llamó con un silencioso gesto de la mano a Uwe, indicándole que se acercase hacia su sede.

Así hizo el líder de nuestros captores, que parecía ponerle al día de lo que había ocurrido. Mientras tanto, paseé la mirada por la habitación, contemplando a mis compañeros, tan nerviosos como yo, incluso el siempre sereno y seguro de sí mismo Eliaz, y en todos los allí presentes, que parecían esperar con ansia un sangriento desenlace.

– ¡Tú! – exclamó al fin, señalando con su índice derecho a Gaby.

Con un violento empujón, el guardián que custodiaba férreamente a la hija del antiguo líder de la manada se encargó de que no hubiera duda de cuál era el mandato del encapuchado y consiguió que, trastabillándose, la Tercera Oficial de la Décima División alcanzara el centro de la sala, donde le esperaban unos nuevos lacayos del Caudillo.

– Así que esta es la hija del Kaiser… – comentó escéptico.

Lo poco que se podía contemplar de su rostro mostraba un cierto gesto de curiosidad morbosa mientras se levantaba y se dirigía al lugar que ocupaba mi amiga. Se quedó observándola fijamente, desde todos los ángulos, como si fuera su nuevo trofeo de caza.

– Este viejo nunca hace una a derechas – se burló. – Es una enclenque. ¿Estáis seguros de que es su hija? – preguntó a sus subalternos, sin siquiera dirigirnos la mirada a los demás presos.

– Eso afirma.

– Pues nadie diría que es la hija de un Caudillo…

– Mira quien fue a hablar – replicó al fin Gaby. – ¿Tan feo eres que no te atreves a mostrar tu rostro?

Una sonora carcajada fue la respuesta de aquel hombre a las provocaciones de mi amiga, que parecía haberse cansado del papel de víctima y había pasado al ataque verbal, reduciendo así nuestras opciones de salir airosos de aquella situación.

– Es igual de temeraria que su padre – comentó a la sala. – ¿Será igual también una traidora, una hipócrita…?

– ¡Cállate! – le interrumpió ella.

– Vaya, vaya – se reía el Caudillo a carcajadas. – Parece que la nueva cachorrilla tiene ganas de jugar. ¿Acaso crees que puedes hacerme callar?

– Pruébame – respondió provocativa.

– Impetuosa… Me gusta… ¿Sabes? No puedes mandarme callar porque tengo poder absoluto en este clan. Fue tu padre fue el que me lo dio.

– ¡Entonces no tienes derecho ninguno a insultarle!

– Claro que lo tengo – repuso mientras se quitaba la capucha, revelando el rostro de un hombre joven, ligeramente parecido a Gaby y casi una copia rejuvenecida de su padre. – Tengo todo el derecho del mundo, – le susurró al oído, en un tono maquiavélico – hermanita.

– ¡¿Hermana?! – exclamé, ganándome un aviso poco amistoso por parte del hombre que tenía a mi lado, que me golpeó con su arma.

– ¿Ni siquiera habías pensado en que podías tener un hermano?

– Hasta hace unos meses era una simple huérfana – murmuró Gaby visiblemente afectada por todo lo que estaba pasando. – Ahora resulta que soy la hermana del líder de este clan…

– ¿Creías que eras especial? – le increpó él, tratando de hundir aún más el dedo en la llaga. – La hija del Gran Capitán Wolf, el Gran Caudillo… Patrañas.

– Métete la lengua por el culo – replicó la oficial de más alto rango de entre nosotros, que comenzaba a perder la paciencia.

– ¡La heredera de la gran leyenda! – continuaba su hermano, haciendo oídos sordos a las réplicas de Gaby. – ¡Observadla! ¡Es la heredera del gran Kaiser! ¡Postraos y adoradla!

Acto seguido, se echó al suelo fanfarrón, imitando como si estuviera reconociendo la dignidad superior de la shinigami. Pero todo el mundo sabía que pretendía todo lo contrario. Aquel gesto era una burla a todo lo que Gaby significaba, una burla a todo lo que había cambiado en su vida y también en la mía en aquellos meses. Sin embargo, al mismo tiempo, no era más que una llamada de atención, una advertencia por si se nos ocurría convertirnos en individuos pretenciosos apelando, tanto ella como yo, a nuestra ascendencia. No en vano, éramos los descendientes de Kaiser Wolf y Akano Kumaru, pero hacía menos de un año éramos huérfanos, apátridas, sin un hogar y sin una familia más que nuestros compañeros de División.

– ¿Sabes? – prosiguió con su discurso tras levantarse. – Toda esta charla tiene un propósito muy claro. En otro caso, os habría matado sin dudarlo, pero lo quiera o no eres mi hermana y eso me pone en un brete. Eres de mi sangre y yo no soy mi padre, no traiciono a mi sangre. Por otra parte, que existas es un gran alivio, así podemos compartir juntos la carga de ser los hijos de tal bastardo.

Cada una de las palabras que pronunciaba acerca de su padre parecían dardos lanzados hacia un objetivo invisible y eran aplaudidas por los que asistían a semejante espectáculo, aunque no faltaban los gestos más reticentes a lo que afirmaba aquel hombre acerca del que hubiera sido su líder durante siglos.

– Así que, señorita heroína, no creas que por ser la hija del Kaiser vas a reinar sobre nosotros…

– Nunca fue mi intención gobernar este clan – contestó, aparentemente calmada, Gaby. – Ni siquiera quería venir aquí… aún.

– Hablas como si nos interesasen tus explicaciones – le interrumpió el Caudillo. – Atadla y llevadla al Trono – ordenó. – ¿Quieres reinar? Lo harás. Tendrás el honor de ejecutar a tus amigos.

– No tendrá ningún honor – irrumpió una voz. – Suéltala, Banisher.

El gentío se giró y abrió paso al hombre que había pronunciado aquella orden. El nuevo invitado llevaba unas ropas muy parecidas a las de Banisher, si es que ese era el nombre del Caudillo y se movía como si su dignidad era la misma… o como si lo hubiera sido hace mucho tiempo.

– Hacía tiempo que nadie me llamaba así, – murmuró sorprendido el hermano de Gaby – Padre.

– ¡¿Kaiser?! ¡¿Qué haces aquí?!

– ¡Apresadle!

Con un simple gesto, casi imperceptible, Kaiser Wolf se sacó de encima una decena de hombres que le atacaban. Ese era el poder de uno de los legendarios capitanes de su época, del hombre que había enseñado a combatir a generaciones y generaciones de shinigamis.

– ¿Es eso todo lo que os enseñé? – se burló el recién llegado.

– ¿Qué haces aquí?

– Tenía nostalgia… Y no podía dejar venir solos a unos cachorrillos como estos – explicó con su habitual gesto despreocupado. – Y ya que estamos… Esto es entre tú y yo, así que ellos ahora se van.

– ¿Crees que tienes algún poder sobre el clan? ¿Crees que tienes algún poder sobre mí? – preguntaba atemorizado Banisher. – ¡No lo tienes! ¡Te fuiste! ¡Me dejaste cuando sólo era un niño! ¿Qué haces aquí?

– Uwe – le llamó Kaiser.

– S… Sí…

– Esa espada que llevas en tus manos… ¿De quién es?

– S… Suya.

– ¿Entonces por qué está en tus manos y no en las mías?

Al instante, el líder de nuestros captores, como un perro obedece la orden de su amo, acató el mandato del antiguo Caudillo y se apresuró a entregarle a Roter Wolf, que brilló con un aura encarnada en cuanto su portador la empuñó.

– Parece que sobre el clan aún tengo poder. Hasta tu guerrero más poderoso me obedece con total devoción – provocó el viejo a su hijo. – Liberadlos, devolvedle las armas y dejadlos ir.

– ¡No lo hagáis! – trataba de impedirlo inútilmente Banisher.

– Hacedlo – insistió Kaiser, con una mirada que dejaba claro que no estaba jugando.

El poder de intimidación, la admiración y el miedo que despertaba aquel hombre sobre los que le rodeaban era tal que sobrepasaba los límites de lo imaginable. Era la primera vez que había visto ese gesto serio en el antiguo Capitán de la Décima División y estaba seguro que no quería volver a verlo, al menos no en mi contra.

– Vosotros cinco, marchaos – nos ordenó en cuanto los miembros del clan nos hubieron devuelto las armas. – Tenéis una misión que cumplir. Para cuando volváis, tendréis paso franco. Ahora esto es entre tú y yo – se volvió hacia su hijo.

Sin pensarlo dos veces, salimos de aquella estancia con la intención de continuar hacia el norte, pero todo había cambiado en nuestro viaje. Un grupo de lobos nos escoltó durante todo el viaje a través de las montañas hasta el final de la pequeña cordillera. Su compañía, ahora, resultaba menos coactiva, pero después de lo que acabábamos de observar prefería estar lejos de aquella gente durante un tiempo.

En cualquier caso, no podemos negar la utilidad de su ayuda. En pocas horas, a través de la noche ya avanzada, nos guiaron con precisión matemática a través de senderos imposibles. Así, antes del amanecer, ya habíamos abandonado las Montañas Aulladoras y una inmensa llanura helada se extendía ante nosotros.

– Espero que os hayáis traído la ropa de invierno – bromeé. – Vamos a necesitarla.

Mientras nos preparábamos para acampar y descansar unas horas, me sorprendí mirando como el vaho de mi respiración se condensaba nada más abandonar mi boca al ritmo que hablaba. Era algo que hacía muchísimo tiempo que no experimentaba y no pude evitar esbozar una sonrisa, un rayo de luz en aquel agotador y tenebroso día.

mayo 25th, 2007

Memorias 51 – Una de espías I


Memorias 51 – Una de espías I (Territorio Lobo)

– Y así Akano Kumaru y Nakajima Kyo fueron dados por muertos, gracias a lo cual pudieron sobrevivir en el Rukongai durante setecientos años uno y esperemos que unos cuantos más su teniente – explicaba justo cuando tocó el timbre. – Mañana terminamos con esto. No os olvidéis de vuestros trabajos. ¿A quién le toca exponer el viernes?

– A Tony y a mí – levantó la mano Raik.

– Genial, los macarras del barrio juntitos – se quejó Ryosuke.

– Preparadla bien – les advertí. – Hasta mañana entonces. Sed buenos y no les comáis mucho la cabeza a vuestros profesores.

– Veo que ha conseguido conectar con esos jóvenes – me sonrió el profesor Deiss, que había entrado en el aula mientras recogía mis cosas y los alumnos salían. – Su clase funciona realmente bien.

– No todo son flores – contrapuse. – Pero sí, por ahora estoy bastante contento con cómo van las cosas.

– Me alegro – sonrió él. – Veo que no me equivoqué con usted.

– Buenos días – saludó una voz femenina desde la puerta del aula.

– ¿Capitana? – me sorprendí. – ¿Qué hace por aquí?

– Busco al profesor de Historia de la Sociedad de Almas V que, casualmente, es el líder de mi escuadrón de inteligencia – contestó haciéndose la despistada. – ¿Saben dónde está?

– Jefe, – me dirigí a Deiss intuyendo las intenciones de Henkara – me parece que va a tener que sustituirme un tiempo.

Tras explicarle al profesor qué tenía preparado para las próximas clases, conduje a la Capitana hasta mi pequeño despacho en el Departamento de Historia, donde ahora pasaba las horas estudiando, repasando datos y conceptos lejos del estruendo que reinaba de vez en cuando en el Cuartel, que realmente pisaba bastante poco.

De hecho, era el primero en salir de los edificios de la División y el último en regresar cada día. Aprovechaba las instalaciones de la Academia para mis entrenamientos y dedicaba las tardes a atender las dudas de los alumnos o a preparar las siguientes clases. Así, me había convertido en una especie de fantasma entre los miembros de mi Escuadrón, que me veían muy pocas veces y de forma fugaz, pues los días que yo descansaba ellos estaban embarcados en distintas misiones.

– Bien, ¿de qué se trata?

– Los de la Duodécima División han interceptado una transmisión referente al Capitán Kaskas…

– ¡¿Lo han encontrado?! – pregunté.

– No… realmente no saben nada…

– ¿Entonces para que enviar a un equipo de inteligencia? – inquirí impaciente.

– Porque tiene que ver con los Nadie

– ¿Los Nadie tienen al Capitán Kaskas?

– No lo sabemos, pero es bastante probable – explicó. – En cualquier caso, no hay en el Gotei Trece nadie que los conozca mejor que tú.

– También están Eliaz y Db… – completé. – Y el Capitán Wolf, y mi padre…

– Kaiser Wolf y tu padre no cuentan – sentenció. – En cuanto a los otros dos… ya está previsto que te acompañen. Vuestra misión no es encontrar al Capitán Kaskas, sino seguir cualquier pista referente al Grupo Nadie. En caso de hallar algo relacionado con el Capitán comunicádselo a la Duodécima División.

– Perfecto – asentí. – Pero sólo tres personas en la guarida de los Nadie es un suicidio – observé.

– La Capitana Yutaru y yo no pondremos problema si lleváis a alguno de nuestros oficiales a la misión – expuso. – Pero un equipo…

– Un equipo de más de cinco personas es otro suicidio – me anticipé a su recomendación. – ¿Cuándo salimos?

– En cuanto hables con el Capitán Wolf.

– ¿Con él? ¿Para qué?

– Porque la ruta más rápida y directa para llegar al foco de la transmisión es atravesar las Montañas del Aullido…

– El territorio de su clan – apostillé. – Genial, más locos como él.

– Bien, te dejo – se despidió. – Manteneos en contacto con la División, quiero un informe de la situación cada seis horas.

– De acuerdo.

En cuanto Henkara abandonó el despacho, envié un mensaje a Db para indicarle que se reuniera conmigo en la mansión Akano. Salí hacia allí y, por el camino, llamé a Eliaz que ya había sido informado por la Capitana y me estaba esperando en su nuevo hogar, la vieja casona donde se había fraguado la conspiración que nos había llevado hasta allí.

– Es la primera vez que me traes aquí – comentó cuando llegamos junto al olivo.

– No es momento de discusiones existenciales – le corté. – Deberíamos avanzar todo lo que podemos antes de que anochezca. Así que cuando antes hablemos con Wolf, antes saldremos.

– ¿No vamos a esperar por Db?

– No

– ¿No?

– Sabe a dónde nos dirigimos – expliqué. – Y no le será difícil seguirnos.

Sin más explicaciones, entré en la casa y me dirigí al salón donde, como sospechaba, mi padre estaba concentrado en una más que disputada partida de Go contra su viejo capitán. Junto a ellos, Gaby trataba de disimular un cierto interés aunque sus esfuerzos eran inútiles.

– ¿Mi madre ya no te quiere conspirando con ella?

– ¡Hermanito! – me gritó abalanzándoseme al cuello como si fuese su salvador.

– ¿Hermanito? – repitió con sorna mi compañero.

– Es una larga historia – repliqué cortante.

– ¿Te apetece entrenar un poco?

– Tenemos prisa – repuse. – Una misión…

– ¿Ya no saludas a tu padre cuando llegas? – me echó en cara a mi padre.

– ¿Ya no saludas a tu hijo cuando entra? – contesté sonriente antes de darle un abrazo. – ¿Y mamá?

– Salió a hacer unos recados con Yuki – explicó.

– ¿Y Uxío?

Mi padre adoptivo se iba adaptando poco a poco a la vida en el Rukongai. Mis padres lo habían acogido calurosamente al ver la marca y paulatinamente se había ido convirtiendo en uno más de la familia. Ahora era como un miembro más de los Akano.

– Durmiendo

– ¿A media tarde? – pregunté sorprendido. – Qué raro…

– No tan raro – explicó Gaby. – Mi padre y el tuyo se han empeñado en despertar su poder espiritual…

– ¿A sus años?

– Nunca es tarde si la dicha… – comenzó a decir mi padre.

– Es su nuevo juguetito – murmuró la Tercera Oficial de la Décima División.

– Ya veo. Si es que sois como niños pequeños – me reí. – Pobre Uxío – murmuré luego más pensativo. – El cambio no es fácil.

– ¿Pobre? – respondió mi padre en un tono más profundo y sentimental que el que solía utilizar. – Como padre… sé lo que se siente al recuperar un hijo. No puede estar más feliz.

– ¡Listo! – gritó triunfal Kaiser. – Has vuelto a perder, Youichi.

– ¡¿Qué?! – se lamentó mi padre, regresando a toda prisa al tablero.

– Kaiser, tenemos que hablar contigo – le llamé.

– ¿En qué os puedo ayudar?

Expuse brevemente la misión que nos había encomendado Henkara tratando de ser conciso con los detalles referentes al territorio de los Wolf pues su consejo y su conocimiento del terreno eran esenciales para cruzar sin problemas aquellas montañas.

Si algo había aprendido en aquellos meses desde que lo conocía era que los de su clan eran las típicas personas que era mejor tenerlas de tu parte antes que en contra. La historia decía, además, que nunca habían mantenido buenas relaciones con el Sereitei antes de la llegada de Kaiser y que, desde su marcha, no se sabía nada, o casi nada, de su estado.

Tras meditar un rato, unos pocos minutos mirando fijamente hacia las montañas del norte, se dio la vuelta y pidió a mi padre que le entregara un mapa del Rukongai. En silencio, sin mediar palabra, dibujó rápidamente una ruta a través de las montañas.

– Es el camino más seguro – explicó. – Terreno fácil, aunque nada os podrá librar de las miradas de los lobos.

– ¿El más seguro? – pregunté.

– ¿Buscas un paso franco?

– Pensaba que…

– En eso no puedo ayudaros, Rido.

– Pero…

– Basta de preguntas – se evadió. – Digamos que el nuevo líder y yo no compartimos muchas opiniones.

– Está bien – suspiré, dirigiéndome al porche, donde se había refugiado el antiguo capitán. – Gaby… ¿puedes venir un momento?

– ¿Yo?

– Sí.

– ¿Qué quieres?

– Tú vienes en la misión – le dije.

– ¿Sí?

– Sí, así dejas al lado un poco el aburrimiento – le sonreí. – ¿Qué te parece?

– Tendré que avisar a la Capitana – afirmó contenta mientras llamaba una mariposa infernal.

– Kaiser, ¿seguro que no hay nada que puedes hacer?

– ¿Tratas de chantajearme usando a mi hija?

– Gaby es una gran oficial – dije, encubriendo mis intenciones.

– Ya… – respondió escéptico. – Puede que haya una forma – suspiró al fin.

– ¿Cuál?

– Esperad aquí – nos instó.

Como si lo llevara el demonio, salió a toda prisa hacia el segundo piso, donde se encontraban las habitaciones, buscando algo. Al cabo de unos minutos regresó, ocultando algo bajo la parte superior de sus ropajes que desveló cuando regresó al porche donde nos encontrábamos su hija y yo.

– Éste es Roter Wolf – explicó cuando entregó su espada a Gaby. – Es mi más preciado tesoro, mi amigo y mi compañero. Cuidadlo bien.

– Pero… – masculló mi compañera.

– Será vuestra carta de inmunidad. Si os capturan pueden ser bastante poco amables. Probablemente a ti – señaló a su hija – te ejecuten por traicionar al clan y a los demás simplemente por invadir su territorio. Tened en cuenta que vais a atravesar el territorio de los Lobos y que en cuanto pongáis un pie sobre su tierra os convertiréis inmediatamente en sus presas. Sin embargo…

– Espero que ese “Sin embargo” signifique algo bueno – murmuré, asustado ante el panorama tal y como nos lo pintaba el viejo capitán.

– Las leyes del clan les obligarán a respetar la espada que les condujo durante tanto tiempo. Aunque luego les abandonara.

– ¿Seguro?

– No han cambiado tanto las cosas en setecientos años – sonrió tratando de causar una sensación de alivio.

– Esperemos que tengas razón…

– Sólo una cosa más – añadió. – Nadie debe saber que lleváis a Roter Wolf hasta que lleguéis allí.

El tiempo apremiaba si pretendíamos llegar a los límites del Sector Occidental antes de que llegara la noche. Eliaz, Gaby y yo salimos inmediatamente hacia el norte, rumbo a las montañas septentrionales que formaban una frontera natural entre ambas regiones.

Durante todo el camino, Eliaz no dejaba de preguntar con su habitual insistencia acerca de aquel bulto que nuestra nueva compañera de aventuras llevaba bajo el uniforme. Pero Gaby, venciendo a la tentación de enfrentarse con él, guardaba un misterioso silencio que le ayudó a no revelar el secreto que le había encomendado su padre.

El había acabado de ocultarse cuando llegamos a la base de las montañas y allí establecimos nuestro lugar de acampada, cerca del camino, para que Db nos encontrara cuando llegase. Distribuimos los turnos de guardia, por pura precaución, y nos marchamos a descansar.

Durante su turno, el primero, pude observar como Gaby había desenfundado la espada de su padre y la miraba fijamente con una expresión de preocupación y admiración cubriendo su rostro. Me levanté de mi improvisado catre y me acerqué a ella para preguntarle por su estado anímico y tratar de apoyarla.

Por unos instantes, el silencio fue nuestra única conversación, un diálogo mudo al calor de la pequeña fogata que habíamos encendido para calentarnos. Gaby seguía absorta en aquel pedazo de metal, pero parecía más relajada desde que yo me había sentado a su lado. Mientras tanto, Eliaz estaba profundamente dormido unos metros más allá, preparándose para el siguiente turno de guardia.

– ¿Nerviosa? – dije al fin.

– ¿Por qué iba a estarlo?

– Veamos – respondí simulando despreocupación. – Podría ser porque esa espada es la de tu padre, o podría ser porque mañana atravesaremos el Sector Norte, llegaremos a esas montañas y…

– Vale, sí – admitió para que dejara de comentar aquellas cosas. – Estoy un poco nerviosa.

– No te preocupes – traté de tranquilizarla. – Todo va a salir bien.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque ya hemos salido de cosas peores – le sonreí. – Desde la Academia… Además, tu “hermanito” está aquí para cuidarte.

– ¡Qué bonito! – se burló una voz femenina a mis espaldas.

Allí estaban Db y Krunzik, recién llegados a nuestro lugar de acampada. Nos miraban divertidos, quizás malinterpretando nuestra conversación o quizás sólo con el ánimo de picarnos un poco como en los viejos tiempos.

– Llegas tarde, pollito – le espeté a Db para reconducir la conversación.

– ¡A la mierda! – contestó ofendido. – ¡Podíais haber esperado!

– Y tú podías haberte dado prisa.

– Está bien, está bien – terció Gaby en un tono extrañamente conciliador. – No desplumes al pollo.

– ¡Oye! – se quejó Db.

– Vais a despertar a Eliaz y luego no hay quien lo soporte.

Tras valorar aquella sabia afirmación de Krunzik, decidimos abandonar nuestra particular pelea para no despertar al quinto miembro del grupo y reorganizar los turnos de guardia para pasar la noche en aquel lugar esperando la llegada del alba.

Partimos de inmediato en cuanto los primeros rayos del sol alcanzaron nuestra posición. Una vez atravesamos las montañas nos encontrábamos ya en el sector septentrional, que debíamos atravesar para llegar de una vez por todas a las Montañas del Aullido, hogar del Clan Wolf y próxima etapa de nuestro camino.

A medida que avanzábamos hacia el norte y nos adentrábamos en los distritos más humildes de aquella región del Rukongai, el clima fue haciéndose más frío y árido, conllevando asimismo un notorio cambio de vegetación.

No era la primera vez que nos lanzábamos hacia los distritos norteños pero, acostumbrados como estábamos a movernos entre los Sectores Oeste y Sur, el contraste con el paisaje a través del que nos movíamos ahora era enorme.

Hacia media tarde habíamos alcanzado ya el pie de las rocosas montañas que hacían las veces de hogar para el clan Wolf. Era un terreno escarpado cuya visión era suficiente para intimidar al que pretendiera cruzarlos, cuanto más cuando sabíamos lo que nos podía esperar cuando los atravesáramos.

– ¿Preparados? – preguntó Gaby.

– Vamos allá – contestamos a una Krunzik y yo, acompañándonos los demás con una muda inclinación de cabeza.

Nos aventuramos a la escalada sin perder tiempo. Era un camino difícil y peligrosos, pedregoso y desnudo de vegetación que hacía que ocultarse de las seguras miradas inquisitorias resultase una tarea más que imposible.

– Bonito paisaje – bromeó Eliaz tratando de rebajar la tensión.

Una mirada fría y cortante por parte de todos le indicó, sin embargo, que no era el momento de andarse con bromas. Si nuestro viaje no alertaba el clan, mejor para todos, aunque Gaby y yo supiéramos que, portando a Roter Wolf, las posibilidades de acabar de una forma desagradable aquella misión antes siquiera de llegar a nuestro destino eran, esperábamos, más bajas.

Desgraciadamente para nosotros, aún sin el comentario de Eliaz, nuestro camino no había permanecido en secreto. Pocos minutos después de comenzar la escalada, como salidos de la nada, un grupo de vigías lupinos nos cercó e interrumpió nuestra marcha.

– Alto, shinigamis – ordenó el que parecía el líder del grupo. – Estáis muy lejos de casa. El anillo exterior no es para vosotros. Y estas montañas menos.

– No venimos a enfrentarnos a vosotros – contestó ingenuamente Db.

Sin embargo, nuestros captores ya no estaban atendiendo a nuestras palabras, sólo un miembro del grupo les interesaba. Tres de ellos se habían acercado a Gaby y la olisqueaban como si fueran perros de caza siguiendo el rastro de su presa.

– ¡Uwe! – exclamó uno de ellos llamando al Jefe. – ¡Esta es de los nuestros!

– Es la hija del Kaiser – afirmé, ante la cara estupefacta del tal Uwe.

– La hija de un traidor – replicó cortante. – Matadlos a todos.

Db, Krunzik y Eliaz habían desenvainado ya las armas y adoptado una posición de combate. Pero era inútil, de entre las sombras apareció un enorme ejército de hombres y animales dispuesto a actuar en cuanto comenzara la batalla. Parecíamos perdidos.

mayo 18th, 2007

Memorias 50 – Yonas

Memorias 50 – Yonas

– Una actuación como poco comprometida – reprochó la capitana tras entregarle el informe de mi última misión.

– Soy consciente de ello – traté de excusarme.

– En fin, – suspiró – supongo que es uno de esos privilegios de las grandes familias.

– Entonces…

– Haré la vista gorda – resolvió. – Pero sólo esta vez, no te hagas muchas ilusiones.

– No se preocupe por ello.

– Confío en no tener que hacerlo.

Me di la vuelta y me dirigí hacia la puerta ansioso por salir de mi despacho y encontrarme con Nalya. Quería comentarle todo lo que había pasado la noche anterior, quería explicarle todo lo que había sucedido con mi padre adoptivo y…

– No tan rápido – me detuvo Henkara.

– De acuerdo – acepté, dándome la vuelta. – ¿Misión nueva?

– Tranquilo, mañana podrás volver a tus clases – respondió.

– ¿A quién tengo que cubrir hoy?

– ¿Cubrir?

– Una misión tan corta…

– No es ninguna misión – aclaró.

– Entonces…

– La Cámara de los 46 ha dictado una resolución que creo que te interesará.

– ¿La Cámara? – pregunté sorprendido. – ¿De qué se trata?

– Se trata de Yonas.

– ¿De Yonas?

– No hace falta que repitas cada cosa que digo – respondió. – Se trata de Yonas, sí. La Cámara ha decidido concederle a título póstumo el rango de shinigami. Es algo habitual ascender el rango…

– A los shinigamis muertos en acción – concluí sin terminar de creérmelo. – Pero ni era shinigami ni murió en acción.

– Lo sé tan bien como tú – repuso. – Se considera que todavía era un shinigami académico en el momento de su muerte así que se le aplicará el procedimiento habitual.

– Sigue sin haber muerto en acción…

– Oficialmente sí.

– Pues oficialmente, eso es una mentira.

– Según los informes de los shinigamis presentes en aquella salida, fue eso lo que ocurrió – explicó. – No sólo eso, tú mismo pensaste eso hasta que conociste la verdad, no lo niegues.

– Eso no justifica nada.

– Deja de racionalizar todo – me dijo. – Alégrate, tu hermano ya es un shinigami. Eso es lo que importa.

– Eso es lo que importa – repetí, como si tratara de autoconvencerme.

– Ten, toma – me tendió un pequeño estuche de metal.

– ¿Qué es?

– Es la insignia que lo reconoce como uno de los nuestros que ha muerto en acción, como un héroe.

– Como un héroe –volví a repetir. – Gra… Gracias.

– Puedes irte ya – concedió al fin.

Salí del despacho de la Capitana entre nostálgico, meditativo y, sobre todo, profundamente agradecido. No me explicaba cómo había sido tan estúpido que había discutido la decisión de la Cámara que había cumplido el sueño de mi hermano.

– ¿Estás bien? – preguntó la profunda voz de Balmung cuando me hube tirado en la cama.

– Creo que sí.

– ¿Crees?

– Supongo que aún no he acabado de reaccionar – balbuceé. – Primero Uxío y ahora Yonas. Demasiadas cosas todas juntas.

– ¿Qué piensas hacer?

– No lo sé.

Me quedé en silencio unos largos minutos, mirando fijamente al techo de mi cuarto semivacío, pues los libros, prácticamente la única decoración que tenía aquella habitación, habían ido poco a poco trasladándose al despacho que tenía en el Departamento en la Academia.

No dejaba de ser paradójico que Yonas y Uxío hubieran regresado a mi vida casi simultáneamente. El final de una pesadilla llamada vida y el comienzo de esa misma ajetreada aventura llamada igualmente vida, aún después de la muerte, parecían haberse puesto de acuerdo para reaparecer a la vez haciéndome ver, por si acaso aún lo dudaba, que no podía comprender la una sin la otra. El Señor del Destino, la Dama Fortuna… como quisiera llamarse, había intervenido por enésima vez para recordarme su ubicua presencia allí donde fuera.

Miraba fijamente al techo, pero mi vista se proyectaba mucho más allá, en un universo infinito, plagado de recuerdos, en el que se entremezclaban alegrías y tristezas, gozos y penas. Las imágenes de mi vida mortal se fundían con los alegres recuerdos de las experiencias compartidas con la primera persona que me había enseñado a sonreír.

Era curioso, mi antiguo yo no había contactado con Yonas prácticamente en ningún momento y, sin embargo, nuestros destinos habían quedado firmemente atados desde aquel instante en el que entregué mi vida. Paradójicamente, la misma persona cuya vida había salvado entregando la mía, había sido la misma que había salvado la mía varios años más tarde. Ahora, aquello que nos había unido había llegado a su plenitud: Yonas era shinigami.

Sí, Yonas era shinigami pero ¿de qué servía ahora? Llevaba años muerto y enterrado, sobrevivía sólo en una recóndita fantasía de mi mente que había creado el espíritu que habitaba en mi nombre en el interior de mi espada.

– Balmung… – le llamé.

– ¿Qué?

– Llévame allí – murmuré al fin.

– ¿Allí?

– Ya sabes donde.

– ¿Estás seguro?

– ¿Vas a discutir conmigo por esto también?

– No, pero…

– Entonces simplemente hazlo.

Parpadeé y cuando volví a abrir los ojos ya no me encontraba tumbado sobre mi cama sino de pie en el pasillo del ala donde se encontraban la residencia del Capitán y los despachos, el pasillo donde, amenazante, aquel cuadro tenebroso ejercía una constante vigilancia.

Aquel era el sitio de mis recuerdos más preciados, los años de servicio junto a mi hermano y, sobre todo, el romance que durante casi una década había unido mi alma con la de Nalya, algo que, por desgracia, había desaparecido bruscamente en una de las noches, aunque ficticia, más traumáticas de mi vida y que no había vuelto a recuperar en el mundo real.

– No te preocupes, – sonreí mirando el retrato – volveré pronto.

– ¿Volverás pronto? – preguntó la voz de Yonas a mi espalda. – ¿Ya empiezas a delirar?

– ¡Yonas! – me di la vuelta y le abracé.

– ¿Tanta efusividad? – inquirió sin poder disimular su sorpresa. – ¿No hace ni dos semanas que ha muerto tu esposa y ya la has olvidado y te has cambiado de acera? Me halaga pero…

– Vete a la mierda – le dije cariñosamente.

– Te estaba buscando – afirmó el sin rodeos a continuación.

– ¿Por qué?

– He decidido aceptar tu oferta – anunció.

– ¿Mi oferta? ¿Cuál?

– La de venderte como objeto de investigación a los carniceros de la 12 – espetó, provocando un gesto de sorpresa e incredulidad en mi rostro. – ¡La tenencia!

– ¡Ah! – exclamé al acordarme.

– ¿Ya vuelves con los problemas de memoria? – se preocupó.

– No es eso…Tengo demasiadas cosas en la cabeza últimamente…

Caminé hacia mi despacho tratando de ubicarme mentalmente en aquel ficticio pero a la vez tan real universo seguido de mi nuevo teniente. Le pedí que se sentara y saqué de un cajón el brazalete con la insignia del segundo al mando de la división.

Sentí como si, al entregarle aquello, le estuviera entregando aquella otra insignia perteneciente al mundo real, la que le había concedido la propia Cámara de los 46 por haber muerto en acción y no pude evitar una lágrima. Sí, aquello era un gesto aparentemente insignificante pero estaba ciertamente cargado de sentido, un sentido que iba más allá de lo que en aquel momento me atrevía a expresar.

“Muerto en acción” eran palabras que carecían de sentido allí donde me encontraba, con él tan cercano, visible, palpable, igual que siempre. No sé si fue Balmung o el propio devenir de aquel mundo el que hizo que después de la tormenta que habían supuesto los últimos acontecimientos vividos allí ahora se respiraba la más apacible calma.

Regresamos a las funciones “normales” de Capitán y Teniente en cuanto le hube puesto al día de sus nuevas obligaciones, recordándome a mí mismo por el camino que ya no era el Quinto Oficial de la Novena División, sino su Capitán, aunque no fuera más que una farsa inventada por Balmung años atrás y que debía mantener.

– Así que yo no soy más que una mera ilusión de tu imaginación… – balbuceó cuando le expliqué la realidad.

Íbamos de camino a una reunión del Consejo de Capitanes del Gotei 13, la primera a la que él asistía, y no supe valorar la tensión del momento, pues quizás hubiera sido mejor buscar otro momento en el que mi interlocutor estuviera relajado y no en el estado de tensión en el que se encontraba.

– Eso es – acerté a contestar. – Sé que no es un panorama muy halagador pero es la realidad. Aún así, para mí, este mundo es tan real como el verdadero.

– Rido, – murmuró tras un largo rato de silencio – no entiendo qué es lo que te une todavía a este mundo. Deberías irte, volar lejos y olvidarte de mí. Al fin y al cabo, – suspiró – no soy más que un producto de tu imaginación.

– Pero…

– Aún así, para lo que quieras yo siempre estaré aquí – añadió con su habitual y característica sonrisa que tanta paz me provocaba. – Seré la voz de tu conciencia, seré lo que quieras. Pero tú no te ates a un mundo que no es real. Sal ahí fuera y enfréntate al mundo. Tu hermano mayor está aquí para lo que necesites.

– Sólo déjame quedarme un poco más – supliqué.

Pasaron los días y las semanas allí y decidí regresar a la realidad. Una realidad en la que no estaba Yonas, pero que era el mundo al que yo pertenecía. Era el mundo real y no una creación de mi imaginación. Era donde se suponía que debía estar, donde estaba Nalya, aunque supiera que su amor era imposible, donde estaban mis padres, mi familia, mis amigos… todos a los que yo apreciaba. Todos menos él, menos Yonas, aunque sabía que estaba vivo en alguna parte, en aquel rincón, y que cuando quisiera podría visitarlo y no habría pasado ni siquiera un segundo desde la última vez que nos vimos aunque en la realidad hubieran podido pasar décadas.

A pesar del largo tiempo que había decidido evadirme de mi verdadera vida, cuando abrí de nuevo los ojos no había pasado más de unos pocos minutos. Me encontraba de nuevo en la habitación y sostenía firmemente en mi diestra el estuche de metal que contenía la insignia que reconocía a Yonas como un héroe de la Novena División del Gotei 13. Lo miré fijamente una vez más y me levanté de un salto del lecho.

Rebusqué entre la cajonera del escritorio y hallé una caja de madera, de tamaño mediano, que había utilizado en otro momento para archivar una serie de documentos que ya había transportado a la Academia. Luego me dirigí al armario y cogí el uniforme de gala, que doblé cuidadosamente e introduje en la caja.

– ¿Mudanzas? – me despertó de mis ensoñaciones una muy conocida voz.

– No – contesté mirando hacia Nalya que parecía contemplar con curiosidad aquella operación. – Es un regalo…

– ¿Para quién?

– Para Yonas – expliqué sin dejar de lado la tarea.

– ¿Para ése?

– Ésa no es la forma de tratar a un compañero de Divis… – comencé a replicar. – Espera, siendo tú sí es la forma.

– ¿Ahora estás ofendido por cómo te trate?

– No hablaba de mí.

– ¿Entonces?

– Hablaba de Yonas – sentencié. – Échale un vistazo a esto – le alcancé el estuche con la insignia.

– ¿”Muerto en acto de servicio”? ¿Pero qué clase de gilipollez es ésta?

– Eso mismo me pregunté yo…

– Es mentira.

– Lo sé – admití. – Aunque si lo miras desde otra perspectiva…

– ¡No hay otra perspectiva! – bramó. – ¡Era un cobarde que merecía la muerte!

– No voy a discutir contigo por eso… otra vez – respondí mientras le arrebataba el estuche que sostenía aún en sus manos. – Voy a llevarle esto a su tumba.

– ¡Qué romántico! – se mofó.

– ¿Quieres venir? – le ofrecí.

– ¿Para qué?

– No sé, quizás puedas aprovechar y enmendar lo que hiciste.

– ¡Nunca! –chilló. – No me arrepiento de haberlo hecho y nunca lo haré.

– Está bien – sonreí mientas abandonaba la habitación. – Cierra la puerta cuando salgas. Si cambias de opinión la tumba de Yonas está en una colina al norte del lago del bosque donde estaba la cabaña de mi abuelo.

Sin dar importancia a sus quejas y juramentos salí del Cuartel y puse rumbo al Distrito. Quedaba poco para el anochecer y no quería regresar muy tarde así que fui todo lo deprisa que el cansancio producido por la misión y el embobamiento en el que estaba sumido desde que había regresado al mundo real me permitían.

El sol comenzaba a esconderse, a hundirse tras las colinas más occidentales del Rukongai, aquellas que estaban aún más allá del Distrito 80, cuando trepé al pequeño altozano en el que años atrás la gente de la aldea había decidido enterrar a mi amigo ante mi ausencia y la de mi maestro. Aquel era el mismo repecho en el que había comenzado mi última gran pesadilla, aquella lucha contra mis demonios personales que había tenido lugar al poco de convertirme en shinigami.

Lugar de derrota, de sucumbir a los miedos, lugar de lágrimas y dolor, pero también lugar de victoria, de superación personal. Todo aquello suponía el pequeño otero en el que ponía mis pies, en el que teñida de los anaranjados últimos rayos del sol, se levantaba la lápida que indicaba que allí reposaban los restos mortales de un completo desconocido que había traspasado la amistad y se había convertido en mi verdadero hermano, hermano de sueños, de alegrías, de tristezas, de un montón de experiencias vividas. ¿Qué más da que no fuéramos hermanos de sangre cuando éramos hermanos en lo más profundo de nuestras almas?

Me arrodillé delante de la lápida y guardé un solemne momento de silencio recordando una y otra vez tantas cosas como habíamos pasado juntos. Mi silencio era mi mudo homenaje a él, que tanto había hecho por mí. Me había dado el nombre, me había dado la sonrisa… me había dado una vida. En lo más profundo de mi ser estaba convencido de que nunca podría agradecerle lo suficiente todo lo que había hecho por mí.

Aparté con mis manos la tierra hasta llegar al féretro y sobre él deposité el uniforme y la insignia. Eran el símbolo de un sueño, el de mi hermano, que había tardado demasiado en cumplirse pero que, al fin, se había hecho realidad. No eran una imaginada insignia de Teniente, eran los atributos que en la realidad reconocían a Yonas como un héroe de la División, como alguien que había dado la vida en su servicio de ayuda a los demás, como alguien que había dado la vida… por mí.

Me incorporé frente al agujero y realicé el protocolario saludo marcial como reconocimiento a su nueva dignidad, para luego, sin detenerme, aunque también sin prisas, comenzar a rellenarlo con la tierra que había retirado previamente.

– Enhorabuena, hermano – susurré al final.

Volví a guardar aquellos instantes de silencio y no pude evitar derramar unas cuantas lágrimas en las que confluían el dolor de una pérdida asumida aunque no siempre del todo aceptada, la nostalgia de un tiempo feliz y la satisfacción y la alegría de una sorpresa tan emotiva como aquella.

Regresé al cuartel cuando la luz de la luna comenzaba a teñir de plata las tranquilas aguas del lago. ¿Había cerrado toda una etapa de mi vida? ¿Había “hecho las paces” definitivamente con el recuerdo de Yonas? No tenía respuesta para aquellas preguntas que yo mismo me había formulado; pero de una cosa estaba seguro: aquel simple e inesperado gesto de aquella tarde, unido al encuentro de la noche anterior, había supuesto una gran luz en mi camino que, últimamente, se hallaba en penumbras.

Al final de mi marcha atravesando el Rukongai me esperaba, como siempre, una habitación vacía, aséptica, en la que descansar de aquellos dos intensos días en los que me había visto obligado a reconciliarme con mi pasado y había vuelto a aflorar en mí el recuerdo, siempre presente, aunque muchas veces oculto, de la primera persona que me había hecho sonreír y recuperar fuerzas para mañana retomar el ritmo lectivo.

mayo 11th, 2007

Memorias 49 – Family Matters Revisited


Memorias 49 – Family Matters Revisited

– ¡Mañana festivo! – celebró Soki cuando nos acercábamos al Cuartel de la Novena División. – Ya necesitábamos un pequeño descanso después de dos meses casi sin parar. ¿Tienes algún plan?

– Tratar de convencer a Nalya de que venga a cenar conmigo – confesé.

– Qué romántico – bromeó, atacando mi punto débil.

– ¿Y tú? – pregunté ingenuamente, obviando tu pregunta.

– ¿Yo? ¿Planes?

– Es cierto – murmuré. – ¿Se sabe algo más?

– ¡Qué va! Lo peor es que desde la desaparición del Capitán estamos demasiado ocupados – se quejó. – Estamos bastante liados con la reestructuración y con la búsqueda de Kaskas.

– No os envidio…

– ¡Rido! – me llamó Irah desde la puerta del Cuartel, pues estaba de guardia. – La Capitana me ordenó que te dijera que te quería en su despacho nada más llegar.

– ¿Qué has hecho ya? – se burló mi colega.

– Por lo de pronto me he quedado sin cena – me quejé. – En fin, nos vemos, Soki. Sé bueno.

– Lo intentaré.

Advertido por mi viejo compañero irlandés, me dirigí sin demora al despacho de Henkara. Estaba convencido de que aquella noche no podría descansar ni llevar a cabo mi plan: eran días muy ajetreados en la Sociedad de Almas tras la misteriosa desaparición del Capitán de la Duodécima División en extrañas condiciones.

Por otra parte, en la División y, especialmente, en mi corazón, las cosas retornaban paulatinamente a la normalidad. Había asumido que no alcanzaría nunca el corazón de Nalya, pero haberle confesado durante aquel atardecer mi amor incondicional por ella había sacado de mis hombros aquella angustiosa carga de la frustración silenciosa, del miedo a la propia confesión.

Lamentablemente, la frenética actividad en la que vivíamos, sumada al ir y venir de mis clases en la Academia, me impedía verla y hablar con ella todo lo que quisiera. Por eso, aprovechando una presumible noche libre, había decidido invitarla a cenar, no como medio para seducirla, sino como una forma de pedirle perdón por todo el daño que podía haberle causado, aunque no quisiera admitirlo, a raíz de mis vaivenes emocionales y mis meteduras de pata.

La convocatoria de Henkara me rompía los esquemas, pero la completa disponibilidad en cualquier momento y ocasión había sido conditio sine qua non para que me hubiera autorizado a ocupar el puesto de profesor, en el que día a día me encontraba más cómodo.

– Buenas tardes, Capitana – la saludé al entrar en el despacho.

– Toma – dijo, tendiéndome la autorización de la misión. – No tengo mucho tiempo, estoy llena de trabajo hasta las cejas. Te lo explicaré rápido: hoy y mañana vas a patrullar el área del oficial Raylon, de la Sexta División.

– ¿El área de Ray? – pregunté sorprendido. – ¿Le ha pasado algo? ¿Está bien?

Había conocido a Raylon durante mi segunda estancia en la academia. Entonces, era un año menor que yo, al igual que su compañera de División, Yuufuku, con quien mantenía una especial relación y que era la alumna predilecta de Nalya durante sus tiempos de profesora. A través de ella, había comenzado a tener más relación con ellos.

– Tranquilo, está bien – me calmó. – Está en una misión especial.

– Sé que no me va a contestar, pero ¿tiene que ver con la desaparición del Capitán Kaskas?

– ¿Tienes alguna pregunta sobre tu misión?

– Lo siento – me disculpé por mi intromisión en asuntos que no me concernían. – ¿Dónde es?

– Míralo tú mismo – me indicó. – Está en la autorización.

– Pontev… Pontev… ¡¿Pontevedra?! – exclamé entre desconcertado e irritado. – ¡¿Pero qué…?! ¿Es una broma?

– No, Rido. No lo es.

– ¡¿Pontevedra?! – seguía repitiendo una y otra vez, confuso y excitado.

– Exacto – corroboró. – Pontevedra.

– No puede hacerme esto. Seguro que va contra las normas – alegué.

– No hay nadie más… en una situación así las normas tienen poco valor – replicó. – Todos tus compañeros están embarcados en alguna otra misión o descansando después de un mes sin parar. Tú eres el que está más descansado. Tú irás.

– Supongo que no me queda otra opción – resoplé. – Está bien, voy para allá.

No podía protestar si no quería perder mi plaza así que no tenía elección: debía resignarme a regresar al mundo de mis pesadillas, al escenario donde los peores miedos tomaban forma. Taciturno y cabizbajo, me dirigí a la puerta, pero la voz de la Capitana interrumpió mi huida cuando ya tenía el pomo de la puerta en mi mano.

– Llévate un Gigai – ordenó.

– ¿Un Gigai? ¿Para qué?

– Ya que vas a casa aprovecha y vence de verdad a tu pasado – me aconsejó. – Además, seguro que te llevas alguna sorpresa… y tienes gente a la que pedir perdón.

– Prefiero ir sólo de forma espiritual – repuse.

– Es una orden, Rido.

– Entiendo – asumí mientras abría la puerta.

Pensativo y poco animado, me conduje por los pasillos hacia la habitación, donde me vestí con el cuerpo artificial y comencé a preparar el equipo necesario para llevar a cabo una noche de patrulla en el mundo normal: la espada, el dispositivo de comunicaciones y un rudimentario kit de primeros auxilios.

Ya que me veía obligado a caminar entre los mortales como si fuera uno de ellos, decidí al menos elegir una indumentaria con la que me sintiera cómodo: una camiseta negra de los Lizzy, unos vaqueros gastados y unas zapatillas de tela. Al mirarme en el espejo con ese atuendo pude observar, como un fantasma de tiempos ya muy lejanos, a mi antiguo yo. Sí, quizás Henkara tenía razón: aún tenía una cuenta pendiente conmigo mismo.

– Quinto Oficial Akano Rido, – me presenté al oficial encargado del Senkaimon mientras le entregaba la autorización – Novena División.

– Todo en regla – murmuró tras examinar los permisos correspondientes.

A los pocos minutos, vagaba ya por las viejas callejuelas empedradas de la zona vieja de mi ciudad natal. Las calles, las iglesias, las plazas arboladas… todo seguía igual aunque, en el fondo, todo había cambiado.

Aquel era el paraje de mis desgracias, pero, curiosamente, volver a él no provocó en mi ningún sentimiento de congoja o de desazón, como era de esperar. Al contrario, una extraña calma me dominaba hasta el punto de que comencé a pensar que algo no iba bien conmigo. ¿Tanta indiferencia me causaba ya aquel mundo?

– Creía que habías muerto hace veinte años – me sorprendió la voz de alguien perceptiblemente ebrio a mis espaldas.

– ¿Perdón? – murmuré mientras me daba la vuelta y trataba de disimular mi verdadera identidad. – ¿Muerto?

– Me recuerdas a alguien… – se excusó.

– Le recuerdo a alguien… ya – contesté escéptico.

– Un buen chaval – explicó aquel sucio vagabundo que apestaba a vómitos y a alcohol. – El muy gilipollas acabó cortándose las venas.

Traté de esconder mi sorpresa al observar aquel rostro vagamente familiar. ¿Acaso había alguien que me recordaba? No, no podía ser. Tenía que ser una coincidencia macabra, una simple confusión o una broma de mal gusto. Asustado por lo que pudiera descubrir, me di la vuelta y me marché.

Pero aquel sólo había sido el primer encuentro de la noche: mi vieja amiga, la Dama Fortuna, tenía ya preparado su próximo movimiento en aquella partida que mantenía conmigo desde hacía tanto tiempo.

Mientras vagaba sin un rumbo fijo por las calles adoquinadas, comencé a sentir la presencia de un vacío no muy lejos de allí, aunque, realmente, “lejos” no era una palabra con mucho sentido en aquella ciudad.

– Genial – dije, llevándome la mano al bolsillo para sacar el Soul Candy. – Vamos a estirar un poco las piernas.

Lancé la píldora hacia mi boca e inmediatamente el alma artificial tomó posesión de mi cuerpo, haciendo que mi forma de shinigami lo abandonara al instante. Comprobé que todo estaba en orden y di instrucciones al nuevo inquilino de mi Gigai para que tratara no meterse en problemas.

Cuando llegué al lugar fuente de aquel reiatsu, descubrí como un hollow, de constitución vagamente antropomórfica, amenazaba a un alma agazapada ras unas cajas. Parecía no haberse dado cuenta de mi presencia o, si lo había hecho la ignoraba, lo cual resultaba aún más inquietante. Siendo que estaba aún muy cerca del plus, no me quise arriesgar a atacarlo estando por medio aquel inocente.

– Tengo una propuesta para ti – le llamé en tono provocativo. – ¿Qué te parece si tú y yo tenemos un pequeño intercambio de opiniones?

– ¿Para qué? – replicó en un tono cargado de soberbia y prepotencia. – ¿Para qué elegir si podemos encargarnos fácilmente de los dos?

– ¡Vaya! – seguí burlándome, pues parecía acaparar su atención. – ¡Parece que tenemos a un fuera de serie! ¡Si hasta habla de sí mismo en plural!

– No nos conoces, ¿verdad shinigami?

– Parece que vos tampoco me conocéis a mí – contesté en el mismo tono jocoso en que me había dirigido a él durante todo nuestro encuentro. – Aunque supongo que poco importa eso teniendo en cuenta lo poco que os queda. Será un placer mataros – añadí al final.

– No deberías decir cosas como “voy a matarte” tan a la ligera – sentenció. – Ya que parece que quieres morir, seremos piadosos y te diremos nuestro nombre…

– Estoy expectante.

– Nuestro nombre es Legio, – anunció – porque somos muchos.

– ¡Conoces la Biblia! – sonreí maliciosamente. – Qué romántico.

Para mi sorpresa, como salidos de la nada, ante mis ojos ya no había un solo vacío sino una veintena de ellos, todos iguales, que me rodeaban mientras que mi interlocutor se acercaba peligrosamente al plus que temerosamente se escondía tras los montones de basura.

De un salto, superé la barrera de vacíos y me posicioné entre el vacío y el plus, evitando que pudiera aproximarse aún más y poner en peligro su vida. Mi defendido aprovechó el escudo que le ofrecía y corrió a escabullirse en lo profundo del callejón, lejos del alcance de la batalla. Ahora tenía todo el espacio para combatir sin preocupaciones.

El hollow trató de lanzarse a la persecución del escapado, pero interpuse mi cuerpo frente al de él para restarle libertad de movimientos. Con los brazos extendidos y la espada en mi mano derecha, bloqueaba la ruta más directa y mi velocidad me permitía interceptar cualquier camino alternativo que pretendiera tomar.

– Lo siento, pero no puedo permitirlo.

– Eres muy osado, shinigami – amenazó.

– ¿Tú crees? – bromeé. – ¿Rápida o lenta?

– Qué gracioso – bramó, lanzándome un zarpazo fácilmente esquivable.

– Interpretaré eso como un “rápida” – sonreí. – Resuena en los cielos, estremece la tierra. ¡Balmung!

A mi voz, la espada adoptó su forma liberada: una forma que era novedosa y que se había comenzado a manifestar desde que había liberado de aquel claustro lo que había quedado sellado del alma de Akano Rido.

Aunque esencialmente seguía siendo igual, una maza y una espada, con los mismos poderes y capacidades, ahora esta última ya no era una katana, sino un majestuoso flamberge en el que el símbolo de los Akano brillaba con más luz que nunca.

– Ahora es cuando me toca presentarme a mí – anuncié. – Mi nombre es Akano Rido, aunque por ser tú te permito llamarme Gran Guerrero de las Sombras.

– Así que tú eres uno de ellos…

En aquel momento no reparé en lo que me había dicho aquel vacío, pues, dibujando en mis labios una amenazadora y malévola media sonrisa, me había lanzado hacia sus compañeros a toda velocidad. Bailé entre mis oponentes atacando aleatoriamente con la espada y con la maza dibujando una serie de movimientos que Eliaz había bautizado rimbombantemente como “Danza Eléctrica Mortal”.

Cuando sólo quedaba el hollow original, pues había llegado a la conclusión de que los demás eran burdas copias, volví a situarme frente a él. Bajo la máscara de hueso, el único oponente restante había abandonado su actitud soberbia y me miraba ahora con miedo y respeto.

Ya no hablaba, ya no se movía, ya no se preocupaba por pasar a través de mí para perseguir al plus escondido que había sido objeto de sus deseos pocos minutos. No, ahora estaba paralizado por el terror que le había producido la escena anterior.

– Supongo que ahora tendrás que cambiar de nombre. ¿Qué te parece “Miles”? – le espeté burlón antes de hundir la maza en el centro de su máscara. – Aunque realmente ya no lo necesitarás.

Aquella fue la primera vez que contemplé las puertas del infierno. Hasta entonces, todos los hollows con los que me había encontrado habían sido almas en pena que, por uno u otro motivo, habían acabado sucumbiendo a sus instintos, representados en aquella ósea cubierta que ocultaba su verdadero rostro, lo único que quedaba de su antiguo cuerpo. Sin embargo, aquel, aquella legión, era el estadio final de un alma que se había apartado del camino recto mucho antes de que su cadena del destino se cortara.

Me di la vuelta para completar la misión enterrando al plus. Despacio, tratando de no asustarlo más de lo que ya estaba, lo busqué entre las cajas apiladas al lado del callejón. Lo descubrí enrollado sobre sí mismo, acurrucado tembloroso contra la puerta de un garaje. Me acerqué sonriente y tranquilo y me agaché junto a él tratando transmitirle la paz que, supuestamente, debería sentir durante el rito y que yo debía y quería mostrarle. Puse suavemente mi mano sobre su hombro y le llamé cariñosamente.

– Ya ha acabado todo – le sonreí. – He venido a buscarte para llamarte a un lugar mejor.

Aparentemente calmado por mi tono, se dio la vuelta para observarme fijamente, dejándome descubrir un rostro envejecido, aunque de lo más familiar. Tan sorprendido como yo, el plus dio un pequeño salto hacia atrás y pequeñas lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.

– ¿Uxío?

– ¿Hijo?

– Yo no soy tu hijo – reaccioné, casi como si fuera un acto reflejo. – Pero… sí, – me corregí – soy yo.

– ¿Eres un fantasma?

– Soy un shinigami.

– ¿Shinigami?

– La parca, – traté de explicarle, usando figuras y conceptos que él entendiese – el barquero Queronte…

– Lo… Lo siento…

¿Me estaba pidiendo disculpas? ¿Él? ¿A mí? ¿A la persona que había amargado su existencia? ¿Al hombre que había hecho de su vida un infierno? Pero, ¿por qué? ¿De qué se sentía culpable? Fue precisamente en ese momento, ante aquella tímida y temerosa disculpa cuando me di cuenta de cuan equivocado había estado en el pasado.

– Eso debería decirlo yo – murmuré tras un emotivo silencio. – Fui yo el que tiró su vida a la basura. Fui yo el que…

– Calla – me ordenó, poniéndome la mano sobre la boca. – No se te ocurra decir esa clase de tonterías.

– No son tonterías. Son la pura…

– Son tonterías – sentenció. – Tu madre y yo no supimos cuidarte y mírate ahora. Por nuestra culpa estás…

– ¿Cómo estoy?

– Condenado.

En cierto modo, la respuesta de mi antiguo padre adoptivo no me cogió desprevenido. Entraba dentro de los límites de lo razonable conociendo quién era el hombre con el que hablaba. Mi padre adoptivo, Uxío, era un hombre profundamente religioso y era normal que considerara vagar eternamente ayudando a los difuntos en su tránsito a la otra vida como la condenación eterna.

– No estoy condenado – le dediqué una sonrisa cargada de comprensión. – Uxío, ser shinigami no es ninguna condena.

– Pero no…

– ¿No estoy en el cielo? – me anticipé a su objeción. – De alguna forma… lo estoy. Digamos que soy como un ángel. Pero “mi cielo”, el cielo, el de verdad, no es como lo imaginas. Es totalmente como otra vida, como otra oportunidad. Pero no es necesariamente mejor ni peor, es como tú quieras que sea. Gracias a Dios me crucé con las personas adecuadas que me sacaron del abismo.

– Algo que nosotros no pudimos hacer…

– Algo que no quise dejaros hacer – le corregí.

– Entonces, si es como otra vida… ¿Qué pasa con todo en lo que yo creía?

– Es… complicado – admití. – Pero que no sea idéntico a lo que esperabas no significa que tus creencias sean mentira. Ya verás como tiene todo el sentido, poco a poco lo irás descubriendo, como hice yo.

– ¿Estás seguro?

– Completamente – aseveré. – Tengo una familia, amigos… Soy feliz o, al menos, creo que voy por el buen camino.

– ¿Eso es ir por el buen camino? – señaló hacia la entada del callejón, haciendo referencia al vacío con el que me había enfrentado. – ¿Enfrentarse a esos monstruos?

– Esos monstruos… los hollows, son también personas – le expliqué. – Sólo que después de muertas han sucumbido a sus… han ido al purgatorio – me corregí, para utilizar símiles cercanos a él.

– Pero a este lo has matado…

– No exactamente – repliqué. – Verás, esto es una Zampakutou – aclaré mientras desenvainaba a Balmung, ya sellada. – La empuñadura sirve para enviar a la Sociedad de Almas a las personas como tú, la hoja sirve para purificar a los hollows. Para perdonarle sus pecados. Al matarlos suceden dos cosas, o van al cielo, a la Sociedad de Almas, o al infierno, como este.

Una vez le hube explicado todo aquello de forma que lo entendió suficientemente, comenzamos a hablar durante largo rato acerca de cómo se habían portado los años con nosotros. Le hablé de la División, de todas las aventuras que había vivido, del clan, de Yonas y, sobre todo, le hablé mucho de Nalya, provocándole una ligera sonrisa emocionada cuando me oía hablar de ella.

Ahora, mucho después de aquel encuentro, me doy cuenta de que aquella fue la primera vez que había entablado una conversación de aquella profundidad con aquel que había sido la primera persona que había querido ayudarme en mi vida mortal.

– Es hora de marcharse – susurré al ver asomarse el sol sobre los montes y depositar sus rayos rojizos sobre las aguas turbias del Lérez.

– ¿Cómo va a ser?

– Vas a sentir mucha paz – le tranquilicé.

– ¿Volveré a verte?

– Cuando llegues allí, búscame – dije mientras desenvainaba a Balmung. – Recuérdalo, Akano Rido, Quinto Oficial de la Novena División. ¿De acuerdo?

– Sí, lo recordaré.

– Haremos una cosa – me detuve antes de realizar el ritual. – Esto me enseñó a hacerlo mi padre.

Deposité mi mano derecha sobre su cuello y emití una pequeña cantidad de reiatsu. El resultado fue que quedó marcado con un pequeño aunque visible tatuaje en forma de rayo, similar al mío. Ahora era “protegido de los Akano”, al menos durante el tiempo suficiente.

– Franco – llamé por el sistema de comunicaciones. – ¿Estás ahí? Aquí el Oficial Akano.

– Estoy aquí – contestó.

– ¿Eliaz llegó de su misión?

– Hace una hora.

– ¿Puedes ponerme con él? – le pedí.

– Enseguida.

– ¿Qué pasa? – preguntó Uxío sin entender.

– Tranquilo. Así te será más fácil encontrarme.

– Cabrón, estaba durmiendo – protestaba a los pocos minutos Eliaz al otro lado de la radio.

– Pues despierta, necesito que hagas algo por mí.

– Caprichoso.

– Me debes una – repuse.

– ¿De qué?

– Seguro que de algo – me burlé. – Escucha, necesito que vayas al Registro Central, a la oficina de asignación de distritos y arregles unos papeles por mí.

– ¿Para quién?

– Lo sabrás cuando lo veas.

– ¿Y no puedes hacerlo tú? – protestó. – Ahora que eres un Akano.

– Todavía tengo trabajo por aquí – expliqué. – Sabes que no llegaría a tiempo.

– Está bien – resopló. – ¿A dónde lo quieres mandar?

– Al Siete Oeste.

– Veré que puedo hacer.

– Gracias. Nos vemos por la noche – dije, apagando el comunicador. – ¿Preparado?

– Un momento.

Mi padre adoptivo me dio un cariñoso abrazo al que yo, desconcertado, tardé en corresponder. Después, con la mirada y una sonrisa me indicó que estaba listo, para inmediatamente ponerse de rodillas como si estuviera rezando.

Desenvainé a Balmung de nuevo y posé la empuñadura en su frente para realizar el ritual. Una tenue luminosidad blanquecina lo envolvió y poco a poco su alma fue desvaneciéndose. Había comenzado el viaje a su nueva vida.

– Nos veremos muy pronto – le dije mientras tanto.

Al final, gracias a una actuación en apariencia poco ortodoxa de Henkara, me había reconciliado con mi pasado. Era una sensación extraña verse aliviado del peso de aquellos recuerdos y de aquellos sentimientos de culpa que siempre había llevado conmigo. Era una ligereza reconfortante y tranquilizadora: ya no había nada de lo que arrepentirse.

Recuperé mi Gigai al rato y cumplí el tiempo de la misión según había establecido la Capitana. Abrí el Senkaimon y avancé hacia la Sociedad de Almas convencido de que aquello que había pasado durante la noche era un presagio de que finalmente todo iba a cambiar a mejor.

mayo 4th, 2007

Memorias 48 – Confesión

Memorias 48 – Confesión

– Buenos días – saludé de forma bien audible al entrar en el aula de sexto curso.

Tras mi primera experiencia, ciertamente satisfactoria, como profesor, comenzaban aquel día el periodo lectivo y mi estreno como el maestro de historia de cientos de alumnos tenía lugar allí. La mía era la primera clase del último curso en la Academia de aquellos estudiantes.

Avancé hasta la mesa y deposité sobre ella, en varios montones, mi carpeta y una serie de fotocopias para el medio centenar de alumnos que formaban la clase avanzada de aquella promoción de futuros oficiales.

Poco a poco, los académicos iban tomando asiento a medida que descubrían que su profesor entraba en el aula. Con la mirada busqué al nuevo inquilino de mi habitación, fácilmente distinguible por su aspecto, que se encontraba aún de pie entre un grupo de dos o tres alumnos mirándome desconcertado.

– Por favor, Raik – le avisé. – ¿Serías tan amable de repartir estas copias? Mientras tanto iré presentándome, mi nombre es Akano Rido y seré vuestro profesor de Historia de la Sociedad de Almas V durante este último curso. Soy perfectamente consciente – les sonreí – de que muchos de vosotros consideraréis esta asignatura como un estorbo en el medio de un curso eminentemente práctico. Os entiendo, yo también – confesé, provocando una pequeña sonrisa entre algunos de los asistentes. – Pero no os confundáis, la asignatura de Historia os será tan útil en vuestras labores como shinigami como las clases de combate del profesor Vriznak o las clases de Kidou del maestro Data.

– ¿Cómo? – preguntó una estudiante, verbalizando el desconcierto general de sus compañeros.

– Comprendo que mi última afirmación puede sonar algo más que presuntuosa, pero un buen conocimiento del pasado puede poneros en guardia frente al futuro. No niego la importancia de las otras disciplinas, pero una mente bien formada aumenta exponencialmente el poder destructivo de cualquier arma.

– No lo entiendo – replicó la misma alumna.

– Lo sé, yo tampoco lo entendía hasta que la experiencia me lo demostró – admití. – En cualquier caso… ¿dirías que el Consejo de Capitanes está formado por gente digamos… irresponsable? – pregunté. – Responde con total libertad, nadie te dirá nada.

– Sí, señor.

– ¿Señor? No hay nadie tan viejo aquí – bromeé. Quería acercarme a ellos lo más posible. – Entonces asumimos que son gente responsable, inteligente, ¿verdad?

– Sí.

– Entonces podemos concluir que si son responsables e inteligentes no nos harían perder el tiempo con algo que no sirve para nada. ¿De acuerdo?

– Supongo que sí.

– ¿Llegaron las copias? – levanté la vista hacia el resto de la clase.

– Sí – respondió el improvisado repartidor.

– Perfecto – dije, tomando entre mis manos el original. – Lo que tenéis en las manos es el programa de la asignatura. También os dejo una pequeña cronología de los acontecimientos más importantes y una serie de datos y nombres más relevantes para que os sea más sencillo tomar notas.

– Perdón, profesor – me interrumpió otra alumna.

– Llámame Rido – le sonreí, dándole a entender que podía intervenir.

– ¿No se ha equivocado con el programa?

– En realidad, no, pero sabía que alguno preguntaría eso. Bien visto, señorita…

– Irupe – se presentó.

– Un placer. Sí, a simple vista, este es el programa de Historia de la Sociedad de Almas III, al menos si os fijáis en las primeros temas. Doy por supuesto que unos futuros oficiales como vosotros estaréis al tanto de las noticias, ¿no? Lo cierto es que antes de comenzar a meternos de lleno en la asignatura, que tiene un programa más bien corto porque abarca un período relativamente reducido de tiempo, creo conveniente trastocaros un poco lo que habéis aprendido en las asignaturas precedentes. Nada de lo que habéis aprendido os servirá – anuncié con voz profunda tratando de hacer como si les fuera a asustar, parándome luego para observar sus gestos. – Afortunadamente para vosotros, ésto último que os acabo de contar es una mentira como una catedral, como aquello que estudiasteis en Historia III e Historia IV, la gente no cambia muy rápido de opinión. Pero como sabéis, a comienzos de verano lo que concebíamos como real se demostró falso y lo que creíamos como un cuento de viejas sostenido por un grupo de ingenuos soñadores resultó siendo verdad en base a las pruebas. Hablo por supuesto de…

– ¿La revisión del caso de Akano Kumaru? – se atrevió a responder la alumna que había dialogado conmigo acerca de la importancia de la asignatura.

– Premio para usted – le sonreí.

– Usted se apellida Akano, ¿verdad? – me interrumpió.

– Sí – respondí con naturalidad. – Akano Rido, soy el nieto del legendario Capitán Akano Kumaru.

– Legendario traidor… – farfulló uno al fondo de la clase.

– Hasta hace poco tiempo… sí, legendario traidor – repliqué sin demostrar la más mínima incomodidad. – Pero como aprenderemos a lo largo de esta asignatura, la historia pone a cada uno en su lugar. Bien, trataremos de hacer las clases amenas y participativas y por ello me gustaría contar con una actitud digamos… receptiva por parte de vosotros. ¿De acuerdo?

Les miré fijamente como buscando su aprobación, pero la respuesta fue un silencio que chocaba de frente con lo que acababa de proponerles. No importaba, ya poco a poco iría consiguiendo mis objetivos, puede que no en la primera clase.

– Centrándonos ya más en la asignatura… como se trata de hablar de la historia más reciente de nuestra sociedad, puede que os presente también a personas que participaron en ella. Quién sabe si al final del curso habréis hablado con Kaiser Wolf, por ejemplo, o con algún que otro Capitán o Teniente.

Un murmullo de asombro salió de las bocas de los alumnos al escuchar hablar de capitanes, tenientes y de alguien tan legendario en la Academia como el viejo descerebrado que pasaba el día en casa de mis padres. Había sido un completo farol, al menos en lo referente a los Capitanes.

– Sólo me queda una cosa más: la forma de evaluación – suspiré. – Tengo una buena noticia: no tendréis examen final de esta asignatura.

– ¿No hay examen final? ¡Genial! – gritó el joven que me había desafiado antes.

– No le tientes, Ryosuke – le advirtió por lo bajo la chica que estaba al lado.

– Eso, Ryosuke, no juegues con tu suerte – me reí. – Evidentemente, como los estatutos me obligan a haceros un examen final, aquel que lo quiera hacer, bienvenido sea. Para los que lo prefiráis, os propongo que me entreguéis una serie de trabajos, cada quince días.

– ¡Eso es trabajar más! – se quejó Raik.

– Entonces preséntate al examen – le sonreí. – Los trabajos serán en grupos de dos personas… ¿Quién es el delegado?

– Yo – levantó la mano la chica de primera fila.

– Y tu nombre es…

– Sakura Tendo, profesor.

– Bien Sakura, entonces si te parece en la última clase de esta semana me podrías pasar una lista de tus compañeros y las parejas para los trabajos. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

– Está bien, y como ya hemos perdido mucho tiempo y prima non datur, que dirían los latinos… Iros antes de que me arrepienta.

Salí de clase y me dirigí al departamento a organizar mis apuntes para mi siguiente hora, que sería a última hora de la mañana con los alumnos de tercero. Por el camino me fui encontrando con viejos conocidos, profesores y compañeros de curso que por uno u otro motivo habían acabado trabajando en la Academia.

– ¿Tan pronto ya fuera? – me miró inquisitoriamente Deiss al verme entrar. – ¿Te rindes ya?

– “Prima non datur”, jefe.

– Ya veo ya.

Poco a poco fueron pasando los días, el primer mes, y me fui haciendo con el puesto y con las clases. Me había costado menos de lo esperado conectar con mis alumnos y poco a poco creía saber como hacer que se interesaran por las asignaturas que impartía.

Con el ajetreo de las clases, pude evadirme del problema que me había llevado allí y es que el malestar con respecto a Nalya iba desapareciendo poco a poco. Seguía tratando de evitarla lo más posible, pero ya no me importaba cruzarme con ella en los pasillos ni mantener pequeñas conversaciones.

Aún así, aquellas pequeñas conversaciones nunca pasaban de temas superficiales. Ya no éramos los dos grandes amigos de meses antes, sólo meros compañeros de División que no podían negar un pasado común pero no podían pensar en un futuro juntos. Habíamos retornado al punto de partida, al mismo punto que cuando había ingresado en la división y yo sólo era “uno más”.

Al menos así pintaban las cosas desde fuera, pero en mi interior trataba por todos los medios, sutilmente, de recuperar la amistad perdida, aquel antiguo vínculo forjado por el destino y que me impulsaba hacia ella más que hacia cualquier otra cosa.

Una mañana, a mediados de otoño, me dirigía al baño para asearme antes de pasar un tranquilo día sin clases ni preocupaciones cuando descubrí un pequeño alboroto que se había formado frente a los aseos.

– ¿Qué pasa?

– Que tu queridísima amiga no sabe beber – me espetó Pandora, que parecía divertirse como nunca.

– ¿Nalya? – me preocupé, tratando de entrar en el baño. – ¿Se encuentra mal?

– Espera, la Capitana está con ella – me detuvo. – No te preocupes, sobrevivirá a ésta.

A los pocos minutos, Henkara salió del baño y poco a poco se fue disolviendo la multitud de curiosos y cotillas que querían entrever un poco de la lamentable situación en la que, se rumoreaba, se encontraba su Tercera Oficial.

Pero yo no me fui. Ya sólo, en el pasillo, me acerqué a la puerta del baño y la entreabrí. Lo que vi me causó un gran malestar. Nalya se agarraba el vientre con una mano mientras, de forma periódica, vomitaba una y otra vez sobre la tapa. Llorosa, desconsolada, se levantó y aporreó violentamente la puerta del servicio.

– ¿Seguro que estás bien? – le pregunté, al ser descubierto.

– ¿Quieres pelea? – me amenazó.

Todavía no había vuelto a entrar en sus murallas. Quizás, mi silenciosa confesión de amor había conseguido convertirme en su peor objetivo, algo que me producía más dolor que el conocimiento del rechazo.

– Está bien, vale… – concedí derrotado. – Ya me marcho y te dejo sola.

– ¡No, idiota! – exclamó, dándome alcance y frustrando mi retirada. – Digo que si quieres entrenar.

Entrenar suponía poder estar en su presencia más de lo justo para informarnos de nuestro estado con un insulso “¿Qué tal?”. Parecía que mi impresión anterior estaba totalmente equivocada y, mentalmente, me imaginé cruzando de nuevo el umbral de la muralla.

– Vamos – sonreí.

Fuera o dentro, respecto a Nalya yo nunca podría ser imparcial, si es que la imparcialidad pura y dura existe. Algo le preocupaba y su estado físico no era el mejor. En esas condiciones no sería capaz de vencerme, pero ella nunca me hubiera retado si hubiese considerado la derrota como una opción. Algo le pasaba, lo intuía.

Pero mi propia inseguridad frente a ella me hacía evitar preguntarle directamente. Quizás lo hiciera después del combate, quizás no, pero ahora debía estar preparado para lo peor. Si algo atormentaba a Nalya, no dudaría en utilizarme como blanco donde desahogar sus frustraciones.

– Desalojando – ordenó secamente a los presentes en el dojo. – Rápido.

Algunos de los shinigamis rasos más veteranos se fueron sin rechistar inmediatamente, otros, más renqueantes, se hacían los remolones como si no quisieran abandonar sus entrenamientos aún cuando fuera la mismísima Capitana quien se lo ordenase.

– ¡¿No me oís?! – les gritó. – ¡Fuera!

– Esto… ¿estás bien?

– Perfectamente – informó mientras desenvainaba, lo que me obligó a imitarle. – Pierde el primero que toque la espalda con el suelo.

Sin mayor explicación y sin mediar aviso previo, se lanzó como una posesa hacia mí. Sin tiempo a reaccionar frente a su velocidad, sólo pude bloquear el ataque con la hoja de Balmung y tratar de aguantar la arremetida. Aprovechó mi desventaja para tomar mi puño y empujarme, tratando de desequilibrarme.

En ese momento encontré un punto débil. Sin mucho pensarlo, lancé una de mis piernas para hacerle la zancadilla y derribarla. En su caída, cargué con mi espada para tratar de obligarla a caer, pero fue lo suficientemente ágil como para evitar la estocada y caer de rodillas, consiguiendo sin embargo que le cortara un par de mechones de su cabello carmesí.

– Bien esquivado – le sonreí.

Dibujando ella también una sonrisa en mi cara, aprovechó que ya se encontraba en una posición baja para tratar de derribarme mediante un barrido con una de sus piernas. Lo esquivé retrocediendo, para encontrarme con que se retiraba ella también unos metros hacia atrás de una forma un tanto acrobática.

Fue ese el momento que elegí para, poniendo en juego mi superior velocidad, posicionarme a su espalda y obligarla a tocar el suelo, pero se dio cuenta en el último instante y acompasó su último salto con un codazo directo a la boca del estómago complementado con un fuerte puñetazo haciéndome doblar la rodilla y parar unos instantes para tratar de recuperar la respiración normal.

– Mala bestia – me reí entre dientes mientras me llevaba la mano a la mejilla, donde había impactado su puñetazo. – No pagues tus frustraciones conmigo.

– No hubieses aceptado.

Inmediatamente cargó una y otra vez contra mí. Por la izquierda, derecha, a media altura y otra vez hacia la cabeza. Fue una serie de golpes sin oportunidad de contraataque que no me dejaban otra posibilidad que esquivarlos a base de cortos, rápidos y precisos movimientos. Al fin, vi la oportunidad y así el puño de su espada.

La mano me abrasaba, aún por debajo del guante, ésa era la propia autodefensa de Vilnya. Pero aquella quemazón no me importaba, era peor la rabia que me reconcomía por dentro. Sí, sería hipócrita afirmar lo contrario: si ella estaba pagando conmigo algo que yo desconocía, yo descargaba contra ella los sentimientos frustrados que me habían carcomido durante tanto tiempo.

Apreté los dientes y empujé hasta hacerle perder el equilibrio, pero una vez más, Nalya tuvo suerte y consiguió apoyarse con los codos antes de que su espalda batiese contra el tatami. Iba a tratar de que aquello ocurriera, pero fue rápida y recuperó la vertical en poco tiempo.

Sin embargo, la celeridad con la que había conseguido levantarse, le hizo descuidar la presa de su arma y al bloquear mi ataque, Nalya salió disparada hacia mi espalda. Ahora estaba desarmada y yo tenía toda la ventaja, ventaja que no supe usar.

Nos sostuvimos las miradas, miradas que mataban, que expresaban cuánto nos habíamos callado durante un mes y medio de conversaciones inútiles y de gestos excesivamente protocolarios. Ninguno de los dos podía permitirse el lujo de parpadear si no quería perder aquel extraño y tan profundo duelo, que iba ya más allá del propio entrenamiento.

Con un shumpa, ambos tratamos de llegar a la espada perdida antes que el otro. Ella consiguió tomar la empuñadura pero no me hacía falta tomar el arma, sino evitar que mi rival lo hiciera. Descargando todo mi peso en una brutal patada, conseguí apartarla de su objetivo.

– Perdón – me disculpé al recuperar la consciencia de lo que había hecho. – Me he pasado.

– Pegas como una mujer – repuso, mientras escupía sangre.

– Y tú mientes fatal – susurré de forma inaudible.

Se levantó y se preparó para el siguiente asalto, mostrando el labio destrozado por mi ataque. Me sentí brutalmente culpable por haber desfigurado así aquel rostro que tanto veneraba, pero los sentimientos de furia se impusieron y no bajé la guardia.

– Además – dijo al fin, señalando con la mirada mi mano derecha y el guante quemado – así estamos empate.

Se lanzó hacia Vilnya nuevamente, pero esta vez previno mi defensa con un certero golpe con uno de sus invisibles apéndices que, aunque supe evitar, fue suficiente como para que ella recuperara la posesión de su espada. Fue tras eso cuando optó por la táctica que finalmente la llevó a la derrota.

A toda velocidad, comenzó a girar a mi alrededor para anunciarme que su ataque podía llegar en cualquier momento y de cualquier lado. Enfundé a Balmung, cerré los ojos y me concentré en sentir su presencia para detectar su posición en cada preciso instante.

– Hadou 31. ¡Shakkahou!

Fin del combate: Nalya yacía de espaldas en el suelo, que mostraba las quemaduras provocadas por aquel arte demoníaca. Ante la mirada atónita de los tímidos espectadores del combate, Nalya comenzó a llorar su derrota.

Me acerqué a ella y le tendí la mano para ayudarla a levantarse. En un gesto muy suyo, palmeó mi mano y se incorporó ella sola, despreciando la ayuda que alguien como yo pudiera proporcionarle. La miré fijamente a los ojos vidriosos que confirmaban que no estaba bien, que algo grave pasaba y que no quería contármelo.

Sabía que en ese momento mi mejor amiga, por encima de lo que yo sintiese, me necesitaba tanto o más de lo que yo la deseaba. Pero no quise hacer caso a eso y seguí aquella imperiosa obligación que surgía desde dentro de mí de marcharme de allí y salir al encuentro de una vieja conocida: la soledad. Necesitaba tomar el aire y pasear. Debía relajarme, descansar, reflexionar y reorganizar todos mis pensamientos y mis sentimientos.

¿Era estúpido? ¿Había sido tan egoísta para no ver su dolor y sólo fijarme en mis sentimientos de rabia? Me maldije a mí mismo tantas veces que perdí la cuenta. ¿Cómo había podido ocurrir? Acaso por encima de todo no era ella la única razón de mi existencia. A ella le debía la vida y no había querido ver que ella me necesitaba.

– Si puedo ayudarte en algo… – le dije.

– No – replicó. – ¡Aparta!

No pude evitar que se me escaparan un par de lágrimas cuando la vi marcharse cojeando del dojo. Era todo culpa mía, que no había sabido estar a su lado cuando me necesitaba, que había preferido la soledad en mi propio beneficio inmediato que el servicio en interés de mi mayor sueño: poder amarla el resto de mis días.

– Deberías ir a la enfermería a que te vieran eso – le sugerí, tratando de aparentar normalidad.

– No necesito los consejos de la copia barata de un amigo muerto.

Aquellas palabras fueron el descabello a mi pobre corazón, maltrecho, ajado y desahuciado. Sabía que Nalya no las sentía, que eran sólo sus malditos mecanismos de defensa, pero en aquel momento, era muy vulnerable. Sobre todo sabiendo quién era mi atacante.

Lloré desconsoladamente, una vez más, en aquel dojo ante la mirada extrañada de algunos y la sonrisa maliciosa de otros. ¿Qué había hecho? ¿Acababa de firmar mi finiquito sin aún haber empezado?

Una vez más, necesitaba airearme y reflexionar. Iba directo a “nuestro árbol”, cargado nuevamente con una botella sacada de la bodega particular de Irah, cuando la vi. Miraba al infinito subida sobre la rama en la que había pasado la noche anterior a mi ingreso en la Academia como profesor. Me acerqué sin que me viese y me senté en la raigambre del árbol mirando su reflejo en el estanque.

– Yo…

– No digas lo siento.

– No iba a decir lo siento – mentí.

– Y yo no tengo cuernos – ironizó. – No necesito la compasión de nadie. No necesito la ayuda de nadie. No necesito el cuidado de nadie. Yo me basto y me sobro sola.

– He sido un gilipollas y un imbécil…

– El primer paso es aceptarlo.

– …pero me da igual – concluí pasando por alto su comentario. – ¿Sabes? Me da igual ser un pecador si mi pecado es amarte. Iría al infierno por ello. Sé que es inútil y estúpido entregar la vida a un amor no correspondido pero en el fondo de mi alma aún guardo la vana esperanza de que algún día tú sientas lo mismo por mí. Ya está, ya lo he dicho. Haz lo que quieras ahora: insúltame, destrózame, escúpeme, mátame… lo que quieras.

– Deja de decir tonterías y pásame esa botella que llevas ahí barbudo – dijo con voz quebrada.

Noté como bebía unos tragos de la botella que le había pasado. Por lo demás, el silencio fue nuestro compañero en los segundos inmediatamente siguientes a mi desesperada confesión de amor. El sonido de un nuevo sorbo fui lo último que oí antes de que el continente regresara a mis manos.

– Nunca me gustó el whisky – murmuró mientras se iba de camino al Cuartel.

abril 27th, 2007

Memorias 47 – Primeros pasos hacia una nueva vida


Memorias 47 – Primeros pasos hacia una nueva vida

Los primeros rayos del sol fueron suficientes para despertarme de aquel sueño en el que había quedado sumido. Desde aquella rama, pude observar como el reflejo ígneo del sol naciente ondulaba sobre las calmadas aguas del estanque, agitadas de vez en cuando por aquellos misteriosos peces que lo habitaban.

– ¿Cómo he llegado a ésto? – me reproché a mí mismo tras comprobar el estado en que me encontraba.

No podía seguir así, no podía tirar por la borda todo por algo como éso. ¿“Algo como éso”? Llevaba años ya soñando con ella y ahora lo llamaba “algo como éso”. Es increíble como sólo unas pocas horas bastan para derrumbar los sueños de un hombre y reducirlos a cenizas.

– ¡Eh! ¡El nuevo vigía! – me llamó Eliaz desde abajo. – Creía que esa era función de los shinigamis rasos.

– ¿Tú tan pronto levantado? ¿Y en el Cuartel? ¿Pasa algo? – bajé alarmado.

– Esto… no – me tranquilizó. – Simplemente quería ver cómo estaba mi padrino de bodas.

– No estoy precisamente bien – resoplé. – Francamente… ¡Un momento! ¿Padrino de bodas?

En aquel momento, la noticia de que mi mejor amigo se casaba me sentó como una patada en la boca del estómago. Por supuesto, me alegraba por él. Había llegado incluso a aceptar, aunque a duras penas, la relación que mantenían los otrora hermanos adoptivos.

Pero en aquel estado en que se encontraba mi corazón cualquier alegría era como mucho una pequeña sombra frente a la pena que lo asaltaba y lo azotaba como un viento huracanado y que no me dejaba vivir en paz. No podía tener el amor de Nalya, ¿qué más podría importar?

– Lo que oyes – confirmó. – El mes que viene, en la mansión Asharet.

– ¿Lo has conseguido?

– Lo he conseguido.

– Entonces… ¿vuelves a ser Eleazar?

– Todavía no – se apresuró a aclarar. – Ya sabes, no es tan fácil. Pero pretendo tenerlo resuelto esta semana.

– Hablando de eso, tengo que hacer una cosa.

– ¿Cuál?

– Puede que recuperar tu verdadera identidad no sea fácil pero… yo ya soy de nuevo un Akano – le sonreí. – Algún día deberé formalizarlo.

– ¡¿Ya eres de nuevo un Akano?! – se sorprendió. – ¡Déjame ver!

– ¿Qué quieres que te deje ver?

– ¡Los tatuajes! – exclamó como si fuera más claro que ninguna otra cosa en el mundo. – Todos vosotros lleváis una marca.

– ¿Cómo lo sabes?

– No desprecies dieciocho siglos de experiencia, Rido.

– A veces me olvido de que eres un dinosaurio – me burlé mientras me daba la vuelta y me desvestía de la cintura hacia arriba para mostrarle la marca.

– ¡Increíble!

– ¿Por qué todo el mundo dice lo mismo?

– Será porque es cierto – sonrió.

– En fin, voy al Registro Central a arreglar el papeleo y luego a la Academia.

– Entonces no piensas decirme nada.

– ¿Nada de qué?

– No soy tonto – sentenció. – Ni sordo.

– No eres mi confesor.

– Y soy tu mejor amigo. Y vas a ser mi padrino de bodas. Ya no eres Rido sólo, algo en ti ha cambiado y no sólo un puñetero tatuaje. ¿Qué ha pasado?

– Abrí una puerta.

– … Ya – respondió. – Yo también he abierto muchas puertas esta mañana, y no por eso me siento diferente.

– Ya me entiendes. Ahora con tu permiso – traté de evadirme, en previsión de lo que estaba por venir.

– Quieto ahí – me detuvo, tirándome de la camisa

– ¿Qué más quieres? – pregunté violentamente.

– ¿Qué cojones te pasa? – dijo sin ambages. – Has pasado la noche solo, encima de un árbol y con una botella de whisky en la mano. Y como te he dicho antes, no soy sordo. ¿No piensas decirme qué ha pasado entre tú y Nalya?

– No ha pasado nada entre ella y yo – expliqué. – Ese es el problema, que no ha pasado ni pasará nada entre nosotros.

Sin darle oportunidad de réplica, me zafé de su presa y me dirigí a toda prisa hacia el exterior del Cuartel, tratando de evitar que Eliaz me diera caza. No tenía ganas de hablar de aquello, aunque sabía que tarde o temprano acabaría por contárselo todo y pedirle consejo. Pero aún no había llegado el momento, aún estaba demasiado dolido y rabioso como para tratar de ponerle solución al problema.

Tras asumir oficialmente la identidad de Akano Rido, algo que supuso menos papeleo del que imaginaba pues, al parecer, Henkara ya había solucionado los trámites más costosos, dirigí mis pasos a la Academia para conversar con el Profesor Deiss acerca de mis nuevas atribuciones como profesor de la Academia y es que durante el camino acabé por aceptar la oferta para acceder a la enseñanza como una vía de escape para mis frustraciones.

Había decidido tratar de evitar lo más posible a Nalya, al menos durante una temporada. En parte lo hacía por vergüenza, ahora que ya conocía “mi gran secreto”, en parte porque no sabría cómo reaccionaría al verla y temía que fuera de forma poco apropiada. Estaba confuso y desorientado y la nueva oportunidad se me presentaba como un refugio necesario donde cobijarme hasta que pasase la tormenta.

No era la primera vez que pisaba la Academia desde mi graduación, había acudido en numerosas ocasiones a la Biblioteca Académica por motivo de mis estudios, pero esta vez era diferente. Jóvenes revestidos de blanco, en su mayoría primerizos que debían llegar unos días antes, aunque no muchos pues faltaba más de una semana para el comienzo del periodo lectivo, revoloteaban sin destino fijo y sin siquiera sospechar que el shinigami que con aspecto aturdido caminaba entre ellos sería uno de sus profesores.

– ¡Rido!

– ¿Soki?

Soki era uno de los oficiales de mayor rango de la Duodécima División. Cierto es que había sido compañero de curso en mi primer paso por la Academia, pero no habíamos mantenido mucho trato hasta que se convirtió, junto con Bikutoru, en el asesor técnico para los catastróficos inventos de Eliaz y en tutor de Mitsuko para poder acceder a la División.

– ¿Qué haces aquí? – le pregunté.

– Lo mismo podía preguntar yo.

– Se siente, yo lo he hecho antes – repliqué en tono jocoso.

– Cambios en el plan de estudios – explicó. – El Consejo ha decidido que las asignaturas técnicas formen ahora parte del plan de estudios en la Academia. Serán optativas, pero obligatorias para aquellos que quieran solicitar su ingreso en nuestra División.

– Y supongo que tú serás el profesor – concluí. – Si no no estarías aquí.

– Exacto. Nos han cargado el marrón a Bikutoru y a mí.

– Vaya par de dos – bromeé.

– Muy gracioso – se quejó. – Es tu turno. ¿Qué te trae a la Academia.

– Deiss…

– ¿Otra vez peleado con él?

– Todo lo contrario – contesté. – Me ha ofrecido un puesto en su departamento.

– ¿Tú? ¿Profesor? ¿De Historia? ¿Junto a Deiss?

– Sí, lo sé, es irónico y sorprendente, pero cierra la boca que se te van a colar todas las moscas – le dije viendo que se quedaba boquiabierto.

– Rido profesor de Historia… Bueno, supongo que hasta cierto punto es normal, eres un pedazo viviente de Historia.

– No exageres…

– ¿Y qué asignatura te toca? ¿Lo sabes ya?

– ¡Qué va! – negué. – Ni siquiera sabe que voy a aceptar su oferta.

– Ah, ya.

– ¿Y tú que vas a impartir?

– “Introducción a la espiritrónica” e “Introducción a los sistemas informáticos de la Sociedad de Almas” – aclaró. – Por ahora, como es el primer año, sólo tenemos asignaturas de tipo introductorio.

– Por eso sois sólo dos.

– Eso es – confirmó. – Yo me encargo de la teoría y Bikutoru de los laboratorios.

– ¡Qué curioso! – reí a carcajadas.

–¿Qué es curioso?

– Que un repetidor como tú se encargue de las asignaturas teóricas.

– ¿Cómo sabes que repetí? – preguntó sorprendido, pues no sabía lo de mi transformación.

– Uno tiene sus contactos – sonreí.

– Ya veo – respondió mientras echaba un vistazo al reloj. – Oye, te dejo, tengo una reunión para mirar los programas.

– Nos vemos.

Mientas le veía alejarse por el pasillo que conducía a la dirección del centro, se me vino a la mente que había sido buena idea aceptar el trabajo. Un cambio de aires y un cambio de personas a mi alrededor podía ser beneficioso mientras no aclaraba del todo mis ideas.

Comencé a caminar hacia el Departamento de Historia inmerso en esta clase de pensamientos. Tras llamara a la puerta y recibir del otro lado la orden de pasar, me adentré en aquel magníficamente decorado salón en el que se encontraba el que sería mi nuevo jefe.

– Oficial Rido.

– Ahora soy Oficial Akano – le corregí suave y amablemente. – Desde hace unas horas, he “recuperado” mis orígenes.

– De acuerdo, oficial Akano. ¿Cuál es su respuesta?

– Acepto el puesto.

– ¿Lo acepta? Me alegra escuchar eso.

– Sólo hace falta que me diga cuando empiezo – afirmé, mostrando mi disponibilidad.

– ¿Qué le parece mañana?

– ¡¿Mañana?! – reaccioné altamente sorprendido. – Creía que el curso no comenzaba hasta dentro de una semana.

– Y así es – se apresuró a confirmar. – Pero dados los recientes cambios en la historia… se ha organizado un seminario sobre dichos sucesos.

– Y supongo que debería asistir.

– De hecho, me gustaría que fuese usted quien lo impartiera.

– ¡¿Yo?!

– Es el verdadero experto en la materia.

– Por favor, basta de elogios.

– Son realidades – dijo complaciente.

– Pero con un solo día de antelación y sin experiencia…

– Estoy seguro de que lo hará bien – me tranquilizó. – Ya lo hizo una vez.

– ¿Cuándo?

– Frente al Consejo – aclaró. – Esto será mucho más fácil. Ya no se juega la vida de un amigo ni el honor de su familia. Sin contar que doy por supuesto que un mes de convivencia con alguien como el maestro Wolf y sus familiares ha conseguido que usted profundice en su conocimiento de los acontecimientos.

– Supongo que si lo plantea así tendré que aceptar – suspiré.

– Me alegra oír eso. Entonces nos vemos mañana.

– Si no es mucha molestia, – le interrumpí cuando se levantaba para despedirme – me gustaría saber qué asignaturas impartiré este curso, Profesor. Creo que sería mejor que fuera preparando mis notas y mis primeras clases.

– Es cierto, lo había olvidado. La organización del seminario, ya sabe… – se disculpó mientras se levantaba a buscar unos papeles al escritorio. – Aquí están… ¡Va a venir bastante gente mañana! Creo que este tema se ha hecho bastante popular en el Sereitei últimamente – comentaba mientras regresaba a las cómodas butacas en las que estábamos sentados. – Tenga, este es su horario para este primer semestre. Son pocas clases, para que se vaya acostumbrando poco a poco.

– Muchas gracias – dije mientras tomaba la hoja que me tendía. – “Historia de la Sociedad de Almas I”, “Historia de la Sociedad de Almas III” e “Historia de la Sociedad de Almas V”… Estas asignaturas las solía impartir usted – murmuré.

– No se preocupe, son tantas las materias que he impartido ya en este centro que porque me quiten algunas no voy a protestar – sonrió. – Y menos si lo hago yo. Además, hay que ir dejando paso a los más jóvenes.

Con aquella frase, el viejo profesor Yvan Deiss dio por concluida nuestra pequeña reunión. Amablemente, me acompañó hasta la salida de la Academia mientras me hablaba sobre la organización del seminario y me recomendaba algunas claves y consejos a la hora de enfrentarme a las charlas que debía pronunciar el día siguiente y durante mis clases.

Agradeciéndole su ayuda, algo que nunca antes había sospechado que llegaría a hacer, me despedí de él con la intención de regresar al Cuartel, pero algo me hizo cambiar de objetivo. Abandonando el edificio principal, atravesé los campos de entrenamiento de Kidou y me dirigí al Pabellón 3A, que había sido mi hogar durante mi primera estancia en la Academia.

Trepé a mi árbol y en pocos instantes me encontré frente a la ventana de mi habitación. Había algo que llevaba cincuenta años esperando para que lo recogiera y ya que estaba allí no iba a dejarlo esperar mucho más.

– Un poco hacia arriba, hacia fuera y a la derecha… – susurré en bajo. – Listo – sonreí al escuchar un pequeño “click”. – Esto nunca cambiará.

– ¡¿Quién va?! – preguntó un Académico sobresaltado.

– Nadie – contesté sonriente. – Es salir y entrar, no te preocupes.

– “No te preocupes”, claro – preguntó asustado.

– Dime, ¿cómo te llamas?

– Raik Thor.

– Curioso nombre – le sonreí. – Ten toma, en compensación.

Saqué del interior del traje la botella de Whisky que aún guardaba desde la noche anterior y se la tiré a las manos. Como si hubiese visto al mismísimo dios, la cogió y se la llevó a los labios para probarla.

– Es bueno, traído directamente de las mejores bodegas de Irlanda – le conté. – ¿En qué curso estás?

– En sexto.

– Interesante…

– ¿Qué?
– Nada, nada.

Dejándolo con la palabra en la boca, me agaché debajo de la cama que estaba inmediatamente bajo la ventana y golpeé con fuerza la cuarta tabla empezando por la pared, que se levantó al instante. Con una sonrisa de satisfacción saqué de allí el pequeño libro en el que había recogido mis notas durante mi primer paso en la Academia y volví con cuidado a poner la tabla.

– Nos vemos – me despedí saltando por la ventana. – Pórtate bien, Raik Thor.

abril 20th, 2007

Memorias 46 – Desengaño


Memorias 46 – Desengaño

– ¡Buenos días! – grité desde el otro lado de la ventana.

Había decidido no ir a la habitación de mi amiga utilizando la vía que se suponía normal y lógica: la puerta. ¿Por qué? Quizás porque quería demostrarle que el loco de su viejo a migo había vuelto a renacer, o quizás porque quería alejarme del mundanal ruido, concretado en forma de cuchicheos en torno a mí, que no comprendía y que inundaban los pasillos del Cuartel.

Por su parte, ella miraba embobada a Vilnya, su espada, y parecía estar en algún lugar lejos del mundo real, obligándome a repetir el saludo, que acompañé de unos pequeños toques en el cristal de la ventana.

Saliendo de sus ensoñaciones, me miró fijamente, extrañada, durante un par de segundos, antes de abrirme paso hacia sus aposentos. Sin embargo, no dijo nada al respecto, como si fuera lo más normal del mundo que alguien asaltara el cuarto de otro a través de la ventana.

– ¡Puñetero Vilnya! – protestó al fin, sentándose de golpe en la cama.

– Déjalo, mujer – bromeé. – Ya bastante trabajo tiene con aguantarte.

– ¡Eso, encima, ponte de su parte!

– Al menos tu querida cabra no te suelta unos discursos dignos de un dictador.

– Para eso ya os tengo a ti y al incestuoso – me echó en cara. – Cada uno tiene la espada que se merece.

– ¿Vamos a comer algo? – propuse, cuando sus tripas sonaron. – ¿Eso es un sí?

– Más bien, es un “a lo mejor” – contestó con un gesto entre serio y ausente.

Obligándola a levantarse la incité a que abandonara la habitación y nos fuimos dirigiendo a través del patio, pues la lluvia ya había cesado, entre empujones y bromas hacia el comedor de oficiales, que ya comenzaba a mostrar el habitual ajetreo de los mediodías en la División.

Los cuchicheos continuaban presentes, pero conseguí abstraerme de ellos comentando con Xemi los resultados de las competiciones deportivas interdivisionales. Sin embargo, al devolver la mirada al grupo cuando llegábamos a los postres, entre esas bromas, notaba como si Nalya no estuviera pasando por un buen momento, pues no sólo parecía seria y distante, algo que era habitual, sino que había en sus ojos un “nosequé” que indicaba tristeza o desesperación.

Posiblemente el momento de su repentino cambio de humor, cuando unos minutos antes parecía la persona más feliz del mundo, eran los cuchicheos y las continuas miradas inquisitorias que le dedicaba todo el mundo. Quizás me sorprendió aquello más que el hecho de que estuviera seria o melancólica, más allá de que no se integrara. Había cambiado de repente expresión de contenta a una que no me gustaba nada.

Preocupado por su estado emocional, le hice un gesto para que me esperase mientras la acompañaba de nuevo a la habitación. Aunque trataba de disimularlo, después de haberla observado durante la comida podía asegurar que mi primera intuición era la correcta. Algo le pasaba.

– ¿Estás bien? – le pregunté, cerrando la puerta de su cuarto a mis espaldas.

El silencio, mientras hacía como si ordenara una habitación ya de por sí siempre en orden, fue su respuesta. Algo iba mal en ella o, al menos, no del todo bien. Me acerqué despacio a ella, preparado ante una posible reacción violenta por su parte, para interesarme por ella y entablar una conversación que revelara las causas de su malestar, aunque sabía que toda tentativa sería, al fina, inútil.

Probablemente, ella ya se había dado cuenta de que yo había notado esa especie de melancolía en que estaba sumisa. Probablemente, también se había dado cuenta del cambio en mí cuando me vio entrar por la ventana, así que supuse que no quería aguar la fiesta con sus problemas, la misma estrategia egoísta que había seguido yo durante mucho tiempo y que tan mal resultado daba.

Afortunadamente, podría decirse, mi experiencia anterior, la de Akano Rido, me había proporcionado “nuevas” vivencias y “nuevos” métodos para enfrentarme a aquella mujer que se cerraba en banda delante de mí y superar aquel mutismo que mantenía, dándome la espalda, la que pretendía ser mi interlocutora.

– Eh, Cornuda – le llamé en tono cariñoso tocándole suavemente el brazo.

Aquello dio resultado, de alguna forma, pues casi como un acto reflejo se dio la vuelta decidida a golpearme con lo primero que encontrase. Sin dejar de sonreírle, paré su brazo derecho con mi antebrazo izquierdo y la miré fijamente a los ojos preguntándole con la vista por qué le sucedía.

Nuevamente, quiso hacer como que no me entendía y apartó silenciosamente los ojos, retirando el brazo de la presa. Aquel silencio lo único que conseguía era ponerme más y más preocupado y, también, nervioso.

– Me preocupas – le solté sin ambages, ante sus continuas evasivas. – No me insultas, no me desprecias… sólo callas.

– Mejor así, ¿no?

– No. Esto no es normal. ¿Qué coño te pasa?

– Nada.

– Y una mierda nada.

– No me pasa nada – insistió, pronunciando lenta y amenazadoramente aquella frase.

– No me mientas – repliqué, pasando por alto su tono. – Tú, Uchiha Nalya, no estás bien. Nos conocemos desde hace medio siglo y sé perfectamente cuando estás bien y cuando no.

Ni siquiera se inmutó ante aquella aparente mentira. Todo lo contrario, siguió ignorándome como había hecho durante toda la conversación, como si aquella última frase no le aportase información nueva o como si no me hubiera escuchado. Estaba claro que algo le pasaba, pero preguntarle directamente por ello no daba ningún resultado. Habría entonces que cambiar de táctica.

– Está bien, ya que no puedo saber que le pasa a mi mejor amiga, – resoplé – ¿qué mierda le pasa a todo el mundo en este Cuartel que parecen la prensa rosa?

En ese preciso momento, escuché la frase que lo aclaró todo. Por el pasillo, canturreando a voz en grito, se paseaba la flamante nueva Teniente que, como habitualmente, no perdía la menor oportunidad para atacar física, psicológica o emocionalmente a su inferior inmediata en la escala de mando.

– ¡La Cornuda ha perdido algo y nunca más lo va a recuperar! – cantaba estridentemente, anunciando a todo el mundo aquel hecho.

– Esta mujer está cada día más loca – suspiré, tratando inútilmente de quitarle hierro al asunto.

Sí, es cierto, trataba de restarle importancia hipócritamente a lo que acababa de oír pero todo cobraba entonces una extraña lógica. La situación en la que se encontraba Nalya, el ambiente tan enrarecido en el Cuartel e incluso la primera impresión que tuve al verla por primera vez junto a Kyo se habían convertido de repente en piezas de un puzzle que encajaba a la perfección. Quisiera o no, quisiera yo admitirlo o no, Pandora tenía razón y la reacción de mi amiga al pregón de la segunda al mando corroboró mis sospechas: Nalya se había acostado con Kyo, al menos, la noche anterior.

Una punzada de dolor, de celos, de rabia, de envidia hacia el viejo teniente, de “¿por qué no yo?” azotó mi corazón haciéndome perder la sonrisa, haciéndome bajar del caballo llamado euforia en el que me había montado tras mi renacimiento.

Nunca he sentido igual una derrota
que cuando ella me dijo se acabó
nunca creí tener mi vida rota
ahora estoy solo y arrastro mi dolor

Y mientras en la calle esta lloviendo
una tormenta hay en mi corazón
dame otra copa aún estoy sereno
quiero beber hasta perder el control

Adopté entonces un gesto sombrío y serio y la miré fijamente. Pero ella no se dio cuenta pues seguía evitando mi mirada. El pregón de Pandora había calado hondo en ella que parecía, por primera vez según yo recordaba, al borde de las lágrimas.

Sabía que en ese momento mi mejor amiga, por encima de lo que yo sintiese, me necesitaba tanto o más de lo que yo la deseaba. Pero no quise hacer caso a eso y seguí aquella imperiosa obligación que surgía desde dentro de mí de marcharme de allí y salir al encuentro de una vieja conocida: la soledad. Necesitaba tomar el aire y pasear. Debía relajarme, descansar, reflexionar y reorganizar todos mis pensamientos y mis sentimientos.

Viendo que no había respuesta posible a mis mudas preguntas, me di la vuelta y lentamente me acerqué a la puerta. Con un suspiro, accioné la manilla y la abrí, no sin antes echar una última mirada hacia atrás.

– ¿Ahora te vas?

– ¿Ahora me hablas?

– ¿Prefieres que esté callada?

– Aquí no pinto nada. Me voy.

– Pues que te vaya bien.

– ¿Por qué? – susurré.

– ¿Que por qué? – contestó. – ¿Debo darte explicaciones?

– Yo…

– Yo ya soy mayorcita – me espetó. – Puedo cuidarme sola. No necesito ayuda de nadie.

– Es cierto, eres mayorcita – repliqué dolido. – No me necesitas, por eso me voy.

– ¿Pero qué cojones te pasa a ti ahora?

– Nada.

– Y una mierda nada.

– Tú sabrás entonces lo que me pasa.

– Se ve que a ti te pasa algo.

– ¿Acaso eres ahora mi psicóloga?

– Mira quien fue a hablar, Dr. Freud de pacotilla.

– ¡¿Quieres saber lo que me pasa?! – grité, confuso y alterado.

Me di la vuelta y violentamente me acerqué a ella decidido. No controlaba mis pensamientos y emociones en aquel momento y era capaz de cometer una estupidez. Afortunadamente para lo que pudiera suceder, recuperé el control antes de hacer algo de lo que luego me arrepintiera.

En ese momento nuestros ojos se cruzaron y la observé fijamente, igual que ella a mí. Estábamos frente a frente, separados a escasos centímetros. Tan cerca estábamos que notaba el ir y venir de su respiración, acelerada por la tensión del momento, como si fuera la mía propia.

Me sentía confuso y, sobre todo, tenía unas ganas formidables de besarla y, de este modo, demostrarle, de una vez por todas, todo lo que sentía por ella y que durante tanto tiempo me había guardado.

Sin embargo, era completamente consciente que aquello no sería más que un mero espejismo, una reacción contra una realidad que no quería asumir: Nalya no me amaba, no sentía lo mismo por mí que lo que yo sentía por ella. Sabía a ciencia cierta que aquello no duraría más que lo que durase el beso y que luego se marchitaría, como si fuera una de esas plantas tropicales que florecen durante escasos segundos, con una imagen bellísima, para luego marchitarse y morir, permaneciendo así, inertes, durante años e incluso siglos.

Noté como se me saltaban los colores. Me ruboricé hasta el punto de que me ardía la cara. Tenía que hacer algo, decidirme ya. Al final, tragándome los impulsos que me obligaban a aprovechar la oportunidad que se me presentaba para dejar salir algo que se estaba enquistando de mala manera dentro de mí y disfrutar de un efímero instante de felicidad, me volví rápidamente hacia la puerta para salir, a toda prisa, de aquella estancia que ahora se me antojaba como algo así como una cárcel.

– Cobarde – balbuceó, casi inaudiblemente, al verme salir.

Cuantas noches soñé que te besaba
y en mis brazos llorabas por tu error
luego un ruido del bar me despertaba
y el que lloraba entonces era yo

Y mientras en la calle está lloviendo
una tormenta hay en mi corazón
dame otra copa aún estoy sereno
quiero beber hasta perder el control

El portazo retumbó en todo el pasillo. Era la expresión de una rabia contenida que me negaba a dejar salir. Los pocos shinigamis que se encontraban entonces en el ala de las habitaciones se sobresaltaron al escuchar el estruendo.

– Problemas en el paraíso – se burlaba por lo bajo Pandora.

– Váyase a la mierda, – le contesté, sin siquiera mirarla, en tono realmente displicente, mientras pasaba a su lado camino del dojo – Teniente.

Al llegar a la estancia de entrenamientos, desahogué todo lo que llevaba dentro, acumulado en los últimos minutos, en una casi inacabable serie de golpes inconexos contra uno de los muñecos de prácticas que allí se encontraban, lo que llamó la atención de un grupo de shinigamis rasos que se encontraban realizando sus habituales ejercicios de entrenamiento.

Iba a pegarle un último puñetazo, cargado de rabia y de frustración cuando algo me detuvo. Era la mano del nuevo hombre de asalto de la División: un gigantón de dos metros de altura llamado Xemi. Hice el ademán de golpearle a él en lugar del muñeco pero afortunadamente lo poco que me quedaba de lucidez en ese momento me aconsejó que era mejor no enzarzarse en una pelea a corta distancia con él.

– La Capitana te busca, asesino de muñecos – dijo en tono afable.

– No estoy para sermones de nadie – contesté secamente, cumpliendo mi anterior intención y descargando mi puño contra el maniquí.

– Tú verás lo que haces – advirtió alejándose. – No creo que le haga mucha gracia que le desobedezcas o que hagas esperar a las visitas.

Reconsiderando lo que me acababa de decir Xemi me arreglé el traje y le seguí hacia la salida del dojo. Era cierto, no era lo mejor retar a la capitana, y menos en aquel estado en que ella era quizás la persona de la División que más me podía ayudar.

– ¿Visitas?

– Eso me ha dicho cuando me envió a buscarte.

– ¿Te dijo quién?

– Yvan Deiss.

– ¿El profesor Deiss?

– El mismo que viste y calza.

– Genial – me quejé. – ¿Qué querrá?

– A mí no me mires – se excusó. – No soy más que el mensajero.

Cuando llegamos a las escaleras que conducían al primer piso, donde se encontraba el gran vestíbulo que llevaba al despacho de Henkara y de Pandora, que aún estaba organizándolo todo, nos dividimos, pues él decidió que iría a entrenar al pabellón norte, donde nadie le interrumpiría.

La repentina aparición del anciano Catedrático de Historia de la Academia de Shinigamis había conseguido apartar de mi pensamiento, al menos durante unos minutos, el complejo amasijo de ideas y sentimientos que se empeñaban en perturbar la paz que había conseguido alcanzar tras lo acontecido la noche anterior.

Sin embargo, en cuanto me quedé solo los fantasmas volvieron a atormentarme y a evitar que pudiera disfrutar de mi “nueva vida”. Maldije al destino unas cuantas veces, en alto y en bajo, antes de llegar al despacho captando involuntariamente la atención de los pocos shinigamis que a esas horas se paseaban por los pasillos de la zona administrativa de la División.

Ya frente a la puerta de Henkara, respiré hondo para tratar de disimular mi perturbación, ya no a la Capitana, pues sabía que era imposible y que probablemente ya lo supiera desde bastante antes de que yo entrase a su despacho, pero sí al menos al que otrora fuera el hombre que me había enseñado todo lo que sabía de historia o, al menos, en vista de lo que recientemente se había revelado, la inmensa mayoría.

Estaba seguro que la visita del profesor Deiss que, según se rumoreaba, no abandonaba la Academia ni siquiera para descansar, tenía algo que ver con todo lo que había sucedido en el último mes con respecto a la muerte de mi abuelo, pero no podía imaginarme qué podría ser.

– Pasa, Rido – me dijo Henkara cuando llamé y entreabrí la puerta.

– Buenas tardes, Capitana – saludé. – Un placer volver a verle, Profesor.

– Buenas tardes, Oficial.

– Toma asiento, Rido – ordenó la Capitana.

– ¿Qué quieren de mí? – pregunté una vez sentado.

– El Profesor Deiss ha acudido a mí – comenzó a explicar – para solicitar que te incorpores a su Departamento.

– ¿Yo? – reaccioné sorprendido. – ¿Por qué yo?

– Porque su actuación frente al consejo fue formidable – intervino Deiss. – Demostró un gran conocimiento de Historia y sus cartas de presentación son excepcionales.

– Ante tales halagos yo…

– Normalmente – terció Henkara, interrumpiendo una incómoda y protocolaria contestación – no se presenta una ocasión como esta. Cierto es que prefiero que mis shinigamis estén completamente disponibles para cualquier eventualidad, pero en estos momentos creo que no importará si te dedicas a la enseñanza.

– Entiendo…

– Y bien, ¿qué dices? – preguntó la Capitana.

– Creo que debería pensármelo un poco – repliqué.

– De acuerdo, pero el curso empezará dentro de dos semanas – informó el catedrático. – Sería bueno que, de incorporarse, lo hiciera usted cuanto antes.

– Prometo responder lo antes posible.

– Está bien. Entonces, si me disculpan – se levantó – regresaré a la Academia. Tengo que rehacer parte de una asignatura – explicó luciendo una pequeña sonrisa entre dientes.

– Muchas gracias por la oferta, Profesor – correspondí con un apretón de manos. – ¿Le acompaño hasta la salida del Cuartel?

– Rido, – me detuvo la Capitana – todavía hay una cuestión que deseo tratar contigo.

– Entonces, me voy – se despidió Deiss.

– Noto algo raro en ti – dijo Henkara sin andarse con rodeos.

– ¿A qué se refiere? – traté inútilmente de disimular.

– Por una parte, veo que has recuperado una parte importante de ti – afirmó. – No es que esté de acuerdo con la decisión pero… era algo de esperar después de lo que te venía pasando últimamente. Sí, sé lo de esos recuerdos – añadió al ver mi cara de perplejidad. – Por otra parte, creo que será bueno para ti mantenerte ocupado durante una temporada. Creo que ya entiendes por qué.

– Sí – admití.

– Es decisión tuya, pero creo que deberías aceptar ese empleo.

– ¿Segura?

– Cuando te necesite sé donde buscarte, no te preocupes – aclaró, previniendo una futura disculpa basada en la disponibilidad para las misiones.

– Me lo pensaré, entonces.

– Hazlo – ordenó.

Viendo que daba la reunión por terminada, me giré dispuesto a salir del despacho y retirarme a algún lugar donde no tuviera que sonreír ni hablar con nadie. Pero parecía que la Capitana aún tenía algo más que decirme.

– Mañana deberías pasar por el Registro Central – me aconsejó. – Si quieres asumir tu nueva identidad, deberías hacerlo con todas las consecuencias.

– De acuerdo – sonreí.

Rápidamente, y casi de forma mecánica, acabé encima del viejo árbol que extendía sus ramas sobre el estanque. Aquel era el mismo árbol donde nos solíamos sentar a charlar Nalya y yo, o a beber tras una agotadora jornada de trabajo o entrenamientos. Pero ahora estaba solo con mi soledad, condenado a saber que todo lo que, de un tiempo a esta parte, había soñado era materialmente imposible.

Y mientras en la calle esta lloviendo
una tormenta hay en mi corazón
dame otra copa aún estoy sereno
quiero beber hasta perder el control

¿Qué importaba la lluvia que volvía a caer intensamente? ¿Qué más daba el frío? Peor lo estaba pasando yo en mi interior, donde un ciclón de sentimientos encontrados azotaba tan violentamente mis entrañas que aquella feroz tormenta que descargaba toda su furia sobre la Sociedad de Almas parecía el inocente rocío de una mañana primaveral.

Y mientras en la calle esta lloviendo
una tormenta hay en mi corazón
dame otra copa aún estoy sereno
quiero beber hasta perder el control

Con una botella de whisky, recogida en la despensa secreta de mi buen amigo y compañero Irah, sólo pude hacer una cosa, sentarme, mirar al infinito, beber y llorar, llorar hasta quedarme dormido y hasta que la aurora decidió despertarme. Al final, el día que había amanecido prometiendo ser el inicio de una nueva vida, se había convertido en el inicio también de un nuevo motivo de sufrimiento.

Y mientras ella está con otro tipo
mis lágrimas se mezclan con alcohol
ella se fue por qué no me lo dijo
y siento que mi vida fracasó

Y mientras en la calle está lloviendo
una tormenta hay en mi corazón
dame otra copa aún estoy sereno
quiero beber hasta perder el control

abril 13th, 2007

Memorias 45 – Akano Rido II


Memorias 45 – Akano II (Renaissance)

– Y bien, – le dije. – ¿Alguna idea para empezar?

– Tú ordenas – replicó.

– Un sello… un sello… – murmuraba mientras me encaminaba hacia la entrada. – Tiene que ser… una puerta, trampilla…

– Puede.

– Con “puede” no ayudas nada.

– ¿Qué quieres que diga? – se quejó. – ¿“¡Oh, Rido, tu sabiduría es superior a la de cualquiera de los mortales!”?

– Es un paso… pero esos peloteos se los dejamos a Eliaz – carcajeé.

– Lo cierto es que es más que lógico que sea algún tipo de puerta.

– ¿Ves?

– Ahora sólo te queda encontrarla

– Esa actitud no es muy cooperativa.

– No me pagas para que lo sea – me devolvió la burla que había hecho antes. – De hecho no me pagas.

– Míralo desde este punto de vista, si abrimos esa puerta la fiesta…

– Será más escandalosa…

– Estoy convencido de que todo lo contrario, pero ¿qué perdemos con probar?

– La paciencia.

– Pues te jodes – le espeté. – Tú me hiciste lo mismo a mí.

– ¿Cuándo?

– ¿Te suena algo como “Sólo hice una hipótesis, tuve suerte, acerté” o “Mera suposición”? Ambas las dijiste en referencia a haber puesto mi vida en el filo de la navaja.

– Mea culpa – admitió.

– Toda tuya.

– Hay otra cosa que quiero preguntarte – comentó al poco, cuando ya atravesábamos el claustro.

– Dispara.

– ¿Estás seguro?

– ¿Seguro? ¿Te refieres a seguro de hacer esto?

– Exacto.

– ¿Por qué lo preguntas?

– Porque te conozco tan bien o mejor que tú – sentenció. – ¿Dónde ha quedado el “Ése no soy yo”?

– ¿Vamos a citarnos el uno al otro?

– Tú empezaste.

– Perfecto, yo empecé.

– ¿Por qué evades mi pregunta?

– Porque… – me detuve frente a la fuente y me giré hacia el. – Ya sé que ese Rido no es este Rido, pero…

– …“pero es el verdadero”

– Eso es…

– ¿Te das cuenta de lo que dices? – me abroncó. – “Es el verdadero”… ¿Y entonces tú que eres? ¿Mera ilusión?

– ¡No! Yo… Ese Rido, el que se esconde en alguna parte de esta casa es el que realmente merece estar en esa familia y… es el verdadero mejor amigo de Nalya.

– ¿Y por ello te arriesgas a perder tu identidad?

– Sí… No… Sí…

– Aclárate.

– No es tan fácil… – me disculpé. – Es decir… tú quisiste que conociera esos lazos que tuvo mi anterior yo con la gente que me rodeaba para ganar una especie de… “estabilidad emocional”, para tener algo a lo que agarrarme.

– Sí, pero…

– Nada de peros – le corté. – ¿Qué son todos esos lazos en relación a mí sino un espejismo?

– Ellos saben tan bien como tú que tú no eres Akano Rido.

– ¡Lo sé!

– Pero…

– ¿Los Akano me tratarían así si no fuera la reencarnación de su hijo? ¿Lo hubiera hecho Yonas, mi abuelo o incluso Nalya? – le pregunté. – No.

– Eso no lo sabes – advirtió. – Es injusto para con ellos además.

– No es injusto, esa es la verdadera realidad: sólo me tratan así porque soy un espejismo de algo que perdieron hace mucho tiempo – repuse. – Un espejismo de su sentimiento de culpa. ¡Estoy harto de ser un puto espejismo!

– Autocompadeciéndote no llegarás a nada.

– No me autocompadezco – repliqué.

– ¿Sí lo haces?

– ¿Es que acaso no es verdad? – pregunté, elevando el tono de mi voz. – Yonas… ¿no se acercó a mí porque se sentía culpable por haber matado a Akano Rido? El maestro, ¿no dijo Kyo que se sentía culpable de mi muerte y que instruyéndome trataba también de redimirse a sí mismo? ¿No pasa lo mismo con Nalya? ¿Con mis padres?

– Sí, pero…

– “Pero” nada.

– ¿Acaso Yonas no te enseñó qué es la amistad? ¿Acaso tu maestro no te enseñó todo lo que sabía? ¿Te dijeron ellos algo de “Tu eres Akano Rido el elegido de una raza superior para traer la paz a la Tierra” o alguna frase de película que marcara totalmente tu existencia? – devolvió la tanda de preguntas con tono insolente. – Tus padres te quieren, aún sabiendo que eres otra persona, porque tú te has mostrado a ellos como eres y Nalya… quién sabe como piensa esa mujer.

– Vale, vale, te entiendo.

– Entonces, ¿qué vas a hacer?

– Voy a abrir esa puerta.

– No has escuchado nada de lo que he dicho.

– Sí, lo he escuchado.

– ¡Pues para esto no te mandé a una realidad alternativa durante diez años! – exclamó. – Lo hice para que confiaras en ti mismo, para que aprendieras a qué te enfrentas. No para que renuncies a toda tu identidad así como así.

– ¡No renuncio a mi identidad! Mis recuerdos y mis sentimientos seguirán estando aquí…

– ¿Seguro?

– ¿Tienes miedo de desaparecer? – le pregunté capciosamente.

– ¿Acaso no es ese un miedo que tenemos todos?

– No me salgas con una reflexión antropológica sobre el miedo a la muerte.

– Pues entonces no me provoques para que lo haga.

– ¡Dios! – protesté a gritos desesperado mientras me sentaba en la fuente. – ¡Eres más pesado que Eliaz cuando se pone metafísico!

– Es que no quieres entenderme…

– Ni tú tampoco a mí

– A ver… vamos a dejar las cosas claras – dijo él, sentándose también. – A mí me da igual si vas ahí y abres o cierras esa puerta. Seguramente pase lo que tú dices, sus recuerdos y sentimientos se unan a los tuyos pero no los borrarán

– Por eso montas este follón.

– No, monto este follón porque no es propio de ti venderte de esta forma y renunciar a tu vida.

– Recuerda con quién estás hablando, viejo encapuchado.

– Oh, perdóneme usted, Señor “No tengo perdón porque me he suicidado” – contestó en tono burlón. – Creí que habíamos superado esa fase hace tiempo.

– Y está superada.

– ¿Entonces por qué vuelves una y otra vez sobre lo mismo?

– ¿Cómo hemos llegado a hablar de esto?

– Tú sabrás, yo sólo…

– …“soy una parte de ti” – concluí. – Me conozco esa cantinela de memoria.

– Bien, como veo que no entras en razón, – resopló – lo dejaré. Pero que conste no llego a comprender tus motivos.

– No quiero ser más un espejismo – le conté. – ¿Es tan difícil de entender que incluso tú, es decir, yo mismo, me pones estos problemas?

– Es impropio de ti – insistió.

– Puede que no sea muy propio de mí, pero es lo que voy a hacer.

– ¿No hay nada que te pueda hacer cambiar de opinión?

– ¿No dices que no te importa lo que haga?

– Y es verdad – respondió. – Pero comprende que me preocupe al ver como alguien que normalmente piensa tanto las cosas tome decisiones tan importantes bastante a la ligera…

– Está bien, te entiendo – admití cansado ya de la discusión.

– Entonces… ¿Estás seguro?

– Tanto como de que no quiero seguir discutiendo contigo.

– Entonces, – dijo mientras se levantaba – vamos allá. ¿Por dónde quieres empezar?

– Vamos a ver… habíamos quedado en una puerta o una trampilla o algo por el estilo…

– Define “algo por el estilo”.

– Un “nuevo” arco en una pared oculto tras una estantería que se desplaza cuando accionas un mecanismo que se activa al mover un libro llamado “Los mitos griegos clásicos en la filosofía de la última mitad del siglo dieciséis” – reí irónico. – ¿Sabes de algún sitio así?

– Obviamente, no.

– ¡Cachis! – me quejé entre sonrisas. – Hubiera sido más fácil.

– Sé serio. Sé… tú.

– Lo intento, pero de veras que no puedo – aclaré mientras me ponía yo también en pie. – ¿Te acuerdas de dónde comenzó la fiesta?

– De… allí – señaló hacia el pasillo que llevaba al otro claustro.

– Pues vayamos hacia allá – ordené siguiendo la dirección de su dedo.

– Aquí el ruido es un poco más fuerte.

– Parece que viene de las escaleras.

– ¿Subimos? – propuso, cuando yo ya avanzaba por el tramo de escaleras.

– ¡Mira! – exclamé mirando hacia la puerta que había en el descansillo y que, en mis visitas anteriores solía estar atrancada, algo que no se cumplía esta vez. – Estoy seguro de que tiene que ser eso. Además es el primer piso, yo siempre he estado por el segundo – pensé en alto. – Tiene su lógica, una lógica un poco retorcida pero lógica a fin de cuentas. ¿Cómo no te habías dado cuenta? ¿Es que no miras por donde andas?

– ¿De qué hablas? – preguntó confuso, mientras se acercaba a mi posición.

– Hablo de eso, cegato – volví a enseñarle la puerta entreabierta. – ¿No te suena que esa puerta solía tener una gran tranca de metal y un candado más grande que tu cabezota?

– ¡Es cierto!

– Muy poco te fijas tú.

– La verdad es que sí – aceptó. – Pero en mi defensa debo decir que hace bastante que no paseo por aquí. Desde la última vez que viniste tú, probablemente.

– “Defensa”, ya.

– Pues sí, “defensa”.

– Venga, Perry Mason, vamos – subí el tramo de escaleras que nos separaba de aquel llamativo umbral.

– ¿Estás…?

– Que sí – atajé. – No volvamos a la discusión de antes.

– Suerte entonces.

– ¿Cómo que suerte? – le increpé. – Sube aquí a ayudarme que esto pesa Dios y ayuda.

– Está bien… – resopló.

– Vago…

– Petardo…

– Venga, a la de tres – acordé. – Una… Dos… y… Tres – conté para, a continuación, empujar la puerta con la ayuda de Balmung.

– Asombroso… – masculló el monje, cuya voz parecía ya bastante lejana.

– ¡Bienvenido! – saludó una sombra.

– ¿Quién eres?

– Soy tú…

– O sea que tu eres… – comencé a decir antes de prorrumpir en una sonora carcajada.

– ¿Qué es tan gracioso?

– ¿No ves la ironía?

– ¿Qué ironía?

– Había oído que eras un maestro de los dobles sentidos y los chistes surrealistas, – contesté con tono interesante – Señor “Gran Guerrero de las Sombras”.

– Tienes razón – confesó entre carcajadas.

– Vengo a buscarte – le conté en un tono más serio.

– ¿Estás seguro? – preguntó sorprendido.

– No voy a tener esa discusión otra vez. Y menos con una sombra – corté por lo sano antes de comenzar una nueva charla sobre si estaba haciendo o no lo correcto. – Si quieres seguirme…

– Claro que quiero seguirte, estoy hasta las narices de estos pasillos.

– Pues venga, vamos.

– ¡Buenos días! – saludó mi padre animosamente.

– ¿Qué? – pregunté. – ¡Papá!

– ¿Cómo te encuentras?

– Somnoliento y desubicado.

– ¿Lo hiciste? – terció mi madre.

– Lo hice.

– ¿Seguro?

– Seguro.

– ¿De verdad?

– De verdad.

– ¿Y?

– Y… recuerdo todo – sonreí. – Vuelvo a ser Akano Rido… todo lo que recordaba y sentía ha pasado a mí… y no he perdido nada de “mi otro yo”.

– ¿Seguro?

– ¿No te fías de mí? Está bien, os lo demostraré – propuse al incorporarme.

– No hace falta – dijo ella con un abrazo. – Te creo.

– Increíble… – balbuceaba impresionado mi padre.

– Sé que soy increíble – bromeé.

– Me refiero a… a tu…

– ¿A qué?

– Míralo tú mismo – indicó mi madre, situándome frente al espejo.

– Mierda – me quejé al ver mi espalda llena completamente de marcas, así como mis brazos. – Ahora parezco una cebra.

– Casi tan impresionante como las de tu abuelo – afirmó mi madre, satisfecha. – Mejoro la raza, cariño – se burló de mi padre.

– Increíble…

– ¿Es que no sabes decir otra cosa? – le chinché.

– ¿Y cómo te encuentras? – se preocupó mi madre.

– Es extraño – respondí. – Confuso, sobrepasado por los acontecimientos… pero… en líneas generales, bien, muy a gusto.

– Entonces todo ha salido bien – aseguró mi padre, invitándome a subir las escaleras delante de él para regresar al interior de la casa.

– Sí.

– ¡Vaya! – exclamó Wolf. – ¡Sí que habéis tardado!

– ¡Madrina! – saludé, lanzándome al cuello de Yuki al verla.

– ¿Madrina? – se sorprendió el viejo capitán. – Tilly…

– ¡¿Qué?! – replicó mi madre.

– Eres fantástica – rió. – ¿Has conseguido levantar el sello?

– Yo sólo le expliqué que existía un sello en el alma – afirmó llena de orgullo maternal. – Él lo encontró y buscó la forma de abrirla.

– Eso es aún más fascinante – afirmó mi recién descubierta madrina. – ¿Estás segura de que…?

– Sí, es hijo de Youichi – le echó la lengua.

– ¿Siempre son así? – pregunté por debajo a mi padre.

– Eran peores en la Academia – sonrió.

– Creo que debería irme a descansar – anuncié al cabo de un rato de recordar viejas historias de familia.

– ¿No te quedas en tu habitación? Mira que llueve una barbaridad.

– Da igual – sentencié, acompañando mi negación con un movimiento de cabeza. – Voy al cuartel.

– ¿Seguro?

– Seguro, quiero hablar con alguien antes de dormir un día entero.

– ¿Con quién?

– Con alguien – repliqué sonriente.

– Cotilla – le decía mi padre a mi madre.

– Me voy – me despedí con un beso a mi madre y a mi madrina. – Sed buenos.

– ¡Se supone que eso te lo debería decir yo! – protestaba mi padre mientras me alejaba.

– Buenos días, Irah – saludé a mi compañero.

– Buenos días – correspondió. – ¿Tú también? ¿Hubo…?

– ¿Yo también qué?

– Nada, nada… – se defendió.

– En fin… voy a secarme un poco y descansar, que estoy roto…

– Vaya, vaya – se reía con sarcasmo la nueva teniente en el comedor cuando me acerqué a tomar algo caliente, pues venía empapado. – ¿Tú también has pasado la noche fuera?

– Pues… sí – admití. – ¿Por?

– Nada, nada… – dijo con un tono realmente maquiavélico.

– La verdad es que no os comprendo – resoplé mientras echaba mano a un croissant y a la taza de chocolate que me acababa de servir. – Si alguien me necesita para algo más que para decir “Nada, nada…” estoy en mi habitación.

– Están los dos muy raros esta mañana, ¿verdad? – le cuchicheaba por detrás Hino a Artemisa cuando me crucé con ellas.

– Y ambos pasaron la noche fuera…

abril 6th, 2007

Memorias 44 – Akano Rido I

Memorias 44 – Akano I (Ritual)

Escuchamos un ruido enfrente de la puerta principal, que se abrió a toda prisa antes incluso de que llegáramos a la entrada de la casa. Del otro lado, empapada por la intensa lluvia que caía, una mujer que aproximadamente contaba con la misma edad que mi madre, entró en la casa portando con ella un bulto bien resguardado bajo el manto que la cubría.

– Llegas tarde – le regañó Wolf, serio.

– No finjas, no puedes enfadarte conmigo – le replicó la recién llegada. – No eres capaz.

– Está bien – anunció mi madre. – Ha llegado el momento.

– ¿El momento? – pregunté. – ¿El momento de qué?

– El momento de que te conviertas en un verdadero Akano – estableció, misterioso, mi padre.

– El momento de…

– De que te conviertas en un Akano por propio derecho – sonrió profundamente mi madre.

– De que me convierta en…

– Es un ritual antiquísimo dentro de nuestro clan que se realiza cuando uno de los Akano alcanzaba la mayoría de edad – explicó mi padre, restándole importancia a mi estado de perplejidad.

– Como un ritual iniciático, vamos – disimulé mi estupefacción.

– Algo así – corroboró el viejo capitán.

– Ya veo… – mentí.

– Déjame los instrumentos, Yuki – solicitó mi padre.

– ¿Los instrumentos? – pregunté asombrado. – ¿Qué instrumentos? ¿Para qué los instrumentos? ¡¿Qué me vais a hacer?!

– Nada grave – trató inútilmente de relajarme mi madre. – No te va a pasar nada, ni a sufrir ningún daño.

– Está bien, te mostraré lo que vamos a hacer – dijo mi padre, viendo que no conseguía calmarme.

Lentamente, se dio la vuelta mientras se desvestía de cintura hacia arriba mostrándome su espada, surcada desde la zona cervical hasta la zona cervical por un enorme rayo, el símbolo de los Akano, según me había dicho Kaiser Wolf en la noche en que lo conocí, que combinaba lo dorado con el negro, la misma marca que lucía sobre el brazo izquierdo, desde el hombro hasta el codo.

En aquel momento, aquello se me antojó como la forma última de la identidad de un grupo. Una forma en la que esa identificación, esa referencia al grupo, iba aún más allá de lo afectivo hasta especificarse en lo somático. Cierto es, pensé más tarde, cuando el embotamiento mental producido por toda aquella situación, que si aquello se limitaba a la marca física y fallaba el soporte emocional, aquella marca se convertía en algo más que simple superficialidad, pura hipocresía.

Además, paralelamente al rayo que surcaba de arriba a bajo su dorso, dos nombres lucían sobre su piel. El primero no era otro que “Youichi”, el nombre de mi padre. El segundo era más confuso: escrito en letras griegas, lo que dificultó en un primer momento su lectura, se podía leer “Olimpos”, el monte que los helenos consideraban el hogar de los dioses. ¿Qué significaba aquella palabra?

– Por si te lo estás preguntando, – afirmó mi padre – Olimpos es el nombre de mi espada.

Parecía como si me hubiera leído el pensamiento aunque, por otra parte, era predecible aquel interrogante que surcaba mi mente al ver aquel enorme tatuaje que cubría su espada y su brazo izquierdo.

– La tradición estipula que es el padre quien debe marcar a su hijo – explicaba poco a poco Kaiser Wolf. – Es el símbolo que se transmite de padres a hijos el signo de la continuidad del clan. Para ello se crearon los utensilios que tu abuelo me entregó.

– Eso es lo que no me queda claro – le interrumpí. – ¿Por qué a ti y no a mi padre?

– Porque… durante mucho tiempo… – vaciló mi padre.

– ¿No creías en él? – volví a intervenir, adelantándome al resto de su frase. – Pensaba que…

– Mi exilio se debió únicamente a que era un Akano… No así el de tu madre… – balbuceaba mientras volvía a vestirse. – ¿Por qué crees que no era un oficial de la Novena División, como se suponía que debía ser?

– Siempre fuiste un rebelde sin causa – sonrió mi madre cariñosamente para consolarlo. – Mi rebelde sin causa. Eso es lo que me gusta de ti.

– Vaya… – murmuré. – Un momento – me detuve. – ¿Mamá también era shinigami?

– ¿Acaso lo dudabas? – bromeó mi padre. – Tilly Grossner, la primera de nuestra promoción en la academia y la Tercer Oficial de la Novena División.

– Tercera Oficial de la Novena División… – repetí

Una nueva ironía del destino más se abría paso ante mis ojos: ambas, mi madre y la mujer a la que amaba, ostentaban el mismo rango en la Novena División. ¿Simple coincidencia o una nueva maniobra de la Dama Fortuna que quería recordarme que seguía siendo omnipresente en mi existencia?

– Cuando descubrimos que tu abuelo estaba vivo, en tu funeral, – continuó mi madre – fue volviendo poco a poco al redil.

– ¿Entonces por qué no os conocí antes?

– Ni yo me atreví ni él quiso decirnos donde vivía para no ponernos en peligro – suspiró Youichi. – Decía que si Nadie había ido a por ti, no podía poner en peligro a nadie más, y menos a nosotros.

– ¿Por qué no dejamos todo esto? – interrumpió la recién llegada – No me habéis hecho recorrer el Rukongai bajo la lluvia para asistir a una función de cuentacuentos.

– Siempre protestando – se rió Wolf. – Por cierto, Rido, te presento a mi queridísima teniente, Natsuyasumi Yuki.

– ¿Teniente?

– ¿Algún problema? – sonrió abiertamente ella.

– No… – me apresuré a responder. – Vivo entre oficiales de alto rango – sonreí yo también.

– Yuki tiene razón, estamos aquí para algo – apremió mi madre.

– Está bien, vamos allá – me instó mi padre. – Capitán, Yuki, esperad aquí.

– ¿A donde vamos?

– Paciencia – susurró mi madre.

Así, fui conducido a través de una trampilla que llevaba a una especie de gruta-santuario, muy parecida a la que se encontraba excavada bajo la cabaña del maestro. Posiblemente, aquella era copia de esta otra en la que estaba yo ahora. Posiblemente, mi abuelo podía haber construido la otra como una réplica para algún día, quien sabe si las cosas hubieran ocurrido de otra forma, realizar aquel mismo ritual que ahora nos disponíamos a llevar a cabo para poder perpetuar el clan.

Cierto es, y hago aquí un pequeño inciso en mis explicaciones de lo ocurrido aquella noche, que aquel tipo de ritos recordaban vagamente a algún tipo de secta iniciática, esas que tantas veces había criticado en otros tiempos. Pero estaba tan inmerso en lo que estaba pasando, tan sorprendido y tan embobado, que no me daba cuenta con mucha claridad de lo que sucedía a mi alrededor. De lo único que era consciente era de que una fuerza dentro de mí me impulsaba a hacerlo y no había forma de oponerse a ella. Era Akano Rido, que parecía querer dar el último y definitivo paso hacia el exterior.

Allí estábamos, los tres últimos Akano: mi madre, mi padre y yo, solos, reencontrados después de tanto tiempo. Mi padre sostenía en sus manos el estuche que había recibido de la antigua Teniente de la Décima División. Cuando lo abrió, se reveló una pluma dorada que reposaba tranquila sobre el forro aterciopelado del interior de la caja.

– Como ya sabrás, el reiatsu de cada persona es único – dijo. – Sácate la parte de arriba y túmbate boca abajo en el altar.

Obedecí al instante. El tacto con la piedra resultaba incómodo pues, a pesar de que estaba perfectamente pulida, la humedad que flotaba en el ambiente debido a la tormenta hacía que la piedra rezumara agua, lo que acrecentaba la sensación de frío que ya de por sí causaba.

– El objeto de esta pluma – continuó, depositándola sobre mi espina dorsal – es plasmar la unicidad de ese reiatsu en la forma de un rayo. Por eso ninguna de las marcas es igual a otra.

– ¿Te fijaste alguna vez en tu abuelo? – terció mi madre, relajando la tensión de la explicación. – Todo su torso estaba cubierto por las marcas, por delante y detrás.

– Nunca le vi sin la ropa – dije.

– Esa era la muestra de su poder – añadió. – La extensión, el número de dibujos…

– Para que lo entiendas, – tomó la palabra mi padre – mis marcas están ya bastante por encima de la media.

– Entonces…

– Ahora entiendes por qué le llamaban legendario, ¿verdad?

– La verdad es que la suya fue una generación excepcional de shinigamis – afirmó mi madre con nostalgia.

– ¿Cómo eran los capitanes en vuestra época? – interrogué interesado mientras mi padre preparaba una especie de amalgama en un mortero.

– Cuidado, no te muevas – avisó, viendo que me había incorporado levemente, apoyado sobre los codos. – Pues verás… sería largo de contar.

– Tenemos tiempo – sonrió mi madre. – A ver… uno por uno. El General Kraug era algo excepcional, aunque era un poco serio – añadió. – Cuando éramos académicos nos metía mucho miedo en el cuerpo. Dicen que su espada fue el arma de fuego más poderosa de todos los tiempos.

– ¿Más que Ryuujin Jakka?

– Eso dicen.

– Entonces… ¿Superaban a los capitanes de la época dorada?

– Muchos de ellos sí – sentenció mi padre. – Por ejemplo, a Minami Keita le llamaban “El Nigromante” porque decían que era incluso capaz de resucitar a los muertos. El Capitán Estévez, de la Quinta podía recitar de memoria y sin dudarlo todo lo que había pasado desde los inicios de nuestra era. El Capitán Klapp, de la Octava División, y su Poseidón no tenían igual en cuanto al dominio del agua…

[Continuó así durante unos minutos hasta que repasó, uno por uno, los trece capitanes a excepción del abuelo, Asharet y Wolf. Los nombres de estas trece leyendas, para que aquellos que no lo recuerden lo hagan, eran, por orden, Alexander Kraug, Ahmed Bin-Jaffet, Jean LeBon, Minami Keita, Raúl Estévez, Sadoq Asharet, Abel Gama, Orrin Klapp, Akano Kumaru, Kaiser Wolf, Ragnar Rommeveit, Gugliermina Marlatti, y Patrick McCarthy. Sé que puede sonar pretencioso listarlos de esta forma en un escrito como es este, pero sus hazañas, que poco a poco fui conociendo a través del último de ellos que quedaba vivo, Kaiser Wolf, el más joven junto con mi abuelo y Asharet, y de mis progenitores, causaron tanto impacto en mí que me veo obligado a, al menos, reflejar sus nombres, a falta de relatar sus hazañas, pues el objetivo de estas páginas es otro.]

– La verdad es que era sobrehumano lo que aquellos trece eran capaces de hacer – agregó mi madre, sin perder el tono altamente nostálgico que ambos demostraban. – Así es que muchos shinigamis que hoy serían sin dudarlo Capitanes no llegaron a superar el grado de Teniente hasta que aquella generación comenzó a desaparecer.

– Pero había tres cuyo poder excedía los límites de lo imaginable: tu abuelo, el loco que está ahí arriba y Asharet.

– Vaya forma de hablar de tu Capitán – le regañé burlón.

– Hace tiempo que dejó de ser mi Capitán para ser mi amigo – replicó. – Hay que ver lo que es capaz de hacer el poder con las personas…

– Es la eterna moraleja – susurré. – “El poder corrompe”.

– Sólo a aquellos que no poseen la suficiente entereza – apostilló mi madre. – Sadoq Asharet siempre fue algo… retorcido.

– Bien, esto ya está – anunció mi padre. – Ahora sí que vamos a empezar.

– Creía que ya lo habíamos hecho.

– No – negó, acompañándose con un movimiento de la cabeza. – La pluma necesita estar en contacto con el iniciando unos minutos antes.

– ¿Has comprobado la mezcla? – se interesó mi madre.

– Tal y como tú y papá me enseñasteis – aseguró mi padre, entregándole el cuenco que contenía una bebida similar al té.

– Toma, bebe – me ofreció. – Tranquilo, no te vamos a envenenar – anunció.

– Antes de dormirte, escúchame bien, ahora te enfrentarás al dragón, a tu demonio más grande. No tienes otro remedio que ganar y tú tienes la fuerza para ello. Lo sé. Puedes hacerlo. Tienes que vencerlo, sea como sea. Confío en ti.

En cuanto tocó mis labios, reconocí aquella bebida, era la misma que mi abuelo me había preparado cuando me enfrenté a mis demonios personales. Previendo el resultado, dejé que la droga actuara y me preparé para un nuevo encuentro con un viejo amigo.

– Veo que ya conoces los efectos de la bebida – sonrió mi madre.

– El abuelo me la dio una vez – acerté a explicar mientras el sueño me invadía lentamente.

– Hacía mucho tiempo que no venías a visitarme – saludó Balmung, sentado tranquilamente en las escaleras de la entrada del monasterio.

– ¿Qué clase de postura es esa para un monje tan recto como tú, Balmung? – bromeé.

Realmente, la relación entre el espíritu de mi espada y yo había avanzado mucho desde las primeras veces en que había hablado con él. La confianza había aumentado enormemente desde que había descubierto la liberación, quizás porque en ello consistía precisamente la técnica, en que confiásemos el uno en el otro.

Lo cierto es que a veces aquella confianza rozaba la verdadera amistad y llegaba a la irreverencia en las contestaciones con las que nos deleitábamos recíprocamente, tal y como sucedía con Eliaz o, en su momento, con el difunto Yonas.

– Es culpa tuya – afirmó sin perder la compostura.

– ¿Culpa mía?

– Hay demasiado ruido ahí dentro – se quejó, señalando hacia la puerta por encima del hombro. – Una fiesta o algo así, pero es demasiado caótico para “un monje tan recto como yo”.

– ¿Algo va mal y no me he dado cuenta? – me preocupé.

– Todo lo contrario – se apresuró a rebatirme. – ¿Ves el cielo? Ni una sola nube.

– ¿Entonces?

– Creo que ya lo sabes…

– ¡Qué bonito! – exclamó la voz de mi madre desde detrás de mí.

– ¿Mamá?

– ¿Qué? – se irritó el monje. – ¿Qué hace ella aquí?

– ¡Oh, vamos! – se rió. – ¿En serio crees que tu capitana es la única mentalista que ha habido en la historia de la Sociedad de Almas?

– ¿Eres una mentalista?

– Y muy buena – añadió Balmung. – No es tan fácil entrar en el mundo interior de otro. Ni siquiera estoy seguro de que Henkara sea capaz de hacerlo.

– ¿No tienes cara? – preguntó mi madre al espíritu de mi Zampakutou, que seguía luciendo su característico capuchón

– Algún día, tu hijo estará preparado para verla – respondió. – Ese día se acerca, pero aún no ha llegado. Entonces se mostrará mi verdadero rostro al mundo

– ¿Qué has venido a hacer aquí? – me interesé, evitando el tema de la capucha, que tantas veces había discutido con él.

– He venido a guiarte – anunció.

– ¿A guiarme? ¿En mi propio mundo interior?

– Exacto, a guiarte, en tu mundo interior.

– ¿Eso no es un poco… pretencioso?

– Ambos sabemos el motivo de esa “fiesta” de la que habla… ¿Balmung? – contestó. – Lo he percibido desde la primera vez que viniste, aunque te felicito, pudiste esconderlo muy bien incluso de ti mismo.

Los tres allí presentes sabíamos perfectamente de qué estaba hablando mi madre. Los recuerdos de Akano Rido no paraban de aparecer, a veces de forma coherente, otras casi de forma profética, otras veces dispersos y sin conexión aparente… pero lo cierto es que poco a poco iba casi conociendo a la perfección a mi antiguo yo.

– El proceso de metempsicosis no es un proceso limpio – aclaró.

– Lo sé – repliqué. – Fue así como Balmung me hizo preguntar por el otro Rido. Los recuerdos más importantes de una persona…

– Nada de “los más importantes” – me paró. – Todos los recuerdos de una persona permanecen en el alma, sellados. Pero ese sello no siempre es lo suficientemente poderoso – informó. – Digamos que de alguna forma lo has roto…

– … cuando realicé uno de los mayores sueños de mi antiguo yo.

– Posiblemente.

– Interesante – murmuró el monje. – Muy interesante.

– Así que si logramos encontrar el lugar… podremos volver a sellarlo – conjeturé.

– Eso… o abrirlo de todo – propuso mi madre.

– ¿Abrirlo de todo?

– Creo que será lo más seguro – sentenció.

– Pero eso… sería… renunciar a mi propia identidad como… yo – dije poco a poco, tratando de medir las palabras para no ofenderla.

Entendía por qué decía eso, aunque hubieran recuperado físicamente a su hijo, tanto mi padre como mi madre eran conscientes de que yo no era exactamente el Akano Rido que un día se fue de casa camino a la Academia y regresó un ataúd. Para ellos, era como una sombra o una imitación de aquel otro yo, lo mismo que, muchas veces, notaba en las reacciones de Nalya, que era menos sutil que mis progenitores.

– Lo sé… pero…

Tenía que decidirme, al fin y al cabo…

– No te preocupes – la tranquilicé. – Lo haré. Abriré el sello del todo.

– Ahora tienes que averiguar qué es… y donde está.

– Para eso tengo a Balmung – sonreí.

– Cierto – apostilló el monje.

– No le pago para que simplemente se siente a tomar el aire todo el día mientras ve cómo se mueven las flores sobre la hierba – me burlé. – Además, no hay nadie que conozca esto mejor que él, seguro que lo conseguimos rápidamente.

– Entonces, os dejo – se despidió.– Como ha dicho, no es fácil introducirse en el mundo interior de otro y requiere demasiada energía.

Poco a poco la imagen de mi madre se fue difuminando hasta desaparecer completamente. Aquello significaba que había regresado al mundo real, a la gruta en la que mi padre y ella se disponían a convertirme en un Akano de pleno derecho. Era mi turno de corresponder a aquel ritual para que no se quedara en un simple formalismo para pasar a ser Akano Rido como de nombre, sino ser, de una vez y para siempre, Akano Rido.

– Y bien, – le dije. – ¿Alguna idea para empezar?

marzo 30th, 2007

Memorias 43 – Family Matters XIII

Memorias 43 – Family Matters XIII (Final)

La fugaz y súbita aparición de la antigua capitana, que Nalya, sumida en un estado de euforia, se había dedicado a pregonar insistentemente a los cuatro vientos, había revolucionado el cuartel. A pesar de que Kuroda Eiri había decidido no visitar los edificios de la División y simplemente se había limitado a despedirse presencialmente del que había sido su capitán, el simple hecho de que hubiera pisado el Sereitei había suscitado que afloraran viejos sentimientos, recuerdos e incluso cuentas pendientes entre los más veteranos, los que habían servido bajo las órdenes de Kuroda, creando un clima de extraña excitación.

Pero con el paso de los días todo se calmó y, lentamente, el ambiente en la División recuperó la normalidad… o al menos toda la que se nos podía pedir dado el estado constante de confusión en el que, al no tener una cabeza clara, nos encontrábamos. Había transcurrido todo un mes desde el funeral y Kyo no había dado respuesta al ofrecimiento que, en boca del Capitán General Ailios, le había hecho el Consejo de Capitanes. Posiblemente, estaba meditándolo profundamente antes de tomar una decisión que afectara a la vida de tanta gente y, con ello, acrecentaba enormemente nuestra confusión y nuestra inquietud.

– ¿Qué pasará ahora con Kyo? – preguntó un día Nalya en el desayuno.

– Ni idea – respondí. – Podría darse prisa y decir algo que estoy hasta los huevos de esta situación.

– No podemos seguir así – apostilló Kurono, que raras veces abría la boca.

– Si es Capitán, podía nombrarme a mí, Teniente – sugirió Eliaz.

– ¿Tú? ¡Ja! – le espetó Nalya. – ¿Por qué? ¿Porque eres el más idiota, el más pijo, el más inepto, el más peligroso para la división, el más vago? ¿Sigo?

– Cualquiera de nosotros podría completar esa lista hasta el infinito – añadió.

– Iros a la mierda – bufó el Octavo Oficial.

– Eso te pasa por soberbio – apostillé.

– Eso, soberbio – secundó Blod. – Además, ¿y Henkara?

– ¿Teniente?

– Sí, claro, ¿y quién baja de su pedestal a Arturo? – se rió Nalya a carcajadas.

– Pues… he ahí la respuesta – informó misteriosamente Xemi señalando a través de la ventana.

Nos agolpamos inmediatamente en las ventanas del comedor, ávidos de nueva información, para contemplar como la figura de nuestro teniente abandonaba el Cuartel cargado con un par de macutos realmente sospechosos.

– ¿Se va? – preguntó Blod. – ¿A dónde?

– La verdad es que lleva un tiempo raro… – observé. – Supongo que es normal.

– ¡Pero cómo se va a ir! – protestó Okita. – ¿No será que está ayudando a alguien a…?

– ¿A irse?

– Sería muy propio de la diplomacia de Arturo – apuntilló Nalya.

– ¿Es que en esta casa no se puede dormir? – nos preguntó amenazante Uchiha, que dormitaba junto a la pared.

– ¿Y a dónde se va Arturo?

– ¡A la Décima! – contestamos Nalya y yo al unísono.

– Pobre Db – añadí.

– ¡Wiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! – irrumpió Artemisa. – ¡La Capitaicho nos llama! ¡Acudamos raudos a la llamada de nuestro líder! ¡Wiiii! ¡Wiiiiiiiii!

– ¿Nunca dejará de hacer ese maldito gritito? – se quejó el grandullón.

– ¡Vamos! – nos conminaba Arte mientras bailaba emocionada de un lado para otro. – ¡Capitaicho! ¡Capitaicho! ¡Vamos! ¡Sube a mi Nubeluz!

– Definitivamente está loca – sentenció Nalya mientras se golpeaba en la cabeza.

– ¿Qué querrá la Capitana?

– ¿Sabrá ya algo de Kyo?

– Si Arturo se va… Quién sabe…

Acudimos todos a la convocatoria de la Capitana y pronto nos encontramos todos en la Sala de Juntas de la División esperando por Henkara… o por Kyo, si es que este último había aceptado la capitanía. Al final, fue la albina la que hizo acto de presencia en la reunión, escoltada por Pandora, que venía hablando con ella.

– Bueno, – comenzó – antes que nada, disculpadnos por la tardanza, pero no recibimos respuesta en lo referente al tema hasta hace una hora escasa.

– ¿Qué se ha decidido? – interrumpió Anae.

– Nakajima Kyo ha decidido renunciar al cargo de Capitán, así que…

– ¿Todo sigue igual? – volvió a preguntar el flautista, que no parecía haber visto a Arturo cargado con su macuto dejar atrás el Cuartel.

– No – respondió la Capitana con un suspiro. – Arturo ha sido trasladado a otra División.

– Pero si no hacía falta ya….

– Es… complicado.

– El lo solicitó antes de que Kyo dijera nada – explicó Pandora, adelantándose a Henkara.

– ¿Lo solicitó? – preguntó sorprendido Xemi.

– ¿Acaso te sorprende?

– Nalya…

– “No me aprecian”, “No me siento querido”, “No me respetan” – siguió diciendo sin hacer caso a los gestos que le aconsejaban no hacer más leña del árbol caído. – ¿No te suena nada de eso?

– Aún recuerdo su cara cuando el Capitán General dijo lo del posible nombramiento de Kyo – se rió Eliaz, que no disimulaba lo mal que le caía el ya antiguo Teniente. – Rebosaba indignación por todos los poros de su piel.

– Venga, venga, calma – trató de serenar el ambiente Henkara. – Todos sabemos como era pero también tenía su lado bueno…

– ¿Y quién será el nuevo teniente? – preguntó Okita, quizás intuyendo, como yo, que aquella última frase de nuestra líder podría dar pie de nuevo a una serie de comentarios jocosos sobre Arturo.

– Será Pandora – anunció la Capitana.

– ¡¿Qué?! – bramó Nalya, poniéndose inmediatamente en pie. – ¡¿Ella?!¡¿Esa enana?!

– Eh…

– ¡Pero si hasta el brazalete es más grande que ella! – continuaba. – ¿No sería mejor un anillo de Teniente o algo así para que ella pudiera llevarlo de brazalete?

En previsión de que Pandora y Nalya se enzarzaran en una pelea algo más que verbal, forcé a mi amiga a recuperar la posición sedente tirándole de un brazo mientras Pandora era retenida por la Capitana, mirando a su rival con aires de superioridad. Sin embargo, aquello no calmó de todo la situación, porque tanto la una como la otra continuaban pronunciando, casi inaudiblemente, vituperios.

– Bien, como comprenderéis, esta nueva situación conllevará una redistribución de los rangos – explicó ceremoniosamente la nueva Teniente poco después, cuando ya lucía en su brazo el brazalete distintivo de su posición. – La Cornuda Amargada y Malfollada será mi sucesora en el puesto de Tercer Oficial, las sobras, como a los perros. El Novato Borrachuzo del Pelo Chungo será el Cuarto Oficial y el Barbudo Psicótico-depresivo-suicida será el Quinto Oficial. La Maravillosísima Arte será la Sexta Oficial, los demás… – se detuvo – os jodéis y lo miráis en el tablón.

– ¿Por qué Artemisa no tiene un mote despectivo?

– Lo peor no es eso… – lloriqueó Blod. – ¡Cincuenta años!¡Llevo cincuenta años y sigo siendo el “novato borrachuzo del pelo chungo”! ¡Y ya no bebo!

– Tu pelo es muy chungo – afirmó Nalya.

– Le estás dando la razón a Pandora.

– ¡Mierda!

Cuando concluyó aquella breve aunque ajetreada reunión, se nos anunció la llegada de cuatro nuevos candidatos a engrosar las listas de los oficiales de la División que ahora lucían, remozadas, en los tablones. Así nos propusimos propinar una calurosa “fiesta de bienvenida” a Mingu, Dokhi, Suzumi e Irupe, celebrábamos también, de alguna forma, la marcha de nuestro anterior compañero y superior.

Fue durante aquella celebración cuando Nalya decidió, tras discutir con Henkara, que iría a averiguar los motivos que habían llevado a Nakajima Kyo a renunciar a la capitanía de la División que tanto amaba de la boca de la misma fuente, su maestro. Me ofrecí a ayudarla pero “era algo que tenía que resolver sola”.

Aún así, aproveché la ocasión para escabullirme de la fiesta cuando llegaba el punto álgido de las novatadas, comandadas por la trenzuda Teniente. Me dirigí a casa de los Akano, a mi nueva casa, pues había prometido a mis recién conocidos padres que aprovecharía un día en el que no tuviera demasiadas obligaciones para visitarlos. Además, aprovecharía la ocasión para informarles de lo sucedido con Kyo.

Me acerqué a la Casa Akano, algo que se había convertido ya en una cosa habitual. Llegué al porche, en el que no dejaba de llamarme la atención aquel olivo, que ciertamente contrastaba con el resto del conjunto que le rodeaba, y entré en la casa.

Dentro, mi padre conversaba animadamente con Kaiser Wolf, que parecía haber instalado allí una especie de base de operaciones para rememorar tiempos pasados, no siempre tiempos mejores, con algunos visitantes ilustres, entre los que se encontraban, incluso, algunos capitanes que habían sido alumnos suyos en la Academia. Todos ellos querían recordar viejas historias y conocer las aventuras de aquel hombre de aspecto lupino, que se llevaba realmente bien con mi padre.

De este modo, Gaby se había convertido también en una habitual visitante de mi nuevo hogar, hasta el punto de que mi madre la tratara como a la hija que nunca tuvo. Precisamente, ahora estaban juntas preparando el té o, como solía afirmar el viejo capitán, diseñando un malévolo plan para la conquista y la dominación mundial y la esclavización del género masculino. Conociendo a la Tercera Oficial de la Décima División, esta última no era una idea tan descabellada, y menos conociendo al progenitor.

– ¡Hola! – saludé.

– ¡Rido! ¡Qué bien que apareciste! – respondió efusivamente Kaiser. – Precisamente llegas en el mejor momento.

– ¿El mejor momento para qué? – inquirí entre curioso y asustado.

– Estábamos hablando de Kyo – explicó mi padre. – ¿Tú que crees? ¿Aceptará el cargo?

– Yo ya no opino nada – dije.

– ¿Y eso?

– Kyo ha rechazado el nombramiento.

– ¿En serio?

– En serio

– ¡Te lo dije! – le echó en cara mi padre a Kaiser.

Todo aquello condujo a una jocosa discusión en la que lo fundamental no era otra cosa que lanzarse incontables puyas para, una vez más según el viejo Wolf, recuperar el tiempo perdido, momento que aproveché para escabullirme hacia la cocina para saludar a mi madre y a su “pseudohija”.

– ¡Rido! – exclamó esta última al descubrirme cuando iba a tratar de darle un susto a mi madre.

– Buenos días – saludé animosamente.

– Hola, cariño – correspondió mi madre con un beso. – Toma, come – añadió después metiéndome un trozo de bizcocho en la boca.

– ¡Buenísimo!

– Lo hice yo – afirmó satisfecha Gaby.

– Increíble. Mi más sincera enhorabuena – le felicité.

– ¿En serio?

– Totalmente – me reiteré mientas cogía otro trozo. – Por cierto, me han soplado que tenéis un nuevo novato muy especial en la División.

– ¿Quién?

– Un tal… Arturo… – le conté, como si no conociera de nada a quien había sido nuestro antiguo teniente. – No sé si lo conoces.

– ¡¿Papi-Artu?! – preguntó gratamente sorprendida. – ¿En serio?

– Todo vuestro – bromeé.

– Es que vosotros los nueves no le comprendéis.

– Será eso – sonreí.

– ¿Y quién será su sustituto?

– Sustituta – especifiqué. – Pandora es ahora la teniente.

– Estáis dominados por el sexo femenino – se rió.

– Sí… – confirmé, simulando que aquello me llenaba de una profunda desconfianza.

– Puedo imaginarme la cara de Nalya cuando escuchó la noticia.

– Tampoco es muy difícil.

El resto del día fue tranquilo y apacible. Inmediatamente después de comer, Gaby regresó a su cuartel para atender sus obligaciones como la tercera al mando de la Décima División mientras su padre retaba al mío a una partida de shouji, juego al que ambos eran muy aficionados.

– ¿Te encuentras bien? – me preguntó mi madre, interrumpiendo la meditación que llevaba a cabo bajo la sombra de aquel misterioso olivo.

– Perfectamente.

– Hoy será tu gran día – vaticinó. – Tienes que estar preparado.

– ¿Mi gran día?

– Ya lo verás – indicó misteriosamente.

– ¿El qué?

– Nada de impaciencia – calmó mi curiosidad. – Ya lo verás.

– Estaré preparado – sonreí. – Eso espero…

Debido a la incertidumbre provocada por aquel misterioso anuncio de mi madre me fue imposible lograr concentrarme de nuevo para continuar con mis ejercicios de meditación, así que, tras intentarlo un rato, desistí y me fui a conversar con mi padre para tratar de sonsacarle algo de información.

– ¿Sabes que quería decir mamá con que hoy sería “mi gran día”?

– Sí.

– No me lo vas a decir – deduje.

– Exacto – asintió. – Tu madre me mataría.

– Genial – me quejé mientas me dejaba caer en un sillón.

– No pierdas la paciencia.

– ¿Seguro que no le puedes decir nada? – intercedió Kaiser, que nos observaba divertido

– Atrévete tú a llevarle la contraria a Tilly.

– Cierto.

– En resumen, que no me vais a decir nada – concluí.

– Aún no conoces bien a tu madre – se rió Youichi. – Si dice que esperes, es que esperes. No quieras desobedecerle. Además, quiere que sea una sorpresa.

Resignado a esperar, fue pasando el tiempo, hasta que llegó el anochecer. Sentados en el gran salón, vimos pasar el tiempo entre risas y viejos cuentos, pero el momento en que se descubriera porqué aquel iba a ser mi gran día no daba llegado. La impaciencia y la curiosidad me devoraban, pero también comenzaban a acabarse las ganas de esperar.

– Debería regresar al cuartel – dije al fin.

– Tú te quedas – ordenó mi padre.

– Pero Henkara…

– ¿No te he dicho que tu madre tiene una sorpresa para ti?

– Sí, pero…

– Ya está todo hablado con Henkara.

– ¿Desde cuándo?

– Mi hija se lo explicó.

– Genial – protesté. – Maquinando planes a mis espaldas.

– Es una sorpresa.

– ¿Y cuándo llegará esa sorpresa? – pregunté impaciente.

– Cuando tenga que llegar.

– ¿A qué esperamos?

– Esperamos a un “quién”, no a un “qué”.

– Está bien, ¿a quién esperamos?

– Ya lo verás.

– ¿A qué viene tanto misterio?

– Ya lo verás – repitió mi padre, que parecía divertirse.

– Se retrasa – masculló Kaiser Wolf, que se había levantaba y observaba los montes situados al norte de la casa desde el porche que daba al jardín. – Y va a llover. Huele a tormenta.

– Una observación muy pertinente – me quejé.

– Nunca desconfíes del olfato de un Wolf – respondió mi padre como si de un adagio de los clásicos se tratara.

En efecto, como invocado por las palabras de aquellos dos, un rayo surcó los cielos a lo lejos e inmediatamente comenzó a llover

– La noche perfecta para un Akano – se dio la vuelta el viejo capitán, regresando hacia el interior.

– Un auténtico presagio – correspondió mi padre con una sonrisa.

Al cabo de un rato escuchamos un ruido enfrente de la puerta principal, que se abrió a toda prisa antes incluso de que llegáramos a la entrada de la casa. Del otro lado, empapada por la intensa lluvia que caía, una mujer que aproximadamente contaba con la misma edad que mi madre, entró en la casa portando con ella un bulto bien resguardado bajo el manto que la cubría.

– Llegas tarde – le regañó Wolf, serio.

– No finjas, no puedes enfadarte conmigo – le replicó la recién llegada. – No eres capaz.

– Está bien – anunció mi madre. – Ha llegado el momento.

– ¿El momento? – pregunté. – ¿El momento de qué?

marzo 23rd, 2007

Memorias 42 – Family Matters XII

Memorias 42 – Family Matters XII

– Así que Akano Rido – sonrió ella.

– Sí, señora.

– Interesante apellido – dijo, inclinando su cabeza y haciendo que los cascabeles que pendían de su pelo sonasen. – ¿A que adivino por qué quieres ingresar en esta División?

– No creo que haya ninguna duda – sonreí burlón. – ¡Es la División del gran Akano Kumaru! ¡No podía estar en otra!

– ¡Eso es!

Pocos días después, los recuerdos de Akano Rido seguían aflorando en mi mente de forma espontánea e impredecible. A pesar de unas primeras confusiones iniciales, conseguí habituarme a ellos logrando que pasaran desapercibidos a los ojos del resto del mundo. Me había prometido que hablaría de ello con la capitana, pues sus dotes psíquicas podían ayudarme a comprender mejor todo lo que acontecía dentro de mí. ¿Sería que todo aquello había despertado de nuevo a Akano Rido? En cualquier caso, lo mejor era esperar a la que situación se tranquilizara.

Con Kyo todavía en la prisión, los corrillos de personas ávidas de información discutiendo sobre la situación que se estaba viviendo se multiplicaban hasta el punto de haber tomado por completo todos y cada uno de los rincones del Sereitei. La sociedad estaba fuertemente dividida entre los que se aferraban a las mentiras del vencedor y los que preferían confiar en la verdad del vencido, aunque ambos papeles, el de vencedor y el de vencido, iban difuminándose más y más hasta el punto de convertirse en pequeñas manchas del pasado.

En todo aquel ambiente, si algo se puso de manifiesto, era que hay personas más predispuestas que otras a renunciar a sus certezas cuando las contrastaban con lo que parecía la verdad. Lo que era cierto, sin lugar a dudas, es que, a pesar de que personas concretas hubieran cambiado de opinión, en general, desplazar unas convicciones tan afianzadas desde hacía tanto tiempo no era tarea fácil y aquello repercutía formidablemente en la profunda tensión social que flotaba en el ambiente.

Gracias a esta tirantez, los rumores, como si de seres vivos se tratase, nacían, crecían, se reproducían y morían a un ritmo vertiginoso cada vez que un “iluminado” decía haber escuchado o visto algo “secreto”, prohibido para el resto de los mortales. A este comportamiento ayudaba el absoluto secretismo que rodeaba a las reuniones que los Capitanes mantenían incluso hasta altas horas de la madrugada y a las cuales nadie tenía acceso. Supuestas decisiones, sospechas, condenas… cualquier cosa era el objeto de tan extendidas conjeturas según las cuales, valga como ejemplo, Nakajima Kyo habría sido puesto en libertad al menos unas quince o dieciséis veces en dos o tres días.

Fue en medio de todo este ambiente, al que muy pocos, un reducido número de “elegidos”, era capaz de sustraerse, cuando se anunció finalmente y de manera oficial que Akano Kumaru y Nakajima Kyo habían sido declarados inocentes por la Cámara de los 46. Aquello conllevaría, por tanto, la liberación de éste último. No sólo eso, sino que, probablemente, fuera el causante de un último paso que era restablecer la antigua dignidad perdida de los antiguos oficiales (de mayor o menor rango) Nakajima, Wolf, Akano y Saitou, estos dos de forma póstuma, y un cambio radical en la forma de ver la historia de nuestra sociedad.

Aquella mañana, mientras ojeaba los periódicos y trataba, acompañado de un tazón de chocolate, de abstraerme de toda la rumorología que, especialmente, circundaba al cuartel de nuestra División, me imaginaba la reacción del profesor Deiss, en su viejo despacho, rehaciendo aquellos viejos apuntes acerca de la monstruosa traición de Akano Kumaru que durante tantos años había explicado a los jóvenes que aspiraban llegar algún día a ser shinigamis.

– Por lo menos son sólo un par de clases – me sonreí.

– ¡Buenos días! – gritó Eliaz, salido de la nada, mientras masticaba una tostada por encima de mi hombro.

– ¡Oye! – protesté. – ¡Me estás pringando el uniforme de mermelada! ¡Y casi me dejas sordo!

– Parece que todo ha acabado – suspiró, haciendo caso omiso a mi protesta y tomando asiento a mi lado mientras cogía uno de los periódicos que estaban sobre la mesa.

– Sólo acaba de empezar – repuse, mientras daba un sorbo al chocolate.

– ¿Tú crees?

– Es lógico. Tú en tus mundos de piruleta no te darás cuenta pero ¿has visto como está la gente por calle? – repuse. – Es demasiado pronto para afirmar que todo ha acabado. Además, Nadie está vivo todavía.

En aquel momento, mientras discutíamos sobre aquello, Irah entró tímidamente en el comedor de oficiales, lugar vedado para los shinigamis de bajo rango, y se dirigió a mí con una nota en la mano, igual que días atrás, cuando todo había comenzado.

Sin embargo, esta vez la nota era de la capitana, que me citaba en su despacho, aunque la nota no explicitaba el motivo. Agradecido por todo lo que había hecho por mí, era poco producente hacerla esperar así que me bebí de un sorbo lo que quedaba de chocolate y me limpié usando el haori de Eliaz.

– ¡Eh! – se quejó.

– Eso por pringarme el uniforme – informé, mientras frotaba mi hombro con su vestido.

Sin darle turno de réplica salí, acompañado de mi viejo compañero de cuarto, del comedor y me dirigí a través de los pasillos hacia el despacho de Henkara donde, para mi sorpresa, se encontraba también mi padre.

– ¿Qué haces aquí?

– Resulta que al Capitán y a mí nos van a restituir de forma honorífica en nuestros cargos.

– ¿Volverás a ser shinigami?

– Algo así – explicó. – La restitución es honorífica así que digamos que estaremos en la “reserva”: no ejerceremos pero tendremos privilegios como shinigamis… y si es necesario pueden llamarnos. Mejor así, estoy viejo para esto – rió.

– Ya veo… ¿Y Kyo? – pregunté. – Supongo que en su caso no será tan fácil.

– Piensas igual que nosotros – sonrió nerviosamente la Capitana. – Lo cierto es que aún no saben… no sabemos qué hacer con él – dijo con una inseguridad no habitual en ella. – En cualquier caso, la decisión se tomará después de la ceremonia.

– ¿Ceremonia?

– Claro – asintió mi padre como si fuera algo lógico y normal.

– Por eso os he convocado aquí a los dos – dijo Henkara, recuperando poco a poco la compostura. – Es tradición que el Capitán de cada División se encargue de la organización del funeral de su antecesor.

La palabra “funeral” retumbó en mis oídos como si fuera algún tipo de palabra mágica. Ni siquiera me había acordado de tales formalismos entre el ajetreo del ir y venir de acontecimientos y se había pasado por alto aquello de “enterrarás a tus muertos”.

– Había pensado que el panteón familiar de los Akano sería el lugar más idóneo…

– Si me permite, – interrumpí – sinceramente creo que ya que se ha demostrado su inocencia, deberíamos honrarlo como el Capitán que fue.

– Estoy de acuerdo – se unió mi padre. – La familia le traicionó cuando más le necesitaba – rezongó – y en esta División siempre conservó seguidores leales. Creo que su sitio está aquí, con los suyos.

– Está bien – aceptó la Capitana. – Será enterrado en el Panteón de Héroes. Sobre su espada…

– Será depositada en la Cámara de las Almas Olvidadas – completamos la frase mi padre y yo al unísono.

– Perfecto. Todo claro entonces.

Repasamos varias veces el complejo ritual que suponía la ceremonia funeraria de un alto oficial. Demasiados protocolos aparentemente inservibles rodeaban lo que a primera vista parecía lo esencial, despedir, con el honor debido, a uno de los trece hombres que durante una época legendaria habían gobernado el Sereitei.

Todo aquello se llevó el día siguiente, al caer la tarde. La figura del sol escondiéndose entre las montañas parecía querer acompañar el descenso del cuerpo inerme de mi abuelo hacia las profundidades de la tierra en medio de aquella gran comitiva.

Junto a nosotros, la familia, se encontraban los trece capitanes del Gotei 13 y sus tenientes, que ocupaban un puesto de importancia dentro del protocolo. Nakajima Kyo, Kaiser Wolf, junto a su recién reencontrada hija, y los altos oficiales de la División ocupaban igualmente puestos destacados en la disposición de los asistentes.

Logré, aunque a duras penas, convencer a Nalya para que, durante la ceremonia, se sentara a mi lado. De aquellas, mi amiga no sabía lo que sentía por ella ni yo lo que ella sentía por mí, saberla cerca suponía un gran apoyo en un momento presumible difícil como era la despedida de alguien tan importante como el hombre que me había enseñado todo. Eliaz ocupó un lugar junto a Artemisa, Blod y Pandora en el lugar reservado para los oficiales de la División. Db y Krunzik, pudieron también acceder a una zona preferencial del lugar haciéndose pasar por miembros de la familia Akano gracias a una pequeña artimaña de mi padre, que sentía debilidad por su antigua división.

No ocurrió lo mismo con Mitsuko aunque, gracias a su condición nobiliaria, pudo entrar dentro del recinto. Además, una marea ingente de personas, en su mayoría curiosos, rodeaba el lugar observando, quizás por primera vez, el entierro de un capitán.

Pero Akano Kumaru no era un capitán cualquiera, había sido el hombre del saco de generaciones y generaciones de shinigamis que habían conocido una versión tergiversada de la verdadera historia, aquella que yo había sacado a la luz.

Al ritmo de una marcha fúnebres oficiales de rango medio de la Novena División fueron los encargados del traslado del féretro que contenía los restos mortales de mi abuelo. Lentamente, condujeron el cuerpo desde el Cuartel de la Novena División, a través de aquellas callejuelas blancas, hasta el abarrotado Panteón de Héroes que se alzaba en el conjunto de construcciones centrales del Sereitei que rodeaban el complejo donde residían y desempeñaban su actividad, en el más absoluto secreto, los representantes de la Cámara de los 46.

En el interior del Mausoleo, la espada de Kumaru, Nottung, esperaba pacientemente sobre un soporte dorado y cubierta con un velo rojo, el color de los mártires, junto al nicho en el cual, para siempre, descansarían los restos mortales de su portador. Los allí presentes pudimos entonces ser testigos de uno de los acontecimientos más hermosos que, en mi opinión, puede contemplar un hombre como yo:

Cuando el cuerpo del Capitán, en el interior del negro féretro tan magistralmente labrado en ébano, entró, a hombros de mis compañeros, en el mausoleo, los allí presentes tuvimos la increíble oportunidad de presenciar uno de los espectáculos más maravillosos que un hombre puede observar: La espada comenzó a brillar con un fulgor dorado acompañado por un aumento considerable de la energía que, durante días, había estado emitiendo. Parecía como si quisiese decir el último adiós, como uno más de los presentes, al que durante años había sido su inseparable maestro, amigo y compañero. Tan fuerte era aquella emanación que incluso pudimos comenzar a oír una melodiosa nota musical cuya intensidad bailaba al ritmo que marcaban las fluctuaciones del reiatsu que surgía de aquel pedazo, aunque vivo, de metal.

Con tanta parsimonia y delicadeza con la que se había desarrollado todo el acto, el ataúd fue depositado e introducido en la que sería la última morada de Hiruma Kunishi y de Akano Kumaru, el hombre que me había enseñado todo. Una vez estuvo dentro, la tumba fue sellada con una lápida de mármol negro, sobre la cual una inscripción en letras doradas que indicaban el nombre, rango y los años de servicio de mi abuelo.

Cuando cerraron la tumba, la zampakutou emitió un último y cegador impulso de un brillo tal que nos obligó a entornar los ojos. Inmediatamente después, regresó a su estado normal, sellada, callada, como si ella también hubiera muerto.

Pude comprobar que no era así cuando, siguiendo el protocolo que había diseñado la Capitana yo, al ser el shinigami que había llevado la espada al Sereitei, me levanté y tomé a Nottung en mis manos para proceder al traslado del arma a la Cámara de las Almas Olvidadas, donde ella también recibiría “sepultura”. No emanaba ninguna fuerza pero podía notar que la energía encerrada dentro que el simple hecho de que, aún sellada, se pudiese percibir tanto reiatsu en su interior justificaba de sobra la existencia de un cementerio para las espadas.

Me giré hacia la asamblea allí congregada, que se puso inmediatamente en pie, para salir procesionalmente de del edificio seguido por un cortejo bien organizado, formado por las mismas personas que habían sido autorizadas a entrar en el mausoleo. Sólo esos pocos “elegidos” tendrían el honor de acceder al último estadio de la ceremonia: la Cámara de las Almas Olvidadas.

Situada inmediatamente junto al Panteón, dentro del conjunto de edificios que rodeaban a la Cámara de los 46, la Cámara de las Almas Olvidadas era un edificio cuya planta tenía la forma de un polígono regular de catorce caras y que estaba coronado por una cúpula blanca, color predominante también en el resto de las construcciones del Sereitei.

En su interior, completamente revestido de maderas nobles, sobre la puerta colgaba el pendón del Gotei 13, majestuoso, presidiendo el recinto sobre la única pared “vacía”. En cada uno de los demás lados, altísimos sobre el suelo, el estandarte de cada una de las divisiones anunciaba que las espadas situadas en aquella pared pertenecían a los capitanes que habían servido bajo aquel escudo.

Pude observar que, precisamente por el carácter propio de cada escuadrón, unas paredes contaban con un mayor número de armas que otras. Así, por ejemplo, la correspondiente a la Undécima División lucía una cantidad ingente de zampakutous, mientras que las de la Cuarta o la Duodécima contaban con bastante menos que el resto de los escuadrones. “Nuestra pared” entraba, por así decirlo, dentro de una especie de término medio al que se ajustaban más de la mitad de los escuadrones.

Situé la espada en el pedestal previsto para ella y me retiré al puesto que me correspondía para que pudieran dar comienzo los ritos relacionados a la introducción de una nueva espada a la Cámara, que eran llevados por una especie de sacerdotes ligados a la Cámara de los 46 y de los que nunca había oído hablar hasta el día anterior, cuando Henkara nos explicó cómo se iba a desarrollar todo.

– ¿Qué es eso? – susurró Nalya en mi oído, haciéndome levantar la vista hacia los espacios más altos, en los que las espadas relucían sobre un fondo plateado.

– Por lo que pude leer, – contesté, tratando de sobreponerme a la turbación que me producía el sentir su aliento tan cerca – son las espadas de los últimos capitanes de la anterior edad: Yamamoto, Soi, Madarame, Unohana, Abarai, Kuchiki, Komamura, Shunsui, Hisagi, Hitsugaya, Zaraki, Kurotsuchi y Ukitake – recitaba, a medida que indicaba con el dedo, una a una, las paredes. – O más bien sus réplicas – aclaré. – Todo lo demás se perdió con el Gran Estallido.

– Nunca me gustó la historia – afirmó ella en un tono quejicoso, arrancándome una sonrisa.

A continuación, la comitiva regresó a la puerta del Panteón, donde tuvo lugar una especie de acto de desagravio en el que se aclaró oficialmente ante todos los allí presentes, la mayor parte de los cuales ya conocíamos la historia de uno u otro modo, todo lo sucedido en aquellos setecientos años de condena y persecución.

Alabanzas y disculpas continuadas en boca del Capitán General Ailios que, aunque no servían de consuelo, suponían el reconocimiento oficial por parte de la jerarquía de la Sociedad de Almas de que se habían equivocado, algo que no sucedía muy a menudo. Fue en aquel momento cuando “cayó la bomba”.

– Por todo esto, tras asumir nuestros errores – concluía ya el Capitán General Ailios – el Consejo de Capitanes y la Cámara de los 46 ha decidido restituir de forma honorífica al Capitán Kaiser Wolf y al Tercer Oficial Akano Youichi en sus cargos, aunque no regresen a la vida activa. A título póstumo ocurrirá lo mismo con el Quinto Oficial Saitou Ray y el Capitán Akano Kumaru, a quien hoy honramos con los honores merecidos. En cuanto a Nakajima Kyo… – anunció, haciendo una pausa ciertamente dramática – este consejo ha decidido ofrecerle la posibilidad, en agradecimiento a todos los servicios prestados, en disculpa por nuestra actuación y en reconocimiento de su capacidad, de reintegrarse a la vida activa en calidad de Capitán de la Novena División.

En aquel momento todas nuestras miradas se dirigieron alternativamente a la Capitana Henkara y a Kyo, sentados muy cerca el uno del otro. ¿Capitán Nakajima Kyo? Aquello no era una bomba, era un misil nuclear. Estupefactos, todos comenzamos a hacernos preguntas acerca del destino de la División, todos menos la Capitana, a quien parecía no haberle sorprendido la noticia.

Posiblemente fuera por aquello que Henkara se había puesto nervioso el día anterior cuando, tras anunciar lo que se había decidido en referencia a mi padre y a Wolf, le había preguntado por el destino de Nakajima. Sí, ese sería indudablemente el motivo de su turbación.

Dudaba que, en cualquier caso, pusiera resistencia alguna a la decisión del Consejo o de la Cámara. Incluso era posible que ella misma lo hubiera sugerido en un afán altruista, pero era necesario que alguien pusiera las cosas en su sitio, pensé. Henkara no podía abandonar la Capitanía así como así, ni aunque fuese el mismísimo Akano Kumaru quien pasara a ocuparla .

Con un pequeño tirón del traje, Nalya y mi padre me hicieron comprender que no era el momento para algo semejante y que ya tendría posibilidad de protestar todo lo que quisiera cuando regresáramos a la División. Decidido a hacerlo, asistí de una forma medio ausente al resto de discursos y demás formalismos que se sucedieron hasta el regreso al cuartel.

– Fue idea suya – dije, tras irrumpir aún sin permiso en el despacho de la Capitana.

– Fue idea mía – admitió sin ambages.

– Pero, ¿por qué? – pregunté.

– ¿Por qué? – repitió ella. – Porque es Nakajima Kyo, porque no hay persona más capacitada que él para desempeñar esta tarea…

– Por favor, Capitana – la interrumpí. – No me mienta.

– ¿Algo más? – inquirió, dando a entender que no quería seguir hablando del tema.

– No… nada – me retiré.

– Me siento culpable – le decía minutos después a Nalya mientras paseábamos por el Sereitei bajo la luz de la luna.

– ¿Por lo de la Capitana?

– No, porque Mitsuko se sentó lejos de todo el mundo – contesté insolente.

– ¡¿Porque el microbio incestuoso ese se sentó en el quinto huevo?! – se enfadó antes de caer en la cuenta en la ironía de mi frase. – ¡Ah! ¡Vale! Vete a la mierda, puñetero barbudo.

– ¿Cansada? – traté de quitarle hierro al asunto.

– Lo normal después de semejante rollo.

– Lo mismo digo – admití. – La verdad es que necesitaba despejarme. ¿Sabes?

– ¿Qué?

– Necesito urgentemente un par de días de vacaciones.

– ¡Pero si últimamente no estábamos haciendo nada!

– Cierto – sonreí. – Entonces unas vacaciones serían hacer algo, ¿no?

Nalya se rió y sus ojos brillaron reflejando la luz plateada de la luna, la misma luna que brillaba la noche en que decidí ingresar a la Novena División para poder agradecerle todo lo que había hecho por mí. Los caprichos de la Dama Fortuna habían querido que nuestros destinos hubieran quedado unidos para siempre hasta el punto de que yo me había enamorado de ella.

Aquellos pequeños momentos de intimidad con ella eran pequeñas perlas que guardaba como las más preciadas joyas dentro de mis recuerdos. Eran mi preciado tesoro, mi forma de “recargar las baterías” cuando tenía algún bache en mi estado de ánimo. Pero también eran la fuente de un gran dolor. Un dolor que se debía al hecho de que todo aquello nunca pasaría, por mi timidez, de una esperanza inútil al carecer del valor para ponerla en práctica.

La noche, el clima, la situación, el momento… todo parecía ponerse de mi parte. Surgió entonces esa duda: “¿Y si se lo digo ahora?” Lo lógico es que su temperamental carácter la llevara a atizarme un golpe, insultarme y humillarme, o algo parecido. Tal era mi pesimismo ante la situación, no en vano Nalya era llamada la mujer de hielo.

Aún así, aquel pequeño retortijón me acompañó todo el tiempo de nuestro caminar. Mientras paseábamos nos fuimos inconscientemente acercando al Panteón, donde horas antes habíamos asistido a las exequias del viejo maestro.

– Nalya… – dije deteniéndome.

Había decidido enfrentarme a mi miedo y decírselo. ¿Qué podía pasar? Estaba acostumbrado a sus gritos y a sus golpes, y me dije que conseguiría volver a atravesar su muralla tantas veces como me lo propusiera, algo que posiblemente fuera una mentira piadosa para conseguir sacar valor de donde sólo había un hombre tímido y

– ¿Qué?

– Yo…

Pero Nalya no me miraba a mí, tenía su vista clavada, como si de un fantasma se tratase, en la puerta del Panteón, donde, de espaldas a nosotros, observando la puerta, una figura femenina contemplaba el mausoleo de los héroes del Sereitei. Tenía el pelo relativamente corto en el caso de una mujer y portaba a su espalda una gran espada bastarda que pendía de unas cuerdas que le rodeaban los hombros, sujetando la vaina del arma.

– ¡Esa es…!

marzo 16th, 2007

Memorias 41 – Family Matters XI

Memorias 41 – Family Matters XI (On my way home)

Acercó su espada a mi cabeza y me tocó con la base de la empuñadura. Calor y paz inundaban mi alma como no lo había sentido desde que aquella maldita cadena se había cortado, una cadena que me ataba a un cuerpo que no quería y a una vida que odiaba. Por eso la corté de raíz. Un hombre solo es un hombre desahuciado y para mí ya no podía existir una enésima oportunidad. Cerré los ojos y me dejé llevar.

– Vuelves a casa – oí a lo lejos.

– ¡Traigo noticias! – exclamó Xemi que entraba corriendo en el comedor con los periódicos en la mano.

– Es… lógico – musitó Arturo. – Traes el periódico en la mano.

– Gran observación – masculló divertido Okita entre bocado y bocado de la tostada.

– ¡Que no! – insistió Xemi. – ¡Rido! – gritó buscándome con la mirada a través de la ventana.

– ¿Qué es todo este escándalo? – pregunté, descolgándome del árbol en el que me había sentado para tratar de descansar un rato.

La excitación producida por los acontecimientos de la muerte de Kumaru se había ido disipando paulatinamente y pude descansar, no sin cierto nerviosismo mientras aún esperábamos por unos resultados que parecían no querer llegar nunca.

– ¡Mira! – dijo poniéndome los periódicos en la mano.

– Deja de gritar, ¿vale? – le pedí mientras me sentaba y ponía la vista sobre ellos. – ¡“Sorprendente decisión en la Cámara de los 46”!

– ¿Algo que ver con lo tuyo? – se interesó Okita.

– Sí – confirmé. – “En la pasada madrugada, la Cámara de los 46 ha decretado contra toda sorpresa anular la sentencia de muerte que pesaba contra el antiguo teniente de la Novena División, Nakajima Kyo, debido a la aportación de pruebas que parecen demostrar su inocencia así como la del antiguo capitán, Akano Kumaru. Esta decisión fue propiciada, al parecer, por las conclusiones de bla bla bla bla…” – leí en alto atropelladamente. – “Es posible que Nakajima, que debía ser conducido hoy a la Torre del Destino en espera de la fecha final de su ejecución, abandone la prisión en las próximas horas.” ¡Victoria!

– ¡Victoria! – gritó Okita, apoyando mi exclamación.

– No sabes cuanto me alegro – afirmó Arturo.

– Te puedo asegurar que yo más – respondí. – ¿Sabéis donde está Nalya? Tengo que contarle esto.

– Sigue durmiendo.

– Sí, es demasiado temprano, al parecer también estuvo toda la noche en vela.

– Si me disculpáis… – dije, levantándome a toda prisa.

Salí del comedor con los periódicos en la mano y me dirigí al ala de oficiales con una enorme sonrisa de satisfacción. Me paré delante del cuarto de mi amiga y llamé a la puerta repetidamente hasta que recibí un gruñido que me invitaba a pasar.

– Levántate, rápido – le insté.

– ¿Por qué tanta prisa? – protestó.

– ¡Lee! – le tiré los periódicos encima de la cama.

– Está bien. Date la vuelta – indicó.

Seguí sus órdenes, recogí el periódico y me giré par que ella pudiera arreglarse sin miradas indirectas. A una indicación suya, volví a darme la vuelta y ella tomó la prensa en sus manos y la miró. Al comenzar a leer sus ojos comenzaron a salirse casi de sus órbitas a medida que iba descubriendo lo que había ocurriendo. Por su expresión adiviné que estaba al menos tan contenta como yo, que no cabía en mí de la excitación.

– Lo… lo… ¡Lo has hecho! – dijo propinándome un fuerte abrazo.

Por un momento, por encima de todo, del hecho de que Akano Kumaru y Nakajima Kyo podrían recuperar de algún modo su antigua dignidad, aunque fuera post-mortem, en aquel instante para mí sólo existía aquel abrazo. Algo tan simple, por lo que llevaba suspirando desde que dejase la realidad alternativa que había creado para mí Balmung, fue capaz de hacerme olvidar todo lo demás. ¿Qué más daría todo? Ya podía estar acabándose el mundo, lloviendo ascuas ardientes a nuestro alrededor o despedazándose el suelo bajo nuestros pies. Nalya me estaba abrazando y, en aquel momento, esa era la única y la más importante verdad que existía bajo el firmamento y me hacía inmensamente feliz, más que todo lo que había conseguido en los días anteriores.

– Vamos – dije cuando la emoción del momento se había disipado y ella se había separado de mí.

– ¿A dónde?

– Hay un sitio al que quiero ir – indiqué.

– ¿A dónde?

– A casa – contesté.

– A… casa… – repitió ella embobada.

– Te lo dije una vez ¿Recuerdas? – respondí con naturalidad, casi mecánicamente. – Te dije que volvería a casa cuando dejásemos la Aca…

Observando su rostro, su mirada extrañada, sorprendida, nostálgica, desconcertada e, incluso, asustada, me detuve: yo nunca había dicho antes aquellas palabras. No al menos este yo, el que había vivido y muerto en el mundo mortal. No, aquellas palabras, aunque salidas de mi boca no eran de ninguna forma, bajo ningún concepto mías.

Al fin y al cabo, no tenía un hogar al que regresar más que aquel Distrito 57 Oeste, y no era allí hacia donde una pulsión en mi interior me pedía ir. No, sabía que al lugar que me refería no era aquel.

¿Podría ser que aquellas palabras fueran la verbalización de un deseo, de una chispa de un anhelo arrinconado en lo más profundo de mi espíritu desde antes incluso de mi nacimiento? No, no parecía posible que fuese así… pero, sin embargo, era. De alguna forma, aquel deseo latente se había escapado a través de mis palabras mostrando al mundo que aquel quien una vez había sido seguía de alguna forma vivo en algún lugar dentro de mí.

– Yo… – traté de disculparme. – No quería decir… eso… creo.

– Vamos – ordenó secamente una vez se repuso de la sorpresa.

Tratando de dejar todo aquel embrollo atrás, salimos inmediatamente del cuartel, como si estuviésemos escapando de la conversación, camino del Distrito 7 Oeste, el hogar de la familia Akano. Por el camino, mientras avanzábamos silenciosos, no podía dejar de pensar en lo que acababa de pasar.

¿Por qué precisamente entonces había surgido aquello en aquel momento? ¿Quizás se debía a que lo acontecido había sobresaltado mi espíritu de tal forma que había despertado aquellos recuerdos escondidos? ¿Era aquello posible?

Según los libros, el alma se “reiniciaba” durante el proceso de migración. La teoría afirmaba que el sujeto, a pesar de ser el mismo, era como un nuevo individuo, sin ningún recuerdo. Sin embargo, aquello parecía demostrar todo lo contrario.

– ¿Pero como sabías tú lo de mi pasado?

– Hay partes de una persona que no cambian durante el proceso de la transmigración del alma. Son cosas que pueden parecer nimias, sutiles, pero marcan el carácter: los gestos, la forma de hablar… Gracias a ellas, las almas reencarnadas mantienen la apariencia y se comportan en las formas básicas de forma muy parecida. Pero lo que más importa aquí es que algunos recuerdos quedan eternamente grabados en el alma. Son imborrables.

Sí, aquella vez, Balmung había afirmado que los restos del alma anterior permanecían en lo más profundo de la actual, especialmente aquellos que habían marcado profundamente su vida. Así había conseguido el espíritu de mi espada recrear un enorme escenario basado en sus emociones y recuerdos.

Una sola pregunta rondaba mi mente: ¿por qué? ¿Por qué precisamente en aquel preciso momento? Parecía como si aquella presencia interior hubiera aprovechado aquel acontecimiento para abrirse paso entre los recovecos y laberintos de mi mente.

Casi sin darme tiempo a reaccionar, habíamos llegado al frontal de una mansión antigua, de estilo oriental. Frente a ella se extendía un cuidado jardín en el que crecía un gran olivo, desentonando así con el aspecto general de la construcción, que recordaba a las grandes películas de samurais que proyectaban en el mundo mortal.

– ¿Aquí es?

Nalya asintió silenciosamente con la cabeza y me indicó que me quedara detrás, en un sitio donde no pudiera ser visto por quien abriera la puerta. Sin entenderlo, obedecí sin siquiera preguntarle por sus motivaciones. Ella se acercó a la puerta, respiró profundamente, me miró y luego llamó a la puerta.

– ¿Tú otra vez? – preguntó una voz masculina que abría la puerta. – ¿Qué quieres ahora?

– Vengo a enmendar un error – respondió Nalya entre titubeos.

¿Enmendar un error? Era algo que nunca habría entendido como propio de ella, una novedad en los años que llevaba conociéndola. ¿A qué se refería con un error? ¿Podía ser que Nalya hubiera dado un paso adelante en su personalidad sin yo darme cuenta? Suele pasar que, cuando tratamos mucho con una persona, no nos solemos dar cuenta de esos cambios que se van produciendo poco a poco, muy poco a poco. ¿Era este caso? Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios sin darme yo cuenta.

– No un error mío – se apresuró a corregir, echando por tierra mi razonamiento y mi sonrisa. – Un error suyo.

– ¿Un error mío? – respondió el anfitrión, tan extrañado como yo.

– Hace doce años me echaste de aquí con malos modos porque, según tú, – le espetó con su habitual tono insolente – estaba mintiendo. Pues bien hoy vengo a demostrarte a ti y a tu familia que eso es una mentira.

Entendiendo las intenciones de Nalya, di en ese momento un paso al frente poniéndome a la vista de aquel que abría la puerta: un hombre maduro, que aparentaría 40 años de los mortales, aunque sabía que tendría al menos siete siglos de vida. Su estatura era aproximadamente igual a la mía, aunque su complexión era ligeramente más débil y huesuda, no sólo por la falta de entrenamiento, sino posiblemente por ser así por naturaleza. En su pelo moreno despuntaban las primeras canas, tímidas, en los laterales mientras que la característica marca que resulta en la cara después del afeitado en aquellos hombres que poseen una barba tupida dominaba su huesudo rostro.

Sus ojos castaños, más allá de la estupefacción propia del momento, reflejaban la mirada de un hombre cansado del paso de los años pero que no había perdido la esperanza, la mirada confiada y dulce de alguien que ha pasado por mil y una batallas pero que se negaba a perder la inocencia; la mirada de un niño juguetón encerrado en el cuerpo de un hombre adulto que no se resigna a sus propios recuerdos; una mirada llena de la sabiduría, dulzura, ternura; una mirada que sólo había encontrado en otra persona a lo largo de toda mi existencia: en Akano Kumaru. Todo lo que leí en los ojos de Akano Youichi en aquel momento contrastaba, paradójicamente, la impresión que, a través de las historias de Nalya, me había llegado de él como alguien intransigente y amargado, imagen que se derrumbaba ante mí mientras le observaba.

Hace tiempo, un psicólogo y filósofo dijo que el hombre se descubre a sí mismo en el rostro del otro, en la mirada del otro, y lo que veía yo en el reflejo de sus ojos podía definirse en una única palabra: felicidad, esa felicidad que resulta de un deseo colmado, de una esperanza cumplida. Cariño, sorpresa, alegría, satisfacción, acogida… en aquellos ojos encontré muchas de las cosas que había estado buscando durante mucho tiempo y que, poco a poco, había ido consiguiendo. En resumen, en la mirada de aquel hombre descubrí un hogar.

– Ri… – balbuceó, con unas incipientes lágrimas empañándole los ojos. – ¡Rido!

Como si de un sentimentaloide programa de reencuentros, de esos que de cuando en cuando inundan la televisión de los mortales, donde gente, muchas veces privada del debido sentido de la intimidad, relata sus peripecias vitales, aquel hombre lloroso se abalanzó hacia mí con los brazos hasta fundirnos en un abrazo.

Sabía desde el primer momento que esa era una de las múltiples reacciones posibles por parte de mi padre. Podríamos decir que estaba intelectualmente preparado; pero esa previsión no atendía a lo afectivo y emocional, y me uní a su llanto a pesar de que mis lazos con aquella persona formaban parte de una cada vez más perceptible presencia en mi interior que no era yo, pero con la que, al mismo lo tiempo, me iba conformando cada vez más y más.

Había conocido varias “familias” a lo largo de mi existencia: la gente del distrito, los compañeros de la Academia, con muchos de los cuales había perdido el contacto, mis amigos y mis compañeros de División… pero con todos ellos el lazo era, en cierto modo, accidental. Había sido el destino quien nos había unido.

No, enfrente de mí, rodeándome fervorosamente con sus brazos, había un padre, lazos sanguíneos… algo que nunca antes había conocido, ni siquiera durante mi vida mortal. Por aquel entonces, la palabra “padre” sólo hacía referencia al representante masculino de un grupo de personas que, por un hipócrita sentido del altruismo, habían decidido acogerme en su casa, bien fuera para cubrir una serie de necesidades afectivas que no eran capaces de satisfacer de modo natural, bien fuera para satisfacer su sentido de la solidaridad.

“Pura hipocresía”, digo, si lo entendemos desde el punto de vista del yo que no conocía la Sociedad de Almas: un joven amargado, inseguro, indeciso, desagradecido, reservado e irascible para que los otros son el verdadero demonio, como afirmaría Sartre, y para el que la relación interpersonal suponía la peor de las penitencias; un cobarde que había preferido huir a afrontar sus propios problemas y tratar de ponerles un remedio; un hombre que había decidido forjarse una dura coraza que lo previniera de ese gran fantasma llamado “el otro”, “lo otro”, que lo amenazaba constantemente, convirtiéndose al fin en un animal solitario que incluso había perdido el derecho a considerarse un hombre, una persona.

Era, sin duda, un muerto en vida que, paradójicamente, devino en un vivo entre los muertos. En efecto, si mi decisión de huir, de abandonar la vida, había constituido un punto de no-retorno desde el punto de vida mortal, había resultado ser el verdadero punto de inflexión a partir del cual encontré el verdadero sentido de lo que significaba estar vivo, la última y necesaria crisis para hacerme entender, aunque fuera a golpes, que el mundo no está ahí para hacerme daño, si no para llevarme hacia la felicidad.

Sí, aquello fue una verdadera invitación a la felicidad. El “Vuelves a casa” que tímidamente escuché salir de la boca de Nalya cuando mi espíritu comenzaba su camino hacia la Sociedad de Almas había significado realmente un esperanzador “Ven a la vida”, en una segunda oportunidad, en dejar de comprender la existencia como un tormento y comenzar a entenderla como un gran regalo: estaba vivo no por los méritos de un viejo cobarde como yo si no porque alguien había decidido hacerme regresar a la vida.

No, antes de llegar a la Sociedad de Almas no podía decirse que estuviera verdaderamente vivo. Fue a partir de entonces cuando todo cambió, cuando comencé a conocer lo que significaba verdaderamente la vida. Primero fue la llegada al Distrito, Yonas y el maestro: el inicio de un camino que me llevó a donde estaba ahora; la Academia, que había supuesto el toparme con mi verdadera vocación; la División, donde había comprendido lo que significaba verdaderamente la amistad; ahora llegaba el paso final: la familia.

Curiosamente, era el proceso inverso al de cualquier ser humano normal, que se cría y crece primero en la familia, luego en el grupo de cercanos y amigos, luego llega la verdadera educación de cara a su final integración en la sociedad. Era irónico que el camino de un antisocial como había sido yo fuera justamente el contrario. Sonaba como una verdadera oportunidad para volver a empezar, y en realidad así lo había sido.

Ante todo, todos mis recuerdos estaban atravesados por una figura: una mujer de pelo y ojos carmesíes que había transformado mi vida, que era la protagonista de los momentos decisivos de mi historia como la ceremonia del funeral de mi alma o la muerte de Yonas y que era el objeto de ese sentimiento que podríamos considerar el culmen, la cima, de la apertura al otro, al mundo, por parte de una persona: era la mujer que amaba.

Hasta tal punto tenía, y sigo teniendo, ésto presente que mentiría si negara que, en cierto modo, detrás de todas las acciones que había emprendido para salvar la reputación del maestro Kunishi, de Akano Kumaru, junto a los lazos que con él me unían, se escondía un deseo imperceptible de devolverle a ella lo que había perdido cuando Akano Rido había muerto. De esa forma, tratando de actuar como, creía, se comportaría él, intentaba compensar su pérdida de la que yo, podría pensarse que de un modo irracional e inmotivado, me hacía a mí mismo responsable.

Tras el abrazo, Akano Youichi me condujo hacia el interior de la vieja casona donde, quizás prevenida por el ruido procedente de la entrada y siguiendo un afianzado hábito, una mujer de mediana edad servía, de espaldas a la puerta, el té sobre una pequeña mesita situada en el centro de un salón decorado al estilo oriental.

Cuando se dio la vuelta, descubrí la preciosa figura de una mujer de mediana edad, algo más joven que mi padre, en cuyo rostro destacaban, como dos luceros en la noche, dos ojos de un intenso color verde. A juzgar por el parecido, aquella debía ser mi madre, suposición que se confirmó cuando, dejando caer la bandeja del te, entre sorprendida y confusa, me tomó entre sus brazos como nunca nadie antes lo había hecho.

Fue entonces cuando, sobrepasado por los acontecimientos y fruto de un incomprensible estado de perturbación, pues era la primera vez que yo veía a aquellas personas y, por tanto, mi vinculo afectivo con ellas era, a priori, nulo, brotó el llanto desde mi interior. Sí, ahora tenía un padre y una madre, lo más básico que tiene un ser humano: una familia.

Aquella dulzura y aquella ternura con la que aquella mujer me sostenía contra su pecho, como intuyendo todo lo que había sufrido durante “mi largo exilio vital” y tratando de consolarme, era algo que nunca antes había experimentado, algo nuevo. Entonces comprendí aquel dicho de “madre no hay más que una” y sentí una gran envidia ante todos aquellos que habían podido disfrutar de aquello toda su vida y una profunda vergüenza por haberme negado a experimentarlo antes, cuando tuve la oportunidad, cuando aquella gente había querido tratarme verdaderamente como un hijo.

– Vengo con noticias – anuncié después de que la excitación que había rodeado mi llegada se hubiera disipado parcialmente.

– ¿La muerte de tu abuelo? – preguntó mi padre, escéptico. – Espero que ahora se nos de una nueva oportunidad a los Akano.

Esa era la actitud hacia el Capitán Kumaru que Nalya había comentado alguna vez recordando los comentarios que había hecho yo al respecto en mi anterior vida. Pero no era tan dura como la había prejuzgado, sino que más bien estaba cargada de nostalgia y autorreproche, quizás por no haber seguido el mismo camino.

– Padre… – traté de calmarlo. – El abuelo era inocente.

– Veo que hay cosas que nunca cambian – suspiró. – ¡Esa es la actitud que te llevó a la muerte! ¿Quieres repetir?

– Si es por una causa justa… – observé.

– ¿Una causa justa? – bramó. – ¡No había causa más justa que la del honorable Capitán Kumaru! ¡¿Qué consiguió?! ¡Dime!

– Convertir un despojo humano en Shinigami – apuntó Nalya adelantándose a cualquier tipo de réplica.

– Fue mi maestro – añadí, a modo de explicación de su afirmación. – Y yo fui la última persona que habló con él…

– Tú eres… – comenzó a decir, aparentemente más calmado, para luego detenerse.

– ¿Quién?

Como si hubiera recordado algo vital, se levantó a toda prisa y se dirigió a la habitación contigua rápidamente. Poco después apareció sosteniendo con admiración la espada que una semana antes había confiado a Kaiser Wolf.

– “Un lugar seguro” – sonreí recordando lo que había dicho el viejo capitán lobezno.

– El Capitán vino a verme la semana pasada y me trajo esto – explicó. – Un par de días después, ya que las noticias no llegan muy rápido fuera del Sereitei y de los primeros dos o tres distritos, nos enteramos de la muerte de mi padre. El Capitán Wolf me dijo que “el último discípulo del Capitán Kumaru y la última persona en verlo con vida” se lo había dado. Cuando traté de preguntarle por su identidad – rió nostálgico – se esfumó.

– Así que eras tú – terció mi madre en un tono que denotaba orgullo maternal.

– No sólo eso – volvió a adelantarse Nalya antes de que respondiera. – También ha cumplido la promesa de s… que les hizo – corrigió, pues debió darse cuenta de que así les sentaría mejor.

El tono de orgullo que había encontrado en la voz de mi madre estaba sorprendentemente presente también en la de la Cuarta Oficial de la División. No sólo eso, un tinte de euforia y triunfalismo al pronunciar las palabras referentes al cumplimiento de la promesa de Rido se dejaron entrever en claro contraste con su habitual tono frío y realista hasta el extremo.

Nada más terminar de hablar, mi amiga arrancó la prensa de mi mano y la depositó encima de la mesa. Mi padre la leyó atentamente y comenzó a temblar de emoción a medida que avanzaba en el artículo hasta desembocar en un intenso mar de lágrimas que demostraba cuánto había esperado aquel momento en que nuestra familia se viese libre de toda culpa.

“Sí, todo está cumplido”, sentí dentro de mí. No había duda, era Akano Rido quien hablaba y quien saltaba de emoción dentro de mí. No en vano, aquel era su gran día.

marzo 9th, 2007

Memorias 40 – Family Matters X

Memorias 40 – Family Matters X (Judgement)

– ¿Aún despierta? – le pregunté a Nalya cuando salí a dar un paseo tras explicarle a Henkara lo que había encontrado.

– ¿Y a ti que te importa?

– Si te preocupa, me importa – respondí sonriente. – ¿En qué piensas?

– Mañana será un día grande – contestó. – Pero es injusto.

– ¿El qué?

– Que seas tú y no… tú… el antiguo tú, el que esté luchando por esto – sentenció. – No te lo mereces.

– Lo sé… pero alguien tiene que hacerlo – repliqué. – ¿Quieres ser tú?

– Tampoco me lo merezco… Yo tampoco le creí hasta que era demasiado tarde.

– ¿Cómo lo descubriste?

– Conocí a tu abuelo antes que a ti, a este tú – murmuró. – Es decir… lo vi a lo lejos. Fue a tu funeral acompañado de Kyo, ahí fue cuando comencé a sospechar. Y creo que fue la primera vez que oí hablar de Nadie, pero nunca llegué a asociarlo con una organización.

– Ya veo…

– Más te vale que mañana les machaques, Rido – me amenazó. – De lo contrario, no habrá que esperar para que te ejecuten en el Dúo Terminal, lo haré yo misma.

– Antes de que preguntes, – me avisó Henkara mientras nos acercábamos hacia el Cuartel General del Gotei 13 – esto no va a ser algo así como un juicio.

– ¿No? Yo creí que…

– Sé lo que creíste y por eso te lo aviso – me cortó. – Esto será una sesión extraordinaria del Consejo de Capitanes. Ya sabes cómo funcionan estas cosas – me sonrió.

– ¿Tendrá validez?

– ¿Validez? ¿A qué te refieres exactamente?

– Me refiero a validez jurídica, legal… ya sabe – respondí. –Es decir, si demuestro aquí la inocencia del Capitán Kumaru… ¿Valdrá de algo o será un esfuerzo vano?

– Afortunadamente para ti, las conclusiones del Consejo serán remitidas a la Cámara. Serán ellos los que dicten sentencia. Así que sí, aunque no tengan ningún tipo de validez ejecutiva, sí que son determinantes, al menos en alguna medida, de la decisión final.

– Entiendo… cuando yo “era” Capitán, las cosas no funcionaban exactamente así.

– ¿Ah, no?

– Supongo que se debe a que todo eran invenciones de mi mente, que tenía que arar con los bueyes que tenía – me autocompadecí.

– Supongo, pero esta es de verdad, es algo muy serio. Incluso ha venido un representante de la Cámara para supervisar el proceso.

– ¿Uno de los cuarenta y seis?

– Eso es.

– Extraordinario – murmuré absorto.

– Y que lo digas – corroboró ella a la vez que se giraba para saludar a los shinigamis de la Primera División que custodiaban la entrada al Cuartel General.

– Capitana Henkara – le saludaron.

– Buenos días, este es el Séptimo Oficial Rido, viene conmigo – informó mi superior. – Está autorizado a asistir a esta reunión.

– ¿En serio? – le susurré cuando habíamos flanqueado la entrada.

– Totalmente – aseveró. – Los Capitanes de la Sexta, Séptima y Décima División apoyaron mi propuesta de “condena”.

– Trabajar para usted no es ninguna condena, Capitana.

– Oh, vamos, no me hagas la pelota – bromeó. – Aunque… ya sé que hoy no querrías estar en ningún otro sitio que no fuese aquí.

– Me ha quitado las palabras de la boca.

– Lo sé. Por cierto, – se detuvo mirándome – el hecho de que estés aquí ha propiciado que otros capitanes hayan decidido traer a sus “expertos” en la materia.

– No entiendo – reaccioné.

– Dada la gravedad del asunto, – se aclaró la garganta – se ha permitido que el capitán que así lo desee acuda acompañado de un consejero especial adecuado para el asunto a tratar.

– ¿Quienes?

– Por lo de pronto, por parte de la Novena División serás tú. Por parte de la Sexta, apostaría que vendrá Bone, pues él está llevando el peso de la investigación. El capitán Lone me comentó que aprovecharía la oportunidad y traería al profesor Deiss…

– ¿Al profesor de Historia?

– Exacto, es un experto en la materia – replicó. – Y la capitana Yutaru vendrá con Db, que parece que ha dicho que tenía información que aportar al caso.

– Conozco la historia – asentí.

– No esperaba menos de mi experto – me sonrió.

– ¿Aunque su experto sea alguien designado a la fuerza?

– Aunque no pesara sobre ti esta estúpida sentencia seguirías siendo mi experto en este caso – sentenció. – Si fuera algo técnico hubiera elegido a Eliaz y si simplemente tuviera que enfrentarme a alguien…

– A Nalya o a Pandora – concluí.

– Eso mismo – corroboró. – Pero en este caso necesito de tus conocimientos de historia y de tu velocidad de razonamiento así que la elección estaba más que clara.

– ¡Llegáis tarde! – gritó el capitán Naeros, acompañado de su teniente, que pasaba velozmente a nuestro lado.

– Bien… somos los últimos – resopló la jefa, que parecía haber perdido de golpe la sonrisa. – ¡Pero nada nos detendrá! – se recuperó. – Antes de entrar, no hables si no te lo indico yo u otro de los capitanes. ¿Tienes todo listo?

– Sí – confirmé entregándole el diario. – Le he marcado las páginas más importantes y además lo tengo todo en mi cabeza, he pasado lo poco que restaba de noche estudiándomelo así que si tiene alguna duda…

– No hace falta que me ordenes que te lea la mente – bromeó. – Venga, vamos allá.

– Llega usted tarde, Capitana Henkara – advirtió el Capitán General.

Dispuestos en dos filas de seis miembros cada una, los capitanes de todas las divisiones a excepción de la primera formaban una especie de pasillo que confluía en el gran asiento que ocupaba el Capitán General Ailios, acompañado por el teniente y por una figura de negro con un manto rojo que – deduje – era el representante de la Cámara de los 46. Detrás de cada uno de sus capitanes, los expertos o consejeros de cada División, en su mayor parte, los tenientes.

Así sucedía en el caso de las Divisiones Tercera, Quinta, Octava, Undécima, Duodécima y Decimotercera. Como había advertido la capitana, Bone, Db y el Profesor Deiss se encontraban allí junto a sus respectivos capitanes. Por parte de la Segunda División, junto a la Capitana Dawn se encontraba el líder del escuadrón de ejecutores y tras el Capitán Hellsing se escondía la oficial al mando del Cuartel-Hospital en el momento de nuestra llegada.

Con una disculpa, Henkara y yo avanzamos hacia el lugar que nos correspondía, entre la Octava y la Décima División. Al pararme, saludé a Db, a mi lado, y a Bone, que se encontraba al otro lado de la sala, unos pocos metros más allá.

– Como iba diciendo antes de esta interrupción, debido a la gran relevancia del asunto que hoy nos disponemos a tratar, nos acompaña, como todos ustedes saben, un miembro de la Cámara de los 46, el delegado número 376154.

Con un silencioso gesto, el hombre movió su cabeza, cubierta por completo por una capucha y una máscara en orden a mantener su anonimato, como todo lo relacionado con la institución de la que formaba parte. Los capitanes respondieron con un gesto similar, también en silencio y tomaron asiento en unas sillas que traían unos shinigamis rasos a la orden de su capitán.

– Para agilizar la sesión lo más posible, pues todos deseamos resolver este engorroso asunto cuanto antes, los expertos de cada División podrán intervenir ellos directamente en lugar de sus capitanes – informó. – Lo harán en orden ascendente según su División, pero debido a la presencia entre nosotros del profesor Yvan Deiss, me gustaría que comenzásemos esta sesión extraordinaria con una lección de historia. Por favor, profesor Deiss, ¿sería tan amable de refrescarnos la memoria acerca de lo sucedido en el año 3656?

– ¿Voy a tener que hablar? – murmuré sorprendido.

– No tenía ni idea – admitió mi capitana. – Pero no te preocupes,

Con parsimonia, el viejo profesor de la Academia se dirigió al centro de la sala y comenzó a explicar los sucesos de entonces como si de una de sus clases magistrales se tratase. En comparación con mi tiempo como su alumno, ahora que sabía la verdad me hervía la sangre al escuchar la versión oficial de los hechos. Tenía ganas de saltar y contestarle pero la Capitana Henkara me disuadió telepáticamente en favor de nuestra posterior alocución.

– Muchas gracias, profesor – intervino el Capitán Ailios mientras el maestro regresaba a su asiento., Ahora, retomemos por tanto el curso normal de las intervenciones. Siendo que la Primera, Tercera, Quinta y Octava División, así como los Escuadrones Undécimo a Decimotercero han decidido no aportar expertos, seguiremos el siguiente orden: comenzarán interviniendo los responsables de la Segunda y Cuarta División que participaron de una u otra forma en el caso y el oficial Bone, de la Sexta División, nos presentará el informe completo sobre el asunto en cuestión que realizó el equipo de investigación. A su término, intervendrán los representantes de la Novena y Décima División – explicó de forma aséptica, como si aquello fuese algo rutinario.

Consecutivamente, subieron al estrado el Líder del Pelotón de Ejecutores y la Tercera Oficial de la Cuarta División. Ambos explicaron detalladamente su parte en el asunto y descubrí, que, al parecer, pesaban sobre mí dos cargos de resistencia a la autoridad, que se sumaban al de complicidad en alta traición. Henkara se apresuró a rechazar dichas acusaciones alegando que ya habían sido discutidas con anterioridad y que había sobre ellas sentencia firme.

Bone tomo la palabra a continuación y se remitió continuamente a los informes que habían elaborado él, Kuniko y el resto de oficiales de la Sexta División que habían participado en el aparato investigador. Avalado con las intervenciones de su Capitán, se vio libre de una molesta ronda de preguntas en las que algunos capitanes incidían en el hecho de “su cercanía y la de otros oficiales del equipo con los implicados” con afán de “reducir los hechos a la más pura objetividad”. Al final, el General tuvo que interrumpir violentamente aquel interrogatorio para luego proceder a darme paso.

Tímida y temerosamente, me levanté de mi asiento mientras Db me deseaba suerte. Miré a la Capitana, en la que descubrí un gesto de confianza, cogí el diario y las carpetas de informes que cuidadosamente había preparado y subí lentamente al estrado mientras paseaba la mirada por toda la sala. Nerviosamente, coloqué las carpetas en el atril y me aclaré la garganta.

De repente, el miedo desapareció. Sabía que estaba haciendo lo correcto y sabía, por encima de todas las cosas, que aquello iba a salir bien. La verdad estaba de mi parte no había nada de lo que preocuparse. Y, al final, la verdad siempre vence.

– La justicia prevalecerá – me susurré casi inaudiblemente.

Volví a aclararme la garganta y cerré los ojos respirando profundamente para ordenar mínimamente mis ideas. Eché una última mirada a los papeles con las anotaciones que había tomado a lo largo de aquella reunión y llegó el momento de empezar.

– Buenos días, capitanes, delegado – saludé protocolariamente. – Consciente de que en estos días pasados he sido el causante, o al menos me he visto involucrado, en una serie de acontecimientos que han sido los que nos han traído hasta aquí, me gustaría pedirles, antes de comenzar, disculpas por los contratiempos que esto haya podido causarles.

» Me gustaría pedir disculpas también al Profesor Deiss, que sabe que le tengo en gran aprecio desde mis días de académico, pues creo que en este asunto me veo moralmente obligado a llevarle la contraria a él y a la doctrina que tanto tiempo lleva enseñando en la Academia… Aunque tengo entendido que no es la primera vez que lo hago – sonreí mirando hacia Db.

» Para no extender mucho mi intervención, expondré mi tesis central: el hombre de cuya sentencia estamos tratando hoy, Nakajima Kyo, es, al igual que su Capitán, Akano Kumaru, inocente de todos los cargos por los que en su día fueron imputados.

Murmullos de desconcierto y desaprobación inundaron la sala. Aproveché el caos del momento para buscar la mirada aprobatoria de la Capitana y beber un sorbo de agua del vaso que estratégicamente estaba situado a la derecha del atril.

– Sé que resulta una gran osadía pronunciar estas palabras hoy, setecientos años después, tan ligeramente pero confío en poder demostrárselo en base a las pruebas que he podido encontrar.

Comencé a desarrollar toda la historia relativa a aquellos hechos tal y como Nalya, por habérsela oído al otro yo, Kyo y Wolf me la habían contado y tal y como estaba escrita en el diario de mi abuelo. Tranquilamente, sin atropellos, expuse los detalles de la investigación primitiva que la Novena División había llevado sobre las actividades del Grupo Nadie, para continuar con los sucesos que rodearon la muerte de los Ashartîm (tratando de evitar entrar en detalles alegando “no saber nada en concreto” hasta estar seguro de las intenciones de Eliaz respecto a aquello), la captura y la huida de Kumaru y su teniente, la muerte de Keita y el exilio de Kaiser Wolf.

Cada vez que se afirmaba algo de relativa importancia, un murmullo impaciente llenaba la sala, momento que aprovechaba para tomar aire, repasar los datos y reorganizar todas las ideas en torno a las que estaba desarrollando todo.

– Como dije al comienzo de mi exposición, – concluí – confío en que poder presentar las pruebas necesarias para respaldar mis investigaciones. Como prueba principal me gustaría presentar este diario, que contiene las actividades del Capitán Akano Kumaru hasta el momento de su condena y en el que se narra con especial detalle la noche de la caída de los Kaimitsu y los Ashartîm, que estaba investigando cuando fue apresado. Asimismo, confío en que lo en él expuesto se vea respaldado por los correspondientes diarios de los Capitanes Minami y Wolf, de la Cuarta y Décima División.

– Así es, al menos en el caso que concierne a mi División, General – intervino de improviso el Capitán Hellsing, que sostenía un cuaderno en su mano. – Cuando se nos citó para esta reunión, procuré reunir todo el material posible que estuviese relacionado con la muerte aparente de los traidores.

– Muchas grac…

– Me parece interesante advertir la conducta a simple vista paranoide del Capitán Minami en los meses posteriores a la huida del Capitán Akano y hasta su muerte, que se convierte en racional observando toda esta historia – añadió. – Es información a la que el Oficial Rido no ha podido acceder.

– ¿Alguna declaración con respecto al diario del Capitán Wolf, Capitana Nara? – intervino el General, tratando de poner orden.

– No todavía, General – respondió Yutaru. – Acabo de enviar recado por una mariposa infernal a mi teniente para que averigüe todo lo…

– No va a hacer falta – anunció una nueva voz que irrumpía en la sala.

Con gran estruendo, Kaiser Wolf alcanzó el centro de la estancia rápidamente y se situó a mi lado sonriente. Los capitanes y el resto de los allí presentes, alarmados unos, asombrados otros no paraban de gesticular ante la aparición inesperada de una leyenda viva entre ellos.

– Te dije que era incapaz de no hacer nada.

– ¿Y la espada?

– En lugar seguro.

– ¿Dónde?

– En lugar seguro – repitió.

– Genial, muy explicativo – bufé. – Disculpe General esta intromisión no programada por mi parte del Capitán…

– Déjate de formalismos – me interrumpió Wolf. – Bien, vengo a corroborar con mi palabra todo lo que ha dicho el Oficial Rido.

– ¡Señor Wolf! – gritó Ailios, tratando inútilmente de recuperar la compostura. – ¡Esa no es manera de irrumpir! ¡Y menos después de tanto tiempo!

– Da gusto cuando tus antiguos alumnos llegan tan alto – se rió él, que parecía estar pasándoselo en grande. – Uno se siente realizado como maestro…

– ¿Maestro?

– ¿No lo sabías? – preguntó sorprendido. – Profesor titular de Combate Cuerpo a Cuerpo – se jactó. – Todo un catedrático que dirían en la tierra.

Cuando el ambiente estuvo muy calmado tuve que dejar el estrado tras una indicación del Capitán General Ailios para que Kaiser Wolf pudiera contestar desde allí a la infinidad de preguntas que, algunos con la devoción que se le brinda a un ídolo, iban formulando los allí presentes.

– ¿De dónde has sacado a este tipo? – me preguntó Db.

– Lo encontré por ahí – respondí.

– Muy concreto – se quejó. – ¿No te suena a alguien?

– ¿A Gaby? – contesté. – Sí, yo también lo pensé en cuanto lo vi. ¡Si hasta se apellida Wolf!

– Es demasiada coincidencia.

– ¿Padre o Abuelo?

– Gaby nació en el mundo mortal así que la línea temporal quedaría alterada porque…

– Yo digo que abuelo, si es de la misma generación del tuyo y “oficialmente” tenéis la misma edad…

– Pues yo digo que padre – aposté. – Y el que falle paga la fiesta de celebración de que esto va a salir bien.

– ¿Eso crees?

– ¿Tú ves cómo lo miran? – le pregunté. – Incluso los ojos de ese tipo de la Cámara rezuman admiración debajo de esa máscara. Es capaz de librarse por haber incendiado medio Sereitei incluso.

– ¿Otra apuesta?

– No, qué va. No quiero desplumarte, – me reí entre dientes – Pollito.

– ¡Oye! ¿Cómo sabes es…?

– Las noticias vuelan.

– Pues vaya noticias…

– Una vez escuchado lo que el Capitán Wolf tenía que decir, – anunció la voz del Capitán Ailios retomando cuando el objeto de nuestra apuesta tomó asiento entre Db y yo – prosigamos con el turno de intervenciones. Oficial Rido, ¿tiene algo más que añadir a su exposición?

– Lo cierto es que sí. Me gustaría si es posible añadir un par de datos más a mi exposición que se vio truncada por la aparición del Capitán, General.

– Adelante, Oficial Rido, sea breve.

– Lo seré, gracias – dije mientras regresaba al estrado. – Lo que ahora les voy a relatar ha dejado ya de tener relación directa con Akano Kumaru y Nakajima Kyo y por eso he decidido relegarlo hasta el final. Aún así, considero conveniente exponerlo aquí como hechos complementarios ya que desembocaron en la muerte del Capitán Kumaru que condujo irremediablemente hacia esta situación y porque, independientemente de la resolución sobre el antiguo teniente Kyo, considero que deben ser tenidos en cuenta en previsión de futuros incidentes del estilo.

» Como bien saben a lo largo de mi discurso he mencionado repetidas veces la existencia de un grupo terrorista llamado “Nadie”, presumiblemente dirigido e ideado por el Capitán Sadoq Asharet, que lleva actuando en la Sociedad de Almas desde hace al menos setecientos años.

» Siendo que la última actuación conocida de ese grupo ha sido el asesinato de Akano Kumaru, podemos desvincular a éste de dicha organización y reconocer que, pese a la ausencia conocida de su líder ha continuado sus actuaciones desde hace al menos poco más de cincuenta años, con los incidentes que muchos de ustedes recordarán en un examen de graduación en la Academia, en el que murió un Académico, Akano Rido… es decir, yo – añadí tras una pequeña pausa.

» Además de esos dos acontecimientos, directamente ligados con el Capitán Akano y con su familia, Nakajima Kyo y el Capitán Kaiser Wolf han manifestado que dicho movimiento es el responsable del ataque a la Torre del Destino en el que se dieron por muertos Akano Kumaru y Nakajima Kyo.

– Y que les permitió escapar – apostilló el Capitán Neburo.

– Indudablemente, Señor, – reaccioné – pero creo que el diario que ha presentado el Capitán Hellsing explicará suficientemente ese punto.

» Como opinión personal, y algo que mencioné en el interrogatorio, analizando los uniformes de los atacantes y los “vigilantes” que estaban dispersos por el Distrito 57 Oeste y alrededores en los sucesos acaecidos anteayer, asumo que el Grupo Nadie está detrás también de la masacre de Dar es Salaam en la que casi se acaba con la vida de El… Mirumoto Eliaz. Los datos de dicho incidente pueden ser consultados en el expediente 193/4350 en el Archivo General.

» Finalmente, y espero que este punto lo desarrolle mejor y más profundamente el Oficial Db de la Décima División, podrían haber planeado un ataque a la Cámara de las Almas Olvidadas según refiere un incidente registrado por su División alrededor del 4300.

» Eso es todo – concluí, cerrando la única carpeta con la que había retornado tras la irrupción de Wolf. – Gracias por su tiempo, Capitán General, Capitanes y señor Delegado.

– Su turno, Oficial Db.

– Suerte – le deseé cuando pasaba por mi lado. – ¿Qué tal lo he hecho, Capitana?

– Entre tú y ese loco – sonrió – creo que tenemos la partida ganada.

– ¿Lo cree o lo sabe? – le dije.

– Digamos que “tengo una corazonada” – volvió a sonreír. – Como la tuya con ese diario.

marzo 2nd, 2007

Memorias 39 – Family Matters IX


Memorias 39 – Family Matters IX (Kaiser)

Sabía desde el primer momento en que puse un paso fuera de la División que estaba incumpliendo la ley, que si era descubierto mi afortunada condena se trocaría en desgracia y hasta podrían unir mi destino al de Nakajima Kyo.

Entre las sombras, como un ladrón de guante blanco, me escabullí hacia el exterior del cuartel, hacia un Sereitei vacío y desierto, lo que facilitaría mi huida. Aún así, a esas horas algunos shinigamis, los más acostumbrados a trasnochar, estarían rondando por las blancas callejuelas. Por eso opté por acercarme hasta el muro envuelto entre las sombras que proporcionaban los callejones más estrechos, aunque eso entorpeciera mi camino.

La siguiente aventura sería salir del Sereitei, cualquier otro shinigami podría haber atravesado la puerta dedicándole una enorme sonrisa a cualquiera de los cuatro guardianes, pero yo no estaba autorizado siquiera a salir del Cuartel dada mi situación legal.

Puse entonces en juego todas las habilidades que había ido adquiriendo trabajando para la División como agente de inteligencia para poder burlar la vigilancia de los torpes guardianes de las puertas. Afortunadamente, nada llamó su atención así que, una vez fuera de los límites de la Corte de los Espíritus Puros, alcancé, con una veloz carrera, las lindes del bosque que circundaba el Primer Distrito del Rukongai Oeste, donde habitaba el equivalente en la Sociedad de Almas a la alta burguesía del mundo mortal.

Definitivamente, ya no había vuelta atrás. Había salido del Sereitei y ahora no me quedaba más remedio que avanzar lo más rápido posible y encontrar el diario o, al menos, una prueba que tuviera el mismo valor para poner en libertad a Kyo y devolver el reconocimiento merecido a Akano Kumaru.

En otro caso, mi aventura fuera de la ley habría sido en vano y ya no sólo me preocupaba de mí. La integridad de toda la Novena División, y en especial la de Henkara, había quedado en entredicho con mi escapada. ¿Así pagaba yo todo lo que habían dado por mí?

Me reproché a mí mismo no haber pensado en eso antes. ¿Y si Henkara, movida por su voluntad de salvaguardar la imagen de la División, había movilizado recursos del Sereitei para “darme caza”? En ese caso, ¿por qué no me lo habían impedido ya? La respuesta la tendría, probablemente, cuando regresase al Cuartel.

¿Qué pasaría si me capturaran? ¿Se uniría, como temía, mi destino al del antiguo teniente? ¿Sería condenado a morir en el Dúo Terminal, acusado de alta traición? Aquello me aterrorizaba, pero, de algún modo sabía que, aunque impulsado por una corazonada, y en otro momento hubiera condenado la estupidez que estaba cometiendo: jugarse la vida por una simple intuición borrosa y lejana, estaba haciendo lo correcto.

Sin embargo el temor a la condena seguía ahí, patente. ¿Sería capaz realmente de entregar mi vida por aquella causa? Teniendo en cuenta que ya una vez había renunciado a ella, todo parecía más “fácil”, pero no lo era en absoluto. Aquella vez había sido una forma de escapar, ahora tenía que jugarme el pellejo por los demás. ¿Sería capaz de hacerlo? ¿Sería capaz de morir, no por mis propios intereses, que ya habían sido salvaguardados por lo que fuera que la capitana hubiera hecho la tarde anterior logrando aquella sentencia, sino por los de alguien que durante muchos años, aunque fuera con afán de protección, me había ocultado la verdad no sólo sobre él mismo, sino incluso sobre mí?

En cuanto llegué a este punto en mi razonamiento, lo corté por completo y traté de dejar la mente en blanco. Me decía, como tantas veces antes, que si piensas que las cosas van a salir mal, es más probable que falles, y yo no podía permitirme fallar en aquel momento. Sin fallos, se acabaría el dilema.

Tras treinta minutos de apresurada carrera había dejado ya poco más de medio centenar de distritos a mis espaldas y me aproximaba ya al 57 Oeste, a mi hogar. Quería ver como estaba todo el mundo aunque fuera en una visita corta y superficial.

Sin embargo, habiendo dejado la mente en blanco comencé a sentir una fuerza inusitada que procedía de la dirección en la que se encontraba la cabaña. Aquella energía tenía una espantosa intensidad pero lo inquietante era que resultaba algo animal, feroz y salvaje. ¿Qué emitía aquello? Lo más extraño es que me resultaba extrañamente familiar, aunque estaba completamente seguro de que nunca antes había sentido algo así de fuerte y de bestial. ¿Qué sería? ¿Quién sería?

Aquello no parecía para nada humano pero me espantaba la idea de que no lo fuera. ¿Podía un objeto emitir tanto reiatsu? Y si lo era, ¿por qué no lo había sentido nunca hasta entonces? En cualquier caso, decidí que la aparición de aquella energía estaba directamente relacionada con la muerte del maestro.

Procedía sin duda de la cabaña, eso comprobé a medida que avanzaba hacia la fuente de aquel reiatsu, que me llamaba y me invitaba a acercarme a él, como si fuera una mosca atraída por un tarro de miel.

Llegué a la cabaña y, con precaución entré, esperando que el emisor de aquella energía fuese un visitante inesperado, pero la cabaña estaba vacía, nadie había allí dentro. Lo más curioso era, sin duda, que la fuente de todo aquello seguía llamándome… desde debajo de mí.

Sea lo que fuere o fuere quien fuere, aquello estaba sin duda debajo de la cabaña. ¿Pero dónde? Era imposible que algo se encontrara allí pues nunca, en seis años que había estado viviendo allí, había visto ninguna estancia bajo la casa.

Removí todos los muebles de la casa buscando una entrada secreta, como había visto hacer miles de veces en las películas de espías durante mi vida mortal. Moví libros y recuerdos esperando que al hacerlo algo ocurriera, pero nada ocurrió. El segundo paso fue desplazar muebles en busca de alguna trampilla pero el resultado fue otra vez negativo.

No quedaba tiempo, así que opté por una solución desesperada: terminar de destruir la cabaña, que ya había quedado en mal estado tras el combate del día anterior. Me situé en el centro del edificio, liberé a Balmung y, valiéndome de aquello que una vez había descubierto (que la contundencia de la maza cuando impactaba contra algo distinto de mí era exageradamente grande y que podía aumentar aún más imprimiéndole parte de mi reiatsu), concentré todo mi reiatsu en la maza y la impulsé violentamente, con los dos brazos, hacia el suelo, provocando que todas las tablas del suelo se levantasen fruto de aquella especie de golpe sísmico y revelaran una pequeña trampilla

Sellé a Balmung y me asomé a la trampilla. Unos tímidos rayos de la luna se atrevían a colarse entre las ventanas permitiendo vislumbrar, aunque a duras penas, una pedregosa y aparentemente inestable escalera de caracol que se adentraba en las tinieblas.

Al no disponer de lámpara u otro objeto similar que me permitiera valerme de él para alumbrar mi camino, tuve que conformarme con aquellos escasos finos hilillos plateados que lograban penetrar la densa oscuridad como única claridad en mi camino hacia las profundidades de aquella escalera: una amplia gruta, situada a varios metros bajo la cabaña, que estaba deficientemente iluminada por una casi extinguida tea.

El halo de luz que las llamas producían fue suficiente para mostrarme un estrecho pasillo al final del cual otra luz avisaba de que allí se abría una nueva sala donde se encontraba – supuse – la fuente de aquella misteriosa y feroz energía que me había llevado hasta allí.

Avancé a tientas por el corredor mientras me encontraba en la zona oscura entre los haces de luz producidos por la tea de la primera gruta y las lámparas de aceite que iluminaban el pequeño santuario que me encontré, presidido por el emisor de tan perturbador reiatsu: una espada, la espada – conjeturé – del que había sido mi maestro y mi abuelo, la espada del Capitán Akano Kumaru.

– ¿Qué es esto? – me pregunté, aludiendo a la energía.

– Esto – respondió una voz a mi lado – no es otra cosa que aquello que los antiguos llamaron el “llanto de la Zampakutou”.

Me giré sobre mis talones y recorrí con la mirada toda la estancia tratando de identificar a quienquiera que hubiese pronunciado aquellas palabras, pero allí sólo estaba yo. Asumí entonces que, dado que no podía proceder del exterior, aquella voz tenía que proceder de mi interior. Era, sin duda, la voz de Balmung que, por primera vez, entablaba conmigo una conversación en el exterior del monasterio, en el mundo real.

– ¿El llanto de la Zampakutou?

– Básicamente, – explicó – cuando el shinigami muere, el sello que había impuesto sobre la espada se desvanece y, así, la Zampakutou muestra, durante un período indeterminado de tiempo, su verdadero poder. Tus antepasados lo llamaron así, “llanto”, porque precisamente parece como si la espada llorase la pérdida de su portador.

– Todo eso es muy bonito pero…

– Sé lo que estás pensando: “eso es imposible, las zampakutous no son más que la materialización del reiatsu de su portador” – me interrumpió condescendiente. – Sí, podría interpretarse el llanto como los restos de reiatsu del shinigami que quedan en cualquier objeto tras su paso pero siendo su zampakutou, que actúa algo así como un amplificador, la cosa es un poco diferente. Sobre todo, y casi exclusivamente, es observable en las espadas de los shinigamis más poderosos, es decir, normalmente, en las de los capitanes.

– Ya veo… – admití. – Así que supongo que es por esto por lo que se creó la Cámara de las Almas Olvidadas.

– ¿La Cámara de las Almas Olvidadas?

– La Cámara de las Almas Olvidadas – repetí. – ¿Sé algo que tú no sabes? Increíble, pensaba que eso era imposible.

– Preguntar es de sabios – replicó.

– En esencia, es como un mausoleo para las espadas en teoría más poderosas: las de los capitanes. Las espadas de todos los capitanes, en activo o retirados, cuando éstos mueren, son guardadas en esa Cámara.

– ¿Cómo sabes tú eso?

– Ya sabes que mi trabajo consiste en saber cosas – me jacté. – Además, tiene que ver con algo que Db me contó hace algún tiempo.

– Entiendo.

– Supongo que es una forma de mantenerlas vigiladas y en buenas manos – añadí. – Si todas las espadas de todos los capitanes tienen aunque sea la cuarta parte de este poder… y aunque no se puedan liberar, este tipo de reiatsu…

– Sería una catástrofe si cayera en malas manos.

– Exacto. ¿Y si…?

– ¿Y si qué?

– Sólo conjeturas. Recuérdame que hable de esto con Db cuando lo vea.

– Está bien.

– Por lo de pronto creo que es mejor que llevemos esto al Sereitei para tenerlo vigilado – concluí, decidido a tomar la espada.

– Un momento – me detuvo una nueva e inesperada voz. – ¿Acaso piensas anunciar a todo el Sereitei la existencia de algo tan poderoso?

Alarmado, me di la vuelta para descubrir a un hombre canoso, más alto que yo, que me miraba con un gesto serio a la par que divertido. Lo más sorprendente e inquietante de él eran, sin duda, sus rasgos faciales: dos grandes y prominentes colmillos que asomaban sobre su labio inferior y sus ojos aviesos le conferían a su rostro un cierto aire de bestia salvaje.

– ¿Quién eres? – pregunté, echando mano decididamente a la espada.

– Un amigo – respondió el con naturalidad.

– ¿Un amigo? ¿Amigo de quién?

– Para empezar, amigo de tu abuelo, es decir, del hombre que poseía esa espada que estabas a puntito de coger – sentenció.

– ¿Cómo sabes que…?

– ¿… que eres el nieto de Akano Kumaru? – sonrió. – No adivinarlo sería haber perdido olfato. Primero, eres físicamente igualito a él cuando compartíamos cuarto en la Academia. Segundo, no sé si te has dado cuenta, pero esa espada que está ahí y esa que sostienes con la mano… son igualitas.

Era cierto, hasta entonces no me había dado cuenta, pero Balmung parecía una perfecta imitación de la espada que años atrás había empuñado mi abuelo y que ahora, desde su pequeño altar, gobernaba la estancia.

– Por cierto, supongo que lo sabes, pero ese rayo – prosiguió – es el símbolo de tu familia, de la familia Akano. Vosotros siempre habéis tenido “poderes” relacionados con la electricidad así que vuestra casa ha sido asociada tradicionalmente a ese elemento.

– ¿Pero cómo sabes que soy su nieto? – insistí. – Podría ser… su hijo…

– Akano Kumaru sólo tuvo un hijo, Akano Youichi, a quien tuve el honor de contar entre mis filas, mi tercer oficial, – afirmó nostálgico – tu padre.

– Mi… pa…

Hacía demasiado tiempo que no había escuchado aquella palabra referida a mí. “Padre” era algo que nunca había tenido en mi vida, no al menos en la vida que yo recordaba. Siempre de aquí para allá, había pasado casi más tiempo en centros de acogida que en una “familia”.

– Por tu reacción debo entender que tú no sabías de la existencia de Youichi – continuó. – ¿Podría ser que acaso tú fueras Akano Rido?

– ¡¿Cómo sabes mi nombre?! – exclamé nervioso. – ¿Cómo es que nunca te he visto aquí? ¿Cómo…?

– Demasiadas preguntas todas juntas – me detuvo con un gesto de la mano. – Sé tu nombre porque sé que el mayor de los hijos de Youichi, Rido, murió hace cincuenta años. Por otra parte, nunca me has visto por aquí porque es difícil haber visto aquí a alguien que nunca antes había venido. Mi territorio son las escarpadas montañas del norte no los bosques del oeste. Además, ni siquiera sabía que Kumaru estaba vivo hasta que escuché las noticias de estos días. En cuanto lo supe salí inmediatamente en busca de eso – señaló a la espada – no quería que cayese en malas manos.

En ese momento, mi interlocutor comenzó a divagar acerca de cómo había sido la reacción a la reaparición en escena de su viejo amigo, oportunidad que aproveché para desconectar de la conversación y hacer un rápido análisis mental de la situación.

Al haber nombrado a Akano Youichi como “su tercer oficial” y un miembro de “sus filas” y teniendo en cuenta que había afirmado compartir cuarto en la Academia con Akano Kumaru, supuse que el hombre que tenía delante se trataba, al menos, de un teniente, cuando no de un capitán.

Repasé, por tanto, listas y listas de tenientes y capitanes de la época de Kumaru que el profesor Deiss había citado en su clase de Historia de la Sociedad de Almas. De entre todos los altos mandos contemporáneos de mi abuelo, un nombre destacaba sobre los demás. Correspondía, además, a un exiliado, lo que reforzaba las posibilidades de que fuera él, y extraña y curiosamente, su aspecto físico parecía no dejar lugar a dudas.

– ¡Kaiser Wolf! – exclamé triunfal.

– Veo que todos los Akano sois igual de audaces.

– ¿Qué hace aquí?

– ¿Ahora me tratas de usted? – desvió la pregunta. – Esta juventud…

– Conteste a mi pregunta.

– Preguntas, preguntas y más preguntas – se quejó. – ¿Sabes que yo podría preguntarte exactamente lo mismo? A ver, dime, ¿qué haces tú aquí?

– Vengo a… Un momento, ¿cómo sé que puedo fiarme de ti?

– ¿Saber? No lo sabes.

– ¿Cómo has llegado hasta aquí si no conocías la existencia de este lugar?

– Tengo buen olfato y preguntando se llega a Roma – sonrió. – Pero poca falta hace preguntar u olisquear si Roma posee un enorme y visible faro que llama la atención sobre ella a todo el que se acerque.

Comprendí al instante que con aquella metáfora hacía referencia a la enorme cantidad de energía que emitía la zampakutou que señalaba con el índice de su mano derecha. Wolf, extasiado, la miraba como si fuera algo maravilloso, algo que, en realidad, era: un espectáculo fabuloso.

– Tu abuelo es inocente – rompió al silencio a los pocos minutos.

– Lo sé, – suspiré – por eso estoy aquí.

Me había rendido definitivamente a la evidencia de que aquel hombre estaba de mi parte, de parte de mi abuelo y de que sus intenciones eran cercanas a las mías. Quizás fue porque un misterioso halo de afabilidad y cercanía, a simple vista incompatible con su aspecto físico, lo rodeaba haciéndole parecer una persona de fiar.

– ¿Qué buscas exactamente?

– El… – dudé. – El diario del Capitán.

– Sospecho que crees que contiene las claves para demostrar la inocencia de tu abuelo.

– Sí, aunque es una simple corazonada. Es decir… su diario es el único de los de todos los capitanes de la Novena División que no se encuentra en el archivo, pero lo que no entiendo es por qué…

– ¿Por qué no lo utilizo en su propia defensa?

– Algo así. Es decir, ¿acaso no contenía pruebas de su inocencia? Es un verdadero lío – admití.

– Nada de eso. Te contaré una vieja historia – me tranquilizó. – En aquellos tiempos, de nada le hubiera servido esgrimir su diario, quizás por eso no lo hizo público, esperando que alguien como tú lo hiciera años más tarde y previniera a la Sociedad de Almas de lo que ocurría.

– Pero…

– Sadoq Asharet y sus hombres controlaban por aquel tiempo la justicia, pero no sólo eso. También la mayor parte de los miembros de la Cámara de los Cuarenta y Seis se contaban entre el número de sus leales… marionetas. Lamentablemente, eso yo lo averigüé demasiado tarde, con Kumaru y Keita muertos, no me quedaban muchas opciones.

– Así que optaste por el exilio.

– Eso no explica por qué el diario está aquí y no en la División.

– Un nombre, Saitou Ray.

– ¿El espía de Kyo en el Sereitei?

– ¿Así que era de eso de lo que trabajaba? – se sorprendió. – La verdad es que era uno de los mejores agentes encubiertos que conocí en mi vida. Su condena de destierro llegó bastantes meses más tarde que la de tu abuelo y su teniente, así que seguramente él sustrajo el diario en previsión de lo que el nuevo Capitán, Madjakis, abiertamente opuesto a Kumaru aunque no sabía lo que se cocía por detrás, pudiera descubrirlo.

– Entiendo, pero… ¿qué esperanza nos queda?

– ¿Cómo?

– Si la Cámara de los Cuarenta y Seis es un grupo cerrado, una sociedad cerrada…

– Por eso tampoco te preocupes – rió. – Por una parte, sin el liderazgo de Sadoq ni de ninguno de sus hijos, la organización se debilitó y perdió adeptos. Por la otra, ¿conoces la fecha de mi destierro? Fue el 3695. ¿Te suena de algo?

– Es la fecha de… ¡el gran incendio de la Cámara!

– Premio. No podía quedarme sin hacer nada, así que antes de irme… “se me cayó una colilla”.

– Así que fuera del control de los Ashartîm y de Nadie, la Cámara se renovó completamente con gente neutral…

– Todo lo neutral que puede ser, la historia nunca es neutral – apuntilló. – Pero básicamente es eso: sin esos perros judíos rondando…

– ¡Oye! – le interrumpí enojado. – Eleazar Asharet es ahora mi mejor amigo, y pongo la mano en el fuego por él. Así que a partir de ahora mide tus palabras en lo referente a él…

– ¡Inaudito! – exclamó. – ¡El heredero de los Akano y el heredero de los Ashartîm! ¡Juntos!

– ¿Algún problema? – inquirí amenazante.

– Qué va – negó con la cabeza mientras se encogía de hombros. – Ninguno. Simplemente me parecía curioso e irónico.

– Eso no te lo niego.

– Volvamos al objeto de mi visita aquí – reconduje la conversación. – El diario de mi abuelo. ¿Alguna sugerencia de colocación?

– Déjamelo a mí, conozco bien a tu abuelo, cuando éramos compañeros…

Mientras retomaba alguna vieja historia arrinconada durante años en su memoria, comenzó a rebuscar en la habitación. De vez en cuando venteaba, como un perro rastreando su presa. Así, al cabo de unos minutos revolviendo en los recuerdos agitaba victorioso el cuaderno.

– “Diario del Capitán Akano Kumaru 3047-3656” – leyó en alto, antes de tendérmelo. – Toda una leyenda.

Tomé rápidamente el libro y comencé a hojearlo rebuscando entre las páginas, algunas deterioradas por la humedad, algo que me fuera a ser útil en la mañana siguiente. Mientras tanto, Wolf se había acercado al altar y había tomado entre sus manos la espada.

– Yo pondré esto a salvo en un lugar seguro hasta que llegue el momento de devolverla al lugar que le pertenece.

– A la Cámara de las Almas Olvidadas – añadí.

– A la Cámara de las Almas Olvidadas – repitió él.

– Está bien, me voy entonces, quiero repasar esto tranquilamente antes de que amanezca.

– Corre entonces, te quedan unas pocas horas.

A toda prisa, regresé al Sereitei. Curiosamente, no sé si debido a la euforia del descubrimiento, el camino de vuelta resultó rápido y sencillo. Había sido más fácil infiltrarse en el Sereitei que abandonarlo, lo cual me resultó curioso y me puso alerta ante lo que pudiera ocurrirme. Posiblemente la mano de Henkara estuviera detrás de aquella bajada de guardia o quizás la fiesta que organizaba la Octava División que, dada la hora, debía estar en su punto álgido, tenía algo que ver. Lamentablemente, la entrada en el cuartel no fue tan tranquila.

– ¿Estás loco? – dijo Nalya tras derribarme de un certero puñetazo.

– Vaya – me reí. – El segundo en una noche. Vamos bien…

– ¿Qué cojones pretendías?

– Fui a buscar pruebas que pudieran poner a mi abuelo en el lugar que se merece… y de paso sacar a Kyo de la cárcel.

– ¿Y las encontraste?

– Estas son – anuncié, esgrimiendo triunfal el diario.

– ¡Bien! Bueno… esto… – se aclaró la garganta tras su grito de euforia y recobró el aspecto enfadado de siempre. – Vete a hablar con la jefa, está preocupada.

– No es la única – bromeé, esquivando un nuevo puñetazo y alejándome por el pasillo.

febrero 23rd, 2007

Memorias 38 – Family Matters VIII


Memorias 38 – Family Matters VIII

– ¿Consejero de Henkara?

– Eso parece – expliqué. – Es mi pseudo-castigo por haber comprometido la reputación de la División.

– No entiendo.

– Es fácil, Okita. El Gotei 13 me dejó en libertad a cambio de que Henkara me tuviera vigilado casi a perpetuidad, pero ella cree en mi inocencia tanto como yo, así que me ha puesto en un puesto favorable en el cual puedo luchar por ello sin que ella desobedezca la orden de sus superiores.

– Aún así…

– Sí, sé que es arriesgado pero tenemos la verdad a favor.

– Pero la verdad sin pruebas no es más que un bonito sueño y tu testimonio o el de Nalya no valen como tal.

– Quizás el testimonio de la Capitana baste.

– ¿Algo que nadie más pueda comprobar? No lo creo.

– Todo el mundo se fía de Henkara.

– “Fiarse de” no es una opción en estos casos.

Okita tenía razón. Era tan simple como observar la realidad y aplicar un poco de sentido común. Mis convicciones no servirían más que para darle una y otra vez vueltas a un tema tan manido, pero sin llegar a ningún sitio. Faltaba algo que lo confirmara pero… ¿qué?

Li e Ikkyuu se habían retirado y los otros cuatro atacantes habían muerto. No teníamos para defendernos más que una vieja historia de esas que los mayores cuentan a sus nietos frente al fuego del hogar en las noches de invierno. Algo que no era más tangible que un sueño, como bien había expresado Okita.

Sin embargo, contaba con un as en la manga, lo sabía, o, al menos, lo esperaba, pero todo dependía de que fuera capaz de demostrar su verdadera identidad y facilitar pruebas válidas para la investigación como… No se me ocurría qué.

A fin de cuentas, estaba basando mis esperanzas en simples especulaciones vacías y sin apoyo en la realidad. Darme cuenta de aquello me bajó los ánimos que me había dado la propuesta de Henkara, así que desvié mi vista nuevamente hacia el periódico, que parecía que sólo hacía referencia a Nakajima Kyo, por uno u otro motivo: reseñas biográficas, muchas de las cuales no pasaban de pura mentira, testimonios de la gente del Distrito 23 Sur, semblanzas históricas de la figura de un cruel y despiadado demonio traidor…

¿Y si no era capaz de demostrar su inocencia? Todas aquellas mentiras, yo sabía que eso eran, serían verdades suficientes para llevar a Kyo al Dúo Terminal y, probablemente, alargar mi condena lo suficiente como para no volver a ejercer de forma efectiva como shinigami. Tenía que, de alguna forma encontrar alguna especie de prueba que demostrara la inocencia del antiguo Teniente y, aunque eso fuera lo menos importante, la mía propia.

¿“Lo menos importante”? ¿Realmente consideraba que mi propia inocencia, a la que iba ligado todo mi bienestar y la posibilidad de llevar una vida normal, era lo menos importante en aquel caso? ¿Pura hipocresía? ¿Verdadera entrega? Quizás lo pensaba así sabiendo que era realmente inocente y que, en base a la verdad, no sería difícil salir exonerado. Es decir, todas las pruebas que existían indicaban que, aunque de algún modo ayudase a dos traidores, también los había entregado a la Sociedad de Almas, o eso podría aducir Henkara en caso de que fuese necesario.

Eché nuevamente un vistazo a los panfletos incendiarios que durante todo aquel día habían inundado el Sereitei reflexionando sobre la reaparición de los dos más grandes traidores de toda la historia de aquel mundo y sobre el juicio que tendría lugar el día siguiente y me pregunté irremediablemente por mi futuro.

Estaba claro, en algún sitio tenía que existir un documento, una prueba física que relacionara a Sadoq Asharet con aquel “Grupo Nadie” que había mencionado Kyo, o que demostrara la inocencia de Akano Kumaru y de su teniente pero… ¿dónde? La primera respuesta fueron los archivos de la División Seis, de imposible acceso en aquel momento; la segunda… no, era imposible acceder allí a menos que ocurriese un milagro. En cualquier caso, no sería posible antes del juicio. Bibliotecas, Archivos Históricos, Documentación de las Divisiones… todos esos lugares podrían estar albergando, sin saberlo, pruebas pero ¿por dónde empezar?

Nalya había identificado a Kurono con Kyo mucho antes de que éste nos lo revelara. Podría ser un punto de partida, pero ¿cómo lo había hecho? Dudaba que Kyo en persona se lo dijera, así que… no tenía la más remota idea de cuál había sido su fuente de información. Tenía que averiguarlo de alguna forma.

– Discúlpame, Okita. Tengo que pensar en algo para mañana – me levanté. – No os preocupéis, algo se me ocurrirá esta noche. No se me ocurre qué pero algo se me ocurrirá. Por cierto…

– ¿Sí?

– ¿Cómo están los ánimos por aquí?

– Bueno… Es difícil de decir, no sabíamos nada “oficialmente” hasta que nos lo dijo Arturo en la cena, mientras estabas en el despacho de la Capitana. Intuíamos que algo había pasado, Nalya está más insoportable de lo normal, pero no lo atribuíamos a algo tan… grave. A no ser por los rumores… – se apresuró a añadir.

– ¿Rumores?

– Sí – afirmó. – Desde que se filtró la noticia de la captura de Kyo y de ese “shinigami anónimo” que le había ayudado, la gente comenzó a inventar de todo. Entonces alguien se enteró de que estabas retenido en los calabozos de la Sexta y…

– Comprendo.

– No sabíamos qué pensar y tampoco podíamos preguntarle a Nalya… La gente parece estar dividida: eres uno de los nuestros, pero has estado ayudando a los dos grandes traidores.

– En eso llevas razón.

– Personalmente, – se apresuró a añadir. – Sólo espero que esto se arregle lo más pronto y satisfactoriamente posible… por el bien de la división.

Me despedí del Décimo Oficial y fui en busca de Nalya. Sabía que era una jugada arriesgada, no estaba del mejor humor, pero era lo único que se me ocurría. Sin embargo, no la encontré en el Cuartel. Desesperanzado, salí fuera y me senté junto a uno de los árboles que había a la orilla del estanque y allí me puse a reflexionar.

Miré hacia abajo y pude ver las extrañas luces que producían aquellos peces. Nunca llegaría a comprender cómo habían llegado hasta allí, ni qué clase de animal eran, parecían imbuidos de reiatsu, unos auténticos expertos en el dominio de la energía. Habían llegado allí mucho antes que yo y probablemente seguirían durante mucho tiempo más. Quién sabe, a lo mejor eran el legado de mi abuelo a la División, aunque más probablemente procedieran de la etapa de Kuroda o de la propia Henkara como Capitanas.

Kuroda… Alguna vez había escuchado a Nalya hablar de ella con un gran respeto y admiración, algo que no se ponía de manifiesto cuando hablaba de otras personas a no ser en alguna rara ocasión cuando recordaba alguna anécdota de Rido. Sin embargo, no era más que un recuerdo nostálgico en la memoria de los oficiales más antiguos. Ni siquiera Blod, que llevaba ya varias décadas en la División, había llegado a conocerla. Nalya me explicó un día que se había exiliado voluntariamente, renunciando a la vida en el Sereitei para experimentar la vida de los mortales, decisión que a mí, que había renunciado a la vida de los mortales sin siquiera saber lo que suponía la vida después de la muerte, me resultaba cuando menos curiosa.

Al parecer, ella había conocido a Kumaru en sus tiempos como shinigami raso en la División. Esa idea iluminó fugazmente mi mente, quizás en ella estaba la clave pero… ¿querría participar limpiando el nombre de los que fuera su Capitán y su Teniente? ¿Querría volver a inmiscuirse en asuntos que tuvieran que ver con el Sereitei?

Sólo dos personas sabrían llevarme hasta ella: Nakajima Kyo y Nalya. Contactar con el primero resultaría imposible y Nalya no daba señales de vida en aquel momento. En cualquier caso, una visita al mundo humano en aquellas circunstancias sólo traería más problemas y no podía separarme de la vigilancia intensiva de Henkara, en cuyo despacho todavía había luz.

A la Capitana le afectaba demasiado cualquier asunto que hiciera referencia a la División, desde le más mínimo titular que apareciera en el periódico del Sereitei. Después de la conversación que había tenido con ella por la tarde en el despacho, deduje que siempre había tenido muy presente la sombra de la traición que habían proyectado sobre nosotros después de 3656. Quizás si le preguntaba a ella sabría dónde podría encontrar algo.

Me incorporé y atravesé el patio hasta la puerta del Cuartel. Recorrí los pasillos de la Planta Baja y subí hasta el gran vestíbulo que se abría frente al despacho de la Capitana. Me acerqué a la puerta con la intención de llamar pero la voz de Henkara me dio paso antes de que me diera tiempo siquiera a hacer el gesto.

– Buenas noches, Capitana.

– Buenas noches, Rido – respondió. – Por favor, siéntate y dime qué te preocupa.

– Verá, – expliqué al tiempo que me sentaba – es por lo de mañana. Sé que la verdad está de mi… de nuestra parte, sé que Kyo es inocente, que Kumaru era inocente, que esta División es inocente. Pero…

– No sabes cómo demostrarlo.

– Sabría por dónde empezar, pero ni siquiera sé si daría tiempo.

– Explícate.

– Cuando llegamos a casa de Sugimura Kurono, Nalya ya…

– Ya sabía que Sugimura Kurono era Nakajima Kyo – concluyó ella. – Para serte sincera, yo también.

– ¿También?

– Sí, el día que lo descubrió, yo estaba con ella. Es decir, ella no me dijo “he descubierto quién es en realidad Sugimura Kurono”.

– Nalya nunca lo haría.

– No, pero… la sorprendí hurgando en los Archivos de la División, rebuscando entre papeles antiguos de la época de Kumaru: informes de misiones – explicó. – Cuando la sorprendí me preguntó por un tal Sugimura Kurono. Decía que había sido Teniente durante al menos cien años. Sin embargo, no figuraba en ninguno de esos papeles.

– Eso no es concluyente – intervine.

– En efecto, una simple no aparición de ese nombre no lo identificaría con Nakajima Kyo. De hecho, nada de lo que hay en los archivos podría identificarlos. Sólo fue una pieza más en el puzzle que Nalya estaba armando en su cabeza. Y yo fui la responsable de poner la pieza que hizo encajar todo.

– ¿Cómo?

– Me preguntó por la verdad sobre el caso Kumaru y salió un nombre: Saitou Ray, que había sido un oficial de alto rango… el… 5º, aunque posiblemente aspiraba a bastante más.

– Saitou Ray… – repetí.

De alguna forma, conocía el nombre, pero no sabía relacionarlo con el caso. Probablemente, se lo había escuchado a Nalya en alguna ocasión y, posiblemente, no le había dado mayor importancia… o al menos la importancia que debía tener en aquella situación.

– Saitou Ray es una figura complicada, Rido…

– ¿Complicada?

– Sí. En el expediente oficial no se registró, se trató como un suceso aparte, pero fue desterrado del Sereitei a raíz del caso Kumaru.

– ¿Desterrado?

– Eso es. Sin embargo, de alguna forma se las apañó para aparecer fugazmente en una u otra División, llegando incluso a… enterrar el alma de Nalya.

– ¿Estando exiliado?

– Fíjate aquí, – dijo tendiéndome una carpeta – es el expediente de Nalya. Aquí dice que es originaria del mundo mortal y, como en todos esos casos, figura al lado el nombre del Shinigami que la enterró: Suzumura Shin.

– No entiendo.

– Déjame terminar y lo entenderás. Me ha costado conseguir esta información, pero siendo material necesario para la investigación he podido conseguirlo. Bien, este es el expediente de Suzumura Shin, con su foto – prosiguió, enseñándome otras dos carpetas. – Y este es el de Saitou Ray…

– ¡Son la misma persona!

– Exacto. Supongo que actuaba como enlace con el Sereitei de Kumaru y Kyo. Curiosamente, el entierro del alma de Nalya fue la primera y la última misión de Suzumura Shin después de su ingreso en la Séptima División y…

– Y Nalya fue enviada al 23 Sur, donde vivía Sugimura Kurono. ¿Coincidencia?

– Es demasiado “perfecto” para ser una coincidencia. Quizás esa extraña habilidad de Nalya, los apéndices, despertaron la curiosidad de Ray y la envió junto a su maestro.

– Si encontramos a Saitou Ray podremos presentar pruebas – conjeturé.

– Eso es difícil. Dejando a un lado el hecho de que Saitou Ray ha sido condenado y desterrado del Sereitei, observa esto: es el informe de la Misión 364/4304.

– Nalya lo mató – suspiré al leer el informe. – No lo sabía.

– Ya la conoces, no deja salir nada que le pueda producir dolor.

– ¿Y Kuroda?

– ¿Cómo?

– Es decir, según estos informes que encontró Nalya, Kuroda era shinigami raso en la época en que Kumaru y Kyo comandaban la División. ¿Podría ayudarnos?

– No quiere saber nada del Sereitei, así de claro lo dejó cuando se marchó – sentenció Henkara, con un tono entre el enfado, la decepción y la nostalgia.

– ¿Y los otros capitanes? – continué sugiriendo. – Tengo entendido que conoce sus diarios.

– Arturo a veces habla demasiado. Sí, es cierto, en el archivo de la División se conservan los diarios de todos los capitanes… excepto el de Akano Kumaru. La cuestión es que los capitanes inmediatamente posteriores a él, y hasta hace un siglo, estaban designados de forma externa a la División, digamos que, sobre todo los primeros, eran más vigilantes que realmente capitanes.

– Entonces eso sólo es otro callejón sin salida, ¿verdad?

– Eso parece. Si hay algo, tiene que estar en alguno de estos papeles – suspiró, mientras dirigía su mirada a la puerta. – ¡Pase!

– Disculpe… Capitana Henkara – se presentó la voz de Kuniko.

– ¡Kuniko! – exclamé.

– Buenas noches, Oficial. ¿Qué le trae a estas horas? Algo de la investigación, supongo.

– Sí, y el hecho de que Rido esté aquí acelerará lo que vengo a comunicarle.

– De acuerdo, exponga lo que tenga que decirnos.

– El Oficial Bone y yo llevamos toda la tarde cotejando los datos de los interrogatorios y…

– ¿Alguna incoherencia?

– Todo lo contrario, excepto por alguna diferencia de opinión, las declaraciones concuerdan y se corresponden con los testimonios que han dado la Oficial Mitsuko cuando se despertó, que no había tenido contacto anterior con los otros tres, y los habitantes del Rukongai.

– Eso es un alivio. Entonces, ¿cuál es el motivo de la visita? ¿Qué han encontrado?

– Bien, lo importante es que hemos rastreado el único nombre completo que Rido, Nalya y Eliaz llegaron a oír: Hosokawa Rikiya. Fue miembro de la Sexta División, un shinigami raso, en tiempos de Sadoq Asharet, al igual que Feng Li y Sakama Ikkyuu. ¿Son estas sus fotos, Rido? – preguntó, mostrándome tres fotografías.

– Afirmativo para Ikkyuu y Li. Son ellos. En cuanto a Hosokawa… me temo que el único que podría identificarlo sería Eliaz.

– Está bien, no importa – contestó la Oficial. – La identidad de Hosokawa ha sido contrastada con el cadáver encontrado en un claro en las inmediaciones de la cabaña. Iba vestido…

– Como un shinigami, pero con capucha y cuello altos – adiviné. – Al igual que Ikkyuu y Li, y los otros tres que estaban allí.

– Exacto. Los otros tres fueron también en su momento miembros de la Sexta División. De entre ellos seis, todos abandonaron la División en algún momento entre la muerte del Capitán Asharet y el año 4290.

– Eso son sólo cinco años desde que Nalya y Akano Rido entraron en la Academia – apunté. – Aunque veo eso de poca relevancia para el caso.

– No demuestra nada – corroboró Henkara. – Aunque sí plantea una duda más que razonable.

– Eso es verdad – admití.

– Si aún pudiéramos demostrar la existencia del Grupo Nadie… ¡Un momento! – exclamé. – Puede que sí podamos.

– ¿Qué se te ha ocurrido?

– La nueva investigación obligaría a reabrir el expediente del 3656, ¿verdad?

– Se ha reabierto, sí – informó Kuniko.

– Para acusar a Kumaru y Kyo de ser líderes de un grupo terrorista… debieron demostrar que existía tal grupo.

– Es posible…

– Las pruebas utilizadas para demostrar que existía ese grupo… podemos usarlas a nuestro favor.

– Está bien, Bone y yo nos encargaremos de ello – se ofreció Kuniko.

– ¿Seguro?

– Lo que sea para ayudar a un amigo – sonrió. – Me voy ya y a ver qué podemos encontrar. Con suerte, mañana llevaremos algo al tribunal. Aunque no podamos dormir en toda la noche.

Dicho esto, Kuniko se levantó de la silla y se dirigió a la puerta rápidamente dispuesta a proseguir con la investigación, que todavía seguía, lamentablemente, en el aire, sin pruebas físicas que demostraran la verdad.

– ¿Confías en ella? – me preguntó Henkara cuando quedamos solos.

– ¿Acaso usted no?

– Sinceramente, no sabría que decirte – aclaró. – No me interpretes mal, pero son Shinigamis de la Sexta División…

– Ya entiendo qué quiere decir.

– Ojalá me equivoque, pero creo que yo…

– No se preocupe, para Kuniko y Bone, la lealtad a un amigo está por encima de la lealtad a… la historia.

– Bien, siendo que tú eres el que más comprometido estás con ésto, confiaré en ti – concedió. – Ahora, creo que me voy a ir a descansar, no hay nada más que podamos hacer.

– Cierto… Espere… antes dijo que el único diario que falta es el de Kumaru, ¿verdad?

– ¿Qué vas a hacer?

– Si se lo digo, se verá obligada a detenerme

– ¡Rido! ¡Vuelve aquí de inmediato!