Memorias 63 – Natural born enemies
– Esto se acaba aquí, – sentencié – Sakama Ikkyuu.
– Nalya… Nalya… – la llamé moviéndola un poco para que se despertase. – Tenemos un examen que hacer… Y llegamos tarde…
– ¿Mmmh? – murmuró tratando de desperezarse. – Hola, Rido – me saludó al reconocerme.
Su pijama dejaba ver de ella algo más que lo que seguramente su portadora hubiese deseado. Como un girasol se ve atraído mecánicamente por el astro rey, mi vista se desplazó instintivamente hacia aquellas partes que de otra forma era posible que nunca hubiera logrado ver.
– Rido… ¡Rido! – me gritó. – Levanta la mirada… Un poco más… Un poco más… Ahí, muy bien, mi cara está aquí. Bien, gracias – dijo molesta. – ¿Cómo has entrado aquí?
– Cierto personaje me ayudó con la cerradura – respondí mecánicamente sin dejar de pensar en semejante visión como acababa de tener.
– Ajá… Ahora me vas a hacer un favor.
– ¿Sí?
– ¡Fuera de aquí!
Cuando mi amiga se ponía así era mejor no tratar de razonar, o de responder. Asustado por las posibles consecuencias de una desobediencia de un mandato como aquel salí disparado de la habitación y me resigné a esperarla al otro lado de la puerta, apoyado contra la pared.
– Esa belleza pétrea… – murmuró un shinigami frente a mí. – Es tan hermética que sientes el deseo irrefrenable de descubrir qué hay bajo ese duro caparazón, ¿verdad?
– Yo no lo diría así, pero… – comencé a contestarle pero me detuve al reconocer algo demasiado familiar en su rostro. – Esa… Esa cicatriz la he visto antes. Se la he visto a alguien antes… – dije mientras revisaba mi memoria para tratar de ubicar a aquel personaje.
– Te llevo observando desde que ingresó aquí – cambió rápidamente de tema y se acercó a mí amenazante aunque sonriente – Hazle daño o traiciónala y probarás mi filo… Si no te mata ella antes.
Aquella actitud, aquella obsesión por proteger a Nalya desde las sombras… Sólo podía tratarse del mismo hombre que había conocido en Primero, cuando había escuchado unos ruidos extraños en el jardín que se extendía entre los barracones-dormitorio de los académicos. Sí, aquella cicatriz era la misma que había descubierto aquel día oculta entre la penumbra de la noche.
– Vaya… Hablas como si estuvieras enam… – me reí de él.
Traté de no sucumbir al duelo de miradas que sucedió a aquella puya inacabada. Parecía realmente molesto con aquella insinuación, como si realmente hubiera acertado de lleno, como si hubiera golpeado en hueso; pero yo era Akano Rido, el Gran Guerrero de las Sombras, y no caería derrotado por una simple mirada… por amenazadora que fuera.
– Solo es cuestión de trabajo… – bajó la mirada, rindiéndose y dejando cerrado aquel tema.
– Si… ya… – respondí escéptico y triunfal. – ¿Y qué hay de ti? ¿Qué pasará cuando se dé cuenta de quién eres realmente, amigo cuadrúpedo? – sugerí desafiante una vez más poniendo de relieve su verdadera identidad: el perro fiel que seguía incansablemente a Nalya y que, curiosamente, lucía una cicatriz idéntica sobre su ojo izquierdo.
– Touché, barbudo – admitió, cogiéndome por el hombro y bajando sin más. – En tal caso, no es de tu incumbencia.
Casi al mismo tiempo que aquel hombre, Saitou Ray, según averiguaría muchos años después, se perdía por los abarrotados pasillos del Pabellón Femenino donde residían las alumnas de Sexto Curso, Nalya salió de su habitación ya preparada y se plantó frente a mí, preparada ya con su uniforme para afrontar la última prueba.
– Hey… ¿has visto al perro? Últimamente no sé dónde se mete… – preguntó preocupada.
– Ehh… ¿tu perro? Está más ocupado de lo que debiera… – susurré divertido.
– ¿Cómo dices?
– Venga. ¡Vamos! – la increpé empujándola hacia la salida. – Llegamos tarde, como siempre. Por tu culpa.
Afortunadamente no fuimos los últimos en llegar al lugar de la prueba. Los aspirantes que ya habían llegado, entre los que estaban nuestros compañeros de grupo, se arremolinaban en torno a un tablón situado frente al área donde se desarrollaría el examen y que se encargaba de recordar a los estudiante quiénes serían sus acompañantes en tan crucial empresa.
Cuando ya faltaba poco para que los instructores dieran el pistoletazo de salida al examen, nos reunimos todos frente a la entrada del bosque donde se iba a llevar a cabo la prueba. No se veía a casi ninguno de los profesores de la Academia, lo que confirmaba aquellos rumores que habíamos oído la tarde anterior: no nos examinarían ellos sino una especie de “combinado” de oficiales de bajo rango y miembros de casas nobles.
Como si fuéramos a entrar en la gran batalla final de nuestras vidas, Db nos reunió a todos en círculo para una arenga propia de un viejo general. Como siempre, Nalya prefirió quedarse al margen de aquella “pantomima”, como seguro la consideraría, mientras los otros dos esperábamos atentamente las palabras de nuestro amigo.
– Vamos a prometer que ninguno de nosotros se quedará atrás. Vamos a pasar el examen y mañana seremos oficialmente shinigamis – sentenció con voz profunda.
Sonrientes, nerviosos, ilusionados esperamos a que nos dieran la señal para adentrarnos en el bosque donde se desarrollaría la primera parte de la prueba, algo que sucedió poco más tarde. Nos conjuramos una vez más y avanzamos hacia el interior del área.
A medida que nos adentrábamos, vacíos de escaso poder trataban de cerrarnos el paso. Fuimos deshaciéndonos de ellos sin mayor dificultad, al menos al principio. En aquellos primeros instantes, todo parecía demasiado fácil, casi como si nos estuvieran regalando la graduación pero conforme íbamos avanzando nuestra andadura se iba haciendo más dura, más complicada. Cada vez nos atacaban más y más hollows, más y más fuertes.
Ahora sí parecían tener sentido las palabras de Db, ahora sí era una verdadera batalla. Donde caía uno aparecían al menos dos más para cubrir el hueco que dejaban. Pronto estuvimos totalmente rodeados por aquellos monstruos de todas las formas y tamaños.
– ¡Dejadme éste a mí! – chilló Nalya cargando contra uno.
Me aparté para dejarla pasar y me dirigí a apoyar a Aiolos, que estaba acorralado por dos vacíos de aspecto vagamente antropomórfico, aunque sus máscaras recordaran más bien a alguna clase de oso o de mono. El delegado del curso apenas podía moverse, pues cuando trataba de atacar a uno, el otro aprovechaba la oportunidad para arremeter contra él.
– ¡Eh! ¡Tú! ¡Monada! – llamé la atención de uno. – ¿Quieres jugar?
No sé si podría decir que el hollow estaba molesto por mis provocaciones, no sé si esos seres tienen esa clase de sentimientos, pero lo cierto es que uno de ellos se dio la vuelta y comenzó a avanzar como loco contra mí.
Detuve el primer zarpazo con la vaina de la espada y rebané su otro brazo con un corte limpio con mi espada. La criatura se revolvió y de un manotazo me envió tres metros más allá y comenzó a perseguirme para seguir con aquel “divertido juego”. Rechacé un nuevo ataque con la espada y me lo saqué de encima con una patada.
Sin pensármelo dos veces, blandí por última vez la espada y la incrusté en la máscara tras esquivar dos manotazos desesperados de aquella bestia que trataba de defenderse con todo lo que podía. Tiré de la empuñadura para liberar la hoja de la presa y aterricé de nuevo en el suelo mientras a mi espalda se desvanecía mi rival.
Un ruido sordo llamó entonces mi atención. El sonido se parecía a una explosión, pero no era eso exactamente, o sí. De una masa de vísceras antes perteneciente a un hollow, apareció de repente Nalya, cubierta por completo de babas, sangre y otros fluidos nada agradables y cuya procedencia prefería no conocer. Parecía más molesta aún que de costumbre así que decidí sacarla aún más de sus casillas. Ya sabéis: deporte nacional.
– Para quitar esas manchas tendrás que restregar bien, ¿eh?
De todas formas, sólo yo trataba de tomarme aquella escena por su lado cómico. Db, que la había contemplado desde el principio, estaba alarmado y Nalya, aunque no lo reconocería nunca, tenía una cierta expresión de alivio que acompañaba a su sonrisa satisfecha por haber asesinado al vacío de aquella forma tan… llamativa.
– ¡Je! – me acerqué burlón. – Tenías que hacerlo también en el examen, ¿eh? Ya sabes, ir de sobrada como de costumbre – la acusé entre risas.
La mirada de odio que me dirigió en aquel momento no tiene precio. Sí, es cierto, era el momento más importante de nuestras vidas hasta el momento. Al menos, era el más importante de la mía. En cuanto todo aquello terminase, seríamos shinigamis, ¿por qué no disfrutar todo lo que pudiéramos de aquella situación?
– Vaya… – se acercó Aiolos a felicitar a la cornuda. – Te has apuntado un buen tanto tú sola.
Todo iba bien hasta que nuestro delegado, uno de los héroes que habían conseguido la hazaña de que instalaran máquinas de café y refrescos procedentes del mundo mortal, cometió un error fatal: ponerle la mano sobre el hombro a la fémina del grupo, aún cubierta de aquella mezcla de fluidos desconocidos.
– ¡Dios! – protestó al contacto con aquellos líquidos viscosos al tiempo que sacudía su palma para librarse de ellos. – ¡Qué asco!
– Vaya, gracias – rió irónica la portadora de aquel escupitajo gigante.
No pude contener una sonora carcajada al ver todo aquello. Por lo menos, ahora que nos habíamos librado de todos los hollows que nos habían cercado, nos sirvió a todos para descansar un poco, liberar un poco de tensión y prepararnos para afrontar el resto de la prueba.
– Chicos… – nos propuso impaciente Nalya – ¿seguimos de caza?
Nos pusimos de nuevo en camino tras determinar la dirección en la que teníamos en movernos y no tardamos en vernos otra vez en la misma situación que antes. Pero esta vez eran aún más, y aún más poderosos. El caos en aquel campo de batalla era tal que perdimos de vista a Db mientras el resto del grupo peleábamos casi espalda contra espalda para deshacernos de las bestias.
– Neeee, Dios del Viento… – dijo Nalya. – ¿Sabes dónde está el trabalenguas con patas?
El pobre Aiolos no había tenido el suficiente contacto aún con la archiconocida ironía de la mujer de hielo, famosa entre todos los académicos, como para poder leer sin problemas a través de sus palabras, así que tuve que servirle de traductor instantáneo para que pudiera descifrar lo que la cornuda quería decirle.
– Se refiere a ti, Aiolos. Y… habla de Dbssdb – aclaré.
– ¡Ahhh! – exclamó al caer de la burra. – Joder, no hay quien entienda a las mujeres…
– Nalya es peor – expliqué mientras liquidaba a uno de los que tenía frente a mí. – ¡Te lo aseguro!
– Primero: no soy Eolo, ¡sino Aiolos! – estableció mientras combatía contra otro hollow. – Y segundo, se quedó atrás, debía hacer… ¡No se qué!
– ¿A qué idiota se le ocurre eso? – protestó la cornuda. – ¡Volvamos!
– ¡Ni hablar! – la detuve. – Db es mayorcito, se las sabrá arreglar por su cuenta. No olvides que él mismo fue el que dijo que ninguno se quedaría atrás y que acabaríamos juntos este examen.
– ¿Aiolos…? – se giró hacia él buscando su aprobación.
– Ehh… Estoy con… – respondió meditabundo, seguramente pensando en si era demasiado arriesgado o no llevarle la contraria a Nalya – ¡Estoy con Rido! Además, volver sobre nuestros pasos nos retrasaría demasiado. Db volverá.
– Bien… Dos contra uno, vosotros ganáis – aceptó resignada.
A pesar de las reticencias de la cornuda seguimos avanzando entre aquel ejército de vacíos que, pese a todo, no nos plantearon excesivos problemas. Quizás habían sido más complicados en ese aspecto los exámenes finales de algunas asignaturas como Cuerpo a Cuerpo, pero aquello era sólo el primer plato, no debíamos confiarnos en exceso.
Fue entonces cuando cambió todo, cuando se produjo el acontecimiento que marcaría para siempre nuestras vidas. De un lugar cercano, apenas unas decenas de metros al otro lado de una masa más o menos densa de árboles comenzamos a notar una energía, indudablemente de un estudiante, que estaba totalmente descontrolada y que podía poner en peligro la vida del emisor de seguir aumentando a aquella velocidad.
No fuimos los únicos. Aquellas bestias ávidas de reiatsu, los hollows, también comenzaron a abandonar la zona donde nos encontrábamos nosotros para dirigirse a la inestable fuente de aquella energía. Dejando de lado el objetivo que nos traíamos entre manos y preocupado por si el compañero en peligro era realmente Db, el miembro que faltaba en el grupo… mi amigo, me lancé sin dudarlo a la caza de aquellos monstruos.
– ¡Nalya! ¡Cúbreme!
– Rido, ¿qué coño vas a…?
Con una mirada dejé bien claro que aquel no era el momento de protestar. Algo serio, demasiado importante, estaba pasando y no había lugar para discutir sobre la oportunidad de echar una mano a un compañero que se encontraba en dificultades. Llevábamos demasiado tiempo juntos como para que aquella simple mirada bastara.
– ¡Oh! ¡Está bien! – exclamó cargada de resignación. – ¡Aiolos! ¡Aparta!
Resignada a aceptar la enésima aventura con tintes de heroicidad de Akano Rido, Nalya se preparó para “obedecerme”. Poniendo en práctica su mayor habilidad, el control del reiatsu, Nalya comenzó a acumular más y más energía en sus cuernos dispuesta a exterminar todo lo que se pusiese en su camino cuando la liberase.
– ¡Apártate! – le grité a Aiolos.
– Ahora, ¿qué pasa? – preguntó extrañado mientras se ponía a cubierto.
En cuanto se quitó del camino, mi amiga envió toda la energía a sus manos y, como si de un cañón se tratase, disparó una monumental bala azul que fue aniquilando todos los vacíos que se encontró en su camino frenético a través del bosque.
Sin dilación, me situé en la estela de la bola y corrí sin escatimar en fuerzas hacia aquella fuente de energía que parecía a punto de estallar. Cuando la técnica de Nalya se desvaneció, divisé un pequeño claro en el que un académico, que afortunadamente no era Db, se debatía por controlar lo que parecía una espada liberada y fuera de control.
No era alguien con el que tuviera mucho contacto. Ni siquiera me resultó fácil recordar su nombre, Yonas, en un primer momento. Era el típico que siempre pasaba desapercibido, que no llamaba la atención: callado, tímido… Pero todo eso daba igual ahora. Estaba en problemas, su espada temblaba y brillaba mientras emitía más y más energía. Era un blanco fácil para los hollows, una presa jugosa, y podía costarle la vida. ¿Qué hacía allí parado?
– ¡Yonas! – le llamé.
Me miró entonces asustado. No comprendía lo que estaba pasando. Era como si tratase de decirme algo, pero sólo acertaba a balbucear sílabas inconexas que se perdían en el ambiente antes de que llegasen a formar frases con algún sentido.
– Hadou 42 – escuché una voz siseante entre los árboles. – Silver Sword Leaves.
Definitivamente, aquello no era normal. Alguien acababa de pronunciar la invocación de un Kidou de nivel medio desde lo oculto, como un cobarde que no quería dar la cara. Instintivamente, me lancé hacia Yonas y tomé entre mis manos la empuñadura de su arma para tratar de ayudarle a “domarla” y apartarnos del efecto de aquel arte demoníaca que no tardaría en materializarse.
Quizás fue un error, no lo sé, pero en aquel momento no se me ocurrió otra forma de reaccionar. Lo cierto es que, como por arte de magia, la hoja de la espada se resquebrajó y se convirtió en un centenar de cuchillas plateadas afiladas.
– ¡¿Qué está pasando?! – murmuré nervioso – ¡Ese no era el efecto del Kidou!
– ¡Cuidado!
Aquella fue la primera y la última palabra que escuché de boca de mi involuntario compañero de desventura en aquel día. No pude reaccionar. Cuando me quise dar cuenta, aquella masa informe de cuchillas ya me había traspasado todo el cuerpo. Una nueva arremetida por la espalda terminó por derrotarme.
Sin fuerzas, vomitando sangre, con la vista borrosa y la piel teñida de carmesí, caí rendido de rodillas con la mirada fija al frente. No podía mover un músculo más. Perdí en cierto modo la noción de lo que pasaba a mi alrededor. Sí, oía a Yonas gritar nervioso y desesperado. Sí, escuché el grito desesperado de Nalya. Pero todo estaba demasiado lejos. Todo pertenecía ya como a otro mundo…
Todo menos aquellos ojos blancuzcos, aquella mirada vacía pero cargada de odio y placer que alguien, posiblemente mi verdugo, me dirigía desde detrás de la maleza que ocultaba el resto de su cuerpo. No, nunca olvidaría aquella mirada.
Como proyectadas sobre aquellas blancas pantallas, vi romperse todos mis sueños. No saldría de aquella y lo sabía. Ya no sería nunca más shinigami. Ya no vestiría el ansiado uniforme negro. Ya no podría limpiar nunca el nombre de mi abuelo, el legendario Capitán Akano Kumaru.
Todo se desvanecía poco a poco. Con el paso de los segundos, todo se iba haciendo más irreal, más lejano. Casi no me di cuenta cuando, llorando a lágrima viva, Nalya me cogió entre sus brazos y trató de taponar mis heridas mientras no llegaba un equipo médico. Pero vi su cara, vi sus ojos llorosos y me alegré de tener alguien como ella siempre al lado, en las cosas buenas y en las cosas malas.
No quería verla así. Quería verla sonreír o enfurruñarse, pero no podía soportar verla llorar, ni aunque fuera por mí. No podía soportarlo pero en aquella situación parecía inevitable. Sacando fuerzas de flaqueza, sobreponiéndome a todo lo que estaba pasando, quise tranquilizarla.
– Hey… No estoy tan mal, ¿no? – tosí.
– No digas eso – me contestó. – Te pondrás bien. ¡Ya lo verás!
Entre aquellos tosidos, entre aquella sangre que no dejaba de brotar, sólo una cosa parecía ya tener algo de realidad: aquellos ojos blanquecinos que me observaban morbosos desde su escondite, contemplando con placer cómo me debatía por vivir, por poder levantarme y seguir luchando. Aquellos malditos ojos fueron lo último que vi antes de perder la consciencia.
Aquellos eran los mismos ojos que me miraban ahora desafiantes, con esa misma expresión de repugnante placer por el combate que contrastaba con la frialdad que había demostrado el día en que habían asesinado a mi abuelo. Aquel hombre me observaba como un lobo a punto de devorar a su presa, sabedor de su superioridad y confiado en su victoria.
Eran demasiados los sentimientos que se apelotonaban en mi cabeza: rabia, dolor, sed de venganza… Pero no en el mismo grado que cuando Eliaz casi fallece en mis brazos; ni siquiera eran comparables a estos los sentimientos que me habían invadido cuando Setsuna asesinó a Nalya frente a mí durante mi estancia en aquella otra realidad.
No. Esto era todavía peor. Tanto que todo en aquel momento me molestaba: la brisa que se levantaba sobre el jardín, el peso de mi espada, de mi ropa… Todo. Pero eran sólo minucias comparadas con el peso que había comenzado a sentir sobre mis hombros. Aquel hombre, aquel gigante que se erguía confiado frente a mí había sido mi asesino, uno de los asesinos de mi abuelo, el culpable de que la vida de Yonas se hubiera convertido en una absoluta pesadilla… y ahora, en pocos segundos, había vuelto a revivirlo.
– ¿Te acuerdas de nuestra primera misión, Ikkyuu?
– Cómo no iba a acordarme – susurró el otro. – Pocas personas he conocido como Akano Rido a las que haya que asesinar dos veces.
– Me parece que vamos a matar dos pájaros de un tiro – se rió Li.
Fugazmente pasaban ante mí mil y una imágenes, mil y una torturas que infligirle a aquel sádico asesino. Tenía sed de sangre, de su sangre, como nunca había tenido. Sabía que aquella batalla era crucial, no sólo en la eterna guerra contra Nadie, sino como punto final de aquella historia común que ambos teníamos y que tantas desgracias me había conllevado. Uno de los dos caería… y no tenía pensado ser yo.
Me despojé violentamente de la parte superior del uniforme, dejando mi torso al aire. Como si con él hubiera arrojado todos mis sentimientos, de repente, todo a mi alrededor se calmó. No sentía nada, no pensaba en nada. Sabía perfectamente qué debía hacer.
– ¿Pretendes intimidarme luchando medio desnudo?
En lugar de responderle, me desplacé rápidamente hacia su espalda mientras le regalaba un zarpazo en el pecho que consiguió evitar con su brazo. Con una sonrisa confiada, contraatacó inmediatamente con una patada que detuve con mis brazos, enviándole al suelo. Lancé mi espada hacia él, que rodó a la derecha para esquivarlo mientras se levantaba y recuperaba de nuevo la posición de guardia.
La sucesión de golpes se repetía una y otra vez sin que ninguno llevara claramente la iniciativa. Era una pelea igualada y sólo el que consiguiera realizar el movimiento determinante en el momento oportuno lograría salir vencedor de allí.
– Bakudou 9. ¡Geki!
Las cintas rojizas comenzaron a rodear su cuerpo y, aunque no eran lo suficientemente poderosas como para detenerle completamente, ralentizaron temporalmente sus movimientos, lo suficiente como para que yo fuera capaz de ejecutar otra técnica.
– Hadou 4. Byakurai.
El albo rayo impactó directamente en su brazo izquierdo, atravesándolo. Había conseguido inutilizarlo, aunque no parecía servir de nada. Seguía moviéndose igual de rápido que anteriormente y parecía como si no sintiera ninguna clase de dolor, como si aquella sangrante herida no hubiera supuesto más que una picadura de un insecto.
– Resuena en los cielos. Estremece la tierra – recité. – ¡Balmung!
Justo cuando terminó de materializarse la maza en mi mano izquierda, cargué con ella hacia el pecho de Ikkyuu, que evitó el golpe con un salto que lo llevó varios metros en el aire. Traté de interceptarlo en su caída con el flamberge, pero supo evitar el golpe apoyándose en la hoja para impulsarse unos metros más allá.
– Interesante – murmuró con una sonrisa sádica. – Muy interesante…
Se despojó de aquella especie de hábito y dejó ver aquella armadura plateada que cubría un cuerpo esquelético y medio deforme. Su brazo izquierdo había dejado de sangrar, al menos tan profusamente como en un primer momento, y, utilizando lo que parecía el mismo hechizo que su compañero había convocado para liberar su espada de la gélida presa con la que Kyo la había capturado, cauterizó la herida y me sonrió una vez más, con aquella mirada casi lasciva.
Desenfundó de nuevo su espada, que había confinado a su vaina tras el primer intercambio de estocadas en la habitación y, con mucho mimo, la posó, con la empuñadura señalando directamente hacia el cielo, sobre su pecho, como si estuviera abrazando a la mujer que amaba.
– Domina, – susurró en una voz cálida – ¡Magneto!
La espada brilló con una luz cegadora que inundó toda el área donde nos encontrábamos. Instintivamente, me puse en guardia mientras cerraba los ojos y me concentraba en mis otros sentidos para evitar cualquier golpe que me pudiera asestar en aquel momento de deficiencia visual. Pero parecía que Ikkyuu quería jugar limpio y cuando aquella claridad se disipó y todo volvió a la normalidad, seguía inmóvil frente en el mismo lugar.
Él también estaba con los ojos cerrados, los brazos extendidos y las palmas abiertas, hacia el frente, como si estuviera acumulando energía para su próximo ataque. Estaba decidido a no dejarle la oportunidad de ponerlo en práctica, así que me lancé contra él y golpeé su pecho con la maza.
O eso creía. Cuando me di cuenta, mi enemigo no era más que una ilusión y todos los objetos metálicos de mi alrededor comenzaron a volverse locos… como aquella vez había pasado con la espada de Yonas.
– Ahora lo comprendes todo – se rió con aquella siseante voz oculto entre los árboles. – ¿verdad?
Me giré sobre mí mismo para tratar de localizarle, pero mi búsqueda resultó infructuosa. Sin embargo, en sus palabras había algo que me dio una idea para tratar de sobreponerme a aquella situación. Al igual que el día del fatídico examen, al igual que todos los objetos de metal que había cerca, comencé a agitar nervioso a Balmung, fingiendo que estaba sometida también al control de la técnica que estaba utilizando mi enemigo.
Al igual que Yonas, decidí quedarme quieto, esperando qué era lo que fuese a pasar. Dejándole creer que verdaderamente había caído en sus redes, haciendo que pensase que había ganado. Quizá así pudiera cogerle desprevenido, en lugar de tener que jugar al escondite contra él.
Era un truco muy burdo y seguramente no serviría de nada, pero… ¿y si funcionaba? Debido al pequeño campo eléctrico que emitía mi zampakutou cuando estaba liberada, no se había visto afectada por lo que parecía un campo magnético provocado por el arma de mi rival. Pero eso Ikkyuu no tenía por qué saberlo.
– Hadou 42 – escuché. – Silver Sword Leaves.
Con aquella maniobra, Ikkyuu demostró lo confiado que estaba con su victoria. No le bastaba con derrotarme, no. Quería asesinarme de la misma forma que la otra vez, empleando exactamente la misma técnica. Poco a poco, accionados por la invocación del Kidou las hojas de los árboles se iban desprendiendo mágicamente de sus ramas y agrupándose, ya transformadas en letales cuchillas, en una nube metálica que me miraba desafiante.
Casi podía imaginarme la cara de satisfacción de Ikkyuu pensando que había caído en su trampa, sea cual fuere. Lo que no parecía saber mi oponente era que la situación era totalmente la contraria. O eso esperaba. ¿Le había acaso sobreestimado o es que ahora le estaba subestimando? En aquella situación, la respuesta a aquella pregunta no parecía que fuera a tardar así que en previsión de lo que pudiera pasar, decidí incrementar la intensidad del campo eléctrico a mi alrededor del mismo modo que hacía cuando Eliaz y yo poníamos en práctica la Luna de Devastación. Si aquellas cuchillas entraban en el interior de mi campo, podría manejarlos a mi antojo, como los fragmentos de Shinentenshi durante la ejecución de la técnica.
Al menos esa era la teoría. Ahora me enfrentaba al resultado de un Kidou controlado por un feroz rival y no a las inertes esquirlas de la espada de mi enemigo. ¿Podría con él? ¿Realmente funcionaría mi técnica? Si no lo hacía, estaba perdido a su merced. Gracias al cielo aún podía moverme…
Pero no. No había tiempo para dudas. Podría con él. De una forma u otra lo conseguiría. En cualquier caso, decidí que era casi mejor dejarle confiarse un poco más y permitir que algunas de esas hojas me alcanzaran, tratando de hacerle salir de su escondite.
Pronto, las hojas comenzaron a volar disparadas hacia mí. Dado el gran número de las que había y la velocidad que llevaban, podría ser un golpe fatal, pero en cuanto entraron en el campo, conseguí desviarlas lo suficiente como para que sólo me arañaran los brazos y las piernas y “de paso” se rozaran con la hoja electrificada de Balmung.
Como si viviera en una continua racha de suerte, mi maniobra dio el resultado esperado. ¿Es que la dama fortuna había decidido sonreírme en aquel choque definitivo? ¿Es que el destino se había puesto al fin de mi parte? Ikkyuu, el mismo que una década atrás, junto a la cabaña del abuelo, se había mostrado frío y calculador en nuestro primer encuentro “cara a cara”, pareció de entro los árboles con esa misma sonrisa sádica que llevaba luciendo durante todo el combate.
Se relamía de gusto al verme indefenso, sometido casi a su voluntad y con ese mismo gesto se acercó a mí, que seguía fingiendo estar totalmente paralizado mientras aquellas hojas me rodeaban como un depredador que acorrala a su presa antes del envite final.
– ¿Sabes? – me dijo. – Tu compañero Yonas no era tonto… pero eso ya lo sabías. Cualquier persona en su situación hubiera huido, o hubiera sido capaz de solventar esa situación… pero no quise darle esa oportunidad.
Su tono era tranquilo, saboreando cada palabra, deleitándose, gustándose, como si estuviera pronunciando un gran discurso frente a una asamblea de elegidos. Seguía con los ojos clavados en mí, con una mirada burlona y despreciadora, aunque esporádicamente desviaba su vista hacia los árboles para enfatizar sus expresiones.
– No puedes moverte, ¿verdad? – sonreía. – Es cosa de mi pequeño amigo, paraliza todo lo metálico que cae dentro de su rango… Incluido los metales que llevas en la sangre. Curioso, ¿verdad? Así que no trates de resistirte, estás completamente sometido a mí.
» Te contaré una pequeña historia – continuó. – Era la primera misión importante para Li, para Rikiya y para mí… ¡Asesinar al heredero del mismísimo Kumaru! Un gran honor… aunque sólo fuera un académico.
» Desde el principio caísteis en nuestra trampa como ratones en una ratonera. Fue coser y cantar, como cortar mantequilla. Encontramos a un pardillo…
– ¡No oses mentarle!
– ¡Vaya! – rezongó burlón. – Aún tienes fuerzas para quejarte… Pero tranquilo, no tardaré mucho. Dentro de poco podrás ir a reunirte con tu querido abuelo…
Parecía que sabía dónde hacerme daño. Me había sacado de mis casillas, pero traté de mantener la calma todo lo posible para evitar cualquier cosa que delatara que no todo iba tan “sobre ruedas” como él parecía pensar.
– Pero antes quiero terminar de contarte esto – resopló. – Como decía, encontramos un pardillo que se había perdido. Un cebo perfecto. Y vosotros caísteis de bruces en nuestra idea. Rikiya preparó el escenario, Li puso los hollows y… plan completado.
» Sí, los hollows – repitió ante mi cara de incomprensión. – Ese es su poder, puede apropiarse de los cuerpos que… La verdad. No debería decirte esto, pero vas a morir, ¿no? Es capaz de tomar el control de otros cuerpos mientras usa la liberación de su espada. De hecho…
» No, eso me lo guardo como sorpresa – se sonrió. – Sería poco cortés por mi parte privar a quien quiera que venga a vengarte de algo tan interesante como eso. ¿Será tu amiga la cornuda? ¿Será el traidor de tu amigo? Dudo que alguien se acuerde de ti cuando desaparezcas. Pero no te preocupes, tendrás el honor de haber sido asesinado dos veces.
– Serás…
– ¿No quieres escuchar el fin de mi cuento? ¡Qué descortés! – sobreactuaba. – De todas formas tampoco puedes elegir. Es duro, ¿verdad? Así que ponte cómodo, pero no te preocupes, ya estoy acabando, como tu vida. Irónico, ¿verdad?
» Fue una auténtica obra de arte. Li os cortó el paso en el momento preciso. He de reconocer que os desenvolvisteis muy bien con esos hollows, por cierto – concedió. – Y después… ¡Ah! ¡Pura belleza! Detuve a tu amigo y Rikiya os hizo creer a todos que su reiatsu estaba fuera de control. Y ya después…
» Pura inspiración. Supongo que alguien como tú conoce cómo era la espada del Capitán Kuchiki Byakuya. Lo dicen los libros – apuntó, encogiéndose de hombros. – La verdad, creo que nos quedó bastante logrado. ¿Qué opinas tú?
Escupí a sus pies, haciéndole ver que no iba a entrar en su juego. Ante aquella respuesta, Ikkyuu profirió una más que sonora carcajada que resonó en todos los alrededores. El juego tocaba a su fin y era ya el momento de mover ficha.
– Prepárate para morir, Akano Rido – sentenció, recuperando la compostura. – Desde hoy sólo serás un pedazo insignificante de la historia.
A una orden suya, las cuchillas se alinearon en forma de una lanza que apuntaba directamente a mi pecho. Quería que eso terminase allí, pero yo seguía guardando mi as en la manga. Sin dudarlo, activé de nuevo el campo y revertí su técnica. Aquella gran flecha ya no me apuntaba a mí, si no a su creador, que la miraba asustado y confuso.
Pero no quise darle tiempo a reaccionar. Las hojas electrificadas bailaban en el aire, sedientas de sangre, y me dispuse a calmarlas. Sin pensarlo más, disparé el proyectil directamente contra él y le atravesé el pecho, impulsándolo hacia los árboles.
Cuando el Kidou se desvaneció, Sakama Ikkyuu luchaba en vano por seguir respirando. Su cuerpo, marcado por las heridas de nuestra lucha anterior yacía apoyado contra el tronco mientras de su costado derecho brotaba, como de un manantial de agua, el vital carmesí. La historia se había repetido, pero esta vez las tablas se habían dado la vuelta.
– ¡¿Qué?! ¿Que no pensáis hacer nada por él?
Las palabras de Nalya me devolvieron bruscamente de nuevo a la realidad. Estaba ya en las instalaciones médicas de la Cuarta División, pero los médicos eran conscientes de que nada podían hacer ya más que paliar el dolor. Mi amiga no parecía querer tolerar aquello y acusaba a los sanitarios de negligencia a voz en grito, como siempre.
– Lo siento – se excusaba el impotente doctor.
El cuerpo me ardía, pero el dolor había cesado. Me fallaban las fuerzas mientras veía como mi mejor amiga, la única que había estado siempre ahí, iba y venía tratando de obligar a alguien a que me pusiera bien. Parecía que no quisiera resignarse a la pérdida, aceptar que aquel era el destino de los shinigamis y que yo lo había cumplido antes de tiempo.
Era tal su nerviosismo que ni siquiera se había dado cuenta de que había despertado. Lo sabía. Era el momento de la despedida, de abandonar aquel mundo con las manos vacías, con la satisfacción de haber dado mi vida protegiendo a un compañero, daba igual quién fuera. Me saqué la mascarilla que me suministraba oxígeno y estiré mi brazo hacia ella.
– Nalya… – la llamé. – Lo hemos pasado bien, ¿verdad?
Parecía como si me hubieran puesto un peso enorme en el pecho. Apenas podía respirar pero quería… no, mejor dicho, necesitaba dedicar mi último aliento a despedirme de ella. Se lo merecía por ser el mayor apoyo que había tenido y tendría nunca.
– Rido, no digas eso – contestó, tratando de fingir que no pasaba nada. – Ni que te fueras a morir, ¿eh?
Volví a toser como respuesta a aquella broma. No tenía fuerzas para reírme, sólo podía sonreír y eso fue lo que hice, pero el efecto de los calmantes se desvanecía, o quizás es que no eran suficientes y el dolor comenzó a ser más y más insoportable.
– No seas cabezona…– le dije entre quejidos ahogados.
– ¡No! – exclamó sin querer aceptar la realidad – Quédate conmigo. Quédate conmigo. No me dejes. ¡Por favor!
Lloraba desconsolada con su cabeza en mi pecho y mis manos entre las suyas. Sus lágrimas se derramaban sobre el pijama del hospital, mezcladas con el polvo que embadurnaba su cara tras el combate, como queriendo devolverme la vida con ellas.
– Eh, Nalya… – dije una vez más, invirtiendo mi último aliento. – Gracias…
Quizás algún día nos volviésemos a ver, en este mundo o en otro. Quizás algún día podría realizar para siempre mi sueño. Quizás algún día podría terminar de decirle tantas cosas como quería decirle en aquel momento, pero ya no había tiempo para más… Mi tiempo allí había llegado a su fin.
– ¿Sabes qué? – le dije mientras me acercaba a él. – La historia la escriben los vencedores y… esta vez me toca a mí.
Al fin todo iba a acabar. Éste era la última parada. Al menos lo sería para Ikkyuu, no necesariamente para Nadie. ¿Quién sabría cuándo acabaría todo? Pero eso no importaba ahora. Lo único que existía en aquel momento era ese sentimiento de misión cumplida que comenzaba a invadirme. Lo había conseguido, había cerrado aquella página tan funesta de mi vida y ahora todo quedaba atrás.
– Adiós, Sakama Ikkyuu.
Sellé de nuevo a Balmung y, alzándola con mis dos manos, decapité a mi enemigo que, aún en aquella situación, me miraba con aquellos ojos desafiantes, fríos y blancuzcos. Como un académico, con una simple hoja, la misma que había blandido durante aquel examen, como si fuera aquel yo que había muerto una vez el que lo hiciera.
El hueco sonido de su cabeza cayendo al suelo indicó que ya todo había terminado, y al compás de un gran grito de rabia dejé escaparse todos los sentimientos que se habían enquistado en mi corazón durante tanto y tanto tiempo. Al fin Yonas y el abuelo habían sido vengados.
Sin embargo, era consciente de que aunque aquella había sido mi gran batalla todavía quedaba mucho por luchar. Sakama Ikkyuu no era Nadie, sólo un soldado y no me retiraría ahora de aquella guerra. Sólo esperaba que aquella tarde supusiera un gran punto de inflexión en nuestra campaña contra ellos.