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julio 13th, 2010

Reflexiones post-mundialistas (I): La final

Se acabó el Mundial. Con la macrofiesta de ayer, damos por terminadas las celebraciones oficiales de ese sueño que conseguíamos el pasado domingo rozando ya un lunes que no queríamos que llegase nunca. Y debemos volver de nuevo a la rutina: al trabajo, a la crisis, a los madrugones… – bueno, los que estamos de vacaciones nos podemos dar una tregua en eso – pero con una diferencia respecto al viernes pasado o, incluso, respecto al miércoles: con una enorme sonrisa en la cara que dice “Sí, yo también me siento campeón del mundo”.

Sé que os he dado mucho la vara con el mundial últimamente. Era lo que tocaba emocional y noticiosamente. Ahora que se acabó y vivimos con la resaca – el hecho de estar de vacaciones y no tener que centrarme en casi nada más ayuda a prolongarla – ya estamos en otro momento de la historia. Pero me quedan dos o tres reflexiones que hacer.

La de hoy es sobre el partido en sí. Creo que hay cosas que, aun ganando, tienen que decirse. Y yo no quiero callarme:

  • La Copa del Mundo de Fútbol es el evento deportivo de mayor importancia/relevancia mundial junto con los Juegos Olímpicos. No sólo porque es la máxima expresión del deporte rey sino porque es la perfecta plataforma para extender el fútbol en países en los que todavía es un deporte muy minoritario. En él tiene que darse cita la élite del fútbol, a todos los niveles… y demostrar que lo es y por qué lo es.
  • El partido que vivimos el viernes era un partido que veníamos soñando desde que eramos macaquitos. Yo mismo, tengo lo que en su momento eran unas medias de una equipación de la selección, no sé si del 86 o del 88, que ahora no me quedan más que como unos calcetines, y me los puse para la final. Significaba mucho para nosotros, para todos nosotros. Teníamos una cita con la historia y teníamos que disfrutarla al máximo.
  • Hace años, no muchos, uno escuchaba Holanda – en contexto futbolístico, se entiende – y pensaba directamente en un estilo, el fútbol total. Un equipo diferente, que destacaba sobre toda Europa por un juego alegre, rápido, directo sin caer en el patadón y carrera. Pensaba en varias generaciones de artistas del balón que comienzan con Cruyff y Neskeens y terminan con gente como Van Persie (a pesar de que este Mundial no ha hecho absolutamente nada) o Snejder, pasando por Van Basten, Gullit, Rijkaard, Bergkamp, Koeman

Estas son las tres premisas desde las que más o menos cualquier aficionado español (y, perdonadme la osadía, pero me atrevo a decir que cualquier holandés) se enfrentaba al partido del domingo. Veníamos espoleados, además, por el partidazo del miércoles, en el que, a pesar de ver la peor Alemania del mundial, vimos a dos equipos que querían jugar al fútbol respetando al adversario por encima de todo.

El error de Alemania – todo el mundo lo vio – fue dejar jugar a España. Fue el primer y único equipo que lo hizo en todo el Mundial y eso les costó perder de la forma que perdieron (a pesar de que el marcador fuera sólo 1-0 – ¿por qué todo el mundo critica que España sólo ganó 1-0, 2-1, 2-0?).

Sabíamos que el partido de Holanda, una final, La Final, no iba a ser así. No sólo porque habrían aprendido del error teutón o porque una final siempre es diferente, sino porque Holanda venía siendo el equipo más duro de toda la competición. Pero lo que nos encontramos fue una actuación que superó cualquier previsión… para mal.

Sabían que el único método de llevarse por fin el trofeo a casa era impedir que España se sintiera cómoda con el balón, como le gusta a los nuestros (sus herederos). Como habían hecho antes Chile y Paraguay, Portugal e incluso Suiza y Honduras. Cada uno con sus recursos. Plantarse bien en el campo, cerrar los espacios y, con la contundencia justa, frenar la creación del juego español. Nos pusieron en problemas, ¿recordáis?

Sabíamos que Holanda ya no jugaba a ser Holanda, pero nos quedamos cortos. Habíamos visto el juego duro de los Oranje contra Brasil, contra Uruguay… pero nos quedamos cortos.  En ningún momento salieron a ganar el partido, sino a que España no lo ganara (el matiz, como comprenderéis, cuenta mucho en esta especie de tautología) y para ello quisieron evitar que nuestro centro del campo creara. La misma premisa de siempre, pero aplicada de un modo distinto. Ya no era quitar el balón y cerrar espacios… directamente iban a amedrentar y romper piernas.

Todo con la connivencia de un señor calvo vestido del celta que, en general, acertó en todas las acciones del juego (al señalar las faltas) pero que, empeñado en tener una final tranquila, se equivocó una y otra y otra vez en el aspecto disciplinar. No dio la talla, por valor o por capacidad, y los holandeses – y también nosotros en algún momento – se aprovecharon de ello.

Sin ganas de hacer mucha más sangre, que simplemente quería desahogarme, me pregunto qué sentirá un holandés. Ahora mismo, culpan al árbitro (sic) de la derrota, tanto jugadores y seleccionador, como prensa y aficionados. Todos lo hemos hecho alguna vez: culpar a otro – al árbitro, casi siempre – de nuestros fallos y de nuestras derrotas. Quiero creer que en cuanto se pase el calentón finalístico alguien reflexionará y dirá: “Tampoco nosotros merecimos nada”.

Porque Holanda traicionó a casi 40 años de tradición que le otorgaban la vitola de “el mejor juego de Europa”, posiblemente el mejor equipo (a nivel teórico) después de la Canarinha – que también renunció a su estilo, no con Dunga, sino casi desde el 94 podríamos decir) –, que enamoraba al mundo del fútbol y nos hacía a todos simpatizantes de los Oranje. Se convirtió en un equipo bronco y malencarado. Y convirtió la mayor fiesta del fútbol en un campo de batalla, en un ring de boxeo… o de vale tudo.

Si ese partido lo hubiera hecho… no sé, Argentina o Italia, dos equipos que (con todos mis respetos) nunca renunciaron al juego bronco como parte de su estilo, nadie se llevaría las manos a la cabeza. Nos cabrearíamos pero no nos escandalizaríamos. Pero lo ha hecho la gran Holanda, la Naranja Mecánica que más bien habría que llamar Naranja Amargada ahora mismo.

El fútbol necesita más Holandas, Españas, incluso Alemanias (sobre todo la nueva Alemania, pero también la de siempre) y menos Italias. En este Mundial, como muy bien resaltan los chicos de Diarios de Fútbol, se ha puesto más de manifiesto que nunca que “el estratega mató a la estrella del fútbol”. Por eso creo que  todo aficionado al fútbol, español, holandés, europeo, mundial espera también que, igual que la derrota de Brasil ha servido de reflexión para tratar de volver a su juego (especialmente de cara a su Mundial), la derrota contribuya a que la Oranje deje de ser esa Naranja Amarga y vuelva a ser la Naranja Mecánica con un juego que enamoró al mundo fútbol en el 74 y que rompió y quemó la flecha de Cupido en el 2010.

¿Y tú? ¿Qué opinas?

julio 12th, 2010

Somos Campeones del Mundo

¿Conocéis esa sensación de cuando no puedes dejar de reír, las lágrimas afloran en los ojos y te pones rojo como un tomate de la emoción? Pues eso. Así es como me siento hoy. Y me encanta. Y no sabes qué decir. Y no sabes qué hacer. Como Camacho ayer.

Porque hoy es el día con el que habíamos soñado desde siempre. Cardeñosa, el desastre del 82, los penaltis de Bélgica, Yugoslavia, Tasotti, la cantada de Zubi, el puto egipcio, los jubilados… Todo eso es ya pasado. Hoy, y hasta dentro de cuatro años como mínimo, tendremos el orgullo de decir SOMOS CAMPEONES DEL MUNDO.

Pensaba hablar del partido, pero eso me llevaría a enervarme como me enervé esta mañana en Twitter hablando del lado oscuro de una final que sufrimos más que disfrutamos. No, hoy no. Mañana, si cabe, o pasado. Yo que sé. O nunca. Hoy es el día para llorar de alegría. De rabia. De ilusión. Para emocionarse como tontos y quedarse con la sonrisa en la boca porque sí. El día de que se te ponga cara de bobo con el beso de Casillas, de reír y llorar sin control con las narraciones del partido… y de disfrutar.

Por que sí. Porque es verdad. De verdad de la buena.

¡SOMOS CAMPEONES DEL MUNDO!

julio 8th, 2010

Haciendo historia

No sé qué decir. No me salen las palabras. Ayer España jugó el partido perfecto contra la selección perfecta y se coló con todo derecho en la final de un Mundial. Ha pasado más de medio día y aún no termino de creérmelo. Porque es verdad, no es un sueño. ¡Estamos en la final del Mundial!

España ha dado una lección de fútbol a la selección que mejor fútbol había demostrado hasta ayer a las 20:30 horas. Pero tampoco fue un partido fácil. Era Alemania, no una broma. Nos metió varios sustitos que no llegaron a nada gracias a un centro de la defensa imperial y a un Iker bendito y  demostró por qué todo el mundo consideraba que la de ayer era la final anticipada. Qué bien y qué rápido sube el balón esta Alemania. Por eso el partido de ayer tiene más méritos

Aunque Alemania se sacó del medio magistralmente de encima a selecciones del nombre de Inglaterra y Argentina no había tenido rivales tan bien plantados en el campo como fueron Paraguay, China o incluso Portugal para la Armada – todo hay que decirlo – todos sabíamos del potencial de esa selección. Sin embargo, como muchos vaticinamos, España demostró que, en cuanto le dejan espacio, por mínimo que sea, hace maravillas y jugó ayer su partido más cómodo.

Un 10 a Del Bosque que se arriesgó (mediáticamente, no futbolísticamente) al meter a Pedrito, a quien, según algunos, el partido le venía grande. Lo cierto es que el inesperado cambio fue la pieza que faltaba. Pedrito fue, a mi modo de ver, la estrella del partido. Xavi, Iniesta y Pedrito hicieron estragos entre líneas, aunque sería injusto destacar a nadie en especial, porque todos estuvieron inmensos.

Pero no quería hablar del partido de ayer, sino de su significado. Porque lo bonito y lo grande de lo que estos chavales hicieron ayer cobra más sentido y más entidad cuando lo vemos en la perspectiva que nos ofrece la historia. Una historia que, como solemos decir, nos debía una. Podríamos enumerar una tras una las decepciones que nos había dado la historia, desde Italia ’38 hasta Alemania ’06, con las solas excepciones de los goles de Zarra en el 50 y Marcelino en el 64… y la final del Parque de los Príncipes en el 84. Y seguramente nos olvidáramos de alguna. Esta generación nos ha reconciliado con la historia.

Nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros tíos, muchos de los cuales no han llegado quizás a ver esto, sufrieron todos esos males que antes me negué a enumerar. Yo desperté a la Selección y al Mundial con el codazo de Tassotti. La historia posterior todos la conocemos: Nigeria, Al Gandul, Francia… Tantas y tantas esperanzas frustradas dan más sentido a lo que pasó ayer.

Igual que mi generación de deportivistas nacimos al fútbol directamente en la época del Superdépor y nos ahorramos los oscuros años ochenta y los sufrimientos de las promociones y lo que nos costó el ascenso, provocando la “envidia” de nuestros mayores, la generación de mis primos pequeños tienen la suerte de nacer al fútbol internacional con esta selección. Y me dan envidia, aunque no lo cambiaría por nada. La alegría es mayor sabiendo de donde venimos.

Una selección que juega tan bien que ha sido capaz de impulsar un cambio de estilo en la perenne selección alemana. Una selección que pasará a la historia marcando una época como la Canarinha entre los 60 y los 90, como el Equipo de Oro húngaro de los 50 con Puskas como estandarte, como la URSS de Yashin, como la Mannschaft de Beckenbauer y Müller o la de Mathaus, Klinnsmann, Voller y compañía, o como la Naranja Mecánica de Cruyff y Neskeens, o de Van Basten, o de Bergkamp, Kluivert, los De Boer…

Muchos de estos conjuntos no sellaron su historia con un título – baste pensar en Hungría, en Holanda, en la Portugal de Eusebio, en la Brasil de Sócrates, Falcao y Zico – y, aún así, están más en la memoria de muchos que las aburridas Italias tetracampeonas y otros equipos que vencieron “pese a”.

Precisamente contra Holanda, una de esas selecciones que marcaron época, nos jugaremos el domingo el entrar finalmente en ese club exclusivo de selecciones campeonas del Mundo en el que sólo hay siete nombres: Uruguay (’30 y ’50), Italia (’34, ’38, ’82, ’06), Alemania (’54, ’74, ’90), Brasil (’58, ’62, ’70, ’94, ’02) Inglaterra (’66), Argentina (’78 y ’86) y Francia (’98). Gane quien gane hará historia: será el primer Mundial para cualquiera de los dos y será la primera europea que gane un Mundial jugado fuera de Europa (la segunda selección, después de Brasil ’62 y ’02 que lo gane fuera de su continente).

Pero es más que eso. De alguna forma, se enfrentan dos sistemas de juego que son “primos” entre sí. Por un lado, Holanda sigue llevando la marca de la Naranja Mecánica, aunque ha renunciado al estilo que la hizo famosa, admirada y temible durante generaciones, el fútbol total que la generación Cruyff hizo famoso y que continuaron los Gullit, Rijkaard, Van Basten, Bergkamp. No, esta Holanda no es aquella Holanda. Por el otro lado, es innegable que el juego Made in Spain bebe del cruyffismo que se implantó en Barcelona desde principios de los 90 y que ha dado a luz a una generación de jugadores que ha florecido ahora.

Un equipo que ha renunciado a la Naranja Mecánica contra un equipo que ha heredado su espíritu. Y el fútbol le debe una a la Naranja Mecánica desde el 74, eso lo tenemos claro muchos, pero se le debe al juego, no al nombre. Y el fútbol le debe una a esta generación de oro que ya ha ganado 8 Grand Slams de Tenis, 2 NBAs, un Mundobasket y un Eurobasket, varios Tours, varios títulos internacionales de Fútbol Sala, en Hockey, en Balonmano… Falta el colofón final del Mundial de Fútbol.

Por eso, aunque ya hemos hecho historia clasificándonos para la final y cerrar nuestra mejor clasificación en un Mundial de Fútbol que antes era el cuarto puesto de Brasil ’50, aún seguimos soñando y aún mantenemos una sola esperanza: disfrutar de esta España un partido más. El domingo… ¡España entera se va de borrachera!

Posiblemente esta entrada no tenga mucho sentido. A lo mejor peca de forofista o de sentimentalista o de inconexa o de… Me importa más bien poco. España va a jugar una final de un Mundial y eso es justificación suficiente.