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diciembre 31st, 2009

Akano 24 – Gnoseocracia V


Akano 24 – Gnoseocracia V

– ¿Y qué había en el libro? – preguntó Bone.

Habían transcurrido poco menos de dos días desde mi regreso al Sereitei. Había podido disfrutar de un fin de semana de descanso que se me hizo realmente corto y ya debía reincorporarme a las clases. El tiempo había mejorado, así que al menos eso contribuía a que la rutina diaria fuera menos deprimente de lo que resultaba en los últimos meses.

Fiel a la promesa que les había hecho tanto a Kazu como a Servais, procuraba no contar nada de lo que había averiguado durante mi viaje, pero la insistencia, nada imprevista por otra parte, de mi antiguo compañero de División me había hecho decidirme a revelarle detalles inofensivos y poco significativos de lo que había sido mi último periplo. Él se daba cuenta de que yo le ocultaba información y se mosqueaba y le daba vueltas al tema una y otra y otra vez. Pero no conseguía doblegarme.

Aquel tira y afloja, aunque por momentos se hacía cansino, era bastante entretenido y me servía para mantener la mente ocupada en lugar de estar pensando en las mil y una historias que se me venían a la cabeza. No llegaba ya con los problemas “políticos”, que ya eran bastantes, ni con la investigación acerca de Nadie… No. Ahora, además, estaba aquello.

– Maestro Servais – le dije en cuanto estuvimos solos de nuevo.

Había caído la noche. El anciano había evitado responder a cualquier tipo de pregunta en todo el día. Siempre ponía cualquier excusa por pasajera que fuera: era un tema que hablar en privado, ahora no era el momento, era mejor dejar reposar la cuestión… pero tampoco era que yo tuviera mucho tiempo para ese tipo de lujos. Por eso había decidido intervenir.

Me había pegado como una lapa a él y no le dejé escaparse de la responsabilidad. Ahora que Kazu se había retirado junto con el resto de la comunidad era mi oportunidad, porque quizás mañana fuera demasiado tarde. Así que, cuando me cercioré de haber captado su atención, desenfundé mi arma sin preguntarle nada.

– Mire esto – le indiqué, señalando la marca en forma de rayo de mi hoja.

Le entregué con cuidado mi espada y, mientras la examinaba con un cierto interés, pero en silencio y sin cara de darle ninguna importancia, me levanté la túnica enseñándole los tatuajes de mi espalda.

– Kazu le dijo que yo podía ser el… – seguí, viendo que él no parecía querer decir nada aún.

– ¿El portador del rayo? – completó él, con media sonrisa y con cierto desinterés. – Oh, no, no… Él no conoce la historia.

No dijo nada más, sino que seguía con la mirada expectante clavada en mi espada y luego en mi torso. Le estaba dando vueltas a la cabeza, eso era obvio, pero por ahora no tenía intención de compartir sus conclusiones, si es que había llegado alguna. Seguramente había captado lo que yo intentaba de expresar, pero, por si acaso, decidí dar un paso más.

– Si me permite… – volví a hablar, tomando a Balmung de nuevo en mis manos. – Resuena en los cielos, estremece la tierra. ¡Balmung!

El viejo dio un salto ante el pequeño estallido que se produjo al tiempo que mi Zampakutou adoptaba su forma liberada. Enseguida extendí el brazo derecho en señal de disculpa y tranquilizándolo.

– ¿Ve? – hablé, mientras hacía que el flamberge refulgiera al paso de una corriente eléctrica.

– Nada – le respondí al gafotas. – En el libro no había nada.

– Ya, seguro… – contestó incrédulo, mirando el volumen que descansaba sobre mi mesa. – Y si no pone nada, ¿para qué cojones lo has traído?

– Porque es un regalo – expliqué con naturalidad en un tono un poco burlón. – Los regalos no se devuelven. ¿Nunca te lo dijeron en tu ca…?

– ¡Me mentiste! – interrumpió una voz excesivamente crispada.

– Vaya hombre… – protestó el Oficial de la Novena División por lo bajo.

– Buenos días, Ari – saludé, con una sonrisa de oreja a oreja como si no pasara nada. – ¿En qué puedo ayudarte?

– ¡¿Que en qué puedes ayudarme?! – gritó ella. – ¡Te voy a decir en…!

– Yo no tuve nada que ver – la corté rápidamente. – Así que cálmate.

– ¡Cambié mis horarios! ¡Quedé mal con mi compañero! – seguía protestando. – ¡¿Sabes cuántas expli…?!

– Si quieres quejarte, al Cuartel de la Doce – la volví a parar, esta vez en un tono más seco. – Te dije que era él el que tenía la última palabra – le recordé. – Créeme, es mejor que no hubieras venido. El libro tiene más valor simbólico que por el contenido que tiene – recuperé mi conversación con Bone. – No le des importancia, porque no la tiene. Ahora, si me disculpáis… – añadí, cogiendo una carpeta de encima de la mesa – tengo clase.

La verdad es que mi cita con los alumnos de primer curso no empezaba hasta diez minutos más tarde, pero así me ahorraba el seguir allí. Era mejor cortar por lo sano y tampoco es que tuviera ganas de pelearme con nadie. Años de experiencia lidiando con Nalya me habían dado muchos recursos a la hora de tratar con personas con tanto carácter como ella, como era el caso de Ari. Sabía que no llevaba a ninguna parte discutir con ellas, así que había aprendido a saber cuándo era mejor aguantar el chaparrón y capear el temporal y cuándo imponerme y plantar cara.

– ¡Rido, espera!

– Lo que tengas que decirme, dímelo mientras caminamos – contesté sin girarme.

– ¿Así que es cosa de Kazu? – preguntó, dando una pequeña carrera para ponerse a mi altura.

– Sí, mira… – suspiré, apreciando mucha más calma en su voz. – Allí no ibais a sentiros cómodas… ni tú ni Gaby. Eso sin contar – añadí – que cuantos menos fuésemos, mejor. Lo siento pero no puedo decirte mucho más – alegué. – Si quieres más explicaciones…

– Mi hermano – concluyó.

– Exacto… – asentí. – Pero… si aceptas mi consejo, mejor déjalo estar.

Se paró y me miró, como si evaluándome a mí evaluase lo que acababa de decirle. Luego, con la mirada perdida en el horizonte, se rascó la cabeza con la cola en un gesto de poco convencimiento antes de esbozar una ligera sonrisa y encogerse de hombros. No pude evitar reírme ante lo cómico del gesto aunque, afortunadamente, logré contener una carcajada que, a lo mejor, ella habría podido entender como algo ofensivo.

– Venga, no te quedes ahí – la apuré.

– ¿Sabes qué? – dijo, retomando la marcha. – Te voy a hacer caso, aunque sea por una vez.

Sin mayor aclaración y sin despedirse, desapareció con una veloz maniobra de shumpa y me dejó sólo en el pasillo. Aún no habían finalizado las clases anteriores, así que los alumnos estaban todos en su aula y los profesores que no estaban impartiendo sus materias estarían, seguramente, en sus despachos.

– Vaya, vaya, vaya…

No hizo falta girarme para reconocer al propietario de aquella voz, pero aún así, con mucha desgana, me volví hacia él. Por un pasillo perpendicular al que yo recorría, con una imagen inusualmente desaliñada, se aproximaba el Capitán de la Quinta División, Nakatoni Josuke. Llevaba el uniforme radiante, perfecto, como siempre, pero iba despeinado, estaba ojeroso y lucía una muy poco habitual barba de varios días cubriéndole el rostro.

– Creo que eso debería decirlo yo, Josuke – repliqué, tratando de dar un tono autoritario a mi voz que pusiera a mi interlocutor en su lugar. – No te han visto el pelo en cuanto… ¿Tres semanas? ¿Un mes?

– Tengo mis obligaciones – se defendió.

– Si yo no digo que no –sonreí, viendo que podía tomar la ofensiva. –Dar clase, dirigir un Departamento… Ya sabes – incliné la cabeza, como si estuviera pensando. – Esas también son tus obligaciones…

– También tengo que liderar una División del Gotei 13 – murmuró con una cierta indignación que él disfrazaba de ingenua amabilidad.

– Sí, es cierto, es cierto – me llevé una mano a la boca, como si acabara de recordar ese dato entonces. – No sé cómo pudo habérseme pasado… Ah, ya… Ya recuerdo – meneé la cabeza. – No recibí noticia alguna de que uno de mis profesores iba a desaparecer durante un mes.

Lo miré fijamente sin añadir nada más y, para no darle oportunidad de prolongar aquella disputa, me marché después de desearle buenos días en un tono más que ambiguo. Había reconocido a Josuke detrás de algunas de las acusaciones de la Cámara y eso era algo que no tenía pensado perdonarle de momento. Sabía que él pretendía manejarme a su antojo, pero las cosas eran distintas ahora.

– Ah, se me olvidaba – me giré, despreocupadamente. – Fuiste tú quien me puso aquí, pero no soy tu pelele… Y aféitate – añadí. – Esa imagen no es adecuada para alguien de tu categoría.

Llegué a la puerta del aula de primer curso antes de que el timbre avisara del final de la clase. Era la primera vez en todo el curso que tenía tanto margen antes de empezar, porque siempre salía pitando del despacho para clase. Por un día podría charlar con calma con los alumnos y no ir tan justo de tiempo. Eché un vistazo por la ventana y vi a Db explicando.

– Teoría del Kidou – susuré para mí. – Qué coñazo…

– No sé, maese Akano – se encogió misteriosamente de hombros el viejo después de permanecer un rato en silencio.

– ¿No sabe?

– Es cierto que me habéis enseñado es bastante revelador – aceptó. – Pero no creo que sea prudente hacer este tipo de juicios a la ligera…

¡¿Cómo no iba a pensar en mí?! ¡Decía “Portador del Rayo”, por amor de Dios! Sí, es cierto que no era yo el único shinigami cuya liberación tenía que ver con la electricidad. Sin ir más lejos, estaba Aiolos, que había sido mi compañero de clase en la Academia y que había hecho el examen final conmigo. Pero una y otra vez la mente volvía a reconducirme a aquella hipótesis.

– La verdad – sonreí, pensando en alto. – Menuda mierda de profecía si dice las cosas así a las claras…

Mientras le daba vueltas y más vueltas al asunto, sonó el timbre que señalaba el término de las clases. En cuanto los primeros alumnos abrieron la puerta para salir a tomar el aire en los minutos que tenían de descanso, entré al aula, dejé mis cosas sobre la mesa y volví a salir acompañando a Db.

– ¿Cuándo llegaste? – me preguntó.

– El sábado por la noche – contesté.

– Con razón no te había visto – respondió. – Estuve todo el fin de semana ocupado con historias… ¿Y cómo fue? ¿Sabes que la loba estaba bastante cabreada porque al final no pudo ir con vosotros?

– Ari también – resoplé. – Pero bueno, no es cosa mía. Bien… – sonreí, recuperando el tema de los frutos de mi viaje. – No es que sacara mucho en limpio, pero el paseo vino bien.

– ¿No descubriste nada?

– Todo lo contrario – corregí. – Descubrí cosas, pero tengo que ordenarlo todo y madurar esto aún…

– Entiendo…

– No preguntes – me adelanté, previendo sus intenciones. – Le prometí a la gente de allá que no iba a decir nada… Al menos no por ahora.

– Vale, vale – aceptó. – Por cierto, antes de que se me olvide – cambió de tema. – Gaby se ha empeñado en que celebremos… ¿su marcha, puede ser? – anunció, dubitativo. – Algo así, no sé, pero tampoco es que se explicara muy bien. Este viernes, por la noche – me citó. – Tenemos permiso para abrir una puerta.

– ¿A dónde vamos?

– No sé – se encogió de hombros. – Sé que lo habló con Krunchi, pero a mí no me dijo más…

– Esas dos tramando algo – reí. – Peligro, peligro.

– En fin, el viernes, acuérdate –repitió, compartiendo mi risa. – Te dejo, que Kyrek quiere que le ayude con no sé qué historias…

– Sé bueno, Pollo – me despedí.

Bufó algo en referencia a su mote y se marchó. Mientras lo seguía con la mirada, tentado a meterme un poco más con él, pero decidido a no hacerlo delante de los alumnos, me tropecé con la pequeña figura de Kagemusha Kara. El problema fue que ella me descubrió casi al instante mirándola y se escondió inmediatamente. En seguida me vinieron a la cabeza las acusaciones de la Cámara de los 46 acerca de mi trato para con determinados alumnos. Realmente debía hacer algo al respecto.

– Mierda… – me dije mientras entraba en clase.

Los alumnos se hicieron los remolones a la hora de entrar una vez sonó el timbre, pero bastó un gesto impaciente por mi parte para que la mayor parte de ellos entraron en el aula. Cerré la puerta detrás de ellos y los que querían quedarse rezagados captaron inmediatamente la indirecta. Alguno aún se quedó fuera, pero ya “sufriría” las consecuencias.

– Bien… Buenos días – saludé. – A ver… Kurokotetsu. Te toca a ti exponer tu trabajo, ¿verdad?

– S… Sí, señor Director.

El muchacho llevaba una larga coleta castaña que le llegaba hasta mitad de la espalda y caminaba con timidez hacia el frontal de la clase. Como hacía habitualmente, yo recorrí el trayecto inverso y me senté en el puesto que él ocupaba en clase. Curiosamente, era justo delante de Kara, lo que no dejaba de resultar violento.

– Hola – le sonreí.

Ella apartó vergonzosa la mirada y, en su lugar, fueron los ojos de su compañero, Kage, el de la cinta roja que se había enfrentado a mí el primer día de clase, los que se clavaron en mí con una expresión no muy amigable. Aún así, yo seguía con mi mirada fija en la chica, que había decido bajar la cabeza.

– Me gustaría hablar contigo – le dije en bajo. – Ven a mi despacho esta tarde.

El chaval de la cinta roja gruñó algo por lo bajo a su compañero, Kaiden, el de la melena morena que había salido intentando justificar la actitud de sus dos amigos. Este le respondió que se calmara y que no dijera burradas. Mientras tanto, Kagemusha se había puesto roja como un tomate y apenas parecía respirar. Quizás había sido una intervención muy de golpe.

– Tranquila – sonreí de nuevo. – No va a pasar nada. Lo prometo. Bien – me di la vuelta y me senté. – Cuando quieras, Kurokotetsu.

De todas formas, aunque hubiera resultado algo brusco, era algo que tenía que hacerse. No es que me gustara darle la razón a la Cámara en este asunto pero tampoco podía prolongar aquella situación mucho más tiempo. Era momento de mover ficha, aunque presentía que no a todo el mundo le iba a sentar bien. Presentía que, a no mucho tardar, tendría a la Capitana Ela, de quien Kara era su protegida, en mi despacho cuestionando mi actitud hacia ella… una vez más.

– En fin… – suspiré y me dispuse a atender a la exposición del alumno al que le correspondía.

Tras una explicación no muy lucida de un trabajo realmente bien hecho acerca del nacimiento del Anillo Exterior, le llegó el turno a otro de los estudiantes, Shitotsu Akio, quien había sido víctima del ataque del clan Mishima durante las vacaciones invernales, que hablaba sobre la Primera Guerra de las Almas.

El timbre no le dejó terminar y quedamos en que concluiría su exposición la semana siguiente. Poco a poco, era la última clase de la mañana, los alumnos fueron vaciando el aula con destino al comedor. Entre el jaleo, no pude evitar volver a ver al grupo de los amigos de Kara. Kage Otaka aún me miraba desafiante, pero los demás se esforzaban más bien en tranquilizar a la muchacha.

– Tiene visita, Director – me informó Rina al llegar al recibidor de Dirección.

– Qué raro… – resoplé, mientras pasaba junto a ella. – Últimamente no gano para… ¿mamá?

Enfundada en su traje de shinigami, con el pelo recogido en trenzas, igual que cuando habíamos salido en busca de Nalya, mi madre me esperaba sentada en una de las butacas en las que solía recibir a mis invitados.

– No me habías dicho que tenía secretaria – dijo a modo de saludo.

– Sí, es… – respondí un tanto desconcertado. – Es Rina.

– Muy mona, por cierto – comentó.

– ¡Mamá! – protesté, mientras por dentro sentía un gran alivio al ver que había cerrado la puerta tras de mí. – ¿Qué te trae por aquí?

– Viendo que no vienes por casa últimamente…

– Sí, yo…

Era cierto. A pesar de que ya me había reconciliado con el hecho de que me hubieran ocultado lo de mi hermana, mi relación con mis padres había quedado muy tocada y aún no había recuperado la normalidad. Era una de mis muchas tareas pendientes, que se acumulaban aún más allá de lo estrictamente profesional.

– No pasa nada – sonrió ella.

– ¿Qué tal está papá? – le pregunté mientras le daba un beso en la mejilla.

– Bien – respondió. – La verdad es que le dejaste muy tocado con lo… lo de tu hermana – explicó, como si le costara sacar las palabras. – Pero bien… Ahora está haciendo un poco de… “memoria histórica” – añadió entre divertida y nostálgica.

– ¿Memoria histórica?

– Sí – sonrió. – En la cripta había cosas que habíamos guardado de tu hermana y de tu abuela – aclaró. – Ahora se le ha dado por sacarlas para casa – meneó la cabeza. – Ha decidido que es el momento de superarlo…

– Vaya…

– Ah, no lo sientas – me espetó, viendo mi reacción. – Tiene razón, ya va siendo hora. Si la verdad fue un error ocultártelo, pero…

– No pasa nada, mamá – la detuve. – En serio.

– Así que entre eso y las partidas de ajedrez con Kaiser tu padre tiene el día bastante ocupado – continuó.

– ¿Y tú?

– Yo bien – se encogió de hombros. – Un poco aburrida, pero bien. Además, tú madrina está fuera y… eso.

– Ya…

– El otro día vino tu amigo Db por casa – comentó. – Bueno, la verdad es que venía a visitar a Gaby – especificó. – ¿No te da la impresión de que esos dos tienen algo?

– Realmente te aburres, ¿verdad? – la interrumpí, para que no continuara con el cotilleo.

– La verdad es que me dejó un tanto preocupada – reconoció. – Dijo que estabas teniendo muchas presiones y unos cuantos problemas por aquí… ¿Es cierto?

– Sí… La Cámara – musité con cierto desdén. – Me han prohibido seguir con la investigación de Nadie, aunque puedo seguir con lo de las profecías… Bueno, – corregí – ni siquiera eso. Lo que hago es entablar con relaciones con distintos grupos que pueden ayudar a fortalecer el dominio del Sereitei sobre el Rukongai – recité – y a prevenir cualquier tipo de ataque desde el Anillo Exterior.

– Bonita excusa…

– Sí, bueno – me encogí de hombros. – A mí nadie me cuenta qué pasó, pero desde lo del Yorokonde los de arriba han estado demasiado sensibles…

– Ah, eso…

La mirada de mi madre se turbó durante una décima de segundo, lo suficiente para que me pudiera dar cuenta de que lo que hubiera ocurrido allá arriba realmente la había afectado. Mantuve prudentemente un breve silencio por si quería decir algo, pero no fue así, por lo que continué con mis quejas.

Aunque no quería atosigar a mi madre con estas cuestiones, en cierto modo ahora me era casi imposible parar. Se habían abierto las compuertas y ahora dejaba salir todo lo que me había estado corroyendo por dentro y que sólo había compartido con Balmung. Era bueno hablar con alguien “de verdad” de toda esta historia y desahogarme.

– No sólo eso – continué. – Me acusan de amiguismo… Vale, que sí… Que Mitsuko, Db, Bone… son también profesores – acepté. – Pero ya eran profesores antes de que yo fuera Director, ¿no? – le pregunté. – Sí, joder, es cierto, que por ejemplo con lo del gafas fui yo el que lo sugirió como profesor… pero, coño… – admití. – Y, joder… Nadie puede negarme que Kaiser es un gran profesor… Es el único ex-profesor que no está vinculado a ninguna División – alegué. – Y…

– No te alteres – terció ella. – Ya sabes cómo son.

– Es que me cago en la puta – bufé. – Lo que pasa es que pretenden que sea su puta marioneta y no es así – me quejé. – Ese no soy yo. Yo no quería ser Director – protesté. – No quería. Tú lo sabes – insistí. – Fueron ellos los que se pusieron pesados con el tema y no me dejaron ninguna alternativa. Y pensaron en mí porque “les gustó mi discurso” – recalqué. – ¡Era un puto discurso reformista! Pero no… Ellos quieren que todo siga como antes. Quieren hacer y deshacer a su puto antojo – cargué. – ¡Joder! ¿Es que aún no me conocen? No podían decir que a mí no me conocen – . – Y mucho menos el cabrón de Josuke. Si lo que quería era alguien que le bailara el agua – añadí – pues que hablara con Xelloss o con Db, que de tan buenos que son a veces hasta parecen tontos… Con todo el cariño del mundo – apunté al darme cuenta de lo que había dicho de dos de mis mejores amigos. – Es que, coño, no es así…

– Bueno, lo que…

– ¡Y aún encima me vienen con gilipolleces como que discrimino a los alumnos! – continué. – ¡Y una mierda! Todos los profesores – aclaré. – ¡Todos! Todos están todo el día diciéndome que si Kyo es no sé qué, si Kyo es no sé cuánto, que si las asignaturas se le quedan cortas, que si hay que adaptarle el plan de estudios… – enumeré. – ¡Y ni siquiera con él tengo un trato distinto! ¡Ni con mi propio hijo! De hecho trato de implicarme lo menos posible con ningún alumno para que nadie pueda decir que si los favorezco o no los favorezco – añadí. – Pero claro, los Capitanes… ellos sí que tienen sus protegidos – protesté. – Y… mierda.

Me di cuenta entonces de que me había levantado y le había estado gritando a mi madre como si ella fuera la culpable de todos mis males. En el fondo no tenía que soportar eso. Me di la vuelta, me acerqué al mueble bar, serví un poco de whisky en un vaso y me lo bebí de golpe. Luego volví a llenar el vaso y me dejé caer de vuelta en la butaca.

– Vaya… Nunca te había visto ponerte así – comentó mi madre con tono calmado.

– Yo… Lo siento.

– No, no te preocupes.

– La cuestión es… ¿Te acuerdas de aquella chica? – le pregunté en un tono mucho más calmado. – ¿La de mi primera misión en solitario?

– Sí.

– Vivía en el Yorokonde – expliqué, tomando aire para irme relajando poco a poco. – Los de la Trece la recogieron y la trajeron al Sereitei, así que ahora está en la Academia. Y le tengo que dar clase… pero le doy miedo – seguí. – Y como comprenderás no es muy cómodo que digamos estar en esta situación. Sobre todo si cada vez que intento hacer algo para remediarlo me tengo que enfrentar a unos macarras… y luego a Ela.

– Pero no puedes dejarlo así, tampoco…

– Lo sé, lo sé – asentí. – La he citado esta tarde aquí para tratar de hablar con ella… con Kara, me refiero, no con Ela – especifiqué, por si acaso. – La cuestión es que venga, que la otra vez que lo intenté no apareció.

– Pues a ver si puedes arreglar todo este embrollo – deseó. – Y con lo demás, paciencia. Eres un Akano – me recordó – lleváis en la sangre lo de estar un poco al margen de la oficialidad – ironizó. – Tú sigue tratando de hacer las cosas lo mejor que puedas y ya verás cómo todo se va aclarando poco a poco. Por cierto, que sepas que Gaby estaba un poco molesta porque no la llevaste contigo en tu último viaje… – me recriminó medio en broma, cambiando el tema.

– Y Ari – confesé, en un suspiro que pretendía dejar escapar toda la tensión acumulada y al mismo tiempo sonaba agradecido por la nueva dirección de la conversación. – Pero ya les dije que no era cosa mía sino de Kazu… Además… es Gaby – dije. – Ya sabes cómo es. Se le pasa pronto.

– ¿Y qué tal te fue?

– Bueno – resoplé. – No te creas que…

– Rido…

– ¿Qué?

– Sabes que puedo…

– Ah, ya, sí, es cierto – reconocí, al recordar que mi madre era psíquica, como Henkara.

– Pero es verdad – insistí, mientras me acercaba a la mesa y cogía el libro entre mis manos. – No es que haya sacado muchas cosas en claro.

– Buenas noches, maestro – saludé.

– ¿Quién va? – reaccionó el viejo Servais, levantando la mirada del libro que examinaba. – Oh, sois vos, maese Akano – se alegró. – Pasad, por favor, pasad.

– Mañana al amanecer partimos hacia el Sereitei – anuncié. – Venía a despedirme y a darle las gracias por todo…

– No hace falta, amigo mío – respondió. – Somos nosotros los que debemos daros las gracias por todo.

– De todas formas, maestro…

– ¿Sí?

– Me gustaría profundizar en todo este asunto.

– ¿Seguís pensando que se trata de vos? ¿El Portador del Rayo?

– Sí… Pero no es por eso – me corregí. – No.

– Sabéis que bien puede ser una metáfora de cualquier otra cosa…

– Ya, ya – reconocí. – La cuestión es que… Bueno, ya le he explicado mis teorías acerca de este tipo de profecías.

– Ah, sí – recordó.

– No quiero ser una molestia, pero… En ningún otro caso he tenido oportunidad de acceder a documentos escritos que hablen de estos asuntos – alegué, aunque no era del todo cierto: podía acceder a las escrituras que conservaba el viejo Heimdolf, pero no las entendía por el momento. – Sería un gran honor que me dejara acceder a estos escritos.

El rostro del anciano cambió de lo agradable a lo pensativo y volvió a su estado original al cabo de un pequeño silencio en el que su vista recorrió varias veces su escritorio. Al fin, se dejó caer sobre la silla y se recostó en el respaldo.

– ¿Tenéis el libro que os regalé?

– En mi habitación – asentí.

– Traedlo.

Tardé unos pocos minutos en regresar con el pequeño volumen. Iba a entregárselo, pero, en lugar de eso, Servais me ordenó abrirlo. Estaba en blanco. Ni una sola de sus páginas estaba escrita. En mi desconcierto, paseaba mis ojos del tomo al erudito y de este nuevamente al libro mientras balbuceaba preguntas inconexas. El viejo monje se estaba divirtiendo. Se le notaba en la cara. Extendió una mano y yo le entregué el libro.

– ¿Recordáis aquella esperanza que albergaba el joven Kazu?

– Sí – corroboré. – La de que yo fuera… algo – me encogí de hombros. – No me llegaron a decir el qué… y sé que no es lo del “Portador del Rayo”.

– No, eso no – meneó la cabeza, rechazando de nuevo la idea, como la tarde anterior. – No, no… Él no conoce aún la historia. No es eso, no…

– ¿Entonces qué?

– Mientras vivió aquí – comenzó a explicar – compartí con el joven Kazu algunas de mis esperanzas. En más de una ocasión le dije que lo que podría salvar nuestra Asamblea era que llegara alguien del exterior que… compartiera con el resto del mundo lo que hay aquí – confesó. – Alguien que fuera… el “heraldo” de nuestros conocimientos.

– He de decir que sería un honor para mí que…

– Y para mí sería un honor que alguien como vos recibiera esa noble tarea – me cortó. – Pero habéis llegado demasiado pronto – lamentó. – La Asamblea aún no está preparada para abrirse al exterior… y temo que nunca lo esté – declaró con mucho pesar tiñendo su voz. – ¿Quién sabe? – murmuró, con la mirada perdida y un ribete de esperanza abriéndose paso entre sus palabras. – Quizás el nuevo Gran Maestro pueda… pero… No – negó. – Seguramente es soñar despierto… ¿Podríais hacernos un favor?

– ¿Un favor?

– Mañana, durante la invocación matutina – propuso – me gustaría que os dirigieseis a los hermanos y les hablarais de lo que… No – se cortó. – No, olvidadlo…

– Podría hac…

– Olvidadlo, olvidadlo… – insistió. – Quiero haceros un regalo – anunció.

– ¿Un regalo?

Tomó el libro entre sus dos manos y lo elevó a la altura de su pecho, con una mano posada sobre la portada del volumen y otra en la contraportada, como si las extremidades del anciano fueran realmente las tapas del libro.

– El origen del conocimiento es la ignorancia – explicó. – Por eso este libro está en blanco. En el vacío de la ignorancia. La letra, la palabra, el lenguaje, es el vehículo del saber… aunque a veces sobran las palabras.

A medida que iba hablando y filosofando acerca de la relación entre el lenguaje y la sabiduría, dándole vueltas a la misma idea una y otra vez, el libro se había ido iluminando entre sus manos, primero muy tenuemente y con una fuerte luz violácea más tarde. Una vez cesaron sus palabras, también se apagó el brillo y, entregándome el libro, vi que ahora estaba completamente escrito.

– Recordad vuestra promesa y no desesperéis. Llegará el momento en que podáis entregar la luz que habéis recibido – profetizó. – Buen viaje, maese Rido.

– “Al fin de los días, el Señor de la Necedad se alzará sobre el mundo y las tinieblas de la ignorancia cubrirán el verdadero Camino. Pero he aquí que surgirá una luz entre las sombras, que nacerá el Portador del Rayo y convertirá la tiniebla en claridad, la necedad en sabiduría, la noche en día. He aquí que no vendrá de la luz, sino que atravesará el velo de la ignorancia, prendiéndolo con el fuego del Saber encendido en la antorcha de la Razón” – leyó mi madre. – Rido… – me miró, cerrando las tapas del libro. – ¿Esto está hablando de ti?

diciembre 25th, 2009

Akano 23 – Gnoseocracia IV


Akano 23 – Gnoseocracia IV (La cueva)

– Seguidme por aquí, por favor – dijo Servais, posando su taza de té en la mesa e incorporándose.

Aparentemente, la conversación, la revelación que había confesado, haciendo partícipes de mis descubrimientos a personas ajenas a mi círculo más íntimo por primera vez en mucho tiempo, le había devuelto la vitalidad al cuerpo ajado y cansado del anciano monje. Ahora caminaba sin dificultad, como si se viera libre de unas ataduras o un peso insoportable. Pero lo más llamativo era el brillo que traslucían sus ojos, en el que se podía adivinar una renovada sed de conocimiento.

– ¿A dónde vamos?

No contestó. Salimos de la cabaña y atravesamos el poblado hacia una senda que se internaba en el corazón del bosque que tupía la zona norte del antiguo coloso magmático. El camino era estrecho, cada vez más, y la maleza que lo invadía indicaba que no era un itinerario especialmente frecuentado.

Miré fugazmente a Kazu, que se encogió de hombros al tropezarse con mis ojos. Él no entendía lo que estaba pasando ni sabía a dónde íbamos. Seguramente a algo como aquello se había referido su maestro cuando le había dicho que ciertas enseñanzas todavía permanecían veladas para él. Quizá el lugar a donde nos dirigíamos era el lugar donde esos conocimientos se custodiaban.

– ¿Hermano Servais? – saludó una voz extrañada que correspondía a uno de los hombres que había visto la tarde anterior durante el funeral del Gran Maestro. – ¿Qué es esto?

Habíamos llegado a una pared de piedra negra, inmensa e imponente, que ascendía abruptamente desde las lindes del bosque y marcaba su límite. No veía por dónde podría continuar el camino, pero la presencia allí de un vigía era lo suficientemente significativa como para tener que sospechar que la vía no moría allí.

– Lo que ves es lo que es, Rowan – contestó en tono paternal el monje más anciano.

– Pero ellos son… No pueden… – comenzó a protestar.

– Este hombre – me señaló el maestro de Kazu – ha traído importantes enseñanzas. Debemos corresponderle.

El otro monje, que parecía guardar el acceso algún lugar reservado, se llevó a Servais a un lado agarrándole por el brazo. Se alejaron lo suficiente para poder hablar sin que les escucháramos y se enzarzaron en una especie de civilizada discusión cuya intensidad sólo traslucía en los gestos de sus manos, que se agitaban vehementemente. El anciano pretendía quebrantar alguna norma sagrada en un periodo de transición. No es que el conflicto no estuviera justificado.

– El maestro rige la Asamblea – explicó Kazu para hablar de algo al ver que la discusión se prolongaba. – Es el mayor y…

– De todas formas – suspiré. – Hay cosas que no se pueden cambiar así por así… En fin…

Mi frase la cortó un gesto del erudito invitándonos a adentrarnos en una apenas visible grieta que se abría en la gran pared de roca que se alzaba frente a nosotros. Rowan meneaba la cabeza desaprobando mientras pasábamos a su lado, peor se contenía a la hora de expresar verbalmente su desacuerdo con lo que Servais le obligaba a dejar que ocurriera.

Como la tarde anterior, comenzamos a caminar por unos serpenteantes corredores que se adentraban en el seno del volcán. Este era, sin embargo, más estrecho que el que conducía a la cámara funeraria y menos complejo en su discurrir. Pronto desembocaba en dos grandes puertas de piedra totalmente lisa y pulida que nos cerraban el paso.

– Hemos llegado – anunció el anciano, acercándose a la artificiosa pared.

Aquella era la primera vez que hablaba con nosotros desde que había solicitado de alguna forma mi permiso para contarme una “leyenda” y salimos de la cabaña, pero tampoco se explayó mucho, como reservando las palabras para lo que tuviera que contarnos. Así, en críptico silencio, posó su escuálida mano sobre la fría losa y, como si fuera una simple hoja, la empujó sin esfuerzo alguno, despejando así el camino. Una vez cruzó la entrada de la nueva sala, se paró y nos invitó a pasar. Atravesamos el umbral y, con un ruido sordo, sin que nadie las accionara, las puertas regresaron de nuevo a su posición.

– Bienvenidos a la Cueva – proclamó en alta voz.

La tiniebla en la que nos habíamos sumido con el cierre de las puertas murió dando paso a la luz cuando el monje posó nuevamente su mano sobre un saliente en la roca de la pared. Mágicamente, numerosos puntos de luz iluminaron una enorme caverna, dos o tres veces mayor que el lugar en el que habíamos enterrado al Gran Maestro menos de un día antes. Había allí una muy rudimentaria pero magnífica biblioteca labrada en madera que se iba acomodando de forma exquisitamente natural a las concavidades de la gruta, tapizando sus paredes con libros y rollos de pergamino mucho más antiguos que los que contenía su hermana de la superficie.

Dejé escapar casi sin querer una asombrada exclamación ante lo que se cernía a mi alrededor mientras recorría con la mirada las estanterías de madera oscura extrañamente conservadas en un óptimo estado a pesar de lo poco adecuado del ambiente que allí sedaba cita y que cobijaban una espléndida colección de volúmenes de pergamino de apariencia frágil e intocable.

Pero el anciano monje no se detuvo allí ni siquiera el tiempo suficiente como para tomar uno de los libros de su lugar y hojearlo, sino que continuó, a los pocos segundos de hablar, por un corredor que nacía al otro lado de la sala. Miré interrogante a Kazu, que se encogió de hombros y echó andar. Sonreí y meneé lentamente la cabeza: él estaba tan perdido como yo.

El pasillo por el que nos introdujimos entonces discurría por una larga y pronunciada pendiente que semejaba descender hasta el mismo centro de la tierra. Tal era el desnivel que los monjes habían modelado el suelo como una escalera que facilitarse el desplazamiento hasta una nueva gruta, más pequeña, situada uno o dos decenas de metros por debajo de la anterior. Y aquella rudimentaria escalera era, junto con las sepulturas de la tarde anterior, la primera intervención humana en lo que eran los canales y grutas excavados por el magma que había visto.

Ya no había magnificencia en la habitación en la que confluimos, sino que lo que había era ruina, ceniza. El sobrio esplendor de la gran biblioteca que acabábamos de abandonar era ahora desolación provocada por algún tipo de catástrofe. De hecho, los restos cenicientos de algunas estanterías y las varillas carbonizadas que en otro tiempo habían servido de soporte para rollos de pergamino eran el único signo de que aquella sala había tenido en algún momento la misma función que su predecesora.

Pero aquí todo era distinto. Más que admiración, lo que producía aquella visión era un sentimiento de pesar; más que alabanza, pésame. Y a ello se sumaba que la presión, que había ido aumentando a medida que, cuales protagonistas de alguna novela de aventuras, nos íbamos adentrando en las entrañas del coloso de fuego, provocaba una asfixiante y agobiante sensación que en nada ayudaba.

– Hace mucho tiempo, – habló al fin Servais, con aire nostálgico y tristón –no sabría decir cuánto, la tierra tembló y el volcán entró en erupción – explicó. –Los hermanos consiguieron contener el magma en estos conductos, pero…

– No se consiguió salvar mucho – completé.

– Exacto – confirmó. – Conseguimos salvar algunos fragmentos, que están conservados en otras estancias, pero… todo lo demás se perdió en el fuego – lamentó. –No… no podemos saber todo lo que había aquí – confesó. – Los hermanos dejaron alguna reseña, pero todo eran informaciones muy vagas…

– No querrían recordar algo tan traumático – opiné.

– Podría ser – valoró. – Podría ser también que ellos mismos desconocieran el contenido de los escritos… Pero, en cualquier caso, es una lástima – añadió, con tono sombrío, dándonos la espalda y contemplando el desastre. – Tanto saber…

– Hace un rato me dijo que iba a contarme algo – le recordé, con el propósito de apremiarlo. – ¿Era esto?

– Paciencia, amigo mío, paciencia – respondió, volviéndose otra vez hacia mí. – Creí necesario que vierais primero esto…

– ¿Entonces no queda nada? –preguntó Kazu.

– Retazos sueltos, fragmentos inconexos… Y las cartas, algunos trozos de cartas, mejor dicho – contestó. – Fue lo que más pudo salvarse… Nada más… y no hay ningún tipo de recensión… nada.

– Es extraño… – comenté en voz alta.

– ¿El qué? – se sorprendió el shinigami.

– Las cartas del Gran Maestro – aclaré. – Pasando por alto que me extraña que se hayan salvado antes que otros volúmenes que podrían tener más valor así a priori… lo que realmente me escama es que no contentan nada de la doctrina. Aunque… Bueno, – apunté – si todo lo que se conserva es tan amplio como lo que me hizo leer antes… Pero… No sé – me encogí de hombros. – Me parece raro que no se haya conservado nada más… “sólido”.

Una sonrisa cómplice se dibujó en el rostro de Servais, pero no dijo nada, sino que ceremoniosamente levantó el índice de su mano de recha e hizo un levísimo gesto de asentimiento. Prácticamente sólo se movieron sus cejas y sus ojos.

– Veo que vos también pensáis como yo…

– ¿Es ahora cuando nos explicará esa leyenda, maestro? – intervino el oficial de la Duodécima División, con cierta impaciencia.

El anciano volvió a dejar que la quietud se adueñara del ambiente antes de contestar, pero esta vez había poco de teatral. Se notaba que valoraba lo que pasaba por su cabeza y buscaba las palabras exactas para hacernos conocedores exactamente de lo que él quería, sin quedarse corto, pero también evitando proporcionarnos más información de la debida.

– “Al final de los días, el Señor de la Necedad se alzará sobre el mundo” – recitó. – Siempre supusimos que se referiría a que cuando la Asamblea pereciera, se perdería todo el conocimiento que atesoramos – observó, hablando con calmosa lentitud. – Por eso los hermanos comenzaron a poner por escrito nuestros conocimientos y archivándolos aquí – explicó. –Ya sabéis: “verba volant, scripta manent” – apuntó, transformando su sonrisa en un gesto medio irónico. – Cualquiera lo diría viendo esto…

» Empero, – alzó la voz, reclamando de nuevo su atención hacia la realidad – hubo algún problema. Era predecible, si me permitís hablar así – comentó. – Cierto número de hermanos comenzaron a obsesionarse con aquella profecía y abandonaron el verdadero camino… Hubo luchas y contiendas, discusiones enconadas y, al final, el cisma – lamentó.

– La comunidad oriental – me permití adivinar.

– Seguís mi razonamiento, maese Akano – asintió con un gesto de aprobación. –Muchos hermanos emigraron a Oriente y allí se entregaron al estudio de la profecía, – continuó – pero…

Se detuvo un momento con gesto meditativo y se acercó a un lateral de la sala con cautela. Con un ademán lento y delicado, podría decirse que dubitativo aunque no carente de resolución, posó su mano sobre la piedra y un trozo de la pared se desvaneció ante nuestros ojos. Kazu y yo nos miramos sorprendidos e inquietos. ¿Qué clase de magia era esa? ¿Cuántas salas más habría allí abajo?

– ¿Qué ha sido eso? – le pregunté a mi compañero por lo bajo, que sólo pudo responder con un encogimiento de hombros, señal de su ignorancia.

– El estudio de las profecías, como vos las llamáis… – suspiró Servais, que no había escuchado mi interrogante. – Es mejor que lo veáis con vuestros propios ojos – se giró. – Seguidme.

Tras unos instantes de duda fruto del desconcierto, comenzamos a caminar lentamente hacia el nuevo corredor que se había abierto. No entendíamos bien qué ocurría, de dónde provenían aquellos extraños mecanismos o qué pretendía enseñarnos Servais, pero la única forma de averiguarlo era continuar obedeciendo a sus indicaciones.

– Tú no, hijo mío – se volvió el erudito, instando al shinigami de la Duodécima División a que esperar allí.

– Pero, maestro…

– Tú aún debes recorrer un largo camino – indicó. – No así vos, maese Akano.

No pude hacer otra cosa que dedicarle a mi compañero una mirada entre lo incómodo, la disculpa y la extrañeza antes de introducirme en el nuevo pasillo siguiendo al anciano. El conducto, lúgubre, tenebroso, desembocaba en un espacio pequeño y oscuro de atmósfera pesada e inquietante.

– Sé lo que estáis pensando – habló Servais. – ¿Por qué Kazu ha quedado fuera? O quizá os cuestionéis qué es eso de que vos no debéis recorrer el camino.

– Así es, maestro – respondí.

– Vos no pertenecéis aquí – se anticipó. – Esta no es vuestra vocación, vos mismo lo dijisteis hace un rato mientras desayunabais, – recordó – pero hay ciertas cosas que debéis saber. Aunque no las lleguéis a comprender del todo – apostilló. – Kazu, en cambio, ha elegido otro camino y debe respetarlo.

– ¿Aunque ya no viva aquí y sea un shinigami?

– Así es – asintió. –Una vez se ha entrado en esta vía, sólo hay un camino y una dirección – añadió. –Pero no es por eso por lo que os he traído aquí. ¿Podríais encender una luz? – pidió. – Empiezo a notar un ligero cansancio.

Con un gesto de la cabeza me indicó una pequeña lamparilla en el centro de la habitación. Diligentemente, pronuncié las palabras que invocaban una sencilla arte demoníaca que conjuraría una llama sobre el foco. Inmediatamente, la luz bañó la sala y mostró unos estantes excavados en la roca repletos de papiros sueltos, tablillas y rollos de pergaminos.

– Increíble – murmuré entusiasmado.

– Cuando se descubrió la carta que os pedí antes que leyerais – explicó – el Gran Maestro decidió ir en busca de la comunidad de oriente y tratar de recuperar lo que se hubieran llevado.

– ¿Cómo una Cruzada?

– Por cualquier medio necesario, sí, aunque, como comprenderéis, nosotros no somos belicosos – contestó. – En cualquier caso, para cuando nosotros llegamos, ellos también habían desaparecido… Así que nos trajimos todo lo que encontramos…

– Bueno, todo, todo… – sonreí.

– Cierto, cierto – asintió, en respuesta. – La tablilla que encontraron vuestros predecesores. He de reconocer que me sorprendisteis sobre manera con vuestro descubrimiento.

Mientras él seguía explicándome por encima cómo habían encontrado aquellos documentos y los habían trasportado a aquella cámara para que paulatinamente fueran perdiéndose en el olvido, yo me aproximé a un grupo de tablillas sueltas que había sobre la estantería más cercana a mí y que se parecían mucho a la Tabla de los Días Pasados que tantas veces había visto.

– ¿Puedo?

– Aún no – respondió. – Esa es la diferencia entre Kazu y vos. Él podrá un día leerlas por sí mismo, vos, en cambio…

– Ya – suspiré con cierta decepción. – ¿Entonces…?

– ¿Para qué os he traído hasta aquí? – preguntó. – Quería que vierais esto con vuestros propios ojos antes de que escuchaseis lo que tengo que deciros.

– Entiendo… – suspiré, preguntándome cuántas veces había pronunciado el viejo aquella frase en las últimas horas mientras me sentaba en el suelo, como un alumno ante el maestro. – Entonces, por favor, comience.

– Sí, creo que ha llegado la hora –carraspeó. – Vos mismo me dijisteis que esta comunidad podría ser la poseedora de una de esas profecías de las que habéis hablado brevemente hace un momento, ¿cierto?

– Cierto – corroboré.

– De hecho habéis mencionado a un Sabio de los Días que bien podría ser nuestro Sabio primigenio y… de otros grupos que, a vuestro juicio, podrían tener una historia similar a la de esta Asamblea, ¿cierto?.

– Cierto – repetí una vez más. – Y usted, después de negar insistentemente que tenían algún tipo de relación al final lo ha admitido… – añadí.

Una vez más, la impaciencia que estaba empezando a experimentar traslucía en mis palabras, de forma involuntaria pero no por ello menos cierta. Por ello, levanté la mano en señal de disculpa y le invité a continuar con un levísimo asentimiento.

– Reconozco que durante un momento traté de engañarnos – respondió. – Sí. Es cierto – suspiró. – La Asamblea ha recibido unas tradiciones muy parecidas a las que habéis mencionado. Durante mucho tiempo tratamos de silenciarlas – apuntó. – Puede que hasta este momento lo hayamos hecho demasiado bien – lamentó– pero parece que es momento de abrir las ventanas y que entre algo de aire fresco. Gracias a vos, maese Akano. Desde que habéis llegado…

Dejó la frase en suspenso y enmudeció. Con mucha dificultad – parecía que la fuerza que se le había insuflado un rato antes con mi alusión al Sabio de los Días se había agotado –tomó asiento sobre un saliente de la roca y me miró fijamente en silencio. Luego cerró los ojos e inspiró profundamente.

– Bien, es momento de hablar sin tapujos – suspiró. – No tiene sentido haberos traído hasta aquí y no hacerlo.

Con la resignación, pero también la esperanza, tiñendo su voz, el anciano relató de nuevo mucho de lo que me había contado ya a lo largo de toda la mañana, aunque con mucho más detalle. Hablaba sobre todo del cisma, con una afectación tal que por un momento pensé que él mismo había vivido aquella época dentro de la comunidad, aunque luego confirmé que no había acontecido así. Habló también de aquella erupción contenida, de la recuperación de lo poco que había quedado, de la búsqueda de los documentos de la comunidad cismática en Oriente… pero seguía sin responder a la inmensa cantidad de pregunta mudas que se revolvían en mi cabeza.

– No desesperéis – advirtió en respuesta a la impaciencia que se dibujaba en mi rostro. – Necesitaba poneros en antecedentes de una forma adecuada. “Al fin de los días, el Señor de la Necedad se alzará sobre el mundo y las tinieblas cubrirán el verdadero Camino” – recitó. – Esto era lo que queríais oír, ¿cierto? – apostilló. – “Al fin de los días, el Señor de la Necedad se alzará sobre el mundo y las tinieblas de la ignorancia cubrirán el verdadero Camino – repitió. – Pero he aquí que surgirá una luz entre las sombras, que nacerá el Portador del Rayo y convertirá la tiniebla en claridad, la necedad en sabiduría, la noche en día. He aquí que no vendrá de la luz, sino que atravesará el velo de la ignorancia, prendiéndolo con el fuego del Saber encendido en la antorcha de la Razón”.

Terminado el recitado, dejó que las palabras se apagaran entre las paredes de la cueva. Luego, con la misma torpeza con la que se había sentado, se levantó y abandonó el lugar, sin pararse a verter algo de luz ante todas las preguntas que me atropellaban y que me sentía incapaz de verbalizar.

noviembre 28th, 2009

Akano 22 – Gnoseocracia III


Akano 22 – Gnoseocracia III (El sabio de los días)

La mañana llegó subrepticiamente y los rayos del sol que se congregaban para la primera aurora me sacaron del sueño en el que con mucha dificultad había caído después de haber estado dándole vueltas a mi situación con la Cámara y al conflicto que había tenido con Kazu la noche anterior. Me vestí con la túnica carmesí que revelaba mi condición de no iniciado dentro de la comunidad y acudí a un pozo cercano a lavarme. El agua manaba ardiente y no era una sensación especialmente agradable, pero era algo.

Las tripas me rugían. No había cenado y la comida del día anterior había sido muy frugal, la propia de una comida de viaje. La cuestión era encontrar allí un comedor. Era posible, incluso, que no hubiera uno. Al fin y al cabo, comer no era una necesidad básica común en aquel plano de la realidad, a pesar de que fuera lo más cotidiano dentro de la Ciudadela de las Almas Puras.

Quizá, incluso, el hecho de que Kazu hubiera abandonado aquel paraíso del conocimiento podría estar ligado a ello. No era extraño, lo había aprendido con los años, que muchas almas poderosas hubieran comenzado su camino hacia el Sereitei simplemente por la imposibilidad material de saciar su hambre en muchos de los distritos del Rukongai, especialmente los más humildes. Muchos habían ido purificando esos motivos a lo largo de su viaje, otros dentro de la Academia o ya durante el servicio, pero había muchos shinigamis que aún mantenían esa misma razón en lo más profundo de sus motivaciones, especialmente entre los más veteranos.

Vagué sin rumbo por los distintos edificios tratando de encontrar el refectorio. Como ya había intuido la tarde anterior, se trataba en general de talleres o despachos como el de Servais, aunque no todos eran tan austeros como el del maestro de Kazu. Con la sola observación superficial a través de la ventana, que era lo máximo que podía acceder, uno podía hacerse una idea más o menos aproximada de a qué disciplina se dedicaba el monje en cuestión, desde la mera observación de la naturaleza hasta la más avanzada tecnología. Esto último me sorprendió, pues no parecía encajar de todo en el marco, y lo anoté mentalmente para comentárselo a mi acompañante en un momento de tranquilidad.

Pero entre ninguna de aquellas estancias se encontraba el comedor. Había otros edificios más pequeños, sin ventanas, pero con las puertas cerradas. Podría ser uno de aquellos, pero no tenía posibilidades de acceder por el momento. ¿Dónde podría encontrar entonces algo para saciar mi hambre? Tampoco pedía mucho, un poco de fruta y, quizá, un té… Pero lo peor de todo era que no encontraba a nadie que me pudiera ayudar en mi búsqueda. Posiblemente estuvieran entregados a algún tipo de práctica ritual matutina o algo así.

Las tripas me rugieron de nuevo, pero no había forma de ponerle remedio por el momento. No hasta que llegara Kazu o algún otro monje, si es que seguían aceptándome como su huésped. Entendía que el joven shinigami se sintiese traicionado. Había depositado en mí una confianza y unas expectativas de privacidad que yo no había podido o no había sabido corresponder. Había violado ese tácito acuerdo de mantener el secreto, aunque fuera de forma involuntaria, y era lógico su malestar.

Visto el éxito de mi expedición y con esta sensación en mi cabeza, me resigné a volver a mi cabaña en espera de algún tipo de noticia. Sobre la mesa, descansando inocentemente, estaba el libro que el anciano Servais me había prestado la noche anterior. Estuve tentado a tomarlo y abrirlo, pero reprimí mis impulsos iniciales al recordar las palabras del sabio y la solemnidad con que las había pronunciado.

Con aquel gesto, de algún modo, tenía la sensación de haber entrado en un cierto proceso iniciático, catequético, y sabía que debía respetar los tiempos y los límites de mi condición como iniciando. No es que hubiera accedido voluntariamente a aquel itinerario. De hecho, casi me acababa de dar cuenta de aquello. Tampoco me lo habían propuesto. Simplemente lo habían asumido así, como si fuera algo natural. Los monjes me consideraban un novicio y así me trataban: la marginación respecto al resto de la asamblea, el diferente ropaje, incluso la entrega del libro y la mención de que no estaba preparado… Todo apuntaba en esa misma dirección.

Eso tenía una vertiente muy positiva. Era el camino menos traumático para acceder a los conocimientos que pretendía alcanzar durante aquel viaje o para acceder a la biblioteca en cualquier otra situación. A través de aquel proceso catequético podría conocer mejor el funcionamiento de aquella secta. Era, en fin, el mejor medio para imbuirme de toda su doctrina y comprender las profecías y su significado más profundo.

Pero, por otro lado, tenía también unas claras implicaciones negativas. En primer lugar, todo el proceso iniciático supondría un grave retraso en mis planes que ciertamente no me podía permitir. En segundo lugar, no era aquel precisamente el mejor momento “político”. La Cámara y el Gotei 13 no tolerarían una excentricidad más del siempre desafiante Director de la Academia. No hacía ni cuarenta y ocho horas que había recibido serias amenazas de la más alta instancia y no estaba el horno para bollos.

Tampoco era que pudiera satisfacer fielmente las exigencias que supondría la membresía de pleno derecho en una comunidad como aquella. No tenía el tiempo necesario y, definitivamente, mi vocación no era aquella. Había cuestiones, como todo el misterio que la envolvía, con las que no estaba de acuerdo, a pesar de lo atrayente y lo romántico de la idea. El conocimiento, al menos en su mayor parte, debería ser público, accesible… no estar guardado como un absoluto secreto.

Unos pasos en el exterior llamaron mi atención y me devolvieron a mi urgencia alimenticia. Volví a depositar el libro cerrado sobre la mesa y salí de la habitación en dirección a quien fuera que viniera hacia mí. Era Kazu, con cara de llevar despierto unas cuantas horas, aunque todavía algo somnoliento.

– Siento lo de ayer – me adelanté, antes que dijera nada. – Sé que tenía que habértelo dicho antes de venir…

– No… Perdona mi reacción – replicó. – No tenía que…

– Es un asunto complicado – justifiqué. – Me cogió desprevenido y no tuve margen de maniobra – lamenté. – En cual…

– En serio, déjalo – insistió. – No hace falta.

– Vale – acepté. – No habrá algo de comer, ¿verdad?

– ¡Ah! ¡Sí! – exclamó aliviado por el cambio de tema. – Sí, sí, sí… – murmuró rápidamente. – Ven. Por aquí – se dio la vuelta y me llevó a una de las pequeñas cabañas cerradas con las que me había encontrado en mi expedición mañanera. – No es que haya mucho. Ya sabes, no todos aquí… – explicó mientras me presentaba unas piezas de fruta. – ¿Café o té?

– Té, por favor…

Encendió un pequeño fuego sobre el que puso a calentar agua en una vieja tetera a la vez que me indicaba dónde había un poco de pan, mermelada y otros alimentos propios de un desayuno. Mientras esperábamos a que hirviera el agua, seguimos comentando el pequeño malentendido que habíamos tenido la noche anterior. Le expliqué mi discusión con la Cámara de los Cuarenta y Seis la tarde previa a nuestra partida y volví a disculparme por no haberle informado antes. El silbido del vapor al escaparse del recipiente interrumpió, de hecho, el intercambio de asunciones de culpa en que había derivado la conversación.

– ¿Cuáles son tus planes ahora? – me preguntó, mientras se levantaba en busca de las tazas para el té y lo servía.

– ¿Sinceramente? – respondí. – No tengo ni la más remota. Gracias – añadí al recibir mi infusión. – La verdad es que estaba pensando en ello precisamente antes de que llegaras – comenté. – A ver, por lo que habíamos hablado y lo que he visto desde que llegamos… Corrígeme si me equivoco, pero esto se trata de una comunidad iniciática masculina y célibe dedicada al estudio – establecí. – Ahora mismo está pasando por horas bajas. Ya sabes, – apunté – lo del Gran Maestro y…

– No te preocupes por eso – me interrumpió.

– No es que me preocupe – aclaré. – La cuestión es la siguiente. En este tipo de comunidades no suelen hacerse muchos cambios y menos en momentos en los que están… descabezados – dije. – Lo cierto es que no tengo mucho tiempo ni mucho margen de maniobra y… Bueno, tengo la sensación de que tus hermanos de comunidad me consideran algo así como un novicio y que me consideran dentro de ese proceso de iniciación –confesé. – Y… estas cosas llevan tiempo, más tiempo en las circunstancias actuales, supongo. Sinceramente, – apostillé a modo de conclusión – ni tengo tiempo ni creo reunir las… llamémosle… “condiciones” necesarias para pertenecer a la comunidad. Así que… – suspiré – si me preguntas qué es lo que voy a hacer, lo único que te puedo decir es que no tengo la más remota idea.

– Ya veo, ya – asintió. – Pero… ¿puedo hacerte una sugerencia?

– Sí, claro – sonreí, antes de darle un trago al té. – Adelante.

– Permanece aquí la semana que habíamos previsto – propuso. – En un par de días, tres o cuatro como mucho, se elegirá al nuevo Gran Maestro y todo volverá más o menos a la normalidad. Siempre podrías seguir el camino y aprender la doctrina – me dijo con una pasión hasta entonces desconocida en él. – Así…

– Espera, espera, espera – le detuve hablando rápidamente para evitar que continuara. – Para el carro. ¿Me estás intentando captar o algo? ¿No acabo de decirte que no…? A ver, – me paré, viendo que comenzaba a irritarme incomprensiblemente – no vine aquí a hacerme miembro de nada, Kazu. Dejemos las cosas claras – establecí. –Vine porque hay unos datos que me ayudarían en mi investigación y tú me dijiste que…

– Sí, pero para ello tienes que ser uno de los nuestros – reclamó con vehemencia. – Nadie puede conocer la doctrina y las Escrituras si no…

– Lo sé, lo sé – contesté intentando calmar la situación. – Por eso no me dijiste nada. Tenía la esperanza de que estando aquí fuera más fácil, no sé… pero si no puede ser, no puede ser…

– Ya… O sea… que no… – murmuró.

– Oh, sois vosotros…

Con una fingidamente inocente e ingenua sonrisa, la misma con la que me había despedido la noche anterior, el anciano Servais entró en el refectorio en el momento más oportuno de la conversación. Caminaba lentamente, con las manos cogidas en la espalda, y en su rostro no borraba esa expresión que le daba a uno la sensación de que estaba siempre varios pasos por delante de uno.

– ¿Me permitís? –preguntó, sentándose. – Kazu, hijo…

– Sí, maestro – contestó él, apurándose a servir una taza de té para el hombre. – Tenga.

– Gracias – aceptó el sabio. – Así que, maese Rido, ¿habéis leído el libro que os entregué anoche?

– Le he obedecido – respondí con cautela. – El libro permanece cerrado.

– Bien, bien… – comentó, llevándose la taza a los labios. – ¿Sabéis? No he podido evitar escuchar la… –se paró, como buscando las palabras, aunque aquello tenía más de teatralidad que de verdad – conversación que manteníais con el joven Kazu. Ya mi amado discípulo me había escrito acerca de vos y de vuestro interés en conocer nuestras costumbres y nuestra doctrina – observó. – Disculpad su actitud de unos instantes, fui yo quien le motivó a adoptarla –admitió. – Pero..

– No siga, no hace falta – le interrumpí en tono amable. – Capto la idea y la comprendo, créame. Me siento halagado pero…

– Habéis sido engañado, maese Rido – se anticipó. – Habéis sido puesto a prueba…

– Cuando Mitsuko me contó que estabas interesado en hablar conmigo por esto, escribí al maestro Servais y al Gran Maestro pidiéndoles permiso para que conocieras algunas cosas sobre la comunidad – explicó el Oficial de la Duodécima División.

– Y por eso retrasaste nuestra cita tanto tiempo – até cabos.

– Exacto – confirmó.

– La labor de Kazu era despertar vuestra curiosidad – terció el anciano, recuperando la palabra. –Por lo que he podido ver, lo ha conseguido – sonrió.

– ¿Pero por qué?

– El joven Kazu cree que podéis ser vos…

El anciano se paró antes de terminar su frase y adoptó un gesto de autorreproche, como echándose en cara el haberse ido de la lengua. Pero lo había pensado mejor y se había callado. O quizás todo era parte de esa estrategia que subyacía a cada expresión que adoptaba y cada palabra que decía. Quizás también era un engaño para “despertar mi curiosidad”. Y funcionaba. Lo estaba consiguiendo.

– ¿Ser yo quién?

– Oh, nada, disculpad mi indiscreción.

No pude evitar esbozar una media sonrisa irónica ante la actitud del sabio, que había utilizado una postura y una táctica que, pese a lo simple que era o quizás precisamente gracias a eso, era especialmente efectiva para despertar el interés del otro. Yo mismo la utilizaba a menudo en mis clases, especialmente con alumnos que creía que podían tener un potencial especial. Ahora le había dado la vuelta “en mi contra”.

– Ha dicho antes que pretendían ponerme a prueba…

– No tenga prisa, maese Akano – me paró. – El primer paso hacia el conocimiento es la curiosidad – afirmó. – Pero no todo el mundo tiene la misma capacidad para transformar ese interés en un movimiento hacia el verdadero saber. He visto vuestras notas – comentó. – Esta noche, mientras descansabais, uno de nuestros hermanos las copió…

Tuve que reprimir la airada reacción que me estaba pidiendo el cuerpo. Primero la Cámara y ahora esto. Me sentí como violado. Mis notas, mis apuntes, eran parte de mi intimidad más profunda. No sólo eran un reflejo de lo que iba aprendiendo… Eran como una confesión, algo totalmente privado, donde no sólo había datos objetivos, sino también impresiones fruto muchas veces de mis sensaciones y sentimientos. Podía compartirlas con otros, sí, pero nunca antes de madurarlas y meditarlas. Y las notas sobre la comunidad no habían llegado aún a ese estadio “visible”.

– Sé que ha sido atrevido por nuestra parte – dijo, adivinando mis emociones antes de que yo pudiera siquiera expresar mi indignación. – Comprendo vuestro malestar, creedme. Pero vos pretendíais que os reveláramos nuestros secretos más íntimos – añadió. – Entended que necesitábamos conoceros a vos…

– Es justo – acepté. – Pero hay otros…

– ¿Otros medios? Sí, los había –reconoció. – Vos sabéis, empero, que la propia observación influye en el experimento – enunció de forma dogmática. – Si esto es así para las cosas muertas e insignificantes, ¿no va a serlo más para un ser vivo e inteligente como vos, que siente que piensa¿ De ahí que quisiera usar algo más… “objetivo” – razonó, enfatizando la última palabra simulando entrecomillarla con sus dedos.

– Entiendo… – respondí aún no muy convencido, pero viendo que no llegaría a nada si siguiera por el camino del enfado. – ¿Y bien?

– ¿Y bien qué?

– ¿Qué ha descubierto en mis notas?

–Nada que no intuyera ya – respondió. – Son datos incompletos, pero no vais por el mal camino. Hay algo que… – rebuscó en el interior de su túnica unos papeles – me llamó la atención – explicó, mientras hojeaba lo que era claramente una copia facsímil de mis apuntes. – Aquí – murmuró al llegar a donde pretendía. – Aquí decís “grupo de carácter iniciático”… Muy bien… y en letra más pequeña añadís una serie de observaciones muy…

– La separación de la comunidad durante la celebración, los distintos ropajes, el secretismo acerca de la doctrina… – recité de memoria. – Son cuestiones que he ido viendo y que…

– Sí, sí – me detuvo. – No hace falta que os expliquéis. Como digo, toda esta… precisión y dedicación por anotar lo que veis y lo que pensáis de las cosas habla excelentemente de vos. No, no me refería a esos datos de todas formas – aclaró. – Me refería… A ver… – recorrió la hoja con un dedo y se paró al llegar a un punto determinado. – Ah sí – anunció, mostrándomelo. – Después de una lista más o menos extensa os preguntáis: “¿Acceso a la profecía?” – leyó en alto. – He de confesar que en este punto no he sido capaz de seguiros – añadió. – ¿Profecía? ¿A qué os referís?

Aquella pregunta me cogió algo desprevenido y le miré extrañado. Traté de buscar en su rostro aquel gesto medio irónico con el que había permanecido durante toda la conversación y que daba a entender que sabía más de lo que dejaba ver, pero no había nada de ello en su expresión. No pude evitar, entonces, que me invadiera una ligera desazón por lo que todo aquello podía significar, pero intenté no darle más importancia.

Aún así no podía hacer otra cosa que cuestionarme por si aquella misión había sido o no un fracaso. Era cierto que yo mismo me había dado por satisfecho la noche anterior con lo que había visto y que había dicho que eso ya de por sí solo haría que el viaje mereciera la pena, pero también era cierto que esperaba encontrar allí una nueva pista que me condujera a un conocimiento más profundo de las profecías, de Nadie y de lo que fuera que estaba detrás de todo aquello y que cada vez parecía más grande.

Pero ¿y si aquella secta no poseía realmente ninguna profecía? ¿Y si no era uno de esos grupos como los Wolf, la pequeña civilización que vivía en Midgaard o los clanes nobles como los Ashartîm? ¿Y si esto no había sido más que un error en mis investigaciones, un paso en falso? O quizás era otra cosa. El carácter científico y cientificista de aquel grupúsculo podría haber levado a que se perdieran o se difuminaran unas enseñanzas tan poco acordes con su filosofía como era una profecía. Sí, quizás esto podía llegar a convertirse en un interesantísimo ejercicio de exégesis, en sentido inverso al habitual, pero exégesis al fin y al cabo.

– Es una cuestión un tanto larga y compleja de explicar – respondí tras meditar lo que iba a decir –pero intentaré hacerlo de la forma más sencilla y sintética que pueda. Sí sería bueno en cualquier caso que pudiera hablar con algún tipo de cronista de la comunidad o algo por el estilo – advertí.

– El Gran Maestro y el hermano Servais son los únicos que se dedican al estu… – comenzó a señalar Kazu, que se había anticipado a su mentor como si quisiera reivindicar su presencia en una conversación en la que había intervenido más como mero espectador que como participante. – Bueno… ahora sólo él – se corrigió.

– Las mentes jóvenes piensan más en el futuro que en el pasado – sonrió el viejo. – ¿No creéis, maese Akano?

– Al menos esa es mi experiencia, – corroboré – aunque no en todos los casos.

Mi preocupación iba en aumento. Si Servais De Maistre, así se llamaba, era el único historiador que quedaba en la comunidad y había reaccionado de tal forma ante la mención de una profecía, mal íbamos. ¿O sería un paso más que había dado a lo largo de su estrategia? La verdad es que si algo había aprendido de aquel hombre era a no hacer suposiciones sobre lo que podía saber o no saber. Aún así, siempre me quedaba aquella esperanza de que, si realmente eran desconocidas para él, las enseñanzas que buscara estuvieran ocultas por los fríos datos de la ciencia.

– Os escucho, pues – me invitó el anciano.

– Bien, ¿por dónde empezar…? – resoplé. – Como seguro que conoce bien, las fuentes nos dicen de que tras el Gran Estallido el Rey envió a este mundo a los llamados Fundadores, que organizaron en gran parte la Sociedad de Almas tal y como la conocemos – expliqué. – Pero también nos hablan de que la misión de los Fundadores pudo ir más allá de las murallas del Sereitei.

– Leyendas – comentó el anciano con un cierto desdén oculto tras el exquisitamente cortés tono en el que solía hablar.

– Leyendas, sí, – reaccioné con rapidez – pero son las únicas fuentes que disponemos. Creo que coincidirá conmigo en que si prescindimos de las fuentes perdemos la objetividad – apunté. – Sí, es cierto, debemos interpretarlas, pero son nuestro único vínculo objetivo con el pasarlo. No podemos despreciarlas sólo porque ya no encajen con nuestra forma de ver la realidad… Perdón – me interrumpí cuando me di cuenta de que comenzaba a adoptar el mismo tono que cuando daba clase. – Cuando me pongo a hablar de estas cosas a veces me lanzo y…

Mi espontánea corrección pareció gratificar a Servais, que recuperó ligeramente la sonrisa que medio se había desdibujado en un rostro que paulatinamente se había vuelto más serio. Con mi disculpa, el anciano volvía a recuperar la iniciativa y la posición de maestro en nuestro diálogo y eso le tranquilizaba y le hacía sentirse más cómodo. Se desenvolvía mejor en el papel del sabio que imparte la doctrina, con aquel estilo tan peculiar, casi socrático, que en el del oyente, como si fuera él el discípulo que debía aprender del otro, sobre todo si lo que el otro le decía no encajaba demasiado en sus esquemas. Si había de escuchar a alguien, mejor le era hacerlo desde el púlpito del maestro que desde el pupitre del discípulo

– Interesante punto de vista el vuestro – contestó al fin. – En honor a la verdad, empero, no estoy de acuerdo por completo con vos. Vos mismo afirmáis que debemos interpretarlas, ¿pero no es esa interpretación en sí misma algo subjetivo? ¿Una… invención, por usar vuestras palabras? – inquirió, como si más que dirigiéndome una pregunta estuviera reflexionando en alto. – ¿En base a qué interpretamos esas fuentes?

– Esa es, con todos mis respetos, la gran responsabilidad que tenemos los historiadores – me adelanté a contestar, aún a sabiendas de que las suyas eran únicamente preguntas retóricas – y especialmente nosotros, los profesores, de una aspirar a una formación adecuada.

– Bien, bien… Pero entonces reconocéis que debemos usar hechos objetivos y definitivamente para interpretar esas… ensoñaciones que vos llamáis fuentes – insistió Servais.

Aunque su oposición a considerar mis teorías como válidas parecía firme, había algo en su forma de hablar, en su tono, que me llevaba a pensar en que era algo que sabía con la cabeza pero que no acababa de asumir del todo. Quizá había encontrado la primera grieta en la cuidadosamente labrada fachada de intocable distancia que había ido esgrimiendo el anciano en todo el conjunto de nuestra conversación. Posiblemente había dado con un punto débil que me serviría para acabar de convencerle o, a lo mejor, lo que ocurría es que me había topado con la prueba de que seguíamos jugando al gato y al ratón y todavía estaba en aquel plan de “engañarme”.

¿Pero engañarme para qué? Antes parecía haber deslizado algo de información involuntariamente. Algo que había perdido de vista hasta aquel momento. Si mi impresión de que todo aquel escepticismo acerca de mis “leyendas”, como él las había llamado, era cierta, bien podía que aquella mención a una cierta esperanza que albergaba Kazu sí supusiera la existencia de algún tipo de profecía. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Aunque decidí era mejor seguirle el juego al viejo, no pude evitar esbozar una sonrisa sarcástica y menear levemente la cabeza en señal de desaprobación hacia mí mismo.

– Pero en fin… – suspiró tras un breve y dramático silencio. – Dejemos aparte estas consideraciones metodológicas. Proseguid – me animó. – Proseguid con vuestra… “historia”.

– Sí, bien… – carraspeé. – La cuestión, decía, es que la labor de esos Fundadores, o como queráis llamarlos, – concedí – no se limitó sólo al Sereitei, aunque hasta hace poco lo creíamos así. Los documentos que conservamos no afirman nada de ello, pero he podido conocer ciertos testimonios, tradiciones, que hablan precisamente de esto – expliqué. – Sí, es cierto, acabo de pasar de fuentes y documentos escritos a tradiciones orales, que es algo mucho más cambiante y menos… tangible y objetivo, – acepté, anticipándome a una más que probable objeción – pero la cuestión es que proceden de grupos muy distintos y sin contacto entre sí o con la Sociedad de Almas que, sin embargo, coinciden en señalar unos hechos muy interesantes.

» Es cierto que no están exentos de fantasía, pero estas tradiciones concuerdan en hablar de un padre fundador que formó el grupo, adiestró o transmitió sus conocimientos y luego se marchó dejando tras de sí una especie de profecía – expuse. – Ya no es sólo la coincidencia a nivel “estructural”, sino que a juzgar por lo que me dijeron los que me las transmitieron, proceden de una época muy parecida, más o menos la misma que las Tablas de los Días Pasados.

– ¿Las Tablas de los Días Pasados?

– Sí – confirmé. – Unas tablillas de madera que hablaban de un tal Sabio de los Días y relataban la historia del Gran…

– ¡Espera!

El gesto del anciano monje se crispó súbitamente. Su ceño se frunció en torno a unos ojos abiertos como platos que coronaban un rostro enrojecido por la afluencia de sangre a su cabeza. Había perdido la compostura. Incluso había dejado atrás, seguro que de forma involuntaria, aquel tono exquisitamente cortés que le hacía llamarme de vos de una forma un tanto anacrónica y había comenzado a tutearme en un arranque de inusitada vehemencia. Pero, pese a su apariencia, su agitación era más bien producto de la sorpresa que de un enfado. No había rabia en su mirada, sino estupefacción.

– ¿Le has contado algo, Kazu? – se giró frenéticamente hacia su discípulo. – No, claro que no – se contestó a sí mismo. – Esas enseñanzas todavía te están veladas… Entonces… Esperad aquí – añadió nerviosamente tras un pequeño silencio valorativo. – Kazu, haz el favor de servirle otro té a maese Akano mientras yo voy a…

No completó su frase. Salió con prisa y con una agilidad inimaginable en un hombre que hacía unos instantes había mostrado dificultades para moverse siquiera. Regresó unos minutos después con un librillo entre sus manos y lo hojeaba inquieto, buscando algo en concreto que no daba encontrado.

– ¿Ha sido una impresión mía o habéis mencionado al Sabio de los Días? – me preguntó sin levantar la vista del tomo.

– Sí – ratifiqué.

– Pero no dijisteis donde se encontraron esas… ¿eran unas tablillas? – preguntó. – ¿De madera?

– S… Sí… Unas tablillas de madera – contesté sin entender la importancia de todo aquello y el cambio que se había operado en el monje. – Las encontraron en unas montañas, al Este de…

– Interesante…

– Aún no entendemos cómo llegaron allí, de todos modos – confesé. – No parece que…

– ¿Haríais el favor de leer aquí? – me interrumpió, poniéndome el libro delante y señalándome un párrafo en concreto.

– Cómo no… – dije, limpiándome las manos con el traje y tomando el libro. – “Yo, Leonidas, Gran Maestro de la Asamblea de los Días Venideros, he decidido enviar una copia del legado que nos legó nuestro padre, el Sabio primigenio, a la comunidad del Oriente (…) Aquí concluye el…”

– Bien, hasta ahí – sonrió el anciano, recuperando de mis manos el volumen.

– ¿Debo identificar a ese Sabio Primigenio con el Sabio de los Días?

– Veo que comprendéis lo que quería decir – sonrió. – Puede que realmente Kazu tuviera razón – valoró. – ¿Aceptaríais que fuera yo el que os propusiera ahora una… “leyenda”?

noviembre 20th, 2009

Akano 21 – Gnoseocracia II


Akano 21 – Gnoseocracia II (Contratiempos)

– Pues mira tú, y yo que creía conocer bastante bien el sector Oeste… – rezongué. – Pero esto… esto sí que no me lo esperaba.

– Tampoco es que sea fácil llegar – observó Kazu agudamente.

– Tampoco, tampoco – asentí. – Tienes razón, quizá por eso sea tan hermoso…

Me había detenido un momento a contemplar semejante vista con la que acabábamos de toparnos. Allí, casi en el extremo de los terrenos que pertenecían a la jurisdicción de los shinigami, nos habíamos encontrado con una gran explanada oculta en el cráter de un volcán inactivo desde hacía milenios, incluso podría ser que desde la misma Creación. En donde se suponía que antes debería haber un mar de fuego, se alzaba ahora un fértil bosque de robles y castaños.

El único vestigio de la antigua naturaleza del lugar eran las fuentes termales, que fluían por doquier inundando el aire con su vapor, y las piedras basálticas, negras, brillantes, que habían servido de base en la construcción de la mayor parte de los edificios de la pequeña aldea, por llamarla de alguna forma, que se alzaba en el interior de la boca de la montaña.

– Y cruel – me quejé en bajo en un tono mucho menos alegre que en el que había afirmado las bondades del lugar.

Era cruel sin duda. Aunque no quise exteriorizar mis sentimientos, Kazu no tenía por qué pagar los platos rotos de nadie, no pude evitar reparar en cómo y dónde había terminado mi última expedición por el Rukongai. Como siempre, la Dama Fortuna tenía reservadas sorpresas poco agradables para mí y se empeñaba en recordarme aquello.

Al fin coroné. Ante mí, un abrupto cráter dominaba la escena. El descenso hasta una cornisa segura se hizo todavía más difícil que la subida pero tenía que hacerlo, porque no llegaba a ver qué había bajo mis pies más que en lejanas sombras ocultas por una nube de ceniza y vapores. Por unas pequeñas grietas se fugaba aire que parecía haber salido del mismo interior de la tierra, como si el infierno se hubiera decidido a penetrar en la tierra.

Estaba enfrascado en el descenso. No existía nada más en aquel momento. Temeroso, puse mis pies en una cornisa bastante amplia pero aparentemente inestable y me tumbé, para asomar la cabeza y comprobar qué era lo que estaba ocurriendo en el fondo del cráter.

Entonces la vi. Había cambiado su habitual uniforme por una vestimenta mucho más provocadora. Había renunciado a la parte inferior del uniforme y se había contentado sólo con la pieza que cubría su torso, a la que le había cortado las mangas. También habían desaparecido los guantes y su pierna derecha lucía un complicado vendaje desde la mitad del muslo hasta el tobillo, aunque no parecía que estuviera herida.

Iba a llamarla, pero pronto me di cuenta de que no sería una buena idea. Aún a pesar de la distancia y de la perspectiva se notaba que estaba sumamente concentrada y, en el medio de una batalla que parecía decisiva, se esforzaba en repeler los continuos ataques de la bestia que ocupaba el lugar de su oponente.

Se trataba de un ser de figura monstruosa, con unos enormes cuernos blancos como el más reluciente marfil que coronaban un corpulento cuerpo mitad humano mitad taurino. Aquel ser mitológico debía ser, sin duda alguna, Vilnya, el caprichoso espíritu que encarnaba la Zampakutou de Nalya. Sus manos tenían unas uñas tan afiladas que parecían verdaderamente las zarpas de un animal salvaje y portaban un enorme martillo que podría destruir los muros del Sereitei con un solo golpe. Entre carcajada y carcajada, la bestia dejaba entrever una larguísima fila de punzantes colmillos que desafiaban con su radiante blancura la oscuridad de su pelaje.

El combate era feroz y encarnizado, como correspondía a la naturaleza animal de los dos contendientes. Las estocadas, cornada, zarpazos y martillazos iban y venían y la igualdad entre ambos era absoluta, como si se conocieran a la perfección, como si aquel enfrentamiento llevara produciéndose desde los comienzos de los tiempos, de forma que los ataques de cada uno ya resultaban familiares y predecibles para su rival.

Cerré los ojos y aparté de mí aquella escena con un meneo de cabeza. Ahí estaban otra vez, pero estaría preparado. Si querían jugar, jugaríamos; pero lo haríamos según mis reglas. Esta vez no estaba dispuesto a dejarme caer en aquella espiral destructiva a la que solían arrojarme mis demonios. No iba a darles aquel gusto. No iba a dejarme vencer.

– ¿Vamos?

– Tú primero – sonreí con una cierta determinación. – ¿A dónde vamos?

– A presentar nuestros respetos al Maestro.

– Me parece justo – comenté, caminando tras él a través del camino.

Me llevó hacia el edificio central de aquel poblado. Mi seguimiento era una acción casi mecánica, porque estaba enfrascado en mis pensamientos. Por un lado repasaba mentalmente las notas que había tomado junto a él, para estar preparado para lo que venía. Por otro, me preguntaba cómo no había salido el tema de que la comunidad estaba situada encima de un volcán, un dato bastante curioso. Tampoco es que hubiéramos entrado en profundidad a detalles geográficos, pero algo así habría llamado la atención.

Atravesamos el bosque, muy parecido a los de la Galicia donde había pasado mis días mortales y nos adentramos por fin en el núcleo. Las construcciones, al menos aquellas que quedaban a la vista, eran pocas, no más de diez o doce, y muy pocas de entre ellas parecían aptas para vivir. Tenían más bien apariencia de almacenes, talleres u otras dependencias del estilo. Ninguno parecían casas o viviendas.

No me sorprendía, los miembros de aquella comunidad, y esto sí que lo había averiguado a lo largo de aquellas reuniones previas, abrazaban el celibato. No se casaban. No tenían descendencia. La “secta” se nutría a partir de la gente que llegaba desde el mundo mortal o de viajeros que osaban viajar a través del Rukongai, los menos. Precisamente por ello, era una comunidad reducida, no más de unos treinta monjes que abarcaban todo el espectro de edades posibles en el mundo de las almas y no eran necesarias las viviendas independientes propias de la institución familiar.

Lo cierto es que, por lo que había entendido, tampoco es que hubiera tiempo allí para las exigencias y las “distracciones” que imponía la vida familiar y la vida social. Allí la vida estaba consagrada de forma exclusiva al estudio y el estudio, a fin de cuentas, era la vida. Aquel era un ideal que no dejaba de resultarme atractivo, sobre todo en los últimos tiempos, pero lleno de carencias, sobre todo si lo valoraba en frío.

Aquella construcción a la que nos dirigíamos y que dominaba el centro de toda aquella aldea-cenobio era de forma circular y constaba de una única sala, que era, sin embargo, tan grande como cualquiera de los Cuarteles que alojaban a cada una de las Divisiones del Gotei Trece. Se organizaba en círculos concéntricos de enormes estanterías, altas como las torres más altas del Sereitei, tanto que, cada cierto número de pisos, había unas plataformas bastante amplias que permitían el acceso a esos niveles superiores. No sé cómo estaba organizada aquella biblioteca pero, de seguro, el bibliotecario tendría mucho trabajo allí.

Cada uno de los anillos de libros estaba dividido en ocho sectores idéntico mediante otros tantos pasillos radiales que partían de las puertas que daban acceso a aquella especie de templo desde el exterior y confluían en el centro de la sala, donde se situaba una mesa redonda que giraba en torno a un enorme facistol que sostenía un gran tomo indudablemente antiguo.

Sin embargo, nadie se sentaba en la mesa y, mucho menos, en la gran sede que acompañaba al gran atril. De hecho, sólo había allí dos hombres que hablaban entre sí con gesto un poco alterado aunque manteniendo un tono que no pasaba nunca del cuchicheo. Este hecho debió sorprender a Kazu, que aceleró el paso a la par que me indicaba que esperara un momento quieto donde estaba. Algo no iba sobre lo previsto, estaba claro.

Los dos sacerdotes salieron al encuentro del Oficial del Duodécimo Escuadrón y se fundieron con él en un abrazo tan largo y emotivo como silencioso. El gesto era lo suficientemente expresivo. Si la sede vacante era motivo de aquellas reacciones, entonces sólo podía haber una explicación: el Gran Maestro había fallecido no debía hacer mucho. Nuestra llegada no podía ser más inoportuna.

Estuvieron un rato hablando entre los tres, seguramente poniendo al tanto a mi acompañante acerca de lo que había ocurrido. Casi de manera inconsciente desvié mi mirada hacia los libros que había en la estantería más cercana a mi izquierda y comencé a pasear la vista por sus lomos. Poco a poco me fui acercando a ellos y tomando alguno en las manos.

Estaban encuadernados muy rudimentariamente, con pergamino e hilo. No significaba, sin embargo, que fueran tomos antiguos, de hecho, a juzgar por el color del pergamino, del papel y el olor a tinta que desprendían sus páginas aquellos volúmenes debían ser aún relativamente recientes, sobre todo en comparación con el grande que dominaba la sala. Seguramente aquel era el que debería leer.

Pronto llegué a la conclusión de que la biblioteca no seguía ningún tipo de organización temática. El libro que había tomado entre las manos contenía, por ejemplo, observaciones sobre el cambio del clima en un determinado periodo de tiempo. No era excesivamente importante para mí en cuanto a su contenido, pero sí era muy interesante ver la delicadeza con la que el que había escrito aquello había anotado sus consideración. Junto a ese tomo había un estudio sobre los rudimentos de las artes demoníacas que me hizo llevar el pensamiento a Db.

– ¿Rido? – me llamó al fin Kazu en un susurro.

– Voy – anuncié desde mi posición.

Dejé el ejemplar que tenía entre manos en su lugar, eché un último vistazo a la estantería y me dirigí al encuentro de mi compañero de investigación. Fui tras él y los otros dos monjes, que habían echado andar por un pasillo de esos que confluían en el altar-scriptorium que discurría casi opuesto al que nos había llevado hasta allí.

– El Maestro ha muerto – me dijo al oído el shinigami, confirmando las sospechas. – Parece que lo van a enterrar ahora. Siento que…

– No, no te preocupes – le paré con una sonrisa tranquilizadora.

Nos condujeron hacia una gran construcción tumularia que se hundía en la ladera sur del volcán. A la entrada se había congregado una buena parte de la comunidad y al fin pude entender perfectamente por qué Kazu le había pedido a su hermana y a Gaby, quien estaba en mis planes iniciales para unirse a la expedición, que no acudieran a este viaje. No era el secretismo con el que mi antiguo alumno quería llevar toda aquella operación, ni que el carácter tan guerrero de las dos mujeres supusiera demasiado contraste con la erudición que reinaba en el lugar. El verdadero motivo era que aquella era una comunidad únicamente masculina.

– Por eso no vinieron – confirmó él, en respuesta a la mirada inquisitiva que le había dedicado.

Uno de los miembros de la secta me indicó en silencio que entrara en una pequeña habitación lateral, donde había una túnica carmesí. Entendí claramente el mensaje. Me cambié y salí de nuevo en busca del grupo. Kazu también había trocado sus vestiduras por unas idénticas a las que llevaba el resto de miembros de la comunidad, ocres y negras, pero él llevaba además un manto blanco que le cubría los hombros y la cabeza a modo de capucha..

Todos a coro unísono entonaron un cántico que hacía recordar la antigua tradición monástica del mundo mortal, pero con unas resonancias de carácter un tanto arábigo que conferían a la melodía un exotismo especialmente embaucador, bello y sugerente.

Así, acompañados por aquella elegía en forma musical, se adentraron en el seno de la montaña-mausoleo a través de pasillos mal iluminados con antorchas. Yo los seguía a una distancia prudencial, consciente de mi papel como no iniciado que venía marcado por la diferencia en el vestir. Las paredes redondeadas del corredor indicaban que, seguramente, se habían aprovechado los antiguos conductos magmáticos del titán durmiente.

El camino serpenteaba, a izquierda y a derecha, arriba, abajo… Transcurridos unos cuantos minutos había perdido completamente la orientación, pero no me preocupaba. Yo seguía abandonado a la escucha de aquel cántico profundo y meditativo, al ejemplo de los grandes réquiems gregorianos, y me dejaba llevar por la guía del grupo que me precedía.

La melodía se detuvo en cuanto llegamos a una gran cavidad excavada en el interior del volcán por la lava a lo largo de muchos siglos y que ahora hacía las veces de cámara funeraria. De ello daban buena cuenta las pequeñas aunque numerosas lápidas cuadradas que sembraban la planta elipsoidal de la estancia, donde, a juzgar por el tamaño, los cuerpos se enterraban verticalmente, una práctica un tanto extraña y curiosa. El brillar de las antorchas sobre la superficie perfectamente de aquellas losas sepulcrales llenaba el aire de reflejos carmesíes que se unían a la luz que emanaba de las propias teas para iluminar las paredes de la habitación.

En aquellos muros suavemente curvilíneos, trabajados por la acción de la sabia naturaleza a lo largo de tantos siglos, se habían horadado unos nichos totalmente distintos a los del suelo. Estos eran alargados y dispuestos de tal forma que el enterramiento se hacía según la costumbre más habitual, es decir, en horizontal. A juzgar por el número y por su disposición, se trataba de las sepulturas de los Grandes Maestros.

Allí los más ancianos de entre los sacerdotes presentes quemaron incienso y otras esencias alrededor del sarcófago que contenía los restos mortales del hombre que había dirigido la comunidad hasta entonces. Mientras tanto, el resto entonaba a coro un nuevo cántico, este mucho más recogido y más nostálgico en sus melodías que el anterior, aunque en sus notas aún brillaban de vez en cuando ciertos rayos de esperanza. Sería muy interesante analizar qué decían, pero cantaban en un idioma que me resultaba ininteligible.

Cesó nuevamente la música y el ataúd fue trasladado por los cuatro más jóvenes, entre ellos Kazu, hasta el hueco que le serviría de lugar para su eterno descanso… al menos hasta su reencarnación en el mundo mortal. Junto con la salida, aquel fue el único rito que se perpetró en absoluto silencio, un mutismo absoluto que se mantuvo hasta que volvimos a ver la luz del día sobre nuestras cabezas.

La comitiva se deshizo allí. Poco a poco, los monjes se iban de nuevo a sus labores cotidianas y fueron pocos los que se pararon a saludar a mi antiguo alumno. Incluso alguno lo miraba con un cierto recelo, no tanto como el que me dedicaban a mí, en cualquier caso. Teniendo en cuenta que en mis dos expediciones anteriores había acabado con una espada en el cuello como poco aquello era un progreso considerable. Hice amago de intentar recuperar nuevamente mi atavío como shinigami, pero Kazu me detuvo y me llevó a un aparte.

– Lo… Lo siento – se disculpó.

– ¿Lo sientes? – contesté. – No tienes que disculparte de nada.

– Ya, pero…

– Esto no lo podíamos prever – le recordé. – Así que… – suspiré. – Bueno, es lo que hay.

No creí conveniente ni prudente en aquella situación explicarle que el haber podido presenciar todo el rito y participar de algún modo en una ceremonia tan particular como aquella ya era para mí un privilegio suficiente como para justificar el viaje. Podría sentarle mal, dado el contexto, así que callé.

Cierto era el motor principal de aquellos viajes era el estudio de las profecías que había ido descubriendo en las tradiciones del clan Wolf, de Midgaard y de los Ashartîm. A través de lo que había ido avanzando en mis estudios sobre el tema y de lo que Kaiser me había revelado en los meses anteriores, había establecido una relación entre aquellos crípticos mensajes casi apocalípticos y la formación de Nadie.

Pero no era menos cierto tampoco que esos estudios acerca del grupo terrorista suponían la excusa perfecta para saciar una sed de conocimiento en un área, la antropología cultural, que me había comenzado a interesar muy recientemente, a raíz precisamente de aquellas investigaciones y que no tenía mucha oportunidad de alimentar. Así que no sólo me había embarcado en aquella expedición por lo que el conocimiento de aquella comunidad pudiera aportar a la causa a la que había dedicado mi vida a lo largo de tanto tiempo, sino que el conocimiento en sí mismo de aquellas otras formas de vida era un fin en sí mismo.

Por eso, aunque pareciera a simple vista que lo que habíamos venido a hacer al volcán se había frustrado, no estaba para nada contrariado. Me sentía, de hecho, satisfecho con lo que había conocido hasta entonces. Había confirmado algunas de mis suposiciones y corregido otras y había averiguado nuevos datos que me permitían formular hipótesis posiblemente más adecuadas. En cualquier caso, para hablar de conclusiones válidas, tendría que examinar las Escrituras.

– ¿Qué hacemos, pues? – le pregunté a Kazu, cuya mirada estaba perdida en un horizonte mucho más allá que los hombres sobre los que se habían posado sus ojos.

– ¿Qué? – sacudió rápidamente la cabeza, volviendo a la realidad. – Perdona, estaba…

– Nada, nada… – sonreí, tranquilizador. – Nada, no te preocupes. Mira… A lo mejor es mejor que pospongamos todo esto – valoré. – Me vuelvo a la Academia y ya en otra ocasión…

– No, no – me cortó, rechazando esa posibilidad. – Ahora que ya estamos aquí, no vamos a… ¿Qué pasa? – inquirió. – ¿No quieres…?

– Quiero, quiero – confirmé. – Lo que no quiero es molestar. Y la verdad es que no es el mejor momento.

– Ah, no tranquilo por eso… – contestó. – Lo que sí… Mejor lo dejamos para mañana.

– Bien, como quieras – acepté.

– De todas formas… Quiero que conozcas a alguien – anunció.

– De acuerdo – asentí. – Detrás de ti.

Me llevó a una de las construcciones más pequeñas que circundaban la gran biblioteca central y que había identificado con talleres en mi primer paso por el poblado. Allí se paró a hablar con un monje anciano, muy anciano, de luenga barba blanca y pobladas cejas en contraste con su cabeza pelada. No recordaba haberlo visto durante la ceremonia, lo cual era extraño, pero tampoco le di mayor importancia. Los gestos entre ambos, que yo observaba desde una respetuosa lejanía, hacían ver lo motivo de la conversación, que terminó con un expresivo abrazo. Luego me invitaron a acercarme.

– Rido, te presento a Servais, mi maestro – anunció el shinigami. – Maestro, este es Akano Rido…

– Ah, – le interrumpió cuando iba a recitar mi rango en la Academia – el joven Kazu me ha hablado largamente de vos – saludó con anacrónica cortesía.

– Es un honor – correspondí.

– He oído que sois un erudito en busca de respuestas – comentó, yendo directamente al grano.

– No sé si son respuestas lo que busco – sonreí. –A veces pienso que prefiero encontrar m´s preguntas.

Aquel comentario provocó una sonora carcajada en el anciano, que meneó levemente su cabeza en un gesto un tanto ambiguo que tanto podía significar aprobación como todo lo contrario. Se dio la vuelta y caminó, no sin una cierta dificultad, hacia el interior del pequeño edificio. Ante nosotros, que lo seguimos, se abría una habitación pobremente iluminada, con un escritorio minúsculo de madera apolillada, una sillita con pinta de ser bastante incómoda, algún que otro libro y papeles sueltos aunque bien ordenados. Todo hablaba de un profundo espíritu ascético, de austera y abnegada dedicación.

– Qué envidia…

Kazu me miró entre extrañado y divertido ante las palabras que se habían escapado de mi boca, pero no dijo nada. Tampoco hacía falta. Servais se giró de nuevo hacia nosotros, me miró y luego posó los ojos en su discípulo. Tampoco habló, sólo mantuvo esa sonrisa pacífica y tranquilizadora con la que nos había recibido. Con sus dedos recorría el lomo de uno de los libros que estaban separados sobre su mesa. Al final lo cogió, lo abrió, asintió y, cerrándolo, me lo dio.

– No lo abráis – sentenció, deteniendo un movimiento instintivo por mi parte al posar una de sus huesudas manos sobre la portada del volumen. – No aún. No estáis preparado.

– ¿Entonces por qué me lo da?

– Anochece – dijo, volviéndose hacia la ventana. – Es tarde ya para historias. Kazu, hijo, – le miró – acompaña a Maese Akano a la hospedería.

– Sí, maestro – asintió dócilmente el joven.

Varios minutos después, me había acomodado en una habitación relativamente grande en la que había sitio para alojar a más de una persona. Mi acompañante me había dejado solo, así que ahora, en silencio, aprovechaba para meditar, recapitular el día, examinarlo y prepararme para la jornada siguiente, que prometía ciertas sorpresas.

En una esquina de la habitación había una mesa de madera de castaño sobre la que titilaba la luz de un rudimentario quinqué. Tomé asiento y saqué mi cuadernillo de notas del pequeño petate que había traído conmigo. Lápiz en mano, anoté sintéticamente lo que había visto allí en las horas previas: los edificios, las peculiaridades de la comunidad, el rito fúnebre…

Luego comparé lo que ya sabía con la nueva información que había recibido. Tenía la mosca detrás de la oreja con algunas cuestiones de peso que Kazu me había ocultado, ya fuera deliberadamente o no. Estaba el hecho, por ejemplo, de que fuera una comunidad íntegramente masculina o la ubicación de la aldea en un volcán, aunque a esto último no le di mucha importancia. Él no tenía por qué saber qué había ocurrido con Nalya.

Pero, definitivamente, esos vacíos de información eran bastante inquietantes. ¿Qué es lo que pretendía? ¿Por qué él, un hombre de ciencia y que, por tanto, debía saber de la importancia de los datos, me estaba ocultando cosas? ¿Y si…?

– Paranoias mías – me corté, pensando en alto.

– ¿Seguro? – cuestionó la voz profunda de Balmung.

– Te encanta llevarme la contraria, ¿verdad? – le espeté mordaz. – No… – negué con la cabeza. – Son imaginaciones. No puede estar ocultándome nada a propósito…

– “También”.

– ¿Qué?

– No te hagas el loco – me espetó. – Sé lo que querías decir. Sólo completaba tu frase. No puede ser que “él también” – enfatizó – esté ocultándote cosas. Pero…

– Son paranoias mías – insistí. – Además, tengo más cosas de las que preocuparme.

– Director Akano Rido – anunció el alguacil a voz en grito.

Dos hombres más me escoltaron hacia el interior del hemiciclo donde tenían lugar las “audiencias públicas” de la Cámara de los 46. A pesar del nombre que recibían, lo único que tenían de públicas es que allí se recibían a las personalidades externas a la Cámara que comparecían ante el órgano legislativo del Sereitei.

El escaso número de miembros del consejo central del Sereitei hacía que esa sala no fuera muy grande, más reducida que la mayor parte de las aulas de la Academia, pero eso no le restaba esplendor. Las maderas más nobles, las telas más finas, los materiales más preciosos… todo estaba al servicio del boato y la apariencia, como era habitual en los edificios centrales. Había entrado varias veces allí y alguna más en la magnífica biblioteca, pero aún no lograba entender qué sentido tenían aquellos lujos en un lugar tan hermético y privado como eran los dominios de los cuarenta y seis.

Avancé con semblante serio hacia el estrado desde donde iba a responder a las preguntas que me hiciesen. Las que fueran, porque no me habían explicado aún el motivo de llamarme a comparecer ante aquel tribunal. Nada bueno, seguro. Nunca lo era. En cualquier caso, no podía permitir que me vieran nervioso. Sabía que no les gustaba, que lo interpretaban como un signo de debilidad, cuando no de desacato o de rebeldía. No, mejor mantener la compostura. Sobre todo teniendo en cuenta que no era el cargo con la mejor prensa de todo el Sereitei últimamente.

– Profesor Akano – saludó con cierto sarcasmo bien entendido detrás de un cuidado tono de cortesía uno de ellos. – Vuelve a honrarnos con su presencia.

– El honor es mío – correspondí con deferencia, como si no hubiera captado el sarcasmo.

Los ojos pretenciosos de cuarenta y seis consejeros se posaron con recelo sobre mí. Sus miradas, y sólo las de los que se sentaban en los escaños más cercanos a mi puesto, era en realidad lo único que podía adivinar de su actitud por culpa de las máscaras con las que mantenían cubiertos sus rostros y sus identidades. Sólo eso y su postura corporal. Tal desconocimiento de la expresión de aquellos que, de un modo u otro, me habían de juzgar no era precisamente tranquilizadora.

Al menos no me jugaba la vida, como mi abuelo u otros personajes que habían sido juzgados en aquella misma sala y que poblaban mis explicaciones. Al menos, también, gozaba de una mejor vista de mis interlocutores que ellos. Había leído que, en su origen, los consejeros se escudaban detrás de frías placas de madera. Así que su presentación actual era una mejora, realmente.

– Lamento no haber preparado un discurso – tomé la palabra, tratando de mostrarme ajeno a toda la tensión que allí había. – Me gustaría, de verdad, pero no he…

– Aguarde su turno de intervención – interrumpió uno de ellos, anciano, a juzgar por el timbre de su voz. – Esta Cámara es de sobras consciente de que no ha sido usted informado del motivo de su citación –afirmó. – Bástele con saber que se ha decretado el secreto acerca de la materia de la que vamos a tratar en esta sesión.

– Estamos informados de que ha estado llevando una investigación al margen de los cauces oficiales – intervino otro miembro.

Me quedé congelado en dirección a la persona que había hablado. No era sólo lo familiar de una voz que no pude distinguir debido a la distorsión que provocaba la máscara; tampoco era que fuera la primera vez que escuchaba a una voz femenina en mis cada vez más frecuentes visitas a la corte. Nada de eso.

¿Mis investigaciones? ¿Fuera de los cauces legales? ¿Qué mierda estaban diciendo?

– Hubiera jurado que esto iría sobre tus problemas con los castrones de la Once –comentó en mi interior el monje que encarnaba mi espada y que ahora ponía voz a mis pensamientos. – Pero esto…

– Totalmente imprevisto… – se me escapó.

– Precisamente, Profesor, precisamente – se jactó el mismo consejero que me había saludado a mi llegada sin variar su tono.

– Y aún no le he dicho nada a Kazu… – murmuré echándome hacia atrás en la silla.

– ¿No me has dicho nada de qué? – preguntó el Oficial de la Duodécima División, recién aparecido de la nada.

– Al menos no ha ido tan mal – dijo Balmung, mientras iba de regreso. – Puedes continuar con tus investigaciones.

– Sí, ya, claro – me quejé con rabia. – Con estos cabrones detrás de mi oreja vigilándome a cada paso. Mírame – añadí. – Salto de alegría. Yuju.

– Algo es mejor que nada – lanzó al aire.

– ¡No puedes contarles acerca de la comunidad! – suplicó Kazu cuando supo qué había pasado.

– Seré todo lo críptico que pueda – respondí. – Pero ya…

– Podrías decir que has estado con los Wolf o que…

– Eso es lo que intento decirte. Es tarde – le corté. – Tienen copia de mis notas. Aunque no sepan el lugar o…

– Tus… notas… – balbuceó conmocionado.

– Entraron en mi despacho mientras comparecía ante ellos – expliqué.

El shinigami se dio la vuelta y se machó a paso apurado de la habitación. Balmung estuvo un rato tratando de descifrar si en el rostro de mi compañero era mayor el enfado o la decepción, pero aquella diatriba no llevaba a ningún puerto, ni bueno ni malo.

– Cállate – le ordené. – Tengo que pensar.

– Algo es mejor que nada – lanzó al aire. – Menos mal que se te ocurrió lo de las razones políticas…

– “Le aconsejamos que cierre las vías de investigación abiertas acerca del presunto grupo terrorista como Nadie” – mascullé airado repitiendo las palabras de uno de los diputados. – “Aconsejamos” – bufé. – “Presunto”… Putos hipócritas de mierda.

– Calma, calma – terció Balmung, alargando las palabras. – No es bueno enfrentarse a esta gente, ya lo sabes. Es mejor descansar – me aconsejó. – Ha sido un día completito.

Y tan completito. Cinco malditas horas de reunión en las que habían ido desmontando toda mi investigación acerca de Nadie y cubriéndola con una interminable lista de peros. Pero no sólo eso. Al parecer, mi obsesión con aquel tema revertía en mi gestión de la Academia y no habían dudado en ponerla en entredicho desde las bases.

No les bastaba con mencionar los problemas con la Undécima División y el Gotei por mi política de nombramientos… ¡Si hasta habían aludido a la supuesta discriminación que sufrían los alumnos de primero que “se habían visto obligados a abandonar el aula” por mi culpa el primer día de clase! Al menos no habían atacado el proyecto del Grupo Especial de Prácticas, quizá es que la mención del nombre de Kaiser Wolf todavía significaba algo en aquella Cámara.

– Si lo mejor sería dimitir y dejarse de…

– Deja de decir gilipolleces y duerme – me increpó Balmung. – “Dimitir” – repitió con desdén. – Serás subnormal.

noviembre 14th, 2009

Akano 20 – Gnoseocracia I


Akano 20 – Gnoseocracia I (Preparativos)

– ¿Qué mierda hacía Arte en tu despacho a esas horas de la noche?

– Nada – sonreí.

– ¿Cómo que nada?

La sangre de Headbone se iba concentrando cada vez más y más en su cabeza a medida que yo le iba dando largas y restándole importancia a lo que él consideraba una “gravísima ofensa hacia la Academia” y una “vergonzosa brecha de seguridad”.

– Mejor no saberlo – resopló rendido. – Esto… tenía que comentarte algo… pero tu irresponsabilidad ha hecho que se me vaya el santo al cielo.

– Ya será para menos – seguí quitándole hierro. – Yo también tengo alguna cuestión que comentarte, pero ahora tengo clase con los de sexto. Además no corre prisa.

– Ya luego hablamos si eso – dijo él, aún molesto. – A ver si me acuerdo de qué era lo que te tenía que contar.

– ¡Director Akano! – llamó una voz alarmada, desde el fondo del pasillo.

– Te juro que algún día lo mato – murmuré exasperado mirando a Bone. – Hazme caso, gafotas, nunca seas jefe de este sitio…

Había identificado claramente a quien me llamaba con tal urgencia. No era otro que Alland, mi particular cruz en forma de alumno. Siempre tenía algún problema, algo que contarme. Esta vez, como, todas las demás, la urgencia era ficticia y sus problemas no eran más que una sarta de quejas propias de alguien que no se acababa de acostumbrar a la vida en sociedad. Le dediqué una mirada de desaprobación, escuché lo que me tenía que decir y, tras examinarlo brevemente, descarté darle alguna importancia y volver a aleccionarle sobre qué era a lo que venía aquí y pasé de largo hacia la primera clase de la mañana.

– Buenos días, caballeros – saludé, con las intentonas del alumno de tercero aún resonando en mis oídos. – Si no me equivoco, y estoy seguro de que no, hoy la clase la dais dos de vosotros, ¿verdad? – comenté despreocupadamente. – Bien, pues… Al ataque.

Miré rápidamente mis notas para corroborar lo que acababa de decir e identificar a los dos alumnos que tenían que exponer y luego levanté la vista hacia mi auditorio con gesto expectante. Los aludidos se hicieron los locos durante un instante, pero viendo que yo seguía clavando mis ojos en ellos, no tuvieron más remedio que salir. Tímidamente, abandonaron sus puestos y se acercaron al frente del aula. Yo me senté entre sus compañeros y me dispuse a escuchar. Mejor así, estaba empezando a incubar una gripe y lo que menos me apetecía era hablar.

– ¿Bien? – pregunté en alto tras un momento de dudas y titubeos. – Creo que teníais preparada una magnífica exposición acerca de…

– La resolución del caso Kumaru – anunció uno de ellos, dando un paso al frente.

– Mala cosa – bufé muy bajo para que no me escuchara nadie.

– ¿Perdón, Profesor?

– Nada, nada… – reí. –Vosotros sabéis lo que hacéis, adelante, por favor.

El desarrollo de su presentación confirmó lo que yo ya suponía: su discurso buscaba casi únicamente ganarse mi confianza y mi benevolencia y no profundizar en el tema. No era la primera vez que ocurría algo parecido. Había oído cantar las alabanzas de mi abuelo y lo injusto y ciego que había sido el Sereitei tantas veces que hasta a mí me había aburrido y me había hecho replantearme en más de una ocasión el método que usaba para enseñar la asignatura o el contenido que impartía al llegar a aquellos puntos del temario… o simplemente borrar aquel tema de los posibles para sus trabajos.

– Bueno… –me levanté en cuanto ellos llegaron al final de la exposición. – He de darles las gracias por todos los halagos hacia mi familia – ironicé. – De todos modos, no esperéis una nota muy alta. En fin, – suspiré una vez llegado junto a ellos – vamos a ver si podemos rellenar las grandes lagunas que han dejado nuestros…

La sirena sonó interrumpiendo mi discurso y liberando a los alumnos. Inmediatamente, el sonido de carpetas cerrándose, sillas arrastradas y un murmullo creciente se impusieron a mi voz haciendo que, si acaso había albergado alguna esperanza de prolongar un poco más la clase, esta se desvaneciera de forma casi automática.

– Por hoy os salváis, – les dije, mientras recogía mis cosas – pero el próximo día completaremos esto. Y, por favor, – añadí – ya sois alumnos de Sexto. Sed serios en los trabajos, investigad… y no tratéis de hacerme la pelota.

– ¿No eres un poco duro con ellos? – comentó alguien desde la puerta mientras yo terminaba de organizar mis papeles. – Con nosotros no lo eras tanto.

– Los tiempos cambian – reí, acercándome a la entrada de la clase. – Ya ves, ayer Kyrek era un novato y ahora es todo un Capitán – me encogí de hombros.

– Los tiempos cambiarán, pero yo te estoy hablando del curso pasado – alegó ella. – Mira que eres tú el que siempre habla de que aquí en la Sociedad de Almas nada cambia nunca y… – razonó, exagerando un simulado tono académico y pretencioso.

– Ya, ya, es verdad – le corté. – En fin, demasiadas cosas en muy poco tiempo… El año pasado fue hace una eternidad. Por cierto, – la miré – qué milagro verte.

– Sí, ya – se excusó. – No es que tenga mucho tiempo desde la mudanza…

– ¿Mucho curro?

– No he tenido así ninguna misión de importancia por ahora – dijo. – Entrenamiento… – aseveró. –Mañana, tarde y noche. Entre la que se armó con lo del Yorokonde y que entraba de nuevas… Pues eso – resopló.

– Sí, claro – volví a reírme. – Lo dices como si a ti no te gustara nada eso de pelearte.

– Aún así – sonrió. – La gente allí tienen un nivel muy alto… ¿A que no sabes qué me trae por aquí?

– ¿Aparte de una visita a tu barbudo favorito? – repliqué en tono mordaz. – Tu hermano – adiviné. – Supongo que te habrás enterado de que tengo asuntos pendientes con él.

– “Asuntos pendientes” – repitió divertida. – Dicho así parece que os vayáis a dar p’al pelo.

– Hazte un favor – bromeé. – Mírate eso… ¿Deformación profesional?

– Será… – comentó distraída. – Pero sí, acertaste: vengo por lo de mi hermanito.

– Quieres venir con nosotros – supuse, invitándola a echar a andar por el pasillo con un gesto del brazo.

– ¡Eh! – exclamó, fingiéndose ofendida. – ¡Sal de mi cabeza!

– Como si te hubiera parido –murmuré sonriente.

– Bueh, tampoco te pases…

Mientras caminábamos, las miradas de los alumnos se iban posando en ella. Los veteranos, sobre todo los de sexto, ya habían coincidido en la Academia con la ahora shinigami de la Undécima División y no se sorprendían tanto por su aspecto, aunque seguía llamándoles la atención, quizá por el tiempo que había pasado desde la última vez en la que la habían visto y muchas veces su mirada era reflejo precisamente de este hecho.

Cuestión diferente era lo que ocurría con los de primero, que se quedaban fascinados con los ojos clavados bobaliconamente sobre mi acompañante. No era ya por la belleza de Ari, que la tenía, sino que el objeto de tanta extrañeza eran los extraños apéndices felinos que lucía: orejas y cola. Ella se movía con total desenvoltura, consciente de las miradas que atraía, pero acostumbrada a esa reacción entre los que la rodeaban.

– Hay cosas que no cambian nunca – observó, entornando los labios en una sonrisa entre nostálgica y satisfecha.

– Sí, bueno… – sonreí, acordándome de cómo había comenzado nuestra conversación. – En fin, así que quieres unirte a la expedición.

– Es mi hermano – señaló. – ¿Quién mejor que yo? Además, – apostilló, como si creyera que aún debía convencerme para venir – necesitas una mano fuerte y… vamos, seguro que ibas a ir con el gafotas o el pollo – añadió. – ¿No estás cansado de ir con ellos a todos lados?

– No te creas – reí.

– Deberías variar un poco, aunque sea de vez en cuando…

– Sí… – apunté meditabundo. – Puede que tengas razón.

– La tengo – sentenció triunfal.

– ¿Y te dejarán tus jefes?

– ¿Por qué no iban a hacerlo?

– Digamos que tus superiores y yo no compartimos la misma filosofía – contesté. –Ya sabes… Soy el tío loco de la Academia… un ratón de biblioteca… Era un “espía” y no un soldado “honorable” – enumeré. – Ese tipo de cosas.

Me ahorré comentarle el hecho de que el asunto de la sucesión de Vriznak en la Dirección del Departamento de Combate me estaba creando algún que otro problema con los altos mandos de su Escuadrón, que sostenían mantener aún el derecho al nombramiento y, por mucho que yo tratase de explicarles el cambio de paradigma después de que se restaurara la figura del Director de la Academia, el conflicto estaba enquistándose. Lamentablemente, era algo que ocurría con el Gotei 13 en general, y no sólo con uno o dos Capitanes.

– Gilipolleces – respondió ella. – Yo voy.

– Bueno, vale – concedí, alargando las palabras como quien se da por vencido. – Contaremos contigo, entonces. Seguramente, dentro de dos semanas, pero no hay nada seguro – le advertí. – Además, ya ves como estoy – concluí, aludiendo al constipado. – Ya te avisaré.

– Vale – asintió. – Bueno, me tengo que ir. Quedé con Warsaw para entrenar y llego un pelín tarde – se disculpó. – Me mandas una mariposa infernal, ¿vale?

– De todas formas, habla con tu hermano antes – le indiqué. – Creo que quería que fuéramos él y yo solos.

Mi antigua alumna se despidió rápidamente sin responder nada a mi sugerencia y se marchó. Eché un vistazo fugaz a mi horario, luego al reloj y comencé a andar rápidamente hacia el aula donde se impartían las clases de primero y a la que ya llegaba tarde. Con una disculpa por delante, di inicio a la clase.

Gracias al cielo, la situación había cambiado radicalmente desde hacía algunas semanas. Después de aquel incidente en el patio durante las vacaciones invernales, había conseguido ganarme el respeto de unos alumnos que me habían declarado la guerra de algún modo aquel primer día de clase. Por muy estrambótica que me hubiera parecido aquella idea de Gaby, había funcionado y se había corregido una situación bastante insostenible.

De hecho, antes de que se arreglara aquel asunto había pensado incluso en decirle a Alamez que me encontrara un sustituto para Historia I, para que así los alumnos pudieran recibir una formación adecuada, pero, con razón, Bone me había hecho ver que eso sería más perjudicial que beneficioso: al rendirme con ellos estaba enseñándoles, de algún modo, que la rendición era una solución. Y aunque a veces una retirada a tiempo sea una victoria, yo estaba de acuerdo con él en que no era ese precisamente el ejemplo que debíamos dar en la Academia.

Pero ese no había sido el único problema que había tenido con los de primero y que comenzaba a solucionarse, aunque fuera poco a poco. Aunque al principio le había costado, por lo que pude ver, Kara había ido superando paulatinamente su timidez o el miedo que yo parecía inspirarle y había comenzado a volver a mis clases.

De todas formas, tampoco había intentado volver a entablar contacto directo con ella, no fuera a ser que ocurriera lo mismo que la última vez. Me limitaba a mantener una cierta vigilancia por si acaso ocurría algo y Eylinn se había convertido en mis ojos allí donde yo no podía llegar. Pero trataba de ser lo menos invasivo por ella aunque no dejara de preocuparme que aquello que había estado reprimiendo desde el entierro de su alma estallase en el momento menos oportuno.

Todo aquello condicionaba, evidentemente, mi rendimiento y mi actitud hacia la clase, pero tampoco era algo que pudiera evitar. Tenía la impresión de que iba más lento que otros años, aunque el seguimiento del programa decía que el ritmo entraba dentro de lo habitual a lo largo de toda mi vida docente. Eso podía significar que o bien mi percepción era errónea, o bien estaba dejándome cosas en el tintero. Esperaba, sinceramente, que fuera lo primero. Si lo que ocurría es que no trataba los temas con la suficiente profundidad, eso era más preocupante.

– Un momento, Kyo – le avisé al final de la clase.

– ¿Sí?

– Mira esto – señalé, mostrándole unos papeles. – Ya te había comentado alguna vez que los profesores me han insistido en que se te adapt…

– ¿Grupo especial de prácticas? – me interrumpió.

– Es… algo que existía cuando yo estaba por aquí – expliqué. – Cuando era alumno, vamos. En principio lo vamos a recuperar – dije. – Empezaremos con los de primero, o los de primero y segundo… y de ahí en adelante ya veremos.

La verdad es que no había nada claro aún y no podía contarle mucho más. En la última reunión de la Junta de Gobierno de la Academia, a finales de la semana anterior, habíamos pulido bastantes detalles y llegado a un consenso básico. Pero aún así quedaba mucho por decidir y, por encima, necesitábamos la aprobación, no sólo de todo el claustro, sino, muy a mi pesar, también de la Cámara de los 46 y del Consejo de Capitanes.

– Lo coordinaría Kaiser – apunté, conocedor de que la mención del viejo lobo animaría a mi “hijo” aún más de lo que ya parecía. – En cuanto todo sea oficial se irá pasando por las distintas clases para hacer una primera selección pero… tú no te preocupes por eso, ya estás dentro. Así que… Eso. En fin, que ya tienes todo ahí – suspiré. – No es nada definitivo, así que no se lo cuentes a nadie.

– Tranquilo…

– Tú échale un vistazo a la información – sugerí. – Cuando sea ya os avisaremos oficialmente. Y ahora, a clase – le indiqué. – ¿Qué tienes ahora?

– Con Nakatoni… – protestó con un resoplido.

– Paciencia, paciencia – le aconsejé.

Con un asentimiento mudo que tanto podía ser signo de que tendría en cuenta mi consejo como de que simplemente hacía oídos sordos, se dio la vuelta y se alejó. En cuanto él giró por la esquina de uno de los pasillos y desapareció de mi vista, me dirigí yo también en dirección a la cafetería de la Academia con la esperanza de que un té con limón bien caliente me ayudara a vencer el dolor de cabeza que estaba empezando a molestarme en los últimos minutos.

– Mierda de frío – bufé, mientras caminaba.

La puerta estaba cerrada para mi desgracia, así que opté por la alternativa que tenía: un café caliente de la vieja máquina que habían instalado ya cuando yo había sido estudiante allí por primera vez. No es que fuese una delicia, pero servía para entrar en calor. Al menos durante un rato, porque cuando llegué al despacho volvía a tener la misma sensación incómoda de frío.

– Buenos días, Rina – saludé a mi secretaria. – ¿Algo para hoy?

– El correo – informó, tendiéndome las cartas.

– Toma, esta es para Alamez – dije, casi mecánicamente, mientras revisaba las misivas. – Habría que informarles a… quienquiera que sea del cambio en la Dirección del Departamento de Historia.

– Me lo apunto – asintió. – Ahora mismo lo hago…

– Facturas, informes, solicitudes… – musité. – ¿La Cámara?

Sin que ella tuviera tiempo a reaccionar, entré en mi oficina y abrí la carta del órgano principal de gobierno de la Sociedad de Almas. Me citaban para una comparecencia dos semanas más tarde. No sé por qué me molesté en leerla dos veces: no indicaba el motivo. Aunque ya me hubiera acostumbrado al cripticismo de esta institución, no podía evitar sentirme algo molesto e inquieto. ¿Qué querían esta vez?

– Rina, – dije, activando el interfono mientras me dejaba caer sobre la silla – en cuanto tengas algo de tiempo a ver si puedes confirmar mi asistencia a la comparecencia y pedir que te expliquen los motivos de la citación.

– De acuerdo – contestó. – Le apunto el día en la agenda.

– Sí, gracias – sonreí. – Ah, y si puedes, pégales por favor un toque a los de cafetería a ver si me suben un té con limón… si es que están abiertos.

Me recosté sobre mi asiento y cerré brevemente los ojos. No estaba yo en condiciones de devanarme mucho los sesos en aquel momento. La cabeza estaba empezando a molestarme bastante y no iba a ser capaz de concentrarme en nada de importancia. Para cuando volví a abrirlos, no sabía cuánto tiempo había pasado, pero una taza de té humeante calentaba el aire a su alrededor encima de mi mesa.

– Gracias de nuevo, Rina – apreté el botón del comunicador. – Siento hacerte trabajar tanto hoy, pero no te creas que me encuentro yo muy bien…

– La verdad es que no tenía muy buena cara – respondió con tono amable. – No se preocupe.

De todas las decisiones que había tomado a lo largo de mi mandato como Director, contratarla a ella era uno de mis más grandes aciertos. Me sacaba una gran cantidad de trabajo, sobre todo papeleo, de encima, y me hacía una cierta compañía. Me servía de pantalla protectora ante lo que pudiera venir, así podía concentrarme mejor en mi trabajo. Por encima, ella se sentía útil después del accidente que se había llevado por delante su pierna izquierda a la altura de la rodilla, incapacitándola para el servicio que venía realizando en la Segunda División.

La infusión caliente había calmado un poco las molestias, así que decidí coger las notas que había ido tomando acerca de la investigación que llevaba junto a Kazu. Desde aquella primera vez nos habíamos reunido en diversas ocasiones. Él me iba contando algunas cosas y yo le comentaba abiertamente todas, o casi todas, mis impresiones e intuiciones acerca de aquella comunidad. Él confirmaba algunas de ellas y otras las rechazaba o las ponía entre interrogantes. Gracias a ello, aún sin conocer directamente aquel grupo, podía hacerme una bastante buena idea acerca de lo que teníamos entre manos.

Prefería el estudio sobre el terreno, sí, pero las obligaciones de mi cargo me impedían disponer de todo el tiempo que yo quisiera para este tipo de cuestiones extraacadémicas como era recuperar mi costumbre expedicionaria de antaño. Mientras era simplemente profesor, o incluso Director de Departamento, bastaba con una simple sustitución. Ahora, sobre todo mientras todavía no se estabilizara el nuevo equilibrio de poder educativo en la Sociedad de Almas, no era tan fácil.

Aquel último pensamiento me hizo desviar la mirada hacia la carta que me habían mandado desde la Cámara. ¿Sería eso para lo que me citarían? ¿Para aclarar ese tipo de cuestiones? Parecía que algún Capitán estaba un poco en desacuerdo en cómo estaba llevando las cosas. Tampoco es que me extrañara mucho.

Me fijé nuevamente en la fecha y miré luego al calendario que tenía sobre mi escritorio. Había señalado una semana en rojo en la que había despejado mi agenda de reuniones, encontrado sustituto para las clases y programado mi viaje junto al Oficial de la Duodécima División al que ahora se quería unir su hermana. La citación coincidía justo dos días antes. Sólo esperaba que no me impidiera ir.