Segunda reflexión post-mundialista. En este caso es sobre el trabajo de los medios de comunicación alrededor del Campeonato del Mundo, en general, pero que no es otra cosa que síntoma de una tendencia que se está generalizando en la televisión (creo que es un fenómeno especialmente televisivo) no sólo deportiva sino a todos los niveles.

Antes que nada, quiero decir, para que no se quede en el tintero que los dos equipos que se mandaron a Sudáfrica, tanto el de Cuatro/Canal +, que ya nos tenía acostumbrados a una información deportiva distinta, con una altísima calidad, como el de Telecinco, a pesar del ínclito JJ – un periodista que, como me ocurre con Lobato, tengo la impresión de que está más hecho para el informativo que para estar al pie de la noticia –, hicieron ambos un trabajo magnífico, espectacular, impagable… sobre todo teniendo en cuenta el resultado final de todo lo que ha pasado.

El problema no estaba, por tanto, en Sudáfrica, en la Carbonero o en lo que fuera, sino en Madrid y en el tratamiento de la información que llegaba de Sudáfrica. No hay mucho que reprocharle a Cuatro o a Canal +, creo yo. En la misma tónica “manolística” de siempre, que tiene sus detractores – a mí no me termina de convencer, por ejemplo – hicieron una información seria y trabajada, con profesionales contrastados aquí y allí. Bueno, quizás sí: haber rellenado una mañana de televisión con el dichoso pulpo, aunque he de decir que el pulpo sólo fue la excusa para poner sobre la mesa una buena tertulia futbolística a media mañana.
Mucho que reprocharle, sin embargo, a la cadena amiga, que convirtió el Mundial de Sudáfrica (insisto, la mayor cita deportiva de nuestra historia) en una pieza más de su programación. En el sentido más peyorativo de esta realidad. Y, así, nos encontramos previas y post-partidos protagonizados por la Esteban, Lidia Lozano, Karmele Marchante, Kiko Hernández, Jorge Javier Vázquez y demás representantes de la más baja calaña televisiva.
Y así, lo que podría haber sido un lavado de cara perfecto para la televisión más denostada de nuestra nación, se convirtió en un emborronamiento masivo ante un país que sólo pudo menear la cabeza diciendo: “Lo sabía”.
Así, el romance Carbonero-Casillas y otros aspectos tan importantes del Mundial (las uñas de Cristiano Ronaldo y sus cabreos, el traje de Beckham…) llevaban lo que era la verdadera información futbolística a un segundo plano. Puede que el hecho de relegar el programa de Paco González a la Siete tuviera la buena intención de llevar más audiencia a la segunda cadena de la casa, pero viendo la programación de la cadena “titular”, la impresión que dieron era la de “aquí no tienes cabida”.
Por eso, lo que no deja de ser una mera anécdota entrañable, como el beso entre Iker y Sara se convierte en información de primer nivel que supone un paso atrás en el periodismo deportivo en general y femenino en particular. Este ha sido el punto culmen, pero ha sido una tónica que ha subyacido a todo el Mundial y que incluso contagió la celebración de Madrid, para escándalo de todos los presentes y los asistentes catódicos.
Lamentablemente, así es nuestra cultura de masas, que se mueve entre lo amarillo y lo rosa. El fútbol, que hace tiempo dejó de ser un mero deporte para convertirse en un fenómeno de masas, no se escapa de eso. Por desgracia para todos los aficionados a los que la vida privada de los futbolistas nos importa literalmente una mierda mientras no afecte a su rendimiento en el campo.
Un ejemplo: fue el amarillismo y el rosismo el que hizo que el año pasado se congregara el equivalente a la ciudad en la que vivo para ver la presentación de Cristiano Ronaldo, para mayor gloria de un personaje que, con buena intención, eso no se duda, ha querido comprar el fútbol a golpe de talonario. Lo mismo que con la de Ibrahimovic en Barcelona, aunque aquí entraba, también, el componente revancha.
El fútbol, repito, ha dejado de ser un mero deporte de masas para ser un fenómeno de masas. Y desde ese momento “la cagamos tía Paca”. El del Mundial sólo ha sido el último episodio de una larga serie que comenzó allá en la segunda mitad de los noventa con una guerra del fútbol que se ha radicalizado en los últimos años y que tanto condiciona nuestro fútbol. En dos aspectos fundamentales: influye enormemente en la economía de los clubs y ha llegado incluso a condicionar el horario en que se deben jugar los partidos.
Esta cultura de masas enturbia el deporte y nos hace perder a todos los aficionados. Sólo hace falta ver la deriva de la prensa deportiva en los últimos años en algunos casos. Al final, cuando el alto nivel se relaje – que puede suceder, nada es para siempre – o se convierta en rutina – no sé que es peor–, generará cansancio y el cansancio desapego. Porque nos han machacado con algo que no es propiamente fútbol, nos lo han vendido como un espectáculo, que lo es, más que como un deporte y lo han convertido en lo que se convierten los espectáculos en este país, en esta cultura: en mera exaltación de una clase que no tiene nada de clase.
Necesitamos una reflexión seria, calmada y pausada, exenta de forofismos, acerca de esto. A todos los niveles: Federación, clubes, liga y prensa. También, por qué no, a nivel político y a nivel de calle. Tenemos que ver qué se hace con los llamados “derechos del fútbol”, a quién se le venden y qué hace ese alguien con ellos. Porque si no, lo que sí resultará una mera anécdota más, es la bazofia que algunos han hecho con el Mundial.
Pero tenemos que hacer esa misma reflexión no sólo en el nivel del fútbol, sino en el nivel de todos y cada uno de los componentes de la llamada cultura de masas: música, cine… todos. Lo del fútbol ha sido, sólo, la última parada. Tengo miedo de saber qué será lo próximo.
¿Y tú? ¿Qué opinas?





