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julio 14th, 2010

Reflexiones Post-Mundialistas (II): Los medios

Segunda reflexión post-mundialista. En este caso es sobre el trabajo de los medios de comunicación alrededor del Campeonato del Mundo, en general, pero que no es otra cosa que síntoma de una tendencia que se está generalizando en la televisión (creo que es un fenómeno especialmente televisivo) no sólo deportiva sino a todos los niveles.

Antes que nada, quiero decir, para que no se quede en el tintero que los dos equipos que se mandaron a Sudáfrica, tanto el de Cuatro/Canal +, que ya nos tenía acostumbrados a una información deportiva distinta, con una altísima calidad, como el de Telecinco, a pesar del ínclito JJ – un periodista que, como me ocurre con Lobato, tengo la impresión de que está más hecho para el informativo que para estar al pie de la noticia –, hicieron ambos un trabajo magnífico, espectacular, impagable… sobre todo teniendo en cuenta el resultado final de todo lo que ha pasado.

El problema no estaba, por tanto, en Sudáfrica, en la Carbonero o en lo que fuera, sino en Madrid y en el tratamiento de la información que llegaba de Sudáfrica. No hay mucho que reprocharle a Cuatro o a Canal +, creo yo. En la misma tónica “manolística” de siempre, que tiene sus detractores – a mí no me termina de convencer, por ejemplo – hicieron una información seria y trabajada, con profesionales contrastados aquí y allí.  Bueno, quizás sí: haber rellenado una mañana de televisión con el dichoso pulpo, aunque he de decir que el pulpo sólo fue la excusa para poner sobre la mesa una buena tertulia futbolística a media mañana.

Mucho que reprocharle, sin embargo, a la cadena amiga, que convirtió el Mundial de Sudáfrica (insisto, la mayor cita deportiva de nuestra historia) en una pieza más de su programación. En el sentido más peyorativo de esta realidad. Y, así, nos encontramos previas y post-partidos protagonizados por la Esteban, Lidia Lozano, Karmele Marchante, Kiko Hernández, Jorge Javier Vázquez y demás representantes de la más baja calaña televisiva.

Y así, lo que podría haber sido un lavado de cara perfecto para la televisión más denostada de nuestra nación, se convirtió en un emborronamiento masivo ante un país que sólo pudo menear la cabeza diciendo: “Lo sabía”.

Así, el romance Carbonero-Casillas y otros aspectos tan importantes del Mundial (las uñas de Cristiano Ronaldo y sus cabreos, el traje de Beckham…) llevaban lo que era la verdadera información futbolística a un segundo plano. Puede que el hecho de relegar el programa de Paco González a la Siete tuviera la buena intención de llevar más audiencia a la segunda cadena de la casa, pero viendo la programación de la cadena “titular”, la impresión que dieron era la de “aquí no tienes cabida”.

Por eso, lo que no deja de ser una mera anécdota entrañable, como el beso entre Iker y Sara se convierte en información de primer nivel que supone un paso atrás en el periodismo deportivo en general y femenino en particular. Este ha sido el punto culmen, pero ha sido una tónica que ha subyacido a todo el Mundial y que incluso contagió la celebración de Madrid, para escándalo de todos los presentes y los asistentes catódicos.

Lamentablemente, así es nuestra cultura de masas, que se mueve entre lo amarillo y lo rosa. El fútbol, que hace tiempo dejó de ser un mero deporte para convertirse en un fenómeno de masas, no se escapa de eso. Por desgracia para todos los aficionados a los que la vida privada de los futbolistas nos importa literalmente una mierda mientras no afecte a su rendimiento en el campo.

Un ejemplo: fue el amarillismo y el rosismo el que hizo que el año pasado se congregara el equivalente a la ciudad en la que vivo para ver la presentación de Cristiano Ronaldo, para mayor gloria de un personaje que, con buena intención, eso no se duda, ha querido comprar el fútbol a golpe de talonario. Lo mismo que con la de Ibrahimovic en Barcelona, aunque aquí entraba, también, el componente revancha.

El fútbol, repito, ha dejado de ser un mero deporte de masas para ser un fenómeno de masas. Y desde ese momento “la cagamos tía Paca”. El del Mundial sólo ha sido el último episodio de una larga serie que comenzó allá en la segunda mitad de los noventa con una guerra del fútbol que se ha radicalizado en los últimos años y que tanto condiciona nuestro fútbol. En dos aspectos fundamentales: influye enormemente en la economía de los clubs y ha llegado incluso a condicionar el horario en que se deben jugar los partidos.

Esta cultura de masas enturbia el deporte y nos hace perder a todos los aficionados. Sólo hace falta ver la deriva de la prensa deportiva en los últimos años en algunos casos. Al final, cuando el alto nivel se relaje – que puede suceder, nada es para siempre – o se convierta en rutina – no sé que es peor–, generará cansancio y el cansancio desapego. Porque nos han machacado con algo que no es propiamente fútbol, nos lo han vendido como un espectáculo, que lo es, más que como un deporte y lo han convertido en lo que se convierten los espectáculos en este país, en esta cultura: en mera exaltación de una clase que no tiene nada de clase.

Necesitamos una reflexión seria, calmada y pausada, exenta de forofismos, acerca de esto. A todos los niveles: Federación, clubes, liga y prensa. También, por qué no, a nivel político y a nivel de calle. Tenemos que ver qué se hace con los llamados “derechos del fútbol”, a quién se le venden y qué hace ese alguien con ellos.  Porque si no, lo que sí resultará una mera anécdota más, es la bazofia que algunos han hecho con el Mundial.

Pero tenemos que hacer esa misma reflexión no sólo en el nivel del fútbol, sino en el nivel de todos y cada uno de los componentes de la llamada cultura de masas: música, cine… todos. Lo del fútbol ha sido, sólo, la última parada. Tengo miedo de saber qué será lo próximo.

¿Y tú? ¿Qué opinas?

julio 13th, 2010

Reflexiones post-mundialistas (I): La final

Se acabó el Mundial. Con la macrofiesta de ayer, damos por terminadas las celebraciones oficiales de ese sueño que conseguíamos el pasado domingo rozando ya un lunes que no queríamos que llegase nunca. Y debemos volver de nuevo a la rutina: al trabajo, a la crisis, a los madrugones… – bueno, los que estamos de vacaciones nos podemos dar una tregua en eso – pero con una diferencia respecto al viernes pasado o, incluso, respecto al miércoles: con una enorme sonrisa en la cara que dice “Sí, yo también me siento campeón del mundo”.

Sé que os he dado mucho la vara con el mundial últimamente. Era lo que tocaba emocional y noticiosamente. Ahora que se acabó y vivimos con la resaca – el hecho de estar de vacaciones y no tener que centrarme en casi nada más ayuda a prolongarla – ya estamos en otro momento de la historia. Pero me quedan dos o tres reflexiones que hacer.

La de hoy es sobre el partido en sí. Creo que hay cosas que, aun ganando, tienen que decirse. Y yo no quiero callarme:

  • La Copa del Mundo de Fútbol es el evento deportivo de mayor importancia/relevancia mundial junto con los Juegos Olímpicos. No sólo porque es la máxima expresión del deporte rey sino porque es la perfecta plataforma para extender el fútbol en países en los que todavía es un deporte muy minoritario. En él tiene que darse cita la élite del fútbol, a todos los niveles… y demostrar que lo es y por qué lo es.
  • El partido que vivimos el viernes era un partido que veníamos soñando desde que eramos macaquitos. Yo mismo, tengo lo que en su momento eran unas medias de una equipación de la selección, no sé si del 86 o del 88, que ahora no me quedan más que como unos calcetines, y me los puse para la final. Significaba mucho para nosotros, para todos nosotros. Teníamos una cita con la historia y teníamos que disfrutarla al máximo.
  • Hace años, no muchos, uno escuchaba Holanda – en contexto futbolístico, se entiende – y pensaba directamente en un estilo, el fútbol total. Un equipo diferente, que destacaba sobre toda Europa por un juego alegre, rápido, directo sin caer en el patadón y carrera. Pensaba en varias generaciones de artistas del balón que comienzan con Cruyff y Neskeens y terminan con gente como Van Persie (a pesar de que este Mundial no ha hecho absolutamente nada) o Snejder, pasando por Van Basten, Gullit, Rijkaard, Bergkamp, Koeman

Estas son las tres premisas desde las que más o menos cualquier aficionado español (y, perdonadme la osadía, pero me atrevo a decir que cualquier holandés) se enfrentaba al partido del domingo. Veníamos espoleados, además, por el partidazo del miércoles, en el que, a pesar de ver la peor Alemania del mundial, vimos a dos equipos que querían jugar al fútbol respetando al adversario por encima de todo.

El error de Alemania – todo el mundo lo vio – fue dejar jugar a España. Fue el primer y único equipo que lo hizo en todo el Mundial y eso les costó perder de la forma que perdieron (a pesar de que el marcador fuera sólo 1-0 – ¿por qué todo el mundo critica que España sólo ganó 1-0, 2-1, 2-0?).

Sabíamos que el partido de Holanda, una final, La Final, no iba a ser así. No sólo porque habrían aprendido del error teutón o porque una final siempre es diferente, sino porque Holanda venía siendo el equipo más duro de toda la competición. Pero lo que nos encontramos fue una actuación que superó cualquier previsión… para mal.

Sabían que el único método de llevarse por fin el trofeo a casa era impedir que España se sintiera cómoda con el balón, como le gusta a los nuestros (sus herederos). Como habían hecho antes Chile y Paraguay, Portugal e incluso Suiza y Honduras. Cada uno con sus recursos. Plantarse bien en el campo, cerrar los espacios y, con la contundencia justa, frenar la creación del juego español. Nos pusieron en problemas, ¿recordáis?

Sabíamos que Holanda ya no jugaba a ser Holanda, pero nos quedamos cortos. Habíamos visto el juego duro de los Oranje contra Brasil, contra Uruguay… pero nos quedamos cortos.  En ningún momento salieron a ganar el partido, sino a que España no lo ganara (el matiz, como comprenderéis, cuenta mucho en esta especie de tautología) y para ello quisieron evitar que nuestro centro del campo creara. La misma premisa de siempre, pero aplicada de un modo distinto. Ya no era quitar el balón y cerrar espacios… directamente iban a amedrentar y romper piernas.

Todo con la connivencia de un señor calvo vestido del celta que, en general, acertó en todas las acciones del juego (al señalar las faltas) pero que, empeñado en tener una final tranquila, se equivocó una y otra y otra vez en el aspecto disciplinar. No dio la talla, por valor o por capacidad, y los holandeses – y también nosotros en algún momento – se aprovecharon de ello.

Sin ganas de hacer mucha más sangre, que simplemente quería desahogarme, me pregunto qué sentirá un holandés. Ahora mismo, culpan al árbitro (sic) de la derrota, tanto jugadores y seleccionador, como prensa y aficionados. Todos lo hemos hecho alguna vez: culpar a otro – al árbitro, casi siempre – de nuestros fallos y de nuestras derrotas. Quiero creer que en cuanto se pase el calentón finalístico alguien reflexionará y dirá: “Tampoco nosotros merecimos nada”.

Porque Holanda traicionó a casi 40 años de tradición que le otorgaban la vitola de “el mejor juego de Europa”, posiblemente el mejor equipo (a nivel teórico) después de la Canarinha – que también renunció a su estilo, no con Dunga, sino casi desde el 94 podríamos decir) –, que enamoraba al mundo del fútbol y nos hacía a todos simpatizantes de los Oranje. Se convirtió en un equipo bronco y malencarado. Y convirtió la mayor fiesta del fútbol en un campo de batalla, en un ring de boxeo… o de vale tudo.

Si ese partido lo hubiera hecho… no sé, Argentina o Italia, dos equipos que (con todos mis respetos) nunca renunciaron al juego bronco como parte de su estilo, nadie se llevaría las manos a la cabeza. Nos cabrearíamos pero no nos escandalizaríamos. Pero lo ha hecho la gran Holanda, la Naranja Mecánica que más bien habría que llamar Naranja Amargada ahora mismo.

El fútbol necesita más Holandas, Españas, incluso Alemanias (sobre todo la nueva Alemania, pero también la de siempre) y menos Italias. En este Mundial, como muy bien resaltan los chicos de Diarios de Fútbol, se ha puesto más de manifiesto que nunca que “el estratega mató a la estrella del fútbol”. Por eso creo que  todo aficionado al fútbol, español, holandés, europeo, mundial espera también que, igual que la derrota de Brasil ha servido de reflexión para tratar de volver a su juego (especialmente de cara a su Mundial), la derrota contribuya a que la Oranje deje de ser esa Naranja Amarga y vuelva a ser la Naranja Mecánica con un juego que enamoró al mundo fútbol en el 74 y que rompió y quemó la flecha de Cupido en el 2010.

¿Y tú? ¿Qué opinas?

julio 12th, 2010

Somos Campeones del Mundo

¿Conocéis esa sensación de cuando no puedes dejar de reír, las lágrimas afloran en los ojos y te pones rojo como un tomate de la emoción? Pues eso. Así es como me siento hoy. Y me encanta. Y no sabes qué decir. Y no sabes qué hacer. Como Camacho ayer.

Porque hoy es el día con el que habíamos soñado desde siempre. Cardeñosa, el desastre del 82, los penaltis de Bélgica, Yugoslavia, Tasotti, la cantada de Zubi, el puto egipcio, los jubilados… Todo eso es ya pasado. Hoy, y hasta dentro de cuatro años como mínimo, tendremos el orgullo de decir SOMOS CAMPEONES DEL MUNDO.

Pensaba hablar del partido, pero eso me llevaría a enervarme como me enervé esta mañana en Twitter hablando del lado oscuro de una final que sufrimos más que disfrutamos. No, hoy no. Mañana, si cabe, o pasado. Yo que sé. O nunca. Hoy es el día para llorar de alegría. De rabia. De ilusión. Para emocionarse como tontos y quedarse con la sonrisa en la boca porque sí. El día de que se te ponga cara de bobo con el beso de Casillas, de reír y llorar sin control con las narraciones del partido… y de disfrutar.

Por que sí. Porque es verdad. De verdad de la buena.

¡SOMOS CAMPEONES DEL MUNDO!