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abril 30th, 2008

Akano 13 – Eternal Flame XII


Akano 13 – Eternal Flame XII (Is this the end, my only friend?)

El camino de vuelta a casa fue demasiado duro. No por lo que pudiera suponer el viaje. Nada importaba atravesar el mar en medio de una feroz tormenta. Nada importaba atravesar el desierto bajo un sol abrasador… Nada de ello tenía la menor relevancia frente al peso que cargaba sobre mis hombros, sobre mi cabeza… sobre mi corazón.

Había vuelto a fallar. Había llegado tarde otra vez. Había vuelto a pasar. Primero había perdido a Yonas, luego a mi abuelo, a Kyo… ahora había perdido a la mujer que durante tantos y tantos años, incluso en su ausencia, había dado sentido a mi vida. ¿Por qué? ¿Por qué todo aquel que se acercaba a mi familia, a mí, parecía condenado a morir sin remedio?

Yonas había sido el cabeza de turco de una conspiración contra mi familia que me había puesto en el punto de mira como el heredero de Akano Kumaru. Nalya le había matado por venganza, porque él, eso creía, había causado mi muerte. Muchos años más tarde, su huida hacia delante se había debido a su afán por ser lo suficientemente fuerte o poderosa como para proteger a su hijo, Uchiha Kyo, amenazado por el simple hecho de que su padre, otra muerte innecesaria por el mero hecho de proteger a mi familia, fuera el Teniente de mi abuelo y él fuera mi discípulo…

¡No era justo! ¡¿Por qué ellos y no yo, que lo merecía más, que llevaba en mis venas la sangre del Gran Héroe, de su gran enemigo?! ¡¿Por qué tomarla con personas que no tenían parte en aquella guerra, personas inocentes cuyo único pecado había sido acercarse a mi familia?! Si se extinguiera mi familia, pensaba, si el clan Akano, Åska, o quien quiera que fuéramos, desapareciera… ¿no terminaría entonces todo? ¿No estaría todo el mundo seguro?

Había vuelto al principio. Todo lo que hacía, pensaba… todo lo que era constituía un peligro una amenaza para aquel que osara acercarse a mí. ¿Cuánto había hecho sufrir a mis padres adoptivos en vida? ¿Cuánto a las personas que habían intentado sacarme del pozo? Estaba claro, mi destino era la soledad, un desierto donde no pudiera herir a nadie.

No estoy orgulloso de las ideas que se me pasaban por la cabeza en aquellos momentos… pero comprendedme. La mujer a la que amaba, la única persona a la que había amado y estaba seguro que la única persona a la que amaría jamás, acababa de irse para siempre. Daba igual todo lo demás. Sin ella… Sin ella parecía que nada volvería nunca a tener sentido.

Apenas logré dormir durante el viaje de vuelta. Cada vez que lo intentaba, al cerrar los ojos, la imagen del cuerpo inmóvil de Nalya, de mi abuelo, de mi hermano… los símbolos máximos de mi impotencia y mi debilidad, se aparecían uno tras otro delante de mí para atormentarme, para recordarme mi fragilidad, para recordarme que me había hundido en el mayor de los fracasos.

Shinigami, “dios de la muerte, aquello era lo que era. Yonas, mientras enterraba por primera vez a Nalya en mi universo imaginario, había explicado el sentido profundo de aquello. Desde entonces, me haba aferrado a aquella definición, la había aceptado, la había comprendido, la había asimilado y llevado a la práctica, la había, incluso, enseñado a todos los que, creía, necesitaban oírla… Casi había llegado a amarla. Me creía por encima de ella, como si fuese algo elemental y evidente. Se había convertido en mi lema, en mi piedra de apoyo, en la máxima que me hacía superar cualquier dificultad. Incluso aquella frase parecía perder todo su significado entonces.

Llegué al Sereitei aproximadamente una semana después de abandonar el fatídico volcán y la tormenta. Parecía que, de alguna forma, todo había vuelto a la normalidad, o quizás era lo que mis ojos querían creer, porque en aquellas condiciones ni siquiera era capaz de prestar atención a aquello que estuviera a más de un metro de mí.

Recuerdo que la primera vez que había empuñado a Balmung después de morir en el examen de graduación, Db había puesto de manifiesto, voluntaria o involuntariamente, una gran contradicción entre mi antiguo y mi nuevo yo, el de mi primera y mi segunda etapa en la Sociedad de Almas. El nuevo, veía en la sempiterna e inmutable vida del Sereitei el refugio ante las continuas idas y venidas, altos y bajos del mundo mortal. El antiguo, el primer Rido, como solía decir Nalya para no liarse, comprendía el hogar de los hombres mortales, aquel, para él, gran desconocido, como el lugar donde huir de la tediosa monotonía del Sereitei. Desde que había abierto la puerta y levantado el sello, marca del proceso de reciclaje de almas, ambas tendencias chocaban en mi corazón.

Por un lado no soportaba la idea de que todo pudiera seguir igual en el cuartel o en toda la ciudadela ahora que ella ya no estaba, que le faltaba la “mujer de hielo”, la “bestia de la novena División”. Por otro, deseaba ardientemente que la rutina, el trabajo y la monotonía de mis ocupaciones cotidianas me distrajeran, me rescataran y me hicieran anclarme en un mundo que deseaba abandonar ante la amenaza de que se desmoronase sobre mi cabeza.

Afortunadamente, por decirlo de alguna manera, los cuerpos espirituales, y en especial aquellos de mayor poder, tardan mucho más en descomponerse de lo que suele ser habitual para los cuerpos carnales, los mortales. Por eso, a los ojos de los demás, podía parecer que Nalya aún estaba viva, inconsciente, malherida y que yo la llevaba a la enfermería tras rescatarla del nuevo lío en el que se hubiera metido.

Aquello motivaba el interés y la preocupación de muchos con los que me cruzaba, pero yo no tenía la fuerza necesaria ni siquiera para mirarles, mucho menos para encararles y explicarles qué era exactamente lo que pasaba.

Por eso, nada más llegar, me dirigí sin demora al despacho de la Capitana, sin pararme con nadie, sin dirigirme ni saludar siquiera a aquellos compañeros que mostraban su agrado por verme de vuelta en el cuartel junto con Nalya.

Henkara me invitó a entrar, detectando mi presencia mucho antes de que yo reuniera el valor necesario para expresar en palabras aquella verdad que dominaba mi vida y que aún no me había atrevido a pronunciar, ni siquiera entre sollozos, aquellas noches a solas mientras que cargaba con su cuerpo.

Tenía la impresión de que decirlo sería como darle más realidad aún a aquella pérdida, hacer que no tuviera marcha atrás. Decirlo me obligaría a aceptarlo… y eso era algo para lo que aún no estaba o no quería estar preparado.

El día que ingresé en la División, Arturo me había confesado que la especial habilidad de Henkara le resultaba un tanto intimidatoria, a pesar del carácter generalmente afable de nuestra líder. No cabía duda de que su presencia suponía una agobiante y continua amenaza a la que uno se terminaba acostumbrando, pero que seguía ahí presente. Sin embargo, en aquel momento, su capacidad de leer mentes resultó el mayor de los alivios.

Se quedó durante escasamente un minuto mirándome fijamente a los ojos. Luego posó su mirada sobre el cadáver de Nalya y, finalmente, se volvió, silenciosa, hacia la ventana que daba al gran jardín, contemplando, al otro lado del estanque, el próximo y último destino del cuerpo de mi compañera, de mi amiga, de mi amada.

– Mañana – anunció, sin darse la vuelta. – Al mediodía. En el Panteón de los Héroes de la División.

Asentí levemente mientras dos suboficiales entraban discretamente y retiraban el cuerpo de Nalya para llevarlo a la enfermería divisional, lugar en el que reposarían sus restos hasta que llegara el momento de depositarlos en su tumba que, por un azar del destino, estaría justo al lado de la de Nakajima Kyo, el último oficial de alto rango fallecido en nuestra División y el único hombre al que Nalya se había permitido amar, aunque sólo fuera durante un instante de locura.

– Iré a…

– Irás a descansar – sugirió en un tono más bien exhortativo. – Te tomarás un baño relajante, despejarás tu mente y dejarás que sean los demás los que se preocupen. Lo necesitas.

– Gracias… – acerté a decir.

– No te quiero ver entrometiéndote en asuntos del Cuartel ni de la Academia hasta que pase el funeral – ordenó claramente. – ¿De acuerdo?

Salí del despacho en dirección al jardín tras acceder a su mandato. Andaba como si en mi mente no existiera nada más que mi refugio, el árbol donde me solía sentar a leer, escribir, meditar o, simplemente, ver pasar el tiempo. Allí era donde le había confesado a Nalya mi amor, un amor que sabía que nunca sería correspondido, pero que la veneraba fielmente. Allí había recibido de ella el encargo de educar a su hijo…

Me aferré por un momento a aquellos recuerdos, consciente de que supondría retrasar el momento en que aceptara su pérdida y la dejar a irse de verdad. Me perdí en mi memoria y, de alguna forma, volví al pasado.

Me vi de nuevo entrando por primera vez en la Academia, cuando la conocí siendo ambos todavía demasiado jóvenes y sin saber lo mucho que nos había unido ya por aquel entonces el destino, como discípulos que éramos de Akano Kumaru y Nakajima Kyo. Luego los años de Academia, el examen de graduación, el entierro de mi alma, mi vuelta al Sereitei… Su presencia había marcado, de una u otra forma, completamente mi vida. ¿Qué iba a ser de mí ahora?

– Me acabo de enterar de la noticia – escuché la voz de Bone desde la base del árbol. – Lo siento…

La voz de Bone temblaba, fruto de la emoción. Me di cuenta que no era el único que había mantenido una especial amistad con Nalya. Cuando ambos éramos académicos, se rumoreaba que entre ellos dos había habido algo. Cierto es que nunca había sucedido nada, pero no menos cierto era que, a pesar de que Bone no estaba dentro de nuestro círculo más íntimo, el ahora oficial de la Novena era de las pocas personas con las que se relacionaba Nalya fuera de Db, Krunzik, Gaby, yo… y pocos más.

Pero no sólo Bone. Db, Krunzik, Gaby, Yutaru… incluso Eliaz, quien había tratado de cortejarla cuando comenzábamos nuestro servicio como shinigamis. Todos habíamos guardado en nuestras vidas un lugar de preferencia para Nalya aún a pesar de su mal genio, de su frialdad y de las muchas trabas que ponía para que alguien consiguiera de veras llegarle al corazón.

– Yo también… – respondí, con la mirada perdida en el horizonte y la voz igualmente temblorosa. – Yo también.

Como si entendiera mi estado de ánimo, o como si lo compartiera, se sentó en silencio en la base del árbol y dejó para el tiempo. Poco a poco, me fui acostumbrando a estar de vuelta en casa y decidí corresponder a su paciencia.

– ¿Cómo fue en el norte?

– La Capitana nos ha prohibido hablar de esto contigo hasta que pase todo lo del funeral.

– Algo así me ha dicho pero… ¿Es que os ha ido mal?

– No insistas…

– Pero… ¿por qué? – pregunté, comenzando a inquietarme. – Yo siempre te cuento todo… incluso lo que no debería.

Aquel burdo intento de chantaje parecía dar su fruto pero, justo cuando iba a comenzar a explicar lo que había pasado, divisé a lo lejos la figura de Gaby y de Kyo. No me explicaba cómo habían podido acceder al Sereitei ellos solos hasta que vi a mi madre, unos metros detrás, uniformada con su viejo traje de shinigami.

Me desentendí entonces de lo que fuera a decirme el subdirector de mi Departamento en la Academia y me dirigí hacia los recién llegados. Me abalancé literalmente sobre Kyo y lo abracé, disculpándome una y otra vez por mi impotencia. Ambos prorrumpimos en un desconsolado llanto. Nuestra esperanza, aquello que habíamos deseado durante los últimos seis años, se había esfumado. Ambos habíamos fracasado en nuestra espera.

– No fui capaz de cumplir mi promesa… – volví a insistir en mis disculpas.

– No… No te preocupes – dijo en un tono de madurez que nunca antes había percibido en él. – Tú no tienes la culpa.

Me separé de él y le miré fijamente a los ojos, sorprendido por lo que acababa de escuchar. No me había dado cuenta hasta entonces de lo mucho que había crecido. Siempre lo había visto como un niño… y su cuerpo aún no se había desarrollado completamente, pero ya mostraba signos de una madurez impresionante. No en vano, pocas semanas después ingresaría en la Academia.

– Lo superaremos – sonrió. – Ya lo verás.

Es curioso como a veces unas simples palabras tan sencillas pueden conseguir lo que los grandes discursos y las grandes reflexiones no lograban. Nalya no se había ido para siempre. Aquella sonrisa infantil me había devuelto la esperanza. No sólo porque comenzaba a darme cuenta de que, si yo había vuelto de entre los muertos, ella también podría hacerlo… No sólo por eso. Lo más importante era que su hijo, Uchiha Kyo, su verdadero legado, estaba ahí.

Su confianza, su esperanza y su recién descubierta madurez fueron como un soplo de aire fresco que me permitió abrir por fin los ojos y darme cuenta de lo equivocado que había estado en aquellos días. Ni estaba solo, ni el mundo se desmoronaba, ni todo era un sinsentido. Ahora más que nunca todo parecía tener más sentido.

– No va a ser en vano – murmuré tratando de esbozar la misma sonrisa confiada del niño. – No va a ser en vano.

Llegó el atardecer, pasó la noche y se abrió la mañana en un ambiente luctuoso. Durante toda la noche no habían parado de llegar mensajes de condolencia al despacho de la Capitana, pero lo más sorprendente fue la gran cantidad de gente que se personó en el acto fúnebre para despedirse en persona de Nalya.

De algún modo, la mujer de hielo, famosa en todo el Sereitei por sus escasas dotes para socializar, había llegado ocupar un lugar en el corazón de muchísima gente, más de lo que hubiese esperado. Allí estábamos todos los miembros de la Novena División, pero también una nutrida representación de muchas otras divisiones.

Sin embargo, lo que más llamó la atención fue que, para aquel acto, aparecieran en el Panteón de la División muchos que ya no pertenecían al Sereitei, que habían decidido hacer su vida lejos de allí. Mi familia y los Wolf, incluidos Uwe, el lugarteniente de Banisher y confidente de Kaiser, Yuki, mi madrina, y Uxío, mi padre adoptivo… pero también Kuroda, su primera capitana, Data, que en cierto modo ocupó el lugar de Kyo como su mentor en el corto periodo en que había sido maestra de Kidou en la Academia, Yutaru, compañera de fatigas estudiantiles, e incluso su némesis, Pandora, a quien le unía aquella extraña relación entre el amor y el odio, habían decidido regresar a la Sociedad de Almas para despedirla por todo lo alto.

El funeral siguió los cánones que establecía el protocolo para una ceremonia así. Allí, en el Panteón de los Héroes de la División, descansaban los más altos oficiales de nuestro Escuadrón que no habían portado sobre sus hombros la capa blanca que los acreditaba como nuestros Capitanes. El recinto era una copia, aunque en reducido, del gran mausoleo homónimo que se encontraba en el centro del Sereitei y velaba los restos de los Capitanes caídos, entre ellos los de mi abuelo.

En el centro, como en la ocasión en que habíamos acudido al sepelio de Akano Kumaru, estaba colocada Vilnya sobre un pequeño pedestal no tan ostentoso como el que había soportado a Nottung casi dos décadas atrás. La ceremonia no fue tan espectacular como aquella, pero Nalya recibió los honores merecidos, como correspondía a un oficial de su rango.

Todo el ritual transcurrió de una forma muy parecida. A una señal de la Capitana, los suboficiales de la División, entre los que se encontraba Irah, cargaron sobre sus hombros el féretro de ébano, la última morada de Nalya, y la posaron sobre un pequeño altar. Un discurso panegírico de Henkara precedió a la sepultura definitiva, junto a Nakajima Kyo.

Acabado el acto, la gente comenzó a marcharse. No fueron pocos los que pasaron ante mí para darme sus condolencias, muchos de los cuales tenían la extraña impresión de que era yo el padre del niño de cuya educación ahora era responsable. No me esforcé en aclarar ese punto, no era el momento.

– Cualquier cosa que necesites… – murmuró Kuniko cuando, acompañada por Gaijin, salía del recinto.

– Gracias, Kuni – sonreí. – Estaré bien…

Ofrecimientos como aquel se repitieron hasta que el grueso de la comitiva fúnebre abandonó el lugar. Allí permanecimos solamente los oficiales de la División, los que habían retornado al Sereitei para la ocasión, Db y Krunzik.

Noté como si, pasado el momento, comenzaran a fallarme las fuerzas. Me acerqué a una de las paredes y me dejé caer. Sentado en el suelo, mirando fijamente hacia el nicho de Nalya, me abstraje completamente de lo que pasaba a mi alrededor. Sólo volví a la realidad cuando la voz de mi madre me llamó mi atención para indicarme que se llevarían a Kyo a la mansión para que yo esta noche pudiera relajarme y tomármela a mi gusto.

Al final, bien entrada la noche, me quedé solo allí, en la penumbra. Sólo unas pocas velas concentradas alrededor de la recién estrenada lápida, iluminaban el cuarto con una titilante y mortecina esfera de luz que se difuminaba al acercarse de su fuente. Como un acto reflejo, me levanté y me senté de nuevo cerca de ella.

– Gracias – dije y mi voz sonó como un grito al romper el profundo silencio que imperaba en el lugar. – Sé que te lo he dicho tantas veces que he desgastado la palabra, pero… es lo único que sé decirte. Tú… le diste sentido a mi vida, me rescataste y me trajiste aquí… Y me dejaste ser alguien en tu vida… ¿Qué más podía pedir? Así que… eso, gracias…

Me puse en pie. Había llegado el momento de marcharse, pero no pretendía cerrar la puerta. Porque no todo había terminado, porque había mucho por lo que luchar, porque no podía dejar que aquella muerte fuera en vano, porque tenía una misión, la que ella me había encomendado.

– Es curioso – me reí. – Siempre quejándote de mis sermones y ahora… ya no sé qué decir. Pero no lo olvides… cuando sea necesario yo estaré ahí, igual que tú lo estuviste luego para mí. No lo olvides nunca.

Encaminé mis pasos hacia la salida, lentamente, reflexivo. Había muchas más cosas que querría decirle, pero no encontraba las palabras en aquel momento. Me detuve varias veces, pero los sonidos no salían de mi boca.

– Cumpliré mi promesa, no lo dudes. No olvides nunca lo mucho que te quiero – dije al fin, ya en la puerta, sin volver más que la cabeza hacia el lugar de la tumba. – Yo tampoco lo olvidaré.

abril 24th, 2008

Akano 12 – Eternal Flame XI


Akano 12 – Eternal Flame XI (Game Over. Mala suerte)

“Tus padres están bien y lo demás está bajo control. Concéntrate en lo que te traes entre manos y no te preocupes por lo que está pasando aquí. Hablaremos tranquilamente de tu abuelo cuando vuelvas.”

Aquellas palabras, las que me había transmitido Kaiser a través de la mariposa infernal fueron las primeras que escuché de alguien que no fuera Balmung en más de una semana. Durante un tiempo había estado dándole vueltas al hecho de la tardanza en su respuesta, como si hubiera querido ocultarme algo y, finalmente, hubiera decidido responderme ante la imposibilidad de guardar silencio o algo por el estilo.

Sin embargo, decidí que podría invertir mi tiempo en barajar distintas hipótesis sobre aquello, pero que todas estarían construidas en el aire y, al final, no servirían más que para distraerme del que debía ser mi único objetivo: encontrar a Nalya. Era algo que ya había pospuesto durante demasiado tiempo y que debía solucionar cuanto antes.

De todas formas, no pude evitar volver a recordarlas mientras contemplaba, inmóvil, el batir de las olas contra las rocas. Había vuelto a atravesar, sin detenerme, el poblado y el bosque había vuelto a convertirse en una espesa jungla poblada de animales y rica en colores y sonidos. Había tardado varios días en volver a atravesarla y toparme de nuevo con un gran escollo que atravesar: el mar.

Sin embargo, cada día estaba más seguro de encontrarme al final de mi viaje. El rastro de Nalya era cada vez más intenso, pero no fue eso lo que me dio la pista definitiva. A los dos días de llegar al pequeño poblado pesquero que hacía de capital del Distrito 64 Sur una tormenta de fuego inundó el cielo de llamas y ceniza. Un volcán había entrado en erupción.

A pesar de sus reticencias a poner de manifiesto todo aquello que se relacionara con su interioridad, Nalya me había hablado varias veces de los caprichos de su espada, de lo insoportable que le parecía, aunque aquel fuera un juicio demasiado general siendo ella quien lo emitiera. Además, Vilnya era una Zampakutou de fuego y parecía lógico dentro del pensamiento de mi compañera que si quisiera “intimar” más con su espada hubiera acudido a la propia fragua de Vulcano si fuera necesario.

Sabía que podía atravesar el mar en cuanto quisiera, la distancia que separaba la costa de la primera de aquellas islas volcánicas era suficientemente corta como para poder recorrerla por encima de las aguas sin problema, pero algo me retenía en tierra. Era como si no quisiera enfrentarme a la prueba final de encontrarme con ella y ver en qué la había convertido aquel aislamiento que se había prolongado ya por seis años.

¿Habría triunfado en su empresa? Posiblemente no. En otro caso habría regresado al Sereitei y habría cumplido su promesa. Siempre lo hacía. ¿Estaría cerca de conseguirlo? Sabía a ciencia cierta que Nalya era capaz de lograrlo pero que también era capaz de la mayor de las torpezas si no lograba evitar obcecarse y obsesionarse con lo que pretendía lograr. Su cabezonería era a la vez uno de sus mayores defectos y una de sus mayores virtudes.

Había pasado varios días, quizá una semana, desde que me había encontrado de frente con aquella inmensidad azul marino. Pasaba casi todo el día como un ermitaño, sentado sobre lo alto de un acantilado mirando hacia el horizonte por si por casualidad atinaba a atisbarla, aunque sólo fuera un fugaz instante. Era inútil, lo sabía, pero no me atrevía a hacer nada más.

A medida que pasaba el tiempo me había dado cuenta de lo mucho que extrañaba el mar que había sido el testigo omnipresente de toda mi vida mortal. Su olor, la brisa, el batir de las olas… todo aquello me reconfortaba y quizás también embotaba mis sentidos y mi juicio. ¿Me separaría de su embrujo tan pronto ahora que había vuelto a reencontrarme con él?

El mar constituía la frontera del Rukongai. En ese sentido, el Sector Sur era un tanto atípico, pues el Anillo Exterior limitaba con muchos de los distritos inferiores al sesenta, de suerte que todas aquellas islas, en su mayor parte inexploradas y, probablemente, inhabitadas a juzgar por la gran actividad volcánica que tenía lugar en aquellos pequeños pedazos de tierra, eran ya territorio libre, al margen de la influencia del Sereitei.

Deje pasar casi otra semana, sin hacer más que contemplar el horizonte, hasta que nuevamente un volcán entró en erupción y me devolvió a la urgencia de mi misión. ¿Qué había estado haciendo yo hasta entonces? ¿Contemplar el horizonte como un turista más? ¡Nalya estaba en peligro! No hacía falta que Henkara me lo dijese, podía percibirlo yo mismo.

Me levanté, sacudí el polvo de mi ropa y me lancé a una endemoniada carrera en línea recta sobre las aguas hacia la primera de las islas, la del volcán que había entrado en erupción la semana anterior. Me llevó poco más de una hora recorrer el espacio que la separaba de tierra. Busqué en la isla, pero no había rastro de ninguna presencia. ¿Llegaba tarde?

No. No era allí. La isla en la que debía buscar estaba más al norte según indicaba mi recién descubierto olfato psicológico, así que me dirigí a aquel extremo del pedazo de tierra sobre el que me encontraba y fijé mi siguiente objetivo, que parecía alejarse del lugar de la erupción que estaba comenzando a tener lugar.

Volví a saltar de isla en isla sin resultado. Unas veces debía desplazarme al este, otras al norte… pero parecía que Nalya se hubiera esfumado de la faz de la tierra. Al fin, llegué al extremo de aquel archipiélago. Era ya de noche y no podía ver mucho más allá de las aguas oscuras, casi negras, que apenas reflejaban la tímida luz de una luna menguante a punto de desaparecer.

Busqué un refugio en la ladera del monte que gobernaba la isla y descansé hasta la mañana siguiente, aunque no fue el canto de los pájaros ni el calor de los primeros rayos del sol lo que me despertó, sino un súbito estremecimiento, como si alguien hubiera agitado la tierra con todas sus fuerzas.

Nalya estaba aún más al este, podía sentirlo. ¿Había equivocado mi camino? El este de la isla en la que había pasado la noche terminaba en un abrupto acantilado. Me dirigí hasta allí con la esperanza de que la mañana revelara todo aquello que la noche había ocultado y mi corazón dio un vuelco cuando, pequeño en el horizonte, casi difuso, vislumbré un pequeño montículo que sobresalía por encima de las aguas.

Me lancé de nuevo como una exhalación a recorrer la distancia que me separaba de Nalya. A medida que me acercaba la sentía más presente, casi como si estuviera a mi lado. Era una buena señal, eso significaba que estaba viva, pero tal emanación de energía hasta hacerla agobiante aún a pesar de la distancia no era un buen presagio. ¿Qué ocurría?

Puse el pie en aquel nuevo volcán un buen rato después. No puedo asegurar cuánto tiempo había estado corriendo sobre el océano pero estaba realmente exhausto. El sol se encontraba ya en su cénit y el calor caía a plomo por la ladera desnuda del volcán. El perímetro del monte era el perímetro de la isla. Lo recorrí pero no había rastro de ella.

Sin embargo, ella estaba allí. No había un solo átomo de mí que no lo supiera. La notaba, la sentía como nunca la había sentido. Sólo quedaba un lugar donde pudiera estar y, aunque pudiera parecer arriesgado, sabía que ella estaría allí. Puse mis pies en dirección al cráter del volcán y comencé mi ascenso hacia la cima.

A medida que me acercaba, el calor se hacía más insoportable. Ya había conseguido acostumbrarme, sin embargo, al extraordinario despliegue energético de mi compañera y lo sobrellevaba mucho mejor que en mi trayecto hacia la isla. Los vapores que emanaban de la boca de aquel gigante hacían el aire irrespirable y parecían proteger aquella especie de santuario de fuego de cualquiera que osara acercarse a él.

Comencé a preguntarme por qué aquel lugar. No había tenido dudas de que ella estaría allí y hasta había entrevisto una macabra lógica en todo aquello… Pero estaba comenzando a dudar de mi criterio. ¿Y si todo había sido un engaño?

No podía permitirme desconfiar ahora que estaba tan cerca de la cima. Dejé entonces que fuera mi fe la que me guiara y me centré en la escalada. Llegar a la cumbre y no otra cosa, ni siquiera la de salvar a Nalya, era lo que dominaba todos mis movimientos. Ya lidiaría con lo que tuviera que lidiar cuando llegase arriba.

Y al fin coroné. Ante mí, un abrupto cráter dominaba la escena. El descenso hasta una cornisa segura se hizo todavía más difícil que la subida pero tenía que hacerlo, porque no llegaba a ver qué había bajo mis pies más que en lejanas sombras ocultas por una nube de ceniza y vapores. Por unas pequeñas grietas se fugaba aire que parecía haber salido del mismo interior de la tierra, como si el infierno se hubiera decidido a penetrar en la tierra.

Estaba enfrascado en el descenso. No existía nada más en aquel momento. Temeroso, puse mis pies en una cornisa bastante amplia pero aparentemente inestable y me tumbé, para asomar la cabeza y comprobar qué era lo que estaba ocurriendo en el fondo del cráter.

Entonces la vi. Había cambiado su habitual uniforme por una vestimenta mucho más provocadora. Había renunciado a la parte inferior del uniforme y se había contentado sólo con la pieza que cubría su torso, a la que le había cortado las mangas. También habían desaparecido los guantes y su pierna derecha lucía un complicado vendaje desde la mitad del muslo hasta el tobillo, aunque no parecía que estuviera herida.

Iba a llamarla, pero pronto me di cuenta de que no sería una buena idea. Aún a pesar de la distancia y de la perspectiva se notaba que estaba sumamente concentrada y, en el medio de una batalla que parecía decisiva, se esforzaba en repeler los continuos ataques de la bestia que ocupaba el lugar de su oponente.

Se trataba de un ser de figura monstruosa, con unos enormes cuernos blancos como el más reluciente marfil que coronaban un corpulento cuerpo mitad humano mitad taurino. Aquel ser mitológico debía ser, sin duda alguna, Vilnya, el caprichoso espíritu que encarnaba la Zampakutou de Nalya. Sus manos tenían unas uñas tan afiladas que parecían verdaderamente las zarpas de un animal salvaje y portaban un enorme martillo que podría destruir los muros del Sereitei con un solo golpe. Entre carcajada y carcajada, la bestia dejaba entrever una larguísima fila de punzantes colmillos que desafiaban con su radiante blancura la oscuridad de su pelaje.

Aquel era el ritual tradicional. Para alcanzar el máximo nivel de sincronización, la liberación prohibida, el Bankai, había que someter definitivamente al espíritu que habitaba en el interior de la espada. Así, durante generaciones, los mejores de entre los dioses de la muerte habían logrado aquella especie de estado perfecto, de grado máximo. No todos, sin embargo, habían recurrido a aquel método tan agresivo, pues cada Zampakutou tenía sus propias particularidades, sus propias manías, sus propios caprichos.

El combate era feroz y encarnizado, como correspondía a la naturaleza animal de los dos contendientes. Las estocadas, cornada, zarpazos y martillazos iban y venían y la igualdad entre ambos era absoluta, como si se conocieran a la perfección, como si aquel enfrentamiento llevara produciéndose desde los comienzos de los tiempos, de forma que los ataques de cada uno ya resultaban familiares y predecibles para su rival.

¿Se habría prolongado ese combate, de forma más o menos ininterrumpida, durante los seis años que habían transcurrido desde el día en que Nalya había abandonado el Sereitei? ¿Cómo había llegado hasta tal punto aquella batalla, digna de ser relatada en los cantares de los más talentosos bardos, que parecía que el tiempo se hubiera detenido alrededor de aquellas dos figuras y que el entorno sumamente hostil sobre el que se debatían entre la vida y la muerte parecía una verde e inofensiva pradera? ¿Era todo aquello realmente necesario?

Pude haber pasado horas observándolos aunque a mi parecer habían pasado sólo unos pocos minutos. Apenas encontraba variaciones en el devenir del combate. Unas veces era la shinigami la que llevaba la iniciativa, otras veces el minotauro, pero siempre dentro de una dinámica que parecía presagiar que el resultado del combate sería un empate.

La noche estaba a punto de extender su manto y cubrir por completo el campo de batalla con la oscuridad de una luna nueva cubierta de nubes. ¿Pararían entonces? Lo dudaba. A juzgar por el desarrollo de la lucha, aquello parecía que se prolongaría hasta la llegada del fin del mundo.

¿Sería prudente intervenir? ¿Debía hacer ya mi aparición o debía respetar mi opción inicial de esperar a una pausa por el combate? Fue esto último lo que elegí, aunque aquello implicase que tuviera que esperar días.

Todo parecía proseguir igual cuando llegó el amanecer, como si el cansancio fuera una realidad que hubiera permanecido al margen de aquel lugar. Fuera del cráter un estallido que tiñó de rojo el cielo indicó que un volcán más había entrado en erupción. Casi parecía que la naturaleza reaccionaba ante toda la furia y la violencia que estaban tomando lugar en su seno.

Sin embargo, aquel caos no afectó en absoluto ni a Nalya ni a Vilnya. Los cuernos del toro hacían las veces de afiladas espadas gemelas que asistían a sus zarpas y al martillo contra la ofensiva que desencadenaba ahora la hoja que blandía la mujer y en la que debía habitar el monstruo. Ella, ayudándose magistralmente, mejor que nunca, con sus característicos apéndices invisibles, o al menos podría suponer eso en base a sus movimientos, parecía haber tomado la iniciativa en aquel furibundo diálogo.

En uno de los múltiples lances, uno de los miembros etéreos de mi amiga lanzó una enorme piedra que se había desprendido de la pared hacia el torso de su rival con tal velocidad que no daba crédito a que no hubiera sido disparada por un arma de fuego.

El inminente impacto del proyectil obligó a Vilnya a saltar de una manera un tanto forzada para esquivarlo. Aquello le hizo perder el martillo y lo expuso a posibles ataques y desembocó en la oportunidad perfecta para que Nalya usara de sus grandes conocimientos del Kidou y su espectacular manejo del reiatsu. La energía comenzó a concentrarse en la punta de sus cuernos, como había visto tantas veces en el pasado, pues era una de sus técnicas más recurrentes, con una rapidez pasmosa.

Sin embargo, el destino quiso que las tornas cambiaran cuando un súbito estremecimiento de la tierra hizo que todo el suelo temblara bajo sus pies e hizo caer, desorientada, a la Tercera Oficial. Viendo que aquella sería la mejor ocasión que tendría, el minotauro se lanzó en picado sobre su portadora apoyándose en los espiritrones que ocupaban el espacio del cráter para ganar velocidad.

La visión de aquella zarpa desgarrando el vientre de Nalya justo antes de que una de las dos astas lo atravesara con insistencia nubló mi entendimiento y me condujo hacia un estado de locura profunda. Por mi mente pasaban, como relámpagos, las imágenes de años atrás en aquel mundo irreal en las que me veía sosteniendo entre mis brazos el cuerpo agonizante de la que allí mi esposa y en este mundo la mujer a la que amaba por encima de todas las cosas. No quería que aquella imagen volviera a repetirse.

La rabia y el miedo atenazaban todos mis músculos y no pude impedir que unas lágrimas afloraran en mis ojos mientras veía como aquel espíritu encarnado sacudía abruptamente su cabeza, lanzando el cuerpo inerte de Nalya contra la pared. No lo pensé más y comencé a descender a toda prisa por la pared. Ya no me importaba nada. No iba a permitir que aquello terminara de aquella forma. Esta vez la salvaría, costara lo que costara.

Liberé a Balmung a medida que descendía y arremetí contra el minotauro, que, en su obsesión por continuar la embestida contra su ama, no había percibido mi presencia. Utilicé la maza para enviarlo lejos, al otro lado del mar de lava que comenzaba a formarse a través de las grietas que se habían abierto con el fatal seísmo.

Me agaché sobre mi amiga, mi compañera, la persona a la que más amaba y en la que más confianza tenía de toda la Creación y me puse a comprobar el verdadero alcance de los daños. Afortunadamente parecía que seguía viva, aunque estuviera inconsciente y la masiva pérdida de sangre fuera el anticipo de un pésimo desenlace.

Repasé lo poco que Xelloss me había enseñado de Kidou médico para tratar de ponerlo en práctica, pero las heridas eran demasiado graves para mi escasa habilidad en el campo. Parecía que dejaba de sangrar así que la cogí en brazos y subí de un gran salto a la cornisa a la que me había encaramado hacía ya una eternidad para observar el desarrollo del combate.

De ahí, me esforcé por llevarla a la cima del cráter y buscar un lugar seguro. Pero no encontraba ninguno. El volcán podría estallar en cualquier momento y la desnudez de la ladera de aquel monte nos dejaba totalmente expuestos. Tenía que hacer todo lo que pudiera por estabilizarla lo más rápido posible y ser capaz de llevarla a un lugar resguardado, en otra de las islas… un viaje largo para como estaba ahora

– Ri… ¿Rido?

Su voz me alertó de su consciencia mientras estaba tratando de vendar las heridas de su vientre a sabiendas de que era prácticamente lo único que sabía y podía hacer. Me acerqué rápidamente a su rostro y le di un poco del agua que llevaba en la cantimplora. Apenas fue capaz de beber.

– No hables – sonreí, intentando tranquilizarla y fingiendo seguridad. – Tienes que guardar las fuerzas.

– ¿Qué haces aquí? – balbuceó.

– Tienes que volver – le recordé. – Lo prometiste. Así que si no puedes volver…

– Los dos sabemos que no…

Una inesperada expectoración interrumpió la frase que reflejaba todos mis temores. Sí, lo sabía perfectamente. La situación era desesperada y el final parecía ya escrito, pero no quería escucharlo. Pronunciarlo en alto sólo serviría para hacerlo más real y no podía dejar que aquello terminara así.

– ¡Cállate! – le ordené, en un tono demasiado brusco. – Lo conseguiremos. Juntos lo…

– Cuida de Kyo…

– Nalya… ¡Nalya! ¡¡Nalya!!

Su última frase se perdió en un debilísimo susurro y se fundió con la brisa que, cada vez más, estaba convirtiéndose en un viento huracanado. La naturaleza la despedía de aquella forma violenta, brusca… como si quisiera imitar aquel carácter que Nalya utilizaba de escudo para que nadie descubriera la verdadera belleza y dulzura que se encontraba en su corazón.

– Era débil – murmuró una macabra voz a mi espalda. – No me…

– ¡¿“No te merecía”?! – grité indignado.

No hacía falta que me diera la vuelta, sabía bien de quién se trataba. Era su asesino, la bestia que había puesto fin a sus sueños. Ahora él estaba condenado a la desaparición igual que su dueña, aunque no quisiese darse cuenta.

– No la merecías tú a ella – continué. – ¡No merecías ser parte de ella! Ahora morirás…

– ¿Me amenazas?

– No. Tú lo has hecho… La muerte es el único destino que le espera a los espíritus de las espadas una vez sus amos han muerto…

– ¡Mentira!

– Con suerte podrás volver a nacer si se hace shinigami de nuevo… cuando vuelva – continué mientras me levantaba. – Pero no será lo mismo. Nunca será lo mismo…

Le eché una mirada fugaz al rostro de Nalya. En cierto modo, a pesar de las heridas, a pesar de la mueca de dolor, pude descubrir un cierto gesto de paz. Su lucha al fin había terminado. Me la eché a los hombros y emprendí el duro camino de regreso. No iba a mirar atrás. No debía mirar atrás, porque ya nada nunca sería igual.

abril 17th, 2008

Akano 11 – Eternal Flame X


Akano 11 – Eternal Flame X (Buen viaje)

Me levanté al amanecer del día siguiente después de un increíblemente reconfortante sueño teniendo en cuenta que había dormido en el suelo y me puse a hacer los ejercicios de meditación matinales. Me resultó extraño estar poniendo en práctica precisamente en aquel lugar algo que con tanto cuidado me había enseñado mi maestro, mi abuelo, posiblemente la última persona que había habitado aquel lugar.

Cuando quise conocer más detalladamente el pueblo y me dispuse a abandonar la casa, descubrí que, aun a pesar de que oficialmente no era un criminal, un prisionero o algo del estilo, sino que era un invitado, habían recomendado a un par de guardias que custodiaran mi puerta y pospusieran mi visita a la aldea el tiempo que fuese necesario hasta que los ancianos del consejo tomasen una decisión final acerca de mi situación; así que tuve que conformarme con recorrer la casa.

Por respeto, descarté la habitación en la que descansaba aún Eylinn y me centré en el resto de la cabaña que, misteriosamente o no, se parecía muchísimo a aquella en la que me había criado, muy lejos de allí, en el Distrito 57 Oeste. Había no obstante ciertas diferencias o desviaciones respecto a aquel modelo que tan vívidamente permanecía en mi memoria como era, sobre todo, el molino de agua al que se accedía a través de una pequeña antesala y que se levantaba sobre el agua del riachuelo que bordeaba la casa. En general, el resto de la casa era igual a la del anciano Hiruma Kunishi, un anónimo héroe de los distritos inferiores del Rukongai Oeste.

Poco después, mientras yo proseguía con la inspección de la vivienda, Eylinn se levantó y se puso a calentar agua para el té. Me saludó con voz de dormida y continuó con lo que estaba haciendo sin dedicarme demasiada atención.

– Buenos días – correspondí a su saludo. – Oye…

– ¿Sí?

– ¿Qué le esperaría a alguien que se hubiera marchado del pueblo y hubiera regresado?

– No entiendo.

– Imagínate que mi abuelo siguiera vivo y quisiera volver – concreté. – ¿Qué le esperaría?

– Pues… La verdad… – meditó detenidamente su respuesta. – No lo sé exactamente. El consejo decidiría, supongo – se encogió de hombros.

– ¿Supones?

– No soy una experta en leyes, ¿vale? – replicó. – Aquí todo se hace así. Pasa algo y los viejos deciden qué es lo que realmente está pasando.

– Ya veo…

– Además… ¿por qué querría volver?

– Me estaba preguntando cómo es que no regresó aquí cuando se escapó del Sereitei – confesé – y sin embargo eligió un lugar tan parecido a este: el bosque, la cabaña… Por cierto… ¿hay algún pasadizo subterráneo debajo de la casa?

– No que yo sepa – contestó. – ¿Por qué lo preguntas?

– Mi abuelo solía guardar sus recuerdos personales en una especie de santuario bajo tierra – expliqué. – Su diario, su espada…

– Quizás es algo que aprendió después de marcharse de aquí – sugirió ella.

– Puede ser, pero mi madre dijo que era una tradición familiar – rebatí. – Una tradición no se remonta a una generación…

– Pero siempre tiene un punto de avance…

– Mi abuelo conservaba tradiciones de aquí – cavilé en alto. – Las marcas, el olivo… ¿Qué significa el olivo?

– No… No lo sé exactamente – resopló. – Cada familia tiene uno, pero sólo los ancianos de cada clan conocen su significado.

– Entiendo – murmuré. – Entonces de trampilla nada, ¿no?

– No que yo sepa…

Pasé buena parte del resto del día buscando un acceso, una portezuela disimulada en el suelo, bajo una mesa o un armario. Iba poco a poco, tanteando con cuidado el suelo bajo mis pies en busca de un indicio que me dijera dónde estaba el pasadizo que condujera a la sala donde, estaba convencido, encontraría las últimas piezas para encajar el rompecabezas que se estaba formando en mi imaginación. Sin embargo, el esfuerzo fue en vano: no encontré ni una sola pista de su localización.

Cuando ya caía la tarde apareció en la cabaña Heimdolf, el que, según lo que me había contado Eylinn y lo que había podido ver durante el interrogatorio al que me habían sometido los ancianos, hacía las veces de sacerdote de la villa. Su llegada obligó a mi secreta compañera de confinamiento a esconderse de nuevo para que no la encontraran y se descubriera su engaño. El anciano, de larga barba blanca y el pelo recogido en una cuidada trenza entró con parsimonia, escoltado por dos guardias que relevaron a los que custodiaban la puerta.

– ¿Cómo has llegado hasta aquí? – preguntó sin ambages en cuanto quedamos solos.

– Caminando… – resoplé, sin saber exactamente cuál era el objeto de la pregunta. – Supongo.

– No me refiero a eso – sonrió cínico el anciano. – Es imposible llegar aquí sin llevar la sangre de nuestro pueblo.

– ¿Cómo?

– Nadie ni nada puede llegar hasta aquí sin llevar la sangre de nuestro pueblo – repitió. – Mi familia lleva siglos innumerables protegiendo estas tierras.

– Pero… ¿por qué?

– Nuestro padre fundador, el Señor de las Aguas, nos legó la misión de proteger los secretos que depositó en nosotros – explicó.

– ¿Secretos? – pregunté, incapaz de ocultar mi interés. – ¿Qué secretos?

– Precisamente por eso son secretos… – contestó sobriamente. – ¿Cuál era tu nombre?

– Akano Rido – le recordé. – ¿Así que su padre fundador era el “Señor de las Aguas”?

– Un gran sabio – afirmó, henchido de orgullo.

– Entiendo… – murmuré, reflexionando en alto. – Es curioso… Es la segunda vez en muy poco tiempo que oigo hablar de un fundador.

– Ya… – comentó con una total apatía, que contrastaba con el entusiasmo que me producía saber algo de la historia de aquel clan.

– Veo que no le interesa lo que yo tenga que contarle…

– Al contrario, querido amigo – volvió a sonreír. – Al contrario.

– ¿Entonces?

– Las marcas de tu espalda, tu aspecto… ¿En verdad eres…?

– El nieto de Akano Kumaru, el legendario Capitán de la Novena División del Gotei 13 – contesté.

– Ya se te dijo que esas palabras no tienen ningún sentido aquí, muchacho – me recordó. – No al menos para mis compañeros del consejo.

– ¿Qué quiere decir?

– Durante años… miles de años, – se corrigió – mi familia ha estado al cargo de la protección de esta aldea.

– Eso ya me lo ha dicho…

– No es lo que tú crees – negó con la cabeza mientras se levantaba y se dirigía hacia la ventana, con la mirada perdida en el horizonte. – No hablo de un ejército. Nuestra defensa no son las armas.

– De eso me había dado cuenta – intervine. – No me quitaron mi arma cuando me capturaron y…

– Defender este pueblo significa proteger su secreto – continuó, como si no me hubiera oído. – Proteger su secreto significa custodiar las Escrituras.

– ¿Las Escrituras?

– Unas runas muy antiguas que recogen todo lo que nos legó el Señor de las Aguas. Sólo las conocemos nosotros y…

– ¿Y los Åska? – pregunté, a medida que en mi mente se iban atando hilos.

– ¿Cómo sabes ese nombre?

– Alguien me lo enseñó…

– Ya veo… Así que toda esa historia de que llegaste por casualidad es…

– Totalmente cierta – aseveré. – Ese nombre lo escuché aquí por primera vez.

– ¿De quién? – se alarmó. – No fue durante el interrogatorio y no…

– En esta casa, anoche – continué mi explicación. – Digamos que no se me acusó de un crimen que no hubiera cometido… se me acusó de uno que no existía.

– ¿Eylinn sigue viva? – preguntó extrañado. – ¿Está aquí?

– No – mentí. – Yo mismo la ayudé a escapar anoche.

– Pero, ¿cómo?

– Usted lo ha dicho antes, querido Heimdolf – sonreí. – Las armas no son su fuerte y yo no sólo soy un profesor de Academia. Si ha seguido mis indicaciones… mañana entrará en el Sereitei.

– ¿Burlaste la guardia?

– Soy uno de los mejores agentes de inteligencia del Gotei 13 – le dije, impostando mi voz con aires de soberbia. – No fue difícil…

– Así que Eylinn estaba aquí… – murmuró. – Buena chica.

– ¿Buena chica?

– Un espíritu libre como el suyo no pertenece aquí – esbozó una ligera sonrisa. – Siempre lo supe, por eso la asigné al cuidado de esta casa. Estimularía sus ansias de volar libre – afirmó. – Muy pocos se atreven a dar el paso…

– ¿Como Kumhard?

– ¿Ella te lo contó? – se interesó.

– Sí.

– ¿Cómo averiguó?

– Encontró esto – indiqué, enseñándole el diario.

– ¡El diario de Kumhard! – exclamó. – ¡Lo encontró! ¡Lo busqué durante siglos!

– Sí – afirmé, recogiendo de nuevo el cuaderno en mis manos y ojeándolo. – Es una lástima que no sepa leer las runas, así podría compararlo con los otros.

– ¿Los otros?

– Es una larga historia… – me excusé. – Volvamos a lo de su fundador y las Escrituras. Entonces…

– “El sur es el refugio, el último reducto – recitó. – Vosotros sois los custodios de la verdad.”

– ¿“El último reducto”? ¿De qué?

– Habrá una guerra – mencionó. – Los muertos se levantarán contra los vivos, el bien contra el mal. Las puertas del Infierno se abrirán y todo será devuelto a las cenizas originales a menos que…

– ¿A menos que qué?

– Que el secreto permanezca inviolado – concluyó.

– Y el peligro vendrá del norte… – susurré, recordando la profecía tan similar que había pronunciado Kaiser antes de mi partida. – ¿Conocía Kumhard esta historia?

– ¡No es una historia! – se ofendió el sacerdote. – ¡Son las palabras de nuestro padre!

– ¿La conocía o no?

– Los Åska eran también sacerdotes – respondió. – Los guardianes del Templo.

– Entonces debía conocer las Escrituras, ¿cierto?

– De memoria, como toda su familia – asintió. – Era su deber.

– Fue la profecía lo que le hizo marcharse, ¿verdad?

– La noche en que murió su padre vino a verme – me contó. – Se encontraba entre dos aguas y necesitaba consejo. Yo le insté a que se quedara, era el nuevo cabeza de familia de los Åska y, como tal, debía proteger el Templo y a su hermana pequeña, Lilliandra.

– Y le hizo caso, al menos durante un tiempo.

– Exacto – volvió a inclinar su cabeza en señal de confirmación. – Él quería marchar, conocer el mundo y entender la amenaza que nos ha mantenido aislados durante tanto tiempo…

– ¿Y usted?

– Me hubiera marchado con él gustosamente – sentenció. – Uno no puede defenderse bien si no sabe de qué se defiende. Pero mis responsabilidades me lo impedían y…

– Tenía miedo – concluí por él.

– Sí – confesó, un tanto avergonzado. – Veo que mis temores eran infundados…

– Lo eran – asentí. – Entonces, ¿qué va a ser de mí?

– Como descendiente de los Åska, lo lógico es que ocupes la posición que Kumhard…

– No me voy a quedar aquí, Heimdolf – le advertí. – No intente convencerme, porque este no es mi sitio.

– ¡Tu sangre dice que sí lo es!

– Pero sabe bien que yo no pertenezco aquí – rebatí. – Me gustaría quedarme y aprender sobre mi familia, sobre este pueblo… pero antes tengo que cumplir la misión más importante de mi vida.

– Tenía que intentarlo.

– Lo comprendo – sonreí, tratando de demostrar empatía. – Volveré cuando termine lo que tengo que hacer.

– ¿Cuidarás de Eylinn?

– Lo haré – aseguré.

– Entonces no revelaré ese pequeño secreto. En fin, es tarde ya – suspiró. – Intercederé mañana por ti ante el consejo.

– Gracias.

– Puedes irte cuando quieras – anunció.

– ¿Cuando quiera?

– Sí – corroboró. – Si tu misión es tan importante, supongo que no querrás perder el tiempo.

– De acuerdo, partiré esta noche – decidí.

– Buen viaje, Hijo del Trueno – se despidió.

– Volveré.

– Confío en que lo harás – sonrió, dándose la vuelta. – Este hombre es libre – informó a los guardias. – Marchaos.

Con cara de no comprender, los dos vigilantes abandonaron su puesto y regresaron a sus hogares mientras la silueta del sacerdote, ese hombre que parecía renunciar a sus verdaderos deseos por preservar a sus hermanos, se perdía por el camino, bañada por el sol del atardecer. Volví al interior de la casa y le indiqué a Eylinn que era seguro abandonar su escondite.

– Casi te descubro – me disculpé. – Lo siento.

– Por un momento creí que ibas a hacerlo – sonrió. – ¿Te vas?

– Nos vamos – la corregí.

– ¿Seguro? – preguntó con un gran brillo en los ojos. – ¿Me llevarás contigo?

– No – la paré. – Deberías ir al Sereitei e ingresar en la Academia, como hizo Kumhard.

– ¿Tú no vas allí?

– Tengo que primero terminar una misión – le recordé. – Por eso llegué aquí.

– Pues iré contigo.

– No, no vendrás. Es un camino que debo recorrer solo – repliqué.

– ¿Me dejarás sola?

– Para nada – sonreí para tranquilizarla.

En cuanto nos fuimos del poblado, invoqué una mariposa infernal y se la envié a Db. Fue él el primero que se me ocurrió. Estaría en el Sereitei a ciencia cierta y sabría ser lo suficientemente discreto con el asunto.

Le pedí que se reuniera conmigo en el margen este del Yalum a su paso por la Tierra de las Arenas Ardientes. Era un viaje que le llevaría tres o cuatro días, más o menos lo que me llevaría a mí atravesar la selva.

Eso hice. Nos dirigimos hacia allí forzando la marcha, sin apenas descansar. Afortunadamente, Eylinn era una atleta magnífica y fue capaz de aguantar el ritmo. Así pudimos estar en el río antes incluso de lo previsto. Un día después, llegó Db.

– No estaba seguro de que fueras a venir – comenté aliviado tras los saludos.

– Siempre es bueno viajar al sur – rió. – Aunque nunca había venido tan abajo en el mapa. ¿Quién es?

– Eylinn – la presenté. – Este es Dbssdb… puedes llamarle Db o Pollo.

– Eso… Tú incúlcale esas cosas a la pobre…

– Él te llevará al Sereitei – expliqué.

– ¡¿Al Sereitei?!

– ¿Algún problema? – murmuré extrañado.

– Como si dejaran entrar a cualquiera…

– Es una futura alumna de la Academia – aclaré. – Podrá pasar.

– En ese caso…

– Tú sólo encárgate de cuidar de ella hasta que vuelva, ¿vale?

– Vale… – resopló.

– ¿Sabes algo de la campaña del norte?

– Aún no han regresado… – dijo con tono pesaroso.

– ¡¿Aún no han regresado?!

– No…

– No me gusta nada.

– Ni a mí, pero no se han pedido más refuerzos, así que no hay por qué preocuparse – comentó en un tono más conciliador. – Seguramente se hayan retrasado más de lo previsto.

– Está bien… ¿Cuidarás de ella hasta que vuelva?

– ¿Volverás?

– ¿Acaso te quieres librar de mí, Pollo? – pregunté burlón. – Sólo voy a buscar a Nalya. Creo que ya estoy cerca.

– Suerte, entonces…

– Buen viaje, Eylinn – me dirigí a la joven.

– Buen viaje, Rido – respondió. – Y gracias…

– No hay por qué darlas – murmuré mientras, rápidamente, me internaba de nuevo en la selva.

abril 9th, 2008

Akano 10 – Eternal Flame IX


Akano 10 – Eternal Flame IX (Åska)

– Fingí mi muerte – comenzó a explicar Eylinn. – Estaba… ¡Estoy harta!

– ¿Harta?

– ¡Sí, harta! – exclamó.

– ¿Harta de qué?

– De… De todo esto – murmuró. – Todo esto me supera.

– No es que conozca mucho las costumbres de tu pueblo – recordé. – Así que si pudieras ser más explícita…

– Cierto, cierto… – suspiró, sentándose. – Me había olvidado de que eres un intruso… Ni siquiera sé por qué te estoy contando esto…

– Pues… porque te he escondido de los guardias esos… – respondí, recurriendo a lo primero que se me ocurría.

– Sí, será eso…

– ¿Sabes qué podemos hacer? – propuse, mientras me levantaba y buscaba por la estancia hasta encontrar una pequeña tetera. – ¿Qué te parece si tomamos un té y me lo explicas?

– ¿Por qué iría a explicártelo? – insistió.

– ¿Por qué no ibas a hacerlo? – sonreí. – Creo que haber sido acusado de haberte matado me da derecho a saber cuál era exactamente mi crimen.

– Está… Está bien – concedió.

– Entonces… ¿Por qué lo hiciste?

– Ya te lo he dicho – resopló. – Porque estoy harta.

– Sí… pero… ¿de qué?

– De este pueblo – afirmó. – Son… ¡Dioses!

– Tranquilízate, mujer…

– ¡¿No lo has visto?! – gritó. – ¡Son cerrados de mente!

– Sí… de eso me he dado algo de cuenta…

– ¡Tiene que haber vida más allá de este bosque! – siguió chillando. – ¡Tiene que haberla!

– La hay – confirmé. – Mírame. Soy la prueba viviente de ello. Pero… ¿cuál es el problema?

– Vivimos encerrados aquí – explicó. – No nos dejan abandonar el bosque. Les da miedo.

– Ya veo… – murmuré. – Y por eso te escapaste.

– Exacto.

– Pero sigues aquí, ¿no?

– ¡No! – replicó rápidamente. – Bueno… S… Sí. Pero es que…

– ¿No te atreves a ir sola?

– ¡No! ¡No es eso! Es que no sé por dónde empezar…

– ¿Por qué no esperaste a tenerlo todo preparado?

– Porque… porque… No podía esperar más… – confesó.

– Ya veo… – comenté. – Un gran motivo.

– ¡No me juzgues!

– No lo hago – rebatí. – Sólo observo lo obvio. ¿Por qué no sólo escapar? ¿Por qué fingir que estabas muerta?

– No me habrían dejado salir y aunque me hubiera ido… Me hubieran perseguido y me hubieran hecho volver – explicó. – Y si no me encontrasen me darían igualmente por muerta… Sólo les facilité el trabajo.

– Parece razonable – mentí. – Y te refugias aquí porque… – continué, tratando de averiguar algo más de aquel sitio.

– Primero porque es una casa abandonada – respondió. – Y segundo… Esta fue la casa de los Åska.

– ¿Qué es tan especial?

– Verás… Existe una tradición en nuestro pueblo – comenzó a explicar. – Cuando alguien “desaparece” su casa se conserva exactamente igual.

– ¿Exactamente igual?

– Sí – afirmó. – Por si algún día vuelve, unas doncellas de la aldea se encargan de su limpieza y su mantenimiento. Yo me ocupaba de esta.

– ¿Y eso es lo que la hace tan especial?

– No.

– ¿Entonces?

– Verás, la de los Åska es una historia bastante… peculiar – dijo.

– ¿Sí? – pregunté, incapaz de ocultar mi interés. – ¿Quiénes eran?

– Les llamaban… los “Hijos del Trueno”.

– ¡El consejero Heimdolf!

– No. Él pertenece al Clan de la Luz – dijo, con toda naturalidad. – Son los encargados del culto a los dioses y…

– Me refiero a que los mencionó durante el interrogatorio al que me sometieron – expliqué. – Mira…

Me despojé, al igual que había hecho durante la vista ante los consejeros, de la parte de arriba de mi uniforme, dejando al descubierto mi torso surcado por las marcas en forma de relámpago características de mi familia. Sus ojos se abrieron como platos y parecía incapaz de pronunciar palabra alguna.

– Increíble – dijo al fin. – Increíble. Es la…

– ¿La marca de los Åska? – pregunté. – Eso me han dicho antes los viejos aquellos.

– ¿Entonces eres un Åska?

– No tengo ni la más remota idea – confesé. – Creo que sí pero… No estoy seguro. Ahora… sigue contándome…

– Verás… hace… – balbuceó, aún sin salir de aquel estado de sorpresa.

– Sigue sin miedo – la animé con una sonrisa. – Luego ya te contaré yo mi historia…

– Pues… resulta que el último de los Åska, Kumhard, desapareció hace mucho tiempo – se lanzó a la explicación. – Algunos dicen que lo asesinaron, otros que murió en el bosque, perdido…

– Me da que tú no te crees eso, ¿no?

– Para nada – corroboró. – Aquí me toman por loca, pero tú eres la prueba viviente de que Kumhard abandonó el pueblo, de que fue más allá de los árboles – sonrió excitada por poder contar su historia a alguien que parecía creerla. – Pero no sólo tú… Mira esto…

Abandonó a toda prisa la habitación hacia una contigua, momento que aproveché para servir el té en unas pequeñas tazas de barro cocido. Volvió a cabo de unos minutos trayendo un pequeño libro, idéntico al que había encontrado Kaiser años antes bajo la cabaña del Distrito 57 Oeste.

– El diario…

– ¿Cómo lo…?

– Después – sonreí. – Después.

– Aquí… – dijo, señalando una página.

– Está escrito en runas – advertí.

– Claro…

– No sé leer unas…

– ¡Ah! ¡Vale! – admitió dando un respingo. – Olvidaba que eras extranjero. Veamos… “Todo está preparado. La hora de partida es inminente. Nuevos mundos, nuevas tierras… Estoy deseando partir y conocer qué existe lejos de aquí, donde el horizonte se estrecha y los árboles se convierten en celdas”.

– Parece que quería mucho a su hogar – bromeé. – La verdad es que es muy poético… ¿Es lo último?

– Lo lógico es que así fuera pero…

– ¿Pero?

– Pocos días después de esto su padre enfermó y no tardó mucho en morir – explicó. – De la noche a la mañana se convirtió en líder de su casa y… miembro del consejo… Bueno, al menos eso era lo que debía ser.

– ¿Lo que debía ser?

– Kumhard debía ser un rebelde sin causa – sugirió. – Al parecer ponía en entredicho las costumbres del pueblo así que…

– A los ancianos no les hacía mucha gracia compartir consejo con un jovenzuelo soñador y propenso a llevarles la contraria… – completé la frase.

– Algo así – corroboró ella, asintiendo con la cabeza.

– Típico…

– Así que… Unos meses más tarde, decidió seguir adelante con su plan y abandonar la aldea.

– ¿Por qué no lo hizo antes?

– Su hermana pequeña.

– ¡¿Tenía una hermana?!

– No sé por qué no iba a tenerla…

– Tienes razón…

Si aquello era así y mi suposición de que Kumhard Åska era Akano Kumaru era cierta, me resultaba llamativo que hubiera tenido una hermana. Ni él ni mi padre la habían mencionado nunca. ¿Por qué sería? En cualquier caso, me guardé aquella reflexión para mí. Aún no había llegado el momento de explicar todo lo que sabía, o creía saber, a aquella muchacha.

– Así que Kumhard y su hermana…

– Lilliandra – dijo.

– Así que Kumhard y su hermana Lilliandra abandonaron la aldea – murmuré. – ¿Hace cuánto?

– Aquí pone que fue en el año…52 de la Era de la Paz así que debió ocurrir hace… tres mil trescientos años… más o menos.

– Las fechas cuadran… – dije en alto.

– ¿“Las fechas cuadran”? ¿Cuadran con qué?

– Está bien…

Le expliqué a Eylinn toda la historia de mi abuelo y le confesé todas mis suposiciones, aún no sustentadas en pruebas fehacientes sino en coincidencias que bien podían no corresponderse con la realidad. En cualquier caso, cuanto más avanzaba en mi exposición de aquella teoría todavía tan en pañales más me parecía que encajaban todas las piezas. Y lo mío parecía pasar para aquella joven soñadora con la que tenía ocasión de compartirla.

Lo único que seguía chirriando y no sabía cómo insertar dentro de aquel “aparato” era el hecho de que Kumhard, el que yo suponía que era mi abuelo, Akano Kumaru, tuviera una hermana menor y que esta le hubiera acompañado en su viaje, fuera o no voluntariamente. Pensándolo bien, tampoco había oído hablar nunca de la esposa de mi abuelo y su existencia era indudable… así que el no conocimiento de lo que había sido de mi supuesta tía abuela, Lilliandra, no tenía por qué invalidar el resto de mi tesis.

– ¡Todo encaja! – exclamó ella, triunfal, mientras concluía mi exposición.

– Eso parece – sonreí. – En cualquier caso habría que confirmarlo.

– ¿Cómo?

– Eso… Eso no lo sé – confesé. – ¿No hay nadie en este pueblo que haya viajado fuera de la aldea y haya regresado? ¿Alguien que nos pueda hablar de las andanzas de Kumhard fuera del pueblo? – pregunté, aunque me di cuenta de que la respuesta sería negativa antes incluso de terminar la frase.

Aquellos interrogantes devolvieron a Eylinn a aquella obsesión por escapar de su aldea y el entusiasmo que había dominado el último trecho de nuestra conversación se nubló al, presumiblemente, recordar los lazos que la ataban a aquel pueblo, a aquel lugar que ella consideraba una cárcel.

– No te preocupes, mujer – traté en vano de tranquilizarla con una sonrisa. – Ya verás cómo todo se soluciona.

– Sí, ya…

Era inútil. Aquel ambiente cuasi eufórico se había desvanecido de una vez para siempre y parecíamos incapaces de recuperarlo, así que me sumí de nuevo en mis pensamientos mientras ella releía con avidez el diario. ¿Cuántas veces lo habría leído ya? Por mi parte, yo seguía preocupado por la única pieza que no parecía encajar en mi puzle. ¿Qué habría sido de Lilliandra?

– ¡Lo tengo! – grité triunfante cuando di con una posible forma de disipar mis dudas

– ¿Qué tienes?

– Creo que sé quién me puede decir si Kumhard era mi abuelo – dije. – O al menos de confirmar que mi abuelo tuvo una hermana.

– ¿Sí? ¡Bien! – celebró.

Junté mis manos y comencé el ritual para invocar una mariposa infernal. Si alguien vivo era capaz de confirmar todas aquellas construcciones de mi mente ese tenía que ser Kaiser Wolf, el mejor amigo de mi abuelo y su compañero desde la Academia. Eylinn se sorprendió sobre manera al ver surgir de mis manos una mortecina luz asustada. Casi diría que se asustó.

– ¿Qué… qué es eso?

– Esto – expliqué, al tiempo que separaba las palmas y dejaba volar al lepidóptero libremente por la habitación – se llama “mariposa infernal”.

– ¿Mariposa infernal?

– Sí – sonreí. – Este pequeño bichito nos sirve para enviar mensajes a largas distancias y para realizar de forma segura el tránsito de las almas entre el mundo mortal y la Sociedad de Almas.

La expresión de comprensión que había comenzado a dibujarse en su rostro al escuchar que se trataba de un sistema de mensajería se tornó rápidamente en extrañeza al escuchar la segunda parte de la explicación. Parecía que aquella muchacha nunca había oído hablar de la Sociedad de Almas, los distintos mundos o los shinigamis… lo que, por otra parte, podría ser hasta lógico en una sociedad tan cerrada como aquella.

– En otro momento te lo explicaré – respondí a su expresión. – Lo prometo.

Me acerqué al insecto y le mostré el dedo índice de mi mano derecha para que se posara sobre él y así pudiera dictarle el mensaje a Kaiser. Mientras esperaba a que se iniciara el proceso de comunicación telepática con el animalillo, me di cuenta de que realmente era a la única persona a la que podía recurrir en aquel momento: el resto del mundo estaba enzarzado en muy diferentes situaciones y la mía no era ni mucho menos la más urgente ni la más peligrosa, posiblemente. Aprovecharía la ocasión para preguntarle cómo estaban los demás.

– El viaje va viento en popa. Hay novedades, pero ya te contaré todo con detalle cuando vuelva – comencé, considerando que sería cortés un cierto resumen del estado de la situación. A pesar de que el vínculo con la mariposa era telepático, susurré el mensaje para que Eylinn pudiera oírlo. – ¿Hay noticias de la expedición del norte? ¿De mis padres? ¿De Kyo? Mira que como Gaby no lo cuide bien… En fin – suspiré. – ¿Te suena que mi abuelo haya tenido una hermana? ¿Se llamaba Lilliandra? El nombre es lo de menos, seguramente se lo cambiara, como mi abuelo. Espero noticias prontas.

– ¿Va a responderte la mariposa?

–No – reí mientras enviaba volando al insecto a través de una de las ventanas. – No es una comunicación instantánea. Ella lleva el mensaje a mi amigo y él me responderá. La verdad es que no sé cuánto tardará…

– Ah…

La noche había caído ya mientras hablábamos, así que consideramos que era el momento de descansar después de aquella ajetreada jornada de revelaciones y de soñar despiertos. Eylinn se retiró a la habitación donde había encontrado el diario y yo me hice un lugar en un rincón de la estancia principal y me prometí explorar el resto de la cabaña la mañana siguiente, pues, curiosamente, no había abandonado el salón desde que había entrado.

abril 3rd, 2008

Akano 09 – Eternal Flame VIII


Akano 09 – Eternal Flame VIII (New Kid in Town)

Mis tatuajes sembraron pronto la confusión entre aquellos hombres. Inmediatamente se pusieron a discutir entre ellos acerca de mi identidad, con visibles dudas. El consejero Merth, el que me había acusado del asesinato de su nieta, se levantó de su sitial acompañado de otro, un tal Heimdolf, según pude entender, y examinaron más de cerca las marcas por si eran artificiales.

Heimdolf llamó entonces a alguien situado al otro lado de la sala, junto a unas cortinas. Un joven de corta edad, poco mayor que Kyo por lo que parecía, se acercó a él, que le susurró algo al oído. Con visible consternación salió de la sala por detrás del cortinaje y se demoró un tanto en volver.

– Siento lo de su nieta – le dije a Merth. – Si puedo…

– Cállate – murmuró cortante. – Aún está por demostrar que no lo has hecho.

Me quedé en silencio, visto que no podía entablar conversación alguna con aquel hombre y que, posiblemente, interceptaría cualquier intento de hacerlo con alguno de sus compañeros con frases como aquellas. Al cabo de unos minutos apareció de nuevo el muchacho con una especie de daga en la mano.

– Túmbate en el suelo – ordenó Heimdolf.

Lo miré confuso a la par que desconfiado al ver lo que me pedía. Parecía como si quisieran poner en práctica alguna clase de rito y la daga que empuñaba el anciano no me daba ninguna clase de seguridad acerca de lo que pudiera ocurrirte.

– No vamos a sacrificarte – me tranquilizó.

Sin dejar de mirarlo le obedecí y me tumbé boca arriba. Con un gesto de su dedo me dijo que era boca abajo como tenía que estar y me di la vuelta. Entonces depositó aquella especie de cuchillo ritual sobre el centro de mi columna vertebral, con la hoja apuntando hacia mis pies. Noté entonces un pequeño escozor por la espalda, formando una serie de dibujos que, con las marcas, supuse que coincidían con las marcas del tatuaje. Nunca antes había sido tan consciente de ellas como entonces.

– ¿De dónde vienes? – preguntó admirado otro de los ancianos mientras retiraba la daga.

– Ya… – me levanté. – Ya os lo he dicho… Vengo del Sereitei.

Sus miradas neutras y escépticas me demostraron que realmente no habían prestado mucha atención a mi explicación, así que tendría que repetirla toda desde el principio. Suspiré profundamente y comencé de nuevo a relatar el cómo había llegado hasta allí, abundando en más detalles que en la ocasión anterior para tratar de despejar todas las dudas que pudieran surgirles antes de que las preguntaran.

– ¿Y por qué llevas la marca de los hijos del trueno?

– ¿Las marcas de quién?

– De los hijos del trueno – repitió. – Esas marcas que llevas a tu espalda. Las marcas de una de las familias de nuestro pueblo.

– Como he dicho, mi nombre es Akano Rido – comencé, intentando dejarles ver que mi nombre era parte importante de aquella explicación.

– Lo dices como si ese nombre tuviera algún significado para nosotros – observó el Consejero Kartumph, que era el que ocupaba el gran sitial central. – Y la verdad es que no es así.

– Soy el nieto de Akano Kumaru, uno de los Trece Capitanes Legendarios del Gotei Trece – apostillé.

La reacción era la misma. Para ellos, estaba hablando de alguien totalmente desconocido. Llegué así a la conclusión de que, paralelamente a la nueva vida que iba a vivir a partir de entonces, mi abuelo había decidido adoptar una nueva identidad.

– ¿Hiruma Kunishi? – murmuré, probando suerte. El resultado siguió idéntico. – Creo que mi abuelo era miembro de vuestro pueblo – aseveré. – Hace unos… – me detuve a calcular mentalmente, aunque era una fecha de sobra conocida – tres mil años fue nombrado Capitán de la Novena División, a la que yo ahora pertenezco…

– Continúa, por favor – sugirió amablemente Kartumph, que parecía haber cobrado un inusitado interés.

– En el viejo régimen, los Capitanes solían alcanzar el puesto pasados unos 100 o 200 años como shinigamis – divagué en voz alta. – Puede que más o menos, pero… debió haberse marchado de aquí hace unos… tres mil quinientos años… Por dar una cifra redonda.

– Tres mil quinientos años… – susurró meditabundo Heimdolf, que debía ser algo así como el sacerdote del clan. – ¿Podría ser que…?

Un gesto del anciano principal le hizo guardarse la pregunta para sí. Aún no había llegado el momento de compartir conmigo sus sospechas y lo que pudiera haber pasado con mi abuelo. Se lo callaban para sí, probablemente hasta que pudieran asegurarse de lo que me fueran a contar.

– ¿Era joven tu abuelo?

– Algún día debió serlo – bromeé.

– Me refiero a…

– No sé – le interrumpí dándole a entender que le había entendido perfectamente. – Yo lo conocí ya anciano.

– Conducidle a la choza del molino – ordenó Merth, tras recibir una indicación de Kartumph.

– ¿A la choza del molino? – preguntó desconcertado uno de los guardias.

– Sí – confirmó el anciano de mayor rango. – A la choza del molino.

– De… De acuerdo.

Entonces, aún desconcertado por la orden que acababa de recibir, me dio un golpe en la espalda indicándome que debía moverme hacia la puerta. Obedecí al instante, pero la voz de Kartumph me hizo detenerme.

– Es nuestro invitado – señaló. – No nuestro prisionero.

– S… Sí, Señor.

Esta vez fue un gesto amable con la mano el que me invitó a proseguir mi camino. Crucé la puerta mientras escuchaba a Merth quejarse de mi nueva consideración y me encontré de nuevo en la plaza central de aquel poblado, donde los niños habían abandonado su juego para mirarme con una inquietante a la par que inquietada curiosidad. Era la novedad en un pueblo en el que no parecían estar acostumbrados a ver forasteros.

Ante las miradas de todo el pueblo me condujeron a una pequeña cabaña situada en el extremo norte de la ciudad, junto al río. Parte de la casa estaba construida sobre unos gruesos troncos de madera que sobresalían por encima del cauce del río. Por lo que había escuchado en aquella comparecencia ante los ancianos debía tratarse de un molino.

Grabado sobre la puerta, el símbolo del rayo, un símbolo que conocía bastante bien. Casi de forma instintiva, desenvainé a Balmung para comparar el indicador pintado sobre la puerta con emblema que ornaba la hoja de mi espada. Fue un gesto bastante imprudente, pues los guardias creyeron que iba a atacarles y reaccionaron apuntando hacia mí con sus rudimentarias armas y colocándose a la defensiva.

– Tranquilos – murmuré, a la vez que alzaba mi mano derecha para expresar que no era mi intención atacarles. – Sólo…

Coloqué la espada junto a la puerta y comparé los dos dibujos. El que estaba grabado en mi espada parecía mucho más “moderno”, más estilizado, sin embargo, era claro que eran exactamente lo mismo. Con aquella especie de confirmación, cada vez tenía más fe en haber encontrado de forma tan fortuita el lugar en el que se hallaban mis raíces más profundas.

– ¿Por qué me habéis traído precisamente aquí si…? – pregunté, tratando de indagar en los motivos que les habían llevado al que parecía el antiguo hogar de algún antepasado mío si antes no habían querido hablarme de mi abuelo.

– No es a mí a quien debes preguntar, forastero – me interrumpió el guardia.

– Rido – le corregí con una sonrisa. – Ese es mi nombre.

– El que sea – replicó, cortante, antes de marchar. – Entra.

Los guardias se colocaron uno a cada lado de la puerta, custodiándola mientras me miraban fija e inquisitorialmente, con las lanzas que portaban apoyadas en el suelo, pero prestas a responder a cualquier necesidad.

– ¿No habíamos quedado en que ya no era un prisionero? – les miré, manteniendo en mi gesto una sonrisa un tanto irónica.

– Entra – insistió.

No tenía ganas de discutir con aquellos hombres que, por otra parte, parecían tener alguna especie de infundada animadversión hacia mí. Empujé la puerta y entré en la cabaña, descubriendo una sencilla estancia en la que apenas había una mesa con unas cuantas sillas a su alrededor, un hogar en una de las esquinas y un pequeño armario en la pared que quedaba a mi derecha. En la izquierda, una puerta debía llevar a lo que sería el molino propiamente dicho o, al menos, a una estancia intermedia que diera acceso al mecanismo.

Lo que más me intrigó fue que en el hogar aún humeaban las ascuas, como si allí hubiera habido un fuego hacía bien poco. Me agaché, poniéndome en cuclillas, frente a ellas y las observé más detenidamente. Pronto mi mirada se perdió más allá y mi imaginación voló lejos de las fronteras de aquellas paredes, hacia pasados remotos.

¿Habría sido esa la casa de mi abuelo o de mis antepasados? Quién sabe… La verdad es que, por lo menos, estaba teniendo una tremenda oportunidad de conocer otras culturas, de convivir con ellas, de estudiarlas para profundizar en mi conocimiento de la Sociedad de Almas y todo lo que la rodeaba.

Kaiser había mencionado que había recorrido al completo nuestro mundo… ¿Habría llegado a conocer a este pueblo que parecía haber permanecido aislado de todo lo que lo rodeaba? ¿Cómo habrían vivido tantos años en aquel aislamiento casi total? ¿Cómo habían podido burlar la vigilancia del Sereitei?

Mis pensamientos e imaginaciones volaban a toda velocidad por aquellas hipótesis hasta que una hoja metálica posada suavemente sobre mi nuca devolvió mi atención a las ascuas aún humeantes que tenía delante.

– Creía que habíamos dejado claro que era un invitado – murmuré, sin cambiar de posición.

La única respuesta que obtuve fue el aumento de la presión de aquel filo sobre mi cuello. Sin comprender qué estaba pasando exactamente, levanté mis manos y, lentamente, me puse en pie, aún de espaldas a mi captor.

– ¿Quién eres? – preguntó, entre asustada y desafiante, una voz femenina.

– Akano Rido – me identifiqué al tiempo que me separaba un poco de la espada y me daba la vuelta.

Sin separar el puñal de mi cuello más que unos pocos centímetros, me miraba fijamente a los ojos, como queriendo buscar la verdad de mis palabras. Volvió a repetir la pregunta, obteniendo la misma respuesta que en la ocasión anterior. Desistiendo, bajó el puñal, sin abandonar una posición de alerta.

– ¿Y tú? – me atreví a preguntarle. – ¿Quién eres?

– No te importa – sentenció.

– No te creas – sonreí. – Soy muy curioso.

Bajé los brazos y volví a interesarme por su identidad en un tono más cercano. Ella también relajó su postura y se dio la vuelta en silencio. Luego volvió a mirarme y apartar los ojos, como si en su interior se estuviera librando una batalla entre confiar en mí y no hacerlo. Aquel combate interno se prolongó aún durante unos intensos segundos hasta que al fin respondió.

– Ya te lo he dicho. No te importa – repitió. – Así que no tengo por qué decírtelo. ¿Qué haces aquí? – volvió a tomar la iniciativa en aquel interrogatorio.

– ¿Tengo que contestarte? – la desafié.

– Sí – aseveró.

– Está bien… – resoplé. – Resulta que soy… un… asesino – afirmé teatralmente, llevándome la mano a la empuñadura de Balmung. – Al menos eso dicen… ¡No te preocupes! – aclaré, viendo la expresión de pánico que se reflejaba en el rostro de la muchacha. – Era una brom…

– ¡¿Con quién hablas, intruso?! – preguntó desde fuera uno de los guardias.

Ella miró asustada hacia la puerta, como si la presencia de más gente que la perturbara. Entonces caí en la cuenta de que habíamos estado hablando casi en susurros, como si quisiera ocultar su presencia en aquel lugar. La miré a los ojos fijamente antes de indicarle que se escondiera tras la puerta del molino con un gesto de mi cabeza.

– ¿No tenéis nada mejor que hacer que vigilarme? – contesté en voz alta.

El guardia entró y echó un vistazo a la habitación vacía. Las ascuas aún humeaban, aunque no pareció darse cuenta de ello. Me miró y volvió a revisar la estancia antes de decidir que no había nadie allí.

– No juegues con nosotros – me advirtió. – No me fío de ti.

– Gracias – sonreí burlón.

– Willibrod – le llamó el otro guardia desde el exterior. – El consejero Kartumph nos ha llamado…

– ¿Ahora? – se quejó.

– Sí.

– ¿Y el prisionero?

– Debemos dejarlo aquí.

– Está bien… – suspiró. – ¡Ni un solo juego! ¿Me oyes?

– No pensaba hacerlo – dije, esbozando una sonrisa.

Me acerqué a la puerta para ver cómo se alejaban hacia el pueblo. Cuando me aseguré de que estaban lo suficientemente lejos, volví al interior de la cabaña y llamé a la muchacha, que aún se encontraba tras la puerta. Negué con la cabeza y la miré fijamente.

– ¿Y si hubiera decidido inspeccionar la casa?

– Le habría tumbado con…

– Tranquila, Wonder Woman – me reí. – ¿De qué te escondes?

– De nadie… – respondió, con una mirada que demostraba que no había entendido qué le había llamado

– No estoy ciego, ¿sabías? – repliqué. – No serás tú el asesino que todo el mundo busca…

– ¿Me estás llamando asesina?

– Hombre, yo…

– ¡No soy ninguna asesina! – exclamó, agitando el puñal.

– Vale, vale – dije en un tono más conciliador, tratando de quitarle el puñal. – Vamos a dejar esto quietecito.

– Está… Está bien – suspiró, depositando el puñal sobre la mesa.

– Entonces… Tú no has matado a Eylinn… – sugerí, volviendo a insistir en aquello.

– Eso es imposible…

– ¿Imposible? – murmuré, escéptico. – Tienes un puñal y me has amenazado con él…

– Estaba defendiéndome – alegó. – No es que tengas un aspecto muy amigable.

– Vaya, gracias.

– Y sí. Es imposible que yo haya matado a Eylinn – insistió. – Entre otras cosas porque ella está viva.

– ¿Viva? – pregunté sorprendido. – Si su abuelo me acaba de decir que…

– Está viva – insistió.

– ¡Pero si ha visto su cadáver!

– Lo sé.

– ¿Entonces?

Me miró con recelo unos instantes antes de responder.

– Es imposible que esté muerta… porque estás hablando con ella – confesó. – Yo soy Eylinn.

marzo 13th, 2008

Akano 08 – Eternal Flame VII


Akano 08 – Eternal Flame VII (Home, sweet home?)

– ¡Un poblado! – grité como si hubiera visto al mismo Dios caminar por la tierra.

Me di cuenta de mi imprudencia cuando escuché mis palabras pronunciadas en alto, posiblemente las primeras que había pronunciado en los últimos días. Sin embargo, a mis pies, en el bosque, todo parecía seguir el mismo ritmo, como si nada hubiera pasado.

De todas formas, había algo que me inquietaba. Aquel poblado no estaba lo suficiente lejos como para haberlo pasado por alto. Eché un vistazo al mapa y mis sorpresas se agravaron más cuando, en toda la región selvática y boscosa que se extendía al este del Yalum y al sur de las Montañas del Olvido, una cadena montañosa situada cerca del extremo oriental del Sector Sur a unos cien kilómetros al norte de donde me encontraba, no había rastros de ningún poblado.

Aquellos mapas habían sido confeccionados por la Duodécima División. ¿Cómo es que hubieran engañado incluso a sus cuasi-omnipotentes recursos tecnológicos? ¿O es que acaso era una mera ilusión? En cualquier caso, aunque recelaba de lo que pudiera estar pasando, mi espíritu de investigador me llevó a variar mi rumbo hacia el poblado.

Con suerte podría averiguar algo acerca del rumbo que había seguido Nalya y, además, podría comer algo distinto a lo que llevaba comiendo los últimos días. Entablar contacto con gente desconocida, poder aprender de sus costumbres… era algo que me entusiasmaba y no tuve ninguna duda de cuál sería mi siguiente paso.

Antes de bajar de la copa del árbol, observé el terreno por el que me iba a mover. Junto al poblado había un pequeño arroyo que bajaba en cascada de una especie colina que remataba súbitamente en una pared vertical, como si se tratara de una especie de falla o un accidente de terreno similar. Las casas se situaban rodeando el pequeño lago que se formaba a los pies del salto de agua.

Era el paraje ideal para el nacimiento de un asentamiento. Un bosque que podía cubrir las necesidades alimenticias, un suelo que parecía fértil para cultivar la tierra, un río que suministraba agua pura… De no haberme encontrado una aldea a las orillas de aquel lago me hubiera incluso extrañado.

Descendí de mi improvisada atalaya y me moví en la dirección en la que se encontraba mi nuevo destino. No debería tardar mucho en llegar, no más de unos cuantos minutos. Aún así, me lo tomé con calma y cautela. No podía generar la impresión de ser un enemigo y no podía confiar demasiado en la buena intención de alguien que se ocultaba de la detección de reiatsu.

Entonces otra posibilidad se apareció a mi mente. ¿Y si en realidad no había nadie que se ocultara? ¿Y si era un pueblo abandonado o habían sido exterminados o…? En cualquier caso, lo averiguaría pronto. No tenía mucho sentido darle vueltas, pero tenía que estar listo para reaccionar en cualquier situación en la que me encontrase.

Inconscientemente, comprobé que Balmung seguía en su sitio.

– ¿Qué opinas? – le pregunté.

– No sé… – dijo con un tono que denotaba una cierta inseguridad. – Soy el espíritu de tu Zampakutou, no debería opinar.

– Gracias por la ayuda – contesté, un tanto molesto por su evasiva.

– De nada – replicó en un tono medio burlón. – Vete con cuidado…

– Sí…

Cuando conseguí tener la aldea a la vista, me aposté detrás de unos arbustos para espiar la situación de sus habitantes, si es que quedaban, y valorar la mejor forma de acercarme a ellos para evitar cualquier tipo de problemas.

Descubrí que mis temores estaban injustificados. Pronto pude ver a un grupo de niños jugando con una pequeña pelota delante de la casa más grande de todo el poblado. Una mujer los vigilaba desde una de sus ventanas mientras charlaba con otra que estaba en la calle, mirando hacia la vigilante. No podía entender lo que decían porque sólo captaba palabras sueltas, pero parecía sólo la típica conversación entre dos vecinas.

Pero no todo iba tan bien como yo hubiera querido.

– No se te ocurra ni respirar, asesino.

Los filos de dos espadas se apoyaban amenazantes contra mi garganta. Levanté las manos en un gesto que indicaría que no tenía intención ninguna de combatir contra ellos y me giré para descubrir a tres hombres que me habían rodeado por la espalda.

– En pie – ordenó el que se encontraba en el centro y que, por la voz, debía ser el mismo que había hablado antes. – Vamos.

– Sólo estoy de paso… – dije mientras me levantaba. – No he…

Pero no parecían hacerme caso. Uno de los que portaban las espadas indicó con su brazo el camino que debía seguir y volvió su mirada hacia el que parecía el líder. Éste asintió y el que le había preguntado bajó su espada y se adelantó.

– ¿Qué sucede? – volví a tratar de explicar la situación. – Sólo estoy de paso. No tengo intención de…

– Guárdate tus explicaciones para el consejo – me silenció.

Tenía la extraña sensación de haber vuelto al pasado, al día en que conocí al clan Wolf en su propio territorio. Había sido una experiencia muy parecida a esta aunque nuestro apresamiento por parte de los lobos había sido bastante más espectacular. En cierto modo, porque éramos más los que participábamos en aquella misión.

– Genial – protesté por lo bajo.

La situación difícilmente podría ya volverse peor. Rodeados por al menos medio centenar de expertos guerreros, depredadores increíblemente familiarizados con su misión y, lo que era aún más grave, conocedores de cada milímetro del suelo que pisábamos como si fuera parte de su propio cuerpo, acompañados, además, de una cantidad similar de lobos, las posibilidades de salir de allí ilesos eran nulas y las de sólo recibir heridas de escasa gravedad no parecían mucho mayores. No, empezar un combate en aquel momento era un suicidio.

En cuanto quise darme cuenta, tres hombres más nos rodearon a Gaby y a mí, mientras que, amenazados por una docena de aquellos hombres, nuestros compañeros habían adoptado una postura defensiva básica, espalda contra espada, con las espadas ya desenvainadas para repeler cualquier posible ataque.

– Parece que nos hemos metido en la boca del lobo – rezongó burlón Eliaz.

– ¿No puedes no hacer una broma? – le abronqué.

– Tenéis un amigo muy gracioso – protestó displicente el tal Uwe, que parecía molesto por el desafortunado chiste de mi amigo.

– No se podía estar callado, no – se quejaba por lo bajo Db. – Tenía que decir algo. ¡Eres increíble!

– ¡Silencio! – gritó nuestro captor. – Bien, creo que empezaremos por el graciosito para que los demás contemplen lo que les pasa a los que osan molestar a los Lobos.

– ¡Espera! – supliqué desesperado viendo como el cuchillo de combate de aquel hombre se dirigía ceremoniosamente hacia el rostro de mi amigo y se hundía en él provocando que comenzase a manar un hilillo de sangre.

– ¿Quieres que empiece por ti? – se giró amenazante.

– No, yo… – repliqué. – Tengo un presente para vosotros.

Me giré hacia Gaby, topándome con sus peculiares ojos, que escrutaban silenciosamente todo lo que estaba pasando. Su mirada estaba cargada de un cúmulo de emociones que iban de un absoluto temor a la más ilusionada expectación, pasando por la incomprensión y la indeterminación. Me preguntó con un silencioso gesto si estaba seguro de lo que hacía, a lo que yo respondí con la sonrisa más tranquilizadora que conseguí esbozar en aquel momento.

Jugar aquella baza era nuestra última opción, según habíamos acordado en el momento de salir de la casa de mis padres. Insegura, aunque aparentemente más tranquila por mi gesto, Gaby se llevó la mano a la espalda y sacó, pasando por alto las recriminaciones de sus custodios, la espada del lugar donde la tenía escondida. Desenrolló el paño que contenía el arma y se la presentó al líder de los depredadores, que la miraba atónito.

– Esa… Esa es… – murmuraba, al igual que todos los presentes.

– Es Rötterwulf, la espada de mi padre.

Con un imperceptible gesto, Uwe indicó a sus hombres que nos rodeaban que bajaran la guardia y nos dejaran relativamente libres. Inmediatamente, correspondimos a su gesto relajando también nosotros nuestra posición y esperamos un nuevo movimiento por parte de aquella gente.

– Entonces, ¿podemos irnos? – preguntó Krunzik.

– ¿Iros? – se rió abiertamente nuestro interlocutor.

– Creía que…

– Dudo que nos hayáis entendido – repuso. – Simplemente, no os vamos a matar… por ahora.

– ¿Pero vuestras leyes no…? – comencé a replicarle, provocando un gesto de asco en él.

– ¿Leyes? ¡Qué sabrás tú de nuestras leyes!

– Pero mi padre…

– Tu padre, señorita, tu padre era un traid…

De repente, la frase de Uwe fue ahogada por la sorpresa de tener en su cuello la espada de la heredera de su antiguo líder, amenazante, cuando una ínfima fracción de segundo antes la joven se encontraba a varios metros de él.

– ¡Gaby! ¡No! – le gritó su mejor amiga.

– Krunzik tiene razón – le instó Db. – Moriremos si lo haces.

Nuestros adversarios tomaron nuevamente posiciones. El inmenso ejército que nos rodeaba estaba ahora bastante más cerca que cuando lo vimos por primera vez y los hombres que nos habían apresado volvían a amenazarnos con sus armas, aparentemente rudimentarias pero templadas al fuego de la supervivencia.

– Vaya, vaya. Parece que queremos jugar – murmuró al fin en un tono extremadamente confiado. – Bastaría con que brotara una sola gota de sangre de mi cuerpo para que no tengan piedad de vosotros. Tardarían menos de lo que vosotros podáis imaginar en reduciros a sangre y huesos.

– No vuelvas a despreciar a mi padre…

– Qué bonito el amor filial – se burló mientras apartaba soberbiamente la espada de su cuerpo. – ¡Apresadlos!

– Luna de Devastación – sugirió Eliaz.

– ¿Estás loco? ¡Somos cinco! Ni siquiera tu súper-escudo podría protegernos a todos.

– ¿Prefieres que nos cojan?

– Por lo de pronto es mejor así – contesté, dejando que me ataran.

– Ya que tanto os interesan nuestras leyes, os llevaremos ante el Caudillo – anunció. – Él decidirá qué hacer con vosotros.

– Genial…

Como entonces, me guiaron hacia la parte central del poblado. Hacia la casa grande. En el recorrido pude confirmar lo que había visto desde lejos. El poblado estaba formado por pequeñas cabañas de madera, muy parecidas a la que había sido el hogar en el exilio de Hiruma Kunishi, Akano Kumaru, mi maestro, mi abuelo.

Me fijé en un detalle entonces en algo que no me había llamado la atención cuando había observado la disposición del poblado desde lo alto de aquel roble. Como ya dije, sabía poco de botánica, pero sabía que algo allí no encajaba. Era una tierra húmeda y fértil y, sin embargo, las calles estaban pobladas de olivos.

No le encontraba el sentido, pero tampoco me dieron mucha oportunidad de hacerlo. Casi sin darme cuenta había entrado en el gran salón del edificio principal de la aldea. Se trataba de una cabaña de madera, de mayor tamaño que la normal, con una serie de escudos grabados en la mampostería de la fachada principal.

En aquella sala había una sillería, como los coros de las catedrales. En los sitiales, hechos de madera bellamente tallada, había dibujos y escenas que representaban personajes de la mitología nórdica. Pude adivinar algunos, como Odín, Thor o Heimdall, por sus atributos, pero otros me resultaban totalmente desconocidos.

Minutos después, un grupo de unos siete hombres, tantos como asientos había en el coro, entraron en la sala. Eran ancianos, el más joven aparentaba unos sesenta años mortales, e iban vestidos con ropas de colores vistosos aunque nada extravagantes.

Me permití hacer volar mi imaginación mientras se sentaban y discutían entre ellos mirándome por el rabillo del ojo. El jefe de la patrulla que me había apresado los había identificado como el Consejo. Pocos pueblos primitivos tenían una estructura asamblearia así que probablemente su cultura era bastante avanzada, al menos en el terreno de lo social.

Quizás se tratara de los patriarcas de siete familias, de “magos”, esto es, de gente capaz de canalizar su reiatsu en formas que los comunes no podrían, los ancianos del pueblo, los sabios o los generales. Aunque esta última posibilidad era un poco más remota. No era una aldea muy grande, no habría un ejército con siete generales.

– Tú – me señaló el que se sentaba en el medio, y que parecía el más anciano del pueblo. – ¿Quién eres?

– Soy el Quinto Oficial de la Novena División del Gotei Trece – me identifiqué siguiendo el protocolo habitual. – Mi nombre es Akano Rido. Vengo aquí en…

– Sólo te hemos preguntado por tu nombre – intervino el más joven, sentado a su derecha, con voz cortante.

– Y bien “Quino Oficial de la Novena División del Gotei Trece, Akano Rido” – repitió con un tono entre ceremonioso el anciano, que parecía llevar el peso del interrogatorio. – ¿Eres consciente de que has invadido nuestras tierras?

– Mi intención no…

– ¡Responde a la pregunta! – volvió a insistir en un tono más airado el más joven.

– ¡Cálmese, consejero Merth! – intervino un tercero, un tanto enojado, que se encontraba en el extremo contrario de la sillería.

– Sí – asentí. – Sé que he penetrado pero si me dejaran explicarme, caballeros…

– Hay muchas cosas que debes explicarnos – prosiguió el más anciano. – Pero no en este momento. Limítate a contestar mis preguntas.

– De acuerdo…

– ¿Mataste a Eylinn?

– ¡¿A quién?! – pregunté, sorprendido de que me hicieran una pregunta semejante.

– ¡A mi nieta, maldito cabrón asesino! – me gritó Merth, dejando claro cuál era el motivo de su descomunal enfado.

– No – sentencié solemnemente. – No lo hice.

– ¿Cómo puedes estar seguro? – preguntó uno de los que aún no habían hablado.

– Como dije antes, soy el Quinto Oficial del Noveno Escuadrón del Gotei Trece…

– Eso no sirve de nada aquí – afirmó el anciano del centro. – Ni siquiera sabemos qué significa.

¿No sabían nada de la autoridad del Sereitei? Aquella contestación me cogió por sorpresa. No concebía un lugar dentro de la Sociedad de Almas que no estuviera bajo la jurisdicción de la Ciudadela de las Almas Puras. ¿Acaso había cruzado hacia el Anillo Exterior sin darme cuenta?

– Supongo que no – rezongué. – Pero sirve a mi explicación. Provengo del centro de la Soci… de muchos kilómetros al noroeste – me corregí, por si acaso el concepto les parecía desconocido. – Nunca antes había pisado vuestro bosque.

– ¿Cómo podéis estar seguros de eso?

– No podéis estarlo – me encogí de hombros. – Pero podéis confiar en mi palabra.

– No confiamos en extranjeros…

– Está bien… – asentí. Esa era la razón de su escaso conocimiento del exterior, pero en ningún caso era beneficiosa. – Vengo en busca de una mujer, una oficial de mi División y la mujer a la que amo – expliqué, dispuesto a aclarar todo aquel malentendido. – Su rastro me trajo hasta esta zona. Atravesé la selva y llegué a este territorio hace escasamente unas horas…

– ¿Dices la verdad?

– Digo la verdad – aseveré. – Hace más de una semana que no entablaba contacto con otras personas. Nunca he visto ni he conocido a vuestra nieta – me volví hacia el consejero Merth – y, por favor, creedme cuando os digo que nunca hubiera hecho nada parecido y que si hay algo que pueda hacer…

– ¡Basta! – me interrumpió el agraviado abuelo. – ¡Basta de lisonjas! ¡Llevadle a la plaza para impartir justicia!

– Esperad – dijo el consejero que le había llamado a la calma la primera vez. – Yo no estoy tan seguro de que no creerle…

– ¿Es que no quieres justicia, Godwurth?

– Precisamente porque quiero justicia y no venganza no quiero precipitar las cosas – sentenció. – ¿Qué es lo que quieres tú?

Un murmullo de aprobación recorrió la asamblea allí reunida, obligando al consejero Merth a un discreto y avergonzado silencio, aunque seguramente estaba acuchillándome en su interior. Acababa de encontrar un inesperado aliado, pero también había encontrado un encarnizado enemigo.

– No pretendo ser una molestia – aseguré, tratando de escabullirme. – Sólo quiero seguir mi camino y encontrarla…

– No será tan fácil – terció el anciano que parecía dirigir aquel consejo. – Por lo de pronto serás nuestro prisionero hasta que se aclare esta situación.

– Supongo que no me queda otra opción – cedí.

– No – negó. – Guardias…

Dos hombres entraron en la sala por la misma puerta por la que habían entrado los ancianos antes del inicio de aquella especie de juicio. Portaban lanzas y llevaban el pecho descubierto. Se acercaron un momento a la sillería y, por un momento me dieron la espalda, dejando ver unas marcas que me resultaban inquietantemente familiares. Eran muy parecidas a las que surcaban mi espalda y la parte superior de mi pecho.

Tuve una corazonada. Los olivos, aquellas marcas, las referencias a los dioses nórdicos… Todo parecía encajar misteriosamente como las piezas de un puzle. ¿Podría ser? Sí. No había nada que pareciera negarlo y, en cualquier caso, no perdería nada por intentarlo.

– Caballeros – murmuré, después de aclararme la garganta.

Sus miradas se fijaron en mí mientas me despojaba de la parte superior de mi uniforme. Me di la vuelta y les dejé ver las marcas provocando una súbita reacción de profunda sorpresa. ¿Pudiera ser que mi corazonada fuera correcta?

– ¡¿Es de los nuestros?! – exclamó en un chillido ahogado el consejero Merth, que parecía decir en alto la misma pregunta que se pasaba por las mentes de todos.

febrero 28th, 2008

Akano 07 – Eternal Flame VI


Akano 07 – Eternal Flame VI (Welcome to the jungle)

Me disponía a trepar por la pared más cercana en dirección al sur cuando un grito escalofriante inundó todos mis sentidos. Una voz que conocía desde siempre pero que nunca antes había escuchado más que en sueños.

– ¡Shinigami-san!

Afortunadamente aún no había empezado mi escalada. Me detuve y miré en todas direcciones. Sabía que ese grito, de algún modo, realmente nunca se había producido fuera de mi mente, pero quería intentar comprobar que no me estaba volviendo loco. No había nadie allá donde me alcanzaba la vista. Y no era capaz de captar ningún reiatsu en varios kilómetros a la redonda.

Meneé la cabeza tratando de expulsar pensamientos extraños de mi cabeza y comencé a escalar la pared de roca viva. Cuando estuve en lo alto, una osadía que me llevó casi una hora, descubrí el sol naciendo más allá de las junglas salvajes del este. A modo de comprobación, para asegurarme, volví a revisar con la mirada todo lo que me rodeaba.

En el pueblo se comenzaban a ver los primeros ajetreos. La gente se levantaba con el alba para comenzar a labrar los campos, pues aún en aquella zona que parecía más desértica que el fértil oeste donde se encontraba el Distrito 57 Oeste, mi hogar, la tierra se dignaba en bendecir con sus frutos a los que la trabajaban.

Pero no había rastro de nadie que pudiera haber proferido aquel grito. En mi corazón, en algún lugar muy dentro de mí, sabía quién me había llamado, pero quizás no podía identificarlo claramente. Volví a menear mi cabeza y me detuve.

Debía seguir un poco al sur y girar al este. Como si mi intuición quisiera adelantarse, volví a mirar fugazmente a las junglas que comenzaban a extenderse más allá del gran río, el Yalum, que atravesaba de norte a sur el horizonte oriental, que suponía una barrera natural entre dos regiones que parecían radicalmente enfrentadas.

Sin embargo, no quería arriesgarme, había descubierto el rastro de Nalya que me guiaba más hacia el sur, y era mejor no perderse. Eché un vistazo al mapa. A partir de allí, al sur, se extendía un gran desierto, la Tierra de las Arenas Ardientes, salpicado de pequeños oasis donde se asentaban los pueblos, principalmente nómadas.

Entonces comprendí que no era sólo que hubiéramos avanzado poco, sino que los distritos de la zona austral eran inmensamente más grandes en aquella zona central de lo que sería el Sector Sur de la Sociedad. Los distritos se dividían en función de su población y, por eso, todo el gran desierto, que ocuparía casi cinco distritos en el Norte, era uno sólo allí.

Llegar a las Montañas del Aullido, el extremo septentrional de los territorios de la Sociedad de Almas, llevaba unos dos días avanzando con presteza y sin detenerse, a una velocidad que no era fácil de alcanzar para los meros habitantes del Rukongai y mucho menos de mantener. ¿Cuánto se tardaría en alcanzar el extremo sur, el legendario Mar de las Tormentas?

Decidí dejar las disquisiciones geográficas para más tarde y continuar avanzando. Comencé a avanzar por la montaña, pero pronto me di cuenta que eso retrasaría sobremanera mi marcha. Descendí hacia el valle, hacia la aldea que un día casi había quedado asolada por culpa de unas bestias (y en parte por culpa mía que había decidido que la mejor forma de vencer a aquellos demonios era formar una avalancha de piedras, aprovechando que lamentablemente quedaban pocos ciudadanos con vida y que los supervivientes habían sido ya evacuados) y continué por allí hacia el sur.

A media tarde me encontré con un nuevo escollo. El extensísimo valle terminaba en la unión de las dos cordilleras que, realmente, no eran dos que corrían paralelas, sino que era una misma que describía un dibujo entre una V y una media luna. Al final el único camino me obligaba a cruzar cadena montañosa, algo que había descartado a primera hora de aquella misma mañana, cuando el valle se había presentado como la mejor forma de dirigirme a mi camino. Aún así, probablemente había ganado bastante tiempo.

En cualquier caso, llevaba en marcha desde varias horas antes del amanecer, así que decidí descansar aquella noche antes de atravesar el último escollo que me separaba de las Tierras de las Arenas Ardientes.

Me acerqué hasta la base de la cadena montañosa y busqué una roca que me sirviera de refugio para pasar la noche. Aunque no hacía falta refugiarse del frío, sino más bien todo lo contrario, al menos estaría más seguro en una zona desconocida que durmiendo al aire libre. Aunque fuera shinigami, no podía estar seguro de que respetaran mi autoridad ni quería imponerme por fuerza a nadie.

La noche transcurrió sin mayor dificultad y me desperté, según era mi costumbre, antes del alba para reanudar mi camino. Cuando subí a la cima pude ver con mayor nitidez aún que el día anterior la gran extensión de arenas blancas que aparecían ante mis ojos y que se extendían, al menos, decenas de kilómetros en cualquier dirección.

Miré hacia mi izquierda, hacia el sol naciente, y el brillo de astro rey me obligó a utilizar mis manos a modo de visera. El Yalum parecía un torrente de fuego debido al reflejo rojizo de los rayos del sol. Cerré los ojos y venteé, como un perro de caza, la brisa matutina buscando cual sería mi destino.

Sureste. Tal y como había predicho mi intuición, debía dirigirme a la jungla que se extendía más allá del gran río. Con fuerzas renovadas, di un potente salto hacia delante que, gracias al desnivel, me permitió avanzar varios cientos de metros antes de comenzar una endiablada carrera ladera abajo.

Antes de lo previsto pisé las arenas ardientes del desierto y comprendí el nombre de aquellas tierras. El sol daba de lleno y no había ninguna sombra bajo la que refugiarse. Aún así, las montañas, que ahora quedaban al norte, resultaban como un pequeño parapeto así que lo aproveché cuanto me fue posible para no sucumbir al calor infernal.

Pero se acercaba el sol de mediodía, una gran amenaza. Había recorrido más camino del que había imaginado en un primer momento, pero aún así quizás no llegara a la orilla del río a tiempo suficiente para guarecerme del sol en cuanto este alcanzase su clímax. Apreté los dientes y corrí más rápido aún a fuerza de agotar mis fuerzas bajo el acuciante calor.

Conseguí mi objetivo y, al mediodía, me encontraba ante el Yalum, el gran río al que, según había oído, numerosos pueblos de aquella zona adoraban como a un Dios. Durante algún tiempo me había preguntado cómo era que aquellas personas, la mayor parte de las cuales habían ya pasado por el tránsito de la vida eterna, creían en los dioses… pero el reencuentro con Uxío me había recordado que yo tampoco, que pretendía ser un escéptico, había perdido la fe que mi padre adoptivo me había inculcado. Aunque yo había tratado de extinguirla, la semilla había brotado en mi interior y de vez en cuando me descubría con algún tipo de comportamiento religioso que nunca habría llegado a imaginar que adoptaría.

Crucé hacia a la otra orilla, apoyándome sobre los espiritrones para caminar sobre las aguas tal y como nos habían enseñado en la Academia. A la sombra de un árbol, uno que nunca había visto, recuperé el aliento y dejé que se pasaran los primeros síntomas del agotamiento. Al final no pude hacer otra cosa que sucumbir a la tentación de bañarme en las tranquilas aguas del río.

El contraste de temperaturas fue fascinante. A pesar del abrasante bochorno del exterior, las aguas en perpetuo movimiento del Yalum estaban tan frías que casi eran capaces de cortar la piel. Costaba meterse en el agua, pero el resultado se agradecía después de la fatiga. Estuve un buen rato sumergido, hasta que comencé a notar el hambre.

Salí del agua y me acerqué a la mochila donde guardaba las provisiones. Había aún suficientes para un par de días pero tenía que ir reponiéndolos. Ése era uno de los grandes problemas de las almas con algún tipo de poder: el hambre. Tendría que encontrar provisiones de alguna forma porque iba a enfrentarme a la jungla en los próximos días.

Mi primera decisión fue reservar para momentos de escasez los víveres no perecederos que formaban parte de las raciones de viaje que proporcionaba el Sereitei a sus shinigamis cuando se enfrentaban a alguna misión larga. Afortunadamente eran la mayoría y sólo un par de frutas, algo maduras de más ya por el calor, suponían un problema en cuanto a su caducidad.

Miré hacia el río y vi algunos peces nadando en pequeñas pozas, amén de los otros muchos que corrían felices entre las aguas del cauce principal. Hacía tiempo que no pescaba, desde que había abandonado el Distrito 57 Oeste, donde solía ir de pesca con Yonas o con el maestro. Recordarlo me hizo sentir un tanto nostálgico y una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios.

Estiré la mano y, tras varias intentonas, capturé uno entre mis manos, lo suficientemente grande como para saciar mi apetito aquel medio día. Encendí un pequeño fuego y lo limpié utilizando el filo de una pequeña daga que me había llevado por si acaso. Luego lo asé y fue mi comida de aquella tarde, acompañado de las dos piezas de fruta que apunto estaban de comenzar a pudrirse.

Fue entonces cuando comenzó mi aventura en la jungla. Marché con precaución, por los libros y lo que había aprendido por la televisión durante mi vida mortal había aprendido que no era tan fácil moverse por ellas como por un bosque, pero casi. Pronto me acostumbré, al fin y al cabo, siempre me había sentido más cómodo moviéndome por lugares complicados y al anochecer había avanzado bastante más de lo que había hecho por la mañana atravesando el desierto.

Aprovechando la luna llena que dominaba la noche, aún pude proseguir un par de horas hasta encontrar un pequeño refugio. Parecía que había sido la madriguera de algún tipo de animal, pero llevaba tiempo abandonada y no correría peligro.

Realicé mis ejercicios de meditación diarios, pues con las prisas por avanzar no los había hecho en todo el día ni el día anterior y me dispuse a dormir. Sin embargo, el sueño aún tardó en capturarme y pude reflexionar sobre todas las cosas nuevas que estaba descubriendo.

La jungla era un concierto de sonidos y colores que cobraban una especial vida bajo la luz plateada del gran lucero de la noche. El canto de los pájaros nocturnos, el viento batiendo contra los árboles… Era algo totalmente novedoso para mí. Sí, había pasado noches enteras contemplando las estrellas tumbado entre los árboles del bosque que rodeaba la casa del maestro pero… aquello era totalmente nuevo.

Me encontraba lejos de todo lo que conocía. Lejos de la seguridad del Sereitei y de la Academia. Lejos de la comodidad de la mansión de mi familia. Lejos, incluso, de la vieja cabaña del maestro, junto al lago, el bosque, la gente del Distrito. Todo aquello era completamente extraño. Me sentía desprotegido como el día que llegué por primera vez a la Sociedad de Almas, pero a la vez me sentía totalmente embobado por el gran espectáculo de la naturaleza que se abría ante mis sentidos.

Casi sin quererlo, me imaginé a Nalya atravesando la misma parte de la selva, quizás acurrucada en aquella madriguera. Seguramente se estaría quejando del ruido o de la gran cantidad de mosquitos que, ciertamente, eran realmente molestos y para los que había colocado una pequeña rejilla de ramitas verticales, como esas puertas de cuerdas con pequeñas bolitas de madera. Aunque no era suficiente…

Su imagen en aquel escenario, no sé por qué, me causó gracia y no pude contener una risa. Pero al mismo tiempo me recordó lo muchísimo que la echaba de menos, una sensación que, a medida que sentía acercarme a ella, aumentaba.

¿Por qué habría elegido el sur? Podía entender que hubiera buscado el desierto. En muchas culturas se entendía como el lugar privilegiado de encuentro con los dioses y, además, Vilnya era una criatura del fuego. La asociación era fácil…

¿Pero por qué aquella jungla? Quizás persiguiera algo… Quizás… Me di cuenta que podría haber obtenido información en alguno de los pueblos por los que había pasado para ayudarme en mi búsqueda. Ahora, que estaba en medio de una florida nada, poco podía hacer al respecto, pero esa observación, estaba seguro, me sería útil en el futuro y era algo a tener muy en cuenta.

Poco a poco, contemplando aquel maravilloso escenario y sumido en mis pensamientos, fui sucumbiendo a las redes de Morfeo. El lugar era incómodo pero conseguí descansar lo suficiente como para reanudar sin problemas la marcha.

Con las luces del alba, la selva era un lugar distinto. Los colores que durante la noche me habían embelesado resultaban aún más brillantes, más vivos, más atractivos… Conmigo parecían despertarse todas las criaturas que habían pasado la noche ocultas en sus madrigueras y la selva parecía aún más llena de vida.

Los mosquitos seguían acosándome y casi desbaratan por completo mis ejercicios de meditación. Me sentí privilegiado por poder haberlos llevado a cabo en semejante marco, acompañado de los silbidos de atrevidos pajarillos. Era todo tan hermoso que casi esperaba que surgiera algo que acabara con la idílica estampa, pero no fue así.

Conseguí dejar atrás a los insaciables insectos vampíricos cuando reanudé la marcha. Al parecer no podían igualar mi velocidad, lo que resultó un alivio. Así pasé varios días, persiguiendo el rastro de Nalya, pescando en los riachuelos o cazando pequeños roedores para sobrevivir y avanzando, normalmente siempre hacia el este.

Al cabo de esos días, cuatro o cinco, no lo recuerdo ahora, comencé a ver como el paisaje cambiaba y comenzaba a parecerse más a un bosque de los que abundaban en tierras más septentrionales. Sin quererlo, pues aún a pesar de que la novedad se había esfumado, seguía disfrutando sobremanera de la selva, comencé a sentirme un tanto como en casa. Era un paisaje demasiado formal.

Atravesaba entonces por un grupo de robles que casi parecían dispuestos de forma deliberada formando una figura geométrica. Sin embargo, pensé que sería un simple capricho de la naturaleza. No le di importancia hasta más tarde, cuando encontré una formación parecida, casi idéntica. Ahí fue donde comencé a sospechar.

Luego, a pesar de mis deficientes conocimientos de botánica, algo que siempre sumía a Gaijin y a Kuniko cuando salíamos a entrenar por ahí en interminables conversaciones acerca de las propiedades de tal o cual planta que nos habíamos encontrado y a las que yo no terminaba de encontrarle la misma gracia que ellos le encontraban, me di cuenta que el resto de árboles no eran robles. Aunque su forma era más o menos parecida, sus hojas presentaban bastantes diferencias. Seguramente más aún para un ojo experimentado que para uno como el mío.

Me paré en seco y cerré los ojos para activar al máximo todos mis sentidos de detección de reiatsu. Nada. Nada en muchos kilómetros a la redonda a menos de que fueran expertos capaces de ocultar su energía espiritual incluso a los sentidos de alguien tan experimentado en el espionaje como era yo.

Decidí entonces que la soledad comenzaba a jugarme malas pasadas, aún a pesar de gozar de la inestimable compañía de Balmung, con quien sostenía interminables conversaciones en las horas muertas que invertía en comer o en el rato que tardaba en quedarme dormido. Aquello me preocupó y casi deseé no haber dejado atrás a Gaby y a Kyo hacía ya una semana.

En cualquier caso, dejando de lado aquello, cada vez era más consciente de que había sido la mejor decisión. Di las gracias en varias ocasiones a poder estar solo. Avanzaba más rápido y era capaz de encontrar mejores refugios, pues era mucho más fácil encontrar cobijo para uno que para tres.

No podía dejar de avanzar y no quería alimentar una posible paranoia. Seguí avanzando y vi que, de forma periódica, aquellas formaciones se repetían. Hice una marca, un rayo, con la daga en la corteza de uno de aquellos robles para comprobar que no daba vueltas. Y así era, nunca volvía encontrar ese rayo a pesar de la repetición de los robles.

Dejé entonces de avanzar y repasé mi trayectoria para asegurarme. Había avanzado siempre al este, por aquella robleda tan extraña. Estaba seguro de no haberme desviado de aquella dirección porque no había encontrado ningún escollo que me hubiera obligado a ello, aunque la tarde caía y el sol a mi espalda ponía cada vez más difícil el orientarse.

Fue entonces cuando convine que la mejor solución sería subir a lo alto de uno de los árboles y observar el territorio. Cuando llegué a la copa del grupo observé que, efectivamente, una decena o quizás una docena de robles en aquellas formaciones geométricas se repetían en varios intervalos regulares de tiempo. Formando un arco. No, más bien un círculo. Un círculo en cuyo centro había algo que hizo que estallara en una descontrolada risa.

– ¡Un poblado! – grité como si hubiera visto al mismo Dios caminar por la tierra.

febrero 20th, 2008

Akano 06 – Eternal Flame V

Akano 06 – Eternal Flame V (Wolves)

Antes de partir, volví a concentrarme en buscar el rastro de Nalya. Parecía más fresco que el que había encontrado en casa de Kyo, aunque en cierto modo era menos intenso. Afortunadamente era un olor difícil de olvidar y me fue fácil identificarlo. Se había dirigido hacia el este.

La primera pausa para descansar y tratar de precisar el rastro fue cuando el sol estaba ya alto sobre el cielo. Hasta entonces, había estado embobado en mis pensamientos y casi no había hablado. Y lo mismo podría decirse de Kyo y de Gaby, cuyo carácter parecía haber cambiado radicalmente en los años que habían transcurrido desde que la habíamos dado por muerta.

Poco rato después de que el viejo Wolf abandonara la sala, yo mismo me levanté y me apoyé en el umbral de la gran puerta corredera que daba al jardín. Días atrás, aquel pequeño huerto había sido el escenario del combate de nuestra vida. Un combate que era la verdadera puerta hacia el futuro, un futuro que parecía borroso después de todo lo que había pasado en aquellos años.

– ¡Rido!

Esta vez era la voz de Yuki, mi madrina, la que había irrumpido en la sala rompiendo mi momento de paz. Se la veía alterada, desesperada… pálida de dolor. Tenía los ojos irritados de llorar y la voz rota. ¿Qué había pasado? ¿Qué pasaba ahora?

– ¡Es…! ¡Es Gaby!

– ¿Gaby?

– Sí…

El rostro de mi madrina no daba lugar a albergar muchas esperanzas. Dada la sucesión de acontecimientos en los últimos días me obligué a no pensar en lo peor y a mantener la cabeza fría. Pero era algo casi imposible. No sabía de muchas cosas capaces de hacer llorar a mi madrina y una era…

No quería pensar en ello.

– Lo avisaré yo – la detuve cuando vi que se disponía a avisar a Kaiser. – Tú… sólo espéranos aquí.

– Es… está bien…

Subí lento las escaleras que conducían al primer piso, donde se encontraban las habitaciones. La de Kaiser estaba al final del pasillo, así que traté de andar sigilosamente para no despertar a mis padres por el camino. Me detuve delante de su puerta a respirar y tratar de mantener la calma. No quería dar nada por sentado y, mucho menos, agravar la posible reacción del Capitán.

– Viejo… – lo llamé. – Kaiser.

Remoloneando un poco, se giró hacia mí y entre abrió un ojo. Exhaló un profundo suspiro de cansancio y se frotó la cara. Volvió a suspirar y, al fin, se incorporó, quedándose sentado sobre su cama y mirándome fijamente con cara de incomprensión.

– ¿Aún sigues despierto?

– Yuki acaba de llegar… y trae noticias importantes – le dije, tratando de preparar el terreno.

Un matiz en mi voz me traicionó y el perspicaz lobo al instante supo que algo iba mal. Escrutó mi mirada, posiblemente tratando de buscar una respuesta que yo aún no parecía querer darle y, al final, se rindió.

– ¿Qué pasa?

– Se trata de Gaby – le informé pesaroso. – Algo grave ha debido de pasarle porque Yuki ha…

– ¡¿Gaby?!

Su instinto paternal le hizo levantarse de un salto de la cama. Atándose como pudo una bata, abandonó a toda prisa su habitación mientras mi padre, desconcertado y alarmado, salía al pasillo tratando de buscar una explicación a la súbita interrupción de su placentero sueño.

– ¿Qué… qué pasa?

– Será mejor que os vistáis y bajéis – le dije, siguiendo a Kaiser hacia el piso de abajo.

Cuando llegué al salón, Yuki estaba tratando de explicarle la situación a su capitán, pero parecía incapaz de articular palabra. En aquel momento, parecía como si todo su mundo se le hubiera venido abajo y, todavía, no sabíamos el motivo. Aunque podíamos imaginárnoslo.

– Está… Está…

– ¿Herida? – preguntó Kaiser, tratando de ser optimista.

Yuki negó con la cabeza.

– Mierda… – blasfemó el otro, bajando la vista. – Está muerta.

La súbita afirmación del hombre al que amaba con toda su alma, algo que ella nunca aceptaba abiertamente pero que en numerosas ocasiones era incapaz de ocultar y que sólo parecía no ser evidente a ojos de su amado, hizo que se detuvieran las lágrimas. Tragando saliva, asintió.

Esta vez fue Kaiser el que prorrumpió en un desconsolado llanto, que sonó como el aullido de un lobo solitario en una noche de luna llena, como aquella. Cuando mi padre, ya vestido, llegó al salón se encontró una escena que nunca hubiera imaginado.

– ¿Capitán?

Debió ser la referencia a su antiguo cargo lo que consiguió calmar a Kaiser. Sí, había sido un capitán y por eso mismo debía estar acostumbrado a perder a sus hombres más valiosos. Era parte de la vida de un shinigami. Pero uno nunca está preparado para ver morir a sus seres queridos, eso era algo que yo sabía bien. Supongo que es peor cuando un padre ve morir a un hijo… Es algo contra natura.

– Llévame a esta ella – dijo, con su serenidad recién recuperada. – No, vosotros quedaos aquí – ordenó, extendiendo la mano cuando nos dispusimos a seguirle. – Quiero ir solo.

Fueron dos horas de inquietud y tenso silencio. De vez en cuando, uno de los tres (mi padre, mi madre o yo) nos armábamos de valor y lanzábamos una hipótesis en alto. “Está oscuro”. “Puede ser un engaño”. “Quizás esté sólo herida”. “¿Y si no es ella?”. Pero todos sabíamos que eran evasivas ante aquella realidad que nos aterraba y que se confirmó cuando Káiser, con los ojos irritados e hinchados de llorar, regresó en pleno mutismo a casa, con la cabeza baja.

Un gesto de afirmación de Yuki con la cabeza bastó para confirmarlo. Inmediatamente, mi madre la abrazó y la antigua Teniente de la Décima División sucumbió a toda la tensión acumulada y, nuevamente rompió a llorar como una niña pequeña.

– ¿Por qué? – pregunté mirándola mientras ella me daba la espalda, oteando el horizonte.

– ¿Por qué qué? – preguntó divertida, dándose la vuelta y luciendo aquella infantil sonrisa tan característica.

– Estabas muerta – resalté lo evidente. – Yo mismo se lo dije a todos… Ahora…

– Tú también estás muerto – se burló. – ¿Es eso diferente?

– Vete a la mierda – le espeté. – Sabes bien a lo que me refiero.

– ¿Acaso no te alegras de que tu hermanita siga viva?

– No es eso…

– ¿Entonces? – dijo, haciéndose la loca.

– Me siento engañado…

– Ha crecido mucho – se giró hacia Kyo. – Y es muy guapo… como su padre.

– Y es testarudo y listo como su madre – sonreí, lleno de orgullo paternal por un hijo que no era mío. – Pero no cambies de tema.

– Cuando llegue el momento te lo explicaré todo.

– ¿Prometido?

– Prometido.

Respiré hondo para sacar todo aquello de mi mente y me concentré en precisar la dirección. Probablemente nos habíamos desviado ligeramente, pues ahora mi nuevo sentido del olfato me indicaba que se encontraba más bien hacia el sur, aunque ligeramente al este.

– Es por aquí – señalé la dirección. – En marcha.

Retomamos el camino a gran velocidad, parándonos sólo de vez en cuando para descansar, beber y corregir el rumbo. Seguir el rastro de Nalya me costaba cada vez menos, quizás porque nos acercábamos, quizás porque me iba acostumbrando a mis recién descubiertos poderes. Nos movíamos en completo silencio para evitar llamar la atención de observadores indeseados y para conservar las fuerzas y así poder avanzar lo más posible antes de que nos alcanzara el ocaso.

Al final de la tarde nos encontramos frente a una cordillera montañosa. La conocía, era la que rodeaba el distrito 45 sur. Hacía unos meses, había participado en una extraña misión de rescate junto a toda la División, y habíamos combinado fuerzas con la Sexta División. Me extrañé de no haber avanzado más, pero se lo atribuí a las dificultades del terreno que habíamos atravesado y a las continuas variaciones en la dirección.

– Vamos a tener que mejorar esa brújula – bromeó Gaby, que parecía compartir mis impresiones.

– Sí – suspiré, con una sonrisa en la boca.

– ¿Por qué paramos? – se interesó Kyo.

– La noche se acerca…

– ¡Avancemos de noche!

– La noche se acerca y es un terreno peligroso – insistí. – No podemos atravesarlo a oscuras.

– Cobarde… – protestó, marchándose hacia la parte opuesta del claro.

– Realmente ha heredado el carácter de su madre – rió la loba.

No compartí su alegría. Era la primera vez en muchos años que Kyo me discutía de aquella forma y me pregunté por los motivos. Por una parte, podría ser que le impacientara la búsqueda de su madre. Era totalmente lógico, llevaba seis años sin verla y la simple esperanza de volver a encontrarse con ella era capaz de trastornarle.

Lo hacía conmigo… ¿Sería aquella la causa? Habían sido demasiadas sorpresas para mí en los últimos días y podría haber perdido la calma más de lo que pensaba. ¿Sería yo el culpable de aquella reacción?

– No te preocupes – me tranquilizó de nuevo Gaby, que parecía haber vuelto a adivinar mis pensamientos. – Sólo es un crío.

– Si os aguanté a Nalya y a ti en la Academia… – me burlé.

– ¿Qué insinúas?

– No insinúo nada. Lo digo claramente – sonreí. Hacía tiempo que necesitaba recordar los viejos tiempos, aunque fuera a través de bromas. – En fin… yo me encargo del primer turno de guardia.

– Buenas noches, entonces – se despidió.

La fugaz alegría que había demostrado el comentario que hacía referencia a los años en la Academia se esfumó en cuanto la soledad de la noche me envolvió. Apostado en un árbol, sentado sobre una de sus ramas y al amparo de la oscuridad, mi mente se centró en la apreciación que había hecho Gaby acerca de Kyo.

“Sólo es un crío”. En el fondo, tenía razón. A pesar de que tenía unos quince años, su cuerpo no se había desarrollado como lo haría en el mundo mortal. Aparentaba unos doce o trece y, en consecuencia, había demasiadas cosas que debía aprender. Sin embargo, yo lo había embarcado en un viaje que pondría a prueba todas sus capacidades psicológicas y emotivas. ¿Estaba exigiéndole de más? ¿Me había equivocado?

Sin duda, Uchiha Kyo era un aprendiz excelente. Sus aptitudes físicas y habilidades mágicas eran superiores a las de muchos aspirantes a la Academia, todos bastante mayores que él, y era lo suficientemente inteligente como para sacar adelante las asignaturas teóricas de forma más que aceptable. Yo había ingresado a la Academia a mis veinticinco años y no era comparable a lo que ya sabía hacer el pequeño.

Sin duda partiría con ventaja en lo referente a lo que se le pediría. Sin embargo, no todo se basaba en las capacidades de uno. ¿Sería capaz de soportar lo que significaría entrar a su edad en una institución como la Academia, en la que la solidaridad no era uno de los valores que más destacaran? Sería siempre el niño prodigio y eso levantaría los celos de más de uno.

Sí, miles de veces me había dicho que yo estaría allí para protegerle. Y, como yo, Bone, Mitsuko y, ahora, Db. Pero no todo se podía reducir a los cuidados que le pudiéramos dar desde el cuadro de profesores. Incluso sería contraproducente…

Era una solución complicada. Entonces recordé la imagen de Krunzik. Ella había ingresado a la Academia muy joven. Nunca nos había dicho los años que tenía, pero visiblemente su edad era bastante menor que la nuestra. Aún así, no había tenido muchas dificultades… pero los tiempos habían cambiado… o quizás no. Quizás era yo el que había cambiado.

Era una decisión complicada. Confiaba en Kyo. No había duda. Sabía que sería capaz de superarlo, pero aún así quería prepararlo y por eso le había dicho que me acompañara. Quería que avanzara un poco de ese camino que tenía que recorrer el mismo para que todo le resultara más fácil. Ahora me entraba la gran duda. ¿Había hecho bien?

Seguí reflexionando sobre ello durante el tiempo de guardia. Llegué a la conclusión de que no había sido un error traer a Kyo conmigo. Valdría para aumentar su experiencia, algo que le vendría muy bien de cara a aquella etapa… pero que tampoco había sido un completo acierto. Había algo que nunca me había dispuesto a aceptar y cada vez que pasaba el tiempo se volvía una carga más pesada: aquello no era una misión cualquiera.

Vi que Gaby se levantaba dispuesta a cumplir su parte de la guardia y bajé lentamente del árbol para no alarmarla. Me acerqué a ella y me di cuenta de que era la persona idónea para llevar a cabo una nueva labor.

– Gaby… – la llamé. – Hay algo que tengo que pedirte.

– ¿Sí?

– No es una misión cualquiera – comencé, recordándomelo también a mí mismo. – Vamos en busca de Nalya y…

Mi mirada se detuvo fugazmente sobre el cuerpo dormido de Kyo. Gaby lo descubrió y ella también lo ha hecho. Me tomó del brazo y me apartó del lugar donde habíamos asentado el campamento lo suficiente para que, en el caso de que el muchacho no durmiera, no nos pudiera escuchar.

– Rido… – comenzó en un susurro, tratando de no despertarle.

– No – la interrumpí. – Déjame terminar… Vamos en busca de Nalya y no sé lo que nos vamos a poder encontrar. Es más… No sé si nos vamos a encontrar algo – dejé salir todas mis preocupaciones. – Ni siquiera sé lo que seis años de soledad han podido hacerle a Nalya. Mírate…

– Todos cambiamos…

– Lo sé – asentí. – Por eso estoy preocupado. Kyo ha idealizado a su madre.

– Tú también – sentenció con una sonrisa maternal. – Y probablemente tienes parte de culpa en que él lo haya hecho. Y todo esto no es por él…

Noté que me ponía colorado ante una acusación tan cargada de verdad. Miré hacia el suelo tratando de buscar las palabras con las que continuar lo que quería decirle. En el fondo, Gaby tenía razón. No era por Kyo por quien me preocupaba más.

– Con más razón – resolví, al final. – Va a llegar un momento en el que…

– En el que debas continuar solo – completó la frase por mí. – Lo sé. Y mi padre también. Por eso me llamó. No te dije nada antes, porque me dijo que era algo que tenías que descubrir tú mismo, que era parte de tu propio camino.

– ¿Tu padre sabía que estabas viva?

– Desde el primer momento… o casi.

– ¿Y nos lo había escondido?

– Ese no es el tema ahora… – cortó la conversación. – Cruzaremos ese puente cuando sea necesario.

– Entonces, cuando llegue el momento… – le pregunté. –¿Te llevarás a Kyo y lo cuidarás hasta que vuelva?

– Lo haré – sonrió. – Por eso estoy aquí, ¿no?

– Gracias… – le dije.

Iba a ponerme a dormir poco después. Pero mi compañera me lo impidió.

– No, Rido.

– ¿“No” qué?

– No es ese el camino – aseveró, aunque tras su frase se encontraba mucho más de lo que parecía.

Al final, Gaby sólo había venido para evitar que enfrascara a Kyo en una aventura como aquella en la que lo único que iba a conseguir era desquiciarme. Como siempre, el viejo lobo no había jugado de frente pero había visto todas las piezas en el tablero, hecho su movimiento y dejado que yo viera cuál era el camino

Sí. No tenía sentido seguir si no era solo. Era mejor separarse de ellos cuanto antes, pero aún me remordía la conciencia por el error que había supuesto haber haberle embarcado en aquel viaje por motivos puramente egoístas…

– Prefiero despedirme de él por la mañana y explicárselo.

– No lo hagas… Es mejor así.

– ¿Seguro?

– Seguro – sentenció.

– Será un viaje largo… – resoplé. – Recuérdale a Bone lo que debe de hacer si no llego antes de que comience el curso y… despídete de los demás por mí, ¿vale?

– ¿Bone? – preguntó extrañada. Luego se encogió de hombros como si la respuesta a su pregunta no tuviera importancia y continuó. – No tengo por qué hacerlo, volverás pronto.

– Tú hazlo.

– Lo haré.

– Y cuando Kyo entre en la Academia a final de verano…

– ¿Lo hará?

– Sí – asentí. – En tus manos está que esté preparado… Cuando entre…

– Cruzaremos ese puente cuando lleguemos al río.

Lo que hizo entonces me sorprendió. Se acercó a mí, como si fuera a darme un abrazo y, en cambio, me dio un fugaz beso en los labios. La observé sorprendido, interrogándola con la mirada clavada en sus ojos carmesíes.

– Me lo debías – sonrió pícara con los colmillos asomando por debajo de su labio superior.

No entendía lo que quería decir, pero aún así le devolví la sonrisa. No le di mayor importancia, al fin y al cabo… era Gaby. Ese pensamiento hizo que la sonrisa se agrandara. Sí, bajo la apariencia dura de esta nueva Gaby, seguía siendo ella misma.

– No conviertas a mi hijo en un pervertido como tú – le dije antes de ponerme en marcha.

– No es tu hijo.

– Tú tampoco eres mi hermanita – reí antes de partir.

– Buena suerte, Rido… – le oí decir mientras me alejaba.

Procuré avanzar lo que pudiera antes de que, con el alba, Kyo se despertara y se enfrentara a la súbita desaparición de su padre adoptivo. ¿Cómo reaccionaría al sentirse de nuevo abandonado? Gaby cuidaría de él. Algo en ella había cambiado y sabía que no tendría ningún problema en llevar a cabo una tarea como aquella, que nunca le hubiera propuesto a la antigua Gaby Wolf.

No podía retrasarme. Las cordilleras gemelas que circundaban la aldea se alzaban ante mí como los filos de dos espadas gigantescas cortando el aire. No sería fácil atravesarlas. Lo recordaba como un terreno muy escarpado, con numerosos precipicios y grietas que se hundían hasta el fondo del abismo así que debería ir con cuidado.

Me disponía a trepar por la pared más cercana en dirección al sur cuando un grito escalofriante inundó todos mis sentidos. Una voz que conocía desde siempre pero que nunca antes había escuchado más que en sueños.

– ¡Shinigami-san!

febrero 11th, 2008

Akano 05 – Eternal Flame IV


Akano 05 – Eternal Flame IV (Legend)

No volvimos a ver a mi madre hasta nuestra llegada a la mansión familiar, con el ocaso, y fue aquella una visión fugaz pues, justo cuando nosotros llegábamos ella volvía a salir, apresurada, en dirección hacia el Norte, por el camino que llevaba a los primeros distritos de aquel sector del Rukongai, probablemente hacia el campo de batalla que, por aquel entonces, ya debería ser Yorokonde.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó mi padre con cara de visible consternación.

– No tengo ni idea – respondí. – De repente, se puso así y…

– Tranquilos – surgió de entre las sombras del salón la voz de Kaiser, que aparecía en aquel momento a través del umbral. – Es importante que ella recorra este camino sola.

– ¡¿Sola?! – exclamó mi padre, quien parecía haberse puesto furioso, más que en cualquier otra ocasión en que yo lo hubiera visto, ante la sugerencia del lobo. – ¡¿Te empieza a fallar la cabeza?!

– Sola… – insistió el otro. – Es un camino difícil pero…

– Precisamente por eso tengo que ir – sentenció secamente Youichi.

Dicho eso, trató de dirigirse hasta el patio trasero, seguramente dispuesto a coger su espada y perseguir a mi madre por los caminos que llevan al norte del Rukongai. Sin embargo, la gran figura de Kaiser se lo impidió, obstaculizando su marcha a través del pasillo. Mi padre trató de esquivarlo varias veces, pero nunca era suficiente. Al final, lo único que quedaban de aquel silencioso duelo fueron unas desafiantes miradas que, de no conocer la amistad que unía a aquellos hombres, simbolizaría el más profundo de los odios.

– Sabes que te contradices, ¿verdad? – intervine, dispuesto a evitar una batalla campal.

– Sí, Rido – asintió – Lo sé.

– Está bien, ¿qué camino es ese? – preguntó mi padre, resignándose.

– Cuando estábamos en la cabaña de Kyo mencionó algo acerca de su abuela…

– ¿De su abuela?

– Me acuerdo de ella – afirmó, nostálgico, el viejo capitán.

– ¿Qué quieres decir?

– La conocí cuando yo era joven – explicó. – Vagaba por el Anillo Exterior. Se decía que era algún tipo de bruja, una hechicera… o algo por el estilo. Lo cierto es que nadie sabía realmente quién o qué era. Pero en aquel tiempo no es que nos preocupásemos mucho de lo que sucediese más allá de las Montañas…

– Tampoco ahora – sonreí irónico.

– Créeme, ahora es diferente… – sentenció. – Un día trató de atravesar las Montañas… o quizás vino a nuestro encuentro. De un modo u otro acabó en una de las cómodas chozas-prisión del clan.

– La famosa hospitalidad de los Wolf – volví a pincharle. – He tenido mis experiencias…

– Muy gracioso… – bufó antes de continuar con la historia. – Evidentemente, habíamos oído las historias que nos contaban nuestros invitados y estábamos curiosos por saber quién era… Así que se lo preguntamos.

– ¿La torturasteis?

– No – negó rotundamente. – Simplemente, se lo preguntamos. Somos… – Kaiser se paró, buscando la palabra más idónea – tradicionales, pero no bárbaros – corrigió. – No es lo mismo. Por lo que nos contó, había sido expulsada de su clan… o eso fue lo que nos dijo.

– No entiendo… – intervino mi padre, con un tono que denotaba que la poca paciencia que le quedaba aquella noche se le estaba agotando.

– He recorrido muchas veces el Rukongai… todo el Rukongai – afirmó, enfatizando con un amplio movimiento de sus brazos y subiendo el tono la última parte de la frase. – Nunca, en ningún lugar, encontré alguien como ella.

– Sabes bien que eso no tiene por qué significar nada – apunté. – Puede ser perfectamente que su “especialidad” sea lo que la llevó a ser expulsada de su clan.

– Aún así siempre escuchas historias – repuso. – En cualquier caso… era alguien increíble. Y creedme… era difícil de olvidar – añadió con una sonrisa picarona. – Y ahora no hablo de sus habilidades y poderes.

– No estoy de coñas, viejo – gruñó mi padre, cansado ya de escuchar la historia.

Inmediatamente, se dio la vuelta y se dispuso a marcharse de nuevo, pero su viejo capitán le agarró del brazo y le impidió hacerlo. El duelo de miradas fue de nuevo fascinante. La tensión en el ambiente podía notarse y ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.

– Esta bien – dijo Kaiser, como rindiéndose. – Sólo déjame terminar la historia – le pidió, cuando Youichi ya reanudaba de nuevo su marcha.

Quedó unos segundos observando fijamente al lobo y luego buscó apoyo en mí con su mirada. No supe cómo reaccionar. Había querido mantenerme más o menos al margen del conflicto que se estaba fraguando ante mis ojos y los de Kyo, pero el silencio de ambos parecía ponerme una espada en el cuello para obligarme a hablar.

– Yo siempre les digo a mis alumnos que conocer el pasado lleva a no meter la pata en el futuro – contesté encogiéndome de hombros. – Además, Yuki está allí ya…

Desprovisto de apoyos, mi padre relajó el gesto y, con los brazos cruzados sobre el pecho, se apoyó en una pared, cruzando las piernas y mirando fijamente, aunque con cierta desgana, a su viejo capitán.

– Termina rápido – le ordenó, cortante, antes de que el otro pudiera proseguir.

– En aquel momento el caudillo era mi abuelo – dijo, con calma. – Tanto él como toda su generación creían que era una diosa o una bruja o algo por el estilo…

– ¿Un grave delito?

– Sí, pero lo pasaron por alto y ella se quedó a vivir con nosotros – estableció. – Hasta que… ocurrió una pequeña catástrofe.

– ¿Guerra? ¿Invasión? – sugirió mi padre.

– ¿En las Montañas del Aullido? – sonrió irónico Kaiser, aunque en aquella sonrisa se escondía una fuerte dosis de preocupación. – Nadie en sus cabales pretendería enfrentarse a los Wolf en las Montañas… Nadie – repitió, como queriendo convencerse a sí mismo de algo.

El caso es que aquella palabra, solitaria, por mucho que pudiera servir a sus propósitos coincidía con la peor de las amenazas imaginables. Parecía descabellado e incluso inútil que los enemigos arremetieran contra el clan de los lobos…

Aunque viéndolo bien… El objetivo de Nadie nunca había estado claro y siempre habían atacado clanes. Los Kaimitsu habían sido sus primeras víctimas… o al menos las primeras de las que yo tenía referencia. Probablemente mi abuelo conociera algún hecho similar en el pasado pero no podía asegurarlo.

El caso es que era una familia noble sin la mayor importancia, herederos de una gloria pasada pero de escasa influencia. Cierto que el gran golpe de aquella noche no había venido provocado por la caída de una casa menor como era aquella, sino por la caída de los Ashartîm, pero la historia había enseñado que aquello no había sido precisamente la acción de una banda terrorista…

Lo mismo, más o menos, había pasado con los Akano. Aunque la ofensiva contra mi familia tenía más de venganza que de cumplimiento de un objetivo. Al fin y al cabo, había sido mi abuelo el que había comenzado a darles caza, el que se interponía entre ellos y sus objetivos.

Objetivos… Habíamos asumido que el de los Nadie era el control, el poder… aunque por el momento lo que habían hecho no parecía ser el camino más directo. En cualquier caso, desestabilizar la Sociedad de Almas, como parecía ocurrir esta vez

– Un terremoto – aseveró Kaiser, devolviendo mi mente a la conversación que estábamos manteniendo.

– ¿Esas grietas que había en la montaña? – pregunté, recordando nuestra visita al poblado del clan años atrás.

– Exacto.

– Ya veo… – murmuré, impresionado por la magnitud que debía haber alcanzado el seísmo. – Y creo que sé por dónde van los tiros…

– No hace falta ser muy listo para hacerlo – apuntó Kaiser. – El caso es que el chamán y los estamentos más conservadores la acusaron de traer la desgracia al clan. A eso se le juntó que mi abuelo estaba ya enfermo y se planteaba el nunca sencillo proceso sucesorio…

– No me he quedado a escuchar una clase de historia política de tu clan – protestó mi padre.

– Está bien – cedió el caudillo. – Los ancianos querían colgarla, pero mi padre consiguió que simplemente se la condenara al exilio. Se le expulsó de nuestro territorio. Pero no fue sola, marchó acompañada del que sería tu bisabuelo, Viktor Grossner.

– ¿Así que yo también tengo raíces entre los lobos? – pregunté extrañado.

– No, no – rebatió, acompañando su negación con un movimiento de la cabeza. – Viktor era un “keiner”.

– ¿“Keiner”?

– Un “sin manada” – aclaró, aunque el gesto de su auditorio le dio a entender que no había sido suficiente. – No era un Wolf, aunque vivía con nosotros. Había sido un huérfano que mi abuelo había recogido tras una batalla. Se crió como mi padre, casi como hermanos… Aunque por sus venas no corriese la sangre de nuestro clan, mi padre siempre decía que tenía más alma de lobo que muchos que lo habían rodeado.

– ¿Y qué pasó?

– Nunca más los volvimos a ver. Desaparecieron – sentenció. – Pasó la generación de mi padre, yo me hice shinigami… y, cuando era profesor en la Academia escuché por primera vez en… siglos el apellido Grossner.

– Tilly… – afirmó mi padre.

– Mi madre… – dije yo al unísono.

– Exacto… – asintió Kaiser. – Tilly Grossner. Inmediatamente la busqué, aunque nunca llegué a revelarle la verdad…

– ¿Nunca?

– Nunca – sentenció con total seguridad.

– ¿Entonces? ¿De qué nos vale esta historia?

– Ése es el camino que debe descubrir ella sola – dijo con total tranquilidad. – La verdad sobre su pasado, sus orígenes. Su familia procede del norte y allí aún debe vivir la matriarca Grossner, por lo que ha dicho…

– Si está viva… puede que tenga algo que decir acerca del problema en las Montañas del Aullido – cavilé en alto. – ¿Es eso lo que piensas?

– Tilly está mucho más metida en esto de lo que piensa – aseveró el viejo.

– Sus padres murieron cuando ella era muy joven – añadió mi padre. – Se crió con su abuela… pero nunca me quiso hablar de ella. Creo que nunca le habló a nadie de ella…

– ¿Cuál era su nombre? – intervine.

– No tenía… o más bien no quiso decírnoslo – explicó Kaiser. – La llamamos Caris. ¿Por?

– Curiosidad – dije, encogiéndome de hombros.

– Está bien, es un camino que debe recorrer Tilly – asintió mi padre, que parecía ceder ante la insistencia de su antiguo capitán. – Pero no sola.

– Pero…

– ¡Pero nada! – gritó, cansado ya. – Estoy casado con ella. Eso quiere decir que no hay nunca más uno solo de nosotros dos. Somos uno. ¿Entendido?

Youichi intentó abrirse paso de nuevo hacia el patio trasero. En un primer paso, Kaiser trató de detenerle, pero comprendió que no había nada que él pudiera hacer para que su tercer oficial cambiase de opinión.

Minutos después, vestido con su uniforme de shinigami y con Olimpos bien sujeta a su cinto, mi padre se despidió de nosotros y tomó el mismo camino que, hacía ya un buen rato, había tomado mi madre dispuesto a seguirla, si era necesario, hasta las mismas fronteras del Hades.

Kaiser, Kyo y yo permanecimos en silencio durante un largo momento. Era ya tarde para comenzar la expedición hacia el este en busca de Nalya, así que la solución lógica era pasar la noche en la mansión y partir con el alba. Kaiser parecía compartir esa opinión y se limitó a darme las buenas noches después de aquel largo momento de mutismo, con la mirada fija en el horizonte septentrional, como si tratara de escrutar lo que estaba pasando en su patria.

– No es por mi madre que estás preocupado… – rompí el hielo.

– Siempre fuiste bueno resaltando lo evidente – respondió con desdén.

– Tampoco es la primera batalla que presencias y dudo que el bienestar de Banisher te lleve a ese estado – seguí.

– Puede ser como sea… pero Banisher es mi hijo.

– Sigo pensando que no es por él – volví a encogerme de hombros. – Así que… ¿qué tiene de especial esta batalla?

– Nada.

– También siempre fui bueno en detectar mentiras – sonreí. – Y no me iré de aquí hasta averiguarlo.

– ¿Siempre consigues lo que quieres?

– Si lo hiciera… – murmuré sombrío.

– Si lo hicieras no tendrías que emprender este viaje – completó la frase él. – Ya.

– Exacto.

– Está bien, te lo diré… – suspiró profundamente. – Esta historia se remonta al nacimiento de nuestro clan y al gran Führer…

– ¿Führer?

– Yo también viví en el mundo de los mortales – asintió, comprendiendo mi expresión. – Sé que no es un buen apelativo… Pero ese era el nombre de nuestro primer padre – aclaró. – Dicen que fue un Dios… Pensándolo fríamente, supongo que sería uno de los… de esos que sobrevivieron al Gran Estallido…

– ¿Uno de los Fundadores? – le interrumpí con los ojos abiertos como platos. – ¿Vuestro padre era uno de los Fundadores?

– No… No – negó con la cabeza y media sonrisa en el rostro. – Dicen que uno de ellos fue el que le enseñó todo a Führer, el que le enseñó a vivir como un lobo, a luchar como un lobo… a ser un lobo.

– ¿Y qué pasó luego? – preguntó entusiasmado Kyo, que había asistido al desarrollo anterior de la conversación en completo silencio.

– Como todos los dioses… llegó el momento de que volviera al hogar de los dioses – continuó Kaiser. – Se fue, sin más, pero no sin antes dejarle una misión a nuestro padre. La misión que guiaría todo lo que fue, es y será el obrar del Clan Wolf.

– ¿Cuál?

– Proteger las Montañas, proteger el Norte – sentenció. – “Escucha, hijo mío, – comenzó a recitar, como si fuera una fórmula aprendida de memoria desde la infancia – mira siempre al Norte, pues es de allí es donde vendrá el enemigo. Para esto es para lo que te he educado. Vosotros seréis los encargados de defenderlo, con vuestra propia sangre y vuestro silencio. No queréis ver el día en que no seáis capaces de hacerlo.”

– Parece una profecía apocalíptica – murmuré.

– Lo es – asintió el lobo. – En cierto modo… La consecuencia de romper aquel pacto sería la destrucción del clan.

– Y eso es lo que te produce tanto miedo…

– Como siempre, resaltas lo evidente – murmuró mientras comenzaba a caminar por el pasillo en dirección a sus aposentos. – Hasta mañana.

Yo hice lo mismo y me dirigí a mi habitación, dejando para Kyo la que había sido de Ari en su momento y que ahora permanecía vacía. La noche fue tranquila, como la calma que precede a la tempestad, y los primeros rayos del alba me despertaron al despuntar la aurora.

– Es momento de partir – le dije a Kyo, despertándolo.

Íbamos a salir, en silencio, para no molestar a nadie. El aire de la mañana mezclaba el frescor de la brisa matutina, enfriada por la oscuridad de la noche, con el abrasante calor del verano que traía la noticia de un nuevo día. Pero el clima era lo de menos, lo que importaban eran las expectativas que teníamos delante. Encontrar a Nalya.

– Espera – nos detuvo Kaiser.

– ¿Qué sucede?

– Tendréis un acompañante más en vuestra expedición.

– ¿Tú?

– No, yo no – sentenció. – Ella.

Señaló a un lugar indeterminado entre los árboles del bosque. Entonces, como una sombra, apareció ella, vestida al uso de los mortales, con una gabardina negra y casi irreconocible. Ya no tenía aquellos ojos bicolores, ni tampoco sus mechones plateados, pero sus colmillos un tanto prominentes dejaban clara la identidad de nuestra nueva compañera de viaje, como recién salida de ultratumba.

diciembre 7th, 2007

Akano 04 – Eternal Flame III

Akano 04 – Eternal Flame III (Heritage)

Aproximadamente dos horas después, aún a pesar de mis inútiles esfuerzos por convencer a mi madre de que aquel era un camino que Kyo y yo debíamos emprender solos, nos encontrábamos ya los tres en el pequeño poblado del Distrito 23 Sur, donde había residido Nakajima Kyo, aunque allí lo conocieran por otro nombre, después de su exilio.

– ¡Shinigamis! – exclamó una voz.

Por si acaso, casi inconscientemente, nos giramos buscando al emisor de aquel grito y echamos mano a nuestras espadas pues, aunque se suponía que aquellos pobladores estaban acostumbrados a la figura de los shinigamis, por las visitas que recibía en vida Nakajima Kyo tras su restitución, y que los distritos superiores al treinta eran menos propensos a ello, cada vez eran más frecuentes las revueltas populares de los pobladores del Rukongai contra el Gotei 13, cuyo caso más extremo se estaba produciendo precisamente en aquel momento en las estepas más septentrionales del territorio controlado desde el Sereitei.

Sin embargo, la persona que había gritado no era otra que la señora Sakinawa, vecina puerta con puerta de Sugimura Kurono y a la que Nalya criticaba las pocas veces que hacía referencia a su pasado en aquella pequeña aldea. Era una de esas mujeres, probablemente viuda, que era más aficionada a meter sus narices en las vidas ajenas que a ocuparse de sus propios asuntos, algo que, aún no siendo nada loable, podía hasta resultarnos útil para nuestro propósito.

– Buenos días, Señora Sakinawa – la saludé cortésmente, acercándome lentamente a ella.

– Yo a ti te conozco, ¿verdad? – murmuró mientras escudriñaba mi rostro como si ocultara algo tras él.

– De vista, únicamente – respondí, tratando de evitar un posible discurso cargado de suposiciones sobre mi identidad que dejaran al descubierto las desnudeces de sus conocidos. – Mi nombre es Akano Rido. Soy el Quinto Oficial de la Novena División del Gotei Trec…

– La casa lleva abandonada varios años – me interrumpió señalando hacia el portal de la antigua vivienda de Kyo.

– Lo sabemos, – respondí – pero no venimos a buscar a su dueño.

– ¿No? – preguntó extrañada como si no comprendiera que había otras razones para que tres shinigamis visitaran el Distrito que una visita al maestro. – Es el único motivo por el que alguien como ustedes querría venir aquí, ¿no? – corroboró mis suposiciones. – Hace unos seis años se marchó y nunca ha vuelto.

– Eso también lo sabemos – la detuve. – Por eso le digo que no es a él a quien buscamos.

– ¿Ah, no? – se sorprendió de nuevo, manteniendo un vigilante silencio durante unos segundos a continuación. – ¡Ah! ¡Ya sé! – exclamó con un pequeño gesto de triunfo. – ¡Ya lo recuerdo! Está buscándola a ella, ¿verdad? ¡Venía con ella la otra vez!

– Sí, busco a Nalya – confirmé.

A veces pienso que si mis alumnos tuvieran, aunque en otro sentido, la misma sed de conocimiento acerca de las materias que se les impartían que la que tenía aquella mujer acerca de los avatares ajenos podíamos contemplar una nueva generación de leyenda.

Saciada su curiosidad por la confesión del porqué de nuestra presencia allí, la Señora Sakinawa parecía profundamente contenta. Sin embargo, su expresión pronto tomó un tono bastante más sombrío, como si estuviera recordando algo que le producía miedo y escalofríos.

– Estuvo aquí… – musitó. – El día siguiente a que él se fuera… O quizás fue el mismo día… Pero eso no importa, ya ha pasado mucho tiempo. Estuvo varios días… tres… encerrada dentro de la casa – explicó, con una voz que reflejaba cierta tristeza. – Ella… Ella fue la causante de eso.

– ¿De eso? – la miré extrañado y preocupado.

– Fue… Fue algo… horrible – balbuceó.

Su expresión hacía ver que no quería hablar más del tema. De forma instintiva, puse mi mano en su hombro para tratar de calmarla, aún desconociendo qué había pasado exactamente y cual era la fuente de sus temores.

La confesión de aquella mujer respondía al interrogante acerca del paradero de Nalya durante los tres días que siguieron a la batalla en la casa Akano y a la muerte de Kyo. Su terror al recordar aquella situación era un presagio de que allí había ocurrido algo peculiar y oscuro dentro de aquella casa, algo capaz de provocar aquel espanto en una persona.

Fue mi madre la que emprendió en primer lugar la marcha hacia la cabaña. Yo la observé en silencio durante unos segundos mientras el pequeño Kyo seguía a su “abuela”. Así como al contemplar la mansión Akano daba la impresión de que el tiempo se detenía, que permanecía al margen del paso de los días, el contraste entre aquella otra, la que tenía ahora delante de mis ojos y la que había visto anteriormente era enorme.

Ya desde el exterior, uno podía hacerse una cierta idea de la ruina que luego descubriría en el interior: ventanas rotas, la puerta principal vencida, las paredes sucias y ennegrecidas, conquistadas por la maleza… Realmente, parecía que habían pasado bastante más de seis años desde la última vez en que alguien había habitado en ella, como si realmente fueran siglos.

Por otra parte, parecía curioso que la casa no tuviera ningún ocupante en la actualidad. Cierto es que las condiciones de vida y las costumbres en el Rukongai no eran homogéneas, pero, al menos por mi experiencia en el distrito 57 Oeste, una vivienda vacía era algo que la superpoblación y la pobreza acuciante habían convertido en un lujo que nadie se podía permitir, al menos por aquellos lares.

Pero más sorprendente aún era el panorama con el que me encontré al cruzar el umbral de la puerta. Otrora, la casa había estado muy cuidada, limpia, recogida, ordenada. Ahora parecía como si se hubiera librado un encarnizado combate en su interior.

Las paredes estaban llenas de arañazos e incluso péquelas manchas de sangre, aunque estas eran más abundantes en el suelo. Los muebles estaban cambiados de sitio, desperdigados por las habitaciones, tirados, rotos… como si alguien se hubiera ensañado con ellos.

– Esto… – murmuró Kyo, asustado. – ¿Esto lo hizo mi madre?

– Es mejor que salgas – sugerí.

– No – me contradijo mi madre. – Debe quedarse.

– ¿Quedarse?

– Ahora ya lo ha visto todo – razonó. – Si quiere ser un shinigami también tiene que ver esto.

– Pero no es necesario que sea ahora…

– Cuanto antes mejor – sentenció. – La muerte será su compañera de viaje si quiere seguir nuestro camino.

– ¿Hablas de justicia? – replicó pensativo. – Justicia, injusticia… Eso es algo en lo que nos está prohibido pensar si queremos salir adelante en nuestra vida. Somos dragaminas, nuestra vida no es justa. ¿Acaso fueron justas las muertes de Gaijin, de Aiolos, de Henkara, de Arte, de Arturo, de Pandora y de tantos compañeros que nos han abandonado? ¿Es justo que nosotros seamos los que hemos sobrevivido? ¿Por qué nosotros y no ellos? ¿Qué es lo que nos diferencia? ¿El destino? El destino es cruel. ¿Fue justa la traición de ese perro de Setsuna? ¿Fue justo todo eso? ¡No! – le gritó al destino. Su tono era cada vez más nostálgico, dispuesto a romper a llorar o a perder los estribos en cualquier momento. – ¡Nada de eso fue justo! Pero es la vida que hemos elegido. Nosotros, los shinigamis hemos optado por una vida injusta. Estamos abocados a la muerte, la nuestra o la de nuestros seres queridos, convivimos con ella. Al fin y al cabo, – suspiró – somos shinigamis, los dioses de la muerte.

No supe qué contestar a tremendo discurso por parte de Yonas. Tenía toda la razón. Como el bien decía, “al fin y al cabo éramos los dioses de la muerte”, sus mensajeros. Habíamos sido llamados a anunciar la muerte al mundo de la muerte. Era esa nuestra esencia y no otra y renunciar a ella era renunciara a nosotros mismos. Podría parecer injusto, pero esa injusticia iba inserta en el corazón mismo del shinigami, que es la muerte; pues la muerte, que no distingue entre el bien y el mal, que siempre es causa de dolor, es injusta. Y la muerte era nuestra vida.

– Nuestra vida… – susurré.

Recordar las palabras de Yonas, aunque en realidad nadie las había pronunciado nunca, me hizo comprender a la perfección a qué se refería mejor que nunca. Yo también había tenido que aprenderlo, que sufrirlo, que vivirlo. Desde entonces, todos mis temores, todos mis caprichos cuasi egoístas de paz y de tranquilidad se habían esfumado..

El muchacho contemplaba en silencio la escena, el horror del que su madre había sido la causante. Me detuve por un momento a observar su rostro, el mismo semblante que había visto crecer, siempre sonriente, como despreocupado de todo lo que sucedía a su alrededor. Ahora aquel rostro era sombrío, triste, asustadizo, desconfiado. Podía casi decir que no lo reconocía.

– Kyo… – me acerqué a él

– Rido, déjalo… – trató de detenerme mi madre.

– Tranquila – respondí, acompañando la frase con un gesto de mi mano. – Sólo pongo en práctica lo que acabas de decir.

Tomé aire y me paré durante un par de segundos, mirándole a los ojos mientras buscaba las palabras exactas con las que empezar a hablar. No quería repetir el discurso de Yonas, era aún demasiado joven para inexperto, pero tenía claro que había que decirle algo que le ayudara a superar aquella situación tan traumática.

–No te preocupes por esto, Kyo – comencé al fin. – Sí, lo ha hecho tu madre, pero no tienes que darle más importancia de la que tiene.

– ¿Esto no es importante?

– Las personas no somos blancas, ni negras – continué. – Ni siquiera somos grises. Sería estúpido decir que somos de tal o cual color… Hacemos tonterías todos los días, y también hacemos lo correcto todos los días. Nos equivocamos y acertamos – expliqué. – Y hay ocasiones en las que no sabemos qué hacer o cómo reaccionar.

La expresión de su rostro indicaba que no entendía qué clase de relación tenía aquello con lo que había ocurrido en la casa. Me agaché frente a él, poniéndome en cuclillas, con los brazos descansando sobre las rodillas y le sonreí.

– Tú eras pequeño y no lo recordarás bien – le señalé. – Pero, a tu madre, la muerte de tu padre le puso en esa misma situación. Fue cuando ocurrió… esto. Este es el reflejo de su dolor en aquel momento. Pero tanto tú como yo sabemos que ella no es así, ¿verdad?

– Sí – replicó con una tímida sonrisa.

– Además, a ti también te dan rabietas, ¿verdad?

– ¡Ya no! – contestó, cambiando su gesto por uno más orgulloso, como reclamando una madurez que aún debía alcanzar.

– Pues eso – volví a sonreírle.

– Rido… – me llamó mi madre.

– ¿Sí?

– No hemos venido aquí para esto.

– Lo sé, pero era necesario – asentí. – ¿Por donde empezamos?

– Por quedarnos solos – insinuó mi madre, mirando hacia su “nieto”.

– ¿Quedarnos solos?

– Sí – sentenció. – Cuantos menos estemos dentro de la casa mejor.

– Kyo… – giré la cabeza indicándole la puerta mientras miraba hacia él.

– ¡Pero…! – comenzó a protestar.

– Tú hazlo, ¿vale? – insistí. – Es importante.

Aunque no muy de acuerdo, Kyo obedeció y, a regañadientes, salió al exterior, donde aún se encontraba la señora Sakinawa, según pude observar a través del hueco de la ventana, ahora desprovisto de vidrio, antes de que mi madre lo tapara.

– Oscuridad y silencio – explicó mientras hacía lo mismo con el resto de aberturas. – Esas son las dos armas principales para aprender lo que voy a enseñarte hoy.

– De acuerdo…

– Cuando domines esta técnica serás capaz de hacerlo en cualquier tipo de situaciones, pero por ahora es mejor así…

– ¿Qué me vas a enseñar?

– Cierra los ojos y tranquilízate – me indicó. – Esto ya lo has hecho antes. Inconsciente e involuntariamente pero ya lo has hecho antes…

Aquella zona olía a podrido, a odio, a muerte, a destrucción. Ese era el olor que dejaba la guerra. Podían pasar siglos, pero toda aquella violencia dejaba en el aire toda aquella carga de sentimientos. Todo aquello se palpaba en el aire. ¿Qué sentido tenía? Ninguno. ¿Valía la pena? No. Por su puesto que no.

Venganza, dolor, odio, tristeza, desesperación… ¿Cuál de aquellos sentimientos sería el culpable de que aquella pobre alma se pudriera hasta el punto de convertirse en un Hollow? No lo podía permitir… Llegaría a tiempo, a tiempo de salvarla.

Llegué al lugar indicado, una vieja construcción, bastante desgastada. Los gritos lastimeros de la niña se podían percibir afinando un poco el oído. Cuánto debería estar sufriendo… Por eso es que había decidido seguir adelante. Paz, tranquilidad, serenidad, eran el motivo de mi vida, mi brújula, mi guía… y eran mi regalo para almas como aquella.

Aquel lugar apestaba a odio. La habitación estaba casi totalmente a oscuras y allí, en el rincón más oscuro, estaba ella. Unos ojos llenos de rencor que me miraban fijamente, que me transmitían su miedo, sus ansias de venganza…

– ¿Lo ves? – me miró.

Aquella frase de mi madre, aderezada con una sonrisa un tanto divertida que complementaba su mirada, me indicó que había sido ella la que había traído a mi memoria aquel recuerdo, de hacía ya veinte años.

– Tus habilidades siempre han estado ahí – añadió. – Sólo hace falta despertarlas. Por eso Henkara te ha mandado aquí.

– No entiendo…

– Para descubrir las habilidades se necesita una experiencia fuerte – dijo. – por eso

– Cierra los ojos – repitió. – Vacía tu mente y concéntrate.

Hice lo que me había indicado y, de repente, un cúmulo de sensaciones invadió mi alma. Dolor, llanto, sufrimiento, autocompasión, odio. Tardé poco en darme cuenta de que todo aquello era lo que había experimentado Nalya durante su desaparición.

– ¿Qué sientes?

– Creo que es lo que sintió ella…

– Posiblemente – susurró a mi oído. – Ahora, busca entre toda esa maraña de sentimientos y emociones su esencia primitiva…

– ¿Su esencia primitiva?

– Sí… Todo alma tiene una esencia primitiva que le hace única aún a través de las sucesivas reencarnaciones – aclaró. – Es única y totalmente original y no puede cambiarse. Es como su… ADN o su huella dactilar.

– ¿Cómo lo hago?

– Cada psíquico tiene su proceso… Tú tienes que descubrir el tuyo – me indicó. – Pero trata de reducir esas sensaciones a lo que todas ellas tienen en común.

Me concentré aún más y traté de hacer lo que me indicó. Fue laborioso, no sabría decir cuanto tiempo tuve que invertir en ello, pero, tras mucho esfuerzo, una especie de aroma, como un perfume bastante extraño, apareció ante mis sentidos.

– ¡Lo tengo!

– ¿Qué tienes?

Abrí de nuevo los ojos y me relajé, tratando de no perder aquella sensación. Mi madre ya no estaba frente a mí, sino que había tomado asiento y parecía estar poniendo en práctica unos ejercicios de meditación. Sonriente, le expliqué mi hallazgo y ella me devolvió el gesto.

– No pierdas ese olor – ordenó. – Regresamos a la mansión.

– ¿A la mansión? – me extrañé. – ¿Para qué?

– Han pasado diez horas…

– ¿Tantas?

– Sí – explicó. – Es normal… No te preocupes por eso.

– Vale.

– Volvemos a la mansión porque Yuki ya debe haber vuelto… – explicó con cierto tono de preocupación – y porque allí fue el último lugar donde vimos a Nalya – recuperó la voz normal.

– ¿Qué pasa?

– Nada…

– Pasa algo, mamá.

– No pasa…

– Podemos estar así todo el día – le interrumpí. – ¿Qué pasa? ¿Tiene que ver con Yorokonde?

– Mi abuela…

– ¿Tu abuela?

Pero mi madre no contestó. Salió de la casa disparada, dando por terminada la conversación. La perseguí apresuradamente pero sólo llegué a tiempo de ver cómo ya había emprendido la marcha hacia el norte, por el mismo camino que habíamos venido y que llevaba hacia el Sereitei. Como yo, Kyo miraba extrañado como Tilly Grossner se perdía en el horizonte.

– ¿Qué pasa?

– Ojalá lo supiera… – respondí. – Venga vamos.

Comencé a correr en la misma dirección en la que se había alejado mi madre tratando de alcanzarla. No entendía su repentino cambio de humor, pero parecía que algo iba realmente mal con su abuela. Era la primera vez que hacía referencia explícita a alguien de su clan y no sabía qué importancia podía tener aquello, pero estaba visiblemente perturbada.

– ¡Mamá! – la llamé desde lo lejos.

Pero ella ya había desaparecido.

noviembre 30th, 2007

Akano 03 – Eternal Flame II


Akano 03 – Eternal Flame II (Mama’s boy)

– ¿Tu madre?

– Sí – respondí sin girarme hacia Kyo mientras cruzaba ya el umbral del Cuartel. – Mi madre tiene poderes psíquicos.

– Nunca me lo habías dicho – protestaba incansablemente el muchacho.

– ¿Tenía por qué? – me giré al fin hacia él. – Todo su clan son psíquicos, o eso tengo entendido. Lo cierto es que no sé nada y por eso no hay nada que contar.

– Ya… Pero…

– Conversación concluida, Kyo – le corté. – No insistas.

– ¿Qué? – reaccionó. – ¿Te molesta hablar del tema?

Sin contestarle, me encaminé hacia la Puerta del Sereitei, andando, sin prisa, tomándome mi tiempo para valorar todo lo que había dicho la Capitana escasos momentos atrás. Ciertamente era una situación complicada para ella: Nalya estaba en peligro, aunque no fuéramos capaces de entender cuál, mientras que habíamos sido designados para detener una posible invasión del Sereitei.

– ¡Rido! – seguía protestando el joven.

Las circunstancias que rodeaban todo el asunto de Yorokonde eran turbias. Las noticias, escasas porque aquella zona había sido dejada de la mano de Dios y apenas teníamos contacto directo, indicaban que lo que hoy parecía haberse convertido en un peligroso ejército era antes una amalgama muy heterogénea de bandas y pequeños grupúsculos criminales.

A eso habría que sumarle el hecho de que Nadie podía estar efectivamente implicado en aquella ofensiva, lo que añadía el peligro de que una parte del Rukongai, no excesivamente grande pero una parte en todo caso, cayera bajo el control de aquella secta terrorista. O el hecho de que los Wolf hubieran podido hacer caso omiso de lo que estaban pasando o incluso colaborar con todo ello hacía que, tras varios años de estrecha cooperación entre el clan y el Gotei 13, con Kaiser Wolf como mediador, las relaciones semejasen resquebrajarse.

Pero todo eso se juntaba con el hecho de que, siempre desde el punto de vista y la confusión que suponían los extraños poderes de Henkara, Nalya estaba en peligro, aunque no fuésemos capaces de entender cuál. No podía desconfiar de la intuición de la Capitana, nunca habían fallado, así que no tenía motivos para hacerlo, pero me preocupaba aquella búsqueda a ciegas.

¿Cómo pretendía Henkara que la localizase? ¿Acaso tenía todo aquello que ver con lo que había afirmado con mi ascendencia materna? Según Balmung, mi madre era más poderosa que la Jefa. Al fin y al cabo, había conseguido introducirse en el monasterio que daba forma a mi mundo interior. ¿Había yo heredado aquel poder? ¿Era eso lo que insinuaba?

Me paré, cerré los ojos y lo intenté. Me concentré al máximo pero era inútil. No podía contactar con Nalya. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo y no pude evitar prorrumpir en una sonora carcajada, una carcajada que sólo tres personas, contándome a mí, seríamos capaces de entender: No era la primera vez que lo intentaba.

– ¿Qué ha pasado?

– Nada – sonreí ampliamente, negando con la cabeza. – Nada.

– Entonces…

– Déjalo – le interrumpí. – No es importante y hay otras cosas prioritarias.

– Pero…

– Déjalo – repetí.

– Por cierto…

– ¿Sí?

– ¿No deberíamos dirigirnos al sur?

– ¿Al Sur? – me giré. – ¿Quién dijo eso?

– La Capitana…

– Cierto – asentí. – Dijo que fuésemos al Sur.

– Y estamos yendo hacia el Oeste porque…

– Porque no vamos a ir al Sur – contesté con total naturalidad. – No por ahora. Ni directamente, por lo menos.

– ¿No íbamos a buscar a mi madre?

– Eso vamos a hacer – le tranquilicé. –Pero antes hay que atar un par de cabos.

Había aprendido, de todas formas, a no cegarme, a no dejarme llevar por mis sentimientos perdiendo de vista el conjunto de toda la situación, como en otras veces podría haber ocurrido. No es que no me importara tanto como antes, para nada, sino que ahora era capaz de mantener la cabeza fría y priorizar lo realmente útil frente a lo sentimentalmente necesario o evidente.

Por eso había preferido y había considerado más importante consultar las dudas que tenía

– Por cierto…

– ¿Qué?

– ¿Te has dado cuenta ahora?

– ¿De qué?

– De que no vamos al Sur… – le dije medio burlón. – Vamos a la mansión – expliqué en un tono más serio y apropiado.

– ¿A qué?

– Te lo acabo de decir – respondí. – Vamos a atar unos cabos.

Una media hora después, caminando a paso ligero aunque calmado, nos encontrábamos ya frente al viejo olivo que dominaba el frontal de la casa familiar. Todo parecía tranquilo e inmóvil, como siempre, como si el paso del tiempo hubiera olvidado aquella pequeña parcela del Rukongai.

– ¡Me cago en todo los dioses! – rompió aquella paz una estremecedora blasfemia. – ¡Joder!

Intrigado por ver qué molestaba tanto a Kaiser, aunque alarmado a la vez, entré en la mansión. Conociéndolo, tenía la esperanza de que aquello no fuera más que una rabieta por una nueva derrota al shouji con mi padre en una de aquellas partidas interminables que exigían toda su concentración.

Abrí con cuidado la puerta del salón y mi sonrisa se borró de repente cuando vi que aquella maldición se había pronunciado delante de un mapa casi idéntico al que había tenido yo en la mano aquella misma mañana, sólo una hora antes.

– Estás aquí – murmuró mi padre al verme, a modo de saludo.

– ¿Qué es tan grave?

– Un mensajero acaba de traer esto desde tu División – explicó.

– ¡Mierda! – continuaba jurando Kaiser.

– ¿Qué?

Mis mayores temores parecían cobrar forma. Algo grave semejaba haber ocurrido en las Montañas del aullido: descuido, desinformación, implicación activa o derrota ante una fuerza que los sobrepasara… Cualquiera de aquellas opciones posibles parecía igualmente peligrosa en aquel momento.

– Hace dos semanas que no tenemos información ni de Gunter ni de Uxío – comenzó a aclarar mi padre. –No le dimos importancia hasta que llegó tu mensaje.

– ¿No le disteis importancia? – intervino Kyo, que parecía intentar introducirse en la conversación aunque le superara.

– Ha habido momentos en los que ha pasado más tiempo entre contacto y contacto – le expliqué. – Un retraso no era preocupante.

– Cierto.

– En cualquier caso, conociéndolos tienen que tener noticias desde hace más de dos semanas – apunté mirando fijamente a Kaiser a los ojos. – ¿Traición? – sugerí con voz sombría y temblorosa. – Estás pensando en eso, ¿verdad?

– Dudo que nada pueda escapar de los ojos de mis vigías – contestó Kaiser, medio confirmando mi suposición.

– Yuki acaba de salir de aquí en cuanto llegó el informe – añadió mi padre. – Supongo que recibiremos noticias en breve.

– Entonces sólo queda esperar – sentencié.

– ¡¿Esperar? – bramó el viejo caudillo, que parecía desquiciado ante el temor de estar perdiendo el control de su antiguo clan.

– Esperar – repetí. – ¿Qué otra cosa queda? ¿Ir a ciegas? Es un suicidio

– Rido tiene razón – terció Youichi. – No podemos hacer nada hasta que Yuki nos informe.

– Tenéis razón – resopló el lobo, cediendo ante nuestras peticiones de calma. – Y tú, ¿qué haces aquí? – me preguntó, cambiando de tema. – ¿No deberías estar allí?

– Además, tienes cosas pendientes en Yorokonde – recordó mi padre.

– ¿Cosas pendientes? – preguntó extrañado Kyo.

– Es una larga historia – confesé. – Pero no voy a ir en la misión.

– ¡¿No vas?

– Henkara me ha encargado otra…

– ¡¿Otra? – bramó indignado Wolf. – ¡¿Qué es más importante que esto?

– Esa es otra larga historia – repetí crípticamente, tratando de evitar que hicieran más preguntas acerca del tema.

– ¿De qué se trata? – se interesó mi padre.

– Eso… ¿De qué se trata eso tan importante que te impide ir a evitar una posible invasión del norte del Rukongai y la rebelión de los grupos criminales?

– Tengo que buscarla… – cedí ante el catastrofismo del antiguo Capitán.

– ¿A quién? – preguntaron ambos al unísono.

– ¿A la chica aquella? – añadió Wolf. – ¿Entonces por qué no vas a Yorokonde?

– No – negué con la cabeza. – No es a ella.

– ¿Entonces a quién?

– A Nalya – sació su curiosidad mi madre, que entraba en el salón en aquel preciso instante. – ¿Es que acaso no conoces a tu propio hijo?

– ¡¿A Nalya?

– ¿Ahora?

– ¿Pero por qué?

– A Nalya – confirmé ante su estupor. – Parece que Henkara ha sentido que se encuentra en un gran peligro, pero no sé ni por donde empezar a buscar…

– No te preocupes por eso – me trató de tranquilizar mi madre. – Serás capaz de lograrlo. Sólo necesitas concentrarte y sacar lo que llevas dentro. Lo tienes todo aquí, – continuó con su arenga, poniendo su índice sucesivamente en mi pecho y en mi cabeza – la capacidad para lograrlo, la motivación… todo.

– Pero…

– Sólo tienes que estar seguro de ti mismo y entregarte totalmente a ello – me interrumpió. – Eres capaz. Tienes el potencial.

– Ese es el otro motivo por el que estoy aquí – expliqué. – Henkara me ha dicho que debo descubrir mi herencia Grossner.

– Temí que eso sería algo que nunca llegaras a preguntar – sonrió abiertamente mi madre. – Sígueme.

– Me he perdido – se quejaba mi padre mientras yo ya caminaba tras mi madre abandonando la sala.

Me guió a través del pasillo y del jardín hasta llegar a un pequeño cobertizo que guardaba distintos aperos de labranza para el mantenimiento del pequeño huerto que había detrás de la casa. Allí dentro, empujó una tablilla situada en una de las paredes y un ruido sordo indicó la apertura de una trampilla situada bajo nuestros pies.

– ¿A dónde vamos?

La única respuesta que recibí por su parte fue verla comenzar a descender por una pequeña escalerilla y adentrarse en la penumbra que cubría el descenso hacia una estancia muy similar al santuario de mi abuelo, el que se encontraba bajo la mansión y su gemelo, bajo la vieja cabaña del Distrito 57 Oeste, donde había pasado los últimos años de su vida.

– Deberías saber ya – comenzó a explicar – que es tradición entre tu familia que cada generación de Akano tenga su propio sancta sanctorum.

– No lo sabía – confesé. – Este es el de papá, ¿cierto?

– Casi – contestó. – De tu padre y mío – precisó mientras se escondía detrás de un biombo.

El movimiento tras la mampara y el ir y venir de ropa me hizo suponer que no era buena idea seguirla al otro lado, así que esperé pacientemente en el lugar donde estaba mientras recorría silenciosamente la estancia con la mirada.

Aunque la distribución era muy similar a la del refugio de mi abuelo, existían ciertas diferencias, unas más visibles que otras. Sobre el pequeño altarcillo que gobernaba el centro de la sala, no eran una sino dos las espadas que descansaban en sendos soportes. Quizás una era la de mi madre, o quizás Olimpos, la espada de mi padre, era una de esas raras espadas que mantenían una fisonomía doble aún selladas.

Además, las paredes estaban revestidas de una madera castaña, más bien oscura, que contrastaba con la piedra que quedaba al aire en los muros de la gran estancia que se abría en los sótanos de la casa y que pertenecía a Kumaru.

– Es una tradición del clan – seguía explicando. – Cuando el primogénito de una generación contrae matrimonio debe construir un cuarto como este, donde conservar su vida, sus recuerdos, de generación en generación.

– Supongo entonces que habrá más…

– En teoría sí – dijo. – Pero no aquí.

– Lógico…

Había sido Akano Kumaru el primer miembro del clan que se había trasladado al Sereitei desde algún sitio desconocido del Rukongai o, quizás, incluso del Anillo Exterior. Podía ser que sus orígenes estuvieran en el Distrito 57 Oeste, por haber regresado allí tras su exilio, pero nada podía confirmar o sostener aquella hipótesis.

Lo cierto es que nadie sabía nada de él, de su procedencia, de las raíces del clan Akano, así que solía considerársele como el fundador del clan a ojos de la historiografía oficial, que reconocía sin embargo la imprecisión de la afirmación. Simplemente bastaba un vistazo un tanto superficial que las tradiciones del clan hundían sus raíces en unas más antiguas y no sólo dos generaciones atrás.

Algún historiador anónimo había sugerido que el olivo que gobernaba el frontispicio de la mansión indicaba una relación con los Ashartîm, pero lo cierto es que, más allá de las rivalidades entre él y Sadoq Asharet, Akano Kumaru era un completo desconocido a su llegada al mundo de los shinigamis, lo que llevaba a aquella hipótesis a caer en una serie de incoherencias.

No, aún no se habían encontrado los orígenes de mi clan y ése era, precisamente, el tema sobre el que tenía intención de escribir en mi próximo libro, que se vería retrasado por la búsqueda de Nalya, aún cuando por el camino podría encontrar, fortuitamente, información relevante.

– De todas formas – suspiró mi madre. – No viniste aquí a preguntar por la familia Akano sino por la familia Grossner, ¿verdad?

Devolví mi vista al biombo a medida que asentía, pero ella ya no estaba oculta tras él, sino que, ya cambiada había vuelto a la parte visible de la sala. Para mi sorpresa, estaba vestida con su uniforme de shinigami, con la espalda casi al aire y unas estrechas mangas que alcanzaban solamente hasta la mitad del antebrazo.

Sobre su brazo derecho, aún lucía un pequeño tatuaje que representaba el símbolo de la Novena División, a la que había servido. Su larga melena castaña, que normalmente caía libre sobre sus hombros, se encontraba recogida ahora en dos trenzas que se enroscaban a los lados de la parte posterior de su cabeza, como si fueran dos moños.

– ¿Mamá? – pregunté extrañado.

– ¿Sí?

– ¿Qué haces así?

– ¿Cuál es el problema? – sonrió mientras se dirigía al altarcillo donde recogió una de las espadas, por lo que supuse que se trataba de Papillon, su zampakutou. – ¿Nunca antes habías visto a una shinigami? He oído que las hay muy guapas…

– Bah, en serio – resoplé. – ¿Qué haces así?

– ¿Acaso no es obvio? – se encogió de hombro. – Voy contigo.

noviembre 22nd, 2007

Akano 02 – Eternal Flame I


Akano 02 – Eternal Flame I (El comienzo de un largo viaje)

– ¡¿Nalya?! – grité. – ¿Nalya está en apuros?

– No repitas lo que ya he dicho – me regañó en una voz que intentaba indicar calma…

– Pero…

– ¿Qué pasa?

– ¿Cómo lo sabe? – pregunté. – Es decir… Nadie de la División ha tenido contacto con ella desde que se fue y…

– Olvidas una cosa muy importante – me interrumpió. – Mis habilidades.

– ¿Sus habilidades?

– Ya te lo dije antes, Rido – repitió. – No repitas lo que ya he dicho.

– Quiere decir que la ha estado espiando…

– Exacto – afirmó con toda claridad y contundencia.

– Pero… ¿por qué?

– No tengo por qué informarte de mis decisiones, Rido – me advirtió con voz grave mientras se acercaba a la ventana y observaba a través de ella los jardines de la División. – Pero bueno… – suspiró, girándose de nuevo hacia mí. – Es un miembro muy valioso de nuestra familia. No puedo dejarla sola – explicó. – No necesitas mayor justificación.

– Está bien – me encogí de hombros. – ¿Qué se supone entonces que debo hacer?

– Tienes que traerla de vuelta a casa.

– Le recuerdo que fui incapaz de impedir que se marchara – repuse. – Eso que me pide es más fácil decirlo que hacerlo. Es demasiado testaruda – reí para mis adentros con cierto aire nostálgico. – ¿Lo sabía?

– Por eso precisamente he decidido que vayas tú.

– ¿Debería tomarme eso como un halago, Jefa?

– ¿Halago?

– El hecho de que me hayas elegido quiere decir que soy el más capaz de hacerla entrar en razón – sugerí. – Porque por otra cosa no creo que sea más apto que cualquier otro para poder cumplimentar esta misión.

– Seguramente la conozcas mejor que ningún otro miembro de la División…

– A excepción de ti – apostillé.

– Así que eres el más indicado para cumplir lo que te pido – continuó sin apenas hacer caso a lo que acababa de decir.

– De acuerdo.

– Te dirigirás cuanto antes al Distrito 23 Sur, a…

– ¿A la casa de Kyo?

– Exacto.

– ¿Es que está allí entonces?

– No…

– Es el último lugar donde ha sabido que ha estado…

– Tampoco – se apresuró a aclarar. – Es el lugar donde comenzará tu búsqueda.

– ¿Mi búsqueda? –pregunté extrañado. – ¿Es que entonces no sabe donde está?

– No – dijo, reforzando la negación con un movimiento de su cabeza. – Desafortunadamente mis poderes no alcanzan a localizar a alguien tan distante sin requerir de una gran cantidad de concentración y de reiatsu…

– Y eso supondría o desviar recursos de la División o desatender a sus funciones como Capitana.

– Ambos dos riesgos que no podía asumir.

– ¿Entonces…?

– Que no sepa dónde está no quiere decir que no sepa que no está en un buen momento – estableció. – Es decir…. Con aquellas personas con las que he creado ciertos vínculos, tengo una conexión especial.

– Intuyo que no se refiere sólo al terreno afectivo y personal.

– Intuyes bien – corroboró. – Siento lo que ella siente, pienso lo que ella piensa…

– Es decir, que no sabe donde está, pero sabe que lo está pasando mal.

– Algo así.

– ¿Algo así?

– Es como si la conexión con ella se estuviera diluyendo…

– ¿Y eso no podría ser por…?

– ¿Porque ella está demasiado lejos? – me interrumpió. – Podría ser pero es mejor no relajarse.

– Más vale prevenir que curar – apunté. – Es normal que esté preocupada.

– No me hagas volver a repetirlo – me replicó en una voz casi suplicante y en la que se podía dejar entrever un deje de pesar y nostalgia en la normalmente imperturbable Henkara.

– Tranquila – continué. – La entiendo perfectamente. Más allá de lo que podamos sentir por ella… Nalya es una pieza indispensable de nuestro puzzle. Si la perdemos no podemos completarlo… – asumí el mismo tono que mi Capitana.

– Y por eso tienes autorización para invertir todo el tiempo que sea necesario – indicó. – Días, semanas, meses, años… Lo que haga falta.

– ¿Lo que haga falta?

– Lo que haga falta – repitió confirmándolo.

– Sabe perfectamente que no puedo permitirme invertir más de un par de meses – dije medio esbozando una ligera sonrisa – y aún así me insinúa este tipo de cosas. A veces es un tanto mezquina, Jefa. ¿No se lo habían dicho nunca?

– Es un tema serio, Rido – trató de mantener la compostura. – Kuroda, Pandora, Nalya…

– Precisamente por eso trato de quitarle hierro.

– Además…

– ¿Qué?

– Sé que por ella no te importaría dejarlo todo – sugirió, devolviéndome la sonrisa. – Sólo quería que no te preocuparas por lo que pudieras tardar.

– Lo entiendo – asentí. – Indique a Bone que se encargue del Departamento si es necesario.

– Pero por favor…

– No tardaré mucho, en cualquier caso – me adelanté. – Pretendo estar aquí antes de que al gafotas se le ocurra arrebatarme el despacho.

– Buena suerte – me deseó casi a modo de despedida.

– Espero no necesitarla – dije mientras me levantaba y echaba mano al picaporte. – Por cierto… – me di la vuelta.

– ¿Sí?

– Sé que no necesito autorización para hacerlo porque no es un miembro de la División, pero me llevaré a Kyo conmigo – anuncié.

– ¿Es conveniente? – preguntó extrañada.

– ¿Por qué lo dices?

– ¿No tenías pensado que este año entrara en la Academia?

– Sí – respondí con toda naturalidad. – ¿Y?

– ¿Y si no terminas a tiempo?

– Otro motivo para volver lo antes posible, entonces. ¿No? – sonreí abiertamente mientras abría la puerta y abandonaba definitivamente el despacho.

Volví de nuevo a mi habitación y allí preparé las cosas que serían necesarias para enfrentarnos a aquella nueva aventura. Sin embargo, tenía el corazón dividido. Deseaba más que nunca volver a ver a Nalya, ahora que se había abierto la posibilidad de que eso sucediera pronto. El hecho de salir en su búsqueda me llenaba de alegría, esperanza e ilusión, aunque también me hacía sentir un cierto temor: ¿Y si nada era ya como antes?

Conociéndola como lo hacía, seis años en soledad habrían colaborado a que el muro del que se había rodeado fuera aún más alto, hasta el punto de hacerse impenetrable o quizás, por paradojas del destino, había conseguido derrumbarlo y convertirse en una persona totalmente diferente. Lo cierto es que era casi seguro que la persona con la que me fuera a encontrar habría cambiado mucho en ese tiempo.

Por otra parte, me pesaba no poder participar en aquella misión en el Yorokonde que había abierto las puertas a aquel tan esperado reencuentro. Había hecho una promesa: estar ahí cuando me necesitase, cuando aquel sello se rompiese. ¿Y si por culpa de no poder formar parte de aquel destacamento incumplía mi promesa? ¿Y si la decepcionaba?

Con todo listo, salí de mi cuarto hacia el estanque, donde Irah y Kyo aún se seguían ejercitando. Ya desde lejos, llegó hasta mí el sonido del metal entrechocando, anunciando el fragor de una encarnizada aunque fingida batalla. Parado, a una distancia prudente, decidí observar en silencio, aunque sólo fuera por unos míseros instantes, el combate.

Ciertamente, la pericia de Kyo a pesar de sus escasos quince años era admirable. Poco podía hablar, por testimonio directo, no por indirecto, de las habilidades de su padre más allá de las que había presenciado durante la batalla en la mansión y este testimonio apenas llegaba a la contemplación de su liberación; pero sí podía afirmar que había superado a su madre en ciertas habilidades.

Sabía actuar con la cabeza fría, analizar la situación y golpear en el momento oportuno, algo que Nalya a veces era incapaz de lograr y que le había llevado a perder combates en los que, a priori, era superior, como algunos de los que había mantenido conmigo. Pero no sólo eso: había conseguido llevar al límite el uso de los apéndices, que manejaba como dos brazos más, siendo capaz incluso de blandir sendas espadas con ellos, formando una aterradora figura capaz de manejar hasta cuatro armas.

Quizás aquel manejo tan natural de aquellas invisibles extensiones se debía a haber crecido con ellos, cuando su madre sólo los había descubierto ya en su etapa adulta, cuando llegó a la Sociedad de Almas, pero lo cierto es que aquel estilo tan característico convertiría a Kyo, en cuanto adquiriese la experiencia necesaria, en un guerrero temible. Sólo esperaba que sus habilidades permanecieran para siempre en nuestro lado.

No puedo negar que este miedo que acabo de insinuar era capaz incluso de quitarme el sueño. Era algo que no podía pasar por alto. “¿Y si Kyo…?” Al fin y al cabo Eliaz era el hijo del mismísimo Sadoq Asharet y había acabado en “nuestro bando”. Temía enormemente que su gran capacidad, su potencial, su poder, en definitiva, convirtieran a aquel muchacho risueño al que había visto crecer y que aún seguía siendo un niño en el cuerpo de un hombre en un ser soberbio y mezquino. Realmente, aquella posibilidad me aterraba más aún que cualquier amenaza, incluida aquella que suponía sobre nuestras vidas la simple existencia de una organización como Nadie.

– Tienes que mejorar tu posición – le indiqué cuando vi que Irah caía de espaldas al suelo, vencido. – Es poco estable.

– ¡Pero si le he ganado! – protestó mientras respiraba profundamente.

– Le has ganado porque es Irah – sonreí.

– ¡Oye! – se quejó ahora el pelirrojo.

– Las cosas como son – dije medio burlón. – Eres muy lento…

– Es cierto – asumió Kyo. – Trataré de corregirlo.

– Así me gusta – sonreí. – Ten – le ofrecí su petate.

– ¿Y esto?

– Nos vamos.

– ¿No tenéis una misión importante?

– El resto de oficiales tiene una misión importante – expliqué. – Tú y yo tenemos otra tan importante o más.

– No entiendo…

– Nos vamos en busca de tu madre – sentencié.

– ¡¿Qué?! – exclamó Kyo sorprendido.

– Irah… – me volví hacia el irlandés.

– Os dejo solos – se disculpó tras haber captado la indirecta.

– ¿En serio vamos a ir a buscar a mamá?

– Totalmente en serio – respondí. – Son órdenes directas de Henkara. ¿No quieres venir?

– No es eso… – apartó la vista.

– Te entiendo – asentí. – Ha pasado demasiado tiempo, pero eso no importa ya… Además, este viaje te vendrá muy bien. Ganarás experiencia, conocerás mundo…

– Sí…

– ¡Hey! – le pegué un empujón tratando de animarlo. – ¿Qué es esa cara? ¿No quieres venir?

Azuzado por aquella especie de arenga, Kyo levantó de nuevo la mirada y forzó una sonrisa. Para alguien de su edad, seis años suponían demasiado tiempo. Si yo albergaba muchos temores acerca de la persona que me fuera a encontrar, era lógico que eso en él se multiplicase.

Afortunadamente, minutos después, cuando ya se hubo hecho a la idea, todo fue más sencillo. Rápidamente nos preparamos para partir y nos dirigimos a la puerta principal del Cuartel. Allí me detuve y comprobé otra vez el estado de todo lo que tenía que portar en aquella extraña andadura.

– Rido – me llamó la voz de Henkara a mi espalda.

– Dígame, Jefa.

– Sólo una cosa más – advirtió. – Tu madre es psíquica como yo, ¿cierto?

– S… sí – contesté, sin intuir por donde iban los tiros.

– Tenlo en cuenta – sentenció. – No sólo eres descendiente de los Akano, eres descendiente también de los Grossner. Vas a superar ciertas pruebas y…

– Entiendo – la corté, comprendiendo a qué se refería.

– Y otra cosa…

– Sí…

– Encuéntrala… y tráela de vuelta.

– No se preocupe, Jefa – sonreí. – Lo haré.

– Lo haremos – apostilló Kyo, con una contundencia y una decisión inaudita.