Había varias cosas que tenía pendientes para hablar, pero estos días, entre que mañana hay el primer examen y que estoy con la resubida de artículos me había sido imposible para sacar tiempo para escribir las entradas que me pedía el cuerpo. Aún así estoy orgulloso de haber conseguido subir algo todos los días excepto ayer. En cualquier caso, ninguna de estas cosas de las que voy a hablar saldrá en esta entrada. No. Esta entrada está demandada por la actualidad de mi corazoncito blanquiazul.
Creo que ninguno nos podemos quejar de la marcha deportiva del Dépor en los últimos años. Sí, el equipo no es ni el Superdépor de mediados de los 90, ni el Dépor de Irureta que hace ya diez añitos ganó la Liga, ni el del Centenariazo.
No. Ni por asomo. Quizás, estos “añitos por el desierto” nos hayan servido para darnos cuenta de la infinita suerte que tuvimos de vivir una época tan maravillosa como aquella siendo, como somos, un equipo con una historia tirando a normalita, excepto por los destellos de luz de estas dos últimas décadas.
Ya no somos el equipo que encandilaba al mundo del fútbol como lo fuimos entonces. Tampoco importa. Jugamos un fútbol poco vistosos. De ese que gusta sólo a los entendidos… y sólo a los entendidos con la paciencia suficiente como para ver un partido entero del Dépor.
Como entonces, nuestro potencial se basa, sobre todo, en una defensa que se convierte en una muralla. Un mediocampo muy centrado y, sobre todo, una línea defensiva infranqueable que deja pocos problemas a uno de esos porteros que España y sus entrenadores infravaloraron bastante durante su carrera adulta. No hablo de selección, que parece que no hay mucho sitio, pero eso es otra historia.
Lamentablemente el Dépor adolece, como ha adolecido siempre excepto cuando estuvieron Bebeto, primero, y Makaay-Tristán, luego, de lo que realmente marca las diferencias en este deporte: GOL. Somos un equipo sin gol. El Madrid es (era, que parece que empieza a solventarse) un equipo sin sistema y sin defensa, pero tenía gol y eso maquillaba el resultado final. Con el Dépor ocurre todo lo contrario.
Y por eso, cuando el jugador más regular, más participativo, el mayor goleador, el revulsivo, se lesiona para toda la temporada después de haber jugado TODOS los minutos de las últimas temporadas (a excepción del otro día que le cambiaron en Copa), supone un varapalo enorme. Creo que a cualquier deportivista nos importaría una mierda que fuera Bodipo el lesionado (entiéndaseme bien, que no tengo nada en contra de Bodipo).
Pero claro, se lesiona Filipe y todo cambia. Si hay un jugador imprescindible en este Dépor era él. Y más cuando Guardado y Angulo están lesionados también en este momento. El Dépor se queda sin banda izquierda, sin el mejor lateral izquierdo de la Liga, el que estaba llamado a ser el lateral del Brasil mundialista y… la gran venta (aunque nos joda venderlo) que necesita el Dépor para aliviar una situación económica acuciante fruto de la gestión de uno de los mayores ladrones del mundo del fútbol. Pero eso es otra historia.
Es inevitable que la pérdida de nuestro 3 nos recuerde a las lesiones de Mauro y de Valerón que, junto con la marcha de Bebeto, fueron los grandes motivos del final de aquellas épocas de oro en que luchábamos con los grandes de Europa