Anoche me tocó panzada de series. Me terminé It’s always sunny in Philadelphia y, después, tocó volver a ponerse con el que, quizás, es el mayor bluff de la temporada: una serie que prometía mucho, pero que luego se quedó en algo lento y mediocre.
Sí, estoy hablando de FlashForward, o “Dale p’alante”, en perfecto castellano.
A poco que uno esté metido en el mundillo de las series es imposible que no haya oído hablar de ella. Era el estreno del año, la sucesora de Lost… Muchos de nosotros nos quedamos impactados por el concepto que subyacía a esta trama. Muy, muy interesante. Pero los primeros episodios se sucedieron y lo que prometía un primer capítulo bastante lleno de acción y con mucho ritmo, fue dando paso a otros más lentos y empalagosos que no aportaban nada a una trama ya de por sí oscura y enrevesada.
Flashforward es una serie mal narrada. Eso se ve a distancia. Comenzó muy bien pero… Y tampoco es que los actores ayuden mucho. Por lo menos Joseph Fiennes, que me había encantado en Lutero, ha convertido a su personaje en un robot. Y es el protagonista… En fin.
Aunque muchos de los que se preveían fans de la serie la abandonaron o se convirtieron escépticos antes, el punto crítico, a mi modo de ver, llegó con el capítulo 9 (el penúltimo de la primera mitad de la temporada), cuando se contó una historia sin ninguna importancia, centrada en un segundón (carismático, sí, pero segundón) y que, para más INRI, no aportaba absolutamente nada a la trama.
Y llegó el parón. Uno irremediable y obligado dado el enorme descenso de las audiencias. Un parón que se prolongó hasta este jueves pasado cuando recuperó su puesto en la parrilla después de 3 meses de dudas, cuestiones e incluso ciertas burlas… Y yo, que soy fiel a las series que he empezado, me decidí a darle una segunda oportunidad que llegó ayer noche.
Los datos, paradójicamente, no avalan el regreso, pero eso es algo que parecía previsible. Es decir, vista la racha anterior, es lógico que poca gente (en niveles USA, obviamente) haya pensado en darle una nueva oportunidad al guión… Pero creo que hay esperanza. Porque Revelation Zero, el doble capítulo del jueves, ha sido con mucho lo mejor que se ha visto hasta ahora… Sólo puede comparársele el capítulo piloto.
Es un gran capítulo, pero no sin ciertos riesgos. El primero de ellos (lo señalaba ayer en Twitter) fue introducir un personaje desconocido para “reestrenar” la serie, uno que parece que tendrá importancia, pero del que no habíamos sabido nada en el primer tramo. Sobre todo teniendo en cuenta el trasfondo religioso-sectario que tiene el personaje (me recuerda al Jordan Collier de 4400, que también entró así de sopetón y que luego se convirtió en uno de los protas), me parece que fue una apuesta demasiado arriesgada que bien podría haber esperado al capítulo 13 para no condicionar un reestreno ya de por sí muy cuestionado. Pero el personaje está bien.
El otro gran riesgo (y acierto) fue cambiar totalmente el peso de la narración de Mark Benford a Simon Campos, el personaje de Dominic Monaghan de FF. Era un personaje oscuro y peligroso del que había que dar respuestas. Y darlas era, posiblemente, la única alternativa que les quedaba a los jefazos de la serie para poder seguir adelante. Pero corrían el riesgo también de sucumbir al Fanservice, debido a las peculiaridades del personaje. Lo manejaron bien.
En resumen, un capítulo lleno de acción y de ritmo. Lleno de respuestas, pero con la suficiente “opacidad” como para dejar aún a la cabeza pensando. Las tramas se aclaran y, por primera vez, hay una sensación más que cierta de avance. Se apartan los “sentimentalismos” y aparece lo que de verdad daba sentido al argumento por encima de todo: el Flash Forward en estado puro.
Una virtud del capítulo. Sin un previously in… tedioso, enseguida uno es capaz de situarse después de tres meses de parón y recordar qué es lo importante de cada personaje. Muy bien hecho en ese sentido para recordar a la gente dónde estaba sin pedirle mucho. Porque no podían pedir nada.
Y… por último. A ver cómo van las audiencias. Si la serie recupera este ritmo, sería una pena que desapareciese. Sobre todo cuando en este capítulo ha demostrado una gran vocación de continuidad. Pero el mercado ahora mismo está fatal. Toca esperar.






Ni falta que me hace. No niego que “mi vida” sería mucho más agradabe si fuera de uno de los equipos llamados grandes, o, mejor dicho, del Madrid o del Barça. Sufriría menos. Pero no. Soy de uno de esos equipos de media tabla, con una historia de vaivenes, que han pasado más temporadas en las categorías inferiores que en Primera pero que ha ganado sus títulos. Uno de esos equipos que, por milagros de la historia del fútbol y porque este deporte a veces (y sólo a veces) hace justicia ha tenido el privilegio de colarse en la cortísima lista de equipos que han ganado esta “Liga de las Estrellas” en la que “estrella”, cada día más, se hace sinónimo de niñato malcriado. No. Yo no soy del Madrid, soy del Real Club Deportivo de la Coruña.
Hoy en día todo el mundo que quiere escribir y “entregar su obra al mundo”, lo hace. Es el gran regalo que nos ha hecho Internet a los que, de una forma u otra, tenemos esta inquietud metida entre pecho y espalda. Hoy me gustaría evaluar un poco este fenómeno que hace tiempo, cuando andábamos metidos en la farragosa fundación de la 