La gran duda existencial que me corroe

Comencé este curso con un gran proyecto en mente: la memoria de Bachiller. Alguno dirá, ¿qué es eso? En mi carrera, en Estudios Eclesiásticos, al final de los cinco años debemos pasar un examen complexivo de más o menos todas las materias. Básicamente, como el examen de licenciatura de tantas y tantas carreras. Es lo que nosotros conocemos como examen de Bachiller. Ese examen (la materia más o menos ronda el medio millar de folios, tampoco es algo excesivo) puede sustituirse por un trabajo que, desde un tema general, aborde todas las materias/ramas de los estudios teológicos: biblia, trinidad, eclesiología, cristología, moral, liturgia, sacramentología, escatología…

Es posible pensar, a simple vista, que el trabajo será más sencillo. Mentira. Mentira cochina. Supone mucho más trabajo. Muchísimo más trabajo. Pero también es un reto: un trabajo de “investigación” serio que obliga a meterse a fondo en muchas materias y que implica poner en juego todas las capacidades de uno. Y yo acepté ese reto. He de decir que contra el consejo de algunos profesores que me dijeron: “Pero si tú el examen lo sacas como nada, ¿para qué complicarse?”. Ya hace un tiempo me había decidido, y el año pasado comencé los trámites para hacerlo.

Estaba todo previsto. Director, tema, material de trabajo, esquema de la memoria, organización del tiempo… Todo listo para ponerse a trabajar. Todo previsto. Lo que no estaba previsto es mi incapacidad para no cargarme de cosas que me quitan el tiempo cuando debería estar haciendo otras más importantes (a.k.a. procastinar). Y primero fue la web de la PEJ y luego me comprometí con la del Seminario y que si los trabajos de clase, que si Akano y el blog (cuando los resucité) y todo el “trabajo” que ello conlleva… y mi conocida, aquejada y denostada tendencia a la horizontalidad.

Conclusión: Es marzo. Me quedan dos meses para redactar una memoria de unos 100 folios que merezca la pena, añadiéndole a eso el trabajo propio de las clases, más la pastoral, más que yo sé que no voy a ser capaz de dejar Akano, más (por muy pedante que suene) la exigencia debida a mis capacidades… Y no sé qué hacer. No sé qué hacer, en serio.

Alguno me ha recomendado dejarla. Sería lo más lógico. El examen lo puedo sacar fácilmente con poco que me ponga a estudiar en serio enseguida soluciono la papeleta. Sin embargo mi orgullo y el poco sentido de la responsabilidad que me queda me impiden hacerlo así. Por eso tardo en tomar la decisión y mientras no tomo la decisión no termino de hacer nada y al final todo se vuelve más y más y más acuciante…

Y siguen lloviendo encargos y sigo invirtiendo el tiempo en otras historias y no sé qué hacer…

Por lo de pronto me he puesto un plazo: 11 de Abril, el segundo domingo de Pascua y final de las vacaciones. Si hasta entonces soy capaz de pegarle un empujón, bendito sea Dios, iré hasta el final. Pero si no… tendré que aceptar la realidad, aceptar el fracaso y…

Y ahora todo esto tengo que explicárselo al director de mi memoria. Eso es lo más difícil.

Torpe

Basta con que uno le eche una mirada a alguna entrada antigua del blog, o no tan antigua, o a algo por el estilo, para darse cuenta de lo tremendamente torpe que soy en lo que se refiere a las cuestiones sociales. O a cuestiones relacionales, si lo preferís así. Este fin de semana pasado se dieron cita un par de factores, totalmente independientes entre sí, que me han hecho pensar de nuevo en esto un poco… Yo me pregunto: ¿Habré vuelto a meter la pata otra vez?

Bueno, en uno de ellos estoy convencido de que no. En el otro… no lo sé. Pero esa no es la cuestión.

No nos engañemos. Para este tipo de cosas yo soy, sobre todo, un metepatas. Y así termino como termino muchas veces. Tampoco es difícil darse cuenta de ello. Y, claro, como soy un torpón, a veces me doy de morros con situaciones que no comprendo del todo pero que podía haberme ahorrado si fuese un poco más listo. Porque muchas veces lo que yo entiendo como algo normal o, incluso, obligado por las circunstancias, el de enfrente puede no entenderlo así y formarse un problema gordo.

Y cuando ocurre este tipo de cosas, cosas como lo que pasó este fin de semana, por ejemplo, yo me pregunto: “¿Pero esto no había quedado lo suficientemente atrás para, por lo menos, poder llevar todo el asunto con normalidad?” Y ahí es cuando la cago. Yo, que siempre hablo de los procesos de las personas y bla bla bla… No me doy cuenta de que el hecho de que yo haya dejado algo atrás, no quiere decir que el otro lo haya hecho. Y la cago con gilipolleces que, realmente, no tienen importancia objetiva o que yo no considero tan graves (como, por ejemplo, añadir un dibujo a mis favoritos del dA, ya veis que cosa).

Y luego no entiendo por qué pasa tal o cual cosa… Y me empeño en encerrarme “por no molestar” y termino montándome mis propias películas conspiranoicas y… se convierte en un círculo vicioso del que es jodido salir, aunque vaya uno a empujones. ¿Y todo por qué?

Mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa

Quiero arreglarlo y no soy capaz de hacerlo, porque cuando parece que saco la cabeza vuelvo a caer de nuevo. Y me rallo. Y la torpeza aumenta otra vez más… Y ya cuando pido consejo a la persona equivocada (o no equivocada, pero… no a la más adecuada) y termino haciendo/diciendo/escribiendo cosa que no debería por muy normales que a mí (y a mi consejero/a) le parezcan, pues…

En fin, mejor me callo, no sea que esto vuelva a ser otra metedura de pata.

El feedback necesario

¿Lo estaré haciendo bien? ¿Mi trabajo le interesará a alguien? ¿Hablo para las paredes? Estas preguntas y/u otras muy parecidas seguro que nos las hemos hecho todos los que escribimos un blog o todos los escribidores. ¿A que sí? Sobre todo cuando empezamos, cuando llegamos con ganas de comernos el mundo y creemos que vamos a revolucionar el mundillo… o, bueno, con aspiraciones mucho más bajas también.

Y es una actitud o una pregunta muy habitual y muy necesaria. Aunque poco a poco vayámonos purificando nuestra intención y dándonos cuenta de que no es la “popularidad” lo importante, sino la calidad de lo que cuentas de cómo lo cuentas, que no es cuestión de cuántos te leen sino de qué eres capaz de darles… aunque paulatinamente vayamos “madurando” en este aspecto, siempre nos quedará esta espinita clavada: “No me leen”.

Y lo digo por experiencia propia. Numerosas veces me he quejado de lo mismo: aquí, en mi galería… Y si uno se fija demasiado en el número de visitas o, peor aún, en el número de comentarios recibidos, puede cogerse depresiones de caballo. Yo mismo, en mi faceta de escribidor… tengo una obra bastante “ingente” si la observamos desde el punto de vista de alguien que no gana nada de ello (aunque, bueno, esta perspectiva habría que hablar algún día de ella) y apenas suelo recibir comentarios “físicos”. Un par de lectores fieles… y alguno que a veces le obligo a hacerlo. Y durante mucho tiempo a mí me pasaba.

Ya que estamos, no creáis que esto es “una queja más”. Simplemente, hay algunos temas que resonaban así un poco de fondo cuando iba subiendo las entradas antiguas y este estaba entre ellos. Me apetecía escribir de algo y la musa me dijo que de esto…

Recuperando el tema… ¿Lo estaré haciendo bien? ¿Mi trabajo le interesará a alguien? ¿Hablo para las paredes? Todas estas preguntas, son preguntas legítimas desde el punto de vista de un blogger, escribidor, músico… o ser humano que respira, habla, actúa o se mueve. Sobre todo en un primer momento, pero a lo largo de toda la vida, necesitamos que nos corrijan, que nos animen, que nos paren los pies (también)…

Porque, al fin y al cabo, nuestra obra (en el sentido más amplio del término), nuestro “legado”, está destinado a vivir entre los demás. Sí, puedo guardarme las cosas para mí y “escribir para mí” tiene ese punto romántico y heroico que es tan encandilador… pero, siéntate, piensa… ¿seguro que no es una pose? “Soy Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como. Yo solo me basto porque yo sé lo que busco, sé lo que quiero y sé qué criterios pueden aplicarse a mi obra. Tú no lo entenderías…”

Que sí, que al final todos lo hacemos “para mí”. Pero no lo hacemos “para mí” en el sentido que exageraba en el párrafo anterior. Lo hacemos “para mí” porque nos lo pide el cuerpo. Porque, de algún modo, lo llevamos dentro y necesitamos que salga. Porque, a veces, algunos necesitamos escribir o bloguear o cantar o pintar o zurcir  o lo que sea casi tanto como respirar. Y que eso lo reconozca el otro, el de fuera, es casi como si reconocieran nuestra existencia. Todos necesitamos feedback y es legítimo que nos preocupemos cuando no lo recibimos. Todos necesitamos saber que nuestro trabajo, nuestro esfuerzo y nuestros muchos desvelos, que los hay, no caen en saco roto.

Porque si mi trabajo gusta a alguien, tengo un estímulo para seguir. Si en mi trabajo descubren fallos, tengo un estímulo para seguir y para mejorar. Si mi opinión es aceptada, tengo un estímulo para, otro día, volver a darla. Si es contestada, para discutirla, para argumentar… Y siempre, siempre, siempre, para aprender.

Ojo, yo respeto a los lectores silenciosos. Yo mismo, en muchas ocasiones, soy uno de ellos. Aunque procuro comentar (especialmente cuando se trata de leer fics, no tanto ya en los blogs), sé que no siempre lo hago. Y sé que hay gente ahí fuera que puede estar siguiéndome y que no “da la cara” por pereza, vergüenza, porque no sabe qué decir… A esos yo les animaría a hacerlo, pero es su decisión, no la mía y la respeto casi más que a los hoygan que te vienen con cosas del tipo “u fic s l rewea spro q l sigs” y que no sabes si realmente han leído algo o están simplemente “popularizándose” por la vía rápida.

Paraguas

Mientras mitad de Galicia se recupera de la manifa de ayer y la otra mitad se pregunta por qué es necesario despertar a todo un barrio para retirar una estatua, la lluvia se ha adueñado de nuestra comunidad.

He venido a Pontevedra para una visita fugaz al médico y llueve. Llueve, como en Santiago (seguramente menos que allí). Lo bueno de vivir en el mismo sitio que donde estudias, que tiene un pequeño gimnasio para moverte y no quedarte “engorilado” y que, por si acaso no te apetece ir al gimnasio porque te aburre, es un edificio de 20.000m2, es que puedes pasarte esos días interminables, grises y depresivos de Santiago metido en casa sin salir.

No así en Pontevedra. Y la cuestión es la siguiente: si llueve, inevitablemente te encuentras con gente con paraguas. ¡HORROR! Gente con paraguas, sí. El mayor peligro del viandante. Y cuanto mayor es su portador, peor. Y peor aún cuando son de los que prefieren no mojarse a ver por dónde andan, que los hay.

Desde Caldeirada de marisco no quiero dejar de pasar una oportunidad como esta para denunciar tan terrible situación. Si te encuentras con alguien con paraguas hay dos opciones: que lleves paraguas o que no lo lleves.

  1. No llevas paraguas. Entonces lo más normal es que intentes ir bien pegadito a las paredes, para aprovechar las cornisas y mojarte lo menos posible. La cuestión es que a la gente con paraguas le da igual… o va a joder, eso no lo tengo claro. Ellos van a ir también por ahí y no piensan apartarse. Si ya hay un grupo en Feisbuk y todo. Como mucho apartarán el paraguas para que pases mejor.

    Eso si lo hacen, que no todos. Algunas veces tienes que convertirte en Neo y esquivar las varillas que te lanzan. Tal y como dice este tío en el grupo en Feisbuk:

    El otro día iba por la calle y delante de mí iba un hombre mayor con paraguas de estos gigantes. Se cruzó con una chica y su madre, y la pobre chica tuvo que agacharse y casi dar una voltereta porque el hombre no se apartó ni un ápice.

    Y bueno, los que llevamos gafas (cuando nos acordamos) aún tenemos cierta salvación, pero los que no las llevan…

  2. Llevas paraguas. Tienes menos problemas que en el caso anterior. Tú llevas paraguas, así que ya no tienes por qué ir para debajo de la cornisa, aunque lo haces, como todo el mundo.

    Ahora llega la hora de la verdad: te cruzas con uno de estos viandantes peligrosos. ¿Hay sitio en la acera o puedes echarte a la calzada? Eres un buen ciudadano y te apartas cuando hace falta, hasta ahí bien. ¿No lo hay? Es el momento del equilibrismo. Uno levanta el paraguas, el otro lo inclina… pero hay gente que no lo hace.

    Y tú has levantado el paraguas, o lo has apartado, has bajado la guardia. Te has convertido en un hombre sin paraguas en manos de un peligroso asesino que no le va a suponer ningún problema arrancarte un ojo o rajarte el cuello con una varilla. Que les da igual.

Conclusión: Una mojadura es mejor que perder un ojo.

¿Cambio de nick?

Y no, esta no es una entrada antigua :D

La cosa es la siguiente. Óscar, cuando estaba explicándole lo de la resucitación del Blog el otro día, me hizo una pregunta en plan ingenuo: “¿Y lo de Centoloman no es una marca registrada?” Respuesta inmediata: “Sí, pero no pasa nada”.

Pero la coña es que se me quedó el run-run ahí metido y…

Bah, nada chorradas mías xD

Identidad grupal

Llega un examen y, como siempre, soy incapaz de contenerme y multiplico la actividad. Así que nada, multipliquemos la actividad y sigamos reflexionando un poco sobre la vida misma. Pero, de todas formas, no es eso lo único que me ha movido a postear. Yo baso mis reflexiones, las que pongo en estos posts, en lo que voy observando con estos ojitos que Dios me dio y en lo que yo experimento en mí mismo (y no, no soy un científico loco, aunque de pequeño quería serlo xD).

Por eso, hoy quería hablar sobre los grupos humanos, en la misma línea en la que hablaba el otro día de ser coherente y decir lo que uno piensa. No me refiero a ninguno concreto y a la vez tengo varios en mente y que me sirven como motivación y como ejemplo para lo que quiero decir. En cualqiuer caso, si alguien se siente ofendido, lo sabéis, no es esa mi intención.

Ya lo dice el Génesis, no es bueno que el hombre esté solo y, si no os parece bien que cite a la Biblia, recordad que Aristóteles afirmó que el hombre es un zoon politikon (así, en caracteres latinos, que no estoy yo ahora para ponerme a insertar las letras griegas una a una xD), un animal social. Por eso, inevitablemente, nos vamos asociando en grupos. De hecho ya nacemos en un grupo, en una familia.

Pero no quiero que esto sea una clase de sociología. Entre otras cosas porque, aunque saqué un ocho en sociología, mis conocimientos de la materia son bastante rudimentarios. Así que pasemos a lo de a pie, que no me pagan por dar clases de ná xD

Pongamos por ejemplo… una clase en secundaria. Podría decir la Universidad pero la idiosincrasia de la uni es mucho menos adecuada para lo que quiero exponer. Por intereses, por gustos, por aficiones pues se forman pandillas, más o menos amplias. Hasta aquí todo bien, perro conocido porque todos seguro que lo hemos experimentado.

La pandilla se junta para ir a jugar al fútbol, ir al cine, salir… y más o menos rápidamente, más o menos paulatinamente, se van convirtiendo en un uno a los ojos del resto del mundo. Hasta aquí todo normal, ¿no?

Es el momento en el que se forma la identidad grupal. Ya no son José, Pedro, Ramón, Pablo, Manuel, Jorge, María, Rosa, Lucía, Laura y Ana (así una buena variedad de nombres), ya son los… “pijos”, o los “tiraos”, o los “johnnies” o lo que sea. A los ojos de los demás pasan a ser un uno y un todo y a sus propios ojos comienzan a sentirse como algo diferente de los demás. Son “ellos”.

Aquí ya pueden comenzar los problemas, porque esa consideración de grupo puede irse de las manos y radicalizarse hasta el punto de enfrentarse al resto. Y por experiencia común… nada une más que un enemigo común: el cabrón del profesor que ha suspendido injustamente a Jorge, la zorra que le ha quitado el novio a Rosa, el ex de María… Y el grupo puede llegar a convertirse en algo hostil hacia lo de fuera, bien por sentirse superior, bien por sentirse atacado. El resultado, casi siempre, termina siendo el mismo: “Quien no está conmigo, está contra mí”

Pensemos en un grupo más grande. Aunque en este caso es lo de menos, sí que suele producirse (o por lógica la situación que voy a plantear es más probable) cuanto mayor sea el número de miembros del grupo. Se trata de que, con el paso del tiempo, un cierto número de integrantes, por una experiencia común que no comparten todos o algo por el estilo, termina convirtiéndose en un auténtico subgrupo. Esto es un poco más peligroso para la estabilidad del grupo.

La cosa suele salirse de madre cuando los chistes internos o las historias derivadas de esas experiencias comunes o exclusivas se convierten en el tema habitual de conversación entre los miembros de ese nuevo subgrupo incluso cuando se encuentran dentro del gran grupo. Esto provoca que los no-miembros se sientan desplazados y que, incluso, lleguen a enquistarse situaciones hasta puntos realmente dañinos para todos.

En el primero de los casos, el del aislamiento del grupo frente al resto, lo más probable es que el juicio global sobre el grupo redunde sobre los individuos en particular. Tú estás con ellos, eres como ellos, con todo lo que esto significa para las relaciones que, obviamente, se mantienen entre los miembros individualmente con personas ajenas al grupo… incluso con personas de un grupo anterior al propio grupo (es decir, con los amigos que se tenían antes de ingresar al grupo). El individuo se diluye en la masa y pasa de ser… Ramón a ser “uno de esos”.

En el segundo caso, creo yo, las consecuencias son incluso más graves. Miembros que se ven desplazados del grupo, que conocen la idiosincrasia del grupo, que comparten secretos… y de repente se sienten rechazados, marginados. Su reacción no tiene por qué ser violenta pero en cualquier caso suele acabar con la armonía del grupo, porque ya no todos son iguales, porque los vínculos que los unían se difuminan… porque ya no es lo que era, porque ya no se siente a gusto.

Pero hay un tercer caso: cuando dos miembros del grupo se enemistan entre sí. Pongamos que… Jorge y María salían juntos y la cosa salió mal y acabó mal. Es normal que el grupo termine dividiéndose violentamente y desvaneciéndose o que muchos de los miembros o al menos alguno se quede a dos aguas, porque no quiere dejar a sus dos amigos-compeñeros tirados. Y este estar a dos aguas es una situación no sostenible durante mucho tiempo… con lo cual el “neutral” termina distanciándose o decantándose por uno de los dos bandos. El grupo ha muerto.

La solución, cabeza y lengua, como con todas las cosas. Vamos, al menos eso creo yo. Y reconocer racionalmente los errores, pedir perdón y saber perdonar (Y OLVIDAR, que aprender de los errores es una cosa, pero el perdón verdadero neceista del olvido, si no se convierte en una hipocresía) NUNCA es humillarse, NUNCA es una actuación (como decía la canción que puso Arte en los comentarios del post anterior) y SIEMPRE es positivo. Hacer hasta lo imposible por solucionar las cosas NUNCA es en vano, aunque al final sólo sirva para descargar la conciencia.

Espero que si alguien se encuentra en una situación así y lee esto pueda aprovecharlo para algo, aunque como siempre tengo la extraña sensación (o más bien la seguridad) de que, como siempre, me he liado demasiado ^^

Decir lo que uno piensa

Últimamente he notado que, en cierta manera, me he ganado una serie de “enemigos” (dejémoslo entre comillas porque para quitárselas tendría que ser algo bastante más grave que lo que está pasando últimamente y porque creo que para considerarse enemigo de alguien el sentimiento debe ser mutuo).

A nadie que se haya molestado en conocerme al menos un poquito le sorprenderá que diga que soy un tío bastante reservado (sobre todo en persona) y que me cuesta hablar de mis cosas en profundidad, que normalmente me lo guardo para mí cuando se trata de abrir mi corazoncito. Otra cosa es que cuando escribo aquí, que en el fondo es mi sitio, mi santuario, mi rincón… me sea más fácil. Dios me ha dado la capacidad de expresarme bien escribiendo, pero no tan bien hablando… es lo que hay.

Bueno, a lo que iba. Reflexionando, me he dado cuenta de que mi mayor “pecado social”, si es que se puede llamar así, es que no soporto por mucho rato llevar una máscara, que sí, que si tengo que fingir lo hago, pero que por mucho protocolo y educación social que haya que respetar, no puedo evitar terminar diciendo todo lo que pienso, tal y como lo pienso y… a veces de una forma desagradable (mea culpa).

Pero, la verdad, si hay algo que me revienta es la hipocresía. Puedo jugar a interpretar un papel durante un razonable periodo de tiempo, pero termino explotando… y cuando exploto, exploto de verdad, que para eso soy un tío tan contundente (vamos, que estoy gordo).

Las normas de protocolo no están hechas para mí, lo cual me deja en una mala situación si tenemos en cuenta que un sacerdote tiene unas ciertas responsabilidades sociales como guía o como lo queráis llamar de un grupo de personas, los fieles de su parroquia.

No me gustan nada los hipócritas, a los que figuran, a los que se arriman al sol que más calienta y cuando llega el atardecer van a buscar las estufas encendidas… Y lo peor es que cada día estoy más convencido de que estoy rodeado por esos…

Digo lo que pienso, como lo piensio y cuando lo pienso. Prefiero hacerlo así, aunque a veces haga de tripas corazón y tenga que callarme… pero se me nota fácilmente, porque soy incapaz de decir lo contrario con naturalidad…

A eso sumadle que heredé de mi madre la poca paciencia que tengo (aunque tengo una poca (no mucha) más que ella y mi carácter calmado y mayormente pasota parece dar la sensación de que tengo más de la que realmente tengo) y cuando estoy un poco estresado o tengo muchas cosas en la cabeza mi cerebro decide cortocircuitarse y se me cruza el cable muy fácilmente y he de reconocerlo, tengo muy mal genio. En esos momentos suelo tender a aislarme para no decir ninguna cosa de más, pero a veces no funciona y cuando estoy así digo cosas demasiado bordes y con una crueldad de la que no estoy nada orgulloso.

Las personas somos como alacenas (razonamiento nuevo para los lectores del journal en el DA, no tanto para los veteranos del blog y que ya explicaré en otra ocasión… o mejor… na, ya la buscaré que ahora no tengo tiempo) y en estos momentos la mía está escasa de provisiones.

Estoy a régimen, tengo examen el miércoles y cada vez cojo más complejo de ser una especie de individuo no deseado que lo único que consigue es quedarse marginado de todos (y no, no sólo lo digo por lo que muchos estaréis pensando). Pero claro, hay que poner buena cara y sonreír…

¡Pues no! Coño ya… No voy a escuchar tus gilipolleces sin decir nada. No voy a trabajar para ti mientras tú te rascas los huevos. No voy a sonreir y a callarme lo que pienso para ganar una especie de privilegio que ni quiero ni lleva a ninguna parte. Hala, ya lo he dicho. Que tenga lo que tenga que venir.

Errores, soluciones, agradecimientos

Óscar, uno de mis compañeros de Seminario, director de la Schola y poseedor de un magnífico blog que actualiza todavía menos que yo y cuya dirección dejé en el post anterior, suele decir que “el mundo está lleno de problemas”. Sin quitarle la razón, porque es verdad, suelo apostillar que “el mundo también está lleno de soluciones”.

Porque estoy convencido de que es así y estoy convencido que, aun siendo conscientes de los problemas, no hay que fijarse en ellos, sino en la gran cantidad de soluciones que tenemos siempre delante. Igualmente estoy convencido de que muchas veces los problemas no son tales y de que, yendo ya al grano de lo que hoy quería poner aquí, de todo se aprende: de lo bueno y de lo malo, de los problemas y de las alegrías… absolutamente de todo.

Hasta aquí alguien podría responderme con aquella vieja frase que da comienzo a las reflexiones de Qohélet en el Eclesiastés: “Nada nuevo hay bajo el sol”. Y es que no acabo de descubrir la pólvora con lo que he dicho.

Así como estoy convencido de que todo se aprende, estoy convencido, muy convencido, de que hay que saber dar gracias por todo. Incluso, aunque suene masoquista, hay que dar las gracias por todo lo malo que nos ha pasado, de los errores, de las inmensas meteduras de pata que soy tan propenso a cometer, de las desgracias inesperadas, de los sinsentidos…

Y hay que dar las gracias porque son sobre todo ellas las que van modelando cual artesano lo que hoy somos. Las alegrías (las de verdad, no las falsas alegrías, las que no duran, las que son simplemente… como decirlo… puramente eróticas sin referirme aquí al erotismo en sentido sexual sino en un sentido más amplio… los placeres de la vida si queréis llamarlo así) no nos ayudan a cambiar, pero son la confirmación de que estamos yendo pro el buen camino.

¿Alegrías de verdad, falsas alegrías? Os explicaré un poco mejor a qué me refiero por si acaso el párrafo anterior no ha sido lo suficientemente claro.

El Rabbî Gamaliel, maestro de San Pablo cuando este aún era fariseo (sí, Saulo de Tarso era un fariseo fariseísimo) aparece en el libro de los Hechos de los Apóstoles con una frase magistral. En medio del Sanedrín, cuando los sumos sacerdotes y los escribas interrogaban a los apóstoles que habían sido liberados milagrosamente de la cárcel, mientras se comenzaba a forjar una condena de muerte hacia los cristianos por predicar a Jesús, este prestigioso doctor de la Ley, se puso en pie, mandó salir a los acusados y se dirigigó a los allí presentes y les dijo, entre otras cosas, esto:

Porque si este plan o esta obra es de los hombres, fracasará, pero si es de Dios no conseguiréis destruirlos

Muchas veces estamos contentos, felices… pero son cosas que pasan y son de ese tipo de cosas que cuando pasan lo único que dejan es una amargura irremediable. Sin embargo, otro tipo de cosas, que se nos pueden presentar, incluso, como problemáticas en su momento… terminan siendo fuentes de la más profunda alegría. Creo que es más o menos lo que quería decir.

Por otra parte, los errores nos ayudan a encauzar el buen camino. Descubrir que esas falsas alegrías son precisamente eso, falsas, darse de bruces contra lo que más temíamos… Eso nos hace ver que no todo es tan perfecto como creíamos y pretendíamos y nos obliga a reconducirnos, a purificarnos, a cambiar la piel si es necesario (y no se entienda esta última imagen como hipocresía, sino todo lo contrario, despojarse de las máscaras que podamos tener, acercarse más hacia la verdad de nuestro interior).

Pues… bien. Estoy convencidísimo de que hay que agradecer a Dios, siempre a Él primero, y a todos los demás de que nos hayan abierto los ojos e, incluso, que nos hayan ayudado a errar (fuerte, ¿no?…) para darnos cuenta de que errábamos y que ese, por muy atractivo que pudiera parecer, no era el camino…

De todas formas, no es dar gracias por los errores sin más. Es dar gracias por los errores y POR HABERLOS SUPERADO. Pero es dar gracias por los errores, también, porque nos han dado la oportunidad de superarnos a nosotros mismos, de ser mejores.

PD: Es un post un poco lioso… pero espero que la idea quede clara ^^

Confesión contradictoria

Estoy cansado, pero no tengo sueño. Tengo hambre, pero no me apetece comer. Tengo sed, pero no me apetece beber. Estoy pendiente del partido del Dépor, pero realmente no le estoy haciendo ningún caso (sé que van 1-1 ahora mismo y que debe faltar más o menos un cuarto de hora) y cada vez me importa menos si descendemos, nos quedamos o somos los protagonistas del mayor milagro de la historia del fútbol y nos metemos en Europa. Me apetece escribir por aquí y no sé de qué.

Como dije en el último post hace tan sólo… tres o cuatro días, lo que supone un completo récord últimamente, los últimos han sido tiempos tormentosos y aún tengo que terminar de aterrizar y, en cierto modo, asimilar todo lo que ha ido pasando.

No es que esté nervioso, intranquilo o inestable, como sería de esperar en mí. Más bien estoy en plan “observador”, no puedo decir que imparcial en cuanto que más o menos estoy en el ojo del huracán, de todo lo que va pasando a mi alrededor, procurando callarme y no coger las cosas por donde no son.

Vale, acaba de marcar el Barça… ya vamos palmando. Este año nos vamos a Segunda y le vamos a joder el ascenso al Fabril. Seguro.

Retomando…

Decía que procuro “callarme y no coger las cosas por donde no son”, aunque a veces eso se quede en eso, en “procurar”. En mera tentativa, pero soy incapaz de no quejarme o no buscar consejo en otros para poder afrontar situaciones que, por otra parte, me siguen superando por más interiorizadas que las quiera o que las pueda tener.

Bueno, ya que sigo con el tema, creo que voy a soltarlo todo. Reconozco que soy una persona muy propensa a cometer errores en el ámbito de las relaciones personales. Quizás con todos los vaivenes que he tenido en mi vida, una socialización digamos… tardía y, por último, el cambio de vida tan radical que di hace ya dos años y medio (hará 3 añitos en abril) pues es lógico que ahora mismo esté en una especie de situación límbica… uséase algo así como ni chicha ni limoná.

Y por más que lo intento, soy incapaz de corregirme… Es cierto que poco a poco hay algunas cosas que estoy solventando pero todos más o menos sabéis que soy una persona a la que le cuesta muchísimo abrirse, una barbaridad (excepto por aquí, hay que reconocerlo, cosa que Manu me ha criticado alguna vez). Eso supone un enorme handicap para las relaciones personales (no sólo, os juro que para la vida espiritual también, aunque ni ambas facetas se pueden dividir ni viene a cuento que os hable ahora de mi vida espiritual ¿verdad?)

Partido terminado, resultado definitivo.

A lo que me refiero es que conozco muchos errores de forma inconsciente, pero bueno, como todos sabéis también estoy abierto a que me digáis “oye, mira, que esto me molesta”. No suelo poner malas caras, ni mandar a los que me dicen esto o lo otro a la mierda (hablando en plata). Y suelo pedir perdón por todo lo que hago mal (tanto que mucha gente podría pensar que lo digo ya de forma automática), aunque ni siquiera sepa de qué se trata.

Y también pongo todo lo que pueda de mi parte para solucionar o enmendar todo aquello de lo que soy culpable. Hay veces que no lo consigo, el hombre es un animal de costumbres o eso dicen, pero nunca queda sin intentarlo (hay quien dirá que intentarlo no sirve de nada, pero bueno, el esfuerzo siempre tendrá su recompensa (si no, mirad a Rock Lee)).

Y soy consciente también de que por aquí todo suele sonar muy categórico. Faltan las miradas, el tono de voz, los gestos… en resumen, todo lo que supone la comunicación no verbal. Cierto es que existen los smileys pero, sinceramente, nunca o casi nunca encuentro el acertado (sobre todo si no se trata del MSN, ese lo tengo saturado de emoticons y no puedo quejarme). Fijaos si es así que hoy me han dicho que soy una persona que tiene todas las cosas muy bien planeadas, con las ideas claras y la cabeza bien amueblada u organizada, o como se quiera decir. Pero nada más lejos de la realidad. Si yo (o alguno de los que lean esto) les contara…

Pero aún así no lo entiendo. No entiendo el porqué de ciertas enemistades que me he granjeado en estas últimas semanas, meses… Y eso también, en cierto modo, me revienta. Nunca soporté eso de “¿Por qué estás enfadada?” “Tú sabrás” y similares. Creo firmemente en que “hablando se entiende la basca”, como diría mi paisano de provincia, Jesús Vázquez.

En cualquier caso yo tengo la conciencia tranquila (¿o no? ¿Por qué estoy escribiendo esto entonces?) respecto a una serie de cosas que se han derivado de esas situaciones y… bueno, sé que yo he hecho todo lo que estaba en mi mano. Quizás es esto último que he dicho en el párrafo anterior es lo que ha provocado esta situación de inconformismo que ha motivado en mi post. Quiero saber, aunque parece que no tengo derecho o no hace falta que lo haga.

No suelo guardarle rencor a nadie. No va conmigo. Siempre tendré las puertas abiertas a todo aquel que quiera tratar de hablar de lo que sea. Sea que me concierna, sea que no. Sea que alguien tenga algo contra mí, sea que le ha sentado mal algo que he hecho, sea lo que sea. Para mí, desde ahora que he soltado esta queja, si alguien cree que tengo algo contra alguien tabula rasa y punto. Como si nada hubiera pasado (aunque sé que algo ha tenido que pasar).

En fin, lo dejamos aquí que ya va para largo…

Sed buenos, dormid bien y soñad con los angelitos. Rezad por mí, yo rezaré por vosotros ^^

PD: Fijaos… no sabía qué escribir y mirad el rollo que me ha salido… Si es que… ¬¬

Reportando

Pos como le prometí ayer a Manu hoy posteo para continuar con esta medio-resurrección del blog.

He vuelto a casa por primera vez desde que comenzó el curso y… no hay nada como estar en casa. He aprovechado y he comenzado a repartir ya las invitaciones para el 21, que las recibí ayer por la mañana.

Aún así, el curso no perdona y ya me tengo que enfrentar a un examen el miércoles que viene así que he tenido que dedicar la mañana a estudiar. Un mal menor, al fin y al cabo.

Por otra parte, bueno, las nubes descargaron su tormenta. Me mojé, la lluvia me caló un poco, pero conseguí ponerme a cubierto antes de coger una neumonía. Ahora, trato de ver como escampa (”Nunca choveu que non escampara”, que se dice por aquí) mientras voy sacando poco a poco la cabecita.

(Y el que tenga oídos para oír… que vea ^^)

Hala y de regalito por la Santa Constitución, Virgen y Mártir, un par de vídeos o un trío…

Se trata de Richard Cheese, un tío que se dedica a hacer versiones en plan Sinatra de grandes éxitos de la música actual (y no tan actual): Outkast, Rage against the machine, Metallica, Nirvana… En este caso os traigo U2 y Guns ^^

Richard Cheese – Smells like a teen spirit/a>

Richard Cheese – Welcome to the Jungle

Y de premio final…

Orquesta de Ukeleles de Great Britain -  Smells like teen spirit

(No es coña, son ukeleles… y el tío dice algo de orquesta nacional del Reino unido…)

Apatía existencial

Ha comenzado el curso. Ayer hizo ya dos semanas que estamos aquí en el Seminario y me he decidido a hacer un poco de balance. El otro día se lo comentaba a varios: mi estado de ánimo actual analizando todo esto es bastante “monótono”.

Por una parte, en lo personal estoy así así. No es que me encuentre mal, ni nada… Hacía tiempo que no tenía tanta paz como tengo ahora y en líneas generales debería estar bastante contento… pero no lo estoy. ¿Por qué?

Porque realmente, a pesar de lo mucho bueno que me ha pasado últimamente, lo malo que me ha pasado me ha afectado tanto que me ha sumido en este estado de apatía… de aburrimiento existencial en el que estoy ahora…

Se me rompió la guitarra, mis planes para ir al Salò del Manga aprovechando el puente se entorpecieron porque “como ahorro no hace falta que mi padre me ingrese pasta” (por favor, ved la contradicción ahí…), aunque gracias a Dios parece que puedo arreglar eso…, noto como si algunas personas me hubieran dejado de lado (en lo que reconozco que tengo bastante culpa en algunas ocasiones…)…

De todas formas, estoy “contento” porque, conociéndome, podría haber sido peor…

Cada vez me sorprendo más

Hoy toca clase de antropopsicología por el Dr. Centoloman (vale, me he pasado con el nombre pero hoy estoy inspirado, y cuando estoy inspirado ya sabéis lo que os puede esperar)

El ser humano se comporta de muchos modos y todos se podrían considerar algo así como una combinación de cuánto dejamos actuar a la lógica y cuánto a la emotividad. Vale, es un modelo muy, demasiado simplista del comportamiento humano pero para lo que pretendo es suficiente. La cuestión que planteo es cuándo dejamos que impere una cosa y cuándo dejamos que impere la otra.

Cada vez me sorprende más el ser humano. Sobre todo cuando ante situaciones en las que la lógica habla claramente la gente se cierra en banda a una especie de “porque yo lo digo”, aunque eso contradiga sus propios principios. Y me sorprendo aún más cuando una especie de séquito se une a ese “porque tú lo dices” o simplemente se niegan a decir nada por no decir que ese “porque tú lo dices” no vale para no herir los sentimientos.

Es una reflexión así rápida sobre algunas cosas que he estado observando últimamente. Tampoco os quiero cansar. Habrá quien las lea, las entienda, se de cuenta de que estoy hablando y reaccione en consecuencia. Pero supongo que no serán ninguno de los que leéis el blog.

Cosas de vocación

Quiere ser éste un post dedicado, pero no un post con dedicatoria. Es decir, está inspirado por una conversación y pretende ser a modo de respuesta a algo que se me dijo. Pero mi boca no soltará más prenda que ésto sobre el destinatario.

De todos (los habituales) es sabido que el 9 de Mayo del año pasado hice público en este mismo blog algo que rompió los esquemas de muchos: me venía al seminario. Bien pues este post pretende ser una explicación, lo más clara que sé, de qué es o cómo entiendo yo este asunto de la vocación.

La vocación es una llamada. Y claro, quien llama no es una persona cualquiera. Es Dios mismo. Eso supone muchas cosas que nos permiten describir lo que es una vocación:

  • No es una decisión… o mejor dicho, una elección personal. No es una opción de vida cualquiera, una carrera más. No es algo que se planea. No es nada de eso. No es “hacer lo que te pide el cuerpo”. No es una buena salida de trabajo. Ni siquiera es optar por la opción fácil del asunto como se podría pensar, ni mucho menos. Y así podríamos seguir diciendo un montón de cosas que no son.
  • El descubrir una vocación no es cosa de un instante. No te levantas y dices “estoy llamado al matrimonio”, “estoy llamado al sacerdocio”, “estoy llamado a irme a las misiones”… Es algo que se va descubriendo poco a poco. Muy poco a poco. Porque, Dios no (se) impone, propone.* Por eso te va indicando muy sutilmente qué quiere de ti. A ti te queda estar atento, abrir los ojos del alma y tratar de descubrir qué es.
  • Si es Dios quien llama, no puede ser que llame a algo que no lleve a tu felicidad. Es decir, tu felicidad, la verdadera, la plena, se encuentra en el camino que te muestra. Porque al fin y al cabo Dios es amor.
  • La última cuestión que planteo puede parecer cosa de perogrullo, o no… Si es Dios quien llama y estás seguro de todo lo que he dicho anteriormente ¿eres capaz de decir que no? Aunque te lo pida el cuerpo, aunque no te guste, aunque estés muy bien como estás… yo no fui capaz

Evidentemente, ésto que te digo, esto que os digo, no se puede entender visto desde fuera, es necesario que estés abierto a lo que te quiero decir. No son cuestiones sencillas, ni pueden ser entendidas desde el superficialismo, los prejuicios o el una radicalismo; pero he tratado de explicártelo lo mejor posible. Espero que, ahora sí, lo hayas entendido.

*Dios no se impone porque creó al hombre a su imagen y semejanza. Y si el hombre es imagen y semejanza de Dios, ha de ser libre. Luego, que Dios impusiera su voluntad sería contradictorio. (Eso es la versión light del rollo antropo-teológico que os podría soltar sobre la libertad del hombre y el libre albedrío.)

Con el mono

Sí. Oís bien. Estoy con el mono. ¿Con el mono de qué? No es mono de anime, manga o series, eso lo tengo bien controlado. Tampoco es mono de ordenador, de uno decente me refiero, porque para eso le ocupo el ordenador a mi formador, que poco a poco ya va pareciendo casi el mío… Un día le instalaré el Firefox y ya… ^^

No, no es de eso. Tengo mono de jugar una partida. Cuando me vine para aquí en otoño me traje los dados. Para mí se han convertido ya en un amuleto de la suerte, siempre los llevo encima en su bolsita, y la bolsita en mi bolsa. Lo demás lo había dejado en casa para intentar vencer la tentación de perder mucho el tiempo con ello. Las cartas y los libros quedaron en Pontevedra.

Las cartas no importan. Magic nunca me entusiasmó demasiado y fue siempre para matar el tiempo. Incluso ya en Teleco había dejado de jugar mucho antes de decidir nada.

Los libros es otra historia. A mi madre nunca le gustó que yo jugara al rol, porque perdía demasiado el tiempo con ello (en eso tenía razón), así que los libros que iba juntando los guardaba en la parte de arriba de mi armario, donde nadie suele mirar y donde se guardan cosas que nunca se utilizan. Allí permanecieron escondidos dos años casi. Cada vez que necesitaba uno, iba, lo cogía, lo usaba y otra vez al escondite. Debió ser durante este verano cuando mi madre lo descubrió y se lo tomó bastante bien. No entró en cólera como sería de esperar. Lo único fue preguntarme, en Septiembre, cuando hacía las maletas si me los iba a traer. Yo, con sinceridad, le dije: “No”. No quería perder el tiempo en ello. Y guardé en su sitio los manuales que tenía fuera, a saber: Aquelarre y el suplemento para Galicia, y Anno Domini, una campaña y una extensión que me compré en primavera y estaba mirando. De este modo, los libros quedaron criando polvo en la parte alta de mi armario sin perspectivas de ser usados de nuevo.

Pero tengo ganas de jugar. Bastantes. Puedo vivir sin jugar, pero es algo que echo de menos. Lo descubrí la semana pasada. Fui a casa para ver a un amigo que está en el hospital y cuando iba a volverme cogí un poco de ropa que me había dejado en navidades. Abrí el armario y, no sé por qué, me dio por mirarlos. Entonces los cogí uno por uno, abrí la mochila y para Santiago. De paso me di cuenta que me faltan dos libros, y no dos cualquiera, sino dos que utilizaba bastante: el manual de Aquelarre y el de los Reinos. ¿Donde están? Pues no lo sé. Pero lo descubriré.

Ahora los tengo en la estantería de mi habitación, más a mano, pero sigo sin tener forma de jugar, pero por lo menos les echo un vistazo de vez en cuando, aunque sirva de poco.

Ya sé, ya sé, ahora luSSac o kimu me dirán que la partida de Aquelarre por mail anda abandonada, pero es otra historia. Demasiados jugadores, lo que supone bastante trabajo, y alguno de ellos muy pesado (otro plus, aguantarlos). Además, no tengo el manual de Aquelarre así que nada.

Busco soluciones… ¿alguien me las da?

PD: Ser friki es de por vida. No se cura.

Regalos

Vais a permitir que me ponga un poco metafísico pero no pude evitar la tentación de poner aquí un fragmento de mis apuntes de Antropología Filosófica. Estaba repasando el tema del amor (por cierto os recomiendo que os leáis la primera parte de la encíclica que es simplemente maravillosa) y me encontré con esto (no sé por qué antes no me había fijado):

Uno de los gestos que más manifiesta el amor es el regalo. Regalar es, de hecho, una de las formas más puras de dar, pues no se espera nada a cambio y en el regalo no se mira la cantidad, sino el detalle, por eso el regalo + grande es desprenderse de algo. Porque no se espera nada a cambio, cuando uno regala rompe la regla del interés, pues no existe ningún interés en el regalo. El regalo es don. El que regala da una parte de sí mismo. Otra de las características del regalo es la sorpresa de lo inesperado. No es necesario un gasto excesivo: los regalos más significativos son aquellos que requieren un mayor esfuerzo. El regalo expresa de esta forma el amor de la persona amada y el amor de la persona que regala. El regalo implica dones impagables. Además, cuando se regala algo útil a la persona, un bien, estamos beneficiandola y Santo Tomás en la Suma Teológica (II, q. II, art. 1) nos dice que: “Hacer el bien al amigo es una consecuencia del amor que se le tiene”.

¿Cuál es el regalo que más apreciáis?