Iglesia 2.0 (I): El blogger católico

Hace unos días, o quizás semanas, desde que comencé a leer los comentarios acerca de la recientemente celebrada PEJ, que me vengo planteando la misma “duda” acerca de este blog y de su utilidad. Llamémoslo así utilidad, aunque no sea el concepto que más me satisfaga para describir lo que me está pasando por la cabeza.

Sabéis, porque no lo escondo, que soy seminarista en la Archidiócesis de Santiago de Compostela. Católico, por tanto, se sobreentiende. Y estoy convencido como la mayor parte de los que llegáis hasta aquí, seáis muchos, seáis pocos, de que las nuevas tecnologías nos ofrecen un rango de posibilidades de comunicación que no teníamos antes: portales de información, blogs, redes sociales… también para la Iglesia.

Y me pregunto: ¿yo no debería evangelizar más activamente en la red? Hay muchos blogs dedicados ya a ello, pero ¿y yo? ¿No podría darle un giro más “confesional” a Caldeirada de  Marisco? Al fin y al cabo, es el blog personal de un seminarista, ¿verdad? Se supone que aquí cuento mi vida y se supone que una parte muy fundamental de mi vida se desarrolla dentro de lo que llamaríamos “esfera religiosa”, algo que, aunque muchos insistan en lo contrario, estoy convencido que es imposible reducirlo solo a lo privado.

Luego me digo. Bueno, tampoco es que tenga que andar contando todo siempre. Al fin y al cabo, cuando pasa algo grande e importante lo cuento: venirme al Seminario, la vida aquí, los distintos pasos que he ido dando, la PEJ… Y de vez en cuando comparto también mis ralladas. Así que, al final, también porque creo que la evangelización por cansancio no funciona sino todo lo contrario, declino mi idea diciendo: ya hay otros.

Otros, ya. Ahí es a donde quería llegar yo (aparte de confesaros mi duda). Cuando uno repasa el panorama de la blogosfera católica se encuentra que hay de todo, como en botica. Sin embargo, como ocurre también en la blogosfera general, existe un par de blogs de referencia, “gurúes”, si queréis llamarlos así, en torno a los cuales se ha creado una comunidad estable de comentaristas y bloggers.

Y lamentablemente, en una Iglesia en la que muchas veces por parte de determinados círculos (internos, me refiero) se pretende marcar una división entre carcas y progres, entre una verdadera iglesia y unos transgresores infieles (sea cuales sean), estas divisiones también llegan a la red. Y con el sensacionalismo que impera en nuestra sociedad y el afán del cotilleo, muchas veces se cae en un cotilleo eclesial que a veces llega a ser repugnante y en el que es muy fácil caer. Esos son nuestros blogs de referencia para los católicos españoles.

Por otra parte, yo soy de los que piensa que, cuando nos ponemos hablar de “nuestras cosas”, caemos en un cursilismo fácil, un monjillismo – en un sentido peyorativo del término (con todo mi respeto hacia las monjas y religiosas) – que convierte casi cualquier tema en un folletín de novela rosa dulzón que no resulta atrayente. Al menos a mí. Estamos acostumbrados a hablar para nosotros y, en general, aunque en nuestras ideas ya somos cada vez más conscientes de que, en general, la llamada pastoral de mantenimiento va siendo menos importante a favor de una nueva evangelización

Escasean, o al menos yo no conozco muchos, blogs de carácter confesional católico que sean realmente atractivos al público en general y, de ellos, me atrevo a pensar que casi ninguno resulta útil como plataforma de evangelización. Eso no quiere decir – a diferencia de los que muchos dentro del “gremio” puedan pensar – que debamos dejarlos de lado por ser “inútil”, sino que debemos  poner más esfuerzo en ello.

Porque este es el lenguaje de los nuevos tiempos. Y si Pablo, en Atenas (y en todo el transcurso de su misión) se esforzó en inculturar el evangelio para que los griegos pudieran entenderlo. Y si tantos otros, a lo largo de los siglos se esforzaron por hacer lo mismo. Si el mismo Cristo lo hizo… nosotros también deberíamos hacerlo.

Y entonces vuelve a surgir la duda. ¿Debería yo ponerme también a la tarea de esta evangelización 2.0 aquí también en Caldeirada de Marisco?

Mi diente p’atrás



No muchos de los que me conocen, fuera de mi familia, se acuerdan. Ni siquiera muchos de mis compañeros de clase desde la infancia. Pero hace mucho mucho tiempo, en una galaxia no precisamente lejana, yo tuve aparato de dientes. Lo llevé… no sé, un año y medio probablemente. O quizás más. O quizás menos, todo puede ser. Ya sabemos que de niños no tenemos la misma conciencia del tiempo que tienen los mayores.

¿El motivo? Tengo un diente hacia atrás. El incisivo superior derecho (no el del centro-derecha, el de la derecha-derecha, como el PP), para ser más exactos. Y digo bien, “tengo”, porque por mucho que llevara aparato aún sigue ahí, convirtiéndose casi en un símbolo de mi identidad. Hasta le tengo un cierto cariño (todo el que se le pueda tener a un diente) y todo.

Supongo que de eso sí se habrá dado cuenta la gente con la que me cruzo cada día aún a pesar de que, por muy sonriente que pueda ir, creo que no muestro demasiado abierto el dentamen por una especie de complejo heredado de cuando mis queridos y cariñosos compañeros de clase me apodaron con el nombre de un héroe de ficción de sobra conocido por mis coetáneos: Patoaparato. Original, ¿verdad?



La cuestión es que, de unos días a esta parte, a mi madre le ha dado por decir que tengo el diente más echado para atrás que nunca. Y, para terminar de redondearla, a Morfeo también se le ha dado por utilizar mi diente de forma recurrente en mis sueños. El otro día, sin ir más lejos, se iba limando poco a poco hasta desaparecer (y era cortante y todo).

Y a eso le juntamos que, después de mucho sumarse él también a los puteos generalizados durante mi etapa metálica (que no metalera), mi hermano lleva ahora también aparato. Así que la pregunta que me lleva haciendo mi madre los últimos días así de vez en cuando (o sea, teniendo en cuenta que es una madre… cada hora, hora y media) es si me quiero volver a cablear la boca.

Por una parte, quiero. No es que lo considere una tara o un defecto, pero a veces resulta molesto (uno se puede morder la lengua si no se da mucha cuenta). Pero por otro lado, echaría de menos mi diente y, además, me da mucha pereza volver a ponerme los brackets (o como se escriban). Y a lo mejor para nada. La otra vez falló porque el “aparato de mantenimiento” (uno de esos de paladar que tenía que ponerme por la noche) y yo no nos llevamos bien y me lo quitaba inconscientemente mientras dormía. ¿Y si pasa lo mismo? ¿Y si vuelve a fallar? Es una pasta y no estamos como para tirar el dinero, la verdad.

Así que nada, aquí estoy yo, con mi nueva duda existencial, enfrentándome a los avatares de la vida mientras veo pasar las últimas semanas de mis ya-no-vacaciones aquí en la oficina, gestionando las bases de datos para la Visita del Papa, y con la mirada puesta en el viernes y en algo que ya os contaré en otro momento. Que no es plan de mezclar, que es malo y luego siempre sienta mal.

Carta abierta al Concello de Pontevedra

Como muchos pontevedreses, yo soy de los que está contento con la peatonalización del centro. Es cierto, causa muchas molestias, sobre todo al negocio de transporte, pero opino, como muchos, que Pontevedra es una ciudad para caminar, por tamaño, por orografía, por todo. Por eso, cuando vengo, dejo el coche en casa y me muevo habitualmente en el coche de San Fernando. Ya saben: un poquito a pie, otro poquito andando.

No tengo problema, no me quejo, incluso alabo este proceso de “humanización” (será que antes éramos amebas o algo así) que ha tenido lugar desde que está la actual corporación municipal y que ha convertido nuestra querida ciudad en una auténtica joya para los que nos gusta pasear. Pese a los consecuentes atascos que se forman en algunas zonas de la ciudad y que, no nos engañemos, ya se formaban antes, es una ciudad que se ha vuelto extremadamente cómoda.

El problema es el siguiente: aparcar. Sí. Los que, por un motivo u otro, residimos fuera de Pontevedra nos enfrentamos a un gran reto cada vez que llegamos a nuestra amada ciudad. Incluso los que de forma temporal estamos fuera de casa estos meses de verano. Sin ir más lejos, ayer tarde estuve media hora dando vueltas por todo mi barrio (A Moureira) en busca de una mísera plaza de aparcamiento para dejar mi coche.

Comprendo que son días malos, que están las fiestas instaladas en la Alameda y que por eso la afluencia de gente a la ciudad y, más concretamente, a esta zona, es mayor que en otras ocasiones. Pero es un fenómeno que llueva, nieve, truene o haga calor se viene repitiendo una y otra y otra vez casi diariamente. Que ya está bien de batirme con mi hermano para ver quién llega antes a la única plaza de garaje que hay para los cuatro coches que tenemos (y necesitamos, porque al final, cada uno está en un sitio diferente) en casa.

Comprendo, también, que es una situación temporal, que cuando terminen las obras habrá más aparcamiento en el centro y que esta situación también sirve de medida disuasoria para reducir el tráfico rodado por la ciudad. Pero aún así, me remito a lo anterior: muchos no lo usamos para desplazarnos por Pontevedra sino para desplazarnos a Pontevedra. Se entiende la diferencia, creo.

Me pregunto: ¿por qué tuvieron que reordenar de forma tan caótica el tráfico y el aparcamiento de las calles que rodean mi casa?  Es cierto, antes utilizábamos aquel solar dejado de la mano de Dios para aparcar y terminó convirtiéndose en la ley de la selva, pero nos arreglábamos, excepto por algún subnormal que abusaba de la situación. Entiendo que una conducta así no pueda permitirse o no esté bien vista… pero de ahí a repintar la calle para reordenar todo el aparcamiento y, de paso, poner un par de direcciones prohibidas totalmente absurdas…

Pero lo hecho, hecho está. No creo que ahora rectifiquen, aunque no sería la primera (ni seguramente la última vez) que han tocado las direcciones de esta zona. Y aún así demando (suplico) una solución. No estoy seguro de que el nuevo parking de la Plaza de España lo solucione (no por completo, es de pago al fin y al cabo), pero estoy seguro que aliviará la carga.

Yo me atrevo a plantear una solución: tarjeta de residente. Como en muchos lugares, no muy lejos de aquí. Una zona delimitada para que puedan aparcar los residentes del barrio. Porque entiendo que los que vivimos en un barrio concreto tenemos más necesidad de aparcar cerca de nuestras casas, por lo que pueda suceder. No digo todas las plazas, ni digo que esto sea la panacea. Posiblemente, siga teniendo problemas para aparcar aún con estas medidas aplicadas (si es que se hace), pero me parece una medida realista, razonable y necesaria.

Mitos y cultura popular

La modernidad – ya desde el positivismo, pero como fruto de un proceso que venía gestándose ya desde antes – ha consagrado la ciencia y “condenado” la verdad a equipararse, únicamente, a aquello que puede ser constatado empíricamente o, al menos, a aquello que no puede o no ha podido ser falsado. Con este concepto, que eleva la certeza científica al grado de verdad, el resto se ve reducido a simples opiniones, cuando no a “historietas”, de valor e importancia relativos.

Así, en este último grupo (el de las “historietas”) se ha encasillado todo tipo de relatos de los más diversos orígenes, englobados dentro de la categoría general de mitologías: griega, egipcia, nórdica, judeo-cristiana (sic.). Hoy, con el auge de la ciencia y la visión antes expuesta de la verdad (dos aspectos que suelen ir de la mano), el hombre (post-)moderno desprecia estos relatos como “cuentos chinos”, vestigios de la infancia de la humanidad, de lo que Comte dio en llamar “etapa teológica”, cuando la única salida del hombre era creer en (los) dios(es).

Sin embargo, perdemos de vista algo muy importante. No sólo no consideramos que la ciencia sólo nos explica el cómo son/funcionan las cosas, no su porqué (y, muchas veces, atribuimos al conocimiento científico un objeto que no le corresponde); sino que, además, no valoramos la posibilidad de que esos “cuentos chinos” sean tan verdaderos como la ciencia, aunque en un plano distinto.

Y es que los mitos (dejémonos ya de otros apelativos) tienen un importantísimo valor performativo y explicativo del mundo, no al nivel del mecanismo, sino del conjunto. Por eso, los mitos no son menos verdaderos que la ciencia, sino que incluso podríamos atrevernos a decir que lo son más, porque apelan a una verdad de rango “superior” a la certeza científica, una que es dadora de sentido. Una dimensión, la holística y teleológica, que, de perderla de vista, convierte la información en cultura y la cultura en mera información.

Muchas veces estas historias tenían una función etiológica: explicaban el origen de un determinado lugar (santuario, ciudad…) o costumbre (como, por ejemplo la circuncisión judía ) o circunstancia (la Torre de Babel, por ejemplo). El libro del Génesis o del Éxodo son riquísimos en este tipo de relatos, pero también tenemos, por ejemplo, la leyenda de la Torre de Hércules en Coruña. Por no irnos muy lejos.

Otras buscan reflejar enseñanzas morales o religiosas. Así, por ejemplo, la Odisea homérica no es sólo un fantástico relato de aventuras, sino que es una historia de cómo la audacia vence a la fuerza bruta, de cómo el destino en manos de unos dioses caprichosos y arbitrarios es una concepción cruel y de cómo puede vencerse ese destino con voluntad, paciencia y esperanza. Así, por ejemplo, el libro bíblico de Job no es un cuento de lo caprichoso que es Dios que castiga y juega con nosotros, sino que era un relato que pretendía (y lograba) poner en entredicho una concepción teológica clásica en el judaísmo como era la de la retribución material y terrena por parte de Dios.

Otros combinan ambas dimensiones.

Rescatado (creo) el valor del mito, quizás sea conveniente aclarar qué es lo que estoy entendiendo yo como tal a la hora de hacer estas afirmaciones. Los mitos serían relatos, con base histórica o no, más lejana o más cercana, en los que se plantean situaciones excepcionales, sobrehumanas, mediante las que se pretende proponer una enseñanza vital. Por eso, en este grupo habría que incluir no sólo los clásicos mitos griegos, nórdicos, celtas… con sus dioses, semidioses, héroes y caudillos de todo tipo, sino también otros a priori más “terrenos”: algunos relatos bíblicos, leyendas, relatos ejemplares… Incluso las vidas de santos entrarían, en determinadas épocas, en este tipo de relatos: San Jorge y el dragón, las actas martiriales…

Quizás el hecho de que usen las aparentemente accesibles formas literarias, muchas veces fantásticas, además, en lugar de enrevesadas fórmulas matemáticas los haga menos creíbles. Digo “aparentemente” porque en numerosas ocasiones se apela a simbolismos sólo aptos para iniciados (mitos órficos, mitraicos y de las religiones mistéricas en general, pero también la literatura judeocristiana de la época de la apocalíptica o el gnosticismo). Pero en una cultura eminentemente ágrafa, la narrativa, la épica, con sus formas muchas veces preestablecidas, se convertían en un vehículo de comunicación fácil de transmitir y de recordar, sobre todo en culturas (como las orientales/semitas) que hablaban más por imágenes que por ideas.

Antes me quedé, en mi enumeración, en las vidas de santos, sobre todo las redactadas en la Edad Media, en las que muchas veces se exaltaban y se exageraban los hechos de la vida del personaje en cuestión para cargarlos de significado y de simbolismo, para que resultaran en verdaderas enseñanzas. Pero la producción “mítica” ha seguido adelante, en los cuentos, en las novelas… manteniendo unas estructuras muy similares a lo largo de los tiempos.

Hoy por hoy, la cultura audiovisual, cultura que, además, es de masas, se ha convertido en el perfecto vehículo para la transmisión de estos mitos. Así, tenemos grandes epopeyas en las que reencontrarnos con esta dimensión tan importante a la hora del crecimiento. En los últimos años de una forma especial, los guionistas de cine y TV, de comics, escritores… la han ido rescatando de la cárcel en la que la habían encerrado años de cientificismo.

Así, de una forma más o menos explícita, encontramos cada vez más contenidos de carácter ético o religioso que subyacen en las historias de la cultura popular, reconocibles por todos, que pasan a ser del imaginario popular. Así, por ejemplo, la historia de Neo (que al final muere “crucificado”) en Matrix o de Superman (que muere y resucita, sepulcro vacío incluido) beben de la tradición mesiánica (judeo)cristiana. Así por ejemplo, Spiderman nos recuerda una y otra vez que nosotros, seres normales y corrientes, tenemos responsabilidades para con los demás, y cuantas más oportunidades, más responsabilidades (que eso es lo que nos quiere decir cuando nos repite la frase del tío Ben). Así, los guionistas de Batman (la época posterior a Frank Miller es especialmente prolífica en este sentido), nos enseñan los peligros de la justicia ciega o el famoso código del superhéroe (ese que dice que un superhéroe nunca debe matar) nos recuerda que el fin no justifica los medios. Y ya me he referido al Lost y a Battlestar Galactica cuando me quejaba de que no me salía un post muy parecido a este.

Podríamos seguir, pero es más divertido buscarlos.

¿Y tú, qué opinas?

De C.S. Lewis a Akano (II): FFF Universe

Quería terminar hoy ya con una de las series de posts que dejaba pendientes. Si os acordáis, hace más o menos un mes os solté un montón de citas de C.S. Lewis. Mi intención era ilustrar, con la experiencia de un gran escritor (aunque no muy reconocido, quizás), un proceso que yo mismo he seguido con lo que entre unos cuantos hemos dado en llamar Universo FFF.

Ya expliqué en alguna ocasión cómo empecé en esto de la escritura, la última la semana pasada cuando abrí la galería aquí mismo. Así que no abundaré en ello más de lo necesario.

Recordaréis que allá por finales de la primavera de 2006 comenzaba Memorias, mi fanfiction basado en Bleach y que comencé a publicar en BleachSP, el foro donde, por aquel entonces, participaba. Con el paso del tiempo, con la gente que comentaba el relato (que por entonces no tenía ninguna pretensión), muchos de ellos autores de sus propias historias, fui dando forma a una idea.

Nos prestábamos los personajes, compartían escenarios muy comunes (los del manga), pero, de alguna forma, nuestras historias chirriaban entre sí, no encajaban, lo cual era más que lógico: cada uno contaba lo que quería y punto. No estábamos haciendo nada “serio” y prestarnos los personajes o tomar personajes de otros era, simplemente, una forma de homenajear-agradecer a los lectores. Así lo interpretábamos todos y ese era el sentido de que los incluyéramos en nuestros relatos.

Pero a medida que avanzábamos en estas lides, se me fue pasando por la cabeza la idea de que podíamos ir combinando las cosas que narrábamos unos y narrábamos otros e irle dando mayor “consistencia” a lo que contábamos. Creando una historia que, de verdad, tuviera profundidad. Por eso, cuando uno de ellos, un buen amigo y comentarista esporádico del blog, incluyó a Rido en una historia que estaba ambientada bastantes años antes de donde comenzaba mi historia, saltó la chispa y en los capítulos 13-15 de Memorias comenzábamos a darle forma conjunta por primera vez al Universo FFF.

Desde entonces las cosas fueron rodadas, que se suele decir. Nuestras historias comenzaron a entrelazarse (normalmente llevaba yo la iniciativa, más que nada porque era el más prolífico de todos) y la cosa fue cogiendo la consistencia y la coherencia que pretendíamos. Y creamos grandes relatos entre todos, aunque a veces no salieran a la luz más que versiones parciales de la historia.

Así, lo que cuentan unos es inspirador para otros, les da una base para partir de ella… o un punto de llegada. Facilita las cosas (aunque también las complica en otro sentido).

Ese espíritu colectivo fue el mismo que puso en marcha la FFF – porque, por paradójico que suene, el Universo FFF (no el nombre, claro) es anterior a la FFF propiamente dicha – y el mismo que sigue moviendo Akano, que es el último producto de todo este conjunto de historias.

No es una novedad. No sé si en el mundo de los fics sí, pero esto ya lo encontramos en los cómics (hablamos de Universo Marvel, Universo DC…) y en los libros (Reinos Olvidados, Dragonlance, Universo Expandido de Star Wars…)  desde hace tiempo. Así que tampoco es para echarse demasiadas flores.

Presentado el Universo, uno se preguntará qué es lo que os quería ilustrar con el post anterior. Bien, como le ocurrió a Lewis con su “Animalandia”, a medida que me fui adentrando en la factura de las tramas me fue inquietando más y más el crear “trasfondos históricos”, perfilando las instituciones y separarme, cada vez más, de lo que Tite había ido enseñándonos en su manga (muy de capa caída).

Hace un tiempo os hablé de la importancia del trasfondo. Creo que es de lo que más orgulloso me siento como escritor: el Universo FFF. Desde ahí he podido centrarme mucho más en la creación de tramas que resultaran no completos petardos imaginarios, sino que todo tuviera una verdadera coherencia, de principio a fin. Pero además de por eso, porque no ha sido un trabajo mío sólo, sino de mucha gente, por mucho que yo sea el abanderado.

En fin, os he soltado un rollo como un mundo sólo para adularme. Pero como diría Manuls, es mi blog y me lo follo cuando quiero.

Frustración

Quería escribir un post. La idea estaba clara “Narrativa bíblica y televisión actual” y se trataba de poner de relieve cómo muchas series de televisión están comenzando a introducir en sus estructuras narrativas muchos recursos literarios que son propios más de la cultura semita (no sólo judía, semita) y que, mayormente, llegaron a nosotros a través de la Biblia, que de la occidental (de origen grecolatino, en general). Una premisa, creo, bastante interesante, por lo menos desde mi punto de vista.

¿El detonante? Ver el último capítulo de Lost y, en este último mes, ver Battlestar Galactica toda de corrido, las que podríamos considerar las grandes epopeyas de la TV de esta década (al menos de esta década), y descubrir en ellas (nunca explícitamente, pero sí de alguna forma presentes) numerosas referencias no sólo ya a contenidos [BSG puede verse como un maravilloso tratado de escatología] sino a formas narrativas propias de la Biblia. Un ejemplo podría ser, perfectamente, el final de Lost y su paralelismo con el principio, o la propia Sexta Temporada en sí, donde se usan muchas estructuras literarias que, en general, son ajenas a la cultura occidental (y, quizás por eso, parecen tan chocantes e innovadoras).

Quizás es ver fantasmas donde no los hay. Quizás no son más que pajas mentales. A lo mejor no es más que “deformación profesional”, pero el hecho de que esas estructuras estén refrendadas también en el contenido no deja de ser sospechoso.

¿Os habéis dado cuenta de que los personajes “principales” de Lost (los que tienen alguna clase de conocimiento de lo que está pasando) tienen nombres bíblicos en su mayoría: Jacob (Jack, James [que es el mismo nombre]), John, Benjamin, David, Daniel, Eloise (Elizabeth – Isabel), Christian, Samuel (parece ser que así se llamaba el MiB)? Nos faltarían Hugo y Richard (dos nombres germánicos) para “cerrar el círculo”. Vale, que ese tipo de nombres bíblicos son muy comunes (quizás los que más), pero después de tanto Lost sabemos que todo parece un triple significado oculto. Lo mismo ocurre con arcos narrativos enteros de Galactica y con simbolismos que parecen más bien sacados de las culturas del entorno bíblico mucho más que a la Grecia a la que insistentemente se hace referencia explícita.

Así puestas las cosas, ayer, todo pancho, mientras escuchaba el Podcast de Zona Fandom sobre el Final de Lost me disponía yo a escribir sobre esto. Tenía todas las ideas pensadas, abrí el Word (a la hora de escribir cosas más o menos largas lo uso, sobre todo desde que me se jodió el teclado y tengo que usar “Reemplazar” de forma habitual) y comencé.

¿Por qué no lo ves publicado, entonces? Pues porque a pesar de tenerlo todo pensado, a pesar de tener las ideas claras en mi cabeza, a la hora de plasmarlo en el “papel” me quedaba un rollo infumable que no merecía la pena publicar y que, para explicarlo bien, iba a necesitar mucho más que un post largo (un post largo de los míos, para más INRI).

Y ahora estoy frustrado. Me provoca frustración no ser capaz de plasmar mis ideas de una forma inteligible, llevadera y sencilla. Odio los rollos y, peor aún, me asusta la posibilidad de convertirme en uno. Quizás por eso dejé a un lado (inconscientemente) la memoria cuando me di cuenta de que estaba escribiendo un perfecto ladrillo. Eso y la vagancia. Así que nada. Si luego, con tiempo, me da por hacerlo otra vez… lo intentaré, como si tengo que escribir una serie de posts… Pero ya sabéis que yo no me llevo bien con las series de posts: tengo dos perdidas aún en el primer episodio (1 y 2)

Miedo escénico

Hoy he vuelto a Pontevedra unos días antes de lo habitual aprovechando un puente de San José que yo hubiera preferido pasar, al menos hoy y mañana a mediodía, en Coruña, para estar con mi padre el Día del Idem. Pero mañana por la mañana tengo que estar con mis chavales en la parroquia (sic) así que no hay opción de ese plan. No pasa nada, tampoco me importa estar en Pontevedra, por supuesto.

Y como premio por venir para casa, me traigo una buena ración de cosas en las que pensar. Entre ellas están, por su puesto, las dos últimas ralladas que os he regalado en el blog (1 y 2) y alguna cosa más que por precaución no pongo aquí. Y, por supuesto también, tengo la mente puesta ya en lo del jueves (para lo que os reitero a todos mi invitación. Lo cierto es que todas estas cosas que tengo en la mente suponen, a su vez una serie de conversaciones de bastante calado que tengo pendientes. Algunas de ellas desde hace demasiado tiempo, años incluso. Y estoy decidido a tenerlas, lo juro.

Me digo: “Venga, Ricardito” (sic, cuando me hablo a mi mismo me hablo en diminutivo), “no puede pasar de hoy”. Y teléfono en mano…

No sé cómo definir la sensación. Es como un nudo en la garganta, un tapón en el estómago, una losa que aplasta el pecho, un rubor en las mejillas… o algo más escatológico, a veces. El caso es que ya no es la primera vez que comento lo mucho que mi timidez me condiciona para mantener según qué conversaciones. Y alguna de estas conversaciones son de esas.

Y, la verdad, no sé que hacer. Por una parte quiero coger el toro por los cuernos, tratar de solucionar un problema que lleva demasiado tiempo enquistado. Quiero poner de una vez por todas toda la carne en el asador y acabar, en la medida de mis posibilidades, con una situación incómoda que viene produciéndose por un periodo demasiado largo. Y sé que es lo que debería hacer. Por otra parte… soy torpe. Y tengo miedo a joderla aún más (si es que eso es posible).

En fin. Todos sabemos que hay un arma infalible en estos casos… Pero como que no es muy apropiado ni recomendable usarla, ¿verdad?

A ver qué hago…

La gran duda existencial que me corroe

Comencé este curso con un gran proyecto en mente: la memoria de Bachiller. Alguno dirá, ¿qué es eso? En mi carrera, en Estudios Eclesiásticos, al final de los cinco años debemos pasar un examen complexivo de más o menos todas las materias. Básicamente, como el examen de licenciatura de tantas y tantas carreras. Es lo que nosotros conocemos como examen de Bachiller. Ese examen (la materia más o menos ronda el medio millar de folios, tampoco es algo excesivo) puede sustituirse por un trabajo que, desde un tema general, aborde todas las materias/ramas de los estudios teológicos: biblia, trinidad, eclesiología, cristología, moral, liturgia, sacramentología, escatología…

Es posible pensar, a simple vista, que el trabajo será más sencillo. Mentira. Mentira cochina. Supone mucho más trabajo. Muchísimo más trabajo. Pero también es un reto: un trabajo de “investigación” serio que obliga a meterse a fondo en muchas materias y que implica poner en juego todas las capacidades de uno. Y yo acepté ese reto. He de decir que contra el consejo de algunos profesores que me dijeron: “Pero si tú el examen lo sacas como nada, ¿para qué complicarse?”. Ya hace un tiempo me había decidido, y el año pasado comencé los trámites para hacerlo.

Estaba todo previsto. Director, tema, material de trabajo, esquema de la memoria, organización del tiempo… Todo listo para ponerse a trabajar. Todo previsto. Lo que no estaba previsto es mi incapacidad para no cargarme de cosas que me quitan el tiempo cuando debería estar haciendo otras más importantes (a.k.a. procastinar). Y primero fue la web de la PEJ y luego me comprometí con la del Seminario y que si los trabajos de clase, que si Akano y el blog (cuando los resucité) y todo el “trabajo” que ello conlleva… y mi conocida, aquejada y denostada tendencia a la horizontalidad.

Conclusión: Es marzo. Me quedan dos meses para redactar una memoria de unos 100 folios que merezca la pena, añadiéndole a eso el trabajo propio de las clases, más la pastoral, más que yo sé que no voy a ser capaz de dejar Akano, más (por muy pedante que suene) la exigencia debida a mis capacidades… Y no sé qué hacer. No sé qué hacer, en serio.

Alguno me ha recomendado dejarla. Sería lo más lógico. El examen lo puedo sacar fácilmente con poco que me ponga a estudiar en serio enseguida soluciono la papeleta. Sin embargo mi orgullo y el poco sentido de la responsabilidad que me queda me impiden hacerlo así. Por eso tardo en tomar la decisión y mientras no tomo la decisión no termino de hacer nada y al final todo se vuelve más y más y más acuciante…

Y siguen lloviendo encargos y sigo invirtiendo el tiempo en otras historias y no sé qué hacer…

Por lo de pronto me he puesto un plazo: 11 de Abril, el segundo domingo de Pascua y final de las vacaciones. Si hasta entonces soy capaz de pegarle un empujón, bendito sea Dios, iré hasta el final. Pero si no… tendré que aceptar la realidad, aceptar el fracaso y…

Y ahora todo esto tengo que explicárselo al director de mi memoria. Eso es lo más difícil.

Torpe

Basta con que uno le eche una mirada a alguna entrada antigua del blog, o no tan antigua, o a algo por el estilo, para darse cuenta de lo tremendamente torpe que soy en lo que se refiere a las cuestiones sociales. O a cuestiones relacionales, si lo preferís así. Este fin de semana pasado se dieron cita un par de factores, totalmente independientes entre sí, que me han hecho pensar de nuevo en esto un poco… Yo me pregunto: ¿Habré vuelto a meter la pata otra vez?

Bueno, en uno de ellos estoy convencido de que no. En el otro… no lo sé. Pero esa no es la cuestión.

No nos engañemos. Para este tipo de cosas yo soy, sobre todo, un metepatas. Y así termino como termino muchas veces. Tampoco es difícil darse cuenta de ello. Y, claro, como soy un torpón, a veces me doy de morros con situaciones que no comprendo del todo pero que podía haberme ahorrado si fuese un poco más listo. Porque muchas veces lo que yo entiendo como algo normal o, incluso, obligado por las circunstancias, el de enfrente puede no entenderlo así y formarse un problema gordo.

Y cuando ocurre este tipo de cosas, cosas como lo que pasó este fin de semana, por ejemplo, yo me pregunto: “¿Pero esto no había quedado lo suficientemente atrás para, por lo menos, poder llevar todo el asunto con normalidad?” Y ahí es cuando la cago. Yo, que siempre hablo de los procesos de las personas y bla bla bla… No me doy cuenta de que el hecho de que yo haya dejado algo atrás, no quiere decir que el otro lo haya hecho. Y la cago con gilipolleces que, realmente, no tienen importancia objetiva o que yo no considero tan graves (como, por ejemplo, añadir un dibujo a mis favoritos del dA, ya veis que cosa).

Y luego no entiendo por qué pasa tal o cual cosa… Y me empeño en encerrarme “por no molestar” y termino montándome mis propias películas conspiranoicas y… se convierte en un círculo vicioso del que es jodido salir, aunque vaya uno a empujones. ¿Y todo por qué?

Mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa

Quiero arreglarlo y no soy capaz de hacerlo, porque cuando parece que saco la cabeza vuelvo a caer de nuevo. Y me rallo. Y la torpeza aumenta otra vez más… Y ya cuando pido consejo a la persona equivocada (o no equivocada, pero… no a la más adecuada) y termino haciendo/diciendo/escribiendo cosa que no debería por muy normales que a mí (y a mi consejero/a) le parezcan, pues…

En fin, mejor me callo, no sea que esto vuelva a ser otra metedura de pata.

El feedback necesario

¿Lo estaré haciendo bien? ¿Mi trabajo le interesará a alguien? ¿Hablo para las paredes? Estas preguntas y/u otras muy parecidas seguro que nos las hemos hecho todos los que escribimos un blog o todos los escribidores. ¿A que sí? Sobre todo cuando empezamos, cuando llegamos con ganas de comernos el mundo y creemos que vamos a revolucionar el mundillo… o, bueno, con aspiraciones mucho más bajas también.

Y es una actitud o una pregunta muy habitual y muy necesaria. Aunque poco a poco vayámonos purificando nuestra intención y dándonos cuenta de que no es la “popularidad” lo importante, sino la calidad de lo que cuentas de cómo lo cuentas, que no es cuestión de cuántos te leen sino de qué eres capaz de darles… aunque paulatinamente vayamos “madurando” en este aspecto, siempre nos quedará esta espinita clavada: “No me leen”.

Y lo digo por experiencia propia. Numerosas veces me he quejado de lo mismo: aquí, en mi galería… Y si uno se fija demasiado en el número de visitas o, peor aún, en el número de comentarios recibidos, puede cogerse depresiones de caballo. Yo mismo, en mi faceta de escribidor… tengo una obra bastante “ingente” si la observamos desde el punto de vista de alguien que no gana nada de ello (aunque, bueno, esta perspectiva habría que hablar algún día de ella) y apenas suelo recibir comentarios “físicos”. Un par de lectores fieles… y alguno que a veces le obligo a hacerlo. Y durante mucho tiempo a mí me pasaba.

Ya que estamos, no creáis que esto es “una queja más”. Simplemente, hay algunos temas que resonaban así un poco de fondo cuando iba subiendo las entradas antiguas y este estaba entre ellos. Me apetecía escribir de algo y la musa me dijo que de esto…

Recuperando el tema… ¿Lo estaré haciendo bien? ¿Mi trabajo le interesará a alguien? ¿Hablo para las paredes? Todas estas preguntas, son preguntas legítimas desde el punto de vista de un blogger, escribidor, músico… o ser humano que respira, habla, actúa o se mueve. Sobre todo en un primer momento, pero a lo largo de toda la vida, necesitamos que nos corrijan, que nos animen, que nos paren los pies (también)…

Porque, al fin y al cabo, nuestra obra (en el sentido más amplio del término), nuestro “legado”, está destinado a vivir entre los demás. Sí, puedo guardarme las cosas para mí y “escribir para mí” tiene ese punto romántico y heroico que es tan encandilador… pero, siéntate, piensa… ¿seguro que no es una pose? “Soy Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como. Yo solo me basto porque yo sé lo que busco, sé lo que quiero y sé qué criterios pueden aplicarse a mi obra. Tú no lo entenderías…”

Que sí, que al final todos lo hacemos “para mí”. Pero no lo hacemos “para mí” en el sentido que exageraba en el párrafo anterior. Lo hacemos “para mí” porque nos lo pide el cuerpo. Porque, de algún modo, lo llevamos dentro y necesitamos que salga. Porque, a veces, algunos necesitamos escribir o bloguear o cantar o pintar o zurcir  o lo que sea casi tanto como respirar. Y que eso lo reconozca el otro, el de fuera, es casi como si reconocieran nuestra existencia. Todos necesitamos feedback y es legítimo que nos preocupemos cuando no lo recibimos. Todos necesitamos saber que nuestro trabajo, nuestro esfuerzo y nuestros muchos desvelos, que los hay, no caen en saco roto.

Porque si mi trabajo gusta a alguien, tengo un estímulo para seguir. Si en mi trabajo descubren fallos, tengo un estímulo para seguir y para mejorar. Si mi opinión es aceptada, tengo un estímulo para, otro día, volver a darla. Si es contestada, para discutirla, para argumentar… Y siempre, siempre, siempre, para aprender.

Ojo, yo respeto a los lectores silenciosos. Yo mismo, en muchas ocasiones, soy uno de ellos. Aunque procuro comentar (especialmente cuando se trata de leer fics, no tanto ya en los blogs), sé que no siempre lo hago. Y sé que hay gente ahí fuera que puede estar siguiéndome y que no “da la cara” por pereza, vergüenza, porque no sabe qué decir… A esos yo les animaría a hacerlo, pero es su decisión, no la mía y la respeto casi más que a los hoygan que te vienen con cosas del tipo “u fic s l rewea spro q l sigs” y que no sabes si realmente han leído algo o están simplemente “popularizándose” por la vía rápida.

Paraguas

Mientras mitad de Galicia se recupera de la manifa de ayer y la otra mitad se pregunta por qué es necesario despertar a todo un barrio para retirar una estatua, la lluvia se ha adueñado de nuestra comunidad.

He venido a Pontevedra para una visita fugaz al médico y llueve. Llueve, como en Santiago (seguramente menos que allí). Lo bueno de vivir en el mismo sitio que donde estudias, que tiene un pequeño gimnasio para moverte y no quedarte “engorilado” y que, por si acaso no te apetece ir al gimnasio porque te aburre, es un edificio de 20.000m2, es que puedes pasarte esos días interminables, grises y depresivos de Santiago metido en casa sin salir.

No así en Pontevedra. Y la cuestión es la siguiente: si llueve, inevitablemente te encuentras con gente con paraguas. ¡HORROR! Gente con paraguas, sí. El mayor peligro del viandante. Y cuanto mayor es su portador, peor. Y peor aún cuando son de los que prefieren no mojarse a ver por dónde andan, que los hay.

Desde Caldeirada de marisco no quiero dejar de pasar una oportunidad como esta para denunciar tan terrible situación. Si te encuentras con alguien con paraguas hay dos opciones: que lleves paraguas o que no lo lleves.

  1. No llevas paraguas. Entonces lo más normal es que intentes ir bien pegadito a las paredes, para aprovechar las cornisas y mojarte lo menos posible. La cuestión es que a la gente con paraguas le da igual… o va a joder, eso no lo tengo claro. Ellos van a ir también por ahí y no piensan apartarse. Si ya hay un grupo en Feisbuk y todo. Como mucho apartarán el paraguas para que pases mejor.

    Eso si lo hacen, que no todos. Algunas veces tienes que convertirte en Neo y esquivar las varillas que te lanzan. Tal y como dice este tío en el grupo en Feisbuk:

    El otro día iba por la calle y delante de mí iba un hombre mayor con paraguas de estos gigantes. Se cruzó con una chica y su madre, y la pobre chica tuvo que agacharse y casi dar una voltereta porque el hombre no se apartó ni un ápice.

    Y bueno, los que llevamos gafas (cuando nos acordamos) aún tenemos cierta salvación, pero los que no las llevan…

  2. Llevas paraguas. Tienes menos problemas que en el caso anterior. Tú llevas paraguas, así que ya no tienes por qué ir para debajo de la cornisa, aunque lo haces, como todo el mundo.

    Ahora llega la hora de la verdad: te cruzas con uno de estos viandantes peligrosos. ¿Hay sitio en la acera o puedes echarte a la calzada? Eres un buen ciudadano y te apartas cuando hace falta, hasta ahí bien. ¿No lo hay? Es el momento del equilibrismo. Uno levanta el paraguas, el otro lo inclina… pero hay gente que no lo hace.

    Y tú has levantado el paraguas, o lo has apartado, has bajado la guardia. Te has convertido en un hombre sin paraguas en manos de un peligroso asesino que no le va a suponer ningún problema arrancarte un ojo o rajarte el cuello con una varilla. Que les da igual.

Conclusión: Una mojadura es mejor que perder un ojo.

¿Cambio de nick?

Y no, esta no es una entrada antigua :D

La cosa es la siguiente. Óscar, cuando estaba explicándole lo de la resucitación del Blog el otro día, me hizo una pregunta en plan ingenuo: “¿Y lo de Centoloman no es una marca registrada?” Respuesta inmediata: “Sí, pero no pasa nada”.

Pero la coña es que se me quedó el run-run ahí metido y…

Bah, nada chorradas mías xD

Identidad grupal

Llega un examen y, como siempre, soy incapaz de contenerme y multiplico la actividad. Así que nada, multipliquemos la actividad y sigamos reflexionando un poco sobre la vida misma. Pero, de todas formas, no es eso lo único que me ha movido a postear. Yo baso mis reflexiones, las que pongo en estos posts, en lo que voy observando con estos ojitos que Dios me dio y en lo que yo experimento en mí mismo (y no, no soy un científico loco, aunque de pequeño quería serlo xD).

Por eso, hoy quería hablar sobre los grupos humanos, en la misma línea en la que hablaba el otro día de ser coherente y decir lo que uno piensa. No me refiero a ninguno concreto y a la vez tengo varios en mente y que me sirven como motivación y como ejemplo para lo que quiero decir. En cualqiuer caso, si alguien se siente ofendido, lo sabéis, no es esa mi intención.

Ya lo dice el Génesis, no es bueno que el hombre esté solo y, si no os parece bien que cite a la Biblia, recordad que Aristóteles afirmó que el hombre es un zoon politikon (así, en caracteres latinos, que no estoy yo ahora para ponerme a insertar las letras griegas una a una xD), un animal social. Por eso, inevitablemente, nos vamos asociando en grupos. De hecho ya nacemos en un grupo, en una familia.

Pero no quiero que esto sea una clase de sociología. Entre otras cosas porque, aunque saqué un ocho en sociología, mis conocimientos de la materia son bastante rudimentarios. Así que pasemos a lo de a pie, que no me pagan por dar clases de ná xD

Pongamos por ejemplo… una clase en secundaria. Podría decir la Universidad pero la idiosincrasia de la uni es mucho menos adecuada para lo que quiero exponer. Por intereses, por gustos, por aficiones pues se forman pandillas, más o menos amplias. Hasta aquí todo bien, perro conocido porque todos seguro que lo hemos experimentado.

La pandilla se junta para ir a jugar al fútbol, ir al cine, salir… y más o menos rápidamente, más o menos paulatinamente, se van convirtiendo en un uno a los ojos del resto del mundo. Hasta aquí todo normal, ¿no?

Es el momento en el que se forma la identidad grupal. Ya no son José, Pedro, Ramón, Pablo, Manuel, Jorge, María, Rosa, Lucía, Laura y Ana (así una buena variedad de nombres), ya son los… “pijos”, o los “tiraos”, o los “johnnies” o lo que sea. A los ojos de los demás pasan a ser un uno y un todo y a sus propios ojos comienzan a sentirse como algo diferente de los demás. Son “ellos”.

Aquí ya pueden comenzar los problemas, porque esa consideración de grupo puede irse de las manos y radicalizarse hasta el punto de enfrentarse al resto. Y por experiencia común… nada une más que un enemigo común: el cabrón del profesor que ha suspendido injustamente a Jorge, la zorra que le ha quitado el novio a Rosa, el ex de María… Y el grupo puede llegar a convertirse en algo hostil hacia lo de fuera, bien por sentirse superior, bien por sentirse atacado. El resultado, casi siempre, termina siendo el mismo: “Quien no está conmigo, está contra mí”

Pensemos en un grupo más grande. Aunque en este caso es lo de menos, sí que suele producirse (o por lógica la situación que voy a plantear es más probable) cuanto mayor sea el número de miembros del grupo. Se trata de que, con el paso del tiempo, un cierto número de integrantes, por una experiencia común que no comparten todos o algo por el estilo, termina convirtiéndose en un auténtico subgrupo. Esto es un poco más peligroso para la estabilidad del grupo.

La cosa suele salirse de madre cuando los chistes internos o las historias derivadas de esas experiencias comunes o exclusivas se convierten en el tema habitual de conversación entre los miembros de ese nuevo subgrupo incluso cuando se encuentran dentro del gran grupo. Esto provoca que los no-miembros se sientan desplazados y que, incluso, lleguen a enquistarse situaciones hasta puntos realmente dañinos para todos.

En el primero de los casos, el del aislamiento del grupo frente al resto, lo más probable es que el juicio global sobre el grupo redunde sobre los individuos en particular. Tú estás con ellos, eres como ellos, con todo lo que esto significa para las relaciones que, obviamente, se mantienen entre los miembros individualmente con personas ajenas al grupo… incluso con personas de un grupo anterior al propio grupo (es decir, con los amigos que se tenían antes de ingresar al grupo). El individuo se diluye en la masa y pasa de ser… Ramón a ser “uno de esos”.

En el segundo caso, creo yo, las consecuencias son incluso más graves. Miembros que se ven desplazados del grupo, que conocen la idiosincrasia del grupo, que comparten secretos… y de repente se sienten rechazados, marginados. Su reacción no tiene por qué ser violenta pero en cualquier caso suele acabar con la armonía del grupo, porque ya no todos son iguales, porque los vínculos que los unían se difuminan… porque ya no es lo que era, porque ya no se siente a gusto.

Pero hay un tercer caso: cuando dos miembros del grupo se enemistan entre sí. Pongamos que… Jorge y María salían juntos y la cosa salió mal y acabó mal. Es normal que el grupo termine dividiéndose violentamente y desvaneciéndose o que muchos de los miembros o al menos alguno se quede a dos aguas, porque no quiere dejar a sus dos amigos-compeñeros tirados. Y este estar a dos aguas es una situación no sostenible durante mucho tiempo… con lo cual el “neutral” termina distanciándose o decantándose por uno de los dos bandos. El grupo ha muerto.

La solución, cabeza y lengua, como con todas las cosas. Vamos, al menos eso creo yo. Y reconocer racionalmente los errores, pedir perdón y saber perdonar (Y OLVIDAR, que aprender de los errores es una cosa, pero el perdón verdadero neceista del olvido, si no se convierte en una hipocresía) NUNCA es humillarse, NUNCA es una actuación (como decía la canción que puso Arte en los comentarios del post anterior) y SIEMPRE es positivo. Hacer hasta lo imposible por solucionar las cosas NUNCA es en vano, aunque al final sólo sirva para descargar la conciencia.

Espero que si alguien se encuentra en una situación así y lee esto pueda aprovecharlo para algo, aunque como siempre tengo la extraña sensación (o más bien la seguridad) de que, como siempre, me he liado demasiado ^^

Decir lo que uno piensa

Últimamente he notado que, en cierta manera, me he ganado una serie de “enemigos” (dejémoslo entre comillas porque para quitárselas tendría que ser algo bastante más grave que lo que está pasando últimamente y porque creo que para considerarse enemigo de alguien el sentimiento debe ser mutuo).

A nadie que se haya molestado en conocerme al menos un poquito le sorprenderá que diga que soy un tío bastante reservado (sobre todo en persona) y que me cuesta hablar de mis cosas en profundidad, que normalmente me lo guardo para mí cuando se trata de abrir mi corazoncito. Otra cosa es que cuando escribo aquí, que en el fondo es mi sitio, mi santuario, mi rincón… me sea más fácil. Dios me ha dado la capacidad de expresarme bien escribiendo, pero no tan bien hablando… es lo que hay.

Bueno, a lo que iba. Reflexionando, me he dado cuenta de que mi mayor “pecado social”, si es que se puede llamar así, es que no soporto por mucho rato llevar una máscara, que sí, que si tengo que fingir lo hago, pero que por mucho protocolo y educación social que haya que respetar, no puedo evitar terminar diciendo todo lo que pienso, tal y como lo pienso y… a veces de una forma desagradable (mea culpa).

Pero, la verdad, si hay algo que me revienta es la hipocresía. Puedo jugar a interpretar un papel durante un razonable periodo de tiempo, pero termino explotando… y cuando exploto, exploto de verdad, que para eso soy un tío tan contundente (vamos, que estoy gordo).

Las normas de protocolo no están hechas para mí, lo cual me deja en una mala situación si tenemos en cuenta que un sacerdote tiene unas ciertas responsabilidades sociales como guía o como lo queráis llamar de un grupo de personas, los fieles de su parroquia.

No me gustan nada los hipócritas, a los que figuran, a los que se arriman al sol que más calienta y cuando llega el atardecer van a buscar las estufas encendidas… Y lo peor es que cada día estoy más convencido de que estoy rodeado por esos…

Digo lo que pienso, como lo piensio y cuando lo pienso. Prefiero hacerlo así, aunque a veces haga de tripas corazón y tenga que callarme… pero se me nota fácilmente, porque soy incapaz de decir lo contrario con naturalidad…

A eso sumadle que heredé de mi madre la poca paciencia que tengo (aunque tengo una poca (no mucha) más que ella y mi carácter calmado y mayormente pasota parece dar la sensación de que tengo más de la que realmente tengo) y cuando estoy un poco estresado o tengo muchas cosas en la cabeza mi cerebro decide cortocircuitarse y se me cruza el cable muy fácilmente y he de reconocerlo, tengo muy mal genio. En esos momentos suelo tender a aislarme para no decir ninguna cosa de más, pero a veces no funciona y cuando estoy así digo cosas demasiado bordes y con una crueldad de la que no estoy nada orgulloso.

Las personas somos como alacenas (razonamiento nuevo para los lectores del journal en el DA, no tanto para los veteranos del blog y que ya explicaré en otra ocasión… o mejor… na, ya la buscaré que ahora no tengo tiempo) y en estos momentos la mía está escasa de provisiones.

Estoy a régimen, tengo examen el miércoles y cada vez cojo más complejo de ser una especie de individuo no deseado que lo único que consigue es quedarse marginado de todos (y no, no sólo lo digo por lo que muchos estaréis pensando). Pero claro, hay que poner buena cara y sonreír…

¡Pues no! Coño ya… No voy a escuchar tus gilipolleces sin decir nada. No voy a trabajar para ti mientras tú te rascas los huevos. No voy a sonreir y a callarme lo que pienso para ganar una especie de privilegio que ni quiero ni lleva a ninguna parte. Hala, ya lo he dicho. Que tenga lo que tenga que venir.

Errores, soluciones, agradecimientos

Óscar, uno de mis compañeros de Seminario, director de la Schola y poseedor de un magnífico blog que actualiza todavía menos que yo y cuya dirección dejé en el post anterior, suele decir que “el mundo está lleno de problemas”. Sin quitarle la razón, porque es verdad, suelo apostillar que “el mundo también está lleno de soluciones”.

Porque estoy convencido de que es así y estoy convencido que, aun siendo conscientes de los problemas, no hay que fijarse en ellos, sino en la gran cantidad de soluciones que tenemos siempre delante. Igualmente estoy convencido de que muchas veces los problemas no son tales y de que, yendo ya al grano de lo que hoy quería poner aquí, de todo se aprende: de lo bueno y de lo malo, de los problemas y de las alegrías… absolutamente de todo.

Hasta aquí alguien podría responderme con aquella vieja frase que da comienzo a las reflexiones de Qohélet en el Eclesiastés: “Nada nuevo hay bajo el sol”. Y es que no acabo de descubrir la pólvora con lo que he dicho.

Así como estoy convencido de que todo se aprende, estoy convencido, muy convencido, de que hay que saber dar gracias por todo. Incluso, aunque suene masoquista, hay que dar las gracias por todo lo malo que nos ha pasado, de los errores, de las inmensas meteduras de pata que soy tan propenso a cometer, de las desgracias inesperadas, de los sinsentidos…

Y hay que dar las gracias porque son sobre todo ellas las que van modelando cual artesano lo que hoy somos. Las alegrías (las de verdad, no las falsas alegrías, las que no duran, las que son simplemente… como decirlo… puramente eróticas sin referirme aquí al erotismo en sentido sexual sino en un sentido más amplio… los placeres de la vida si queréis llamarlo así) no nos ayudan a cambiar, pero son la confirmación de que estamos yendo pro el buen camino.

¿Alegrías de verdad, falsas alegrías? Os explicaré un poco mejor a qué me refiero por si acaso el párrafo anterior no ha sido lo suficientemente claro.

El Rabbî Gamaliel, maestro de San Pablo cuando este aún era fariseo (sí, Saulo de Tarso era un fariseo fariseísimo) aparece en el libro de los Hechos de los Apóstoles con una frase magistral. En medio del Sanedrín, cuando los sumos sacerdotes y los escribas interrogaban a los apóstoles que habían sido liberados milagrosamente de la cárcel, mientras se comenzaba a forjar una condena de muerte hacia los cristianos por predicar a Jesús, este prestigioso doctor de la Ley, se puso en pie, mandó salir a los acusados y se dirigigó a los allí presentes y les dijo, entre otras cosas, esto:

Porque si este plan o esta obra es de los hombres, fracasará, pero si es de Dios no conseguiréis destruirlos

Muchas veces estamos contentos, felices… pero son cosas que pasan y son de ese tipo de cosas que cuando pasan lo único que dejan es una amargura irremediable. Sin embargo, otro tipo de cosas, que se nos pueden presentar, incluso, como problemáticas en su momento… terminan siendo fuentes de la más profunda alegría. Creo que es más o menos lo que quería decir.

Por otra parte, los errores nos ayudan a encauzar el buen camino. Descubrir que esas falsas alegrías son precisamente eso, falsas, darse de bruces contra lo que más temíamos… Eso nos hace ver que no todo es tan perfecto como creíamos y pretendíamos y nos obliga a reconducirnos, a purificarnos, a cambiar la piel si es necesario (y no se entienda esta última imagen como hipocresía, sino todo lo contrario, despojarse de las máscaras que podamos tener, acercarse más hacia la verdad de nuestro interior).

Pues… bien. Estoy convencidísimo de que hay que agradecer a Dios, siempre a Él primero, y a todos los demás de que nos hayan abierto los ojos e, incluso, que nos hayan ayudado a errar (fuerte, ¿no?…) para darnos cuenta de que errábamos y que ese, por muy atractivo que pudiera parecer, no era el camino…

De todas formas, no es dar gracias por los errores sin más. Es dar gracias por los errores y POR HABERLOS SUPERADO. Pero es dar gracias por los errores, también, porque nos han dado la oportunidad de superarnos a nosotros mismos, de ser mejores.

PD: Es un post un poco lioso… pero espero que la idea quede clara ^^