
Tenía un post escrito para la mañana o la tarde del Sábado. Iba a ser algo motivacional y un poco rollo apelar al espíritu de las grandes remontadas de Champions. Es decir con todas las características de lo que puede decir un hincha que se juega en pocas horas la vida (casi ni metafóricamente, que fui de taquicardia en taquicardia). Pero los nervios me hicieron olvidarme de él, así que sin preámbulo optimista alguno toca enfrentarse directamente a la cruda realidad.
Estamos de luto. Ayer, y aún hoy, aunque comencemos a despertar, fue un día triste, aciago, maldito. De esos que te quedan grabados a fuego y hiel en el corazón. De llantos, agujetas emocionales – y físicas – y de desahogos a veces reprimidos, a veces a tumba vierta. Yo estaba como si me hubiera atropellado un tren, corrido tres maratones y luego ido toda la noche de juerga. Ya me había costado conciliar el sueño, de los nervios, toda la semana. El sábado más.
¿Por qué? Bueno, asumo que a estas alturas todo el mundo lo sabe, pero, por si acaso, no se me caen los anillos por decirlo una vez más. La noche del sábado, rozando la medianoche, el Real Club Deportivo de la Coruña, el Dépor, MI Dépor, decía adiós a la categoría de oro de nuestro fútbol tras dos décadas en las que ilusionante y mágica es una palabra que se queda demasiado corta para describir la experiencia.
1 Liga, 2 Copas, 3 Supercopas de España. Semifinales de la Recopa y de la Champions. El equipo que más puntos acumuló en Champions en sólo cinco participaciones. El único equipo del mundo que haya ganado en el Camp Nou, el Bernabeu, San Siro, Delle Alpi, Old Trafford, Highbury, el Parc des Princes y el Olympiastadion de Múnich.
Podríamos seguir enumerando los méritos de un equipo que en cinco años escasos pasó de salvarse del descenso a 2ªB (y la desaparición) con un gol agónico de Vicente en la última jornada de la 87/88 contra el Racing a hacerle sombra al Dream Team de Cruyff. Y a casi ganar una Liga una temporada después en ese día que todos recordamos.
Pero el gran mérito del Dépor fue llenar de ilusión y de orgullo a una ciudad no muy grande encerrada en la remota periferia del noroeste español. Paseamos con orgullo el blanco y el azul ante media Europa y media Europa se rindió a nuestros pies. Desde el principio. Ayer me contaban que los periódicos italianos, tan italianos ellos, abrieron con el penalti de Djukic en su momento. Ayer, la prensa deportiva española abandonó al Madrid y al Barça durante unas horas y le dijo adiós a un equipo que, hasta hace muy poco, podría resultar hasta irrisorio Esa es la dimensión que alcanzó el Dépor.
La gran virtud del SuperDépor fue marcar el camino a muchos otros clubes. Un equipo que creció en buena parte a base de retales – aderezados, eso sí, con dos estrellas de la talla de Bebeto y de Mauro – y un fuerte sentimiento de club que redundó en atrevimiento, ambición, un estilo propio, distinto… y muchísima unión entre la mayor parte de la plantilla (y eso lo viví yo en directo). Así fue cómo se ganó el corazón de tantos que, como los deportivistas, lloraron o se dolieron el sábado igual que habían sufrido aquel fatídico e injusto 14 de mayo.
¿Fue todo aquello un espejismo? Ahora mismo podría parecer que sí. Es cierto, el Depor vivió estos 20 años muy por encima de su historia y en los últimos 5 (dese el infame Caparrós) muy por encima de sus posibilidades deportivas y económicas. Pero todo aquello fue real. Muy real. No en vano, hasta anteayer éramos el quinto equipo que actualmente encadenaba más temporadas en primera, tras los tres clásicos y, curiosamente, nuestro doble verdugo, el Valencia.
Pero el pasado no da de comer. La realidad es que el fantasma del descenso, que sobrevoló toda la temporada y esta última época en Coruña, se materializó. Y recordar los buenos tiempos no nos va a salvar de ello. Sí, quizás el Zaragoza y el Racing puedan descender en los despachos, pero así no merece la pena quedarse en Primera. Curioso que lo diga alguien del equipo de Lendoiro.
La vida sigue, en cualquier caso, y es momento de comenzar a trabajar desde hoy mismo (ayer dejémoslo de día de luto) para elaborar un proyecto – deportivo e institucional – que aglutine, ilusione y que nos permita volver a Primera. Y mejor el año que viene que el siguiente. Porque esta afición no merece estar en segunda, porque es afición de Champions. Qué cojones… es la mejor afición del mundo. Y nos lo deben
Fin. Paradójico. Cuando comencé a redactar esto quería hacer un análisis de lo ocurrido y unas propuestas de futuro. Será que todavía soy incapaz de ser frío y prefiero ser así, cursi y emotivo. Ya llegará. De todas formas, la morriña es cosa nuestra. No os acostumbréis a echarnos de menos.








¿Qué nos pasa que no andamos dormidos cuando, por menos, otros países como Francia se han echado a la calle? Aquí a lo más que hemos llegado fue a mirar a nuestros vecinos y pensar “eso es lo que tendríamos que hacer”, pero nada más. ¿Qué nos pasa que hemos claudicado de hecho – no tanto de palabra – de nuestro papel en la vida pública? ¿Dónde queda la España de finales del gobierno del PP, cuando nos echamos a la calle muchísimas veces para reclamar justicia? Y entonces lo hacíamos con respecto a un problema que estaba lejos (Irak) o a causa de un acontecimiento puntual. Ahora la crisis es más global, más profunda, estructural… pero no nos movilizamos.






La modernidad – ya desde el positivismo, pero como fruto de un proceso que venía gestándose ya desde antes – ha consagrado la ciencia y “condenado” la verdad a equipararse, únicamente, a aquello que puede ser constatado empíricamente o, al menos, a aquello que no puede o no ha podido ser falsado. Con este concepto, que eleva la certeza científica al grado de verdad, el resto se ve reducido a simples opiniones, cuando no a “historietas”, de valor e importancia relativos.
Otras buscan reflejar enseñanzas morales o religiosas. Así, por ejemplo, la Odisea homérica no es sólo un fantástico relato de aventuras, sino que es una historia de cómo la audacia vence a la fuerza bruta, de cómo el destino en manos de unos dioses caprichosos y arbitrarios es una concepción cruel y de cómo puede vencerse ese destino con voluntad, paciencia y esperanza. Así, por ejemplo, el libro bíblico de Job no es un cuento de lo caprichoso que es Dios que castiga y juega con nosotros, sino que era un relato que pretendía (y lograba) poner en entredicho una concepción teológica clásica en el judaísmo como era la de la retribución material y terrena por parte de Dios.
Quería terminar hoy ya con una de las series de posts que dejaba pendientes. Si os acordáis, hace más o menos un mes os solté 
Hoy he vuelto a Pontevedra unos días antes de lo habitual aprovechando un puente de San José que yo hubiera preferido pasar, al menos hoy y mañana a mediodía, en Coruña, para estar con mi padre el Día del Idem. Pero mañana por la mañana tengo que estar con mis chavales en la parroquia (sic) así que no hay opción de ese plan. No pasa nada, tampoco me importa estar en Pontevedra, por supuesto.