Archive for ‘Mis Escritos’

abril 30th, 2010

Akano 36 – Mirando al Cielo

¿Queda alguien ahí? Bueno, después de un mes y pico de vacaciones y de poner nerviosa a Gaby, volvemos a las andadas.

Habíamos dejado a Rido haciendo un enorme discurso-tributo a Nalya y a Kumaru y dejándole a Kara unas “líneas programáticas” quizás demasiado idealistas. Ha pasado un mes y… toca enfrentarse a una dura realidad:

Ya lo veréis xD

PD: Enhorabuena a los premiados
read more »

marzo 29th, 2010

Experimento 04: Mártir

Os presento el trabajo que mandé al último concurso conjunto de la FFF y de la OTL. Una “cosa rara” que se me ocurrió muy sobre la marcha y que salió vencedora (ex-aequo, pero vencedora).

El tema del concurso era “Locura” y no se me ocurría nada que me convenciera. Todo lo que me pasaba por la cabeza implicaba asesinos psicópatas y… me parecía demasiado “ramplón”. Quería hacer algo distinto. Así que me pregunté qué era la “locura”.

Muchas veces llamamos loco a aquel que no se adecúa a nuestras convenciones sociales. Al que va contracorriente. Por eso, esto no va de la locura en sí, sino de lo que el mundo llama locura. Y ese es mi mártir.

En fin, justificado el tema… sólo me queda advertiros de que el Akano 36 se retrasará hasta el viernes por cuestiones de vagancia y trabajo. read more »

marzo 19th, 2010

Akano 35 – Los gozos y las sombras IV

Es viernes, y toca lo que toca.

Fin de saga y un final que me gusta mucho. Espero que a vosotros también os guste. Lo siento, hoy ando un poco espeso y no se me ocurre nada más que poner…
read more »

marzo 12th, 2010

Akano 34 – Los Gozos y las Sombras III

Cuando lo escribí, este ya me gustó bastante más que el anterior, quizás precisamente porque estaba más cercano a lo que desde un primer momento trataba de transmitir o porque era más o menos lo que me estaba pasando por la cabeza (y por el corazón) en aquellos momentos.

Espero que a vosotros también os guste ^^ read more »

marzo 5th, 2010

Akano 33 – Los gozos y las sombras II

Seguimos avanzando en esta saga tan introspectiva de forma involuntaria, aunque creo que este es el capítulo más flojo de los cuatro que la componen. Si en el anterior Rido se tenía que enfrentarse a su(s dos) muerte(s), esta vez el capítulo entero gira en torno a otra pérdida importante y que marcaría el inicio de la “carrera” de Rido II. Eso… y algo que ocurre al final, pero eso, mejor lo veis al final.
read more »

febrero 26th, 2010

Akano 32 – Los Gozos y las Sombras I

¿Por qué Los Gozos y las Sombras? ¿Por qué una saga nueva y no seguir con lo de Herencia Grossner, si total el tema más o menos va a ser el mismo? Bueno, realmente, la saga anterior se centraba sobre el poder de Rido, esta se centrará más sobre el adiestramiento de Kara o… bueno, sobre la vida de Rido.

En fin, es un capítulo largo y denso, lo sé. Espero que no os haya resultado demasiado pesado, que seguro que sí, pero acortarlo no podía y dividirlo no tenía sentido.

Enjoy ^^
read more »

febrero 21st, 2010

Akano 31 – Herencia Grossner V

Ahí vamos con la última Herencia Grossner, aunque más que un capítulo que cierre un arco argumental, más bien lo abre. De todas formas, ya este arco estaba planteado desde un primer momento como el primero de una “trilogía” y bla bla bla. No digo más, vedlo vosotros mismos.
read more »

febrero 12th, 2010

Akano 30 – Herencia Grossner IV

He aquí el siguiente capítulo de Akano, el capítulo 30, realizado con la inestimable colaboración de Kaiden para el desarrollo de su personaje.

Un capítulo que es, a la vez, de transición y en el que hay algo de desarrollo, aunque no mucho. Un capítulo bastante necesario pese a lo poco importante que parece en la trama, sobre todo teniendo en cuenta el anterior.

Espero que os guste ^^
read more »

febrero 6th, 2010

Akano 29 – Herencia Grossner III

Eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeen fin.

Os presento el capi que me ha dado más trabajo del último año. Hecho codo a codo con Kara y revisado, aumentado, corregido, borrado y vuelto a hacer alguna vez… Vamos, toda una peripecia con un único objetivo: que todo salga perfecto.

El 29 ya estaba listo el sábado pasado… pero ahora mismo (viernes por la mañana) estoy escribiendo el post y no sé si publicarlo ya o dejarlo todo listo para cuando Kara me de la confirmación porque hasta ayer aún no habíamos terminado de pulir ciertos detalles… Así que…

Pero, en fin, tanta comedura de tarro, tanto esfuerzo y, a veces, sentimiento de frustración han merecido la pena. Creo que Akano 29 – Herencia Grossner III (Impotencia) es uno de los capítulos de los que estoy más orgulloso de esta nueva etapa de Akano (y también el más largo, posiblemente).

Quiero darle las gracias a K, la superchibi, por la inspiración, la paciencia y el trabajo, también suyo, que está detrás de todo esto, y a Ela, por la colaboración puliendo los detalles del personaje.

read more »

enero 29th, 2010

Akano 28 – Herencia Grossner II

Bueno, aunque el capítulo 27 lo publiqué el lunes es sólo porque llegó con retraso. Hoy viernes es el verdadero día de publicación de Akano así que aquí estamos de nuevo con el fic.

Seguimos avanzando en esta saga tan “extraña” pero que tanta importancia va a tener, al menos así a priori, para entender quién es Rido, una idea muy interesante que ha aportado Bone en el dA, y cuál es su sitio en el mundo con su nueva situación. Eso, y que Kara, el gran cabo pendiente de Rido, está ahí, atándose… y alguna cosita más.
read more »

enero 25th, 2010

Akano 27 – Herencia Grossner I

A partir de aquí voy a publicar los capítulos de Akano en el blog. No subo los anteriores, que podéis encontrar aquí, aunque a lo mejor os cuesta enteraros ya que es continuación de Memorias y de Recuerdos de una vida pasada (este sí que lo llegué a subir al blog, pero aún no le ha pillado la resubida).

En fin, este capítulo está en su segunda versión y pretende abrir una saga un tanto surrealista, mezcla de Balmung y Family Matters (las sagas centrales de Memorias) pero con un toque diferente, espero. Eso son, al menos las intenciones.

read more »

enero 16th, 2010

Akano 26 – Nadie es profeta en su tierra


Akano 26 – Nadie es profeta en su tierra

– Así que Akano Rido – sonrió ella.

– Sí, señora.

– Interesante apellido – dijo, inclinando su cabeza y haciendo que los cascabeles que pendían de su pelo sonasen. – ¿A que adivino por qué quieres ingresar en esta División?

– No creo que haya ninguna duda – sonreí burlón. – ¡Es la División del gran Akano Kumaru! ¡No podía estar en otra!

– ¡Eso es!

La primera vez que entré en el despacho de Kyrek me había fijado en que lo único que había cambiado allí con respecto a cuando Henkara era su ocupante era, precisamente, que ella ya no estaba allí. Aquello había sido cuando había recibido el cargo de Capitán y no había vuelto desde entonces a visitar al nuevo comandante de mi antigua División. Ahora, varios meses después, la sensación seguía siendo más o menos la misma. Sí, algún mueble estaba movido y algún cuadro o planta habían llegado de nuevas, pero a simple vista todo seguía prácticamente igual.

Todo a excepción de que la imponente figura blanca de Henkara, que dominaba la estancia con la sola mirada de sus ardientes ojos carmesíes, ya no estaba allí. Se hacía raro no ver a la Jefa y ver en su lugar a un joven de pelo pajizo y unos profundos ojos que iban entre lo grisáceo y el violeta que reflejaban aún una cierta inexperiencia pero que, aún así, parecían ver siempre más allá de lo que tenía delante.

Su imagen había cambiado respecto a lo poco que había podido conocerle durante su paso por la Academia y en los pocos meses que habíamos coincidido en la División, ya que desde su graduación todo se había precipitado con mi viaje en busca de Nalya y el nombramiento como Director que aún cuando vivía allí me impedía regresar al Cuartel hasta después del anochecer.

Su antigua melena que le llegaba un poco por encima de los hombros había desaparecido y ahora llevaba el pelo corto y encrespado. Tampoco seguía vistiendo la misma camiseta blanca con capucha debajo del uniforme, como hacía en su tiempo de estudiante, sino que esa capucha se había unido a la capa que le identificaba como Capitán. También había desaparecido la parte superior del uniforme, así que aquella prenda blanca sin mangas era lo único que cubría su torso.

– ¡Ah, Director Akano! – saludó al verme, poniéndose en pie con una sonrisa amable. – ¡Pase, pase!

Cerré la puerta detrás de mí una vez hube ingresado en el despacho. El joven Capitán estaba reunido con Blod, su oficial más veterano junto con Arte, quien me recibió con un efusivo abrazo. Pasamos un buen rato charlando acerca de los viejos tiempos, hasta que Kyrek, quien, por no haber compartido aquellas vivencias con nosotros, se sentía un poco desplazado de la conversación, carraspeó para hacerse notar.

Dándose cuenta de la indirecta de su superior, el hombre de melena rojiza se despidió con unas palmadas en el hombro y se retiró. Cuando nos hubimos quedado solos, le entregué a Kyrek los expedientes y él los guardó con gesto agradecido en una bandeja lateral de la mesa tras un vistazo que prometió continuar en otro momento.

– ¿Qué tal todo? – me interesé.

– Bien, bien – sonrió. – Demasiado trabajo – se quejó con voz cansada. – Si quiere que le diga la verdad…

– ¿Me tuteabas cuando eras alumno y ahora que somos “iguales” no? – le regañé con tono simpático, entrecomillando la palabra “iguales” con los dedos.

– Eh… – dudó. – Mejor así – aseveró, mirándome con cierta preocupación.

¿“Mejor así”? Miré con extrañeza al que por unas pocas semanas no había llegado a ser mi Capitán. ¿“Mejor así”? ¿Qué quería decir con aquello? Me cabeza voló inmediatamente a mi problemas con el Gotei Trece y comencé a atar cabos. Pero podía soportar una enconada discusión con Kaze por la sucesión de Vriznak o con Ela por lo que estaba pasando con Kara o con Josuke por su manía de meterse en todos mis asuntos e intentar manipularme, pero aquella simple respuestas, dos palabras que habían sonado con un cierto temor y una ligera desconfianza, en boca del Capitán de la Novena División, de “mi” División, me habían sentado como una patada en la boca del estómago.

– Entiendo – acerté a decir, poniendo cara de poker y una nada agradable barrera de prudencia en tre él y yo. – En fin… – me incorporé sobre la silla dispuesto a abandonar la sala.

– No… No me entienda mal –se disculpó, levantándose él también con preocupación. – Es sólo que… Siéntese, por favor –me invitó. – Es mejor que hablemos.

Me lo pensé dos veces antes de regresar a mi asiento y acceder a su petición. Él, sin embargo, me dijo que esperara un momento y salió de la habitación para volver unos segundos después. Casi inmediatamente, Irah apareció portando una bandeja con una tetera y dos tazas.

– Vamos a tener que posponer esas copas – le dije a mi amigo irlandés.

Él asintió calladamente y no se demoró en abandonar la habitación. Mi antiguo compañero de cuarto era algo alocado y su capacidad le había impedido aspirar más que al cargo de suboficial que ahora ostentaba, pero no era tonto y sabía bien que era mejor salir de allí cuanto antes.

– Le escucho – incliné la cabeza, aceptando la taza de té que me servía.

– No me entienda mal – dijo. – No tengo nada en su contra, pero creo que es mejor dejar las cosas claras cuanto antes.

– Pues usted dirá…

– Soy un shinigami novato, Director – comenzó. – Aún no ha pasado un año desde que salí de la Academia y llevo varios meses dirigiendo una División… y una nada fácil – apuntó. – No había Teniente y había puestos de Oficiales vacantes, el suyo entre ellos, – me recordó – y otros en situación especial. Y, por si fuera poco, existe un sector bastante amplio que podríamos llamar… crítico, siendo suave… ¿Me sigue?

– Perfectamente – respondí.

Todo eso era verdad. Era cierto que muchos lo considerábamos parte de la personalidad propia del Noveno Escuadrón, pero desde el punto de vista de alguien que debía comandar un barco con tantos aparentes remedios era más un caos que algo ordenado. La presión a la que estaba sometido parecía mucha, lo sabía por experiencia propia, lamentablemente.

– ¿Y a que no adivina quién es el alma mater de ese sector crítico? No… No hace falta que responda – me detuvo. – Entonces… sumemos…

A pesar de la dureza de sus palabras, en el tono de Kyrek no había nada de acusación, sino más bien de lamento y de preocupación. Simplemente estaba exponiendo una serie de hechos con los que pretendía justificar la distancia que había marcado en el trato para conmigo y estaba claro cuál era el origen: ganar algunos puntos con sus colegas, los Capitanes, que, conociéndolos, seguramente le miraran por encima del hombro a raíz de su inexperiencia.

Era más un “por si acaso” que una convicción firme y eso para mí a la vez motivo de alivio y motivo de preocupación. Motivo de alivio porque siendo como era, bien podría ir variando en su postura a lo largo del tiempo. De preocupación por que las presiones del Gotei eran más fuertes de lo que había creído en un primer momento.

– Es una lástima – aseveré.

– Insisto en que no es nada personal – repitió. – Le estoy muy agradecido por todo lo que hizo por mí en la Academia, pero, por favor, comprenda mi situación – suplicó. – Confío en que todo esto se vaya aclarando poco a poco.

– Eso espero yo también – respondí con sinceridad. – Y ahora si me permite…

Me levanté y, tras una leve reverencia, abandoné el despacho. No pude evitar pasear mi mirada por los retratos de los Capitanes que tapizaban la zona noble del Cuartel. Allí estaban, al menos que yo podía reconocer a simple vista, Xabier Suddley, mi Abuelo, Madjakis, Jishame, Kuroda, Kyo – que, aunque nunca había llegado a ejercer, había recibido honores de Capitán – y Henkara, cuya imagen había sido colocada allí después de que yo hubiera abandonado la División.

Volvieron a mí de nuevo las palabras de Kyrek y lamenté internamente que el nuevo Capitán no tuviera la entereza o el carácter que había conocido en Henkara, quien me había defendido aún cuando había sido acusado de traición, como había hecho también con Eliaz, o el que le atribuían a Kuroda. Era una pena que no reivindicase aquel espíritu propio de la Novena División que había llevado a la antecesora de Henkara a llamarla “hogar de ángeles y demonios”, según me había dicho Nalya.

Pero tampoco lo culpaba. Por un lado estaba la cuestión de buscar apoyos en las altas esferas para tratar de estabilizar una situación que parecía difícil de manejar y reivindicarse como capaz de manejar la División. Y sin duda iba a ser un gran Capitán en cuanto adquiriese la experiencia necesaria. Al menos reunía todas las aptitudes necesarias.

Nadie ponía en duda que Kyrek se contaba entre los alumnos más brillantes de la Academia en muchos, muchos años y que se merecía llegar a donde había llegado, como había hecho Yutaru en su momento. Quizás, el problema era que otros, no él, habían visto en él la herramienta perfecta para controlar un foco posibles problemas. Habían conseguido que le debiera un favor. Y aquel tipo de maniobras, por desgracia, no me eran ajenas.

Además, era yo el que le había puesto en aquel brete. Si yo no hubiera sacado el tema del tuteo, no habría puesto a Kyrek en la situación violenta de tener que insistir en mantener las distancias y explicarme aquello que, a toro pasado, era mejor que nunca se hubiera dicho.

– ¿Rido? – preguntó una voz por detrás. – ¡Rido!

Okita se abalanzó sobre mí y me dio un fuerte abrazo que por un momento me cogió desprevenido. Comenzamos a hablar y con el buen rato que estaba pasando en compañía de mi viejo amigo se me olvidó la preocupación que me había embargado en el despacho del Capitán.

– Oye, – dijo en un momento dado – te quedarás a cenar, ¿no?

– Mejor no – rechacé, recordando de golpe mi conflicto anterior. – No quiero molestar.

– ¡No molestas, hombre! – replicó. – ¡Si estás en tu casa!

– Sí, ya…

Tras un pequeño tira y afloja en el que evité cualquier referencia a mi conversación anterior, conseguí convencerle de que no insistiera más en el tema. Me despedí de él y salí, como solía hacer todas las noches mientras había sido Oficial de la División, un momento al patio trasero del Cuartel, donde estaba el estanque. Todo el mundo estaba en los distintos comedores, así que estaba yo solo para disfrutar el espectáculo.

El sol ya se había puesto y había quedado una noche clarísima. La luna, a punto de llenarse, se reflejaba en las tranquilas aguas de la laguna, que devolvía el brillo de astro plateado aderezado con la exótica luminosidad de los extraños peces de reiatsu que la antigua Capitana Jishame había traído hacía muchísimo tiempo.

La verdad es que era una escena sobrecogedora, cargada de nostalgia y de buenos recuerdos. Casi podía verme a mí mismo subido a las ramas del solitario que aún se cernía sobre un lado del pequeño lago artificial viendo como correteaba un Kyo aún infante y escuchando los gritos de su madre, incapaz de controlarlo.

Y viendo que las lágrimas comenzaban a aflorar al pensar en tantas cosas como había vivido en aquel recinto, decidí que era mejor poner fin a aquella visita al pasado y encaminarme a la que era mi nueva residencia, la Academia.

Mientras caminaba por las empedradas callejuelas mi mente volaba una y otra vez por las palabras del nuevo Capitán debatiéndose entre la decepción, el cabreo y la tristeza. Era algo que no podía quitarme de la cabeza por mucho que intentara no darle importancia ni quisiera culpar a Kyrek por lo que había ocurrido.

Llegué a mi nueva residencia y no pude contener un profundo resoplido fruto del cansancio y la pereza que me provocaba la visión de muchas cajas de libros aún sin ordenar. Tenía que ponerme un día en serio para situar todo en el lugar que le correspondía. Quizá debiera convencer a Eylinn y a Kyo… incluso a Kara, para que me echaran una mano. Pero al menos ya no compartía pabellón con los alumnos.

Repasé con la mirada las cajas de cartón y mis ojos se pararon sobre una pequeña libreta negra que no pude identificar a primera vista. Extrañado y curioso lo tomé en mis manos y lo hojeé para mandar a tomar viento y dedicarle unos cuantos improperios a la Diosa Fortuna, que, como siempre, metía el dedo en mis llagas, como si tuviera alguna especie de obsesión que la llevaba a ensañarse conmigo. ¿Cómo, si no, explicar que hubiera vuelto a mis manos aquel ejemplar que había olvidado durante tanto tiempo? Porque aquella libreta no era otra cosa que el diario que había escrito durante mi primer paso por la Academia.

¿Y tras lo de mañana? Ingresar en las trece divisiones. Hace un momento acabo de llegar del cuartel de la Novena División con Nalya y he estado hablando con la capitana Kuroda sobre mis intenciones de formar parte y de pedir el ingreso en su división. No podía ser de otra forma. El nieto de Akano Kumaru no puede pertenecer a otro escuadrón que no sea el noveno.

Realmente fueron todos muy amables, estoy deseando verme de una vez allí y poder convertirme en el gran shinigami que fue mi abuelo, compartir experiencias con nuevos compañeros, conocer gente…

Sí, lo sé, soy un soñador pero siempre es mejor soñar que tener pesadillas. No dudo que también habrá momentos duros, la vida del shinigami es una vida cargada de dolor, del dolor propio y del de otras personas, pero hay que pensar siempre en los momentos agradables. Hay que saber aferrarse a la idea de que siempre queda algo bueno por delante, que siempre nos espera algo mejor. Si no lo hacemos así, muy duro es el panorama que se nos presenta como para honrar y servir justamente a la dignidad de ese traje negro que, espero, vestiré a partir de mañana. Sería imposible tener paz y, al fin y al cabo, el shinigami es el hombre que lleva la paz a espíritus atormentados y no se puede dar lo que no se tiene.

No sé que pasará con Nalya, yo la estoy intentando convencer para que se venga conmigo a la Nueve. Ella no quiere decidirse todavía así que tendré que seguir intentándolo. Aunque me huele que lo voy a conseguir.

Respecto a los demás: Aiolos está seguro de que irá a al Decimotercera y me parece que Krunzik está dudando entre esa y la Décima. Db y Gaby también parecen decantarse por la décima división. Gaijin y Zharin estoy seguro de que terminarán en la Sexta y Bikutoru, como no puede ser de otro modo, es carne de la Doce seguro.

Releí la última página varias veces de camino a la habitación y, como para devolverle la jugarreta a la tejedora del destino esbocé una sonrisa nostálgica al ver como aquellos planes de futuro que me había hecho se habían cumplido para luego desmoronarse.

– Nada es perfecto…

Sí, yo había entrado en la Novena División con Nalya, aunque unas décadas después de lo previsto, y Db, Krunzik y Gaby habían entrado a la Décima, como también había hecho otra de nuestras compañeras de curso, Yutaru. Gaijin y Zharin habían entrado en el Sexto Escuadrón, con Bone, que también era de nuestra promoción, y Aiolos en el Decimotercero. Y como no podía ser de otra forma, Bikutoru había terminado de Teniente en la Doce. Vamos, que había tenido mucha puntería.

Hasta ahí todo se había cumplido, a excepción de mi involuntario retraso a la hora de formar parte de la vida activa del Gotei, pero ahora… Nalya y Zharin habían muerto. Bone y Db habían sido trasladados a la Novena División, de la que yo había sido “expulsado” – pues así era como me sentía en aquel momento – y Gaby y Yutaru habían sido condenadas al ostracismo. De hecho, aunque era la que tenía más dudas en su decisión, Krunzik era la única que había permanecido en la Décima División.

– En fin…

Ironías del destino aparte, dejé el viejo diario a un lado del pequeño escritorio que tenía en mi habitación y cogí otro muy similar de la pequeña estantería que había al lado. Era el cuadernillo en el que iba anotando mis vivencias casi diariamente. No lo había abierto desde el día anterior de marchar hacia el volcán. El “Portador del Rayo”, mamá, Kara, Ela, Kyrek… había sido un día largo y tenía, sin duda alguna, muchas cosas que contarle a aquellas páginas en blanco.

– Oye, Balmung – convoqué a mi espada cuando ya estaba terminando.

Al escribir, había recordado que la conversación con mi madre me había traído a su vez a la memoria unas palabras de Henkara y de ella misma cuando comenzaba mi viaje en busca de Nalya. No era seguro, pero se me había ocurrido una forma de ayudar a Kara más eficazmente. No perdía nada por preguntarle al espíritu de mi espada si era posible.

Inmediatamente, el monje se materializó en la habitación. Su rubia barba caía empapada sobre el hábito negro también mojado. Con sus ojos de un verde intenso me miraba acusador y no había mucho más que decir al respecto. Si llovía en el monasterio era por lo que era.

– ¿No sabes ponerte a cubierto? – me burlé para tratar de ocultar un sentimiento de culpa que, por otra parte, era inútil esconder.

– Vete a la mierda.

– Mira, que te iba a decir… ¿Eso que tú sabes hacer…?

– Sí, puedo – contestó secamente. – No, no quiero hablar del tema ahora. Buenas noches

Con gesto visiblemente malhumorado, el monje se desvaneció dejándome de nuevo solo. Había sido un día largo y duro, con sus grandes claros, pero con sus muchos oscuros. Mejor me sería retirarme pronto. Terminé de escribir unas últimas líneas que me quedaban en la cabeza, apagué la luz y me eché a dormir. Mañana era otro día, sólo espera que fuera algo más tranquilo.

enero 7th, 2010

Akano 25 – Reencuentro II


Akano 25 – Reencuentro II

– Vamos a ver…

Me levanté de mi silla y me fui directo a los archivadores que había al lado de mi mesa. Había unos cuantos expedientes que necesitaba consultar de cara al papeleo que me acababa de solicitar Bone para Kyrek. No se trataba de nada especial. Aunque aún quedaban meses para el final del curso, las Divisiones ya se movían pidiendo referencias de los alumnos que se graduarían ese curso a fin de hacer una selección previa de aquellos que podrían interesar.

– Aquí están.

Después de estar un rato hablando con mi madre y explicándole lo que había pasado durante mi viaje al volcán, la había invitado a comer y, ahora, acababa de volver a mi despacho. Me había cruzado con el Director del Departamento de Asuntos Mortales por el camino y me había comunicado la solicitud del Capitán de la Novena División. Aunque tenía trabajo acumulado después de una semana fuera, había decidido empezar por aquello para no retrasar mucho a mi antiguo Escuadrón.

– Director – sonó por el interfono la voz de Rina unos minutos después, cuando casi había terminado.

– Dime – contesté.

– La alumna Kagemusha Kara está aquí para verle – anunció. – Dice que usted la ha citado…

– Sí, sí – confirmé. – Me olvidé avisarte, perdóname. Eh… – dudé. – Dile que espere un momento que tengo esto lleno de papeles…

Cuando hube terminado de recoger, salí yo mismo al recibidor, vestido con mi mejor sonrisa, para invitar a la muchacha a entrar en mi despacho. Ella asintió con timidez y me siguió rápidamente sin levantar la cabeza. Con un gesto de la mano le indiqué una de las butacas que había en el centro del despacho, para que se sentara allí y no en las sillas que había junto al escritorio.

– ¿Quieres beber algo?

Ella volvió a mover bruscamente en un tímido gesto de afirmación y se sentó en el lugar que le había señalado. Me acerqué al discreto mueble-bar en una esquina de mi despacho y serví un vaso de agua que le tendí a mi invitada dedicándole lo que yo esperaba que fuera una confortante sonrisa. Al menos esa era mi intención, pero ella seguía mirándome con ojos de animalillo acorralado.

Me senté, esperando en silencio a que se acostumbrara a un lugar que le era totalmente extraño y que, seguramente, pertenecía a un mundo que ella aún estaba descubriendo y a que se desvaneciera lo más posible aquella sensación de inseguridad que, en su timidez, irradiaba. Mejor que fuera ella la primera que hablara.

– ¿Shi… Shinigami-san?

Fue una sensación extrañamente familiar, aunque estaba completamente seguro de no haberla experimentado más que otra vez, con las mismas palabras, hacía unos pocos meses, la noche en que me había separado de Kyo y Gaby para seguir, por fin, en solitario, la búsqueda de Nalya. No había sido su garganta la que había producido aquella voz ni ningún sonido había pasado a través de sus labios ni mis oídos no habían captado nada. Sin embargo, había escuchado aquella voz perfectamente.

Me fijé en que no tenía lengua, igual que cuando la había encontrado en Kyoto. Había supuesto que aquella tara habría sido subsanada durante el tránsito hacia la Sociedad de Almas, como solía suceder con la mayor parte de las almas. Sin embargo, como me había pasado a mí, sin ir más lejos, con las cicatrices de mis muñecas, las marcas de mi suicidio, aquella herida no había podido borrarla ni el mismísimo poder de los dioses.

Me extrañó que nadie me hubiera comentado aquello. Ella no hablaba nada en mis clases, pero lo había atribuido a su cerrazón e introversión. Pero ninguno de mis compañeros, ni Eylinn o Kyo, con los que alguna vez había hablado del tema me habían dicho nada de aquella extraña habilidad.

– Te dije que volvería a por ti antes de que pasase lo peor – le contesté en una sonrisa, a modo de confirmación.

– ¿Qué? – me miró, muda.

Parecía como si no supiera cómo reaccionar y no era para menos. Hacía años que había prometido ir a buscarla y seguramente ya se habría olvidado de ello. Quizás el infierno en el que había tenido que vivir se hubiera llevado por delante aquella promesa, pero era algo de lo que yo nunca podría olvidarme.

– Soy yo – le sonreí de nuevo. – No tienes que tener miedo, ahora está todo bien.

Sí, era yo, el mismo al que había atacado la noche en que su alma fue llevada en el Rukongai y el mismo que había jurado protegerla de todo mal, de ella misma, hasta que supiera valerse por sí misma. Pero ella había sido condenada a un destino cruel en los distritos más peligrosos de la Sociedad de Almas. ¿Cómo habría llegado su alma hasta aquel momento?

– ¿Me oyes? – susurré. – Ya pasó todo.

Quería demostrarle la verdad, que aunque hubiera pasado tanto, tantísimo tiempo, todo sería como había dicho que sería, que estaría a su lado cuando todo comenzase a venirse abajo… que la protegería del fantasma que había intuido que la perseguía y que no la dejaba ser completamente libre. Que le ayudaría a vencer a sus demonios. Era eso lo que le había prometido.

– Soy un shinigami, no estoy aquí para hacerte daño. Te llevaré a un lugar parecido al sitio donde viviste. Quizás sea bueno o malo pero eso dependerá de ti…

“… y de que consigas vencer a tus demonios”, concluí para mis adentros. Pero no estaba preparada por ahora. No podría salir victoriosa de aquel combate solo, y, sobre todo, no podría hacerlo hasta que encontrara la paz. Sólo cabía aquella salida, aquella técnica de la que una vez nos había hablado el profesor de Kidou.

– Siento tu pena… – le dije mientras alzaba la espada – y si me permites, deja que selle tu corazón para que puedas al menos por un tiempo tener la paz que tanto necesitas…

Fue como un estallido pequeño, la empuñadura tocó su frente y todo se hundió en un resplandor.

– Pero te prometo… que cuando tu corazón esté listo, yo estaré ahí para verlo…

Había tardado veinte años en cumplirse mi promesa de reencontrarnos. ¿Cuánto habría cambiado hasta entonces? Agachado en cuclillas frente a ella, posé mis manos sobre sus hombros para evitar que apartara la mirada y escudriñé en sus ojos para tratar de descubrir qué era lo que le asustaba de mí, qué era lo que le había pasado o cómo podía ayudarla. Había miedo en su cara, temblor en sus labios y las lágrimas comenzaban a aflorar.

– No te preocupes – le dije con voz calmada. – Estoy aquí para ayudar.

Lo que podía ver a través de sus ojos parecía una neblina borrosa de emociones que luchaban por imponerse las unas a las otras y se confundían en una difusa y turbia bruma. Entre todas ellas, un sentimiento parecía ir ganando la batalla por dominar a los demás: la vergüenza. Aparté lentamente mi mirada y noté cómo se tranquilizaba ligeramente, aunque los nervios aún la atenazaban.

Debajo de su traje de shinigami se podían ver los resquicios de una piel llena de cicatrices. Tomé su brazo derecho y le levanté la manga. Con un grito mudo que resonó en todos los rincones de mi mente y un rápido gesto de su mano izquierda apartando la mía, me detuvo. Aún así, me había dado tiempo a ver parte de aquel tapiz de surcos en sus extremidades.

Unas eran más recientes, otras estaban allí desde hacía décadas. Todas eran huellas de una vida larga y dura en el infierno que eran los distritos más bajos del Rukongai, aquellos en los que nuestra autoridad, la de los hombres de negro, apenas era visible y eran los grandes clanes criminales los que ocupaban el lugar que debía corresponder al Sereitei.

– ¡¿Sector 72?! ¡Para ella eso es casi una condena a muerte!

Mientras hablaba, me excitaba más y mis gestos se hacían más exagerados. No era justo. Aquella niña había sido destinada, condenada, a vivir en el sector 72 del Rukongai, uno de los más conflictivos.

– No es culpa tuya, – decía Eliaz a mi lado – son las cosas de la burocracia. No hay nada que hacerle.

– Ya, pero… Tenías que haberla visto…

Era totalmente injusto. ¿Sobreviviría? Me preocupaba aquella chica, me preocupaba seriamente. Afortunadamente, si todo salía bien, sus demonios no harían acto de presencia en varios años, pero aquel destino era igualmente grave. ¿Qué le depararía el futuro?

Con tantos años de distancia, no pude evitar pensar que todo lo que le había pasado había sido culpa mía. Si nuestro encuentro se hubiera producido años más tarde, a lo mejor hubiera sido diferente. Como Eliaz había hecho con Mitsuko, como había hecho yo con Uxío, los privilegios familiares me habrían permitido llevar a Kara hasta un lugar seguro en lugar de condenarla a un infierno que se sumaría al que ya había vivido en vida, cuando toda su familia había sido asesinada frente a sus pequeños ojos.

Pero no era aquel dolor el que le atormentaba. Sentado en la butaca frente a ella dejé que un silencio valorativo tomara posesión de la sala mientras ella parecía recuperar la sensación de tensa calma en la que parecía moverse más cómodamente. En ese tiempo, yo me mesaba mi barba con la mano derecha mientras la miraba y pensaba en cuál era el siguiente paso.

– En fin… – suspiré, tras unos instantes. – ¿Entiendes por qué te he llamado aquí?

– S… sí, Akano-sensei – asintió.

– Rido – la corregí en una sonrisa. – Sólo Rido. Resulta… – resoplé, recostándome hacia atrás pero sin dejar de mirarla. – Te hice una promesa y he tardado demasiado en cumplirla – reconocí. – Te prometí que iría por ti, que te ayudaría… y te dejé sola en el infierno – confesé. – Podía haber ido en tu busca, pero… Bueno – me corté. – Ahora estás aquí y…

Me reí de mi mismo con un gesto irónico. Muchas veces había preparado en mi interior aquel encuentro y ahora las palabras se me escapaban. Había demasiadas cosas que quería decirle y me costaba decidirme por unas o por otras. Pero algo tenía que hacer, algo tenía que decir.

– Kara – volví a hablar. – Tienes que perdonarme por no haber ido antes a por ti – me disculpé. – No puedo imaginar siquiera por lo que has pasado o lo que has tenido que hacer… pero mira: – añadí, mientras me sacaba el guante de la mano derecha – todos hemos cometido errores en la vida.

Le mostré claramente las cicatrices que atravesaban mi antebrazo desde la muñeca hasta prácticamente la articulación del codo. Ella se las quedó mirando fijamente unos segundos y luego, dándose cuenta de lo que podía parecer su expresión, apartó súbitamente la vista y cerró con fuerza los ojos.

– Rido-sensei, yo… – comenzó a decir con titubeos.

– Rido – volví a corregirla. – Pero no hace falta que digas nada – sonreí. – Por ahora, basta con que sepas que yo estoy aquí para ti, ¿vale?

– S… Sí – asintió con energía aunque sin perder aún su timidez.

Era un paso, aunque todavía había mucho camino que recorrer para que aquella chica confiara en mí y yo pudiera ayudarla. Tampoco quería atosigarla con un montón de cuestiones, que se agobiara y que el avance que hubiera podido tener en los pocos minutos que llevábamos conversando. No, no, debía hacer que la prudencia se impusiera a los impulsos de mi corazón.

– Veamos… – me levanté, echando a andar hacia el archivador. – Aquí están… Sí, aquí están – sonreí. – Son… tus notas del primer semestre – le expliqué.

Kara dio un pequeño respingo sobre la butaca y me miró con susto.

– Tranquila – reí divertido ante su reacción. – Nada de lo que preocuparse, mujer. Bueno, sí, Historia – me encogí de hombros como si no tuviera importancia. – Pero bueno, eso es algo que arreglaremos de aquí a fin de curso. Mira, Vriznak me dice que tienes un nivel altísimo – la miré. – Y Db está contentísimo con tus progresos. Y en las asignaturas de estudiar… – busqué. – Tampoco hay queja – concluí. – Notas más que decentes con Bone y Josuke… Bien, bien – la felicité. – Muy bien.

– Gra… gracias – respondió.

– Lo que me lleva a proponerte algo – continué, cerrando el expediente. – Hace algunos años había en la Academia un grupo especial de prácticas en el que estaban los mejores alumnos de cada promoción. Vamos a ponerlo en marcha de nuevo con los alumnos de primero – . – ¿Te interesa?

La expresión de su cara, que había mejorado a lo largo de nuestra conversación, era ahora el reflejo de la incomprensión y la duda que nacían en su interior. Desde luego, estaba claro que ella creía no merecer ninguna especie de trato amable por mi parte. Se sentía culpable por lo que fuera que se había visto obligada a hacer durante su estancia en el Rukongai.

– Sí, lo sé – admití. – Demasiadas cosas de golpe, pero… No hace falta que me contestes ahora, ¿vale? Por cierto, conoces a Uchiha Kyo, ¿verdad? – le pregunté.

– Sí.

– Bueno, como sabrás es mi hijo – expliqué. – Hijo adoptivo, pero hijo al fin y al cabo – aclaré. – Si ves que te es más cómodo hablar con él que conmigo, no dudes en hablar con él… o con Eylinn, ¿vale?

Sí, quizás fuera mejor así. Mi presencia aún parecía abrumarla más de lo debido y ellos dos podían velar por la pequeña de una forma mucho más cercana de la que yo era capaz. Además, seis ojos ven mejor que dos.

– De acuerdo, Rido-sensei – respondió con cierto alivio.

– Y llámame Rido – insistí una vez más. – En fin… Yo ya te he dicho todo lo que tenía que decirte – sonreí – pero si quieres algo más…

Educadamente negó con la cabeza y se despidió con una tímida y ceremoniosa reverencia antes de salir algo apurada del despacho. Yo la observé con media sonrisa en la cara mientras se alejaba y con un cierto desahogo por, al menos, haber hecho algún progreso en mi relación con la chica. En cuanto desapareció, volví al trabajo en mi escritorio.

Ya estaba a punto de recogerme a mi nueva vivienda en el interior de la Academia cuando Rina anunció la llegada de la Capitana Ela, de la Decimotercera División. Con un resoplido le dije que la hiciera pasar, aunque no me hacía mucha gracia la idea de una nueva discusión con ella acerca de Kara, que seguro que era a lo que venía. De forma automática, me levanté para servirme un vaso de whisky y le ofrecí a ella cualquier cosa de beber a modo de saludo.

– No, no bebo nada – rechazó la propuesta.

– De acuerdo, pero permitirá que yo sí, ¿verdad? – respondí, mientras la invitaba a sentarse. – ¿Qué le trae por aquí, Capitana? – pregunté, con fingida ingenuidad.

– Sabe bien a lo que vengo, Director – replicó. – ¿Ahora se dedica a sobrecompensar?

– Sobrecompensar… – repetí. – Ya – añadí con sequedad. – Sí, supongo que puede verse así… pero…

Sin concluir la frase dejé el vaso sobre la mesita que había entre las dos butacas y me levanté en busca de la vieja carpeta en la que se guardaba el archivo de la misión que me había llevado a Kyoto veinte años atrás. Se lo entregué en las manos y le hice una seña para que lo abriese y lo mirase.

– Créame que por “sobrecompensar” no es – seguí, haciendo hincapié en la palabra que ella había utilizado. – Sólo trato de cumplir la promesa que le hice a esa chica cuando la traje aquí…

– ¿Una promesa que la llevó a Yorokonde? – repuso.

La miré sobresaltado. ¿Era culpa mía que ella hubiera acabado allí? ¿Había decidido yo que fuera así? Era lo mismo que me había preguntado yo horas antes, al hablar con Kara. Pero una cosa era que en mi interior, consciente de lo que ahora podía hacer, me lamentara de que no hubiera podido ser capaz de “marcar” entonces a aquella niña asustada que me había encontrado en Kyoto. Tampoco yo estaba orgulloso de no haberla ido a buscar en su momento, ¿pero qué shinigami podía culparme de ello?

– Ambos sabemos que no se puede influir en la asignación de los destinos – dije al fin lenta y desafiantemente.

– Sí, claro… – respondió con escepticismo. – Ambos sabemos que usted sí puede y que no es la primera vez que lo hace – me acusó.

– Haremos una cosa – me detuve antes de realizar el ritual. – Esto me enseñó a hacerlo mi padre.

Deposité mi mano derecha sobre su cuello y emití una pequeña cantidad de reiatsu. El resultado fue que quedó marcado con un pequeño aunque visible tatuaje en forma de rayo, similar al mío. Ahora era “protegido de los Akano”, al menos durante el tiempo suficiente.

– Franco – llamé por el sistema de comunicaciones. – ¿Estás ahí? Aquí el Oficial Akano.

– Estoy aquí – contestó.

– ¿Eliaz llegó de su misión?

– Hace una hora.

– ¿Puedes ponerme con él? – le pedí.

– Enseguida.

– ¿Qué pasa? – preguntó Uxío sin entender.

– Tranquilo. Así te será más fácil encontrarme.

– Cabrón, estaba durmiendo – protestaba a los pocos minutos Eliaz al otro lado de la radio.

– Pues despierta, necesito que hagas algo por mí.

– Caprichoso.

– Me debes una – repuse.

– ¿De qué?

– Seguro que de algo – me burlé. – Escucha, necesito que vayas al Registro Central, a la oficina de asignación de distritos y arregles unos papeles por mí.

– ¿Para quién?

– Lo sabrás cuando lo veas.

– ¿Y no puedes hacerlo tú? – protestó. – Ahora que eres un Akano.

– Todavía tengo trabajo por aquí – expliqué. – Sabes que no llegaría a tiempo.

– Está bien – resopló. – ¿A dónde lo quieres mandar?

– Al Siete Oeste.

– Veré que puedo hacer.

– Gracias. Nos vemos por la noche – dije, apagando el comunicador. – ¿Preparado?

– Un momento.

– Ah, sí, Uxío… – recordé, con una sonrisa en la cara que tenía más de pose que de otra cosa. – También me valió una buena regañina por parte de Henkara, pero… No – rechacé la acusación. – Sólo puedo hacer eso desde que volví a ser Akano Rido – expliqué. – Y sólo lo he hecho una vez.

– Ah, ya…

– La cuestión es que ya le he dicho mil veces que sólo pretendo ayudar a Kara – recuperé el tema. – Sinceramente, creo que en lugar de pasar el tiempo discutiendo, deberíamos aunar esfuerzos.

Decidí entonces abstraerme de la actitud de Ela hacia mí y compartirle todas mis impresiones acerca de la joven alumna y, en base a sus no muy colaboradoras respuestas, fui confirmando algunas de ellas. Sí que era cierto que Kara había pasado una estancia muy dura en el Yorokonde y que había colaborado con un clan criminal de los que se habían visto envueltos en las revueltas del otoño anterior. Lamentablemente, el secreto que aún seguía pesando sobre el tema me impedía ver las cuestiones con mayor claridad.

Al final, conseguí despedir a la Capitana de la Decimotercera División medio convencido de que nuestras relaciones a este respecto iban a mejorar sustancialmente en lo sucesivo. Y también me había reafirmado en algunas otras de mis convicciones, como que debía saber qué había pasado en el norte meses atrás o que, quizás, ahora que las cosas habían vuelto a su cauce, iba llegando el momento de volver sobre aquello que me había dicho mi madre antes de partir ella misma hacia el Distrito 72 de la zona septentrional del Rukongai.

– Bueno – salí del despacho, ajustándome el haori naranja sobre los hombros. – Me voy, Rina…

– Buenas noches, Director Akano – se despidió ella. – Ah, por cierto – se paró. – El Profesor Db quería verle.

– ¿Db? – me extrañé. – Si hablamos esta mañana… ¿Dijo si era urgente?

– No dijo nada.

– ¡Ah, coño! – me di una palmada en la frente al acordarme. – Creo que ya sé.

Volví a mi despacho y recogí los expedientes que me había pedido Kyrek y que había dejado sobre la mesa.

– Vale… ¿Podrías…? Deja, deja – me corregí. – Me acerco yo a llevarle esto.

Dicho y hecho. Con un pequeño paseo por los tejados del Sereitei, como en los viejos tiempos, acabé a las puertas del Cuartel de mi antiguo Escuadrón. Tomé aire, como si estuviera a punto de realizar una hazaña excepcional, y me dirigí con paso firme y una sonrisa en los labios a la que había sido mi casa durante tanto y tanto tiempo.

– ¡Rido! – me saludó un tanto escandalosamente Raik, que hacía guardia. – Perdón, Director – se cuadró con respeto.

– Déjate de chorradas – le regañé. – ¿Y tú? ¿Cómo andamos? ¿Qué carajo pintas de guardia?

– Oh, nada… – agachó la cabeza con vergüenza. – Tuve un despiste con los pandas…

No pude contener una sonora carcajada. Cruzamos un par de frases más para ponernos al día y continué mi camino hacia el interior del edificio. Mecánicamente recorrí los laberínticos pasillos del edificio y me paré delante de la puerta del despacho del Capitán esperando a que me invitara a pasar.

– Ya no es Henkara – me advirtió desde detrás Irah con su voz cascada. – Ahora hay que llamar.

– Cierto, cierto – admití, medio sonrojado por el despiste. – ¿Hablamos luego? – le pregunté mientras llamaba.

– Saco el whisky entonces – sonrió él, a la vez que Kyrek me invitaba a pasar.

diciembre 31st, 2009

Akano 24 – Gnoseocracia V


Akano 24 – Gnoseocracia V

– ¿Y qué había en el libro? – preguntó Bone.

Habían transcurrido poco menos de dos días desde mi regreso al Sereitei. Había podido disfrutar de un fin de semana de descanso que se me hizo realmente corto y ya debía reincorporarme a las clases. El tiempo había mejorado, así que al menos eso contribuía a que la rutina diaria fuera menos deprimente de lo que resultaba en los últimos meses.

Fiel a la promesa que les había hecho tanto a Kazu como a Servais, procuraba no contar nada de lo que había averiguado durante mi viaje, pero la insistencia, nada imprevista por otra parte, de mi antiguo compañero de División me había hecho decidirme a revelarle detalles inofensivos y poco significativos de lo que había sido mi último periplo. Él se daba cuenta de que yo le ocultaba información y se mosqueaba y le daba vueltas al tema una y otra y otra vez. Pero no conseguía doblegarme.

Aquel tira y afloja, aunque por momentos se hacía cansino, era bastante entretenido y me servía para mantener la mente ocupada en lugar de estar pensando en las mil y una historias que se me venían a la cabeza. No llegaba ya con los problemas “políticos”, que ya eran bastantes, ni con la investigación acerca de Nadie… No. Ahora, además, estaba aquello.

– Maestro Servais – le dije en cuanto estuvimos solos de nuevo.

Había caído la noche. El anciano había evitado responder a cualquier tipo de pregunta en todo el día. Siempre ponía cualquier excusa por pasajera que fuera: era un tema que hablar en privado, ahora no era el momento, era mejor dejar reposar la cuestión… pero tampoco era que yo tuviera mucho tiempo para ese tipo de lujos. Por eso había decidido intervenir.

Me había pegado como una lapa a él y no le dejé escaparse de la responsabilidad. Ahora que Kazu se había retirado junto con el resto de la comunidad era mi oportunidad, porque quizás mañana fuera demasiado tarde. Así que, cuando me cercioré de haber captado su atención, desenfundé mi arma sin preguntarle nada.

– Mire esto – le indiqué, señalando la marca en forma de rayo de mi hoja.

Le entregué con cuidado mi espada y, mientras la examinaba con un cierto interés, pero en silencio y sin cara de darle ninguna importancia, me levanté la túnica enseñándole los tatuajes de mi espalda.

– Kazu le dijo que yo podía ser el… – seguí, viendo que él no parecía querer decir nada aún.

– ¿El portador del rayo? – completó él, con media sonrisa y con cierto desinterés. – Oh, no, no… Él no conoce la historia.

No dijo nada más, sino que seguía con la mirada expectante clavada en mi espada y luego en mi torso. Le estaba dando vueltas a la cabeza, eso era obvio, pero por ahora no tenía intención de compartir sus conclusiones, si es que había llegado alguna. Seguramente había captado lo que yo intentaba de expresar, pero, por si acaso, decidí dar un paso más.

– Si me permite… – volví a hablar, tomando a Balmung de nuevo en mis manos. – Resuena en los cielos, estremece la tierra. ¡Balmung!

El viejo dio un salto ante el pequeño estallido que se produjo al tiempo que mi Zampakutou adoptaba su forma liberada. Enseguida extendí el brazo derecho en señal de disculpa y tranquilizándolo.

– ¿Ve? – hablé, mientras hacía que el flamberge refulgiera al paso de una corriente eléctrica.

– Nada – le respondí al gafotas. – En el libro no había nada.

– Ya, seguro… – contestó incrédulo, mirando el volumen que descansaba sobre mi mesa. – Y si no pone nada, ¿para qué cojones lo has traído?

– Porque es un regalo – expliqué con naturalidad en un tono un poco burlón. – Los regalos no se devuelven. ¿Nunca te lo dijeron en tu ca…?

– ¡Me mentiste! – interrumpió una voz excesivamente crispada.

– Vaya hombre… – protestó el Oficial de la Novena División por lo bajo.

– Buenos días, Ari – saludé, con una sonrisa de oreja a oreja como si no pasara nada. – ¿En qué puedo ayudarte?

– ¡¿Que en qué puedes ayudarme?! – gritó ella. – ¡Te voy a decir en…!

– Yo no tuve nada que ver – la corté rápidamente. – Así que cálmate.

– ¡Cambié mis horarios! ¡Quedé mal con mi compañero! – seguía protestando. – ¡¿Sabes cuántas expli…?!

– Si quieres quejarte, al Cuartel de la Doce – la volví a parar, esta vez en un tono más seco. – Te dije que era él el que tenía la última palabra – le recordé. – Créeme, es mejor que no hubieras venido. El libro tiene más valor simbólico que por el contenido que tiene – recuperé mi conversación con Bone. – No le des importancia, porque no la tiene. Ahora, si me disculpáis… – añadí, cogiendo una carpeta de encima de la mesa – tengo clase.

La verdad es que mi cita con los alumnos de primer curso no empezaba hasta diez minutos más tarde, pero así me ahorraba el seguir allí. Era mejor cortar por lo sano y tampoco es que tuviera ganas de pelearme con nadie. Años de experiencia lidiando con Nalya me habían dado muchos recursos a la hora de tratar con personas con tanto carácter como ella, como era el caso de Ari. Sabía que no llevaba a ninguna parte discutir con ellas, así que había aprendido a saber cuándo era mejor aguantar el chaparrón y capear el temporal y cuándo imponerme y plantar cara.

– ¡Rido, espera!

– Lo que tengas que decirme, dímelo mientras caminamos – contesté sin girarme.

– ¿Así que es cosa de Kazu? – preguntó, dando una pequeña carrera para ponerse a mi altura.

– Sí, mira… – suspiré, apreciando mucha más calma en su voz. – Allí no ibais a sentiros cómodas… ni tú ni Gaby. Eso sin contar – añadí – que cuantos menos fuésemos, mejor. Lo siento pero no puedo decirte mucho más – alegué. – Si quieres más explicaciones…

– Mi hermano – concluyó.

– Exacto… – asentí. – Pero… si aceptas mi consejo, mejor déjalo estar.

Se paró y me miró, como si evaluándome a mí evaluase lo que acababa de decirle. Luego, con la mirada perdida en el horizonte, se rascó la cabeza con la cola en un gesto de poco convencimiento antes de esbozar una ligera sonrisa y encogerse de hombros. No pude evitar reírme ante lo cómico del gesto aunque, afortunadamente, logré contener una carcajada que, a lo mejor, ella habría podido entender como algo ofensivo.

– Venga, no te quedes ahí – la apuré.

– ¿Sabes qué? – dijo, retomando la marcha. – Te voy a hacer caso, aunque sea por una vez.

Sin mayor aclaración y sin despedirse, desapareció con una veloz maniobra de shumpa y me dejó sólo en el pasillo. Aún no habían finalizado las clases anteriores, así que los alumnos estaban todos en su aula y los profesores que no estaban impartiendo sus materias estarían, seguramente, en sus despachos.

– Vaya, vaya, vaya…

No hizo falta girarme para reconocer al propietario de aquella voz, pero aún así, con mucha desgana, me volví hacia él. Por un pasillo perpendicular al que yo recorría, con una imagen inusualmente desaliñada, se aproximaba el Capitán de la Quinta División, Nakatoni Josuke. Llevaba el uniforme radiante, perfecto, como siempre, pero iba despeinado, estaba ojeroso y lucía una muy poco habitual barba de varios días cubriéndole el rostro.

– Creo que eso debería decirlo yo, Josuke – repliqué, tratando de dar un tono autoritario a mi voz que pusiera a mi interlocutor en su lugar. – No te han visto el pelo en cuanto… ¿Tres semanas? ¿Un mes?

– Tengo mis obligaciones – se defendió.

– Si yo no digo que no –sonreí, viendo que podía tomar la ofensiva. –Dar clase, dirigir un Departamento… Ya sabes – incliné la cabeza, como si estuviera pensando. – Esas también son tus obligaciones…

– También tengo que liderar una División del Gotei 13 – murmuró con una cierta indignación que él disfrazaba de ingenua amabilidad.

– Sí, es cierto, es cierto – me llevé una mano a la boca, como si acabara de recordar ese dato entonces. – No sé cómo pudo habérseme pasado… Ah, ya… Ya recuerdo – meneé la cabeza. – No recibí noticia alguna de que uno de mis profesores iba a desaparecer durante un mes.

Lo miré fijamente sin añadir nada más y, para no darle oportunidad de prolongar aquella disputa, me marché después de desearle buenos días en un tono más que ambiguo. Había reconocido a Josuke detrás de algunas de las acusaciones de la Cámara y eso era algo que no tenía pensado perdonarle de momento. Sabía que él pretendía manejarme a su antojo, pero las cosas eran distintas ahora.

– Ah, se me olvidaba – me giré, despreocupadamente. – Fuiste tú quien me puso aquí, pero no soy tu pelele… Y aféitate – añadí. – Esa imagen no es adecuada para alguien de tu categoría.

Llegué a la puerta del aula de primer curso antes de que el timbre avisara del final de la clase. Era la primera vez en todo el curso que tenía tanto margen antes de empezar, porque siempre salía pitando del despacho para clase. Por un día podría charlar con calma con los alumnos y no ir tan justo de tiempo. Eché un vistazo por la ventana y vi a Db explicando.

– Teoría del Kidou – susuré para mí. – Qué coñazo…

– No sé, maese Akano – se encogió misteriosamente de hombros el viejo después de permanecer un rato en silencio.

– ¿No sabe?

– Es cierto que me habéis enseñado es bastante revelador – aceptó. – Pero no creo que sea prudente hacer este tipo de juicios a la ligera…

¡¿Cómo no iba a pensar en mí?! ¡Decía “Portador del Rayo”, por amor de Dios! Sí, es cierto que no era yo el único shinigami cuya liberación tenía que ver con la electricidad. Sin ir más lejos, estaba Aiolos, que había sido mi compañero de clase en la Academia y que había hecho el examen final conmigo. Pero una y otra vez la mente volvía a reconducirme a aquella hipótesis.

– La verdad – sonreí, pensando en alto. – Menuda mierda de profecía si dice las cosas así a las claras…

Mientras le daba vueltas y más vueltas al asunto, sonó el timbre que señalaba el término de las clases. En cuanto los primeros alumnos abrieron la puerta para salir a tomar el aire en los minutos que tenían de descanso, entré al aula, dejé mis cosas sobre la mesa y volví a salir acompañando a Db.

– ¿Cuándo llegaste? – me preguntó.

– El sábado por la noche – contesté.

– Con razón no te había visto – respondió. – Estuve todo el fin de semana ocupado con historias… ¿Y cómo fue? ¿Sabes que la loba estaba bastante cabreada porque al final no pudo ir con vosotros?

– Ari también – resoplé. – Pero bueno, no es cosa mía. Bien… – sonreí, recuperando el tema de los frutos de mi viaje. – No es que sacara mucho en limpio, pero el paseo vino bien.

– ¿No descubriste nada?

– Todo lo contrario – corregí. – Descubrí cosas, pero tengo que ordenarlo todo y madurar esto aún…

– Entiendo…

– No preguntes – me adelanté, previendo sus intenciones. – Le prometí a la gente de allá que no iba a decir nada… Al menos no por ahora.

– Vale, vale – aceptó. – Por cierto, antes de que se me olvide – cambió de tema. – Gaby se ha empeñado en que celebremos… ¿su marcha, puede ser? – anunció, dubitativo. – Algo así, no sé, pero tampoco es que se explicara muy bien. Este viernes, por la noche – me citó. – Tenemos permiso para abrir una puerta.

– ¿A dónde vamos?

– No sé – se encogió de hombros. – Sé que lo habló con Krunchi, pero a mí no me dijo más…

– Esas dos tramando algo – reí. – Peligro, peligro.

– En fin, el viernes, acuérdate –repitió, compartiendo mi risa. – Te dejo, que Kyrek quiere que le ayude con no sé qué historias…

– Sé bueno, Pollo – me despedí.

Bufó algo en referencia a su mote y se marchó. Mientras lo seguía con la mirada, tentado a meterme un poco más con él, pero decidido a no hacerlo delante de los alumnos, me tropecé con la pequeña figura de Kagemusha Kara. El problema fue que ella me descubrió casi al instante mirándola y se escondió inmediatamente. En seguida me vinieron a la cabeza las acusaciones de la Cámara de los 46 acerca de mi trato para con determinados alumnos. Realmente debía hacer algo al respecto.

– Mierda… – me dije mientras entraba en clase.

Los alumnos se hicieron los remolones a la hora de entrar una vez sonó el timbre, pero bastó un gesto impaciente por mi parte para que la mayor parte de ellos entraron en el aula. Cerré la puerta detrás de ellos y los que querían quedarse rezagados captaron inmediatamente la indirecta. Alguno aún se quedó fuera, pero ya “sufriría” las consecuencias.

– Bien… Buenos días – saludé. – A ver… Kurokotetsu. Te toca a ti exponer tu trabajo, ¿verdad?

– S… Sí, señor Director.

El muchacho llevaba una larga coleta castaña que le llegaba hasta mitad de la espalda y caminaba con timidez hacia el frontal de la clase. Como hacía habitualmente, yo recorrí el trayecto inverso y me senté en el puesto que él ocupaba en clase. Curiosamente, era justo delante de Kara, lo que no dejaba de resultar violento.

– Hola – le sonreí.

Ella apartó vergonzosa la mirada y, en su lugar, fueron los ojos de su compañero, Kage, el de la cinta roja que se había enfrentado a mí el primer día de clase, los que se clavaron en mí con una expresión no muy amigable. Aún así, yo seguía con mi mirada fija en la chica, que había decido bajar la cabeza.

– Me gustaría hablar contigo – le dije en bajo. – Ven a mi despacho esta tarde.

El chaval de la cinta roja gruñó algo por lo bajo a su compañero, Kaiden, el de la melena morena que había salido intentando justificar la actitud de sus dos amigos. Este le respondió que se calmara y que no dijera burradas. Mientras tanto, Kagemusha se había puesto roja como un tomate y apenas parecía respirar. Quizás había sido una intervención muy de golpe.

– Tranquila – sonreí de nuevo. – No va a pasar nada. Lo prometo. Bien – me di la vuelta y me senté. – Cuando quieras, Kurokotetsu.

De todas formas, aunque hubiera resultado algo brusco, era algo que tenía que hacerse. No es que me gustara darle la razón a la Cámara en este asunto pero tampoco podía prolongar aquella situación mucho más tiempo. Era momento de mover ficha, aunque presentía que no a todo el mundo le iba a sentar bien. Presentía que, a no mucho tardar, tendría a la Capitana Ela, de quien Kara era su protegida, en mi despacho cuestionando mi actitud hacia ella… una vez más.

– En fin… – suspiré y me dispuse a atender a la exposición del alumno al que le correspondía.

Tras una explicación no muy lucida de un trabajo realmente bien hecho acerca del nacimiento del Anillo Exterior, le llegó el turno a otro de los estudiantes, Shitotsu Akio, quien había sido víctima del ataque del clan Mishima durante las vacaciones invernales, que hablaba sobre la Primera Guerra de las Almas.

El timbre no le dejó terminar y quedamos en que concluiría su exposición la semana siguiente. Poco a poco, era la última clase de la mañana, los alumnos fueron vaciando el aula con destino al comedor. Entre el jaleo, no pude evitar volver a ver al grupo de los amigos de Kara. Kage Otaka aún me miraba desafiante, pero los demás se esforzaban más bien en tranquilizar a la muchacha.

– Tiene visita, Director – me informó Rina al llegar al recibidor de Dirección.

– Qué raro… – resoplé, mientras pasaba junto a ella. – Últimamente no gano para… ¿mamá?

Enfundada en su traje de shinigami, con el pelo recogido en trenzas, igual que cuando habíamos salido en busca de Nalya, mi madre me esperaba sentada en una de las butacas en las que solía recibir a mis invitados.

– No me habías dicho que tenía secretaria – dijo a modo de saludo.

– Sí, es… – respondí un tanto desconcertado. – Es Rina.

– Muy mona, por cierto – comentó.

– ¡Mamá! – protesté, mientras por dentro sentía un gran alivio al ver que había cerrado la puerta tras de mí. – ¿Qué te trae por aquí?

– Viendo que no vienes por casa últimamente…

– Sí, yo…

Era cierto. A pesar de que ya me había reconciliado con el hecho de que me hubieran ocultado lo de mi hermana, mi relación con mis padres había quedado muy tocada y aún no había recuperado la normalidad. Era una de mis muchas tareas pendientes, que se acumulaban aún más allá de lo estrictamente profesional.

– No pasa nada – sonrió ella.

– ¿Qué tal está papá? – le pregunté mientras le daba un beso en la mejilla.

– Bien – respondió. – La verdad es que le dejaste muy tocado con lo… lo de tu hermana – explicó, como si le costara sacar las palabras. – Pero bien… Ahora está haciendo un poco de… “memoria histórica” – añadió entre divertida y nostálgica.

– ¿Memoria histórica?

– Sí – sonrió. – En la cripta había cosas que habíamos guardado de tu hermana y de tu abuela – aclaró. – Ahora se le ha dado por sacarlas para casa – meneó la cabeza. – Ha decidido que es el momento de superarlo…

– Vaya…

– Ah, no lo sientas – me espetó, viendo mi reacción. – Tiene razón, ya va siendo hora. Si la verdad fue un error ocultártelo, pero…

– No pasa nada, mamá – la detuve. – En serio.

– Así que entre eso y las partidas de ajedrez con Kaiser tu padre tiene el día bastante ocupado – continuó.

– ¿Y tú?

– Yo bien – se encogió de hombros. – Un poco aburrida, pero bien. Además, tú madrina está fuera y… eso.

– Ya…

– El otro día vino tu amigo Db por casa – comentó. – Bueno, la verdad es que venía a visitar a Gaby – especificó. – ¿No te da la impresión de que esos dos tienen algo?

– Realmente te aburres, ¿verdad? – la interrumpí, para que no continuara con el cotilleo.

– La verdad es que me dejó un tanto preocupada – reconoció. – Dijo que estabas teniendo muchas presiones y unos cuantos problemas por aquí… ¿Es cierto?

– Sí… La Cámara – musité con cierto desdén. – Me han prohibido seguir con la investigación de Nadie, aunque puedo seguir con lo de las profecías… Bueno, – corregí – ni siquiera eso. Lo que hago es entablar con relaciones con distintos grupos que pueden ayudar a fortalecer el dominio del Sereitei sobre el Rukongai – recité – y a prevenir cualquier tipo de ataque desde el Anillo Exterior.

– Bonita excusa…

– Sí, bueno – me encogí de hombros. – A mí nadie me cuenta qué pasó, pero desde lo del Yorokonde los de arriba han estado demasiado sensibles…

– Ah, eso…

La mirada de mi madre se turbó durante una décima de segundo, lo suficiente para que me pudiera dar cuenta de que lo que hubiera ocurrido allá arriba realmente la había afectado. Mantuve prudentemente un breve silencio por si quería decir algo, pero no fue así, por lo que continué con mis quejas.

Aunque no quería atosigar a mi madre con estas cuestiones, en cierto modo ahora me era casi imposible parar. Se habían abierto las compuertas y ahora dejaba salir todo lo que me había estado corroyendo por dentro y que sólo había compartido con Balmung. Era bueno hablar con alguien “de verdad” de toda esta historia y desahogarme.

– No sólo eso – continué. – Me acusan de amiguismo… Vale, que sí… Que Mitsuko, Db, Bone… son también profesores – acepté. – Pero ya eran profesores antes de que yo fuera Director, ¿no? – le pregunté. – Sí, joder, es cierto, que por ejemplo con lo del gafas fui yo el que lo sugirió como profesor… pero, coño… – admití. – Y, joder… Nadie puede negarme que Kaiser es un gran profesor… Es el único ex-profesor que no está vinculado a ninguna División – alegué. – Y…

– No te alteres – terció ella. – Ya sabes cómo son.

– Es que me cago en la puta – bufé. – Lo que pasa es que pretenden que sea su puta marioneta y no es así – me quejé. – Ese no soy yo. Yo no quería ser Director – protesté. – No quería. Tú lo sabes – insistí. – Fueron ellos los que se pusieron pesados con el tema y no me dejaron ninguna alternativa. Y pensaron en mí porque “les gustó mi discurso” – recalqué. – ¡Era un puto discurso reformista! Pero no… Ellos quieren que todo siga como antes. Quieren hacer y deshacer a su puto antojo – cargué. – ¡Joder! ¿Es que aún no me conocen? No podían decir que a mí no me conocen – . – Y mucho menos el cabrón de Josuke. Si lo que quería era alguien que le bailara el agua – añadí – pues que hablara con Xelloss o con Db, que de tan buenos que son a veces hasta parecen tontos… Con todo el cariño del mundo – apunté al darme cuenta de lo que había dicho de dos de mis mejores amigos. – Es que, coño, no es así…

– Bueno, lo que…

– ¡Y aún encima me vienen con gilipolleces como que discrimino a los alumnos! – continué. – ¡Y una mierda! Todos los profesores – aclaré. – ¡Todos! Todos están todo el día diciéndome que si Kyo es no sé qué, si Kyo es no sé cuánto, que si las asignaturas se le quedan cortas, que si hay que adaptarle el plan de estudios… – enumeré. – ¡Y ni siquiera con él tengo un trato distinto! ¡Ni con mi propio hijo! De hecho trato de implicarme lo menos posible con ningún alumno para que nadie pueda decir que si los favorezco o no los favorezco – añadí. – Pero claro, los Capitanes… ellos sí que tienen sus protegidos – protesté. – Y… mierda.

Me di cuenta entonces de que me había levantado y le había estado gritando a mi madre como si ella fuera la culpable de todos mis males. En el fondo no tenía que soportar eso. Me di la vuelta, me acerqué al mueble bar, serví un poco de whisky en un vaso y me lo bebí de golpe. Luego volví a llenar el vaso y me dejé caer de vuelta en la butaca.

– Vaya… Nunca te había visto ponerte así – comentó mi madre con tono calmado.

– Yo… Lo siento.

– No, no te preocupes.

– La cuestión es… ¿Te acuerdas de aquella chica? – le pregunté en un tono mucho más calmado. – ¿La de mi primera misión en solitario?

– Sí.

– Vivía en el Yorokonde – expliqué, tomando aire para irme relajando poco a poco. – Los de la Trece la recogieron y la trajeron al Sereitei, así que ahora está en la Academia. Y le tengo que dar clase… pero le doy miedo – seguí. – Y como comprenderás no es muy cómodo que digamos estar en esta situación. Sobre todo si cada vez que intento hacer algo para remediarlo me tengo que enfrentar a unos macarras… y luego a Ela.

– Pero no puedes dejarlo así, tampoco…

– Lo sé, lo sé – asentí. – La he citado esta tarde aquí para tratar de hablar con ella… con Kara, me refiero, no con Ela – especifiqué, por si acaso. – La cuestión es que venga, que la otra vez que lo intenté no apareció.

– Pues a ver si puedes arreglar todo este embrollo – deseó. – Y con lo demás, paciencia. Eres un Akano – me recordó – lleváis en la sangre lo de estar un poco al margen de la oficialidad – ironizó. – Tú sigue tratando de hacer las cosas lo mejor que puedas y ya verás cómo todo se va aclarando poco a poco. Por cierto, que sepas que Gaby estaba un poco molesta porque no la llevaste contigo en tu último viaje… – me recriminó medio en broma, cambiando el tema.

– Y Ari – confesé, en un suspiro que pretendía dejar escapar toda la tensión acumulada y al mismo tiempo sonaba agradecido por la nueva dirección de la conversación. – Pero ya les dije que no era cosa mía sino de Kazu… Además… es Gaby – dije. – Ya sabes cómo es. Se le pasa pronto.

– ¿Y qué tal te fue?

– Bueno – resoplé. – No te creas que…

– Rido…

– ¿Qué?

– Sabes que puedo…

– Ah, ya, sí, es cierto – reconocí, al recordar que mi madre era psíquica, como Henkara.

– Pero es verdad – insistí, mientras me acercaba a la mesa y cogía el libro entre mis manos. – No es que haya sacado muchas cosas en claro.

– Buenas noches, maestro – saludé.

– ¿Quién va? – reaccionó el viejo Servais, levantando la mirada del libro que examinaba. – Oh, sois vos, maese Akano – se alegró. – Pasad, por favor, pasad.

– Mañana al amanecer partimos hacia el Sereitei – anuncié. – Venía a despedirme y a darle las gracias por todo…

– No hace falta, amigo mío – respondió. – Somos nosotros los que debemos daros las gracias por todo.

– De todas formas, maestro…

– ¿Sí?

– Me gustaría profundizar en todo este asunto.

– ¿Seguís pensando que se trata de vos? ¿El Portador del Rayo?

– Sí… Pero no es por eso – me corregí. – No.

– Sabéis que bien puede ser una metáfora de cualquier otra cosa…

– Ya, ya – reconocí. – La cuestión es que… Bueno, ya le he explicado mis teorías acerca de este tipo de profecías.

– Ah, sí – recordó.

– No quiero ser una molestia, pero… En ningún otro caso he tenido oportunidad de acceder a documentos escritos que hablen de estos asuntos – alegué, aunque no era del todo cierto: podía acceder a las escrituras que conservaba el viejo Heimdolf, pero no las entendía por el momento. – Sería un gran honor que me dejara acceder a estos escritos.

El rostro del anciano cambió de lo agradable a lo pensativo y volvió a su estado original al cabo de un pequeño silencio en el que su vista recorrió varias veces su escritorio. Al fin, se dejó caer sobre la silla y se recostó en el respaldo.

– ¿Tenéis el libro que os regalé?

– En mi habitación – asentí.

– Traedlo.

Tardé unos pocos minutos en regresar con el pequeño volumen. Iba a entregárselo, pero, en lugar de eso, Servais me ordenó abrirlo. Estaba en blanco. Ni una sola de sus páginas estaba escrita. En mi desconcierto, paseaba mis ojos del tomo al erudito y de este nuevamente al libro mientras balbuceaba preguntas inconexas. El viejo monje se estaba divirtiendo. Se le notaba en la cara. Extendió una mano y yo le entregué el libro.

– ¿Recordáis aquella esperanza que albergaba el joven Kazu?

– Sí – corroboré. – La de que yo fuera… algo – me encogí de hombros. – No me llegaron a decir el qué… y sé que no es lo del “Portador del Rayo”.

– No, eso no – meneó la cabeza, rechazando de nuevo la idea, como la tarde anterior. – No, no… Él no conoce aún la historia. No es eso, no…

– ¿Entonces qué?

– Mientras vivió aquí – comenzó a explicar – compartí con el joven Kazu algunas de mis esperanzas. En más de una ocasión le dije que lo que podría salvar nuestra Asamblea era que llegara alguien del exterior que… compartiera con el resto del mundo lo que hay aquí – confesó. – Alguien que fuera… el “heraldo” de nuestros conocimientos.

– He de decir que sería un honor para mí que…

– Y para mí sería un honor que alguien como vos recibiera esa noble tarea – me cortó. – Pero habéis llegado demasiado pronto – lamentó. – La Asamblea aún no está preparada para abrirse al exterior… y temo que nunca lo esté – declaró con mucho pesar tiñendo su voz. – ¿Quién sabe? – murmuró, con la mirada perdida y un ribete de esperanza abriéndose paso entre sus palabras. – Quizás el nuevo Gran Maestro pueda… pero… No – negó. – Seguramente es soñar despierto… ¿Podríais hacernos un favor?

– ¿Un favor?

– Mañana, durante la invocación matutina – propuso – me gustaría que os dirigieseis a los hermanos y les hablarais de lo que… No – se cortó. – No, olvidadlo…

– Podría hac…

– Olvidadlo, olvidadlo… – insistió. – Quiero haceros un regalo – anunció.

– ¿Un regalo?

Tomó el libro entre sus dos manos y lo elevó a la altura de su pecho, con una mano posada sobre la portada del volumen y otra en la contraportada, como si las extremidades del anciano fueran realmente las tapas del libro.

– El origen del conocimiento es la ignorancia – explicó. – Por eso este libro está en blanco. En el vacío de la ignorancia. La letra, la palabra, el lenguaje, es el vehículo del saber… aunque a veces sobran las palabras.

A medida que iba hablando y filosofando acerca de la relación entre el lenguaje y la sabiduría, dándole vueltas a la misma idea una y otra vez, el libro se había ido iluminando entre sus manos, primero muy tenuemente y con una fuerte luz violácea más tarde. Una vez cesaron sus palabras, también se apagó el brillo y, entregándome el libro, vi que ahora estaba completamente escrito.

– Recordad vuestra promesa y no desesperéis. Llegará el momento en que podáis entregar la luz que habéis recibido – profetizó. – Buen viaje, maese Rido.

– “Al fin de los días, el Señor de la Necedad se alzará sobre el mundo y las tinieblas de la ignorancia cubrirán el verdadero Camino. Pero he aquí que surgirá una luz entre las sombras, que nacerá el Portador del Rayo y convertirá la tiniebla en claridad, la necedad en sabiduría, la noche en día. He aquí que no vendrá de la luz, sino que atravesará el velo de la ignorancia, prendiéndolo con el fuego del Saber encendido en la antorcha de la Razón” – leyó mi madre. – Rido… – me miró, cerrando las tapas del libro. – ¿Esto está hablando de ti?

diciembre 25th, 2009

Akano 23 – Gnoseocracia IV


Akano 23 – Gnoseocracia IV (La cueva)

– Seguidme por aquí, por favor – dijo Servais, posando su taza de té en la mesa e incorporándose.

Aparentemente, la conversación, la revelación que había confesado, haciendo partícipes de mis descubrimientos a personas ajenas a mi círculo más íntimo por primera vez en mucho tiempo, le había devuelto la vitalidad al cuerpo ajado y cansado del anciano monje. Ahora caminaba sin dificultad, como si se viera libre de unas ataduras o un peso insoportable. Pero lo más llamativo era el brillo que traslucían sus ojos, en el que se podía adivinar una renovada sed de conocimiento.

– ¿A dónde vamos?

No contestó. Salimos de la cabaña y atravesamos el poblado hacia una senda que se internaba en el corazón del bosque que tupía la zona norte del antiguo coloso magmático. El camino era estrecho, cada vez más, y la maleza que lo invadía indicaba que no era un itinerario especialmente frecuentado.

Miré fugazmente a Kazu, que se encogió de hombros al tropezarse con mis ojos. Él no entendía lo que estaba pasando ni sabía a dónde íbamos. Seguramente a algo como aquello se había referido su maestro cuando le había dicho que ciertas enseñanzas todavía permanecían veladas para él. Quizá el lugar a donde nos dirigíamos era el lugar donde esos conocimientos se custodiaban.

– ¿Hermano Servais? – saludó una voz extrañada que correspondía a uno de los hombres que había visto la tarde anterior durante el funeral del Gran Maestro. – ¿Qué es esto?

Habíamos llegado a una pared de piedra negra, inmensa e imponente, que ascendía abruptamente desde las lindes del bosque y marcaba su límite. No veía por dónde podría continuar el camino, pero la presencia allí de un vigía era lo suficientemente significativa como para tener que sospechar que la vía no moría allí.

– Lo que ves es lo que es, Rowan – contestó en tono paternal el monje más anciano.

– Pero ellos son… No pueden… – comenzó a protestar.

– Este hombre – me señaló el maestro de Kazu – ha traído importantes enseñanzas. Debemos corresponderle.

El otro monje, que parecía guardar el acceso algún lugar reservado, se llevó a Servais a un lado agarrándole por el brazo. Se alejaron lo suficiente para poder hablar sin que les escucháramos y se enzarzaron en una especie de civilizada discusión cuya intensidad sólo traslucía en los gestos de sus manos, que se agitaban vehementemente. El anciano pretendía quebrantar alguna norma sagrada en un periodo de transición. No es que el conflicto no estuviera justificado.

– El maestro rige la Asamblea – explicó Kazu para hablar de algo al ver que la discusión se prolongaba. – Es el mayor y…

– De todas formas – suspiré. – Hay cosas que no se pueden cambiar así por así… En fin…

Mi frase la cortó un gesto del erudito invitándonos a adentrarnos en una apenas visible grieta que se abría en la gran pared de roca que se alzaba frente a nosotros. Rowan meneaba la cabeza desaprobando mientras pasábamos a su lado, peor se contenía a la hora de expresar verbalmente su desacuerdo con lo que Servais le obligaba a dejar que ocurriera.

Como la tarde anterior, comenzamos a caminar por unos serpenteantes corredores que se adentraban en el seno del volcán. Este era, sin embargo, más estrecho que el que conducía a la cámara funeraria y menos complejo en su discurrir. Pronto desembocaba en dos grandes puertas de piedra totalmente lisa y pulida que nos cerraban el paso.

– Hemos llegado – anunció el anciano, acercándose a la artificiosa pared.

Aquella era la primera vez que hablaba con nosotros desde que había solicitado de alguna forma mi permiso para contarme una “leyenda” y salimos de la cabaña, pero tampoco se explayó mucho, como reservando las palabras para lo que tuviera que contarnos. Así, en críptico silencio, posó su escuálida mano sobre la fría losa y, como si fuera una simple hoja, la empujó sin esfuerzo alguno, despejando así el camino. Una vez cruzó la entrada de la nueva sala, se paró y nos invitó a pasar. Atravesamos el umbral y, con un ruido sordo, sin que nadie las accionara, las puertas regresaron de nuevo a su posición.

– Bienvenidos a la Cueva – proclamó en alta voz.

La tiniebla en la que nos habíamos sumido con el cierre de las puertas murió dando paso a la luz cuando el monje posó nuevamente su mano sobre un saliente en la roca de la pared. Mágicamente, numerosos puntos de luz iluminaron una enorme caverna, dos o tres veces mayor que el lugar en el que habíamos enterrado al Gran Maestro menos de un día antes. Había allí una muy rudimentaria pero magnífica biblioteca labrada en madera que se iba acomodando de forma exquisitamente natural a las concavidades de la gruta, tapizando sus paredes con libros y rollos de pergamino mucho más antiguos que los que contenía su hermana de la superficie.

Dejé escapar casi sin querer una asombrada exclamación ante lo que se cernía a mi alrededor mientras recorría con la mirada las estanterías de madera oscura extrañamente conservadas en un óptimo estado a pesar de lo poco adecuado del ambiente que allí sedaba cita y que cobijaban una espléndida colección de volúmenes de pergamino de apariencia frágil e intocable.

Pero el anciano monje no se detuvo allí ni siquiera el tiempo suficiente como para tomar uno de los libros de su lugar y hojearlo, sino que continuó, a los pocos segundos de hablar, por un corredor que nacía al otro lado de la sala. Miré interrogante a Kazu, que se encogió de hombros y echó andar. Sonreí y meneé lentamente la cabeza: él estaba tan perdido como yo.

El pasillo por el que nos introdujimos entonces discurría por una larga y pronunciada pendiente que semejaba descender hasta el mismo centro de la tierra. Tal era el desnivel que los monjes habían modelado el suelo como una escalera que facilitarse el desplazamiento hasta una nueva gruta, más pequeña, situada uno o dos decenas de metros por debajo de la anterior. Y aquella rudimentaria escalera era, junto con las sepulturas de la tarde anterior, la primera intervención humana en lo que eran los canales y grutas excavados por el magma que había visto.

Ya no había magnificencia en la habitación en la que confluimos, sino que lo que había era ruina, ceniza. El sobrio esplendor de la gran biblioteca que acabábamos de abandonar era ahora desolación provocada por algún tipo de catástrofe. De hecho, los restos cenicientos de algunas estanterías y las varillas carbonizadas que en otro tiempo habían servido de soporte para rollos de pergamino eran el único signo de que aquella sala había tenido en algún momento la misma función que su predecesora.

Pero aquí todo era distinto. Más que admiración, lo que producía aquella visión era un sentimiento de pesar; más que alabanza, pésame. Y a ello se sumaba que la presión, que había ido aumentando a medida que, cuales protagonistas de alguna novela de aventuras, nos íbamos adentrando en las entrañas del coloso de fuego, provocaba una asfixiante y agobiante sensación que en nada ayudaba.

– Hace mucho tiempo, – habló al fin Servais, con aire nostálgico y tristón –no sabría decir cuánto, la tierra tembló y el volcán entró en erupción – explicó. –Los hermanos consiguieron contener el magma en estos conductos, pero…

– No se consiguió salvar mucho – completé.

– Exacto – confirmó. – Conseguimos salvar algunos fragmentos, que están conservados en otras estancias, pero… todo lo demás se perdió en el fuego – lamentó. –No… no podemos saber todo lo que había aquí – confesó. – Los hermanos dejaron alguna reseña, pero todo eran informaciones muy vagas…

– No querrían recordar algo tan traumático – opiné.

– Podría ser – valoró. – Podría ser también que ellos mismos desconocieran el contenido de los escritos… Pero, en cualquier caso, es una lástima – añadió, con tono sombrío, dándonos la espalda y contemplando el desastre. – Tanto saber…

– Hace un rato me dijo que iba a contarme algo – le recordé, con el propósito de apremiarlo. – ¿Era esto?

– Paciencia, amigo mío, paciencia – respondió, volviéndose otra vez hacia mí. – Creí necesario que vierais primero esto…

– ¿Entonces no queda nada? –preguntó Kazu.

– Retazos sueltos, fragmentos inconexos… Y las cartas, algunos trozos de cartas, mejor dicho – contestó. – Fue lo que más pudo salvarse… Nada más… y no hay ningún tipo de recensión… nada.

– Es extraño… – comenté en voz alta.

– ¿El qué? – se sorprendió el shinigami.

– Las cartas del Gran Maestro – aclaré. – Pasando por alto que me extraña que se hayan salvado antes que otros volúmenes que podrían tener más valor así a priori… lo que realmente me escama es que no contentan nada de la doctrina. Aunque… Bueno, – apunté – si todo lo que se conserva es tan amplio como lo que me hizo leer antes… Pero… No sé – me encogí de hombros. – Me parece raro que no se haya conservado nada más… “sólido”.

Una sonrisa cómplice se dibujó en el rostro de Servais, pero no dijo nada, sino que ceremoniosamente levantó el índice de su mano de recha e hizo un levísimo gesto de asentimiento. Prácticamente sólo se movieron sus cejas y sus ojos.

– Veo que vos también pensáis como yo…

– ¿Es ahora cuando nos explicará esa leyenda, maestro? – intervino el oficial de la Duodécima División, con cierta impaciencia.

El anciano volvió a dejar que la quietud se adueñara del ambiente antes de contestar, pero esta vez había poco de teatral. Se notaba que valoraba lo que pasaba por su cabeza y buscaba las palabras exactas para hacernos conocedores exactamente de lo que él quería, sin quedarse corto, pero también evitando proporcionarnos más información de la debida.

– “Al final de los días, el Señor de la Necedad se alzará sobre el mundo” – recitó. – Siempre supusimos que se referiría a que cuando la Asamblea pereciera, se perdería todo el conocimiento que atesoramos – observó, hablando con calmosa lentitud. – Por eso los hermanos comenzaron a poner por escrito nuestros conocimientos y archivándolos aquí – explicó. –Ya sabéis: “verba volant, scripta manent” – apuntó, transformando su sonrisa en un gesto medio irónico. – Cualquiera lo diría viendo esto…

» Empero, – alzó la voz, reclamando de nuevo su atención hacia la realidad – hubo algún problema. Era predecible, si me permitís hablar así – comentó. – Cierto número de hermanos comenzaron a obsesionarse con aquella profecía y abandonaron el verdadero camino… Hubo luchas y contiendas, discusiones enconadas y, al final, el cisma – lamentó.

– La comunidad oriental – me permití adivinar.

– Seguís mi razonamiento, maese Akano – asintió con un gesto de aprobación. –Muchos hermanos emigraron a Oriente y allí se entregaron al estudio de la profecía, – continuó – pero…

Se detuvo un momento con gesto meditativo y se acercó a un lateral de la sala con cautela. Con un ademán lento y delicado, podría decirse que dubitativo aunque no carente de resolución, posó su mano sobre la piedra y un trozo de la pared se desvaneció ante nuestros ojos. Kazu y yo nos miramos sorprendidos e inquietos. ¿Qué clase de magia era esa? ¿Cuántas salas más habría allí abajo?

– ¿Qué ha sido eso? – le pregunté a mi compañero por lo bajo, que sólo pudo responder con un encogimiento de hombros, señal de su ignorancia.

– El estudio de las profecías, como vos las llamáis… – suspiró Servais, que no había escuchado mi interrogante. – Es mejor que lo veáis con vuestros propios ojos – se giró. – Seguidme.

Tras unos instantes de duda fruto del desconcierto, comenzamos a caminar lentamente hacia el nuevo corredor que se había abierto. No entendíamos bien qué ocurría, de dónde provenían aquellos extraños mecanismos o qué pretendía enseñarnos Servais, pero la única forma de averiguarlo era continuar obedeciendo a sus indicaciones.

– Tú no, hijo mío – se volvió el erudito, instando al shinigami de la Duodécima División a que esperar allí.

– Pero, maestro…

– Tú aún debes recorrer un largo camino – indicó. – No así vos, maese Akano.

No pude hacer otra cosa que dedicarle a mi compañero una mirada entre lo incómodo, la disculpa y la extrañeza antes de introducirme en el nuevo pasillo siguiendo al anciano. El conducto, lúgubre, tenebroso, desembocaba en un espacio pequeño y oscuro de atmósfera pesada e inquietante.

– Sé lo que estáis pensando – habló Servais. – ¿Por qué Kazu ha quedado fuera? O quizá os cuestionéis qué es eso de que vos no debéis recorrer el camino.

– Así es, maestro – respondí.

– Vos no pertenecéis aquí – se anticipó. – Esta no es vuestra vocación, vos mismo lo dijisteis hace un rato mientras desayunabais, – recordó – pero hay ciertas cosas que debéis saber. Aunque no las lleguéis a comprender del todo – apostilló. – Kazu, en cambio, ha elegido otro camino y debe respetarlo.

– ¿Aunque ya no viva aquí y sea un shinigami?

– Así es – asintió. –Una vez se ha entrado en esta vía, sólo hay un camino y una dirección – añadió. –Pero no es por eso por lo que os he traído aquí. ¿Podríais encender una luz? – pidió. – Empiezo a notar un ligero cansancio.

Con un gesto de la cabeza me indicó una pequeña lamparilla en el centro de la habitación. Diligentemente, pronuncié las palabras que invocaban una sencilla arte demoníaca que conjuraría una llama sobre el foco. Inmediatamente, la luz bañó la sala y mostró unos estantes excavados en la roca repletos de papiros sueltos, tablillas y rollos de pergaminos.

– Increíble – murmuré entusiasmado.

– Cuando se descubrió la carta que os pedí antes que leyerais – explicó – el Gran Maestro decidió ir en busca de la comunidad de oriente y tratar de recuperar lo que se hubieran llevado.

– ¿Cómo una Cruzada?

– Por cualquier medio necesario, sí, aunque, como comprenderéis, nosotros no somos belicosos – contestó. – En cualquier caso, para cuando nosotros llegamos, ellos también habían desaparecido… Así que nos trajimos todo lo que encontramos…

– Bueno, todo, todo… – sonreí.

– Cierto, cierto – asintió, en respuesta. – La tablilla que encontraron vuestros predecesores. He de reconocer que me sorprendisteis sobre manera con vuestro descubrimiento.

Mientras él seguía explicándome por encima cómo habían encontrado aquellos documentos y los habían trasportado a aquella cámara para que paulatinamente fueran perdiéndose en el olvido, yo me aproximé a un grupo de tablillas sueltas que había sobre la estantería más cercana a mí y que se parecían mucho a la Tabla de los Días Pasados que tantas veces había visto.

– ¿Puedo?

– Aún no – respondió. – Esa es la diferencia entre Kazu y vos. Él podrá un día leerlas por sí mismo, vos, en cambio…

– Ya – suspiré con cierta decepción. – ¿Entonces…?

– ¿Para qué os he traído hasta aquí? – preguntó. – Quería que vierais esto con vuestros propios ojos antes de que escuchaseis lo que tengo que deciros.

– Entiendo… – suspiré, preguntándome cuántas veces había pronunciado el viejo aquella frase en las últimas horas mientras me sentaba en el suelo, como un alumno ante el maestro. – Entonces, por favor, comience.

– Sí, creo que ha llegado la hora –carraspeó. – Vos mismo me dijisteis que esta comunidad podría ser la poseedora de una de esas profecías de las que habéis hablado brevemente hace un momento, ¿cierto?

– Cierto – corroboré.

– De hecho habéis mencionado a un Sabio de los Días que bien podría ser nuestro Sabio primigenio y… de otros grupos que, a vuestro juicio, podrían tener una historia similar a la de esta Asamblea, ¿cierto?.

– Cierto – repetí una vez más. – Y usted, después de negar insistentemente que tenían algún tipo de relación al final lo ha admitido… – añadí.

Una vez más, la impaciencia que estaba empezando a experimentar traslucía en mis palabras, de forma involuntaria pero no por ello menos cierta. Por ello, levanté la mano en señal de disculpa y le invité a continuar con un levísimo asentimiento.

– Reconozco que durante un momento traté de engañarnos – respondió. – Sí. Es cierto – suspiró. – La Asamblea ha recibido unas tradiciones muy parecidas a las que habéis mencionado. Durante mucho tiempo tratamos de silenciarlas – apuntó. – Puede que hasta este momento lo hayamos hecho demasiado bien – lamentó– pero parece que es momento de abrir las ventanas y que entre algo de aire fresco. Gracias a vos, maese Akano. Desde que habéis llegado…

Dejó la frase en suspenso y enmudeció. Con mucha dificultad – parecía que la fuerza que se le había insuflado un rato antes con mi alusión al Sabio de los Días se había agotado –tomó asiento sobre un saliente de la roca y me miró fijamente en silencio. Luego cerró los ojos e inspiró profundamente.

– Bien, es momento de hablar sin tapujos – suspiró. – No tiene sentido haberos traído hasta aquí y no hacerlo.

Con la resignación, pero también la esperanza, tiñendo su voz, el anciano relató de nuevo mucho de lo que me había contado ya a lo largo de toda la mañana, aunque con mucho más detalle. Hablaba sobre todo del cisma, con una afectación tal que por un momento pensé que él mismo había vivido aquella época dentro de la comunidad, aunque luego confirmé que no había acontecido así. Habló también de aquella erupción contenida, de la recuperación de lo poco que había quedado, de la búsqueda de los documentos de la comunidad cismática en Oriente… pero seguía sin responder a la inmensa cantidad de pregunta mudas que se revolvían en mi cabeza.

– No desesperéis – advirtió en respuesta a la impaciencia que se dibujaba en mi rostro. – Necesitaba poneros en antecedentes de una forma adecuada. “Al fin de los días, el Señor de la Necedad se alzará sobre el mundo y las tinieblas cubrirán el verdadero Camino” – recitó. – Esto era lo que queríais oír, ¿cierto? – apostilló. – “Al fin de los días, el Señor de la Necedad se alzará sobre el mundo y las tinieblas de la ignorancia cubrirán el verdadero Camino – repitió. – Pero he aquí que surgirá una luz entre las sombras, que nacerá el Portador del Rayo y convertirá la tiniebla en claridad, la necedad en sabiduría, la noche en día. He aquí que no vendrá de la luz, sino que atravesará el velo de la ignorancia, prendiéndolo con el fuego del Saber encendido en la antorcha de la Razón”.

Terminado el recitado, dejó que las palabras se apagaran entre las paredes de la cueva. Luego, con la misma torpeza con la que se había sentado, se levantó y abandonó el lugar, sin pararse a verter algo de luz ante todas las preguntas que me atropellaban y que me sentía incapaz de verbalizar.