Parte de Trabajo 07: Berserker
Al segundo día de nuestro cautiverio, el calor se hacía asfixiante entre aquellas cuatro paredes. Pronto, al amanecer, dos soldados vinieron a llevarse a Eratia para una entrevista con aquel maldito Capitán y me dejaron solo en aquella celda incómoda, asándome con los rayos de sol y el aire caliente que entraban por el ventanuco y calentaban el espacio como si fuera un auténtico horno.
Busqué un lugar bajo el ventanuco y me senté, tratando de escapar lo más posible a la luz y a la flama. Terminé sacándome la camiseta y usándola cada poco para enjuagar el sudor que, cada vez más, a medida que avanzaba el día, afloraba sobre mi piel. Pero aquel era el menor de mis problemas.
Eratia había insistido todo el día anterior en pedirme disculpas. Unas disculpas que no eran necesarias en absoluto. Él no tenía la culpa en absoluto. Toda mi desgracia tenía un único causante, ese cabrón prepotente con cara de cuervo y casaca de Capitán de la Marina que gobernaba el barco que nos llevaba hacia un seguro cautiverio.
Mientras me regodeaba en mi propia miseria recordé la fantástica historia que mi nuevo compañero de desdichas me había contado el día anterior, después de que el Teniente Arakeist fuera a preguntarle por un tal Linkaín, que parecía que era su hermano, el que había compartido tripulación con Eratia como habían dejado escapar durante nuestra conversación en el astillero. ¿Sería así mi vida de ahora en adelante? Siempre huyendo, siempre escondiéndome… Sabía que trabajar casi al margen de la ley, como hacíamos en el astillero, siempre tratando de mantener el equilibrio sobre aquella fina línea que separaba lo dudoso de lo ilegal, podría traerme problemas. Pero siempre había soñado que llegarían lo suficientemente tarde como para que me diera tiempo a escapar de ellos… o al menos para que no importaran tanto. Y ahora, con toda la vida por delante, me había convertido en un criminal.
De un salto, impulsado por la rabia que me invadía, me levanté y me acerqué a la reja que limitaba el espacio de nuestro calabozo. Me puse a mirarla, a examinar cada uno de los detalles. Al menos así mantenía mi cabeza ocupada en algo que no fuera alimentar mi propio rencor y mi propia autocompasión. Entonces me di cuenta de que uno de los barrotes estaba medio suelto. Si aplicaba la suficiente fuerza sería capaz de sacarlo de su sitio… aunque no serviría de mucho. Difícil de esconder, sería imposible utilizarlo como arma para sorprender al celador cuando se acercara y mi corpulencia, sumada al poco espacio que había entre cada uno de aquellos listones de acero no permitía que, aún deshaciéndome de uno, pudiera pasar entre ellos.
Llevaba horas dando vueltas por la habitación, escuchando de cuando en cuando gritos ahogados en la lejanía que hacían presentir lo peor, cuando hicieron volver a Eratia. Estaba despierto. Pero eso era lo único bueno que se podía decir de su situación en aquel preciso momento. Magullado, con el cuerpo lleno de cortes, apenas podía andar y los dos mismos soldados que lo habían llevado a aquella “entrevista” con el cerdo del Capitán Louaks, ahora lo tenía claro, en la sala de torturas lo traían a horcajadas y lo tiraron con desdén al interior de la celda.
– ¡¿Qué le habéis hecho?! – les pregunté a voz en grito.
Pero su respuesta fue nula mientras se alejaban del lugar de nuestro confinamiento. Le repetí la pregunta, con la voz más calmada, a mi compañero a la vez que trataba de ponerlo en una posición más cómoda que aquella en la que le habían dejado los guardias. Sin embargo, apenas podía articular sonidos inteligibles. Se habían esmerado con él. Se habían llevado a un hombre y habían devuelto un despojo, casi un cadáver.
Me pasé observándolo y tratando de ayudarle las siguientes horas. Poco a poco fue mejorando, aunque estaba visiblemente debilitado y se movía con mucha dificultad. Aún así pudo explicarme que, como yo ya había supuesto, lo habían torturado. No quería forzarlo a hablar, necesitaba mucho descanso y ya habría tiempo de contármelo. Presentía que íbamos a pasar muchísimo tiempo juntos.
– Toma, dale esto – sonó la voz de la doctora a mi espalda que me tendía unas pastillas. – Son unos analgésicos. No servirán para mucho pero al menos le calmarán el dolor.
– ¿Y así podrán repetirlo? – pregunté con tono amenazante mientras me levantaba y me acercaba peligrosamente a ella.
– No sé qué quiere conseguir el Capitán con esto y si pudiera detenerlo lo haría – me respondió, mirándome fijamente a los ojos. – De hecho…
– Puede hacerlo, Teniente – le dije, presintiendo que podría sacar algún fruto de sus discrepancias. – Denúncielo, rebélese contra él. Seguro que los altos mandos le harán pagar por sus excesos…
– No estoy yo tan segura – musitó.
– Pues entonces abra esta puerta y se lo haré pagar yo mismo…
– ¿Y enfrentarnos a toda una tripulación de la Marina sin posibilidades de escapar? No complique más la situación – me advirtió. – Ahora mismo… aún puede albergar alguna esperanza de que su caso se resuelva favorablemente. No así el de… – miró con compasión y disgusto a Eratia. – Volveré dentro de un rato a ver cómo sigue.
Al amanecer del tercer día, el estado del navegante del Zafiro de las Olas seguía siendo bastante deprimente. La doctora había cumplido su promesa y había vuelto con más analgésicos a eso de la medianoche que ayudaron a mi nuevo amigo a pasar la noche de una forma, al menos, humana. Pudo descansar, pero los primeros rayos de un sol ardiente hacían que sus heridas escocieran aún más de lo que ya lo debían hacer de por sí.
Entonces regresó Estella, pero en su rostro había una expresión de urgencia y, quizás, de alivio y esperanza. Algo estaba ocurriendo que había hecho aflorar ese nuevo gesto en su cara. Abrió la puerta con febril celeridad y se dirigió al hueco de la pared. Asomó la cabeza y luego se giró hacia mí.
– Mira por el ventanuco – me indicó.
– ¡Es la Joya! – exclamé. – ¿Qué hacen aquí?
– ¿La Joya? ¿Conoces a sus tripulantes?
– Creo que ahora tenemos una oportunidad, doctora – asentí. – Comparados con Eratia o conmigo, los que van en ese bote son gigantes – exageré un poco. – Saldremos de aquí de todas todas.
No sólo lo decía a modo intimidatorio. Por un lado trataba de convencerla a ella. Había visto en sus ojos que se estaba debatiendo en una gran crisis en su lealtad hacia sus superiores y que había un algo más madurando en ella. Pero también trataba de convencerme a mí mismo. Franky, Nico Robin, Seastone y Rentarou eran huesos duros de roer y seguro que serían capaces de liberarnos. O eso esperaba al menos.
– De usted depende en qué bando quiere venir…
Ella me miró, mordiéndose el labio inferior para aliviar un poco la tensión. Luego giró su cabeza primero a Eratia y luego hacia el ventanuco, por donde se iba perfilando cada vez más la corona dorada del Rey de los Piratas y la perfecta silueta del barco. Al final, volvió a fijar su vista en mí y resopló, negando con la cabeza primero y luego, con los ojos cerrados, asintiendo.
– Está bien – dijo al fin. – Iré a por tu arma. Espera aquí.
– Tranquila – sonreí. – Nos vemos en cubierta.
– ¡Piratas! – se oyó un grito desde el exterior. – ¡Son piratas!
Le pegué una patada con todas mis fuerzas al barrote que había visto suelto y lo arranqué de cuajo. Lo tanteé para comprobar su solidez mientras lo recogía del suelo. Haría una buena arma. Podría abrirme paso fácilmente hacia la cubierta. Luego allí arriba ya sería otro cantar… Estarían preparándose para recibir el envite de aquel enorme barco que les perseguía y se habría agrupado la mayor parte de la tripulación. Al menos eso dictaban mis esquemas mentales.
– ¿Por dónde es?
– Por allí – señaló de frente.
Estella se alejó por un pasillo hacia mi izquierda mientras yo me echaba a los hombros a Eratia. No podía caminar aún con mucha soltura así que sería más rápido así. Aunque también sería más peligroso. Para una persona poco acostumbrada al combate como yo, cargar un peso en la espalda mientras trataba de moverme a toda velocidad blandiendo un arma más grande que yo y que nunca había usado era una temeridad. Pero estaba en mi territorio, un barco, y estaba dispuesto a asumir el riesgo.
Pocos soldados me encontré, como había supuesto, en mi camino hacia cielo descubierto. La gran envergadura de mi arma y su contundencia me permitían deshacerme de mis rivales a una distancia bastante segura que no ponía en riesgo la condición de mi compañero a mi espalda. Por ahora todo salía bien y la puerta estaba a nuestro alcance.
Pero al salir a la cubierta ya era otro cantar. La Joya ya estaba encima del Starsy por babor y todo el mundo estaba en guardia. Los mejores hombres de aquella tripulación estaban allí y era un espacio abierto, demasiado abierto para poder proteger eficientemente a Eratia. No había llegado tan lejos para nada, y el rostro del viejo Bettum abordando el barco de un salto me hizo confiar más en mí mismo.
– Tírame al agua – susurró Eratia a mi oído.
– ¡¿Pero cómo te voy a tirar al agua?! ¡¿Estás loco?! – contesté, mientras, aprovechándome de la cobertura que me brindaba el umbral, me deshacía de dos marineros más. – ¡No tienes fuerzas para nadar! ¡Y además es agua salada! ¡No quiero pensar en lo que te dolerá!
– Tú hazlo…
– ¡Pero…!
– Hazme caso – insistió. – Ábrete paso hacia estribor y tírame al agua.
Podría no tener fuerzas, pero al menos había pensado con rapidez. La mayor parte de los combatientes se habían acercado al costado de babor así que sería más fácil hacerse camino en la dirección que me había indicado. Aún no entendía qué pretendía, pero estaba seguro en sí mismo y, al fin y al cabo, debía saber lo que hacía. Él era el experto en este tipo de situaciones.
Como pude, fui apartando de mi camino a más y más soldados que se acercaban a nosotros para impedir que saltáramos por la borda. No fue una misión nada fácil y apunto estuve de perder el equilibrio y a Eratia, pero al fin llegué a la barandilla que separaba el firme terreno de la cubierta del vacío y, mucho más abajo, el mar.
– ¿Estás realmente seguro? – dije, dándome la vuelta hacia el centro del barco para defenderme de otros dos.
No respondió. Simplemente se descolgó y se dejó caer a las frías aguas que se crispaban bajo la quilla del barco. Me obligué a no mirar hacia atrás para comprobar el resultado de la hazaña de Eratia y a concentrarme en lo que tenía por delante. Los que sí se habían dado cuenta de nuestra aventura eran los marines y cada vez más venían a por nosotros, dividiendo la atención de toda la tripulación entre los que venían al abordaje y… yo.
Mordiscos, patadas, manotazos, puñetazos, cabezazos, barrotazos… cualquier estratagema era buena para sacarme de encima a los marineros que venían con cara de pocos amigos. Cuando era necesario y posible trataba de escabullirme y, de paso, provocar unas no habituales colisiones entre miembros del mismo bando. Esperaba que acercarme a mis compañeros me garantizaría una mayor seguridad.
Minutos después, Eratia aún no había aparecido, pero poco a poco habían ido desapareciendo muchos de los combatientes más débiles. El Capitán daba órdenes desde una posición más resguardada, donde estaba escoltado por su inseparable Teniente Arakeist, que lucía un aparatoso vendaje que asomaba por encima de su cuello.
– ¡Rido! – me llamó una voz femenina que, en un principio no logré distinguir entre el alboroto.
Me giré y descubrí a la doctora, que cargaba con mi martillo mientras se deshacía eficientemente de algunos de sus antiguos compañeros. Me lanzó el arma y la cogí al vuelo, salvándome por un pelo de cortarme con su filo. Inmediatamente, dejé caer el barrote que me había acompañado y comencé a martillear a todo cuanto marinero se interponía en mi camino.
– ¡¿Qué se cree que hace doctora?! – bramó el comandante de la nave.
– ¡Impartir justicia! – gritó ella. – ¡Laser lens!
Una lente se fraguó cerca del Capitán y un rayo de color rojo salió directo hacia el brazo del hasta entonces su superior. Pretendía continuar, pero le puse mi mano en su espalda y la desperté del medio éxtasis en el que estaba sumida. Se giró asustada y sorprendida, dispuesta a atacar al enemigo que la acababa de asaltar por la espalda, pero, al reconocerme, bajó la guardia.
– Está haciendo lo correcto – asentí. –Pero su jefe es mío, doctora.
O’Neill se abalanzó entonces hacia nosotros. Aquella mole de músculos sin cerebro embistió entonces contra Estella y contra mí, pero inmediatamente un puño enfundado en un guante se estrelló en su cara. Era el ex-Capitán Rentarou que, alerta, se había lanzado en nuestro auxilio con sus mejores armas, sus propias manos, por delante.
– Con permiso – se excusó irónico antes de continuar con la lluvia de golpes.
Aparté a la doctora para evitar molestar en aquella contienda y le recomendé que se quitara de en medio. Se ofreció a ayudarnos, ya no le quedaba más opción, y comenzó a aprisionar a sus antiguos subordinados de la misma forma que lo había hecho conmigo. Así me ayudó a avanzar hacia el puente, donde Louaks y Arakeist seguían manteniendo su posición más asegurada.
– ¿Quién le ha hecho eso a mi casa? – preguntó Bettum en voz alta, poniéndose a mi altura.
– No insistas – contesté. – Es mío.
– ¡Y una mierda tú…!
– El verdaderamente peligroso es ese – señalé al Teniente. – Y fue el que se cargó tu taller privado y el Dique 1 – apostillé, consciente de que así le convencería mejor.
Caminábamos los dos, hombro con hombro, mirando decididos a los dos hombres que quedaban en pie junto con el Sargento simiesco, al que seguramente no le quedaría mucho tiempo. Ya sólo quedaba un paso para consumar nuestra venganza. El más alto de los dos desenvainó sus dos espadas gemelas dispuesto a plantar cara a todo un Sombrero de Paja. Su superior, trataba de huir
– Ten cuidado – me dijo, antes de separarse de mí para enfrentarse a Arakeist.
No pensaba dejar huir al bastardo que le había prendido fuego a mi casa. No pensaba tener piedad. No pensaba ser misericordioso ni compasivo ni bondadoso. No pensaba perdonarle lo que había hecho por mucho que suplicara. No tenía intención de ser ninguna de esas cosas cuando me lancé contra él y traté de rebanarle el brazo con el que blandía su espada. Pero consiguió esquivarlo.
Esta vez no quise dejar ningún resquicio a que pudiera tomar la iniciativa él así que continué lanzando golpes a diestro y siniestro mientras, poco a poco, hacía retroceder al Capitán hacia el fondo del castillo de popa. Lo estaba arrinconando contra la barandilla, pero consiguió rodearme con un hábil movimiento.
Me di vuelta para continuar. Y seguí. Y seguí. Y seguí. De una patada, Louaks cayó de bruces sobre la sección principal de la cubierta seguido de mí, que salté para continuar con mi batalla. Lo levanté y lo lancé contra la pared, desarmado e impotente. Cayó de rodillas y se rindió. Como si yo estuviera dispuesto a aceptarlo…
– Dispel – conjuró Estella.
Me di la vuelta y contemplé el panorama. Las prisiones cristalinas que retenían a los marineros de más bajo nivel se deshicieron. Al fondo, el gran cuerpo de O’Neill yacía inconsciente en el suelo de la cubierta a pies de Rentarou. A mi espalda, en el puente, seguían los sonidos de la batalla. Respiré hondo, cerré los ojos y me di la vuelta de nuevo hacia mi víctima.
– ¡No! – gritó el Capitán desesperado mientras caminaba lentamente hacia él. – ¡No puede acabar así! ¡Me auguraron un futuro brillante!
Me paré y miré a mi hacha-martillo. Estaba ensangrentada. Saqué mi camiseta del bolsillo, donde la había guardado la noche anterior, y limpié el líquido carmesí, que estaba empezando a coagularse. Ahora refulgía bajo la luz del sol, que daba de pleno sobre la cubierta. Miré fijamente a los ojos de mi presa y sonreí, mientras el sudor se escurría por mi frente aún a pesar del pañuelo que llevaba atado.
– ¿Le parece lo suficientemente brillante ahora? – pregunté, saboreando las palabras. – Porque esto es su futuro, bastardo.
– ¡Rido, no! – gritaba Bettum.
– ¡No! – gritó Eratia, que aparecía justo en ese momento por la borda. – ¡No lo hagas! ¡Serás como él!
Pero sus advertencias llegaban tarde. Ya no había nadie ni nada que pudiera detenerme. Estaba plenamente decidido y no me iba a echar atrás. Un eterno instante después, la hoja del hacha volvió a ensangrentarse y el sonido sordo de la cabeza del Capitán Louaks hizo enmudecerse a todo el mundo.
En aquel tétrico silencio, me dirigí hacia donde unos momentos antes había recuperado mi fiel compañero de fatigas que ahora estaba bañado en la sangre de aquel buitre en forma de hombre. Me agaché y recogí el barrote, también cubierto por los fluidos vitales de algunos de los marineros que habían caído en mi huida. Me di la vuelta y me volví a acercar al punto donde yacía el cadáver de Louaks.
No pensaba, no sentía, no había nada más a mi alrededor. Simplemente actuaba. Agarré la cabeza por los pelos y la ensarté en el barrote. Caminé hacia proa y, con un fuerte empellón, clavé el pedazo de metal en el suelo, confeccionando un nuevo mascarón para el Starsy.
– Vámonos de aquí – dije al fin.
Ante la mirada atenta de todo el mundo, comencé a caminar hacia la Joya por la pasarela que habían tendido para facilitar el abordaje y la huida. Cuando llegué a la cubierta del barco, toda la nube de odio, rencor, sangre y dolor que me había obnubilado durante la última hora se disipó y caí rendido, de espaldas sobre el suelo, contemplando el cielo azul. No recuerdo mucho más que el hecho de que lloré como un niño, aún poco consciente de lo que acababa de hacer.
Pero entonces algo llamó mi atención. Sobre el mástil ondeaba una Jolly Roger, la bandera de los piratas. Era muy rudimentaria, casi como improvisada, y, a diferencia de otras que había visto, sólo llevaba las tibias y la calavera, sin más distintivos. Comprendí entonces mi destino. Ahora era un proscrito, un pirata, y pasaría mi vida huyendo y surcando los mares. Pero ya no tenía fuerzas ni para pensar en eso. Entre lágrimas, el cansancio físico y mental le fueron dejando paso a Morfeo, que poco a poco me fue acunando entre sus brazos hasta que quedé completamente dormido sobre la cubierta de mi nuevo hogar.




