<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Caldeirada de Marisco &#187; Akano</title>
	<atom:link href="http://centoloman.inopia.net/category/centolo-literario/mis-escritos/akano/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://centoloman.inopia.net</link>
	<description>Memorias de un marisco en tierra firme</description>
	<lastBuildDate>Sun, 11 Dec 2011 17:25:12 +0000</lastBuildDate>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
	<generator>http://wordpress.org/?v=3.3.1</generator>
		<item>
		<title>Akano 56 &#8211; Epílogo</title>
		<link>http://centoloman.inopia.net/2011/12/02/akano-56-epilogo/</link>
		<comments>http://centoloman.inopia.net/2011/12/02/akano-56-epilogo/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 02 Dec 2011 14:04:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Centoloman</dc:creator>
				<category><![CDATA[Akano]]></category>
		<category><![CDATA[Centolo literario]]></category>
		<category><![CDATA[Mis Escritos]]></category>
		<category><![CDATA[epílogo]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
		<category><![CDATA[FFF]]></category>
		<category><![CDATA[Historia larga]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[rido]]></category>
		<category><![CDATA[Universo FFF]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://centoloman.inopia.net/?p=2816</guid>
		<description><![CDATA[Sí, querido amigo. Has leido bien. Hoy publico el último capítulo de Akano. Su epílogo. Tras 55 capítulos, una vocecilla interior me decía algo así como &#8220;es hora de parar&#8221;. Así que después de mucho valorarlo, he decidido que, en lugar de escribir el capítulo 56 (que, de hecho, ya tenía a medias) para hoy [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://i42.tinypic.com/2mq4y7k.png" alt="" width="518" height="179" /></p>
<p>Sí, querido amigo. Has leido bien. Hoy publico el último capítulo de <em>Akano</em>. Su epílogo. Tras 55 capítulos, una vocecilla interior me decía algo así como &#8220;es hora de parar&#8221;. Así que después de mucho valorarlo, he decidido que, en lugar de escribir el capítulo 56 (que, de hecho, ya tenía a medias) para hoy iba a dejaros el Epílogo, el capítulo final de la historia. En serio, es el capítulo final. No es una broma, no es el día de los Inocentes, no es el April&#8217;s Fool Day. Hoy, 2 de Diciembre de 2011, ponemos fin a ese capítulo que se abrió el <a title="Akano 01 – Preludio" href="http://centoloman.inopia.net/2007/11/15/akano-01-preludio/">15 de Noviembre de 2007</a> cuando Rido marchó en busca de su amor perdido.</p>
<p>Así que nada, en una ocasión tan señalada como esta sólo me queda daros las gracias. Gracias especiales a <strong>Ana, Diego, Víctor y Shwayne</strong>, mis cuatro lectores fieles que aún seguís por aquí dando la cara casi capítulo a capítulo, apoyando, animando y también señalando y ayudando a corregir los muchos defectos que tiene esto, aunque a veces no los quiera reconocer. De una manera especial gracias a Ana y Víctor, que ejercisteis de &#8220;lectores de prueba&#8221; y correctores en varias fases del proyecto. Y a Shwayne porque al final es él el que le ha dado (con sus comentarios y también con sus &#8220;pajas mentales&#8221;) el empujón final a esto, yo sólo he procurado darle forma y acoger un sueño loco que él me comentó una vez dentro del marco que ya tenía construido. Gracias también a Julio, a Cris, a K, a Jonathan&#8230; y a todos los que algún día pasaron por aquí (o por el foro) a comentar, que me prestaron sus personajes y que, de alguna forma, se implicaron en la creación de este universo. Y gracias a los lectores más recientes (que los hay), que procurasteis engancharos a Akano aunque fuera &#8220;demasiado tarde&#8221; para hacerlo. A vosotros también.</p>
<p><span id="more-2816"></span></p>
<p>Venga, va, antes de que os indignéis. Antes de que matéis a toda mi familia y mancilléis la memoria de todos mis antepasados hasta el mismísimo Adán, una aclaración. Aquí termina <em>Akano</em>, pero más por una cuestión práctica que por una cuestión de cansancio o de agotamiento argumental. De hecho, como ya os había dicho en alguna ocasión, la historia (aunque ya está en su recta final) tiene mucho que contar todavía. Pero quería plantear, estructurar bien el final y, sobre todo, adoptar un nuevo punto de vista narrativo que permita contarlo todo bien, para que haya la menor cantidad de cabos sueltos posible.</p>
<p>Por eso os pido paciencia. La conclusión de Akano llegará. Con toda probabilidad, nunca antes de Enero de 2012. Con mucha posibilidad, posiblemente espere incluso a la primavera, todo depende de cómo progrese el asunto. Así que paciencia. Posiblemente, contacte con alguno de vosotros por el camino para pediros determinadas &#8220;licencias&#8221; o consultaros cuestiones, al fin y al cabo, vuestros personajes son vuestros.</p>
<p>En fin, ahora sí. Por última vez bajo este título: Enjoy ^^</p>
<p>&nbsp;</p>
<h2 style="text-align: center;">Akano 56 &#8211; Epílogo</h2>
<p>– Abuelo…</p>
<p>– ¿Sí?</p>
<p>– La cosa no termina ahí, ¿verdad?</p>
<p>Tenía los ojos acuosos, estaba asustado. Era normal. Acababa de contarle toda mi aventura, mi fracaso y mi derrota en Asakusa. Aunque ya me hubiera “visto morir” en dos ocasiones, era normal que se asustara. Todavía era demasiado pequeño para razonar más allá de lo que era completamente evidente delante de sí. Por eso había estado tan reacio a que su madre lo dejara con Eleazar mientras ponía por escrito mis memorias.</p>
<p>– No, tranquilo – sonreí. – Si terminara ahí, no estaría aquí, contándooslo.</p>
<p>– ¿Y cómo sigue? – preguntó él.</p>
<p>– Pues… Fueron felices y comieron perdices.</p>
<p>– ¿Pero quién?</p>
<p>– Tu abuela y yo, ¿quién va a ser? – contesté, sin dejar de sonreír.</p>
<p>– ¿Cómo? ¿Cómo?</p>
<p>– Ya… ya te lo contaré – respondí. – Algún día.</p>
<p>– ¡Jolín!</p>
<p>– Venga, tu madre te está esperándote… – insistí. – Que luego la toma conmigo, además.</p>
<p>– Maestro…</p>
<p>– Tú también, Eleazar – asentí. – Guarda el papel. Ya seguiremos otro día. Además, tú esta parte ya la sabes, ¿no?</p>
<p>– S… Sí, bueno…</p>
<p>– Pues ya está – sonreí otra vez. – Estoy cansado.</p>
<p>Me levanté y me puse a mirar por la ventana. Los ojos se me cansaban ya fácilmente, pero aún así no podía dejar de contemplar el atardecer casi cada día. Se había convertido en una costumbre desde entonces. Supongo que seguía esperando a que él volviera para darle las gracias. Se había marchado sin darme la oportunidad. Pero, ¿cuántos años habían pasado ya? Era una tontería seguir esperando.</p>
<p>– Rido.</p>
<p>Me di la vuelta para ponerme de frente a la voz que me llamaba. Allí estaba ella, radiante como siempre. Con sus ojos verdes brillando a contraluz y su delicada melena castaña cayéndole por encima de los hombros. El paso del tiempo la había tratado mejor que yo. De hecho, seguía prácticamente igual a cuando me había encontrado con ella por primera vez. Se acercó a mí y me saludó con un delicado beso en los labios.</p>
<p>– Está creciendo demasiado rápido, ¿verdad? – viendo cómo se alejaba nuestro nieto, de la mano de su madre, de nuestra hija. Por los gestos que hacía estaba contándole lo que había escuchado aquella tarde. – Ojalá se quedaran así para siempre.</p>
<p>– Me recuerda a su tío cuando tenía su edad – confesé, compartiendo sus sentimientos.</p>
<p>– Esperemos que no pase una adolescencia tan desastrosa – rió.</p>
<p>– Sí, bueno… Eso es culpa de quien se encargó de cuidarlo – bromeé. – Pero sí, ojalá se quedara así para siempre.</p>
<p>– ¿Por dónde vais? – me preguntó. – En la historia.</p>
<p>– Asakusa… – comenté.</p>
<p>Se puso seria. Sabía lo que eso significaba. Sabía lo que se avecinaba según la historia. Ella misma la había vivido en primera persona. Aunque tuviera un final bastante feliz, seguía siendo una historia demasiado dura. Habíamos perdido mucho por el camino, aunque nos hubiéramos encontrado el uno al otro.</p>
<p>– Por lo menos tiene un final feliz – me encogí de hombros, sonriendo, espantando los demonios y besándola otra vez.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://centoloman.inopia.net/2011/12/02/akano-56-epilogo/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>11</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Akano 55 &#8211; El hombre de las dos espadas</title>
		<link>http://centoloman.inopia.net/2011/11/25/akano-55-el-hombre-de-las-dos-espadas/</link>
		<comments>http://centoloman.inopia.net/2011/11/25/akano-55-el-hombre-de-las-dos-espadas/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 24 Nov 2011 23:48:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Centoloman</dc:creator>
				<category><![CDATA[Akano]]></category>
		<category><![CDATA[Centolo literario]]></category>
		<category><![CDATA[Mis Escritos]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
		<category><![CDATA[FFF]]></category>
		<category><![CDATA[Historia larga]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[rido]]></category>
		<category><![CDATA[Universo FFF]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://centoloman.inopia.net/?p=2797</guid>
		<description><![CDATA[Estrenamos Akano en la nueva versión del foro, con imagencita includa tirando de archivo (por lo de los links de abajo, aunque me da que no va a servir de mucho). Entre rediseñar y escribir otras cosas, más estudiar y las labores cotidianas, lo acabo de terminar justo ahora, y en lugar de esperar a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://i184.photobucket.com/albums/x294/Centoloman/Akano.jpg" alt="" width="350" height="150" /></p>
<p>Estrenamos Akano en la nueva versión del foro, con imagencita includa tirando de archivo (por lo de los links de abajo, aunque me da que no va a servir de mucho). Entre rediseñar y escribir otras cosas, más estudiar y las labores cotidianas, lo acabo de terminar justo ahora, y en lugar de esperar a mañana, lo he releído y os lo dejo ya. Además, cuando lo leáis, os daréis cuenta de lo que me costó escribirlo. Ya sabéis por qué. (Pues no, esta vez no es lo que más me costó, me costó más el resto. Debe ser cosa de tanta Canción de Hielo y Fuego).</p>
<p>Enjoy ^^</p>
<p>PD: Como avisé <a title="Nueva cara para la Caldeirada" href="http://centoloman.inopia.net/2011/11/23/nueva-cara-para-la-caldeirada/">en el post del rediseño</a>, ahora se ven los avatares de <a href="http://www.gravatar.com">Gravatar</a>. Si no lo tenéis (Nalya, Bone) os saldrá un monstruito muy chulo debajo. Pero podéis ponéroslo en <a href="http://www.gravatar.com">Gravatar</a>. Os servirán para infinidad de sitios (ente ellos la práctica totalidad de blogs que usen WP).</p>
<p><span id="more-2797"></span></p>
<h2 style="text-align: center;">Akano 55 &#8211; El hombre de las dos espadas</h2>
<p>– La… La Sombra – musitó con pánico. – La sombra está en el bosque.</p>
<p>– ¿La Sombra?</p>
<p>– La sombra de las dos espadas.</p>
<p>Enseguida me puse alerta. No le había querido dar importancia en ocasiones anteriores, no sabía en qué podía estar relacionado con lo que yo buscaba, pero “la sombra de las dos espadas”, “el hombre de las dos espadas”, “el monstruo de las dos espadas” y otras variantes habían sido “leyendas” que habían acompañado todo mi viaje hacia el norte. La gente hablaba de ello con miedo, pero supuse que simplemente eran cuentos de viejas para mantener a la gente concentrada en los poblados. Nada más.</p>
<p>Pero ahora había aparecido en Asakusa. En el lugar donde, se suponía, que tendría que acordarme con Mitsuko, había aparecido otra vez aquella misteriosa figura. Y esta vez de una forma más real, más inmediata. Estaba allí. No podía ser mera coincidencia. Me negaba a rendirme, tenía que significar algo.</p>
<p>– Cálmate, Piotar… – le dijo Markus, echándole una manta al hombro.</p>
<p>– ¿Dónde lo has visto? – pregunté yo.</p>
<p>El antiguo militar me miró entre inquisidor y reprobador. Había entendido perfectamente el tono de urgencia en mi voz que tan mal había conseguido disimular. Pero el “mal” estaba hecho. El chaval, sin embargo, no respondió inmediatamente. Todavía estaba en shock por lo que acabara de ver. Fuera lo que fuera. El miedo le atenazaba las palabras.</p>
<p>– A… Al oeste – balbuceó al fin. – E… En los Vados.</p>
<p>– ¿Qué ha pasado? – se interesó el ex-militar.</p>
<p>– Ha… Había también una chica…</p>
<p>No escuché más. Eché mano de mi saco, de mis libros, de todo. A lo mejor no volvía para allá. Salí a toda velocidad de la sala común bajo la atenta y sorprendida mirada de Markus. Dejé caer, casi sin darme cuenta, las mantas, y liberé a Balmung de su vaina. Quizás estuviera haciendo el ridículo una vez más, pero quería estar preparado si es que no era así.</p>
<p>A unos pocos kilómetros al Oeste, el Cus era vadeable antes de girar hacia el noroeste en su camino hacia el mar, muy lejos de allí. Los aldeanos tenían allí una zona de pesca y de trabajo, algunas “familias” incluso se habían atrevido a instalarse en aquel lugar. Posiblemente la de Piotar fuera una de ellas.</p>
<p>Corrí todo lo que pude. En aquel momento me di cuenta de lo fuera de forma que estaba. Quizás siguiera siendo más fuerte que los matones de pueblo de aquellos distritos, pero no había recuperado para nada mi velocidad. Y ese había sido siempre mi punto fuerte. No era un buen presagio, la verdad. Al fondo, entre los árboles, la luna se reflejaba entre las rápidas aguas del río. Había llegado.</p>
<p>Pero allí no había nada. Ni restos de un combate, ni de una mujer ni de nada. Ni siquiera de una huida apresurada. Aunque era de noche y una noche oscura, quizás con el día pudiera encontrar más rastros. De todas formas, si realmente allí había ocurrido algo que pudiera llevarme a Mitsuko, no podía esperar más. Mucho menos si estaba realmente en peligro.</p>
<p>Así que traté de calmarme. Cerré los ojos e intenté hacer lo que hacía meses que no había hecho. Años, incluso. Intenté localizar a Mitsuko o a la famosa sombra a través de su energía espiritual. Pero nada. Era imposible. Seguía estando totalmente ciego a ese respecto. Lo intenté más concentrado, con más fuerza, pero nada de nada.</p>
<p>Le pegué una patada a la piedra más cercana con más impotencia que rabia y me senté a llorar mi amargura bajo un árbol. Clavé a Balmung con furia en el suelo blando gracias a las últimas lluvias. No había nada que pudiera hacer ya. Quizá lo mejor era tirarme al río y dejarme llevar por la corriente. O colgarme de aquel árbol. Ya me había suicidado una vez. A lo mejor esta vez tendría más suerte en…</p>
<p>– Para, para, para, para… – me dije a mí mismo.</p>
<p>¿Qué cojones estaba haciendo? ¿Volver a empezar? Ni que hubiera salido bien la primera vez. No. No podía hacerlo. No podía morir allí. No podía rendirme. Ya no estaba yo para gilipolleces. Ni estaba solo. ¿Cuánta gente había detrás de mí? ¿Cuánta gente esperaba que regresara y que regresara con Mitsuko? Tenía que levantarme y levantarme ya.</p>
<p>Cargué el peso sobre la espada y la utilicé para ayudarme a ponerme en pie. Luego la saqué de la tierra y la devolví a su vaina después de quitarle la tierra utilizando mi ropa como paño. Bajé la cabeza, desesperado, procurando no concentrarme en los oscuros pensamientos que me asaltaban y tratando de pensar en qué hacer en adelante.</p>
<p>Decidí que debía volver a la aldea, a ver cómo seguía todo por allí. Tendría que dar alguna explicación sobre mi atropellada marcha, sobre todo a Markus. No lo conocía mucho, pero sí lo suficiente como para darme cuenta que sospechaba algo. Pero antes debía esconder mis cosas. Había perdido mis mantas por el camino, así que tendría que buscar alguna forma de ocultar a Balmung.</p>
<p>Quizás por allí hubiera algún árbol hueco como el de aquella mañana al otro lado del pueblo. No sería fácil encontrarlo, pero tampoco sería fácil encontrarlo para un posible ladrón y tenía mis cuchillos para protegerme. A primera hora de la mañana estaría por allí así que… no habría problema. O eso esperaba. Nunca había sido una buena idea separarse mucho de una Zanpakutou. Ni espacial ni temporalmente. Pero no podía arriesgarme a que me vieran con ella.</p>
<p>Tanteé los árboles cercanos a mi posición, pero ninguno reunía las características que buscaba. Sin darme cuenta, me había ido adentrando poco a poco en el bosque, en dirección paralela al río. Y había recorrido demasiado trecho, quizás fuera mejor darme la vuelta y buscar otra alternativa, aunque no se me ocurría ninguna en aquel momento.</p>
<p>De lo que no me había dado cuenta hasta entonces era de que, además del murmullo de las aguas del río, además del murmullo del viento entre los árboles, a medida que me había ido adentrando en el bosque había comenzado a aparecer otro murmullo. Era como un zumbido. No. Era un zumbido, sin el como. Parecía un enjambre de abejas, o de moscas. Y allí donde están las moscas…</p>
<p>Eché a correr buscando la fuente del ruido como alma que lleva el diablo. No estaba demasiado lejos de allí. Cuando llegué al claro donde se habían amontonado los bichos, volvía a tener a Balmung desenfundada en la derecha y en la izquierda la vaina. Me coloqué esta última en la cintura donde no me molestara y me introduje en el lugar.</p>
<p>Entre la oscuridad y la nube de insectos no podía ver bien lo que estaba pasando. Pero las premoniciones no eran buenas y todas ellas se confirmaron cuando logré dispersar ligeramente aquella montonera con un par de aspavientos. Debajo, estaban ocultando el cuerpo de una mujer, de mediana estatura, de cabellos castaños, o quizás oscuros, la luz no lo dejaba ver. No, definitivamente eran castaños, como los de mi amiga. No era capaz de distinguir mucho más por culpa de las moscas, pero tampoco quise mirar más, estaba plenamente convencido de que era ella.</p>
<p><em>La visión de aquella zarpa desgarrando el vientre de Nalya justo antes de que una de las dos astas lo atravesara con insistencia nubló mi entendimiento y me condujo hacia un estado de locura profunda. Por mi mente pasaban, como relámpagos, las imágenes de años atrás en aquel mundo irreal en las que me veía sosteniendo entre mis brazos el cuerpo agonizante de la que allí mi esposa y en este mundo la mujer a la que amaba por encima de todas las cosas. No quería que aquella imagen volviera a repetirse.</p>
<p>La rabia y el miedo atenazaban todos mis músculos y no pude impedir que unas lágrimas afloraran en mis ojos mientras veía como aquel espíritu encarnado sacudía abruptamente su cabeza, lanzando el cuerpo inerte de Nalya contra la pared. No lo pensé más y comencé a descender a toda prisa por la pared. Ya no me importaba nada. No iba a permitir que aquello terminara de aquella forma. Esta vez la salvaría, costara lo que costara.</p>
<p>Liberé a Balmung a medida que descendía y arremetí contra el minotauro, que, en su obsesión por continuar la embestida contra su ama, no había percibido mi presencia. Utilicé la maza para enviarlo lejos, al otro lado del mar de lava que comenzaba a formarse a través de las grietas que se habían abierto con el fatal seísmo.</p>
<p>Me agaché sobre mi amiga, mi compañera, la persona a la que más amaba y en la que más confianza tenía de toda la Creación y me puse a comprobar el verdadero alcance de los daños. Afortunadamente parecía que seguía viva, aunque estuviera inconsciente y la masiva pérdida de sangre fuera el anticipo de un pésimo desenlace.</em></p>
<p>La sola sensación de haberla encontrado así hizo que me dieran náuseas. El fracaso, la desesperación, la angustia y el miedo a lo que vendría después me empujaron violentamente contra uno de los árboles que circundaban el claro y allí dejé lo poco que había llegado a cenar, horas antes, en la sala común, con Markus. La historia se repetía de nuevo y, una vez más, no había estado a la altura.</p>
<p>No me atrevía a acercarme. Ni siquiera para espantar a las moscas que se acumulaban en su rostro, convirtiéndolo en un revuelto mar negro. Tampoco me atrevía casi a moverme, así que me dejé caer al suelo sentado, al lado justo de mi propio vómito, contemplando con ojos inertes como aquellos pequeños insectos trataban de devorar la cara de mi amiga. De mi hermana, casi.</p>
<p>No podía ser ella, me decía. No podía ser. Me negaba a aceptar mi fracaso una segunda vez. O una tercera. Quizás habría tenido razón en mis impulsos al comienzo de aquella noche. Quizás fuera lo mejor acabar con ello de una vez. Ahora sí que no tenía ninguna razón para vivir. A no ser que… </p>
<p>Me llamé gilipollas en todos los idiomas que conocía y en alguno que me inventé con el furor del momento. Aquella no podía ser Mitsuko. Y no era fruto de mi incredulidad o de mi negativa a aceptar lo que estaba ocurriendo. No podía ser. Ella no era exactamente así, era sólo una ilusión provocada por la distancia y por la oscuridad. ¿Realmente me había olvidado de cómo era aquella mujer a la que buscaba? Pobre de mí. </p>
<p>Además, ¿dónde estaba el niño? Aunque sólo fuera por eso, necesitaba seguir adelante. Si mis suposiciones eran ciertas, el pequeño… como se llamara, estaría a salvo. Ahora debía tener casi dos años. No, dos años cumplidos, que mi búsqueda se había prolongado demasiado. Ya hablaría, ya corretearía por allí… Tenía que llevárselo a su padre. </p>
<p>Me acerqué para comprobar que la primera de mis suposiciones-esperanzas era cierta. Y, gracias a todo, lo era. Aquella no era Mitsuko, ni siquiera se le parecía. Era más alta que la mujer de Eliaz y sus rasgos eran más bastos. También sus formas eran más anchas. ¿Cómo no lo había visto antes? ¿Tan cegado estaba por la desesperación?</p>
<p>Allí de cuclillas, respiré aliviado mientras meneaba la cabeza desaprobándome a mí mismo. ¿Cómo podía haber sido tan tonto? De todas formas, aunque aquella mujer no fuera Mitsuko estaba claro de que alguien la había asesinado brutalmente y la había abandonado allí. De cerca, a pesar de la oscuridad, se notaban las marcas de los cortes y, efectivamente, había dos tipos de huellas. Unas eran de un arma bien afilada, cuidada, quizás una katana como la que usaban los shinigamis. La otras eran más bien de una espada normal, más roma y bastante más burda. Podrían ser dos personas, pero nunca se podría descartar que hubiera sido “la sombra de las dos espadas”.</p>
<p>Me levanté y miré a mi alrededor en busca de algo. Una rama rota, una pisada… Pero nada. Afilé mis sentidos al máximo, pero era inútil. La noche era demasiado oscura, demasiado silenciosa… y mis sentidos espirituales seguían pasando de mí. Así que no había nada que hacerle. Cargué el cadáver a mi espalda y me dispuse a llevarlo a la aldea. Al menos allí podríamos darle un entierro digno.</p>
<p>– ¡Rido! – escuché.</p>
<p>Me giré sobre mí mismo. ¿Alguien me estaba llamando por mi nombre? ¿Allí? Inmediatamente me puse alerta. ¿Quién era? No lograba identificar la voz. No era Kaiser, desde luego. Ni tampoco era nadie que pudiera haberme seguido. Ni siquiera era capaz de distinguir si era la voz de un hombre o una mujer. Era algo distinto, algo raro.</p>
<p>– ¡Barbas! – volvieron a llamar.</p>
<p>Y yo volví a darme la vuelta. Una y otra y otra vez, cada vez que mi nombre o alguno de mis apelativos más comunes resonaba. No era consciente de lo que estaba sucediendo a mi alrededor. Nervioso, dejé el cuerpo inerte de la chica en el suelo y empuñé con fuerza pero con inseguridad a Balmung. Y las voces seguían sonando. Y no era una, sino varias. ¿Bone? ¿Db? ¿Gaby? ¿Mamá? Una detrás de otra y detrás de otra, cada una como uno de mis conocidos.</p>
<p>– ¿Nalya? – dije de pronto, identificando una nueva.</p>
<p>No. No podía ser. ¿Qué estaba pasando? Súbitamente, todo comenzó a dar vueltas y ya no estaba en el bosque. Estaba en otro sitio que conocía muy bien. Otro sitio al que había llegado a pensar que nunca volvería a ir. Había regresado a la poco reconfortante oscuridad de las piedras del claustro. Había vuelto a los dominios del monje.</p>
<p>– ¡Balmung! – llamé.</p>
<p>No había respuesta. Volví a llamar. “Balmung”. “Viejo”. El silencio era sepulcral. Quizás entonces es que fuera verdad y lo que había visto en mi última visita allí y que tantas veces se me había repetido en sueños era cierto y no producto de alguna realidad onírica. Quizás Balmung estaba muerto de veras. Quizás por eso no era capaz de utilizar mis capacidades espirituales.</p>
<p>– ¡Balmung! – volví a gritar.</p>
<p>Era cierto, allí no había nadie. Corrí hacia arriba. Hacia el campanario en el que lo había conocido por primera vez y que, eso suponía, se había convertido en su patíbulo. Me sabía el camino de memoria, casi no me hizo falta ni mirar por donde iba. Pero no pude evitar ver el horrible espectáculo de la cabeza del monje clavada en uno de los hierros de la reja que separaba la zona propia del campanario del acceso a él.</p>
<p>Era verdad.</p>
<p>Tan nauseabunda visión me hizo volver de nuevo a la realidad, repelido y desorientado. Todo giraba a mi alrededor, como si me hubiera subido en alguna especie de malévolo carrusel. Regresaron también las ganas de vomitar y, una vez más no pude evitar hacerlo, aunque apenas quedaba nada que echar al exterior.</p>
<p>Después de que el nudo que me atenazaba el estómago se fuera, miré fijamente a Balmung. Parecía completamente normal, aunque no podía ser. Pero estaba bien, como siempre. Intacta. Era de suponer que algo hubiera cambiado, o eso esperaba. No podía contactar con ella, pero eso no quería decir nada. Tenía que ser un truco, una traición de mi subconsciente. Al fin y al cabo, si él moría yo… Yo no podía vivir, ¿verdad?</p>
<p>Tenía que centrarme. Tomar aire y poner todo en orden. Todos mis pensamientos, por difícil que fuera en aquel momento siquiera separar unos de otros. Di un par de saltitos para aliviar la tensión, moví la cabeza en círculos y solté aire. Necesitaba un par de minutos para reubicarme, para decidir qué podía hacer. Para volver a la realidad una vez más. Ya bastante tenía con eso.</p>
<p>Pero no hubo tiempo de nada. Detrás de mí, entre las ramas, algo se movía. Afortunadamente, conseguí darme la vuelta justo a tiempo para evitar que la sombra que se abalanzaba rápidamente sobre mí me rebanara a la primera de cambio. Logré parar aquella carga con Balmung, pero tal fue la fuerza del golpe que la hoja de mi espada se resquebrajó y cayó al suelo partida en dos.</p>
<p>Solté con impotencia la empuñadura del arma. Me había quedado paralizado, como si algo dentro de mí se hubiera roto. Pero la urgencia de la situación no me permitió el lujo de preguntarme lo que estaba pasando. Tenía que fintar los golpes. Uno, dos, tres… En un primer momento suspiré aliviado, parecía que aún sin mi espada podría hacer algo. Dejé caer la funda de la espada y en uno de mis movimientos evasivos conseguí sacar el cuchillo que llevaba apretado contra el tobillo.</p>
<p>Con un par de movimientos rápidos conseguí poner algo de distancia entre él y yo. Y pude contemplar a mi oponente. Melena azabache lisa, el rostro cetrino y una mirada inexpresiva, como si no fuera de este mundo. Y en sus manos relucía un gran espadón. Lo que era curioso era que me sonaba realmente familiar lo poco que podía ver de aquel rostro, aunque en un primer momento no supe identificarlo.</p>
<p>Conseguí asestarle un par de golpes. Esquivaba y golpeaba. Esquivaba y golpeaba. Buscaba siempre la mano con la que atacaba, tratando de hacerle desprenderse de la espada, para recuperar la ventaja perdida. Un cuchillo era algo, pero poco podía hacer en aquella situación y con aquella bestia con un mero cuchillo. </p>
<p>La pelea iba a un ritmo endiablado. Golpe, finta, contraataque. Sus estocadas y mandobles eran precisos y los descargaba con una fuerza brutal. Mis brazos comenzaban a cansarse de tanto resistirlos, pero aún así debía seguir luchando. Aprovechaba los pocos huecos que él dejaba en su defensa para tratar de herirle con mi daga, pero era imposible. Los esquivaba casi por puro instinto. En un par de ocasiones lo intenté incluso con Kidou, en cuanto ganaba algo de espacio, pero aquellos intentos se quedaban en mero ridículo.</p>
<p>Así transcurría el tiempo y el cansancio comenzaba a hacer mella en mí. Puede que mi aventura en el Norte me hubiera devuelto la capacidad de luchar y algunas de mis debilidades, pero seguía falto de forma. Él, sin embargo, parecía ajeno al mero concepto de fatiga física y seguía atacando sin detenerse. Un golpe, otro golpe, otro golpe.</p>
<p>Conseguí deshacerme más o menos fácilmente de un espadazo dirigido a mi costado derecho, pero no era más que una táctica disuasoria. En cuanto di un paso hacia mi izquierda, la única maniobra con la que evitar el tajo, él me dio una patada en las rodillas haciendo que mi espalda tocara el suelo y mi cabeza golpeara contra una piedra. Ojalá aquello hubiera sido un entrenamiento, entonces todo hubiera acabado allí. Nos hubiéramos dado la mano y hubiéramos ido juntos al comedor del Cuartel en busca de unas cervezas o algo para refrescarnos. Pero nada más lejos de la realidad.</p>
<p>Me di cuenta de lo rápido que había pasado el tiempo y lo mucho que llevábamos luchando cuando vi que el sol comienza a despuntar en el este. Todavía estaba desorientado ligeramente por el golpe y, por si fuera poco, el sol me daba directamente en la cara, cegándome. Eso impidió que reaccionara lo suficientemente rápido como para evitar que mi enemigo se echara encima de mí y me inmovilizara en el suelo, poniéndome su pie contra el pecho. </p>
<p>Intenté zafarme, pero era imposible. A cada movimiento que yo hacía él respondía aumentando la presión sobre mi pecho. Estaba completamente a su merced. Entonces lo vi. Entre las sombras y las luces, con el amanecer de fondo. Y lo que vi me dejó completamente helado. Era él. No era una leyenda urbana. Era él. Mi atacante, mi familiarmente desconocido atacante, estaba comenzando a desenfundar una segunda espada. Como una revelación, una frase se formó en mi cabeza. </p>
<p>– No te acerques al hombre de las dos espadas. Huye por tu vida.</p>
<p>No sabía quién había pronunciado aquellas palabras que resonaron en mi mente, pero lo hicieron con la voz de Eliaz. Estaba seguro, sin embargo que él no las había dicho y, si lo había hecho, yo no lo recordaba. Pero no quería huir. No. Parecía que había conseguido resistir lo más duro, tendría ahora que plantarle cara. Necesitaba una victoria y si era trabajada más. Y tampoco es que pudiera.</p>
<p>Porque lo intenté. Me revolví como nunca. Pataleé, agité los brazos. Pero no fui capaz. Estaba demasiado cansado, no sólo físicamente. Estaba demasiado jodido, demasiado ciego… No iba a ser capaz de escapar. Tenía que haberlo visto antes, tenía que haber “huido por mi vida”. Pero me había querido hacer el valiente. Pues bien, ahora ya no podía irme y ponerme a salvo.</p>
<p>Definitivamente, aquello era el fin.</p>
<p>Aquello acababa allí…</p>
<p>Definitivamente.</p>
<p>Noté como todo el peso de mi vida caía encima de mí y me aplastaba. Me sentía incapaz de respirar, incapaz de pensar… Incapaz de vivir. Sólo existía el remordimiento. ¿A cuánta gente le había fallado? A Eliaz, que había perdido a su esposa y a su hijo sin siquiera conocerlo. A Mitsuko que yacía muerta un poco más allá o no. O quién sabía dónde. En Kyo, nuevamente huérfano. En mis padres, que volverían a perder un hijo. En Kaiser, que había vuelto a fallar a los Akano, que había vuelto a fallar a Rin… En Eylinn, en Kara, en Bone, en Db… y en el fraude de amigo y de maestro que había sido.</p>
<p>En Nalya y en lo que pensaría al verme rindiéndome otra vez. “Shin jiru ga mama ni”. O como cojones se dijera. Y pensar en ello fue suficiente para empeñarme en un nuevo y desesperado intento para zafarme de la presa. Saqué fuerza de flaqueza y, mientras él alzaba las espadas para descargarlas sobre mí, las dos a la vez, empujé con todo lo que me quedaba dentro y escapé.</p>
<p>Rodé sobre mi costado unos metros para separarme de él mientras él recuperaba el equilibrio. Pero ya no tenía nada más dentro de mí, aquello había sido lo último. Aún así, si tenía que morir, lo haría como un valiente. Como Nalya en su volcán plantando cara al cabrón del minotauro. Como mi abuelo defendiéndose con sus manos desnudas de los cuatro asesinos que entraron en su casa. No tenía armas. El cuchillo que había empuñado había caído demasiado lejos y el otro había quedado atrás, con la bolsa. Pero al menos…</p>
<p>Era una tontería intentarlo. No había funcionado antes, no iba a funcionar ahora. Pero era la última salida. No me quedaba mucha energía. Ni siquiera sabía si me quedaba energía. Pero tenía que intentarlo. Si tenía que morir, lo haría con las botas puestas. Y con su técnica favorita, ya que ella me había dado fuerzas.</p>
<p>– Hado…</p>
<p>Levanté la mirada y vi que la sombra se acercaba de nuevo. Sólo eso bastó para romper mi concentración la milésima de instante suficiente como para hacerme perder todas las oportunidades. La luz roja y azulada del amanecer cubría el cielo cuando me alcanzó con su empellón y me empotró contra aquel árbol. Caí con mi espalda deslizándose sobre el tronco. Y la perra fortuna quiso que me fuera a sentar sobre mi propio vómito.</p>
<p>Noté humedad en mi cogote. No me había hecho sangre al golpear la roca, pero ahora sí. Cuando me eché la mano, se bañó en una fina mezcla de sangre y sudor. Ya era inevitable. La derrota estaba cumplida. Así que invertí mis últimas fuerzas en reírme. O en sonreír, al menos. Ya que me iba a morir, al menos hacerlo así. Cumpliría una promesa que llevaba pendiente desde hacía mucho tiempo.</p>
<p>Había aceptado definitivamente el destino que me esperaba.</p>
<p>Una nueva sombra se abalanzó sobre el hombre de las dos espadas. Él se giró para enfrentarse a su agresor, pero se veía que lo hacía con miedo. ¿Con miedo? Durante todo el combate se había comportado como una bestia. Era extraño que tuviera miedo. Daba igual. Le escuché murmurar algo con una voz gutural, ronca, ininteligible, como si hiciera años que no la usara. Pero daba igual. Ya no había mucho más tiempo. </p>
<p>Mi vista se iba nublando y el mundo a mi alrededor se apagaba. Pero lo que pasara fuera, más allá de mis pupilas, ya era historia. Ya no importaba. Mi tiempo se había acabado. ¿Quién sabe? A lo mejor algún día volvía. Ya lo había hecho una vez… No. Mejor no. Mi tiempo se había acabado, era mejor que de una vez fuera así. </p>
<p>Cerré los ojos, dispuesto a dejarme ir al otro mundo y, de repente, noté aún a través de los párpados como ya no era la luz del sol lo que me daba en la cara. Algo la cubría. Algo me cubría. Abrí los ojos y lo vi. Un rostro familiar, querido, anhelado. Mi sonrisa ya podía dejar de ser una pose para mi último momento en aquel mundo. Ahora sí, por fín, ya estaba completamente preparado. Ahora podía descansar tranquilo y en paz. Lo necesitaba. </p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://centoloman.inopia.net/2011/11/25/akano-55-el-hombre-de-las-dos-espadas/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>4</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Akano 54 &#8211; Asakusa</title>
		<link>http://centoloman.inopia.net/2011/11/18/akano-54-asakusa/</link>
		<comments>http://centoloman.inopia.net/2011/11/18/akano-54-asakusa/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 18 Nov 2011 07:42:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Centoloman</dc:creator>
				<category><![CDATA[Akano]]></category>
		<category><![CDATA[Centolo literario]]></category>
		<category><![CDATA[Mis Escritos]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
		<category><![CDATA[FFF]]></category>
		<category><![CDATA[Historia larga]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[rido]]></category>
		<category><![CDATA[Universo FFF]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://centoloman.inopia.net/?p=2781</guid>
		<description><![CDATA[Nuevo capítulo de las aventuras de Rido en busca de su nuevo lugar en el mundo. Este es bastante más largo que el anterior y espero que cumpla vuestras expectativas. La verdad es que yo estoy bastante contento con el resultado final, para qué voy a mentiros. Enjoy ^^ Akano 54 &#8211; Asakusa – ¡Tú! [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://i184.photobucket.com/albums/x294/Centoloman/Akano.jpg" alt="" width="350" height="150" /></p>
<p>Nuevo capítulo de las aventuras de Rido en busca de su nuevo lugar en el mundo. Este es bastante más largo que el anterior y espero que cumpla vuestras expectativas. La verdad es que yo estoy bastante contento con el resultado final, para qué voy a mentiros.</p>
<p>Enjoy ^^<span id="more-2781"></span></p>
<h2 style="text-align: center;">Akano 54 &#8211; Asakusa</h2>
<p><em>– ¡Tú! – grité con rabia. – ¡Tú!</em></p>
<p>La nueva revelación me llenó de ira y me devolvió las ganas de protestar. Ahora tenía un nuevo “enemigo”, alguien a quien culpar de toda mi desdicha. Era ella la que había provocado todo y ahora estaba allí, disimulándose contra la oscuridad de una noche que había caído de repente. Era ella la que estaba cantando mientras Balmung permanecía allí postrado a sus pies. Y los nervios y la angustia seguían apoderándose de mí.</p>
<p>La sangre se me heló cuando, con lo que podía entenderse como una sonrisa mezquina y hasta lasciva, desenvainó delante de los ojos del viejo mi espada, la que él encarnaba. Y con dudas, pero con una mirada de decidida resignación, él la tomó lentamente entre sus manos. A la luz de la luna, una lágrima brillaba en el recorrido desde los ojos hasta la barba del monje.</p>
<p>Mi respiración se aceleraba y se entrecortaba, al igual que mi ritmo cardíaco. Tomar aire se volvía cada vez más complicado. Jadeaba, sudaba, como si acabara de hacer varias horas de intenso ejercicio físico. La ansiedad y el estrés me estaban venciendo y mi cuerpo estaba comenzando a darse por vencido.</p>
<p>Nadie hacía caso a mis gritos de auxilio ni a mis provocaciones. Balmung me había dicho que no lo detuviese, que tenía que ocurrir. Pero no es que tuviera mucha más alternativa, a juzgar por la situación. Lo único que podía hacer en aquel momento era protestar y rebelarme. Y bien sabe Dios que no había una sola parte de mi ser que no lo estuviera haciendo. Me abalancé contra la reja, la sacudí todo lo violentamente que era capaz, me quedé sin aliento en mis pulmones y casi me destrocé la garganta. Todo inútilmente, pero estaba dispuesto a todo menos a rendirme y resignarme a dejar que aquello pasara sin más.</p>
<p>Sin embargo, no parecía servir de nada. No parecían ser conscientes de mi presencia, aunque a lo mejor lo estaban fingiendo simplemente. Me vino a la mente aquellas películas que había visto durante mi vida mortal en las que los fantasmas trataban de impedir que algo les sucediera a los vivos, pero que al final no eran capaces de hacer nada porque no conseguían interactuar con ellos. O como el Señor Scrooge visitando las navidades futuras, condenado a observar su propia desgracia sin permitírsele intervenir para corregirla.</p>
<p>Y justo en ese momento, cuando el cántico de la sombra estaba llegando también a su cénit y Balmung ya sujetaba la espada en sus manos con la hoja apuntando a la boca de su estómago, el monje me miró. No fue más que un instante, un pequeño momento fugaz, pero la impresión que me causó aquello aún me dura hoy, como si aquel punto del tiempo, aquella imagen, se hubiese quedado grabada en lo más profundo de mi alma.</p>
<p>Había miedo en sus ojos. Peor que eso, había terror. Un terror indescriptible que sólo podía proceder de alguien que había visto la oscuridad más absoluta. Pero, al mismo tiempo, había también una carga de decisión. Provocada por la resignación, sí, pero decisión. Balmung estaba dispuesto a cometer el mayor de los sacrificios y había abrazado ya un futuro que no era el ideal, pero que era el que tenía que suceder. Porque alguien, mi caprichosa amiga Fortuna, así lo había decidido.</p>
<p>Balmung me miró. Fue un efímero segundo, lo que dura en caer un relámpago, pero a partir de ahí todo transcurrió a cámara lenta. Así lo captaron mis ojos, aunque sabía que en realidad había sido un momento violentísimo. Bajó la cabeza y, en un abrir y cerrar de ojos, la punta de mi espada, la punta del propio Balmung, estaba atravesando su pecho.</p>
<p>Comencé a desfallecer, absorto en el movimiento de la hoja hundiéndose más y más aún en las entrañas del monje, como si no tuviera fin, mientras mis fuerzas se me escapaban. Mis piernas flojearon, pronto mis rodillas tocaban el suelo y mis manos no tardaron en seguirlas. Vomité una vez más, la enésima desde mi llegada, y en el último suspiro de mis energías conseguí evitar desplomarme sobre mi propio contenido estomacal. Aunque no logré evitar estrellarme contra el frío suelo.</p>
<p>Notaba cómo, literalmente, se me escapaba la vida a través de la herida de mi pecho. El dolor que estaba sufriendo el monje, tendido delante de mis ojos, era el mismo. Mis pulmones comenzaban a encharcarse, mi pecho pesaba cada vez más. Me quedaba poco tiempo. Y entonces, como una inspiración divina, algo en mi mente se iluminó. Unas palabras que tenía que decir, que no podía callar.</p>
<p>– Este no es el paraíso que nos prometieron – susurré con lo poco que me quedaba de aliento.</p>
<p>Y al mismo tiempo que yo pronunciaba aquella frase, escuché la voz de Balmung recitarla conmigo, al unísono, en los últimos envites de su agonía. Él ya había cerrado los ojos… Ahora me tocaba a mí hacerlo. Dormir, descansar. Despertarme de aquella pesadilla. Porque aquello no podía ser real. Aquello no era el mundo real. Porque si lo era, estaba sellando mi fracaso.</p>
<p>– ¡Eh, tú! – me despertaron unos golpes. – ¡Tú, sí, tú! ¡Despierta!</p>
<p>Mi corazón latía tan rápido que parecía que se me iba a salir del pecho. No era sólo la pesadilla de haber revivido la última vez que había visitado mi mundo interior. No. De hecho, comenzaba a ser tan habitual en los últimos meses que ya casi no producía ningún efecto más allá de no dejarme descansar todo lo que yo quería. Tampoco es que lograra acostumbrarme del todo; por eso todas las mañanas me despertaba buscándome una inexistente herida en mi vientre.</p>
<p>Aquella vez no fue una excepción, aunque no fuera por la mañana. Había dormido muy poco por la noche y me había aprestado a echar una cabezada después de comer algo que había cazado por el bosque. Además, no tenía ánimos para seguir explorando. Total, otro día más perdido en una búsqueda que no daba ningún fruto no importaría nada, ¿verdad?</p>
<p>De todas formas no había sido sólo el sueño lo que me había excitado. Lo que realmente me había puesto nervioso, al borde casi de un ataque de pánico, fue el ver, nada más abrir los ojos, dos inconfundibles uniformes negros y blancos examinándome de pies a cabeza. Me tranquilicé en cierta manera al ver que, pese a su juventud, no reconocía sus rostros. Y era curioso, porque tenían edad suficiente para haber pasado por mis manos durante la Academia. Eso sólo podía significar una cosa.</p>
<p>Los uniformes de shinigami eran muy codiciados en aquellos lares. Infundían un temor y un respeto que valía mucho cuando uno se alejaba tanto de la ciudadela blanca. Era cierto, sin embargo, que cuanta más gente se disfrazaba de oficiales, menos respeto conseguían generar; pero, aún así, había muy pocos hombres que se arriesgarían a plantarles cara. Yo no era uno de ellos.</p>
<p>Sí, podría habérmelos sacado de encima con cierta facilidad. Tanto tiempo vagando por el norte me había obligado a depurar bastante mis habilidades en combate para evitar los asaltos de bandidos, mafiosos y demás familia que moraban en aquel territorio. Pero no podía llamar la atención. No podía arriesgarme a que fueran de verdad miembros del Gotei. Sí, estábamos más o menos lejos del poblado, pero no lo suficiente. Y había uno de aquellos puestos de observación cerca.</p>
<p>– ¡Levántate! – me gritó el otro.</p>
<p>Es más, viendo la situación, iba a ser mejor hacer el papel de meapilas y aguantar las provocaciones de aquella pareja. Shinigamis o no, responder con “mala actitud” a su arrogancia sólo podía llevar a problemas. Iba a ser mejor ser una ovejita dócil y tranquila que sólo balara aquello que quisieran sus pastores y cuando ellos quisieran.</p>
<p>– Buenos días…</p>
<p>– Qué buenos días ni qué buenos días – fue su respuesta del más alto de los dos. Era rubio, con las mejillas pobladas de pecas y la cara afilada. – ¿Qué llevas ahí?</p>
<p>– A… Algo de comida para el camino y una capa para abrigarme – tartamudeé. – Comienza a hacer frío.</p>
<p>– ¿Comida? – respondió el otro, bastante más bajo y algo ancho de más. – ¿Comida?</p>
<p>– S… Sí – contesté. – ¿Hay algún problema, señor?</p>
<p>– Déjame ver eso – ordenó. – ¿Comida? – volvió a preguntar. – ¿Necesitas comer?</p>
<p>–Todo el mundo necesita com…</p>
<p>– No te hagas el listo conmigo – me cortó. – Ya sabes lo que significa eso.</p>
<p>– Sí, mi señor – bajé la cabeza.</p>
<p>– ¡¿Entonces por qué me mientes?!</p>
<p>Desde luego aquellos dos matones no habían sido alumnos míos. Nunca hubiera dejado pasar a nadie con esa actitud. Y estaba seguro de que ninguno de mis compañeros lo habría hecho. Pero no podía confiarme del todo. Siempre podrían haberse colado uno o dos o más. Y si en las últimas promociones se había decidido abrir la mano, era más probable. Aún así era mejor no arriesgarse y seguirles el rollo.</p>
<p>– Lo siento, mi señor.</p>
<p>– ¡Más lo vas a sentir! – gritó el rubio a mi espalda. Había estado revolviendo en mis cosas y había encontrado el cuchillo que había guardado bajo las mantas, listo para responder a cualquier provocación nocturna. Aunque no hubiera servido de nada viendo lo desprevenido que me habían cogido. – ¡¿Qué es esto?!</p>
<p>– Es para defenderme, señor.</p>
<p>– ¡¿Para defenderte?! ¡¿De qué?!</p>
<p>– Comida, un cuchillo… Curioso… – comentó el moreno. Pese a su apariencia más ruda y tosca, parecía más reflexivo. Pero posiblemente sólo había sido una pose. – ¿Nunca has pensado en ingresar en la Academia?</p>
<p>– ¿Este? – se sorprendió el otro. – ¡Pero si es un viejo!</p>
<p>– Lo intenté, mi señor – respondí. – Me rechazaron.</p>
<p>– No me extraña – rió el rubio, antes de resoplar con bastante desprecio. – Un puto viejo.</p>
<p>El bajo contemplaba el cuchillo con un mal fingido interés. Realmente se veía que sólo era pose. Tampoco era importante, no era nada llamativo. Era sólo una pequeña daga más bien tosca que había robado en mi paso por un pequeño campamento de las mafias que controlaban la zona, tres poblados más atrás. El que me había dado Kaiser estaba a buen recaudo, junto con Balmung. Al menos por ahora.</p>
<p>– Nos vamos a llevar esto – dijo al final. – Y también la comida.</p>
<p>– No, mi señor, no se… – supliqué.</p>
<p>– Da gracias que no te llevemos las mantas esas – me interrumpió, con indiferencia. – Tienes razón, está llegando el frío.</p>
<p>Los vi alejarse hacia el sur, en dirección opuesta al poblado, lo cual era un cierto alivio. Esperé a que se escaparan más allá del horizonte y me dirigí con cierta prisa tres troncos más allá del árbol en el que me había apoyado para pasar la noche. No era la táctica más inteligente, pero había pensado que seguramente llamaría menos la atención separarlo de mí.</p>
<p>Aparté unas maderas secas y comprobé con alivio que allí estaban. Balmung, la daga del lobo y mi pequeño macuto con los libros y algunas provisiones extra. No faltaba nada. Hubiera sido un problema mayor que hubieran encontrado todo aquello que el hecho de que aquellos dos buscabullas decidieran que yo pintaba bien para ser su saco de entrenamiento. Mi espada no era algo que pasara desapercibido. No sólo por el hecho de ser una espada, sino por su decoración.</p>
<p>Debía volver a la aldea. Quién sabía si aquella tarde escuchaba por fin algo nuevo que me pudiera ayudar, pero antes necesitaba un baño. Había un riachuelo cercano lo suficientemente profundo así que eso no sería problema. Me acerqué allí, comprobé que no había nadie en los alrededores y comencé la tediosa tarea de deshacer el vendaje que cubría todo mi torso. Había cambiado mi corte de pelo y mi forma de vestir. Me había dejado la barba mucho más larga de lo que nunca habría soportado en mi sano juicio. Pero no podía cambiar nunca mis marcas de Åska. Eso era imposible, así que tenía que esconderlas lo mejor que sabía.</p>
<p>Ya espabilado y limpio, y también tiritando de frío por culpa de las heladas aguas del río, me dirigí a mi nuevo hogar, Asakusa. Llevaba ya tres meses allí, esperando noticias de algo como quien espera a que el tiempo se acabe. Cada vez tenía menos esperanzas de encontrar respuesta para tan siquiera una de mis muchas preguntas. Muchas menos tenía de encontrar a Mitsuko a cada instante que pasaba. Pero, de alguna forma, algo me decía que tenía que esperar allí. Tenía una corazonada. Y aunque no la tuviera. Era el lugar a donde me había enviado la última, casi la única, pista fiable que había encontrado.</p>
<p><em>Maldije a todos los dioses de cuyo nombre me acordaba mientras trataba de buscar un refugio, pero allí no había nada que me protegiera de una lluvia torrencial como aquella. Afortunadamente había conseguido llegar a los Saltos del Cus antes de que comenzara a diluviar. No es que me hubiera servido de mucho. Allí no había encontrado nada.</em></p>
<p><em>Tenía que haberlo sabido. Habían pasado ya dos años desde que pasó todo y, entre otras cosas, aquella era una región muy húmeda. Ya sin contar otro tipo de fenómenos, sólo las veces que habría llovido en ese tiempo, aunque fuera simplemente la cuarta parte de aquello que estaba cayéndome encima ahora mismo, habrían sido suficientes para borrar cualquier tipo de huella física.</em></p>
<p><em>Y tampoco había habido suerte tratando de localizar algún rastro espiritual. Sí, habían pasado dos años, pero aún tenía cierta confianza. Al fin y al cabo, habían pasado prácticamente siete entre la marcha de Nalya y el comienzo de mi búsqueda y había sido capaz de localizarla. Pero algo pasaba, algo no funcionaba. Un velo se había cernido sobre mis sentidos espirituales. Sería seguramente aquella oscuridad de la que había hablado Henkara.</em></p>
<p><em>Tendría que buscar un sitio donde refugiarme. Dos o tres kilómetros más allá estaba el asiento principal del Distrito, así que allí me dirigí. Techo y calor era lo que realmente necesitaba ahora mismo. Y también algo de comida y algo para bajarla. Eso y un sitio tranquilo en el que pensar y plantearme cómo seguir adelante. La cosa no iba a ser sencilla.</em></p>
<p><em>En el centro del pueblo había una especie de taberna. La mayor parte de la gente de allí no necesitaría comer, por no decir todos, pero beber era otra cosa. Y sobre todo en un día como aquel en el que realmente no se podía hacer nada. Quizás por eso el lugar estaba tan concurrido. Y aún así llamé la atención de casi todo el local al entrar. No estaban acostumbrados a ver caras nuevas por allí.</em></p>
<p><em>Busqué un lugar cerca del fuego que había al otro lado de la estancia y me acomodé. Al poco recibí un grito haciéndome saber que allí no había servicio de mesas, así que me levanté con pesadez y pedí algo de beber. Lo que fuera. No estaba en condiciones para elegir. Y menos con veinte pares de ojos repasándome de arriba abajo.</em></p>
<p><em>– ¿Recién llegado? – me preguntó un hombre a mi lado.</em></p>
<p><em>– De paso, más bien. Me ha cogido la tormenta cuando llegaba – respondí. – Voy de camino al norte.</em></p>
<p><em>– ¿Un viajero? Hay que tener muchos huevos para andar por ahí. Y más hacia arriba.</em></p>
<p><em>– Sólo son cuatro gotas – sonreí.</em></p>
<p><em>– No lo digo por la lluvia – comentó, después de tomarse un trago. – Son los contrabandistas, los esclavistas, los asesinos… Y hacia el norte peor.</em></p>
<p><em>– ¿Y los de negro no hacen nada?</em></p>
<p><em>– No eres de por aquí, ¿verdad? – pareció ofenderse. – Esos hijos de puta están demasiado ocupados olisqueándose su entrepierna como para hacernos caso a los sin hambre.</em></p>
<p><em>– En teoría están aquí para defen…</em></p>
<p><em>– Eres demasiado mayorcito para soñar despierto – intervino un segundo aldeano. – ¿No crees?</em></p>
<p><em>– ¿Tan mala está la cosa?</em></p>
<p><em>– La cosa va a más – se quejó el primero. – Como los shinimierda no hacen nada las mafias se creen las dueñas del cotarro. Cada vez llegan más abajo.</em></p>
<p><em>– ¿Más abajo?</em></p>
<p><em>– Son clanes del Norte, de los distritos altos – explicó el camarero. – Hacía mucho tiempo que no se acercaban tanto por aquí.</em></p>
<p><em>– No sólo eso, cada vez están más locos – añadió el más mayor de los tres, el anciano que había hablado en segundo lugar, antes de girarse en busca de alguien. – ¡Eh, Massi, ven aquí!</em></p>
<p><em>Tuvo que insistir varias veces hasta que al final al otro lado de la taberna se levantó un chaval bastante joven. Alto y largo como un día sin pan, pero prácticamente esquelético y con cara de asustado. En tres zancadas había cruzado toda la habitación y se había plantado en el pequeño grupo que habíamos formado junto al fuego.</em></p>
<p><em>– ¿Cuándo fue, Massi? ¿A comienzos del otoño pasado?</em></p>
<p><em>– ¿Cuándo fue qué?</em></p>
<p><em>– Lo de la embarazada aquella… – respondió el anciano, captando por fin toda mi atención. Sin embargo logré sorpresivamente mantener la calma. – La que iba con hombres de Hork.</em></p>
<p><em>– Hace dos años – le corrigió el joven. – Aún no habían empezado las lluvias así que… finales de verano.</em></p>
<p><em>– Finales de verano, principios de otoño – bufó el otro. – ¿Qué más da? El caso es que esos hijos de puta son unos degenerados y nadie hace nada.</em></p>
<p><em>– No eran hombres de Hork, Frank – terció el camarero. – Iban de negro. Los de Hork nunca van de negro.</em></p>
<p><em>– ¿Shinigamis? – pregunté fingiendo en la medida que era capaz que sí, me producía curiosidad pero que no necesitaba saberlo imperiosamente.</em></p>
<p><em>– No, no… Era distinto… Estos llevaban como hábitos, como capuchas… No sé, estaba oscuro y tampoco me paré a verlos. Más bien me… escondí – confesó con vergüenza.</em></p>
<p><em>– ¡¿Ves?! – le dijo el que me había hablado primero al tal Frank. – Esos no son de Hork.</em></p>
<p><em>– Existe una cosa que se llaman disfraces…</em></p>
<p><em>– ¿Y hacia dónde iban? – le interrumpí. – Para no… toparme con ellos.</em></p>
<p>“Asakusa”, había respondido el tal Massi. Al parecer se lo había escuchado a los captores mientras pasaban delante del arbusto bajo el cual se había escondido. Y Asakusa era el nombre que la gente del Rukongai daba a lo que el Sereitei conocía como Distrito 62 Norte. Allí me había dirigido hacía dos semanas y no había encontrado ninguna pista, lo cual era curioso: la descripción del chaval de los Saltos era la de un grupo más o menos grande, de una decena de personas. Ya era difícil encontrarse con viajeros como para que un grupo como aquel pasara desaparecido.</p>
<p>Casi podía decir con seguridad que no había pasado por Asakusa ningún grupo de esas características. Si es que en algún momento habían llegado a ser Nadie los que Massi había visto y no los esclavistas que tanto miedo infundían por aquellas tierras. En otras palabras había fracasado. Había fracasado vilmente. Me había fallado a mí mismo y a todos los que me querían. Le había fallado a Eliaz, aún encima de que él había puesto su confianza en mí contra todo pronóstico. Había hecho una promesa más, otra promesa que no podía cumplir. Kaiser me lo había dicho y yo no le había hecho caso.</p>
<p>Me había prometido que no iba a perder la esperanza, pero comenzaba a perderla. Aún así, me obligaba a ir cada mañana allí a ver si encontraba algo. Además, tampoco tenía más sitio a donde ir. ¿A casa? Ya prácticamente no tenía casa, ni amigos, ni familia, ni nada. Les había fracasado a todos. ¿Al mundo mortal? Esa parecía la mejor de las salidas, pero no tenía forma de irme. Siempre podría escapar al Anillo Exterior, o volver a la tierra de mi abuelo, pero no tenía ni siquiera fuerzas para ello. Asakusa era un lugar tan bueno como cualquier otro. Ya casi era uno de los locales, aunque muchos de ellos seguían mirándome con un cierto recelo. Y de alguna forma tenía que esperar allí. Por eso me había quedado. ¿Y si llegaba alguna noticia?</p>
<p>Me dirigí al centro común del pueblo. Era un edificio grande y con un interior diáfano que se alzaba en el medio y medio de la aldea. Allí se reunían durante las grandes nevadas de invierno, bajo el fuego, para protegerse mutuamente de lo que pudiera pasar. Según ellos, en el bosque vivían sombras no precisamente cariñosas y amables. Yo solía ir allí por las noches, para cenar algo y, por lo menos, tener algo de contacto con la gente que me rodeaba. Envolverme en el misterio sólo haría que se comenzaran a hacer preguntas.</p>
<p>Pura superstición, claro. Había investigado los alrededores por si esas “sombras” fuesen algo más mundano. Pero no había absolutamente nada. Era un bosque normal, como tantos otros, ni más ni menos. Aquello también había resultado ser una pista que conducía a ninguna parte, si es que algún día había alcanzado el estatus de pista.</p>
<p>Antes de entrar en la gran sala común, me detuve ante el tablón de anuncios comunales, como todas las mañanas. A lo mejor alguien había visto algo y lo había puesto allí. No era la primera vez que recibía falsas esperanzas de esa forma. Pero aquella mañana sólo estaba allí la misma hoja de siempre: un dibujo ya medio carcomido por la humedad y la intemperie, sobre un papel amarillento quemado por el poco sol que le llegaba en aquella época.</p>
<p>Las últimas lluvias lo habían dejado casi indistinguible, pero yo sabía bien lo que era. Ese dibujo había sido hacía no tanto un retrato de un shinigami con melena y barba. Ese dibujo había sido mi retrato. Era de antes de mi arresto. Desde entonces, por fortuna, había cambiado mucho. Ahora estaba más delgado, me había cortado el pelo, cambiado el estilo de la barba. El cautiverio y la vida a la intemperie habían conseguido además que mi piel envejeciera bastante y me salieran canas y alguna arruga. Comparado con aquel chaval alegre del cartel de “Se Busca”, yo era casi un anciano.</p>
<p>Las primeras veces que lo había visto se me había puesto el corazón en un puño. ¿Y si alguien me reconocía? ¿Y si los shinigamis que pasaban por allí me encontraban? La recompensa que figuraba bajo mi nombre era demasiado jugosa para cualquiera de los que allí vivían. Incluso les habría permitido afrontar con garantías el largo y penoso viaje al sur. Afortunadamente para ellos sólo era “Viajero” o “Mendigo”. Así me conocían y así era mejor. Allí arriba nadie hacía preguntas incómodas, todos tenían algo que ocultar. O casi todos.</p>
<p>Lo cierto es que, poco a poco, me fui acostumbrando al nerviosismo y al miedo, al estar siempre alerta, hasta dejar casi de sentirlos. Ahí fue cuando comenzó el verdadero problema, porque el estress, el ocuparme de no ser descubierto, conseguía enmascarar cuestiones mucho peores que empezaron a aflorar. Había sido entonces cuando me había comenzado a torturar.</p>
<p>A torturarme, sí. No era consciente de haberlo hecho nunca, pero viendo, o recordando, al joven de la foto, no podía dejar de preguntarme cómo habría sido mi vida si me hubiera dejado de historias, de promesas incumplidas y de embarcarme en aventuras que iban infinitamente más allá de lo que podía abarcar. Y de embarcar en ellas a mi familia, a mis amigos, a la gente que quería… Quizás&#8230; quizás ni siquiera habría muerto la primera vez, habría llevado una vida tranquila y, quién sabe, a lo mejor ahora Kyo sería realmente mi…</p>
<p>Era mejor no pensar en ello. Aunque lo había vuelto a hacer. Sacudí la cabeza para espantar los pensamientos molestos y empujé la puerta de la sala. Me maldije a mí mismo por haber caído de nuevo en la trampa de mirar aquel papel y entré. Allí dentro tampoco cambiaba nunca nada. Todo apuntaba a que sería otro día más en Asakusa sin mayores sobresaltos.</p>
<p>– Buenas noches, Mendigo.</p>
<p>– Markus…</p>
<p>Era un tipo alto, corpulento, anciano ya, pero todavía con el aspecto del hombretón que debía haber sido en su Alemania natal. Markus era un buen hombre, abierto, amable, bastante sabio en materia de la vida. Compartíamos un cierto vínculo, quizás porque él también estaba bastante atormentado por su pasado. Había sido un suboficial nazi durante la Segunda Guerra Mundial y lo que había visto le perseguía aún tantas décadas después de haber cruzado la puerta hacia la Sociedad de Almas. Aún a pesar de todo se había ganado el respeto de la gente de por allí y era algo así como el jefe de la aldea.</p>
<p>– Tienes un aspecto de mierda, ¿sabías? Tampoco hubo suerte anoche – adivinó.</p>
<p>– ¿Suerte? ¿Con qué? – me hice el loco. – Sabes que yo…</p>
<p>– “No juego” – completó. – ¿Vamos a tener que repetir lo mismo todos los días? Lo que estés buscando – fue directamente al grano. – No lo has encontrado.</p>
<p>– No… – confesé.</p>
<p>– Quizá mañana.</p>
<p>– Quizá nunca – bufé.</p>
<p>Prácticamente todos los días teníamos la misma conversación. Al menos así comenzaba siempre, conmigo quejándome de la falta de noticias y él tratando de hacerme mantener la esperanza. Ahora es cuando él contaría alguna historia con moraleja e intentaría levantarme el ánimo para poder continuar el siguiente día. Pero quizá es que yo estaba tan inmunizado que ya ni eso funcionaba.</p>
<p>Sin embargo, ese día no iba a ser como los demás. Antes de que Markus pudiera replicar alguna fábula contra mis protestas, la puerta principal del salón se abrió y toda una “familia” entró en tromba. Al poco le siguieron otras dos. Él se levantó y fue a preguntarles qué pasaba, pero todo el mundo estaba demasiado asustado para decir nada. Al final, un chico que no debía haber cumplido nunca la veintena, consiguió juntar los redaños necesarios para explicarlo.</p>
<p>– La… La Sombra – musitó con pánico. – La sombra está en el bosque.</p>
<p>– ¿La Sombra?</p>
<p>– La sombra de las dos espadas.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://centoloman.inopia.net/2011/11/18/akano-54-asakusa/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>2</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Akano 53 &#8211; La bruja blanca</title>
		<link>http://centoloman.inopia.net/2011/11/11/akano-53-la-bruja-blanca/</link>
		<comments>http://centoloman.inopia.net/2011/11/11/akano-53-la-bruja-blanca/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 11 Nov 2011 15:38:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Centoloman</dc:creator>
				<category><![CDATA[Akano]]></category>
		<category><![CDATA[Centolo literario]]></category>
		<category><![CDATA[Mis Escritos]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
		<category><![CDATA[FFF]]></category>
		<category><![CDATA[Historia larga]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[rido]]></category>
		<category><![CDATA[Universo FFF]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://centoloman.inopia.net/?p=2774</guid>
		<description><![CDATA[11/11/11, día mágico que algún estúpido dice que no se repetirá hasta dentro de 1000 años. Seguramente es porque sólo hay años 11 en en los siglos con ceros por el medio. Pero más allá de ello, es viernes, y eso supone ración semanal de Akano. Esta vez puntual y no como la semana pasada. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://i184.photobucket.com/albums/x294/Centoloman/Akano.jpg" alt="" width="350" height="150" /></p>
<p>11/11/11, día mágico que algún estúpido dice que no se repetirá hasta dentro de 1000 años. Seguramente es porque sólo hay años 11 en en los siglos con ceros por el medio. Pero más allá de ello, es viernes, y eso supone ración semanal de Akano. Esta vez puntual y no como la semana pasada.</p>
<p>Enjoy ^^<span id="more-2774"></span></p>
<h2 style="text-align: center;">Akano 53 &#8211; La bruja blanca</h2>
<p>Estaba medio adormilado, pero lo suficientemente alerta. Me levanté nada más escuchar el ruido de pasos al otro lado de la puerta, donde aún era de noche. Apresté la daga que me había dado Kaiser y esperé pacientemente a que entrara. En cuanto lo hizo, me situé a su espalda con un movimiento rápido y le atenacé el cuello con mi brazo izquierdo mientras le amenazaba con el cuchillo. En cuanto comprobé que era él, lo solté.</p>
<p>– Vaya mierda de sitio – se quejó.</p>
<p>– Mejor así – le solté, y me encaminé hacia una vieja mesa de madera en la que había puesto un quinqué. – Has tardado mucho.</p>
<p>Había pasado más de un mes desde que me había separado del viejo lobo. Me había escondido en la antigua casa de Kyo. En un primer momento había pensado en ir hasta el 57 Oeste y quedarme en casa de mi abuelo. Pero de la cabaña sólo quedaban cenizas y estaba harto de subterráneos. La casa de su Teniente me pareció más adecuada, aunque no sabría decir por qué. Sabía bien cuáles eran las instrucciones, así que había procurado mantener la paciencia. Pero necesitaba ponerme a hacer algo, la espera me estaba matando.</p>
<p>– Había que esperar a que la cosa se calmara, ¿no?</p>
<p>– ¿Y se ha calmado?</p>
<p>– No del todo, pero en fin… – me tiró la bolsa de cuero que llevaba en su mano izquierda. – Aquí está lo que pediste.</p>
<p><em>– Tú realmente entiendes más bien tirando a poco de lo que está pasando, ¿verdad? – me recriminó el viejo en cuanto hubimos recorrido una distancia más o menos segura por los subterráneos.</p>
<p>– Mira, Kaiser…</p>
<p>– ¿Cómo que mira? ¿“La traeré de vuelta”? – bufó. – ¿Pero qué mierda de…? Como si no te llegara con estar vivo.</p>
<p>– ¡¿Y qué cojones quieres que haga?! Venga, dime, dime – contesté. – ¡¿Qué quieres que haga?! ¿Que me quede de brazos cruzados sin hacer nada? ¿Que deje pasar el tiempo a ver si dentro de… no sé, setecientos años alguien se decide a hacer justicia?</p>
<p>No habían terminado de salir aquellas palabras de mi boca y me había arrepentido ya. La referencia era demasiado exacta, demasiado concreta como para no darse cuenta. Él no contestó. No verbalmente. Simplemente clavó sus ojos bicolor en los míos, apretó con rabia los dientes, enseñando sus colmillos y se dio la vuelta antes de hacer nada malo.</p>
<p>– ¡Kaiser! – lo llamé, tratando de no levantar demasiado la voz, no fuera a ser que llamáramos algún tipo de atención no deseada. – ¡Kaiser! ¡Mierda! – protesté entre dientes antes de correr en su búsqueda. – Espera, joder. Lo… Lo siento.</p>
<p>– Sé que lo sientes – respondió fríamente. – Por eso no te he partido la boca ahí mismo. No estás en tu sano juicio aún del todo y por eso voy a llevarte a casa como les prometí a tus padres.</p>
<p>Seguía andando a todo lo que era posible sin convertir la caminata en una carrera y ni siquiera se había dignado a mirarme desde mi exabrupto. Estaba visiblemente enfadado. Nunca lo había visto así tan rabioso. Por lo menos conmigo. Realmente le había dado donde más le dolía: en el centro de su orgullo.</p>
<p>– A partir de ahí lo que hagas ya no es cosa mía – siguió hablando. – Como si quieres atarte tú mismo al Soukyouku.</p>
<p>– No vamos a volver a casa ahora y lo sabes.</p>
<p>– Vas a volver porque lo digo yo – se giró por fin, señalándome amenazadoramente con el dedo. – Así te tenga que arrastrar por esa mierda de melena que tienes.</p>
<p>– Ahora eres tú el que no lo entiende – repliqué tratando de mantener la calma.</p>
<p>– ¿Ah, sí? – sonrió escéptico. – Ilumíneme, Profesor.</p>
<p>– El Gotei sabe que estoy vivo. Nadie sabe que me he escapado y que sé que son ellos – enumeré. – La casa de mis padres es el primer lugar donde buscarán. Además, no es por este túnel – añadí.</p>
<p>– Entonces… – contestó con tono avergonzado por no haber caído antes en la cuenta.</p>
<p>– ¿Sabes si te vieron? – le dije, mientras le guiaba hacia la bifurcación correcta, al menos según lo recordaba de cuando habíamos planeado la operación contra Nadie.</p>
<p>– Si me vieron… ¿Quién?</p>
<p>– Los monos colorados… – le espeté. – Céntrate, joder. Db, los Ejecutores.</p>
<p>– No, no me vieron…</p>
<p>– Entonces tú irás a casa… y de paso me harás un favor.</em></p>
<p>Abrí la bolsa y comprobé que estaba todo. Y así era. Allí estaban los tres volúmenes que le había pedido a Kaiser. O, mejor dicho, los tres cuadernos: mis notas personales sobre la investigación, el diario de mi abuelo y mi copia del diario de Sadoq Asharet. Aunque realmente no era una copia, sino una serie de anotaciones, muchas de ellas demasiado dispersas, que había hecho sobre los papeles que Eliaz me había dejado y sobre lo que había podido ver las pocas veces que me había dejado acceder al tomo.</p>
<p>– Gracias – sonreí. – Creo que con esto al menos tendré por dónde empezar.</p>
<p>– ¿Cómo ha pasado esto? – preguntó Kaiser. – Dios mío qué desastre.</p>
<p>Levanté la vista hacia él. Estaba distraído, contemplando el desorden de la que había sido la habitación principal de la casa del Teniente.</p>
<p>– Nalya pasó… y diez años de abandono. Aunque sobre todo Nalya – contesté. – No llevó muy bien la muerte de Kyo.</p>
<p>– Ya veo… – murmuró. – Por cierto, – cambió el tono – sigo sin entender para qué querías los libros.</p>
<p>– Porque aquí tiene que estar la respuesta… o el camino a la respuesta.</p>
<p>– No creo que ni el loco de Sadoq ni tu abuelo supieran dónde esos hijos de la gran puta se han llevado a Mitsuko.</p>
<p>– Eso es cierto… Pero a lo mejor logramos entender por qué se la han llevado y por qué no fui yo el que murió en el Soukyoku.</p>
<p>– Prometiste traer de vuelta a la chica, no salvar el mundo.</p>
<p>Era cierto, pero no por ello le iba a dar la razón o a dignificar su objeción con una respuesta. Mientras tanto hojeaba los papeles que me había traído. No podía esperar a comenzar a examinarlas. Echaba de menos aquella sensación. Pero Kaiser tenía razón. Ahora era el momento de la acción, no de la reflexión.</p>
<p>– Pero si se pueden hacer las dos cosas a la vez…</p>
<p>– Si tú lo dices…</p>
<p>– Sí. Lo digo – respondí rápido. – En fin… Dale saludos a mis padres, a Yuki, a Gaby… a todos.</p>
<p>– ¿A dónde vas a ir?</p>
<p>– No lo sé seguro, pero tengo una ligera idea – me encogí de hombros. – De todas formas, es mejor que no lo sepas.</p>
<p>– ¿Quieres que le diga algo a Kyo?</p>
<p>Lo miré un rato pensativo. Si algo me pesaba de la situación actual era no haber podido ir a visitar a mi hijo. Pero era lo mejor. Él era ahora todo un Oficial del Gotei 13 y yo sólo le daría problemas. No los necesitaría ahora mismo. No. Era mejor que también se mantuviera al margen de esto. Por su bien.</p>
<p>– Dile que lo quiero, que enhorabuena por la graduación y… que volveré – decidí al final. – Trata de que no quede tan frío como esto, por favor – maticé después.</p>
<p>– Vale…</p>
<p>– Entonces adiós. Hasta que…</p>
<p>– Hasta pronto – sonrió él, dándome un abrazo y deseándome suerte.</p>
<p>– Kaiser… – le dije, ya desde el umbral de la puerta. – Cuida del chico.</p>
<p>Era todavía de noche. Mejor. Así la oscuridad me ampararía de las posibles miradas indiscretas que me rodearan. Me dirigí hacia el noreste. Sin un rumbo realmente fijo, pero era la única pista que tenía. O, mejor dicho, era lo más parecido a una pista que tenía. Porque, si me ponía a pensar, no tenía realmente nada a lo que agarrarme para empezar.</p>
<p>Bueno, sí. Había llegado a una conclusión muy clara: Mitsuko era importante por el hijo que llevaba en su seno. Aunque eso lo había tenido claro desde el principio, no había confirmado mis sospechas hasta que Kaiser hubo relatado mi falsa ejecución y mis supuestas últimas palabras. ¿Cómo podían haber sido tan burdos? Pero, sin duda, si lo habían hecho sus motivos tendrían. Si algo había aprendido es que Nadie nunca hacía nada sin razón.</p>
<p>Aunque eso no era una esperanza alentadora. Sabía que, en cuanto el niño naciera, la madre ya no les sería de mucha utilidad. Y ya habían pasado dos años. Había muchas posibilidades de que Mitsuko ya estuviera muerta. Pero aún así no podía ceder a pensar eso. No podía buscar motivos para la desesperanza, sino todo lo contrario. Tenía que aferrarme hasta el último resquicio de esperanza que pudiera presentarse en el horizonte. Si no, no llegaría a ningún lado.</p>
<p>Pero, ¿por dónde empezar a buscar? No iba a ser fácil, lo sabía, pero al menos tenía un cierto terreno ganado. Un mes atrás, a los pocos días de separarme de Kaiser, había estado rondando los poblados limítrofes al Sereitei en busca de algún tipo de rastro. Igual que había comenzado mi búsqueda de Nalya. Pero esta vez no había encontrado nada. Era como si un velo de oscuridad lo hubiera cubierto todo. No sabía si era yo o es que había pasado demasiado tiempo, pero lo cierto es que no era capaz de encontrar el rastro.</p>
<p>Había pensado en acudir a mi madre. No directamente, claro, no podía ponerla en peligro, pero siempre podría consultarla a través de Kaiser. El viejo lobo iba a contactar conmigo de todas formas, siempre podía hacerle un encargo más, aunque multiplicar los encuentros iba a ser demasiado arriesgado y no tenía forma de hacerle llegar ningún mensaje. No, tenía que buscar otra forma de hallar la primera señal del camino.</p>
<p>Fue entonces cuando se hizo la luz. Una mañana, ya a medio camino de mi refugio, había escuchado una conversación entre unos chavales acerca de una misteriosa “bruja” que vivía en uno de los Distritos del este. La bruja blanca, le llamaba la gente. Fue eso lo que me despertó la curiosidad, así que me acerqué a aquellos dos niños y les pregunté por aquella mujer. Ellos no la habían conocido, sólo habían oído hablar de ella a los pocos viajeros que transitaban los caminos del Rukongai, y por eso sus historias eran bastante exageradas. Pero, aún así, me había hecho una buena idea de quién podía ser aquella mujer. Sólo esperaba que quisiera ayudarme, aunque eso tendría que ser después de que se calmase la situación. Primero tenía que dejar pasar la tormenta y esperar por Kaiser.</p>
<p>Pero el viejo lobo ya había regresado y las cosas se habían tranquilizado un poco, o eso decía, así que ahora había llegado ya el momento de dirigirme hacia la guarida de la supuesta hechicera. No sabía donde era o si sería fácil llegar. Pero lo único que podía hacer era ir hacia el sector este y comenzar a indagar.</p>
<p>A medida que me adentraba en los distritos más o menos inferiores de la zona oriental del Rukongai, mi búsqueda comenzó a dar resultados. Allí su fama era mayor, como era de suponer, aunque no todo el mundo sabría decir con precisión dónde vivía. Unos decían que era una ermitaña que vivía en lo alto de unas montañas por las que no transitaba nadie. Otros que era una mujer normal y corriente que vivía en uno de los poblados de la zona y que todos los rumores eran exagerados.</p>
<p>Lo que estaba seguro era que no era fácil de encontrar. Los aldeanos, en cierto modo, la temían, y procuraban mantenerse algo apartados de ella. Aunque eso no coincidía para nada con la imagen que yo tenía de ella, era en cierto modo explicable aquella reacción por parte de gente que no había tratado, como nosotros, con la “magia”. Mucho menos con lo que ella era capaz de hacer. Incluso muchos shinigamis expertos en el uso de las artes demoníacas miraban con recelo sus habilidades.</p>
<p>Pero al fin di con ella. Vivía en el 7 Este, o en el 8, quizás. Había dado tantas vueltas que no sabía exactamente donde ubicarme. En una pequeña cabaña que apenas llamaba la atención de las demás, sin comodidades. Viendo aquello, nadie podría adivinar que aquella a la que ahora llamaban bruja blanca había sido no hace mucho una de las personas más importantes de aquel mundo en el que vivíamos.</p>
<p>– Lo de acercarte sigilosamente se te daba mejor antes – me dijo, a modo de saludo.</p>
<p>– Igual que a ti lo de ocultar tus habilidades – sonreí. – Debe ser la edad que nos ha vuelto torpes.</p>
<p>Se giró y me lanzó una mirada fulminante con aquellos fieros ojos rojos que tanto me habían impresionado siempre. Después de unos segundos de intentar acuchillarme por aquella broma fuera de lugar, relajó el gesto y me invitó a sentarme después de ofrecerme una taza de té. Sabía que, además, había aprovechado aquel momento para examinarme completamente y averiguar qué venía a hacer. Aunque nunca lo usaría como una ventaja, claro.</p>
<p>– Ese pelo te queda fatal y la perilla peor – comentó.</p>
<p>– Es la muerte, que no me sienta bien – me encogí de hombros. – Y lo de hacer uno mismo de peluquero, pero necesitaba pasar desapercibido. Era eso o ponerme una capucha. Y no es que me guste ponerme capuchas… A ti sí que te ha sentado bien la jubilación, Jefa.</p>
<p>– Ya no soy tu Jefa – replicó.</p>
<p>– Ni yo soy shinigami – contesté. – Pero tú siempre serás la Jefa… a menos que prefieras lo de la bruja blanca – añadí.</p>
<p>– Sí, bueno, eso… ¿Qué quieres?</p>
<p>– Supongo que ya has escuchado las noticias.</p>
<p>– Es difícil no enterarse – respondió. – Sobre todo cuando alguien traiciona a su mejor amigo, asesina a su esposa, muere y resucita. Ya van dos veces que lo haces – apuntilló.</p>
<p>– ¿Lo de traicionar y asesinar o lo de morir y resucitar? – traté de quitarle hierro.</p>
<p>En sus palabras había cierto residuo de resentimiento, de traición y de acusación. Aunque realmente no era su intención. No. Más bien hablaba como una madre que ve con profunda decepción los errores y los problemas de sus hijos. Porque eso había sido en cierto modo ella para muchos de nosotros. Henkara no había sido sólo la Capitana de la Novena División, también había procurado ejercer una cierta maternidad sobre los que éramos sus subordinados.</p>
<p>– Lo de meterte en líos más grandes de lo que puedes abarcar, Rido – explicó. – Ese es tu problema.</p>
<p>– Lo sé… Lo sé…</p>
<p>– ¿Sabes por qué les prohibí a tus compañeros hablarte de lo de Yorokonde?</p>
<p>– ¿A qué viene eso ahora? – me sorprendí.</p>
<p>– La chica, la de tu primera misión en solitario, vivía allí, ¿verdad?</p>
<p>– Sí… – asentí con desgana. – Mira, Jefa… No estoy aquí para que me sermonees.</p>
<p>– Rido, lo que te pa…</p>
<p>– Lo que me pasa es que me implico demasiado, lo sé – completé yo. Me sabía el sermón de memoria. Era el mismo que ella me había echado alguna vez y Bone y Db y mi madre. Era el mismo que Kaiser me había echado mientras escapábamos por los subterráneos de la casa de Eliaz. Incluso Nalya me había echado en cara alguna vez lo mismo. – Que si tengo complejo de mesías que si bla, bla, bla… Jefa, necesito hacer esto.</p>
<p>– Está bien – resopló. – Está bien. Pero que conste que yo sería más partidario de que desaparecieras sin más. Vete al mundo mortal. Aléjate de toda esta…</p>
<p>– ¿Mierda? – me atreví a concluir. – Créeme que lo haría. Pero…</p>
<p>– Pero es superior a tus fuerzas – dijo ella con una sonrisa cariñosa. – Rido, Mitsuko no es tu esposa. ¿No puede Eliaz?</p>
<p>– ¿Crees que no lo habría hecho si pudiera? Lo tienen agarrado por los huevos – expliqué. – Lo han amenazado, a él, a la Bicha y al crío.</p>
<p>– ¿Quién?</p>
<p>– No me lo quiso decir – contesté. – Pero me atrevería a decir que un hijo de puta con capa blanca y sonrisa autosuficiente.</p>
<p>– Una acusación muy fuerte para hacerla sin pruebas.</p>
<p>– Es una corazonada que tengo desde hace un tiempo – aclaré. – Pero vamos… Ese no es el tema. ¿Me vas a ayudar o no?</p>
<p>– Eres tan cabezón como ella cuando te pones – rió. – Lo sabes, ¿verdad?</p>
<p>– Tuve una buena maestra, lo reconozco – admití. – Mitsuko… Intenté localizarla yo mismo y no pude. Y tampoco puedo pedirle ayuda a mi madre…</p>
<p>– Entiendo… De todas formas no serviría de nada – comentó.</p>
<p>– ¿No serviría de…? ¿Por qué?</p>
<p>– Hace dos años, cuando te “ejecutaron”, yo estaba allí – comenzó a explicar. – Como muchos de los que fuimos y te conocimos, no me tragué el montaje. Me había prometido a mí misma que no me iba a meter en el tema, pero no pude evitarlo – se levantó y buscó algo. Al poco vino con un mapa del norte y me lo enseñó. – Conseguí seguirla hasta aquí, hasta los saltos del Cus, pero entonces me topé con tinieblas.</p>
<p>– ¿Y te rendiste?</p>
<p>– Sí, Rido – confesó. – Me rendí. ¿No lo entiendes? Me encontré con oscuridad. Fuera lo que fuera lo que ocurrió allí es mejor no saberlo.</p>
<p>– Yo no puedo quedarme sin saberlo – contesté. – Iré entonces a los saltos del Cus.</p>
<p>– Rido…</p>
<p>– Gracias, Jefa – le dije. Y me fui.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://centoloman.inopia.net/2011/11/11/akano-53-la-bruja-blanca/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>8</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Akano 52 &#8211; De vuelta a casa</title>
		<link>http://centoloman.inopia.net/2011/11/05/akano-52-de-vuelta-a-casa/</link>
		<comments>http://centoloman.inopia.net/2011/11/05/akano-52-de-vuelta-a-casa/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 05 Nov 2011 11:42:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Centoloman</dc:creator>
				<category><![CDATA[Akano]]></category>
		<category><![CDATA[Centolo literario]]></category>
		<category><![CDATA[Mis Escritos]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
		<category><![CDATA[FFF]]></category>
		<category><![CDATA[Historia larga]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[rido]]></category>
		<category><![CDATA[Universo FFF]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://centoloman.inopia.net/?p=2768</guid>
		<description><![CDATA[Ahí vamos. Ayer avisé de que esto podía tardar un poco más esta semana, pero al final sale antes de lo previsto en mis cálculos iniciales. Continuamos con el retorno de Rido&#8230; Aunque no durará mucho. Enjoy ^^ Akano 52 &#8211; De vuelta a casa Simplemente tuve que poner un pie encima de los adoquines [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://i184.photobucket.com/albums/x294/Centoloman/Akano.jpg" alt="" width="350" height="150" /></p>
<p>Ahí vamos. Ayer avisé de que esto podía tardar un poco más esta semana, pero al final sale antes de lo previsto en mis cálculos iniciales. Continuamos con el retorno de Rido&#8230; Aunque no durará mucho.</p>
<p>Enjoy ^^<span id="more-2768"></span></p>
<h2 style="text-align: center;">Akano 52 &#8211; De vuelta a casa</h2>
<p>Simplemente tuve que poner un pie encima de los adoquines blancos del Sereitei para que un incómodo escalofrío recorriera toda mi espalda. Era como viajar al pasado, a un lugar que nunca había querido seguir el curso del tiempo, que prefería ir por libre. Aunque en el fondo había cambiado todo. Durante algún tiempo, aquella había sido mi casa y ahora tenía que abusar de la confianza de un amigo para poder entrar.</p>
<p>Era una sensación rara, distinta. Quizá por eso noté como si todas las células de mi cuerpo tiraran de mí hacia atrás y trataran de decirme que saliera de allí cuanto antes. Pero logré mantener la compostura. Me había arriesgado para poder hablar con Eliaz y no me iba a marchar hasta haberlo hecho.</p>
<p>Pero aún así no podía evitar sentirme como un pez fuera del agua. Aquel ya no era mi sitio y todo allí me lo recordaba. Hasta la luz que se reflejaba en los muros blancos parecía recordarme que mi sitio estaba en un lugar más oscuro, como la cueva en la que había pasado mis dos últimos años, y no en los callejones que tantas veces había recorrido.</p>
<p>Porque, en el fondo, todo había cambiado. Parecía que no, pero todo era ahora distinto. Se notaba en el aire. Dos años no eran nada en el Sereitei. Allí siempre daba la impresión de que el tiempo no pasaba. Todo era demasiado estable e inmutable. En mi primera etapa allí había odiado aquello, siempre había intentado escapar, hacer lo imposible por introducir un poco de caos en tanto orden. Cuando regresé, había anhelado aquella inmutabilidad en contraste con el desastre que había sido mi vida en el mundo mortal. Ahora…</p>
<p>Ahora todo era indiferente. Caos, orden, cambio, permanencia… Todo me daba igual. Sí. Podría decirse que, pese a todo, la indiferencia era lo que definía mi estado de ánimo desde el momento en que Kaiser me liberase de mi cautiverio. Era cierto que necesitaba hablar con Eliaz, arreglar las cosas y que no quería estar en el Sereitei, pero, de algún modo, aquello era más fruto de un razonamiento que de un sentimiento. Sabía que era lo que tenía que hacer, pero nada más. Realmente por dentro estaba casi vacío.</p>
<p>Quería sentir algo. Yo no era un robot mecánico que obraba sólo por razonamientos lógicos. Me decía que era una etapa, que lo único que tenía que hacer era darle tiempo y adaptarme. Suponía que en cuanto hablara con mi amigo todo cambiaría. Que la previsible intensidad de la conversación que iba a mantener despertaría de nuevo en mí todo lo que se suponía que debía sentir pero… ¿sería cierto?</p>
<p>– Debe ser difícil…</p>
<p><em>– ¡Estoy en casa! – anunció Kaiser a grito pelado antes siquiera de abrir la puerta.</em></p>
<p><em>Inmediatamente, mis padres aparecieron en tromba en la entrada. La vuelta del viejo lobo sólo podía significar una cosa para ellos. Mi padre se quedó paralizado al verme, los ojos desencajados y la boca abierta en una mueca de absoluta sorpresa. Por esperado que fuera, quizás mi regreso lo había considerado más allá de toda esperanza. Mi madre, en cambio, estalló en un llanto de alegría y se abalanzó sobre mí, abrazándome y besándome nerviosamente, sin saber qué decir o qué más hacer.</em></p>
<p><em>A decir verdad, yo tampoco sabía qué hacer ni qué decir. Sabía que tenía que ir a casa primero. No podía dejar que mis padres se enteraran de la buena noticia por terceros o después que otra gente “menos importante”. Pero más allá de ello, realmente importaba poco. Sí. Era bueno estar en casa de nuevo, pero en realidad no era más que una mera formalidad. Sabía que no iba a estar allí mucho tiempo.</em></p>
<p><em>– Ya veo… – susurró mi madre una vez consiguió recuperar un poco la compostura, cosa que le fue bastante difícil.</em></p>
<p><em>Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, sorbió los mocos y volvió a estrecharme en un abrazo. Seguramente querría decir muchísimas cosas pero permaneció en silencio. Correspondí a su abrazo y la rodeé con mis brazos tratando de devolverle todo el cariño que me estaba demostrando.</em></p>
<p><em>Y, aún así, no sentía prácticamente nada. Al final, decidí que lo mejor era terminar con aquella farsa y la solté. Ella se resistió a dejarlo, pero al final ella también cedió. Mi padre, al fondo de la escena, había relajado ya el gesto. Él también se acercó y me dio un abrazo, pero bastante más fugaz aunque no menos emotivo. Y aún así…</em></p>
<p><em>¿Qué me estaba pasando?</em></p>
<p><em>– Tienes cosas que hacer – dijo mi madre, tirando una vez más de los mocos y asintiendo, como queriendo aceptar la realidad. – Vete.</em></p>
<p><em>– ¿Te vas? – se sorprendió mi padre.</em></p>
<p><em>– Sí… Tengo… Tengo que…</em></p>
<p><em>Ni siquiera la verdad parecía excusa suficiente como para justificar un retorno tan fugaz al hogar. Pero tenía que irme. Tenía que hablar con Eliaz cuanto antes. No podía dejar que mi culpabilidad se prolongara por mucho tiempo. Un minuto de más sería demasiado. No sabía entonces si podría convencerlo pero estaba seguro que mi amigo, al menos, me escucharía. O no.</em></p>
<p><em>– Espera un momento.</em></p>
<p><em>– Pero tengo que…</em></p>
<p><em>– Es sólo un momento – repitió, dándome la espalda y marchándose a la parte de atrás de la casa. Regresó al poco con Balmung entre las manos y me la dio. – Db nos la trajo después de …</em></p>
<p><em>La cogí con cautela, como temiendo que tocarla de nuevo después de tanto tiempo fuera peligroso. Pero, una vez más, nada. No sucedió nada. Aún así, era de alguna forma reconfortante tenerla de nuevo entre mis manos. Al fin y al cabo, era parte de mí y su lugar estaba conmigo, no con ningún otro. Sólo la muerte debía separarnos.</em></p>
<p><em>– Gracias…</em></p>
<p><em>– ¿A dónde vas a ir ahora?</em></p>
<p><em>– A la Academia – contesté. – Volveré y… y arreglaremos esto – añadí, aunque en mi tono se podía notar perfectamente que no estaba completamente seguro de lo que estaba diciendo.</em></p>
<p><em>– Voy contigo – se ofreció Kaiser.</em></p>
<p><em>– No. Tengo que hacerlo solo.</em></p>
<p>Su voz me recordó que no estaba solo. Por un momento me había hecho ajeno a su presencia, embobado en mis propios pensamientos. Pero era cierto, estaba allí gracias a él. Como había supuesto, había podido confiar en su confianza en mí, valga la redundancia. Si había alguien cuya lealtad fuera inquebrantable en el Sereitei, ese era él.</p>
<p><em>No había sido fácil entrar en la Academia, pero nadie conocía aquel terreno como yo. En uno de los campos de Kidou que daban a la muralla sur había una zona bastante vulnerable. No estaba vigilada porque no suponía un grave peligro para la seguridad del Sereitei. Al fin y al cabo, la gente de a pie no sabía de su existencia, sólo el Gotei 13, el viejo maestro Data, Db y… yo. También lo conocía Nalya, pero ella poco podía hacer ahora mismo.</em></p>
<p><em>Aún así me había acercado con bastante cautela. Nunca se sabía cuánto podía haber cambiado la política del Sereitei a ese respecto. Pero todo seguía bastante igual. Una vez dentro, llegar hasta los edificios no sería difícil. El problema sería pasar de allí a las callejuelas del Sereitei sin levantar sospechas. Aunque eran muchos los que habitaban la ciudadela, era difícil pasar inadvertido. Sobre todo cuando uno no llevaba el uniforme.</em></p>
<p><em>Y para eso lo necesitaba a él.</em></p>
<p><em>Por un momento estuve tentado a cambiar mis planes iniciales. Podía ir hasta mi antiguo apartamento o, quizás, hasta mi despacho y hablar con Db. Él era todo un Teniente del Gotei 13, y no uno cualquiera. Ahora llevaba la capa anaranjada que en un tiempo me había pertenecido, con lo cual tenía autoridad suficiente como para ampararme en mi incursión. Pero sería un error. Precisamente porque tenía tanto poder, era más difícil pasar inadvertido.</em></p>
<p><em>Por eso era mejor seguir con el plan inicial y acudir a él. No porque dudara de la lealtad de Db, sino porque su posición era mucho más comprometida. Estaría mucho más vigilado, como lo había estado yo, y llamaría mucho la atención. El otro, en cambio, aunque era bastante más “peligroso” para el orden del Sereitei estaría menos entre la espada y la pared a la hora de ayudarme. Era la mejor de las opciones.</em></p>
<p><em>– He vuelto – anuncié, encaramándome, como antaño, a su ventana.</em></p>
<p>– Y tanto… – respondí al rato.</p>
<p>– Volver aquí después de todo lo que te hicieron…</p>
<p>– Gracias, Bone – sonreí, sin querer entrar en la conversación. – Creo que desde aquí puedo seguir yo solo.</p>
<p>– ¿Seguro?</p>
<p>– Sí – confirmé. – Conozco el camino.</p>
<p>– Da igual – insistió. – Te acomp…</p>
<p>– No – me negué en rotundo. – Esto tengo que hacerlo yo solo.</p>
<p>– Está bien… – cedió a regañadientes.</p>
<p>Después de vencer el estupor que le había causado mi regreso, de acosarme con preguntas que no obtenían respuesta, de desesperarse por mi hermetismo y de gritarme, Bone había sido bastante eficiente. Me había traído un uniforme del Cuartel, no sabría decir de quién. Suyo no, desde luego, ya que me llevaba bastante altura. Además, me había traído una camiseta larga con capucha para poner por debajo, como hacían muchos de los shinigamis más jóvenes. Así podría intentar ocultar mi rostro.</p>
<p>Una vez estuve caracterizado, me había acompañado por los pasillos de la Academia para asegurarse de que, al menos, salía de allí sin que se produjera ningún problema. La mayor parte de los alumnos estaban en clase, aunque ni a él ni a mí eran los alumnos lo que más nos preocupaba.</p>
<p>– Una cosa más…</p>
<p>– Tranquilo – contestó, leyéndome el pensamiento. – No diré nada.</p>
<p>– A nadie.</p>
<p>– A nadie – repitió. – ¿Volverás?</p>
<p>– No lo sé…</p>
<p>Aquella respuesta le desconcertó durante un momento. Pero era completamente verdad. ¿Volvería alguna vez? Una vez arreglado o intentado en todo lo posible arreglar el asunto con Eliaz, ¿regresaría a casa? Ni siquiera estaba seguro de que fuese mi sitio, como para arriesgarme a volver y a que el Sereitei llevara a cabo la sentencia frustrada por Nadie.</p>
<p>Lo dejé atrás y caminé con aire descuidado por los callejones del Sereitei en dirección a la zona noble, procurando mantener la cabeza baja y marchar por las zonas más desérticas, por las que apenas iría nadie. Más que eso sólo podía confiar en que mi aspecto hubiera cambiado lo suficiente por culpa de la falta de cuidado como para que la gente no me pudiera reconocer. Afortunadamente no me crucé por nadie por el camino.</p>
<p>Y ya estaba allí, frente a la vieja mansión de los Ashartîm, la más noble de todas las familias de la Sociedad de Almas. Sin embargo, por fuera, parecía una auténtica ruina. Descuidada, abandonada… No parecía que nadie viviera allí. Mucho menos alguien tan preocupado de las apariencias como era Eliaz.</p>
<p>Estuve a punto de darme la vuelta, pero en lugar de eso me acerqué para asegurarme de que realmente no había nadie allí. No hizo falta aproximarme mucho para descubrir una pequeña luz en su interior. Así que debía haber alguien. Subí al porche, dispuesto a llamar a la puerta, pero esta se abrió sola al más leve roce. Dentro sólo había penumbra y, al fondo, alguien canturreaba. Salí un momento a la calle y me cercioré. Sí, aquella era la mansión de los Ashartîm. Sucia, descuidada, pero era la casa correcta.</p>
<p>– ¿Eliaz? – pregunté, cruzando el umbral.</p>
<p>En mi voz había una cierta incertidumbre no disimulada. Realmente no sabía cómo iba a reaccionar mi amigo al verme o al escuchar mi voz. Conociéndole, lo mismo podría recibirme con los brazos abiertos y una sonrisa como con un tajo mortal de Shinentenshi. Interiormente deseé que fuera lo primero antes de repetir una vez más la llamada.</p>
<p>El canturreo cesó. Al fondo del pasillo se escucharon unos pasos y el ruido de una puerta abriéndose. Era la de su habitación. Y al cabo de unos segundos apareció él, con la espada en su mano izquierda, aunque dentro de su vaina. Estaba igual de descuidado que la casa, pero parecía tranquilo. Por lo menos en aquel primer instante. Pero todo cambió en cuanto me quité la capucha para que me viera bien. Avanzó unos pasos hacia mí y se detuvo al reconocerme.</p>
<p>Antes de decir nada, se lanzó directamente a por mí. Con un salto, utilizando el shunpo ya me había alcanzado y me había abalanzado con rabia hacia la pared, derribándome. Cuando quise reaccionar, él ya volvía a estar encima de mí, con la espada desenvainada apuntándome directamente hacia el cuello. Estaba pálido, demacrado, como lo estaba yo, y tenía el rostro desencajado, enrojecido y surcado por lágrimas.</p>
<p>– Estás muerto… – sollozó. – ¡Muerto! ¡Muerto! ¡Muerto! – repitió nerviosamente mientras me daba patadas en las piernas.</p>
<p>– Eso cree todo el mundo – resoplé en cuanto paró.</p>
<p>Viendo que el primer arrebato violento había pasado, traté de incorporarme, pero él me cortó toda posibilidad de hacerlo con un simple movimiento de su espada. No quise forzar la situación en ese momento y me dejé caer de nuevo contra la pared, quedándome sentado, apoyado sobre la espalda y con las piernas ligeramente cruzadas.</p>
<p>– Debería matarte aquí y ahora, como hice con mi padre y mis hermanos – amenazó, dándose la vuelta en un gesto nervioso y haciendo aspavientos con Shinentenshi.</p>
<p>– Pero no lo vas a hacer – respondí, tratando de ser lo más convincente posible pero evitando hacer cualquier movimiento que pudiera interpretar como una amenaza. – Me vas a escuchar.</p>
<p>– ¡¿Escucharte?! ¡¿Por qué iba a hacerlo?! – alzó la voz, volviendo a enfilarme. – Rido… ¡Me traicionaste!</p>
<p>– Escúchame – insistí. – Yo no me llevé a Mitsuko. Ni maté a Jules.</p>
<p>– Lo sé – suspirando y envainando después de sostenerme la mirada durante bastantes segundos.</p>
<p>– No podría. Era como… – decía rápidamente. Entonces me di cuenta de lo que había dicho. – ¡¿Lo sabías?!</p>
<p>Aquello me cogió por sorpresa y, al mismo tiempo, me hizo despertar por fin. ¿Lo sabía? ¿Cómo que lo sabía? ¿Cómo podía saberlo? Y si lo sabía, ¿por qué me encontraba entonces en aquella situación? ¿Por qué estaba amenazándome si conocía mi inocencia? Lo miré interrogante, incrédulo, pero él parecía negarse a contestar.</p>
<p>– Él me lo dijo – explicó, sentándose a mi lado.</p>
<p>– ¿Él? ¿Quién?</p>
<p>– Deberías saber quién…</p>
<p>– ¿Nadie?</p>
<p>– Sí, bueno… Su enlace aquí. O su jefe… – contestó. – Tienen a Mitsuko – relató. – Se presentó aquí dos meses después de que te eje…</p>
<p>– De que me ejecutaran, sí – completé, viendo su indecisión a la hora de pronunciar aquello. – Que fingieran que me ejecutaban, vamos. ¿Quién fue?</p>
<p>– No puedo decírtelo. Si lo hago… ¡Me obligan a mantener la boca cerrada, joder! – protestó. – Aún dos años después, vienen y me recuerdan qué… ¡¿Por qué no viniste?! – estalló de repente. – ¿Por qué me dejaste solo? ¡Tienen a mi mujer y a mi hijo! ¡A mi hijo, Rido! ¡A mi hijo!</p>
<p>Así que por eso decía que lo había traicionado, porque no me había mantenido a su lado en aquello. Lo miré y me compadecí. Casi me puse a llorar, ahora que él había conseguido retener las lágrimas. Era una sensación en cierto modo agradable, volver a sentir algo por dentro, aunque fuera aquello, y no pude evitar una media sonrisa nada adecuada para la situación, por eso pronto corregí el gesto.</p>
<p>Eliaz siempre se había hecho el fuerte y ocultado sus emociones bajo una máscara autosuficiente que muchas veces provocaba más repulsión que admiración en la gente que le rodeaba. Muy pocas veces dejaba que afloraran. Una o dos veces le había visto enfadarse hasta perder los estribos, siempre a causa de Mitsuko. Siempre había supuesto que lo que había hecho con su padre y sus hermanos lo había hecho en un arrebato de rabia, aunque nunca me había explicado cómo lo había hecho. Era bueno saber que yo era de las personas que podían provocar que el noble perdiera los estribos.</p>
<p>– Yo… Lo siento. No pude – susurré. – Me tuvieron retenido en una puta cueva hasta que Kaiser me sacó hace dos semanas y…</p>
<p>– Ah… Creí que…</p>
<p>– No. Escucha…</p>
<p>Iba a decirle que todo saldría bien, que encontraría a Mitsuko para él o, mejor, que iríamos juntos a buscarla desafiando a quien fuera que estaba amenazando la vida de mi amigo, pero un ruido repentino de cristales llamó la atención de los dos. Kaiser entró bruscamente en la habitación y se nos quedó mirando unos segundos antes de comenzar a gritarme diciendo que teníamos que salir de allí cuanto antes.</p>
<p>– ¡¿Me has seguido?! ¡Te dije que no me siguieras! – le encaré. – ¡Tenía que hacer esto yo solo!</p>
<p>– ¡Sí! ¡Te he seguido, ¿vale?! ¡Y no he sido el único! – respondió atropelladamente. – ¡Date prisa!</p>
<p>Cogí a Balmung, que se había caído al suelo cuando Eliaz me derribó, y me dirigí a la entrada para ver por la entrada quién era el que venía a por mí que había alarmado tanto a Kaiser. Cuando vi su cara no entendí nada la prisa que le había entrado al viejo lobo, y eso debía haberme puesto más nervioso, aunque por un momento caí en la trampa.</p>
<p>– Tran…</p>
<p>“Tranquilos, es Db”, quería haber dicho. Pero enseguida me di cuenta de que no venía solo y no era Bone el que lo acompañaba, ni Blod, ni algún otro oficial de la Novena División que viniera a saludarme porque el de las gafas se había ido de la lengua. Los que venían con él eran Ejecutores.</p>
<p>– ¿Qué cojones hacía Db al mando de los Ejecutores?</p>
<p>– Eso no importa ahora… – dijo Eliaz mientras se acercaba. – Vienen a por ti.</p>
<p>Sí que importaba. ¿Db me había traicionado? Era, con Krunzik, el amigo más antiguo que tenía en el Sereitei. ¿No podía confiar en él? No. Seguramente estuviera obedeciendo órdenes. Sí. Eso era lo que tenía que creer. Kyrek o el Gotei en pleno o quien quiera que estuviera comandando mi recaptura le había encargado a él personalmente que me atrapara. Porque era él, mi amigo. Porque sabían que eso me dejaría completamente desarmado.</p>
<p>– ¡Rido! – gritó Kaiser a mis espaldas. – ¡Rido, joder!</p>
<p>– La voy a traer de vuelta. Lo sabes, ¿verdad? – le dije a Eliaz antes de marcharme. – Lo sabes, ¿verdad? – repetí. Necesitaba que me contestara, pero parecía absorto mirando por la ventana.</p>
<p>– ¡Vamos!</p>
<p>– Lo sabes, ¿verdad?</p>
<p>– Sí, lo sé – contestó al fin.</p>
<p>Db, o al menos supuse que era él, llamó a la puerta cuando yo salía de la habitación de entrada. Kaiser me quiso guiar hacia la puerta de atrás, pero le paré y le indiqué que sería mejor salir por los subterráneos. Era más fácil que estuvieran rodeando la mansión que que hubieran interceptado las rutas bajo tierra. Al fin y al cabo muy pocos conocíamos aquello, pero tenía que creer. Tenía que creer que Db no me la había jugado y no había mandado a ningún guardia a bloquear la salida por los túneles.</p>
<p>– Está aquí, ¿verdad? – oí preguntar al Teniente mientras bajaba por la trampilla.</p>
<p>Fue un error, lo sé. Nos puse a todos en peligro. A ellos dos, a Kaiser y a mí. Pero no pude evitarlo. En lugar de continuar y cerrar la trampilla detrás de mí retrocedí un poco y me asomé hacia la entrada. Lo suficiente para que mi mirada se cruzara con la de Db, que se esforzaba por disimular que me había visto. Fue allí cuando supe con certeza que no me había traicionado. Se me quitó un enorme peso de los hombros y reanudé la marcha con más confianza.</p>
<p>Ya tenía un motivo para seguir adelante. Ahora tenía una nueva promesa que cumplir.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://centoloman.inopia.net/2011/11/05/akano-52-de-vuelta-a-casa/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>9</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Akano 51 &#8211; Don&#8217;t ask, don&#8217;t tell</title>
		<link>http://centoloman.inopia.net/2011/10/29/akano-51-dont-ask-dont-tell/</link>
		<comments>http://centoloman.inopia.net/2011/10/29/akano-51-dont-ask-dont-tell/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 28 Oct 2011 22:00:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Centoloman</dc:creator>
				<category><![CDATA[Akano]]></category>
		<category><![CDATA[Centolo literario]]></category>
		<category><![CDATA[Mis Escritos]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
		<category><![CDATA[FFF]]></category>
		<category><![CDATA[Historia larga]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[rido]]></category>
		<category><![CDATA[Universo FFF]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://centoloman.inopia.net/?p=2764</guid>
		<description><![CDATA[Recuperando una antiquísima tradición, aquí estoy, en la medianoche del viernes al sábado publicando lo nuevo de Akano. La culpa de todo la tiene Nalya, que con tanto comentario ha conseguido que no logre publicarlo antes pero&#8230; Seguimos colocando poco a poco las piezas. Enjoy ^^ Akano 51 &#8211; Don&#8217;t ask, don&#8217;t tell – ¡Traigo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://i184.photobucket.com/albums/x294/Centoloman/Akano.jpg" alt="" width="350" height="150" /></p>
<p>Recuperando una antiquísima tradición, aquí estoy, en la medianoche del viernes al sábado publicando lo nuevo de Akano. La culpa de todo la tiene Nalya, que con tanto comentario ha conseguido que no logre publicarlo antes pero&#8230; Seguimos colocando poco a poco las piezas.</p>
<p>Enjoy ^^<span id="more-2764"></span></p>
<h2 style="text-align: center;">Akano 51 &#8211; Don&#8217;t ask, don&#8217;t tell</h2>
<p>– ¡Traigo la cena!</p>
<p>Me incorporé con dificultad al escuchar su voz. Todavía me estaba resintiendo de los dos años encerrado en una prisión y moverme me costaba bastante. Curiosamente en el momento de la huida no lo había notado. Quizás fuera la adrenalina o, a lo mejor, las ganas de escapar. Quién sabe. Todos sabemos que nuestro cuerpo reacciona de forma extraña en condiciones extremas. Pero ahora que lo excepcional había dado paso a la rutina, el mío había decidido que era el tiempo de parar y comenzar a recuperarse poco a poco.</p>
<p>Y eso lo aprovechaba Kaiser en su propio beneficio, porque había decidido que no había llegado aún el momento de contarme nada de lo que había pasado en los dos últimos años. Al principio lo había acosado a preguntas, pero su voluntad era inquebrantable y lo único que conseguía era un montón de monosílabos y silencios incómodos ante mis interrogatorios. Al final me había rendido, convenciéndome de que algún día conocería la verdad.</p>
<p>“Estás muerto y es mejor que lo sigas estando”. Aquella fue la más larga de las respuestas que me había dado. Dejar las cosas como estaban y no remover la mierda. Y sabía que no iba a hacerlo, que no tenía las fuerzas suficientes como para escapar y visitar a mis padres, a mis amigos, a mi hijo… A Eliaz.</p>
<p>Durante dos años había conseguido mantener al margen, en un rincón oscuro de mi memoria, todas aquellas cuestiones. Había conseguido no torturarme por quién iba a estar cuidando y vigilando a Kyo, aunque ya era lo suficiente mayor para saberse cuidar solo; por cómo iba a estar enfrentando Kara sus problemas y como se estaría adaptando al mundo; por cómo le iría a Bone, a Db, a mis padres… Pero la gran pregunta era qué había pasado con Eliaz y con Mitsuko. Pero el viejo lobo era una tumba. “Ya llegará”. “Ya lo sabrás”. “A su debido tiempo”. Pero el maldito momento no llegaba y ya habían pasado dos semanas.</p>
<p>A cada día que pasaba la incógnita se iba convirtiendo en una losa cada vez más insoportable. La había conseguido mantener en la oscuridad, pero el salir de nuevo al mundo exterior, la aparición de un pequeño gran rayo de esperanza había traído todo de nuevo a la luz y no había forma de guardarlo otra vez en la cueva donde se había escondido.</p>
<p>Y había otra pregunta. U otras. Si en realidad estaba muerto, ¿cómo había venido a mi rescate? ¿Cuánto sabía? ¿Lo habría sabido desde el principio? ¿Quiénes eran mis captores? ¿Qué querían de mí? Pero a esas preguntas tampoco estaba preparado para oír la respuesta, según mi custodio, así que también dejé de formularlas.</p>
<p>Así fueron pasando los días y los días se habían convertido ya en dos semanas en las que la vida se había convertido en casi monótona. Afortunadamente ya podía moverme, aunque con dificultad, a excepción de aquello que requiriera más esfuerzo. Pero mi estado físico era lo que menos me preocupaba de todo.</p>
<p>– ¿Otra vez jabalí? – pregunté.</p>
<p>– No – sonrió. – Conejo. Por variar un poco. Prepara un fuego…</p>
<p>Obedecí sin rechistar. Yo mismo era consciente de que tenía que comer, la estancia en prisión me había dejado como un saco de huesos. Y, por lo menos, despedazar una pieza me mantenía ocupado el tiempo suficiente como para no tener que forzar una conversación que, inevitablemente, iba a derivar hasta temas incómodos.</p>
<p>Kaiser y yo apenas estábamos juntos para comer y para dormir. El resto del tiempo él estaba de caza o montando guardia en la montaña. Más de una vez había pensado en escapar, pero había preferido no violar la confianza de mi amigo y respetar sus deseos. Él sabía mejor que yo qué estaba pasando y seguramente si me mantenía en la ignorancia tenía sus motivos, aunque yo no los conociera y, posiblemente, no los comprendiera.</p>
<p>Me perdí con la mirada puesta en las llamas mientras la cena se asaba lentamente. No era una delicia, ni comida casera, pero no estaba nada mal. Y cualquier cosa era mejor que lo que venía comiendo en los últimos años. En cuanto estuvo listo, la dividimos y me dediqué a la actividad fundamental de mi nueva vida: reponer fuerzas.</p>
<p>– Ten – me dijo, tendiéndome un cuchillo.</p>
<p>– ¿Y esto?</p>
<p>– Es un cuchillo – respondió. – ¿Tanto tiempo bajo tierra y ya te has olvidado de lo básico?</p>
<p>– ¿Para qué me lo das?</p>
<p>– Toma esto también – añadió, pasándome un trozo de metal pulido. – Vas a querer arreglarte eso si quieres ir a ver a tus padres.</p>
<p>Aquello me cogió tan por sorpresa que apenas pude procesar la noticia. No por haberlo esperado tanto la noticia me produjo menos alegría. Pero la alegría pasó bastante rápido y dejó paso a la preocupación. ¿Cómo se tomaría mi gente todo lo que había sucedido? Tenía miedo de todo lo que podría haber cambiado en los últimos dos años.</p>
<p>Cogí el rudimentario espejo y me miré. Yo mismo había cambiado mucho. Tanto que casi ni me reconocía. Estaba completamente demacrado. Mis pómulos sobresalían demasiado de mi cara y la barba, descuidadísima, era muchísimo más larga de lo que me podía haber dado cuenta. Quizás porque al verla crecer día a día no notaba que ya casi me llegaba hasta el pecho. Y lo mismo el pelo, sucio y grasiento, lacio, con poca fuerza y algo encanecido por la malnutrición, pero que ya me llegaba hasta bastante más debajo de los hombros.</p>
<p>– Pero… Yo que tú andaría con cuidado – continuó. – Han pasado dos años.</p>
<p>Así que eso era lo que dos años de oscuridad y prisión hacían con uno. Lo dejaban convertido en un triste esqueleto recubierto de una piel tan pálida que parecía casi transparente. Aunque al menos ya habían pasado dos semanas. No quería pensar en cómo estaba el día que Kaiser me había sacado de aquella caverna.</p>
<p>– Mejor esperar, ¿verdad? – leyó mis gestos. – Otras dos semanas… ¿Qué más da? Ni siquiera saben que te he encontrado.</p>
<p>– ¿Cómo?</p>
<p>– Alguno de ellos ni siquiera sabe que estás vivo – se encogió de hombros. – Tu madre lo sabe. Nunca pude ocultarle nada – rió. – Nadie sería capaz. Y supongo que tu padre también. Pero ni Yuki ni Gaby saben nada. Y por supuesto nadie que vista el uniforme.</p>
<p>– ¿Kyo?</p>
<p>– Nadie que vista el uniforme – insistió.</p>
<p>– ¡¿Qué?! – abrí los ojos como platos.</p>
<p>– Hace un par de meses. El chico tiene buenos padrinos, a pesar de… – se cortó. – Hizo un gran trabajo con el grupo especial de prácticas, sus notas eran excelentes… Y el chaval tiene buenos padrinos. Db decidió adelantarlo al último curso el año pasado… con unas pocas adaptaciones curriculares, claro.</p>
<p>– ¿Db?</p>
<p>– Tuvo que hacer un esfuerzo extra y casi multiplicarse, pero Uchiha Kyo fue el número 1 de su promoción el año pasado – sonrió satisfecho, haciendo oídos sordos a la pregunta. – Ahora es oficial en la Décima División.</p>
<p>– ¿En la Décima?</p>
<p>– Krunzik se lo llevó con ella. Ya sabes, lo de graduarse tan jóvenes y todo eso… Y necesitaba gente para reestructurar la División ahora que por fin le han dado la capa.</p>
<p>– Ya veo – murmuré.</p>
<p>Así que ya tenía un hijo shinigami. Curioso. La revelación me había sorprendido en un primer momento pero después de eso… no sentía nada. Ni siquiera por el hecho de que no hubiera seguido mis pasos, ni los de su madre, ni los de su padre biológico. Nada, como si estuviera totalmente frío por dentro. Y eso también me preocupaba.</p>
<p>– ¿Y los demás?</p>
<p>– Db ha asumido la Dirección de la Academia. Tendrías que verlo – soltó una media carcajada. – Bone, Alamez y los demás se unieron para evitar que saliera el candidato de Nakatoni. La cara que puso… Y lo está haciendo bien… Muy bien – asintió. – Ha tenido un gran maestro.</p>
<p>– Bueno, si tú lo dices.</p>
<p>– Y lo demás más o menos como siempre. Todo el mundo te echa bastante de menos. Aunque nadie se hace preguntas ni dice nada – sentenció. – Eres tabú, incluso para los que ahora están contra ti.</p>
<p>– ¿Contra mí?</p>
<p>– Mitsuko no ha aparecido todavía.</p>
<p>Aquello cayó como una nueva losa sobre mis hombros. Aunque sabía que no había tenido nada que ver con su desaparición</p>
<p>– La gente quiere creer que no has sido tú o quería hacerlo – explicó con gesto triste y preocupado. – Al menos hasta que confesaste públicamente haberla descuartizado.</p>
<p>– ¡¿Qué?!</p>
<p>Me puse en pie de un salto, ignorando mi debilidad física. ¡¿Que yo había hecho qué?! ¡Era imposible! ¿Y había gente que se había terminado de creer aquello? No podía ser que mis amigos, que la gente que me conocía, incluso que cualquier persona con sentido común se creyera aquello. Nadie admitiría semejante atrocidad. Nadie en sus cabales. Pero… habían insistido una y otra y otra y otra vez a lo largo de los años y, especialmente, a lo largo del proceso por lo acaecido en la última misión con Nadie en mi supuestamente deficiente estado mental. La acusación de haber matado a la esposa del último miembro de la alta aristocracia del Sereitei, quien, para más INRI, era uno de mis mejores amigos, había sido el empujón definitivo para que la opinión pública me considerase un maníaco peligroso.</p>
<p>– La verdad es que lo montaron muy bien – admitió. – Por un momento estuve a punto de creerles, pero… Había algo que no terminaba de cuadrar.</p>
<p>– ¡¿Que estuviste a punto de…?!</p>
<p>– No estoy precisamente orgulloso de ello, ¿vale? Pero lo prepararon todo a la perfección – admitió. – Hasta el momento de tu confesión en el Soukyoku. Tú no dirías una gilipollez como la que dijo aquel de no sé qué semilla… Entonces comprendí que no podías ser tú el que estuviera allí arriba, que nos la habían vuelto a jugar.</p>
<p>– Como con mi abuelo…</p>
<p>– Como con tu abuelo – repitió, con tono corroborativo. – Pero esta vez fueron más sutiles. No montaron una gran fuga fallida… simplemente te mataron.</p>
<p>Estaba claro. A Nadie no le interesaba salir a la luz. Se habían esforzado por desvanecerse. Por convertirse en nadie, literalmente. Por eso tanta insistencia en que no continuara con mis indagaciones. Esta vez no hacía falta ponerme a mí como el gran líder. Más bien como el más loco del lugar y el objetivo estaría cumplido. Nadie mantendría su anonimato y yo caería con gran estrépito. El suficiente como para desviar la atención todo lo necesario.</p>
<p>– Entonces fue cuando te pusiste a investigar, ¿no?</p>
<p>– Sí… Pero no le dije nada a nadie que vistiera el negro – respondió. – Y… Bueno, tampoco se lo iba a contar a tus padres pero, insisto…</p>
<p>– Es imposible ocultarle nada – completé su frase.</p>
<p>– Hasta hace un par de meses no averiguamos nada y llevo todo este tiempo fuera, “buscándote”.</p>
<p>– ¿Y Eliaz?</p>
<p>Kaiser fijó su vista en el suelo y adoptó un gesto tenso. Al cabo de unos segundos de silencio, se levantó, apagó la hoguera y recogió los restos, cambiando totalmente de conversación. Pero ahora que había comenzado a encontrar respuestas no estaba dispuesto a detenerme y volví a repetir la pregunta por mi amigo.</p>
<p>– Hay preguntas que es mejor dejar sin responder.</p>
<p>– Quiero ir a verlo.</p>
<p>– ¿Así?</p>
<p>– No puedo dejarlo así.</p>
<p>– Rido…</p>
<p>– ¡Necesito verlo, ¿vale?!</p>
<p>– Rido… No es tan fácil.</p>
<p>– Ya me doy cuenta de eso. Pero Eliaz es mi amigo – insistí. – No puedo dejarlo así.</p>
<p>– Eliaz es uno de los que no se dio cuenta de que no eras tú.</p>
<p>– Bueno, ¿y? Me arriesgaré.</p>
<p>– Está bien, está bien – cedió, después de debatirse en silencio y pelearse con nuestros primitivos instrumentos de cocina durante unos instantes. – Nos vamos mañana al amanecer. Ahora arréglate.</p>
<p>Tomé el espejo y lo coloqué como pude en un saliente de la roca. Cogí el cuchillo, un mechón de pelo y directamente lo corté, sin pararme a pensar en cómo lo hacía o cuando sacaba. Lo mismo hice con la barba. No tenía tiempo de ponerme a medir y a calcular cómo me quedaría mejor. Ya después trataría de adecentarlo como fuera posible. Quizá incluso…</p>
<p>No. Lo que realmente me importaba era lo que acababa de contarme Kaiser acerca de todo lo que había sucedido en los últimos dos años. Principalmente una cosa: Mitsuko no había vuelto. Y si Eliaz me creía culpable iba a ser imposible razonar con él. Mitsuko era demasiado grande para solventarlo con palabrería. Es como si él hubiera matado a Nalya. Nunca me perdonaría igual que yo no lo hubiera perdonado a él de otra forma. Mucho menos él incluso que yo, dado su carácter.</p>
<p><em>Retomamos la marcha para cubrir los últimos metros en dirección a la cabaña cuando algo sobresaltó nuestro avanzar. Un ruido a nuestras espaldas nos indicaba que había algo que no marchaba bien. </em></p>
<p><em>– ¡Mitsuko!</em></p>
<p><em>La benjamina del grupo había sido alcanzada por algo que no logramos identificar y ahora yacía herida e inconsciente en el suelo. Eliaz se lanzó sobre ella para tratar de ayudarla pero estaba tan nervioso que parecía no saber lo que hacía.</em></p>
<p><em>Eliaz seguía inclinado sobre su amada y trataba de ayudarla por todos los medios. Sin embargo, la pequeña no respondía. Su reiatsu se debilitaba y, por la expresión del rostro de mi amigo, también sus constantes vitales.</em></p>
<p><em>– Mi nombre es Hosokawa Rikiya.</em></p>
<p><em>– ¿Cómo&#8230;? – me pregunté en alto.</em></p>
<p><em>– ¿Cómo he hecho eso? ¿Por qué no me habéis detectado? – terminó mi pregunta. – Muy fácil, observa.</em></p>
<p><em>– ¡Cuidado! – exclamó Kyo poco antes de que otro estallido similar al que había dejado a Mitsuko herida</em></p>
<p><em>– ¡¿Donde está?! – preguntó Nalya.</em></p>
<p><em>– Tiene que haber alguien aquí pero ¿dónde?</em></p>
<p><em>– ¿No me veis? – se rió. – ¡Qué pena!</em></p>
<p><em>– ¡Hijo de la gran puta! – exclamó nuevamente Eliaz.</em></p>
<p><em>Era el momento de pensar, y de pensar algo rápido. Luchábamos contra un enemigo informe en un lugar atestado de obstáculos donde él se pudiera esconder. Necesitábamos algo completamente devastador algo como&#8230; Pero no estaba listo. ¿Usarlo con aliados cerca? Aún no lo habíamos perfeccionado.</em></p>
<p><em>– Rido, no se te ocurra pensar un puto plan para cargarnos entre todos a ese gilipollas – murmuró Eliaz, serio, más serio que nunca. – Ese es mío.</em></p>
<p><em>– ¡Pero&#8230;!</em></p>
<p><em>– Gesshoku, Shinentenshi – dijo, liberando, su espada. – ¡Bankai!</em></p>
<p><em>Eliaz, el hombre de las múltiples personalidades, había despertado su lado más salvaje e incontrolado. Lanzando la espada al aire, ésta desapareció en un mar de llamas blancas que formaron la figura del Ave Fénix y se fundieron con el cuerpo del portador. El Ángel acababa de despertar.</em></p>
<p><em>– Salid de aquí – ordenó Eliaz.</em></p>
<p>Pero no podía dejarlo así. No podía. Tenía que verlo, intentarlo, hablar con él. Decirle que era inocente y… y que iba a hacer lo imposible por traerla de vuelta. Porque esa era otra, sabiéndome inocente no dejaba de sentirme bastante culpable de todo lo que había pasado. Quizás era por ese complejo de mesías que siempre me habían achacado mis amigos. O quizás era porque si, como pensaba, Nadie estaba detrás de todo – porque siempre lo estaba –, entonces la culpa era mía por haber azuzado el avispero.</p>
<p>Tenía que hablar con Eliaz pero… Iba a ser imposible colarme así como así en el Sereitei. Mucho menos en el distrito noble. Y aún así, si llegaba a entrar. ¿Qué me encontraría allí? Bajé la mano del cuchillo y me observé fijamente al espejo mientras notaba como el miedo comenzaba a hacerse un poco presa de mí.</p>
<p>– ¿Ves? Ese es el problema – comentó Kaiser desde atrás. – Han cambiado mucho las cosas en los últimos dos años.</p>
<p>Entonces tuve la idea. Era arriesgada, pero sabía que podía confiar en que saliera bien. Al menos él no me había fallado nunca y estaba casi convencido de que no lo haría tampoco ahora. Sí. Iría a buscarle a él y él me llevaría a junto de Eliaz. Era la forma más segura de hacerlo sin levantar demasiadas alarmas, aunque si resultaba que no podía confiar ya tampoco en su lealtad, entonces no había nada que hacer.</p>
<p>Aunque antes de nada debería ir a casa. Sí. Antes de nada, debía volver a casa.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://centoloman.inopia.net/2011/10/29/akano-51-dont-ask-dont-tell/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>10</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Akano 50 &#8211; En la sombra</title>
		<link>http://centoloman.inopia.net/2011/10/17/akano-50-en-la-sombra/</link>
		<comments>http://centoloman.inopia.net/2011/10/17/akano-50-en-la-sombra/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 17 Oct 2011 20:57:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Centoloman</dc:creator>
				<category><![CDATA[Akano]]></category>
		<category><![CDATA[Centolo literario]]></category>
		<category><![CDATA[Mis Escritos]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
		<category><![CDATA[FFF]]></category>
		<category><![CDATA[Historia larga]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[rido]]></category>
		<category><![CDATA[Universo FFF]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://centoloman.inopia.net/?p=2759</guid>
		<description><![CDATA[Comienza una nueva etapa en Akano. Sé que he tardado bastante en presentaros esto, pero entre la mudanza, la JMJ y el verano comprenderéis que rien de rien de rien. Pero aquí está. El capítulo que hace el medio centenar y que inaugura, como digo, una nueva etapa. Enjoy ^^ Akano 50 &#8211; En la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://i184.photobucket.com/albums/x294/Centoloman/Akano.jpg" alt="" width="350" height="150" /></p>
<p>Comienza una nueva etapa en Akano. Sé que he tardado bastante en presentaros esto, pero entre la mudanza, la JMJ y el verano comprenderéis que rien de rien de rien. Pero aquí está. El capítulo que hace el medio centenar y que inaugura, como digo, una nueva etapa.</p>
<p>Enjoy ^^<span id="more-2759"></span></p>
<h2 style="text-align: center;">Akano 50 &#8211; En la sombra</h2>
<p>La luz apenas se filtraba por la rendija, pero era suficiente para que tuviera que entrecerrar mis ojos que cada vez estaban más acostumbrados a la oscuridad. A mis espaldas, el agua que rezumaba del techo se empeñaba en gotear insistentemente contra el charco que había ido formando en el suelo en un punto indeterminado de la estancia. La humedad, combinada con aquel calor de finales de verano, hacía que el ambiente fuera asfixiante y que respirar se convirtiese al mismo tiempo en una tortura y en lo más necesario del mundo.</p>
<p>Tan pronto como el primer rayo de luz se había filtrado por la pequeña grieta, me había puesto en pie y había comenzado a pasear de uno al otro extremo de mi extraña celda. Una y otra vez, en la casi más absoluta oscuridad, sin mayor objetivo que mantenerme ocupado para no volverme loco. Si es que no había caído ya en la locura.</p>
<p>¿Cuántos días llevaba ya allí? Era imposible saberlo. Al principio había decidido que la aparición o desaparición del pequeño rayo de luz sería lo que marcara de forma más o menos rudimentaria el día y la noche. O, quizás, la frecuencia de las comidas. Pero pronto comprendí que el intervalo entre mi “día” y mi “noche” era demasiado caprichoso como para ser cierto.</p>
<p>Aún así era un buen reloj. Había decidido que mi actividad comenzaba cuando hubiera luz, por poca que fuera, y que trataría de dormir cuando no la hubiera. Otra cosa es que lo consiguiera, porque no era para nada consciente de haber dormido en todo el tiempo que llevara allí. Fueran días, semanas, meses o años, no recordaba la última vez que había cerrado los ojos y realmente había conseguido dormir.</p>
<p>Pero tenía que mantener la actividad. Tenía que ponerme en pie y no abandonarme a la auto compasión acurrucado en un rincón. El único momento en que me permitía quedarme sentado era cuando el carcelero, fuera quien fuere, abría el ínfimo ven de la puerta de metal que cerraba la sala y hacía pasar el plato con la cena, o la comida, o el desayuno… Lo que fuera, porque siempre era lo mismo y siempre estaba igual de frío y correoso. Pero menos daba una piedra.</p>
<p>Aquel día no había venido aún el alimento. Tampoco lo había hecho los dos “días” anteriores y, si mi mente no me engañaba, tampoco el anterior a aquellos. Pero mi memoria no era una cosa de fiar. Y tampoco tenía hambre, así que me dediqué a pasear por la celda tratando de mantener no sólo el cuerpo, sino también la mente, ocupados en la realización de aquel sencillo ejercicio. Así, recorría una y otra vez las paredes irregulares de mi nueva suite excavada en la roca, tratando de descubrir siempre algo nuevo, de inferir alguna hipótesis, de averiguar algo que me acercara más a alguna de las muchas respuestas que buscaba.</p>
<p>Evidentemente, no me encontraba en una de las celdas reglamentarias del Sereitei. Quien fuera que me había arrojado allí se había cerciorado bien de que me recluyeran en algún sitio ignoto para mí y alejado de mis posibles “aliados”. Y lo había hecho a conciencia. No, estaba en algún tipo de prisión secreta, posiblemente bajo la vigilancia de la Segunda División. ¿Sería el Nido de Gusanos?</p>
<p>Y quien quiera que había declarado mi traslado allí se había esmerado todo lo posible para que no pudiera conocer absolutamente de lo que pasaba. Al principio me habían encerrado en uno de los calabozos habituales del Escuadrón de Ejecutores, un espacio por desgracia ya conocido, quizás de más, para mí. Pero una noche, después de la cena y aprovechando que estaba dormido, sospecho que drogado para acelerar y asegurar el proceso, me levantaron, me encapucharon y me dejaron en el que ahora era mi nuevo hogar.</p>
<p>Pero todo eso no eran más que suposiciones. Nada más. No había una sola respuesta a ninguna de aquellas preguntas y sabía que por mucho que conociera mi entorno no las iba a encontrar. No estaban de aquella puerta de mental para dentro, pero al menos me consolaba intentando acceder a todas las que estuvieran de mi mano. Al menos no estaba ocioso y sumergiéndome en la autocompasión.</p>
<p>Porque había una serie de preguntas que me había negado a hacer desde casi el primer momento que aparecí allí. ¿Por qué? ¿Quién? ¿Cómo? Lo referente a los motivos por los que estaba allí eran tabúes que había colocado cuidadosamente detrás de puertas cerradas con candado y cuyas llaves descansaban en el fondo de algún lago. Era mejor así. Lo que tuviera que averiguar lo averiguaría cuando cruzara aquella puerta de cara a mi juicio y, si ese día, como parecía, no llegara nunca, al menos no me sumergiría en la rabia y en la angustia. Ya me llegaba con la impotencia.</p>
<p>Tampoco me permitía preguntarme por mis compañeros. Especialmente, me había propuesto no pensar apenas en Eliaz, en su hijo nonato, en su mujer desaparecida y en todo el sufrimiento por el que debería estar pasando. En Jules, su fiel mayordomo, que había estado con él prácticamente desde que hubiera asesinado a su padre y sus hermanos. Sabía que ahora mismo estaría hundido en lo más profundo de la oscuridad. Y su inestable condición psicológica, pese a que últimamente estaba muy controlada, no iba a ser de ninguna ayuda.</p>
<p>No. No quería pensar en eso. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… En aquella zona la celda era más ancha de lo que recordaba. ¿Me habrían cambiado de celda? No. No me había quedado dormido. Aunque cualquiera lo diría. A lo mejor habían vuelto a poner un somnífero en aquellas gachas infernales y habían vuelto a hacerlo. No era la primera vez que tenía aquella sensación, pero también sospechaba que, seguramente, mi memoria estaba comenzando a fallar. No era extraño, mi situación era la ideal para la desorientación.</p>
<p>La luz se fue y otra de mis jornadas pasó sin que apareciera el plato de la comida o la cena o el desayuno o lo que tocara esta vez. Me senté con la espalda pegada a uno de los pocos lugares de la pared que no estaban excesivamente húmedos. Aquello también cambiaba de vez en cuando. Una vez eran unos, otras veces eran otros, pero tampoco era problema, porque no había mucho sitio donde elegir.</p>
<p>Tocaba comenzar con la segunda parte de mi jornada, la de tratar de poner en limpio todo lo que había aprendido durante el día. No era mucho, no tenía que llevar mucho tiempo. Pero así repasaba también lo que había aprendido los días anteriores y, sobre todo, mantenía en funcionamiento los hábitos mentales. Si algún día salía de allí y me pedían que respondiera por lo que se suponía que había hecho no podía aparecer como un loco.</p>
<p>Como todas las “noches”, intenté escapar al menos espiritualmente hacia prados más verdes. Hacia los jardines del monasterio, pero aquellos también me estaban vedados desde el momento del accidente. Lo intentaba todas las noches sin éxito, pero era algo en lo que tampoco me quería dar por vencido. Estaba seguro de que algún día podría volver allí y, aunque aquello no me sirviese para escapar físicamente, sería bueno poder conversar seriamente con alguien, aunque fuera Balmung.</p>
<p>El día siguiente fue lo mismo. Y el siguiente. A los tres o cuatro se abrió el ventanuco. Pero no pasó nada más. Quizás sólo estaba comprobando si seguía vivo o muerto. Se podía percibir al otro lado la presencia de alguien, pero sólo por el tenue sonido de su respirar. Nada más. No dijo una sola palabra ni hizo ningún gesto que fuera medianamente visible. Ni siquiera llevaba una luz para alumbrarse en el camino. El día siguiente lo mismo. Luego hizo una breve pausa y retornó al tercer día con la comida.</p>
<p>Aunque esta vez no eran gachas, tampoco mejoraba mucho. Pero eso no era lo importante. Lo importante era que había un cambio en la rutina. El primero desde que me llevaran a aquella cueva convertida en calabozo. Y no sería el último. Si lo fuera, no tendría sentido. No era posible que me cambiaran la dieta sólo porque me carcelero, o su jefe, o el jefe de su jefe se sintiera generoso aquel día. Quizá, sólo quizá, algo estaba mejorando y aquel rayito de luz que entraba por aquella pequeña rendija se convertiría en un rayito de esperanza.</p>
<p>Pero tampoco quería hacerme demasiadas ilusiones. Estábamos hablando de las clases dirigentes del Sereitei, de aquellos a los que no le causaría mayor remordimiento abandonar a su suerte a nadie por mucho que hubiera sido de los suyos. Y menos si previamente se le había impuesto la etiqueta de traidor, ya fuera acertada o erradamente. No. Ellos no eran motivo de esperanza. Quizás sólo quisieran utilizarme como un juguete, nada más.</p>
<p>Decidí no hacerme ninguna ilusión, pero la nueva dieta se mantuvo y a los pocos “días” dejó de ser el único cambio. Mucho más frecuentemente que las comidas, comenzaron a traerme agua hasta el punto de que ni siquiera llegaba a vaciar de todo la jarra que me traían antes de que el carcelero viniera con más. Sí, mis condiciones de vida iban mejorando sin motivo aparente.</p>
<p>Llegó un día al fin en el que la puerta se abrió. La luz inundó la habitación, cegándome completamente. A medida que mis ojos se fueron acostumbrando a la claridad, fui distinguiendo claramente una sombra que paulatinamente se iba convirtiendo en un hombre corpulento, cuyos músculos, potentes pero nada perfilados, se podían intuir por debajo de un uniforme ancho. Iba encapuchado, así que no pude verle la cara.</p>
<p>– Ho… Hola – conseguí articular.</p>
<p>El sonido de mi propia voz me resultó extrañísimo. Lo había echado muchísimo de menos, y en aquel momento se me hizo la cosa más novedosa del mundo. ¡Podía hablar! Aunque no servía de mucho. No me contestó a mi saludo. Simplemente hizo lo que venía hacer – dejar la comida y el agua y recoger los platos vacíos y el cubo con los excrementos y los desperdicios – y se fue.</p>
<p>Y así hizo de ese momento en adelante. Al principio intenté entablar conversación con él, pero pronto desistí de esperar su respuesta y comencé a dirigirle monólogos sobre lo que mi mente había estado reflexionando en el intervalo entre sus venidas. Nunca había la más mínima respuesta, ni siquiera un gesto. Quizás fuera sordo. Pensándolo bien, no había carcelero más “efectivo” que un carcelero sordo. Al menos para aquel concepto medieval de prisión. “Medieval” en su sentido más negativo.</p>
<p>Pasaron varias semanas. Había conseguido cerrar los ojos durante un rato y, probablemente, me había quedado dormido. No lo podría decir con seguridad porque hacía rato que había perdido la noción del tiempo. Sabía que era una de mis “noches”, nada más. De repente, un estruendo llamó mi atención hacia la puerta. Primero un portazo, luego un golpe seco y, finalmente, el inconfundible sonido de una espada deslizándose apuradamente de su vaina.</p>
<p>Y, finalmente, el silencio.</p>
<p><em>– Oficial Akano…</em></p>
<p><em>– Ya no soy un oficial – le corregí.</em></p>
<p><em>– ¿Está seguro de que quiere seguir esa vía? – fingió sorpresa. – Su “condición” de Shinigami es lo que…</em></p>
<p><em>– Entiendo.</em></p>
<p><em>– Oficial Akano, – repitió – ¿puede decirme dónde estaba anoche?</em></p>
<p><em>– En mi casa.</em></p>
<p><em>– ¿En el distrito …?</em></p>
<p><em>– Sí. En el Rukongai – le interrumpí. – Donde me encontraron. Tengo testigos.</em></p>
<p><em>– Sus “testigos” no pueden confirmar su presencia toda la noche – sentenció. – Y créame que lo intentaron. Le repito. ¿Dónde estaba anoche?</em></p>
<p><em>– Ya se lo he dicho. En mi casa – insistí. – Si cree que podría hacerle daño a Mit… a Laylah Asharet es que no tiene ni idea de quién soy yo.</em></p>
<p><em>– Oh… pero sí que la tengo – sonrió, disfrutando un momento, mientras tiraba un expediente bastante grueso encima de la mesa. No tuve ni que mirar para saber de qué se trataba. – Insubordinación, desacato, malversación de recursos del Gotei… ¿Sigo?</em></p>
<p><em>– Creo que sé bastante bien lo que pone ahí – me encogí de hombros. – Pero no voy a ser yo quien le diga que pare. Pero antes le pido un favor…</em></p>
<p><em>– ¿Cree que está en posición de pedir un favor?</em></p>
<p><em>– Déjeme hablar con Eleazar Asharet.</em></p>
<p>El silencio se prolongó unos segundos eternos. La incertidumbre había convertido la monotonía, lo que había sido lo normal de mis últimos ¿meses? en algo casi insoportable. Pero pronto se rompió nuevamente: un sonido de pasos, el tintineo de unas llaves y una maldición. La puerta, de la que instintivamente me había separado, y la piedra de las paredes habían amortiguado el sonido, pero estaba seguro de haber escuchado bien. De haber reconocido la voz.</p>
<p>Al final, la hoja de madera se abrió de par en par. Como siempre que eso sucedía, mis ojos tardaron en acostumbrarse a la nueva iluminación, así que en un primer momento no fui capaz de identificar la figura. Pero más me valía que se correspondiese con la voz que acababa de escuchar. Si no, cualquier atisbo de esperanza quedaría definitivamente reducido a cenizas.</p>
<p>– ¡Menos mal que te dignas a aparecer! – me gritó en un susurro, con su particular sarcasmo.</p>
<p>Era la misma voz. Intenté responder, pero la emoción me había provocado un nudo en la garganta y no sabía realmente qué decir. Simplemente lloré. Una reacción muy poco recomendable delante de quien estaba, pero no pude evitarlo. Lloré y me abalancé a su cuello en un abrazo, para terminar de empeorarlo.</p>
<p>– Hala… Hala… – dijo, después de sucumbir, aunque con dudas, a lo ñoño de la escena. – Ponte esto – ordenó, entregándome una capa.</p>
<p>Mientras me enfundaba la capa y me la abrochaba delante del pecho, él se acercó a la puerta y echó un vistazo a los dos lados. Repitió el proceso dos o tres veces, cerciorándose de que no pasaba nada ni nadie, y luego se volvió hacia mí, que lo miraba pendiente de la orden de partida.</p>
<p>– Está bastante oscuro – explicó. – Vas a tener que pegarte bastante para no despistarte. El camino es bastante traicionero. ¿Listo?</p>
<p>– Listo – asentí.</p>
<p>– No te preocupes, – sonrió, o al menos eso intuí – hoy dormirás a buen seguro.</p>
<p>– Esperemos que también mañana – me dije en voz baja.</p>
<p>Inmediatamente, se echó la capucha por encima de la cabeza y saltó hacia el pasillo. Esperó a que yo lo siguiera para comenzar a correr por el corredor a la derecha. Tras los primeros pasos a punto estuve de caerme. Aunque el caminar una y otra vez por la celda había conseguido que no se me entumecieran demasiado las piernas, no estaba preparado para aquella velocidad. Además, el camino estaba realmente mal iluminado. Buena parte de las antorchas estaban apagadas y la luz ni siquiera pretendía llegar a abarcar todo el firme del camino.</p>
<p>Él era consciente de ello y se notaba que estaba casi más pendiente de mí que del camino que se abría – no mucho – frente a él. Cada vez que aparecía un obstáculo un poco más notable, ralentizaba un poco la marcha y me advertía con un susurro, un carraspeo o una mirada. Era suficiente. Así estuvimos unos diez o quince minutos, hasta que el camino se comenzaba a ensanchar y la luz era más rica.</p>
<p>De pronto, la cueva cesó y comenzó una especie de gran sótano o de bodega. Al menos tenía ya mucho más de construcción que de entorno natural. Y ahí decidió hacer una pausa. Se agazapó tras una enorme caja y se paró a recuperar el aliento, sin sacarse la capucha ni mirarme.</p>
<p>– ¿Dónde estamos?</p>
<p>No contestó. Alzó la vista furtivamente y comprobó que no había moros en la costa antes de seguir avanzando. Nos detuvimos y continuamos varias veces hasta llegar a unas escaleras. Me indicó que mantuviera la posición mientras subía a ver si venía alguien. Al cabo de unos segundos llamó mi atención y le seguí escaleras arriba. Un par de habitaciones más y estuvimos al aire libre.</p>
<p>Era de noche. Mejor. Así era más fácil adaptarse a la luz. De alguna forma había esperado encontrarme de bruces rodeado de una gran extensión de piedra blanca, de la piedra propia del Sereitei, pero no. Acabábamos de salir de una especie de edificio minúsculo en el Rukongai. Ni de broma podría albergar estancias tan grandes como las que acabábamos de atravesar. Pero claro, los subterráneos no llaman la atención desde la superficie.</p>
<p>– No te quedes parado contemplando el paisaje – me increpó. – Tenemos que poner distancia antes de que ese grandullón se despierte y avise a sus jefes.</p>
<p>Caminamos todo lo que restaba de noche y buena parte de la mañana. Primero al norte, luego al oeste y después un poco hacia el sur. Hacia el mediodía la gran muralla del Sereitei se hizo visible como una pequeña línea blanca en le horizonte. Estábamos en una pequeña cadena montañosa en la región septentrional del Rukongai, cerca de los primeros distritos. Prudentemente alejados de la muralla, pero peligrosamente cerca.</p>
<p>– No te preocupes que no te van a buscar – suspiró, adivinando mi expresión. – Para ellos llevas muerto casi dos años.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://centoloman.inopia.net/2011/10/17/akano-50-en-la-sombra/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>10</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Akano 49 &#8211; Un nuevo principio, ¿o un final?</title>
		<link>http://centoloman.inopia.net/2011/06/11/akano-49-un-nuevo-principio-%c2%bfo-un-final/</link>
		<comments>http://centoloman.inopia.net/2011/06/11/akano-49-un-nuevo-principio-%c2%bfo-un-final/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 11 Jun 2011 16:15:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Centoloman</dc:creator>
				<category><![CDATA[Akano]]></category>
		<category><![CDATA[Mis Escritos]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
		<category><![CDATA[FFF]]></category>
		<category><![CDATA[Historia larga]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[rido]]></category>
		<category><![CDATA[Universo FFF]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://centoloman.inopia.net/?p=2745</guid>
		<description><![CDATA[Llego tarde. Muy tarde, y todo lo que queráis decir. Pero aquí está. Recién salidito del horno para que lo disfrutéis. Dedicado, con retraso, al Pollo. Por su cumple Akano 49 &#8211; Un nuevo principio, ¿o un final? – ¡Tenías que hacerlo, ¿verdad?! ¡No podías evitarlo! – ¡¿Y qué cojones quería que hiciera?! ¿Echaros a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://i184.photobucket.com/albums/x294/Centoloman/Akano.jpg" alt="" width="350" height="150" /></p>
<p>Llego tarde. Muy tarde, y todo lo que queráis decir. Pero aquí está. Recién salidito del horno para que lo disfrutéis. Dedicado, con retraso, al Pollo. Por su cumple<span id="more-2745"></span></p>
<h2 style="text-align: center;">Akano 49 &#8211; Un nuevo principio, ¿o un final?</h2>
<p>– ¡Tenías que hacerlo, ¿verdad?! ¡No podías evitarlo!</p>
<p>– ¡¿Y qué cojones quería que hiciera?! ¿Echaros a los leones?</p>
<p>– Pues a lo mejor podías dejar que fuéramos nosotros los que tomásemos nuestras propias decisiones.</p>
<p>– ¡¿Y dejar que os linchen a vosotros también?! No, gracias.</p>
<p>– ¿No lo entiendes? – me preguntó. – No eres tú el que tiene que tomar esa decisión. Somos nosotros – se señaló a sí mismo y a nuestro amigo. – ¡Nosotros!</p>
<p>– Haya paz… – terció Db, antes de que la cosa fuera a mayores. – Rido… Bone tiene razón.</p>
<p>– ¡Pero…! ¡¿No veis que a mí me iba a caer lo mismo estuvierais o no estuvierais?!</p>
<p>– ¡¿Y?! – insistió el de las gafas. – ¡¿Y si nosotros quisiéramos que nos reconocieran culpables?!</p>
<p>– ¡Lo de Espartaco no funciona! – le recriminé.</p>
<p>– ¡Pues aplícate el cuento!</p>
<p>– ¡Callaos ya! – gritó nuevamente el Teniente, que comenzaba a hartarse. – Dejad de dar la nota, por Dios.</p>
<p>– ¿Qué ha pasado? ¿Por qué gritabais?</p>
<p>Gaby irrumpió en el jardín de casa de mis padres atraída por las voces que oía. Habíamos ido hasta allí para evitar los cientos, miles, de miradas indiscretas que seguramente me perseguirían por el Sereitei, teniendo en cuenta toda la publicidad que le habían dado al asunto. Pero ni en el Rukongai, donde los asuntos de la Ciudadela eran mucho más lejanos, nos habíamos podido ocultar. Y menos discutiendo a grito pelado.</p>
<p>– Rido y Bone tenían una… diferencia de pareceres – dijo el profesor de Kidou.</p>
<p>– ¿Sobre el juicio?</p>
<p>– No – bufé. – Sobre el árbitro del partido del otro día…</p>
<p>– Y sobre la vida en general – trató de quitarle hierro nuevamente Db, forzando una sonrisa.</p>
<p>– ¿Cómo ha ido? ¿Cómo ha ido? – inquirió con ansia la loba. – Intuyo que bien, ¿no? Estás aquí…</p>
<p>No le contesté. Que se encargaran ellos de explicarle todo. Yo no tenía el cuerpo para andarme con historias. Sólo quería estar solo, tranquilo, en silencio, con nada más que un buen rato sin nada que hacer por delante. Tiempo para pensar. Pero seguro que eso no me faltaba de ahora en adelante.</p>
<p>Subí a mi cuarto a cambiarme de ropa. Me quité el incómodo uniforme de gala, tan rígido y estirado y me puse algo más cómodo. Aunque tampoco tenía mucha opción. Más allá del blanco y el negro de Shinigami no tenía más que una muda. Tenía que pensar en renovar mi vestuario. Al menos si quería ir al uso oriental de la Sociedad de Almas y pasar más o menos desapercibido. Sólo me faltaba ir llamando la atención por ahí.</p>
<p>Mientras me vestía, eché un vistazo a la colección de uniformes que pendían de las perchas del armario. Y al haori naranja colgado en el perchero. Tan imponentes, tan simbólicos… tan del pasado. De mi pasado. Porque de eso se trataba ahora. No era más que un civil. Ni si quiera conservaba mi condición de Shinigami a título honorífico como Kaiser, Yuki o mis padres. Como Kyo hasta su muerte. No. Era un mero habitante del Rukongai. Como Gaby.</p>
<p><em>– Que el acusado se ponga en pie – dijo el hombre de la máscara.</em></p>
<p><em>Me levanté lentamente, como si quisiera que aquel instante durara para siempre. Mejor eso que escuchar una sentencia que no quería escuchar. Miré a mi alrededor. Allí estaban los trece Capitanes con sus Tenientes y los tres emisarios de la Cámara que ejercían de tribunal. Los consejeros, testigos y las demás personas que habían intervenido en el proceso habían sido excluidos de la sala minutos antes. No podían estar presentes para escuchar el veredicto. No se les consideraba dignos.</p>
<p>Db, Soki y Krunzik me devolvieron la mirada con una sonrisa tímida pero confiada, aunque no ocultaban la preocupación. Kyrek asintió tratando de darme ánimos cuando me crucé con él. Xelloss no se atrevía ni a levantar la cabeza del suelo y se mordía los labios de preocupación. En los rostros de todos se leía la tensión del momento. En el de todos menos en el de Josuke, que parecía estar disfrutando realmente con la situación.</p>
<p>Me enderecé del todo y moví la cabeza a ambos lados para estirar los músculos del cuello en un gesto más nervioso que consciente. Después de varios días de interrogatorio y suspicacias contra mí y contra mis compañeros, de informes de los médicos que me habían tratado después del accidente en el dojo y de escuchar a prácticamente todo aquel que creyera que su opinión era relevante al caso – por remotamente relacionado que estuviera – casi era mejor que todo aquello terminase de una vez.</p>
<p>Me ponía nervioso el poco tiempo que habían tardado los jueces en llegar al veredicto. Ni siquiera habían dejado una noche de por medio para consultarlo con la almohada. En apenas dos horas nos habían llamado de vuelta a la sala de audiencias para exponer el resultado de las deliberaciones. De todo lo que había leído y de todas las películas y series de juicios que había visto a lo largo de mi vida, nunca me había quedado claro si eso era bueno para mí o malo.</p>
<p>– Akano Rido, – comenzó solemnemente el portavoz del tribunal – con respecto a los cargos que pesan sobre usted, a saber: desacato continuado y reiterado a sus superiores, al Consejo de Capitanes y a la Cámara de los 46, prosiguiendo en el ejercicio de actividades previamente sancionadas por estos órganos, uso ilícito de recursos del Gotei 13 y ocultamiento de documentos y de información que llevó a poner en peligro la vida de numerosos oficiales del noble cuerpo de Shinigamis, – enumeró – este tribunal le haya culpable de todos los cargos.</p>
<p>En ese momento el tiempo se detuvo. Un grito ahogado se escuchó al otro lado de la puerta donde ahora quedaba claro que se debían haber apelotonado Bone, Eliaz y el resto de mis amigos. Al menos los que tenían licencia para estar dentro del recinto judicial. Aquella fue la única reacción del auditorio, aunque se notaba que luchaban por no dar muestra de sus emociones.</p>
<p>Inconscientemente, comencé a hacer cálculos mentales acerca de cuál podía ser la condena. Evidentemente no sería el Dúo Terminal, no había cometido traición – pese a que alguien había querido poner aquel cargo sobre la mesa. Pero había castigos peores. Había oído hablar del llamado Nido de Gusanos, una instalación subterránea y supersecreta gestionada por la Segunda División y que albergaba a elementos especialmente peligrosos o rebeldes. Y yo lo era. Durante años había creído que no era más que una leyenda urbana, pero Kaiser me había confirmado su existencia. De hecho, era allí donde habían capturado a mi abuelo cuando fueron a buscarle por unos crímenes que no había cometido.</p>
<p>¿Sería ese mi futuro? ¿Encerrado de por vida en un agujero con otros elementos perniciosos y sin ver más la luz del sol ni a mis amigos? Conocía bien el sistema y las ganas que alguno de los que estaba allí me tenía por haber cuestionado sus acciones y sus métodos. Estaba convencido que prisión de por vida era lo mínimo que me podía tocar.</p>
<p>– A la hora de valorar la condena que le había de ser impuesta, – prosiguió el juez – este tribunal ha querido tener en cuenta todos los servicios prestados al Gotei 13 en la evaluación, detección y lucha contra el grupo terrorista conocido como Nadie, así como el éxito y el acierto de sus acciones. Dichas circunstancias han sido tenidas en cuenta como atenuantes a la hora de establecer su condena.</p>
<p>Tragué saliva algo aliviado. Al menos parecía que no estaban ciegos del todo. Quizás aún había una mínima esperanza de libertad. Cerré los ojos y apreté los puños esperando escuchar la sentencia final, como si fuera la hoja del verdugo a punto de rebanarme la cabeza. No había más que pudiera hacer, sólo esperar.</p>
<p>– Así por tanto, este tribunal ha decidido que sea despojado de la condición de Shinigami y de todos los privilegios asociados a ella – enunció solemnemente. – De hoy en adelante, deberá habitar en el Rukongai y no será admitido en el Sereitei durante, al menos, un año. Desde ese momento en adelante, deberá presentar la correspondiente solicitud de acceso. Dicha prohibición – añadió – se extenderá también a todos los territorios pertenecientes a la Academia de Shinigamis que no están dentro de los límites del Sereitei.</p>
<p></em></p>
<p><em>Bajé la cabeza aceptando la sentencia, entre contento y aliviado y angustiado. No quería demostrar mis sentimientos en ese momento, pero seguramente eran bastante fáciles de adivinar. Me lo quitaban todo, todo por lo que había luchado en todos aquellos años, pero al menos conservaba mi libertad.</em></p>
<p>Se abría un futuro incierto delante de mí, pero al menos tenía futuro. Era cuestión de cuál era el nuevo camino que debía emprender desde aquel día. Tenía un par de ideas con las que había ido coqueteando: viajar, estudiar, escribir… pero no eran más que meros parches. Necesitaría tiempo para reubicarme, pero al menos tenía la oportunidad.</p>
<p>Vestido ya de civil, bajé de nuevo al jardín de mi casa. Ahora era mi casa y no simplemente la casa de mis padres. Db ya había terminado de poner a Gaby al día y ahora debatían sobre quién debía sucederme en el cargo en la Academia. Bueno, era ella quien lo hacía, los otros dos simplemente la escuchaban, sin decir nada. No tenían muchas ganas de entrarle al trapo.</p>
<p>– ¿Tú qué opinas? – me preguntó ella directamente.</p>
<p>– ¿Qué opino de qué? – me hice el loco.</p>
<p>– Acerca de quién será el nuevo Director…</p>
<p>– Me da igual…</p>
<p>Mentira. No me daba igual. Había conseguido muchas cosas en mi breve periodo a cargo de la Academia y no quería que se fueran al traste. Pero no quería pensar ahora en ello. No había tenido tampoco mucho tiempo para hacerme una idea clara de quién debía ser, pero siempre había considerado que, de alguna forma, Db era el mejor candidato. Tenía experiencia, dotes de mando y sería capaz de seguir la senda que había abierto.</p>
<p>Esa era otra. Sabía que Bone, que siempre había sido mi mano derecha en la Academia, a lo mejor no se tomaría bien que pensara en nuestro colega antes que en él. Más que saber, era una mera sospecha, pero no quería poner a darme explicaciones sobre todo aquello. Y menos en ese momento.</p>
<p>– No te puede dar igual.</p>
<p>– No, es cierto, no me da igual – confesé. – Pero al final pondrán a quien ellos quieran… A quien Josuke diga – corregí.</p>
<p>– Cabrón – rosmó Bone.</p>
<p><em>– ¿Cómo te encuentras? – preguntó mi madre.</em></p>
<p><em>– Me duele un poco la cabeza pero el resto…</p>
<p>Me incorporé sobre la cama del hospital. Llevaba varios días ya a7llí y el hartazgo acerca de aquella situación llegaba a límites extraordinarios. Pero Xelloss quería tenerme en observación unos días para hacerme más pruebas, porque no entendía qué podía haber pasado. Yo insistía en que si no encontraba nada era porque no lo había, que era mero cansancio, pero él no quedaba tranquilo. Y mi madre tampoco.</p>
<p>Al moverme, las costillas de mi costado derecho estallaron en dolor. Un dolor punzante, agudo, como una estocada mal curada. Era como si me hubieran herido en combate, sólo que no lo recordaba. ¿O sí? Porque últimamente había comenzado a tener una serie de extraños destellos de memoria.</p>
<p>No había vivido nada parecido a lo que mostraban. Al menos si me ponía a hacer memoria de todo aquello no era capaz de ubicarlos en mi historia personal. Pero eran tremendamente reales. No era la primera vez que nuevos recuerdos aparecían de la nada, pero estos pertenecían a mi vida actual, seguro, y no a una vida pasada. Eso era lo que verdaderamente me inquietaba, pero evidentemente apenas lo había comentado con nadie ajeno a mi círculo de más confianza, y, mucho menos, con Xelloss, no quería que se obsesionara más con lo que fuera que me estaba pasando. Tampoco a mi madre, que estaba en el mismo plan, aunque seguro que ella ya lo sabía. Se habría encargado de averiguarlo por otros medios.</p>
<p>Llamaron a la puerta. Debía ser mi padre, que había prometido acercarse más tarde. Mi madre se levantó a abrir, pero al otro lado de la puerta no estaba su marido. Casi sin saludar, entró, con su capa blanca más reluciente que nunca, perfectamente arreglado y su particular sonrisa surcándole el rostro de oreja a oreja.</p>
<p>– ¡Qué honor! – saludé irónico.</p>
<p>– Oh, no, no te levantes – respondió él. – No hace falta.</p>
<p>– Por favor, siéntese…</p>
<p>– Será poco tiempo – dijo. – Simplemente vengo a entregarle esto, Director.</p>
<p>Se sacó del bolsillo interior un pliego de papel oficial con el sello del Gotei 13. Algo importante, pues. Miré fijamente al Capitán de la Quinta División antes de extender la mano para extender la misiva. Se estaba divirtiendo con todo aquello. Eso significaba que para mí no era bueno lo que pudiera contener la carta.</p>
<p>– Director Akano, – habló con pompa y solemnidad después de que tomara el papel – por la presente queda formalmente citado para el juicio que será celebrado contra usted por los cargos de…</p>
<p>– ¡¿Juicio?! – bramé. – ¿A qué juegas, Josuke? ¿Qué clase de broma es esta?</p>
<p></em></p>
<p><em>– No es ninguna broma – terció mi madre, que me había arrancado literalmente el papel de las manos. – Mira.</em></p>
<p>– Dejaos de historias – comentó Gaby. – Es cuestión de celebrarlo.</p>
<p>– ¿Celebrarlo? – me sorprendí. – Te ha dado un mal o algo…</p>
<p>– Celebrar que estás vivo – repuso.</p>
<p>– Y libre… – añadió Db, siguiéndole el juego.</p>
<p>– ¡Oh, qué mono! – exclamé con sarcasmo. – Ahora conspiráis juntos y todo.</p>
<p>– Que no tienes que aguantar a esos capullos nunca más – volvió a decir la más joven de los Wolf.</p>
<p>– Piensa en ello como una fiesta de jubilación – intervino Bone.</p>
<p>– Ahora soy un viejo también, gracias.</p>
<p>– Y de paso celebramos… el cumpleaños del Pollo que fue…</p>
<p>– … Hace tres meses – puntualizó el implicado.</p>
<p>– Pero no lo celebramos como se merecía, ¿verdad? – se justificó Gaby. – Más vale tarde que nunca.</p>
<p>– Lo vas a hacer de todas todas, ¿no? – le pregunté directamente, a lo que ella asintió divertida, enseñando sus colmillos por encima del labio inferior. – Pues haz lo que quieras.</p>
<p>No tenía el cuerpo para fiestas, pero no podía dejar de ver un punto de razón en lo que decía mi “hermana”. No me vendría mal despejarme, desahogarme y, sobre todo, distraerme. Nadie, el accidente, el juicio… no había sido un mes fácil. Todo lo contrario. Y, por qué no, era el momento de celebrar que aquellos malos momentos que acababa de vivir eran ya parte del pasado.</p>
<p>Además, tenían razón. Tenía mucha suerte. La Cámara había mostrado una clemencia inusual en ellos. Sabía que Kyrek, Krunzik y Soki habían intercedido por mí en calidad de Capitanes, aunque la pequeña Oficial de la Décima División no ocupara realmente ese cargo, y que otros conocidos como Canek, Hanataroü y Ela también habían declarado en mi favor. Pero aún así era un prodigio que no fuera a pasar el resto de mi vida entre rejas. En cierto modo, eso era motivo de celebración.</p>
<p>Gaby se encargó de organizar la fiesta y Bone y Db de avisar a la gente dentro del Sereitei. Mientras tanto, yo debía ir a la Academia. Allí me esperaban un grupo de Shinigamis de la Cuarta División para ayudarme con la logística del desalojo mi despacho y mi apartamento, así como  y un pequeño destacamento de la Quinta para certificarlo todo. Josuke quería comprobarlo de primera mano. Por fortuna, todos los papeles comprometidos los había llevado antes a mi casa, por si acaso.</p>
<p>Al atardecer, ya se habían dado cita en mi casa los Oficiales más veteranos de la Novena División. Kyrek había excusado su asistencia “por mantener las formas”. Su posición volvía a estar algo en entredicho. Aún así había permitido a mis antiguos compañeros que me acompañaran. Krunzik y Soki también se acercaron, retando a las murmuraciones. Y habían venido Xelloss, Kuniko y Gaijin también. Realmente estaba todo el mundo, a excepción de Mitsuko, que se había quedado en casa guardando reposo por lo avanzado de su embarazo.</p>
<p>La verdad es que se sintió bien. Aunque pocos de los presentes se resistieron a expresar sus condolencias, como si alguien hubiera muerto, el tono de la velada fue distendido y alegre. Y lo agradecí muchísimo, aunque por dentro, era incapaz sin embargo de encajar del todo en el ambiente que me rodeaba. Por mucho que quisiera divertirme, por mucho que lo intentara, las preocupaciones volaban a mi alrededor colmando mis pensamientos. Sabía que había tiempo y tiempo para meditar sobre ellas. De eso no faltaba en la Sociedad de Almas.</p>
<p>A medida que la noche avanzaba, la gente se fue marchando. Gaby y Db fueron los primeros en desaparecer. También mis padres, Kaiser y Yuki. Los Shinigamis debían regresar a sus respectivos cuarteles, aunque algunos se hacían más los remolones que otros. Llegó un momento en que sólo quedábamos Eliaz, Bone, Kyo, Eylinn y yo.</p>
<p>Los dos miembros de la Novena División se habían enzarzado en una de sus interminables discusiones, lo que me sirvió de excusa suficiente para enviar a los dos jóvenes a sus camas, aunque como Eylinn muy posiblemente no podría entrar en la habitación que compartía con Gaby, le dejé mi habitación. Ya me las arreglaría con el sofá, si es que lo dejaban libre en algún momento.</p>
<p>Mientras mis dos amigos luchaban a ver quién era el primero en caerse de la burra, me cogí una botella de whisky a medio camino de quedar vacía y me la llevé al jardín exterior. Hacía una preciosa noche de verano. Era mejor aprovecharla. Me senté a pie de un árbol y cedí por fin a la tentación de darle vueltas a todo. Especialmente a aquella nube difusa de recuerdos, que, junto con mi futuro, era lo que más me preocupaba en ese momento, porque me estaba suponiendo, cada vez, más situaciones incómodas.</p>
<p><em>Me desperté y me costó ubicarme. Desde luego no era el Dojo. Al menos no olía como el Dojo. Otra cosa no podía decir, porque me costaba todavía enfocar la vista. Pero a juzgar por la situación debía estar en la enfermería. O en el Hospital de la Cuarta División. ¿Pero qué había pasado? ¿Cómo había llegado hasta allí?</em></p>
<p><em>Lo último que recordaba era haber abandonado el edificio principal del Cuartel e ir a la zona de entrenamientos para hacer algo de ejercicio físico con mi espada. Y probar a liberarla por primera vez en mucho tiempo. Pero después de aquello todo era una neblina incierta que me impedía ver más allá.</p>
<p>– ¡Director! ¿Ya ha despertado? – sonó una voz femenina.</p>
<p>– A… Algo así – balbuceé, intentando incorporarme.</p>
<p>– No, no se levante – me dijo.</p>
<p>– Vale… – me dejé caer sobre la cama. – ¿Qué ha pasado?</p>
<p>– La verdad es que el Teniente Xelloss tenía la esperanza de que usted se lo explicara.</p>
<p>– Pues…</p>
<p>Conseguí enfocar un poco la vista para dirigirme a la doctora que me estaba atendiendo. Era una mujer joven, pero se adivinaba en su rostro que había pasado por mucho ya. Sabía que la conocía de algún sitio. Seguramente le había dado clase, así que hice un repaso de mis archivos mentales a ver si conseguía ubicarla.</p>
<p>– Samara… ¿verdad? – adiviné. – Samara Satsuki.</p>
<p>– Sí – sonrió.</p>
<p>– Buena alumna, buena alumna – le devolví el gesto. – Aunque no te iba mucho la historia.</p>
<p>– Lo mío no son los libros – asintió. – Son las vendas.</p>
<p>– En cambio, tu novio… ¿Cómo se llamaba? – seguí hablando, mientras ella tomaba notas. – A él si le gustaba. Un gran alumno, de los mejores que he tenido.</p>
<p>– ¿Mi novio? No tenía novio cuando me dio clase, Director – levantó los ojos de la tablilla.</p>
<p>– Sí, mujer… Era… Joder, como era… – me mordí el labio inferior.</p>
<p>– No se esfuerce, Director, es mejor que descanse – insistió.</p>
<p>– ¡Kaneda! – exclamé. – Pawe•wa Kaneda…</p>
<p>– ¿Kaneda? – se sorprendió. – No conozco a ningún Kaneda.</p>
<p>– ¿Estás segura? – pregunté. – Algonquino, pelo negro…</p>
<p></em></p>
<p><em>– ¿Algon-qué?</em></p>
<p>Me desperté con los primeros rayos del sol, aún apoyado en el tronco junto al que me había sentado la noche anterior. Vencí el dolor de espalda provocado por la mala postura y me levanté. Re4cogí la botella y volví a la casa. Bone roncaba placenteramente en el sofá que se suponía que iba a ser mi cama. Eliaz ya se había ido, al menos eso parecía.</p>
<p>Fui directamente a la cocina a por un vaso de agua que me ayudara a superar la sensación de boca pastosa que tenía y me crucé con Db, que bajaba apresuradamente las escaleras vistiéndose por el camino y tratando infructuosamente de no hacer ruido. Cuando lo vi, se ruborizó y bajó la cabeza, avergonzado de haberlo pillado.</p>
<p>– Buenos días. ¿Té? ¿Café? – propuse con una media sonrisa.</p>
<p>– Buenos días – resopló. – Paso… tengo que salir ya para el Cuartel. Me ha llegado una mariposa infernal que me dice que me presente urgentemente…</p>
<p>– ¿Qué ha pasado?</p>
<p>– Ni idea…</p>
<p>– ¿Te llevas al oso que está roncando en mi sofá?</p>
<p>Llamaron a la puerta mientras él trataba de adivinar si era a Bone o a Eliaz al que me refería. No era un buen presagio. Aunque hacía tiempo que no vivía en el Rukongai, una llamada al amanecer nunca era una buena señal. Pero sería que alguien se había dejado algo. De camino a la puerta llamaron otra vez. Fue entonces cuando me comencé a poner nervioso.</p>
<p>– Buenos dí… – abrí.</p>
<p>Lo que vi me cortó la repiración por unos instantes. Tenía razón siendo paranoico y sospechando. Al otro lado del umbral había un pelotón entero de los Ejecutores, con su rostro oculto por sus capuchas y sus armas desenvainadas. Casi se me cae el alma a los pies con el susto. Cuando vieron que no iba armado, volvieron a recoger sus espadas, pero su mera presencia era suficientemente amenazante. ¿Qué era lo que pasaba esta vez?</p>
<p>– ¿Es usted Akano Rido? – preguntó el líder.</p>
<p>– Saben que sí – respondí, aún perplejo. – ¿Qué es lo que pasa?</p>
<p>– Tiene usted que acompañarnos.</p>
<p>– Llegáis tarde… – traté de bromear. – Mi juicio fe ayer.</p>
<p>– Me temo que esto no tiene nada que ver con…</p>
<p>– ¿Se puede saber qué pasa?</p>
<p>– Teniente – saludó el jefe de los Ejecutores, y todos sus subordinados se cuadraron.</p>
<p>– Sí, sí… Es muy temprano para saluditos – comentó Db después de corresponder al gesto de los agentes.</p>
<p>– Tenemos orden de arrestar a Akano Rido.</p>
<p>– ¿Puedo verlo?</p>
<p>El líder del escuadrón tendió al Teniente de la Novena División un papel oficial muy parecido al que me había dado Josuke para llamarme a juicio. Db lo leyó atentamente en silencio y su expresión se iba haciendo más y más sombría a medida que sus ojos avanzaban por las líneas. Decir que había pánico como nunca lo había visto en su rostro era quedarse corto.</p>
<p>– Rido, – me miró con una tristeza profunda como el más hondo de los abismos – dime que esto no es cierto…</p>
<p>– ¿El qué? – me atemoricé. – ¡Pero si no sé ni de qué va todo esto!</p>
<p>– Vete con ellos.</p>
<p>– ¡¿Pero por qué?! – bramé.</p>
<p>– Hazlo… – insistió, con la cabeza baja, sin querer mirarme a la cara, mientras devolvía la orden a mis captores.</p>
<p>– Akano Rido, queda usted detenido por el secuestro de Laylah Asharet y el asesinato de su mayordomo, Jules Valonnais.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://centoloman.inopia.net/2011/06/11/akano-49-un-nuevo-principio-%c2%bfo-un-final/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>3</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Akano 48 &#8211; Dona ei requiem</title>
		<link>http://centoloman.inopia.net/2011/02/04/akano-48-dona-ei-requiem/</link>
		<comments>http://centoloman.inopia.net/2011/02/04/akano-48-dona-ei-requiem/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 04 Feb 2011 22:51:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Centoloman</dc:creator>
				<category><![CDATA[Akano]]></category>
		<category><![CDATA[Mis Escritos]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
		<category><![CDATA[FFF]]></category>
		<category><![CDATA[Historia larga]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[rido]]></category>
		<category><![CDATA[Universo FFF]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://centoloman.inopia.net/?p=2716</guid>
		<description><![CDATA[Esta semana llega tarde, casi por los pelos, al compromiso del viernes. Pero llega más largo y cargado de detalles que creo que lo hacen un capítulo interesante. He procurado seguir manteniendo el tono enigmático de los capítulos anteriores, aunque me he atrevido a dar un buen paso adelante en esta entrega. Que además cumple [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://i184.photobucket.com/albums/x294/Centoloman/Akano.jpg" alt="" width="350" height="150" /></p>
<p>Esta semana llega tarde, casi por los pelos, al compromiso del viernes. Pero llega más largo y cargado de detalles que creo que lo hacen un capítulo interesante. He procurado seguir manteniendo el tono enigmático de los capítulos anteriores, aunque me he atrevido a dar un buen paso adelante en esta entrega. Que además cumple con una de las cosas que más me gustan, retomar cosas de otros fics del universo.</p>
<p>¿Qué le esperaba a Rido al otro lado de su accidente?</p>
<p>Disfrutad, espero que mucho, con este capítulo. <span id="more-2716"></span></p>
<h2 style="text-align: center;">Akano 48 &#8211; Dona ei requiem</h2>
<p>Para cuando recuperé la conciencia no estaba ya en el dojo de la Novena División, sino en el claustro del monasterio, medio sentado contra la pequeña pared que cubría la parte inferior de los arcos. La cabeza me daba vueltas, igual que el estómago, y no me sentía capaz de mantenerme en pie porque las piernas no me aguantaban. Al final, mientras intentaba levantarme, terminé vomitando en una esquina y necesité varios segundos para ser capaz de tratar siquiera de recuperar la verticalidad. Tras varios intentos que desembocaron en espantosas arcadas, me rendí y me dejé caer, sentado a una distancia prudente de aquella pasta viscosa y maloliente.</p>
<p>Ni aún en mis peores borracheras y sus subsiguientes resacas, que no habían sido pocas, recordaba haberme sentido tan mal, como tampoco recordaba cómo había terminado allí. Me costó hacer memoria de lo que me había llevado de vuelta a mi mundo interior, pero finalmente vinieron a mi memoria imágenes confusas de lo que me había ocurrido.</p>
<p>Poco a poco los recuerdos se fueron haciendo más claros y coherentes y descifré al final la historia que subyacía detrás de aquellos fogonazos. Había intentado liberar mi espada por primera vez en mucho tiempo, y nada más pronunciar las palabras que hacían que el poder de Balmung se desatara me había dado cuenta de que algo había salido mal.</p>
<p>Exteriormente no había pasado nada fuera de lo común en un primer momento: La hoja había comenzado a brillar, primero el rayo que la atravesaba y después el resto. Pero la transformación física no comenzó inmediatamente, como era lo acostumbrado. El fulgor que emanaba de la espada era cada vez más intensa y, al final, había comenzado a temblar mientras emitía una extraña serie de armónicas. Al final, todo terminó con un gran estallido de luz.</p>
<p>– El sello se levantará – había escuchado en ese instante en que me devanaba entre la consciencia y la inconsciencia. – Pero exige un sacrificio.</p>
<p>El recuerdo de aquella versión extendida de la profecía que venía machacando mis oídos en los últimos días se apareció violenta y estrepitosamente en mi cabeza. ¡¿Un sacrificio?! La alarma por el recuerdo de aquellas palabras me impulsó a levantarme, pero el propio movimiento me condujo de nuevo a las náuseas y al mareo. Necesité un gran acto de voluntad para no sucumbir a ellas esta vez, mantenerme en pie y no vomitar y unos segundos más para tranquilizarme y poder comenzar a pensar en algo.</p>
<p>La angustia me llevó a intentar salir de allí. Huir. Despertarme de lo que no podía ser otra cosa más que una pesadilla. Cerré los ojos e intenté regresar de nuevo al mundo real y allí recomponerme un poco de la situación después de haber tomado un poco de distancia. Pero fui incapaz. Noté, sí, como mi conciencia se apartaba temporalmente de todo aquello, pero sólo para chocar con una especie de muro invisible. Lo intenté con más fuerza una vez más, pero el resultado fue exactamente el mismo, aunque el golpe con aquella “realidad” fue mayor.</p>
<p>Mis piernas flaqueaban, todo me daba vueltas y sólo el estar de pie y parado, me suponía un enorme esfuerzo. No me imaginaba lo que podía ser caminar en aquel estado. Me apoyé en una de las columnas para tratar de moverme usándola de bastón pero ni así. Tomé aire profundamente varias veces. Entre el malestar y el nerviosismo que me atenazaba, hasta respirar se había convertido en una tarea dificultosa.</p>
<p>–No intentes detenerme. Esto tiene que ocurrir.</p>
<p>Levanté al instante la vista hacia el punto de donde había salido la voz de Balmung. Allí estaba la figura del monje, pero era translúcida, irreal, etérea, como si se tratase de un fantasma, o de uno de aquellos hologramas que utilizábamos en la sala de estrategia. Permaneció inmóvil unos segundos, mirándome fijamente, y tras repetir una vez más su advertencia se desvaneció en el aire como si allí no hubiera pasado nada.</p>
<p>– ¡Balmung! – llamé desesperado, entre gritos. – ¡Balmung! ¡Vuelve!</p>
<p>Mi voz resonó en la piedra del monasterio, pero no hubo una respuesta. Todo lo demás era silencio, excepto el correr de la fuente. Volví a gritar el nombre del monje en varias ocasiones, pero tampoco hubo respuesta a mis llamadas. Y la ansiedad y la angustia comenzaron a hacerme presa de ellas. No era ni dominador ni consciente de lo que fuera que estuviera sucediendo allí. Y se trataba de mi mundo.</p>
<p>Me dejé caer en el suelo, derrotado por los nervios, y descansar allí hasta que se me pasase el mareo, lo cual no fue poco tiempo al final. Mientras tanto, podría aprovechar para organizar mis ideas y mis pensamientos acerca de lo que ocurría, pero mi mente decidió volar por otros derroteros. Y no fue cosa fácil, más bien una hazaña, porque no estaba yo en las mejores condiciones.</p>
<p>Me llevó hacia Nalya, pero traté de rechazar esa idea. Era algo que ya había asentado en mi cabeza después de varias semanas de tiras y aflojas y me había ido asentando en la nueva situación. No había sido sencillo, más bien todo lo contrario, pero había comenzado a entender y a aceptar el cambio de status que se había producido después de la visita de Pandora. Había terminado por convencerme de que aquel bebé era Nalya, pero que no era ella, no era mi Nalya y que no había nada que yo pudiera hacer, al menos por ahora. Debía dejarlo ir y confiar en que quizás, con el tiempo, el destino nos volvería a reunir y podríamos aprovechar para recuperar el tiempo perdido. Ya habíamos vencido una vez a la muerte.</p>
<p>De Nalya, mi mente me llevó hacia Kyo, quien centraba mi gran preocupación en aquellos días. Entre el ajetreo de la nueva misión y la insistencia de los demás de darle un poco de espacio y tiempo, no había vuelto a hablar con él. Mi madre me había dicho que no me preocupase, que era sólo una rabieta y que en realidad no significaba nada, que ya se le pasaría; pero yo no podía dejar de mortificarme pensando en lo que había de verdad en sus acusaciones.</p>
<p>Según mi madre, el verdadero motivo del enfado de mi hijo adoptivo había sido otro. Estaba dolido de que me hubiera distanciado de él a lo largo de todo aquel año y se había montado la película de que, sin Nalya, ya no me importaba. La reaparición en escena de la cornuda no había hecho más que aportar la última gota de agua a un vaso que estaba ya colmado con los problemas propios de la adolescencia, la pérdida de su madre y el acostumbrarse a una nueva vida.</p>
<p>¿Me había distanciado de Kyo realmente? No lograba darme a mí mismo una respuesta verdaderamente satisfactoria, la camuflaba con excusas y racionalizaciones. Pero, no podía negarlo, en el fondo sabía que era cierto. Consciente o inconscientemente, había creado una pequeña barrera entre él y yo, porque no sólo era mi hijo adoptivo. No es que el hecho de que fuera el hijo de Nalya supusiera un problema, el problema era que era también mi alumno. Necesitaba marcar las distancias para evitar cualquier conflicto o suspicacia. Sobre todo dese que mi rol en la Academia era otro.</p>
<p>Y era cierto que me había alejado de él. No quería que lo vieran como el favorito del Director y no me había dado cuenta de que eso iba a pasar hiciera lo que hiciera, por mucho que procurara mantenerme al margen. Y empeñado en aquello apenas le había dedicado tiempo. Mi tiempo libre era para lo poco que podía llamar estudio y mi familia se había resentido por ello. Y no habían sido pocos los problemas que había tenido con ello.</p>
<p>¿Había hecho bien en secundar la maniobra de Nakatoni, aunque lo hubiera hecho a regañadientes, y aceptar la Dirección de la Academia? Había supuesto una ruptura radical con lo que había sido mi vida hasta entonces. Aunque hubiera coordinado el Departamento de Historia durante mucho tiempo, el nuevo cargo era muy distinto. Y había supuesto la renuncia a la División, a mi tiempo libre… y en cierto modo también a mi vocación de profesor. Había tenido que reducir mis clases, mi dedicación a la investigación, incluso a mi familia.</p>
<p>Tampoco es que me arrepintiera. Siempre había sabido que la Academia, como todo lo institucional en el Sereitei, necesitaba un cambio. Sangre nueva, formas nuevas, ideas nuevas. Y eso era lo que había tratado de aportar desde mi nueva posición y lo que quería seguir aportando en el futuro.</p>
<p>Eso tampoco era una fuente de tranquilidad. Por si no me llegaran con mis continuos enfrentamientos con Nakatoni ya como profesores, él los había trasladado a instancias superiores, porque estaba convencido de que se trataba de él. El nuevo rumbo de la Academia, mi “poca dedicación a la docencia” porque estaba demasiado centrado en perseguir fantasmas – así consideraba él a Nadie –, mis competencias y mi relación con el Gotei… Todos y cada uno de aquellos temas habían supuesto un quebradero de cabeza durante aquel año.</p>
<p>Pero había más, porque siempre tenía que haber más. Porque mis propuestas reformistas no sólo habían llegado a oídos del Gotei y de la Cámara, sino que habían llegado a oídos de unos locos radicales que habían hecho uso de ellas para justificar su causa. Y habían “avalado” con sus acciones mi decisión de acabar con el Sereitei tal y como lo conocíamos.</p>
<p>La verdad es que hacía mucho tiempo que mi vida no estaba tan ajetreada. Es más, no recordaba que alguna vez lo estuviera. Y eso que había pasado una infancia marcada por el estigma de ser un Akano en una sociedad que consideraba eso una maldición, había muerto, dos veces, y “resucitado”, había estado en la cárcel, había desmontado una mentira centenaria, había perdido y recuperado mi memoria y a mi familia y había luchado contra la mayor amenaza que alguna vez se había cernido sobre el Sereitei desde el tiempo de las grandes guerras. En dos ocasiones. Y había visto morir a mi abuelo, a mi hermano, a la mujer que amaba, dos veces también, y a mi padrino.</p>
<p>Un sonido estridente, como el que había devuelto el movimiento a las cosas en mi última visita, atenazó mis oídos durante unos segundos e interrumpió el curso de mis pensamientos. Cuando cesó, noté como el vigor de mis piernas regresaba y que el mareo también pasaba. Era el momento de volver a recorrer el monasterio en busca de respuestas. De alguna forma, me daba la impresión de que era lo que había venido haciendo toda mi vida.</p>
<p>Me acerqué a la fuente, necesitaba refrescarme y despejarme un poco después del mal rato que acababa de pasar. Fue entonces cuando vi con tremendo horror que no era agua lo que salía a través de los surtidores. Era sangre. El fuerte olor, entre metálico y podre, que manaba de ella conjuró de nuevo la náusea, pero esta vez logré contener las ansias de vomitar y escapé de allí en busca de aire fresco, aunque el hedor ya se había instalado en mi pituitaria.</p>
<p>Tampoco es que hubiera mucho sitio a donde ir. Todas las puertas que permitían el acceso desde el claustro a las distintas zonas del edificio estaban cerradas. Lo intenté varias veces con cada una de ellas, pero definitivamente no podía abandonar el claustro. Y tampoco podía volver al mundo real. Estaba encerrado allí, como en una prisión.</p>
<p>Mirando a mi alrededor en busca de una alternativa, me fijé en las ventanas del piso que se alzaba justo encima del claustro. Quizás pudiera atravesarlas. ¿Pero cómo podría subir hasta allí? Aunque estuviera bastante recuperado, mis piernas no eran capaces todavía de trepar hasta allí o para saltar tan alto. Tenía que inventarme una solución, y la encontré en las pilas de escombros que había a mi alrededor. No iba a ser fácil, ni cómodo, pero era una alternativa.<br />
No sabría decir cuánto tardé en amontonar todas las piedras de forma que pudiera trepar con 7ellas hasta una altura desde la que fuera capaz de encaramarme a la pequeña balconada que colgaba de cada una de las ventanas. Podrían haber sido horas, incluso días, con lo lento que pasaba el tiempo, pero al final cumplí con el trabajo que me había propuesto y ya podía alcanzar mi objetivo. Aún así, tuve que improvisar una pequeña cuerda para ayudarme a subir.</p>
<p>– Vamos allá – me animé.</p>
<p>Cuando conseguí trepar hasta la ventana necesité unos instantes aún para recuperar el resuello. Definitivamente, mis condiciones físicas no eran las mejores. Mientras descansaba, aproveché para examinar la escena desde la nueva perspectiva. Fue ahí cuando me di cuenta de que los cristales brillaban con un tenue resplandor blanco-azulado que activó todas mis alarmas. Miré las demás y también ocurría lo mismo con ellas, al menos con las más próximas, que eran las únicas que alcanzaba a distinguir bien.</p>
<p>Pero no tenía nada más que me sirviera para probar. No tenía piedras a mi alcance ni ningún otro objeto que lanzar hacia la ventana y no tenía tampoco mucho margen espacial para maniobrar, así que decidí que si quería entrar en el edificio tendría que arriesgarme. Y lo hice, y una vez más, para sumarlo a mi última racha de éxitos, no fue bien.</p>
<p>Para cuando recuperé de nuevo la consciencia volvía a estar en la base del claustro, sentado junto a la fuente y aspirando sus vapores nada agradables. Los escombros habían vuelto a su sitio. Me levanté automáticamente y me alejé de allí mientras hacía repaso de la situación. No recordaba haberme caído, ni tampoco tenía dolor ni molestia alguna, así que supuse que alguien me había bajado de la balconada y me había puesto allí. Tocaba empezar de nuevo, como si nada de lo anterior hubiese ocurrido. Como el día de la marmota.</p>
<p>Afortunadamente, esta vez la Fortuna había decidido olvidarse de las náuseas y la debilidad. Me levanté y volví a recorrer con la mirada. Sentí el impulso de escapar hacia el mundo real y dejar atrás ese misterio. Pero no estaba seguro de poder salir. Y la curiosidad había vencido ya a mis miedos y a mis ansias de “libertad”.</p>
<p>– ¡Balmung! – volví a llamar a voz en grito. – ¡Balmung!</p>
<p>El resultado fue exactamente el mismo de las ocasiones anteriores. No hubo respuesta, silencio total. Estaba completamente solo en un entorno que, aunque conocido, me resultaba ignoto y hostil. Y la soledad y la inactividad reavivaron en mi mente la llama de la inseguridad y los fantasmas que había tratado de rehuir durante mi “secuestro” allí dentro.</p>
<p>Esta vez mi mente no quiso volar a los problemas que me esperaban fuera. Esta vez estaba centrado allí, en aquel claustro, en aquella fuente que manaba sangre en señal del sacrificio que estaba a punto de producirse, en Balmung y su figura espectral apareciéndoseme en mi momento de mayor debilidad para instarme a que no le detuviera en lo que estaba a punto de hacer.</p>
<p>¡Pues claro! ¿Cómo no lo había visto antes? ¿Cómo podía haber sido tan tonto? Tan preocupado había estado en mi problema concreto e inmediato, en la sangre, en las puertas cerradas, que no me había fijado en la imagen de conjunto. Como se suele decir, los árboles me habían impedido ver el bosque. Mi cabeza se había ido hacia el mundo que había más allá de aquellas paredes, y se había olvidado de lo que había dentro de ellas.</p>
<p>Balmung iba a ofrecer algún tipo de sacrificio. No sabía qué sacrificio, a quién iba dirigido o por qué iba a hacerlo. Estaba relacionado, sin duda, con el misterioso libro que había encontrado en mi biblioteca días atrás. Pero no sabía nada más. Y mis temores iban más allá, porque mucho me temía que sería a él mismo al que se iba a ofrecer en sacrificio. Las preguntas se amontonaban en mi cabeza, pero las piezas comenzaban a disponerse sobre el tablero.</p>
<p>Al otro lado del claustro se escuchó como un ruido mecánico. Era la primera novedad importante, el primer cambio que se producía en mi entorno, desde que había llegado allí después del accidente. Evidentemente, no podía dejar de seguir aquella señal. Tenía que significar algo.</p>
<p>Mientras caminaba hacia la torre desde donde había surgido el sonido, pensé que en cierto modo era natural. Si ese mundo se regía por mis pensamientos y mis emociones, si las piezas de aquel gran puzzle comenzaban a encajar, era normal que algunas piezas “mecánicas” encajaran “físicamente” allí. No era la primera vez que había descubierto o desbloqueado nuevas puertas, nuevas salas… sólo a través de mi evolución personal o mi redescubrimiento de partes de mi historia que había olvidado. Puede que fuera una de aquellas ocasiones.</p>
<p>Empujé la puerta pero no se abría del todo. Se quedó encajada en la piedra y no se podía mover libremente, pero la rendija que conseguí crear fue suficiente para asomar la cabeza y observar el interior. De allí manaba una luminosidad anaranjada, de fuego, que se movía nerviosamente desde su foco en las antorchas que alumbraban la sala vacía. Hice un poco más de fuerza y conseguí abrir del todo la puerta de un empellón.</p>
<p>Las teas formaban un pasillo que conducía hacia una escalinata bastante amplia. Subí por ella con cuidado, temiendo cualquier cosa, y acabé en el claustro superior, a donde había intentado entrar por la ventana. Lo rodeé, siempre siguiendo aquellas ardientes señales, y acabé en el estrechísimo corredor que ascendía con irregulares escalones hasta el campanario.</p>
<p>Allí había conocido a Balmung, aunque en aquel momento nunca hubiera podido imaginar lo que vendría después. Allí iba a suceder un acontecimiento que yo sabía que sería fundamental para el resto de mi vida, como lo había sido entonces derrotar al fantasma, corrompido por la angustia y la nostalgia, de los recuerdos de Yonas.</p>
<p>Pero el enrejado que separaba la escalerilla del exterior estaba cerrado y sólo pude observar el otro lado a través de los barrotes. Allí estaba Balmung, de rodillas, con la cabeza gacha y la mirada fija en el suelo. Se escuchaba un cántico, pero los labios del monje no se movían. No era él quien cantaba.</p>
<p>Le llamé. No hubo respuesta. Golpeé nerviosamente la puerta. Tampoco. No me oía o no quería hacerlo. Esto se prolongó durante varios minutos y a cada momento la ansiedad iba tomando mayor control de mis gestos, mis pensamientos e incluso de mi tono de voz y de mis palabras. Estaba totalmente desesperado, angustiado, porque cada vez era más consciente de lo que estaba a punto de producirse allí.</p>
<p>– Debes morir para conocer la verdad – se escuchó como desde el cielo, a medida que el cántico aumentaba de intensidad.</p>
<p>Aquellas palabras retumbaron con fuerza en las paredes del monasterio. Volví a sacudir la puerta, agarrándola de los barrotes, pero seguía sin encontrar la respuesta que buscaba. Nadie reaccionaba. Desesperanzado ya y decidido a rendirme, bajé los hombros y solté la reja. Fue entonces cuando, a contraluz de la luz de la luna descubrí la fuente de la salmodia. Era la sombra, la misma que había perseguido días antes hasta la Biblioteca.</p>
<p>– ¡Tú! – grité con rabia. – ¡Tú!</p>
<p>La nueva revelación me llenó de ira y me devolvió las ganas de protestar. Ahora tenía un nuevo “enemigo”, alguien a quien culpar de toda mi desdicha. Era ella la que había provocado todo y ahora estaba allí, disimulándose contra la oscuridad de una noche que había caído de repente. Era ella la que estaba cantando mientras Balmung permanecía allí postrado a sus pies. Y los nervios y la angustia seguían apoderándose de mí.</p>
<p>La sangre se me heló cuando, con lo que podía entenderse como una sonrisa mezquina y hasta lasciva, desenvainó delante de los ojos del viejo mi espada, la que él encarnaba. Y con dudas, pero con una mirada de decidida resignación, él la tomó lentamente entre sus manos. A la luz de la luna, una lágrima brillaba en el recorrido desde los ojos hasta la barba del monje.</p>
<p>Mi respiración se aceleraba y se entrecortaba, al igual que mi ritmo cardíaco. Tomar aire se volvía cada vez más complicado. Jadeaba, sudaba, como si acabara de hacer varias horas de intenso ejercicio físico. La ansiedad y el estrés me estaban venciendo y mi cuerpo estaba comenzando a darse por vencido.</p>
<p>Nadie hacía caso a mis gritos de auxilio ni a mis provocaciones. Balmung me había dicho que no lo detuviese, que tenía que ocurrir. Pero no es que tuviera mucha más alternativa, a juzgar por la situación. Lo único que podía hacer en aquel momento era protestar y rebelarme. Y bien sabe Dios que no había una sola parte de mi ser que no lo estuviera haciendo. Me abalancé contra la reja, la sacudí todo lo violentamente que era capaz, me quedé sin aliento en mis pulmones y casi me destrocé la garganta. Todo inútilmente, pero estaba dispuesto a todo menos a rendirme y resignarme a dejar que aquello pasara sin más.</p>
<p>Sin embargo, no parecía servir de nada. No parecían ser conscientes de mi presencia, aunque a lo mejor lo estaban fingiendo simplemente. Me vino a la mente aquellas películas que había visto durante mi vida mortal en la que los fantasmas trataban de impedir que algo les sucediera a los vivos, pero que al final no eran capaces de hacer nada porque no conseguían interactuar con ellos. O como el Señor Scrooge visitando las navidades futuras, condenado a observar su propia desgracia sin permitírsele intervenir para corregirla.</p>
<p>Y justo en ese momento, cuando el cántico de la sombra estaba llegando también a su cénit y Balmung ya sujetaba la espada en sus manos con la hoja apuntando a la boca de su estómago, el monje me miró. No fue más que un instante, un pequeño momento fugaz, pero la impresión que me causó aquello aún me dura hoy, como si aquel punto del tiempo, aquella imagen, se hubiese quedado grabada en lo más profundo de mi alma.</p>
<p>Había miedo en sus ojos. Peor que eso, había terror. Un terror indescriptible que sólo podía proceder de alguien que había visto la oscuridad más absoluta. Pero al mismo tiempo, había también una carga de decisión, provocada por la resignación, sí, pero decisión. Balmung estaba dispuesto a cometer el mayor de los sacrificios y había abrazado ya un futuro que no era el ideal, pero que era el que tenía que suceder. Porque alguien, mi caprichosa amiga Fortuna, así lo había decidido.</p>
<p>Balmung me miró. Fue un efímero segundo, lo que dura en caer un relámpago, pero a partir de ahí todo transcurrió a cámara lenta. Así lo captaron mis ojos, aunque sabía que en realidad había sido un momento violentísimo. Bajó la cabeza y en un abrir y cerrar de ojos la punta de mi espada, la punta del propio Balmung, estaba atravesando su pecho.</p>
<p>Comencé a desfallecer, absorto en el movimiento de la hoja hundiéndose más y más aún en las entrañas del monje, como si no tuviera fin, mientras mis fuerzas se me escapaban. Mis piernas flojearon, pronto mis rodillas tocaban el suelo y mis manos no tardaron en seguirlas. Vomité una vez más, la enésima desde mi llegada, y en el último suspiro de mis energías conseguí evitar desplomarme sobre mi propio contenido estomacal. Aunque no logré evitar estrellarme contra el frío suelo.</p>
<p>Notaba como literalmente se me escapaba la vida a través de la herida de mi pecho. El dolor que estaba sufriendo el monje, tendido delante de mis ojos, era el mismo. Mis pulmones comenzaban a encharcarse, mi pecho pesaba cada vez más. Me quedaba poco tiempo. Y entonces, como una inspiración divina, algo en mi mente se iluminó. Unas palabras que tenía que decir, que no podía callar.</p>
<p>– Este no es el paraíso que nos prometieron – susurré con lo poco que me quedaba de aliento.</p>
<p>Y al mismo tiempo que yo pronunciaba aquella frase, escuché la voz de Balmung recitarla conmigo, al unísono, en los últimos envites de su agonía. Él ya había cerrado los ojos… Ahora me tocaba a mí hacerlo. Dormir, descansar. Despertarme de aquella pesadilla. Porque aquello no podía ser real. Aquello no era el mundo real. Porque si lo era, estaba sellando mi fracaso.</p>
<p><em>– Este no es el paraíso que nos prometieron – escuché.</em></p>
<p><em>Aquella voz, lo sabía, estaba muy cercana, pero en mi mente sonó como si hubiera hablado desde kilómetros y kilómetros de distancia, suave, tenue, casi imperceptible, aunque por encima de todo, como si se hubiese pronunciado dentro incluso de mi cabeza. Quizás es que allí mismo lo había hecho.</p>
<p>Abrí los ojos con mucha dificultad. Los párpados me pesaban como si me hubieran colgado pesas en ellos, los oídos me pitaban, mi cabeza estaba a punto de estallar y las venas del cuello y de la cara me palpitaban como si fueran el mismo corazón y tuvieran que bombear sangre a todo mi cuerpo. Todo me dolía, todas y cada una de las células de mi cuerpo, como si todas ellas estuvieran siendo perforadas por millones de pequeñas agujas.</p>
<p>No era capaz de percibir nada a mi alrededor. La sensación era la de un completo vacío, casi como si flotara, a no ser por el duro tacto del suelo bajo mi cuerpo. Pero no había más realidad que esa. Abrir los ojos tampoco servía de mucho. El humo, el polvo, el sudor y las lágrimas, unidas a mi deficiente estado, habían formado una espesa niebla que nos envolvía y nos impedía ver más allá de dos pasos.</p>
<p>Sentía muchísimo calor. Aunque ya no se escuchaba el estruendo y el fragor del enorme incendio que había provocado aquel loco, al menos no por encima del tapón que enmudecía mis oídos, el lugar seguía ardiendo como si fuera el mismo infierno. El aire quemaba con su solo contacto, pero era peor la sensación que me abrasaba por dentro y que era incapaz de aliviar.</p>
<p>Traté de levantarme. Todas mis extremidades estaban entumecidas, paralizadas. Mis manos y mis piernas temblaban de miedo, de agotamiento y de simple impotencia, aún estando tirado en el suelo como un despojo. Mi propio cuerpo no me respondía. En aquella situación era un completo inútil. Pero tenía que hacer algo, tenía que rebelarme. Aquello no podía terminar allí.</p>
<p>Al fin junté fuerzas de flaqueza y comencé a incorporarme. Logré extender mi mano hasta la empuñadura de Balmung y usé mi espada como bastón. Fue entonces cuando mi costado derecho comenzó a dolerme como si me hubieran atravesado con una espada o como si me hubieran golpeado con mi propia maza. Probablemente tendría varias costillas rotas. O incluso peor.</p>
<p>Apreté los dientes para conjurar el dolor y me llevé la mano izquierda hacia allí. Y en el movimiento lo descubrí. A mi izquierda, a varios metros, estaba ella, en peor estado incluso que yo. Inconsciente, debatiéndose entre la vida y la muerte. No había niebla que me impidiera ver aquello. Porque todos mis sentidos estaban puestos en ella. Siempre puestos en ella. Mis manos temblaron y volví a caer en el suelo, para no volver a levantarme.</p>
<p>“Nalya”, quise decir. Pero mi garganta no respondió. No salía suficiente aire de mis pulmones como para que pudiera sonar mi voz. “Nalya”, volví a intentarlo. Pero no había remedio. Era inútil. Quise arrastrarme hacia ella como podía, apoyado en Balmung. Ya le pediría perdón al monje en otro momento. Pero era totalmente incapaz</p>
<p>– ¡Nalya! – grité.</p>
<p>Pero una vez más, mi alarido se quedó en el más completo silencio. El sudor y las lágrimas comenzaron a recorrer mi rostro sucio del polvo y el hollín. Pero yo no torcí el gesto ni aparté la mirada. Quería estar con ella hasta el final, aunque sólo fuera de aquella manera. Todo lo demás era oscuro a mi alrededor. Excepto Nalya y su agonía. Excepto que la mujer a la que amaba, a la que estaba dispuesto a entregar mi vida entera, estaba perdiendo la suya. Y yo no podía hacer nada.</p>
<p>El dolor era cada vez más intenso. Respirar era más costoso a cada bocanada. Pero eso no importaba, porque mi vida se estaba debatiendo no en mi interior, sino unos metros más allá, tirada en el suelo, inmóvil e inconsciente, sin poder luchar ya como tantas y tantas veces lo había hecho. Mi pecho comenzó a subir y bajar descontroladamente, como si el corazón quisiera escapar de él.</p>
<p>– ¡¡Nalya!! – chillé, con todas mis fuerzas.</p>
<p>Y esta vez sí se escuchó. Esta vez mi furia, mi rabia, el último intento de un hombre completamente desahuciado, sí había conseguido vencerme a mí mismo y sacar de mi garganta aquella llamada desesperada. Aunque llegara tarde, aunque casi fuera un adiós. Un adiós a Nalya y, probablemente, un adiós también a mi vida, aunque eso no importara ya.</p>
<p>– Este no es el paraíso que nos prometieron – volví a escuchar.</p>
<p>Y ahí fue la última vez que lo vi. Vestido de shinigami, mirándome fijamente, casi pude imaginarle con su sonrisa casi lasciva dibujada en su rostro pelado. Ahí estaba él, mirándome. Traté de decirle “ayúdame a levantarme, tenemos que salvarla”, pero ya no daba para más. Ni siquiera para estirar mi mano hacia él y pedir auxilio.</p>
<p></em></p>
<p><em>El viento comenzó a arremolinarse a su alrededor y pronto el humo le envolvió. Mi vista comenzó a emborronarse y las formas fueron yendo cada vez más difusas. Había llegado por fin el momento de cerrar los ojos. No había más.</em></p>
<p>– ¡Está despertando! – escuché en la lejanía.</p>
<p>Unos pasos acelerados se acercaron hasta mí. Tardé unos segundos en abrir los ojos pero sabía bien donde estaba. El olor a demasiado limpio, a estéril, lo delataba. Había estado allí muchas veces, no sabría decir si por suerte o por desgracia. Era el Hospital General y Cuartel de la Cuarta División.</p>
<p>– ¿Xelloss? – balbuceé.</p>
<p>– El Teniente no está en este momento – me respondió una voz femenina. – ¿Quiere que vaya a buscarle?</p>
<p>A medida que mis ojos se acostumbraron a la luz, las siluetas comenzaron a enfocarse y descubrí a la mujer que estaba inclinada sobre mí. Era un rostro algo familiar, sabía que lo conocía, aunque no lograba ubicarlo. No era raro que me pasara, al fin y al cabo había sido profesor de muchos shinigamis. Pero este era algo más familiar que ellos y no sabía decir por qué.</p>
<p>– Satsuki, ¿verdad? – logré identificarla al fin. – Samara…</p>
<hr />
<p>El título significa &#8220;Dale el descanso&#8221;, es una de las fórmulas exequiales por excelencia. Entenderéis por qué, ¿no?</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://centoloman.inopia.net/2011/02/04/akano-48-dona-ei-requiem/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>5</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Akano 47 &#8211; Preparado</title>
		<link>http://centoloman.inopia.net/2011/01/28/akano-47-preparado/</link>
		<comments>http://centoloman.inopia.net/2011/01/28/akano-47-preparado/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 27 Jan 2011 23:00:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Centoloman</dc:creator>
				<category><![CDATA[Akano]]></category>
		<category><![CDATA[Mis Escritos]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
		<category><![CDATA[FFF]]></category>
		<category><![CDATA[Historia larga]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[rido]]></category>
		<category><![CDATA[Universo FFF]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://centoloman.inopia.net/?p=2705</guid>
		<description><![CDATA[Decía Shwayne en uno de sus comentarios que os había dejado dándoos cabezazos contra las paredes y es verdad, pero es que no vamos a dejar que todo sea fácil. En la lógica de lo que viene siendo el fic, tocaría ahora un capítulo más bien lento, de asentamiento, pero he tomado una decisión y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://i184.photobucket.com/albums/x294/Centoloman/Akano.jpg" alt="" width="350" height="150" /></p>
<p>Decía Shwayne en uno de sus comentarios que os había dejado dándoos cabezazos contra las paredes y es verdad, pero es que no vamos a dejar que todo sea fácil. En la lógica de lo que viene siendo el fic, tocaría ahora un capítulo más bien lento, de asentamiento, pero he tomado una decisión y voy a eliminar el concepto &#8220;capítulo de transición&#8221;. Así avanzará la historia más rápido. No es que todo vaya a ir a un ritmo trepidante ni que se elimine la &#8220;cotidianeidad&#8221; (entonces no sería Akano), simplemente que voy a procurar que la trama avance en todos los capítulos.</p>
<p>En este caso creo que lo he conseguido. Juzgadlo vosotros mismos, y disfrutad ^^<br />
<span id="more-2705"></span></p>
<h2 style="text-align: center;">Akano 47 &#8211; Preparado</h2>
<p>– Tú y yo deberíamos hablar…</p>
<p>Kyo me miró con cierta indiferencia. Los últimos días, desde la noticia sobre su madre habían sido todos así. Mi madre, que lo había tomado bajo una especial tutela desde entonces tratando de evitar que se encerrara en sí mismo, era prácticamente la única con la que había cruzado más de un par de palabras. Con los demás parecía, simplemente, impasible. Vivía ensimismado, perdido en su propio mundo y no se interesaba apenas en lo que sucedía a su alrededor.</p>
<p>Era un tema que me tenía bastante preocupado, pero que aún no me había atrevido a afrontar porque aún no tenía yo claras mis propias ideas, pero cuando la tormenta después del eclipse se estabilizó decidí que no podía seguir dándole largas al asunto y que tenía que hablar con él. Al fin y al cabo me había hecho cargo de su educación hacía ya siete años.</p>
<p>Mi padre solía quitarle hierro a la actitud de mi hijo adoptivo alegando que era normal a sus años. “Tú eras así a su edad”, solía decir, para después continuar con una frase que comenzaba con “Recuerdo una vez que…” y concluía con una anécdota que acostumbraba a dejarme como un rebelde sin causa para divertimento suyo y de los presentes, especialmente de Eylinn.</p>
<p>Sin embargo, su razonamiento no acababa de convencerme. Sí, Kyo era un adolescente y, como tal, era normal que mostrara síntomas de rebelión, un carácter un tanto más huraño… Todos habíamos pasado por eso. Pero sus circunstancias eran muy distintas: era huérfano de padre y de madre, aunque a él nunca hubiera llegado a conocerle, de forma consciente al menos. Por si fuera poco, el abandono de Nalya había resultado muy traumático para un niño de apenas siete u ocho años y él la había esperado pacientemente para recuperarla muerta. Y la historia no acababa ahí, porque menos de un año después se había reencontrado con ella en forma de recién nacido.</p>
<p>Por muy adolescente que fuera y eso influyera en su actitud, aquellos factores jugaban un papel determinante en su crecimiento y no estaba seguro de que estuviera preparado para asumirlos. Nadie está nunca preparado para algo como eso. No lo estaba ni lo estaría nunca yo, y mucho menos un chico de quince años que ya está sufriendo demasiados cambios en su vida como para someterle a un estrés adicional extra, y eso lo tenía copado ya con el ingreso en la Academia, donde destacaba demasiado como para integrarse de forma tranquila y normal. No era la primera vez que había tenido un problema y estaba seguro de que vendrían más más adelante.</p>
<p>– Hoy no – rechazó tajante mi oferta.</p>
<p>Lo que más me mosqueaba de toda la situación era que parecía haberla tomado conmigo como si yo fuera el culpable de todo lo que había ocurrido. No sabía su protestar o aceptar que me merecía su enfado, pero lo que no estaba dispuesto a hacer era renunciar a la última promesa que le había hecho a su madre antes de que se fuera para no volver, la de educar a su hijo.</p>
<p>–Sí, hoy – contesté, quizás con excesiva severidad.</p>
<p>Frunció los labios con gesto displicente y apartó a un lado el libro que estaba leyendo. Me volvió a dedicar una mirada fría y distante y resopló mientras se incorporaba en el sofá donde se había recostado. Yo me senté frente a él, en la butaca opuesta, y dejé la taza de té que me había preparado en la mesita que mediaba entre él y yo. Toda aquella ceremonia la llevamos en silencio y con cierta parsimonia, sin apartar los ojos uno del otro, vigilando a nuestro “rival” y organizando nuestras ideas.</p>
<p>– ¿Qué es lo que te pasa?</p>
<p>– Nada.</p>
<p>Traté de reaccionar con paciencia y comprensión, pero me sentía algo desilusionado con su respuesta y aquello repercutió en el gesto que el dediqué. He de reconocer que me estaba costando mantener la compostura, a pesar de que ya había lidiado mil y una veces con jóvenes rebeldes, más mayores que él aunque igual de inmaduros, durante mi labor en la Academia. Y, mucho menos, con ninguno me unía un lazo tan especial como el que mantenía con él, que era mi hijo, adoptivo, sí, pero mi hijo.1Eso sin contar que mis disputas con ellos solían ser académicas o disciplinarias, y nunca pasaban al campo de las emociones. Quizás era algo que debía anotar para el futuro.</p>
<p>– Kyo… – volví a insistir. – ¿Qué te pasa?</p>
<p>–No me pasa nada – respondió desafiante – ¿y a ti?</p>
<p>– Mira… – suspiré, intentando no perder la paciencia. – Sé que estás pasando un momento traumático… Lo de tu…</p>
<p>– ¡Mi madre está muerta! – explotó. – ¡Por tu puta culpa!</p>
<p>– Yo… yo… – balbuceé atónito ante semejante reacción. </p>
<p>– ¡Cállate!</p>
<p>– Sólo intento ayudarte – razoné en voz lo más calmada que pude.</p>
<p>– ¿Cómo querías ayudarla a ella? ¡Y una mierda! – gritó.</p>
<p>Estaba totalmente descolocado. Aguanté como pude el chaparrón, sin saber qué decir, hundiéndome en el sofá cada vez más y más a medida que las acusaciones caían una y otra y otra vez sobre mí. Él se había puesto en pie y me echaba en cara todos los males que habían azotado a nuestra familia últimamente mientras me señalaba amenazante con el dedo. Al final, sudando de rabia y nervios, salió de la sala en un estallido de ira.</p>
<p>– Totalmente igualito a su madre – comentó mi padre, bloqueándome la puerta para que no pudiera perseguir a Kyo.</p>
<p>– Déjame pasar – le ordené entre dientes.</p>
<p>– Tilly se encargará – respondió, después de negar con la cabeza. – Es mejor por ahora.</p>
<p>Cavé mis ojos en los suyos con gesto enfadado y exasperado. Al final, me dejé convencer y lo dejé todo en manos de mi madre y de sus capacidades psíquicas. Pero eso no me tranquilizaba en absoluto. Estaba tan nervioso que no era capaz de quedarme parado en un mismo sitio ni de terminarme el té. Al final, en un arranque impulsivo cogí mi haori y me fui.</p>
<p>– Si me necesitáis, estaré en el Cuartel o… o por ahí.</p>
<p>El paseo hasta el Sereitei me sirvió para calmarme y para decirme a mí mismo que Kyo no había dicho todo aquello en serio, sino fruto de la confusión que experimentaba en aquellos días. Sin embargo, no podía dejar de pensar en que tenía cierta razón: yo había prometido muchas cosas que no había sido capaz de cumplir. Yo era el que había dejado que su madre se fuera y el que no había conseguido traerla de vuelta a casa… y de alguna manera tenía la impresión de que mis investigaciones acerca de los asesinos de mi abuelo habían molestado a muchos y habían acelerado el segundo despertar de Nadie, lo que en última instancia había acabado con la vida de Nakajima Kyo y con la marcha de Nalya.</p>
<p>– No tras muy buena cara… – dijo Okita a modo de saludo, mientras comenzaba a caminar a mi lado.</p>
<p>– Eh… Problemas en casa – contesté sacudiendo la cabeza para tratar de sacarme el malestar de encima y centrarme en los asuntos que ahora me ocupaban. – Kyo…</p>
<p>– Ah, sí, bueno… Está en la edad – comentó, como sintiéndose obligado a decir algo. – ¿Cuántos años tiene ya?</p>
<p>– Quince, casi dieciséis.</p>
<p>– Es la edad – repitió reafirmándose.</p>
<p>– Será… – respondí simplemente, sin querer entrar en más disquisiciones. – ¿Eso es para mí?</p>
<p>– ¿Qué? Ah, sí – reaccionó, entregándome una carpeta que traía entre las manos. – Db me la dejó para ti antes de irse con el Capitán al Consejo.</p>
<p>– ¿De qué va?</p>
<p>–Ni idea – se encogió de hombros. – Pero dijo que te iba a interesar.</p>
<p>– Gracias, Oki – le sonreí como pude. – ¿Bone sigue en la sala de interrogatorios?</p>
<p>– No sale de allí – bromeó. – Eliaz también te estaba buscando.</p>
<p>– Pues dile que estoy cotilleándole al Gafotas y que le espero allí.</p>
<p>En los cuatro días que habían pasado desde mi readmisión como miembro de la División me había vuelto a sentir como en casa. Era cierto que tenía algunas condiciones especiales, como que no residía habitualmente en el cuartel y que sólo acudía a petición del Capitán, manteniendo mi despacho en la Academia, pero era como recuperar una parte de mi vida que en cierto modo siempre había añorado. También era cierto que todavía quedaban algunas explicaciones pendientes, pues no todo el mundo había entendido bien los motivos de mi traslado, pero la actividad frenética en la que estábamos sumidos había aplazado todas esas cuestiones.</p>
<p>Abrí y cerré la puerta de la sala de interrogatorios para que el Oficial supiera que ya había llegado y que estaría al otro lado, al otro lado de la ventana-espejo que permitía seguir el progreso de sus inquisiciones. Mientras él se empleaba a fondo con el examen del agente de Nadie, yo aprovecharía para leer el informe que me había pasado Okita con el sonido de sus voces de fondo. En lo que habíamos llevado trabajando en el caso era la primera vez que Db decía que algo me iba a resultar interesante, así que merecía la pena leerlo.</p>
<p>– Te voy a ahorrar un poco de tiempo – dijo Eliaz, cerrando la puerta tras de sí. – Bone y Db han descubierto que en el 59 Este hay un campamento de Nadie.</p>
<p>– 59 Este… 59 Este… – recité, ubicándolo en un mapa mental. – En los desfiladeros, ¿no?</p>
<p>– Es de suponer que sí – confirmó. – Blod y Crawlink lo están investigando.</p>
<p>– ¿Ya lo sabe Kyrek?</p>
<p>– Sí, fue él el que ordenó la misión de reconocimiento.</p>
<p>– Son buenas noticias – sonreí.</p>
<p>– Sí, bueno…</p>
<p>– No te veo muy convencido – lo miré con extrañeza. – ¿Hay algo más?</p>
<p>– Es demasiado fácil – explicó, dejándose caer pesadamente sobre una silla a mi lado. – Años sin encontrar nada y de repente…</p>
<p>– Es la primera vez que tomamos prisioneros – observé. – Hasta ahora sólo habíamos tenido nuestras elucubraciones.</p>
<p>– Es demasiado fácil – insistió. – Es como si quisieran que esto ocurriera.</p>
<p>– ¿Dónde has dejado a Eliaz? – reí. – Aquí el suspicaz soy yo y tú eres el lanzado.</p>
<p>– Rido, no estoy de broma – me contestó. – No es la primera vez que nos tienden una trampa. Piensa en qué ocurriría si Kaiser no hubiera estado con nosotros cuando…</p>
<p>– Lo de ser padre te está afectando – bromeé.</p>
<p>– Di lo que quieras – replicó – pero a mí algo me huele mal.</p>
<p>Aunque no podía ignorar el razonamiento de mi compañero y amigo, prefería mirar la noticia por el lado positivo. Bastantes sombras tenía ahora en mi vida como para sumar otra y haber podido sacar algo en limpio de los interrogatorios casi ininterrumpidos que habían puesto en marcha entre Bone, Db y unos cuantos oficiales de refuerzo hacía ya cuatro días me había ayudado a relajarme y distraerme de los problemas recientes, de las nuevas palabras proféticas y extrañas que resonaban en mi cabeza y de mis dificultades con Kyo.</p>
<p>Comenzábamos, por fin, a sacar frutos de nuestra victoria y, por muy comprensibles que fueran las reservas de Eliaz, teníamos que exprimirlos lo más que pudiéramos para poder sacar el jugo deseado. Además, yo estaba convencido de que no teníamos mucho tiempo antes de que Nadie se reagruparan y pudieran contraatacar, lo que no era demasiado descabellado. Y teniendo en cuenta las sospechas de que había un topo al menos en el Sereitei, a mayor celeridad, mayor seguridad.</p>
<p>– Por cierto…</p>
<p>– Dime – respondí.</p>
<p>Eliaz se sacó del bolsillo interior del traje que siempre utilizaba en lugar del uniforme, un ejemplar del periódico del Sereitei. Lo cogí y fui directamente a la página que me indicaba. Allí estaba, como siempre, una columna de opinión en la que, una vez más, un grupo de periodistas, que realmente eran los portavoces de alguien más importante dentro de las altas esferas, cargaban contra mí. Esta vez, siguiendo la tónica de los últimos meses, volvían a relacionarme con los actos vandálicos que estaban poniendo en tela de juicio la seguridad de los límites exteriores de la Ciudadela y de los primeros distritos.</p>
<p>– Vamos no me jodas…</p>
<p>No pude terminar de leerlo porque se me revolvía el estómago. Estaba cansado de toda aquella situación y había aguantado demasiado. Aquellos criminales se decían inspirados por mí, por mis enseñanzas, si es que realmente tenía alguna. Y todo aquello sonaba como a que yo era el instigador de todos sus actos. Por si no me llegara con que ciertos núcleos pensaran que yo era la cabeza detrás de la resurrección de Nadie, con mis continuos tiras y aflojas con la Cámara y el Gotei y con el polvo que había levantado mi readmisión al servicio activo.</p>
<p>– Deberías hacer algo…</p>
<p>– ¿Y echar más leña al fuego? – pregunté. – No, gracias.</p>
<p>– Si no lo haces, va a ir a peor – argumentó. – Estos se sentirán apoyados por tu silencio, serás aún más mártir y… los otros verán más o menos lo mismo. Si no es por ti, hazlo por tu familia, por Kyo…</p>
<p>– No me hables de Kyo ahora mismo…</p>
<p>– ¿Ha pasado algo? – se extrañó. – Mira, tienes que hacer algo con esto. Salir tú a hablar y no ese… Javier, o como se llame. ¿Qué clase de nombre es Javier?</p>
<p>– ¿Qué clase de nombre es Eliaz?</p>
<p>Por mucho que tratara de quitarle importancia sabía que era algo muy grave y que no podía seguir escondiéndome de todo aquello. Algún día debía salir a la palestra personalmente a defenderme públicamente y a condenar a aquellos gamberros, en lugar de esperar a que Javier, el Oficial de la Octava División que trabajaba en el periódico, saliera en mi favor. </p>
<p>– Esperaré a que todo esto pase, ¿vale? – propuse.</p>
<p>– ¿Esperarás para qué? – preguntó Bone, entrando en la sala.</p>
<p>– Para desmentir toda esta patraña – expliqué, lanzándole el periódico abierto.</p>
<p>– Ah, eso… – comentó, volviendo a dejar la prensa sobre la mesa. – Veo que ya has visto el informe.</p>
<p>– Más bien me lo contó aquí el amigo… – señalé a Eliaz con la cabeza.</p>
<p>– ¿Qué opinas?</p>
<p>– Que deberíamos actuar cuanto antes – contesté directamente. – Si pudiera ser hoy mejor que mañana…</p>
<p>– Bueno, Blod y Crawlink no vuelven hasta mañana, así que… – comenzó a decir.</p>
<p>– Es una forma de hablar, Gafotas, una forma de hablar – le cortó Eliaz, que no estaba muy contento con mi opinión.</p>
<p>– ¿Qué le pasa? – preguntó el profesor, extrañado. – Lleva una temporada…</p>
<p>– Va a ser padre – me encogí de hombros. – Eso tiene que poner nervioso a cualquiera.</p>
<p>Me quedé rondando por la División el resto del día. Tras la comida, Kyrek me convocó en su despacho para consultar mi opinión acerca de los nuevos descubrimientos de su equipo de interrogadores. Prácticamente le respondí lo mismo que le había dicho a mi amigo el noble, sin ocultarle tampoco las sospechas que tenía él acerca de toda la cuestión. El Capitán decidió ocupar la tarde en meditar sobre ello.</p>
<p>Volvió a llamarme al atardecer, y conmigo vinieron también Db y Eliaz. Kyrek quería oír de primera mano las objeciones que el noble tenía hacia mi postura y que su Teniente fuera testigo de todo. Y no fue un rato agradable. Para quien no nos conociera ni a él ni a mí, podría parecer que la discusión se iba poniendo violenta paulatinamente, pero lo que ocurría es que tanto mi “rival” como yo defendíamos nuestra opinión con demasiada vehemencia, como solía suceder habitualmente.</p>
<p>– Han pasado cuatro días desde que atrapamos a estos – dije, señalando en la dirección en la que estaban los calabozos. – Si esperamos mucho más va a ser peor.</p>
<p>– ¡Pero no sabemos ni siquiera lo que hay!</p>
<p>– Blod y Crawlink llegarán mañana con información y sabremos más…</p>
<p>– Entonces deberíamos esperar… – terció el Capitán.</p>
<p>– Con el debido respeto, – me opuse – aunque no tengamos datos concretos, hay cosas que se pueden anticipar… Podríamos estar hablando de atacar en… tres o cuatro días a lo sumo – propuse.</p>
<p>– ¡Estás loco! – exclamó Eliaz. – Rido, eso es una puta locura.</p>
<p>– Esto es una guerra, tenemos que aprovechar </p>
<p>Tras una larga discusión que se prolongó hasta bien entrada la noche, Kyrek decidió seguir mis consejos y acudir al General Ailios a primerísima hora de la mañana para poner en marcha todos los engranajes necesarios para atacar el campamento de Nadie. Aún así, deberíamos esperar al informe del equipo de reconocimiento para saber bien a qué nos enfrentaríamos y tener una cierta estrategia.</p>
<p>Según el informe de Blod, el objetivo estaba escondido en un área rocosa, haciendo uso de la difícil orografía del lugar. Había aproximadamente una treintena de efectivos allí, y lo peor de todo es que parecían contar con la connivencia del cercano poblado de su distrito. Eso nos obligaría a una operación rápida y silenciosa, porque no podríamos llamar demasiado la atención entre los lugareños.</p>
<p>Kyrek manifestaba aún ciertas dudas, pero estas se disiparon cuando el Oficial de la melena carmesí le trasladó sus sospechas de que se trataba de un campo de reclutamiento y entrenamiento para los aspirantes a formar parte del grupo. Eso era algo que no se podía permitir, aunque no se tratara de Nadie. Que un colectivo distinto al Gotei pretendiera formar una fuerza militar propia era extremadamente peligroso, aunque se hiciera la vista gorda con ciertos señores feudales que “controlaban” ciertas partes del territorio, por no decir que esclavizaban a sus habitantes para escándalo de muchos.</p>
<p>Dos días después, la operación se había puesto ya en marcha. Junto a nosotros, intervendrían efectivos de la Séptima y de la Décima División, así como un equipo médico de la Cuarta, que se desplazaría al Distrito 58 como apoyo logístico y sanitario. La operación comenzaría la mañana siguiente así que ese día lo pasamos prácticamente encerrados en la Sala de Juntas preparando nuestra estrategia.</p>
<p>– Rido… – me llamó Kyrek al final, cuando ya todo el mundo se iba.</p>
<p>– Esta vez no me vas a dejar fuera – le dije, temiéndome lo que me iba a decir.</p>
<p>– Me temo que no tienes otra alternativa – replicó. – No eres más que un asesor…</p>
<p>– ¡Joder! – me enfadé. – No puedes hacerme esto otra vez.</p>
<p>– Rido, no es cosa mía – se disculpó. </p>
<p>– Ya… claro… </p>
<p>– Hay más – añadió, con un tono nada esperanzador.</p>
<p>Me quedé mirándolo fijamente, congelado. “Hay más” sólo podía significar malas noticias, por si las que me acababa de dar no fueran suficientes. Instintivamente me dejé caer con un gran suspiro en la silla de la que ya me había levantado. Él también se sentó, lentamente, sin apartar sus ojos de mí.</p>
<p>– Yo me desplazaré al terreno, tú controlarás desde aquí – explicó mientras me alcanzaba un sobre con el distintivo de la Cámara de los 46. – Estas son las órdenes.</p>
<p>– De acuerdo – cedí, sin coger lo que me pasaba.</p>
<p>– Eso significa que… que ahora es tu operación – continuó, dubitativo. – Lo que quiere decir que…</p>
<p>No me gustaba nada de nada el rumbo que acababa de tomar la conversación. Sabía muy bien lo que eso significaba y sabía, porque era evidente por sus gestos, que además que Kyrek estaba tan cómodo con aquello como yo. Todavía tenía que hacerse a algunos de los usos y costumbres de la burocracia del Sereitei.</p>
<p>– Que si algo sale mal es responsabilidad mía – concluí.</p>
<p>No me gustaba nada quedarme fuera una vez más de “mi guerra” y mucho menos me gustaba ser manejado como si fuera un peón de ajedrez entre los juegos de poder de la Ciudadela. No había abierto el sobre porque sabía lo que allí decía con una redacción barroca pensada únicamente para ocultar su verdadero significado: que yo no era más que una pieza sacrificable de todo el engranaje, por muy importante que fuera.</p>
<p>Era perfectamente conocedor que cualquier excusa le valdría a determinados sectores de la Cámara y el Gotei les valdría para deshacerse de mí, y aquella operación se la daba. Porque además sabían bien que yo no tenía alternativa. Por primera vez en la historia estábamos preparados para ahogar la maquinaria de Nadie y era una oportunidad que yo nunca iba a rechazar, por muy amenazado que estuviera.</p>
<p>– Y si sale mal el punto se lo llevarán ellos – añadí con gesto disgustado.</p>
<p>– Si llego a saber esto no hubiera aceptado el…</p>
<p>– No se te ocurra decir eso – le interrumpí. – Eres el Capitán de la Novena División por tus propios méritos. No dejes que ellos puedan contra ti – le arengué. – Eres el sucesor de Suddley, de Kumaru, de Jishame, de Kuroda y de Henkara&#8230; y de muchos otros. Si estás aquí es porque estás a la altura, créeme.</p>
<p>No sabía de dónde habían salido semejantes palabras pero  me sentí un poco ridículo al decirlas, como un personaje de una película mal guionizada de esos que sueltan frases épicas a cada tanto. Aún así, no me arrepentí de haberlas dicho, Kyrek necesitaba ese espaldarazo para no sucumbir a los remordimientos y cometer una locura.</p>
<p>– Mehan puesto aquí porque soy manejable.</p>
<p>– Te han puesto aquí porque eres el mejor para el puesto – le corregí.</p>
<p>– Para evitar que os saltéis las normas.</p>
<p>– Somos la Novena División. Saltarse las normas es lo nuestro – reí. – Entiendo que ahora quieras seguirlas al pie de la letra, pero te darás cuenta que muchas veces seguirlas es lo menos indicado… y lo más injusto.</p>
<p>– No si ya…</p>
<p>Por un momento, me vino a la cabeza la imagen de un Oficial novato y voluntarioso recién llegado al servicio en uno de los trece escuadrones del Gotei 13, en lugar de la del hombre que había dirigido los designios de uno de ellos durante casi un año ya. A veces me olvidaba de que apenas había salido de la Academia uno o dos meses antes de asumir el cargo.</p>
<p>– No te preocupes – le dije. – Al final te terminas acostumbrando a estas historias, créeme. Y ya me hago cargo yo de esto – sonreí, cogiendo finalmente el sobre.</p>
<p>– ¿Seguro?</p>
<p>– Seguro.</p>
<p>El último trecho de la conversación con el Capitán me había hecho calmarme un poco y no pensar únicamente en la puñalada que había acabado de recibir desde la Cámara. Pero tampoco lo olvidaba, y en mi interior algo se removía, queriendo salir fuera. Mi complicada situación personal, con mi discucsión con Kyo y la misteriosa profecía retumbando en mi cabeza, tampoco ayudaba. Necesitaba desfogarme un poco.</p>
<p>– Si me permites usar el dojo…</p>
<p>– Sí, claro.</p>
<p>Hacer un poco de ejercicio me sentaría bien. Además, desde mi extraño último viaje al monasterio había decidido retomar de forma regular los entrenamientos, cosa que aún no había podido poner en práctica porque apenas había tenido tiempo. Pero aprovechando mi estado de ánimo, esa tarde era tan buena como cualquiera para comenzar.</p>
<p>Tanto Balmung como yo estábamos bajos de forma, pues desde que había dejado el servicio no me había preocupado de mantenerme en un estado apto para cualquier tipo de misión urgente y me había dejado ir un poco. Si tenía intención de, algún día, poder volver a integrar un equipo sobre el terreno, debía ponerme a punto y esforzarme más de lo habitual.</p>
<p>– Vamos a ver cómo respiras, viejo – le dije al espíritu de mi espada, desenfundándola, después de un rato de trabajo físico.</p>
<p>Desde todo lo ocurrido en el monasterio, me preocupaba mucho la situación de Balmung. No sabía cuándo tendría que hacer uso de sus habilidades, pero necesitaba saber que podía contar con ellas cuando lo necesitase. Y la sensación que me había dado era que no estaba en condiciones. Pero después de que se levantara el conjuro semejaba haber recuperado la forma aunque no las energías. Habían pasado cuatro días, no era mala cosa probar.</p>
<p>Di unas cuantas estocadas al aire y comencé a realizar las series de ejercicios que la insistencia paciente de mi abuelo habían convertido en prácticamente un ritual, ya antes de que entrara en la Academia por segunda vez. Aunque me encontraba algo torpe, me sentía bien después de liberar toda la frustración acumulada y a medida que iba progresando el entrenamiento me iba sintiendo mucho más cómodo y ágil.</p>
<p>– ¿Estás preparado, viejo? – pregunté. </p>
<p>Sólo quedaba un paso – o, mejor dicho, dos, pero no era cuestión de forzar la maquinaria ya el primer día – para comprobar que todo comenzaba a regresar a la normalidad, al menos en aquel aspecto de mi vida. Y realmente necesitaba esa normalidad. Sin la rutina laboral en la Academia y con tantas cosas rondando por ahí, mi vida era un caos últimamente.</p>
<p>Noté como en mi interior el monje me dedicaba su habitual mirada impertinente escondido bajo su capucha. Podía verlo como si estuviera allí, delante de él. Lentamente, se llevó sus manos hacia la parte superior de su hábito y se descubrío la cabeza para mostrar un gesto confiado y una chispa valiente en los ojos.</p>
<p>Respiré profundamente, liberé mi mente de todo pensamiento y me concentré únicamente en lo que estaba a punto de hacer, como si fuera la primera vez. Me quedé un momento mirando el rayo que atravesaba longitudinalmente la hoja de la espada; luego, con parsimonia, posé las dos manos en la empuñadura y pronuncié la frase mágica.</p>
<p>– Resuena en los cielos, estremece la tierra. ¡Balmung!</p>
<p>Enseguida me di cuenta de que algo había salido mal.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://centoloman.inopia.net/2011/01/28/akano-47-preparado/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>11</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>

