
El sábado pasado, entre cervezas y gin-tonics, Manu me alertaba de un artículo que había escrito en su y en el que le extrañaba que aún no hubiera comentado. Ya sabéis que yo soy más del palo “lector silencioso” pero hay temas que me producen cierta “debilidad” y suelo comentar en ellos sí o sí. De ahí la extrañeza de mi amigo.
La cuestión es que con el asunto de Najwa y su hiyab se está reproduciendo el debate sobre la aconfesionalidad y la laicidad del estado, precisamente un tema que, además, estamos tratando últimamente en la clase de moral social. Todo esto coincide en el tiempo, además, con la polémica en torno a los abusos a la que ya me he referido y a la que no descarto volver a referirme. Así que no he podido evitar ceder a la tentación y escribir mi pequeña reflexión sobre este tema. De paso que sirva ya como comentario-respuesta a Manuls.
Muchas veces, cada vez más, posicionarse a favor de la laicidad del estado se entiende más como una lucha beligerante contra cualquier tipo de presencia de lo religioso en la vida pública que como la necesaria convivencia, tolerancia y pluralidad propias de una sociedad democrática que, por definición, debería ser un sistema incluyente, no excluyente. Los crucifijos en las aulas, las procesiones en las calles, el hiyab… ese tipo de cuestiones molestan a a un sector bastante amplio que, siguiendo las ideas de la ilustración, opina que la religión debería recluirse, encerrarse n la esfera de lo privado y nunca, nunca, nunca infectar la esfera pública, que pertenece al ciudadano en su liberté, egalité, fraternité.
Evidente, pretender llevar esta afirmación a sus últimas consecuencias, como si en nuestra sociedad no se pudiera expresar el sentimiento religioso, sería una exageración por mi parte. Al igual que sería un síntoma de ceguera no tener en cuenta que parte de esta animadversión viene dada por la actitud de la Iglesia, muchas veces situada en confrontación con la clase política en general, de determinado signo en particular, de una forma que en nada parece corresponder a la que se supone su misión.
Es inevitable que religión y política se rocen al convivir en la sociedad democrática. La neutralidad del Estado laico no es ningún aval que las prevenga. Las políticas sociales que se promueven desde el Estado tienen puntos de contacto, necesariamente, con los valores que se defienden desde cualquier religión. Es inevitable. ¿De otro modo, qué clase de cosmovisión (religión) sería si no afecta a todas las dimensiones del ser humano, su socialidad incluida? Por eso, ni el Estado puede prescindir totalmente de valores vinculados a concepciones del mundo ni la religión desentenderse de lo que son las políticas concretas del Estado.Sobre todo cuando cuestiones que atañen a ámbitos de la vida humana, como son la misma vida y la muerte, han entrado tan de lleno en el debate político… o cuando cada vez es mayor la multiculturalidad (y, por tanto, la diversidad religiosa) de nuestras sociedades. ¿Una conclusión clara? Estado e Iglesia(s) están necesitados, hoy más que nunca, de dialogo y entendimiento.
Pero este diálogo tiene muchos obstáculos. Por un lado, nos encontramos con los que defienden la laicidad a ultranza y consideran cualquier clase de reivindicación de tipo religioso como una ofensa y a sus defensores como enemigos. Por otra parte, hay un grupo de creyentes, no precisamente despreciable, que no aceptan la secularización de esta sociedad y que no aceptan las “nuevas reglas del juego”, sino que pretenden determinar los valores, la ética y la cultura de todo el conjunto de la sociedad.
Por citar, más pormenorizadamente, algunos de estos obstáculos, me remito a un interesantísimo artículo de J.M. Mardones*:
- Por parte de la laicidad
- Entender la laicidad como una ideología, como si fuese una cosmovisión militante en contraposición a la visión religiosa. Se establece entonces una pugna en la que cualquier manifestación religiosa es vista como perniciosa para la libertad y la democracia. No hemos superado la lucha de poderes por el control de un mismo espacio. Algunos suelen denominar “laicismo” a esta tendencia un tanto decimonónica, anticlerical y antirreligiosa, que en verdad niega la verdadera laicidad. Esos laicos deben entender que la mayoría de los creyentes y de las Iglesias ya no disputan el poder político; es decir, no es la laicidad de la sociedad correctamente entendida lo que está en juego.
- Entender la racionalidad secular y científica como acaparadora, como la única y exclusiva a la hora de determinar las uestiones de valores y estilo de vida, de políticas sociales… y juzgar la religión, por tanto, como una irracionalidad o una postura anacrónica.Es decir, este laicismo ofrece una concepción de la racionalidad cerrada y estrecha, ciega y sorda a los problemas del sentido y de las políticas donde están implicadas opciones que conllevan concepciones del mundo. La postura anterior y esta suelen ir unidas. Esta laicidad tiene que entender que no poseela exclusividad de la racionalidad a la hora de determinar proyectos de vida y cuestiones de vida y muerte, de bioética, solidaridad, justicia, etc.; incluso más, que pudieran aprender de las tradiciones religiosas sobre estas cuestiones**.
- Por parte de los creyentes
- Una mala comprensión de la sociedad que vivimos donde no hay que confundir laicidad con secularización. La laicidad tiene que ver con el poder; la secularización no es una ideología o un sistema de pensamiento, sino que es un proceso complejo que configura un tipo de sociedad en todos sus niveles, económico, institucional, cultural, rol de las personas, situación de la religión.
- Una actitud integrista que no acepta la secularización ni busca vivir la religiosidad dentro de esta nueva situación. Más que una actitud religiosa crítica frente a la sociedad moderna, necesaria, se adopta una postura de rechazo de la sociedad secularizada y hasta se busca una reconfiguracón soci-cultural desde la religión, caso del integrismo islámico, la ultraortodoxia judía y actitudes cristianas neotradicionalistas.
- El creyente actual está desafiado a vivir la fe en medio de una sociedad y cultura secularizada, donde la religión es una institución específica que, sin duda, puede aportar mucho desde la sociedad civil a fin de humanizarla y hacerla realmente laica y democrática, es decir, libre y justa
Conscientes de nuestras limitaciones, pero siempre con la voluntad de avanzar y dejando atrás rencores y prejuicios de un pasado que ni es tan glorioso como algunos lo pintan ni tan sombrío como otros quieren hacernos ver. Al final, estos obstáculos que citaba Mardones, sólo se evitan de una forma: diálogo. Pero para que haya diálogo es necesaria la voluntad de entendimiento y, además, que se neutralice, lo más posible, el ruido que enturbia las palabras.
Y ya no sé ni por qué empecé a escribir esto… pero ahí queda.
____
* MARDONES, J.M., “Religión y democracia en una sociedad laica”, en GÁMEZ, C. – PEDRERO, M.G., Ídolos del siglo XXI: Tecnocracia, culto al cuerpo y fundamentalismo religioso, UPSA, Salamanca 2007
** Aquí el autor cita a Jürgen Habermas.