
Bueno, pues para compensar el retraso anterior, esta semana sí ha caído a tiempo (y tan a tiempo) el nuevo capítulo de Akano. No hay mucho que decir de él así a primera vista como presentación, porque sigue con la línea de sus inmediatos predecesores. Nos enfrentamos esta vez a las consecuencias de todo lo pasado durante el eclipse.
Pero lo interesante de hoy – algunos ya lo habrán visto en el Twitter – es que Kishimoto lee Akano, o eso parece en el último capítulo. Sino, mirad estas cuatro fotos: 1 2 3 4
Akano 45 – El día después
Cuando salí del Cuartel de la Novena División me sentía como en una nube. Los sentimientos que había en mí eran tan sumamente contradictorios entre sí que semejaban anularse los unos a los otros hasta el punto de que ya no parecía tener nada en la cabeza. Sólo caminaba con rumbo fijo hacia mi apartamento en el recinto de la Academia. Nada más. Como si el resto del mundo, el resto de la Historia, el resto de mi historia no existieran ya. O incluso como si nunca hubiesen existido.
Llegué a casa sintiéndome realmente cansado. Dejé el haori en un perchero, me abrí la pieza superior de mi uniforme blanco y negro y me acerqué al mueble-bar para servirme un vaso de whisky. Me quedé mirando el líquido broncíneo durante unos segundos, sin pensar en nada ni en nadie, sólo mirando, y luego me dejé caer, desfallecido, encima de la butaca.
No había encendido ni siquiera una luz. El eclipse 7ya había terminado y había devuelto al Sereitei una luz ya tenue y crepuscular que poco a poco iba dando paso a una noche clara de verano presidido por una inmensa luna llena. La habitación poco a poco se quedó en penumbra y allí, sentado en las sombras, mi mente comenzó a abrirse de nuevo mientras contemplaba el reflejo de la luz plateada en mi bebida.
El primero en llegar fue el recuerdo de la victoria. Una pequeña batalla ganada, quizás verdaderamente la única que habíamos conseguido hasta entonces. Porque antes de aquel día simplemente nos habíamos defendido: cuando asesinaron a mi abuelo, cuando asesinaron a Kyo… Incluso nos habían engañado más de una vez. Pero esta vez no. Esta vez habíamos tomado nosotros la iniciativa, sin esperar a que nos dejaran una señal, nos habíamos arriesgado y habíamos salido vencedores del lance.
No pude evitar una sonrisa algo nostálgica y terminé levantando inconscientemente el vaso para brindar con los que se habían quedado atrás en nuestra lucha: con mi abuelo, con Nakajima Kyo, con Minami Keita, con Nalya… y con tantos y tantos otros que habían caído por culpa de aquellos miserables locos asesinos.
Nalya… Sólo su recuerdo en aquella demasiado poética dedicatoria había provocado otro chispazo en mi cabeza. Ahora ella “estaba de vuelta”, pero no era ella. Lo sabía, aunque me negaba en rotundo a aceptarlo. ¿Por qué habría de hacerlo? Quería dejarme llevar por la morriña y por la euforia de haberme reencontrado con mi mejor amiga, con la mujer de mi vida. Sabía a ciencia cierta que me estaba cegando con el tema, pero estaba harto de ponerle cortapisas una y otra y otra vez a mis impulsos, de ser siempre el que ponía la nota responsable.
Aunque muchas veces involuntariamente, había tenido siempre la manía de calcular cada una de mis acciones hasta sus últimas consecuencias hasta el punto de que pocas veces algo me cogía por sorpresa. Todo lo meditaba, todo lo interpretaba y le buscaba la explicación para acomodarlo a mis esquemas mentales. Incluso cuando a los ojos de los demás estaba cometiendo una irresponsabilidad, una locura, yo ya le había buscado su sentido. Y empezaba a estar un poquito cansado de aquello. Necesitaba desatarme, lanzarme al vacío y disfrutar de aquel pequeño tesoro que había encontrado como si no hubiera mañana.
Pero mi madre, Db, Kyrek… todos se habían empeñado en que no fuera así. Y me sermoneaban una y otra y otra vez sobre cómo debía reaccionar ante semejante novedad que se había colado en mi vida. Aunque tuvieran razón en lo que decían, tenía que admitirlo, me daba rabia. Me daba mucha rabia.
Ya no sonreía. El dulce sabor de la victoria se había vuelto amargo en mi boca. Dejé el vaso sobre la mesa y me recosté en la butaca con la mirada perdida en la ventana, viendo como el viento movía suavemente los árboles del patio de la Academia.
Tenían todo el derecho a aleccionarme. Mil y una veces les había sermoneado yo a ellos sobre una cosa u otra, sobre lo que debían hacer con su vida y estaba firmemente convencido de que mil y una veces más lo iba a volver a hacer. Ese era yo: el Profesor que daba lecciones a los demás por vocación. Por una vez que se invirtieran las tornas no iba a caerse el mundo. Y mucho menos tenía yo derecho a quejarme por ello.
Sí, ese era yo. El profesor que se empeñaba en tenerlo todo calculado al detalle, lo de mi vida y lo de la vida de los demás, tenerlo todo controlado detrás de una fachada de extroversión e informalidad. Era cierto que de vez en cuando me dejaba llevar, cometía mis pequeñas locuras, pero yo era el reflexivo. Eso era en lo que ella me había convertido aunque sólo fuera por contraposición a su carácter brusco e impulsivo. El legado de tantos años a su lado evitando sus desmadres, minimizando los daños que podía causar, cuidando de ella era ese.
Sin ella la vida era más aburrida, pero más estable. Eso también había que reconocerlo. Con todo diseñado al milímetro, pocas cosas se escapaban de mi control. Aunque me dejara llevar un poco por las circunstancias, como las que habían llevado a que ahora me encontrase donde me encontraba, siempre iba pegado a mi plan. Un plan algo revolucionario, según pensaban algunos, pero un plan a fin de cuentas.
Derrotar a Nadie, criar a Kyo y esperar por ella. Los últimos siete años de mi vida habían sido así, pegados a ese proyecto. Y todos los dioses sabían que era eso lo que había hecho. Sólo había cometido dos “locuras”, si es que pudieran llamarse como tales siquiera: me había traído a Eylinn de la aldea de mi abuelo y había tomado a Kara bajo mi protección. Y ni siquiera aquellas dos cosas se habían desviado del plan, sino que les había encontrado su hueco dentro de él.
Todo había seguido igual, pero entonces la Diosa fortuna decidió que ya era suficiente y que había pasado demasiado tiempo sin jugármela. Le tocaba desnivelar una vez más la balanza, así que echó mano de una de las personas más inesperadas para derrumbar toda esperanza. O peor aún, para consumar aquella esperanza cuando todavía era demasiado pronto para ser capaz de asumirlo. Me conocía bien y le había bastado mover una sola pieza de mi meticuloso castillo de naipes para tirarlo abajo. Bien sabía ella cuál era la piedra angular. Ni siquiera le había hecho falta tirarla o removerla, sólo darle un pequeño empujón para desequilibrar todo y hacerlo pedacitos.
– ¡Mierda!
Tuve que hacer uso de toda mi fuerza de voluntad para vencer el impulso de estrellar el vaso contra la pared. Detuve mi brazo cuando ya estaba armado y, en lugar de eso, le di el último sorbo a lo que me quedaba y me levanté hacia el mueble-bar para llenarlo una vez más. Y regresé a mi butaca y a la autocompasión impropia de alguien que acaba de conquistar la mayor de sus victorias.
No sabría decir cuánto tiempo estuve allí sentado en silencio, aunque mi mente no quisiera callarse. Seguía dándole vueltas a lo miso una y otra y otra vez. Me autocastigué y me ahogué en mi propia miseria regada en whisky, como había hecho tantas y tantas veces en mi vida mortal antes de acabar como había acabado. Y, al final, me quedé dormido con el vaso en la mano.
Era ya de día cuando unos golpes en mi puerta me hicieron volver de los brazos de Morfeo. Había amanecido por completo, pero no era capaz de juzgar qué hora era ni de enfocar lo suficiente la mirada como para escudriñar las agujas del reloj. Con voz cansada y rota grité una excusa barata para ganar algo de tiempo, recogí el vaso que se había caído al suelo, limpié el líquido derramado con la parte de arriba de mi ropa y me dirigí al baño para un rápido aseo. Cuando abrí la puerta aún estaba terminando de atarme el cinturón del uniforme limpio que acababa de ponerme.
– Te estuvimos esperando anoche – dijo Eliaz a modo de saludo autoinvitándose a pasar. – ¿Dónde cojones te metiste?
Me resistí un poco a que entrara, pero él insistió poniendo la mano en la puerta para que no pudiera cerrarla. Al final abrí y le dejé pasar simplemente porque las ganas que tenía de discutir con él en aquel momento eran aún menores que las que tenía de escuchar su magnificente relato de la hazaña de la tarde-noche anterior como si fuera una epopeya griega.
Inconscientemente, movido prácticamente por la inercia de la noche anterior, me dirigí al mueble-bar, pero recapacité, dándome cuenta de que no eran horas, y cambié mi rumbo hacia la cocina y mi tácito ofrecimiento de un vaso de licor se convirtió en el de una taza de café recalentado que había sobrado en la cafetera. No era lo mejor, ni lo más glamuroso, como luego señalaría mi amigo, pero era lo que había.
– Así que me estuvisteis esperando – pregunté. – La cuestión es para qué, porque a mí nadie me dijo nada.
– Para celebrarlo – respondió. – ¿Para qué iba a ser?
– Nadie me avisó. Así que… ¿Qué tal tu mujer?
– Hiper-hormonada – bromeó. – Pero preciosa.
– No te me pongas cursi ahora que no estoy pa coñas… ¿Qué querías?
– ¿No puedo visitar a un amigo porque sí?
– Primero, tú nunca vienes por aquí si no quieres algo – repliqué. – Segundo, eso es lo mismo que me contestas siempre cuando quieres algo.
Dándose por vencido y por descubierto, sacó del bolsillo interior de su chaqueta un folio doblado como los escritos oficiales. Me lo tendió con excesivo protocolo, para variar, y se recostó sobre su asiento. Le miré interrogante, pero no respondió así que abrí el pliego y me topé con una comunicación oficial del Gotei Trece mediante la cual se me reintegraba al servicio activo en la Novena División en calidad de asesor.
– ¿Y esto?
– Le dijiste a Kyrek que te citara como asesor – se encogió de hombros. – Lo ha hecho.
– Le dije que me convocara, pero no esperaba tanta formalidad.
– Así se cubre el trasero con los de arriba – explicó. – Y te lo cubre a ti, por cierto. Déjale seguir el libro durante una temporada, ya tendrá tiempo para saltarse alguna norma.
– Me cubre el trasero los cojones – murmuré. – Dejé la División porque no podía someterme a la obediencia siendo Director de la Academia.
– Si leyeras todo… Eres asesor, – aclaró – no shinigami. No hay misiones, ni responsabilidades en el Cuartel… Sólo respondes ante Kyrek. Y sólo en los asuntos que tengan que ver con la División, no con la Academia.
– Esto me suena a ti… – resoplé. – Y a que no ha sido improvisado anoche.
– Bueno – sonrió orgulloso. – Nos conocemos desde hace tiempo y sabía perfectamente que…
– No me hace ni puta gracia – le interrumpí. – ¿Cuándo tengo que presentarme?
– Hace diez horas – contestó, haciendo que mirara el reloj.
– Dame diez minutos para estar presentable.
– ¿Puedo hacerme un té?
– ¿Vas a hacerme caso si te digo que no?
De camino al Cuartel, Eliaz me informó de lo que había ido sucediendo desde que había dejado la Sala de Control la tarde anterior. Al parecer, Ailios y Hanataroü se habían presentado en el despacho de Kyrek cuando él aún estaba en la caverna de Nadie y lo habían hecho volver con prisa. Por fortuna eso le había dado tiempo al noble a inventarse una excusa para salvar la noche.
Él asumía toda responsabilidad en el asunto. Era conocedor de mis investigaciones y había visto en ellas la oportunidad de asestar un golpe a Nadie. Después de ciertas indagaciones, había convencido a su superior de llevar a cabo un ejercicio de entrenamiento en los subterráneos de su mansión, a sabiendas de lo que se iban a encontrar. Ni Kyrek ni yo – que aún seguía bajo la prohibición de “perder el tiempo” con Nadie – estábamos al tanto. En resumen, se había llevado todo el mérito, pero había cargado con todos los problemas burocráticos.
– Menos mal que eres intocable…– comenté con cierta preocupación. – ¿Y mis padres? ¿Y los Wolf?
– Son amigos de la familia desde hace mucho tiempo – sonrió con ingenuidad. – Mi esposa está embarazada… Estaban visitándola, porque son más amables que tú – apostillo. – Cuando se vio que podíamos necesitar refuerzos, se les avisó.
– Insisto: porque eres tú, que si no…
Eliaz y yo teníamos el mismo defecto, o virtud, según el prisma que se utilizara, los dos tendíamos a cargar sobre nosotros los problemas de los demás y buscarles nuestras propias soluciones. La ventaja que tenía él sobre mí era que él era Eleazar Asharet, y ese apellido, aún pasando lo que había pasado, seguía siendo importante en aquella sociedad aún muy estratificada. Sus excusas serían todo lo rebuscadas que él quisiera, nadie iba a cuestionarlas.
Llegamos al Cuartel y me acompañó hasta el despacho del Capitán, donde estaban también el General Ailios y el Capitán Hanataroü con sus Tenientes, así como Db. Saludé protocolariamente a todo el mundo y le di las gracias a mi noble amigo por haberme acompañado hasta allí. Inmediatamente los superiores le despidieron y el Director del Departamento de Kidoh procedió a informarme, una vez más, de lo que había sucedido.
– El Oficial Asharet ha declarado que su “iniciativa” – comenzó con cierto tono irónico y descreído el Líder del Gotei – parte de unas investigaciones.
– Sí, General, así es – confirmé. – Durante las últimas semanas, gracias a Eleazar Asharet, cayeron en mis manos unos textos bastante significativos que, tras estudiarlos, parecían señalar algo como lo que acaba de relatar el Profesor Db… perdón, el Teniente Dbssdb.
– Pero usted es consciente de que la Cámara de los 46 le ha prohibido investigar sobre Nadie y que dicha prohibición sigue vigente.
– Sí, mi General, soy consciente de ello – afirmé. – Si me deja explicarme… Mi interés en los textos es meramente… antropológico e histórico, podríamos decirle. En este último año, a raíz de mi última misión bajo las órdenes de la Capitana Henkara, – comencé – he llevado a cabo un estudio de diferentes culturas muy antiguas asentadas en el Rukongai, aunque al margen de nuestra sociedad.
– No veo cómo eso puede conducir a esto…
– No vamos a negar que estudié al grupo Nadie y a la familia Ashartîm durante mucho tiempo – respondí, tras una pausa meditativa para ordenar mis ideas. – Como puede parecer lógico, el Oficial Asharet era bastante partícipe de estos estudios, no sólo por su implicación en el tema, sino también por nuestra amistad personal.
– El Oficial Asharet y el Director Akano ingresaron conjuntamente en esta División – puntualizó Kyrek.
– Cuando comencé la investigación que ahora mismo estoy llevando a cabo, descubrí… inquietantes similitudes entre aquellas culturas y la familia Ashartîm y algunos de los, llamémosle, rituales que habíamos atribuido a Nadie – continué. – Él fue partícipe, junto con otros profesores de mi Departamento de mis descubrimientos y se habían prestado a ayudarme.
– Entonces, su interés en los textos que condujeron a esta acción era puramente científico – intervino Hanataroü hablando lenta y calmadamente.
– Así es, Capitán – sonreí. – El Teniente Dbssdb y el Profesor Yurian pueden confirmar este punto en particular, pues le consulté en diversas ocasiones acerca de él.
– No hará falta – respondió el Líder del Séptimo Escuadrón. – No entienda esto como un interrogatorio, simplemente necesitamos hacerle estas preguntas.
– No hay problema – repliqué yo, dócilmente. – Si tienen más interés en el tema mis apuntes y mis conclusiones están abiertos para ustedes, órdenes de la Cámara.
– Una vez más… no creo que haga falta – zanjó Kyrek.
– Aclarada la cuestión… ¿en qué puedo serle de ayuda?
Había conseguido mantener fría la cabeza y las intrigas lejos de mí, gracias a que venía prevenido por Eliaz. No me hacía ni pizca de gracia mentirle a las altas instancias de la Ciudadela, ya suficientes problemas tenía yo con ellas, pero no había mucha alternativa. Tampoco me sentí culpable por ello: era lo que tenía que hacer. Me había sacado a los moscones de encima y por primera vez en meses podía dedicarme tranquilo al tema que realmente me interesaba: Nadie.
Tras informarme de mis nuevas atribuciones como asesor de la División, las horas siguientes las pasé leyendo informes, viendo fotos de la escena y visitándola. Sobre todo, mi tiempo se lo llevó el explicar para los oídos profanos de mis acompañantes una visión general de mi teoría y cómo aquellas pruebas la confirmaban.
Las preguntas fueron, sin embargo, pocas. Realmente no les interesaban los aspectos teóricos, sino los resultados, así que no necesitaban una clase magistral. Esta me había servido, sin embargo, para hacer ver mi interés “puramente científico” en la materia y disipar ulteriores dudas. Su atención se dirigía más a los aspectos pragmáticos de la cuestión, así que pronto dejaron de prestármela a mí y me dejaron tranquilo y a mi aire.
He de confesar que lo que allí encontré me resultó algo decepcionante. Había esperado encontrar legajos, inscripciones, algo… pero no había nada de nada. Sabía, por el informe de Db, que algunos de los presentes, entre ellos los que parecían presidir la asamblea, habían logrado escapar. Debían haberse llevado con ellos el ritual o lo que fuera que hubiesen usado. Nada de lo que allí había me servía para mis estudios con Nadie y de las culturas antiguas, aunque el hecho de que se confirmaran las teorías que habíamos venido diseñando los últimos meses no era moco de pavo. Tomé algunas notas personales, pedí a Kyrek copia de algunos archivos y me los guardé para poder llevármelos a mi despacho más tarde.
Era el turno de los interrogatorios. Habían echado mano de un interrogador experto como Bone para sacar toda la información que fuera posible de los prisioneros. Varios habían escapado, como ya he dicho, y unos pocos habían logrado escabullirse de la vigilancia el tiempo suficiente para ahorcarse en su celda con el cinturón de su traje o suicidarse mordiéndose la lengua. El panorama era complicado, pero estaba convencido de que el antiguo Oficial de la Sexta División, ahora en la Novena, sería capaz de sacar algo de utilidad.
Presencié varios de ellos, los que se produjeron aquella tarde, y luego me retiré. Mi compañero de gafas tenía pensado continuarlos de noche, pero yo no estaba dispuesto a pasar la noche en vela escuchando la misma cantinela precocinada una y otra vez. Podrían pasar días hasta que consiguiera romper a uno de ellos. Db accedió a hacerme llegar las cintas que contuvieran algo extraño o interesante. Confiaba en su juicio, aunque sabía que al final acabaría mandándome todas las cintas por si acaso.
Había llegado, pues, el momento de marcharme y dejar a los profesionales llevar a cabo su trabajo libres de la distracción que yo pudiera generar. Además, yo también tenía otro asunto del que encargarme cuando llegara a casa. Lo había estado posponiendo todo el día, pero a medida que transcurría la tarde y el día concluía iba siendo más consciente de que tenía que ponerme a ello antes de que llegara la noche.
– ¿Qué haces aquí?
– No… lo sé… – confesé dubitativo.
De hecho, había pronunciado el nombre del monje de forma casi mecánica e involuntaria, movido por un impulso no del todo consciente. No sabía exactamente por qué lo había hecho, pero lo cierto es que lo había hecho. Ahora estaba allí, en aquella oscuridad sin luna. El monje se calentaba al calor de unas brasas, construidas sobre lo que parecían escombros. ¿Pero escombros de qué? Todo allí parecía en su sitio. Tembloroso, resquebrajado, pero en su sitio.
– ¿Qué es eso?
– Cosas mías.
– Es decir, cosas mías – repliqué.
– Si tú lo dices…
Me acerqué a ver qué era, pero él se levantó y me cerró el paso. Intenté rodearlo, pero me lo impidió. Podría pelearme con él como un niño pequeño, pero sabía que en el fondo sería inútil. O a lo mejor realmente no quería conocer de qué se trataban los escombros. Así que cedí, me di la vuelta y me alejé oscilante que bailaba a la luz de la hoguera.
– Todavía es pronto para verlo –me dijo mientras me separaba, como si necesitara darme una explicación.
– Mañana –contesté, sin volverme hacia él.
– Mañana – repitió él, menos convencido.
“Mañana” era hoy.
Llegué a casa sintiéndome realmente cansado. Dejé el haori en un perchero, me abrí la pieza superior de mi uniforme blanco y negro y me acerqué al mueble-bar para servirme un vaso de whisky. Me quedé mirando el líquido broncíneo durante unos segundos, sin pensar en nada ni en nadie, sólo mirando, y luego me dejé caer, desfallecido, encima de la butaca.
Pero esta vez era aún de día. Faltaba más o menos una hora para que comenzase a anochecer y el ocaso pusiese fin a una jornada que había transcurrido de forma sorprendente y afortunadamente calmada y exitosa, a pesar de los nubarrones negros, muy negros, que seguían cerniéndose sobre mi horizonte. Me sentía realmente orgulloso de mí mismo por no haberme derrumbado a pesar de saber lo que estaba por venir.
De todas formas, traté de mantener la calma y no dejarme llevar por la euforia. Aún quedaba mucho camino por andar. Era cierto, sí, que habíamos vencido unos escollos bastante importantes en nuestra empresa, pero el futuro era todavía incierto. No conocíamos la magnitud real de Nadie, no podíamos conocer la magnitud real de nuestro golpe. Aún así, había que estar contentos, era nuestro mayor éxito hasta el momento y eso me había devuelto las fuerzas y las ganas por muchas cosas. Entre otras cosas, me había devuelto la energía necesaria para hacer frente a lo que estaba por venir.
Bebí de un sorbo todo el licor que me quedaba, cerré los ojos y dejé que mi mente volara una vez más hacia el monasterio. Pronto la inmensa construcción de mi mundo interior se alzaba ante mí como flotando en un mar de tinieblas, o peor, en un mar de nada que ocupaba el lugar que en otras ocasiones habían ocupado prados verdes que se perdían en un horizonte imaginario. Me acerqué con cautela y empujé la puerta para llegar al claustro.
Todo seguía más o menos igual que en mi última visita. Igual de tétrico, igual de desolado, igual de ruinoso, pero igual también de intacto en su apariencia. Seguía habiendo algún montón de escombros salidos de ninguna parte, desafiando toda lógica. Pero había algo que lo hacía diferente a mi visita. No todo era oscuridad, había como una cierta luz difusa que lo clareaba todo y le daba a la escena, aún amedrentadora, un tono más acogedor y estable.
– ¡Cariño, estoy en casa! – grité, desafiando al monje pero, sobre todo, desafiando a mis propios temores.
– ¿Hay que reírse? – se apareció delante de mí, con figura débil y temblorosa.
– No si no quieres… – repliqué. – Me puedo poner serio, también. Habla – ordené.



Viernes, 14 enero, 2011, 0:00 | 



14/01/2011 at 1:34
Capítulo bastante interesante que viene principalmente a cerrar todos los cabos en cuanto a la misión contra Nadie. Me ha gustado el “plan” de Eliaz y el resultado de Rido como asesor de la 9, es un buen detalle para no desligar al personaje de la División y creo que le pone un broche bastante bueno a la saga en lo referente a Nadie.
Me ha hecho también mucha gracia la comparación del relato de Eliaz con una epopeya griega xD casi me lo podía imaginar jeje.
Por lo demás, el final deja con muchas ganas ante lo que se avecina porque tiene pinta de que podría marcar un punto importante en Akano.
Un saludo!
PD- Se te han colado algunos deslices con las teclas al escribir, te dejo las palabras por si lo quieres modificar. Con el buscador darás con ellas al instante
“lo curas”, “mu4jer”, “ma´s”, “di4rigía” y “té4trico”.
14/01/2011 at 12:03
OMG puto teclado chungo que tengo ¬¬ Corregidas, gracias pollo ^^
¿Véis como no mentía cuando iba a meter a Eliaz en su salsa? La verdad es que mi intención original era meter la conversación con Balmung ya aquí, pero luego me pareció mejor primero resolver eso y no alargar más el capítulo…
14/01/2011 at 14:21
Bien… bien… bien…
De nuevo en la brecha, ya lo creo, sí.
Volviendo a un capítulo por semana; a amores perdidos, tortura y whiskey (que por cierto creo que es la vez que le has metido más combustible a Rido [por lo menos de cara al público]); a intrigas que no se resuelven y a unas ganas muy poco soportables de poder leer la siguiente publicación.
Sí, joder, sí. Rido ha vuelto.
20/01/2011 at 15:29
creo que lo del whiskey tiene que ver con el maratón de Mad Men que me metí en las últimas semanas xDDDDD podría haberse fumado también unas cuantas cajetillas de tabaco, pero eso no le pega a Rido, que sólo fuma cuando está en el Gigai (una excusa como otra cualquiera)
Puede que explícitamente sea de los que más le he metido gasolina, pero está también un capi de Memorias, el 46 o el 48 (no me apetece buscarlo), llamado Desengaño, en que Rido se carga bastante…
Y… bueno, tengo que pasarla aún y ponerle el broche final (un par de párrafos), pero contad con que mañana está el 46, que se llamará “Silencio”, publicado. Si no lo está esta noche a las 12:00, depende de lo que rinda la tarde xD
21/01/2011 at 12:26
Ya que el autor se ha puesto pesado para que postee, pos posteo:
El capitulo refleja algunas de las penurias que Rido esta pasando ultimamente. Como el mismo dice, su castillo de naipes se esta desmoronando desde la irrupcion nuevamente de Nalya (Ahora en su forma humana) y ya va siendo hora de que se reconduzca. Pero que el entorno le este sermoneando de algo en lo que el es consciente (Puede que en primera instancia no, pero ahora si) y que Balmung se haya convertido en un ser mas criptico si cabe no aportan nada a un status de tranquilidad.
Con el asunto de Nadie ya medio zanjado, la cuestion ahora es arreglar el desaguisado interno de Rido. Nada mas.
Por contra, me hubiera gustado mas implicacion de Rido en los informes de DB y en el interrogatorio. Ahora, su papel como asesor puede darle cierta manga ancha para hacer segun que.
Dicho queda.
21/01/2011 at 15:48
Yo no me pongo pesado, sólo te recuerdo tus obligaciones xD
Rido no se va a meter aún donde no le llaman. Déjale que se reincorpore más paulatinamente al servicio “activo”, aunque bueno, que no hayan salido directamente, no quiere decir que no esté detrás del cristal observando los interrogatorios o que no se haya leído a fondo los informes de Db y los haya discutido con él. Sólo que no es importante para lo que quería contar. ^^
28/10/2011 at 23:11
Éste sí que es MAÑANA, un “Mañana” real porque al fina haces balance de daños y sacas en claro lo de los interrogatorios.
Por otro lado, creo que Nalya le hizo una GRAN putada a Rido dejándole al enano a su cargo. Casi es una maldición en sí misma LOL Lo digo en serio. Este crío le ata de pies y manos en muchas ocasiones. Que no seas muy protector en la Academia porque los demás se quejan de “amiguismo”… Que si cuídale/edúcale porque te lo dijo su madre… Que si charlas por aquí (charlas que rara vez tiene un verdadero peso porque las prisas, el no poder explayarse, o que el, ya teenager, no se deja… Al final, el uno por el otro, la casa sin barrer [como decimos aquí xD]). La suerte que tienes de crear a Tilly. Esta mujer se merece un monumento *—*
Y, nuevamente, ENOOORME contraste entre la vuelta de Nalya y la de Rido. Yo, es que, al Barbas lo veo… “fatal” no, LO SIGUIENTE. Está por abrirse las venas otra vez LOL. En cambio, cuando la Cornuda facturó al Rido II en su regreso al Seiretei.. Bueno, habló con la Capitana y tal, pero le bastó con que le dijera que “El Rido que conocía, no sería igual que éste”. Ni más, ni menos. El Barbas sigue ferre que ferre… Qué obsesión más insana, por dios. Dale algo de paz YA, empieza a darme pena =.=
28/10/2011 at 23:17
Es como mi mamá. Merece un monumentazo. Me pilló en un momento mamítico xD
Y… en fin. Eso, lo que te dije en una de las múltiples respuestas anteriores. Esa es la diferencia entre Rido y Nalya.
28/10/2011 at 23:21
¿”Mamítico”? ¿La secreción láctea es anormal, y poco se parece a la leche? LOOOOOOOL <– *deformación profesional OFF*