Estas últimas semanas, y a medida que se acerca el 6N lo será más, han sido de un ajetreo constante que apenas me ha permitido dedicarle al blog el tiempo que se merece, más allá de “sacarme de encima” un par de artículos del Doctor Who que ya iban siendo horas. Hoy he conseguido sacar un pequeño ratito, así que aquí estoy de nuevo dando la lata.
Entre las cosas que tenía pendientes de leer en este intermedio estaban un montón de lecturas acerca del rescate de los mineros chilenos, la gran sensación de las última semana a nivel informativo, y a eso quería dedicar hoy a este post. No a hablar de la excepcional rapidez con la que se ha trabajado, ni del reality chou que montaron los medios o del oportunismo de los políticos presentes – dos realidades, estas últimas, que podríamos dar por descontadas ya de ante mano. Así va el mundo y así nos va.
De lo que yo quería hablar es algo un tanto distinto. Ya decía el otro día en Twitter (1-2) que me hacían gracia algunas reacciones de algunos periodistas, blogueros… que hablaban de las continuas muestras de fe de los mineros, sus familias y gente cercana a la catástrofe. Unas reacciones que, caricaturizándolas un poco pero tampoco demasiado, podríamos calificar de media sonrisa irónica con cierto desdén paternalista y escéptico hacia “esos pobres mineros”. Como si le molestara… o, mejor, como si les asustara.
Antes de seguir, y como nota aclaratoria, con “fe” no me refiero a supersticiones del tipo “A los 33 mineros chilenos los rescataron el 13/10/10 (cuyas cifras suman 33) en un operativo que duró 33 horas. La nota que mandaron tenía 33 caracteres (¿con o sin contar espacios?). 33 años tenía Cristo cuando murió en la Cruz.” Me refiero a ese convencimiento, más o menos claro, de que la mano de Dios estaba detrás de su milagrosa supervivencia y del posterior rescate.
Entrando ya en materia, es de todos conocido, porque hemos seguido la operación casi en vivo y en directo durante más de dos meses, que el rescate de los treinta y tres ha supuesto un esfuerzo técnico increíble y sorprendente. O, lo que es lo mismo, que la mano humana ha jugado un papel fundamental en que todos y cada uno de ellos estén ahora, de nuevo, en la superficie. Por tanto, afirmar una intervención divina, si esta la entendemos como que “anula” o “niega” la intervención humana, es irresponsable, ingenuo, necio.
Así las cosas, tenemos dos estas dos certezas: la que nos dan los sentidos de que todo este milagro no es otra cosa que un hito más del prodigio de la técnica humana; y la que nos da la fe de que es la mano de Dios la que está detrás de todo. Una aparenta contradecir a la otra y casi de forma automática, la primera se nos presenta como “más cierta” que la segunda. Al fin y al cabo es lo que salta a la vista de nuestros sentidos de forma inmediata, mientras que la segunda es algo velado, mediado por la propia fe.
¿Pero esto es completamente así? ¿Existe esta contradicción? ¿Son estos dos hechos, el que nos presentan los sentidos y del que nos habla la fe, contrarios y excluyentes? La respuesta que yo, como hombre de fe, claro está, os propongo hoy es un no rotundo. No sólo no se excluyen mutuamente, sino que se coimplican. Es decir, en general no hay acción sin acción humana ni acción humana sin intervención divina.
¡Ojo con esto! Me explico mejor para no llevar a confusiones. Como siempre, apura esta doble afirmación hasta su extremo nos haría incurrir en un tremendo error. Por un lado, no sólo negaríamos otro tipo de intervenciones como los milagros propiamente dichos, sino que caeríamos encorsetar a Dios en cánones humanos e, incluso, en convertir a Dios en mera abstracción del espíritu humano. Por otra parte, reduciríamos al hombre en un simple instrumento, un autómata en manos de la divinidad. Por uno u otro extremo estaríamos negando la libertad absoluta de Dios o bien la libertad creada, finita, pero sagrada al mismo tiempo del hombre.
Pero basta decir que esto es de ordinario así. Así lo ha visto toda la tradición judeocristiana (en la que -nos guste o no- estamos inscritos) a lo largo de los tiempos. Dios se revela en la historia y a través de la historia, en lenguaje humano, sacramentalmente, que diría el teólogo. Es decir, echa mano de las realidades tangibles, de los hechos y de los acontecimientos históricos para darnos a conocer las cosas intangibles, para dar a conocerse él mismo, que es Señor de la Historia.
Evidentemente, esto supone un cambio de mirada que es propio del hombre de fe, que está llamado a buscar a Dios también en el mundo que le rodea, en lo que le sucede… a dar un paso más allá. Esa, entre otras, era la función de los profetas, que no eran una especie de adivinos así sin más, como muchas veces se nos presentan (también desde la propia predicación, todo hay que decirlo), pero que se extiende – así lo entiende la teología cristiana – a todos los bautizados, sacerdotes, profetas y reyes.
Esto llega, creo, para explicar eso de que de ordinario, no hay acción divina sin acción humana. Pero, ¿y la relación contraria? El hombre es criatura de Dios, imagen de Dios, del Dios Creador y, por tanto, un ser racional, inteligente y creativo. De aquí podríamos deducir esta intervención primera y latente de la divinidad que pone en marcha todo el “mecanismo del progreso”.
Podríamos hablar así de dos planos de actividad: uno que nos es cercano, perceptible, inmediato, y otro que va más allá de lo sensorial. Dos planos superpuestos, que son a la vez independientes e interdependientes. Aunque tenemos que entender que “hablar de dos planos” es sólo eso, una forma de hablar. La realidad es una, con muchas caras, con muchas dimensiones, pero una. No es que haya un plano espiritual en el que actúa Dios – y que muchas veces se interpreta como algo simplemente psicológico (la fe de los mineros les ayudó a aguantar y mantener la esperanza, por ejemplo) – y un plano material copado por el hombre, puramente material.
Hasta aquí, que creo que ya me he pasado con la charla teológica. Quizás quedan muchas cosas por explicar. Quizás otras quedan muy mal explicadas o muy por encima. Pero para eso están también los comentarios, para seguir dándole caña a esto, ¿no?