
Después de la sorpresa y del mal sabor de boca que a algunos les dejó el capítulo anterior, espero que este sea capaz de reconducir las cosas. Las consecuencias de lo que descubrimos la semana pasada no son tan felices como nos las prometíamos.
Akano 42 – Twisted
– ¿Qué piensas hacer ahora con todo esto?
La voz de Db medio me trajo de vuelta de nuevo a la realidad desde mis ensoñaciones. Un instante antes estaba criando yo mismo a aquella criaturita que llevaba el alma de Nalya y, al siguiente, estaba de regreso en aquella sala de hospital, frente a la incubadora. Porque, aunque ya había pasado bastante tiempo desde el parto, lo fantástico de la fisonomía de la recién nacida había llevado a los doctores a mantenerla en observación, por si acaso.
Nadie nos veía ni nos oía, aunque cuando la niña estaba despierta hubiera jurado que ella sí que era capaz de percibirnos y que nos había sonreído, como si nos reconociera. No nos habíamos enfundado los Gigais, por eso podíamos permanecer aún ahí, solos, rato después de que finalizara el horario de visitas del hospital. Por eso podíamos movernos y hablar con casi total libertad por aquella sala frente a la incubadora.
Kyo llevaba casi todo el tiempo pegado contra la mampara, con la mirada fija de fascinación en la que había sido su madre. Desde un rato antes, el Teniente y yo nos habíamos retirado de allí en silencio, hacia la pared opuesta.
– Rido… – me llamó otra vez.
– ¿Eh? – reaccioné al fin, ubicándome. – ¿Qué?
– Digo que qué piensas hacer ahora con todo esto – repitió
Levanté la vista medio dubitativo y miré a Db con incertidumbre. Aquella era una muy buena pregunta para la que no encontraba ninguna respuesta que me satisficiera aparte de mis ensoñaciones imposibles. Miré de nuevo hacia la incubadora, como si le preguntara a ella y suspiré desesperado por no encontrarla allí tampoco.
– Por mí la raptaba y la criaba yo… – confesé.
Era lo que me pedía el cuerpo, Recuperarla. Tenerla toda para mí aunque con ello se acabara el mundo. La expresión de mi amigo de tantos años se había mostrado comprensiva ante la afirmación, sabiendo, también como yo, que a la hora de la verdad, nunca habría llegado a cometer semejante locura. O que quizás sí… pero que era mejor tratarlo como una broma que como algo dicho en serio.
– No puedes hacerlo… – dijo mi madre, atravesando la puerta con un café en la mano. – Toma…
– Lo sé, lo sé… – sonreí con cierto pesar. – Pero es lo que…
Mi madre me dio el vaso de café y el suyo a mi acompañante y se fue directa hacia Kyo, tomándolo por el hombro en un reconfortante abrazo y dejándonos a Db y a mí con nuestra conversación imposible. Pero no la continuamos, sólo nos quedamos los dos callados, con nuestra bebida entre las manos. Yo observaba el vaso, como si en las profundidades del líquido pudiera perderme y encontrar la solución a todos mis dilemas.
– Hacía mucho tiempo que no tomaba tanto café, la verdad – forcé la risa.
– ¿Sabes? – me dijo Db al fin después de un rato enmudecidos. – No creo que Kyo lo esté pasando tan mal como tú.
– No lo estoy pasando mal…
– Y como siempre, haciéndote el fuerte – sonrió, sin levantar la vista de su café. – El Gran Guerrero…
– … de las Sombras – completé, interrumpiéndole.
– No me interpretes mal – siguió él. – Nalya era el centro de tu mundo… para Kyo sólo es un recuerdo difuso de su primera infancia.
– Es su madre – observé con tono defensivo.
– Sí, ya… pero apenas tiene recuerdos de ella – replicó. – Lo que conoce de esa niña son las batallitas de su padre adoptivo… y nada más. ¿O es que tú te acuerdas de todo con seis años? Para Kyo, sus padres, los dos – terminó – son personajes de un cuento, héroes de una leyenda… lo que tú le contaste.
– De Kyo puedes decir eso – reconocí. – Pero de Nalya… Nalya murió el año pasado – le recordé con cierto pesar.
– Sí… sí… pero se fue hace siete años… ¿Cuántos años tenía Kyo? ¿Siete, ocho? Es un niño, es normal, sus recuerdos son difusos – insistió. – Él ahora está viendo un cuento de hadas que tú le construiste.
– Ya, seguro…
Mientas Db me aleccionaba sobre un tema para el que nadie le había pedido ninguna clase de lección, mi madre se giró hacia nosotros con una mirada admonitoria. Aunque Kyo estuviera absorto en lo que el Teniente acababa de llamar “cuento de hadas” y parecía al margen de la realidad que le rodeaba, podría oírnos y, lo que era peor, malinterpretar lo que estábamos hablando. Con un asentimiento avergonzado, en el que reconocíamos nuestra imprudencia nos disculpamos.
Pero mi compañero no había terminado con su arenga y no iba a renunciar a ella. Me cogió por el brazo y me invitó a seguirle al exterior de la sala, al pasillo del hospital, y allí prosiguió con su exhortación, tratándome de hacer caer de una burra en la que yo me negaba a reconocer que me había subido.
– Mira… sé que te vas a enfadar, – dijo – pero te o digo tal y como lo siento, porque eres mi amigo.
– Ya… No me vengas con monsergas que nadie te ha pedido – le corté.
– ¡Joder, Rido! – protestó. – ¡¿Cuántas veces no me has venido tú con sermones que nadie te había pedido?! Pero lo haces porque eres nuestro amigo y yo lo hago porque tú eres mi amigo, coño – continuó. – Y lo hago porque te quiero y porque me preocupo por ti. Llámalo “intervención” como los modernos o llámalo como te salta de los cojones –se alteró y, fruto de esa alteración, iba subiendo el tono cada vez más. – Pero…
– Pero mierda –me cerré en banda.
–Pero esto que ha ocurrido, si me permites hablar de una vez, – bajó la voz de repente, señalando con el dedo la puerta – es lo peor que te podía pasar… a ti, a Kyo… y a todos los demás por extensión.
– Si tanto te molesta todo esto, ¿a qué cojones has venido?
Le miré desafiante, con los labios apretados, cerrando los dientes, frunciendo el ceño con los ojos abiertos y él me devolvió un gesto compasivo, meneando la cabeza con las cejas arqueadas por la preocupación. Pero yo no aceptaba para nada lo que me estaba diciendo. No quería aceptarlo. Ni siquiera tenía la más mínima intención de considerarlo. Nalya estaba viva. Punto. No había más que hablar. Y él… y todos ellos, Db, Eliaz, Bone, Gaby, Krunzik… debían alegrarse. ¿Qué otra reacción cabía? ¿Cómo podía ser negativo?
– He venido porque me preocupas – explicó después de coger aire, seguramente para evitar soltarme una contestación al bajo nivel de las mías. – Porque nos preocupas, porque no soy yo solo – aclaró. – Fíjate que quería venir Bone, así que mira lo que canta – bromeó.
– Vale… – cedí, aunque sólo de palabra. – Pero por muy preocupados que estéis… ¿aquí? ¿Tenía que ser aquí?
– ¿Qué tiene de malo? – se encogió de hombros. – Cuanto antes mejor. Es más, – añadió – que estés aquí teniendo en cuenta lo que ocurrirá pasado mañana es bastante significativo – apuntó. – Mira – dio un pequeño respingo, cambiando el tono a uno mucho más despreocupado y relajado – te apuesto lo que quieras a que cuando abriste ese papel de periódico…
No quería escuchar nada más. Y mucho menos una ridícula suposición basada en… ¡Basada en nada! ¿Qué cojones iba a saber él de mi reacción al ver la noticia? El Pollo alardeaba de una estúpida “clarividencia” que no venía a cuento. No ahora; no con la que estaba cayendo. Le dejé con la palabra en la boca y, como un niño caprichoso, me escapé de nuevo hacia la incubadora.
“Lo peor que me podía pasar” ¡Ja! ¡Y una mierda! ¡Una puta, jodida y miserable mierda! ¿Es que no lo entendían? ¡Nalya! ¡Era Nalya! ¡Joder! ¡Nalya! ¿Cómo no iba a ser lo mejor que podía suceder? Hacía siete años que la había perdido. ¡La había encontrado! ¡Al fin! ¡Joder! ¡Al fin! Confuso, cabreado, obcecado… tenso como hacía tiempo que no estaba, me senté en el suelo, acuclillado, apoyándome contra la pared opuesta a la mampara de cristal.
No sé cuánto tiempo estuve así, buceando y enredándome aún más en la enrevesadísima maraña de mi desconcierto y de mi enfado. Sólo volví a tener conciencia de la realidad que me rodeaba cuando una sombra me cubrió, privándome de la luz artificial que se colaba entre el hueco que quedaba entre mis brazos, apoyados sobre las rodillas, y las piernas que tenía entre abiertas. Cuando levanté la mirada, vi que mi madre me observaba fijamente, con pesar y preocupación.
– Kyo está agotado – me informó. – Db se lo ha llevado ya para el Sereitei.
– ¿Por qué no me avisasteis?
– Porque quier hablar contigo antes de volver.
– ¿Tú también?
– Claro que yo también – contestó, con su sonrisa de doble sentido. – Soy tu madre, es mi obligación.
– Genial…
– ¿Te vas a enfadar conmigo como te enfadaste con tu amigo Db?
La miré con cansancio y me levanté pesadamente apoyándome en la pared para impulsarme hacia arriba y ponerme al fin de pie. Sacudí mis ropas instintivamente para alisarla y volví a posar la vista en mi madre como pidiéndole que me ahorrara el trámite. Pero no estaba dispuesta a hacerlo. Sin embargo, yo no tenía muchas ganas de enfrentarme a nadie más.
– Mejor así – rió, dando a entender que estaba al tanto de lo que estaba pensando.
– En serio – me quejé. – Te pediría por favor que no hicieras eso ahora mismo.
– Soy tu madre, es mi…
– Es tu deber… Sí, lo sé – completé cansinamente su estribillo. – Sólo…
– Vale, vale… – capituló. – Venga, vamos andando… Te acompaño a tu casa.
Con un gesto ágil y gracioso, haciendo gala aún de una forma física que apenas dejaba sospechar que llevaba siete siglos en la reserva. Abrió el Senkaimon, invocó a las correspondientes mariposas que nos había asignado el Sereitei a través de la Novena División y enseguida estábamos de vuelta en la blanca Ciudadela de las Almas Puras.
– No te das cuenta ahora mismo, – comenzó con su sermón – pero en el fondo sabes que Db tiene razón. Esto no tenía que haber pasado ahora – recordó. – Sí, bueno, el tiempo que tarda el ciclo de metempsicosis sumado al tiempo de un embarazo… – divagó, encogiéndose de hombros. – Pero que Pandora viniera y te lo soltara todo así de golpe… no era así como tenía que suceder. Ni cuándo.
– ¿Y tú qué sabes? – repliqué. – El destino muchas veces se escribe con las cosas más… gilipollas.
– Lo sé, lo sé – aceptó. – Me refiero en un estado ideal de las cosas. Todavía no estás preparado – espetó. – No estás preparado para reencontrarte con ella y no está preparada ella para reencontrarse contigo – matizó. – Pero ni siquiera eso es importante… eso es el destino.
– ¿Qué quieres decir? – me interesé, aunque era un interés más fingido que sincero.
– Recuerda por qué se fue Nalya – propuso. – Quería protegerte a Kyo… y a ti. ¿Es a este mundo al que quieres traerla de vuelta? – preguntó. – Nadie sigue ahí, de hecho la situación es peor que cuando ella se fue – advirtió. – Cierran la investigación, surgen nuevos grupos terroristas, cada vez estás más “perseguido”. ¿Crees que es aquí, ahora, donde debe terminar su camino?
Me quedé en silencio considerando sus palabras, momento que ella aprovechó para repetir lo mismo que me acababa de decir de una forma mucho más cargada de florituras, como si quisiera hacerlo más significativo utilizando la poesía.
– Ahora mismo crees que el camino ha terminado – continuó. – Lo crees desde el mismo momento en que llegaste a casa y nos enseñaste ese recorte de periódico. Y lo sé desde ese mismo momento – señaló. – No me hizo falta leerte la mente, soy tu madre, sé esas cosas – apuntó. – Crees que ya no hace falta luchar, que tu… “misión” se ha acabado. Quieres dejarlo. No te importa ya. Y no es así – contrapuso. – No es así. Aún te queda mucho que trabajar si quieres que su camino no haya sido en vano. Tienes que ser firme, paciente, esperar a que llegue el momento y luchar para que llegue el momento en que sí que puedas decir “Ha vuelto” como dijiste el otro día – terminó. – Porque si tú caes, los demás caen.
– No soy tan importante.
– Lo eres para nosotros – señaló. – Y lo eres para tus amigos. Sólo basta ver cómo te miran – puntualizó. – Tienen fe en ti. Eres como un líder para ellos.
– Eso no es verdad – rechacé la idea. – No soy más que ellos.
– Y lo eres para Kyo – terminó. – Y lo eras para Nalya, lo sé. Y eras parte esencial de sus planes – se atrevió a decir. – Si tú no estuvieras ahí no se habría ido. No confiaría a nadie más a Kyo. Y tú lo entendiste perfectamente – afirmó. – Trabajaste duro para prepararle el camino de vuelta, con su hijo, con tu investigación, pero aún falta terminar ese trabajo. No puedes dejar que se vaya a pique por un espejismo – insistió. – Porque esto, hijo mío, – concluyó su arenga – todavía es un espejismo.
Entre sermones y afirmaciones unas más osadas que otras habíamos alcanzado al fin la puerta de mi apartamento en la Academia. Me había instalado allí de nuevo mientras terminaba de trabajar en la planificación de una misión a la que, en eso sí que había acertado, no tenía ninguna gana de acudir. Aunque fuera Nadie. Sólo quería estar en un sitio, pero esta vez solo.
– Hay algo más de lo que me gustaría hablarte respecto a todo esto… – anunció mi madre. – Pero hay tiempo, mucho tiempo, espero…
La noticia de la “resurrección” de Nalya lo revolucionó todo, tanto en mi casa como en el Cuartel de la Novena División. No era para menos, la cornuda había marcado las vidas de prácticamente todos y cada uno de los que poblaban y significaban algo en las instalaciones militares a las que habíamos permanecido tanto ella como yo y, en lo que respectaba a mi familia, no sólo era la madre de Kyo y mi amor, “no correspondido”, pero eso no venía al caso, sino que había sido una pieza muy importante en la defensa de la mansión y de nuestro clan años atrás, en aquella batalla en la que había caído el padre del que hoy era mi hijo adoptivo.
Pero nos traíamos algo demasiado importante entre manos y teníamos que centrarnos. Resultaba realmente difícil. Db, Bone, Eliaz, yo… todos habíamos tenido relaciones muy estrechas con la recién nacida, fuera como amiga, como compañera o como algo más. Por eso su renacimiento era un elemento lo suficientemente desestabilizador como para que el Teniente de la Novena División planteara, abiertamente, la conveniencia de emprender ahora la cruzada contra Nadie.
Sin embargo, no había margen de maniobra. Kyrek había comprometido ya los recursos del Escuadrón a su mando en un movimiento que, políticamente, resultaba como poco arriesgado. Y no era el prestigio de una División cualquiera la que estaba en juego. Era el prestigio del cuerpo al que habían pertenecido nombres tan ilustres como Akano Kumaru, Nakajima Kyo o la propia Nalya. “Políticamente” nos veíamos obligados a continuar.
Pero esa razón sólo convencía a nuestras cabezas. Nuestros corazones… mi corazón me decía que tenía que dejarlo todo y correr al otro lado del Senkaimon, al lugar que mencionaba el papel de periódico que me había traído Pandora y cuidar de aquel pequeño bebé el tiempo que fuera necesario. Vigilarla, cerciorarme de que todo iba a ir bien. Por mí, por Kyo, por ella… Y a cada momento que pasaba, estaba más convencido de que eso era lo que tenía que hacer y más decidido a hacerlo.
Tuvo que venir mi madre, como siempre, a darme una lección. Su capacidad psíquica le daba una perspectiva única, madurada a lo largo de años y años de práctica y de pruebas tan duras como la que había supuesto el cruel asesinato de su primogénita, de la hermana que nunca había llegado a conocer.
La noche anterior a que todo se pusiera en marcha, nos habíamos reunido en mi casa del campus académico un grupo de oficiales de la Novena División encabezado por Kyrek y Db, Gaby, Kaiser, Yuki, mis padres y yo. Se trataba de planear la estrategia para la tarde posterior, de cara a movilizar al resto del dispositivo que habíamos ideado. Por fin Eliaz había trazado un plano útil de los subterráneos de su mansión que no estaba lleno de borrones y que incluía, además, los subterráneos de la finca de los Muriami.
El hijo de Sadoq Asharet no quiso revelar cómo había conseguido acceso a aquella zona para poder trazar aquel mapa con la precisión con la que lo había hecho. Sólo dijo, en el tono de fingida – o no tan fingida – altivez y caballerosidad que le caracterizaba, que un espía como él no revelaba su técnicas a cualquiera, a lo que todos decidimos callar en lugar de cuestionarle a él y, de paso, la fiabilidad de los mapas.
En el centro de sus mapas, justo en la zona en la que la mística estelar – por seguir ajustándome a los términos empleados por mi amigo – era mayor, había una gran cavidad de roca, una gruta natural que no podía dejar de recordarme a los subterráneos del volcán donde se congregaba la Asamblea de los Días Venideros. El Asharet nos explicó que había conseguido escabullirse hacia allí y que estaba todo dispuesto como un enorme templo. Era, pues, el lugar que habíamos buscado.
Después de que lo hubiéramos tratado una y mil veces y barajado cientos de hipótesis, el plan parecía claro en nuestras cabezas. Pero teníamos que pasar por encima de él otra vez más, sobre el mapa, con las localizaciones más metidas en nuestra cabeza, por si surgían problemas que, a simple vista, ni yo ni Eliaz, que lo habíamos trabajado durante toda la tarde, no habíamos encontrado. Era sencillo y totalmente previsible: aprovechar los túneles subterráneos de la Mansión de los Ashartîm para acceder a los
Sí, era cierto. Si supieran nuestros planes y nos estuvieran esperando, era bastante posible que nuestra estratagema se volviera en nuestra contra. Era lo mismo que habíamos pensado mi amigo y yo durante toda la tarde y fue la primera pega que nuestros interlocutores le encontraron a nuestra táctica. Pero Eliaz insistía una y otra vez en que no podía ser de otra forma.
– A menos… – objetó Kyrek.
La mirada y el índice directo del Capitán de la Novena División se posaron en la finca que quedaba inmediatamente al noroeste de la residencia de los Muriami, la mansión que en otro tiempo había albergado al clan Kaimitsu. Insinuaba que posiblemente podríamos acceder desde allí. Teniendo en cuenta que aquella familia había comandado siempre el Grupo de Operaciones Especiales, no era descabellado que también contaran con una red de subterráneos que, por otra parte, parecía recorrer todo el Sereitei como un primitivo alcantarillado.
– Pues… – murmuró Eliaz no muy convencido.
– Hay un problema – intervino Kaiser. – Es un terreno desconocido para todos nosotros, tendríamos que encontrar túneles de acceso, explorarlos, asegurarlos… No hay tiempo para eso.
– Sin contar – siguió la que había sido su Teniente – que si entramos por aquí tendríamos que recorrer casi toda la finca Muriami. Es más peligroso.
– Y la finca está abandonada, en teoría – concluyó mi padre, cerrando el círculo de los miembros de la antigua Décima División. – Llamaríamos demasiado la atención.
– Ya… – observó el rubio Capitán, aceptando las objeciones que se le señalaban a su propuesta. – No, bien, vale…
– No estaría de más mandar un pequeño grupo de reconocimiento – concedió el patriarca de los Wolf. – ¿Qué te parece? – se giró hacia Yuki.
– ¿Tilly y yo? – propuso ella.
– Llevaos también a Cloud y a Okita – ordenó Kyrek.
– Tenéis que moveros rápido – siguió Kaiser. – Buscar una entrada, atravesar la finca y apoyar al grupo principal.
– Que entrará por aquí – habló Eliaz, tomando la palabra de una forma un tanto apresurada mientras señalaba el más amplio de los dos túneles que enlazaban con nuestro objetivo. – Por este otro irá un grupo más pequeño.
– La intención es dispersarlos – expliqué. – Atraer al mayor número de ellos hacia nuestro grupo principal y que el segundo grupo les gane la espalda. Por eso – levanté la vista hacia Yuki y mi madre – si lográis entrar, es bueno que intentéis liquidar a los que pueda haber por el norte.
– ¿Y si no hay forma de entrar? – preguntó Okita.
– Nos unimos al grupo principal – respondió mi madre.
– Sí, vosotros iréis con unas horas de adelanto – asintió Kaiser.
Tras aclarar todas las pegas y tratar de solventar el mayor número posible de ellas, era el momento de las últimas instrucciones. No debíamos usar fuerza letal a menos que fuera estrictamente necesario, el líder de cada destacamento debía informar regularmente al centro de control… Cuestiones que eran casi protocolarias, pero que había que dejar claras ahora y que habría que dejar claras en la reunión con el resto del destacamento la mañana siguiente.
Después de atar todos los cabos sueltos, seguía pareciendo un plan muy frágil en el que todo dependía del elemento sorpresa. Si alguien se iba de la lengua todo iría mal, muy mal. No podíamos permitirnos desperdiciar una ocasión como aquella. Por eso mismo, sólo serían informados de todos los detalles de la operación los oficiales asignados, todos ellos de la suficiente confianza. Oficialmente, se tratarían de unas maniobras de entrenamiento.
Por si no era suficiente, terminamos aquella reunión con un nuevo repaso, el enésimo, de todos los detalles de la operación. Y así nos dio la madrugada. A media tarde del día siguiente tendría que estar todo claro y perfecto. Y todo el mundo debía estar lo suficientemente descansado como para rendir al cien por cien en la escaramuza. Mejor retirarse ya.
Así lo hicieron todos, aunque yo tenía la intuición de que apenas podría cerrar ojo y de que, igual que a mí, le ocurría a muchos de los que estaban allí. Todos nos jugábamos mucho. Eliaz luchaba contra el oscuro legado de su familia; Db, contra los temores de su juventud, Kyrek había puesto en el alero la fama de su División; Kaiser, Yuki y mis padres se jugaban la venganza de toda una generación… Aunque no acabáramos con Nadie, sería un día grande.
Todos se fueron marchando poco a poco, entre expresiones de ánimo y de confianza que en mucho eran, sobre todo, arengas a uno mismo, para estar dispuesto para el momento crucial. Al final, se quedaron retrasados Db y Kyrek, y el Capitán llevaba un gesto que hacía ver a las claras que aún le quedaba algo más en la recámara.
– ¿Qué pasa ahora? – pregunté con un tono cansado, pero que podía entenderse como fastidioso.
– Tenemos que hablar.
– ¿No puede esperar a mañana? – me quejé
– Me temo que no – meneó la cabeza el Capitán. – Prefiero dejar esto zanjado antes de que surja algún malentendido.
– Va… – suspiré. – Vale, vale… Sentaos.
Se giró levemente, lo justo para indicarle con un gesto mudo a Db que se adelantara y nos dejara a solas. Le ofrecí un café, que rechazó. Yo me serví una taza y me senté junto a él, dispuesto a escuchar con atención lo que me tuviera que decir. Por su mirada y por los preliminares de la conversación, podía apostar a que no me iba a gustar.
– En la División… – comenzó con titubeos. – En la División tienes fama de ser un gran estratega.
– Peligroso cumplido… – comenté, antes de un sorbo de la negra infusión. – Totalmente desmerecido, por otra parte.
– Bueno, por lo que he podido saber, tú diseñaste la estrategia del Yorokonde – recordó. – Y otras muchas operaciones, en general más que exitosas. Y con un reducido número de bajas…
– Vale… – me recosté en el asiento. – ¿Cuál es el problema entonces?
– Mira… No quiero que me interpretes mal, pero…
– Eres consciente de que la última vez que empezaste una conversación así conmigo la cosa no acabó bien, ¿verdad?
– Lo sé, pero aún así – asintió. – Hoy no te he visto fino y sé que no soy el único que lo ha pensado. De hecho… tu única intervención fue señalar una obviedad como un templo – indicó, incidiendo aún más en mi supuesta falta de capacidad.
– Es tarde – me defendí. – Todos tenemos nuestros días mejores y peores.
– No tú, no en esto, no con Nadie a las puertas – observó. – ¿Te acuerdas el día que murió Deiss? En menos de lo que canta un gallo asumiste toda la Dirección del Departamento, nombraste un nuevo profesor y reorganizaste buena parte de la Academia…
– Bueno… Tam…
– Déjame terminar – siguió, evitando que le interrumpiera. – Y aún por encima, Nadie estaba atacando a tu familia. ¡Al mismo tiempo! No, Rido – meneó la cabeza una vez más. – No estás centrado y te entiendo…
– Pero…
– Pero no puedo arriesgar la vida de mis hombres… de tus amigos – se corrigió – teniéndote allí abajo. Me gustaría que te quedases conmigo coordinando la operación…
Traté de quejarme, pero las palabras se arremolinaban en mi cabeza fruto de un caos difícilmente controlable. Y en el medio de ellas, la imagen de una niña pequeña con dos pequeños cuernos, uno a cada lado de su cabeza, se hacía omnipresente en mi mente. Como si de un recordatorio se tratase, volvieron a mí una vez más las palabras de mi madre de vuelta del hospital, las que me habían impulsado a seguir con esto. Y, junto con ellas, las de Db, y las de Bone en tantas y tantas veces como nos habíamos “peleado” porque les había dejado de lado intentando salvar al mundo yo solo.
Estuve a punto de gritarle a Kyrek que no lo entendía, que era demasiado joven, que no había vivido lo suficiente para saber lo que se sentía. Que era mi lucha. La que me había jurado a mí mismo que llevaría hasta sus últimas consecuencias. Por mi abuelo, Akano Kumaru, asesinado por Nadie. Por Nakajima Kyo, que había corrido la misma suerte. Por Yonas, cargado con una culpa que le había corroído por dentro. Por mis padres, por Kaiser y por Yuki, condenados cobardemente a un exilio injusto y traicionero. Por Kyo y su futuro. Pero sobre todo por ella, por aquella niña pequeña que apenas unas noches atrás había vuelto a ver la luz.
– O incluso mejor – saltó el Capitán de la Novena División. – Quédate con tu hijo. Probablemente ahora te necesite más que nunca.
Aquella afirmación me dejó seco. Pero no estaba dispuesto a rendirme y a ceder fácilmente. Ni siquiera aunque tuviera razón, cosa que me negaba ni siquiera a considerar. No. No podrían conmigo. Por lo menos no sin dar batalla hasta mi último aliento.
– No puedes decirme lo que puedo o no puedo hacer –respondí al fin, mascando las palabras. –No eres mi superior, Kyrek.
– Pero estoy al mando de esta operación – sentenció con total tranquilidad. – Estoy a tiempo de cancelarla.
– ¡No puedes hacerlo! ¡No cuando estamos tan cerca! – le grité. – Hace casi una década que no teníamos nada y no sabremos cuándo…
– Renuncia… Échate a un lado…
– ¡Nadie es mi trabajo! ¡Mi investigación! – protesté.
– Si lo que quieres es crédito, no te preocupes, nadie te lo va a negar – se encogió de hombros.
– Mierda, no es eso… – balbuceé… casi sollocé. – No es eso… Pero nadie conoce a Nadie tan bien como yo… No podéis hacerlo sin mí…
– Precisamente por eso, Rido – asintió. –Precisamente por eso…
– Aunque sea solo, iré – amenacé con fingida decisión.
– No me obligues a desperdiciar recursos poniéndote en custodia…
– ¿Bajo qué cargos? – pregunté con sarcasmo.
– Entorpecer una investigación del Gotei, desobedecer órdenes de la Cámara… – enumeró con la despreocupación de quien se sabe con la sartén por el mango. – Hay donde elegir, eso no me preocupa. Eres peligroso, Rido – añadió, inclinándose hacia delante. – Así como estás eres peligroso. Para ti y para tus compañeros… No puedo dejarte.
– ¿Quién fue?
– ¿Quién fue qué?
– Ya que estamos en este clima de sinceridad – comenté irónico. – No me conoces una mierda. No puedes decir cuándo estoy bien y cuándo estoy mal. Mucho menos te atreverías a decir que “soy peligroso” – advertí. – No. Alguno de mis… “amigos” tiene que estar detrás de esto. ¿Quién? ¿Db? ¿Bone?
– Y Eliaz. Y Mitsuko – confirmó. – Y tus padres. Y Kaiser… y… prácticamente todos los que estaban aquí.
– Sí, seguro…
No me creía lo que me estaba diciendo, pero era seguro que alguien le había dicho algo. No esperaba que mi madre o alguien de mi familia se hubiera dirigido al que no hacía mucho era mi alumno, pero no me extrañaría que Db o Bone lo hubieran hecho. No después del choque que había tenido con el Teniente en el hospital. Y él tenía mucha mano y mucha influencia en su superior. Del mismo modo que había colaborado para que Kyrek nos apoyara en aquella misión podría haberlo hecho para que ocurriera lo que ahora estaba sucediendo.
¿Traición? Un poco me sentía traicionado, sí. Al fin y al cabo, mi compañero sabía perfectamente lo que significaba aquella operación. Pero lo entendía. Había dejado claro su punto de vista durante nuestra discusión y medio había llegado a comprenderlo, aunque me negara a aceptarlo. Sabía que, probablemente, tuviera razón. El que tenía la cabeza caliente y, por tanto, no razonaba bien, era yo. Y era consciente de ello, aunque no era capaz de evitarlo.
Con un bufido cansado, exasperado, enfadado, decepcionado… me desplomé sobre la butaca buscando madurarlo todo para poder escoger bien el camino a seguir. Aunque, realmente, tenía la decisión tomada. La posición de Kyrek era inamovible. O sin mí o no había misión. No estaba dispuesto a contemplar ninguna otra alternativa. Y sabía bien que yo no renunciaría nunca a una oportunidad como aquella. Que no dejaría escapar a Nadie una vez más. Lo sabía porque se lo habían dicho… y estaba en lo cierto.
Pero ahora me tocaba calmarme y avanzar. Porque no era lo mismo tomar la decisión que ponerla en práctica. Y rendirme, porque eso me parecía el paso que tenía que dar, me daba miedo, pero tampoco podía no hacerlo. ¿Cómo iba a obligar a Kyrek a cumplir su amenaza y quedar yo como un completo egoísta? Porque así me verían. No sólo los demás, sino yo mismo. Y aunque mi reputación me importaba una mierda, lo que más me importaba era que una cabezonería pudiera mandar al garete el trabajo de años. Y yo no era, precisamente, una pieza de importantísimo valor militar en el terreno. Tampoco era manco, entendámonos, pero había gente mucho mejor que yo.
Incluirme y forzar a los demás a que me incluyesen sólo alimentaba mi ego, mi necesidad de hacerlo yo todo, ese “complejo de Mesías” que tantas veces me habían echado en cara, directamente o no, mis amigos y que otras tantas les había recriminado yo. Esta vez, aunque sólo fuera esta vez, tocaba dar el brazo a torcer. Aunque doliera.
Porque dolía. ¿No lo entendían? La última vez que me había mantenido al margen había perdido lo que más quería. Aunque fuera en un mundo irreal. La última vez que me había bajado del caballo sin lu4char, se había ido para siempre. Y aquella vez sí había sido de verdad. Ella, ella, siempre ella.
Ahora la había encontrado de nuevo. Había terminado por fin el tiempo de la búsqueda a ciegas y había entrado en el de la espera paciente y vigilante. Nalya estaba ahí. Sólo tenía que aguardar el momento de recuperarla, como el pescador que espera con proverbial estoicismo a que pique el pez. No podía permitirme el lujo de perderla de nuevo ni de dejarla escapar. No ahora que tenía todo un futuro por delante.
Fuera superstición, fuera capricho, fuera orgullo, mantenerme al margen me daba miedo, como si fuera invocar la mala suerte que me había perseguido en anteriores ocasiones. Por eso la crisis se me hacía si cabe más profunda. No sólo me apartaban del mayor avance en años en la investigación a la que me había entregado casi por completo sino que me daba miedo lo que pudiera significar.
Pero tenía que ceder. Tenía que hacerlo. Vencer a mis miedos y conformarme con las migajas. Con ver los toros desde la barrera y estar al quite por si acaso, no lo quisiera la fortuna, fuera imperativo que interviniese. Era lo único con lo que podía contentarme… si es que existiera contento alguno en mi situación.
– Está bien – cedí con decepción y rabia. – Me quedaré en el centro de mando contigo… pero si pasa algo…
– Tranquilo – sonrió él satisfecho por haber alcanzado su objetivo. – Va a salir todo bien.
– Pero si pasa algo… – insistí de nuevo.
– Entrarás en acción – asintió, levantándose para dar por concluida la reunión. – Tú y toda la División. Buenas noches, Rido – se despidió. – Descansa.
No le respondí verbalmente, sólo con un gesto cansado con la cabeza. Ni si quiera me levanté. No tenía fuerzas ni ganas ni nada de nada. Al fin, después de un par de minutos sentado, tranquilo al fin exteriormente, en el que pude darme el lujo de repasar mentalmente todo lo que había sucedido y acostumbrarme a la situación me di por vencido. No había nada que pudiera hacerle. Y lo peor de todo, quizás los otros tenían razón.
Sonó el reloj de la pared, haciéndome llevar la vista casi automáticamente a la esfera para comprobar que era lo suficientemente tarde como para considerar que estar despierto, teniendo en cuenta la importancia de la jornada que debía enfrentar en cuanto amaneciera, era una absoluta temeridad. Me levanté, cogí la taza y la llevé hacia la cocina para dejarla en el fregadero con la intención de solucionarlo juntamente con el desayuno. Luego, ya casi con el piloto automático puesto, me fui a acostar.
Pero no llegué a la cama. En cuanto traspasé el umbral de la puerta de mi habitación ya no estaba en mi apartamento. Estaba en el monasterio, lo sabía aún sin mirar alrededor, que estaba oscuro y tenebroso como no lo recordaba. Y no porque estuviera en el interior, sino porque, misteriosamente, era de noche. La primera vez que llegaba allí de noche, si me paro a pensarlo. Y una noche sin luna. Comprobé visualmente el espacio que me rodeaba y pude adivinar que estaba en el claustro, pero estaba solo.
– ¡Viejo! – grité enrabietado. – ¡Me cago en todos tus putos muertos, baja aquí!
Conjurada por mis juramentos, que no cesaban, la luz de una antorcha se encendió al fondo del corredor del atrio en el que me encontraba y la sombra del monje se fue haciendo más pequeña a medida que se me acercaba. Y lo hacía lentamente, como a tientas, como si el terreno en el que se moviera fuera inestable.
– No es de noche – sentenció, enigmático, cuando aún estaba a una cierta distancia. – Tampoco es un eclipse.
Cuando llegó hasta mí pude darme cuenta de que la escena era aún más macabra de lo que podría parecer en un principio. Al reflejo de las rachas de luz que emanaban del fuego de la tea, las manos del monje, lo único que alcanzaba a ver por debajo de su túnica, semejaban mucho más ancianas, más ajadas… incluso uno podría decir que traslúcidas.
– Simplemente se ha ido la luz.
– Pero…
– No te preocupes – contestó en un tono que parecía más tranquilo de lo que uno intuiría. – No es que haya pasado antes, pero tampoco necesariamente malo.
– ¡¿Qué cojones está pasando?!
– ¿Por qué todo se derrumba a tu alrededor?
Lo miré fijamente a unos ojos que sólo era capaz de intuir con los míos abiertos como platos. Estaba acostumbrado a que me leyera el pensamiento, pero nunca antes siquiera de que yo fuera capaz de vislumbrarlo en el interior de mi mente. Esta vez se había adelantado. Quizás en mi estado no fuera quién de darme cuenta de que era una respuesta bastante probable a juzgar por la situación, pero su precisión “telepática” me tomó completamente por sorpresa.
Sin embargo, no era eso lo que más me llamaba la atención. El tono en el que me hablaba, tranquilo, misterioso… sabio, recordaba al que había utilizado las primeras veces en que había visitado el monasterio, antes de revelárseme como un completo cabrón sarcástico. Lo peor de todo es que, en aquellos primeros encuentros, las cosas no iban precisamente bien, algo de lo que incluso con la mente embotada como la tenía en ese instante fui capaz de señalar en mi interior. Lo mejor de todo es que había sido precisamente la sabiduría de Balmung la que me había guiado a la hora de superar los escollos.
Probablemente esto significara que iba a necesitarlo otra vez.
– Es lo que sucede cuando los cimientos se van a tomar por culo – sentenció, quejicoso y enigmático al mismo tiempo.



Viernes, 30 julio, 2010, 1:46 | 



28/10/2011 at 22:37
Bueno, de este capi y del anterior, no voy a comentarte mucho porque me tienes absolutamente comprada LOOOOOOOOL Sobretodo, esa escena en el ala de neonatos del hospital, todos mirando la vitrina… Me encantó *—* Si bien hay detalles que difieren de mi versión que desconoces por completo LOL Pero, bueh, te lo perdono *–*
Lo que sí voy a comentar es, digamos, la 2ª parte de este cap.43. De vuelta a la realidad, después de que Rido sufra en sus propias carnes lo que JODE que te sermoneen (+100 points al dúo Tilly-Db), llega la hora de ponerse serio. Kyrek vuelve a echarle de una misión, ¡¡y ya van DOS!! Casi pensé que lo hiciste para ahorrarte escribir un capítulo de acción, con lo que te cuesta LOOOOOOL Pero, por suerte, tenías una excusa más que plausible: y es que Rido no está pá muchos trotes. Una mocosa lo lleva por la calle de la amargura… Manda huevos xD
Y, por otra parte, ¡¡BALMUNG!! Lo de éste AÚN me preocupa bastante…
28/10/2011 at 22:43
¿A que mola Balmung? MUAHAHAHAHA
Pues na. Algún día pones tu versión y punto xPPPP
Y este es el cuarenta y dos no el cuarenta y tres xD
28/10/2011 at 22:45
Tío, es que descifrar mis apuntes y hacerlos coherentes, no es FÁCIL ¬¬
28/10/2011 at 22:46
Uhhhhhh, la idea que se me acaba de pasar por la cabeza… ¿Rido, Vizard? LOOOOOLAZO No, pro favor u.u