
¿Capítulo nuevo de Akano? ¡Sí! ¡Ya iba siendo hora c***! Digo… esto… Nada, que como habéis podido comprobar me he tomado unas vacaciones literarias no tan voluntarias como parecería en un primer momento. Con el examen, primero, y con la resaca mundialista, después, de por medio que… bueno, que mis musas decidieron que mi cabeza no era buen lugar para vivir, y menos si tenían que pelearse, además, con el Doctor Who… no el de ahora, el de los años 60.
Bueno, eso TGIF. O lo que es lo mismo: que ya es viernes… (o casi). Sí, ese día en el que, después de unas vacaciones inesperadas, vuelve Akano. ¿Con Kara? ¿Con Nadie? Pues… No. La vida es dura, pero no, no va a avanzar mucho la trama. Dejémoslo en que es una nueva toma de contacto con la escritura que incluye una dedicatoria a una de las personas que ha hecho que esto sea realidad aunque ahora no esté tan metida en el proyecto como antes. Lo descubriréis a lo largo del capítulo, con título latinajo incluido.
Akano 41 – Dies Natalis
Cuando Kara regresó al Cuartel de la Decimotercera División, más tranquila y sosegada que como había llegado a mi casa pero, aún así, aún inquieta por lo que había descubierto en su mundo interior, mi interés se vio obligado a redirigirse de nuevo hacia la operación que teníamos programada contra Nadie. Apenas quedaban unos pocos días y sentía que necesitaba recalcular cada detalle, repasarlo, hacerlo perfecto.
– Y lo peor de todo es que no sabemos nada seguro – me quejé.
– ¿Perdón? – sonó la voz de Rina al fondo. – ¿Hablaba conmigo, Director?
– ¿Eh? – respondí. – No… No, nada, hablaba conmigo mismo.
Me había ido al despacho para concentrarme mejor repasando los papeles que tenía acerca de Nadie. Había consultado lo que nos había dicho Db con Yurian, pero el profesor de Teoría del Kidoh no había sido capaz de aportar nada nuevo. Tampoco los libros que me había pasado el Teniente de la Novena División habían resultado útiles. Así que allí estábamos, con pocas certezas y muchas intuiciones.
Eso me ponía nervioso, por eso buceaba insistentemente entre papeles para ver si sonaba en la flauta. Pero no averiguaba nada nuevo que nos sirviera para nuestros propósitos. Y, para terminar de redondear la jugada, había cosas que había visto en mi visita al pasado de Kara que no era capaz de apartar prudentemente de mi cabeza para poder centrarme en lo que me tenía que centrar.
– Vaya, vaya, Barbas… Con secretaria y todo…
Aquella voz me dejó helado. No correspondía ahí. Era imposible que correspondiera allí y si, en efecto, mi subconsciente no me había traicionado, entonces es que algo iba realmente mal. Temeroso de una u otra opción levanté lentamente la cabeza hacia el origen de la frase, aunque tampoco hizo falta levantarla mucho.
– Director Akano – sonreía. – No es que suene mal, pero no le pega a un puto deprimido como tú.
Allí estaba, con los mismos profundos ojos verdes de siempre y aquella misma sonrisa cínica y fácilmente inclinada al sarcasmo con la que martirizaba la autoestima de todos los que convivíamos con ella en su Cuartel. Era ella. No había duda de que era ella. Y si había vuelto a esta parte del Senkaimon… no quería pensar en cuáles habrían sido los motivos.
– Y con gafas – se burló. – Te estás haciendo demasiado viejo.
– Tanto leer libros… – alegué. – ¿Qué haces aquí, Pandora?
– Hola, a todo esto – me reprochó. – Te estaba buscando y te he encontrado – contestó enigmáticamente. – Arte me dijo que estarías aquí.
– Estuviste en el Cuartel, entonces.
– Sí, sí – asintió. – No sabía que hubieran habido tantos cambios.
– Cosas de la vida – me encogí de hombros. – Ya sabes, el tiempo pasa, las personas vienen y van, este no es un trabajo agradable…
– Por eso me fui – confesó. – Estaba hasta los huevos de esta vida.
– ¿Y por qué has vuelto? – insistí.
– Todo a su tiempo, barbudo, todo a su tiempo.
Fiel al carácter que la había hecho famosa y temida por todos los miembros de la División, Nalya incluida, y de entre los altos oficiales del Sereitei, la que un día había sido mi Teniente se guardó sus motivos con gesto divertido y comenzó a interrogarme acerca de la actualidad de los acontecimientos del Sereitei. Iba respondiéndole como buenamente podía, pero a cada poco volvía a tratar inútilmente de enterarme de qué era lo que le había motivado a volver. Si lo pensaba fríamente, si lo hiciera de otra forma, si no me hiciera sufrir un poquito, no sería Pandora.
Era la primera vez que la veía vestida de civil. En el funeral de Nalya, la única vez que la había visto desde su marcha de la Sociedad de Almas, tanto ella como Kuroda habían decidido, a petición de Henkara seguramente, mantener el protocolo que se seguía en nuestro mundo y vestir el uniforme de gala en señal de respeto por la cornuda.
Terminé aceptando el hecho de que no me contara nada y yo mismo entré en su juego de preguntas. Apenas habíamos hablado en la ocasión anterior, así que era un buen momento para enterarme de cómo iban las cosas “por ahí abajo”, en el Mundo Mortal. Hacía tiempo que, enfrascado en la investigación, no me había puesto muy al tanto de las noticias, sólo de las que hacían referencia al Sereitei.
– ¿Y qué? – desvió el tema cuando le pregunté por su vida personal desde que había dejado el Sereitei. – ¿Cómo va el enano?
– ¿El enano?
– El hijo de la cornuda – explicó, malinterpretando mi pausa meditativa con una duda.
– Sí, sí, ya, ya – asentí. – Pues… bien… De vacaciones, que acaba de terminar su primer año aquí.
– ¿En la Academia ya?
– Bueno, le adelantamos la edad un pelín – me encogí de hombros. – Así que… bueno, es un poco como Krunzik, pero si no me equivoco ella entró con un año más.
– Krunz… ¡Ah! – se dio cuenta. – La enana de la Diez esa que era tan amiga vuestra…
– Fue a hablar Tachenko… – bromeé provocando que ella bufara algo indescifrable. – En fin, que a lo mejor habría que habérselo adelantado más incluso. Está muy por encima del nivel de sus compañeros… o de la mayoría.
– Eso porque la cornuda y tú fuisteis unos cabezones – replicó. – Os empeñasteis en entrenarlo desde que era un mocoso…
– Como si que fuera bueno fuera un problema – reí.
Llevábamos ya casi una hora hablando y todavía no había soltado prenda. Era un caso perdido. No podía hacer más que esperar pacientemente y no perder la calma hasta que ella decidiera que había llegado el momento. O a lo mejor es que no había ningún motivo para volver… pero en ese caso no “me vendría buscando”.
– Bueno… – se estiró, alargando las sílabas en un conato de bostezo. – Coño, qué tarde es… me voy.
– ¡¿Cómo que te vas?!
– Eh, eh, tranqui tronco…
– ¿“Tranqui tronco”? – reí.
– ¿Qué pasa?
– ¿Aparte de mudarte al mundo mortal también has viajado en el tiempo?
– Vete a la mierda…
– Pando… A ver… – carraspeé. – Si me has venido buscando tiene que haber una razón. Dijiste que me la dirías a su debido tiempo… ¿y ahora te vas?
– Eh… Sí, más o menos – rió con su habitual mueca sarcástica antes de marcharse sin hacer caso a mis protestas.
Me volví refunfuñando a mi escritorio, donde me esperaban los apasionantes detalles de nuestro futuro plan contra Nadie, aunque no sabía si ahora iba a tener la cabeza demasiado centrada como para poder
– Director… – sonó la voz de Rina desde la puerta apenas me había sentado.
– Dime – levanté la vista.
– La señorita que se acaba de ir ha dejado esto para usted.
– A ver… – me acerqué a ella para evitar que hiciese un esfuerzo innecesario y examiné el contenido del sobre que me tendía. – ¡No puede ser!
– ¿Qué es lo que no p…?
No terminé de escuchar la frase de mi asistente. En un impulso decidido, había salido a toda prisa del despacho tratando de alcanzar a Pandora, pero ella ya había previsto mi reacción y se había desvanecido, probablemente usando shumpa. Imposible saber hacia donde se había dirigido. Sí, podía rastrearla, pero no tenía ningún sentido hacerlo así. Ella era como era y si no quería hablar no lo haría. No iba a torturarla tampoco… Claro que aquel razonamiento podía ser sólo una racionalización de mi incapacidad para concentrarme lo suficiente como para poner en práctica aquella técnica.
Imposibilitado de seguir a la antigua Teniente, decidí ir cambiar de planes y me dirigí al Cuartel de la Novena División. Si había ido a algún sitio que yo conociera sería ahí y, si no, al menos tenía ya a mano a todos los demás con los que debía conocer la noticia. Si es que ella no se lo había dicho antes sólo para estropearme la sorpresa y dejarme con cara de tonto.
Además, por lo que me había dicho Db, Kyrek había seguido manteniendo aquella costumbre de Henkara que insistía en que todos los oficiales, al menos todos los que pudieran, realizaran las comidas juntos para así crear más vínculos entre nosotros. Se acercaba la hora de comer, así que no habría mayor problema para juntarlos a todos.
Me tomé el camino de vuelta con cierta calma. Así daba tiempo a todo el mundo para reunirse, aunque no sabían que tenían que hacerlo. Me daba tiempo a mí también, para tranquilizarme y organizar mis ideas, que desde que había leído la hoja de periódico que me había enseñado Pandora estaban demasiado revolucionadas.
En mitad de la revolución y del intento de ordenarme, me di cuenta de que lo realmente urgente no era ir al Cuartel. Ellos ya se enterarían tarde o temprano de la noticia, si es que no se habían enterado ya a través de nuestra antigua compañera. Quizás, sí, hablar con Bone, Db y Eliaz… y no era seguro que este último estuviera allí. Opté por enviarles una mariposa infernal y les pedí que vinieran rápidamente a la mansión Akano. Allí estaba quien tenía que enterarse primero de la noticia.
Cambié de rumbo y entré aceleradamente en casa, asustando a mi madre, que creía que había pasado algo malo. Mi sonrisa tonta e imborrable, casi al borde de las lágrimas de la emoción, que se me había dibujado casi involuntariamente al abrir el sobre y que era incapaz de controlar, le tranquilizó… o quizás le puso más nerviosa pensando en lo que podía haberme excitado tanto. No tardó en darse cuenta… o en leerlo en mi mente. No tenía tiempo para evitar que me la leyera. Entendió, sin embargo, que no debía soltar prenda y sólo me dio un abrazo.
El que más tardó en llegar fue Db, que estaba liado arreglando unos papeles con Kyrek. Como era de esperar, los tres creían que había encontrado la pista definitiva sobre Nadie y transmitieron esa misma sensación a Kaiser y a mi padre con su charla. Eliaz ya había hecho todas las elucubraciones del mundo mientras esperábamos al Teniente, pero ninguna de ellas era acertada. Porque lo que yo tenía que decirles no tenía nada que ver con Nadie, sino con algo mucho más grande.
– Kyo…
El chaval se había mantenido un tanto al margen del corrillo desde que había escuchado las teorías del noble. Creía que no iba con él, pues ya le había insistido en más de una ocasión que no estaba preparado para participar en la operación y que, ahora que la Novena División había ofrecido su apoyo y su cobertura, no necesitábamos – aunque agradecíamos el ofrecimiento – su ayuda.
Tímidamente se acercó a la mesa en torno a la que estábamos reunidos y mi madre le dejó un sitio a su lado, agarrándolo nerviosamente con su brazo derecho por detrás de la espalda del crío, acercándolo hacia ella. Él la miró interrogativamente, pero los ojos, algo vidriosos, de mi madre, estaban clavados en mí, expectantes en cómo se produciría el anuncio de la noticia.
– Bueno… A ver… – me aclaré la garganta. – Resulta que… Bueno…
Era el momento de la verdad y a mí, que estaba más que acostumbrado a hablar en público y, últimamente, a dar discursos, no me salía ni una sola palabra con sentido. Sólo interjecciones dubitativas y sílabas inconexas. Me paré, tomé aire profundamente mientras cerraba los ojos y dejé la mente en blanco para que fuera el corazón el que hablara, que es lo que tenía que ocurrir. De alguna forma noté como, también, Balmung se estaba riendo de mí a la vez que sonreía de pura felicidad.
– ¡Arranca! – me instó Bone.
– Hoy ha venido Pandora… – comencé. – Y… me ha traído una noticia bastante…
– Ah – asintió sonriente Eliaz, que había captado, o al menos eso creía, por dónde van los tiros.
– Sí – reí, sacando la hoja del periódico del bolsillo del uniforme y desplegándola sobre la mesa. – Ha vuelto.
Era un papel ajado que comenzaba a amarillear, signo de que la antigua Teniente había tenido ciertas dudas a la hora de venir a anunciar semejante nueva y que habían pasado algunos días desde la publicación de la noticia. Databa del 11 de Julio en fecha mortal, lo que haciendo cuentas sobre la diferencia temporal significaba entre una semana y diez días antes, como luego especificó Soki. Pero aún era completamente legible, y la foto, lo más significativo de la plana, era aún perfectamente visible.
– ¡¿Qué?! – exclamó Bone, cogiendo impulsivamente la hoja de encima de la mesa para leerla mejor.
– ¡Me cago en…! – reaccionó Gaby. – ¡No puede ser!
– ¿Qué vas a hacer ahora?
Las palabras se amontonaban unas encima de otras formando un murmullo ininteligible en el que todas las reacciones se perdían en el absurdo. La única voz que no sonaba, sin embargo, era la que era más importante, la de Kyo. Callado, había plantado sus ojos en la mesa, donde hacía un momento estaba el papel y no los movía. No se movía. Sólo una pequeña lágrima a la que le costaba aflorar se atrevía a alterar su gesto. Al fin, tembloroso, alzó la mirada y sus ojos se cruzaron con los míos y yo tampoco pude reprimir un tímido llanto al ver la sonrisa temblorosa del hijo de Nalya, de mi hijo.
Cuando todo se calmó, algo que aún tardó en llegar, cogí la hoja de periódico y, ahora sí, emprendí rumbo al Cuartel de la Novena División. Allí, después de avisar a los guardias, por si había algún problema, fui directamente al Panteón de Héroes de la Novena División y me planté delante de la tumba de la cornuda. Y, con las lágrimas aún en los ojos, saqué la manida hoja de papel del bolsillo y la desplegué una vez más.
En el centro dominaba la foto de dos padres primerizos que sonreían entre extrañados y asustados por lo que se traían entre manos. Y nunca mejor dicho. Porque en los brazos de ella, de la madre, lucía una hermosa niña de unos pocos días. Aunque dicen que todos los bebés son idénticos y todos bonitos. Eso dicen, vamos. Pero aquella niña era única. Única por el aura especial que la rodeaba, aunque todo el mundo que la viera seguramente se fijaría únicamente en los dos pequeñísimos cuernos que le crecían a ambos lados de la cabeza y que el periodista se había encargado de ampliar en una pequeña ventanilla en la esquina inferior derecha de la fotografía.
– ¿Ves el titular? – le dije a la lápida, después de permanecer un rato en silencio y dejar al fin el periódico en una rendija entre la losa sepulcral y el resto del suelo. – No te llama monstruo. Te llama milagro. Es un adelanto, ¿verdad?
Posé mi mano en la piedra, sobre el nombre de mi amiga, de mi amada, y me fui sin decir más palabras. No tenía sentido hablar con un pedazo de roca pulida cuando podría hablar con la persona directamente. Aunque no me entendiera… pero la roca tampoco me entendería de todos modos.



Viernes, 23 julio, 2010, 0:12 | 


