
Vamos con el capítulo 40. Uno de los últimos de Rido con Kara A ver si este es capaz de saciar vuestra sed de conocimientos. Aunque mucho me temo que…
Pero bueno es que…
La verdad, decidí…
Nuevamente dedicado a Kara
Akano 40 – Don’t look back in anger
– Shinigami-san – la ridiculizaba, exagerando la voz de una damisela en apuros. – Shinigami-san…
Las huecas carcajadas, aún más macabras debido al claquetear de las mandíbulas de la calavera se ahogaban entre la niebla. Kara seguía sin atreverse a asomar ni siquiera la cabeza por detrás de mi espalda. Notaba como sus puños apretaban los pliegues de mi uniforme y tiraban ligeramente hacia atrás de mi ropa, buscando protección.
– No eres más que una cobarde – la despreció al fin con una voz seca, desapareciendo de delante de nuestra vista y apareciéndose, una vez más, a nuestra espalda, motivando que la niña
– Por eso estamos aquí – hablé yo con voz seria, reponiéndome del horror y de la sorpresa iniciales. – Kara, –me aparté de ella un poco – tienes que ser tú la que lleve la iniciativa.
– P… pero.
– No lo intentes – reía el espíritu que gobernaba el mundo interior de la muchacha. – Es inútil.
– No, no lo es – sonreí con decisión. – Kara, esto no es más que un producto de tu mente, parte de ti… Es como Balmung – expliqué. – Tienes poder sobre ella. Cálmate y verás cómo todo va bien. Tú – me volví hacia el elegante esqueleto. – Supongo que ya sabes lo que viene a hacer aquí, ¿verdad?
– Tienes mala cara – comentó mi madre al llegar a casa. – ¿Seguro que estás bien?
– Sí, sí – contesté. – Es sólo que…
Entrecerró los ojos y clavó su mirada en mi rostro. Ella no era como Henkara, si algo acerca de mí le preocupaba no dudaba en usar sus poderes psíquicos para averiguarlo. En ese sentido, era mucho más intrusiva que lo que había sido la antigua Capitana de la Novena División. Pero sólo lo era conmigo. Supongo que eran cosas de madre.
– Ya veo… – murmuró al fin, consternada. – Sabrás dónde te has metido, ¿verdad?
– Eso espero.
No dije nada durante la comida. A mi alrededor, como si no se dieran cuenta de mis preocupaciones, todo seguía el curso natural de las cosas. Kyo y Eylinn ya habían regresado de la Academia con sus cosas para pasar las vacaciones de verano. La joven abrumaba a mi padre con sus planes de viaje mientras que mi hijo adoptivo y Ludwig conmemoraban con Kaiser las primeras experiencias en el grupo especial de prácticas. Sólo mi madre parecía un poco pendiente de mí.
Me excusé al llegar la sobremesa, alegando cansancio después de revisar informes y firmar actas durante toda la mañana. Salí al jardín y me senté a la sombra de un árbol tratando de relajarme un rato después de todo lo que había ocurrido. Pero no lo conseguía. Una y otra vez, las confusas imágenes de las que había sido testigo en el mundo interior de Kara volvían a mi consciencia como un amargo recuerdo de una pesadilla.
Porque eso era lo que me había mostrado, pesadillas. Sus recuerdos, los de verdad, se entremezclaban con terroríficas imaginaciones que no podían ser otra cosa que ficticias. Era la perenne marca de todos y cada uno de los tormentos que había padecido la chiquilla a lo largo de su vida: en el mundo mortal primero, en el Rukongai después y, finalmente, el desgraciado incidente de la Academia.
Por eso no habíamos podido progresar apenas en el sentido que buscábamos. Mi estudiante se había puesto nerviosa enseguida, incapaz de contemplar más aquellas escenas y me había pedido terminar cuando apenas habíamos empezado a vislumbrar con claridad un par de imágenes. No la culpaba: no eran para nada agradables.
– ¿Qué te pasa, hermanito?
– Hacía tiempo que no me llamabas así – rehuí la pregunta forzando una sonrisa.
– Bueno – se encogió de hombros con una sonrisa pícara que dejaba entrever sus colmillos. – Algo te pasa…
– Sólo es cansancio, no te preocupes.
– Te he visto cansado y te he visto preocupado. Sé distinguirlo – alegó. – Soy la persona que mejor te conoce en varios cientos de kilómetros a la redonda… y ahora estás bastante preocupado.
Gaby se sentó a mi lado y me miró curiosa. La hija de Kaiser era de todo menos discreta y le encantaba cotillear y sacarle punta a todo. Eso era algo que habíamos aprendido todos a lo largo de los años, de una forma más o menos dolorosa. Sobre todo Db, que había tenido que cargar con el mote que le había puesto durante la Academia. Por eso siempre rehuíamos el contarle nada. Y menos ahora.
Desde que se había ido Nalya no tenía nadie a quien compartirle mis sentimientos más profundos. Con Eylinn, de alguna forma había entablado aquel tipo de relación, pero ni por asomo se acercaba a lo que había compartido con la madre de Kyo. No, al menos, por aquel entonces.
– Vale, quédate ahí y húndete en tu miseria – ordenó después de un rato de intentar sonsacarme con ojos de cordero degollado. – Si no quieres contármelo no me lo cuentes. ¿Peleamos un rato?
– No – rechacé la idea. – No estoy para combates hoy…
Sin más respuesta que esa me levanté y me fui. Mientras evitaba los intentos de Gaby porque me confesara con ella había tomado una resolución: iría a buscar a Kara. No podía dejar que el miedo la dominara ahora y perder todo el trabajo que habíamos hecho. Aunque durante un tiempo no volviéramos a intentar revisitar sus recuerdos, por lo menos tenía que tranquilizarla.
Pero antes, seguramente tenía que enfrentarme a otros problemas. Toda mi libertad de actuación en aquel asunto dependía de la confianza de la protectora de la muchacha. Era más que probable que a esas horas ya se hubiera dado cuenta del incidente de aquella mañana, así que debería ir a aclararlo cuanto antes y, después, tratar de calmar a mi pequeña alumna.
Emprendí rumbo de nuevo al Sereitei y me dirigí directamente al Cuartel de la Decimotercera División. Aiolos me salió al paso y le pedí que me acompañara a encontrarme con Ela. El que había sido delegado de mi curso en mi primer paso por la Academia, me guió hacia el despacho de su Capitana y llamó a la puerta por mí, para anunciarme.
– Director Akano – saludó amablemente la propietaria del despacho.
La actitud de la mujer de la capa blanca hacia mí había mejorado sensiblemente desde nuestros encontronazos hacia la mitad del curso. La mejoría de Kara era notable y eso había consolidado la idea de que no había pretendido hacer daño por ningún momento a su protegida. Sin embargo, en el tono de voz con el que me recibió había un matiz negativo. Ella también se había dado cuenta del miedo de la niña y estaba consternada.
– Hola, Capitana, Mizu, – saludé también a la Teniente, que estaba de pie junto a la puerta – ¿Puedo pasar?
– Adelante, adelante – se levantó Ela para recibirme.
– Creo que intuyes el motivo de mi visita…
– Kara – asintió. – ¿Qué ha pasado?
Dudé qué decirle durante unos instantes que se hicieron eternos. No sabía si mi alumna le había explicado en qué consistía el entrenamiento, y no sabía, tampoco, cómo se tomaría el hecho de que me inmiscuyera en el mundo interior de su discípula. Pero tampoco podía quedarme callado sin decirle nada.
– ¿Te ha explicado alguna vez en qué consiste el entrenamiento?
– No, nunca – contestó, poniendo mirada interrogativa. – Tampoco pregunté.
– La… La familia de mi madre tiene capacidades psíquicas – expliqué, meditando bien cada palabra. – Yo he heredado parte.
Los ojos de Ela se entrecerraron dándole a su expresión un matiz más serio y más duro del que había adoptado al comienzo de nuestra conversación, a pesar de la preocupación. Ahora recordaba más a la actitud que había demostrado hacia mí a lo largo de todo nuestro conflicto alrededor de la situación de Kara. No podía dejar que volviéramos a aquel momento. No ahora que habíamos conseguido progresar tanto.
– Sé cómo suena, pero si me dejas explicarme posiblemente lo entenderás mejor – me anticipé a cualquier protesta. – Puedo trasladar la conciencia de alguien a mi mundo interior. Así “gano tiempo”.
– ¿Perdón?
– Allí no pasa el tiempo, básicamente – aclaré. – Podía conversar con ella durante horas… como la conversación que mantuvimos en el patio – comparé, haciendo referencia a mi tan sonada alocución en el jardín central de la Academia. – Lo único que a ojos de los demás serían… nada.
En su mirada se reflejó una mayor tranquilidad, aunque siempre dentro de un clima general de inquietud. No terminaba de estar cómoda con la situación. El malestar que reflejaba Kara la había alarmado y el hecho de que yo mencionara “habilidades psíquicas” no era, lógicamente, tranquilizador.
– Eso fue hace un mes… mes y medio quizás – seguí. – Sólo le di unas charlas, consejos… conceptos que quería asentar en su cabeza… Algo para ir tirando y de lo que partir más tarde – me encogí de hombros. – Le dije que volviera cuando terminaran los exámenes.
– Y volvió hoy – adivinó Mizu.
– Ayer – la corregí con un movimiento de cabeza. – Pero entre la ceremonia y todo… le dije que volviera esta mañana. Estaba bien – me anticipé a cualquier posible reproche, aunque veía esa posibilidad como remota. – Y para lo que íbamos a hacer era mejor que estuviese descansada.
– ¿Lo que íbamos a hacer?
– El problema que tiene Kara, y creo que en esto coincidiréis conmigo, es su pasado – razoné. – Si perdemos de vista esto, no la entenderíamos. Así que la “segunda parte” de mi plan iba por ahí.
– Con tus… “habilidades”, supongo.
– Echando mano de ellas, sí – confirmé. – Igual que puedo “traer” a gente a mi mundo interior, puedo ir al de otros…
Ela se removió en su silla. No la culpaba. De estar en su lugar, yo también estaría en una posición incómoda. Creo que el hecho de haber servido bajo el mando de Henkara me había ayudado a no ver aquellas capacidades como algo necesariamente negativo, pero todos somos conscientes de que no son precisamente bien vistas habitualmente.
– El mundo interior es un gran canalizador de los recuerdos – argüí, con la esperanza cuanto antes aquella fase de la conversación. – Por eso…
– ¿Querías enfrentar a Kara a sus recuerdos?
– Sé que suena cruel, Ela – me defendí. – Pero es algo que tiene que hacer, tarde o temprano…
– Progresivamente – apuntó la Teniente, que hasta entonces había permanecido al margen.
– Sí, sí, por supuesto – me volví hacia ella hablando con rapidez. – Esa siempre ha sido una de las premisas de todo esto… Ella marca los ritmos – sentencié.
– Rido… Te permití intervenir en este asunto porque…
– Kara entendía los riesgos – la corté. – Se los expliqué más de una vez. Fue ella la que quiso hacerlo.
– Pero tú ejerces una influencia en ella que…
– Por eso puedo arreglarlo – alegué. – Sí, puede que como se lo dije yo se sintiera más preparada de lo que realmente estaba – reconocí. – Incluso que se sintiera obligada, vale…
– Hasta ahora lo has hecho bien – suspiró. – Sólo por eso… Sólo por eso – insistió – te voy a dar más tiempo. Pero ni un fallo más.
– Lo prometo – asentí. – Sólo…
– ¿Qué?
– Creo que sería bueno que me la llevara a un… entorno más controlado – propuse. – Estaba pensando que a casa de mi familia.
– ¡¿Qué?!
Sabía que mi sugerencia no le iba a sentar bien, por eso me había ido preparando para este momento desde que había concebido la idea camino del Sereitei. La reacción sorprendentemente positiva hacia lo que la acababa de contar me había dado la esperanza de que no hubiera muchas preguntas al respecto, pero eso sería haberse hecho demasiadas ilusiones.
– Vale, vale… – cedí. – Mira… Si se queda aquí no voy a tener todo el acceso que desearía a ella. Y los dos sabemos que la vida de un Cuartel no es lo mejor.
– Criaste a tu hijo en uno…
– Sí, sí, por eso lo sé – argumenté. – Sólo serán… ¿dos semanas? – me atreví a pronosticar.
– Una semana.
– Una semana – repetí en señal de aceptación.
– Ella tiene que querer ir… Mizu – miró a su teniente. – Busca a Kara y explícale la situación. Que decida ella.
El esqueleto me miró, elevando un poco el mentón. Era el único signo patente de una mirada altiva en su ososo rostro. Luego se dio la vuelta y caminó hacia la casa. Después de una decena de pasos se detuvo y se giró, mirándonos por encima de su hombro como preguntándonos a qué esperábamos, y retomó su marcha. Le ofrecí mi mano a Kara y comenzamos a seguirla.
– Mira… esto va a ser difícil – le dije. – ¿Seguro que quieres seguir?
Pero ella no contestó. Me apretó la mano y me miró, incapaz de asentir o de negar siquiera con la cabeza. Avanzamos hacia el interior, acompañados por el crujir de las tablas resecas bajo nuestros pies. La puerta estaba rasgada, rota y desencajada, pero aún cumplía su función de dis4tinguir el exterior de la vivienda propiamente dicha. Daba paso a un enorme pasillo que, a diferencia de lo que era habitual, corría perpendicularmente a la entrada, quedando el umbral no en su extremo, sino en un lateral.
– Lo supe desde que nos llevaste allí, Shinigami-san – habló.
Se giró a nuestra derecha y se detuvo. Hacia aquel lado había una decena de puertas, todas bien cerradas y en perfectas condiciones, como si hubieran sido fabricadas recientemente. Me di la vuelta y pude ver como la misma escena se prolongaba también hacia la izquierda.
– Que mi aspecto no te confunda – se reivindicó el esqueleto. – El despojo es ella.
– Bueno, esta será tu habitación durante las próximas dos semanas – indiqué, dejando su bolsa sobre la cama. – Esa es la cama de Eylinn – señalé. – Espero que no te importe compartir habitación ella.
Ella meneó la cabeza negando y sonrió. Había sucedido todo muy deprisa. Apenas le había dado tiempo para empacar y despedirse de sus amigos, lo que a mí me había llevado el avisar en casa. Aunque no le había costado aceptar, aún tenía dudas de si estaba haciendo lo correcto y de si aquello que estaba proponiéndole iba a resultar. Ella confiaba en mí, no había duda, pero no podía ocultar una cierta inquietud. Afortunadamente, a lo largo del camino se la notaba menos preocupada.
– Puedes hablar – le dije amablemente. – Bueno… eso que tú haces.
Mi pequeña confusión provocó, al contrario de lo que yo esperaba en un principio, que en mi cabeza resonara una melodiosa risa que resultó ser como un soplo de brisa fresca. Le devolví el “favor” con una sonrisa y le dije que me acompañara abajo para conocer a los demás, que estaban esperándola.
– Familia, esta es Kara – anuncié, entrando en el salón. – Kara, estos son… bueno a Kyo, a Ludwig y a Eylinn ya los conoces. Y a Kaiser – recordé. – Supongo que te acordarás de Gaby, de… Bueno de eso – reí. – Mi madre, Tilly, mi padre, Youichi y mi madrina, Yuki.
Enseguida mi madre cogió la batuta y ejerció de anfitriona ofreciéndole a la recién llegada todo lo humanamente imaginable. Fue un momento de relajación y alivio de cara a recuperar el buen humor en previsión de lo que estaba por venir. La pequeña se sentía, o al menos eso parecía, como en casa. El hecho de que no hubiera demasiadas caras extrañas y de que, realmente, nadie excepto mi madre y Eylinn estuviera excesivamente pendiente de ella, sino que la dejaran respirar resultó beneficioso.
Mientras ellas le enseñaban la casa y conversaban un rato con ella yo me fui al jardín trasero con Kyo y comenzamos a charlar haciendo balance del curso. Hacía tiempo que no hablaba con él relajadamente, como solíamos hacer. El encorsetamiento al que me sometía el papel de Director y las sospechas que pudieran surgir de mi relación con mi hijo era algo que había pesado demasiado a lo largo del último año. Él mismo había mantenido las distancias en muchas cosas, abrumado por el qué dirán.
Así, charlando tranquilamente, llegó la hora de cenar y, tras ella, despedimos a Ludwig, que regresaba a las Montañas del Aullido para pasar las vacaciones con el clan, y a Yuki, que lo acompañaba. Y poco a poco, la gente se iba retirando. Gaby subió a su habitación, se cambió y fue a entrenar al bosque, Kaiser y mi padre iniciaron otra de aquellas eternas partidas de ajedrez mientras mi madre, Kyo y Eylinn salían a pasear por los alrededores para celebrar la llegada del verano. Nos ofrecieron acompañarles, pero después de pensarlo un momento le dije a Kara que se quedara conmigo.
– Respecto a lo de esta mañana…
La expresión de absoluta paz que unos momentos antes iluminaba el rostro de la muchacha se ensombreció con la mención de lo que habíamos vivido en el mundo interior. Inmediatamente me dije que habría sido mejor ir con los demás, pero ahora no había marcha atrás. Le dije con un gesto que me acompañara al porche y allí nos sentamos.
– Mira, no tienes que preocuparte – le dije. – Tienes un pasado, todos lo tenemos. La mayor parte de la gente que has conocido ahí dentro ha visto cosa que ni tú ni yo imaginaríamos – me encogí de hombros. – Sólo Kaiser tiene más pasado que todos los demás juntos. La cuestión es no dejarse hipotecar por él.
– Rido-sensei… – tartamudeó Kara.
– Tranquila… – insistí, al llegar junto a la primera puerta.
Por la mañana, no habíamos llegado más que a entreabrir el primero de los accesos a los recuerdos de Kara y un repentino ataque de ansiedad había acabado con todas nuestras oportunidades. No era de extrañar. Lo que había podido vislumbrar a través de la pequeña rendija había sido suficiente para poner nervioso a cualquiera. Inmediatamente me había pedido parar y yo había aceptado.
– Sólo tienes que dejar que no pese más el pasado que el futuro – seguí. – Y… estar tranquila. Nadie te va a juzgar.
No contestó. Sólo miraba al frente, con los ojos clavados en un punto fijo en el horizonte, mucho más allá de donde alcanzaba la vista.
– ¿Sabes? – sonreí. – En la Academia, la segunda vez que pasé por allí, – especifiqué – era muy como tú. Ya sabes… lo del suicidio, lo de Yonas… – le recordé. – Una compañera, Kuniko, me dijo algo que me ayudó, no sé si a ti te ayudará. Dijo: “Lo pasado ha huido, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo” – recité. – No sé si es suyo… tampoco es muy distinto a lo que ya te había dicho alguna vez…
Ella seguía observando el infinito, aunque se notaba como el runrún de su cabeza dándole vueltas a toda la situación. A veces, como si no pudiera evitarlo, algún murmullo llegaba hasta mi mente, en forma de sonidos inconexos o de palabras sueltas, como mucho. Nunca lo suficiente para saber qué estaba pensando.
– Rido-sensei – habló al fin, pasado un rato. – Hagámoslo.
– ¿Estás segura?
– S… Sí…
– No tiene por qué ser hoy… – insistí. – Es mejor que descanses y…
– Hoy estoy preparada – me cortó, con una inusitada, aunque claramente fingida, seguridad.
Le tendí la mano y ella la cogió. Cerré los ojos y enseguida estábamos escuchando las provocaciones del esqueleto, acentuadas por nuestra huida de aquella mañana. Ahora ya sabíamos el camino y, aunque en los pasos de Kara seguía habiendo temor, lo que no había ya era duda. Nos dirigimos directamente a la puerta que habíamos entreabierto y la cruzamos y después la siguiente… Y así hicimos en los días posteriores.
Si me disculpas, omitiré relatar lo que allí vimos. Es algo que corresponde a los recuerdos más íntimos de una persona y que en nada resulta importante para lo que aquí pretendo relatar. Lo que sí puedo contar es que no fue fácil superar lo que vimos. No era agradable, aunque supongo que era de esperar. Kara vivió dos guerras, se crió en una banda de criminales y vio asesinada a su familia delante de sus ojos, no necesariamente en aquel orden.
Se había visto obligada a hacer cosas que a cualquier hombre le habría convertido en un monstruo, el mismo del que ella tenía miedo y que le atormentaba en cuanto cerraba los ojos. Pero, al mismo tiempo, aunque ella no se lo creyese, mostró una valentía inesperada. Nada de lo que vio le impidió seguir adelante, hasta el final, o casi.
El esqueleto había planteado nuestra expedición como un laberinto que nos conducía al centro de la casa. No lo hicimos seguido, nos tomábamos descansos, a veces de días, para poder asimilar lo que íbamos descubriendo. No había luz y el ambiente era cada vez más irrespirable. A medida que seguíamos, a pesar de mostrar la misma forzada seguridad, se notaba que Kara se sentía menos cómoda. Sólo nos faltaba una puerta cuando ella decidió parar.
Habían terminado nuestros quince días de plazo. Habría que buscar otra ocasión para cruzar aquel último umbral. Mejor. Así ella podía relajarse, pensar en todo lo que había pasado y asimilarlo. Meditarlo. Asumirlo y reconciliarse con ello. Y cuando cruzáramos la última puerta… estar realmente preparada.



Viernes, 18 junio, 2010, 19:04 | 



28/10/2011 at 22:21
*A ver si se aclara…*
–> Pos-G&S <–
* Me parece muy interesante vincular el poder de Nadie con la astronomía, pero es complicado de llevar a cabo en la práctica. Es decir… ¿qué son, placas fotovoltaicas, pero para eclipses? LOOOOOOOOOLAZO No sé cómo lo harán y espero que se explique con pelos y señales (todo lo de Nadie pica mucho la curiosidad *—*)
* A propósito de Nadie, como siempre, Rido quiere echarse el peso del mundo sobre sus hombros y hacerse el héroe… Ains, ¿no se cansa? Que deje que los demás entren al trapo y, si les pillan, "¡maaaaala suerte, compañero!". Menos mal que le echaron un cable aunque, ¿a qué coste? Al de dejarle al margen… Pobret, él se lo curra y lo dejan aparcao. Qué malajes! xD Aahh y lo de la localización en la casa de los Muriami estos… con lo cerca que está de la Ciudadela y nadie se había pispao nunca… Aunque, bien mirado, es como cuando pierdes algo y buscas en todas partes menos en el sitio más evidente. Sep… ^-^
* EYLINN: nuevamente el recurso de la charla sobre el futuro y las ensoñaciones… LOL. Eso sí, menuda pedrada le lanza el Barbas a esta en el cap.40, y cito…
[Desde que se había ido Nalya no tenía nadie a quien compartirle mis sentimientos más profundos. Con Eylinn, de alguna forma había entablado aquel tipo de relación, pero ni por asomo se acercaba a lo que había compartido con la madre de Kyo. No, al menos, por aquel entonces.]
Bueno, bueno, bueno… Me equivoqué con los últimos coletazos de ésta como el-papel-que-debió-ser-y-que-nunca-pudo xDDD ÉSTE es, sin duda, el ÚLTIMO coletazo LOOOOOOL A menos que retomes lo que me dijiste tiempo ha. Yo creo que deberías hacerlo. Pero, claro, si el Barbas sigue tan empeñado con la Cornuda… A pesar del tópico "Nunca volveré a sentir eso por otra persona~", todos sabemos que esas cosas pasan. DEBERÍA pasar, eso sí, después de SIGLOS (para que supere de una vez lo de la Cornuda necesitará muuuuuucho tiempo. Lo lleva fatal, confiesa xD)
* La enana preñá… Aghhh!! Qué floja, por dios… Nalya no paró hasta que Henkara la relegó a tareas administrativas y no se lo tomó muy bien LOL Si eggggquee…
* Aunque la trama de Kara se me hizo pesada, reconozco que el avance en el mundo interior me gustó mucho. Y más que eso, el espíritu de su zampakutouh *—* Si bien es cierto que no me la imaginé exactamente como describes, sino más bien como una de las geishas de la versión cinematográfica de "Memorias de una geisha" (dios, con lo mala que era aquella… La evocación de una imagen como la que sugieres, le va que ni pintado xD). Además, siempre me gusta cotillear sobre los espíritus de las zampas… No sé por qué… *—*
Para terminar con lo de Kara, me gusta cómo le das carpetazo al tema (al menos por el momento, no? u.u). Eso sí, aquí la gestión del tiempo me falla. Creo que fue en este cap.40 cuando Rido sigue con la terapia en periodo de vacaciones (15 días). Si el eclipse de los de Nadie iba a ser en 10 días partiendo de ANTES de las vacaciones… O soy muy mala con las matemáticas, o metiste la pata con eso…. xD Claro que, qué más da? LOL
* Como ya he obtenido una respuesta a mi petición de que retrates una clase del grupo de prácticas especiales, no me repito xD
Y creo que ya, en este grupo de capis… más menos… Sep, eso xD
28/10/2011 at 22:38
Como te dije, esto va para alante y para atrás muchas veces. Entre capítulo y capítulo pasan a lo mejor varias semanas cuando no meses y luego van dos o tres seguidos. Y por el medio los planes se cambian o se olvidan. Éche o que hai. Que esto no es Memorias, no tenía un betareader atento que me corrigiera y me estuviera atento y con el que pudiera rallarme para “avanzar” con bastantes capítulos de reserva… fiu fiu fiu
28/10/2011 at 22:45
Sí, no… siempre me haces envites, pero nunca los cumples y, así, parece que la mala de la peli soy yo. Pos no ¬¬ Mi mail está a plena disposición para cualquier proposición XP
04/05/2012 at 14:31
wonderful points altogether, you simply received a new reader. What may you recommend about your post that you just made some days in the past? Any certain?