
Algo que quedaba pendiente desde hacía un tiempo era la continuación del viaje de Rido y Kara hacia la cordura. Tal y como avanzaba el capítulo anterior, hoy ha llegado el momento de volver a retomarlo.
Algo me dice que no será un camino de rosas…
Pa curiosos, el título es el título de una canción del gran Fito Páez. Del disco Abre (o era del Rey Sol?) paso de buscarlo.
PD: como ya anuncié en twitter Akano está llegando al final. No un final definitivo, pero al final
La casa abandonada
Me senté en mi despacho y me permití un momento para examinar los papeles que aún quedaban sobre el escritorio antes de decidirme a comenzar a trabajar. Aunque me pesara, aún quedaba cierto papeleo por terminar antes de poder decir que había concluido el curso: actas que firmar, informes que revisar… Poco trabajo en general, sí, pero del más tedioso que me había encontrado en los meses que llevaba como Director de la Academia. Me dije que cuanto antes lo terminara antes podría centrarme en lo que de verdad me interesaba.
Nueve días faltaban para el eclipse y no encontraba más que clavos sueltos. No habíamos determinado con total seguridad el lugar donde tendría lugar la ceremonia. Eliaz aún no había contactado con los Muriami ni tampoco había organizado su deseada expedición a los túneles desconocidos que aún quedaban bajo su mansión. En estos últimos días, además, parecía un poco distraído. Aunque su distracción era totalmente legítima: al fin y al cabo, estaba esperando un hijo.
Para colmo, después de que, por insistencia de Mitsuko, contrastáram2os con Soki las informaciones acerca del eclipse, nos habíamos topado con otro “interrogante”: en el Sereitei no sería un eclipse total. Aunque sería muy pequeña el área que quedara sin cubrir, la ocultación sólo sería completa en una región del Rukongai, al este. ¿En qué manera influiría eso en uno u otro lugar de reunión? Eso no lo sabíamos.
Mientras firmaba actas, una detrás de otra de forma casi mecánica, lo que realmente me estaba planteando una y otra vez era lo que habíamos hecho, lo que estábamos haciendo y lo que íbamos hacer y sus posibles consecuencias. Había permanecido buena parte de la noche pensando en lo mismo De alguna manera, arropados por el sorprendente apoyo de la Novena División todo parecía más claro, más seguro, más… probable. Era reconfortante, pero al mismo tiempo desconcertante.
Firmadas las actas, las dejé en la mesa de Rina para que las registrara cuando llegase, más tarde, cogí luego los informes de mi escritorio y me los llevé a la butaca. Básicamente, los puse delante de mis ojos y, de vez en cuando, pasaba alguna página a título testimonial, para engañar a un misterioso e imaginario observador que pudiera estar vigilante. Mi mente estaba realmente en otro lugar, esforzándose por entender el misterioso cambio de actitud de Kyrek hacia mí.
No es que en las palabras del joven Capitán de la Novena División hubiera encontrado una renovada confianza en mí, un aprecio distinto al que había mostrado meses atrás en mi última visita al Cuartel, pero evidentemente algo había cambiado. Estaba encantado y satisfecho con aquel cambio, pero me intrigaban los motivos que lo habían provocado. Db había hablado con él y, también, “tenía amigos muy insistentes, en palabras del propio Kyrek.
¿Quiénes? Por supuesto Db, que personalmente había admitido haber hablado con su superior, y posiblemente Eliaz y Mitsuko, Bone… habrían intercedido por mí en aquella situación, aún cuando este último no conociera los avatares de nuestra investigación y, posiblemente, ninguno de ellos estuviera al tanto de mis diferencias con el Teniente a la hora de que se embarcaran en aquella nueva aventura. De todas formas, los tres eran conscientes de mi malestar por el encontronazo con el líder de su Escuadrón. Incluso Okita lo conocía, aunque su timidez me hacía más difícil incluirlo en aquel grupo, por lo menos en la categoría de “muy insistente”.
Pasé otra página y sonreí. No cabía duda de que mi “familia”, a la que por un momento había dudado de seguir perteneciendo, continuaba ahí, de otra forma, pero ahí. Seguía siendo miembro, no de forma efectiva pero sí de forma afectiva, de la División que me había visto crecer y a la que siempre había querido pertenecer. Eso provocaba un sentimiento reafirmante. No debía estar haciéndolo mal del todo.
Para ser completamente justos, a la hora de aquel juicio que estaba haciendo, tendría que tener en cuenta algo de lo que ya me había percatado en su momento: la actitud de Kyrek hacia mí nunca había sido algo personal o esencialmente personal. De hecho, nuestra relación durante sus años en la Academia había sido inmejorable. Detrás de aquellas cautelas que había puesto hacia mí estaban principalmente la necesidad de afianzar su autoridad hacia los suyos, hacia sus iguales y hacia sus superiores. Poner entre paréntesis la relación de la División con un “elemento conflictivo” como yo, le habría hecho sumar puntos con estos dos colectivos últimos, sacrificando, no sé hasta qué punto, la confianza de alguno de sus subordinados.
Ahora debía importarle menos o, quizás, consideraba que había ganado la suficiente reputación entre el Gotei y la Cámara como para reconducir las relaciones y, de ese modo, “limpiar su imagen” frente a quien pudiera haberle interpretado mal. No en vano, su Escuadrón había alcanzado ciertos éxitos dando caza a algunas de las células vandálicas, cuando no terroristas, que habían puesto en alerta la seguridad del Sereitei.
– Debería dejar de pensar tanto en ese tipo de cosas – me recomendó la voz profunda de Balmung.
Levanté la vista hacia el origen de la frase y me encontré el monje, que se había materializado por su cuenta y había tomado asiento en la butaca que quedaba justo en frente de la mía, con las manos entrelazadas sobre su vientre y una sonrisa divertida en la cara. Pronto cambió el gesto por uno que demostraba una genuina preocupación y se removió un poco incómodo en el sillón, como si algo le hubiera ocurrido que le hubiera molestado.
– ¿Qué pasa?
– Nada, nada… – contestó. – Es sólo que… – se detuvo en mitad de la frase y sacudió una mano restándole importancia. – A lo que iba. La Nueve te va a ayudar, punto – sentenció. – No le des más vueltas que sólo vas a acabar mareándote.
– Ya, pero…
– Concentrémonos en lo importante ahora.
– Sí… – me levanté, dejando las gafas sobre la mesa y frotándome los ojos con cansancio. – El eclipse, ya sé – dejé los informes sobre el escritorio y cogí el libro que me había dejado Db.
– No, eso no – corrigió el espíritu de mi espada.
– ¿Ah, no? ¿Y qué es lo importante si se puede saber? – pregunté con retranca.
– La chica, por supuesto – replicó con toda la naturalidad.
– ¿La chic..? Ah, Kara – caí en la cuenta. – Llega tarde, ahora que lo pienso – eché un vistazo.
– Mejor – asintió con calma. – ¿Qué piensas hacer con ella?
– ¿Cómo que qué pienso hacer con ella?
– Rido, aquí has abierto una puerta que no vas a poder cerrar – contestó. – Y por ella van a empezar a salir monstruos…
– Vaya, ahora te pones filosófico.
– No estoy de coña. Le prometiste a esa niña que le ayudarías con su pasado, ¿recuerdas?
– Sí, lo sé – dije.
– Y ayer te dijo que estaba preparada para dar ese paso, ¿cierto?
– Para eso estamos aquí.
– Sin embargo… – se levantó y comenzó a andar lentamente, llevándose una mano a la espalda y otra a la boca con un gesto pensativo pero excesivamente teatral. – Sin embargo no estás para eso ahora mismo…
– ¿Qué insinúas?
– Que hay demasiado en juego – sentenció. – O estás concentrado en esto o estás pensando en lo del eclipse…
– Puedo manejar las dos situaciones a la vez – alegué.
– Más te vale – comentó.
– Mira, viejo… – repliqué. – Puedo con ello.
– Rido, llevas semanas distraído – objetó.
– No es verdad…
– ¡Sólo piensas en Nadie! ¡Día y noche! – se excitó. – Ya podría estarse derribando el mundo que tú estarías pensando en eso. Mírate – señaló con desprecio los informes. – Ni siquiera les has prestado atención. ¡Tú, Rido! ¡Tú que eres un obsesivo de la educación, que quieres controlar casi cada detalle de lo que pasa en la Academia!
Lo observé en silencio, ofendido de sus acusaciones. Él también permanecía mudo, quieto, mirándome fijamente con gesto duro y censurador, aunque a la vez profundamente preocupado. Al final, el peso de sus ojos venció mi resistencia y aparté la vista con vehemencia. Aquello no iba conmigo. Eran puras imaginaciones suyas.
– Sólo digo que si no te centras vas a joderla – afirmó en tono más calmado. – Estás jugando con la cordura de esa niña, Rido.
– ¡¿Crees que no lo sé?! – exploté, levantándome de golpe.
Un callado velo volvió a cernirse sobre nosotros, pero ya no nos mirábamos. Yo me había movido violentamente hacia el mueble bar, dándole la espalda al monje. Tenía la vista clavada en la pared y apretaba los dientes en gesto de rabia. Sospechaba que mi contrincante en aquella discusión podía tener razón. Si no, ¿por qué me afectaba tanto lo que me estaba echando en cara? Lo rechazaría de pleno, como hacía tantas veces con las inventivas que me lanzaban los que se consideraban mis oponentes. Había verdad en las acusaciones de Balmung, pero no quería admitirlo. Por eso me dolían tanto.
– Ven… – propuso resignado.
– ¿A dónde?
– Te conozco – habló. – Eres cabezón como tú solo y vas a seguir adelante con esto. Si quieres ayudar a esa niña tienes que calmarte antes de que llegue – observó. – Así que vamos.
Sin esperar a que yo le diera mi consentimiento, tiró de mí hacia mí mismo y me transportó junto con él al monasterio. Era la primera vez en mucho tiempo que no iba allí voluntariamente y mi cuerpo no recordaba la sensación ajetreada que suponía aquel tipo de viajes, así que me costó unos segundos recomponerme.
No le dije nada. Simplemente me acerqué en las escaleras de la entrada del edificio y me senté a contemplar el paisaje. El cielo andaba un poco turbio, amenazaba tormenta. Medité un momento acudir dentro, por si acaso, pero el sonido del cerrojo detrás de mí dejó claras las intenciones de mi anfitrión en aquella dimensión. Si no quería ahogarme en mi propia rabia más valía que me lo ganara. Esta vez no valía esconderse.
Pasamos un buen rato, no sabría decir cuánto, simplemente en silencio. Sabía que él estaba allí, detrás de mí, observándome vigilante, como siempre hacía. Juzgándome, que era uno de sus pasatiempos favoritos. Pero, por una vez, no protestaba. No lo hacía verbalmente al menos. Sólo seguía allí, de pie, inmóvil, recordándome los motivos de nuestra discusión y nuestra estancia en mi mundo interior con su mera presencia.
Por un momento, movido por mi orgullo como un niño caprichoso y dispuesto a no dejarme ganar me dije que si tenía todo el tiempo del mundo podía aprovechar para reorganizar mis ideas sin que me asaltaran las prisas del mundo real. Un carraspeo del monje me hizo volver a mi lugar. ¿De qué servía engañarse? Él tenía razón.
Él tenía razón y yo me había estado engañando todo el rato, aunque no me gustara reconocerlo. Si de verdad quería ayudar a Kara tenía que estar al doscientos por cien volcado en ella. Era una joven con unas necesidades demasiado especiales, con un pasado demasiado turbulento y si me había comprometido a guiarla y acompañarla en un viaje hacia los momentos más oscuros de su historia para que pudiera reconciliarse consigo misma no podía decepcionarla. No por no prestar toda mi atención.
Así que poco a poco fui apartando de mi consciencia los pensamientos que minutos antes, en el mundo real, me inquietaban. Alejé a Nadie, a Kyrek y a la División 9, prescindí de eclipses y estrategias y los arrinconé a todos en un rincón de mi mente. Comencé a repasar mis conversaciones con la estudiante, a darle vueltas, pero, de alguna forma, me sentía lento, parado, atascado.
– Voy a entrar – advertí, poniéndome en pie.
– No.
– Tú verás – pasé a su lado con despreocupación. – La llave la tengo yo.
Empujé la puerta sin ninguna dificultad mientras el monje chascaba la lengua. No le hice caso y, al fin, él tampoco le dio mucha importancia, porque me siguió al interior del claustro sin tardanza y sin mediar ningún tipo de protesta por su parte. Sabía que caminar me calmaba y me ayudaba a pensar y a organizarme, sobre todo cuando me encontraba espeso. Y, para él, mis pensamientos eran como un libro abierto, así que sabía perfectamente que no estaba empantanándome otra vez con los temas que me habían llevado hasta allí.
Di varias vueltas alrededor del patio de piedra, con el monótono sonido del agua de la fuente y el claqueteo de los pasos de mi acompañante, que parecía mi sombra, y los míos como únicas amenazas al silencio reinante. Perdí la noción del tiempo mientras me perdía en mis giros y repasos, con mi habitual obsesión por tener las cosas claras.
– Venga, tampoco hay que pasarse.
Con la misma violencia y la poca anticipación con que me había llevado hasta sus dominios, Balmung me expulsó de ellos. Sin darme casi cuenta, de nuevo estaba en mi despacho frente al mueble bar. Pero esta vez estaba solo. Valoré la posibilidad de volver y quejarme por la inoportuna intromisión, pero ¿de qué serviría? Además, tenía cosas que hacer.
Muy probablemente, Kara no había entrado nunca en su mundo interior. Eso suponía un proceso lento si se llevaba de forma natural y sería demasiado engorroso. Teniendo en cuenta la fragilidad de su psique, aún a pesar de lo que hubiera podido afianzarse en nuestras sesiones previas, estaríamos tomando un gran riesgo. No sabía en qué etapa de su desarrollo estaba y, aunque entrar en mi mundo interior debía haber “despertado” de alguna forma el suyo (o al menos eso decía mi madre), era probable que, en una época tan temprana de su crecimiento como shinigami, sólo pudiera acceder a él a través de una experiencia traumática, como ocurría con algunos alumnos.
Si no podía ser de otra forma, tendría que ser así. No quedaba otro remedio. Pero afortunadamente, contaba a priori con otros medios. Si no recordaba mal, tenía en mi apartamento, en la cocina, algo de la infusión que mi madre y mi abuelo habían utilizado para completar aquel mismo camino conmigo y que había tenido que usar en mi entrenamiento para desarrollar aquella habilidad.
Pero tampoco podía salir. ¿Y si venía en aquel momento? Podía dejarle una nota diciendo que me esperara, pero tampoco sería muy cortés. Aunque hablando de cortesía, le había dicho que podría encontrarme en mi despacho después de la hora de desayunar y ya habían pasado varias horas desde entonces. Tampoco es que importara o que le hubiera puesto una hora fija pero, en cierto modo, llegaba tarde.
La respuesta a mi duda sobre si acercarme a mi apartamento a por la droga antes de que llegara me la dio la llegada de Rina. Le dije que se encargara de retener allí a Kara que volvería enseguida. Caminé rápido hacia casa, cogí las hierbas y volví todo lo deprisa que pude hacia el edificio principal de la Academia. Pero como las casualidades son así de graciosas, ella ya estaba esperándome en la antesala, en los pequeños asientos que había frente a la mesa de mi secretaria.
– Buenos días, Kara – sonreí. – ¿Llevas mucho tiempo esperando?
– N… no…
– ¿Vamos dentro?
Como siempre hacía cuando me encontraba con ella, comencé por una charla informal que aliviara la tensión inicial que siempre imponía su timidez. Nos sentamos y, cuando la vi tranquila, me levanté hacia el mueble bar para prepararle un té. Eso fue lo que le dije para evitar que se pusiera nerviosa. Sin embargo, no fue té lo que puse en su taza.
– Lo que vamos a hacer hoy es muy importante – le dije. – Necesito que estés bien tranquila y preparada. ¿De acuerdo?
– S… Sí.
– En cualquier momento, tú me dices que pare y paramos, ¿vale?
Asintió callada mientras aceptaba la taza que le entregaba. Sonreí y bebí un sorbo de la mía para luego apartarla rápidamente de mis labios con un gesto de escozor. El agua estaba aún demasiado caliente. Me senté en mi butaca y le recordé brevemente el procedimiento que habíamos seguido ya antes para evitar que algo le cogiera por sorpresa.
– ¿Qué? – le pregunté, después de asegurarme de que se acordaba de todo. – ¿No te tomas el té? Se te va a enfriar…
Impelida por mi sugerencia, bebió casi de un trago lo que le quedaba en su taza e inmediatamente comenzó a sentir un cierto sopor, debido a lo apurado de la ingestión. Le eché mano y le ayudé a recostarse en su asiento para que no cayera de bruces contra la mesita que había en el medio de las dos butacas.
Me bebí el té mientras conversábamos. Como siempre, las palabras del maestro tenían la capacidad de calmar mi espíritu, de acallar las voces que por dentro me indicaban el camino incorrecto… Poco a poco, el sueño me fue invadiendo…
– Antes de dormirte, escúchame bien, ahora te enfrentarás al dragón, a tu demonio más grande. No tienes otro remedio que ganar y tú tienes la fuerza para ello. Lo sé. Puedes hacerlo. Tienes que vencerlo, sea como sea. Confío en ti.
– Kara… – la llamé en voz baja y ella levantó ligeramente los párpados, que ya le pensaban como dos losas. – Kara, escúchame. Ahora agárrame fuerte y no me sueltes, ¿vale? – le pedí, y ella apretó mi mano. – No, no sólo lo hagas – sonreí en un susurro que ella ya apenas podía percibir. – Piénsalo, imagínalo.
En cuanto ella ya no tuvo las fuerzas suficientes como para mantener los ojos abiertos y la conciencia despierta, yo cerré los míos y traté de “perseguirla” hacia su mundo interior. De nuestras experiencias anteriores, tanto ella como yo habíamos aprendido mucho el uno del otro y sobre todo el proceso. Ella había aprendido mucho, y no le costó trasladar aquella imagen de aferrarse a mí, a mi manga. Yo sólo tuve que afirmar aquel vínculo y abrir la puerta delante de mí para entrar…
Lo que vi cuando abrí los ojos, ya lejos del traqueteo del viaje hacia el interior de la muchacha no era precisamente esperanzador. Una bruma espesa, oscura, densísima, apenas dejaba ver un metro más allá de nuestras narices. Y a duras penas. A partir de ahí, lo mejor que se podía percibir eran tímidas sombras disimuladas entre la niebla. Pero aquellas sombras dejaban algo claro: frente a nosotros se alzaba una gran mole, probablemente un edificio.
Noté como ella me agarraba de mi ropa y se escondía detrás de mí. Me giré levemente, lo suficiente para mostrarle una sonrisa que tenía más de mentira piadosa que de segura. Luego volví de nuevo la vista al frente, respiré profundamente, todo lo profundamente que la humedad que impregnaba el ambiente permitía, y caminé hacia delante, hacia la niebla.
A medida que avanzábamos, el suelo, que era lo que más claro se presentaba ante nosotros, iba cambiando. Fue sembrándose de adoquines, primero, y de losetas blancas, después. Pero no configuraban, en cualquier caso, la imagen de un lugar en buen estado. Estaban agrietadas, rotas y, muchas de ellas, fuera del sitio que deberían ocupar en su origen. Luego unas escalerillas, de madera, bajas y un gran porche, también de madera, con las tablas totalmente combadas, podridas por la humedad y destartaladas.
Después de avisarla, di dos pasos hacia atrás, con prudencia, fijándome bien por dónde pisábamos y contemplé la estructura con una mayor idea de a qué nos estábamos enfrentando. No había duda (o al menos eso me parecía), de que se trataba de la típica casa oriental, japonesa, como tantas que abundaban por el Sereitei y el Rukongai. Como la mansión de los Akano o el Cuartel de la Novena División. La gran diferencia con aquellas era que esta estaba completamente en ruinas.
– Vaya, vaya, vaya, vaya…
Una voz profunda, rota, pero cargada de orgulloso sarcasmo surgió de entre la bruma en el extremo del porche, a nuestra derecha. Inmediatamente, comenzamos a distinguir una silueta que se acercaba a nosotros, acompañada por el sonido que sus sandalias de madera producían al chocar con el suelo y por el crepitar de una risa ahogada.
Por las formas, pronto pudimos ir adivinando que se trataba de una mujer ataviada con el suntuoso kimono que solían vestir las cortesanas de más categoría, con su artificioso tocado en la cabeza y su sombrilla en la mano derecha.
– Pero si es la niñata…
El grito mudo de terror de Kara cuando la silueta se convirtió en una figura bien definida al acercarse a nosotros embotó mi mente. Sus manos se aferraron a mi traje como si de ello le dependiera la vida y su cuerpo se pegó aún más al mío en busca de protección. Yo no pude más que tragar saliva, abrumado por la visión.
– ¿Tan debilucha eres que no te atreves a venir sola y tienes que traerte a… este? – se burlaba con un más que patente desprecio tiñendo su voz aquella hueca calavera que se escondía entre todos aquellos ropajes.



Viernes, 11 junio, 2010, 13:55 | 


