¡Es viernes! Una semana acaba, comienza el fin de semana y eso significa que, como todo va bien, hay capítulo de Akano. Ha llegado el final del curso y las perspectivas vacacionales se abren delante de Rido y sus amigos. Es el momento de decirle adiós a la actividad académica (al menos por unos meses) y de centrarse en el futuro inmediato.
Akano 38 – El tiempo está cambiando
Cerré la puerta del despacho y me di la vuelta por el pasillo adentrándome en la penumbra en la que las luces apagadas y el sol que se ocultaba tras las murallas habían sumido el corredor. El increíble silencio, apenas roto por el eco de mis pasos en las paredes de la galería y por los restos de sonidos distantes, la mayor parte de ellos procedentes del jardín principal.
Era una sensación, cuanto menos, extraña. Días atrás el ambiente era totalmente el contrario: pasillos bulliciosos, atestados de alumnos que esperaban inquietos el momento de enfrentarse a un examen o al cruel veredicto de la calificación, otros que preferían entretenerse y conjurar los nervios comentando sus planes para las ya inminentes vacaciones, profesores con el tedio que les producía el corregir pruebas marcado en sus caras y otros que, a juzgar por sus expresiones, estaban disfrutando haciendo sufrir a los que estaban a su cargo…
Pero no aquel día. En aquellos momentos la sensación más patente en el ambiente era la soledad, la calma… Nadie hubiera imaginado la situación anterior a juzgar por lo que veía en aquel instante. Era el curioso destino de la institución durante el verano. Nada más en la Sociedad de Almas se detenía: no descansaban los hollows, no descansaban los shinigami, mucho menos descansaba la gente del Rukongai que apenas tenía el lujo de pensar en qué sería de ellos el día siguiente. Pero nosotros, por suerte o por desgracia, aún podíamos permitirnos aquel parón.
Miré el reloj. Aún había tiempo, así que me permití caminar con más calma que la que llevaba habitualmente para atravesar aquellos corredores y recrearme en la inusual estampa que presentaba el edificio principal de la Academia. Ni siquiera siendo alumno, cuando pasaba mis vacaciones allí, lo recordaba así. Aunque en aquellas épocas, realmente sólo estaba en la Academia para dormir y la mayor parte del tiempo lo invertía en explorar los aledaños del Sereitei. Ya siendo shinigami nunca había tenido un verano libre… Ni siquiera se me había ocurrido la idea.
Pero este año era otra historia. Habían cambiado muchas cosas y muy rápido y el verano se me planteaba como una nueva experiencia. Aunque, en el fondo, todo dependía de lo que ocurriera diez días más tarde, la noche del eclipse. Si todo iba bien… No. No merecía la pena perderse en ensoñaciones. Seguro que si lo hacía, terminaría perdiendo la noción del tiempo, como ocurría siempre, y a pesar de salir con tiempo llegaría tarde.
Toda la escena cambió en cuando atravesé las puertas de entrada. El rumor contenido que dejaban pasar las paredes y que poco a poco había ido aumentando de tono a medida que me iba acercando al lugar se convirtió en un formidable alboroto producido por los cientos de personas que se reunían allí.
Porque en el patio central de la Academia se habían dado cita todos los profesores y alumnos vestidos en sus uniformes de gala, que no quería decir otra cosa que un uniforme normal limpio y libre de remiendos. Aquel era un día especial para muchos de ellos: se graduaban oficialmente y entrarían a formar parte de una de las Trece Divisiones del Gotei 13 en breve. También habían asistido varios, no todos, de los Capitanes, acompañados por sus Tenientes.
Era la primera vez que se celebraba una ceremonia de graduación como aquella, pero algunos profesores, Bone entre ellos, habían insistido en ello. Según él, si queríamos que la Academia tuviera verdadera importancia y la gente se la tomara en serio, había que darle importancia y “visibilidad”. En un primer momento, mi reacción había sido recomendarle que no viera tantas películas americanas; pero luego había pensado que “llamar la atención” no venía mal del todo.
– Señor Director – saludó protocolariamente y con cierto tono burlón Nakatoni.
– Buenas tardes, Capitán – repliqué en el mismo tono. – Veo que se ha aseado hoy.
Bufó algunas palabras indescifrables al círculo de profesores que le rodeaban, tratando de resarcirse de mi puñalada y me acerqué al corrillo en el que estaban los miembros de la Novena División rodeando a Mitsuko y acribillándola a preguntas sobre su embarazo. Después de dejarme saludar a los presentes, Db me llamó a un aparte con un gesto de la cabeza. Al vernos separarnos del grupo, Bone nos siguió también, a petición de su superior.
– He pensado en lo que hablamos el otro día – dijo sin ambages. – Y se lo he comentado a Ky.
– Espero que estés seguro de lo que haces – comenté, no muy convencido de la oportunidad de decírselo al Capitán.
– ¿De qué estáis hablando?
– Rido quiere dejarnos fuera de…
– ¡¿Otra vez?! – le cortó el gafotas.
– No… A ver… – me defendí. – No es que quiera dejaros fuera, es que es mejor para vosotros no venir.
– Rido, ¿por qué no nos lo dejas decidir a nosotros?
– Joder, Db – repliqué. – Sabes bien la cantidad de problemas en la que os meteríais…
– Precisamente por eso – sentenció. – Déjame que sea yo el que elija si quiere arriesgarse o no.
– Y lo mismo digo yo…
– Vale, vale – acepté. – Pero cuando vuestro jefe se os ponga tonto no me echéis a mí la culpa.
– Y ahora es cuando me decís de que narices se trata – dijo Bone.
Con los brazos en jarra, lo miré a los ojos un momento como queriendo pedirle que cambiara de opinión, pero la expresión de mi amigo dejaba ver que no pensaba hacerlo. A lo mejor es que, tal y como él decía, le había dejado demasiadas veces de lado y esta vez no tenía ninguna intención de permitírmelo. Al final, me di por vencido y le expliqué lo que habíamos averiguado y el plan, aún en pañales, que habíamos diseñado Eliaz, Db y yo.
– Rido – apareció la voz de Rina por detrás antes de que pudiera responder a una pregunta del profesor de Estudios Mortales.
Mi secretaria me indicó que era el momento de dar comienzo con los actos, así que me dirigí al pequeño estrado que se había instalado en el extremo opuesto a la entrada del edificio principal. A mi derecha quedaban los siete Capitanes que habían acudido, junto a sus segundos, a excepción de aquellos que eran profesores, como Nakatoni, Db o Xelloss que ocupaban su lugar detrás de mí. A mi izquierda, los alumnos que se graduaban lucían sus mejores sonrisas, enfundados, todavía y por última vez, en los uniformes blancos de la institución educativa.
– Señores Capitanes, señores Directores de Departamento, profesores, graduandos y demás alumnos, no os preocupéis: voy a ser breve – comencé.
Y lo fui, al menos teniendo en cuenta mis propios precedentes. Apenas hablé unos minutos recordando algunos de los puntos claves de lo que, como ya todos sabían, era mi concepto de Academia, el que quería ir plasmando a lo largo de los años que me mantuviera en el cargo y del que ya había hablado en la apertura de curso, aunque aderezado con los ingredientes que había ido descubriendo a lo largo del viaje introspectivo por el que había acompañado a Kara (o, más bien, por el que ella me había acompañado a mí) unas semanas antes.
No pude evitar, sin embargo, “meterme en política” como diría Bone. Aunque no busqué generar polémica, me vi forzado a referirme a las sospechas implícitas que vertían hacia mí los incidentes que, con cierta frecuencia, se venían reproduciendo en los alrededores del Sereitei, no porque se dirigieran contra mí, sino casi todo lo contrario.
Pero no lo hice directamente, sino que, teniendo en cuenta que los protagonistas allí eran otros, simplemente me referí a la obediencia y al respeto y el cariño a la institución a la que pasaban a formar parte. Más tarde, alguien, no recuerdo quien, me reprochó que me hubiera quedado a medias, que no hubiera sido más claro, pero dicen que a buen entendedor pocas palabras bastan. O eso pensaba yo en aquel momento.
Porque las verdaderas “estrellas” de toda aquella representación tan teatral eran los jóvenes a mi izquierda. En aquel acto se le entregaría el uniforme negro de shinigami, un gesto suficientemente significativo. Uno a uno, a medida que los iba nombrando Allariel, una profesora de Estudios Mortales que era, además, la más joven de todo el claustro, fueron recogiendo el uniforme de mis manos o de las de uno de los Directores de Departamento que me acompañaron en aquel protocolo.
Una vez cambiados y enfundados de su nueva vestidura y después de ser homenajeados con un caluroso aplauso por parte de todos los presentes, el delegado se acercó al micrófono para dirigirnos unas palabras de agradecimiento. Para el pánico de algunos de los que estaban allí, volví a coger el discurso cuando él acabó y amenacé con retomar lo que había dejado a medias, pero simplemente avisé que el personal de cafetería nos había preparado unos pinchos en el gran comedor e invité a todo el mundo a acudir allí.
Durante el refrigerio el ambiente fue ya mucho más distendido. Durante un rato, profesores y alumnos nos mezclamos casi sin diferenciación. Evidentemente, la mayor parte del trato era con los recién graduados, que ya se confundían con los que hasta hacía nada habíamos sido sus maestros. Quizás era algo muy característico de nuestro gremio: un cierto “corporativismo”, por así llamarlo. ¿Quién sabía si alguno de estos jóvenes que veinte minutos antes aún iban de blanco nos salvaría la vida mañana?
– Unas ideas muy interesantes las que expusiste en tu comentario, Jared – le decía a uno de los recién graduados. – ¿Estás seguro de que no quieres entrar en el Departamento?
– ¿Ser profesor? – se sorprendía.
– Estoy seguro de que la Profesora Alamez estaría encantada de tener más mano de obra, – comenté, girándome hacia ella – ¿verdad?
– Cada vez más alumnos y cada vez menos profesores – lamentó con una sonrisa diplomática. – Y los pocos que tengo están demasiado ocupados. Nos vendrían bien un par de personas en el Departamento, sobre todo si el Profesor Akano tiene que centrarse en la Dirección.
– Espero que me dejes seguir dando clases – bromeé.
– La cuestión no es que te deje, Rido, es que puedas – me corrigió, después de darle un sorbo a la copa de vino.
– ¿Interrumpo? – intervino una nueva voz.
Estaba a mi espalda así que no lo dis4tinguí bien, pero el súbito rubor que tintó la cara del novato fue suficiente indicativo de la importancia del recién llegado. Aun a pesar de haber convivido con él no hacía mucho, con Jared, me refiero, un Capitán sigue siendo un Capitán y la capa blanca seguía imponiendo mucho, sobre todo a los que apenas llevaban tiempo en el cuerpo de Shinigamis.
– Oh, Kyrek – saludé. – ¿Te está gustando la fiesta?
– Una pena que no hubiera para nosotros el año pasado – respondió en un tono cortés aunque ambiguo. – ¿Podría hablar con usted un momento?
A juzgar por su expresión y por el ambiente general, del que, por lo entretenido que estaba en la conversación, apenas me había dado cuenta, habíamos llegado a ese punto en el que todo el mundo, por un consenso más o menos tácito y general, consideraba que ya se había cumplido suficientemente el protocolo y no importaba ya escabullirse. Unos lo hacían para tratar asuntos importantes de una forma discreta; otros, para continuar la celebración de una forma, precisamente, menos protocolaria o, cuando menos, con otro tipo de protocolo.
Con un movimiento de cabeza en sentido de disculpa, me excusé de mis acompañantes y comencé a caminar junto a Kyrek hacia los jardines de la Academia, donde pudiéramos hablar más tranquilamente. De forma casi instintiva realicé un rápido barrido espiritual, como siempre que sabía que iba a hablar de algo importante en un sitio aparentemente poco seguro, y me cercioré de que no había oídos indiscretos a los que pudiera interesarle nuestra conversación de una forma malsana.
– Supongo que te preguntas por qué…
– ¿Vuelves a tutearme? Es un progreso – reaccioné instintivamente. – Db me dijo que te había comentado lo de Nadie, así que… – respondí, recuperando un tono normal. – No, no me lo pregunto. En mi defensa, te aseguro que no quiero involucrarlos.
– No es eso, Rido – estableció.
– ¿No es por lo de Nadie?
– Eso sí, pero… – dudó. – Mira, tú y yo hemos empezado con mal pie.
– Me desorientas, Kyrek – le dije directamente. – Hace tres meses prácticamente me prohibiste la entrada en tu Cuartel y ahora…
– También te dije que no era nada personal – me recordó. – Necesitaba tiempo para hacerme al cargo y…
– Ganarte el respeto de los de arriba, lo entiendo – asentí. – Pero me considerabas una amenaza, lo cual es totalmente injusto, – acoté – y… no creo que hayas dejado de hacerlo.
– Tienes amigos muy insistentes – señaló como única respuesta. – Y aunque no guste, yo mismo me inclino a estar bastante de acuerdo contigo en alguna cosa.
– ¿Por qué todo el mundo piensa que soy alguna especie de político?
– Porque, aunque tú no lo creas así, lo eres – contestó. – Los jefes te ven así, los Capitanes te ven así y…
– Ya… – suspiré, entendiendo por dónde iba. – Pero tienes que creerme, yo no tengo nada que ver con eso.
– Te creo, te creo… – asintió, de una forma tranquilizadora. – Creo que nadie en sus cabales te acusaría de nada… aún.
– ¿Aún?
– No les voy a prohibir a Eliaz, Bone y Db que vayan – anunció, cambiando de tema. – Sólo a Mitsuko.
– Lo cual por otra parte es lógico – balbuceé, en un desesperado de mantener una cierta coherencia ante la sorpresa.
Realmente, no sabía cómo reaccionar. En mi enfrentamiento con Db y Bone por el tema, había esgrimido la más que posible oposición de Kyrek como uno de los motivos para evitar que fueran. No es que no quisiera que me acompañaran, es que no quería que se metieran en líos administrativos. Ellos todavía tenían una “familia” a la que pertenecían dentro del Gotei 13, quizás el hecho de que yo me sintiera excluido de la mía, me daba un punto de vista distinto sobre la importancia de seguir perteneciendo a ella.
– ¿Pero eso no supondrá un problema con la Cámara?
– La investigación sobre Nadie sigue siendo cosa de la Novena División – aclaró. – Tu entrarías como… “consultor experto”, al igual que otros.
– Pero yo la tengo “prohibida” – indiqué.
– ¿Ah, sí? – se hizo el loco, dando a entender que haría la vista gorda a ese respecto.
– Entiendo.
– Todo ha de pasar por mí – sentenció. – Oficialmente, yo coordinaré la operación a través de Db – dijo, enfatizando el adverbio. – Dispondré un equipo que te asista. ¿De acuerdo?
– Gracias, Capitán.
– Mantenme informado – ordenó, mientras se alejaba de mí hacia el edificio principal.
A contraluz, pude distinguir la figura del Director del Departamento de Kidou, que esperaba por su superior en la puerta. Le dediqué una sonrisa y bajé levemente la cabeza en un gesto de asentimiento que no estuve seguro de que pudiera percibir con tan poca luz. Mientras ellos se iban, yo me quedé un rato paseando por el patio pensando en el cambio de situación que acababa de producirse apenas unos minutos antes.
– ¡Ah! ¡Estás aquí! – sonó la voz de Eylinn a mi espalda.
– Estoy aquí – sonreí, mirando hacia ella.
– Había desaparecido, Señor Director – me reprochó en tono meloso.
– Sí, bueno, tenía asuntos que tratar – me excusé.
– ¿Todo bien?
– Sí – asentí sonriente. – Sí.
– Me alegro – correspondió. – ¿Damos un paseo?
– Mmm… – me lo pensé, mirándola a los ojos. – No. Mejor hoy no. Estoy cansado.
– Te acompaño a tu casa, entonces – propuso.
– Bueno… ¿Pero sabes lo que pensarían algunos de esos viejos si nos vieran paseando a ti y a mi solos, de noche, por el jardín y, además, yendo hacia mi casa?
– ¿Es eso una proposición indecente? – bromeó.
– Sólo estoy señalando un hecho objetivo – reí.
– Bah, déjales que piensen lo que quieran…
Efectivamente, me acompañó hasta la entrada de mi apartamento, aunque dimos un pequeño rodeo en el que aprovechó para, como era habitual, hacerme partícipe de sus planes y ensoñaciones para el verano que se aproximaba. Básicamente, se trataba de viajar y viajar. Quería que yo le acompañara, pero sabía que a lo mejor me era imposible. Aún así, me pedía una y otra vez que lo reconsiderara, por lo que le prometí que le daría una respuesta en cuanto solucionáramos el problema de Nadie.
– Tienes visita – observó, cuando nos acercábamos a la puerta.
– ¿Eh? – levanté la vista.
– Parece otra alumna… – se burló. – ¿Qué nos das?
– Eso me pregunto yo – resoplé. – En fin, te dejo aquí. No te importa, ¿verdad?
– No – sonrió.
– ¿Cuándo os vais para casa?
– Mañana – informó. – Tus padres nos esperan para comer. ¿Cuentan contigo?
– Lo intentaré.
– Nos vemos mañana.
Me despedí de ella y me giré para mi nueva visitante. Había reconocido perfectamente la figura así que, sin más preámbulo, abrí la puerta y le permití que entrara en mi vivienda antes de preguntarle nada. Era extraño que ella estuviera allí por su propia voluntad, pero si estaba allí era por algo importante de veras, de esas cosas que, a lo mejor, no era bueno tratar al aire libre.
– Shinigami-san… – saludó.
– Otra vez – me quejé. – Rido. Ri-do – reí. – ¿Qué te trae por aquí?
– Mañana me voy para la División 13 para el verano… – me contó. – Dijo que teníamos que volver a hablar antes de que comenzaran las vacaciones y…
– Sí, sí – recordé. – He estado muy liado últimamente – me disculpé. – Espera un momento, voy a poner agua para un té. He oído que muy bien de notas – comenté mientras me alejaba.
Conversamos un poco de la cuestión académica mientras se calentaba el agua. En cuanto la tetera silbó, avisando de que estaba listo, me levanté de nuevo y serví dos tazas de té que llevé en una bandeja hasta la mesa y volví a recostarme en la butaca. Todavía no entendía muy bien lo que venía a hacer ella allí a aquellas horas, pero tampoco tenía ninguna intención de prolongar mucho más la visita. La infusión tenía sólo la intención de ser cortés.
– ¿Qué te parece si quedamos mañana por la mañana? – le propuse.
– Va… Vale – asintió.
– Es que ahora es ya un poco tarde… Mañana… después de desayunar estaré en mi despacho. Pasa cuando quieras – le dije.



Viernes, 4 junio, 2010, 19:10 | 


