Estoy leyendo Cautivado por la alegría de C.S. Lewis (mi edición está publicada en Ediciones Encuentro en 2008), conocido a nivel general por sus Crónicas de Narnia y, dentro del mundillo religioso, por sus ensayos de corte, podríamos decir, apologético. En concreto, el libro que estoy leyendo es la historia de su conversión y, por tanto, tiene mucho de autobiográfico. Quería compartir con vosotros unos pocos pasajes de la obra que me han gustado-llamado la atención bastante. No tienen que ver directamente con lo religioso sino que va más por la rama literaria. Antes de los textos, os dejo una advertencia que, de suyo, debería ir al final. Cuando termines de leer todo esto seguramente te preguntes: “Y todo este rollo, ¿para qué? ¿Qué me quieres contar, Ricardito?” Pues… como este post se me ha quedado muy largo, lo dejaré para una entrada posterior, ¿de acuerdo? Ahora, simplemente, os pido que disfrutéis con la lectura de los pasajes que he seleccionado:
Lo que me llevó a escribir fue la extrema torpeza manual que siempre he sufrido. Lo atribuyo a un defecto físico que tanto mi hermano como yo heredamos de nuestro padre: sólo tenemos una articulación en el dedo pulgar. La articulación de arriba (la más cercana a la uña) está ahí, pero es una mera ficción; no la podemos doblar. Pero sea cual sea la causa, la naturaleza me dotó desde mi nacimiento de una incapacidad interior para hacer cualquier cosa. Con un lápiz y una pluma era suficientemente mañoso, y todavía sé hacer hoy un lazo tan perfecto como el de una corbata de pajarita, pero siempre he sido incapaz de aprender a manejar una herramienta, una raqueta, un arma de fuego, unos gemelos o un sacacorchos. Esto fue lo que me obligó a escribir. Tenía muchas ganas de hacer cosas: barcos, casas, motores…, y estropeé muchas cartulinas y tijeras sólo para salir llorando y sin esperanza. Como último recurso, como pis aller, acabé escribiendo cuentos; no podía imaginar a qué mundo de felicidad estaba siendo admitido. Puedes hacer más cosas con un castillo en un cuento que con el mejor castillo de cartulina jamás visto en la mesa de un cuarto de jugar. Pronto exigí una habitación en el ático y la convertí en «mi despacho». Colgué en las paredes dibujos hechos por mí mismo o recortados de revistas navideñas de brillantes colores. Allí guardé mi pluma, e tintero, cuadernos y una caja de pinturas; y allí ¿cabe a una criatura mayor felicidad que disfrutar la vida en libertad? Aquí escribí e ilustré, con gran satisfacción, mis primeros cuentos. Intentaba combinar mis dos placeres literarios principales, los «animales vestidos» y los «caballeros armados». El resultado fue que escribí sobre ratones y conejos caballerescos que, con sus cotas de malla, cabalgaban para matar gatos en vez de gigantes. Pero ya había calado en mí el humor del hombre sistemático, el mismo humor inagotable que llevó a Trollope a producir sus Barshetshire. La Animalandia que iniciamos durante las vacaciones, cuando mi hermano estaba en casa, fue una Animalandia moderna. Tenía que tener trenes y barcos de vapor para que la pudiéramos compartir. De ello se derivó que la Animalandia medieval sobre la que yo escribía debía ser el mismo país que en el período anterior; y, por supuesto, ambos períodos tenían que ser perfectamente consecutivos. Esto me llevó del romance a la historiografía; me puse a escribir una historia completa de Animalandia. Aunque todavía existe alguna versión de este instructivo trabajo, no tuve éxito al traerlo a los tiempos modernos; los siglos cuentan con gran cantidad de acontecimientos y todos ellos tienen que salir de la mente del historiador. Pero hay una pincelada en la Historia que todavía recuerdo con orgullo. Las aventuras que llenaban mis cuentos estaban sólo insinuadas y se advertía al lector que podían ser «sólo leyendas». De algún modo, Dios sabe cómo, me daba cuenta incluso entonces, de que un historiador podría adoptar una actitud crítica hacia el material épico. Desde la historia sólo había un paso hacia la geografía. Pronto hubo un mapa de Animalandia, varios mapas, todos ellos con bastante coherencia. Después tuve que relacionar geográficamente Animalandia con la India de mi hermano y, en consecu8encia, la India abandonó su lugar del mundo real. La convertimos en una isla cuya costa norte corría por detrás del Himalaya; rápidamente mi hermano inventó las principales rutas de navegación entre ella y Animalandia. Pronto hubo todo un mundo y un mapa de ese mundo en el que aparecían todos los colores de mi caja de pinturas. Y las zonas de ese mundo que considerábamos nuestras, Animalandia y la India, se fueron habitando con personajes verosímiles.
Esto podemos leer en las páginas 18-19. La narración de los vericuetos de la creación y desarrollo de Animalandia se retoma en las páginas 69-71:
Pero Animalandia y la India se acabaron definitivamente; en algún momento a finales del siglo XVIII (su siglo XVIII, no el nuestro) se habían unido para formar un estado único, Boxen, que, por raro que parezca, daba lugar al adjetivo boxoniano y no boxeniano, como podría esperarse. Por una sabia previsión habían conservado reyes distintos, pero tenían una asamblea legislativa común, el Damerfesk. El sistema electoral era democrático, pero tenía menos importancia que en Inglaterra porque el Damerfesk nunca estuvo condenado a reunirse en un lugar determinado. Poniéndose los dos soberanos de acuerdo, podían convocarlo en cualquier sitio, por ejemplo en el pequeño pueblo de pescadores de Danphabel (el Clovelly en el norte de Animalandia situado al pie de las montañas) o en la isla de Piscia; y como la Corte se enteraba de la elección de los soberanos antes que nadie, se podía reservar el alojamiento antes de que algún súbdito lo supiera y además, si alguno conseguía saberlo, no tenía la menor seguridad de que no se hubiera trasladado a otra parte antes de que él llegara. Así, oímos hablar de cierto súbdito que nunca se había sentado en el Damerfesk, excepto en una ocasión en que tuvo la suerte de que se reuniera en su ciudad. A veces las crónicas llaman a esta asamblea parlamento, pero es un error. Sólo había una cámara presidida por los reyes. Sin embargo, en el período que conozco mejor, el control efectivo no estaba en sus manos, sino en las de un funcionario indispensable conocido como Pequéñoalcalde (hay que pronunciarlo como una sola palabra poniendo el acento en la segunda sílaba). El Pequéñoalcalde era como un primer ministro, un juez y, si no siempre Comandante en jefe (las crónicas disienten en este punto), sí miembro del Estado Mayor. Al menos estos eran los poderes que ostentaba cuando visité Boxen por última vez. Debió de haber alguna usurpación, porque en aquel momento ocupaba el cargo un hombre (o para decirlo con mayor propiedad, una rana) de gran personalidad. Lord Big hacía uso de una ventaja bastante desle7al: había sido tutor de los dos jóvenes reyes y seguía ejerciendo sobre ellos una autoridad casi paterna. De vez en cuando intentaban deshacerse de su yugo, pero, desgraciadamente, sus esfuerzos iban más dirigidos a evadirse de sus exigencias y dedicarse a sus placeres privados que a ningún fin político serio. El resultado fue que Lord Big, de gran estatura, voz resonante, caballeresco era el vencedor de numerosos duelos), violento, elocuente e impulsivo, casi era el Estado. El lector adivinará un cierto parecido entre la vida de los dos reyes bajo Lord Big y nuestra propia vida bajo nuestro padre. Tendrá razón. Pero Big no era simplemente, en su origen, nuestro padre, primero convertido en batracio y luego caricaturizado en unos aspectos y glorificado en otros. En cierto modo era una descripción profética de Sir Winston Churchill como Sir Winston Churchill llegó a ser durante la última guerra; de hecho, he visto fotografías de aquel gran hombre de estado en las que, para cualquiera que hubiera conocido Boxen, el parecido con la rana era innegable. Ésta no fue nuestra única anticipación al mundo real. El mayor adversario Lord Big, la china de su zapato, era cierto oso marrón y pequeño, un teniente de navío y, me creas o no, el teniente James Bar era casi exacto a Mr. John Betjemann, cuya defensa no hubiera podido hacer entonces. Siempre, desde que hice aquello, he estado jugando a Lord Big contra su James Bar. Lo interesante respecto al parecido entre Lord Big y mi padre es que aquellos reflejos del mundo real no fueron el punto del que Boxen partió. Eran más numerosos a medida que se acercaba su final; una señal de madurez excesiva o, incluso, del principio de la decadencia. Vuelve atrás un poco y no los encontrarás. Los dos soberanos que permitían que Lord Big les dominara eran el Rey Benjamín VIII de Animalandia y el Rajá Hawki (creo que VI) de la India. Tenían mucho en común con mi hermano y conmigo mismo. Pero sus padres, los viejos Benjamín y Hawki, no. Hawki V es una figura oscura, pero Benjamín VII (un conejo, como ya habrás adivinado) es un personaje perfecto. Todavía le puedo ver, el conejo de mandíbulas más fuertes y de espaldas más anchas del mundo, muy gordo en sus últimos años, vestido con un ancho abrigo marrón y unos pantalones bombachos demasiado usados y poco apropiados para un rey, y, sin embargo, con una dignidad que podía, a veces, adoptar posturas desconcertantes. Su juventud había estado dominada por la creencia de que podía ser a la vez rey y detective aficionado. Nunca tuvo éxito en lo segundo, en parte porque el principal enemigo que perseguía (Mr. Baddlesmere) no era un criminal de verdad, sino un lunático, una complicación que hubiera echado abajo los planes del mismo Sherlock Holmes. A menudo había sido secuestrado, a veces por mucho tiempo, causando gran preocupación a su Corte (no sabíamos que su colega, Hawki V, compartía esto). Una vez, al volver de uno de estos reveses, tuvo grandes dificultades para hacerse reconocer: Baddlesmere le había matado y la familiar figura marrón volvió a aparecer como un conejo de colores. Finalmente, ¿en qué no pensarán los niños?, fue un científico que experimentó antes que nadie con lo que desde entonces se ha llamado inseminación artificial. El juicio de la historia no puede considerarle un buen conejo ni un buen rey, pero no fue un cero a la izquierda. Comía prodigiosamente.
Hasta aquí la historia de Animalandia. Termino ya, recuperando dos textos, el primero en la página 20 y el segundo en la página 71:
Ya estará claro que en esta época (a la edad de seis, siete y ocho años [lo que corresponde a la primera de las citas]) mi vida transcurría totalmente en mi imaginación o, al menos, que las experiencias imaginarias de aquellos años ahora me parecen más importantes que cualquier otra cosas. Así, he pasado por alto unas vacaciones en Normandía (de las que, sin embargo, conservo recuerdos muy claros) como algo sin importancia; si se pudieran extraer de mi pasado, yo podría ser casi exactamente el hombre que soy. Pero la imaginación es un mundo ambiguo y tengo que hacer algunas aclaraciones. Puede significar el mundo del ensueño, del soñar despierto, de la fantasía llena de ilusiones. De eso yo sabía más que suficiente. A menudo me imaginaba a mí mismo causando buena impresión. Pero debo insistir en que esta actividad era totalmente distinta de la invención de Animalandia. Animalandia no era en absoluto una fantasía en este sentido. Yo no era uno de los personajes que contenía. Era su creador, no un candidato a ser admitido en ella. La invención es distinta del ensueño en su misma esencia; si alguno es incapaz de reconocer la diferencia se debe a que no ha experimentado ambas. Cualquiera que lo haya hecho me entenderá. Cuando soñaba despierto me preparaba para ser un loco, cuando dibujaba los mapas y redactaba la crónica de Animalandia me preparaba para ser un novelista. Date cuenta, un novelista, no un poeta. Mi mundo inventado estaba lleno de interés, animación, humor y carácter (para mí), pero en él no había poesía, ni siquiera romance. Era asombrosamente prosaico*. Así si utilizamos la palabra imaginación en un tercer sentido, el más alto de todos, este mundo inventado no era imaginario. ____ * Para los lectores de mis libros infantiles, la mejor manera de exponer esto sería decir que Animalandia no tenía nada en común con Narnia, excepto los animales antropomorfizados. Animalandia, por su propia esencia, excluía la más leve sombra de fantasía.
Y ahora que he abierto la puerta, todos los boxonianos, como los espíritus en Homero, exigen ser mencionados. Pero tengo que negárselo. Los lectores que hayan construido un mundo preferirían hablar del suyo que no oír del mío, y los que no, quizás se sienten desconcertados y esto les repele. Boxen no tuvo ninguna conexión con la Alegría. Sólo lo he mencionado porque omitirlo habría sido dar una visión parcial de esta época de mi vida. Debo repetir aquí una advertencia. He estado describiendo una vida en la que la imaginación, de un tipo o de otro, jugó un papel preponderante. Recuerda que jamás significó el más leve atisbo de creencia, nunca confundí la imaginación con la realidad. Respecto a la «pasión por lo nórdico», no pudo presentarse este problema: era esencialmente un deseo e implicaba la ausencia de su objeto. Y en Boxen nunca pudimos creer porque nosotros lo habíamos inventado. Ningún novelista (en este sentido) cree en sus propios personajes.



Jueves, 6 mayo, 2010, 17:34 | 


