Seguimos avanzando en esta saga tan introspectiva de forma involuntaria, aunque creo que este es el capítulo más flojo de los cuatro que la componen. Si en el anterior Rido se tenía que enfrentarse a su(s dos) muerte(s), esta vez el capítulo entero gira en torno a otra pérdida importante y que marcaría el inicio de la “carrera” de Rido II. Eso… y algo que ocurre al final, pero eso, mejor lo veis al final.
Akano 33 – Los gozos y las sombras II (Bastón)
– Pues sí que son bonitas las vidrieras, sí – otorgué al entusiasmado espíritu de mi espada. – Lo que aún no entiendo es por qué me has traído aquí y no nos has llevado a la sala de los cuadros.
– Sólo quería que lo vieras con tus propios ojos – contestó. – Pero si vas a pasar de todo… Hazlo, si quieres – se encogió de hombros. – Tú verás…
Había algo en aquel “Tú verás” que recordaba a las madres cuando pronunciaban esas mismas palabras. “Tú verás lo que haces”. “Ya caerás”. “Luego no vengas llorando”. Si en el fondo todo venía a significar más o menos lo mismo. Y sabía bien qué era lo que pretendía Balmung y cuánta razón tenía. Lo que pasaba es que prefería guardarme aquella conversación para un momento más privado. No delante de Kara.
– Vamos, anda…
Siguiente sesión, siguiente cuadro, siguiente prueba… Todavía no había acabado de asimilar el tremendo giro que había dado toda la situación después de aquella relectura de mi muerte, de mis dos muertes, pero tenía que seguir adelante, porque así me había comprometido con Kara. Y saber cuál iba a ser el pretexto o el punto de partida no era precisamente consolador.
– ¿Cómo te llamas? – me preguntó aquel hombre.
Mi nombre, el nombre de un perdedor. No. Era alguien nuevo. Alguien sin identidad. No iba a vivir con ellos. ¿Para qué decirle nada?
– Yo… – dudé – Yo no tengo un nombre que merezca ser recordado.
– ¡Oh! ¡Vamos! Todo el mundo tiene un nombre, y todo el mundo merece ser recordado.
– Pues yo no.
– Si vamos a ser amigos…
“Amigos”… Alguien como yo no podría tener amigos. ¿Para qué? ¿Para causarles sufrimiento? ¿Para dejarlos tirados a la primera de cambio? No. Yo no podía tener amigos. Era imposible. Si vivía lejos de cualquier sentimiento tendría la oportunidad de no volver a sufrir, ni a hacer sufrir.
– ¿Amigos? – le interrumpí. – Lo único que conseguirías es que te hiciera daño. Es mejor para todos que me quede aquí, solo.
– No digas tonterías. En fin, si no me quieres decir nada, te llamaré Rido. Tienes cara de llamarte así.
– No me escuchas, ¿verdad?
– No – me dijo, con una sonrisa de oreja a oreja.
– Es increíble como una sola persona puede cambiar del todo la forma de pensar de otro – comenté nostálgico. – A mí, Yonas me devolvió la sonrisa, me sacó de las sombras en las que me había encerrado y… me creí mejor: Seguro que tú has sentido algo parecido con tus amigos – sugerí. – Es decir… Aunque no te lo creas, tú y yo somos muy parecidos. Cuando llegué aquí, al Rukongai, tenía miedo de todo, de la gente, de los animales… de mí.
Ella escuchaba con atención todo lo que le estaba diciendo. Voluntaria o involuntariamente permanecía en silencio, sentada a mi lado, mientras observaba el paisaje que se divisaba desde lo alto de la colina que dominaba el Distrito 57 Oeste y asistía a mi narración.
– Me creía una mierda. Para mí, vivir era una maldición, por eso me había suicidado – continué, echándome hacia atrás hasta quedar acostado sobre la hierba. – ¿Qué cojones pintaba yo aquí? Pues eso… nada. Lo único que iba a hacer era molestar, así que… me aislé. O lo intenté – rechisté. – Pero él no me lo puso fácil. No sé qué fue, si el sentimiento de culpa, la casualidad… qué. Pero lo cierto es que me encontró. – Y salí del abismo… – murmuré, dejando que una primera lágrima se adueñara de mis párpados. – Y me apoyé en él… y no sé qué pasó luego. Yonas se marchó – relaté. – No le dijo nada a nadie. Una noche, sin más, cogió sus cosas y se fue…
– Rido-sensei… – habló ella un rato después, rompiendo por primera vez su mutismo y el silencio que se había producido después de la explicación de la marcha de mi hermano. – Estás llorando.
– ¿Qué? – pregunté, limpiándome rápidamente las lágrimas. – Ah, sí… Lo siento… No te preocupes.
¿Habían pasado cuánto? ¿Veinticinco? ¿Treinta años? ¿Por qué cojones me había afectado tanto volver a revivir la marcha de Yonas? ¿Por qué? ¡Si ya lo tenía superado! Me había reencontrado con el recuerdo de Yonas varias veces. ¿Por qué seguía sufriendo? El dolor ya había quedado atrás, aparcado, anulado… ¿Por qué?
– Es por tu bien – afirmó Balmung. – ¿Nalya? ¿Yonas? ¿Qué quieres? – se adelantó. – ¿Vivir de espejismos?
Respiré hondo, cerré los ojos, tragué saliva y lágrimas y dejé mi mente en blanco durante un momento. Allí… Allí no pasaba el tiempo, no había prisa, no había por qué no tomarse todo el tiempo del mundo para prepararse. Pero no quería mostrarle aquella imagen a Kara. Tenía que mostrarle que el dolor puede quedar atrás, que se puede superar, que hay vuelta atrás desde las sombras. En definitiva, que hay esperanza incluso para nosotros.
– Después de la marcha de Yonas volví a derrumbarme – continué al fin. – No era capaz de tenerme en pie. Él era mi bastón y yo era un cojo – dije metafóricamente. – Y aunque la gente del distrito me arropó y me cuidó… decidí hacerme un bastón nuevo. Uno que se llamaba “voy a buscar a Yonas” – confesé. – Me daba determinación, le daba un poco de sentido al sufrimiento… Al fin y al cabo, él me… llenaba, me hacía sentir vivo… ¿Para qué buscar cosas nuevas cuando ya se ha encontrado algo bueno? Y allí iba yo, – dibujé con mis palabras – apoyándome en un bastón nuevo y reluciente, nobilísimo: encontrar a mi hermano desaparecido – narré con gesto henchido y orgulloso, como si estuviera contando una gran proeza. – Me equivoqué. Otra vez. Era un bastón mucho más frágil que el anterior.
– Quédate quieto dónde estás si no quieres que te muerda – contestó otro de los shinigamis auxiliares desde detrás. – Yo fui su tutor en su primer año de Academia, te puedo asegurar que si te entrometes acabarás algo peor que mal parado. Además, – dijo, levantando la vista para tratar de ver un poco más – sólo la entorpecerías. Parece que está tratando de proteger algo… o a alguien.
Instintivamente, todos imitamos el gesto del profesor y tratamos de avistar aquello que estaba protegiendo. En efecto, parecía que se esforzaba por defender algo, un cuerpo que permanecía tirado a su espalda, inconsciente, como si hubiera sido herido por el hollow.
– ¡Es un plus! – exclamaron algunos académicos.
– Rápido, avisad a la Cuarta División – ordenó uno de los profesores – Que envíen rápido un equipo de urgencia.
El grupo encargado de comunicaciones siguió las instrucciones e inmediatamente se puso en contacto con el Sereitei para que fuese enviado un comando médico al lugar de las prácticas. Mientras, el combate seguía desarrollándose con toda la normalidad posible.
Llegado un instante, la shinigami pareció cansarse de aquel combate y aumentó la velocidad de sus movimientos dando la impresión de que todo lo anterior había sido algún tipo de estrategia para agotar a su oponente y así vencerlo con más facilidad.
En efecto, cuando el hollow estaba demasiado cansado para moverse se detuvo frente a él y demostró por qué había entrado a formar parte del Departamento de Kidou que dirigía el profesor Data. Estábamos demasiado lejos como para escuchar la invocación, pero sí pudimos ver claramente como de su mano salía una esfera carmesí directa a la máscara del hollow, que se hizo pedazos al contacto con el arte demoníaca.
El grupo de apoyo sanitario no tardó en llegar. Entonces, con ellos, algunos académicos nos acercamos a echar una mano en lo poco que pudiéramos. Por un momento, deseé nunca haberlo hecho, de otro modo, probablemente, nunca lo hubiera descubierto.
Allí estaba, casi desfigurado, pero aún reconocible por alguien que le conociese tan bien como yo. Era Yonas, luchando incansablemente por vivir. Aferré su mano como pude y me arrodillé junto a él. Se la apretaba con fuerza, como queriendo transmitirle mi propia vida para que mi hermano pudiera sobrevivir.
– ¡Apártate! – me gritó uno de los oficiales médicos visiblemente urgido por la gravedad de la situación.
No quería moverme de allí, pero entre dos académicos de sexto año, me levantaron y me llevaron a un lugar a parte. Era extraño, nunca había tenido contacto con nadie en la Academia y, aún así, aquellos dos trataron de apoyarme, acompañarme, consolarme. ¡Era injusto! Sin embargo, yo estaba absorto en mis pensamientos, recordaba cada uno de los instantes vividos con él. Cada uno, como si acabasen de suceder.
– ¿Le conocías?
– ¿Quién era?
– ¿Era amigo tuyo?
– ¡¿Queréis dejar de hablar de él como si estuviera…?!
– Ha muerto, no hay nada que hacer – se oyó la voz de los médicos a lo lejos.
– Es muy malo caminar con bastones frágiles… Se rompen, los pierdes… te pierdes – me tragué el llanto. – Perder a Yonas fue… como cuando te pegan un golpe aquí, en la boca del estómago, que no puedes respirar. Me hundía, muy rápido, de vuelta al abismo más profundo. Y no supe cómo reaccionar – confesé. – No me quería resignar a perderlo para siempre, así que me propuse algo más espiritual.
Aquel momento, el del entierro de mi alma, el recuerdo de aquella sensación, fue la fuerza que me ayudó a levantarme, levantar mi cabeza y seguir adelante. No encontraría a Yonas, eso era algo que tenía claro y que me quemaba el alma provocándome un dolor que alcanzaba límites inimaginables. Era la única persona que me había hecho sentir vivo, aún después de estar muerto, pero aquella pretensión egoísta, la de hacerme shinigami sólo para adquirir poder y utilizarlo en mi propio beneficio, no guiaría más mis pasos. El maestro tenía razón. No me debía convertir en shinigami por una causa así. Sería engañarme a mí mismo.
Pero no renuncié a serlo. Me convertiría en shinigami para evitar que otros participaran del mismo tormento que yo. Para poder dar nueva vida y una nueva oportunidad a personas que, como yo, habían renunciado a alcanzarla. Eso es lo que haría. Ese momento de calor, de calma, de paz era lo que me movería, esa energía primigenia con la que dio comienzo mi nueva vida.
– Decidí sonreírle al mundo y… llevar esa paz.
Dejé que el silencio se posara sobre nuestra conversación una vez más, aprovechando que habíamos recuperado un tono más amable y menos tétrico. Tenía la sensación de haber sido totalmente superado por el recuerdo de Yonas y, realmente, no sabía muy bien por dónde salir. Tomé aire de nuevo y busqué la serenidad y las palabras que debía transmitir. Pero se escapaban. El otro día se atropellaban y en aquel momento… Blanco. Vacío. Silencio.
– Mejor caminamos un rato – propuse, echando a andar por el Rukongai de mis memorias. – A ver si…
Mi ineptitud, la sensación de haberme metido en un berenjenal y haberme enredado en él, me había puesto a caminar en un círculo vicioso de tensión y bloqueo mental que necesitaba romper cuanto antes. Hasta ahora no había hecho más que plantear la cuestión desde el punto de vista negativo. Sí, había propuesto una solución positiva. Pero sabía bien que no era suficiente. Y, si seguía por esa línea, lo peor estaba aún por llegar. No. No. No podía ser. Tenía que cambiar el rumbo ya.
– Vas a tener que perdonarme – hablé, deshaciendo el nudo de mi garganta. – No esperaba reaccionar así. Como ves… Soy bastante débil para algunas cosas.
Pero tampoco seguí. Tampoco tenía nada claro aún… Y maldije mil veces el momento en que había sacado el tema sin darme cuenta de que podía ocurrir algo como aquello, que me quedaría sin palabras y que sería peor el remedio, un balbuceo inútil, que la enfermedad. El silencio debía darme las palabras.
Y tardó, pero me las dio. Misteriosamente, como en la ocasión anterior, llegaron a mi boca como fruto de… una clarividencia cuasi mágica. Y ya no podía quedarme callado, porque no tenía sentido que así lo hiciera, porque había encontrado claramente qué era lo que tenía que decirle a la pequeña muchacha que caminaba a mi lado, un tímido paso por detrás.
– Soy débil – repetí. – Soy débil y, por eso, soy fuerte. No… No me mires así que esto no me lo inventado yo ni me he vuelto loco –sonreí. – Esto lo dijo un tal San Pablo, no sé si lo conoces… En fin, que no es ninguna locura – meneé la cabeza. – Antes te he dicho que me había hecho un nuevo propósito: darme a los demás… Y estaba muy bien, era muy bonito. Es muy bonito – maticé. – Pero había un gran problema. Eso era sólo una excusa. Una excusa para buscarme a mí – asentí. – Yo, yo, yo y yo… Ese era mi gran propósito. Y claro, volví a caerme con todo el equipo. Porque no había construido sobre una base firme – lamenté. – ¿No habíamos quedado ya en que no valía para nada, que no era más que un bicho que todo lo tenía por regalo? Ojalá lo hubiese sabido entonces – suspiré. – Porque me construí un gran proyecto, un bastón así de grande y así de gordo – dije, representando el bastón con mis brazos, alzando la voz y parándome por un momento. – Con esto sí que era fácil caminar, ¿verdad?
Aquella medio broma provocó una risotada en la chiquilla que sonó como música celestial dentro de mi cabeza. Porque ambos sabíamos que era mentira, pero había conseguido espantar la tensión y, al mismo tiempo, me había encontrado de bruces con lo que quería decir, con algo que siempre había sido tan obvio que nunca me había dado cuenta de ello. Y ahora me había topado de lleno con el por qué de mis errores y con el porqué de la importancia de Yonas en mi vida.
– Un bastón así, bien grande – volví a decir. – Así podía caminar tranquilo y sin problemas. Y eché sobre mí el peso del mundo. Total, tenía un buen apoyo donde… ¡Ja! – reí irónico. – Estaba carcomido por la polilla. Ese bastón, que era mi ego, estaba carcomido por la polilla del dolor cerrado en falso, de las heridas abiertas… E hizo puff… Se desintegró y el peso que me había echado sobre los hombros me aplastó. ¡Iba a salvar al mundo! ¡Esa era mi misión! ¡Traer al mundo la paz! – exclamé con énfasis. –Y mírame ahí, destrozado, hundido bajo el peso del mundo. Y eso pasó poco antes de que me conocieras… Es difícil de explicar, como ves… – me encogí de hombros. – Supongo que no es nada fácil para nadie. De todas formas, en cierto modo, tú me salvaste.
¿Qué acababa de decir? ¿Cómo se me había ocurrido decirle semejante cosa? Por un momento me había lanzado y, un momento más tarde, me estaba arrepintiendo. No es que no lo sintiera de alguna manera así, es que no sabía si Kara estaba preparada para escuchar algo como eso. En mi interior, yo sabía que aquello era verdad, tenía claro que el encuentro con aquel espíritu de tierra en Kyoto había marcado un antes y un después. Pero, ¿cómo lo entendería ella?
– Déjame que te explique… Ver a alguien como yo, alguien a quien realmente le estaba dando una segunda oportunidad de verdad, de las buenas… Que le estaba llevando la paz, de alguna forma… Cuando te vi en Kyoto, me di cuenta de que ahí, encadenado y asustado, estaba yo mismo – dije. – No sólo te salvé porque era “mi trabajo”, “mi misión”, me estaba salvando también de alguna forma a mí mismo…
– Unas vidrieras preciosas… – sonó la profunda voz de Balmung a mi espalda, rompiendo el silencio.
– ¿Qué? – me di la vuelta.
– Ah, claro – sonrió con autosuficiencia y desdén. – Tú siempre pensaste que esto iba de Kara…
Ahora caía en el verdadero sentido de las palabras de Balmung. Ahora era cuando empezaba a entender. No estaba ayudando a Kara, o no sólo estaba ayudándola a ella, estaba también ayudándome a mí. Era yo tan destinatario de aquellos sermones que le estaba dando como la chiquilla que me acompañaba. O quizás era incluso más. Yo.
– Es… un poco seguir con lo que ya te decía la última vez que hablamos – continué. – Puede que no me diera cuenta exactamente y que no supiera expresarlo con palabras pero… Más o menos ahí empecé a entender todo un poco mejor – expliqué. – Somos débiles, limitaditos… Estamos aquí por un regalo… ¿Cómo vamos a poder nosotros solos? ¡Eso sí que es de locos! – protesté. – Y eso es algo que tú me enseñaste. Aunque tampoco lo comprendí a la primera. Creía que yo sí podía más o menos solo, pero sabía que… Supongo que eso es algo que te tienes que ir dando cuenta poco a poco. Están muy bien los ideales nobles: “voy a salvar a todo el mundo”, “voy a traer la justicia a esta tierra”, “voy a robar a los ricos y dárselo a los pobres, “voy a revelar la verdad a los hombres”… – exageré con teatralidad para luego concluir solemnemente, mirándola fijamente a los ojos. – Voy a proteger a los que me rodean. ¿Quién? – pregunté al aire. – ¿Tú? ¿Yo? Kara… Ni tú ni yo podemos… Ni Ela, ni Mizu… Nosotros – corregí, haciendo un amplio círculo con mis manos en el aire. – Si queremos hacerlo solos, nuestro bastón se apolillará y el día menos pensado moriremos aplastados por nuestro ego… – pronostiqué. – A mí casi me pasa, espero que a ti no.
– Entonces…
– ¿Cuál es la solución? – completé. – Ser conscientes de ello. Ser conscientes de que solos no podemos, de que somos limitaditos, debiluchos… pasajeros. De que enseguida se nos acaban las fuerzas. Ser conscientes de ello… y tener mucho cuidado también – apunté. – Puede que te propongas una causa noble, como hice yo: “llevar la paz al corazón de los hombres” – recité. – Y está muy bien. Es muy loable, y muy bonito y todo eso… pero, realmente… piénsalo ¿Era por mí o era por los demás? Es un buen punto de partida – admití – pero hay que irlo purificando poco a poco.
No mentiría si dijera que estaba examinándome a mí mismo y que tenía la cabeza llena de dudas que debía aclarar. No sabía si dejarlo allí, para que ella pensara la respuesta, la meditara y la madurara, o seguir hablando. Me debatía entre dos extremos que pretendía evitar: quedarme corto y no resolver nada o pasarme de largo y cagarla. Quizás… Quizás era mejor decir una palabra más y dejarlo.
– La solución está en eso, en creer en los que te rodean, en confiar en los que te rodean… Tú, sola, cojearás el resto de tu vida, pero si te apoyas en los demás y dejas que ellos se apoyen en ti… No buscándote a ti mismo, sino luchando por ellos, viviendo por ellos, sufriendo por ellos, llorando por ellos… – proclamé. – Y siempre considerándolos un regalo para ti. Eso es lo que, de algún modo, me enseñó Yonas y que yo no comprendí. A ver a los demás como un regalo. ¿De quién? Eso no importa ahora – sentencié. – Pero un regalo que en cualquier momento… – moví una mano para indicar que todo podía desaparecer. – Por eso debes aprovecharte de él todo lo que puedas. Y para hacerlo no puedes reservarte nada para ti. ¿Vale? – terminé, poniendo mi mano sobre su mejilla. – Venga, lo dejamos aquí por hoy. Date unos días para pensar en todo esto y… el lunes hablamos –la cité. – O si quieres antes, antes. Y ya sabes, cualquier problema me avisas y aparezco.
En cuanto Kara se fue de mi despacho me dejé caer con pesadez sobre una de las butacas para poder meditar tranquilamente sobre mi “sermón” de unos minutos antes. ¿Realmente estaba siendo de ayuda para ella o, por el contrario, sólo estaba ayudándome a mí, una vez más? Tampoco lo sabría hacer de otra forma. La única forma que tenía para poder hacer algo por la niña que acababa de marcharse era compartir con ella mi vida, toda mi vida, y tratar de que ella pudiera aprender algo de ellas y no cometer mis mismos errores. Aunque es de los errores de lo que se aprende.
– Tienes que acabar con ese complejo de mesías…
Levanté la mirada, que un instante antes estaba perdida en la infinitud del respaldo de la butaca que tenía enfrente y la posé en Bone. Me incorporé lentamente para poder sentarme de una forma más correcta y le pedí que cerrara la puerta y se sirviera algo de beber, si quería.
– ¿Qué decías?
– Decía que tienes que sacarte de encima ese complejo de mesías – repitió. – No puedes salvar a todo el mundo.
No creí conveniente preguntarle por el porqué de aquella afirmación. Probablemente, a estas alturas, alguien había identificado ya a Kara como aquella chica a la que yo había enterrado veinte años atrás. A nadie en la División se le había escapado entonces mi reacción y, teniendo en cuenta que, en algún aspecto, yo era como un libro abierto, no sería raro pensar que alguien había atado cabos. Aunque la delicada situación de la alumna era suficiente para dar a entender los motivos de mi preocupación.
– He visto salir a Kagemusha y… – comenzó a explicarse, cogiendo un par de vasos y señalando con la cabeza hacia la puerta. – Bueno, déjalo.
– Sí, mejor – asentí. – Es demasiado complicado. Además…
Iba a decirle que era extraño que precisamente él fuera el que me diera aquel tipo de lecciones. Bone también era muy propenso a implicarse demasiado en todo lo que le rodeaba y a exagerar las consecuencias de todo lo que ocurría a su alrededor, tomándoselo todo como una responsabilidad personal. Eso le había proporcionado una buena ración de problemas en más de una ocasión, sobre todo porque, además, era muy dado a obcecarse con lo que fuera que tuviera entre manos.
Eso sin contar con que tenía razón. Puede que yo no quisiera reconocerlo entonces. Puede que no quisiera hablar de ello. Pero Bone tenía razón. De algún modo, yo quería salvar a todo el mundo: a Nalya, a Yonas, a Kara, a mi abuelo, al Sereitei, a… Si repasaba todo lo que había hecho hasta entonces, toda mi vida la había estructurado así y de una forma casi obsesiva.
¿Estaba mal? No necesariamente. Eso era lo que había tratado de explicarle a Kara aquella tarde y que tenía la impresión de no habérselo aclarado del todo. El problema no está en querer “salvar al mundo” o en “salvar al otro”. El problema venía con las motivaciones que me llevaban a los demás. ¿Buscaba ayudarles o, al final, eran sólo un medio?
– ¿Cuánto hielo? – preguntó el Oficial de la Novena División, sacándome de mis reflexiones.
– ¿Hielo?
Se dio la vuelta enseñándome un vaso de whisky vacío. Con la mano le indiqué que sin hielo y esperé a que mi amigo me trajera la bebida y se sentara frente a mí. No traía papeles en la mano, se le veía relajado – algo difícil últimamente, ya que él coordinaba las salidas al mundo mortal – y bastante tranquilo. Por suerte, no venía por motivos de trabajo.
– ¿A qué vienes? – le pregunté tras el primer sorbo.
– Nada – se encogió de hombros. – A pasar el rato y a charlar un poco, que últimamente no se te ve el pelo. Tendrías que dejar que te diese un poco el sol – recomendó. – Que ya te vale…
– Calla, calla – reí. – Que ya pareces mi abuela…
– ¿Tu abuela?
– La del mundo mortal – aclaré. – Abuela adoptiva, la suegra de… Cierto – caí en la cuenta. – Tú no conoces a Uxío.
– Tu padre adoptivo, ¿verdad? – adivinó. – Me hablaste alguna vez de él. Vive con los Wolf y no sé qué historias…
– Sí, lo mandamos para allí para protegerlo cuando Nadie atacó nuestra casa – le informé. – Y se enamoró de las montañas y ahora no hay quien lo convenza de que baje. Le mandé una mariposa hace unos días invitándolo a venir pero ni caso que me ha hecho aún…
– Ah, ya… – asintió. – Por cierto… ¿Qué son aquellas cajas?
– ¿Qué caj…? – pregunté, siguiendo la dirección de la mirada. – Ah, esas – resoplé cansinamente. – No me lo recuerdes… Tu querido compañero el pijo que quiere que me estudie todo eso…
– ¿Qué es?
– Pues… copia de parte de unos manuscritos de su familia y del diario de Sadoq…
– ¿El di…?
– Joder, que yo sepa, lo recuperasteis vosotros en la Sexta hace unos… ¿quince años? – le recordé. – A principios del curso pasado Yuber se lo dio a Eliaz porque los tuyos no habían así ningún dato revelador y desde entonces vive medio obsesionado con él… – aclaré. – Pero bueno – reí – así no sale con aparatos chungos.
– ¿Y qué piensas hacer?
– No sé… Lo tengo ahí y no sé si esperar a que termine el curso o qué… Si es Sadoq, es Nadie, eso no puedo perderlo de vista… y ya no sólo eso. Es Sadoq Asharet y los Ashartîm… Es historia.
– Ya… Bueno, tú verás.
– Otra vez – rezongué.
– ¿Qué?
– Nada, nada – reí, acordándome de la conversación con Balmung al principio de la tarde. –Cosas mías…
– ¿Y qué tal con la chica?
– Bien – contesté después de unos segundos de dejarme sorprender por el cambio de tema tan repentino. – Bien… Creo – maticé. – Al menos yo creo que va habiendo algunos progresos.
Poco a poco fui reconduciendo la conversación hacia él primero y sobre otras cosas más pasajeras luego. No quería hablar más de Kara, no estaba preparado aún para explicarle a alguien “de fuera” todo lo que estaba revolviéndose en mi interior y sabía que si empezaba a hablar todo sería peor. Prefería abstraerme incidiendo sobre cuestiones sin importancia como la última locura de Artemisa con los peces del estanque o preocupándome por la ligera indisposición de Mitsuko, de la que tampoco se sabía mucho en el Cuartel y que la había apartado de la Academia unos días.
Con el sol cayendo en las montañas occidentales, Bone se fue y me volvió a dejar solo con mis pensamientos, mis comeduras de tarro y un vaso de whisky que apenas había tocado en la mano. Pero estaba cansado para pensar y temía que enfrascarme en el hilo de mis cavilaciones no hiciera sino perjudicar a Kara y el proceso que entre los dos estábamos llevando a cabo.
Me levanté, bebí de un trago el contenido que restaba en el vaso y me eché el haori anaranjado sobre los hombros para salir a la calle. Pero mis pasos no me condujeron a mi apartamento, sino a la enfermería, llamado por la inusualmente frenética actividad que la rodeaba bajo la comandancia de Xelloss.
– ¿Qué está pasando? – le pregunté a la primera enfermera que vi.
– El paciente 5247, Director – respondió. – Salah, la víctima del… – explicitó al ver mi cara de poker.
– ¿Salah?
– Sus constantes están…
Dejé a un lado a la shinigami de la Cuarta División y me abalancé con prisa hacia la puerta del quirófano. Pero no podía ver nada más que las espaldas de los miembros del equipo médico y los rostros de tensión de otros que estaban de frente. Al cabo de unos minutos, alguien miró el reloj y Xelloss salió de la sala de operaciones con gesto fracasado.
– Espero que haya merecido la pena… – me dijo, tirando los guantes ensangrentados a la basura.



Viernes, 5 marzo, 2010, 22:37 | 


