¿Por qué Los Gozos y las Sombras? ¿Por qué una saga nueva y no seguir con lo de Herencia Grossner, si total el tema más o menos va a ser el mismo? Bueno, realmente, la saga anterior se centraba sobre el poder de Rido, esta se centrará más sobre el adiestramiento de Kara o… bueno, sobre la vida de Rido.
En fin, es un capítulo largo y denso, lo sé. Espero que no os haya resultado demasiado pesado, que seguro que sí, pero acortarlo no podía y dividirlo no tenía sentido.
Enjoy ^^
Akano 32 – Los Gozos y las Sombras I
– Hola, Jules, buenos días – saludé con una sonrisa.
– ¡Director Akano! – correspondió él con sobresalto.
– ¿Director Akano? – le regañé con cierta sorna. – ¿Hace cuánto que nos conocemos, Jules? ¿Está Eliaz?
– Acaba de llegar de una misión – explicó. – Está descans…
– ¿Descansar? ¿Yo? – irrumpió de pronto la voz del noble desde atrás. – Para descansar hay que cansarse primero – alardeó. – ¡Rido! – me recibió. – Dichosos los ojos… ¿Vienes a ofrecerme un puesto de profesor para el año que viene?
– No…
– ¿Consultor?
– No…
– ¿Asesor externo?
– Tampoco.
– ¿Consejero dele…?
– Bedel – contesté secante, para no prolongar aquel tira y afloja que, de vez en cuando, se convertía en habitual entre mi amigo y yo. – Sí, bedel – insistí. – Te quedaría bien la fregona… – reí, moviendo la cabeza en gesto afirmativo. – Hace juego con esos pelos que me traes hoy.
– Acabo de salir de la ducha – alegó, haciéndose el ofendido. – Entonces, si no has venido a reconocer que me necesitas para sacar la Academia adelante, ¿a qué has venido?
– Más bien a explotarla – le corregí. – Además, no necesito una excusa para venir a ver a mi primito…
– Muy gracioso – se picó. – Pero aquí el mayor soy yo.
– El anciano, querrás decir…– volví a rectificar. – No, realmente vengo a ver si en…
– Da igual – me cortó. – Ya que estás aquí.
– ¡Oye! – me hice el ofendido. – ¡Que estaba hablando!
– Creo que ya empiezo a descubrir algo – anunció sin hacerme caso, con la boca abierta en una muda carcajada cargada de orgullo y satisfacción. – ¿Quieres verlo?
Dio por sentada una respuesta afirmativa y, antes de que yo pudiera expresarlo verbalmente, él ya se había dado la vuelta y se había internado por el pasillo que conducía a su laboratorio. Pero aquel día no había allí bocetos y planos de máquinas extrañas y aparatitos imposibles que hacían pensar que era él y no su esposa el que un día había pertenecido al Escuadrón que dirigía nuestro buen amigo Soki. No. Esta vez, por todas partes, numerosas hojas pagadas de los peculiares caracteres hebreos empapelaban la sala.
– No me jodas que te has cargado el diario…
– No, hombre, no…
– Capaz eres, así que…
– No – repitió. – Verás… He copiado los textos más importantes – explicó, posando su mano derecha sobre un pequeño montón de legajos desordenados que había en el centro del escritorio. – Pero no sólo del diario de mi padre, también de otros sitios… Por ejemplo, – señaló hacia un folio pegado al interior de la puerta – eso lo saqué del rollo que encontramos hace unos años.
– Ya veo… – asentí, después de examinarlo. – ¿Y este despliegue?
– Bien… Leyendo, y leyendo, y leyendo – relató con pompa – me di cuenta que una buena parte de las anotaciones del diario que son prácticamente comentarios a estos textos y…
– Como comentarios a la Escritura…
– Exacto – reconoció. – Por eso voy a necesitar tu ayuda.
– ¿Mi ayuda? – reaccioné entre sorprendido por lo inusual de la propuesta. – ¿Tú? ¿Mi ayuda?
– No lo hagas más difícil. Sí, tu ayuda – sentenció. – Tú sabes más de textos sagrados… “en general” – matizó. – Así que, verás, – añadió, moviéndose hacia una mesa al fondo – te he preparado unas copias y…
– Espera, espera, espera – le paré. – ¿Tú sabes la de chollo que tengo en la Academia? No me puedes pedir que…
– Si son unas hojas de nada – se encogió de hombros. – En unas horas te las lees.
– Sí, ya, unas hojas de nada…
– ¡Rido! – exclamó, como si yo estuviera ciego ante la evidencia. – Estamos hablando de mi padre… ¡De Nadie!
– Que sí, que sí, pero… – resoplé, con los brazos en jarra. – Venga, va, vale. Veré lo que puedo hacer. Pero antes…
– Ah, sí, a lo que venías sí – recordó.
– Vamos a mover un poco el esqueleto ahí fuera, que me estoy oxidando – propuse, estirándome.
– ¿El esqu…? ¡Ah, a entrenar! – cayó de la burra. – ¿A eso viniste?
Era verdad. Desde que me había desvinculado de la División y, consecuentemente, de la vida activa como shinigami para poder atender a mis nuevas responsabilidades como Director, había dejado de entrenar regularmente y notaba cómo iba menguando en mis capacidades. A pesar de que no me había descuidado del todo tampoco, me notaba más lento, más pesado, con una fluidez de movimientos bastante pobre para alguien que había llegado a ser, de facto, el Tercer Oficial de un Escuadrón, con la marcha de Nalya y de Chrno.
– Sabes que te voy a dar una paliza… – rió, cuando llegamos al patio.
– Sabes que no te voy a dejar tan fácilmente – repliqué, poniéndome en guardia. – ¿El primero que toque el suelo con la espalda?
– Como siempre – confirmó.
Esperé a que él iniciara los lances. Era consciente de que, en mi condición, jugar al contraataque era más productivo, aunque también más peligroso. Pude responder a los primeros envites con mayor o menor habilidad. Sabía que, simplemente, me estaba poniendo a prueba, pero eso me permitió llevar la iniciativa en un par de ocasiones y comprobar sensaciones. Sin embargo, el resultado fue el esperado y mi espalda fue la primera que cayó.
Tuve que soportar las puyas de mi amigo en los varios asaltos e intentos de revancha que se sucedieron a continuación, todos con un desenlace similar. De todas formas, cada vez me veía un poco más entonado, lejos de mi nivel habitual, sí, pero ofreciendo una resistencia mayor a cada intento. Y, finalmente, conseguí salvar mi orgullo dándole la vuelta a la situación con una rápida llave de piernas que lo cogió por sorpresa cuando ya cantaba la enésima victoria.
– Serás sucio…
– Sucio no – le corregí entre risas. – Soy el Gran Guerrero de las Sombras.
–Da igual – se levantó y se sacudió el polvo, carcajeándose también con gesto divertido. – No-sé-cuántos a uno, Gran Guerrero. En fin… Voy a tener que ducharme otra vez – se quejó. – A cambio te llevas tú todas las copias y me ahorras un mensajero.
Con un buen fajo de papeles en una caja, y después de haberme duchado y cambiado en la habitación que Jules solía tenerme preparada para cuando iba de visita a la mansión, regresé a la Academia, bastante cansado físicamente, pero contento de haberle metido mano al fin a aquel asunto del entrenamiento. Dejé caer pesadamente la caja junto a la mesa y a mí mismo sobre una de las butacas.
– Mañana me voy a cagar de las agujetas… – protesté.
Sin darme casi cuenta, allí recostado en una posición poco digna y educada, el sopor me fue invadiendo y fui paulatinamente dejándome caer en los brazos de Morfeo. Por un momento, no sabría decir cuánto, fue todo paz y tranquilidad, lejos de todo y de todos. Y, sobre todo, lejos de la perspectiva que prometía el nuevo proyecto de Eliaz.
De hecho, cuando la voz de Rina me devolvió de nuevo a la realidad tenía la impresión de que sólo habían pasado unos pocos segundos cuando el reloj, dispuesto a llevarme la contraria, advertía de que había pasado una hora dormitando.
– ¿Sí? – me desperecé, tratando de conjurar el sentimiento de culpabilidad y devolver mi conciencia a la realidad.
– Kagemusha Kara, señor Director.
– ¡Ah! – me levanté de un salto. – Bien, bien… Dame un segundo…
Fui al aseo contiguo, me lavé la cara para espabilarme y me tomé unos segundos para centrarme. Luego salí al recibidor y acogí a la pequeña alumna con total normalidad, agradeciéndole a mi secretaria el aviso y aprovechando, de paso, para ir preparando la sincronización de cara a una nueva visita a los dominios de Balmung.
– Ya creí que te habrías enfadado conmigo… – bromeé.
– ¿Enfadarme? ¿Por qué?
– No, nada… Deja – repuse, viendo que no había entendido el chiste. – ¿Qué tal estás?
– Bien – sonrió tímidamente.
– Me alegro – le devolví el gesto. – Tenía miedo de que lo del otro día… Ya sabes, – puntualicé – lo de la realidad paralela y todo el rollo… Tenía miedo de que te hubieras asustado, o algo…
Su expresión ambigua dejaba clara cuál era la respuesta, así que no era necesario seguir indagando sobre ella. Más bien, era mejor dejarlo correr ligeramente y no insistir mucho en el tema, no fuera a echar sal en una posible herida. Simplemente se lo propondría de nuevo y, si no quería, no quería. Sonreí de nuevo y me senté frente a ella.
– De todas formas… Me gustaría llevarte otra vez allí – confesé. – Si quieres, claro. Esta vez sin velos ni gaitas. Hay alguien al que quiero que conozcas.
– ¿A quién?
– A mí – contesté. – Verás… Estos días, meses más bien, que te he estado observando… Bueno, me he dado cuenta de que has sufrido mucho –la miré con franqueza. – Y créeme, me siento culpable y responsable por no haber ido antes en tu busca… pero ahora que estoy aquí quiero ponerle remedio a eso.
Aquel tema, el del sentimiento de culpa que me invadía a veces al pensar en lo que debía haber pasado Kara, y el propio sufrimiento que ella había padecido, en vida mortal y en el Rukongai, era algo que había desterrado sistemáticamente de nuestras conversaciones, que había dejado aparcado a la espera del momento oportuno para retomarlo y enfrentarlo. Tanto por su bien como por el mío. Ahora había llegado el momento de ir levantando poco a poco aquel velo e ir dejando que los pensamientos, los sentimientos, las palabras… fluyesen.
Y vaya si fluían. Allí, frente a las habituales dos tazas de té, se dieron cita el miedo, la vergüenza, el nerviosismo, la prudencia mal encauzada, el paternalismo… No sé exactamente qué era lo que ocurría, pero era como si una fuerza misteriosa me obligara a hablar y hablar y seguir hablando, a veces sin saber exactamente qué estaba diciendo o cómo entendería aquello la niña – porque, a pesar de ser una guerrera temible, Kara, en muchos aspectos, era aún una niña – que tenía delante.
Pero me di cuenta y conseguí contener mi ataque de vana verborrea y pararme unos segundos, los suficientes para evaluar el gesto de mi pupila y entender que estaba dispuesta a pasar por aquel trance de nuevo, que quería que la ayudase. La miré con cariño, extendí mis dos manos con las palmas hacia arriba y me incliné hacia ella para que las agarrara, cosa que hizo tras pensárselo una o dos veces más. Cerré los ojos y le rogué en un susurro que estuviera tranquila.
Brillaba el sol, e incluso hacía calor, cuando llegamos al monasterio. En la puerta, Balmung esperaba ocultando su rostro bajo la capucha del hábito. Con un gesto, le ordené que se descubriera para no inquietar a nuestra invitada, a lo que él, con un renuente bufido, accedió.
– No te preocupes por él –bromeé. – Cuando quiere puede ser muy amable y muy simpático. Es Balmung… – busqué las palabras a la vez que repasaba el programa de las asignaturas de Almas que se daban en primero. ¿Habían hablado ya de los espíritus de las Zampakutou? – Él vive aquí.
– Algo así – corroboró el monje en tono seco y quejicoso antes de empujar la puerta y pasar delante mientras repetía mis palabras con sarcasmo y malhumor en un volumen relativamente bajo. – Pasad.
Nos guió a partir de entonces por los claustros y los corredores del edificio, pero no con la celeridad que él hubiera querido. En parte por el puro placer de hacer rabiar a Balmung, pero, sobre todo, tratando de hacer que Kara se sintiera lo más cómoda posible, caminaba lentamente mientras le iba explicando a mi huésped cada detalle que creía relevante acerca de lo que íbamos viendo. Al final, llegamos al destino pretendido por el hombre de rubias y luengas barbas, hecho que no dudó en anunciar con un estruendoso y forzado carraspeo.
– Veo que me has hecho caso – le felicité.
La sala oscura y lúgubre que me había mostrado días antes, mientas Kara aún no había descubierto el engaño al que la había sometido, estaba ahora llena de luz y de frescura. Parecía como si, por arte de magia, lo que antes era una fría y angustiosa mazmorra subterránea, ahora se hubiese convertido en los lujosos aposentos de un príncipe, en lo alto de una torre.
Pero en el fondo todo seguía igual que antes. La habitación seguía siendo tan pequeña como la vez anterior y tampoco había aparecido ninguna nueva decoración que acompañase a los cuadros, aún cubiertos por aquellas telas negras. Sólo era un cambio en la percepción, en el ambiente. Me acerqué al primero de los lienzos que había después de la puerta, siguiendo el sentido del reloj, y lo destapé.
– ¿Qué ves aquí? – pregunté directamente. – O, mejor… – levanté la mano derecha antes de que respondiera y miré a Balmung. – Sí, va a ser mejor que te explique primero lo que vamos a hacer. Había un… poeta – comencé, moviendo la cabeza en gesto valorativo – que leí cuando viví en el mudo mortal que decía algo así como que “el dolor es un largo viaje del que uno nunca vuelve como salió” – recité. – Y tú podrías decir: “Sí, vale, bueno, eso es poesía” – concedí, ante una sonrisa irónica del monje que señalaba que aquella había sido precisamente mi experiencia en mi sombría vida al otro lado de la muerte. – Pero es verdad. Ahora quiero que hagas ese viaje conmigo – expliqué – para que veas cómo, por muy jodidos que estemos, por muy… sin salida que nos veamos, por muchas cosas malas que hayamos hecho o que nos hayan pasado… podemos levantar la cabeza, levantarnos nosotros y construir un edificio tan grande como este – abrí los brazos para dar una sensación de amplitud que se refería a todo el monasterio y volví a cerrarlos, formando una pinza con el índice y el pulgar de mi diestra para señalar pequeñez – con unos escombros tan diminutos como esto… ¿Te atreves? – terminé. – ¿Me harías ese favor?
Otra vez tenía la sensación de que había hablado de más, pero esta vez de algún modo sabía que había sido para bien. Las palabras se habían presentado en mi mente con total claridad y lucidez, como si alguien me estuviera susurrando al oído qué debía decir. Y parecía dar resultado. Parecían haber calado hondo en la joven. Chas hasta podía escuchar el run.run de la maquinaria de su mente dándole vueltas a lo que, por una inspiración especial, le había contado.
– Sí, Rido-sensei – asintió al fin.
– Bien – sonreí satisfecho. Vamos a ir poco a poco, pasito a pasito, para que puedas ir a tu ritmo, asimilando lo que puedas – propuse. – Hoy una cosa, mañana o pasado o para el otro otra… y así – establecí. – Hoy vamos con esto – señalé al cuadro, para volver su atención de nuevo sobre él. – ¿Qué ves?
– Un… Un bosque… – contestó con timidez, como si la obviedad de la respuesta le hiciera temer equivocarse.
– ¡Dilo con energía, mujer! – la animé. – ¡Un bosque! ¿Te suena de algo?
– Pues… – dudó.
– Da igual – me encogí de hombros. – Han pasado cincuenta años… Fíjate, este bosque está ahí atr… Bueno, si estuviéramos en la Academia estaría ahí atrás – me corregí. – Un poco más allá del Campo de Kidou 7C. Esto se abría, ¿no? – le pregunté a Balmung, que respondió afirmativamente con un asentimiento mudo. – Bien… pues… Detrás de ti.
Tiré del cuadro como si de una puerta se tratara y, enseguida, apareció ante nuestros ojos un portal completamente negro que hacía las veces de umbral que debíamos atravesar. Kara lo miraba con susto, y no era para menos. Yo mismo, en las pocas ocasiones en las que había utilizado aquel método para acceder a mis recuerdos, me lo había pensado dos veces. Pero mostrar indecisión en aquel momento sería un tremendo error, por lo que me tragué mis dudas, le tendí la mano, le sonreí y, los dos juntos, cruzamos aquella suerte de vórtice.
Aparecimos no en el bosque, como podría esperarse, sino que Balmung, con bastante buen criterio, había decidido enviarnos un poco más atrás en mi memoria. Estábamos en la Academia, y por allí correteaban incansables los estudiantes, imbuidos de las prisas que les infundía la rutina. Probablemente, habíamos aterrizado en un cambio de clase. Pero no en el presente, sino cinco décadas atrás…
– Tranquila – le dije a Kara. –No pueden vernos ni oírnos ni… Ah, mira – me corté, al reconocer a un grupo más que familiar. – Ahí…
– ¡Oh, venga! ¡No seas palurda! – me quejé. – ¡Acompáñame al Cuartel!
– ¡Deja de dar el coñazo! – protestó Nalya. – Además, ¿para qué iba ir? Si total aún no he pensado en qué…
– ¡¿Cómo que no?! – la interrumpí, riéndome. – ¡Mañana es el examen! Tendría que haberlo decidido ya hace meses… Pero… Bueno, tampoco es que tengas mucho que pensar – me encogí de hombros. – Tú seguro que te vienes a la Novena, que no puedes vivir sin mi… ¡erda! – me quejé a gritos transformando el pronombre en un juramento por culpa del capón con que acababa de agraciarme mi amiga. – ¡Eso duele!
– Tampoco podría vivir sin eso… – arguyó lacónica.
– Pues el Pollo y yo vamos a entrar en la Décima, que dicen que allí hay unos cachondos que… – intervino Gaby, salivando, para no perder la costumbre.
– ¿Y eso que tiene que ver conmigo? – protestó el aludido. – ¡Y no me llames pollo!
– Tú vas donde vaya yo, – estableció satisfecha y en tono sensual la de los mechones plateados – pollito.
– En fin… – trató de abstraerse mi compañero. – ¿Y tú, Krunchi?
– Pues no sé… – dudó ella. – A la Décima con vosotros… o a la Decimotercera…
Kara se sobresaltó un poco al oír hablar del que, en cierto modo, era su escuadrón y entrecerró los ojos sobre mi vieja amiga, como centrándose en ella y tratando de reconocerla. Pero, con mucha seguridad, le ería imposible identificarla. Mi amiga la de la trenza no pasaba mucho por la Academia y sería raro que la alumna la hubiese visto en otro sitio, como el Cuartel que regía Ela.
– Kagasawa Krunzik – resolví su dilema. – Quinta Oficial de la Décima División… aunque es la Oficial al mando porque… Bueno, es una larga historia – corté. – La de los colmillos y los mechones es Gaby Wolf, que fue Tercera Oficial también de la Décima… ¡Ah! – recordé. – Es la tía de Ludwig Wolf, de tu clase, y la hija del profesor Wolf, que coordina el grupo de prácticas. No sé si estabas aquel día que hubo un problema con Akio y Ayame en el patio… pero, si estabas, seguro que la viste. Al profesor Db y a mí ya nos conoces, que aunque hayan pasado cincuenta años seguimos igual de jóvenes – sonreí. – Yo más que él… Por cierto, nada de llamarle “Pollo” si quieres aprobar Kidou algún día – bromeé. – Eso nos queda a los amigos. Y… Bueno, – tragué saliva – la otra chica es Uchiha Nalya… Tercera Oficial de la Novena División, o… bueno, era – corregí con tono sombrío. – Es la madre de Kyo.
Mejor hubiera sido, quizás, no haber hecho aquella presentación. No aportaba nada nuevo tampoco, y el mero hecho de recordar a Nalya me había producido una cierta sensación de ansiedad que trataba de contener. Y haber escuchado mencionar a mi hijo adoptivo hizo que todas las alarmas de Kara también saltaran, devolviéndola al incidente con Omar. Su involuntaria víctima aún seguía en coma y eso ya suponía un castigo suficiente para su pobre psicología sin necesidad de recordárselo más veces.
– ¿Sabes por qué te he traído aquí? – pregunté, buscando apartarla de sus paranoias. – Fíjate. Todos teníamos sueños, proyectos, ilusiones… Es normal – me encogí de hombros. – Seguro que tú también los tienes, o los tendrás, ya verás. La cosa es que… ¡Balmung!
A mi llamada, todo el escenario comenzó a girar de nuevo y aparecimos, esta vez sí, en el bosque que había quedad plasmado en el lienzo. Era un momento tranquilo, afortunadamente, ya que aún quería explicarle algunas cosas más a Kara, para que no la cogiera todo por sorpresa.
– Seguro que recuerdas de tus apuntes cuando os expliqué cómo dividíamos la historia en varios períodos y os puse una fecha: 4301 – dije. – Un examen que salió mal… Bien… pues… Hoy es ese examen.
A pesar de las reticencias de la cornuda seguimos avanzando entre aquel ejército de vacíos que, pese a todo, no nos plantearon excesivos problemas. Quizás habían sido más complicados en ese aspecto los exámenes finales de algunas asignaturas como Cuerpo a Cuerpo, pero aquello era sólo el primer plato, no debíamos confiarnos en exceso.
Fue entonces cuando cambió todo, cuando se produjo el acontecimiento que marcaría para siempre nuestras vidas. De un lugar cercano, apenas unas decenas de metros al otro lado de una masa más o menos densa de árboles comenzamos a notar una energía, indudablemente de un estudiante, que estaba totalmente descontrolada y que podía poner en peligro la vida del emisor de seguir aumentando a aquella velocidad.
No fuimos los únicos. Aquellas bestias ávidas de reiatsu, los hollows, también comenzaron a abandonar la zona donde nos encontrábamos nosotros para dirigirse a la inestable fuente de aquella energía. Dejando de lado el objetivo que nos traíamos entre manos y preocupado por si el compañero en peligro era realmente Db, el miembro que faltaba en el grupo… mi amigo, me lancé sin dudarlo a la caza de aquellos monstruos.
– ¡Nalya! ¡Cúbreme!
– Rido, ¿qué coño vas a…?
Con una mirada dejé bien claro que aquel no era el momento de protestar. Algo serio, demasiado importante, estaba pasando y no había lugar para discutir sobre la oportunidad de echar una mano a un compañero que se encontraba en dificultades. Llevábamos demasiado tiempo juntos como para que aquella simple mirada bastara.
– ¡Oh! ¡Está bien! – exclamó cargada de resignación. – ¡Aiolos! ¡Aparta!
Resignada a aceptar la enésima aventura con tintes de heroicidad de Akano Rido, Nalya se preparó para “obedecerme”. Poniendo en práctica su mayor habilidad, el control del reiatsu, Nalya comenzó a acumular más y más energía en sus cuernos dispuesta a exterminar todo lo que se pusiese en su camino cuando la liberase.
– ¡Apártate! – le grité a Aiolos.
– Ahora, ¿qué pasa? – preguntó extrañado mientras se ponía a cubierto.
En cuanto se quitó del camino, mi amiga envió toda la energía a sus manos y, como si de un cañón se tratase, disparó una monumental bala azul que fue aniquilando todos los vacíos que se encontró en su camino frenético a través del bosque.
Sin dilación, me situé en la estela de la bola y corrí sin escatimar en fuerzas hacia aquella fuente de energía que parecía a punto de estallar. Cuando la técnica de Nalya se desvaneció, divisé un pequeño claro en el que un académico, que afortunadamente no era Db, se debatía por controlar lo que parecía una espada liberada y fuera de control.
No era alguien con el que tuviera mucho contacto. Ni siquiera me resultó fácil recordar su nombre, Yonas, en un primer momento. Era el típico que siempre pasaba desapercibido, que no llamaba la atención: callado, tímido… Pero todo eso daba igual ahora. Estaba en problemas, su espada temblaba y brillaba mientras emitía más y más energía. Era un blanco fácil para los hollows, una presa jugosa, y podía costarle la vida. ¿Qué hacía allí parado?
– ¡Yonas! – le llamé.
Me miró entonces asustado. No comprendía lo que estaba pasando. Era como si tratase de decirme algo, pero sólo acertaba a balbucear sílabas inconexas que se perdían en el ambiente antes de que llegasen a formar frases con algún sentido.
– Hadou 42 – escuché una voz siseante entre los árboles. – Silver Sword Leaves.
Definitivamente, aquello no era normal. Alguien acababa de pronunciar la invocación de un Kidou de nivel medio desde lo oculto, como un cobarde que no quería dar la cara. Instintivamente, me lancé hacia Yonas y tomé entre mis manos la empuñadura de su arma para tratar de ayudarle a “domarla” y apartarnos del efecto de aquel arte demoníaca que no tardaría en materializarse.
Quizás fue un error, no lo sé, pero en aquel momento no se me ocurrió otra forma de reaccionar. Lo cierto es que, como por arte de magia, la hoja de la espada se resquebrajó y se convirtió en un centenar de cuchillas plateadas afiladas.
– ¡¿Qué está pasando?! – murmuré nervioso – ¡Ese no era el efecto del Kidou!
– ¡Cuidado!
Aquella fue la primera y la última palabra que escuché de boca de mi involuntario compañero de desventura en aquel día. No pude reaccionar. Cuando me quise dar cuenta, aquella masa informe de cuchillas ya me había traspasado todo el cuerpo. Una nueva arremetida por la espalda terminó por derrotarme.
Sin fuerzas, vomitando sangre, con la vista borrosa y la piel teñida de carmesí, caí rendido de rodillas con la mirada fija al frente. No podía mover un músculo más. Perdí en cierto modo la noción de lo que pasaba a mi alrededor. Sí, oía a Yonas gritar nervioso y desesperado. Sí, escuché el grito desesperado de Nalya. Pero todo estaba demasiado lejos. Todo pertenecía ya como a otro mundo…
Todo menos aquellos ojos blancuzcos, aquella mirada vacía pero cargada de odio y placer que alguien, posiblemente mi verdugo, me dirigía desde detrás de la maleza que ocultaba el resto de su cuerpo. No, nunca olvidaría aquella mirada.
Como proyectadas sobre aquellas blancas pantallas, vi romperse todos mis sueños. No saldría de aquella y lo sabía. Ya no sería nunca más shinigami. Ya no vestiría el ansiado uniforme negro. Ya no podría limpiar nunca el nombre de mi abuelo, el legendario Capitán Akano Kumaru.
Todo se desvanecía poco a poco. Con el paso de los segundos, todo se iba haciendo más irreal, más lejano. Casi no me di cuenta cuando, llorando a lágrima viva, Nalya me cogió entre sus brazos y trató de taponar mis heridas mientras no llegaba un equipo médico. Pero vi su cara, vi sus ojos llorosos y me alegré de tener alguien como ella siempre al lado, en las cosas buenas y en las cosas malas.
No quería verla así. Quería verla sonreír o enfurruñarse, pero no podía soportar verla llorar, ni aunque fuera por mí. No podía soportarlo pero en aquella situación parecía inevitable. Sacando fuerzas de flaqueza, sobreponiéndome a todo lo que estaba pasando, quise tranquilizarla.
– Hey… No estoy tan mal, ¿no? – tosí.
– No digas eso – me contestó. – Te pondrás bien. ¡Ya lo verás!
Entre aquellos tosidos, entre aquella sangre que no dejaba de brotar, sólo una cosa parecía ya tener algo de realidad: aquellos ojos blanquecinos que me observaban morbosos desde su escondite, contemplando con placer cómo me debatía por vivir, por poder levantarme y seguir luchando. Aquellos malditos ojos fueron lo último que vi antes de perder la consciencia.
Kara se había quedado blanca del todo al verme morir. Claro, para alguien que no me conociera o que no estuviera al tanto de mi historia, era algo demasiado gráfico ver aquello de sopetón sin más preámbulo que el que le había dado poco antes de que la avalancha de mi memoria la barriese. Sin pudor alguno, Balmung había reproducido las últimas imágenes de mi vida anterior, en el hospital, con Nalya y, después, ante la mirada sorprendida, asqueada, desencajada de mi discípula todo se fundió en negro.
– Gracias, viejo – le dije mientras la sala pentagonal volvía a tomar forma. – Pero no quería parar aquí hoy…
– ¿Ah, no?
– Luego nos llevas al almacén ordené.
– El almacén… Vale – asintió.
– Pero espera un momento. Kara – me giré hacia ella. – Sé que lo que has visto es muy fuerte, pero… tú no te preocupes por ello, que no pasó nada. Sólo perdí un poco el tiempo – sonreí, quitándole importancia a lo que había visto. – Lo importante es que entiendas por qué te cuento esto. ¿Lo entiendes?
– S… No, Rido- sensei.
– Y dale con el sensei – me quejé una vez más, para seguir restándole gravedad a la situación, aunque ya me había dado por vencido con lo del tratamiento. – Voy a parecer Miyagi… En fin – me reconduje. – Entonces no… Bueno – carraspeé, aclarándome la garganta. – Como te dije antes, teníamos sueños, proyectos, ilusiones… Yo – incidí – tenía proyectos, sueños e ilusiones… y mira como acabaron. Esto es lo primero que hoy quería enseñarte. Nuestros proyectos, nuestros sueños, nuestras ilusiones… nuestra vocación… son efímeros – filosofé. – La vida del hombre es un soplo; nuestros años, una sombra que pasa – recité. – Y, sin embargo, hay más – sonreí. – Mucho más. Hay algo que va más allá de la mayor catástrofe que te puedas imaginar, más allá de la muerte: tus ganas de vivir, el regalo que Otro, Dios, los Dioses, los kamis, el destino, el Rey, Rita la Cantaora o como le quieras llamar… tiene para ti – le señalé. – Mira.
Llovía en la ciudad. Era una de esas grises tardes de Octubre en las que el tiempo hace que el estado anímico decaiga, aunque el mío no podía estar más bajo. Acababa de volver a escapar, por enésima vez y nada indicaba que aquella nueva aventura fuera a acabar bien. Todo lo contrario: los mismos presagios de siempre.
“Tonto, tonto, tonto. Seré gilipollas. Otra vez aquí, tirado en la calle, sin nada que hacer y sin nada que esperar. Si al menos tuviera algo para protegerme de la lluvia…” – pensé mientras caminaba en busca de un lugar donde guarecerme.
Entonces mis ojos descubrieron que la puerta de un viejo garaje estaba abierta. Aquel enorme edificio de hormigón parecía abandonado y no creí que fuera a tener mayor problema para entrar. Era el sitio perfecto. Por los carteles de la puerta, anteriormente debía haber sido un taller mecánico que quebró. El edificio habría sido, seguramente, un dormitorio para gente sin hogar que, como yo, no aceptaban la caridad de las casas de acogida.
Atravesé el umbral de aquella puerta y esquivando las innumerables goteras alcancé la oficina, o al menos lo que se suponía que un día había sido la oficina, de aquel lugar. Había allí un sofá, devorado por las ratas, con los muelles fuera y la tela desgarrada, pero, a fin de cuentas, un sofá. Me tumbé en el sofá y traté de dormir… pero no lo conseguí. Otra vez los innumerables fantasmas, otra vez el miedo al qué pasará, otra vez esa sed inapagable de… No, no podía pensar en ello. No debía pensar en ello.
Había recorrido un largo camino para olvidarme de aquello. No podía volver. “Tranquilo, tío, tranquilo. Estarás bien. Estarás bien”, me repetía una y otra vez. ¿Estar bien? ¿Qué era eso? Cualquier cosa diferente de como estaba ahora. Total, ya nada podía ir a peor.
¿Pero como cambiar? No tenía las fuerzas para seguir adelante. Lo había intentado de todas las maneras. Nunca agradeceré lo suficiente a aquella gente lo mucho que luchó por mí a pesar de lo mal que los traté. ¿Qué salida me quedaba? Ninguna. ¿O acaso…?
No, aquello era de cobardes. ¿Pero no era yo un cobarde que no sabía luchar siquiera por intentar ser feliz? ¿Merecía yo seguir viviendo entonces? Ya había renunciado a la vida en más de una ocasión pero… No, no sería capaz. ¿O sí?
– Es cierto, sólo me queda esa salida – dije en alto.
¿Tendría el valor de hacerlo? Un momento, ¿valor? No, el valor se demuestra luchando. Yo me había rendido. Pero… ¿osaría hacer algo así? Caer tan bajo como huir… ¡Qué preguntas! ¡Llevaba toda mi vida huyendo!
Uno de los cristales de la ventana de la oficina estaba roto. Mis ojos lo descubrieron y, mecánicamente, como un autómata, cogí un trozo, el más grande. Había huido toda mi vida, ¿por qué no huía de una vez para siempre? Así no sufriría más, todo se acabaría…
– Hazlo, joder. ¡Hazlo! ¿Por qué no te atreves? – me abronqué en alto. – Quítate de en medio. Deja en paz a los que te rodean y muérete de una vez. ¿No tienes huevos? Demuestra agallas por una miserable vez en tu vida.
Poco a poco, el cristal fue abriendo un surco en mi muñeca y la sangre comenzó a brotar. Fue doloroso, pero estaba acostumbrado al dolor. Fue lento, pero no tenía prisa. Fue cobarde, pero siempre había sido un cobarde.
Nada de lo que había supuesto que existía después de la muerte era comparable a lo que vi cuando desperté. Vi claramente mi cuerpo, el cuerpo de un cobarde que había sido despreciado por todos, tendido en el sofá, delante de mí. Y, atado a él mediante una cadena, me encontraba yo. ¿Qué era? ¿Era un fantasma? La herida de la muñeca aún manaba sangre, pero en mucha menor cantidad. Unos minutos más tarde, la cadena se rompió coincidiendo con la última gota que mi corazón fue capaz de bombear.
Estaba muerto. Pero aquella muerte no era como la que salía en las películas. No había una escalera luminosa al otro lado ni un oscuro pasadizo a la perdición. No había una gran verja dorada con un San Pedro custodiándola. Las llamas del infierno tampoco se veían por ninguna parte. Simplemente estaba allí, donde mi cuerpo reposaba. Viéndolo dormir el sueño eterno.
Así que en eso consistía la muerte. En liberarte de tu cuerpo, pero no de tu dolor. Aquel maldito dolor que había vivido durante toda mi vida seguía ahí. Se había intensificado. ¿Era justo? Quizás sí. ¿Merecía yo algo mejor que seguir sufriendo? Al final, la salida me había conducido a un callejón sin salida. Ahora sí que ya no había marcha atrás.
Ni siquiera la muerte calmó mi sufrimiento. Es curioso, pero esa tan repetida frase de descanse en paz, me vino a la mente un par de veces, y siempre acababa llorando. Mis sufrimientos se agravaron sin explicación. Ahora me sentía más débil que antes, más necesitado… peor.
– ¡Oye, tú!
Una mujer de pelo rojo con… ¿cuernos? estaba detrás de mí. ¿Podía verme? ¿Era alguna clase de médium o algo? Además iba vestida de forma rara, como los orientales, con un traje negro sobre algo blanco y portaba una espada, una katana.
– Tú… ¿qué haces aquí? – me gritó, como si estuviera fuera de sus casillas. – ¡¡¡¡Te vi morir!!!!
Como aterrorizada por algo, salió rápidamente de la habitación. No entendía nada de lo que pasaba. ¿Quién era aquella mujer? ¿Por qué podía verme? ¿Acaso no había muerto? Y si no había muerto… ¿por qué me veía como si estuviera fuera de mi cuerpo?
No, si de algo estaba seguro en aquel momento es que yo había muerto. Me había atrevido a renunciar a la vida y no podía haber salido mal. Sin embargo, yo no tenía heridas ¿había sido un sueño entonces? ¿Era eso? ¿Estaba soñando?
No, sentía el dolor recorriendo todos y cada uno de las células de mi cuerpo. Aquello era totalmente real. Pero, ¿qué era ella? ¿Qué era yo? ¿Un fantasma? ¿Acaso los fantasmas existen de verdad entonces? ¿Era aquello la otra vida? ¿Qué estaba pasando?
La extraña mujer volvió entrar. Parecía más calmada, una calma tensa. Sus ojos irritados y las manchas en su traje hacían ver que acababa de llorar. ¿Qué había provocado en ella aquella reacción? ¿Había sido yo? ¿No era irónico que alguien llorara por mi muerte? ¿Seguiría causando dolor?
– ¿Yo?
– ¿Ves a alguien más? ¡Claro que tú! Ven aquí.
Mientras me dirigía a ella desenvainó su espada. El terror se reflejó en mi rostro. No podía ser nada bueno aquello. ¿Iría al infierno? ¿Qué pasaría conmigo? Miedo, miedo, miedo. Eso era lo que decía cada uno de mis gestos, de mis miradas, de mis pensamientos. Miedo.
– ¿Qu… Quién… e… eres?
– Soy un shinigami – respondió y, ante el pánico que mostraron mis ojos me dedicó una leve sonrisa y me dijo – Tranquilo, irás a un lugar mejor. No te va a doler.
Dicho esto acercó su espada a mi cabeza y me tocó con la base de la empuñadura. Calor y paz inundaban mi alma como no lo había sentido desde que aquella maldita cadena se había cortado, una cadena que me ataba a un cuerpo que no quería y a una vida que odiaba. Por eso la corté de raíz. Un hombre solo es un hombre desahuciado y para mí ya no podía existir una enésima oportunidad. Cerré los ojos y me dejé llevar.
– Muchas veces me he preguntado por qué. ¿Por qué yo y no otro había tenido esta segunda oportunidad de… “cumplir mis sueños”? ¿De vivir? – seguí hablando mientras la imagen volvía a difuminarse. – Yo ya había renunciado a todo. Ya tenía bastante claro que había fracasado… ¡Me había suicidado! – enfaticé. – Y aún así. Aún así – repetí con tono un poco más solemne. – ¿Qué hice yo de bueno para “volver”? ¿Sabes cuál es la respuesta?
La miré fijamente y supe que no debía esperar ninguna contestación. Kara estaba totalmente abrumada, completamente superada, y, aún así, parecía totalmente sumergida en mi relato, como si necesitase imperiosamente conocer la solución a la pregunta que acababa de plantearle. Se podía leer esa cierta ansiedad, no exenta de incomprensión y de temor, quizás, a una revelación que no pudiese soportar, en sus ojos, en sus labios, en la tensión que recorría su rostro y sus manos…
– Nada – sentencié al fin, casi en un susurro, con una sonrisa y una voz como si fuera el mismísimo Arquímedes en su bañera. – No había hecho nada – silabeé. – Estar hoy aquí contigo es un auténtio regalo. Mi vida es un regalo. Tu vida – puse mi índice sobre su frente –es un regalo. ¡Y eso es maravilloso! – exclamé. – Porque no dependerá ya de lo que hagas bien o mal o regular ni de lo que dejes de hacer. Tu vida es un don totalmente gratis – insistí. – Y sólo cuando te des cuenta de eso, cuando te des cuenta de que no mereces nada, de que en el fondo eres débil y que aún así vales una vida… Entonces – terminé. – Entonces serás fuerte y todos tus proyectos, tus sueños, tus ilusiones… tendrán sentido. Porque entonces podrás pensarlo todo en su justo término.
¿De dónde habían salido aquellas palabras? Más tarde, horas más tarde, aquella noche, cuando repasaba todo aquello en la renovada soledad de mi apartamento aún buscaba la fuente que me había llevado a hablar así. Aún me acordaba de todas y de cada una de las frases que había pronunciado y era incapaz de no darles mil y una vueltas, de no paladearlas, rumiarlas, saborearlas de nuevo…
Movido por un súbito fogonazo de mi interior, convoqué una mariposa infernal y la envié lejos, hacia el Norte, hacia las Montañas del Aullido. No sabía por qué. Nunca había sido especialmente religioso y lo que me había tratado de transmitir Uxío mientras me había tutelado siempre había caído en saco roto. O parecía que no. Ahora necesitaba hablar con él. Y eso me provocaba también una cierta angustia… pero lo que había descubierto, o redescubierto, era también una fuente maravillosa de paz.
– Unas vidrieras preciosas… – sonó la profunda voz de Balmung a mi espalda, rompiendo el silencio.
– ¿Qué? – me di la vuelta.
– Ah, claro – sonrió con autosuficiencia y desdén. – Tú siempre pensaste que esto iba de Kara…



Viernes, 26 febrero, 2010, 14:38 | 


