Akano 31 – Herencia Grossner V

by Centoloman

Ahí vamos con la última Herencia Grossner, aunque más que un capítulo que cierre un arco argumental, más bien lo abre. De todas formas, ya este arco estaba planteado desde un primer momento como el primero de una “trilogía” y bla bla bla. No digo más, vedlo vosotros mismos.


Akano 31 – Herencia Grossner V (Confianza)

– ¿Está todo preparado?

– Por desgracia…

– Eh, tienes que aprender a aceptarlo – le espeté, con una sonrisa en la cara. – Venga. Vamos allá

– Hola Kara – la saludé, acercándome a la puerta mientras le hacía un gesto a Kaiden que servía al mismo tiempo como agradecimiento y como indicación para que se fuera. – ¿Qué tal estás?

– B… Bien – tartamudeó tímidamente, haciendo que su vocecilla resonara en el interior de mi cabeza.

– ¿Seguro?

No contestó. Sólo me miraba con ojos de corderillo, parada en el umbral de la puerta, con las manos cruzadas frente a su cintura. Apoyé mi mano derecha sobre su hombro y, con la sonrisa más tranquilizadora que mi nerviosismo me permitía esbozar, extendí mi brazo izquierdo invitándole a pasar y sentarse en una de las butacas. Serví dos tazas de té y la seguí, tomando asiento en la que quedaba libre.

– Supongo que sabes por qué he querido que vengas, ¿verdad? – comencé. – Espero que la Capitana Ela y tu amigo Kaiden te lo hayan explicado.

– Sí, Rido-sensei – asintió con poca seguridad.

– Vale – repliqué. – Entonces… Quiero que tengas algo en cuenta. De hecho… Vamos a hacer un trato, ¿vale? – propuse. – No me tengas miedo, ni vergüenza, ni nada, ¿de acuerdo? Yo voy a ayudarte y juntos vamos a salir de esta – insistí – pero para ello necesito que confíes en mí. No… No importa lo que hayas hecho hasta ahora, ni siquiera lo del otro día…

La mención a lo que había pasado la noche en que había atacado a Omar motivó que abriera los ojos con susto y los pusiera como platos y se acurrucara en su asiento adoptando una postura defensiva más propia de un animalillo que se sentía acorralado. Contaba con ello, pero había querido mencionar a propósito aquel incidente. Tenía que dejarle claro que ni siquiera aquello que la corroía por dentro era grave. De una forma u otra, tenía que ir poniendo las cartas sobre la mesa.

– Kara… – llamé. – En serio… No hay nada de lo que tener miedo, ¿vale? Y tampoco importa lo que hayas hecho en el pasado – me incliné hacia ella. – Importas tú – la señalé. – Tú y nada más. Vamos a dejar todo eso aparcado y…– sonreí, quitándole importancia – y ya llegará el momento en que le demos caña a todo el asunto.

Ella esbozó una tímida mueca que pretendía ser una sonrisa después de unos momentos de duda. Agachaba ligeramente la cabeza, como quisiera ocultarme el rostro y, más concretamente, su mirada. Seguía teniéndome miedo y, precisamente, la primera parte del entrenamiento pretendía todo lo contrario.

– Eh… Mírame – le pedí. – Habíamos quedado en que no me ibas a tener miedo, ¿verdad?

– Sí, Rido-sensei…

– Exacto – asentí. – Pero ya te dije que soy Rido, sólo Rido – la corregí. – Si me llamas Rido-sensei vas a hacer que me sienta un viejo. Y aún queda mucho para eso – reí.

La sonrisa que comenzaba a dibujarse en su cara se iba haciendo poco a poco más sólida y más grande. Por primera vez desde que había entrado en mi despacho podía verse un pequeño rastro, aún mínimo, de alivio. Quizás empezábamos a ir por el buen camino.

– Tómate el té que se te va a enfriar – la animé. – ¿Te acuerdas de lo que te dije cuando te recogí en Kyoto? No hay nada de qué preocuparse. Te dije que iba a estar ahí cuando llegase el momento y… – suspiré, encogiéndome de hombros. – Bueno, vale, quizás haya llegado un poco tarde, pero aún estamos a tiempo. Siempre que me dejes, claro…

De algún modo, tenía la sensación de haber vuelto al principio. No era raro. Si algo había quedado patente en las dos últimas semanas era la fragilidad emocional de la chiquilla y lo mucho que la afectaba todo lo que la rodeaba. Por eso, como la primera vez que había pisado mi despacho, se hacía necesario que volviera a arroparla con todo el cariño y toda la seguridad que fuera capaz de irradiar.

– Va… le – movió la cabeza en gesto afirmativo.

– Y… cuéntame – me recosté sobre el asiento. – ¿Cuál es tu color favorito?

La pregunta la cogió por sorpresa y, durante un momento, vi como en su expresión flotaban sensaciones contradictorias, pero pronto se relajó y respondió a mi pregunta con un cierto temor. El mismo miedo que había mostrado ante un interrogante tan superficial como aquel se reflejaba en las que le sucedieron, cuyo único objetivo era que se soltara un poco y, precisamente, fuera liberándose de aquella carga de pavor y de vergüenza que parecía sentir en mi presencia.

– Bien… – la paré, mirando el reloj. – Ha… pasado una hora – expliqué. – Y como te dije que íbamos a ir poco a poco… ¿Qué te parece si lo dejamos aquí?

– Sí – me miró extrañada un poco por la súbita detención.

– ¿Quieres tomar algo más?

– No… Gracias, Rido-sensei – sonrió.

– Pues entonces… – suspiré. – ¿Qué te parece mañana? ¿A la misma hora? Así charlamos otro poco…

Ella aceptó mi propuesta con un gesto mudo y se levantó a la vez que lo hacía yo. La acompañé un poco por los pasillos de la zona noble de la Academia y me despedí de ella con una cariñosa sonrisa y una palmadita en la espalda antes de regresar de nuevo al despacho, donde ya me esperaba, y no con gesto precisamente entusiasta, quien ya había supuesto que estaría.

– La estás engañando – me acusó.

– Ya hemos hablado de esto… Es necesario – justifiqué.

– ¿También lo era borrarle la memoria a esos dos?

Fulminé con la mirada al hombre de la barba rubia y los ojos verdes que me miraba desafiante al otro lado de mi escritorio, en el lugar en el que debía encontrarse mi silla de trabajo. Había sido un golpe bajo totalmente malintencionado. Entendía que estuviera molesto y todo lo que quisiera. En el fondo siempre había sido alguien muy caprichoso y muy celoso de su intimidad y del halo de misterio que pretendía crearse a su alrededor, pero aquel había sido un movimiento demasiado rastrero. Incluso para él.

– ¿Ahora eres la voz de mi conciencia? – dije al fin, apartando la vista mecánicamente hacia unos papeles.

– Para eso me pagan…

– Los cojones te pagan… Y, sí, aunque no te guste, es necesario – insistí. – Si de otra forma fuera mejor… Créeme, lo haría.

– ¿Y qué vas a hacer hasta mañana?

– Comprobar que todo esté en su sitio, descansar un rato… Ese tipo de cosas – mencioné. – ¿Has hecho lo que te pedí que hicieras?

– Sí…

– ¿Me lo enseñas?

Tras hacer una pequeña reverencia afirmativa, me guió hasta el exterior del edificio y a través de los jardines extrañamente vacíos hasta mi apartamento. Allí estaba, nuevamente. El cuadro. El maldito cuadro aquel. Balmung se acercó y tiró de él como si de la hoja de una puerta se tratara, revelando un profundo pasadizo descendente que para nada encajaba allí.

– Tú y tus cosas – le dije, señalando al cuadro.

– Me hace sentir más cómodo.

– Pues nada, tú primero.

Chasqueó los dedos y una hilera de antorchas se iluminó a los lados del corredor. Seguimos la línea de fuego y me condujo hasta una pequeña y extraña sala pentagonal, profunda y lúgubre como mazmorra. En cada una de las paredes de la habitación, exceptuando aquella en la que desembocaba el pasillo, había colgado un cuadro, tapado ahora mismo con un paño negro que ocultaba su contenido.

Los comprobé uno a uno, volviendo a cubrirlos con la tela una vez me había cerciorado de que todo estaba como tenía planeado y recuperé el centro de la estancia con una sonrisa satisfecha en la cara en cuanto hube terminado la revista.

– ¿Esto existía originalmente?

– Sí – sonrió él. – La encontré el otro día, curioseando.

– Entonces…

– Exacto.

– De todas formas… – comenté, echando a andar de nuevo por el pasadizo. – Has de mirar de adecentarlo un poco antes de que volvamos aquí.

– ¿Ahora soy tu criada?

– ¿Ah, no? – bromeé.

Mi puya no le hizo ni pizca de gracia al monje, que comenzó a jurar por lo bajo mientras me seguía hacia la superficie de mi apartamento. Era divertido. Lo bueno es que la situación comenzaba a encarrilarse y, por lo que había medio percibido en mi conversación con Kara, tenía un pronóstico bastante positivo, así que podía entretenerme con aquellos piques que tanto me distraían.

– ¿Cómo vamos a hacer?

– ¿Cómo vamos a hacer de qué?

– No pretenderás que haya recreado todo el Sereitei para que la niña se distraiga – observó él.

– Y no podías decírmelo antes – me quejé. – En fin…

Puse los brazos en jarra y me quedé mirando con la vista clavada en el monje mientras le daba vueltas a las posibles consecuencias de lo que me acababa de contar. Si Kara se daba cuenta del montaje antes de tiempo podría ser más perjudicial que

– ¿Y cómo hiciste la otra vez?

– Pues… Todo según las necesidades de cada momento.

– Es decir, – concluí – que ibas improvisando.

– Exacto.

– Típico – bufé. – Entonces… – dije, mientras aún seguía buscando posibles soluciones. – Vale – resolví. – Ya sé. Tú… Céntrate en la Academia – ordené. – En los amigos de Kara y sus compañeros de clase… Luego… Luego si tiene que ver a los mismos alumnos de tercero ochenta veces en un día pues qué le vamos a hacer – me encogí de hombros. – Pero al menos que su entorno más cercano esté lo más completo posible…

– Respecto a eso…

– ¿Sí?

– Hay un problema…

– Sorpréndeme – repliqué con desgana.

– Tú no conoces el Cuartel de la Decimotercera División…

Cierto. En aquello sí que no había caído. Y era “peligroso”. No sabía exactamente qué tipo de relación tenía Kara con los miembros del Decimotercer escuadrón más allá de la sobreprotección que le proporcionaba Ela… Tenía que pensar en algo que pudiera servir de tapadera el tiempo suficiente como para garantizar que tuviera el margen de progreso que deseaba.

– Haz que los de la Trece vengan a la Academia, digamos… ¿un par de veces a la semana? – sugerí. – No sé, que vengan a comprobar cómo sigue después de… Que sea Aiolos, que lo conozco mejor, y… ¿Raylon? Se había mudado para ahí, ¿verdad? O lo que se te ocurra, vamos – volví a fruncir el ceño. – Ahora mismo me pillas así de sopetón y…

– O sea, que improvise.

– Si te gusta, hombre… – reí, irónico. – Te doy permiso para rebuscar en mis recuerdos y ver lo que es mejor. Así estás entretenido – le palmeé el hombro. – Ahora… ¿has hecho lo otro?

– ¿Lo otro? – preguntó, poniendo expresión de estar haciéndose el sueco.

– Vale – respondí secamente, con visible decepción.

– Es por tu bien – asintió. – ¿Nalya? ¿Yonas? ¿Qué quieres? – se adelantó. – ¿Vivir de espejismos? Además, – añadió – ya que me estás jodiendo con esto…

– A la mierda – clausuré la conversación.

– Realismo, Rido. Realismo.

– A la mierda.

Con la misma, abandoné mi apartamento y me fui a dar un paseo por el Sereitei para ver qué sorpresas me había deparado la reconstrucción que Balmung había hecho esta vez. Me adentré en el Cuartel de la Novena División y, casi de forma mecánica, lo recorrí pasillo por pasillo y piso por piso comprobando que todo seguía, misteriosamente en su sitio. Excepto por aquel cuadro, que volvía a estar allí, al fondo del pasillo del ala donde se ubicaban las habitaciones de los Oficiales, recordándome que, por mucho que buscara, aquello no era más que una ilusión.

– Serás cabrón – dije por lo bajo.

Pasé la tarde charlando con mis ficticios compañeros. Era cierto, a través del monje podía controlar el tiempo de aquella realidad paralela casi a mi antojo, pero no sabía cómo aquello podía intervenir en la percepción que tuviera Kara, así que invertí lo que restaba de la tarde en charlar de viejas anécdotas con los compañeros de División. No era más que un sueño, lo sé, pero revivir aquellas experiencias y volver de alguna manera al pasado, a aquella época en la que las responsabilidades apenas traspasaban aquellas paredes, era realmente reconfortante.

La tarde cayó y la noche se hizo la dueña del Sereitei. Y, como ese, iban transcurriendo los días. A pesar de que no era totalmente obligatorio, el monje insistió en que debía guardar las apariencias todo lo posible y más, así que tuve que renunciar a mi idea de pasar unos días sabáticos y dar las clases como si aquello fuera realmente el mundo exterior. Afortunadamente, se trataba sólo de mantener una fachada y no tenía que seguir realizando el habitual papeleo que tan de los nervios me ponía.

Cada tarde, a la misma hora, tal y como habíamos convenido, Kara se presentaba en mi despacho. Siempre la esperaba con una pregunta preparada y con la intención de ir profundizando poco a poco en su psicología. Así, cada vez más, iba abandonando la superficie y adentrándome en áreas más profundas de su pensamiento, dejándole explicar su experiencia. Cuando veía que dejaba de hablar o que no sabía por dónde seguir le hacía preguntas para que siguiera contándome cosas, aunque fueran cosas sin importancia y, cuando veía que se estaba yendo hacia derroteros problemáticos trataba de reconducirla hacia sendas tranquilas, pero procuraba siempre que hablara ella más que yo, algo que, por otra parte, se hizo bastante difícil en un principio.

Porque realmente costaba hacerla hablar, por llamar de alguna manera a la peculiar forma que tenía la muchacha de comunicarse con los demás. Su alma estaba realmente dañada por lo que había oído, lo que había visto, lo que había sentido y lo que se había visto obligada a hacer. Pero poco a poco, muy poco a poco, el telón de miedo que recubría su corazón había ido haciéndose jirones y cada vez era más fuerte el lazo de confianza que nos unía a los dos.

– Rido-sensei – me preguntó cuando llevábamos casi un mes allí metidos. – Tengo… Tengo una pregunta que hacerle.

Era la primera vez que ella se atrevía a tomar la iniciativa en nuestras conversaciones, así que no pude evitar que una gran sonrisa dividiera mi rostro en dos mitades. Asentí con la cabeza, invitándola a hablar, mientras examinaba tranquilamente su expresión. Había algo que me mosqueaba ligeramente, y era esa pequeña muestra de preocupación que enturbiaba el brillo de su mirada, pero no le di mayor importancia.

– Es… Todo es muy raro – confesó.

– ¿Raro?

– S… Sí – insistió, comenzando a atropellarse y a acelerarse, como si confesar aquello le produjera un cierto nerviosismo. – Todo… todo es… Todos… están…

Levanté la mano parándola en seco antes de que su intranquilidad llegara a mayores y me recosté sobre la butaca. Dejé que respirara un momento, mientras le daba un sorbo a la taza de té que sostenía entre mis manos. Había descubierto el farol. Por lo menos habíamos avanzado algo. No algo, mucho. Así que me podía dar por satisfecho.

– Verás… No, mejor, ven conmigo – dije, dejando el pocillo sobre la mesita. – Sí – me reafirmé, levantándome. – Va a ser mejor.

Era el momento de levantar el telón ilusorio que se cernía sobre toda aquella “realidad” y confesarle la verdad, pero, si se lo explicaba con palabras, difícilmente podría entenderlo. No. Mejor era mostrárselo con hechos. Le puse la mano en el hombro y, como hacía todos los días cuando se marchaba, la dejé caminar un poco delante de mí hacia la puerta de mi despacho.

Sin embargo, aquel día todo iba a ser diferente. Cuando atravesara el umbral que separaba mi oficina del lugar donde estaba situada la recepción, ya no se encontraría con Rina sentada, como siempre, detrás de su escritorio, sino que descubriría la enorme pradera verde que se extendía alrededor del monasterio. Y, como era de esperar, cuando vio aquello, Kara palideció. Su expresión delataba un total desconcierto. No era para menos. Aquello era totalmente inexplicable para cualquiera.

– Vas a tener que perdonarme… – me excusé, sujetándola suavemente.

Le expliqué lo más tranquila y serenamente que pude la maniobra que había puesto en práctica, comenzando por las motivaciones que me habían llevado a tomar aquella decisión en un primer lugar. Enseguida me di cuenta de que había sido una mala idea haberlo hecho así y me maldije mil veces al ver aquel resto de desorientación y pavor, aquella mirada de corderillo amenazado, regresar a su rostro.

– Mierda – mascullé para mis adentros. – No te preocupes – me agaché en cuclillas frente a ella, con mis dos manos apoyadas sobre los hombros. – Todo lo que has vivido, sentido y pensado aquí es real…Ya no hay nada de qué tener miedo.

El cambio en su expresión me había descentrado ligeramente y tenía la impresión de estar recurriendo a tópicos muy manidos sin ningún criterio. Tampoco podía prolongar mucho más aquella situación de incertidumbre, y quizás, para ella, era mejor volver al mundo real de una vez por todas, pensar en lo que había pasado y asimilarlo bien.

– En fin… – me levanté. – ¿Qué te parece si volvemos?

Ella no dijo nada. No hizo nada. No se movió un ápice. Sin embargo, cuando comencé a andar campo a través, ella me siguió, bien pegada a mi espalda, como los polluelos siguen a su madre poco después de nacer. Le eché una mirada furtiva por encima del hombro, pero ella llevaba la cabeza gacha, ocultando su gesto.

– Aquí es… – anuncié al llegar a la verja de metal y abriéndola. – Cuando cruces esta puerta… estaremos de nuevo en la realidad – expliqué con lo que pretendía ser una sonrisa tranquilizadora en mis labios. – Te lo prometo.

– Ahora supongo que me toca descansar…

– Sí, pero tampoco te habitúes…

– Serás cabrón…

– Seguro que todo va bien… Más le vale…

La vacía amenaza de Kaiden aún flotaba en el ambiente como un recordatorio del papel protector que había decidido jugar en relación a su amiga. En el fondo, Krunzik tenía razón y en aquellas actitudes podría haberme visto yo reflejado hacía muchos años, lo que me obligaba a sentir una punzadita nostálgica. El chaval apenas se había dado la vuelta y había comenzado a caminar hacia el exterior de las dependencias de mi despacho, cuando lo llamé de nuevo.

– Ah, tranquilo – sonreí desde el umbral. – Si ya os podéis ir.

El chico de la melena oscura me miró sin acertar a decir nada. “¿Ya podían irse? ¿A qué cojones estaba jugando?” Aquella clase de preguntas se leían a través de sus ojos como en las páginas de un libro abierto.

– ¿Entiendes ahora por qué? – le pregunté a Kara.

Ella asintió con una amplia sonrisa. Una sonrisa que hacía que toda la zozobra que había vivido en los últimos meses hubiera merecido la pena.

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2 Comentarios en “Akano 31 – Herencia Grossner V”

  1. *Siiigo con la chuleta*

    –> Grossner’s Heritage <–

    Creo que voy a sonar redundante pero, una vez más y de forma más manifiesta, en este capítulo se nota el peso que tiene Tilly frente a su marido (que empiezo a verlo un poco calzonazos LOOOOOOL). Y, uuuna vez más, la influencia de Ela sobre Kara (supongo que vino a raíz de la, ya famosa, misión en Yorokonde. Que nadie sabe qué pasó, a menos que te leas el fic de Kara u.u)

    Otro detalle en el que caes cuando te lo lees todo del tirón en un maratón: el recurso "El más prometedor/es" Gaby, Kyrek, Kyo, Krunchi… Joder, ninguno queremos que nuestro shini sea un mindundi, eh? LOL

    Creo que lo más interesante de este arco fue a entrada al mundo interior del Barbas y la terapia psicológica, muy… Mátrix-Cámara-del-tiempo-de-Goku LOOOOOL Pero es una gran ventaja poder echar mano de un recurso así, pa mí lo quisiera yo LOL. Y, cóooomo no, la primera con que lo prueba es… *redobles de tambor* EYLINN!! Eso fue un "la tienes a HUEVO II", los últimos coletazos del papel-que-debió-ser-pero-que-no-fue LOL

    Por último, el pifostio padre Kara-13º-Kyo. ¿Y por qué el retoño-de-mamá se comió el marrón? ¡¡POR PONERLO DE CANGURO!! Vamos y vamos… xDDDDDDDDD Nah… Tenías que meter en un lío a la canija para desencadenar el siguiente arco; y meter cizaña va en los genes, sep u.u Así que, lo tuviste a huevo xD

    Dew ;3

  2. Tilly mola muuuuuuuuuucho. Es que yo soy un niño de mamá. Y lo de la misión en el Yorokonde no se sabe porque Henkara prohibió expresamente que Rido conociera nada, no porque haya que leerlo en el fic de Kara. Algo pasó. Algo que afecta a su familia (recuerda a Tilly yendo hacia al norte) y que implica a Kara. Algo que ya llegará dentro de no mucho, don’t worry.

    Dejame a Kara en paz. Además, los dos sabemos que tenía que llegar este momento. Así que eso.

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