Akano 30 – Herencia Grossner IV

by Centoloman

He aquí el siguiente capítulo de Akano, el capítulo 30, realizado con la inestimable colaboración de Kaiden para el desarrollo de su personaje.

Un capítulo que es, a la vez, de transición y en el que hay algo de desarrollo, aunque no mucho. Un capítulo bastante necesario pese a lo poco importante que parece en la trama, sobre todo teniendo en cuenta el anterior.

Espero que os guste ^^

Akano 30 – Herencia Grossner IV (Tensión)

– “¿Un Kidou descontrolado?” – leí. – Déjame adivinar…

El joven de la melena morena levantó la cabeza de la hoja de periódico que estaba estudiando con especial obsesión y dio un respingo al reconocerme allí de pie frente a él. Le indiqué con un gesto que me acompañara, se levantó, me estudió con la mirada mientras se sacudía el polvo del pantalón de su uniforme y, algo reticentemente, me siguió hacia el amplio jardín central de la Academia.

– ¿En qué puedo ayudarle, Director? – habló por fin.

– Me gustaría hablar contigo – le dije. – De Kara. Y no acepto excusas…

– Dispare.

– Espero que la Capitana Ela haya cumplido su parte del trato y os haya dicho que…

– ¿Qué usted se va a hacer cargo de Ka desde ahora? – comentó en un tono que mediaba entre la preocupación y el escepticismo. – Sí, nos lo dijo.

– Pues bien, voy a necesitar tu ayuda – expliqué.

– ¿Mi ayuda?

– La tuya y la de todos – apunté. – Seguro de que eres consciente de la gravedad de la situación.

No respondió verbalmente, pero su expresión, su mirada y el leve gesto afirmativo con su cabeza fueron suficientes. Aunque no parecía muy dispuesto a ayudar, ya que rápidamente se corrigió y volvió a mostrar una postura totalmente neutra, era innegable que él compartía mis preocupaciones. Seguramente también lo hacían sus amigos, pero la experiencia me decía que Kaiden sería, posiblemente, el menos hostil de los cuatro.

Había llegado a esa conclusión después de examinarlo durante los pocos días, dos o tres, que habían pasado desde que Kara hubiese atacado a Omar. No sé si era porque él era así, porque lo exteriorizaba o porque había sido la víctima original del ataque, pero era en él en el que se notaba una mayor preocupación y un mayor sentimiento de culpa, que, por qué no decirlo, era una buena carta a jugar si me quedaba sin ellas.

– ¿Cómo está?

– Más calmada, pero…

– Necesito hablar con ella cuanto antes – le expliqué.

– ¿Para hacerle más daño? – espetó, escéptico.

– ¿Hacerle…? Mira… – resoplé. – Tenéis que sacaros esa idea de la cabeza. Yo sólo busco ayudarla…

– Sí, ya…

– ¿Cómo que “sí, ya”?

– Mire… Director – dijo. – Con todo respeto, ¿cómo va a ayudarla? No tiene puta idea de lo que ha pasado Ka – afirmó. – Yo me crié en el 67. Eso es un puto desierto – explicó. – Y si lo comparo con lo que debió pasar ella en Yorokonde… me siento afortunado. No veo como usted podría ayudarla – confesó. – No puede entender lo que ha pasado.

– Puedes creer lo que quieras – sentencié – pero puedo ayudarla y voy a hacerlo. Y por eso voy a  necesitar tu ayuda. Ya te digo que necesito hablar con ella cuanto antes y lo mejor es que sea en un… “entorno controlado”. Es decir, – añadí – sin gritos, ni peleas, ni rebotes, ni nada.

Quedó unos segundos mirándome de arriba abajo en silencio, con gesto de estar examinándome para ver si había alguna segunda intención en mi propuesta.

– No es que no quiera ayudar, pero… – dudó. – ¿Cómo sé que podemos fiarnos de usted?

– Tendré que… – lamenté, mirando en la dirección que había indicado. – ¡Mierda! – protesté con los brazos en jarras y mirando fijamente al suelo desesperado.

Tendría que hablar con mi madre para que se encargara de ese “problema”. No me gustaba y, mucho menos, le gustaría a ella. Pero en aquel otro momento no se me ocurría nada mejor para atar aquel cabo suelto. La situación me estaba desbordando por completo. Cada vez que creía haber solucionado algo, me daba cuenta de que otra cosa iba mal. Casi tenía que aguantar las lágrimas que comenzaban a aflorar en mis ojos fruto de la tensión y de la impotencia y de lo que más tenía ganas en aquel momento era de gritar y desalojar así todo el malestar que me invadía.

– No me queda otra salida – dije para tratar de autoconvencerme.

– Esto se te está yendo de las manos – me advirtió.

– Lo sé – reconocí con pesar, dándome la vuelta. – Y no veas lo que me jode.

Dejando aún resonar las palabras frente a Xelloss, entré en la sala de espera donde descansaban, retenidos, los otros dos alumnos. Los miré fijamente, aún pensando en qué iba a hacer con ellos. No era una decisión fácil, pero sabía que tenía que evitar que se fueran de la lengua y que aquello se extendiera.

Sin decirles todavía nada, extendí la mano derecha frente a mi pecho y convoqué a una mariposa infernal. Como unas cenizas que revolotean sobre una hoguera, diminutos puntillos negros fueron cobrando y consistencia unos centímetros por encima de mi palma hasta convertirse en el oscuro lepidóptero mensajero. Le pedí que avisara a mi madre y la seguí con la mirada mientras se escapaba por las puertas.

– Arthur Steward y Julien LaBoeuf… – hablé, volviendo a posar los ojos en los dos alumnos. – Seguro que estáis preocupados por Omar… Va a estar un buen tiempo por aquí – les conté. – Sus heridas son peores de lo que creímos en un primer momento… ¿Cómo le dejasteis hacerlo?

– ¿Hacer el qué? – preguntó el más alto de los dos, el del nombre británico.

– Pues un Hadou de ese nivel – respondí con total naturalidad. – ¿No sabéis que Omar no es precisamente el Maestro Data? Os creía un poco más responsables…

– ¡¿Un Hadou?! – bramó su compañero. – ¡Fue esa puta tarada!

– Eh, calma – le paré. – Vamos a dejar de insultar a nadie… Fue un Hadou que se le fue de las manos, ¿de acuerdo? – insistí, dejando de lado cualquier pretendida naturalidad y dando a entender con mi tono que, les gustara o no, esa sería la versión oficial.

– ¡Esto es una vergüenza! – exclamó el inglés. – ¡Es una…!

– Vergüenza, sí – terminé su frase. – Ya lo has dicho antes. ¿Sabéis lo que me parece vergonzoso a mí? Que gente como vosotros que lo habéis tenido todo en vuestra vida os comportéis así con vuestros compañeros – les acusé. – Yo soy “noble” – entrecomillé con los dedos. – Como tú, Arthur. Y mi abuelo también fue uno de los Capitanes Legendarios, como el Capitán McCarthy… ¿Y? ¿Me ves apabullando a los alumnos que vienen del Rukongai? – me encaré con él. – No, ¿verdad? Konoe Melange – puse por ejemplo. – Ella es también de familia noble, ¿verdad? Y de una familia mucho más importante que la tuya y la mía juntas – sentencié. – ¿La veis burlarse de Otaka o de Kaiden? No, ¿verdad? ¡Eso sí que es una puta vergüenza, Arthur!

– ¡¿Pretende que nos lo callemos todo?! – contestó indignado. – ¡¿Que hagamos como si nada hubiera pasado?!

– Podemos ir por las buenas o ir por las malas – les miré.

– Usted está loco – intervino el de origen canadiense.

– Está bien, vosotros lo habéis querido – dije, antes de marcharme.

– Aún estáis aquí… – sonreí. – Y nadie sabe qué ha pasado – añadí, señalándole el recorte de prensa.

– Un accidente practicando un Hadou – asintió. – Sí, lo he leído… Pero eso también le beneficia a us…

– Todo lo contrario – le interrumpí. – Es un… “fallo” por nuestra parte, los profesores, que un alumno de Sexto intente ese tipo de cosas… con unos resultados tan escandalosos – admití. – Eso, y que pongo en un buen brete a un amigo haciendo esto – resoplé. – ¿Crees que si quisiera joderos le echaría el marrón tan alegremente al profesor Dbssdb y a su equipo? – le pregunté. – Y perdona por la expresión.

– No digo que lo haga así “alegremente”, pero tampoco sería la primera vez que nos traicionan… – se lamentó. – No digo usted, pero… En fin – se detuvo con un pequeño chasquido de resignación. – Supongo que le debemos esta

– Algo así – me encogí de hombros. – Pero… No lo hice para que me debáis nada… Lo hice por Kara – le expliqué. – Seguro que te das cuenta de que no sería precisamente lo mejor para ella…

– Sí, ya – contestó cortante y sin convencimiento alguno. – No somos tontos… Pero no se preocupe, veré qué puedo hacer. Hablaré con los demás y… – añadió. – Pero la última palabra la tiene ella.

– Ya estoy aquí, ¿qué era tan urgente?

– Voy a tener que pedirte algo que no te va a gustar – la miré fijamente.

Le expliqué a mi madre todo lo que había ocurrido desde mi salida apresurada del apartamento hasta mi discusión con Steward y LeBoeuf para que comprendiera la motivación del gran favor que estaba a punto de pedirle. Como era de esperar, puso un montón de problemas y me dijo que tenía que haber otras soluciones. Pero no las había o, por lo menos, a mí no se me ocurrían.

– Lo siento, Rido, pero yo no…

– ¡Mamá! – supliqué. – Por favor…

– ¿Tanto te importa esa chica como para caer tan bajo?

– Es culpa mía – lamenté. – Todo lo que le está pasando es culpa mía, porque soy un…

– No es culpa tuya – se anticipó. – Tú hiciste tu trabajo. No tienes por qué impli…

– ¡Pero lo he hecho! – observé. – Y ahora ya no hay marcha atrás. Y no puedo dejarla tirada… y sabes tan bien como yo cuál sería su destino – dije. – Sabes bien qué hay allí arriba. Mejor que yo – le recordé. – Y tú viste el infierno que era Yorokonde cuando la encontraron… ¿quieres que…?

– Está bien, está bien – cedió. – Pero que sea la última vez que me pides algo como esto – sentenció en tono sombrío.

De vuelta al despacho no dejaba de darle vueltas a todo aquello. Había, incluso, pedido a Mingus, uno de los profesores del Departamento de Historia, que me cubriera en las clases que había debido impartir desde los incidentes de hacía dos noches. No dejaba de pensar en todas las complicaciones que habían surgido desde entonces: el encubrimiento, la bronca con Kyo, la delicada situación con Kara… No estaba para atender otras cosas.

– Kagemusha Kara – nombró la profunda y rasgada voz del mayor de los Wolf desde la puerta de entrada de mi oficina.

– ¡Capitán Wolf! – le regañaba Rina desde su mesa. – ¡No puede entrar ahí!

– Uchiha Kyo, ¿o es Akano Kyo? – siguió él sin prestar atención a las quejas de mi secretaria. – Konoe Melange…

– ¿Qué cojones estás diciendo? – le pregunté. – Tranquila, Rina – me dirigí a mi ayudante. – No pasa nada.

– El grupo especial de prácticas – respondió el antiguo Capitán. – Ya tengo la selección – informó, lanzándome una hoja de papel con la peculiar caligrafía semigótica del viejo. – Kagemusha Kara, Kyo, Konoe Melange, Shitotsu Akio y Kurokotetsu – enumeró.

– ¿Shitotsu? – me sorprendí.

– Fue médico en su vida mortal… o algo así – razonó. – No es un gran guerrero pero… ¿no eras tú el que buscaba una formación integral, también en medicina? Pues él es el mejor – estableció. – Si quieres preguntarle al Teniente… Pelocasco.

– Xelloss, se llama Xelloss – le recordé. – Les… Les convoco para una reunión, ¿vale? ¿Qué día te viene bien a ti?

– Cualquiera…

– Vale, pues el… – dije mientras miraba la agenda y los horarios del Primer Curso. – El miércoles tienen la tarde libre. Les cito para justo después de comer.

– De acuerdo.

– Toma nota que después te olvidas – insistí. – Miércoles que viene, aquí, después de comer… Aunque…

Si lo pensaba bien… ¿Estaría Kara preparada? Bueno, si Kaiden se tomaba en serio y no dejaba caer en saco roto mi propuesta, seguramente podría asegurar que Kara estuviera presente y en condiciones de asistir a las primeras prácticas el miércoles siguiente. Y, además, si manifestaba mi preocupación acerca de la pequeña alumna tendría que explicarle a Kaiser lo que había ocurrido y eso sí que no entraba dentro de mis planes para nada.

– ¿Sí?

– Me preguntaba cómo es que no has puesto a Ludwig en la lista – mentí. – Sus habilidades para el combate están al nivel de las de su tía… y eso no es precisamente malo.

– Aún así – se encogió de hombros. – Primero, es mi nieto y no quiero dar lugar a…

– Como si te importara.

– Bueno, una cosa es que no me importe a mí y otra cosa que él lo entienda – argumentó. – Y segundo… no da el nivel – protestó con fastidio.

– ¿No da el…? Si yo mismo lo he visto…

– ¿Y has visto al otro chaval? ¿A Kurokotetsu? – preguntó. – No sé quién le habrá enseñado pero…

– Tienes que aprender que hay cosas que no puedes decir tan a la ligera – le aleccioné. – ¿Te das cuenta de que lo que dijiste antes no hizo más que empeorar la situación?

– Yo…

– Sí, ya sé que lo hacías con toda la buena intención del mundo, pero a veces no llegan las buenas intenciones. Créeme – añadí. – Yo antes era bastante como tú y tuve que aprender a palos… ¿O por qué crees que me llevo tan bien con Nakatoni?

Miré a Kyo con delicadeza. Había preferido esperar a la mañana siguiente para poder tener la cabeza fría a la hora de explicarle en qué se había equivocado al gritar lo que le había gritado a Kara y a sus compañeros. Había sido una situación confusa que había superado por completo los esquemas de alguien que, aunque en muchas cosas sabía comportarse ya como los adultos, todavía estaba comenzando a descubrir lo que significaba ser un adolescente.

– Lo que sí… Voy a tener que pedirte que por ahora mantengas las distancias con ellos. ¿Vale?

– ¡¿Pero por qué?! – protestó. – Como si yo tuviera la culpa de lo que ha pasado…

– No te estoy echando la culpa – traté de tranquilizarle. – Pero seguro que si lo piensas te das cuenta de que por ahora es mejor que te mantengas un poco al margen, ¿a que sí?

– Pues…

– Piénsalo bien, ¿vale? – insistí. – Además, no quiere decir que huyas de ellos. Si tienes que coincidir con Kara y sus amigos, pues coincides y punto – expliqué. – Pero si puedes evitarlo, mejor que lo evites. Tú estate con Ludwig o con este otro chaval que va ahora mucho contigo… Akio – propuse. – Como si no pasara nada. Simplemente, no fuerces las cosas por ahora. Dentro de unos días, cuando todo se calme y eso…

– Les pido disculpas.

– Veo que lo entiendes – sonreí. – Ahora… Vete a clase, no vaya a ser que llegues tarde. ¿Qué tienes?

– Teoría del Kidou – comentó con pesadez.

– A tu madre tampoco le gustaba nada esa clase – me reí abiertamente al identificar el gesto que acababa de hacer el chaval con el que tantas veces había visto en Nalya. – ¿Yurian?

– No, sigue enfermo.

– Db, entonces.

– Sí.

– ¿Le puedes decir que se pase por mi despacho después, cuando pueda?

Pasaban los días y, con ellos, el miércoles en el que había convocado a los alumnos seleccionados por Kaiser para las prácticas. Sin embargo, aún no había tenido oportunidad de hablar con Kara como pretendía. Consecuentemente, aunque había dado el recado a través de Eylinn, por un lado, y de su amiga Melange, también dentro del grupo de elegidos, por otro, ella decidió no aparecer.

¿Por qué? ¿Estaba asustada? ¿Estaba enfadada conmigo? ¿Tanta era la vergüenza que sentía ante mi presencia? No era sólo ya que no hubiera aparecido en el encuentro que los cinco estudiantes debían mantener con Kaiser, sino que tampoco había tenido ningún tupo de noticia por parte de Kaiden y, las veces que me cruzaba con ellos por los pasillos, pues, sistemáticamente,  ninguno de los dos había aparecido por mis clases desde la noche del incidente, huían en otra dirección al verme.

Pero tampoco podía decir que Kaiden se hubiera desentendido del pacto que habíamos hecho. De hecho, cuando me los encontraba por distintas zonas de la Academia, antes de que me descubrieran, había podido verlo hablando de una forma que iba entre seria y cariñosa con su amiga. Otras veces hacía un poco el payaso para relajar el ambiente.

– ¿No te suena de nada? – me asaltó un día Krunzik, acercándoseme por la espalda.

– ¡Joder! – exclamé sobresaltado. – ¡Qué susto! No te había visto…

– ¡¿Insinúas que soy demasiado bajita y que…?! – se enfadó.

– Tranqui, tranqui – la detuve. – Es sólo que no tengo ojos en la espalda. ¿Qué decías?

– Que si no te suena de nada – repitió ella, señalando con la cabeza hacia Kaiden y Kara.

– Pues…

– A mí me suena a una tía demasiado borde para relacionarse con el resto del mundo y a un tío de barbas que estaba empeñado en que sí lo hiciera – rió la pequeña Oficial de la Décima División con nostalgia.

– Ah… Lo dices por mí y por Nalya… – le devolví la sonrisa. – ¿Cómo sabías que iba por ellos?

– Pues… ¿Porque estabas mirándolos fijamente con cara de bobo?

– En fin… – suspiré, echando a andar. – ¿Qué te trae por aquí?

– Venía a ver al Pollo – explicó, mostrando un fajo de papeles. – Tenemos… asuntos pendientes.

– Pues… No sé si no tendrá clase – comenté. – Mingus sigue enfermo, al parecer, y…

– Lo esperaré en su despacho – asintió. – ¡Nos vemos!

En cuanto mi vieja amiga desapareció de la vista, volví a dirigir la mirada al lugar donde estaban Kaiden y Kara, pero ya habían desaparecido. Ya había pasado más de una semana y todavía no había recibido una sola noticia. ¿No me podía haber dicho, por lo menos, qué es lo que estaba pasando? ¿Que no me preocupara? ¿Que todo iba a ir bien? La incertidumbre era lo peor de aquella espera. Confiaba en que todo resultara bien, pero…

– Lo está intentando – me dijo Eylinn aquella misma tarde, cuando salimos a pasear por el Sereitei.

Ella lo veía todo desde una óptica muy distinta a la mía. Vivía mucho más cerca de Kara y de sus amigos que yo y estaba, también, menos implicada que yo en todo el asunto, lo que le proporcionaba una perspectiva menos parcial que la mía y que le posibilitaba mantener una posición más moderada para juzgar todo lo que estaba aconteciendo.

– Si lo sé – resoplé. – Lo sé… Seguro que lo está haciendo, pero… Joder, ya casi van a pasar dos semanas – protesté. – Estamos empezando mayo y…

– Habla con él – me interrumpió.

– … pronto llegará el verano y los ex… – seguía yo. – ¿Que hable con él? – me paré, al procesar su propuesta. – No es tan fácil.

– Pues debería serlo – se encogió de hombros. – Al fin y al cabo eres el Director, ¿no?

– El Profesor Db – anunció Rina.

– Gracias – sonreí. – Dile que pase.

– Me ha dicho Kyo que querías hablar conmigo – dijo el Teniente de la Novena División a mo do de saludo.

– Sí… Siéntate, por favor – asentí cansinamente, dejando caer el periódico del día sobre la mesa.

– Ah, ya – se quejó, dejándose caer sobre la silla. – No sé qué ha podido pasar…

– Yo sí – resoplé, frotándome los ojos, cansados de leer, e inclinándome luego sobre la mesa. – Por eso quería hablar contigo… ¿Quieres algo de beber?

El me miró inquisitivamente al tiempo que se recostaba sobre el respaldo de la silla. No dijo nada, ni con respecto a mi invitación ni con respecto al incidente, durante unos segundos mientras me examinaba. Luego se removió incómodo, buscando un mejor aposento y asintió para que le explicara todo lo que estaba pasando. Su expresión se fue torciendo a medida que iba conociendo los hechos y luego volvió a quedarse en silencio unos segundos, con las manos juntas y sobre la boca, en postura pensativa.

– Sé que te he puesto en un compromiso y que…

– Joder, Rido… – me cortó. – Esto no es un compromiso, es una putada. ¿Tan importante es esa chica?

– Hombre, no sé si llegará a cambiar el mundo – respondí irónico. – Pero para mí, sí es importante. Sabes que de lo contrario…

– Ya, ya… – asintió. – Sabes que tendremos que abrir una investigación y que…

Era difícil ver a Db enfadado. De hecho, era difícil verlo perder la calma y yo, personalmente, sólo lo había presenciado en el contexto de una misión que se había vuelto demasiado peligrosa. Pero ahora había algo en su expresión distinto. Estaba enfadado, seguramente mucho. Su posición a nivel personal y profesional estaba en la cuerda floja y todo por un capricho mío. Se me encogió el corazón aún más de lo que ya lo tenía al ver cómo uno de mis mejores amigos se estaba debatiendo entre salvar el culo y ayudarme a mí. Y, sin embargo, estaba convencido de cuál iba a ser su respuesta. Sabía que, pasara lo que pasara, él iba a estar conmigo. Y eso no hacía más que fortalecer el nudo que se me estaba formando en la garganta y en el estómago.

– Lo siento, tío…

– Está bien, está bien – meneó la cabeza. – Pero, por favor, que sea la última vez.

Dejé pasar el fin de semana y, el lunes por la mañana, decidí que era el momento de hacer algo por mí mismo, que ya no podía dejar pasar más tiempo. Si lo hacía, todo podría irse al traste. Ela podría retirarme su “apoyo”, podría perder la oportunidad definitivamente y el sacrificio de Db y de mi madre encubriendo todo el lío habría sido en vano. Esperé a Kaiden a la puerta del vestuario masculino después de la clase de Cuerpo a Cuerpo y me acerqué a él en cuanto lo vi salir.

– Esta tarde quiero hablar contigo en mi despacho – le dije. – Sin excusas.

Quizás mi tono había sido demasiado duro, pero era el reflejo de todo lo que me estaba pasando por la cabeza. Tenía ganas de espetarle allí todo lo que me rondaba por la mente, pero logré controlarme, consciente de que mi posición, ya no sólo como Profesor, ni como Director, sino como el hombre que pretendía ayudar a su amiga e, indirectamente, a él y al resto de sus compañeros, no me permitiría un lujo como aquel.

Sin decirle nada más ni dejarle responder, me alejé de allí para evitar que se produjera la situación violenta que había pretendido evadir y me fui directamente al Despacho para tratar de organizar mis ideas y conseguir que mi conversación con él fuera lo más productiva posible. Que llegáramos a algún puerto. Si era que sí, sí. Si era que no, no. Pero al menos podría manejar otras alternativas.

Apenas había salido unos veinte minutos para comer algo rápido en la cafetería junto a Bone, que no paraba de hablar de lo fructuosas que habían sido las últimas expediciones al mundo mortal, y había vuelto a mi oficina. En cualquier momento podía llegar. No iba a darle plantón. Mientras tanto, aprovechaba y cubría algún papeleo pendiente.

– Director… – abrió la puerta el alumno de la melena oscura, al llegar, pero asomando sólo la cabeza.

– Pasa, Kaiden, pasa – me levanté a recibirle con gesto amable y sonriente. – Siéntate en uno de esos sillones, por favor.

– Lo siento, Director, pero no va a poder ser – objetó.

– ¿Qué?

– Es que… – se rascó la cabeza. – Hay alguien más que quiere hablar con usted.

Abrió la puerta y me dejó ver, escondiéndose tras él, el inconfundible color blanco y rojo del uniforme de las alumnas de la Academia. Miraba al suelo fijamente, pero estaba claro, aún antes de que se apartase su amigo para dejarle pasar, que se trataba de Kara. Estaba allí, agazapada como un corderillo detrás de su madre.

– Así que… Yo les dejo… – sonrió pícaramente. – Eh… – añadió, posando las manos con calma sobre los hombros de su amiga, que tenía los ojos posados sobre él con miedo y preocupación. – Seguro que todo va bien… Más le vale – terminó, dedicándome una mirada desafiante.

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