Akano 28 – Herencia Grossner II

Bueno, aunque el capítulo 27 lo publiqué el lunes es sólo porque llegó con retraso. Hoy viernes es el verdadero día de publicación de Akano así que aquí estamos de nuevo con el fic.

Seguimos avanzando en esta saga tan “extraña” pero que tanta importancia va a tener, al menos así a priori, para entender quién es Rido, una idea muy interesante que ha aportado Bone en el dA, y cuál es su sitio en el mundo con su nueva situación. Eso, y que Kara, el gran cabo pendiente de Rido, está ahí, atándose… y alguna cosita más.


Akano 28 – Herencia Grossner II (Inseguridad)

– Mucho se pasa Eylinn por aquí… – comentó maliciosamente mi madre.

La miré con cansancio y sin ganas de responder a su enésima puya mientras cerraba tras de mí la puerta de mi nueva residencia en la Academia. Las dos últimas semanas habían sido agotadoras, sobre todo desde que, fruto del entusiasmo que le producía el entrenamiento al que me estaba sometiendo, mi madre se había decidido mudar al Sereitei, a mi habitación de invitados, para así aprovechar el tiempo. Mi padre había aprovechado y había ido a hacer una visita a Uxío en las Montañas del Aullido. Y con Kaiser y Yuki cuidando la mansión Akano no había de qué preocuparse.

O quizá sí.

Repartía el tiempo entre las clases que tenía (cada vez menos porque ahora que nos adentrábamos en los últimos meses lectivos los alumnos de cursos superiores comenzaban su periodo de prácticas, unos en el Rukongai, otros ya en el mundo mortal, y eso nos liberaba a los profesores de asignaturas teóricas) y el entrenamiento con mis nuevas habilidades recién descubiertas. Apenas gozaba de tiempos de descanso, que solía aprovechar con las lecciones de runas, ratos de meditación o, simplemente, no haciendo nada.

Pero aquella dedicación exclusiva era provechosa y ya había conseguido aprender a introducir a otras personas en mi mundo interior, tal y como pretendía. Cierto es que sólo lo había probado con mi madre, poseedora de unas elevadas capacidades psíquicas, y no con alguien “normal”. El progreso era, en cualquier caso, evidente y esperanzador. Muy pronto, si no ya, sería capaz de comenzar a entrenar a Kara.

– Me está enseñando a leer runas, mamá – expliqué una vez más. – Nada más.

– Ya… – sonrió, viendo que al final había cedido y contestado. – No, si yo sólo comento…

– Ya, sólo comentas… – repliqué con cansancio. – En… fin – bostecé. – Va a llegar en cualquier momento, así que si quieres algo…

– Ah, no – se encogió de hombros. – O… O bueno, puede que sí.

Por su gesto pude adivinar que había vuelto a ver mis intenciones antes casi de que yo las pensara.

– ¿Segura? – le pregunté.

– Algún día tendrá que ser, ¿no? – contestó. – Estás preparado, tú no te preocupes.

– ¿Sabes para qué sirve la infusión que te di aquella vez?

– No – confesé. – Bueno, intuyo que tiene algo que ver con todo esto, pero vamos… Exactamente, exactamente… No – reiteré. – Ni la más remota.

– Es una herencia de la familia Grossner – explicó. – Yo se la enseñé a tu abuelo y él…

– La usó conmigo – completé. – Me acuerdo perfectamente, mamá.

– Lo que hace es estimular las capacidades psíquicas de quien la toma – siguió ella. – Por eso cuando uno la bebe entra en su mundo interior, porque en ese momento la realidad interna de cada cual toma tanta o más realidad que la realidad… por así decirlo.

– Menudo lío – comenté.

– Sí, bueno, la práctica siempre es más fácil que la teoría – dijo ella agitando la mano como si no tuviera importancia. – La cuestión es que, para que yo pueda acceder o, mejor, para que tú puedas llevarme contigo al monasterio, tienes que estar en ese estado.

– Entonces debería beber la infusión, ¿no?

– No, no – negó. – Ya sabemos que con la infusión eres capaz de hacerlo. Además, para hacer lo que tú quieres hacer necesitas mantener la conciencia durante el proceso – añadió.

– Pero en aquel momento…

– Sí, pero era yo – repuso, captando el sentido de mi objeción. – La chica esa… Kara puede que no tenga ningún tipo de capacidad más que las básicas.

– Es telépata – le expliqué. – Bueno, no lee las mentes, creo. Pero se comunica telepáticamente – aclaré. – Físicamente no puede, es muda.

– Interesante… – se detuvo meditativa. – En cualquier caso, puede que ella por sus propias fuerzas no sea capaz. O que algún día no sea a ella a la que quieras introducir en tu mundo… Así que a lo que íbamos – retomó. – Necesitas estar consciente, y para ello debes ser capaz de forzar el estado voluntariamente.

– Eso llevará tiempo – objeté.

– ¡Qué va! – se rió. – Cariño, ya llevas mucho camino recorrido. ¿No eres capaz de entrar cuando quieras en tu mundo?

– ¡Hola! – exclamó Eylinn cuando llegó a la puerta.

Como hacía habitualmente, la joven de pelo rojizo y brillantes ojos azulados sonreía abiertamente cuando besó en la mejilla a mi madre, primero, y a mí después a modo de saludo. Había algo mágico en aquella expresión que resultaba cautivador. Mostraba a la vez una firme determinación y una capacidad de adaptación impresionante. Realmente, la joven chiquilla asustada que había conocido en Midgaard había desaparecido con el paso de los meses y ahora sólo quedaba la joven decidida, enérgica y soñadora.

– Esto… – carraspeé. – Tenemos que hablar.

– Miedo – bromeó. – Espera, vas en serio…

– Mejor os dejo solos – anunció mi madre.

– No – la paré. – Da igual, quédate. Total, para lo que va a servir – añadí en un mudo susurro. – Eylinn, necesito que me ayudes con algo.

– Sí, con las runas – reconoció. – Por eso estoy aquí, aunque, sinceramente, no queda mucho ya que pueda ense…

– Nada de runas hoy – la interrumpí. – No. Verás… Es que…

– Necesita un conejillo de Indias – concluyó mi madre.

– ¡Mamá! – la increpé.

Que no se me entienda mal. Mi madre es una de las mejores personas que he llegado a conocer a lo largo de toda mi vida, pero a veces era un poco entrometida. Supongo que es cosa de todas las madres, pero en aquel momento hubiera deseado haber accedido a su sugerencia de dejarnos solos a la estudiante y a mí para que le explicara con calma lo que iba a ocurrir y no fuera todo de sopetón.

– ¿Conejillo de Indias? – se sorprendió la joven.

– Sí.

Le expliqué con todo el detalle posible y lo más tranquilizadoramente posible mis planes. Eylinn estaba completamente al tanto de la situación con Kara y sabía que yo me sentía responsable de su educación como si fuera mi propia hija. Conocía también la especial situación en la que se encontraba su compañera de curso, así que no le costó trabajo entender mis motivaciones.

Más trabajo me costó explicarle bien qué era lo que pretendía llevar a cabo. Por lo que había conocido de la cultura de Midgaard, empezando por lo que yo mismo había visto y experimentado, sabía que, en cierto modo, las artes “mágicas” no les eran de todo desconocidas, como tampoco lo eran para los miembros de la Asamblea de los Días Venideros o para Nadie. De hecho, había comenzado a entender que lo que nosotros los shinigamis conocíamos como Kidou no era más que la punta del iceberg de una realidad mucho más vasta e imprecisa.

¿Pero poderes psíquicos? Eso era otra cosa muy distinta. Era jugar con lo más sagrado de las personas, con su mente, con su alma, con sus conciencias. No eran bien vistos por la mayor parte de las culturas y yo mismo me había sentido incómodo cuando conocí a Henkara. Así que eso sería más difícil de explicar.

– ¡Ah, vale!

– ¿Así de fácil? – pregunté.

Ahora era yo el sorprendido, aunque, la verdad, no sabía por qué. En los meses que la llevaba conociendo si había algo que me había llamado la atención por encima de todas las cosas era su sorprendente capacidad para estar abierta a todo cuanto se le contara. Sería por su peculiar carácter soñador o, simplemente, una muestra más de la rebeldía contra la cerrazón de su cultura madre.

Cualquier cosa que se le contara la aceptaba, pero no desde la ingenuidad. Buscaba entender, comprender y respetar aquello que se le contaba. Si lo veía razonable y coherente no dudaba en asumirlo como cierto a menos de que algo le mostrara lo contrario. La suya era una mente abierta, sí, pero muy crítica y muy coherente. La verdad es que hablar con ella era una delicia.

– Ten en cuenta que es algo que puede ser peligroso – le advertí.

– Rido, confío en ti, ¿vale? – estableció con severidad y cariño a la vez. – No me va a pasar nada.

– Esperemos – deseé.

– Así que lo que importa es ser capaz de dominar mi propia puerta – concluí tras la explicación de mi madre.

– Básicamente – asintió. – Por eso tienes que estar consciente durante todo el proceso, para poder dejarla abierta para otro…

– Para otro que no pueda “forzarla” – completé, siguiendo la metáfora con la que ella había ilustrado toda su exposición.

– Exacto. ¿Probamos? – propuso.

– Probaremos…

Cerré los ojos y me concentré en mi propio mundo interior tal y como me había indicado. Respiré profundamente y, un instante después, al abrir de nuevo mis párpados, estaba en el monasterio, tal y como pretendía. Y frente a mí, muestra de mi éxito, la antigua Tercera Oficial de la Novena División contemplaba, una vez más, el edificio que servía de morada al monje que permanecía en pie, expectante, a la puerta.

– Y seguimos con las visitas – protestó Balmung, el menos convencido de mi idea.

– Tú concéntrate en lo que te dije – le ordené, pasando por alto el – Nosotros nos vamos. Volvemos ahora.

La realidad de mi apartamento tomó consistencia nuevamente unos segundos más tarde. Mi madre sonreía abiertamente en señal de felicitación. Repetimos el ejercicio un par de veces más aquella noche y la noche siguiente y la mañana posterior, en la que volvía a no tener clases. Todo para asegurarse de que aquella parte del mecanismo estaba controlada.

Pero no sólo era ese el objetivo de tanta insistencia en algo que ya estaba dominado y que salía bien, cada vez con menos esfuerzo. Además, se trataba de ir captando los distintos matices que la presencia de un extraño en mi mundo interior suponía dentro de mi alma y evaluar esas percepciones para ir asimilando el proceso.

– Es importante el contacto – dijo ella al comenzar a explicarme el siguiente paso. – Al menos al principio. Luego… Bueno, luego ya se verá.

– Dame la mano – le indiqué a Eylinn.

La idea era que el contacto físico facilitaba la sincronización de mi alma con la de ella y así podía realizar todo el proceso de una forma fiable y sin peligro. Y ahora más que nunca necesitaba que todo saliera bien. Estaba nervioso, no podía negarlo, y casi de forma inconsciente la atraje hacia mí convirtiendo nuestro apretón de manos en un estrecho abrazo ante la divertida mirada de mi madre.

Cualquier cosa podía salir mal. Eylinn no era una psíquica y no sabía en qué medida, aunque ella no lo hiciera voluntariamente, los poderes de Tilly Grossner influían sobre mis capacidades. Le dediqué a la antigua Oficial una mirada interrogativa y ella, leyendo mis dudas, asintió una vez más, con su media sonrisa dibujada en la cara y unos ojos cargados de convicción y seguridad.

– En fin – suspiré profundamente. – Supongo que ya vamos.

– Tranquilo – susurró ella. – Estaremos bien…

Cerré los ojos y tomé aire. Todo el que pude. Necesitaba tranquilizarme, dejar en blanco la mente y concentrarme en los pequeños signos que tenían que ir discerniendo para poder ir avanzando a lo largo del proceso de “cruce”, como lo habíamos bautizado mi madre y yo durante las dos semanas que habíamos indagado sobre él.

– ¡Tienes que sentirlo! – exclamó ella con insistencia.

– ¡Pero no puedo! – repliqué derrotado. – ¡Joder!

Estaba cansado y estaba frustrado. Una jornada agotadora en la Academia, entre reuniones y clases, habían acabado con todas las energías. Y ahora mi madre quería que avanzásemos de una vez con aquella etapa. Y no me iba a dejar tranquilo hasta que lo consiguiese.

– Quizás deberíamos dejarlo para mañana – intenté una vez más. – En serio que ahora no puedo más…

– Una vez más – insistió ella. – Recuérdalo. Es como sentir el reiatsu de otra persona. Cáptalo. Entiende cómo funciona – explicó por enésima vez. – Así podrás entrar en contacto con su alma.

– Para ti es fácil, pero yo…

Ella afirmó aún más la presa en la que me tenía retenido, indicando que no había excusas posibles y que no iba a aceptar mi propuesta de retirada. Así que traté de concentrarme una vez más y lograrlo de una vez por todas para que así mi madre se diera por satisfecha y me dejara por fin ir a descansar tranquilamente.

– Recuérdalo. Captar, sincronizar…

– … y asimilar.

Apreté con fuerza los párpados para forzarme a profundizar en mi capacidad de concentración. Lo que percibía de Eylinn era fuerte, sí, pero aún no era capaz de entenderlo lo suficiente como para poder abrir la puerta tal y como era mi intención. Ahí. Ahí estaba al fin la “frecuencia” que buscaba. Ahora faltaba el último empujón y…

De nuevo ante las puertas del monasterio. Giré sobre mis pies y vi a Balmung, que esperaba pacientemente en las escaleras que daban acceso a la gran puerta principal. Todo era normal. Un día algo nublado en los dominios del monje como correspondía a mi estado de ánimo. Volví a girarme y me fijé en la nueva “incorporación” a aquel escenario.

Era una gran cancilla de hierro forjado situada en el medio y medio del campo que circundaba la gran construcción y que nunca antes había visto. Sólo aparecía cuando intentaba hacer el ejercicio, como si fuera la representación de todo el proceso. Así que, por lo que parecía, todo iba bien.

Suspiré aliviado y me acerqué con calma hacia allí, tranquilizado por la apariencia de normalidad que había descubierto en mi llegada a mi mundo interior, pero preguntándome si todo había salido realmente bien o era sólo un engaño. Tomé el pomo que accionaba la puerta de metal y no pude evitar tomar aire nuevamente.

– ¡Guau!

En cuanto hube tirado de la verja, Eylinn se había materializado a mi lado. Todo había salido bien. Las nubes que cubrían el cielo se disiparon como por arte de magia. Le ofrecí mi mano y la acompañé hacia la puerta principal.

– Lo he conseguido – le dije a la materialización de mi espada. – Balmung, te presento a Eylinn. Eylinn, Balmung.

– Encantada – sonrió ella, tendiéndole la mano.

– Ya… – respondió él secamente, dándonos la espalda.

– No le gustan las visitas…

El monje empujó la puerta y nos dejó pasar delante de él al interior del monasterio. Ya que estábamos allí, le enseñé las distintas dependencias del monasterio. Al menos las que eran dignas de ser enseñadas. Como un niño pequeño que aún está descubriendo el mundo que le rodea, Eylinn no dejaba de maravillarse a cada paso y hacer más y más y más preguntas. Al final, cuando salíamos, se quedó pensativa, con los ojos fijos en el suelo, pero con la mirada perdida mucho más allá.

– Un bosque – le dije.

– ¿Qué?

– Un bosque. Te estás preguntando cómo es tu mundo imaginario – adiviné. – Yo apostaría a que es un bosque.

– ¿Y por qué?

– El mundo imaginario de cada uno es como una representación de todo lo que él es – le recordé. – Tú eres un espíritu libre… te pega un bosque – sonreí.

La verdad es que, con la tranquilidad y la relajación que se habían adueñado de mí cuando comprobé que todo había salido bien, podía permitirme el lujo de mantener una conversación como aquella y de disfrutar del momento en una agradable compañía.

– Entonces, ¿por qué el tuyo es un monasterio?

– Gran pregunta – intervino Balmung. – Pero…

– Ni yo mismo lo sé – me encogí de hombros. – Supongo que es por todo lo de la historia y demás…

– O porque tiendes a encerrarte en ti mismo – propuso el monje.

La chica le miró primero a él y luego a mí con gesto tranquilo, como si coincidiera con lo que acababa de decir el encapuchado y me lo estuviera reprochando con su silencio. Al final, echó a andar de nuevo y dejó pasar aquel momento. Seguimos hablando y ella continuó haciéndome todas las preguntas que se le venían a la cabeza.

Al final, como siempre, habíamos terminado hablando de sus proyectos futuros, que era en lo que desembocaban habitualmente nuestras conversaciones. Ella se hacía cábalas acerca de cómo sería su mundo interior. Le había gustado mi idea del bosque, pero tampoco estaba especialmente convencida de que mi diagnóstico fuera el correcto.

– Debemos volver – afirmé cuando el sol comenzaba a bajar, signo inequívoco de mi cansancio.

– ¿Ya?

– Sí – asentí. – Una cosa más. No te extrañes cuando veas que no han pasado más que unos segundos.

La acompañé hasta el enrejado y la ayudé a salir sin ningún trauma. Luego cancelé la invocación de mi mundo interior y desperté de nuevo en mi apartamento de la Academia, junto a Eylinn que abría y cerraba los ojos para acostumbrarse al nuevo contexto. Mi madre esperaba paciente junto a nosotros.

– ¿Y bien?

La sonrisa en mi cara fue respuesta suficiente para que mi madre se deshiciera en un jubiloso grito que pronto se transformó en una efusiva felicitación. Parecía como si ella misma lo hubiera conseguido, y la verdad tanto entusiasmo, aunque era bastante agobiante, era muy reconfortante.

– Bien, bien, bien – dijo rápidamente. – Deberíais probar otr…

La propuesta de mi madre quedó ahogada por un estruendo procedente del exterior de mi vivienda. Por el ruido parecía el de un muro al ser derribado, el habitual ruido de una clase de iniciación al Kidou cuando comenzaban a estudiar los hechizos ofensivos. Pero no podía ser una clase de Artes Demoníacas. Db había decidido prohibirle a los alumnos practicar los hechizos sin la presencia de un profesor del Departamento de Kidou y, gracias a Soki, habían implementado un sistema de control bastante estricto que había hecho rehuir a los atrevidos.

No. No había saltado aquella alerta, así que no podía ser un Kidou. Alarmado, salí al exterior y miré. Aunque aún estaba temporalmente desorientado, fruto de mi viaje al monasterio, estimé que la hora era la hora a la que tenían que volver los alumnos de Sexto de sus maniobras de entrenamiento en el Mundo Mortal.

– Mierda… – susurré. – Quedaos aquí, por si viene alguien – les dije a mis dos acompañantes. – Voy a ver qué cojones ha pasado.

¿Habría ocurrido algún problema con la puerta? ¿Habría heridos? Toda clase de posibilidades comenzaron a surcar mi mente y consiguieron ponerme cada vez más nervioso y preocupado, ahora que había conseguido despejar mis nervios.

Una silueta comenzó a tomar forma delante de mí corriendo rápidamente en mi dirección entre los claroscuros de una noche que recién estaba cayendo. Era una figura inconfundible. El uniforme de Académico, el pelo tan rubio que a la luz de la luna parecía blanco, los ojos de un rojo vivo y un destello plateado que procedía de su boca cerrada, el reflejo de la luz en los dos pequeños colmillos que sobresalían por encima de su labio inferior. Era Ludwig Wolf.

– ¡Director Akano! ¡Director Akano! – me gritó al reconocerme.

– ¡¿Qué ha pasado?! – le pregunté con urgencia. – ¿Por qué tanta prisa?

– Kyo… – comenzó a decir mientras recuperaba el resuello.



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Ya van 2 respuestas a “Akano 28 – Herencia Grossner II”

  1. Comentario de Headbone el 29 de Enero de 2010 a las 23:03

    Asi que la cobaya era Eylin…

    Capitulo de transicion en la que se explica el…
    *Poniendo musica de Teletienda*
    Metodo Akano de parendizaje. Sin perdida de tiempo, sin traumas ni efectos secundarios. Todo a su alcance gracias al metodo Rido de aprendizaje.
    *Fin de la musica de Teletienda*

    El final me ha dejado un poco traspuesto, que haya tanto ajetreo en una vuelta del mundo mortal compete a Bone. Y cuando Bone anda por medio…

  2. Comentario de Centoloman el 29 de Enero de 2010 a las 23:57

    Tranqui. No te preocupes que no te va a suponer ningún problema a ese nivel. El problema, como ver tiene que ver con Kyo y… hasta aquí puedo leer xD ya verás el viernes

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