Akano 27 – Herencia Grossner I

A partir de aquí voy a publicar los capítulos de Akano en el blog. No subo los anteriores, que podéis encontrar aquí, aunque a lo mejor os cuesta enteraros ya que es continuación de Memorias y de Recuerdos de una vida pasada (este sí que lo llegué a subir al blog, pero aún no le ha pillado la resubida).

En fin, este capítulo está en su segunda versión y pretende abrir una saga un tanto surrealista, mezcla de Balmung y Family Matters (las sagas centrales de Memorias) pero con un toque diferente, espero. Eso son, al menos las intenciones.


Akano 27 – Herencia Grossner I (Incertidumbre)

– Rido – me llamó la voz de Henkara a mi espalda.

– Dígame, Jefa.

– Sólo una cosa más – advirtió. – Tu madre es psíquica como yo, ¿cierto?

– S… sí – contesté, sin intuir por donde iban los tiros.

– Tenlo en cuenta – sentenció. – No sólo eres descendiente de los Akano, eres descendiente también de los Grossner. Vas a superar ciertas pruebas y…

– ¡Hola! – saludé al aire.

Dejé la llave de la mansión en la pequeña mesita de la entrada y cerré la puerta detrás de mí mientras aguzaba el oído y me aproximaba a la puerta del salón en busca de los ocupantes habituales de la casa. Pero no hubo respuesta alguna. Allí no había nadie.

– ¿No hay nadie? – me pregunté en alto, extrañado. – Qué raro…

Di un rodeo por la casa en busca de mis padres, de Kaiser, de Yuki o de Gaby. Pero fue infructuosa. No había nadie en el salón, nadie en el jardín, nadie en la cocina, nadie en el piso superior… Era la primera vez que me encontraba la casa vacía. Era sumamente raro.

¿Y si estaban mis padres en la cripta? Encaminé de nuevo mis pasos hacia el jardín trasero de la casa y traté de abrir la portezuela que daba paso al pequeño santuario que mi padre había excavado siguiendo la tradición recibida de mi abuelo. Según me había contado Eylinn, allí descansarían los recuerdos de cada uno de los pobladores de Midgaard hasta la llegada del Ragnarok. Pero la puerta estaba cerrada y nadie contestó cuando llamé.

Probé suerte en la otra gran cripta, la enorme cámara que mi abuelo había ido horadando en la tierra hacía ya varios milenios. Pero también allí mi búsqueda fue inútil. Definitivamente, no había nadie en la mansión Akano a parte de mí. Eso era tremendamente preocupante y comenzó a ponerme nervioso, por lo que opté por dar una nueva vuelta por la casa para cerciorarme de que todo estaba donde tenía que estar.

No. No había nada extraño en la vivienda excepto por su vaciedad y, tras varias tentativas de rastreo espiritual, decidí que no había ninguna amenaza que debiera inquietarme, por lo que podía relajarme y esperar pacientemente a que regresaran mis padres.

Tampoco había de qué alarmarse, me dije. Al fin y al cabo estábamos hablando del Capitán Kaiser Wolf y su Teniente, de dos oficiales de alto rango en la época más brillante del Sereitei, como eran mis padres, y de la antigua Tercera Oficial de la Décima División y una de las shinigamis más prometedoras de las últimas generaciones.

Aproveché, pues, que mis pasos me habían llevado de nuevo hasta el subterráneo para curiosear un poco. Apenas había entrado allí más que una dos veces sin contar mi paso fugaz minutos antes. A mi padre no le hacía demasiada gracia que bajara allí, lo sentía como si fuera una profanación y en cierto modo lo entendía. Todo el lugar respiraba un aura extraña, misteriosa, cuasi-mística.

Lo era para mí. Allí había “recuperado” la parte de mi yo que había muerto en el examen de la Academia. Allí había, por así decirlo, recuperado mi herencia Akano, como reflejaban las marcas que poblaban mi espalda y mi torso. Pero desde entonces no había bajado allí para nada, sólo para evitar molestar a mi padre.

No era muy diferente a la que había encontrado en el Distrito 57 Oeste, bajo la cabaña de Hiruma Kunishi, la noche en que había salido en busca del diario de mi abuelo, la víspera de su juicio. Era mucho más grande esta que aquella, pero la del bosque donde me había criado en mi segundo paso por el Sereitei había custodiado dos grandes tesoros: el diario de Akano Kumaru y Nottung, su espada. Además, allí había conocido a una leyenda viva de la Historia de la Sociedad de Almas, a Kaiser Wolf, y eso, por mucho que algunas veces me arrepintiera de ello, no tenía parangón alguno.

Después de un par de vueltas por allí revisando viejos papeles, muchos de ellos escritos en las runas que poco a poco comenzaba a entender gracias a la ayuda de Eylinn, volví a salir a la superficie después de prometerme que me dedicaría al estudio de aquellos legajos cuando dominara el idioma de Midgaard y tuviera más tiempo que el que tenía ahora. Seguía sin haber nadie en la casa, así que opté por irme al jardín, sentarme a la sombra de un árbol y aprovechar para hacer mis ejercicios de meditación mientras no llegaba nadie.

– ¿Tu madre?

– Sí – respondí sin girarme hacia Kyo mientras cruzaba ya el umbral del Cuartel. – Mi madre tiene poderes psíquicos.

– Nunca me lo habías dicho – protestaba incansablemente el muchacho.

– ¿Tenía por qué? – me giré al fin hacia él. – Todo su clan son psíquicos, o eso tengo entendido. Lo cierto es que no sé nada y por eso no hay nada que contar.

– Ya… Pero…

– Conversación concluida, Kyo – le corté. – No insistas.

– ¿Qué? – reaccionó. – ¿Te molesta hablar del tema?

– Rido –me devolvió a la realidad la dulce voz de mi madre. – ¿Cuándo has llegado?

– Pues… – abrí los ojos y me levanté. – No sabría decirte, la verdad – confesé mientras movía un poco los brazos y las piernas para desentumecerlos. – Llegué a eso de media mañana, pero no había nadie.

– ¿No tenías trabajo? – preguntó ella, en lugar de responder a mi interrogante implícito.

– No. Hoy tenía dos horas con los de sexto, pero ya están con las prácticas – expliqué. – Así que tengo el día libre y decidí pasarme por aquí. ¿Qué hora es?

– Es casi la hora de comer. Te quedarás, ¿no?

– Sí, sí – asentí.

– Así me gusta – sonrió ella. – ¿Y qué te trae por aquí? – inquirió, mientras se daba la vuelta de nuevo hacia la entrada del salón. – No es que vengas mucho últimamente.

– Touché – reí con cierta ironía. – Bueno, a eso había que ponerle remedio algún día, ¿no? – me encogí de hombros. – Además… Bueno, luego después de comer te cuento.

– Si ya sabía yo que algo querías – se giró un momento hacia mí. – ¡Somos uno más a comer! – anunció al interior de la mansión.

Mi padre asomó inmediatamente la cabeza desde el pasillo y me saludó. Estaba parado allí, leyendo el periódico con cara de interés y tardó un momento en venir a unirse en la conversación. Quizá estuviera terminando de leer alguna noticia o alguna de esas columnas de opinión que solía devorar todos los días antes de comer.

– ¿Quién es este Javier? – dijo al fin, enseñándome el diario.

– ¿Javier? – repetí, mientras echaba un vistazo a la página que me mostraba. – Creo que un Oficial de la Octava… pero no me hagas mucho caso, ¿por?

– Ah, nada – contestó. – Simplemente me gustó bastante este artículo sobre la Academia.

– ¿Sobre la Academia? – reaccioné.

– Ah, no te preocupes – sonrió el veterano Oficial de la Décima División. – Este está de tu parte.

Arranqué el ejemplar de sus manos y leí rápidamente la columna. No conocía a aquel shinigami-periodista y tampoco es que dijera grandes cosas, pero por lo menos no me lanzaba piedras, como parecía que era la moda en el Sereitei. Y eso ya era un alivio bastante grande.

– Si hasta hace mención al grupo especial de prácticas… – comenté sorprendido. – Por cierto, ¿cuando vuelva Kaiser podéis decirle que se pase por mi despacho cuanto antes?

– Sin problema – asintió mi padre.

Mientras tanto, mi madre había ido a la cocina a terminar de prepara la comida. A los hombres nos tocaba poner la mesa, momento que Youichi aprovechó para ponerse al día de primera mano de cómo me iban las cosas por la Academia, ya que últimamente sólo sabía de mí a través de su esposa. Luego nos sentamos a comer y al final me explicaron el motivo de su ausencia aquella mañana.

– ¡Ah, mierda! – me reproché. – Es cierto…

– ¿De verdad no te acordabas?

– Te juro que no – confesé. – Tengo tantas cosas en la cabeza últimamente que… Bueno, luego me paso por el Cuartel.

– Que no se te olvide – insistió mi madre. – Sería bueno que te llevaras al niño, al fin y al cabo es su padre.

– Sí, sí – coincidí con ella. – Esta tarde, cuando vuelva.

Aquel día hacía siete años que Nadie había atacado la mansión Akano y, por tanto era el séptimo aniversario de la muerte de Kyo. Mis padres habían aprovechado la mañana para visitar su tumba en el Panteón de Héroes de la Novena División, donde descansaba su cuerpo, no muy lejos del de Nalya. No podía no pasarme por allí.

– Es raro que Kyo no me lo mencionara – comenté al darme cuenta. – Pasó por mi despacho antes de que saliera para aquí para comentarme unas cosas…

– Es un chaval – apuntó mi padre, quitándole importancia.

– Será eso – medité. – En fin… Esto estaba delicioso, mami – la felicité con una gran sonrisa en la boca. – ¿Queréis un té?

– Café – me corrigió mi padre.

– Yo nada – rechazó ella.

Me levanté de la mesa y me llevé los platos sucios a la cocina. Puse agua a calentar para un té y enchufé la cafetera modificada por Eliaz para que funcionara con el rudimentario tendido energético que estaban empezando a instalar en el Rukongai. Era una lata, porque aún no funcionaba del todo bien, pero mi padre se había enganchado al café que preparaba aquel aparato que nos había traído un día el noble.

– Raro que no explote… – murmuré, mientras echaba el café sobre el filtro.

Por si acaso, y en previsión de que pudiera ocurrir uno de los nunca improbables accidentes que misteriosamente ocurrían cada vez que se ponía en funcionamiento algún trasto que había pasado por las manos de mi amigo, salí de la cocina hasta que escuché el silbido del agua hirviendo. Me serví la infusión y la bebida de mi padre y me uní de nuevo a mis dos acompañantes.

Terminamos aquella improvisada sobremesa en la que nos dedicamos a comentar los progresos de su nieto adoptivo y le recordé a mi madre que quería hablar con ella. Ella le dedicó una mirada interrogativa a su marido, como pidiéndole disculpas por dejarlo al margen de la conversación, pero él dijo que no se preocupara, que estaba cansado y le vendría bien una siesta. Más aliviada ella, nos fuimos al jardín para hablar con tranquilidad mientras dábamos un paseo.

– Te había comentado alguna vez cómo conseguí conocer a Balmung, ¿verdad? – comencé.

– Pues, la verdad, no me acuerdo…

– Creé un mundo paralelo y…

– ¡Ah, sí! – me interrumpió. – Sí, sí, ya me acuerdo. Te puso a prueba y todo eso…

– La cuestión es que el petardo este puede “crear mundos” a su voluntad – le expliqué. – Ya lo he intentado un par de veces y bueno… Funciona.

– ¡Qué interesante! – exclamó con un brillo divertido en la mirada.

– La verdad es que sí – sonreí cómplice. – A veces es un buen pasatiempo. En fin… El otro día, con lo de Kara, – reconduje el tema – se me ocurrió que podría ser útil para su entrenamiento.

Ella se paró de golpe un segundo, meditando sobre mi ocurrencia, asintió en silencio, como convenciéndose de que había entendido lo que yo quería decir y volvió a ponerse a mi altura, reemprendiendo nuestra caminata alrededor de la finca familiar.

– Creo que te sigo – afirmó.

– Me acordé de cuando tú entraste en mi mundo interno – continué. –Y entonces pensé: “¿Y si consigo que Kara entre en un mundo de estos?” Le ayudaría, creo yo – valoré. – Es decir…

– Ya veo – comentó ella sin dejarme continuar. – Pero eso es muy arriesgado – me dijo. – Ya no es lo que pueda pasar, que no creo que pase nada, pero… ¿Qué crees que va a decir Ela? – preguntó. – ¿No crees que sería mejor que esto fuera por los cauces normales? Porque ella va a entender que estás jugando con la mente de la niña esta… Kara – me advirtió. – No lo va a ver de otra forma por mucho que se lo expliques.

– Sí, sí, ya he pensado en eso – asentí. – Sé que es mucho riesgo, pero… No sé, creo que es lo mejor para Kara y tampoco voy a ceder siempre ante las presiones de Ela – me encogí de hombros. – Aunque ella o quien sea no lo entienda…

– Para ceder siempre hay que ceder en algún momento – bromeó mi madre. – La cuestión es: Imagínate que pasa algo. ¿Tú sabes cómo se puede poner la gente de arriba? Olvídate de la Academia – pronosticó.

– Que sí, que sí – insistí. – Ya he pensado en eso y creo que aún así merece la pena correr el riesgo.

– ¿Pero por qué?

– Porque en “mi mundo” no pasa el tiempo. Es decir, por ejemplo, cuando fue lo de la liberación pasé diez años en el mundo imaginario y aquí apenas pasaron unos segundos – le conté. – O bueno, puede que una noche entera, porque entré mientras estaba durmiendo. Ahora puedo entrar cuando quiera – informé. – Y te puedo asegurar que pasa un casi nada de tiempo.

– En fin, si lo tienes tan claro – cedió.

– No te veo muy convencida…

– No es eso – chasqueó la lengua. – Es que… No sé… No creo que nadie lo haya hecho antes – inclinó la cabeza – pero…

– Creo que si la consigo hacer entrar en mi mundo interior, como entraste tú, podría lograrlo – afirmé. – Y aunque no consiguiera que pasara a una realidad paralela… me valdría igual. Es decir, al caso viene a ser lo mismo.

– Cierto – asintió, después de valorar mi última frase.

– Entonces… ¿Es posible?

– Cariño, para ti todo es posible.

Justo antes de pronunciar aquella frase, había dado un paso al frente y se había detenido ante mí. Me miraba con una gran sonrisa que recorría su cara de oreja a oreja y con los ojos bien abiertos y cargados de ilusión.

– Sólo tienes que estar seguro de ti mismo y entregarte totalmente a ello – me interrumpió. – Eres capaz. Tienes el potencial.

– Ese es el otro motivo por el que estoy aquí – expliqué. – Henkara me ha dicho que debo descubrir mi herencia Grossner.

– Temí que eso sería algo que nunca llegaras a preguntar – sonrió abiertamente mi madre. – Sígueme.

– Si tú lo dices…

Ahora era yo el que no estaba muy convencido de las palabras de mi madre. ¿Para mí todo era posible? ¿A qué se estaba refiriendo? A su gesto confiado y optimista, yo había respondido con una mueca de desconcierto y escepticismo, casi podría decirse que con cara de susto.

– ¡Sí, hombre, sí! – insistió. – Tú mismo lo has dicho hace un momento. Otra cosa es que tú no te des cuenta de lo que vales…

– El mundo es una tontería – canturreé en respuesta de forma totalmente involuntaria.

– ¿Qué?

– Nada… Nada… – reí ante aquel lapsus musical. – Sigue, sigue…

– A ver, ¿nunca te has dado cuenta de lo que puedes hacer? – comentó como extrañada. – A ver, piensa…

– ¿El rastreo? – me atreví a adivinar. – Y…

– El rastreo, sí – corroboró con voz apresurada. – Y que fueras capaz de abrir el sello de la metempsicosis y que seas capaz de crear esos mundos – completó. – Porque eres tú – me señaló con vehemencia. – Tú. Aunque en tu interior lo representes como que lo hace Balmung – añadió quitándole importancia a esto último. – Eres tú. El sólo se valió de algo que tú eres capaz de hacer por ti… Al fin y al cabo, él es tú – sentenció.

Al menos lo que decía tenía sentido, aunque no terminaba de comprender todo lo que me estaba contando. Era lógico que si aún no había logrado acceder al poder de Balmung por aquel entonces, él tampoco pudiera haberlo desarrollado así porque sí. ¿O sí? Deseé haber atendido un poco más en las clases de Josuke cuando estaba en la Academia… si es que había llegado a tratar el tema, claro, que no estaba yo muy seguro de ello

– Pero hay más…

– ¿Más?

– Tú mismo lo has dicho. Puedes entrar en tu mundo interior cuando quieras.

– ¿Pero eso no puede hacerlo todo el mundo?

– No te creas – negó. – A ver, llegados a un cierto nivel… sí – concedió. – Pero aún así no es tan fácil como lo pintas tú. Normalmente suele ocurrir cuando el espíritu de la espada te invoca o cuando se da una situación crítica o…

– Forzándolo – completé yo, recordando el brebaje con el que mi abuelo me había llevado por primera vez al monasterio donde habita Balmung.

– Exacto – confirmó. – ¿Voluntariamente? Muy poca gente – repitió. – Al fin y al cabo todos somos psíquicos en potencia…

– ¿Qué?

– Sí, hombre, psíquicos – insistió. – Desde el momento en que tenemos un mundo interior y que una parte de nuestra alma puede materializarse, eso indica que tenemos unas ciertas capacidades psíquicas – continuó. – Lo que pasa es que luego no se suele pasar de ahí, pero a mayor poder es más normal que se avance por ese camino.

– Entiendo…

La verdad es que no acababa de creerme lo que me estaba contando. Había alguna pieza que no me encajaba en aquella aparente lógica que contenía la extraña teoría de mi madre. Nunca antes la había escuchado, eso seguro, pero bueno, no dejaba de ser plausible que así fuera.

– Entonces soy capaz de hacer eso.

– Eso y mucho más – asintió con una enorme sonrisa. – Pero bueno, de aquí a allá…

– Eso, eso, pasito a pasito – coincidí con ella.



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