Akano 25 – Reencuentro II
– Vamos a ver…
Me levanté de mi silla y me fui directo a los archivadores que había al lado de mi mesa. Había unos cuantos expedientes que necesitaba consultar de cara al papeleo que me acababa de solicitar Bone para Kyrek. No se trataba de nada especial. Aunque aún quedaban meses para el final del curso, las Divisiones ya se movían pidiendo referencias de los alumnos que se graduarían ese curso a fin de hacer una selección previa de aquellos que podrían interesar.
– Aquí están.
Después de estar un rato hablando con mi madre y explicándole lo que había pasado durante mi viaje al volcán, la había invitado a comer y, ahora, acababa de volver a mi despacho. Me había cruzado con el Director del Departamento de Asuntos Mortales por el camino y me había comunicado la solicitud del Capitán de la Novena División. Aunque tenía trabajo acumulado después de una semana fuera, había decidido empezar por aquello para no retrasar mucho a mi antiguo Escuadrón.
– Director – sonó por el interfono la voz de Rina unos minutos después, cuando casi había terminado.
– Dime – contesté.
– La alumna Kagemusha Kara está aquí para verle – anunció. – Dice que usted la ha citado…
– Sí, sí – confirmé. – Me olvidé avisarte, perdóname. Eh… – dudé. – Dile que espere un momento que tengo esto lleno de papeles…
Cuando hube terminado de recoger, salí yo mismo al recibidor, vestido con mi mejor sonrisa, para invitar a la muchacha a entrar en mi despacho. Ella asintió con timidez y me siguió rápidamente sin levantar la cabeza. Con un gesto de la mano le indiqué una de las butacas que había en el centro del despacho, para que se sentara allí y no en las sillas que había junto al escritorio.
– ¿Quieres beber algo?
Ella volvió a mover bruscamente en un tímido gesto de afirmación y se sentó en el lugar que le había señalado. Me acerqué al discreto mueble-bar en una esquina de mi despacho y serví un vaso de agua que le tendí a mi invitada dedicándole lo que yo esperaba que fuera una confortante sonrisa. Al menos esa era mi intención, pero ella seguía mirándome con ojos de animalillo acorralado.
Me senté, esperando en silencio a que se acostumbrara a un lugar que le era totalmente extraño y que, seguramente, pertenecía a un mundo que ella aún estaba descubriendo y a que se desvaneciera lo más posible aquella sensación de inseguridad que, en su timidez, irradiaba. Mejor que fuera ella la primera que hablara.
– ¿Shi… Shinigami-san?
Fue una sensación extrañamente familiar, aunque estaba completamente seguro de no haberla experimentado más que otra vez, con las mismas palabras, hacía unos pocos meses, la noche en que me había separado de Kyo y Gaby para seguir, por fin, en solitario, la búsqueda de Nalya. No había sido su garganta la que había producido aquella voz ni ningún sonido había pasado a través de sus labios ni mis oídos no habían captado nada. Sin embargo, había escuchado aquella voz perfectamente.
Me fijé en que no tenía lengua, igual que cuando la había encontrado en Kyoto. Había supuesto que aquella tara habría sido subsanada durante el tránsito hacia la Sociedad de Almas, como solía suceder con la mayor parte de las almas. Sin embargo, como me había pasado a mí, sin ir más lejos, con las cicatrices de mis muñecas, las marcas de mi suicidio, aquella herida no había podido borrarla ni el mismísimo poder de los dioses.
Me extrañó que nadie me hubiera comentado aquello. Ella no hablaba nada en mis clases, pero lo había atribuido a su cerrazón e introversión. Pero ninguno de mis compañeros, ni Eylinn o Kyo, con los que alguna vez había hablado del tema me habían dicho nada de aquella extraña habilidad.
– Te dije que volvería a por ti antes de que pasase lo peor – le contesté en una sonrisa, a modo de confirmación.
– ¿Qué? – me miró, muda.
Parecía como si no supiera cómo reaccionar y no era para menos. Hacía años que había prometido ir a buscarla y seguramente ya se habría olvidado de ello. Quizás el infierno en el que había tenido que vivir se hubiera llevado por delante aquella promesa, pero era algo de lo que yo nunca podría olvidarme.
– Soy yo – le sonreí de nuevo. – No tienes que tener miedo, ahora está todo bien.
Sí, era yo, el mismo al que había atacado la noche en que su alma fue llevada en el Rukongai y el mismo que había jurado protegerla de todo mal, de ella misma, hasta que supiera valerse por sí misma. Pero ella había sido condenada a un destino cruel en los distritos más peligrosos de la Sociedad de Almas. ¿Cómo habría llegado su alma hasta aquel momento?
– ¿Me oyes? – susurré. – Ya pasó todo.
Quería demostrarle la verdad, que aunque hubiera pasado tanto, tantísimo tiempo, todo sería como había dicho que sería, que estaría a su lado cuando todo comenzase a venirse abajo… que la protegería del fantasma que había intuido que la perseguía y que no la dejaba ser completamente libre. Que le ayudaría a vencer a sus demonios. Era eso lo que le había prometido.
– Soy un shinigami, no estoy aquí para hacerte daño. Te llevaré a un lugar parecido al sitio donde viviste. Quizás sea bueno o malo pero eso dependerá de ti…
“… y de que consigas vencer a tus demonios”, concluí para mis adentros. Pero no estaba preparada por ahora. No podría salir victoriosa de aquel combate solo, y, sobre todo, no podría hacerlo hasta que encontrara la paz. Sólo cabía aquella salida, aquella técnica de la que una vez nos había hablado el profesor de Kidou.
– Siento tu pena… – le dije mientras alzaba la espada – y si me permites, deja que selle tu corazón para que puedas al menos por un tiempo tener la paz que tanto necesitas…
Fue como un estallido pequeño, la empuñadura tocó su frente y todo se hundió en un resplandor.
– Pero te prometo… que cuando tu corazón esté listo, yo estaré ahí para verlo…
Había tardado veinte años en cumplirse mi promesa de reencontrarnos. ¿Cuánto habría cambiado hasta entonces? Agachado en cuclillas frente a ella, posé mis manos sobre sus hombros para evitar que apartara la mirada y escudriñé en sus ojos para tratar de descubrir qué era lo que le asustaba de mí, qué era lo que le había pasado o cómo podía ayudarla. Había miedo en su cara, temblor en sus labios y las lágrimas comenzaban a aflorar.
– No te preocupes – le dije con voz calmada. – Estoy aquí para ayudar.
Lo que podía ver a través de sus ojos parecía una neblina borrosa de emociones que luchaban por imponerse las unas a las otras y se confundían en una difusa y turbia bruma. Entre todas ellas, un sentimiento parecía ir ganando la batalla por dominar a los demás: la vergüenza. Aparté lentamente mi mirada y noté cómo se tranquilizaba ligeramente, aunque los nervios aún la atenazaban.
Debajo de su traje de shinigami se podían ver los resquicios de una piel llena de cicatrices. Tomé su brazo derecho y le levanté la manga. Con un grito mudo que resonó en todos los rincones de mi mente y un rápido gesto de su mano izquierda apartando la mía, me detuvo. Aún así, me había dado tiempo a ver parte de aquel tapiz de surcos en sus extremidades.
Unas eran más recientes, otras estaban allí desde hacía décadas. Todas eran huellas de una vida larga y dura en el infierno que eran los distritos más bajos del Rukongai, aquellos en los que nuestra autoridad, la de los hombres de negro, apenas era visible y eran los grandes clanes criminales los que ocupaban el lugar que debía corresponder al Sereitei.
– ¡¿Sector 72?! ¡Para ella eso es casi una condena a muerte!
Mientras hablaba, me excitaba más y mis gestos se hacían más exagerados. No era justo. Aquella niña había sido destinada, condenada, a vivir en el sector 72 del Rukongai, uno de los más conflictivos.
– No es culpa tuya, – decía Eliaz a mi lado – son las cosas de la burocracia. No hay nada que hacerle.
– Ya, pero… Tenías que haberla visto…
Era totalmente injusto. ¿Sobreviviría? Me preocupaba aquella chica, me preocupaba seriamente. Afortunadamente, si todo salía bien, sus demonios no harían acto de presencia en varios años, pero aquel destino era igualmente grave. ¿Qué le depararía el futuro?
Con tantos años de distancia, no pude evitar pensar que todo lo que le había pasado había sido culpa mía. Si nuestro encuentro se hubiera producido años más tarde, a lo mejor hubiera sido diferente. Como Eliaz había hecho con Mitsuko, como había hecho yo con Uxío, los privilegios familiares me habrían permitido llevar a Kara hasta un lugar seguro en lugar de condenarla a un infierno que se sumaría al que ya había vivido en vida, cuando toda su familia había sido asesinada frente a sus pequeños ojos.
Pero no era aquel dolor el que le atormentaba. Sentado en la butaca frente a ella dejé que un silencio valorativo tomara posesión de la sala mientras ella parecía recuperar la sensación de tensa calma en la que parecía moverse más cómodamente. En ese tiempo, yo me mesaba mi barba con la mano derecha mientras la miraba y pensaba en cuál era el siguiente paso.
– En fin… – suspiré, tras unos instantes. – ¿Entiendes por qué te he llamado aquí?
– S… sí, Akano-sensei – asintió.
– Rido – la corregí en una sonrisa. – Sólo Rido. Resulta… – resoplé, recostándome hacia atrás pero sin dejar de mirarla. – Te hice una promesa y he tardado demasiado en cumplirla – reconocí. – Te prometí que iría por ti, que te ayudaría… y te dejé sola en el infierno – confesé. – Podía haber ido en tu busca, pero… Bueno – me corté. – Ahora estás aquí y…
Me reí de mi mismo con un gesto irónico. Muchas veces había preparado en mi interior aquel encuentro y ahora las palabras se me escapaban. Había demasiadas cosas que quería decirle y me costaba decidirme por unas o por otras. Pero algo tenía que hacer, algo tenía que decir.
– Kara – volví a hablar. – Tienes que perdonarme por no haber ido antes a por ti – me disculpé. – No puedo imaginar siquiera por lo que has pasado o lo que has tenido que hacer… pero mira: – añadí, mientras me sacaba el guante de la mano derecha – todos hemos cometido errores en la vida.
Le mostré claramente las cicatrices que atravesaban mi antebrazo desde la muñeca hasta prácticamente la articulación del codo. Ella se las quedó mirando fijamente unos segundos y luego, dándose cuenta de lo que podía parecer su expresión, apartó súbitamente la vista y cerró con fuerza los ojos.
– Rido-sensei, yo… – comenzó a decir con titubeos.
– Rido – volví a corregirla. – Pero no hace falta que digas nada – sonreí. – Por ahora, basta con que sepas que yo estoy aquí para ti, ¿vale?
– S… Sí – asintió con energía aunque sin perder aún su timidez.
Era un paso, aunque todavía había mucho camino que recorrer para que aquella chica confiara en mí y yo pudiera ayudarla. Tampoco quería atosigarla con un montón de cuestiones, que se agobiara y que el avance que hubiera podido tener en los pocos minutos que llevábamos conversando. No, no, debía hacer que la prudencia se impusiera a los impulsos de mi corazón.
– Veamos… – me levanté, echando a andar hacia el archivador. – Aquí están… Sí, aquí están – sonreí. – Son… tus notas del primer semestre – le expliqué.
Kara dio un pequeño respingo sobre la butaca y me miró con susto.
– Tranquila – reí divertido ante su reacción. – Nada de lo que preocuparse, mujer. Bueno, sí, Historia – me encogí de hombros como si no tuviera importancia. – Pero bueno, eso es algo que arreglaremos de aquí a fin de curso. Mira, Vriznak me dice que tienes un nivel altísimo – la miré. – Y Db está contentísimo con tus progresos. Y en las asignaturas de estudiar… – busqué. – Tampoco hay queja – concluí. – Notas más que decentes con Bone y Josuke… Bien, bien – la felicité. – Muy bien.
– Gra… gracias – respondió.
– Lo que me lleva a proponerte algo – continué, cerrando el expediente. – Hace algunos años había en la Academia un grupo especial de prácticas en el que estaban los mejores alumnos de cada promoción. Vamos a ponerlo en marcha de nuevo con los alumnos de primero – . – ¿Te interesa?
La expresión de su cara, que había mejorado a lo largo de nuestra conversación, era ahora el reflejo de la incomprensión y la duda que nacían en su interior. Desde luego, estaba claro que ella creía no merecer ninguna especie de trato amable por mi parte. Se sentía culpable por lo que fuera que se había visto obligada a hacer durante su estancia en el Rukongai.
– Sí, lo sé – admití. – Demasiadas cosas de golpe, pero… No hace falta que me contestes ahora, ¿vale? Por cierto, conoces a Uchiha Kyo, ¿verdad? – le pregunté.
– Sí.
– Bueno, como sabrás es mi hijo – expliqué. – Hijo adoptivo, pero hijo al fin y al cabo – aclaré. – Si ves que te es más cómodo hablar con él que conmigo, no dudes en hablar con él… o con Eylinn, ¿vale?
Sí, quizás fuera mejor así. Mi presencia aún parecía abrumarla más de lo debido y ellos dos podían velar por la pequeña de una forma mucho más cercana de la que yo era capaz. Además, seis ojos ven mejor que dos.
– De acuerdo, Rido-sensei – respondió con cierto alivio.
– Y llámame Rido – insistí una vez más. – En fin… Yo ya te he dicho todo lo que tenía que decirte – sonreí – pero si quieres algo más…
Educadamente negó con la cabeza y se despidió con una tímida y ceremoniosa reverencia antes de salir algo apurada del despacho. Yo la observé con media sonrisa en la cara mientras se alejaba y con un cierto desahogo por, al menos, haber hecho algún progreso en mi relación con la chica. En cuanto desapareció, volví al trabajo en mi escritorio.
Ya estaba a punto de recogerme a mi nueva vivienda en el interior de la Academia cuando Rina anunció la llegada de la Capitana Ela, de la Decimotercera División. Con un resoplido le dije que la hiciera pasar, aunque no me hacía mucha gracia la idea de una nueva discusión con ella acerca de Kara, que seguro que era a lo que venía. De forma automática, me levanté para servirme un vaso de whisky y le ofrecí a ella cualquier cosa de beber a modo de saludo.
– No, no bebo nada – rechazó la propuesta.
– De acuerdo, pero permitirá que yo sí, ¿verdad? – respondí, mientras la invitaba a sentarse. – ¿Qué le trae por aquí, Capitana? – pregunté, con fingida ingenuidad.
– Sabe bien a lo que vengo, Director – replicó. – ¿Ahora se dedica a sobrecompensar?
– Sobrecompensar… – repetí. – Ya – añadí con sequedad. – Sí, supongo que puede verse así… pero…
Sin concluir la frase dejé el vaso sobre la mesita que había entre las dos butacas y me levanté en busca de la vieja carpeta en la que se guardaba el archivo de la misión que me había llevado a Kyoto veinte años atrás. Se lo entregué en las manos y le hice una seña para que lo abriese y lo mirase.
– Créame que por “sobrecompensar” no es – seguí, haciendo hincapié en la palabra que ella había utilizado. – Sólo trato de cumplir la promesa que le hice a esa chica cuando la traje aquí…
– ¿Una promesa que la llevó a Yorokonde? – repuso.
La miré sobresaltado. ¿Era culpa mía que ella hubiera acabado allí? ¿Había decidido yo que fuera así? Era lo mismo que me había preguntado yo horas antes, al hablar con Kara. Pero una cosa era que en mi interior, consciente de lo que ahora podía hacer, me lamentara de que no hubiera podido ser capaz de “marcar” entonces a aquella niña asustada que me había encontrado en Kyoto. Tampoco yo estaba orgulloso de no haberla ido a buscar en su momento, ¿pero qué shinigami podía culparme de ello?
– Ambos sabemos que no se puede influir en la asignación de los destinos – dije al fin lenta y desafiantemente.
– Sí, claro… – respondió con escepticismo. – Ambos sabemos que usted sí puede y que no es la primera vez que lo hace – me acusó.
– Haremos una cosa – me detuve antes de realizar el ritual. – Esto me enseñó a hacerlo mi padre.
Deposité mi mano derecha sobre su cuello y emití una pequeña cantidad de reiatsu. El resultado fue que quedó marcado con un pequeño aunque visible tatuaje en forma de rayo, similar al mío. Ahora era “protegido de los Akano”, al menos durante el tiempo suficiente.
– Franco – llamé por el sistema de comunicaciones. – ¿Estás ahí? Aquí el Oficial Akano.
– Estoy aquí – contestó.
– ¿Eliaz llegó de su misión?
– Hace una hora.
– ¿Puedes ponerme con él? – le pedí.
– Enseguida.
– ¿Qué pasa? – preguntó Uxío sin entender.
– Tranquilo. Así te será más fácil encontrarme.
– Cabrón, estaba durmiendo – protestaba a los pocos minutos Eliaz al otro lado de la radio.
– Pues despierta, necesito que hagas algo por mí.
– Caprichoso.
– Me debes una – repuse.
– ¿De qué?
– Seguro que de algo – me burlé. – Escucha, necesito que vayas al Registro Central, a la oficina de asignación de distritos y arregles unos papeles por mí.
– ¿Para quién?
– Lo sabrás cuando lo veas.
– ¿Y no puedes hacerlo tú? – protestó. – Ahora que eres un Akano.
– Todavía tengo trabajo por aquí – expliqué. – Sabes que no llegaría a tiempo.
– Está bien – resopló. – ¿A dónde lo quieres mandar?
– Al Siete Oeste.
– Veré que puedo hacer.
– Gracias. Nos vemos por la noche – dije, apagando el comunicador. – ¿Preparado?
– Un momento.
– Ah, sí, Uxío… – recordé, con una sonrisa en la cara que tenía más de pose que de otra cosa. – También me valió una buena regañina por parte de Henkara, pero… No – rechacé la acusación. – Sólo puedo hacer eso desde que volví a ser Akano Rido – expliqué. – Y sólo lo he hecho una vez.
– Ah, ya…
– La cuestión es que ya le he dicho mil veces que sólo pretendo ayudar a Kara – recuperé el tema. – Sinceramente, creo que en lugar de pasar el tiempo discutiendo, deberíamos aunar esfuerzos.
Decidí entonces abstraerme de la actitud de Ela hacia mí y compartirle todas mis impresiones acerca de la joven alumna y, en base a sus no muy colaboradoras respuestas, fui confirmando algunas de ellas. Sí que era cierto que Kara había pasado una estancia muy dura en el Yorokonde y que había colaborado con un clan criminal de los que se habían visto envueltos en las revueltas del otoño anterior. Lamentablemente, el secreto que aún seguía pesando sobre el tema me impedía ver las cuestiones con mayor claridad.
Al final, conseguí despedir a la Capitana de la Decimotercera División medio convencido de que nuestras relaciones a este respecto iban a mejorar sustancialmente en lo sucesivo. Y también me había reafirmado en algunas otras de mis convicciones, como que debía saber qué había pasado en el norte meses atrás o que, quizás, ahora que las cosas habían vuelto a su cauce, iba llegando el momento de volver sobre aquello que me había dicho mi madre antes de partir ella misma hacia el Distrito 72 de la zona septentrional del Rukongai.
– Bueno – salí del despacho, ajustándome el haori naranja sobre los hombros. – Me voy, Rina…
– Buenas noches, Director Akano – se despidió ella. – Ah, por cierto – se paró. – El Profesor Db quería verle.
– ¿Db? – me extrañé. – Si hablamos esta mañana… ¿Dijo si era urgente?
– No dijo nada.
– ¡Ah, coño! – me di una palmada en la frente al acordarme. – Creo que ya sé.
Volví a mi despacho y recogí los expedientes que me había pedido Kyrek y que había dejado sobre la mesa.
– Vale… ¿Podrías…? Deja, deja – me corregí. – Me acerco yo a llevarle esto.
Dicho y hecho. Con un pequeño paseo por los tejados del Sereitei, como en los viejos tiempos, acabé a las puertas del Cuartel de mi antiguo Escuadrón. Tomé aire, como si estuviera a punto de realizar una hazaña excepcional, y me dirigí con paso firme y una sonrisa en los labios a la que había sido mi casa durante tanto y tanto tiempo.
– ¡Rido! – me saludó un tanto escandalosamente Raik, que hacía guardia. – Perdón, Director – se cuadró con respeto.
– Déjate de chorradas – le regañé. – ¿Y tú? ¿Cómo andamos? ¿Qué carajo pintas de guardia?
– Oh, nada… – agachó la cabeza con vergüenza. – Tuve un despiste con los pandas…
No pude contener una sonora carcajada. Cruzamos un par de frases más para ponernos al día y continué mi camino hacia el interior del edificio. Mecánicamente recorrí los laberínticos pasillos del edificio y me paré delante de la puerta del despacho del Capitán esperando a que me invitara a pasar.
– Ya no es Henkara – me advirtió desde detrás Irah con su voz cascada. – Ahora hay que llamar.
– Cierto, cierto – admití, medio sonrojado por el despiste. – ¿Hablamos luego? – le pregunté mientras llamaba.
– Saco el whisky entonces – sonrió él, a la vez que Kyrek me invitaba a pasar.



Jueves, 7 enero, 2010, 12:16 | 


