Akano 24 – Gnoseocracia V


Akano 24 – Gnoseocracia V

– ¿Y qué había en el libro? – preguntó Bone.

Habían transcurrido poco menos de dos días desde mi regreso al Sereitei. Había podido disfrutar de un fin de semana de descanso que se me hizo realmente corto y ya debía reincorporarme a las clases. El tiempo había mejorado, así que al menos eso contribuía a que la rutina diaria fuera menos deprimente de lo que resultaba en los últimos meses.

Fiel a la promesa que les había hecho tanto a Kazu como a Servais, procuraba no contar nada de lo que había averiguado durante mi viaje, pero la insistencia, nada imprevista por otra parte, de mi antiguo compañero de División me había hecho decidirme a revelarle detalles inofensivos y poco significativos de lo que había sido mi último periplo. Él se daba cuenta de que yo le ocultaba información y se mosqueaba y le daba vueltas al tema una y otra y otra vez. Pero no conseguía doblegarme.

Aquel tira y afloja, aunque por momentos se hacía cansino, era bastante entretenido y me servía para mantener la mente ocupada en lugar de estar pensando en las mil y una historias que se me venían a la cabeza. No llegaba ya con los problemas “políticos”, que ya eran bastantes, ni con la investigación acerca de Nadie… No. Ahora, además, estaba aquello.

– Maestro Servais – le dije en cuanto estuvimos solos de nuevo.

Había caído la noche. El anciano había evitado responder a cualquier tipo de pregunta en todo el día. Siempre ponía cualquier excusa por pasajera que fuera: era un tema que hablar en privado, ahora no era el momento, era mejor dejar reposar la cuestión… pero tampoco era que yo tuviera mucho tiempo para ese tipo de lujos. Por eso había decidido intervenir.

Me había pegado como una lapa a él y no le dejé escaparse de la responsabilidad. Ahora que Kazu se había retirado junto con el resto de la comunidad era mi oportunidad, porque quizás mañana fuera demasiado tarde. Así que, cuando me cercioré de haber captado su atención, desenfundé mi arma sin preguntarle nada.

– Mire esto – le indiqué, señalando la marca en forma de rayo de mi hoja.

Le entregué con cuidado mi espada y, mientras la examinaba con un cierto interés, pero en silencio y sin cara de darle ninguna importancia, me levanté la túnica enseñándole los tatuajes de mi espalda.

– Kazu le dijo que yo podía ser el… – seguí, viendo que él no parecía querer decir nada aún.

– ¿El portador del rayo? – completó él, con media sonrisa y con cierto desinterés. – Oh, no, no… Él no conoce la historia.

No dijo nada más, sino que seguía con la mirada expectante clavada en mi espada y luego en mi torso. Le estaba dando vueltas a la cabeza, eso era obvio, pero por ahora no tenía intención de compartir sus conclusiones, si es que había llegado alguna. Seguramente había captado lo que yo intentaba de expresar, pero, por si acaso, decidí dar un paso más.

– Si me permite… – volví a hablar, tomando a Balmung de nuevo en mis manos. – Resuena en los cielos, estremece la tierra. ¡Balmung!

El viejo dio un salto ante el pequeño estallido que se produjo al tiempo que mi Zampakutou adoptaba su forma liberada. Enseguida extendí el brazo derecho en señal de disculpa y tranquilizándolo.

– ¿Ve? – hablé, mientras hacía que el flamberge refulgiera al paso de una corriente eléctrica.

– Nada – le respondí al gafotas. – En el libro no había nada.

– Ya, seguro… – contestó incrédulo, mirando el volumen que descansaba sobre mi mesa. – Y si no pone nada, ¿para qué cojones lo has traído?

– Porque es un regalo – expliqué con naturalidad en un tono un poco burlón. – Los regalos no se devuelven. ¿Nunca te lo dijeron en tu ca…?

– ¡Me mentiste! – interrumpió una voz excesivamente crispada.

– Vaya hombre… – protestó el Oficial de la Novena División por lo bajo.

– Buenos días, Ari – saludé, con una sonrisa de oreja a oreja como si no pasara nada. – ¿En qué puedo ayudarte?

– ¡¿Que en qué puedes ayudarme?! – gritó ella. – ¡Te voy a decir en…!

– Yo no tuve nada que ver – la corté rápidamente. – Así que cálmate.

– ¡Cambié mis horarios! ¡Quedé mal con mi compañero! – seguía protestando. – ¡¿Sabes cuántas expli…?!

– Si quieres quejarte, al Cuartel de la Doce – la volví a parar, esta vez en un tono más seco. – Te dije que era él el que tenía la última palabra – le recordé. – Créeme, es mejor que no hubieras venido. El libro tiene más valor simbólico que por el contenido que tiene – recuperé mi conversación con Bone. – No le des importancia, porque no la tiene. Ahora, si me disculpáis… – añadí, cogiendo una carpeta de encima de la mesa – tengo clase.

La verdad es que mi cita con los alumnos de primer curso no empezaba hasta diez minutos más tarde, pero así me ahorraba el seguir allí. Era mejor cortar por lo sano y tampoco es que tuviera ganas de pelearme con nadie. Años de experiencia lidiando con Nalya me habían dado muchos recursos a la hora de tratar con personas con tanto carácter como ella, como era el caso de Ari. Sabía que no llevaba a ninguna parte discutir con ellas, así que había aprendido a saber cuándo era mejor aguantar el chaparrón y capear el temporal y cuándo imponerme y plantar cara.

– ¡Rido, espera!

– Lo que tengas que decirme, dímelo mientras caminamos – contesté sin girarme.

– ¿Así que es cosa de Kazu? – preguntó, dando una pequeña carrera para ponerse a mi altura.

– Sí, mira… – suspiré, apreciando mucha más calma en su voz. – Allí no ibais a sentiros cómodas… ni tú ni Gaby. Eso sin contar – añadí – que cuantos menos fuésemos, mejor. Lo siento pero no puedo decirte mucho más – alegué. – Si quieres más explicaciones…

– Mi hermano – concluyó.

– Exacto… – asentí. – Pero… si aceptas mi consejo, mejor déjalo estar.

Se paró y me miró, como si evaluándome a mí evaluase lo que acababa de decirle. Luego, con la mirada perdida en el horizonte, se rascó la cabeza con la cola en un gesto de poco convencimiento antes de esbozar una ligera sonrisa y encogerse de hombros. No pude evitar reírme ante lo cómico del gesto aunque, afortunadamente, logré contener una carcajada que, a lo mejor, ella habría podido entender como algo ofensivo.

– Venga, no te quedes ahí – la apuré.

– ¿Sabes qué? – dijo, retomando la marcha. – Te voy a hacer caso, aunque sea por una vez.

Sin mayor aclaración y sin despedirse, desapareció con una veloz maniobra de shumpa y me dejó sólo en el pasillo. Aún no habían finalizado las clases anteriores, así que los alumnos estaban todos en su aula y los profesores que no estaban impartiendo sus materias estarían, seguramente, en sus despachos.

– Vaya, vaya, vaya…

No hizo falta girarme para reconocer al propietario de aquella voz, pero aún así, con mucha desgana, me volví hacia él. Por un pasillo perpendicular al que yo recorría, con una imagen inusualmente desaliñada, se aproximaba el Capitán de la Quinta División, Nakatoni Josuke. Llevaba el uniforme radiante, perfecto, como siempre, pero iba despeinado, estaba ojeroso y lucía una muy poco habitual barba de varios días cubriéndole el rostro.

– Creo que eso debería decirlo yo, Josuke – repliqué, tratando de dar un tono autoritario a mi voz que pusiera a mi interlocutor en su lugar. – No te han visto el pelo en cuanto… ¿Tres semanas? ¿Un mes?

– Tengo mis obligaciones – se defendió.

– Si yo no digo que no –sonreí, viendo que podía tomar la ofensiva. –Dar clase, dirigir un Departamento… Ya sabes – incliné la cabeza, como si estuviera pensando. – Esas también son tus obligaciones…

– También tengo que liderar una División del Gotei 13 – murmuró con una cierta indignación que él disfrazaba de ingenua amabilidad.

– Sí, es cierto, es cierto – me llevé una mano a la boca, como si acabara de recordar ese dato entonces. – No sé cómo pudo habérseme pasado… Ah, ya… Ya recuerdo – meneé la cabeza. – No recibí noticia alguna de que uno de mis profesores iba a desaparecer durante un mes.

Lo miré fijamente sin añadir nada más y, para no darle oportunidad de prolongar aquella disputa, me marché después de desearle buenos días en un tono más que ambiguo. Había reconocido a Josuke detrás de algunas de las acusaciones de la Cámara y eso era algo que no tenía pensado perdonarle de momento. Sabía que él pretendía manejarme a su antojo, pero las cosas eran distintas ahora.

– Ah, se me olvidaba – me giré, despreocupadamente. – Fuiste tú quien me puso aquí, pero no soy tu pelele… Y aféitate – añadí. – Esa imagen no es adecuada para alguien de tu categoría.

Llegué a la puerta del aula de primer curso antes de que el timbre avisara del final de la clase. Era la primera vez en todo el curso que tenía tanto margen antes de empezar, porque siempre salía pitando del despacho para clase. Por un día podría charlar con calma con los alumnos y no ir tan justo de tiempo. Eché un vistazo por la ventana y vi a Db explicando.

– Teoría del Kidou – susuré para mí. – Qué coñazo…

– No sé, maese Akano – se encogió misteriosamente de hombros el viejo después de permanecer un rato en silencio.

– ¿No sabe?

– Es cierto que me habéis enseñado es bastante revelador – aceptó. – Pero no creo que sea prudente hacer este tipo de juicios a la ligera…

¡¿Cómo no iba a pensar en mí?! ¡Decía “Portador del Rayo”, por amor de Dios! Sí, es cierto que no era yo el único shinigami cuya liberación tenía que ver con la electricidad. Sin ir más lejos, estaba Aiolos, que había sido mi compañero de clase en la Academia y que había hecho el examen final conmigo. Pero una y otra vez la mente volvía a reconducirme a aquella hipótesis.

– La verdad – sonreí, pensando en alto. – Menuda mierda de profecía si dice las cosas así a las claras…

Mientras le daba vueltas y más vueltas al asunto, sonó el timbre que señalaba el término de las clases. En cuanto los primeros alumnos abrieron la puerta para salir a tomar el aire en los minutos que tenían de descanso, entré al aula, dejé mis cosas sobre la mesa y volví a salir acompañando a Db.

– ¿Cuándo llegaste? – me preguntó.

– El sábado por la noche – contesté.

– Con razón no te había visto – respondió. – Estuve todo el fin de semana ocupado con historias… ¿Y cómo fue? ¿Sabes que la loba estaba bastante cabreada porque al final no pudo ir con vosotros?

– Ari también – resoplé. – Pero bueno, no es cosa mía. Bien… – sonreí, recuperando el tema de los frutos de mi viaje. – No es que sacara mucho en limpio, pero el paseo vino bien.

– ¿No descubriste nada?

– Todo lo contrario – corregí. – Descubrí cosas, pero tengo que ordenarlo todo y madurar esto aún…

– Entiendo…

– No preguntes – me adelanté, previendo sus intenciones. – Le prometí a la gente de allá que no iba a decir nada… Al menos no por ahora.

– Vale, vale – aceptó. – Por cierto, antes de que se me olvide – cambió de tema. – Gaby se ha empeñado en que celebremos… ¿su marcha, puede ser? – anunció, dubitativo. – Algo así, no sé, pero tampoco es que se explicara muy bien. Este viernes, por la noche – me citó. – Tenemos permiso para abrir una puerta.

– ¿A dónde vamos?

– No sé – se encogió de hombros. – Sé que lo habló con Krunchi, pero a mí no me dijo más…

– Esas dos tramando algo – reí. – Peligro, peligro.

– En fin, el viernes, acuérdate –repitió, compartiendo mi risa. – Te dejo, que Kyrek quiere que le ayude con no sé qué historias…

– Sé bueno, Pollo – me despedí.

Bufó algo en referencia a su mote y se marchó. Mientras lo seguía con la mirada, tentado a meterme un poco más con él, pero decidido a no hacerlo delante de los alumnos, me tropecé con la pequeña figura de Kagemusha Kara. El problema fue que ella me descubrió casi al instante mirándola y se escondió inmediatamente. En seguida me vinieron a la cabeza las acusaciones de la Cámara de los 46 acerca de mi trato para con determinados alumnos. Realmente debía hacer algo al respecto.

– Mierda… – me dije mientras entraba en clase.

Los alumnos se hicieron los remolones a la hora de entrar una vez sonó el timbre, pero bastó un gesto impaciente por mi parte para que la mayor parte de ellos entraron en el aula. Cerré la puerta detrás de ellos y los que querían quedarse rezagados captaron inmediatamente la indirecta. Alguno aún se quedó fuera, pero ya “sufriría” las consecuencias.

– Bien… Buenos días – saludé. – A ver… Kurokotetsu. Te toca a ti exponer tu trabajo, ¿verdad?

– S… Sí, señor Director.

El muchacho llevaba una larga coleta castaña que le llegaba hasta mitad de la espalda y caminaba con timidez hacia el frontal de la clase. Como hacía habitualmente, yo recorrí el trayecto inverso y me senté en el puesto que él ocupaba en clase. Curiosamente, era justo delante de Kara, lo que no dejaba de resultar violento.

– Hola – le sonreí.

Ella apartó vergonzosa la mirada y, en su lugar, fueron los ojos de su compañero, Kage, el de la cinta roja que se había enfrentado a mí el primer día de clase, los que se clavaron en mí con una expresión no muy amigable. Aún así, yo seguía con mi mirada fija en la chica, que había decido bajar la cabeza.

– Me gustaría hablar contigo – le dije en bajo. – Ven a mi despacho esta tarde.

El chaval de la cinta roja gruñó algo por lo bajo a su compañero, Kaiden, el de la melena morena que había salido intentando justificar la actitud de sus dos amigos. Este le respondió que se calmara y que no dijera burradas. Mientras tanto, Kagemusha se había puesto roja como un tomate y apenas parecía respirar. Quizás había sido una intervención muy de golpe.

– Tranquila – sonreí de nuevo. – No va a pasar nada. Lo prometo. Bien – me di la vuelta y me senté. – Cuando quieras, Kurokotetsu.

De todas formas, aunque hubiera resultado algo brusco, era algo que tenía que hacerse. No es que me gustara darle la razón a la Cámara en este asunto pero tampoco podía prolongar aquella situación mucho más tiempo. Era momento de mover ficha, aunque presentía que no a todo el mundo le iba a sentar bien. Presentía que, a no mucho tardar, tendría a la Capitana Ela, de quien Kara era su protegida, en mi despacho cuestionando mi actitud hacia ella… una vez más.

– En fin… – suspiré y me dispuse a atender a la exposición del alumno al que le correspondía.

Tras una explicación no muy lucida de un trabajo realmente bien hecho acerca del nacimiento del Anillo Exterior, le llegó el turno a otro de los estudiantes, Shitotsu Akio, quien había sido víctima del ataque del clan Mishima durante las vacaciones invernales, que hablaba sobre la Primera Guerra de las Almas.

El timbre no le dejó terminar y quedamos en que concluiría su exposición la semana siguiente. Poco a poco, era la última clase de la mañana, los alumnos fueron vaciando el aula con destino al comedor. Entre el jaleo, no pude evitar volver a ver al grupo de los amigos de Kara. Kage Otaka aún me miraba desafiante, pero los demás se esforzaban más bien en tranquilizar a la muchacha.

– Tiene visita, Director – me informó Rina al llegar al recibidor de Dirección.

– Qué raro… – resoplé, mientras pasaba junto a ella. – Últimamente no gano para… ¿mamá?

Enfundada en su traje de shinigami, con el pelo recogido en trenzas, igual que cuando habíamos salido en busca de Nalya, mi madre me esperaba sentada en una de las butacas en las que solía recibir a mis invitados.

– No me habías dicho que tenía secretaria – dijo a modo de saludo.

– Sí, es… – respondí un tanto desconcertado. – Es Rina.

– Muy mona, por cierto – comentó.

– ¡Mamá! – protesté, mientras por dentro sentía un gran alivio al ver que había cerrado la puerta tras de mí. – ¿Qué te trae por aquí?

– Viendo que no vienes por casa últimamente…

– Sí, yo…

Era cierto. A pesar de que ya me había reconciliado con el hecho de que me hubieran ocultado lo de mi hermana, mi relación con mis padres había quedado muy tocada y aún no había recuperado la normalidad. Era una de mis muchas tareas pendientes, que se acumulaban aún más allá de lo estrictamente profesional.

– No pasa nada – sonrió ella.

– ¿Qué tal está papá? – le pregunté mientras le daba un beso en la mejilla.

– Bien – respondió. – La verdad es que le dejaste muy tocado con lo… lo de tu hermana – explicó, como si le costara sacar las palabras. – Pero bien… Ahora está haciendo un poco de… “memoria histórica” – añadió entre divertida y nostálgica.

– ¿Memoria histórica?

– Sí – sonrió. – En la cripta había cosas que habíamos guardado de tu hermana y de tu abuela – aclaró. – Ahora se le ha dado por sacarlas para casa – meneó la cabeza. – Ha decidido que es el momento de superarlo…

– Vaya…

– Ah, no lo sientas – me espetó, viendo mi reacción. – Tiene razón, ya va siendo hora. Si la verdad fue un error ocultártelo, pero…

– No pasa nada, mamá – la detuve. – En serio.

– Así que entre eso y las partidas de ajedrez con Kaiser tu padre tiene el día bastante ocupado – continuó.

– ¿Y tú?

– Yo bien – se encogió de hombros. – Un poco aburrida, pero bien. Además, tú madrina está fuera y… eso.

– Ya…

– El otro día vino tu amigo Db por casa – comentó. – Bueno, la verdad es que venía a visitar a Gaby – especificó. – ¿No te da la impresión de que esos dos tienen algo?

– Realmente te aburres, ¿verdad? – la interrumpí, para que no continuara con el cotilleo.

– La verdad es que me dejó un tanto preocupada – reconoció. – Dijo que estabas teniendo muchas presiones y unos cuantos problemas por aquí… ¿Es cierto?

– Sí… La Cámara – musité con cierto desdén. – Me han prohibido seguir con la investigación de Nadie, aunque puedo seguir con lo de las profecías… Bueno, – corregí – ni siquiera eso. Lo que hago es entablar con relaciones con distintos grupos que pueden ayudar a fortalecer el dominio del Sereitei sobre el Rukongai – recité – y a prevenir cualquier tipo de ataque desde el Anillo Exterior.

– Bonita excusa…

– Sí, bueno – me encogí de hombros. – A mí nadie me cuenta qué pasó, pero desde lo del Yorokonde los de arriba han estado demasiado sensibles…

– Ah, eso…

La mirada de mi madre se turbó durante una décima de segundo, lo suficiente para que me pudiera dar cuenta de que lo que hubiera ocurrido allá arriba realmente la había afectado. Mantuve prudentemente un breve silencio por si quería decir algo, pero no fue así, por lo que continué con mis quejas.

Aunque no quería atosigar a mi madre con estas cuestiones, en cierto modo ahora me era casi imposible parar. Se habían abierto las compuertas y ahora dejaba salir todo lo que me había estado corroyendo por dentro y que sólo había compartido con Balmung. Era bueno hablar con alguien “de verdad” de toda esta historia y desahogarme.

– No sólo eso – continué. – Me acusan de amiguismo… Vale, que sí… Que Mitsuko, Db, Bone… son también profesores – acepté. – Pero ya eran profesores antes de que yo fuera Director, ¿no? – le pregunté. – Sí, joder, es cierto, que por ejemplo con lo del gafas fui yo el que lo sugirió como profesor… pero, coño… – admití. – Y, joder… Nadie puede negarme que Kaiser es un gran profesor… Es el único ex-profesor que no está vinculado a ninguna División – alegué. – Y…

– No te alteres – terció ella. – Ya sabes cómo son.

– Es que me cago en la puta – bufé. – Lo que pasa es que pretenden que sea su puta marioneta y no es así – me quejé. – Ese no soy yo. Yo no quería ser Director – protesté. – No quería. Tú lo sabes – insistí. – Fueron ellos los que se pusieron pesados con el tema y no me dejaron ninguna alternativa. Y pensaron en mí porque “les gustó mi discurso” – recalqué. – ¡Era un puto discurso reformista! Pero no… Ellos quieren que todo siga como antes. Quieren hacer y deshacer a su puto antojo – cargué. – ¡Joder! ¿Es que aún no me conocen? No podían decir que a mí no me conocen – . – Y mucho menos el cabrón de Josuke. Si lo que quería era alguien que le bailara el agua – añadí – pues que hablara con Xelloss o con Db, que de tan buenos que son a veces hasta parecen tontos… Con todo el cariño del mundo – apunté al darme cuenta de lo que había dicho de dos de mis mejores amigos. – Es que, coño, no es así…

– Bueno, lo que…

– ¡Y aún encima me vienen con gilipolleces como que discrimino a los alumnos! – continué. – ¡Y una mierda! Todos los profesores – aclaré. – ¡Todos! Todos están todo el día diciéndome que si Kyo es no sé qué, si Kyo es no sé cuánto, que si las asignaturas se le quedan cortas, que si hay que adaptarle el plan de estudios… – enumeré. – ¡Y ni siquiera con él tengo un trato distinto! ¡Ni con mi propio hijo! De hecho trato de implicarme lo menos posible con ningún alumno para que nadie pueda decir que si los favorezco o no los favorezco – añadí. – Pero claro, los Capitanes… ellos sí que tienen sus protegidos – protesté. – Y… mierda.

Me di cuenta entonces de que me había levantado y le había estado gritando a mi madre como si ella fuera la culpable de todos mis males. En el fondo no tenía que soportar eso. Me di la vuelta, me acerqué al mueble bar, serví un poco de whisky en un vaso y me lo bebí de golpe. Luego volví a llenar el vaso y me dejé caer de vuelta en la butaca.

– Vaya… Nunca te había visto ponerte así – comentó mi madre con tono calmado.

– Yo… Lo siento.

– No, no te preocupes.

– La cuestión es… ¿Te acuerdas de aquella chica? – le pregunté en un tono mucho más calmado. – ¿La de mi primera misión en solitario?

– Sí.

– Vivía en el Yorokonde – expliqué, tomando aire para irme relajando poco a poco. – Los de la Trece la recogieron y la trajeron al Sereitei, así que ahora está en la Academia. Y le tengo que dar clase… pero le doy miedo – seguí. – Y como comprenderás no es muy cómodo que digamos estar en esta situación. Sobre todo si cada vez que intento hacer algo para remediarlo me tengo que enfrentar a unos macarras… y luego a Ela.

– Pero no puedes dejarlo así, tampoco…

– Lo sé, lo sé – asentí. – La he citado esta tarde aquí para tratar de hablar con ella… con Kara, me refiero, no con Ela – especifiqué, por si acaso. – La cuestión es que venga, que la otra vez que lo intenté no apareció.

– Pues a ver si puedes arreglar todo este embrollo – deseó. – Y con lo demás, paciencia. Eres un Akano – me recordó – lleváis en la sangre lo de estar un poco al margen de la oficialidad – ironizó. – Tú sigue tratando de hacer las cosas lo mejor que puedas y ya verás cómo todo se va aclarando poco a poco. Por cierto, que sepas que Gaby estaba un poco molesta porque no la llevaste contigo en tu último viaje… – me recriminó medio en broma, cambiando el tema.

– Y Ari – confesé, en un suspiro que pretendía dejar escapar toda la tensión acumulada y al mismo tiempo sonaba agradecido por la nueva dirección de la conversación. – Pero ya les dije que no era cosa mía sino de Kazu… Además… es Gaby – dije. – Ya sabes cómo es. Se le pasa pronto.

– ¿Y qué tal te fue?

– Bueno – resoplé. – No te creas que…

– Rido…

– ¿Qué?

– Sabes que puedo…

– Ah, ya, sí, es cierto – reconocí, al recordar que mi madre era psíquica, como Henkara.

– Pero es verdad – insistí, mientras me acercaba a la mesa y cogía el libro entre mis manos. – No es que haya sacado muchas cosas en claro.

– Buenas noches, maestro – saludé.

– ¿Quién va? – reaccionó el viejo Servais, levantando la mirada del libro que examinaba. – Oh, sois vos, maese Akano – se alegró. – Pasad, por favor, pasad.

– Mañana al amanecer partimos hacia el Sereitei – anuncié. – Venía a despedirme y a darle las gracias por todo…

– No hace falta, amigo mío – respondió. – Somos nosotros los que debemos daros las gracias por todo.

– De todas formas, maestro…

– ¿Sí?

– Me gustaría profundizar en todo este asunto.

– ¿Seguís pensando que se trata de vos? ¿El Portador del Rayo?

– Sí… Pero no es por eso – me corregí. – No.

– Sabéis que bien puede ser una metáfora de cualquier otra cosa…

– Ya, ya – reconocí. – La cuestión es que… Bueno, ya le he explicado mis teorías acerca de este tipo de profecías.

– Ah, sí – recordó.

– No quiero ser una molestia, pero… En ningún otro caso he tenido oportunidad de acceder a documentos escritos que hablen de estos asuntos – alegué, aunque no era del todo cierto: podía acceder a las escrituras que conservaba el viejo Heimdolf, pero no las entendía por el momento. – Sería un gran honor que me dejara acceder a estos escritos.

El rostro del anciano cambió de lo agradable a lo pensativo y volvió a su estado original al cabo de un pequeño silencio en el que su vista recorrió varias veces su escritorio. Al fin, se dejó caer sobre la silla y se recostó en el respaldo.

– ¿Tenéis el libro que os regalé?

– En mi habitación – asentí.

– Traedlo.

Tardé unos pocos minutos en regresar con el pequeño volumen. Iba a entregárselo, pero, en lugar de eso, Servais me ordenó abrirlo. Estaba en blanco. Ni una sola de sus páginas estaba escrita. En mi desconcierto, paseaba mis ojos del tomo al erudito y de este nuevamente al libro mientras balbuceaba preguntas inconexas. El viejo monje se estaba divirtiendo. Se le notaba en la cara. Extendió una mano y yo le entregué el libro.

– ¿Recordáis aquella esperanza que albergaba el joven Kazu?

– Sí – corroboré. – La de que yo fuera… algo – me encogí de hombros. – No me llegaron a decir el qué… y sé que no es lo del “Portador del Rayo”.

– No, eso no – meneó la cabeza, rechazando de nuevo la idea, como la tarde anterior. – No, no… Él no conoce aún la historia. No es eso, no…

– ¿Entonces qué?

– Mientras vivió aquí – comenzó a explicar – compartí con el joven Kazu algunas de mis esperanzas. En más de una ocasión le dije que lo que podría salvar nuestra Asamblea era que llegara alguien del exterior que… compartiera con el resto del mundo lo que hay aquí – confesó. – Alguien que fuera… el “heraldo” de nuestros conocimientos.

– He de decir que sería un honor para mí que…

– Y para mí sería un honor que alguien como vos recibiera esa noble tarea – me cortó. – Pero habéis llegado demasiado pronto – lamentó. – La Asamblea aún no está preparada para abrirse al exterior… y temo que nunca lo esté – declaró con mucho pesar tiñendo su voz. – ¿Quién sabe? – murmuró, con la mirada perdida y un ribete de esperanza abriéndose paso entre sus palabras. – Quizás el nuevo Gran Maestro pueda… pero… No – negó. – Seguramente es soñar despierto… ¿Podríais hacernos un favor?

– ¿Un favor?

– Mañana, durante la invocación matutina – propuso – me gustaría que os dirigieseis a los hermanos y les hablarais de lo que… No – se cortó. – No, olvidadlo…

– Podría hac…

– Olvidadlo, olvidadlo… – insistió. – Quiero haceros un regalo – anunció.

– ¿Un regalo?

Tomó el libro entre sus dos manos y lo elevó a la altura de su pecho, con una mano posada sobre la portada del volumen y otra en la contraportada, como si las extremidades del anciano fueran realmente las tapas del libro.

– El origen del conocimiento es la ignorancia – explicó. – Por eso este libro está en blanco. En el vacío de la ignorancia. La letra, la palabra, el lenguaje, es el vehículo del saber… aunque a veces sobran las palabras.

A medida que iba hablando y filosofando acerca de la relación entre el lenguaje y la sabiduría, dándole vueltas a la misma idea una y otra vez, el libro se había ido iluminando entre sus manos, primero muy tenuemente y con una fuerte luz violácea más tarde. Una vez cesaron sus palabras, también se apagó el brillo y, entregándome el libro, vi que ahora estaba completamente escrito.

– Recordad vuestra promesa y no desesperéis. Llegará el momento en que podáis entregar la luz que habéis recibido – profetizó. – Buen viaje, maese Rido.

– “Al fin de los días, el Señor de la Necedad se alzará sobre el mundo y las tinieblas de la ignorancia cubrirán el verdadero Camino. Pero he aquí que surgirá una luz entre las sombras, que nacerá el Portador del Rayo y convertirá la tiniebla en claridad, la necedad en sabiduría, la noche en día. He aquí que no vendrá de la luz, sino que atravesará el velo de la ignorancia, prendiéndolo con el fuego del Saber encendido en la antorcha de la Razón” – leyó mi madre. – Rido… – me miró, cerrando las tapas del libro. – ¿Esto está hablando de ti?


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