Akano 23 – Gnoseocracia IV


Akano 23 – Gnoseocracia IV (La cueva)

– Seguidme por aquí, por favor – dijo Servais, posando su taza de té en la mesa e incorporándose.

Aparentemente, la conversación, la revelación que había confesado, haciendo partícipes de mis descubrimientos a personas ajenas a mi círculo más íntimo por primera vez en mucho tiempo, le había devuelto la vitalidad al cuerpo ajado y cansado del anciano monje. Ahora caminaba sin dificultad, como si se viera libre de unas ataduras o un peso insoportable. Pero lo más llamativo era el brillo que traslucían sus ojos, en el que se podía adivinar una renovada sed de conocimiento.

– ¿A dónde vamos?

No contestó. Salimos de la cabaña y atravesamos el poblado hacia una senda que se internaba en el corazón del bosque que tupía la zona norte del antiguo coloso magmático. El camino era estrecho, cada vez más, y la maleza que lo invadía indicaba que no era un itinerario especialmente frecuentado.

Miré fugazmente a Kazu, que se encogió de hombros al tropezarse con mis ojos. Él no entendía lo que estaba pasando ni sabía a dónde íbamos. Seguramente a algo como aquello se había referido su maestro cuando le había dicho que ciertas enseñanzas todavía permanecían veladas para él. Quizá el lugar a donde nos dirigíamos era el lugar donde esos conocimientos se custodiaban.

– ¿Hermano Servais? – saludó una voz extrañada que correspondía a uno de los hombres que había visto la tarde anterior durante el funeral del Gran Maestro. – ¿Qué es esto?

Habíamos llegado a una pared de piedra negra, inmensa e imponente, que ascendía abruptamente desde las lindes del bosque y marcaba su límite. No veía por dónde podría continuar el camino, pero la presencia allí de un vigía era lo suficientemente significativa como para tener que sospechar que la vía no moría allí.

– Lo que ves es lo que es, Rowan – contestó en tono paternal el monje más anciano.

– Pero ellos son… No pueden… – comenzó a protestar.

– Este hombre – me señaló el maestro de Kazu – ha traído importantes enseñanzas. Debemos corresponderle.

El otro monje, que parecía guardar el acceso algún lugar reservado, se llevó a Servais a un lado agarrándole por el brazo. Se alejaron lo suficiente para poder hablar sin que les escucháramos y se enzarzaron en una especie de civilizada discusión cuya intensidad sólo traslucía en los gestos de sus manos, que se agitaban vehementemente. El anciano pretendía quebrantar alguna norma sagrada en un periodo de transición. No es que el conflicto no estuviera justificado.

– El maestro rige la Asamblea – explicó Kazu para hablar de algo al ver que la discusión se prolongaba. – Es el mayor y…

– De todas formas – suspiré. – Hay cosas que no se pueden cambiar así por así… En fin…

Mi frase la cortó un gesto del erudito invitándonos a adentrarnos en una apenas visible grieta que se abría en la gran pared de roca que se alzaba frente a nosotros. Rowan meneaba la cabeza desaprobando mientras pasábamos a su lado, peor se contenía a la hora de expresar verbalmente su desacuerdo con lo que Servais le obligaba a dejar que ocurriera.

Como la tarde anterior, comenzamos a caminar por unos serpenteantes corredores que se adentraban en el seno del volcán. Este era, sin embargo, más estrecho que el que conducía a la cámara funeraria y menos complejo en su discurrir. Pronto desembocaba en dos grandes puertas de piedra totalmente lisa y pulida que nos cerraban el paso.

– Hemos llegado – anunció el anciano, acercándose a la artificiosa pared.

Aquella era la primera vez que hablaba con nosotros desde que había solicitado de alguna forma mi permiso para contarme una “leyenda” y salimos de la cabaña, pero tampoco se explayó mucho, como reservando las palabras para lo que tuviera que contarnos. Así, en críptico silencio, posó su escuálida mano sobre la fría losa y, como si fuera una simple hoja, la empujó sin esfuerzo alguno, despejando así el camino. Una vez cruzó la entrada de la nueva sala, se paró y nos invitó a pasar. Atravesamos el umbral y, con un ruido sordo, sin que nadie las accionara, las puertas regresaron de nuevo a su posición.

– Bienvenidos a la Cueva – proclamó en alta voz.

La tiniebla en la que nos habíamos sumido con el cierre de las puertas murió dando paso a la luz cuando el monje posó nuevamente su mano sobre un saliente en la roca de la pared. Mágicamente, numerosos puntos de luz iluminaron una enorme caverna, dos o tres veces mayor que el lugar en el que habíamos enterrado al Gran Maestro menos de un día antes. Había allí una muy rudimentaria pero magnífica biblioteca labrada en madera que se iba acomodando de forma exquisitamente natural a las concavidades de la gruta, tapizando sus paredes con libros y rollos de pergamino mucho más antiguos que los que contenía su hermana de la superficie.

Dejé escapar casi sin querer una asombrada exclamación ante lo que se cernía a mi alrededor mientras recorría con la mirada las estanterías de madera oscura extrañamente conservadas en un óptimo estado a pesar de lo poco adecuado del ambiente que allí sedaba cita y que cobijaban una espléndida colección de volúmenes de pergamino de apariencia frágil e intocable.

Pero el anciano monje no se detuvo allí ni siquiera el tiempo suficiente como para tomar uno de los libros de su lugar y hojearlo, sino que continuó, a los pocos segundos de hablar, por un corredor que nacía al otro lado de la sala. Miré interrogante a Kazu, que se encogió de hombros y echó andar. Sonreí y meneé lentamente la cabeza: él estaba tan perdido como yo.

El pasillo por el que nos introdujimos entonces discurría por una larga y pronunciada pendiente que semejaba descender hasta el mismo centro de la tierra. Tal era el desnivel que los monjes habían modelado el suelo como una escalera que facilitarse el desplazamiento hasta una nueva gruta, más pequeña, situada uno o dos decenas de metros por debajo de la anterior. Y aquella rudimentaria escalera era, junto con las sepulturas de la tarde anterior, la primera intervención humana en lo que eran los canales y grutas excavados por el magma que había visto.

Ya no había magnificencia en la habitación en la que confluimos, sino que lo que había era ruina, ceniza. El sobrio esplendor de la gran biblioteca que acabábamos de abandonar era ahora desolación provocada por algún tipo de catástrofe. De hecho, los restos cenicientos de algunas estanterías y las varillas carbonizadas que en otro tiempo habían servido de soporte para rollos de pergamino eran el único signo de que aquella sala había tenido en algún momento la misma función que su predecesora.

Pero aquí todo era distinto. Más que admiración, lo que producía aquella visión era un sentimiento de pesar; más que alabanza, pésame. Y a ello se sumaba que la presión, que había ido aumentando a medida que, cuales protagonistas de alguna novela de aventuras, nos íbamos adentrando en las entrañas del coloso de fuego, provocaba una asfixiante y agobiante sensación que en nada ayudaba.

– Hace mucho tiempo, – habló al fin Servais, con aire nostálgico y tristón –no sabría decir cuánto, la tierra tembló y el volcán entró en erupción – explicó. –Los hermanos consiguieron contener el magma en estos conductos, pero…

– No se consiguió salvar mucho – completé.

– Exacto – confirmó. – Conseguimos salvar algunos fragmentos, que están conservados en otras estancias, pero… todo lo demás se perdió en el fuego – lamentó. –No… no podemos saber todo lo que había aquí – confesó. – Los hermanos dejaron alguna reseña, pero todo eran informaciones muy vagas…

– No querrían recordar algo tan traumático – opiné.

– Podría ser – valoró. – Podría ser también que ellos mismos desconocieran el contenido de los escritos… Pero, en cualquier caso, es una lástima – añadió, con tono sombrío, dándonos la espalda y contemplando el desastre. – Tanto saber…

– Hace un rato me dijo que iba a contarme algo – le recordé, con el propósito de apremiarlo. – ¿Era esto?

– Paciencia, amigo mío, paciencia – respondió, volviéndose otra vez hacia mí. – Creí necesario que vierais primero esto…

– ¿Entonces no queda nada? –preguntó Kazu.

– Retazos sueltos, fragmentos inconexos… Y las cartas, algunos trozos de cartas, mejor dicho – contestó. – Fue lo que más pudo salvarse… Nada más… y no hay ningún tipo de recensión… nada.

– Es extraño… – comenté en voz alta.

– ¿El qué? – se sorprendió el shinigami.

– Las cartas del Gran Maestro – aclaré. – Pasando por alto que me extraña que se hayan salvado antes que otros volúmenes que podrían tener más valor así a priori… lo que realmente me escama es que no contentan nada de la doctrina. Aunque… Bueno, – apunté – si todo lo que se conserva es tan amplio como lo que me hizo leer antes… Pero… No sé – me encogí de hombros. – Me parece raro que no se haya conservado nada más… “sólido”.

Una sonrisa cómplice se dibujó en el rostro de Servais, pero no dijo nada, sino que ceremoniosamente levantó el índice de su mano de recha e hizo un levísimo gesto de asentimiento. Prácticamente sólo se movieron sus cejas y sus ojos.

– Veo que vos también pensáis como yo…

– ¿Es ahora cuando nos explicará esa leyenda, maestro? – intervino el oficial de la Duodécima División, con cierta impaciencia.

El anciano volvió a dejar que la quietud se adueñara del ambiente antes de contestar, pero esta vez había poco de teatral. Se notaba que valoraba lo que pasaba por su cabeza y buscaba las palabras exactas para hacernos conocedores exactamente de lo que él quería, sin quedarse corto, pero también evitando proporcionarnos más información de la debida.

– “Al final de los días, el Señor de la Necedad se alzará sobre el mundo” – recitó. – Siempre supusimos que se referiría a que cuando la Asamblea pereciera, se perdería todo el conocimiento que atesoramos – observó, hablando con calmosa lentitud. – Por eso los hermanos comenzaron a poner por escrito nuestros conocimientos y archivándolos aquí – explicó. –Ya sabéis: “verba volant, scripta manent” – apuntó, transformando su sonrisa en un gesto medio irónico. – Cualquiera lo diría viendo esto…

» Empero, – alzó la voz, reclamando de nuevo su atención hacia la realidad – hubo algún problema. Era predecible, si me permitís hablar así – comentó. – Cierto número de hermanos comenzaron a obsesionarse con aquella profecía y abandonaron el verdadero camino… Hubo luchas y contiendas, discusiones enconadas y, al final, el cisma – lamentó.

– La comunidad oriental – me permití adivinar.

– Seguís mi razonamiento, maese Akano – asintió con un gesto de aprobación. –Muchos hermanos emigraron a Oriente y allí se entregaron al estudio de la profecía, – continuó – pero…

Se detuvo un momento con gesto meditativo y se acercó a un lateral de la sala con cautela. Con un ademán lento y delicado, podría decirse que dubitativo aunque no carente de resolución, posó su mano sobre la piedra y un trozo de la pared se desvaneció ante nuestros ojos. Kazu y yo nos miramos sorprendidos e inquietos. ¿Qué clase de magia era esa? ¿Cuántas salas más habría allí abajo?

– ¿Qué ha sido eso? – le pregunté a mi compañero por lo bajo, que sólo pudo responder con un encogimiento de hombros, señal de su ignorancia.

– El estudio de las profecías, como vos las llamáis… – suspiró Servais, que no había escuchado mi interrogante. – Es mejor que lo veáis con vuestros propios ojos – se giró. – Seguidme.

Tras unos instantes de duda fruto del desconcierto, comenzamos a caminar lentamente hacia el nuevo corredor que se había abierto. No entendíamos bien qué ocurría, de dónde provenían aquellos extraños mecanismos o qué pretendía enseñarnos Servais, pero la única forma de averiguarlo era continuar obedeciendo a sus indicaciones.

– Tú no, hijo mío – se volvió el erudito, instando al shinigami de la Duodécima División a que esperar allí.

– Pero, maestro…

– Tú aún debes recorrer un largo camino – indicó. – No así vos, maese Akano.

No pude hacer otra cosa que dedicarle a mi compañero una mirada entre lo incómodo, la disculpa y la extrañeza antes de introducirme en el nuevo pasillo siguiendo al anciano. El conducto, lúgubre, tenebroso, desembocaba en un espacio pequeño y oscuro de atmósfera pesada e inquietante.

– Sé lo que estáis pensando – habló Servais. – ¿Por qué Kazu ha quedado fuera? O quizá os cuestionéis qué es eso de que vos no debéis recorrer el camino.

– Así es, maestro – respondí.

– Vos no pertenecéis aquí – se anticipó. – Esta no es vuestra vocación, vos mismo lo dijisteis hace un rato mientras desayunabais, – recordó – pero hay ciertas cosas que debéis saber. Aunque no las lleguéis a comprender del todo – apostilló. – Kazu, en cambio, ha elegido otro camino y debe respetarlo.

– ¿Aunque ya no viva aquí y sea un shinigami?

– Así es – asintió. –Una vez se ha entrado en esta vía, sólo hay un camino y una dirección – añadió. –Pero no es por eso por lo que os he traído aquí. ¿Podríais encender una luz? – pidió. – Empiezo a notar un ligero cansancio.

Con un gesto de la cabeza me indicó una pequeña lamparilla en el centro de la habitación. Diligentemente, pronuncié las palabras que invocaban una sencilla arte demoníaca que conjuraría una llama sobre el foco. Inmediatamente, la luz bañó la sala y mostró unos estantes excavados en la roca repletos de papiros sueltos, tablillas y rollos de pergaminos.

– Increíble – murmuré entusiasmado.

– Cuando se descubrió la carta que os pedí antes que leyerais – explicó – el Gran Maestro decidió ir en busca de la comunidad de oriente y tratar de recuperar lo que se hubieran llevado.

– ¿Cómo una Cruzada?

– Por cualquier medio necesario, sí, aunque, como comprenderéis, nosotros no somos belicosos – contestó. – En cualquier caso, para cuando nosotros llegamos, ellos también habían desaparecido… Así que nos trajimos todo lo que encontramos…

– Bueno, todo, todo… – sonreí.

– Cierto, cierto – asintió, en respuesta. – La tablilla que encontraron vuestros predecesores. He de reconocer que me sorprendisteis sobre manera con vuestro descubrimiento.

Mientras él seguía explicándome por encima cómo habían encontrado aquellos documentos y los habían trasportado a aquella cámara para que paulatinamente fueran perdiéndose en el olvido, yo me aproximé a un grupo de tablillas sueltas que había sobre la estantería más cercana a mí y que se parecían mucho a la Tabla de los Días Pasados que tantas veces había visto.

– ¿Puedo?

– Aún no – respondió. – Esa es la diferencia entre Kazu y vos. Él podrá un día leerlas por sí mismo, vos, en cambio…

– Ya – suspiré con cierta decepción. – ¿Entonces…?

– ¿Para qué os he traído hasta aquí? – preguntó. – Quería que vierais esto con vuestros propios ojos antes de que escuchaseis lo que tengo que deciros.

– Entiendo… – suspiré, preguntándome cuántas veces había pronunciado el viejo aquella frase en las últimas horas mientras me sentaba en el suelo, como un alumno ante el maestro. – Entonces, por favor, comience.

– Sí, creo que ha llegado la hora –carraspeó. – Vos mismo me dijisteis que esta comunidad podría ser la poseedora de una de esas profecías de las que habéis hablado brevemente hace un momento, ¿cierto?

– Cierto – corroboré.

– De hecho habéis mencionado a un Sabio de los Días que bien podría ser nuestro Sabio primigenio y… de otros grupos que, a vuestro juicio, podrían tener una historia similar a la de esta Asamblea, ¿cierto?.

– Cierto – repetí una vez más. – Y usted, después de negar insistentemente que tenían algún tipo de relación al final lo ha admitido… – añadí.

Una vez más, la impaciencia que estaba empezando a experimentar traslucía en mis palabras, de forma involuntaria pero no por ello menos cierta. Por ello, levanté la mano en señal de disculpa y le invité a continuar con un levísimo asentimiento.

– Reconozco que durante un momento traté de engañarnos – respondió. – Sí. Es cierto – suspiró. – La Asamblea ha recibido unas tradiciones muy parecidas a las que habéis mencionado. Durante mucho tiempo tratamos de silenciarlas – apuntó. – Puede que hasta este momento lo hayamos hecho demasiado bien – lamentó– pero parece que es momento de abrir las ventanas y que entre algo de aire fresco. Gracias a vos, maese Akano. Desde que habéis llegado…

Dejó la frase en suspenso y enmudeció. Con mucha dificultad – parecía que la fuerza que se le había insuflado un rato antes con mi alusión al Sabio de los Días se había agotado –tomó asiento sobre un saliente de la roca y me miró fijamente en silencio. Luego cerró los ojos e inspiró profundamente.

– Bien, es momento de hablar sin tapujos – suspiró. – No tiene sentido haberos traído hasta aquí y no hacerlo.

Con la resignación, pero también la esperanza, tiñendo su voz, el anciano relató de nuevo mucho de lo que me había contado ya a lo largo de toda la mañana, aunque con mucho más detalle. Hablaba sobre todo del cisma, con una afectación tal que por un momento pensé que él mismo había vivido aquella época dentro de la comunidad, aunque luego confirmé que no había acontecido así. Habló también de aquella erupción contenida, de la recuperación de lo poco que había quedado, de la búsqueda de los documentos de la comunidad cismática en Oriente… pero seguía sin responder a la inmensa cantidad de pregunta mudas que se revolvían en mi cabeza.

– No desesperéis – advirtió en respuesta a la impaciencia que se dibujaba en mi rostro. – Necesitaba poneros en antecedentes de una forma adecuada. “Al fin de los días, el Señor de la Necedad se alzará sobre el mundo y las tinieblas cubrirán el verdadero Camino” – recitó. – Esto era lo que queríais oír, ¿cierto? – apostilló. – “Al fin de los días, el Señor de la Necedad se alzará sobre el mundo y las tinieblas de la ignorancia cubrirán el verdadero Camino – repitió. – Pero he aquí que surgirá una luz entre las sombras, que nacerá el Portador del Rayo y convertirá la tiniebla en claridad, la necedad en sabiduría, la noche en día. He aquí que no vendrá de la luz, sino que atravesará el velo de la ignorancia, prendiéndolo con el fuego del Saber encendido en la antorcha de la Razón”.

Terminado el recitado, dejó que las palabras se apagaran entre las paredes de la cueva. Luego, con la misma torpeza con la que se había sentado, se levantó y abandonó el lugar, sin pararse a verter algo de luz ante todas las preguntas que me atropellaban y que me sentía incapaz de verbalizar.


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