Akano 21 – Gnoseocracia II

by Centoloman


Akano 21 – Gnoseocracia II (Contratiempos)

– Pues mira tú, y yo que creía conocer bastante bien el sector Oeste… – rezongué. – Pero esto… esto sí que no me lo esperaba.

– Tampoco es que sea fácil llegar – observó Kazu agudamente.

– Tampoco, tampoco – asentí. – Tienes razón, quizá por eso sea tan hermoso…

Me había detenido un momento a contemplar semejante vista con la que acabábamos de toparnos. Allí, casi en el extremo de los terrenos que pertenecían a la jurisdicción de los shinigami, nos habíamos encontrado con una gran explanada oculta en el cráter de un volcán inactivo desde hacía milenios, incluso podría ser que desde la misma Creación. En donde se suponía que antes debería haber un mar de fuego, se alzaba ahora un fértil bosque de robles y castaños.

El único vestigio de la antigua naturaleza del lugar eran las fuentes termales, que fluían por doquier inundando el aire con su vapor, y las piedras basálticas, negras, brillantes, que habían servido de base en la construcción de la mayor parte de los edificios de la pequeña aldea, por llamarla de alguna forma, que se alzaba en el interior de la boca de la montaña.

– Y cruel – me quejé en bajo en un tono mucho menos alegre que en el que había afirmado las bondades del lugar.

Era cruel sin duda. Aunque no quise exteriorizar mis sentimientos, Kazu no tenía por qué pagar los platos rotos de nadie, no pude evitar reparar en cómo y dónde había terminado mi última expedición por el Rukongai. Como siempre, la Dama Fortuna tenía reservadas sorpresas poco agradables para mí y se empeñaba en recordarme aquello.

Al fin coroné. Ante mí, un abrupto cráter dominaba la escena. El descenso hasta una cornisa segura se hizo todavía más difícil que la subida pero tenía que hacerlo, porque no llegaba a ver qué había bajo mis pies más que en lejanas sombras ocultas por una nube de ceniza y vapores. Por unas pequeñas grietas se fugaba aire que parecía haber salido del mismo interior de la tierra, como si el infierno se hubiera decidido a penetrar en la tierra.

Estaba enfrascado en el descenso. No existía nada más en aquel momento. Temeroso, puse mis pies en una cornisa bastante amplia pero aparentemente inestable y me tumbé, para asomar la cabeza y comprobar qué era lo que estaba ocurriendo en el fondo del cráter.

Entonces la vi. Había cambiado su habitual uniforme por una vestimenta mucho más provocadora. Había renunciado a la parte inferior del uniforme y se había contentado sólo con la pieza que cubría su torso, a la que le había cortado las mangas. También habían desaparecido los guantes y su pierna derecha lucía un complicado vendaje desde la mitad del muslo hasta el tobillo, aunque no parecía que estuviera herida.

Iba a llamarla, pero pronto me di cuenta de que no sería una buena idea. Aún a pesar de la distancia y de la perspectiva se notaba que estaba sumamente concentrada y, en el medio de una batalla que parecía decisiva, se esforzaba en repeler los continuos ataques de la bestia que ocupaba el lugar de su oponente.

Se trataba de un ser de figura monstruosa, con unos enormes cuernos blancos como el más reluciente marfil que coronaban un corpulento cuerpo mitad humano mitad taurino. Aquel ser mitológico debía ser, sin duda alguna, Vilnya, el caprichoso espíritu que encarnaba la Zampakutou de Nalya. Sus manos tenían unas uñas tan afiladas que parecían verdaderamente las zarpas de un animal salvaje y portaban un enorme martillo que podría destruir los muros del Sereitei con un solo golpe. Entre carcajada y carcajada, la bestia dejaba entrever una larguísima fila de punzantes colmillos que desafiaban con su radiante blancura la oscuridad de su pelaje.

El combate era feroz y encarnizado, como correspondía a la naturaleza animal de los dos contendientes. Las estocadas, cornada, zarpazos y martillazos iban y venían y la igualdad entre ambos era absoluta, como si se conocieran a la perfección, como si aquel enfrentamiento llevara produciéndose desde los comienzos de los tiempos, de forma que los ataques de cada uno ya resultaban familiares y predecibles para su rival.

Cerré los ojos y aparté de mí aquella escena con un meneo de cabeza. Ahí estaban otra vez, pero estaría preparado. Si querían jugar, jugaríamos; pero lo haríamos según mis reglas. Esta vez no estaba dispuesto a dejarme caer en aquella espiral destructiva a la que solían arrojarme mis demonios. No iba a darles aquel gusto. No iba a dejarme vencer.

– ¿Vamos?

– Tú primero – sonreí con una cierta determinación. – ¿A dónde vamos?

– A presentar nuestros respetos al Maestro.

– Me parece justo – comenté, caminando tras él a través del camino.

Me llevó hacia el edificio central de aquel poblado. Mi seguimiento era una acción casi mecánica, porque estaba enfrascado en mis pensamientos. Por un lado repasaba mentalmente las notas que había tomado junto a él, para estar preparado para lo que venía. Por otro, me preguntaba cómo no había salido el tema de que la comunidad estaba situada encima de un volcán, un dato bastante curioso. Tampoco es que hubiéramos entrado en profundidad a detalles geográficos, pero algo así habría llamado la atención.

Atravesamos el bosque, muy parecido a los de la Galicia donde había pasado mis días mortales y nos adentramos por fin en el núcleo. Las construcciones, al menos aquellas que quedaban a la vista, eran pocas, no más de diez o doce, y muy pocas de entre ellas parecían aptas para vivir. Tenían más bien apariencia de almacenes, talleres u otras dependencias del estilo. Ninguno parecían casas o viviendas.

No me sorprendía, los miembros de aquella comunidad, y esto sí que lo había averiguado a lo largo de aquellas reuniones previas, abrazaban el celibato. No se casaban. No tenían descendencia. La “secta” se nutría a partir de la gente que llegaba desde el mundo mortal o de viajeros que osaban viajar a través del Rukongai, los menos. Precisamente por ello, era una comunidad reducida, no más de unos treinta monjes que abarcaban todo el espectro de edades posibles en el mundo de las almas y no eran necesarias las viviendas independientes propias de la institución familiar.

Lo cierto es que, por lo que había entendido, tampoco es que hubiera tiempo allí para las exigencias y las “distracciones” que imponía la vida familiar y la vida social. Allí la vida estaba consagrada de forma exclusiva al estudio y el estudio, a fin de cuentas, era la vida. Aquel era un ideal que no dejaba de resultarme atractivo, sobre todo en los últimos tiempos, pero lleno de carencias, sobre todo si lo valoraba en frío.

Aquella construcción a la que nos dirigíamos y que dominaba el centro de toda aquella aldea-cenobio era de forma circular y constaba de una única sala, que era, sin embargo, tan grande como cualquiera de los Cuarteles que alojaban a cada una de las Divisiones del Gotei Trece. Se organizaba en círculos concéntricos de enormes estanterías, altas como las torres más altas del Sereitei, tanto que, cada cierto número de pisos, había unas plataformas bastante amplias que permitían el acceso a esos niveles superiores. No sé cómo estaba organizada aquella biblioteca pero, de seguro, el bibliotecario tendría mucho trabajo allí.

Cada uno de los anillos de libros estaba dividido en ocho sectores idéntico mediante otros tantos pasillos radiales que partían de las puertas que daban acceso a aquella especie de templo desde el exterior y confluían en el centro de la sala, donde se situaba una mesa redonda que giraba en torno a un enorme facistol que sostenía un gran tomo indudablemente antiguo.

Sin embargo, nadie se sentaba en la mesa y, mucho menos, en la gran sede que acompañaba al gran atril. De hecho, sólo había allí dos hombres que hablaban entre sí con gesto un poco alterado aunque manteniendo un tono que no pasaba nunca del cuchicheo. Este hecho debió sorprender a Kazu, que aceleró el paso a la par que me indicaba que esperara un momento quieto donde estaba. Algo no iba sobre lo previsto, estaba claro.

Los dos sacerdotes salieron al encuentro del Oficial del Duodécimo Escuadrón y se fundieron con él en un abrazo tan largo y emotivo como silencioso. El gesto era lo suficientemente expresivo. Si la sede vacante era motivo de aquellas reacciones, entonces sólo podía haber una explicación: el Gran Maestro había fallecido no debía hacer mucho. Nuestra llegada no podía ser más inoportuna.

Estuvieron un rato hablando entre los tres, seguramente poniendo al tanto a mi acompañante acerca de lo que había ocurrido. Casi de manera inconsciente desvié mi mirada hacia los libros que había en la estantería más cercana a mi izquierda y comencé a pasear la vista por sus lomos. Poco a poco me fui acercando a ellos y tomando alguno en las manos.

Estaban encuadernados muy rudimentariamente, con pergamino e hilo. No significaba, sin embargo, que fueran tomos antiguos, de hecho, a juzgar por el color del pergamino, del papel y el olor a tinta que desprendían sus páginas aquellos volúmenes debían ser aún relativamente recientes, sobre todo en comparación con el grande que dominaba la sala. Seguramente aquel era el que debería leer.

Pronto llegué a la conclusión de que la biblioteca no seguía ningún tipo de organización temática. El libro que había tomado entre las manos contenía, por ejemplo, observaciones sobre el cambio del clima en un determinado periodo de tiempo. No era excesivamente importante para mí en cuanto a su contenido, pero sí era muy interesante ver la delicadeza con la que el que había escrito aquello había anotado sus consideración. Junto a ese tomo había un estudio sobre los rudimentos de las artes demoníacas que me hizo llevar el pensamiento a Db.

– ¿Rido? – me llamó al fin Kazu en un susurro.

– Voy – anuncié desde mi posición.

Dejé el ejemplar que tenía entre manos en su lugar, eché un último vistazo a la estantería y me dirigí al encuentro de mi compañero de investigación. Fui tras él y los otros dos monjes, que habían echado andar por un pasillo de esos que confluían en el altar-scriptorium que discurría casi opuesto al que nos había llevado hasta allí.

– El Maestro ha muerto – me dijo al oído el shinigami, confirmando las sospechas. – Parece que lo van a enterrar ahora. Siento que…

– No, no te preocupes – le paré con una sonrisa tranquilizadora.

Nos condujeron hacia una gran construcción tumularia que se hundía en la ladera sur del volcán. A la entrada se había congregado una buena parte de la comunidad y al fin pude entender perfectamente por qué Kazu le había pedido a su hermana y a Gaby, quien estaba en mis planes iniciales para unirse a la expedición, que no acudieran a este viaje. No era el secretismo con el que mi antiguo alumno quería llevar toda aquella operación, ni que el carácter tan guerrero de las dos mujeres supusiera demasiado contraste con la erudición que reinaba en el lugar. El verdadero motivo era que aquella era una comunidad únicamente masculina.

– Por eso no vinieron – confirmó él, en respuesta a la mirada inquisitiva que le había dedicado.

Uno de los miembros de la secta me indicó en silencio que entrara en una pequeña habitación lateral, donde había una túnica carmesí. Entendí claramente el mensaje. Me cambié y salí de nuevo en busca del grupo. Kazu también había trocado sus vestiduras por unas idénticas a las que llevaba el resto de miembros de la comunidad, ocres y negras, pero él llevaba además un manto blanco que le cubría los hombros y la cabeza a modo de capucha..

Todos a coro unísono entonaron un cántico que hacía recordar la antigua tradición monástica del mundo mortal, pero con unas resonancias de carácter un tanto arábigo que conferían a la melodía un exotismo especialmente embaucador, bello y sugerente.

Así, acompañados por aquella elegía en forma musical, se adentraron en el seno de la montaña-mausoleo a través de pasillos mal iluminados con antorchas. Yo los seguía a una distancia prudencial, consciente de mi papel como no iniciado que venía marcado por la diferencia en el vestir. Las paredes redondeadas del corredor indicaban que, seguramente, se habían aprovechado los antiguos conductos magmáticos del titán durmiente.

El camino serpenteaba, a izquierda y a derecha, arriba, abajo… Transcurridos unos cuantos minutos había perdido completamente la orientación, pero no me preocupaba. Yo seguía abandonado a la escucha de aquel cántico profundo y meditativo, al ejemplo de los grandes réquiems gregorianos, y me dejaba llevar por la guía del grupo que me precedía.

La melodía se detuvo en cuanto llegamos a una gran cavidad excavada en el interior del volcán por la lava a lo largo de muchos siglos y que ahora hacía las veces de cámara funeraria. De ello daban buena cuenta las pequeñas aunque numerosas lápidas cuadradas que sembraban la planta elipsoidal de la estancia, donde, a juzgar por el tamaño, los cuerpos se enterraban verticalmente, una práctica un tanto extraña y curiosa. El brillar de las antorchas sobre la superficie perfectamente de aquellas losas sepulcrales llenaba el aire de reflejos carmesíes que se unían a la luz que emanaba de las propias teas para iluminar las paredes de la habitación.

En aquellos muros suavemente curvilíneos, trabajados por la acción de la sabia naturaleza a lo largo de tantos siglos, se habían horadado unos nichos totalmente distintos a los del suelo. Estos eran alargados y dispuestos de tal forma que el enterramiento se hacía según la costumbre más habitual, es decir, en horizontal. A juzgar por el número y por su disposición, se trataba de las sepulturas de los Grandes Maestros.

Allí los más ancianos de entre los sacerdotes presentes quemaron incienso y otras esencias alrededor del sarcófago que contenía los restos mortales del hombre que había dirigido la comunidad hasta entonces. Mientras tanto, el resto entonaba a coro un nuevo cántico, este mucho más recogido y más nostálgico en sus melodías que el anterior, aunque en sus notas aún brillaban de vez en cuando ciertos rayos de esperanza. Sería muy interesante analizar qué decían, pero cantaban en un idioma que me resultaba ininteligible.

Cesó nuevamente la música y el ataúd fue trasladado por los cuatro más jóvenes, entre ellos Kazu, hasta el hueco que le serviría de lugar para su eterno descanso… al menos hasta su reencarnación en el mundo mortal. Junto con la salida, aquel fue el único rito que se perpetró en absoluto silencio, un mutismo absoluto que se mantuvo hasta que volvimos a ver la luz del día sobre nuestras cabezas.

La comitiva se deshizo allí. Poco a poco, los monjes se iban de nuevo a sus labores cotidianas y fueron pocos los que se pararon a saludar a mi antiguo alumno. Incluso alguno lo miraba con un cierto recelo, no tanto como el que me dedicaban a mí, en cualquier caso. Teniendo en cuenta que en mis dos expediciones anteriores había acabado con una espada en el cuello como poco aquello era un progreso considerable. Hice amago de intentar recuperar nuevamente mi atavío como shinigami, pero Kazu me detuvo y me llevó a un aparte.

– Lo… Lo siento – se disculpó.

– ¿Lo sientes? – contesté. – No tienes que disculparte de nada.

– Ya, pero…

– Esto no lo podíamos prever – le recordé. – Así que… – suspiré. – Bueno, es lo que hay.

No creí conveniente ni prudente en aquella situación explicarle que el haber podido presenciar todo el rito y participar de algún modo en una ceremonia tan particular como aquella ya era para mí un privilegio suficiente como para justificar el viaje. Podría sentarle mal, dado el contexto, así que callé.

Cierto era el motor principal de aquellos viajes era el estudio de las profecías que había ido descubriendo en las tradiciones del clan Wolf, de Midgaard y de los Ashartîm. A través de lo que había ido avanzando en mis estudios sobre el tema y de lo que Kaiser me había revelado en los meses anteriores, había establecido una relación entre aquellos crípticos mensajes casi apocalípticos y la formación de Nadie.

Pero no era menos cierto tampoco que esos estudios acerca del grupo terrorista suponían la excusa perfecta para saciar una sed de conocimiento en un área, la antropología cultural, que me había comenzado a interesar muy recientemente, a raíz precisamente de aquellas investigaciones y que no tenía mucha oportunidad de alimentar. Así que no sólo me había embarcado en aquella expedición por lo que el conocimiento de aquella comunidad pudiera aportar a la causa a la que había dedicado mi vida a lo largo de tanto tiempo, sino que el conocimiento en sí mismo de aquellas otras formas de vida era un fin en sí mismo.

Por eso, aunque pareciera a simple vista que lo que habíamos venido a hacer al volcán se había frustrado, no estaba para nada contrariado. Me sentía, de hecho, satisfecho con lo que había conocido hasta entonces. Había confirmado algunas de mis suposiciones y corregido otras y había averiguado nuevos datos que me permitían formular hipótesis posiblemente más adecuadas. En cualquier caso, para hablar de conclusiones válidas, tendría que examinar las Escrituras.

– ¿Qué hacemos, pues? – le pregunté a Kazu, cuya mirada estaba perdida en un horizonte mucho más allá que los hombres sobre los que se habían posado sus ojos.

– ¿Qué? – sacudió rápidamente la cabeza, volviendo a la realidad. – Perdona, estaba…

– Nada, nada… – sonreí, tranquilizador. – Nada, no te preocupes. Mira… A lo mejor es mejor que pospongamos todo esto – valoré. – Me vuelvo a la Academia y ya en otra ocasión…

– No, no – me cortó, rechazando esa posibilidad. – Ahora que ya estamos aquí, no vamos a… ¿Qué pasa? – inquirió. – ¿No quieres…?

– Quiero, quiero – confirmé. – Lo que no quiero es molestar. Y la verdad es que no es el mejor momento.

– Ah, no tranquilo por eso… – contestó. – Lo que sí… Mejor lo dejamos para mañana.

– Bien, como quieras – acepté.

– De todas formas… Quiero que conozcas a alguien – anunció.

– De acuerdo – asentí. – Detrás de ti.

Me llevó a una de las construcciones más pequeñas que circundaban la gran biblioteca central y que había identificado con talleres en mi primer paso por el poblado. Allí se paró a hablar con un monje anciano, muy anciano, de luenga barba blanca y pobladas cejas en contraste con su cabeza pelada. No recordaba haberlo visto durante la ceremonia, lo cual era extraño, pero tampoco le di mayor importancia. Los gestos entre ambos, que yo observaba desde una respetuosa lejanía, hacían ver lo motivo de la conversación, que terminó con un expresivo abrazo. Luego me invitaron a acercarme.

– Rido, te presento a Servais, mi maestro – anunció el shinigami. – Maestro, este es Akano Rido…

– Ah, – le interrumpió cuando iba a recitar mi rango en la Academia – el joven Kazu me ha hablado largamente de vos – saludó con anacrónica cortesía.

– Es un honor – correspondí.

– He oído que sois un erudito en busca de respuestas – comentó, yendo directamente al grano.

– No sé si son respuestas lo que busco – sonreí. –A veces pienso que prefiero encontrar m´s preguntas.

Aquel comentario provocó una sonora carcajada en el anciano, que meneó levemente su cabeza en un gesto un tanto ambiguo que tanto podía significar aprobación como todo lo contrario. Se dio la vuelta y caminó, no sin una cierta dificultad, hacia el interior del pequeño edificio. Ante nosotros, que lo seguimos, se abría una habitación pobremente iluminada, con un escritorio minúsculo de madera apolillada, una sillita con pinta de ser bastante incómoda, algún que otro libro y papeles sueltos aunque bien ordenados. Todo hablaba de un profundo espíritu ascético, de austera y abnegada dedicación.

– Qué envidia…

Kazu me miró entre extrañado y divertido ante las palabras que se habían escapado de mi boca, pero no dijo nada. Tampoco hacía falta. Servais se giró de nuevo hacia nosotros, me miró y luego posó los ojos en su discípulo. Tampoco habló, sólo mantuvo esa sonrisa pacífica y tranquilizadora con la que nos había recibido. Con sus dedos recorría el lomo de uno de los libros que estaban separados sobre su mesa. Al final lo cogió, lo abrió, asintió y, cerrándolo, me lo dio.

– No lo abráis – sentenció, deteniendo un movimiento instintivo por mi parte al posar una de sus huesudas manos sobre la portada del volumen. – No aún. No estáis preparado.

– ¿Entonces por qué me lo da?

– Anochece – dijo, volviéndose hacia la ventana. – Es tarde ya para historias. Kazu, hijo, – le miró – acompaña a Maese Akano a la hospedería.

– Sí, maestro – asintió dócilmente el joven.

Varios minutos después, me había acomodado en una habitación relativamente grande en la que había sitio para alojar a más de una persona. Mi acompañante me había dejado solo, así que ahora, en silencio, aprovechaba para meditar, recapitular el día, examinarlo y prepararme para la jornada siguiente, que prometía ciertas sorpresas.

En una esquina de la habitación había una mesa de madera de castaño sobre la que titilaba la luz de un rudimentario quinqué. Tomé asiento y saqué mi cuadernillo de notas del pequeño petate que había traído conmigo. Lápiz en mano, anoté sintéticamente lo que había visto allí en las horas previas: los edificios, las peculiaridades de la comunidad, el rito fúnebre…

Luego comparé lo que ya sabía con la nueva información que había recibido. Tenía la mosca detrás de la oreja con algunas cuestiones de peso que Kazu me había ocultado, ya fuera deliberadamente o no. Estaba el hecho, por ejemplo, de que fuera una comunidad íntegramente masculina o la ubicación de la aldea en un volcán, aunque a esto último no le di mucha importancia. Él no tenía por qué saber qué había ocurrido con Nalya.

Pero, definitivamente, esos vacíos de información eran bastante inquietantes. ¿Qué es lo que pretendía? ¿Por qué él, un hombre de ciencia y que, por tanto, debía saber de la importancia de los datos, me estaba ocultando cosas? ¿Y si…?

– Paranoias mías – me corté, pensando en alto.

– ¿Seguro? – cuestionó la voz profunda de Balmung.

– Te encanta llevarme la contraria, ¿verdad? – le espeté mordaz. – No… – negué con la cabeza. – Son imaginaciones. No puede estar ocultándome nada a propósito…

– “También”.

– ¿Qué?

– No te hagas el loco – me espetó. – Sé lo que querías decir. Sólo completaba tu frase. No puede ser que “él también” – enfatizó – esté ocultándote cosas. Pero…

– Son paranoias mías – insistí. – Además, tengo más cosas de las que preocuparme.

– Director Akano Rido – anunció el alguacil a voz en grito.

Dos hombres más me escoltaron hacia el interior del hemiciclo donde tenían lugar las “audiencias públicas” de la Cámara de los 46. A pesar del nombre que recibían, lo único que tenían de públicas es que allí se recibían a las personalidades externas a la Cámara que comparecían ante el órgano legislativo del Sereitei.

El escaso número de miembros del consejo central del Sereitei hacía que esa sala no fuera muy grande, más reducida que la mayor parte de las aulas de la Academia, pero eso no le restaba esplendor. Las maderas más nobles, las telas más finas, los materiales más preciosos… todo estaba al servicio del boato y la apariencia, como era habitual en los edificios centrales. Había entrado varias veces allí y alguna más en la magnífica biblioteca, pero aún no lograba entender qué sentido tenían aquellos lujos en un lugar tan hermético y privado como eran los dominios de los cuarenta y seis.

Avancé con semblante serio hacia el estrado desde donde iba a responder a las preguntas que me hiciesen. Las que fueran, porque no me habían explicado aún el motivo de llamarme a comparecer ante aquel tribunal. Nada bueno, seguro. Nunca lo era. En cualquier caso, no podía permitir que me vieran nervioso. Sabía que no les gustaba, que lo interpretaban como un signo de debilidad, cuando no de desacato o de rebeldía. No, mejor mantener la compostura. Sobre todo teniendo en cuenta que no era el cargo con la mejor prensa de todo el Sereitei últimamente.

– Profesor Akano – saludó con cierto sarcasmo bien entendido detrás de un cuidado tono de cortesía uno de ellos. – Vuelve a honrarnos con su presencia.

– El honor es mío – correspondí con deferencia, como si no hubiera captado el sarcasmo.

Los ojos pretenciosos de cuarenta y seis consejeros se posaron con recelo sobre mí. Sus miradas, y sólo las de los que se sentaban en los escaños más cercanos a mi puesto, era en realidad lo único que podía adivinar de su actitud por culpa de las máscaras con las que mantenían cubiertos sus rostros y sus identidades. Sólo eso y su postura corporal. Tal desconocimiento de la expresión de aquellos que, de un modo u otro, me habían de juzgar no era precisamente tranquilizadora.

Al menos no me jugaba la vida, como mi abuelo u otros personajes que habían sido juzgados en aquella misma sala y que poblaban mis explicaciones. Al menos, también, gozaba de una mejor vista de mis interlocutores que ellos. Había leído que, en su origen, los consejeros se escudaban detrás de frías placas de madera. Así que su presentación actual era una mejora, realmente.

– Lamento no haber preparado un discurso – tomé la palabra, tratando de mostrarme ajeno a toda la tensión que allí había. – Me gustaría, de verdad, pero no he…

– Aguarde su turno de intervención – interrumpió uno de ellos, anciano, a juzgar por el timbre de su voz. – Esta Cámara es de sobras consciente de que no ha sido usted informado del motivo de su citación –afirmó. – Bástele con saber que se ha decretado el secreto acerca de la materia de la que vamos a tratar en esta sesión.

– Estamos informados de que ha estado llevando una investigación al margen de los cauces oficiales – intervino otro miembro.

Me quedé congelado en dirección a la persona que había hablado. No era sólo lo familiar de una voz que no pude distinguir debido a la distorsión que provocaba la máscara; tampoco era que fuera la primera vez que escuchaba a una voz femenina en mis cada vez más frecuentes visitas a la corte. Nada de eso.

¿Mis investigaciones? ¿Fuera de los cauces legales? ¿Qué mierda estaban diciendo?

– Hubiera jurado que esto iría sobre tus problemas con los castrones de la Once –comentó en mi interior el monje que encarnaba mi espada y que ahora ponía voz a mis pensamientos. – Pero esto…

– Totalmente imprevisto… – se me escapó.

– Precisamente, Profesor, precisamente – se jactó el mismo consejero que me había saludado a mi llegada sin variar su tono.

– Y aún no le he dicho nada a Kazu… – murmuré echándome hacia atrás en la silla.

– ¿No me has dicho nada de qué? – preguntó el Oficial de la Duodécima División, recién aparecido de la nada.

– Al menos no ha ido tan mal – dijo Balmung, mientras iba de regreso. – Puedes continuar con tus investigaciones.

– Sí, ya, claro – me quejé con rabia. – Con estos cabrones detrás de mi oreja vigilándome a cada paso. Mírame – añadí. – Salto de alegría. Yuju.

– Algo es mejor que nada – lanzó al aire.

– ¡No puedes contarles acerca de la comunidad! – suplicó Kazu cuando supo qué había pasado.

– Seré todo lo críptico que pueda – respondí. – Pero ya…

– Podrías decir que has estado con los Wolf o que…

– Eso es lo que intento decirte. Es tarde – le corté. – Tienen copia de mis notas. Aunque no sepan el lugar o…

– Tus… notas… – balbuceó conmocionado.

– Entraron en mi despacho mientras comparecía ante ellos – expliqué.

El shinigami se dio la vuelta y se machó a paso apurado de la habitación. Balmung estuvo un rato tratando de descifrar si en el rostro de mi compañero era mayor el enfado o la decepción, pero aquella diatriba no llevaba a ningún puerto, ni bueno ni malo.

– Cállate – le ordené. – Tengo que pensar.

– Algo es mejor que nada – lanzó al aire. – Menos mal que se te ocurrió lo de las razones políticas…

– “Le aconsejamos que cierre las vías de investigación abiertas acerca del presunto grupo terrorista como Nadie” – mascullé airado repitiendo las palabras de uno de los diputados. – “Aconsejamos” – bufé. – “Presunto”… Putos hipócritas de mierda.

– Calma, calma – terció Balmung, alargando las palabras. – No es bueno enfrentarse a esta gente, ya lo sabes. Es mejor descansar – me aconsejó. – Ha sido un día completito.

Y tan completito. Cinco malditas horas de reunión en las que habían ido desmontando toda mi investigación acerca de Nadie y cubriéndola con una interminable lista de peros. Pero no sólo eso. Al parecer, mi obsesión con aquel tema revertía en mi gestión de la Academia y no habían dudado en ponerla en entredicho desde las bases.

No les bastaba con mencionar los problemas con la Undécima División y el Gotei por mi política de nombramientos… ¡Si hasta habían aludido a la supuesta discriminación que sufrían los alumnos de primero que “se habían visto obligados a abandonar el aula” por mi culpa el primer día de clase! Al menos no habían atacado el proyecto del Grupo Especial de Prácticas, quizá es que la mención del nombre de Kaiser Wolf todavía significaba algo en aquella Cámara.

– Si lo mejor sería dimitir y dejarse de…

– Deja de decir gilipolleces y duerme – me increpó Balmung. – “Dimitir” – repitió con desdén. – Serás subnormal.

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