Akano 20 – Gnoseocracia I

by Centoloman


Akano 20 – Gnoseocracia I (Preparativos)

– ¿Qué mierda hacía Arte en tu despacho a esas horas de la noche?

– Nada – sonreí.

– ¿Cómo que nada?

La sangre de Headbone se iba concentrando cada vez más y más en su cabeza a medida que yo le iba dando largas y restándole importancia a lo que él consideraba una “gravísima ofensa hacia la Academia” y una “vergonzosa brecha de seguridad”.

– Mejor no saberlo – resopló rendido. – Esto… tenía que comentarte algo… pero tu irresponsabilidad ha hecho que se me vaya el santo al cielo.

– Ya será para menos – seguí quitándole hierro. – Yo también tengo alguna cuestión que comentarte, pero ahora tengo clase con los de sexto. Además no corre prisa.

– Ya luego hablamos si eso – dijo él, aún molesto. – A ver si me acuerdo de qué era lo que te tenía que contar.

– ¡Director Akano! – llamó una voz alarmada, desde el fondo del pasillo.

– Te juro que algún día lo mato – murmuré exasperado mirando a Bone. – Hazme caso, gafotas, nunca seas jefe de este sitio…

Había identificado claramente a quien me llamaba con tal urgencia. No era otro que Alland, mi particular cruz en forma de alumno. Siempre tenía algún problema, algo que contarme. Esta vez, como, todas las demás, la urgencia era ficticia y sus problemas no eran más que una sarta de quejas propias de alguien que no se acababa de acostumbrar a la vida en sociedad. Le dediqué una mirada de desaprobación, escuché lo que me tenía que decir y, tras examinarlo brevemente, descarté darle alguna importancia y volver a aleccionarle sobre qué era a lo que venía aquí y pasé de largo hacia la primera clase de la mañana.

– Buenos días, caballeros – saludé, con las intentonas del alumno de tercero aún resonando en mis oídos. – Si no me equivoco, y estoy seguro de que no, hoy la clase la dais dos de vosotros, ¿verdad? – comenté despreocupadamente. – Bien, pues… Al ataque.

Miré rápidamente mis notas para corroborar lo que acababa de decir e identificar a los dos alumnos que tenían que exponer y luego levanté la vista hacia mi auditorio con gesto expectante. Los aludidos se hicieron los locos durante un instante, pero viendo que yo seguía clavando mis ojos en ellos, no tuvieron más remedio que salir. Tímidamente, abandonaron sus puestos y se acercaron al frente del aula. Yo me senté entre sus compañeros y me dispuse a escuchar. Mejor así, estaba empezando a incubar una gripe y lo que menos me apetecía era hablar.

– ¿Bien? – pregunté en alto tras un momento de dudas y titubeos. – Creo que teníais preparada una magnífica exposición acerca de…

– La resolución del caso Kumaru – anunció uno de ellos, dando un paso al frente.

– Mala cosa – bufé muy bajo para que no me escuchara nadie.

– ¿Perdón, Profesor?

– Nada, nada… – reí. –Vosotros sabéis lo que hacéis, adelante, por favor.

El desarrollo de su presentación confirmó lo que yo ya suponía: su discurso buscaba casi únicamente ganarse mi confianza y mi benevolencia y no profundizar en el tema. No era la primera vez que ocurría algo parecido. Había oído cantar las alabanzas de mi abuelo y lo injusto y ciego que había sido el Sereitei tantas veces que hasta a mí me había aburrido y me había hecho replantearme en más de una ocasión el método que usaba para enseñar la asignatura o el contenido que impartía al llegar a aquellos puntos del temario… o simplemente borrar aquel tema de los posibles para sus trabajos.

– Bueno… –me levanté en cuanto ellos llegaron al final de la exposición. – He de darles las gracias por todos los halagos hacia mi familia – ironicé. – De todos modos, no esperéis una nota muy alta. En fin, – suspiré una vez llegado junto a ellos – vamos a ver si podemos rellenar las grandes lagunas que han dejado nuestros…

La sirena sonó interrumpiendo mi discurso y liberando a los alumnos. Inmediatamente, el sonido de carpetas cerrándose, sillas arrastradas y un murmullo creciente se impusieron a mi voz haciendo que, si acaso había albergado alguna esperanza de prolongar un poco más la clase, esta se desvaneciera de forma casi automática.

– Por hoy os salváis, – les dije, mientras recogía mis cosas – pero el próximo día completaremos esto. Y, por favor, – añadí – ya sois alumnos de Sexto. Sed serios en los trabajos, investigad… y no tratéis de hacerme la pelota.

– ¿No eres un poco duro con ellos? – comentó alguien desde la puerta mientras yo terminaba de organizar mis papeles. – Con nosotros no lo eras tanto.

– Los tiempos cambian – reí, acercándome a la entrada de la clase. – Ya ves, ayer Kyrek era un novato y ahora es todo un Capitán – me encogí de hombros.

– Los tiempos cambiarán, pero yo te estoy hablando del curso pasado – alegó ella. – Mira que eres tú el que siempre habla de que aquí en la Sociedad de Almas nada cambia nunca y… – razonó, exagerando un simulado tono académico y pretencioso.

– Ya, ya, es verdad – le corté. – En fin, demasiadas cosas en muy poco tiempo… El año pasado fue hace una eternidad. Por cierto, – la miré – qué milagro verte.

– Sí, ya – se excusó. – No es que tenga mucho tiempo desde la mudanza…

– ¿Mucho curro?

– No he tenido así ninguna misión de importancia por ahora – dijo. – Entrenamiento… – aseveró. –Mañana, tarde y noche. Entre la que se armó con lo del Yorokonde y que entraba de nuevas… Pues eso – resopló.

– Sí, claro – volví a reírme. – Lo dices como si a ti no te gustara nada eso de pelearte.

– Aún así – sonrió. – La gente allí tienen un nivel muy alto… ¿A que no sabes qué me trae por aquí?

– ¿Aparte de una visita a tu barbudo favorito? – repliqué en tono mordaz. – Tu hermano – adiviné. – Supongo que te habrás enterado de que tengo asuntos pendientes con él.

– “Asuntos pendientes” – repitió divertida. – Dicho así parece que os vayáis a dar p’al pelo.

– Hazte un favor – bromeé. – Mírate eso… ¿Deformación profesional?

– Será… – comentó distraída. – Pero sí, acertaste: vengo por lo de mi hermanito.

– Quieres venir con nosotros – supuse, invitándola a echar a andar por el pasillo con un gesto del brazo.

– ¡Eh! – exclamó, fingiéndose ofendida. – ¡Sal de mi cabeza!

– Como si te hubiera parido –murmuré sonriente.

– Bueh, tampoco te pases…

Mientras caminábamos, las miradas de los alumnos se iban posando en ella. Los veteranos, sobre todo los de sexto, ya habían coincidido en la Academia con la ahora shinigami de la Undécima División y no se sorprendían tanto por su aspecto, aunque seguía llamándoles la atención, quizá por el tiempo que había pasado desde la última vez en la que la habían visto y muchas veces su mirada era reflejo precisamente de este hecho.

Cuestión diferente era lo que ocurría con los de primero, que se quedaban fascinados con los ojos clavados bobaliconamente sobre mi acompañante. No era ya por la belleza de Ari, que la tenía, sino que el objeto de tanta extrañeza eran los extraños apéndices felinos que lucía: orejas y cola. Ella se movía con total desenvoltura, consciente de las miradas que atraía, pero acostumbrada a esa reacción entre los que la rodeaban.

– Hay cosas que no cambian nunca – observó, entornando los labios en una sonrisa entre nostálgica y satisfecha.

– Sí, bueno… – sonreí, acordándome de cómo había comenzado nuestra conversación. – En fin, así que quieres unirte a la expedición.

– Es mi hermano – señaló. – ¿Quién mejor que yo? Además, – apostilló, como si creyera que aún debía convencerme para venir – necesitas una mano fuerte y… vamos, seguro que ibas a ir con el gafotas o el pollo – añadió. – ¿No estás cansado de ir con ellos a todos lados?

– No te creas – reí.

– Deberías variar un poco, aunque sea de vez en cuando…

– Sí… – apunté meditabundo. – Puede que tengas razón.

– La tengo – sentenció triunfal.

– ¿Y te dejarán tus jefes?

– ¿Por qué no iban a hacerlo?

– Digamos que tus superiores y yo no compartimos la misma filosofía – contesté. –Ya sabes… Soy el tío loco de la Academia… un ratón de biblioteca… Era un “espía” y no un soldado “honorable” – enumeré. – Ese tipo de cosas.

Me ahorré comentarle el hecho de que el asunto de la sucesión de Vriznak en la Dirección del Departamento de Combate me estaba creando algún que otro problema con los altos mandos de su Escuadrón, que sostenían mantener aún el derecho al nombramiento y, por mucho que yo tratase de explicarles el cambio de paradigma después de que se restaurara la figura del Director de la Academia, el conflicto estaba enquistándose. Lamentablemente, era algo que ocurría con el Gotei 13 en general, y no sólo con uno o dos Capitanes.

– Gilipolleces – respondió ella. – Yo voy.

– Bueno, vale – concedí, alargando las palabras como quien se da por vencido. – Contaremos contigo, entonces. Seguramente, dentro de dos semanas, pero no hay nada seguro – le advertí. – Además, ya ves como estoy – concluí, aludiendo al constipado. – Ya te avisaré.

– Vale – asintió. – Bueno, me tengo que ir. Quedé con Warsaw para entrenar y llego un pelín tarde – se disculpó. – Me mandas una mariposa infernal, ¿vale?

– De todas formas, habla con tu hermano antes – le indiqué. – Creo que quería que fuéramos él y yo solos.

Mi antigua alumna se despidió rápidamente sin responder nada a mi sugerencia y se marchó. Eché un vistazo fugaz a mi horario, luego al reloj y comencé a andar rápidamente hacia el aula donde se impartían las clases de primero y a la que ya llegaba tarde. Con una disculpa por delante, di inicio a la clase.

Gracias al cielo, la situación había cambiado radicalmente desde hacía algunas semanas. Después de aquel incidente en el patio durante las vacaciones invernales, había conseguido ganarme el respeto de unos alumnos que me habían declarado la guerra de algún modo aquel primer día de clase. Por muy estrambótica que me hubiera parecido aquella idea de Gaby, había funcionado y se había corregido una situación bastante insostenible.

De hecho, antes de que se arreglara aquel asunto había pensado incluso en decirle a Alamez que me encontrara un sustituto para Historia I, para que así los alumnos pudieran recibir una formación adecuada, pero, con razón, Bone me había hecho ver que eso sería más perjudicial que beneficioso: al rendirme con ellos estaba enseñándoles, de algún modo, que la rendición era una solución. Y aunque a veces una retirada a tiempo sea una victoria, yo estaba de acuerdo con él en que no era ese precisamente el ejemplo que debíamos dar en la Academia.

Pero ese no había sido el único problema que había tenido con los de primero y que comenzaba a solucionarse, aunque fuera poco a poco. Aunque al principio le había costado, por lo que pude ver, Kara había ido superando paulatinamente su timidez o el miedo que yo parecía inspirarle y había comenzado a volver a mis clases.

De todas formas, tampoco había intentado volver a entablar contacto directo con ella, no fuera a ser que ocurriera lo mismo que la última vez. Me limitaba a mantener una cierta vigilancia por si acaso ocurría algo y Eylinn se había convertido en mis ojos allí donde yo no podía llegar. Pero trataba de ser lo menos invasivo por ella aunque no dejara de preocuparme que aquello que había estado reprimiendo desde el entierro de su alma estallase en el momento menos oportuno.

Todo aquello condicionaba, evidentemente, mi rendimiento y mi actitud hacia la clase, pero tampoco era algo que pudiera evitar. Tenía la impresión de que iba más lento que otros años, aunque el seguimiento del programa decía que el ritmo entraba dentro de lo habitual a lo largo de toda mi vida docente. Eso podía significar que o bien mi percepción era errónea, o bien estaba dejándome cosas en el tintero. Esperaba, sinceramente, que fuera lo primero. Si lo que ocurría es que no trataba los temas con la suficiente profundidad, eso era más preocupante.

– Un momento, Kyo – le avisé al final de la clase.

– ¿Sí?

– Mira esto – señalé, mostrándole unos papeles. – Ya te había comentado alguna vez que los profesores me han insistido en que se te adapt…

– ¿Grupo especial de prácticas? – me interrumpió.

– Es… algo que existía cuando yo estaba por aquí – expliqué. – Cuando era alumno, vamos. En principio lo vamos a recuperar – dije. – Empezaremos con los de primero, o los de primero y segundo… y de ahí en adelante ya veremos.

La verdad es que no había nada claro aún y no podía contarle mucho más. En la última reunión de la Junta de Gobierno de la Academia, a finales de la semana anterior, habíamos pulido bastantes detalles y llegado a un consenso básico. Pero aún así quedaba mucho por decidir y, por encima, necesitábamos la aprobación, no sólo de todo el claustro, sino, muy a mi pesar, también de la Cámara de los 46 y del Consejo de Capitanes.

– Lo coordinaría Kaiser – apunté, conocedor de que la mención del viejo lobo animaría a mi “hijo” aún más de lo que ya parecía. – En cuanto todo sea oficial se irá pasando por las distintas clases para hacer una primera selección pero… tú no te preocupes por eso, ya estás dentro. Así que… Eso. En fin, que ya tienes todo ahí – suspiré. – No es nada definitivo, así que no se lo cuentes a nadie.

– Tranquilo…

– Tú échale un vistazo a la información – sugerí. – Cuando sea ya os avisaremos oficialmente. Y ahora, a clase – le indiqué. – ¿Qué tienes ahora?

– Con Nakatoni… – protestó con un resoplido.

– Paciencia, paciencia – le aconsejé.

Con un asentimiento mudo que tanto podía ser signo de que tendría en cuenta mi consejo como de que simplemente hacía oídos sordos, se dio la vuelta y se alejó. En cuanto él giró por la esquina de uno de los pasillos y desapareció de mi vista, me dirigí yo también en dirección a la cafetería de la Academia con la esperanza de que un té con limón bien caliente me ayudara a vencer el dolor de cabeza que estaba empezando a molestarme en los últimos minutos.

– Mierda de frío – bufé, mientras caminaba.

La puerta estaba cerrada para mi desgracia, así que opté por la alternativa que tenía: un café caliente de la vieja máquina que habían instalado ya cuando yo había sido estudiante allí por primera vez. No es que fuese una delicia, pero servía para entrar en calor. Al menos durante un rato, porque cuando llegué al despacho volvía a tener la misma sensación incómoda de frío.

– Buenos días, Rina – saludé a mi secretaria. – ¿Algo para hoy?

– El correo – informó, tendiéndome las cartas.

– Toma, esta es para Alamez – dije, casi mecánicamente, mientras revisaba las misivas. – Habría que informarles a… quienquiera que sea del cambio en la Dirección del Departamento de Historia.

– Me lo apunto – asintió. – Ahora mismo lo hago…

– Facturas, informes, solicitudes… – musité. – ¿La Cámara?

Sin que ella tuviera tiempo a reaccionar, entré en mi oficina y abrí la carta del órgano principal de gobierno de la Sociedad de Almas. Me citaban para una comparecencia dos semanas más tarde. No sé por qué me molesté en leerla dos veces: no indicaba el motivo. Aunque ya me hubiera acostumbrado al cripticismo de esta institución, no podía evitar sentirme algo molesto e inquieto. ¿Qué querían esta vez?

– Rina, – dije, activando el interfono mientras me dejaba caer sobre la silla – en cuanto tengas algo de tiempo a ver si puedes confirmar mi asistencia a la comparecencia y pedir que te expliquen los motivos de la citación.

– De acuerdo – contestó. – Le apunto el día en la agenda.

– Sí, gracias – sonreí. – Ah, y si puedes, pégales por favor un toque a los de cafetería a ver si me suben un té con limón… si es que están abiertos.

Me recosté sobre mi asiento y cerré brevemente los ojos. No estaba yo en condiciones de devanarme mucho los sesos en aquel momento. La cabeza estaba empezando a molestarme bastante y no iba a ser capaz de concentrarme en nada de importancia. Para cuando volví a abrirlos, no sabía cuánto tiempo había pasado, pero una taza de té humeante calentaba el aire a su alrededor encima de mi mesa.

– Gracias de nuevo, Rina – apreté el botón del comunicador. – Siento hacerte trabajar tanto hoy, pero no te creas que me encuentro yo muy bien…

– La verdad es que no tenía muy buena cara – respondió con tono amable. – No se preocupe.

De todas las decisiones que había tomado a lo largo de mi mandato como Director, contratarla a ella era uno de mis más grandes aciertos. Me sacaba una gran cantidad de trabajo, sobre todo papeleo, de encima, y me hacía una cierta compañía. Me servía de pantalla protectora ante lo que pudiera venir, así podía concentrarme mejor en mi trabajo. Por encima, ella se sentía útil después del accidente que se había llevado por delante su pierna izquierda a la altura de la rodilla, incapacitándola para el servicio que venía realizando en la Segunda División.

La infusión caliente había calmado un poco las molestias, así que decidí coger las notas que había ido tomando acerca de la investigación que llevaba junto a Kazu. Desde aquella primera vez nos habíamos reunido en diversas ocasiones. Él me iba contando algunas cosas y yo le comentaba abiertamente todas, o casi todas, mis impresiones e intuiciones acerca de aquella comunidad. Él confirmaba algunas de ellas y otras las rechazaba o las ponía entre interrogantes. Gracias a ello, aún sin conocer directamente aquel grupo, podía hacerme una bastante buena idea acerca de lo que teníamos entre manos.

Prefería el estudio sobre el terreno, sí, pero las obligaciones de mi cargo me impedían disponer de todo el tiempo que yo quisiera para este tipo de cuestiones extraacadémicas como era recuperar mi costumbre expedicionaria de antaño. Mientras era simplemente profesor, o incluso Director de Departamento, bastaba con una simple sustitución. Ahora, sobre todo mientras todavía no se estabilizara el nuevo equilibrio de poder educativo en la Sociedad de Almas, no era tan fácil.

Aquel último pensamiento me hizo desviar la mirada hacia la carta que me habían mandado desde la Cámara. ¿Sería eso para lo que me citarían? ¿Para aclarar ese tipo de cuestiones? Parecía que algún Capitán estaba un poco en desacuerdo en cómo estaba llevando las cosas. Tampoco es que me extrañara mucho.

Me fijé nuevamente en la fecha y miré luego al calendario que tenía sobre mi escritorio. Había señalado una semana en rojo en la que había despejado mi agenda de reuniones, encontrado sustituto para las clases y programado mi viaje junto al Oficial de la Duodécima División al que ahora se quería unir su hermana. La citación coincidía justo dos días antes. Sólo esperaba que no me impidiera ir.

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