Dialogando (I)

by Centoloman

Ando muy liado estos días y he dejado esto y muchas otras cosas relacionadas con la escritura de lado, no voy a negarlo. Pero hoy he conseguido medio terminar un capítulo de mi memoria de Bachiller (algo así como la tesina, para entendernos) y me he decidido a escribir algo. Para no pensar mucho, he decidido tirar de una de esas “ideas reserva” que siempre guardo para casos de vagancia-emergencia: los diálogos. Si este blog nació un poco por la inspiración generada por esta entrada de Mechanical Hamster que nos presentó kurokotetsu, ¿qué mejor que escribir algo sobre cómo veo yo el diálogo?

Es una de las cuestiones que a mí más me “preocupan” dentro de mi faceta como escritor aficionado y, de hecho, tengo varios trabajitos (buena parte de Las Crónicas de Rido, por ejemplo) en los que sólo uso texto dialogado.

En nuestro entorno, en el mundillo en el que nos movemos, estamos demasiado influenciados por la cultura audiovisual, por el cine, las series de televisión… y en el círculo más cercano a la FFF, por el cómic-manga y el anime. Y esto influye mucho en la forma de escribir nuestros diálogos. Son medios casi exclusivamente dialogados, apenas existe una figura clara que ejerza de narrador y, por eso, el diálogo adquiere una dimensión distinta: al diálogo se le encarga también una función “narrativa” de la que carece en buena medida el diálogo de un escrito en prosa. Es decir, que en ese tipo de medios es necesario poner en boca de los hablantes mucho contenido cuyo lugar en la prosa narrativa es, más bien, el cuerpo del texto.

Entonces, si no estamos en un medio como esos… ¿Por qué nos comportamos como si sí y escribimos los diálogos como si fuéramos los guionistas de una serie de TV? No hablo ya de esos que se creen dramaturgos e introducen las intervenciones con el nombre del hablante, cual guión cinematográfico. Sino que me refiero a esa costumbre de hacer diálogos increíbles. “Increíbles” no en el sentido de buenos, sino en el sentido de que uno no se creería que alguien hablara así.

Cada uno con su estilo, cada uno con sus manías, cada uno con su visión, sus opciones y sus ideas, que yo aquí no pretendo imponer nada. Pero creo que no podemos traicionar la realidad, que debemos ser lo más “fiables”, lo más creíbles posible. Y uno de los puntos en los que más se nota esto es, al menos tal y como yo lo veo, en los diálogos. Por eso me fijo tanto en ellos.

Partamos de un punto básico desde el que desarrollar todo: ¿qué es un diálogo? En una primera definición así a vuelapluma se me ocurre definirlo como un intercambio oral de ideas. Es una definición incompleta, lo sé, pero me es útil para lo que quiero transmitir hoy.

Lo primero, es un intercambio. Esto no lo podemos perder de vista. Aunque un personaje intervenga más que otro o lleve el peso del contenido o sea más importante… nunca debemos convertir un diálogo en un monólogo sin un motivo justificado. Otra cosa es que queramos poner en boca de un personaje un largo discurso que, de vez en cuando, se vea interrumpido por alguna intervención de sus oyentes, sea esta buscada o no por el hablante. Pero si lo que queremos es hacer un diálogo, no perdamos esto de vista. Los diálogos están constantemente interrumpidos, verbal o no verbalmente… y es este clima de intercambio de información en el que desarrollan y en el que adquieren su lógica.

Más importante aún, es oral. En la categoría oral, aunque no sea la palabra adecuada, introducid, para entendernos, tanto el lenguaje verbal como el no verbal. Esto implica un registro distinto al del escrito. Es decir, que hay palabras, giros, frases que le son propias y otras que no le pegan para nada. Yo no narro como hablo, pero tampoco hablo como narro. Aunque quiera introducir contenido, revelar datos… No lo hago de la misma forma.

Ten esto presente.

Y es importantísimo que introduzcamos de forma adecuada el lenguaje no verbal. Fíjate cuando hablas: modulas la voz, gesticulas con las manos, con la cara, tu mirada cambia, te mueves, adquieres una postura determinada u otra… Y cada uno de esos gestos, los hagas consciente o inconscientemente, tienen su carga significativa. Es lo que le realmente le da cuerpo a lo que se está diciendo.

Por eso, tan importante como saber manejar un registro adecuado al lenguaje oral (y a la situación, no lo olvidemos, que yo no hablo igual con mis amigos que con mis profesores ni hablo igual cuando hablo de política que cuando hablo de fútbol) es saber manejar las acotaciones del diálogo: los verbos de expresión, las anotaciones gestuales…

Cierto que, como dice Mechanical Hamster en su artículo, retratar la realidad tal cual convierte al diálogo escrito en algo ininteligible, porque usamos interjecciones, muletillas, introducimos pausas, etc. Pero el truco está en tomar la distancia justa: todo lo cerca que se pueda estar de la realidad sin quemarse.

¿Y cómo se consigue esto?

Pues, sobre todo, escuchando a la gente, leyendo y… escribiendo. Como todo, vamos.

Estoy tentado a seguir con esto, pero sé que si sigo no termino. Así que ya otro día seguiré con más cosas relacionadas con los diálogos y que también me inquietan bastante. Sirva esto como aperitivo, simplemente.

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