Akano 18 – Nuevas pistas

by Centoloman


Akano 18 – Nuevas pistas

‒ Es hora de marcharse, Rido.

‒ ¿Qué, ya? ‒ protesté, resoplando. ‒ En fin…

‒ No te veo con mucho ánimo ‒ rió.

‒No, la verdad es que no ‒me estiré mientras me levantaba. ‒ La verdad es que hoy me apetece ir a trabajar casi tanto como pegarme un tiro.

Me incliné sobre el tablero de ajedrez con un profundo suspiro y memoricé la posición de las fichas para poder retomar nuestro particular duelo cuando las circunstancias lo permitieran. La verdad, no me hacía ninguna gracia dejar la partida a medias, sobre todo cuando iba ganando, pero el deber me llamaba.

‒ No te quejes tanto ‒ contestó Balmung. ‒ Si en el fondo te gusta…

‒ Eso lo dices t…

Me detuve mirando la encarnación de mi espada con una expresión que quería significar que no hacía falta que dijera nada ante aquel comentario. Me eché el haori anaranjado que significaba mi nueva condición de Director a la espalda y me até el pelo en una coleta. Llovía, y así al menos sería menos molesto.

‒ Y sigue, y lleva semanas casi sin parar ‒ protesté. ‒ Supongo que algún día dejará de llover, ¿no?

‒ Venga, vamos, que casi es hora.

La voz del monje resonaba sólo dentro de mi cabeza, señal inequívoca de que ya había vuelto a su morada habitual en el monasterio y me hablaba desde allí. Salí al pasillo y tuve que enfrentarme un día más a la mirada desconfiada de los alumnos con los que me encontraba. A pesar de que ya llevaba algo más de una semana viviendo entre ellos, seguían sin entender o aceptar mi presencia. Y lo peor era que, con el tiempo que hacía, la construcción del nuevo barracón para profesores que habíamos proyectado se había visto forzada a detenerse.

‒ ¡Profesor Akano!

‒ Ahora no, Alland… ‒ contesté rutinariamente.

‒ ¡Pero…!

Todos los días la misma cantinela. Siempre se le rompía alguna tripa en el último momento y me llamaba desde su cuarto. Al final nunca era nada más que una burda excusa para interrumpir mi camino hacia las primeras horas de la mañana, así que lo mejor era evitar hacerle demasiado caso. Pasé de largo y atravesé el patio con un rápido shumpa para mojarme lo menos posible y así no colaborar a aumentar los motivos para las quejas de los empleados de mantenimiento acerca del estado en el que se encontraban las instalaciones de la Academia con tanta lluvia.

¬– ¡Hey, Rido!

– Ahora no tengo tiempo, Bone – le repliqué, sin girarme. – Tengo una reunión en… Ah, pero si es contigo – me di la vuelta.

– Por eso te lo digo – asintió. – ¿Vamos?

– Vamos.

El primer plato fuerte del día era una tediosa reunión acerca de cómo ir acomodando los presupuestos en relación a los Departamentos de Historia y de Mundo Mortal, ya que la escisión del Área que dirigía mi antiguo compañero de División había llegado posteriormente a la aprobación de los últimos presupuestos. Afortunadamente, casi era puro trámite, pues habíamos trabajado tanto tiempo juntos, tanto nosotros dos como con Alamez, que no surgieron mayores complicaciones. Aún así… no pudimos evitar alargarnos y enredarnos en un mar de números y de partidas.

– Tengo clase ahora – se excusó la Directora del Departamento de Historia, en cuanto hubimos terminado.

– Hasta luego, Al – me despedí.

– Yo también tengo que marcharme – suspiró Bone, levantándose. – El pesado de Nakatoni quiere hablar conmigo de no sé qué – meneó la cabeza. – ¿Hoy no curras?

– Hoy no tengo clase – sonreí. – Pero aún así estoy de trabajo hasta aquí – comenté, llevándome la mano al cuello. – Y lo peor de todo es que siempre vendrá alguien para interrumpirme.

– El Capitán Sora quiere verle – anunció la voz de mi secretaria.

– ¿Ves? – le dije a Bone. – Hazle pasar.

– ¿Comemos juntos? – me propuso el Oficial de la Novena.

– S… Supongo que… – dudé. – Es que ahora mismo no sé si quedé con Kazu hoy o mañana… ¿Te lo digo cuando baje a clase?

– Si sigues estando con la cabeza en diez mil cosas… – sonrió. – ¡Eh, Soki! – saludó al recién llegado. – ¿Qué cuentas?

– Vengo a hablar con tu jefe – explicó el Capitán de la Duodécima División. – Rollos administrativos, ya sabes… Necesito vacaciones – se estiró.

– Serás vago… ¡Si acabas de venir! – le grité yo a modo de saludo. – Bone, te busco luego, ¿vale?

– Vale – contestó. – Os dejo. No rompáis nada, ¿vale?

– Que sí… – fingí cansancio. – ¿Una copa?

– No, gracias. No hace falta.

– ¿Qué te trae por aquí?

– Pues cosas de nueves – bufó, mientras se sentaba en una de las butacas.

– ¿De nueves?

– Sí, que no dejáis de dar el coñazo – se quejó.

– Eh, a mí no me metas que llevo casi un mes fuera de la División – me defendí. – ¿Qué ha pasado?

– Entre que tú has ascendido y que Henkara se ha pirado… pues necesitan rellenar huecos – explicó.

– Es lógico – comenté. – Después de lo de este verano en el Yorokonde no hay ninguna División que pueda permitirse perder oficiales de…

– Mitsuko ha sido trasladada a la Novena – aclaró, directo al grano. – Así que venía más que nada a comentarte lo de las clases de…

– ¡¿Mitsuko?! ¡¿La bicha está en la División?! – reaccioné. – ¿Por qué no me lo dijo?

– Es algo que se hizo oficial ayer por la tarde.

– Ah, bueno, hace un par de días que no la veo – murmuré. – El trabajo me estresa.

– Dímelo a mí – rió abiertamente. – La cuestión es… ¿las clases?

– ¿Qué pasa con ellas?

– Pues… ahora mismo no puedo prescindir de ninguno más de mis chavales el tiempo necesario como para hacerse cargo de la asignatura y…

– Ah, si es por eso… No hay ningún sitio donde se diga que el profesor deba ser miembro de la Duodécima División – le tranquilicé. – Simplemente, tienes que elegirlo tú.

– Entonces, ¿no hay ningún problema por que siga siendo ella?

– Ninguno – aseguré.

– Ah, entonces me quedo más tranquilo… – suspiró. – ¿Y qué es de tu vida que hacía tiempo que no te veía?

Estuvimos bastante rato hablando de la vida y de la muerte, hasta que llegó la hora de mi clase con los alumnos de primero, cuya actitud hacia mí había variado sustancialmente desde el incidente ocurrido durante las vacaciones. Al final, otra mañana más sin trabajar, y el papeleo se iba acumulando, lo que me obligaría a posponer mis investigaciones hasta ponerme al día con toda la burocracia.

– ¡Profesor Akano! – me llamó una voz desde el fondo del pasillo.

Levanté la cabeza hacia la voz y vi a Kazu que me saludaba con la mano desde lejos. Al final me había olvidado de comprobar en mi agenda si estaba libre o no para comer con Bone, pero la sola presencia del científico allí era una confirmación de la cita que tenía aquel mediodía.

– Llámame Rido – le dije al acercarme. – Ya no soy tu profesor.

– Lo… intentaré – sonrió tímidamente. – Siento haber pospuesto esta reunión tan…

– No pasa nada – sonreí. – Ahora tengo una clase y en una hora o así estoy libre. Si quieres, puedes esperarme en mi despacho.

– De acuerdo…

Cuando regresé al despacho, el shinigami de la Duodécima División ya estaba esperándome, tal y como le había indicado. Le ofrecí un vaso de algo de lo que tenía en el mueble-bar, pero se conformó con un poco de agua y me pidió que fuéramos directamente al grano, pues tenía trabajo pendiente en el Cuartel.

– ¿Por qué me ha llamado, Profesor?

– Verás, Kazu. Este último curso me he estado interesando por diversos grupos que viven dispersos por toda la Sociedad de Almas – expliqué, sin entrar en más detalles acerca de las profecías por el momento. – No están adscritos al régimen de distritos del Sereitei, pero, sin embargo, están entre nosotros… Son… clanes, cultos… Los Wolf, por ejemplo – añadí, tratando de poner un ejemplo que se estaba haciendo

– ¿Qué tiene eso que ver conmigo?

– Según mi buena amiga Mitsuko parece que bastante – sonreí. – Al parecer tú podrías tener relación con un grupo que podría ser de interés para mi estudio.

– ¿Yo?

– Eso me han dicho…

El joven puso expresión neutra, como tratando de asimilar lo que le estaba contando. O quizás estaba decidiendo si debía o no compartir conmigo la información que yo entendía que él poseía. El caso es que se recostó sobre la silla en la que estaba sentado, mirándome fijamente y dio un largo sorbo a su vaso de agua antes de dejarlo en la mesa en la misma actitud meditativa, esta vez con la vista clavada en el infinito.

– No te preocupes – rompí el hielo. – Quedará entre tú y yo… – traté de tranquilizarle. – Algunos de estos grupos también me tocan de cerca y no tengo ninguna intención de que los de arriba…

– Con todos los debidos respetos, Profesor… – me interrumpió. – Usted es ahora de los de arriba.

– Tienes razón, tienes razón – suspiré, esbozando una sonrisa. – En fin, ¿qué te parece si te dejo unos días para que lo pienses?

– No hace falta – respondió, tras un breve silencio. – Estoy metido en una investigación que bien podría necesitar de un experto en historia antigua.

– ¿En serio? – pregunté, incapaz de evitar un repentino tono de profundo interés en mi voz.

– En serio – aseveró. – Si le parece… puedo traerle mis notas…

– Bien – sonreí. – Les echaré un vistazo y te diré algo… ¿mañana?

– No hace falta que se dé tanta prisa – contestó.

– Si no es molestia – me levanté. – ¿Te apetece quedarte a comer?

– Si me disculpa… – rechazó mi invitación. – Tengo unos asuntos pendientes en…

– Nada, no te preocupes – le interrumpí. – Venga, te acompaño hasta la salida y así me vas contando un poco…

Por el camino hacia el exterior de la Academia, el Oficial de la Duodécima División me explicó que, antes de ser admitido en la institución educativa, había pasado una buena temporada en el seno de una especie de culto religioso que se centraba sobre la ciencia y la tecnología según las enseñanzas de un antiguo profeta. Aquello, sin duda, prometía ser parte de lo que yo estaba buscando, pero no podía dar nada por supuesto. Esa tarde me enviaría sus notas y podría profundizar algo más.

– ¿Tú no tenías planes ahora? – preguntó Bone a modo de saludo cuando llegué al comedor.

– Tenía, pero Kazu tenía unas cosas que hacer en su Cuartel – contesté. – ¿Por qué nadie me dijo que habían trasladado a la Bicha a la División?

– Ah, ya lo sabes… – observó el Teniente del Noveno Escuadrón. – Quería decírtelo ella misma pero… hoy no la he visto.

– Estará con las mudanzas – sugirió el Director del Departamento de Asuntos Mortales.

– ¿De su casa a su casa? – reí.

– Buena observación – concedió el profesor de Kidou. – ¿Y cómo te enteraste?

– Fue Soki, ¿verdad? – se adelantó el de gafas.

– Exacto – asentí.

– ¿Y ha servido de algo? – intervino Db. – Lo de Kazu, digo

– Pues… no sabría decirlo – respondí. – Pero todo apunta a que sí, a que puede ser una buena pista.

– ¿Y de qué se trata?

– Prefiero no revelaros nada por el momento – aseveré. – Él tampoco era muy propenso a compartir su información con nadie…

– He oído que Vriznak tiene pensado retirarse este año – comentó Xelloss, mientras se sentaba.

– ¿El viejo se va? – se sorprendió Bone. – Ya iba siendo hora.

– Sí, bueno… Realmente es una molestia – suspiré. – Para alguien del Departamento de Cuerpo a Cuerpo con el que tenía una buena relación…

– Es un quebradero de cabeza – rió Db. – ¿Tienes pensado ya un sustituto?

– Qué va… – respondí. – Será un profesor de los que ya estén dando clase, pero… Mejor que lo decidan ellos en principio. Por cierto… – cambié de tema. – ¿Qué tal estáis viendo a Kyo?

– Bueno… – comenzó el Teniente de la Cuarta División. – Afortunadamente para mí, no le enseñasteis mucha medicina, pero el otro día pasé por el campo de Kidou y aquello era un espectáculo.

– Sabe bastante más que muchos de mis alumnos de sexto – afirmó el profesor de Artes Demoníacas.

– Sí, bueno – sonreí. – Es hijo de quien es… Bueno, en Historia tampoco me puedo quejar de su nivel…

– Es que tío, – me recriminó medio en serio medio en broma Bone – en lugar de contarle cuentos de niños le contabas lo último de tus investigaciones.

Aquel comentario provocó una carcajada general en todos los presentes. En aquel tono distendido seguimos compartiendo anécdotas que había protagonizado el pequeño Uchiha, que en muchos casos había heredado parte del carácter materno. Al final, todos coincidían en destacar el tremendo nivel que mostraba el crío.

– ¿Sabéis? Estaba pensando en rehabilitar el programa de Nakatoni…

– ¿Cuál? ¿El grupo especial de prácticas?

– El mismo – asentí. – Para aquellos que estén interesados y que destaquen especialmente al menos en una o dos áreas… Aún tengo que madurar la idea un poco más, pero bueno – me encogí de hombros – creo que podría aportar mucho a la formación de los chavales.

– No pensarás en poner al viejo de coordinador…

– ¿A Nakatoni? Ni de coña – rechacé la idea. – Es Capitán, con lo cual no tiempo y además… ya le conocéis. No – meneé la cabeza frunciendo el ceño. – Josuke no. Aunque lo de viejo no iba desencaminado…

– ¿Quién? El resto de profesores de la Academia somos más o menos de la misma generación – observó Xelloss.

– No – murmuró asustado Bone, como si quisiera expulsar de la mente una idea recién llegada. – Dime que no es quien yo estoy pensando.

– Tengo ciertas habilidades psíquicas, – respondí divertido – pero todavía no llego al nivel de Henkara.

– ¿Es ese viejo? ¿El lobo?

– ¿El lobo? – terció el Teniente de la Cuarta División.

– Kaiser Wolf – le explicó Db. – ¿Es eso lo que vino a hacer el otro día?

– ¿El del incidente en el patio? – traté de confirmar. – No, ese día era algo relacionado con… Nada – me interrumpí. – No, aún no hablé con él de la idea. Se me ocurrió el otro día cuando la Bicha me vino a hablar por enésima vez de Kyo.

– Ya… pero el lobo…

– Vale – admití. – Es muy arriesgado confiarle al viejo el cuidado de… nada – reí, recordando el peculiar carácter del antiguo Capitán de la Décima División. – Pero mira: fue profesor de la Academia y uno de los Capitanes Legendarios… y tampoco es que podamos prescindir de muchos profesores ahora mismo.

– A mí me parece una buena opción – comentó Db. – ¿Crees que los de arriba te lo aprobarán?

– Diría que si consigo el apoyo de algunos Capitanes no habrá problema – medité. – Supongo que puedo contar con Soki y con Kyrek en ese aspecto. Nakatoni protestará un poco pero al final accederá… A ver…

– En cualquier caso sería para el siguiente curso, ¿no? – preguntó Xelloss.

– Si pudiera ser para este, mejor que mejor – respondí. – Pero vamos, que es muy difícil así que… sí, supongo que sí. En fin… Vais a tener que disculparme pero os tengo que dejar – me excusé. – Quedé de ir a echarle un vistazo a unos manuscritos que encontró Eliaz ayer y luego tengo que echarle un vistazo a lo de Kazu.

Recogí mis cosas y me dirigí directamente a la mansión Asharet. Allí me recibió, como siempre, Jules, el mayordomo, impecablemente vestido como era habitual, y me indicó que el señor de la casa estaba en su estudio mientras me tendía una toalla para secarme. Se ofreció a conducirme hasta allí, pero rechacé amablemente su ayuda y me acerqué yo mismo hasta allí después de haber adecentado un poco mi aspecto. Mi amigo estaba enfrascado en el estudio de unos papeles, realmente concentrado.

– He oído que a tu queridísima esposa la han trasladado a la Novena División – comenté a modo de saludo. – ¿Has tenido algo que ver?

– Siéntate y mira esto – respondió, sin levantar la vista de un pergamino.

– ¿Qué es? – pregunté mientras le obedecía. – Parece algún tipo de Kidou… pero…

– No exactamente – sonrió. – Pero andas muy cerca… Llevo todo el día dándole vueltas pero hay algunos pasajes que no soy capaz de interpretar.

– La caligrafía es extraña – observé. – No es la misma que encontramos en la mayor parte de los manuscritos…

– Eso es lo que más me llamó la atención y por eso te avisé – dijo. – No es de mi padre ni de ninguno de mis hermanos – aseguró.

– Entonces deberíamos suponer que es anterior a Nadie…

– O no – murmuró. – Bien podría ser un subordinado…

– Con lo otro no ha habido progresos, ¿no?

– Por ahora no – comentó frustrado. – Sí que es cierto que parece que haya una clave… pero aún no doy con ella. Aún así, lo que me contaste el otro día fue realmente útil – sonrió.

– ¿En qué sentido?

– He descubierto incoherencias, “parches”… Quizás me lleven a la puerta – aseguró con un brillo de optimismo detrás de sus características gafas ovaladas.

– En fin… Ya me contarás – respondí. – Y respecto a esto… – volví a centrar mi atención en lo que teníamos entre manos. – ¿Alguna idea?

– No – confesó. – Ninguna.

– Fíjate en la calidad del pergamino… Parece de la época – le indiqué. – Podría ser de tu abuelo o de tu tío…

– Buena observación – sonrió. – Pero creo que no tengo nada con qué compararlos… En cualquier caso…

– ¿Crees que podría ser lo que estamos buscando? – le pregunté. – ¿La clave para la magia de Nadie?

– Tú mismo has dicho que parece Kidou pero no es – confirmó.

– Deberíamos hablar con Db…

– No sé… Es muy buen tío… pero no es Data – suspiró.

– Es un paso – le dije. – Si él no sabe qué puede ser siempre podemos recurrir a…

– Me dijiste que tu abuelo había sido profesor de Kidou, ¿quizás tu padre o tu madre?

– No sé yo…

– Aún sigues enfadado con ellos por haberte ocultado que habías tenido una hermana – dedujo.

– No es eso…

– Sí lo es – rebatió. – Te conozco, Rido.

– Bueno, vale, sí – admití. – Pero es que coño…

– No puedes estar enfadado para siempre – dijo. – Habla con ellos.

– Bueno… ya… ya veré.

– Hazlo, Rido –insistió.

– ¡Que sí, pesado! ¡Que ya lo haré!

Que Eliaz se pusiera serio en cuestiones personales que me afectaran no era algo realmente novedoso, aunque sí que se había convertido en algo muy poco habitual de un tiempo a esta parte y resultaba ciertamente inquietante e incómodo. Por eso decidí reconducir de nuevo la conversación hacia el resto de los manuscritos que había extendido sobre la mesa, dejando de lado aquel pergamino que había llamado su atención. Al principio me echó en cara, especialmente a través de sus gestos, el cambio de tema, pero luego pareció sentirse igualmente aliviado por huir de un terreno tan escurridizo.

Muchos de los textos que teníamos delante eran ya conocidos. Simplemente los había sacado de su biblioteca en su afán de comprobar las caligrafías de sus familiares, en unos casos, o de juntar con otros nuevos relacionados a ellos, en otros. En cualquier caso, no había allí algo que pudiéramos considerar realmente novedoso, por más que lo interpretáramos de una u otra forma.

– En fin… – me estiré. – Tengo que volver a la Academia, tengo unas notas que revisar – le expliqué. –Ya hablaré con Db para que le eche un vistazo a eso… y a mis padres también – concedí. – Dale recuerdos a la Bicha.

– Se los daré de tu parte – sonrió.

Seguía lloviendo cuando salí de la mansión Ashartîm, aunque había amainado un poco y no parecía ya el diluvio universal, como había ocurrido por la mañana. Nuevamente no habíamos encontrado nada, o al menos nada que quedara a nuestro alcance, pero eso tampoco suponía sorpresa o desánimo. La experiencia ya nos había enseñado que, a veces, descartar vías de investigación era algo tan importante como encontrarse con la pista correcta. Era, en cualquier caso, cuestión de paciencia. Por primera vez en mucho tiempo tenía la impresión de que algo avanzábamos en relación a Nadie y eso ya era una buenísima noticia. Habría que esperar a encontrar las herramientas que nos permitieran ir descifrando aquellos enigmas que iban apareciendo a nuestro paso, como aquel pergamino.

– Algún experto en Kidou antiguo… – murmuré en algo, dando rienda suelta a mis cavilaciones. – Podría preguntarle a Gaby por el paradero de Data…

– ¡Profesor Akano! – me detuvo una voz chillona mientras atravesaba la entrada de la Academia. – ¡¿No ve que estoy limpiando?! ¡Me lo está embarrando todo!

– Ah… Sí, lo siento – me disculpé, mientras los colores comenzaban a subir a mi cara.

– ¡¿Lo siente?! ¡¿Lo siente?! – me recriminó la empleada. – ¡Que me lo hagan los salvajes de sus alumnos tiene un pase! ¡Poco pero lo tiene! ¡Pero usted…!

– Comprendo – dije lo más calmadamente que pude mientras me escabullía pasillo arriba. – No volverá a ocurrir.

Con un gruñido me liberó de sus críticas, al menos de las que pronunciaba en alta voz. Llegué a mi despacho y vi que habían dejado sobre la mesa un pequeño paquete envuelto en papel de embalar. Al abrirlo, descubrí una libreta azul que supuse que eran las notas de Kazu. En efecto, allí había tomado gran cantidad de apuntes, no todos ordenados, y en algunas ocasiones aprovechando el espacio como si creyera que no le iba a llegar. Por la forma, parecía algo similar a un diario de sus días en el Rukongai, pero a las típicas reseñas de la vida cotidiana se le sumaban anotaciones de carácter más bien científico, unas accesibles a mis conocimientos y otras que iban más allá y que, si quería entender, me obligarían a recurrir a personas más versadas en la materia, preferiblemente el mismo Kazu.

Más allá de aquello, de las páginas de aquel cuaderno fui entresacando pequeñas notas de ciertos aspectos que me resultaban interesantes y que me permitieron ir bocetando ligeramente una primera imagen del grupo en el que el ahora Oficial de la Duodécima División había pasado los días previos a su llegada al Sereitei y la Academia. Efectivamente, tal y como él me había mencionado, parecía que se trataba de una especie de culto científico-religioso de carácter bastante cerrado y secretista. Lo gobernaba un personaje al que conocían como Gran Maestro, cuyo nombre Kazu parecía ignorar, y su actividad se centraba en la experimentación científica a partir de las indicaciones del primero de los Grandes Maestros, cuyo legado, los legajos que agrupaban sus investigaciones, se veneraban como auténticas escrituras sagradas.

Aquello no hizo más que acrecentar mi interés en aquella organización y decidirme a considerarlo el siguiente punto de interés dentro de mis investigaciones. Lamentablemente, mi agenda estaba demasiado ocupada con el trabajo de dirección, al que aún me costaba acostumbrarme, especialmente a toda la burocracia que llevaba consigo. Decidí al fin enviarle una nota a mi nuevo “colaborador” en la que le citaba el día siguiente para comentarle mis impresiones y devolverle su cuaderno.

Mientras archivaba las notas recién tomadas en un cajón que había destinado especialmente para ello, paré mi mirada sobre un libro de hojas amarilleadas por el tiempo y sobriamente encuadernado en cuero. Era el diario de mi abuelo, el que contaba sus andanzas antes de llegar al Sereitei. Estaba escrito en aquel lenguaje rúnico que comenzaba ligeramente a entender gracias a la ayuda de Eylinn, pero que sabía que aún estaba a años luz de dominar.

– Pronto conseguiremos llegar al secreto, abuelo – susurré. – Pronto…

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