Akano 15 – Reencuentro
Acaba de comenzar mi primera clase del curso con los alumnos de primer. Estaba hablándoles, como era habitual en aquellas ocasiones, de mi concepción de la historia, presentando los objetivos del curso y el programa de la asignatura cuando mi pensamiento voló de nuevo, como había hecho a lo largo de toda la mañana, a la reunión que habíamos mantenido la noche anterior con Nakatoni, Xelloss y Soki.
Me obligué a mí mismo a reconducir mi atención hacia la clase y repasé con la mirada el aula mientras explicaba cómo sería el desarrollo del curso. Me sorprendió, de alguna forma, que hubiera un solo sitio vacío en todo el salón. No es que fuera importante, había dado clase a aulas llenas y a aulas casi vacías, pero la unicidad de aquella ausencia despertó de algún modo mi curiosidad.
Con la excusa de ir conociendo a mis alumnos, decidí pasar lista, aunque el verdadero motivo era conocer la identidad del ausente: Kagemusha Kara. La verdad, no sirvió de mucho. Ninguno de los nombres de los ausentes era especial o tenía relación con nadie que yo conociera. No tenían resonancias históricas como tenía, por ejemplo, el de Ludwig Wolf, el hijo menor de Banisher que, misteriosamente (como todo lo que envolvía últimamente a aquella familia) había recalado en la Academia en el más absoluto de su secreto, patrocinado por su abuelo, que no había mencionado nada de aquello, ni siquiera a mí o a mis padres.
Estaba escribiendo unas cuantas fechas en la pizarra que deberían recordar y a punto de despedir a mis alumnos cuando el sonido de la puerta abriéndose me indicó que la alumna ausente, había llegado al fin.
– Llega un poco tarde, ¿no cree, Kagemusha? – le reproché sin darme la vuelta en un tono entre amable y autoritario.
Me giré para saludarla de una forma un poco más amable. Aunque llevaba la cabeza gacha y no parecía atreverse a mirar al frente, el desnivel de la clase me permitió reconocerla y me embargó una profunda sorpresa. La impresión que me llevé al descubrir quién se ocultaba detrás de aquel nombre fue mayúscula. Era ella… ¡Era ella! ¿Habría llegado ya la hora?
Sí, no había duda. Se trataba de ella, de la niña a la que había estado esperando desde hacía ya veinte años. Pero no era la misma. Aunque su rostro seguía reflejando aquella inocencia primigenia que ya poseía el día en que la había encontrado encadenada en lo más alto de un edificio de ruinas en Kyoto, ahora estaba surcado también por las cicatrices que la vida que había llevado durante las últimas dos décadas en uno de los rincones más peligrosos y sanguinarios del Rukongai le habían infligido, unas cicatrices que no eran físicas, pero que su alma era incapaz de ocultar.
Nuestras miradas se cruzaron. La mía, atónita; la suya, turbada. Estaba seguro de que ella me había reconocido a mí del mismo modo que yo la había reconocido a ella. Podía verlo claramente en aquellos grandes ojos que me miraban fijamente y en la expresión de su rostro.
Quizás le pasó lo mismo que a mí. Quizás la realización de un encuentro esperado e idealizado durante dos décadas supuso una carga insoportable que nubló su conciencia. O quizá, simplemente, lo que yo recordaba como algo agradable (la liberación de su alma de las cadenas que estaban a punto de desgarrarle el corazón) era para ella un recuerdo cargado de temor (la condena a la vida en el infierno del Yorokonde.
Me intenté acercar a ella para consolarle, para explicarle que todo por lo que hubiera podido pasar era ya cosa del pasado. Avanzaba lentamente, pero aquello sólo aumentó su confusión y las lágrimas afloraron en su rostro
– Kage, ¿a dónde vas? – sonó una voz femenina al fondo de la clase.
De entre los bancos salió un joven académico, con el pelo castaño y encrespado que llevaba una cinta roja sobre la frente. Interpuso su brazo entre Kara y yo en una posición amenazante, como si me considerara un peligro del que debía proteger a su amiga.
– No se la acerque ni un paso más – me ordenó amenazante – No sé qué coño pretende pero la está jodiendo y eso no lo voy a permitir. ¡Kara, espérame afuera! – le gritó a su compañera.
– ¿Perdón? – le pregunté en un tono que correspondía al suyo. – Creo que eres tú el que se mete en mi camino…
– ¡Mi jodido nombre no le importa! – me gritó, antes de que pudiera terminar la frase. – Pero dé un paso más y me importa una mierda que me echen de aquí. ¡Kara!
Obedeciendo a su exaltado amigo, el tal Kage, ella giró sobre sus pies y huyó despavorida. Su defensor la siguió inmediatamente a toda velocidad por el pasillo mientras en la clase comenzaba a formarse un murmullo que iba de lo sorprendido hasta lo irreverente. El duelo que se había producido un instante antes había conseguido que se forjaran todo tipo de opiniones y no había dejado a nadie indiferente.
– ¡Voy a por ellos, Profesor Akano! – exclamó un alumno de melena negra recogida en una trenza.
Sin esperar a una confirmación por mi parte salió de clase provocando una incipiente carcajada en algunos sectores a costa de mi minada autoridad. Corté de raíz aquella impertinente burla, dejando claro que era algo que no pensaba permitir bajo ningún concepto en mi clase y opté por recompensar su descaro apurando hasta el final la hora inaugural de la asignatura por primera vez en todos mis años de profesor pero, sin embargo, mi atención había salido corriendo de clase junto a aquella joven y me vi obligado a abandonar la tentativa de prolongar la lección.
Mientras salían los alumnos de clase, llamé a Kyo y le pedí que llamara a la muchacha a mi despacho en el Departamento de Historia esa tarde, cuando terminaran las clases. Sería menos violento así que irla a buscar yo mismo después de lo que acababa de ocurrir.
– ¡Rido! – me llamó la voz de Nakatoni Josuke mientras abandonaba el aula para tomar un pequeño respiro antes de la siguiente clase.
Un suspiro hastiado mientras me giraba debió dejarle claro que el tema que habíamos discutido la noche anterior seguía sin hacerme gracia pero que estaba resignado a no pelearme con la mitad de la plantilla de la Academia y, mucho menos, si aquello suponía forzar la situación hasta convertirla (como estaba seguro que pasaría si me enfrentaba a Josuke, que tenía pocos reparos en imponer su voluntad aunque fuera a la fuerza sobre aquellos que osaban llevarle la contraria) en una orden oficial del Gotei 13 o, incluso, de la Cámara de los 46.
El viejo maestro, uno de los más veteranos en la Academia, apuró ligeramente el paso mientras los alumnos, especialmente los más nuevos, se apartaban reverencialmente ante la capa blanca que lo distinguía como uno de los trece Capitanes. Sólo aquellos de los cursos más avanzados, que ya se habían acostumbrado a tener a uno de los Capitanes como profesor, lograron disimular un poco más el temor que les infundía uno de los más severos profesores que había dentro del claustro.
– Dime, Josuke – respondí cuando ya estaba lo suficientemente cerca como para poder hablar discretamente. – ¿Qué quieres ahora?
– Hablar contigo de lo de ayer.
– Tengo clase en cinco minutos – afirmé, tratando de aligerar la conversación sobre un tema que me incomodaba. – Si eres rápido, vale. Si no, tendrá que ser en este momento.
– Mejor ahora – dijo solemnemente. – Busca alguien que te sustituya…
– No, Josuke – rebatí. – Tengo clase en otro momento y…
– Preferiría no tener que decir esto como una orden de un Capitán – amenazó. – Preferiría considerarlo una invitación.
Resoplé, visiblemente molesto por su actitud. Tendría que ceder. Aunque él no fuera mi Capitán, seguía teniendo potestad sobre los oficiales por debajo de él. Aunque allí dentro fuéramos completamente homólogos, la capa blanca que descansaba sobre sus hombros le concedía una cierta autoridad sobre el resto de profesores, que no pasaban del rango de Tenientes (y ése era el caso único de Xelloss) que no dudaba en usar si era necesario.
– Está bien – cedí. – Déjame…
– ¿Te espero en mi despacho en cinco minutos? – preguntó con una sonrisa un tanto falsa.
Asentí mientras me alejaba hacia el Departamento. Aunque fuera una clase de presentación del curso, no me hacía mucha gracia no ser yo quien la impartiera. Afortunadamente, la única persona libre en aquel momento no era otra que la que mejor me podía sustituir si se trataba de Historia reciente de la Sociedad de Almas: Alamez, una oficial de la Decimotercera División que había accedido al profesorado poco antes que yo y que se compaginaba conmigo para impartir las asignaturas de Historia de la Sociedad de Almas.
Aceptó gustosa la sustitución y yo pude encaminarme, menos animado, hacia el Departamento de Almas, el feudo académico de Nakatoni Josuke. Aquella sección de la Academia se ocupaba de todo lo relacionado con los distintos tipos de almas, desde el estudio de las características propias de cada clase de espíritus, hasta las Zampakutous, la metempsicosis o el tránsito entre los distintos mundos.
No había pisado muchas veces aquel recinto, que se encontraba en un edificio apartado del principal de la Academia, pero siempre que lo había hecho un escalofrío había recorrido mi espalda por lo siniestro de un lugar en el que, entre otras cosas, se investigaba acerca de la naturaleza de los hollows en estrecha colaboración con la Duodécima División.
Quizás fuera que algo de la putrefacta esencia de aquellas bestias salvajes e insaciables que eran nuestros mortales enemigos estuviera impregnada en aquellas paredes, pero no era, en cualquier caso, una sensación agradable.
– Bienvenido – me recibió el Capitán de la Quinta División. – Por favor, siéntate.
– Al grano, Josuke – le insté mientras tomaba asiento en la butaca que me ofrecía.
– Quería hablar de lo de ayer – explicó. – Reconozco que fuimos bruscos…
– Bastante – asentí. – Sabes que no me gusta para nada ese tipo de responsabilidad. Lo sabes perfectamente.
– Nadie mejor que yo – suspiró, aludiendo a los viejos tiempos. – Eres un líder nato, pero también eres anárquico, irresponsable, impulsivo, das prioridad a tus sentimientos sobre tu deber…
– Todo lo que has dicho es suficiente como para invalidar mi candidatura – alegué. – Así que no hay mucho más de que hablar…
– Realmente… Confío en que la gente cambia con el tiempo, ¿sabías? – continuó sin prestar atención a mi argumento. – Creo que he confundido el tiempo verbal… Más bien, quería decir que eras todo eso. Desde que volviste a la Sociedad de Almas… – comenzó a decir, aunque luego se paró, inclinó la cabeza hacia un lado y sonrió con la misma ambigüedad que había demostrado al invitarme a reunirme con él en su despacho. – Realmente parece que la muerte te ha sentado muy bien.
– Realmente te divierte esa clase de comentarios, ¿verdad, Josuke?
– Oh… Vamos, vamos… – se disculpó de una forma un tanto teatral. – No era mi intención ofenderte… más bien todo lo contrario.
– Sí, ya… – repliqué cínico.
– Y bien… ¿has pensado en lo que te dijimos ayer?
– Casi no he dormido dándole vueltas – reconocí, en un tono crítico. – ¿Por qué ahora?
– Ya te lo explicamos, la Cámara de los 46…
–No, no – le interrumpí. – Habéis estado aplazando la decisión… ¿Cuánto? ¿Meses?
– Más o menos…
– ¿Entonces por qué la noche anterior a que comenzaran las clases? ¿Por qué no la semana pasada? ¿Por qué no a comienzos del verano?
– Porque no fue posible. No había un candidato que…
– ¿Y ahora sí? – le volví a cortar. – Vamos, Josuke, no me jodas… Los dos somos mayorcitos ya.
– La verdad es que no es una decisión muy popular – confesó. – La Academia funciona bien como estaba funcionando y no era necesario.
– Y les disteis largas. Hasta ahí lo entiendo pero sigues sin responder a mi pregunta.
– Sabes bien que no es bueno enfrentarse a los cuarenta y seis. Así que…
– Que soy la solución de emergencia – completé la frase. – Mi discurso fue bonito e inspirador… así que yo mismo, ¿por qué no?
– No me gusta ese tono de reproche, Rido…
– Nunca te ha gustado – seguí. – ¿Por qué no tú? Eres Capitán, tienes jurisdicción sobre todos los profesores en función de eso… Por así decirlo, ya eres el “Director”.
– El Director de la Academia no puede ser miembro del Gotei 13 – estableció. – Nunca lo ha sido.
– Eso no es vinculante.
– Me da igual – se encogió de hombros. – No seré yo el que… Acepta el puesto y punto, Rido. Si no…
– ¿Vuelves a amenazarme?
– Si no te lo impondrán desde el Gotei – terminó la frase. – Es mejor que la decisión sea íntegramente del claustro.
– Como si esto que estás haciendo fuera una decisión libre…
– Lo es… Sólo soy el portavoz – indicó. – Fue Xelloss el que te propuso ayer por la tarde y Mitsuko secundó la decisión. Ya oíste a Db…
– O sea, que no tengo elección…
– Podrías rechazarlo… pero a estas alturas ya ha sido informado el Gotei 13…
– ¡¿Ya?! ¡¿No era la semana que viene?!
– Sí, bueno… La semana que viene se hará oficial en la Junta de Gobierno, pero…
En la particular diplomacia de Josuke y del Gotei 13 en general, aquello significaba que no había remedio, que ya estaba todo hecho y que sólo restaba esperar a que se hiciera público y oficial que, a partir de ahora yo sería el máximo mandatario de la Academia y responsable de la formación de las futuras generaciones de Shinigamis.
Salí de su despacho sin siquiera darme cuenta de que estaba atravesando el mismo lugar que siempre me producía aquella extraña sensación como si estuviera penetrando en el mismísimo Hueco Mundo. Meditaba sobre la dirección a seguir en los próximos días, meses, años… haciéndome a la idea de que era inevitable el nombramiento del que iba a ser objeto.
Era ya la hora de comer, así que no entré en el edificio principal de la Academia, sino que me dirigí directamente al comedor. Allí me esperaban ya, como siempre, Xelloss, Bone y Mitsuko. Sólo faltaba Db para completar nuestro particular grupo, pero, en teoría, aquella semana no aparecería aún por la Academia. Por eso me sorprendí cuando lo vi entrar, ojeroso y bostezando en el gran salón mientras aún me servían la comida en aquel sistema de autoservicio.
– Buenos días… – saludó, visiblemente cansado.
– ¿Y tú? ¿No librabas?
– No te lo vas a imaginar – respondió. – Los obreros estuvieron trabajando toda la noche para que estuviese todo funcionando esta mañana… Me mandaron una mariposa infernal y…
– No pudiste poner ninguna excusa – completé. – Pues vaya jodienda…
– Malditos hábitos nocturnos de Eliaz… – se quejó mientras nos acercábamos a la mesa.
– ¿Fuiste entonces a su casa?
– ¿A casa de quién? – preguntó Mitsuko, que había captado la pregunta.
– A la tuya – respondí. – Tu marido no le dejó dormir y así está el pobre…
– ¿Pero no habías dicho que tenías libre?
– Tenía. Tú lo has dicho – bostezó. – Tenía… Más vale que cambies este tipo de cosas ahora que eres el que manda, ¿eh, Rido? – se giró hacia mí. – Por el bien de los prof… alumnos.
– ¡Es cierto! – exclamó Mitsuko, abriendo mucho los ojos, como si se hubiera recordado algo de pronto. – ¡Enhorabuena!
– Ya… – acepté la felicitación en un tono un tanto lacónico. – Gracias… Supongo.
– ¿Sigues con las mismas de ayer? – preguntó Xelloss. – Ni que te fueran a mandar a la cárcel…
– Os dije miles de veces que ese tipo de responsabilidades no me gustan nada – les recordé. – Por eso rechacé la coordinación de las prácticas, por eso no quiero aceptar esto – razoné. – Además, como si no tuviera demasiado trabajo ya con la Dirección del Departamento, ahora tendré más y tendré que vigilaros a vosotros… y a Josuke.
– Lo tienes cruzado… ¿Hace cuanto ya? – rió Xelloss.
– Mucho – terció Bone. – Pero es totalmente lógico, lo que el viejo le hizo a Rido no tiene nombre.
– Y lo peor de todo es la de precioso tiempo de investigación que voy a perder… – protesté y me giré hacia Db. – ¿Te sirvió de algo trasnochar, al menos?
– De nada – murmuró él en un tono neutro. – Si sabe algo no me lo quiere decir… Dice que tú tienes las mismas certezas que él.
– Genial – sonreí.
– ¿Genial? – se sorprendió Db. – He perdido una noche de sueño para… nada.
– No te creas… – le corregí. – Si él ha dicho certezas, lo ha dicho por algo. Tiene algo en mente seguro, alguna sospecha… Eso de por sí ya le estimula para investigar, pero si aún encima sabe que nosotros queremos averiguarlo se esforzará más… aunque sólo sea para la gloria de “prestarnos sus investigaciones”.
– ¡Oye! – se quejó Mitsuko, entre divertida y ofendida. – Te recuerdo que estás hablando de mi marido…
– Como si no lo conocieras tan bien como yo… – me reí. – Sabes que es así.
– ¿Qué andáis investigando? – preguntó el Teniente de la Cuarta División.
– Culturas y saberes antiguos – expliqué sin entrar en mayor detalle acerca de lo de los Fundadores. – Seguro que hay más pueblos como los Wolf y seguro que si los estudiamos conseguiremos entender mejor a Nadie…
– Eso sin olvidar que Nadie se construyó sobre los Ashartîm… o al menos ellos tuvieron una buena parte en la organización – concluyó Bone.
– ¿Nadie? – preguntó Xelloss. – Hace tiempo que pasó la amenaza.
– También pasaron siglos entre la caída de las casas nobles y la muerte de Rido – observó Bone.
– Y yo creo que puedo ayudaros… – susurró Mitsuko, que parecía pensativa, como si buscara en su memoria algo importante. Db, Bone y yo nos giramos hacia ella, expectantes. – Kazu… preguntarle a él, seguro que os ayuda.
– ¿Kazu el hermano de Ari?
– No es que hable mucho del tema, – continuó, después de asentir confirmando mi pregunta – pero mencionó algo acerca de unos escritos antiguos en una investigación en la que colaboramos.
– ¡Gracias, Bicha! – exclamé, sonriente, mientras le plantaba un beso en la frente.
– No me llames bicha…
Terminamos de comer y volví al despacho acompañado por Bone. Por el camino, me preguntaba acerca de mi reunión con Nakatoni, de la que se había enterado al irme a buscar a clase para comer y encontrarse en mi lugar a Alamez. Le confesé todas mis impresiones y recelos y, aunque él no sabía que decir, al menos me sirvió como desahogo.
– ¿Qué va a pasar con el Departamento?
– Me parece que voy a tener que elegir entre la Dirección y las clases – contesté. – Y si tengo que elegir creo que es obvio… Nombraré a Alamez directora – anuncié, deteniéndome para observar su reacción ante una noticia que lo desconcertaría.
– ¿A Alamez?
– Sí, lo estuve pensando mientras terminaba de hablar con Josuke – expliqué. – Es la más indicada para dirigir el Departamento de Historia de la Sociedad de Almas.
– “Historia” – precisó. – “Departamento de Historia”.
– A eso iba – sonreí. – ¿Creía que me había olvidado de usted, Señor Director del nuevo Departamento de Estudios Mortales?
– ¿Qué?
– Es necesario… Hasta ahora estaban juntos porque… porque al no haber una cabeza no se podían hacer cambios de este tipo… pero ahora sí – le dije. – Aligerará la carga del departamento y os permitirá una mayor autonomía.
Elucubramos sobre el futuro un buen rato, sentados en las butacas de mi despacho delante de sendas tazas de té. Parecía él más ilusionado que yo con el giro que estaban tomando los acontecimientos. Tanto que hasta se me ocurrió que podría redirigir hacia él mi candidatura, si no fuera porque una vez presentada al Gotei era irreversible.
Una media hora, o quizás más, después, unos timidísimos golpes en la puerta nos distrajeron de nuestra conversación y me indicaron que la visita esperada ya había llegado. Pedí a Bone que abriera la puerta y me disculpara, pero que era una conversación importante. Así fue y el oficial de la Novena División nos dejó solos, sorprendido de que, ya el primer día, una alumna de primero asistiera al despacho de un profesor cuando era algo que le costaba hacer incluso a los alumnos más aplicados de sexto curso.
– ¿Eylinn?
– Er… sí… – contestó sorprendida por la extrañeza con que la miraba. – Db me dijo que estarías aquí. ¿Molesto?
– No… no… – sacudí la cabeza. – Es que…
– Esperabas a alguien…
– Exacto.
– A la chica de esta mañana, la de clase… – siguió adivinando, con una mirada pensativa. – No sé su nombre.
– Buena suposición – la felicité.
– No, estaba con Kyo cuando fue a darle el recado – sonrió, como si hubiera ganado una batalla. – No creo que venga.
– ¿Cómo lo sabes?
– Lo vi en su cara… Esas cosas se saben – sentenció. – ¿Por qué es tan especial?
– ¿Especial?
– Sí, especial. Se te nota – advirtió. – No es una alumna más…
– ¿Entre nosotros dos?
– Entre nosotros dos – confirmó.
– Pues… verás… – comencé. – Esto ocurrió hace veinte años más o menos…



Viernes, 16 mayo, 2008, 11:41 | 


