Akano 14 – This is the dawning of a new era
Como Director del Departamento de Historia, aquel año me tocaba, dar el discurso de bienvenida y apertura del curso. Siempre había sido Yvan mientras estuvo vivo el que se encargó de aquel cometido, ya que hacía décadas que la Academia no contaba con una dirección fija y era coordinada por los distintos Departamentos trabajando en conjunto, y nunca más nos había tocado después de su muerte.
Aunque aquel estaba pensado para ser un acto al que acudiera todo el mundo, el devenir de los tiempos había conseguido que aquello se convirtiera más bien en una formalidad que sólo reunía al claustro de profesores y ni siquiera en su totalidad.
Prepararlo me había dado, al menos, la excusa para abstraerme de aquellos luctuosos momentos posteriores a la muerte de Nalya y del revuelo que se había montado en el Sereitei a raíz de lo que había pasado en Yorokonde, que se había convertido en un gran secreto que aún no había llegado a conocer en su totalidad aún cuando yo había sido el que diseñara la estrategia.
Había habido cambios en muchas divisiones, motivados en general por la necesidad de reforzar los escuadrones que, se suponía, se presentarían en primera línea de batalla en caso de una guerra abierta.
Siguiendo ese espíritu, de nuestra División se habían marchado Ari, que había sido trasladada a la Undécima División, e Hisoka, que había sido destinado a la Tercera. A aquellas dos bajas se unía también la de nuestro Teniente, Chrno, desaparecido inmediatamente después del funeral por mi amiga.
Para compensar aquel movimiento, Db había sido reasignado a nuestro escuadrón, abandonando así la capitanía en funciones de la Décima División que ostentaba desde el cese de Yuta y el exilio de los oficiales de más rango de aquel grupo.
Pero no sólo los cambios nos afectaban a nosotros. Muchos de los oficiales de otras divisiones eran trasladados a la Tercera, la Undécima o la Decimotercera, incluidos aquellos que parecían inamovibles de sus puestos. Así, Raylon, de la Sexta, o Lone, el antiguo Capitán de la Séptima División hasta que había renunciado al cargo unos años antes a favor de Hanataroü, habían sido trasladados a la Decimotercera, bajo las órdenes de la Capitana Ela.
Llegó el día en que debía pronunciar mi discurso. Como era de esperar, los Directores de Departamento y muchos de los profesores, aunque no todos, eran mi única audiencia. Ya ni siquiera se invitaba a los alumnos así que no me sorprendí siquiera mientras me encaminaba al estrado y los miraba fijamente los rostros de los allí presentes.
Había preparado un discurso muy protocolario y solemne en el que exaltaba los valores de la Academia, pero que no se salía de lo que se podría llamar el guión establecido y que prácticamente nunca había variado en los años que llevaba allí… Sin embargo parecía ya pasado de moda y… ajeno a la realidad.
Dejé los papeles a un lado, dispuesto a olvidarme de lo que había escrito y respiré profundamente antes de comenzar mi alocución saltándome los debidos saludos que marcaba el protocolo y pasando directamente a la idea que me rondaba la cabeza desde hacía varios días y que no me había atrevido a pasar por escrito.
– Vivimos tiempos recios – comencé, cogiendo a todos de sorpresa al haberme saltado el guión establecido. – Vivimos tiempos recios en los que la dirección que tomemos ahora marcará el destino de generaciones y generaciones de Shinigamis… si es que llega a haberlas.
Muchos de los presentes, que parecían estar allí simplemente por cumplir, comenzaron a atender al ver que no se trataba de lo mismo que se hacía siempre. Otros, los más conservadores, menearon la cabeza en señal de desaprobación o como si ya se temieran que el excéntrico Director del Departamento de Historia volvería con alguna de sus teorías estrambóticas, como aquellas que ya tenía cuando era su alumno.
– Los sucesos que hemos vivido este último mes y de los que supongo que estáis enterados, aunque sea de una manera muy general debido al secreto que se ha cernido sobre lo ocurrido, han tirado por la borda todas nuestras creencias acerca de nuestra seguridad que habíamos tenido desde tiempos inmemoriales.
»“No es la primera vez que nos atacan”, diréis algunos. Tenéis razón, no es la primera vez y, probablemente, tampoco será la última aunque yo esté equivocado en mis presagios – continué. – En cualquier caso… no nos hemos reunido aquí para hablar de cómo gobernar el Sereitei, eso es competencia de los cuarenta y seis sabios.
»Estamos aquí para hablar de nuestra noble y venerable institución académica. Hablemos de futuro – sonreí. – Es curioso, ¿verdad? Un profesor de historia hablando del futuro… eso sería más propio, aunque en otros términos, de mis queridos amigos del Departamento Tecnológico. Estoy seguro de que mi estimadísimo profesor Deiss nunca cometería una imprudencia como esta…
»Pero también estoy seguro de que sois conscientes de que las imprudencias y yo solemos ser buenos compañeros… especialmente los que habéis sido mis profesores – bromeé. – Así que… ¿por qué no? Hablemos de futuro.
»¿Qué nos depara el tiempo que viene? ¿Qué podemos o debemos esperar? – pregunté de un modo retórico. – Os lo dije al comienzo, vienen tiempos recios: guerra, crisis… quién sabe si algo peor. Lo cierto es que sería temerario incluso para mí hacer un vaticinio acerca de lo que vendrá, porque nadie conoce lo que está escrito en los corazones cambiantes de los hombres.
»Es necesario que nos preparemos, en cualquier caso, frente a cualquier adversidad – advertí. – Lo sabéis, llevo tiempo estudiando una de las mayores amenazas que han azotado al Sereitei desde que tenemos datos. Os puedo asegurar que lo que sucedió en la comarca conocida como Yorokonde y lo que he podido averiguar en los últimos meses me hacen vaticinar algo mucho peor que la simple amenaza de un grupo terrorista – sentencié, procurando imprimir a mis palabras un tono misterioso. – ¿Qué? No lo sé… pero espero averiguarlo a no muy tardar. Pero dejo esto encima de la mesa… ¿Es el grupo terrorista conocido como Nadie nuestro verdadero enemigo… o es que hay algo más, mucho más de lo que nos hemos atrevido a soñar?
Suspendí el hilo del discurso, buscando un efecto en las miradas de mis compañeros. Las reacciones eran bien diversas. Bone se llevaba las manos a la cabeza como queriendo indicar que había ido demasiado lejos incluso para mí, Db escuchaba entusiasmado como si de otra de mis historias surrealistas se tratase, el profesor Nakatoni, Director del Departamento de Almas y Capitán de la Quinta División, me miraba réprobo…
No estaba cumpliendo mi objetivo. Lo sabía. Me había desviado del tema central de lo que pretendía exponer y me había entretenido demasiado en exponer unos detalles que sólo parecían tener sentido para mí. A muchos podría explicárselo mucho más detalladamente después, pero no en un ámbito como aquel. Abandoné el estrado, restándole solemnidad a lo que me quedaba de discurso, y me abrí de brazos al tiempo que me encogía de hombros.
– Lo sé, lo sé – admití, asintiendo. – No era esto lo que esperabais en un discurso de apertura. Seguramente os esperabais un elogio de la Academia, un recorrido por su historia o algo muy por el estilo. Eso es más o menos lo que había escrito en estos papeles – esgrimí el montón de hojas que había dejado en el atril.
»En cualquier caso… – resoplé. – Supongo que debería dejarme de teorías acerca del futuro más incierto y volver la mirada al presente, al pasado y al futuro más próximo. Sabéis perfectamente, cualquiera que haya asistido alguna vez a mis clases lo sabe, que tengo la firme convicción que sólo conociendo el pasado (conociéndolo, no construyéndolo a nuestro antojo) podemos entender el presente y preparar el futuro… Así que como mi pretensión con estas palabras era prevenir y hacer un llamamiento ante la posible (posible, no hipotética) llegada de tiempos peores y catastróficos, hablemos del pasado y preparemos el futuro.
»Esta nobilísima y antiquísima institución – retomé el discurso, imitando el tono solemne de los discursos habituales – la Academia, fue creada con el objetivo de formar en ella a los que, un día serían Shinigamis. Esa es nuestra misión, ese es nuestro objetivo pero… ¿Qué es un Shinigami?
»Un amigo mío me dijo una vez que los shinigamis somos los compañeros inseparables de la muerte – recordé una vez las palabras de Yonas. – Al fin y al cabo… somos los “dioses de la muerte”. Sin embargo, yo aún diría más somos dioses de la vida. Sí, “de la vida”, habéis oído bien. Porque nuestra socia es la muerte sólo a los ojos de los hombres mortales, pero nosotros sabemos que va mucho más allá, que esa muerte es, en realidad, vida…
»Así que… nuestro trabajo es forjar dioses o señores de la vida – recapitulé. – Pero eso no es algo que se consigue así, sin más, de la nada. Los shinigamis no aparecen por generación espontánea: son jóvenes, los más talentosos del Rukongai, a los que debemos convertir en señores de esa vida que pregoneros.
»Todos conocemos el Rukongai – afirmé. – Conocemos la miseria en la que se vive y conocemos o hemos vivido historias penosas, de miedo… Incluso la llegada de muchos a la Sociedad de Almas se produjo de una forma traumática. Yo me suicidé en el mundo mortal – señalé, mostrando los guantes que cubrían mis antebrazos – y no soy el único entre los presentes. Otros casi perecen devorados por un vacío…
»En resumen, la vida de estos jóvenes a los que debemos educar ha estado cargada de problemas. Si queremos aspirar a cumplir nuestra misión debemos fijarnos en todos estos aspectos, conocer de verdad a quiénes debemos formar y, sobre todo, realizar una formación integral, que aúne todas las dimensiones del proceso…
»Sí, una formación integral – insistí. – Una formación que escape, sin renunciar a potenciar las capacidades innatas de cada cual, a la excesiva especialización. No podemos permitirnos más bestias sanguinarias que sólo saben blandir una espada pero que sin ella son completamente inútiles – indiqué, parándome en la figura de los profesores de combate cuerpo a cuerpo. – No podemos permitirnos endebles hechiceros incapaces de combatir a corta distancia… ni sabios directamente incapaces de combatir.
»Si queremos estar preparados todos nuestros shinigamis, nuestros alumnos, deben ser más que aptos en todas las disciplinas – sentencié. – Si su misión va a ser proteger esta tierra, si su misión será defender a quienes no pueden defenderse… Nada más necesario.
»Evidentemente, el conocimiento de siglos de experiencia nos dice que no hay dos shinigamis iguales – seguí. – Unos somos más aptos para una serie de disciplinas que otros. Pero eso no justifica que haya entre nosotros personas a las que les cuesta ejecutar artes demoníacas de niveles relativamente bajos, otros a los que un combate cuerpo a cuerpo les supone una seria desventaja sea cual sea el rival.
»¿Debemos permitirlo? O lo más importante, ¿cómo debemos conjugar formación integral con las capacidades de cada cual? Me limitaré a dejar planteada la pregunta porque el tiempo se podría agotar antes de encontrar la respuesta acertada – dije, evadiendo el mal trago de tener que proponer soluciones.
»Igualmente me gustaría advertir de un hecho en el que me he percatado en la reciente experiencia de la pérdida de Nalya – añadí. – Necesitamos potenciar el estudio de una de las áreas más denostadas de nuestros estudios: – paseé mis ojos por la sala hasta que topé con Xelloss – las artes médicas.
El Teniente de la Cuarta División, que dirigía el pequeño Departamento de Medicina que se encargaba las optativas necesarias para poder optar a ser un miembro de su escuadrón, se sonrió sorprendido de tal ocurrencia y aprobó con un gesto afirmativo de su cabeza.
– No podemos depender de la Cuarta División en todas las ocasiones – alegué. – Muchas veces no llegarán a tiempo. Morir en batalla es un honor, sí, – acepté, ante las reacciones de algún miembro de la Undécima División que se encargaba del cuerpo a cuerpo – pero morir por morir es estúpido. Un combate más, una batalla más… Pero si ellos no están ahí para sacarnos las castañas del fuego… no habrá más batallas.
»Si aún queda alguien que considere esto que nos traemos un juego… – concluí, recorriendo la sala y los rostros de mi audiencia con la mirada. – El que aún piense eso… que sepa que el juego ha terminado. Es la hora de la verdad. Debemos construir nuestro edificio, nuestro futuro, sobre roca firme, con cimientos fuertes, no sobre arenas que se lleva el viento.
No quise prolongar el discurso, no tenía sentido. Entre muchos de los allí presentes, probablemente, había aumentado mi reputación de profeta de calamidades un tanto conspiranoico y apocalíptico. Tampoco me importaba esa fama; en cierto modo, hasta podría decirse que me la había ganado a pulso desde los sucesos posteriores a la muerte de mi abuelo.
Como era de esperar, las reacciones fueron muy diversas, a juzgar por los rostros de los espectadores, pero nadie eludió el protocolario aplauso que solía acompañar a la conclusión de las conferencias y que nada tenía que ver con si habían caído bien o mal en la audiencia.
Recogí con calma mis cosas y dejé tiempo para que la gente fuera abandonando la sala. Paseé mi mirada tranquilamente por el local antes de dirigirme lentamente a la puerta, paseando la mirada por el local y dándome cuenta de que el día siguiente ya comenzaban las clases y la rutina normal para un profesor como yo. A la salida, Db y Bone me esperaban para regresar juntos al Cuartel.
– Barbas… – murmuró Bone.
– Lo sé, lo sé – me reí. – Demasiado para estos viejos.
– ¿Pero estás seguro de lo que decías al principio? – preguntó Db. – Ya sabes… lo de los tiempos recios y tal y cual…
– ¿Seguro? – repliqué. – Define estar seguro… Si te refieres al tipo de seguridad que exigiría Soki a uno de sus subordinados… no. Son meras suposiciones que aún tengo que confirmar… pero es bastante probable que…
Algo de lo que tenía confirmar era el contenido del diario de Kumhard Åska, por si había algún detalle que, uniéndolo a los otros diarios que había recuperado y que abarcaban sus años de Capitán, pudiera arrojar luz sobre todo aquello, y para ello necesitaba de la ayuda de Eylinn para que me ayudara a aprender a leer las runas.
– ¿Cómo está Eylinn? – me interesé, cambiando de tema radicalmente.
– Aprobó el examen y lleva desde entonces en la Academia – respondió. – Fue duro… pero conseguimos que aprobara…
– ¿Duro? ¿No tiene talento?
– No, no es eso – aclaró rápidamente. – Pero no había oído hablar jamás del reiatsu ni había empuñado una espada en su vida. Hubo que empezar de cero.
– Ah, bueno…
– ¿De quién habláis? – preguntó Bone.
– De Eylinn – contestamos Db y yo al unísono.
La cara de póker de nuestro amigo dejó claro que no había llegado a conocer a la que sería su nueva alumna. Sus ojos iban de Db a mí y volvían al principio, escrutando nuestras palabras para saber a quién nos referíamos.
– Será tu nueva alumna este año – se lanzó el Director del Departamento de Kidoh. – Rido la encontró mientras estaba en el Rukongai…
– Una larga historia – intervine, ante la inminente pregunta. – Os lo explico todo más tarde, con todo delante, porque hay más cosas que os quiero contar. Así entendéis a lo que me refería antes.
– ¿Con todo delante?
– Nos reunimos en la Biblioteca del Cuartel después de la cena y os lo cuento todo, con calma, ¿de acuerdo?
Los dos asintieron y cambiamos de tema hasta que llegamos al Cuartel. Como quedamos, tras la cena nos juntamos los tres en el lugar indicado. Con los diarios de mi abuelo delante y el de Kumhard Åska pasando de mano en mano mientras ambos oficiales observaban las runas tan ininteligibles para ellos como para mí, les expliqué todo lo que había pasado desde que salí del Cuartel con el encargo de encontrar a Nalya, a excepción de una serie de detalles que decidí guardarme para otro momento, como lo de la abuela de mi madre o las historias acerca de los fundadores, el quid de la cuestión, que reservaba para más tarde.
– Lo tuyo es increíble – bufó divertido Bone. – Ahora va a resultar que tienes familia en medio Sereitei.
– No diría yo tanto – rebatí sonriente. – En cualquier caso lo importante no es eso… Heimdolf, el sacerdote del poblado, y Kaiser me contaron dos historias muy parecidas – expliqué. – Ambas hablan de los padres de sus pueblos y de una misión que les fue confiada.
Les conté, tal y como los había recibido, los dos relatos y esperé a que ellos mismos sacaran sus conclusiones. Db permanecía reflexivo en su asiento, mientras Bone, cuya mente parecía bullir de actividad, se levantó frenéticamente en busca de la última edición del Gran Compendio de Historia que había elaborado Deiss hacía ya siglos y en cuya última revisión había intervenido yo activamente.
– Si lo que pienso es cierto… – silabeó Bone mientras pasaba las hojas – Y estoy seguro de que tú ya has pensado más o menos lo mismo… Entonces… – se paró en un viejo mapa, que databa de hacía milenios, probablemente del tiempo de los fundadores, lo que indicaba que se hacía una idea bastante aproximada de lo que podía estar pasando. – Podría ser que… aquí, – señaló el extremo oeste, en el que, en un gran lago al que prácticamente se le podía considerar un mar confluían varios ríos – aquí – indicó los páramos del extremo oriente – o… bueno, en otros puntos encontremos vestigios de algo parecido.
– No te apresures – le corté. – Ya pareces yo…
Db, que se había mantenido en todo momento en un meditativo silencio, no pudo evitar estallar en una sonora carcajada que hirió de muerte la debida quietud que se debía mantener en aquel lugar mientras Bone se sentaba no muy convencido de la justicia de mi interrupción.
No es que estuviese equivocado, probablemente estuviera en lo cierto, a juzgar por los puntos que había señalado en el mapa. Para haber sido una reflexión cuasi-febril sus sugerencias parecían bastante razonables.
– No digo que esté mal – hablé, con una sonrisa. – Pero creo que no es momento de precipitarse.
– ¿Pretendes que nos quedemos quietos y esperemos a ver qué pasa? – exageró Headbone.
– No, hombre, no – repuse. – Sólo digo que no es plan de ir dando palos de ciego así porque sí.
– Si esto es verdad… – comenzó Db. – Si esto es verdad probablemente explique esa extraña magia de los Nadie.
Bone y yo nos giramos rápidamente hacia él. Desde que había conocido aquello había casi descartado a Nadie del primer puesto de mis preocupaciones. A excepción de su nombre, la organización se había difuminado en el imaginario colectivo y, con ella, la cuestión de aquella extraña hechicería arcana que me había preocupado durante bastante tiempo había quedado reducida a un vago recuerdo hasta que Db la rescató.
– ¡Eso es! – proclamé. – ¡Eso podría explicarlo! Db… te quiero.
– Deberíamos confirmarlo – apuntó Bone, que había decidido optar por la vía cauta después de su intervención anterior. – ¿Cómo?
– La clave para Nadie la tiene que seguir teniendo Eliaz – sentencié. – La cuestión es que todavía no ha conocido los secretos de su familia o… no quiere compartirlos. Tendría que hablar con él… pero estos días no tengo tiempo.
– Lo hago yo, que estos días no tengo clase – se ofreció. – Estamos reformando el campo de prácticas y no tenemos clase de Kidou hasta dentro de una semana.
– ¡¿Vamos a meter a Eliaz en la investigación?! – protestó Bone.
– Es hijo de Sadoq Asharet… es imposible sacarlo fuera de la investigación – alegué, consciente de las eternas diferencias entre él y el heredero de los Ashartîm.
– Está bien – concedió Headbone. – Pero que conste mi queja… no me apetece aguantarle mucho.
– Está bien, está bien… – le di unas palmadas en la espalda. – Ya pasó…
– ¿Oficial Rido? – interrumpió un shinigami raso que, si mi memoria no me fallaba, estaba haciendo guardia en la puerta cuando llegamos. – Los Capitanes Sora y Nakatoni y el Teniente Xelloss están esperándole en la puerta.
– ¿El maestro Nakatoni, Soki y Xelloss? – pregunté sorprendido, mirando a mis dos compañeros que se encogieron de hombros. – Tráelos hasta aquí, no los dejes fuera – sugerí.
Poco después llegaron los tres altos mandos y se reunieron conmigo en la Biblioteca. Db y Headbone se levantaron con la intención de dejarnos solos, pero Nakatoni les indicó que como concernía a la Academia era hasta conveniente que ellos permanecieran allí.
– He estado meditando sobre lo que has dicho esta tarde – rompió el silencio el Capitán de la Quinta División.
– Sé que pudo sonar fuerte a tus oídos, Josuke…
– Lo hizo – me interrumpió, recuperando ese viejo hábito de llevar él siempre la iniciativa en las conversaciones. – Pero su fuerza no quiere decir que me haya parecido mal… sólo chocante.
– Eso es un halago viniendo de ti – nos reímos a la vez Bone y yo.
– La cuestión es la siguiente: – intervino Soki, que seguramente deseaba regresar cuanto antes a su Cuartel y descansar, su actividad favorita – hace unas semanas que la Cámara de los 46 nos instó a elegir un Director para la Academia. Josuke era nuestra principal opción.
– ¿“Era”? – preguntó Db.
– Hasta esta tarde – concluyó Xelloss.
– Ya veo por dónde van los tiros y no me gusta…
– Eres el más indicado – sentenció, para mi sorpresa, el hombre con quien más problemas había tenido durante mi etapa como académico. – Y lo que dijiste hoy lo demuestra.
– Rechacé hace años encargarme del puesto de Deiss en el programa de prácticas porque eran demasiadas responsabilidades…
– Alguien tiene que encargarse.
– Tú, por ejemplo, Josuke…
– Yo estoy viejo y soy Capitán – alegó. – Debes ser tú.
– No puedo renunciar a mis clases – objeté.
– No tendrás que hacerlo – explicó Xelloss. – Seguirás siendo profesor, aunque te librarías de la Dirección del Departamento – añadió mirando hacia Bone.
– Tres Departamentos te apoyan – apuntó Soki. – Josuke, Xelloss y yo ya lo hemos hablado, Mitsuko lo secundará, ya lo he hablado con ella.
– Cuatro – se sumó Db. – Kidoh también se apunta.
– Sólo faltaría Cuerpo a Cuerpo e Historia…
– Yo no pienso votar a mi favor – señalé.
– No hará falta, cuatro de seis…
– ¿Me dejáis pensarlo por lo menos?
– El nombramiento se hará oficialmente la semana que viene en el claustro de profesores – anunció Josuke. – Medítalo… pero nuestra postura es firme.
– O sea… que no tengo mucha opción.
Me levanté de aquella improvisada reunión entre asustado, consternado y contento. Contento porque parecía que habíamos conseguido avanzar en nuestro conocimiento de la situación, no mucho, pero compartir mis hipótesis con mis dos compañeros me había ayudado a estructurarme y habíamos ampliado nuestro campo de búsqueda.
Consternado porque no conseguía hacerme a la idea de lo que me esperaría a partir de entonces. ¿Director de la Academia? Estaba convencido de que aquel puesto no estaba hecho para mí. Era demasiada responsabilidad y no sabía si estaría capacitado para asumirla. Pero parecía que no había forma de convencer a mis valedores de que estaban equivocados.
Pero dominaba aquella especie de temor que había surgido de repente al volver Nadie al primer plano de nuestra ecuación, una ecuación que nunca había llegado a abandonar, pero en la que durante un tiempo había pasado desapercibida.
Sin embargo, al abrir la puerta de mi habitación y descubrirla, por primera vez en seis años, completamente vacía, me hizo pensar en que todo aquello eran preocupaciones vanas. Kyo ya dormía en la Academia y mañana comenzaba su andadura como shinigami, aunque fuera sólo en el grado del aspirante. El incipiente sentido paternal que había ido desarrollando desde que me había hecho cargo del pequeño me decía que nada importaba más.
Sin Nalya a mi lado, con mi ahijado comenzando en la Academia, con la perspectiva de una inesperada e indeseada promoción, con toda la historia cobrando una siniestra forma… fuera lo que fuera lo que nos preparaba el futuro, una cosa era cierta: un nuevo tiempo estaba comenzando.



Jueves, 8 mayo, 2008, 11:36 | 


