Últimamente he notado que, en cierta manera, me he ganado una serie de “enemigos” (dejémoslo entre comillas porque para quitárselas tendría que ser algo bastante más grave que lo que está pasando últimamente y porque creo que para considerarse enemigo de alguien el sentimiento debe ser mutuo).
A nadie que se haya molestado en conocerme al menos un poquito le sorprenderá que diga que soy un tío bastante reservado (sobre todo en persona) y que me cuesta hablar de mis cosas en profundidad, que normalmente me lo guardo para mí cuando se trata de abrir mi corazoncito. Otra cosa es que cuando escribo aquí, que en el fondo es mi sitio, mi santuario, mi rincón… me sea más fácil. Dios me ha dado la capacidad de expresarme bien escribiendo, pero no tan bien hablando… es lo que hay.
Bueno, a lo que iba. Reflexionando, me he dado cuenta de que mi mayor “pecado social”, si es que se puede llamar así, es que no soporto por mucho rato llevar una máscara, que sí, que si tengo que fingir lo hago, pero que por mucho protocolo y educación social que haya que respetar, no puedo evitar terminar diciendo todo lo que pienso, tal y como lo pienso y… a veces de una forma desagradable (mea culpa).
Pero, la verdad, si hay algo que me revienta es la hipocresía. Puedo jugar a interpretar un papel durante un razonable periodo de tiempo, pero termino explotando… y cuando exploto, exploto de verdad, que para eso soy un tío tan contundente (vamos, que estoy gordo).
Las normas de protocolo no están hechas para mí, lo cual me deja en una mala situación si tenemos en cuenta que un sacerdote tiene unas ciertas responsabilidades sociales como guía o como lo queráis llamar de un grupo de personas, los fieles de su parroquia.
No me gustan nada los hipócritas, a los que figuran, a los que se arriman al sol que más calienta y cuando llega el atardecer van a buscar las estufas encendidas… Y lo peor es que cada día estoy más convencido de que estoy rodeado por esos…
Digo lo que pienso, como lo piensio y cuando lo pienso. Prefiero hacerlo así, aunque a veces haga de tripas corazón y tenga que callarme… pero se me nota fácilmente, porque soy incapaz de decir lo contrario con naturalidad…
A eso sumadle que heredé de mi madre la poca paciencia que tengo (aunque tengo una poca (no mucha) más que ella y mi carácter calmado y mayormente pasota parece dar la sensación de que tengo más de la que realmente tengo) y cuando estoy un poco estresado o tengo muchas cosas en la cabeza mi cerebro decide cortocircuitarse y se me cruza el cable muy fácilmente y he de reconocerlo, tengo muy mal genio. En esos momentos suelo tender a aislarme para no decir ninguna cosa de más, pero a veces no funciona y cuando estoy así digo cosas demasiado bordes y con una crueldad de la que no estoy nada orgulloso.
Las personas somos como alacenas (razonamiento nuevo para los lectores del journal en el DA, no tanto para los veteranos del blog y que ya explicaré en otra ocasión… o mejor… na, ya la buscaré que ahora no tengo tiempo) y en estos momentos la mía está escasa de provisiones.
Estoy a régimen, tengo examen el miércoles y cada vez cojo más complejo de ser una especie de individuo no deseado que lo único que consigue es quedarse marginado de todos (y no, no sólo lo digo por lo que muchos estaréis pensando). Pero claro, hay que poner buena cara y sonreír…
¡Pues no! Coño ya… No voy a escuchar tus gilipolleces sin decir nada. No voy a trabajar para ti mientras tú te rascas los huevos. No voy a sonreir y a callarme lo que pienso para ganar una especie de privilegio que ni quiero ni lleva a ninguna parte. Hala, ya lo he dicho. Que tenga lo que tenga que venir.



Sábado, 26 abril, 2008, 15:59 | 


