Akano 04 – Eternal Flame III

by Centoloman

Akano 04 – Eternal Flame III (Heritage)

Aproximadamente dos horas después, aún a pesar de mis inútiles esfuerzos por convencer a mi madre de que aquel era un camino que Kyo y yo debíamos emprender solos, nos encontrábamos ya los tres en el pequeño poblado del Distrito 23 Sur, donde había residido Nakajima Kyo, aunque allí lo conocieran por otro nombre, después de su exilio.

– ¡Shinigamis! – exclamó una voz.

Por si acaso, casi inconscientemente, nos giramos buscando al emisor de aquel grito y echamos mano a nuestras espadas pues, aunque se suponía que aquellos pobladores estaban acostumbrados a la figura de los shinigamis, por las visitas que recibía en vida Nakajima Kyo tras su restitución, y que los distritos superiores al treinta eran menos propensos a ello, cada vez eran más frecuentes las revueltas populares de los pobladores del Rukongai contra el Gotei 13, cuyo caso más extremo se estaba produciendo precisamente en aquel momento en las estepas más septentrionales del territorio controlado desde el Sereitei.

Sin embargo, la persona que había gritado no era otra que la señora Sakinawa, vecina puerta con puerta de Sugimura Kurono y a la que Nalya criticaba las pocas veces que hacía referencia a su pasado en aquella pequeña aldea. Era una de esas mujeres, probablemente viuda, que era más aficionada a meter sus narices en las vidas ajenas que a ocuparse de sus propios asuntos, algo que, aún no siendo nada loable, podía hasta resultarnos útil para nuestro propósito.

– Buenos días, Señora Sakinawa – la saludé cortésmente, acercándome lentamente a ella.

– Yo a ti te conozco, ¿verdad? – murmuró mientras escudriñaba mi rostro como si ocultara algo tras él.

– De vista, únicamente – respondí, tratando de evitar un posible discurso cargado de suposiciones sobre mi identidad que dejaran al descubierto las desnudeces de sus conocidos. – Mi nombre es Akano Rido. Soy el Quinto Oficial de la Novena División del Gotei Trec…

– La casa lleva abandonada varios años – me interrumpió señalando hacia el portal de la antigua vivienda de Kyo.

– Lo sabemos, – respondí – pero no venimos a buscar a su dueño.

– ¿No? – preguntó extrañada como si no comprendiera que había otras razones para que tres shinigamis visitaran el Distrito que una visita al maestro. – Es el único motivo por el que alguien como ustedes querría venir aquí, ¿no? – corroboró mis suposiciones. – Hace unos seis años se marchó y nunca ha vuelto.

– Eso también lo sabemos – la detuve. – Por eso le digo que no es a él a quien buscamos.

– ¿Ah, no? – se sorprendió de nuevo, manteniendo un vigilante silencio durante unos segundos a continuación. – ¡Ah! ¡Ya sé! – exclamó con un pequeño gesto de triunfo. – ¡Ya lo recuerdo! Está buscándola a ella, ¿verdad? ¡Venía con ella la otra vez!

– Sí, busco a Nalya – confirmé.

A veces pienso que si mis alumnos tuvieran, aunque en otro sentido, la misma sed de conocimiento acerca de las materias que se les impartían que la que tenía aquella mujer acerca de los avatares ajenos podíamos contemplar una nueva generación de leyenda.

Saciada su curiosidad por la confesión del porqué de nuestra presencia allí, la Señora Sakinawa parecía profundamente contenta. Sin embargo, su expresión pronto tomó un tono bastante más sombrío, como si estuviera recordando algo que le producía miedo y escalofríos.

– Estuvo aquí… – musitó. – El día siguiente a que él se fuera… O quizás fue el mismo día… Pero eso no importa, ya ha pasado mucho tiempo. Estuvo varios días… tres… encerrada dentro de la casa – explicó, con una voz que reflejaba cierta tristeza. – Ella… Ella fue la causante de eso.

– ¿De eso? – la miré extrañado y preocupado.

– Fue… Fue algo… horrible – balbuceó.

Su expresión hacía ver que no quería hablar más del tema. De forma instintiva, puse mi mano en su hombro para tratar de calmarla, aún desconociendo qué había pasado exactamente y cual era la fuente de sus temores.

La confesión de aquella mujer respondía al interrogante acerca del paradero de Nalya durante los tres días que siguieron a la batalla en la casa Akano y a la muerte de Kyo. Su terror al recordar aquella situación era un presagio de que allí había ocurrido algo peculiar y oscuro dentro de aquella casa, algo capaz de provocar aquel espanto en una persona.

Fue mi madre la que emprendió en primer lugar la marcha hacia la cabaña. Yo la observé en silencio durante unos segundos mientras el pequeño Kyo seguía a su “abuela”. Así como al contemplar la mansión Akano daba la impresión de que el tiempo se detenía, que permanecía al margen del paso de los días, el contraste entre aquella otra, la que tenía ahora delante de mis ojos y la que había visto anteriormente era enorme.

Ya desde el exterior, uno podía hacerse una cierta idea de la ruina que luego descubriría en el interior: ventanas rotas, la puerta principal vencida, las paredes sucias y ennegrecidas, conquistadas por la maleza… Realmente, parecía que habían pasado bastante más de seis años desde la última vez en que alguien había habitado en ella, como si realmente fueran siglos.

Por otra parte, parecía curioso que la casa no tuviera ningún ocupante en la actualidad. Cierto es que las condiciones de vida y las costumbres en el Rukongai no eran homogéneas, pero, al menos por mi experiencia en el distrito 57 Oeste, una vivienda vacía era algo que la superpoblación y la pobreza acuciante habían convertido en un lujo que nadie se podía permitir, al menos por aquellos lares.

Pero más sorprendente aún era el panorama con el que me encontré al cruzar el umbral de la puerta. Otrora, la casa había estado muy cuidada, limpia, recogida, ordenada. Ahora parecía como si se hubiera librado un encarnizado combate en su interior.

Las paredes estaban llenas de arañazos e incluso péquelas manchas de sangre, aunque estas eran más abundantes en el suelo. Los muebles estaban cambiados de sitio, desperdigados por las habitaciones, tirados, rotos… como si alguien se hubiera ensañado con ellos.

– Esto… – murmuró Kyo, asustado. – ¿Esto lo hizo mi madre?

– Es mejor que salgas – sugerí.

– No – me contradijo mi madre. – Debe quedarse.

– ¿Quedarse?

– Ahora ya lo ha visto todo – razonó. – Si quiere ser un shinigami también tiene que ver esto.

– Pero no es necesario que sea ahora…

– Cuanto antes mejor – sentenció. – La muerte será su compañera de viaje si quiere seguir nuestro camino.

– ¿Hablas de justicia? – replicó pensativo. – Justicia, injusticia… Eso es algo en lo que nos está prohibido pensar si queremos salir adelante en nuestra vida. Somos dragaminas, nuestra vida no es justa. ¿Acaso fueron justas las muertes de Gaijin, de Aiolos, de Henkara, de Arte, de Arturo, de Pandora y de tantos compañeros que nos han abandonado? ¿Es justo que nosotros seamos los que hemos sobrevivido? ¿Por qué nosotros y no ellos? ¿Qué es lo que nos diferencia? ¿El destino? El destino es cruel. ¿Fue justa la traición de ese perro de Setsuna? ¿Fue justo todo eso? ¡No! – le gritó al destino. Su tono era cada vez más nostálgico, dispuesto a romper a llorar o a perder los estribos en cualquier momento. – ¡Nada de eso fue justo! Pero es la vida que hemos elegido. Nosotros, los shinigamis hemos optado por una vida injusta. Estamos abocados a la muerte, la nuestra o la de nuestros seres queridos, convivimos con ella. Al fin y al cabo, – suspiró – somos shinigamis, los dioses de la muerte.

No supe qué contestar a tremendo discurso por parte de Yonas. Tenía toda la razón. Como el bien decía, “al fin y al cabo éramos los dioses de la muerte”, sus mensajeros. Habíamos sido llamados a anunciar la muerte al mundo de la muerte. Era esa nuestra esencia y no otra y renunciar a ella era renunciara a nosotros mismos. Podría parecer injusto, pero esa injusticia iba inserta en el corazón mismo del shinigami, que es la muerte; pues la muerte, que no distingue entre el bien y el mal, que siempre es causa de dolor, es injusta. Y la muerte era nuestra vida.

– Nuestra vida… – susurré.

Recordar las palabras de Yonas, aunque en realidad nadie las había pronunciado nunca, me hizo comprender a la perfección a qué se refería mejor que nunca. Yo también había tenido que aprenderlo, que sufrirlo, que vivirlo. Desde entonces, todos mis temores, todos mis caprichos cuasi egoístas de paz y de tranquilidad se habían esfumado..

El muchacho contemplaba en silencio la escena, el horror del que su madre había sido la causante. Me detuve por un momento a observar su rostro, el mismo semblante que había visto crecer, siempre sonriente, como despreocupado de todo lo que sucedía a su alrededor. Ahora aquel rostro era sombrío, triste, asustadizo, desconfiado. Podía casi decir que no lo reconocía.

– Kyo… – me acerqué a él

– Rido, déjalo… – trató de detenerme mi madre.

– Tranquila – respondí, acompañando la frase con un gesto de mi mano. – Sólo pongo en práctica lo que acabas de decir.

Tomé aire y me paré durante un par de segundos, mirándole a los ojos mientras buscaba las palabras exactas con las que empezar a hablar. No quería repetir el discurso de Yonas, era aún demasiado joven para inexperto, pero tenía claro que había que decirle algo que le ayudara a superar aquella situación tan traumática.

–No te preocupes por esto, Kyo – comencé al fin. – Sí, lo ha hecho tu madre, pero no tienes que darle más importancia de la que tiene.

– ¿Esto no es importante?

– Las personas no somos blancas, ni negras – continué. – Ni siquiera somos grises. Sería estúpido decir que somos de tal o cual color… Hacemos tonterías todos los días, y también hacemos lo correcto todos los días. Nos equivocamos y acertamos – expliqué. – Y hay ocasiones en las que no sabemos qué hacer o cómo reaccionar.

La expresión de su rostro indicaba que no entendía qué clase de relación tenía aquello con lo que había ocurrido en la casa. Me agaché frente a él, poniéndome en cuclillas, con los brazos descansando sobre las rodillas y le sonreí.

– Tú eras pequeño y no lo recordarás bien – le señalé. – Pero, a tu madre, la muerte de tu padre le puso en esa misma situación. Fue cuando ocurrió… esto. Este es el reflejo de su dolor en aquel momento. Pero tanto tú como yo sabemos que ella no es así, ¿verdad?

– Sí – replicó con una tímida sonrisa.

– Además, a ti también te dan rabietas, ¿verdad?

– ¡Ya no! – contestó, cambiando su gesto por uno más orgulloso, como reclamando una madurez que aún debía alcanzar.

– Pues eso – volví a sonreírle.

– Rido… – me llamó mi madre.

– ¿Sí?

– No hemos venido aquí para esto.

– Lo sé, pero era necesario – asentí. – ¿Por donde empezamos?

– Por quedarnos solos – insinuó mi madre, mirando hacia su “nieto”.

– ¿Quedarnos solos?

– Sí – sentenció. – Cuantos menos estemos dentro de la casa mejor.

– Kyo… – giré la cabeza indicándole la puerta mientras miraba hacia él.

– ¡Pero…! – comenzó a protestar.

– Tú hazlo, ¿vale? – insistí. – Es importante.

Aunque no muy de acuerdo, Kyo obedeció y, a regañadientes, salió al exterior, donde aún se encontraba la señora Sakinawa, según pude observar a través del hueco de la ventana, ahora desprovisto de vidrio, antes de que mi madre lo tapara.

– Oscuridad y silencio – explicó mientras hacía lo mismo con el resto de aberturas. – Esas son las dos armas principales para aprender lo que voy a enseñarte hoy.

– De acuerdo…

– Cuando domines esta técnica serás capaz de hacerlo en cualquier tipo de situaciones, pero por ahora es mejor así…

– ¿Qué me vas a enseñar?

– Cierra los ojos y tranquilízate – me indicó. – Esto ya lo has hecho antes. Inconsciente e involuntariamente pero ya lo has hecho antes…

Aquella zona olía a podrido, a odio, a muerte, a destrucción. Ese era el olor que dejaba la guerra. Podían pasar siglos, pero toda aquella violencia dejaba en el aire toda aquella carga de sentimientos. Todo aquello se palpaba en el aire. ¿Qué sentido tenía? Ninguno. ¿Valía la pena? No. Por su puesto que no.

Venganza, dolor, odio, tristeza, desesperación… ¿Cuál de aquellos sentimientos sería el culpable de que aquella pobre alma se pudriera hasta el punto de convertirse en un Hollow? No lo podía permitir… Llegaría a tiempo, a tiempo de salvarla.

Llegué al lugar indicado, una vieja construcción, bastante desgastada. Los gritos lastimeros de la niña se podían percibir afinando un poco el oído. Cuánto debería estar sufriendo… Por eso es que había decidido seguir adelante. Paz, tranquilidad, serenidad, eran el motivo de mi vida, mi brújula, mi guía… y eran mi regalo para almas como aquella.

Aquel lugar apestaba a odio. La habitación estaba casi totalmente a oscuras y allí, en el rincón más oscuro, estaba ella. Unos ojos llenos de rencor que me miraban fijamente, que me transmitían su miedo, sus ansias de venganza…

– ¿Lo ves? – me miró.

Aquella frase de mi madre, aderezada con una sonrisa un tanto divertida que complementaba su mirada, me indicó que había sido ella la que había traído a mi memoria aquel recuerdo, de hacía ya veinte años.

– Tus habilidades siempre han estado ahí – añadió. – Sólo hace falta despertarlas. Por eso Henkara te ha mandado aquí.

– No entiendo…

– Para descubrir las habilidades se necesita una experiencia fuerte – dijo. – por eso

– Cierra los ojos – repitió. – Vacía tu mente y concéntrate.

Hice lo que me había indicado y, de repente, un cúmulo de sensaciones invadió mi alma. Dolor, llanto, sufrimiento, autocompasión, odio. Tardé poco en darme cuenta de que todo aquello era lo que había experimentado Nalya durante su desaparición.

– ¿Qué sientes?

– Creo que es lo que sintió ella…

– Posiblemente – susurró a mi oído. – Ahora, busca entre toda esa maraña de sentimientos y emociones su esencia primitiva…

– ¿Su esencia primitiva?

– Sí… Todo alma tiene una esencia primitiva que le hace única aún a través de las sucesivas reencarnaciones – aclaró. – Es única y totalmente original y no puede cambiarse. Es como su… ADN o su huella dactilar.

– ¿Cómo lo hago?

– Cada psíquico tiene su proceso… Tú tienes que descubrir el tuyo – me indicó. – Pero trata de reducir esas sensaciones a lo que todas ellas tienen en común.

Me concentré aún más y traté de hacer lo que me indicó. Fue laborioso, no sabría decir cuanto tiempo tuve que invertir en ello, pero, tras mucho esfuerzo, una especie de aroma, como un perfume bastante extraño, apareció ante mis sentidos.

– ¡Lo tengo!

– ¿Qué tienes?

Abrí de nuevo los ojos y me relajé, tratando de no perder aquella sensación. Mi madre ya no estaba frente a mí, sino que había tomado asiento y parecía estar poniendo en práctica unos ejercicios de meditación. Sonriente, le expliqué mi hallazgo y ella me devolvió el gesto.

– No pierdas ese olor – ordenó. – Regresamos a la mansión.

– ¿A la mansión? – me extrañé. – ¿Para qué?

– Han pasado diez horas…

– ¿Tantas?

– Sí – explicó. – Es normal… No te preocupes por eso.

– Vale.

– Volvemos a la mansión porque Yuki ya debe haber vuelto… – explicó con cierto tono de preocupación – y porque allí fue el último lugar donde vimos a Nalya – recuperó la voz normal.

– ¿Qué pasa?

– Nada…

– Pasa algo, mamá.

– No pasa…

– Podemos estar así todo el día – le interrumpí. – ¿Qué pasa? ¿Tiene que ver con Yorokonde?

– Mi abuela…

– ¿Tu abuela?

Pero mi madre no contestó. Salió de la casa disparada, dando por terminada la conversación. La perseguí apresuradamente pero sólo llegué a tiempo de ver cómo ya había emprendido la marcha hacia el norte, por el mismo camino que habíamos venido y que llevaba hacia el Sereitei. Como yo, Kyo miraba extrañado como Tilly Grossner se perdía en el horizonte.

– ¿Qué pasa?

– Ojalá lo supiera… – respondí. – Venga vamos.

Comencé a correr en la misma dirección en la que se había alejado mi madre tratando de alcanzarla. No entendía su repentino cambio de humor, pero parecía que algo iba realmente mal con su abuela. Era la primera vez que hacía referencia explícita a alguien de su clan y no sabía qué importancia podía tener aquello, pero estaba visiblemente perturbada.

– ¡Mamá! – la llamé desde lo lejos.

Pero ella ya había desaparecido.

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