Akano 02 – Eternal Flame I

by Centoloman


Akano 02 – Eternal Flame I (El comienzo de un largo viaje)

– ¡¿Nalya?! – grité. – ¿Nalya está en apuros?

– No repitas lo que ya he dicho – me regañó en una voz que intentaba indicar calma…

– Pero…

– ¿Qué pasa?

– ¿Cómo lo sabe? – pregunté. – Es decir… Nadie de la División ha tenido contacto con ella desde que se fue y…

– Olvidas una cosa muy importante – me interrumpió. – Mis habilidades.

– ¿Sus habilidades?

– Ya te lo dije antes, Rido – repitió. – No repitas lo que ya he dicho.

– Quiere decir que la ha estado espiando…

– Exacto – afirmó con toda claridad y contundencia.

– Pero… ¿por qué?

– No tengo por qué informarte de mis decisiones, Rido – me advirtió con voz grave mientras se acercaba a la ventana y observaba a través de ella los jardines de la División. – Pero bueno… – suspiró, girándose de nuevo hacia mí. – Es un miembro muy valioso de nuestra familia. No puedo dejarla sola – explicó. – No necesitas mayor justificación.

– Está bien – me encogí de hombros. – ¿Qué se supone entonces que debo hacer?

– Tienes que traerla de vuelta a casa.

– Le recuerdo que fui incapaz de impedir que se marchara – repuse. – Eso que me pide es más fácil decirlo que hacerlo. Es demasiado testaruda – reí para mis adentros con cierto aire nostálgico. – ¿Lo sabía?

– Por eso precisamente he decidido que vayas tú.

– ¿Debería tomarme eso como un halago, Jefa?

– ¿Halago?

– El hecho de que me hayas elegido quiere decir que soy el más capaz de hacerla entrar en razón – sugerí. – Porque por otra cosa no creo que sea más apto que cualquier otro para poder cumplimentar esta misión.

– Seguramente la conozcas mejor que ningún otro miembro de la División…

– A excepción de ti – apostillé.

– Así que eres el más indicado para cumplir lo que te pido – continuó sin apenas hacer caso a lo que acababa de decir.

– De acuerdo.

– Te dirigirás cuanto antes al Distrito 23 Sur, a…

– ¿A la casa de Kyo?

– Exacto.

– ¿Es que está allí entonces?

– No…

– Es el último lugar donde ha sabido que ha estado…

– Tampoco – se apresuró a aclarar. – Es el lugar donde comenzará tu búsqueda.

– ¿Mi búsqueda? –pregunté extrañado. – ¿Es que entonces no sabe donde está?

– No – dijo, reforzando la negación con un movimiento de su cabeza. – Desafortunadamente mis poderes no alcanzan a localizar a alguien tan distante sin requerir de una gran cantidad de concentración y de reiatsu…

– Y eso supondría o desviar recursos de la División o desatender a sus funciones como Capitana.

– Ambos dos riesgos que no podía asumir.

– ¿Entonces…?

– Que no sepa dónde está no quiere decir que no sepa que no está en un buen momento – estableció. – Es decir…. Con aquellas personas con las que he creado ciertos vínculos, tengo una conexión especial.

– Intuyo que no se refiere sólo al terreno afectivo y personal.

– Intuyes bien – corroboró. – Siento lo que ella siente, pienso lo que ella piensa…

– Es decir, que no sabe donde está, pero sabe que lo está pasando mal.

– Algo así.

– ¿Algo así?

– Es como si la conexión con ella se estuviera diluyendo…

– ¿Y eso no podría ser por…?

– ¿Porque ella está demasiado lejos? – me interrumpió. – Podría ser pero es mejor no relajarse.

– Más vale prevenir que curar – apunté. – Es normal que esté preocupada.

– No me hagas volver a repetirlo – me replicó en una voz casi suplicante y en la que se podía dejar entrever un deje de pesar y nostalgia en la normalmente imperturbable Henkara.

– Tranquila – continué. – La entiendo perfectamente. Más allá de lo que podamos sentir por ella… Nalya es una pieza indispensable de nuestro puzzle. Si la perdemos no podemos completarlo… – asumí el mismo tono que mi Capitana.

– Y por eso tienes autorización para invertir todo el tiempo que sea necesario – indicó. – Días, semanas, meses, años… Lo que haga falta.

– ¿Lo que haga falta?

– Lo que haga falta – repitió confirmándolo.

– Sabe perfectamente que no puedo permitirme invertir más de un par de meses – dije medio esbozando una ligera sonrisa – y aún así me insinúa este tipo de cosas. A veces es un tanto mezquina, Jefa. ¿No se lo habían dicho nunca?

– Es un tema serio, Rido – trató de mantener la compostura. – Kuroda, Pandora, Nalya…

– Precisamente por eso trato de quitarle hierro.

– Además…

– ¿Qué?

– Sé que por ella no te importaría dejarlo todo – sugirió, devolviéndome la sonrisa. – Sólo quería que no te preocuparas por lo que pudieras tardar.

– Lo entiendo – asentí. – Indique a Bone que se encargue del Departamento si es necesario.

– Pero por favor…

– No tardaré mucho, en cualquier caso – me adelanté. – Pretendo estar aquí antes de que al gafotas se le ocurra arrebatarme el despacho.

– Buena suerte – me deseó casi a modo de despedida.

– Espero no necesitarla – dije mientras me levantaba y echaba mano al picaporte. – Por cierto… – me di la vuelta.

– ¿Sí?

– Sé que no necesito autorización para hacerlo porque no es un miembro de la División, pero me llevaré a Kyo conmigo – anuncié.

– ¿Es conveniente? – preguntó extrañada.

– ¿Por qué lo dices?

– ¿No tenías pensado que este año entrara en la Academia?

– Sí – respondí con toda naturalidad. – ¿Y?

– ¿Y si no terminas a tiempo?

– Otro motivo para volver lo antes posible, entonces. ¿No? – sonreí abiertamente mientras abría la puerta y abandonaba definitivamente el despacho.

Volví de nuevo a mi habitación y allí preparé las cosas que serían necesarias para enfrentarnos a aquella nueva aventura. Sin embargo, tenía el corazón dividido. Deseaba más que nunca volver a ver a Nalya, ahora que se había abierto la posibilidad de que eso sucediera pronto. El hecho de salir en su búsqueda me llenaba de alegría, esperanza e ilusión, aunque también me hacía sentir un cierto temor: ¿Y si nada era ya como antes?

Conociéndola como lo hacía, seis años en soledad habrían colaborado a que el muro del que se había rodeado fuera aún más alto, hasta el punto de hacerse impenetrable o quizás, por paradojas del destino, había conseguido derrumbarlo y convertirse en una persona totalmente diferente. Lo cierto es que era casi seguro que la persona con la que me fuera a encontrar habría cambiado mucho en ese tiempo.

Por otra parte, me pesaba no poder participar en aquella misión en el Yorokonde que había abierto las puertas a aquel tan esperado reencuentro. Había hecho una promesa: estar ahí cuando me necesitase, cuando aquel sello se rompiese. ¿Y si por culpa de no poder formar parte de aquel destacamento incumplía mi promesa? ¿Y si la decepcionaba?

Con todo listo, salí de mi cuarto hacia el estanque, donde Irah y Kyo aún se seguían ejercitando. Ya desde lejos, llegó hasta mí el sonido del metal entrechocando, anunciando el fragor de una encarnizada aunque fingida batalla. Parado, a una distancia prudente, decidí observar en silencio, aunque sólo fuera por unos míseros instantes, el combate.

Ciertamente, la pericia de Kyo a pesar de sus escasos quince años era admirable. Poco podía hablar, por testimonio directo, no por indirecto, de las habilidades de su padre más allá de las que había presenciado durante la batalla en la mansión y este testimonio apenas llegaba a la contemplación de su liberación; pero sí podía afirmar que había superado a su madre en ciertas habilidades.

Sabía actuar con la cabeza fría, analizar la situación y golpear en el momento oportuno, algo que Nalya a veces era incapaz de lograr y que le había llevado a perder combates en los que, a priori, era superior, como algunos de los que había mantenido conmigo. Pero no sólo eso: había conseguido llevar al límite el uso de los apéndices, que manejaba como dos brazos más, siendo capaz incluso de blandir sendas espadas con ellos, formando una aterradora figura capaz de manejar hasta cuatro armas.

Quizás aquel manejo tan natural de aquellas invisibles extensiones se debía a haber crecido con ellos, cuando su madre sólo los había descubierto ya en su etapa adulta, cuando llegó a la Sociedad de Almas, pero lo cierto es que aquel estilo tan característico convertiría a Kyo, en cuanto adquiriese la experiencia necesaria, en un guerrero temible. Sólo esperaba que sus habilidades permanecieran para siempre en nuestro lado.

No puedo negar que este miedo que acabo de insinuar era capaz incluso de quitarme el sueño. Era algo que no podía pasar por alto. “¿Y si Kyo…?” Al fin y al cabo Eliaz era el hijo del mismísimo Sadoq Asharet y había acabado en “nuestro bando”. Temía enormemente que su gran capacidad, su potencial, su poder, en definitiva, convirtieran a aquel muchacho risueño al que había visto crecer y que aún seguía siendo un niño en el cuerpo de un hombre en un ser soberbio y mezquino. Realmente, aquella posibilidad me aterraba más aún que cualquier amenaza, incluida aquella que suponía sobre nuestras vidas la simple existencia de una organización como Nadie.

– Tienes que mejorar tu posición – le indiqué cuando vi que Irah caía de espaldas al suelo, vencido. – Es poco estable.

– ¡Pero si le he ganado! – protestó mientras respiraba profundamente.

– Le has ganado porque es Irah – sonreí.

– ¡Oye! – se quejó ahora el pelirrojo.

– Las cosas como son – dije medio burlón. – Eres muy lento…

– Es cierto – asumió Kyo. – Trataré de corregirlo.

– Así me gusta – sonreí. – Ten – le ofrecí su petate.

– ¿Y esto?

– Nos vamos.

– ¿No tenéis una misión importante?

– El resto de oficiales tiene una misión importante – expliqué. – Tú y yo tenemos otra tan importante o más.

– No entiendo…

– Nos vamos en busca de tu madre – sentencié.

– ¡¿Qué?! – exclamó Kyo sorprendido.

– Irah… – me volví hacia el irlandés.

– Os dejo solos – se disculpó tras haber captado la indirecta.

– ¿En serio vamos a ir a buscar a mamá?

– Totalmente en serio – respondí. – Son órdenes directas de Henkara. ¿No quieres venir?

– No es eso… – apartó la vista.

– Te entiendo – asentí. – Ha pasado demasiado tiempo, pero eso no importa ya… Además, este viaje te vendrá muy bien. Ganarás experiencia, conocerás mundo…

– Sí…

– ¡Hey! – le pegué un empujón tratando de animarlo. – ¿Qué es esa cara? ¿No quieres venir?

Azuzado por aquella especie de arenga, Kyo levantó de nuevo la mirada y forzó una sonrisa. Para alguien de su edad, seis años suponían demasiado tiempo. Si yo albergaba muchos temores acerca de la persona que me fuera a encontrar, era lógico que eso en él se multiplicase.

Afortunadamente, minutos después, cuando ya se hubo hecho a la idea, todo fue más sencillo. Rápidamente nos preparamos para partir y nos dirigimos a la puerta principal del Cuartel. Allí me detuve y comprobé otra vez el estado de todo lo que tenía que portar en aquella extraña andadura.

– Rido – me llamó la voz de Henkara a mi espalda.

– Dígame, Jefa.

– Sólo una cosa más – advirtió. – Tu madre es psíquica como yo, ¿cierto?

– S… sí – contesté, sin intuir por donde iban los tiros.

– Tenlo en cuenta – sentenció. – No sólo eres descendiente de los Akano, eres descendiente también de los Grossner. Vas a superar ciertas pruebas y…

– Entiendo – la corté, comprendiendo a qué se refería.

– Y otra cosa…

– Sí…

– Encuéntrala… y tráela de vuelta.

– No se preocupe, Jefa – sonreí. – Lo haré.

– Lo haremos – apostilló Kyo, con una contundencia y una decisión inaudita.

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