Cuarto capítulo de Recuerdos de una vida pasada. En él, Rido es acreedor de un gran logro. ¿Cuál? Lo veréis ahora ^^
Capítulo 4: Breakin’ ice wall
– ¡¿Qué dices?!¡¿En serio?!
– Lo que oyes. Los de arriba han comprado una máquina en el mundo humano.
– ¿Sí?¡Genial!¿Pero cómo?
– Presión de los delegados de curso – continuaba explicando Db.
– Hicimos bien en votar a Aiolos – afirmó muy sonriente Krunzik.
– ¡Así me gusta Aiolos! – añadí.
– Si seréis… – resopló. – Ni siquiera sabéis de qué máquina estáis hablando. Podría ser una máquina para estampar a los tipos con barba contra las paredes y tú aquí sonriéndole.
– ¿Hay máquinas así? – pregunté ingenuamente.
– Bah, Rido, déjala – dijo Db. – Sólo lo hace por picarte.
– Lo sé. Es mala. No me quiere.
– Qué observador. ¿Por qué lo iba a hacer?
– Porque soy…
– … un puto pesado.
– … encantador. ¿Pesado?
– ¿Encantador?
– Es una máquina de café – terció Db antes de que la cosa fuera más.
– ¿Café?¡Bien!¿Y habrá chocolate?
– Oye, tú – saltó Nalya llamándo mi atención. – ¿No te llegaba con perseguirme tu sólo que ahora te traes al estirado, a la enana y a la salida?¿Y dónde está el grandullón?
– Con Zharin, no me quiere, me abandona.
– No me extraña, debe estar hasta las narices de ti. Como yo, vamos.
– ¿Estirado?
– ¿Salida? – preguntó Gaby, que había permanecido en silencio, a la vez que Db. – Bueno, sí, un poco – concluyó entre pensativa y sonriente.
Por su parte, Krunzik se había abalanzado violentamente contra Nalya y había apresado una de sus manos entre sus dientes. La víctima del mordisco trataba de zafarse moviendo violentamente la mano mientras gritaba de dolor.
– ¡Puagh!– se quejó Krunzik con cara de asco tras soltar la mano de Nalya – Sigues sabiendo igual de mal.
La protesta fue correspondida por un capón. Al final, Nalya y Krunzik se enzarzaron en una pequeña pelea que hizo que se parara todo el mundo alrededor de nosotros. Db se estaba poniendo nervioso por acaparar tanta atención por parte de nuestros compañeros académicos así que trató por todos los medios de detener la pelea. Fue una dura tarea pero tras recibir algún que otro golpe y también un par de arañazos consiguió separar a las dos luchadoras.
– ¡Mierda! – resonó la voz de Gaijin desde el gentío – Ahora que había encargado ya la piscina de barro.
– ¡Está bien!¿Qué pasa aquí?
Data, el profesor de Kidou, se abrió paso entre los estudiantes y se acercó a nuestro grupo. Por un momento creí que íbamos a recibir un castigo pero afortunadamente, fue benevolente con nosotros por ser aún comienzo de curso.
Así pasaban las primeras semanas en la Academia de shinigamis. Entre clase y clase, y durante la mayor parte de las clases teóricas, pasábamos el rato hablando de nuestros sueños y ambiciones, de lo que nos gustaría ser cuando fuéramos shinigamis, de lo que creíamos que nos esperaba cuando cambiáramos el blanco de la Academia por el negro del shinigami.
Poco a poco, conseguí acercarme más y más a mi presa hasta que al fin, un día conseguí derribar del todo su muralla. No podría decir cómo ni cuando. Simplemente pasó. Sé que fue cuando el curso aún estaba comenzando, pero no podría precisar más.
Desde ese momento, Nalya y yo nos volvimos casi inseparables. Notaba que aquella mujer que, a primera vista, desconfiaba de todo el mundo había llegado a confiar en mí y yo en ella de tal forma que sabíamos que podríamos contar el uno con el otro para lo que fuera.
Con el tiempo, descubrí que el esfuerzo que había invertido en introducirme en el círculo de confianza de la que ahora era mi mejor amiga había merecido realmente la pena. Por dentro, la mujer de hielo era una persona maravillosa.
Aún pesar de ser uña y carne, éramos como el día y la noche. Yo era el escandaloso y extrovertido, ella era callada e introvertida. Mientras que yo había vivido una vida cómoda en uno de los distritos más afortunados del Rukongai, ella había tenido que sufrir una vida mortal espantosa y sobrevivir en un distrito veinte números más alto que el mío y, aunque no era comparable a los distritos posteriores al 50, la diferencia era considerable entre ambos.
Sin embargo, ese cambio de actitud de Nalya sólo fue hacia mí. Para los demás, hasta el final, seguiría siendo la mujer de hielo. Muchas veces, bromeando, se quejaba de lo débil que demostraba ser su “barrera antisocial”, como yo la llamaba, cuando alguien como yo había conseguido superarla.
Los días en la Academia pasaban rápidamente. Pronto dejamos de ser los novatos que se libraban de los castigos porque acababan de empezar para comenzar a sufrir las iras de algunos profesores. Recuerdo especialmente uno de los primeros que nos impuso el profesor de Kidou, Data, que resultó realmente doloroso, no por el castigo en sí sino por una inesperada consecuencia por tratar de evitar que Nalya agrediera a un académico dos cursos por delante.
En cuanto a las clases, yo seguía entusiasmado con todas las que hacían referencia al mundo mortal. Compartía con Krunzik la pasión por todo lo que procedía de allí y no era raro que pasásemos horas hablando de ello.
Un día escuché hablar de un académico que podía conseguir cosas del mundo mortal y que era un aficionado a su tecnología. Al parecer era, como nosotros, un entusiasta de los aparatos extraños que en la Sociedad de Almas escaseaban así que un día me acerqué a él en un rato libre con la intención de trabar amistad con él.
Estaba sentado solo en uno de los bancos de los jardines de la Academia donde los estudiantes normalmente pasaban las horas muertas tomando el aire y hablando tras las agotadas jornadas de estudios y entrenamientos.
– ¡Hola! – le saludé mientras me sentaba – Está libre, ¿verdad?
Pasaron unos segundos y no obtuve respuesta. Me di cuenta de que sería uno de esos chicos que vivían en una especie de mundo aparte obsesionados con cachivaches extraños y que normalmente terminaban formando parte de los laboratorios de la Duodécima División.
– Mi nombre es Akano Kumaru – insistí. – Tú eres Hiboshi Bikutoru, ¿verdad?
Seguía en silencio. Iba a ser un contrincante difícil pero si no me había rendido ante la insolencia de Nalya, menos me iba a rendir ante el silencio que se oponía entre aquel chico delgaducho y pálido que observaba fijamente un aparato procedente del mundo humano.
– ¿Qué es eso?
– Oye… – dijo al fin. – Tú no captas las indirectas verdad.
– Captar las capto, el receptor y el decodificador funcionan bien. La cuestión es que el procesador es muy vago y no actúa en consecuencia.
– Pues entonces te lo diré por la directa. No me apetece nada charlar contigo… ¿Cómo habías dicho que te llamabas? Rido, ¿no?
– Akano Rido… – resoplé – Como Akano Kumaru, ¿sabías?
– ¿Quién?
No se dio cuenta de la cara de decepción con que le miré, pero era enorme. A mis amigos, poco a poco, los había ido aleccionando sobre la verdad de lo que había pasado con mi abuelo, aunque no siempre me hacían mucho caso.
– Mira, lárgate – dijo al fin. – Prefiero estar solo.
– Y yo prefiero estar aquí – repliqué. – La verdad es que no vine porque sea mi hobby tratar con gente difícil, con Nalya me llega.
– Ahora me vas a contar una historia increíble sobre algo que me interesa más bien poco. Me lo huelo.
– En fin, me han dicho que tú eres algo así como un experto – expliqué apelando a su orgullo – en la tecnología del mundo mortal. Realmente estoy muy interesado en lo que tienes que enseñarme sobre ello.
– ¿En lo que tengo que enseñarte?¿Yo?
– Sí, – respondí – tú. Claro.
– Podría enseñarte muchas cosas. ¿Seguro que estás preparado para almacenar tanta información?
– ¡Claro que sí!¡Soy Akano Rido, nieto del legendario Akano Kumaru!¡No hay nada imposible para mí!
Al fin, conseguí engatusar a Bikutoru con mi palabrería y nos hicimos bastante amigos. De vez en cuando, me acercaba a él en el parque y me dejaba entusiasmar con las cosas que tenía que contarme. Así, conseguí aprender muchas cosas sobre el mundo mortal, cosas que no aprendía en clase y que, para mí, tenían tanto valor como aquellas.



Domingo, 24 junio, 2007, 16:34 | 


