Recuerdos de una vida pasada – Capítulo 3

by Centoloman

En este capítulo, Akano Rido se enfrenta por primera vez a un misterioso personaje: el ángel guardián de Nalya, por así decirlo. Enjoy!



Capítulo 3: Homo canis

A los pocos días de clase, pasar buena parte de la noche en el árbol se había constituido ya en una costumbre irrenunciable. Pasaba horas allí meditando sobre lo que me depararía el futuro una vez llegara a ser un shinigami, como mi legendario abuelo. Había veces que incluso me quedaba dormido sobre la rama y me despertaban los primeros rayos del alba dejándome ver el privilegiado paisaje que suponía un amanecer sobre el Sereitei.

Me iba adaptando poco a poco al horario de clases sin problemas. Las clases más teóricas resultaban realmente aburridas, a excepción de la de Historia del Mundo Mortal. Realmente, esa asignatura, como todo lo que tuviera que ver con el mundo mortal, me entusiasmaba. Esos sentimientos no los compartía con la mayor parte de los compañeros que procedían de allí pero no me importaba. Deseaba saber más y más sobre aquel mundo y cuanto más conocía más ganas tenía de ir allí.

Cuando hablaba de eso, mis compañeros insistían en que no era para tanto, que lo realmente interesante estaba aquí en la Sociedad de Almas y que realmente, el mundo mortal no era tan espectacular como yo lo describía. Supongo que esa relativa indiferencia se debía a que ellos ya lo habían experimentado y los sentimientos de continuo asombro que tenía yo hacia el mundo mortal ellos los tenían hacia la Sociedad de Almas, especialmente aquellos como Db que habían llegado hacía realmente poco a este mundo.

Db me presentó a su grupo de amigos y poco a poco fuimos pasando más tiempo juntos. Aún así, no podía quitarme mi gran objetivo de la mente. Respecto a eso, mis planes de conquistar la gran fortaleza de la mujer de hielo, estaba costando un poco más de la cuenta, pero sabía que al final conseguiría derribar la muralla. Día a día la perseguía por la Academia y me sentaba a su lado en clase. Le hablaba de temas inocentes y poco a poco iba consiguiendo mantener con ella conversaciones más o menos de duración media, aunque siempre sobre temas superficiales. Aún así, notaba que su muralla se resquebrajaba ya que de vez en cuando se le escapaba una sonrisa por el medio de su habitual gesto inexpresivo.

Cuando veía que el trabajo se volvía realmente complicado, pedía a Gaijin o a Db que me echaran una mano, aunque ellos tenían verdadero miedo a las reacciones de Nalya. Realmente, los resultados eran casi nulos a excepción de esos raros momentos en los que la veía sonreír, pero nadie podía resistir por siempre a mis encantos.

Una noche más, estaba sentado tranquilamente en la rama de mi árbol, de la que ya había tomado posesión cuando me fijé en que nuevamente los arbustos bajo las ventanas de los edificios de enfrente se movían como si hubiera un animal entre ellos.

Recomido por la curiosidad, lancé uno de los frutos del árbol en dirección a los arbustos. Al no encontrar respuesta, lancé otro y otro más hasta que intuí como una sombra canina salía de los arbustos y regresaba a ellos.

Intrigado sobremanera, arriesgué mi escondite bajando del árbol. No creía que me encontraran a esas horas, pero aún así actué con el mayor sigilo posible para no delatar mi posición. En efecto, lo que se escondía entre los arbustos era algún tipo de cánido, que se ocultó en cuanto notó que me acercaba.

Intentaba encontrarlo por entre los arbustos cuando, de repente, alguien me abalanzó contra el suelo. Lo poco que conseguí ver de él me hizo sospechar que se trataba de un shinigami así que supuse que habían descubierto mi escapada nocturna. Comencé a excusarme como un loco para tratar de justificar mi presencia allí. Afirmé haber escuchado un ruido muy extraño cuando estaba mirando por la ventana y había bajado a averiguar de qué se trataba.
– ¡Si hasta tiene imaginación! – exclamó mi captor. – Los académicos de ahora sois demasiado osados. Bakudou 1 ¡Sai!

Entonces noté los efectos del hechizo de retención. El hombre que me había derribado cargó conmigo hasta el árbol más cercano y me ató con el tronco. No podía verle la cara, la llevaba tapada con una capucha y un pañuelo pero sí podía intuir una cicatriz en su ojo izquierdo.

– Tú… tú no eres profesor, ¿verdad?

– Un chico observador.

– ¿Entonces quién eres?

– Interesante pregunta – dijo. – Es una lástima que no pueda contestártela, ¿verdad?

– Está bien. A ver si esta la puedes responder “Señor Soy-tan-feo-que-oculto-mi-horrendo-rostro”.

Al instante, el sonido de la hoja de un puñal clavándose en la corteza del árbol a escasos centímetros de mi oreja izquierda me informó de que no le había gustado nada el apelativo con el que le había bautizado.

– Vaaale, – resoplé – me portaré bien, “Desconocido de la cicatriz”. ¿Así mejor?

– ¿Quieres que el cuchillo se clave un poco más abajo? Digamos… ¿Aquí? – amenazó mientras con el cuchillo rozaba mi hombro.

– Que poco sentido del humor tienen algunos – bromeé tratando de disimular el miedo que estaba empezando a sentir. – ¡Sonríele a la vida!¡Sé feliz!¡Abusón!

– Déjate de gilipolleces y dime qué hacías aquí a estas horas.

– Está bien… – resoplé. Quizás si decía la verdad conseguiría salir mejor parado. – Había una especie de animal entre los arbustos. No una ardilla ni un pájaro. Algo más grande. Yo estaba en mi árbol mirando las estrellas y me fijé. Me entró curiosidad y bajé a mirar.

– ¿Crees que ésto es una broma? – inquirió. – La verdad. Ya.

– Esa es la verdad.

– Y yo soy el general Ailios – respondió. – No cuela, listillo.

– Créetelo o no te lo creas. Es la pura y dura verdad – insistí.

– Como quieras. Realmente poco importa qué haces aquí abajo. Estás entorpeciendo mi trabajo y eso no se lo permito a nadie.

– ¿Trabajo?¿Secuestras académicos profesionalmente?¿Cuánto te pagan?

– Silencio – bramó. – Te sobra la lengua y quieres que te la arranque, ¿a que sí?

– Realmente estoy muy contento con mi cuerpo – respondí burlonamente. – Aunque estaba pensando en dejarme crecer el pelo un poco más. ¿Tú que opinas?

Mi captor resopló indicando que casi había llegado al límite de su paciencia. Un poco más y podía acabar mal así que había que empezar a portarse bien. Pero yo era Akano Rido, el nieto de Akano Kumaru, legendario capitán de la Novena División y no me rendiría facilmente.

– Está bien, – dijo al fin – dejémonos de juegos. Te lo voy a decir claramente soy un hombre con bastante poca paciencia así que dime lo que quiero saber ya. ¿Qué hacías aquí abajo?

– Ya te lo he dicho.

– Claro, por eso voy a creerme que un acosador como tú…

– Espera, espera, espera – le interrumpí hablando rápidamente. – ¿Acosador?¿Yo?

– ¿Te crees que todos en este sitio están ciegos?

– No es acoso… Es… interés. No, interés no es la mejor palabra para descubrirlo. “Curiosidad”. Ésa es la palabra. Curiosidad.

– La curiosidad mató al gato. ¿Verdad gatito lindo?

– ¿Entonces tú eres el perro?

– ¿Qué?

– Sí, ya sabes. Tú el perro, yo el gato. El perro caza al gato… Esas cosas. Ciencias Naturales, naturales como la vida misma.

– ¡Cállate! Me produces dolor de cabeza.

– Pues arriba en mi cuarto tengo un remedio para los dolores de cabeza. Si me sueltas te lo bajo en un par de minutos.

– Claro, ¿cómo no? – respondió irónico – Ya que vas, ¿por qué no escapas? Sería una buena idea, ¿a que sí?

– ¡Cachis! Casi cuela.

– Para nada.

– ¡Bah! Qué aburrido eres.

– Vale, ya me he hartado definitivamente. Te lo voy a decir bien clarito. Por esta vez te voy a dejar marchar, paso de aguantarte. Así que apártate de aquí. Apártate de esta ventana. ¿Lo captas ahora?

– Eh… No. ¿Podrías repetirlo?

– Y si me permites un consejo – continuó, haciendo caso omiso a mis palabras – apártate de la chica que está ahí dentro.

– ¿Qué chica?¿Qué pasa con ella?

– Lo sabes bien… La chica de los cuernos. Apártate de ella o acabarás mal.

– ¡Ah, esa! – exclamé. – Espera un momento, ¿Nalya está en esta habitación?

– Ahora haz que no lo sabías.

– Pues no lo sabía, “Señor Discreción”.

– Aún va a ser que decías la verdad después de todo.

– Pues claro que digo la verdad. La cuestión es que tú no me crees.

– ¿Y por qué iba a creerte?

– Porque un Akano nunca miente.

– ¿Qué has dicho?¿Un Akano?

– Claro que sí. Un Akano. Akano Rido, nieto de Akano Kumaru, el gran Akano Kumaru. Sorprendido, ¿verdad?

– Sorprendido, es cierto. Nunca pensé que ese viejo pudiera tener familia. Ni que alguien estuviera orgulloso de ser familia de ese traidor.

– ¡Mi abuelo no fue un traidor!¡Le tendieron una trampa!

– ¿Cuántos años tienes chaval?

– 25.

– Entonces ¿cómo puedes decir algo así? Hace 650 años que pasó eso. Ni siquiera eras un proyecto. No hables de lo que no conoces.

No soportaba que hablaran así de mi abuelo. Sin embargo, en el tono de aquel hombre había algo que me hacía pensar que no estaba siendo del todo sincero, que aquello no era lo que pensaba realmente. De todas formas, no quise hace hincapié en ello. Estaba cansado ya de la situación y quería irme ya a descansar.

– Está bien, está bien. Me callaré – resoplé.

– Bakudou 1. ¡Sai! – recitó de improviso. – Simple precaución. Cuando me aleje lo anularé.

Resignado a tener que aceptar sus condiciones, esperé pacientemente a que me desatara. Después, utilizando el shumpo, se escabulló a gran velocidad y segundos más tarde me vi libre del arte demoníaca que impedía mis movimientos.

Trepé rápidamente el árbol y me introduje en la habitación a través de la ventana tratando de hacer el menor ruido posible para no despertar a Gaijin, que ya dormía plácidamente en su cama. Me metí entre las sábanas y apoyé la cabeza en la almohada.

Estuve un rato pensando en lo que había pasado esa noche. Aquel hombre parecía estar interesado en Nalya de alguna forma pero no sabía por qué. De todas formas, fuera lo que fuera, no iba a dar un paso atrás. De hecho, si cabe, ahora se había puesto mucho más interesante.

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