De dogmas y verdades

by Centoloman

Es curioso como sin pensarlo puedes acabar hablando de las cosas más profundas en los momentos más insospechados. Para muestra un botón:

Estaba yo hablando con un amigo por el messenger, ese instrumento del demonio que tanto me hace perder el tiempo, acerca de… no sé alguna cuestión sin importancia (creo que se trataba de no, no sé de qué estábamos hablando). La cuestión es que me caí y cuando volví a conectarme pronuncié una frase tan “peregrina” como “Resucité”.

Curiosamente, esa en apariencia inocente y sencilla frase condujo a mi interlocutor a pronunciar otra así como quien no quiere la cosa: “Como cristiano, como católico y como seminarista, ¿crees que la virginidad de María es importante?”.

Saltándonos la parte de la creencia y la justificación de este dogma, saltándonos también el retorcido mecanismo mental que debió llevarlo desde mi “resucité” a preguntarme por uno de los dogmas más antiguos de la Iglesia, en aquel momento se me ocurrió decirle: “Tú, como científico que eres, ¿crees que la velocidad de la luz es absoluta?” (pregunta que, dicho sea de paso, está mal formulada).

A veces soy retorcido, lo sé, pero en ese momento se me vino a la cabeza aquella respuesta como si fuera la más adecuada para la cuestión que me había formulado.

Pensemos, en un mundo cientificista como el nuestro, vivimos rodeados de axiomas y dogmas tales como los postulados que Einstein expuso en Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento y que dieron luz a la teoría de la relatividad (restringida). Verdades indemostrables pero, como bien apuntaba mi amigo, “consiguen crear modelos que se ajustan de manera aproximadamente exacta – toma contraditio in terminis – a la realidad” y que, por lo tanto, se demuestran funcionales. Es decir, son “verdades pragmáticas”, verdades que nos sirven para entender nuestro mundo y utilizarlo en nuestro provecho.

Asentimos de forma ciega a estas verdades, casi sin preguntarnos el porqué de las cuestiones e incluso seguimos utilizando, por que nos sirven, sistemas matemáticos, físicos o lógicos que se han demostrado reduccionistas y, por tanto, poco adecuados. Podemos citar entre estos la propia mecánica newtoniana que todos hemos estudiado en el instituto o la lógica aristotélica, sistema inadecuado y reduccionista por excelencia que tanto ha condicionado el pensamiento del mundo (occidental) y que está en la base, aunque no nos demos cuenta, de nuestra visión del mundo.

Sin embargo, cuando se trata de otro tipo de verdades, verdades que, siempre desde el mismo punto cientificista y pragmático, no aportan nada a nuestro conocimiento del mundo, nos cuesta asentir a ellas. No hablo ya de verdades de fe, de dogmas o de cuestiones atenientes a una confesión religiosa concreta. Pensemos por un momento en… la historia y en cuanto nos cuenta creer a veces en cosas que pasaron, que están atestiguadas por testigos más que fiables… pero que no se ajustan a nuestra concepción del mundo.

Nos quedamos así con verdades parciales, reduccionistas: algo es verdad si me vale. “La religión es buena si te ayuda”, decía William James, uno de los padres del pragmatismo. Un punto de vista que, en mi opinión y salvando, obviamente, las distancias, no se separa mucho de la concepción de los idealistas, que podríamos resumir en esa frase que tanto le gusta repetir a uno de mis profesores: “Si el mundo no se ajusta a la Idea, peor para el mundo.”

Ya para terminar quiero aclarar que no quiero predicar con esto un “ingenuismo” ante todo lo que se nos diga. El espíritu crítico es el punto de vista del sabio, del hombre que verdaderamente quiere descubrir la verdad – o quizás deberíamos hablar de Verdad, en mayúscula –, la Verdad del Mundo, despojada si queréis de toda la concepción religiosa, pues no pretende ser este artículo una apología de nada (aunque cierto es que todos acudimos al mundo, a los problemas, a lo que se nos pone delante, con nuestros propios prejuicios).

Simplemente se trata de una pequeña reflexión a raíz de esa conversación que quería compartir hoy con vosotros. Por eso os lanzo también a vosotros esta misma pregunta que me he hecho esta tarde, tras este pequeño intercambio de palabras. ¿Por qué? ¿Por qué nos cuesta tanto (a mí el primero) creer en un tipo de afirmaciones y tan poco asentir a otras? Es una pregunta que me lanzo y que os lanzo.

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